SOBRE EL RESPETO A LA LEY Y LA CONDENA DE LA VIOLENCIA: EL CASO CATALÁN

Vengo defendiendo en este blog que el conflicto catalán es una cuestión de fuerza que no tiene que ver con derechos, leyes o principios democráticos. Está por una parte la fuerza del nacionalismo español, por otra parte la fuerza del nacionalismo catalán, por ahora equilibradas. Si el derecho a decidir lo exigieran 50.000 catalanes no habría cuestión. El problema para el Estado español es que ese derecho lo exige un 80% de catalanes, y la independencia casi la mitad de la población que vota. Ocurre además que esa parte independentista está mucho más motivada que la que quiere seguir perteneciendo a España, y es mucho más activa.

Han ido pasando los años y sigue el duelo de fuerzas equivalentes, con más razones cada día para un armisticio con cesiones por ambas partes. Pero como ese armisticio, demandado por la razón, es contrario a la pasión, seguimos como al principio, aunque con un deterioro social notable.

Si tratamos en todo caso de entender a los nacionalistas irreductibles, vemos que tanto unos como otros aprendieron desde niños el invento de las burguesías para hacer que los explotados defiendan los intereses de los explotadores incluso con las armas en las manos, invento tan hábilmente ligado a la idea de madre (la patria) y de hermandad (todos sus miembros) que lleva con facilidad al comportamiento fanático. En esta visión romántica la nación es concebida como un territorio animado por un espírito que unifica al pueblo y que se manifiesta sobre todo en la lengua, en la que todos los rasgos culturales han ido dejando su huella a lo largo de siglos. El nacionalista catalán se enorgullece de las tradiciones campesinas, la tendencia asociativa de su sociedad civil (cooperativas, ateneos, orfeones), el seny, las fiestas populares, la sardana, los castellets, la historia de lucha sombilizada en la Diada, los regalos de rosas y libros por San Jordi, las calçotadas, el pan de payés con tomate y butifarra y todo lo que se quiera añadir. No cree este nacionalista en las ventajas de la hibridación, ni se conforma con que las costumbres catalanas no estén amenazadas, en el sentido de que todo el que quiera puede hablar catalán, hacer castellets o bailar la sardana. Pues lo que está en peligro no es el comportamiento individual, sino el espíritu nacional que ha de inspirar a la población entera. Y ese espíritu está en peligro por la inmigración, sobre todo la interior, la que ha llegado de Murcia, Andalucía, Extremadura. No es lo malo que los charnegos hayan llegado para trabajar (que eso les ha beneficiado a ellos y también a la economía catalana), sino que se han quedado a vivir en Cataluña y han tenido hijos nacidos en Cataluña, y que todos ellos tienen derecho de voto como si fueran catalanes.

Puesto que lo que pone en peligro a lo más sagrado se convierte en lo más abominable, algunos no han tenido reparos en considerar a los charnegos de inferior calidad genética y cultural para poder así despreciarlos con más razones. A aquellos charnegos que han aprendido a hablar catalán y votan independentista se les puede dar la bienvenida (aunque sin dejar de pensar que no son en puridad catalanes). Pero los que votan contra la independencia son una suerte de cáncer, enemigos de la patria catalana, y no merecen ser tratados como conciudadanos.

Enfrente tenemos el fanatismo españolista, condensado en amor a España como tierra de santos y héroes, de descubrimientos, conquistas y reconquistas, como imperio en el que no se pone el sol, cuya lengua se habla en numerosas naciones hijas de la madre patria, cuyas costumbres reflejan la profunda religiosidad católica del pueblo, con sus procesiones de semana santa y sus romerías de mil vírgenes. ¿Puede alguien en su sano juicio querer romper esta patria común? Pues ahí están esos catalanes que pretenden iniquidad tan grande. Y a ellos sólo cabe decirles que, dado que Cataluña es una parte inseparable de España, si no quieren pertenecer a España sólo tienen la opción de marcharse. Si en cambio pretenden desafiar a la legalidad, caerá sobre ellos toda la fuerza policial y judicial del Estado. Incluso la militar si llega el caso.

Así piensan muchos nacionalistas de un lado y otro, pero ¿son culpables de pensar así? No, así los fabricaron.

Tenemos aquí dos nacionalismos esencialistas que se realimentan. El españolista es tan torpemente pasional que no percibe hasta qué punto favorece el crecimiento del independentismo catalán. Se diría que la derecha española está ahí con sus excesos para favorecer al independentismo al que pretende combatir, al tiempo que excesos del nacionalismo catalán, como el camino unilateral a la independencia, alimentan al nacionalismo español.

No es esta la única paradoja. La CUP se presenta como anticapitalista y republicana, y propone tanto la salida de la UE como de la OTAN. Pero al mismo tiempo ha cambiado el internacionalismo por el nacionalismo y se siente más cercana a los explotadores catalanes que a los explotados catalanes no independentistas y a los explotados del resto de España. Esa izquierda parece abducida por el misticismo de la patria y es la más uraña defensora de la acción unilateral incluso después de haberse demostrado que la fuerza de los independentistas no da para tanto.

La mayor dificultad es que las partes implicadas no pueden reconocer que sus ensueños sólo tienen como fundamento la fuerza. Por el contrario, analizan el caso dando por supuesto que hay valores del más alto nivel que legitiman la posición propia y deslegitiman la contraria. De manera que el conflicto produce una cansina repetición de argumentos que implican como existente lo inexistente.

La parte independentista justifica sus pretensiones alegando que Cataluña es una nación y que por tanto necesita un Estado independiente; que además la independencia es la única forma de evitar que España robe a Cataluña, como ha venido haciendo; y que, por si todo eso no bastara, España es poco acogedora, tiene muchos residuos franquistas y un fuerte nacionalismo españolista desde el que se considera que los catalanes son los peores enemigos de la patria española y se los odia por eso. La cara agria del Estado se ha hecho visible en la sentencia del Tribunal Constitucional modificando en 2008 el Estatuto de Autonomía aprobado por el pueblo catalán en 2006; y ahora en la sentencia del Tribunal Supremo condenando por sedición a líderes políticos catalanes. Si a esto se añade el ascenso de Vox, influyente ya en las instituciones de varias Comunidades, el aspecto desagradable y poco acogedor del Estado español se acrecienta.

Así justificada la pretensión independentista, se fundamenta en el espacio legal argumentando que dentro de la Constitución está previsto el cambio de la Constitución; que la desobediencia civil es la única forma en que los independentistas pueden ejercer el derecho democrático a la autodeterminación mediante un referendum, porque el Estado español les ha venido negando ese derecho; y que son presos políticos quienes han sido condenados por sedición cuando sólo se limitaron a desobedecer. La única solución es la amnistia y la discusión entre los Gobiernos español y catalán para arbitrar una forma en que la sociedad catalana pueda ejercer el derecho democrático de autodeterminación.

La parte unionista acepta que todo es discutible, pero sólo dentro del respeto a la ley; que nuestra Constitución no contempla la posibilidad de un referendum secesionista; que una de las razones del independentismo es el egoísmo típico de las regiones más ricas (el “España nos roba” sólo significa la negativa a que algo de la riqueza catalana se emplee para ayudar a Comunidades más pobres); que el independentismo ha tomado una deriva muy peligrosa al alentar la violencia; y que los líderes del independentismo son políticos presos, no presos políticos, ya que no se les ha condenado por sus ideas sino por su comportamiento delictivo.

Todos apelan, pues, a la democracia, a sus leyes y a sus valores, entendiendo cada bando que los principios democráticos legitiman su posición.

Pero ¿es cierto que estamos ante una cuestión de principios democráticos o, como vengo defendiendo, que estamos ante una cuestión de mera fuerza?

¿A qué se refieren los que hablan de democracia?

Me parece triste que la izquierda anticapitalista, aquejada de un electoralismo que la hace asustadiza, no se atreva a proclamar que esto que se llama democracia es una forma sin contenido democrático. Todavía no se ha conocido en el mundo una democracia reconocible como tal desde estándares racionales, porque las que se presentan como democracias son plutocracias bien disfrazadas en el mejor de los casos, mal disfrazadas en el peor, que es el caso de España.

La torpeza de nuestro disfraz se delata por todas partes, no importa que teóricos, tertulianos, periodistas, políticos (a saber si aquejados de ignorancia o de cinismo) afirmen una y otra vez solemnemente, y con un punto de agresividad contra quien lo ponga en duda, que tenemos una democracia consolidada, homologable con cualquiera otra de nuestro entorno. ¡Incluso citan a supervisores internacionales que lo avalan, como si en nuestro entorno hubiera una sola democracia con la que comparar!

Pero luego llega Pedro Sánchez y dice que con la exhumación del dictador hemos llegado por fin a la plena democracia. ¿Qué era entonces nuestra democracia antes de esa exhumación? Pues también entonces se afirmaba que era una democracia plena. ¿Y que se dirá si algún día se saca de las cunetas y se homenajea a quienes fueron asesinados por defender la República, si se suprimen los títulos nobiliarios concedidos a familiares de Franco, si se retiran medallas y condecoraciones a los torturadores al servicio de la dictadura franquista, si se somete a referendum la forma monárquica del Estado? Todavía no ha cambiado la situación fabricada por nuestra “modélica” Transición, que garantizó al franquismo seguir controlando la vida económica y funcionarial. Ni Felipe González ni Zapatero se atrevieron a desmontar ese tinglado.

Hilando más fino, Javier Pérez Royo, catedrático de Derecho Constitucional, concreta que tres elementos decisivos en la Constitución de 1978 (la Restauración de la Monarquía, la composición de las Cortes como representación del pueblo español y el sistema electoral), no han sido resultado de un proceso constituyente democrático, sino una herencia del Régimen franquista que se introdujo en el texto constitucional sin debate constituyente de ningún tipo.

Por fijarnos en el último de esos tres elementos, como consecuencia de un sistema electoral que busca primar a las grandes formaciones políticas en perjuicio de cualquier fuerza incontrolada que intente influir en la política, a IU le ha venido costando cada diputado diez veces más votos que al PP. Y en Cataluña los independentistas controlan los poderes legislativo y ejecutivo (que ponen al servicio de su causa) sin haber conseguido el 50% de los votos. Hay que tener cara dura para hablar de democracia.

A todo esto hay que añadir que los Acuerdos entre el Estado y el Vaticano se incorporaron también de forma espuria al sistema de poder del 78, pues se negociaron por el Gobierno de Adolfo Suárez antes de que estuviera aprobada la Constitución, pero fueron publicados el 4 de enero de 1979, unos días después de que la Constitución hubiera entrado en vigor. Y es que, dice Pérez Royo, “tanto la Iglesia como el Gobierno de Adolfo Suárez sabían que esos acuerdos no hubieran podido ser aprobados en democracia, pero que para la democracia sería muy difícil, por no decir imposible, revisarlos. Y así ha sido.” Pero si a nuestra democracia le resulta imposible revisar esos acuerdos, ¿qué clase de democracia es, de qué males profundos está aquejada?

Añadamos que la división de poderes en España es ficticia, y así lo ha reconocido el presidente del gobierno en funciones cuando, queriendo justificar por qué el gobierno puede meter en la carcel a los separatistas fugados, pregunta a quien le entrevista : “¿De quién depende el ministerio fiscal?… ¿De quién depende?”… Tras dos largas pausas el periodista acaba respondiendo “Del gobierno”, a lo que Sánchez añade “Pues ya está”. Tenemos por tanto dos mundos, el teórico, en el que el Ministerio fiscal es independiente, y el de los hechos, en el que el Fiscal General del Estado cuenta con la potestad de impartir a sus subordinados las órdenes e instrucciones convenientes al servicio. Pero resulta que el Fiscal General es nombrado por el gobierno y que ese nombramiento da capacidad de control, capacidad que no se reduce a la fiscalía, sino que se extiende a aquellos magistrados a los que se ha colocado en puestos clave precisamente para que, si llega el caso, sirvan al interés político de quienes los han promocionado.

Esto por lo que concierne a la poco presentable democracia española. Si la dejamos aparte y vamos a las democracias que más brillan encontraremos lo antes dicho: que no son otra cosa que plutocracias mejor disfrazadas. ¿Puede alguien bien informado y honesto afirmar que es democrático el sistema que controla la vida política en EE. UU., Reino Unido, Francia o Alemania?

Ya sé que afirmar que en estos países no hay democracia se toma como una boutade ridícula. Pero por mucho que sea ensordecedor el griterio con que los conservadores afirman sus mentiras y atacan a la verdad allí donde se manifieste, las cosas son como son. Me remito sobre este asunto a No cabe democracia en el capitalismo;   Capitalismo, democracia y Estado del bienestar;   Una crítica a la Declaración Universal de Derechos humanos.

Ahora bien, y volviendo al conflicto catalán, si la democracia es ilusoria, también lo es apelar a derechos y deberes democráticos, sea el derecho a un referendum secesionista, sea el deber de respetar la ley y las sentencias judiciales, sea el repudio a toda violencia que no sea la estatal prevista en la ley.

¿Hay obligación moral de respetar las leyes y acatar las sentencias judiciales?

Si nos atenemos a la ley, en España no cabe un referendum secesionista. Se puede cambiar la Constitución, pero el cambio requiere tales mayorías que son inalcanzables para el propósito independentista. ¿Qué significa esto? Las leyes de una dictadura se imponen a la población, pero no son respetables. ¿Y las que rigen nuestra sociedad?

Si vamos a lo que es generalizable a todas las “democracias” del mundo, encontramos que algunas de sus leyes pueden considerarse legítimas, entre ellas las que garantizan la integridad física y moral de las personas y el respeto a las propiedades o posesiones básicas (las necesarias para una integración digna en la colectividad). Y son legítimas porque serían promulgadas por cualquier sociedad imaginaria cuyos miembros, libres de ignorancia y engaño, actuaran al servicio del interés colectivo.

Fuera de éstas, las normas básicas de todo sistema capitalista giran en torno a la propiedad privada y a la distribución de la riqueza generada por la sociedad. Y, como bien demuestran sus efectos en todo el mundo, esas normas están ideadas para garantizar la propiedad privada de los ricos, por grande que sea, y para defender una forma de distribución de la riqueza que da más a quienes más tienen y menos a quienes tienen menos, con el resultado de una desigualdad que va agrandando la brecha entre la minoría que goza de una riqueza obscena y grandes capas de la sociedad sumidas en la pobreza, incluida necesariamente una parte de la población infantil. Son al mismo tiempo leyes que han garantizado una actividad industrial que tiene a la tierra en grave peligro que puede ser irreversible. Y esas leyes se nos imponen de otra forma que en una dictadura, pero al final con una violencia suficiente. Están respaldadas por la fuerza estatal. Policías, jueces y cárceles cumplen una misión básica: que los ricos puedan vivir tranquilos aunque a su alrededor su capacidad depredadora vaya fabricando anillos de progresiva e inhumana pobreza y vaya acabando con el equilibrio medioambiental. ¿En virtud de qué argumento se puede afirmar que esas leyes son legítimas? Son democráticas, se nos dice, porque han sido promulgadas por los representantes del pueblo. Pero precisamente esto, que los representantes del pueblo hayan promulgado leyes tan en perjuicio del pueblo y tan en beneficio de una pequeña minoría, pese a sus terribles consecuencias sociales y medioambientales, viene a demostrar que la llamada democracia tiene trampa. Que los representantes del pueblo son en realidad gestores de los intereses de las oligarquías.

Apelar al respeto a la ley sólo tiene sentido para quien defiende este sistema de efectos criminales. Carece de sentido para las personas ilustradas y suficientemente empáticas (y por tanto antisistema). ¿Acatar las sentencias judiciales que se dictan en cumplimiento de leyes ilegitimables? Nadie está moralmente obligado a ello. Otra cosa es que, aunque no las acates, no tengas fuerza para enfrentarte a ellas.

El derecho a la desobediencia civil

Los teóricos del sistema consideran que la desobediencia civil es un último y excepcional recurso, legítimo en aquellos casos en que la persona pretende algún avance social impulsada por consideraciones políticas o morales jurídicamente ilícitas, pero que guardan una mínima lealtad constitucional. Se añade que el desobediente debe aceptar el castigo que la ley establece.

Es natural que así conciban el caso la mayoría de los independentistas para justificar su desobediencia a las leyes del Estado español.

En cambio desde un pensamiento antisistema la desobediencia está justificada en todo caso si pretende el avance social básico y prioritario: una distribución justa de la riqueza que acabe con el malvivir de millones de personas y que permita organizar la producción de manera no peligrosa para el medio ambiente.

Ello quiere decir que la desobediencia civil está justificada tanto respecto a las leyes del Estado español como a las de una futura república catalana, dado que la mayoría de los independentistas pretende fabricar una falsa democracia semejante a las demás que en el mundo existen, procapitalista e inserta en la política neoliberal europea, dotada por tanto de leyes igualmente ilegítimas. Eso sí, independiente de España, que es lo único que les interesa.

Desde este punto de vista el desobediente no tiene por qué aceptar como legítimo el castigo previsto por la ley. Simplemente, sabe que se arriesga al castigo que le proporcionarán las instituciones defensoras de un Sistema injusto.

La sentencia del TS como ejemplo de violencia institucional

Para acabar con la tentación de la secesión unilateral, el Tribunal Supremo ha dictado una sentencia que tiene más fundamento político que jurídico (incluso visto el caso desde una óptima prosistema).

Catedráticos de Derecho Penal ven razones para sospechar que la imputación del delito de rebelión fue una treta para conseguir dos cosas: facilitar la prisión preventiva de los líderes no fugados y llevar el asunto al Supremo, privando a los imputados de su juez natural en Cataluña. Por lo demás, si en la sentencia se afirma que no hubo la violencia que caracteriza a la rebelión, el delito de sedición parece perder su fundamento, salvo que se considere sediciosos (y condenables con duras penas de cárcel) a quienes, por ejemplo, tratan de impedir sin violencia el desahucio de una familia pobre con niños pequeños. Se están enfrentando a la sagrada ley en cuya virtud esa familia pobre con niños pequeños ha de ser privada de vivienda. Están impidiendo su trabajo a los funcionarios públicos encargados de hacer cumplir la sentencia de desahucio, dictada en cumplimiento de esa sagrada ley. Son sediciosos.

¿Hay que condenar inequívocamente la violencia no estatal?

Nos impresiona la violencia que consiste en incendiar barricadas y enfrentarse a las fuerzas policiales a la manera de guerrillas urbanas adiestradas. Pero convendría que tuviéramos en cuenta dos cosas:

a) La violencia vivida en las calles de ciudades catalanas no es tanto una reacción a una agresión previa (la condena a los líderes del independentismo) como un síntoma de una sociedad en descomposición. Estamos viendo el mismo síntoma en las revueltas de Chile, Ecuador y Líbano por motivos aparentemente nimios, y lo vimos en la revuelta de los chalecos amarillos franceses. A los jóvenes excluidos, sin futuro, sólo con cinismo se les puede pedir contención. Y sólo con ignorancia o cinismo se pueden hacer comentarios horrorizados ante las barricadas ardientes cuando no se hacen comentarios aún más horrorizados ante los efectos sociales de nuestras leyes sagradas. En una sociedad organizada según normas legítimas no habría motivos para la violencia, ni siquiera la machista, eliminados esos motivos mediante una buena educación (que en el capitalismo es imposible) y mediante una integración armónica de cada cual en el tejido social.

b) La segunda cuestión es que la violencia que está enfrente, la institucional, es tan ilegítima pero más responsable, porque es la defensora del sistema que produce una frustración sin esperanza.

Por ello cabe destacar como prueba de la mala educación de la juventud que la violencia callejera vivida en Cataluña haya tomado como pretexto una frustrada aspiración independentista, y no la irracionalidad e injusticia del sistema responsable de la mayor parte de los males que padecemos. Hay grandes manifestaciones feministas, ecologistas e independentistas, pero no anticapitalistas. Claro que la mayoría social no es culpable de su ignorancia, en la que ha sido fabricada precisamente para garantizar la supervivencia del sistema. ¿Qué hace la izquierda para sacar a la gente de esa ignorancia? Actúa más bien como si quisiera consolidarla.

jmchamorro@jmchamorro.info

EL CRIMEN MACHISTA QUE NO CESA

El pasado abril escribí en este blog una Reflexión pesimista sobre la violencia machista y las razones para el pesimismo no han cambiado. El hecho de que haya a estas fechas más mujeres asesinadas que en todo el año pasado hace que se prodiguen los lamentos y las preguntas. ¿Qué estamos haciendo mal?

Una respuesta viene a decir que muchas de las asesinadas no denunciaron la violencia machista de que eran objeto. Solución: propiciar que aumenten las denuncias. Pero si hay más denuncias sólo ocurre que se hace más patente una violencia que está ahí, haya denuncias o no las haya. Lo adecuado sería eliminar la violencia denunciable.

Por otra parte con frecuencia mueren mujeres que habían denunciado a sus asesinos. Entonces se propone que se dote a la policía de medios para evitarlo. Sin embargo no se arregla del todo el problema si se consigue evitar los asesinatos, pero no se evita que haya hombres empeñados en asesinar.

Finalmente se apela a la educación. Pero parece que la escuela no viene sirviendo para erradicar el machismo de las nuevas generaciones y nadie tiene claro qué cambios del sistema educativo darían un buen resultado.

No es posible plantear siquiera remedios a este problema si no se menciona al capitalismo como causa última. ¿Defiende usted el capitalismo? Pues entonces acepte sus consecuencias: aumento de desigualdades, mala educación, sistema de valores centrado en el dinero, grandes dosis de frustración y resentimiento, violencia creciente, poblaciones ignorantes, atemorizadas y egoístas, democracias ficticias, cambio climático alarmante, uso agresivo de los recursos naturales… Todo esto es remediable. Nada de ello tiene remedio en sociedades regidas por la codicia de una minoría.

Sobre los aspectos menos aparentes del machismo me remito a Machismo oculto (en hombres y mujeres) y a Algo más sobre el machismo oculto.

EL SIGNIFICADO QUE PEDRO SÁNCHEZ HA DADO A LA INHUMACIÓN DE FRANCO

Muy urgido me sentiría a escribir sobre el discursito con el que Sánchez ha querido sacar pecho tras esa inhumación, más que nada para desahogar la frustración que tantas veces ha de hacer infelices en esta sociedad a las personas decentes. Afortunadamente me basta con remitirme a la Carta abierta a Pedro Sánchez por la exhumación de Franco escrita por Lidia Falcón y publicada en Público de hoy.

¿QUÉ IZQUIERDA HAY EN ESPAÑA?

Deben tener claro qué es la derecha y qué la izquierda quienes repiten que, a diferencia de la derecha, la izquierda es incapaz de llegar a acuerdos.

 Si aceptamos un criterio de tradición histórica el PSOE pertenece a la izquierda. Pero hay que recordar que, aunque en sus orígenes estuvo adherido a la II Internacional, en la España posfranquista abandonó el marxismo e intentó convertir un débil Estado del Bienestar en el principal aval del capitalismo, para acabar finalmente afiliado a las tesis neoliberales (privatizaciones, recortes del gasto social, política fiscal favorable a los ricos).

Si nos guiamos por las políticas y no por el eco histórico de las siglas, hemos de colocar al PSOE a la derecha y no vale entonces decir que la izquierda es incapaz de ponerse de acuerdo cuando el PSOE no se pone de acuerdo con quienes están a su izquierda. Es natural que el PSOE se sienta más cómodo llegando a acuerdos con la derecha. Lo último que quiere es incomodar al poder económico al que sirve (y esto incluso en espacios más ideológicos que económicos, como pone de manifiesto Cristina Fallarás en PSOE y bien atado).

Si vamos más allá, ¿hay en España una izquierda efectiva?

Según el criterio de tradición histórica IU es claramente una organización de izquierdas. Y si consideramos que es izquierda lo que está a la izquierda del PSOE, también es izquierda Podemos.

Pero si buscamos un criterio menos superficial creo que hemos de encontrarlo en la meta que cada partido se propone y la teoría que utiliza para analizar la realidad y elaborar su estrategia.

Por respecto a la meta tenemos partidos prosistema, que defienden el capitalismo, y partidos que se proponen el paso de capitalismo a socialismo, y cada una de estas metas es consecuencia de un diferente sistema de valores y una diferente teoría de la sociedad. Ello significa una diferente manera de ver, de sentir y de actuar.

Es ésta una diferencia tan radical, y con tantas repercusiones y derivaciones, que si no la tomamos en cuenta para diferenciar derecha de izquierda privamos a estos términos de todo significado operativo.

Por ello, antes de retomar el tema de si hay en España una izquierda consistente y operativa, voy a resumir brevemente la teoría que se concilia con la meta y los valores procapitalistas, y la teoría que se concilia con la meta y los valores prosocialistas.

La teoría procapitalista

1. Viene a decir que el mercado es un instrumento neutral que rige la economía proporcionando el máximo nivel económico compatible con la libertad individual. El resultado es una calidad de vida colectiva nunca antes igualada en la historia.

La diferencia de capacidades y esfuerzos, también a veces de suerte, hace que unos prosperen y otros se estanquen. Pero en todo caso, que haya pobres y ricos beneficia a los pobres, por dos razones: puesto que los ricos lo son porque han demostrado ser emprendedores exitosos, el dinero en sus manos rinde más y genera más riqueza, y esa mayor riqueza termina favoreciendo a los pobres; por otra parte, si no hubiera el estímulo de la riqueza, la sociedad se estancaría, la vida se haría mediocre y toda la población quedaría resignada a esa mediocridad.

En todo caso la economía de mercado tiene leyes que los economistas conocen y que deben ser respetadas, porque la pretensión populista de actuar vulnerando irresponsablemente esas leyes termina ocasionando daños graves e irreparables a quienes se pretende beneficiar.

2. El valor máximo de la sociedad capitalista es la libertad. Libertad para elegir mediante el voto a los representantes que legislarán y gobernarán en representación del pueblo. Libertad para presentarse como candidato a las elecciones. Libertad para agruparse en partidos políticos. Libertad para emprender, prosperar y enriquecerse sin límites. Libertad de expresión (que permite el funcionamiento de medios de comunicación privados, libres de las injerencias del poder político y siempre dispuestos a fiscalizarlo). Libertad de conciencia. Libertad para que los padres puedan elegir la enseñanza de sus hijos en todos los niveles. Libertad para emplear el dinero propio como se prefiera.

La separación de poderes legislativo, ejecutivo y judicial, cada uno independiente y contrapeso de los demás, impide el excesivo predominio de cualquiera de ellos, haciendo posible una democracia que es el sistema menos malo de entre todos los imaginables, fuera del cual no hay sino totalitarismo e ineficacia económica.

3. Este núcleo teórico tiene luego dos variantes:

Una dice que, siendo los resultados del mercado los preferibles, los impuestos son imposiciones confiscatorias (inaceptables según el ético R. Nozick), y que por ello deben reducirse al mínimo, lo mismo que las regulaciones estatales. El Estado debe privatizar sus empresas porque la gestión privada obtiene mejores resultados que la pública. De la misma manera deben desmantelarse los servicios públicos gratuitos (educación, sanidad, pensiones) porque quienes no saben prosperar para pagarse esos servicios son responsables de su situación y no deben ser subvencionados con el dinero que han conseguido las personas activas y responsables. No deben recibir otra ayuda que la voluntaria de las personas caritativas.

La segunda variante dice que el mercado tiene efectos que es preciso corregir. Y que el Estado, vía impuestos progresivos, debe proporcionar a todo el mundo sanidad, una pensión justa tras la jubilación y una educación adecuada. La educación pública y gratuita al alcance de todos proporciona igualdad de oportunidades, gracias a la cual toda persona emprendedora, o que se esfuerza, tiene posibilidades de ascenso social y toda la población queda integrada en un sistema social acogedor y justo.

4. Se completa esta teoría con un capítulo sobre el espacio internacional: pertenencia al “mundo libre” liderado por EE UU, obligación de defenderlo por medio de la OTAN, necesidad de actuar como los países “de nuestro entorno”, etc.

La teoría prosocialista

1. Muy diferente es la descripción que nos ofrece una versión actualizada de la teoría marxista, una de cuyas tesis centrales es que la lógica del mercado conduce inevitablemente a resultados irracionales e injustos:

a) Consiste la irracionalidad en que obliga a una producción creciente porque todo estancamiento da lugar a una crisis económica. Cualquier producción es bienvenida en la medida en que active la economía y reduzca el paro, no importan sus efectos extraeconómicos. El consumo de esa producción creciente se logra con un aparato de publicidad omnipresente que fuerza a innumerables consumos innecesarios.

Este crecimiento económico permanente en un mundo de recursos escasos implica agresión al medio ambiente y sobreexplotación y agotamiento de recursos naturales, sin evitar por ello las crisis periódicas, dado que la producción y el consumo no están sincronizados y cualquier cambio en las variables básicas produce efectos disfuncionales en cadena que se realimentan.

b) Consiste la injusticia en que el mercado (tanto de mercancías como de trabajo) da más a los que más tienen y menos a los que tienen menos, generando así una explotación creciente de la mayoría social en provecho de una minoría, cuyo poder económico proporciona a ésta una capacidad de dominación irresistible.

Puesto que la riqueza de un país es la que es, si en el reparto una minoría se lleva la mayor parte, la parte menor debe ser repartida entre los demás. Quiere esto decir que hay una relación causal entre riqueza y pobreza, esto es, que hay ricos porque hay pobres y que hay pobres porque hay ricos.

Decir que el dinero en manos de los ricos beneficia a los pobres es un sarcasmo. En gran medida los ricos utilizan sus capitales para especular y controlar, y cuando invierten en actividades productivas lo hacen bajo el criterio del beneficio privado. Su dinero serviría mucho mejor a la población si estuviera en manos de un Estado que invirtiera con criterios de interés general. Entonces no habría pobres.

En consecuencia, el mercado genera dos clases sociales con intereses objetivos contrapuestos e incompatibles, la de explotadores y la de explotados, contraposición e incompatibilidad en que consiste la lucha de clases. Tal lucha, que puede no ser aparente, sino meramente latente, se viene resolviendo a favor de la clase dominante, cuyo predominio se mantiene por medio de la fuerza (dictaduras sangrientas cuando son necesarias), o por medio de un consenso inducido al que ayudan distintas estrategias: convertir en consumista satisfecha a una parte de la población, tranquilizar a los que menos tienen con las prestaciones del Estado del Bienestar y debilitar a cualquier institución que esté al servicio de los intereses populares, sean partidos comunistas o sindicatos.

2. Semejante tinglado requiere una población que se le adapte.

Esa población se recibe en herencia, porque la ideología popular se ha ido configurando a través de milenios de sociedades elitistas, cuyo resultado es una mayoría de personas ignorantes de los procesos sociales que les conciernen (ignorantes de sus intereses objetivos y de la red de explotación y dominación en que están apresadas), limitadas a una privacidad en la que domina el sueño del ascenso social (en último término mediante un golpe de suerte en la lotería) y en la que se activa con facilidad el miedo a perder lo conseguido.

Para la reproducción de este tipo de población es necesario controlar la fabricación social de la conciencia individual (falsa conciencia), a fin de que explotados y dominados vean su situación como la de seres libres que viven en el mejor de los mundos posibles. Para ello cuenta el Sistema con antiescuelas muy efectivas: los púlpitos, los medios de comunicación dependientes del capital (en especial la televisión y la radio), la publicidad y el entorno social, sea el físico o el virtual.

La escuela pública, impotente para enfrentarse a esas antiescuelas con éxito, está diseñada para proporcionar una educación deficiente, y no porque sea técnicamente imposible crear una buena escuela, sino porque ésta sería disfuncional al sistema: si una buena escuela consiguiera producir una población lúcida y solidaria el sistema capitalista desaparecería. De ahí que la posibilidad técnica de una buena educación sea impedida por dos vías: falta de financiación, que viene decidida por leyes fiscales que privan al Estado de los recursos necesarios; y planes de estudio diseñados para la inserción en el mercado de trabajo, no para proporcionar conocimientos, información y valores que puedan activar el sentido crítico.

A esto hay que añadir que el sistema educativo garantiza el fracaso de los escolares de las clases económica y culturalmente pobres, porque llegan a la escuela sin dominar el código lingüístico escolar. A ellos se los dirige a la formación profesional mientras los restantes tienen acceso a la universidad, y así se nos muestra la distancia entre la igualdad de oportunidades formal (la que se afirma) y la real (la que no existe).

3. Es en este marco donde funciona otra farsa formal, la de la democracia.

Siendo tan brutal la cuantía de capital acumulada por la oligarquía mundial es inevitable que todo esté dirigido desde la sombra por ella.

Cada partido se ofrece como una mercancía que sólo será comprada si es costosamente publicitada, y por ello disponen de ventaja los partidos conservadores, que son los que reciben donaciones de los ricos. Aparte los bancos ofrecen créditos y pueden así controlar al partido endeudado.

Las conexiones entre la oligarquía económica y las élites subordinadas (política, académica, comunicativa y funcionarial) son de compraventa con mil formas de pago, no necesariamente con el dinero que circula por la impresionante red mundial de corrupción. Hay formas de promoción profesional y de estancamiento profesional, hay mil formas de premios y castigos.

La nómina de altos políticos que por las puertas giratorias pasan de las instituciones oficiales a los consejos de administración es interminable, con la consecuencia de que los borradores de la legislación básica, la económica, son elaborados por los equipos técnicos del capital (de la banca y de las grandes empresas), y luego convertidos en leyes por legisladores obedientes.

Mediante esas leyes se entregan al beneficio y control privados espacios económicos que deberían ser de propiedad pública y estar bajo control social (vivienda, energía, comunicaciones, medicina, alimentación, sistema financiero, plataformas digitales).

Añádase que la propiedad privada de los medios de comunicación confiere al capital la facultad no sólo de configurar ideológicamente a la población, sino de generar expectativas de premio y de castigo social. Si un político influyente tiene la osadía de negarse a seguir las instrucciones que le llegan, ese político será puesto en el punto de mira de los medios y acabará defenestrado.

A esto se añade que cualquier opinión que ponga en duda los axiomas del sistema es atacada con unanimidad mediática, que la tachará de peligrosa, inaceptable e incluso ridícula. Se desemboca así en una democracia formal que es disfraz de una real plutocracia, de la que no se puede salir sin romper de alguna forma con las reglas del sistema.

Es en este contexto donde hay que situar el concepto de libertad que con tanto énfasis se proclama. Es un concepto formal que quiere decir que ni las leyes ni los gobiernos impiden a nadie que lleve a sus hijos a colegios de élite, frecuente hoteles de lujo, haga inversiones millonarias o levante un imperio mediático para defender sus intereses. Es una libertad formal que todos tienen. La libertad real solo la tienen los ricos.

4. Uno de los grandes aciertos de Marx fue comprender que para salir del capitalismo y acceder a una sociedad igualitaria es necesaria la transformación de la actual población en otra de personas nuevas que él caracterizó como racionales, socializadas, humanas, libres de egoísmo personal y codicia.

No se equivocó al pensar que ese tipo de persona es generalizable si se dan las condiciones adecuadas, y a la luz del conocimiento científico actual yerran, por el contrario, quienes suponen que hay una naturaleza humana inmodificable, caracterizada por el egoísmo, la competitividad y la pereza, y que esa naturaleza hace imposible utopías como la marxista.

Sin embargo Marx erró al pensar que la aparición de ese “hombre nuevo” compatible con el socialismo sería una consecuencia mecánica de la revolución proletaria y del establecimiento de un modo de producción socialista. Tal error dejó a oscuras la tarea del cambio ideológico, que sin embargo debe ser la prioritaria para un partido de izquierdas que pretenda sustituir la revolución violenta por una actividad pacífica a largo plazo.

Uno de los puntos en que la teoría marxista debe ser completada es precisamente éste: determinar cómo podemos irnos aproximando a las condiciones que producirán una población compatible con el socialismo, consistiendo los primeros pasos en conseguir que las muchas personas ignorantes de su situación y de sus intereses objetivos vayan siendo rescatadas de la “falsa conciencia” y lleguen a un grado de suficiente lucidez.

5. Cuando se habla de leyes económicas, o de peligros internacionales de los que hay que defenderse, o de las constricciones de la globalización, como si todo ello obligara a la política que las oligarquías capitalistas imponen, se está mintiendo. Las leyes económicas no existen al margen de una legislación específica, los enemigos de los que hay que defenderse no son enemigos de la población, sino del imperialismo estadounidense y por extensión de las oligarquías occidentales, y la globalización no es una cosa que haya caído del cielo, sino que es el fruto, apetecido por la élite, de las regulaciones estatales que defienden una propiedad privada sin límites y la desregulación del espacio internacional, que permite unos niveles de especulación financiera y de colonización económica insuperables.

VOLVAMOS AL TEMA DE LA IZQUIERDA

1. Mientras la teoría marxista así resumida es compatible con los innumerables datos empíricos que nos llegan de la realidad social y con el conocimiento científico que se ha ido acumulando en las disciplinas sociales, la teoría procapitalista no vale para integrar esos datos ni es compatible con el conocimiento científico. ¿Para qué vale entonces? En el espacio cognitivo para nada, pero vale como respaldo legitimatorio a los defensores del capitalismo y vale como venda sobre los ojos de la población. Consiste, pues, en una urdimbre de falsedades a la que bien podemos llamar mentira sistemática (porque es necesaria para la legitimación del Sistema).

Naturalmente el PSOE utiliza esta teoría (y no sólo en su variable socialdemócrata), lo que reafirma la idea de que este partido forma parte de la derecha.

Pero ¿y las demás organizaciones que se consideran de izquierdas?

Si nos limitamos a las presentes en el Parlamento encontramos lo siguiente:

IZQUIERDA UNIDA es una organización concebida como disfraz del partido comunista (precisamente para ocultar el término comunismo, demonizado por la derecha) que tiene tres problemas:

El primero es que, aunque no ha dejado de ser marxista, lo es sólo para uso interno y de manera rutinaria. Actúa sin que los conceptos vigentes de la teoría marxista sean perceptibles en sus discursos o en sus acciones, y sin intento alguno de renovar la teoría en sus partes débiles. Se camufla bajo un disfraz socialdemócrata y elude discursos más radicales (precisamente los necesarios) por miedo a la reacción de los medios, a cuyos argumentos, fácilmente rebatibles, no se atreve a enfrentarse.

El segundo problema es que, desde que se impuso el llamado eurocomunismo con Santiago Carrillo, el partido comunista primero, e IU después, han sucumbido al electoralismo, abandonando todo esfuerzo por abrir los ojos a la población engañada e ir haciéndola compatible con los viejos ideales de igualdad, libertad y fraternidad.

El tercer problema es que, sobre todo para sufragar gastos electorales, se ha endeudado con la banca perdiendo independencia frente a ella.

PODEMOS surgió de la indignación que produjo la forma de salir de la última gran crisis capitalista, cargando sobre el pueblo los costes y otorgando grandes beneficios a quienes la habían provocado. Pero no por compartir indignación se comparte ideología. Muchos integrantes de Podemos son socialdemócratas, bien es cierto que no contaminados, a diferencia del PSOE, por la sumisión al poder económico. Sólo una minoría se presenta como anticapitalista.

Aunque esta composición coloca a Podemos a la izquierda del PSOE hay que insistir en que no se puede funcionar con armonía y efectividad manteniendo dentro dos ideologías tan contrarias. Pero es que, además, la parte anticapitalista de Podemos comparte con IU dos de sus defectos: la ausencia de una teoría válida para tareas de batalla ideológica a largo plazo y, como consecuencia, la caída en el electoralismo. Prueba de ello es la forma en que languidecen los Círculos, que comenzaron siendo el santo y seña del partido, y un síntoma significativo es que, tras entrevistar a Iván Redondo en La Tuerka, Pablo Iglesias dijera “… lástima que haya trabajado para nuestros adversarios”, quedando implícito “¡Qué lástima que no trabaje para nosotros!”, lo que quiere decir que ganar votos es lo que importa, incluso si para ello hay que aparcar la ideología propia y seguir las instrucciones de un personaje que supedita ideas y valores a la estrategia comunicativa que le parece electoralmente rentable.

2. El rico patrimonio de la izquierda anticapitalista (y sólo de ella) es la posibilidad de promocionar la verdad política (que no sólo es revolucionaria, sino que se distingue en seguida de la mentira habitual). Que la verdad es muy peligrosa para el Sistema se prueba por la forma brutal en que, cuando se produce, es atacada por políticos, periodistas e intelectuales conservadores como si no fuera otra cosa que producto del resentimiento, de viejos dogmas, del populismo antisistema. Temen más a la verdad que a la llegada de la izquierda al poder, que saben que estaría bajo control. Por ello la primera obligación de la izquierda es hacer públicas, de manera incansable, descripciones verdaderas de la situación que sean comprensibles por las distintas mentalidades.

Si aceptamos esto no pueden ser más descorazonadoras las conclusiones a que aboca la actividad de la izquierda parlamentaria española. El problema no es que esa izquierda tenga dificultades para ponerse de acuerdo con el PSOE, sino que ha copiado casi todos los rasgos prosistema del PSOE.

Tanto IU como Podemos dan por supuesto que vivimos en democracia y que a la ideología popular no hay que transformarla, sino utilizarla. Justamente lo que hace la derecha. En el discurso moderado de IU y de Podemos no se habla de explotación y dominación, sino de aumento de las desigualdades, y se concibe la lucha de clases como lucha electoral a la que acudir pertrechados de las armas propias del sistema. Líderes carismáticos, gasto de un dinero que debería dedicarse a otros fines, cuidado de no hacer ni decir lo que pueda quitar votos y de hacer y decir lo que pueda darlos, afán por ser invitados a los medios privados, a los que blanquean al no denunciar sus intereses ocultos, etc. En definitiva: ingresan en el consorcio de quienes se encuentran obligados a la mentira sistemática que refuerza la falsa conciencia de la población.

Cierto que IU y Podemos son de largo las organizaciones que menos mienten (apenas lo hacen de manera activa), pero mienten por inacción, al callar muchas de las cosas que deberían estar diciendo.

EL PATÉTICO ESFUERZO DE UNIDAS PODEMOS POR LOGRAR UN GOBIERNO DE COALICIÓN

1. Llegamos así a la situación política presente, a eso que muchos han llamado la gran ocasión de conseguir un gobierno progresista que venga a solucionar los problemas de la gente.

Decir esto ya revela que se acepta la semántica del sistema. Pues ¿qué es solucionar los problemas de la gente? Para solucionarlos hay primero que identificarlos, cosa que nadie hace en IU y Podemos a un nivel que no sea superficial.

Se supone que solucionar los problemas de la gente consiste en aumentar de manera ridícula el salario mínimo, aumentar de manera ridícula la levísima carga impositiva de los más ricos, hacer algún cambio ridículo en el sistema educativo, poner algún freno a la subida especulativa de los alquileres como si eso solucionara el problema de la vivienda de las clases populares, tratar de asegurar la persistencia de las pensiones públicas, casi todas ellas miserables, eliminar los aspectos más lesivos de las reformas laborales del PP y el PSOE, dotar presupuestariamente algunas políticas sociales, etc.

No estoy discutiendo la utilidad relativa de esas políticas, sino negando que esos poquitos resuelvan los problemas de la gente. Sería más honrado decir: “Como no podemos resolver los grandes problemas de la gente, porque no se nos permite hacerlo, resolvamos algunos problemas menores.”

Pero en lugar de decir esto y explicar a la población cuáles son sus problemas más graves, y los de sus hijos, y por qué no se pueden solucionar dentro de este Sistema, UP proclama que un gobierno de coalición con el PSOE es la gran ocasión.

2. Se defiende el gobierno de coalición apelando a la desconfianza de que el PSOE cumpla lo acordado en un pacto de legislatura si UP no está en el gobierno para controlar ese cumplimiento, desconfianza sin duda razonable.

Mientras Pablo Iglesias da la impresión de que, equivocado o no, es persona honesta, Pedro Sánchez ha ido dando pruebas de personaje oscuro, artero y carente de empatía, sólo animado por un deseo irrefrenable de poder político (baste recordar sus heroicidades para reconquistarlo, que ya sabemos que no hizo en defensa de valores y principios, sino en defensa propia) y por tanto muy controlable por el poder económico. Lo último que quiere es un gobierno de coalición con UP que le impida manos libres para pactar con la derecha y asegurarse la tranquilidad frente al temible poder económico. Esto lo sabe todo el mundo bien informado y lo ha confesado él mismo al decir que no podría dormir si tuviera a gente de Unidas Podemos en el gobierno. Por ello, aunque simulaba negociar, ya en agosto había anticipado al presidente de la CEOE que habría elecciones, de las que espera que el PSOE quede más fuerte, y más débiles UP y Ciudadanos.

Con tal socio un gobierno de coalición no podría durar, salvo que UP, para evitar a cada paso la crisis de la gran ocasión, renunciara a la crítica y se amarrara a la mentira sistemática que practica el PSOE.

El hecho de que quienes deciden en UP no hayan tomado esto en cuenta es síntoma de que están perdidos en los vericuetos de la derecha socialdemócrata e insensibles a las variables ideológicas.

La actitud razonable hubiera sido apoyar la investidura del PSOE sin exigir a cambio nada que pueda disminuir la libertad para una actividad educadora de la gente engañada (una actividad, por tanto, antisistema). Pero el electoralismo está tan interiorizado en los aparatos partidarios, en los militantes y en los votantes que el único resultado satisfactorio es para ellos el éxito electoral y la conquista de poder político. ¿Para qué?, habría que preguntarles. ¿Hasta dónde se puede llegar por ese camino sin el apoyo de una población dispuesta a ir más allá de las conquistas socialdemócratas hoy rebajadas? Basta mirar a los bandazos de la población de Brasil, Argentina, Ecuador y ahora de Bolivia, donde, tras más de diez años de políticas a favor de la gente, Evo Morales ha pasado de más de un cincuenta por ciento de apoyo popular al treinta y tantos que le dan algunas encuestas y que pone en riesgo su reelección el próximo octubre.

2. Todo esto nos advierte de la necesidad de una izquierda que en España no existe y que es imprescindible para los intereses progresistas. Una izquierda que integre a IU y a la parte anticapitalista de Podemos y que, tras soltar el lastre socialdemócrata (buena ocasión para ello la que Errejón ofrece), desprecie el electoralismo de los partidos prosistema y se atreva a llamar al pan pan y al vino vino. Que sea reconocible por el trabajo incesante y bien orientado en el tejido social, único del que se pueden esperar beneficios a largo plazo para la mayoría de la población y al que debe supeditarse la (también necesaria) actividad en campañas electorales y en las instituciones.

No vale criticar a la casta política si al mismo tiempo no se critica al sistema que la crea y que se sirve de ella. Sin romper con el sistema (y ni la IU heredera del eurocomunismo ni Podemos han roto con él) a lo más a que se puede llegar es a recoger algunas migajas del banquete y contentar con ellas a un pueblo que seguirá siendo explotado, dominado y educado en el individualismo egoísta y en la ignorancia. ¡Pues qué bien! ¡Adelante tras el líder carismático en el propósito erróneo! Adelante con los que piensan que el valor de una izquierda sin poder político es meramente testimonial. No ven más allá de lo que tienen ante los ojos.

Para no insistir me remito a lo dicho en Sobre el fracaso de Podemos en las elecciones y en Refundar Podemos ¿En qué dirección?

jmchamorro@jmchamorro.info

REFUNDAR PODEMOS. ¿EN QUÉ DIRECCIÓN?

A causa de sus últimos fracasos electorales son muchos los que hablan de la necesidad de una refundación de Podemos. Como no pertenezco a ese partido no puedo entrar en la discusión interna, pero sí en la discusión más general sobre el papel de la izquierda, ofreciendo algunas ideas extraídas del análisis que hago más por extenso en Capitalismo, izquierda y ciencia social. Hacia una renovación del marxismo.

Decidan lo que decidan los miembros de Podemos y de IU, es muy necesario crear a la izquierda de la socialdemocracia una organización potente que sepa realizar actividades imprescindibles, y por ahora abandonadas, que no tienen que ver con elecciones e instituciones, sino con el campo de batalla ideológico al que me referí en la anterior entrada de este blog. Dicho de otra forma, es necesaria una organización de izquierdas que logre escapar al fin de la trampa electoralista.

Un síntoma de hasta qué punto Podemos está hundido en esa trampa es que, pese a que el partido necesita cambios radicales, no se hablaría de ellos si los fracasos electorales hubieran sido éxitos.

Contra el electoralismo se han manifestado miembros significativos de Podemos y de IU.

El Consejo ciudadano de Podemos Andalucía ha señalado que en el “nuevo ciclo” que se abre tras las últimas elecciones es necesario “aprender a hacer otras cosas que nada tienen que ver con campañas electorales”.

Yendo más lejos, Alberto Garzón, en una entrevista publicada en eldiario.es el 11 de abril de 2017, situaba el comienzo del electoralismo del PCE en el eurocomunismo de Santiago Carrillo, cultura política que propone que las instituciones que se han conseguido son las necesarias y las suficientes para llegar al socialismo y que por lo tanto el instrumento de mayor incidencia social es presentarse a las elecciones y tener influencia en las instituciones. De esta forma desde la Transición perdió peso todo lo que no fuera maquinaria institucional.

Siendo esto cierto, creo que el electoralismo queda mal caracterizado si se identifica como dedicación casi exclusiva a elecciones e instituciones abandonando otras tareas. Pues no consiste sólo en limitar la actividad política a las elecciones, sino sobre todo en una forma de concurrir a las elecciones y de administrar el poder institucional.

El electoralismo es el artilugio inventado por el poder económico para hacer inofensiva la elección de líderes políticos. Se trata de promocionar a quienes tienen condiciones para convencer al pueblo de que vive en democracia y de que la política que se realiza es la mejor entre las posibles. Se añade la generosa financiación de costosas campañas electorales y el permanente esfuerzo de los medios de comunicación dependientes del capital para demonizar cualquier idea o actitud antisistema. El ciclo termina en el ejercicio del poder según las indicaciones de los poderes reales, los económicos.

Forma parte del electoralismo la idea de que si no se consigue éxito electoral y poder institucional no se existe en el mundo de la política. Y de ello se sigue la supeditación a toda estrategia que consiga votos, aunque obligue a camuflar la propia identidad.

Así definido el electoralismo está claro que la izquierda se ha dejado embaucar y se ha echado por completo en sus brazos. Incluso cuando se lo critica no se discute la forma de acudir a las elecciones, ni el valor que se da a sus resultados, simplemente se aboga por otras actividades vagamente descritas, pero apelando al éxito o fracaso electoral como prueba y señal de ir por buen o por mal camino.

Así cuando Adelante Andalucía se presenta como la herramienta que tiene mayor potencial porque sus resultados han sido los mejores del país, o cuando saca pecho diciendo que cuenta con 17 diputados en el Grupo Parlamentario andaluz, nueve diputadas en el Congreso, una senadora, cientos de concejales y varias alcaldías. Al contabilizar en exclusiva méritos que dependen del resultado electoral, y al no tener otros méritos que mostrar, se sigue de lleno en el electoralismo.

Organización general y partido político

Los resultados de los últimos cuarenta años vienen mostrando que es necesaria una organización política que se plantee actividades tanto al margen del poder político y del Parlamento como de la agitación de la calle, entre ellas analizar e investigar la realidad social para decidir e implementar una política a largo plazo que actúe sobre una mayoría social objetivamente interesada en un cambio de sistema aunque no lo sepa.

Esa organización ha de contar con un partido político filial para concurrir a las elecciones y desarrollar la actividad institucional derivada de la cuota de poder político conseguido, tarea secundaria, pero que tiene su importancia si se hace en forma coherente con los fines generales. A ello me refiero en seguida.

Miembros

Buscar la unidad de la izquierda es algo confundente si se considera a la socialdemocracia dentro de la izquierda. No cabe esperar un funcionamiento eficiente si pretenden controlar las decisiones quienes piensan que el orden social en que vivimos debe ser sustituido por otro y quienes descalifican las propuestas “antisistema”.

Por ello, en lugar de alabar el pluralismo ideológico, sería preferible apostar por el funcionamiento democrático, que ya incluye el respeto a las distintas formas de enfocar un problema o de evaluar las soluciones, pero dentro de un enfoque ideológico compartido. Si el llamado “respeto a la pluralidad” se entiende como heterogeneidad ideológica, pasa a ser una de las causas del déficit de democracia que se percibe en las actuales organizaciones de izquierdas. Pues a falta de unas coincidencias básicas, son inevitables los controles férreos de la dirección y el miedo permanente a caballos de Troya. Ello es lamentable, precisamente porque en el interior de la organización se debe anticipar el funcionamiento democrático que se pretende conseguir para la sociedad entera.

Este funcionamiento exige dos condiciones:

Por una parte un criterio de pertenencia a la organización que sea coherente con la forma de sociedad a la que se tiende. En la izquierda parece exigible una preferencia igualitarista y la convicción de que el sistema capitalista, incluso el moderado por medidas socialdemócratas, es un mal social evitable. Y parece conveniente que la disposición a favorecer el cambio a una sociedad igualitaria busque luz en el conocimiento científico disponible.

La segunda condición es que todos los miembros tengan un acceso equivalente a la información y al conocimiento, eliminando la relación tradicional dirigente-masa, que pivota sobre la habilidad retórica del dirigente para convencer eludiendo los mejores argumentos. Llegar al funcionamiento democrático requiere mucho esfuerzo de divulgación de conocimiento e información, así como dar prioridad a la discusión mediante argumentos escritos.

Dirigentes

Repárese en que la forma de seleccionar líderes prosistema está directamente derivada del electoralismo: buena voz, saber hablar en público, tener una apariencia que resulte atractiva, capacidad de resistencia (lo que equivale a decir vocación de poder), desenvoltura para hablar sin decir nada y repetir eslóganes vacíos sin sonrojo, y todo el cinismo necesario cuando la mentira, la contradicción o el incumplimiento se hacen patentes.

Lejos de esto, la organización que propongo debería carecer de líderes carismáticos y estar dirigida por un amplio consejo temporal de personas elegidas por haber demostrado inteligencia, conocimientos y empatía, con representación adecuada de hombres y mujeres, del impulso de la juventud y de la experiencia que dan los años.

Mientras los líderes actuales buscan la exhibición en los medios porque de otra forma no existen, ese liderazgo compartido debería ser sólo detectable desde fuera a través de los efectos de su trabajo. Sus miembros no serían activos en las redes ni buscarían notoriedad en los medios privados. Estarían a lo importante, sin perderse como los políticos actuales en vueltas y revueltas a la luz de los focos mediáticos.

El partido político filial carecería también de líderes carismáticos, y no tendría capacidad para elegir estrategias, que serían decididas por la organización. Se buscaría en los candidatos electorales experiencia, conocimientos, generosidad y disposición a hablar en un registro de racionalidad y claridad. Si se consiguieran cargos públicos, la corta duración del mandato y el carácter subordinado de su papel sería una manera de minimizar las luchas personales por el poder. Nadie necesitado de poder personal se afilia a una organización en la que no puede conseguirlo.

La organización y el partido tendrían portavoces para hacer comunicados en las redes, en medios independientes y en medios propios, pero no acudirían a un medio privado dependiente del capital salvo para denunciar este hecho, denunciar con datos que tal medio depende del capital y que es por ello un obstáculo a la democracia. No tiene sentido mendigar la presencia en espacios televisivos degradantes, o en tertulias caóticas diseñadas para aumentar la desorientación del público que las sigue.

En seguida me referiré a las tareas básicas de la organización, pero antes voy a insistir en lo que no debe ser, ni hacer, el partido político filial.

Eludir el electoralismo

Por lo antes dicho, se elude el electoralismo no sólo haciendo además otras cosas, sino concurriendo a las elecciones y a las instituciones de otra forma y dando al éxito y al fracaso el valor relativo que tienen. Ello significa en concreto:

-No gastar un solo euro en las campañas electorales.

-Aprovechar el amplificador mediático gratuito para explicar a la gente en qué sociedad vive, qué alternativas existen a corto, medio y largo plazo, y dónde se encuentran los obstáculos.

-Eludir mítines y concentraciones de adeptos, y aprovechar los debates televisados para estropear la fiesta, haciendo ver que no son otra cosa que escaparates para la mentira sistemática.

-Decir lo que hay que decir sin calcular las repercusiones en votos o las reacciones de los poderosos.

Si por este camino honrado se consigue poder institucional es necesario gestionarlo con la misma ética. No para conservarlo sino para utilizarlo según la estrategia decidida, sean cuales sean las consecuencias a corto plazo (incluida la misma pérdida del poder).

De manera que una señal de que se ha salido del electoralismo es que se concurre a las elecciones de otra forma, se da a los resultados electorales el valor relativo que tienen, y a la forma de competir por los votos el valor absoluto que tiene.

Las otras tareas de la organización

Según Garzón para alcanzar lo que Gramsci llamaba la hegemonía se necesita seguir avanzando en la conquista cultural que haga colectivos unos valores y unos principios. Y para ello hay que llegar a gente a la que no se llega. Reconoce Garzón que la hegemonía no se alcanza a través de discursos, ni tampoco a través de las elecciones, al menos no sólo, sino a través de una práctica política insertada en el tejido. ¿Qué práctica? ¿Y por qué no se realiza?

Según Adelante Andalucía hay que avanzar como un sujeto político de unidad, como un altavoz popular y como una herramienta pegada al territorio, acompañar a los círculos que se encuentran con más dificultades tras las elecciones municipales, poner en el centro un proyecto feminista y ecologista presente e implantado en todos los municipios andaluces. Buenos deseos y vaguedades mil veces repetidas sin resultado.

A mi juicio la práctica política de que hablan todos debería desarrollarse en varias áreas. Al menos las siguientes:

-Actividad teórica e investigación social

-Divulgación

-Implantación en el tejido social

-Mundialización

Naturalmente no basta un enunciado vago, hay que concretar la actividad en cada una de esas áreas.

a) Actividad teórica e investigacion social

1. Me referí antes a actuar a la luz del conocimiento científico disponible. ¿Qué conocimiento?

Actuar en el terreno político sin teoría es actuar a ciegas, algo que se puede permitir la derecha (sólo pretende que todo siga como está), pero no la izquierda, necesitada de una visión de conjunto y de acciones instrumentales para un objetivo de gran dificultad, el antes indicado de transformar la ideolgía de una mayoría de población.

IU ya decía a finales del pasado siglo que la teoría es imprescindible, que no la tiene, y que sin ella no se sabe dónde se está y adónde se va. Pero han ido pasando los años y todo sigue igual.

En un manifiesto titulado La disyuntiva Julio Anguita y otros miembros del Colectivo Prometeo echan de menos una síntesis teórica, política y programática, y la proponen a base de inegrar cuatro cosmovisiones que enumeran a partir de los momentos y textos que las alumbraron: Manifiesto Comunista de Marx y Engels, El segundo sexo de Simone de Beauvoir, Los condenados de la tierra de Frantz Fanon y Los límites al crecimiento de Donella Merado. Es decir, comunismo de matriz marxista, feminismo, multiculturalidad y ecología política.

Cierto que la fuerza para trastocar el orden existente está sobre todo en el feminismo, el ecologismo, las migraciones incontenibles y las personas con suficiente conocimiento y empatía, sean o no proletarios. Sólo que el feminismo o el ecologismo pueden funcionar como estrategias unidimensionales o pueden integrarse en una concepción general de la sociedad que las asimile.

Ahora bien, para esa integración ya no es suficiente el Manifiesto Comunista, por mucho que sea un texto históricamente impresionante, ni tampoco las versiones clásicas del marxismo o los llamados neomarxismos, más preocupados por retroceder que por avanzar.

El marxismo se puso a la vanguardia de la teoría social con un enorme efecto, y sigue siendo la unica teoría general de la sociedad de que disponemos, una vez que han fracasado las inoperantes alternativas conservadoras que se han intentado (Max Weber, Talcot Parsons, H. Habermas). Pero tiene fallos que hay que subsanar y requiere nuevos desarrollos que hay que acometer.

Su carencia básica, la falta de un teoría psicológica que funcione en su núcleo, no se percibió claramente en un periodo en que todo se fiaba al análisis económico y a la revolución violenta.

Esa carencia no puede remediarse con el conjunto de disciplinas que se denominan humanidades, ni con la historia y la economía, ni con el derecho y la politología, ni con la sociología de encuestas, sino directamente con la ciencia social básica, cuyo núcleo está constituido por la lingüística, la sociología, la psicología y sus híbridas (psicolingüística, sociolingüística y psicología social). Hay en el mundo académico líneas de investigación que resultan interesantes, como la de modelos de organización de memoria y la de teorías implícitas, pero no es esperable que tomen la dirección que interesa al marxista. Las disciplinas sociales académicas están controladas internacionalmente mediante revistas y política de publicaciones que tienen un carácter marcadamente conservador. Marx y Engels hicieron teoría fuera del entorno académico y esa es una historia que debe repetirse.

2. La debilidad del marxismo heredado se manifiesta sobre todo en el análisis de las clases sociales. La concepción del proletariado como vanguardia y motor de la revolución social ha quedado falsada, una vez que las predicciones que de ella se derivan no se tienen en pie. No se puede avanzar mientras se tome como único criterio para describir clases sociales la posición respecto al modo de producción desdeñando las variables ideológicas.

Una clase social se conoce cuando se estudian los procesos de socialización, los códigos lingüísticos, el papel de las edades y sexos, y en definitiva la estructura de conocimientos, afectos y pautas que caracteriza a cada uno de los grupos cuyo comportamiento resulta relevante respecto a la estabilidad o el cambio social. El proletariado queda de esta forma dividido en un conjunto de subclases, y no todas situadas en el espacio de la izquierda.

Para progresar en este conocimiento no valen por supuesto los llamados Think Tanks conservadores, pero tempoco fundaciones como Alternativas o Ideas del PSOE, Europa de los Ciudadanos de IU o el Instituto 25 de mayo para la democracia de Podemos. Nada interesante nos llega de lo que en estas fundaciones se discute o se teoriza. Es por ello imprescindible un Instituto de Investigación Social que atraiga y favorezca el libre trabajo de investigadores interesados en progresar en las líneas abiertas por el marxismo; y patrocinar una revista científica abierta a todos los investigadores que aporten conocimientos útiles, no importa su ideología o su militancia política. Valdría para iniciar la puesta en marcha el dinero que se derrocha en las sucesivas elecciones y además todo el que se recogería si los posibles donantes tuvieran confianza en su empleo. Este Instituto de Investigación Social debería ocupar el centro de la organización, y con él deberían conectar, por vías de entrada y salida, las restantes áreas de actuación, las cuales podrían extraer conocimiento de las investigaciones en curso y, a su vez, ofrecer problemas y resultados de su propio funcionamiento como materia de investigación.

b) Divulgación del conocimiento

Si una organización de izquierdas pretende llegar a la gente y hacerse entender, ha de intentar algo más que producir en período electoral el discurso político propio del mitin. Una política de divulgación debe apoyarse en otros instrumentos, uno de los cuales es, sin duda, la actividad habitual de los miembros de la organización en su entorno social. Ello requiere que reciban una formación teórica suficiente dentro de la misma organización.

Pero además, si es necesario promover el conocimiento y los valores de igualdad y fraternidad, resulta imprescindible acercar el conocimiento y la cultura a los barrios y pueblos mediante un equivalente de aquello que se llamaba universidades populares (“misiones pedagógicas” en la versión de la Institución Libre de Enseñanza), una actividad permanente en los Círculos que ofrezca conocimientos que por ahora no se dispensan en las facultades de sociología, ni de psicología, ni de lenguaje, pero imprescindibles para cualquier ciudadano, sea o no activista. Me refiero a los conocimientos que componen una teoría general de la sociedad y los que se derivan de ella. Esto es trabajar en la calle, que no consiste sólo (aunque también) en promover protestas y manifestaciones.

Pero se necesita además una red de medios de comunicación para hacerse entender por un número creciente de personas cuyos intereses objetivos coinciden con el propósito de la organización.

En el nacimiento de Podemos tuvieron influencia no sólo las redes, sino también La Tuerka y el diario Público. Pero esto es insuficiente. Garzón se pregunta dónde está hoy un equivalente de la Radio Pirenaica. La izquierda debería disponer de periódicos y emisoras de radio y televisión que lleguen a toda la población, y hacer de ellas una anticipación de los medios públicos que sus propios valores exigen: inteligentes, creíbles y atractivos, capaces de expresar de manera clara, a distintos niveles de complejidad, el conocimiento que la mayoría necesita, para lo que es necesario atraer a intelectuales, humoristas, comentaristas deportivos, etc., que estén por la labor. Unos medios de comunicación influyentes valdrían no sólo para contrarrestar la fuerza de los medios conservadores y darles la réplica adecuada, sino además para mostrar la posibilidad y estructura de unos medios ¡no sectarios (por ejemplo, proporcionando espacios a los enemigos ideológicos para que los administren a su gusto sin censura alguna). Pues en esos medios propios habría que insistir en el argumento de que el ideal (y una condición obvia de la democracia) es el control social de la fabricación y distribución de la información, única forma de impedir privilegios o controles personales o de grupo en su uso. Habría que argumentar desde medios privados contra la existencia de medios privados y mostrar los medios propios como ejemplo de lo que podrían ser los medios públicos controlados socialmente.

Pero hay que repetir que poco puede hacer una organización de izquierdas que intente distribuir información realista si no tiene en cuenta los procesos que se ponen en marcha en las distintas clases de destinatarios cuando la información es disonante respecto a estructuras cognitivas y afectivas de cada una de esas clases. Estos problemas no se solucionan poniéndose en manos de gurús de la mercadotecnia como el Iván Redondo al que Pablo Iglesias echaba de menos, sino con la investigación a que antes me referí.

c) Implantación social

Alberto Garzón se queja de que la izquierda ha abandonado progresivamente la construcción del tejido social. “¿Dónde están las asociaciones de vecinos?, se pregunta. ¿Dónde está el PCE desplegando sus ramas por el tejido social, por los barrios, por las clases sociales?” Recuerda que el movimiento obrero en el siglo XIX, especialmente el SPD, que fue el gran partido de la socialdemocracia europea del siglo XIX (un equivalente del comunismo según se entiende hoy) tenía un despliegue tan enorme de instituciones propias que, por ejemplo, un trabajador podía aprender un oficio en instituciones del partido. Podía aprender a leer, podía ir a bibliotecas, podía aprender idiomas, podía relacionarse socialmente… en los bares, en los ateneos, las bibliotecas, todas del partido. El partido había sido capaz de construir una realidad alternativa, una sociedad alternativa, como también consiguió el PCI en Italia. Esto está ausente en la historia reciente del PCE y está ausente ahora de la izquierda española y también en general de la izquierda europea.

Esto es cierto y se echa en falta la creación de espacios en cada pueblo o barrio para que las personas que lo deseen puedan relacionarse en un ambiente ideológico progresista y actuar a diferentes niveles de implicación, lugares de reunión dotados de bibliotecas bien diseñadas, de bares económicos, de salas de lectura y aulas de estudio, donde se plenteen y discutan los problemas del entorno próximo y encuentre alguna ayuda o asesoramiento quien lo necesite.

No sólo mediante los Círculos se puede actuar en el tejido social. A la izquierda ni se le ha pasado por la cabeza algo tan sencillo como establecer escuelas infantiles de 0 a 3 años en barrios populares con abundancia de obreros e inmigrantes. Buena forma de proponerse una relación fluida y diversa con las familias, implicándolas en la solución de los problemas presentes y futuros de esos niños y, ya de paso, en los problemas más generales del barrio, de la ciudad y de la sociedad. Tales escuelas son imprescindibles para dotar a los niños, desde los pocos meses, del baño lingüístico que no reciben en sus familias y que es necesario si se quiere evitar que queden condenados a un fracaso escolar que más tarde ya no tiene remedio.

Con el tiempo, poco a poco, esas escuelas infantiles podrían dar lugar a escuelas experimentales. Hay que tener en cuenta que cualquier mejora pedagógica profunda se inicia siempre en aquella parte de la sociedad que ha madurado algún progreso sobre lo recibido, y si nos preguntamos qué parte de la sociedad es la que tiene que correr en el presente con el intento de progreso pedagógico, hay que responder que el grupo que haga suyos los valores de igualitarismo e ilustración, es decir, el grupo promotor de una racionalidad caracterizada por afectividad sana y conocimiento científico.

Tal progreso pedagógico ni puede ser impuesto en la escuela pública (no lo tolerarían las fuerzas conservadoras) ni es esperable de las instituciones tradicionalmente dedicadas a la enseñanza. Es decir, no existirá a menos que la izquierda se proponga desarrollarlo.

En España la educación pública, pese al esfuerzo de muchos enseñantes, es una simulación discriminatoria que condena a los alumnos de clases bajas al fracaso escolar y es poco eficiente respecto a los demás. Esto es algo que la izquierda anticapitalista debería estar mostrando a la sociedad con cifras y argumentos que todo el mundo entendiera. Pero sobre todo: debería estar argumentando que aunque una buena educación es posible, su generalización es incompatible con el sistema capitalista.

Una buena escuela (aunque sólo fuese una), dirigida ante todo a corregir fallos en la estructura afectiva de los colegiales (el éxito en los demás espacios vendría como efecto), sería de enorme impacto ideológico, sobre todo si sus resultados se hicieran públicos en las revistas científicas pedagógicas. He ahí un argumento poderoso para convencer a una gran parte de la población de que el presupuesto estatal debe volcarse en una educación pública de la mejor calidad. Pues más efectivo que describir una buena escuela es mostrarla diciendo: “esto es una educación adecuada y es posible, puesto que la estamos realizando”. Seguro que, si este proyecto se pusiera en marcha, serían muchos los profesionales que colaborarían y muchas las personas que prestarían apoyo económico.

d) La mundialización de la resistencia

El proyecto de una transformación social que siga pasos pacíficos y apoyados por una mayoría de la población obliga a la izquierda a replantearse el ámbito de la actuación política.

Lo que fue internacionalismo proletario debe convertirse en resistencia internacional, pues una vez que el espacio estatal ha perdido gran parte de su antigua autonomía económica la resistencia nacional ya no vale por sí sola. Dado que cualquier medida racional y justa puede recibir el embate del capital afectado, una ofensiva contra los privilegios capitalistas tendría que ir acompañada de una movilización que vaya articulando una sociedad civil mundial y una opinión pública mundial. Cualquier cambio social significativo es imposible sin un proceso lento de nuevo orden internacional, y en un solo país es un objetivo ilusorio. Hay por ello que fortalecer las relaciones con organizaciones de otros países y con movimientos alternativos que están haciendo una presión internacional creciente contra la lógica del mercado y sus consecuencias. Cada día se ve como más necesaria una legislación mundial que regule las cuestiones de interés mundial (fuentes de energía, medio ambiente, cambio climático, erradicación de epidemias, derecho de acceso de toda la población mundial al agua y alimentos necesarios, redistribución de las poblaciones, intervención internacional para evitar guerras locales, armonización de legislaciones fiscales y laborales, eliminación de paraísos fiscales, regulación de los movimientos de capital, etc.).

Ni Podemos ni IU negarán esta necesidad, pero no se conocen las actividades que llevan a cabo con este fin. Recordemos que en Seattle y en las sucesivas convocatorias a favor de otro tipo de mundialización no ha sido significativa la presencia de organizaciones de izquierda anticapitalista.

En cambio la Vía Campesina, por ejemplo, agrupa a 148 organizaciones de 69 países en lucha por una agricultura libre de la mercantilización actual, debida sobre todo a patentes agrícolas controladas por grandes multinacionales como Monsanto. Algo parecido ocurre con la ecología y seguramente son muchas las personas que podrían concertarse en la presión a favor de un Plan económico global que permita erradicar la miseria del mundo, pero que además reconduzca el desarrollo económico por vías sostenibles dentro de un proyecto de vida buena a largo plazo y para el mundo entero. El internacionalismo progresista puede tener resultados interesantes en el acoso progresivo a los modos de dominación que se nos imponen, porque cada día se van acumulando las razones, y no sólo morales. La pobreza extrema de unas partes del mundo afecta a todos, sea por la vía del terrorismo internacional sea por la de las migraciones que activan pautas xenófobas muy extendidas en los países de economía más desarrollada.

Se espera algo de los movimientos antiglobalización, sobre todo desde que a la mera protesta le han añadido propuestas positivas, pero los grupos y los colaboradores que ahí se unen son heterogéneos, en muchos casos especializados en una visión particular. Hacen falta además organizaciones que tengan una concepción integral de los problemas y puedan reunir en ella las distintas líneas de presión.

¿Valor meramente testimonial?

Termino con algo que ya he dicho en otras ocasiones. Imaginemos que el PCE que blanqueó la oscura Transición se hubiera quedado fuera de aquel pacto, dedicando los cuarenta años transcurridos a tareas como las aquí descritas. ¿Imaginan cómo estaríamos ahora? Pues comencemos a hacer ahora lo que dentro de cuarenta años se nos agradecerá.

jmchamorro@jmchamorro.info

SOBRE EL FRACASO DE PODEMOS EN LAS ELECCIONES

A favor de Podemos se puede seguir diciendo que se mantiene libre del poder económico. De ahí que la banca, las empresas del IBEX 35 y sus medios de comunicación lo ataquen con el denuedo que cualquiera puede observar. En Bruselas, nido de la política europea neoliberal, preocupa (o preocupaba) Podemos tanto como el Brexit. Razones suficientes para votar a Unidas Podemos, lo que no obsta para comentar críticamente el desastre sufrido por Podemos en las últimas elecciones.

En 2015 las listas presentadas por Podemos para el Congreso de los Diputados, en solitario o en coalición con otras formaciones políticas, obtuvieron el 20,68% de los votos y 69 diputados en el conjunto del Estado. En comparación con esos resultados los de las pasadas elecciones generales y sobre todo los de las municipales, europeas y autonómicas pueden considerarse un fracaso.

En Público de 29 de mayo se preguntaba Lidia Falcón: ¿Cómo entender que Podemos e IU, juntos, hayan obtenido únicamente el 1,6% de los sufragios, cuando en 2015 Izquierda Unida sola alcanzaba el 4,7%, pasando de 1.057.212 votos hace 4 años a 364.370 en la actualidad? ¿Qué conclusión sacar que de que, tras cuatro años de gobierno en “las ciudades del cambio”, sólo se haya retenido Cádiz; o de que en Zamora el alcalde de Izquierda Unida haya obtenido la mayoría absoluta? ¿Cómo explicar que se presenten a elecciones en Madrid 8 listas a la izquierda del PSOE, otras 8 en Zaragoza y Valencia, 12 en Barcelona, 10 en Gran Canaria, 6 en Sevilla, 5 en La Coruña, por seleccionar solo algunas de las grandes ciudades, ya que en toda España se multiplican las ofertas electorales que se reclaman a la izquierda del PSOE?

Estas preguntas son oportunas, pero a mi modo de ver el fracaso de Podemos no ha estado tanto en la pérdida de votos (ello podría ser algo incluso previsto y aceptado a cambio de otra cosa de más valor), sino en que este partido ha jugado todas sus cartas al resultado electoral.

Para comprender lo ocurrido creo que conviene poner en primer plano un hecho al que ya me he referido en otras ocasiones: aunque cuando surgió Podemos se entendió que era un partido que se situaba a la izquierda de la socialdemocracia, lo cierto es que en Podemos conviven dos tendencias distintas, la socialdemócrata y la de tradición marxista (llámese anticapitalista, igualitarista o como se quiera).

Esto puede ya explicar por qué si se unen IU y Podemos restan en lugar de sumar: votantes de IU no han querido votar al Podemos socialdemócrata y votantes socialdemócratas de Podemos no han querido votar a IU. Sería lógico que los miembros socialdemócratas de Podemos pactaran con el PSOE o se integraran en él, y que los miembros anticapitalistas se unieran a IU, pero en esta cuestión no es la lógica la que manda.

El caso es que, si por una parte es ya disfuncional tener dentro dos tendencias tan distintas, por otra parte la cosa ha ido a peor, porque la rama socialdemócrata se ha ido imponiendo no sólo en la elaboración de los programas electorales (que es justificable), sino también en los objetivos más generales, en las estrategias y en el discurso, hasta borrar casi por completo a la anticapitalista. Ello ha tenido como resultado el electoralismo, el abandono de las tareas no institucionales y, sobre todo, la participación, aunque sólo sea por silencio y omisión, en la omnipresente mentira pro-sistema.

Dos Podemos que se estorban

1. Tener dentro socialdemócratas y anticapitalistas conduce a la disfuncionalidad.

Para los socialdemócratas es meta final el mantenimiento o la recuperación del llamado Estado del Bienestar, que sólo exige medidas a corto plazo y no requiere una población distinta a la que hay.

Conocemos las limitaciones del Estado del Bienestar si se toma como meta final, sobre todo la resignación a vivir pasivos ante una dominación y explotación globales, que se harán más invulnerables precisamente si la política socialdemócrata tiene éxito. Reparemos en que este objetivo permanece dentro de una economía de mercado cuyos efectos son injustos, irracionales y muy lesivos para los recursos naturales, el medio ambiente y el bienestar y la salud de los trabajadores, haciendo al mismo tiempo ilusoria la democracia que a cada paso se proclama.

En cambio para los anticapitalistas la recuperación del Estado del Bienestar es un mero paso adelante hacia una meta final, el igualitarismo, que daría por fin satisfacción al ideal de la Ilustración (igualdad, libertad y fraternidad). Ello exige sustituir la llamada economía de mercado por una planificación democrática mundial, y sólo puede tomar cuerpo en un mundo en el que todos reciben un mismo tipo de educación de máximo nivel, la riqueza social se reparte equitativamente y nadie puede alcanzar, a consecuencia de su riqueza, posiciones de predominio o control sobre otros. Este es el concepto de globalización progresista, frente a la globalización que se nos vende (y a la que se apela como si fuera un corsé inevitable que impide las medidas racionales y justas).

Ciertamente ese mundo deseable es inalcanzable a corto plazo. La aproximación exige medidas que deben ir incidiendo en la transformación ideológica de una gran parte de la población. La población actual no vale para promover y defender cambios radicales.

El verdadero campo de batalla

1. Sin duda el gran fracasado en las pasadas elecciones y en todas las anteriores es el pueblo que vota. Y esto vale tanto para España como para el resto de países que se llaman democráticos. El fracasado es el pueblo que ha votado a Trump, o que votó a Reagan, pero también el que votó a Kennedy, Clinton u Obama, todos ellos al servicio de los intereses de la oligarquía económica americana. El fracasado es el pueblo europeo que vota a la extrema derecha y a partidos corruptos, pero también a partidos “respetables” que desarrollan políticas antipopulares presentándolas como inevitables.

Ese pueblo es conservador, vota a partidos conservadores y les da o quita votos por cuestiones superficiales que tienen que ver con la forma en que los sucesos políticos más irrelevantes se integran en mentes desorientadas. Basta recordar la tabarra que los politólogos nos han dado con el color de una corbata, el deficiente maquillaje o las reiteradas miradas al reloj, interpretado todo esto como causa de que se perdiera un debate y las correspondientes elecciones. Se culpa en estos casos al candidato que eligió mal la corbata, o que miró mucho el reloj, o que no se preocupó de un buen maquillaje, nunca al pueblo votante, que es el que realmente ha manifestado su incompetencia.

Desde hace milenios se viene heredando y potenciando una eficaz ideología conservadora que mantiene a la población en una ignorancia que es funcional para que el sistema se mantenga. Sólo porque muchos ciudadanos ignoran cuáles son sus intereses objetivos, no votan a quienes los favorecen y votan a quienes los perjudican. Si no hubiera falsa conciencia, y puesto que una minoría explota a la mayoría, esa minoría nunca ganaría las elecciones. Quiere ello decir que si el pueblo español tuviese conocimiento suficiente de la realidad socio-política, Unidas Podemos no hubiera perdido votos por grandes que hayan sido sus errores. Los restantes partidos los han cometido aún mayores.

Precisamente porque las cosas son así, cualquier partido anticapitalista debe tomar como punto de partida el hecho de que toda política que intente llegar más lejos de lo que el poder económico considere aceptable encontrará la oposición de ese poder (que sabe cómo montar feroces represalias económicas) y de sus huestes académicas, funcionariales y mediáticas, pero además no encontrará apoyo suficiente en la población cuando lleguen las represalias.

Se puede entonces resumir la situación repitiendo que mientras una política socialdemócrata puede contar con la población existente, una política que vaya más allá necesita una transformación previa de esa población, un cambio profundo en sus ideas y valores. Mientras para un partido socialdemócrata el campo de batalla es el electoral, para un partido anticapitalista el verdadero campo de batalla es aquel en que se ventila la transformación ideológica de una mayoría.

2. Esa transformación está fuera del corto plazo, pero eso no quiere decir que no pueda inspirar muchas actividades ya realizables, que son condición para que sea posible mañana lo que hoy es muy deseable, pero está fuera de nuestro alcance.

Entre esas actividades hay una insustituible, la pedagógica que consiste en ir difundiendo entre la población, de manera efectiva, aquel conocimiento indispensable que el discurso oficial, los medios de comunicación, los púlpitos eclesiásticos y los textos de las escuelas silencian o tergiversan. La pugna electoral debe interpretarse entonces como un medio, un escenario en el que hablar claro y mostrar una diferencia profunda con el resto de los partidos, presentar a la ciudadanía una imagen tan diferente a la de la socialdemocracia que esa misma diferencia constituya el mensaje más sólido de cara al futuro y sin que importen las consecuencias electorales inmediatas. A su vez, el poder político, si se consigue, debe emplearse en hacer aún más patente esa diferencia, todo ello como parte de una estrategia transformadora de ideas y afectos que ha de exceder con mucho el espacio institucional, y que en muchos momentos puede poner en riesgo el éxito electoral o llevar a la pérdida del poder conseguido. Perder el poder por hacer lo correcto es encomiable. Perderlo por dar pasos atrás, como ha ocurrido ahora, es lamentable.

Socialdemocracia inevitable en los programas

Las propuestas políticas de Podemos, pese a que sean tachadas por la derecha de radicales, no sobrepasan el nivel de la socialdemocracia, e incluso han ido rebajando su intensidad inicial. Pero no es esto lo criticable.

Cuando Podemos irrumpió en la vida política era razonable querer desalojar al PP del poder, llegar al Gobierno y hacer una política más justa y transparente, beneficiosa para muchas personas que lo estaban pasando mal.

Una política socialdemócrata que revierta las políticas de recortes del capitalismo neoliberal puede ser la única posible por el momento, de manera que es adoptable tanto por socialdemócratas como por igualitaristas.

Ahora bien, no de la misma forma ni con los mismos efectos.

Un partido igualitarista debe explicar la relación instrumental de sus propuestas electorales con la meta final. No olvidemos que para caracterizar a un partido político lo primero a tener en cuenta es la finalidad que da sentido a la organización y que permite evaluar los comportamientos instrumentales que se vayan haciendo posibles. De ahí que la meta final deba actuar permanentemente como punto de referencia en la crítica al presente y en la propuesta de avances.

Esto no es posible en Podemos por la disfuncionalidad indicada: lo que para muchos de sus miembros es meta final, para otros es, o debiera ser, meta intermedia. Y resulta que a estos últimos no se los oye. No es por tanto el programa electoral lo que se puede criticar a Podemos, sino el discurso y los silencios con que lo ha acompañado, y también que no haya hecho otras cosas, precisamente las que deberían caracterizar a un partido que se presentó como situado a la izquierda de la socialdemocracia.

Electoralismo

1. Más concretamente, la inoperancia de la parte anticapitalista de Podemos se aprecia en que el partido ha venido actuando como si creyera que la batalla contra la derecha se da en el campo electoral, error que viene de lejos.

Marx creyó que el paso a la sociedad igualitaria, determinado por las leyes de la Historia, podía acelerarse mediante la lucha revolucionaria del proletariado, y que el final del modo de producción capitalista, resultado de esa lucha, originaría la emergencia del “hombre nuevo”. Bien pronto se pudo comprobar que esa emergencia no se sigue mecánicamente del cambio de modo de producción. Marxistas posteriores llegaron a la conclusión de que la revolución violenta no tiene sitio en los países de economía desarrollada, y la sustituyeron por la lucha electoral para ganar un poder con el que, desde las instituciones, cambiar el modo de producción capitalista bajo la misma idea de que el “hombre nuevo” surgirá como por ensalmo. En esta línea los partidos eurocomunistas criticaron a quienes seguían manteniendo la lúcida consideración marxista de la democracia burguesa como democracia meramente formal.

No comprendieron que la participación en la lucha electoral no vale de mucho, ya que el ejercicio del poder político está sometido a la condición de que no se utilice para atacar sensiblemente al capital. En realidad nuestra “democracia” sólo es aprovechable como un avance político que mejora la situación del ciudadano frente al poder y que permite a la izquierda antisistema desarrollar, en tanto que parte de la sociedad civil, tareas relacionadas con la transformación de creencias y valores de una mayoría social, condición necesaria para que surja a largo plazo la “persona nueva” promotora del igualitarismo. En ese sentido la lucha electoral no deja de ser una trampa si no se la toma como un medio más en la batalla ideológica.

2. Cuando un partido se limita al campo electoral e institucional acepta a la gente como es y, en consecuencia, utiliza instrumentos de mercadotecnia con mensajes que no desanimen a los votantes, y con caras de líderes carismáticos al frente de las listas. Se hace obsesiva la necesidad de conseguir el voto de una clientela difusa y variable, y el partido se ve comprometido en una actividad que obliga a jugar con las reglas del mercado de cara a una sociedad cuyas mentalidades han sido configuradas de manera masiva por la derecha conservadora.

Los líderes de Podemos han aceptado convertirse en personajes de la cháchara política de los medios, y buscan el éxito electoral como si no tuvieran otro horizonte que la conquista del poder mediante los votos. Sólo discuten por las estrategias electorales. Las previsiones y los resultados electorales dominan análisis políticos ajenos a una teoría seria.

Si todo se fía al éxito electoral ocurre además que en el terreno de la mercadotecnia la batalla está perdida para un partido anticapitalista. Siempre será mucha la ventaja de los restantes partidos, por su mayor potencial económico, por el apoyo mediático y porque sus mensajes populistas encajan mejor con la ideología popular.

Luego se da la siguiente paradoja: en la medida en que un partido de izquierdas llegue al poder y tenga éxito en la lucha por solucionar “los problemas de la gente”, en esa medida pierde el apoyo de esa gente para ir más lejos. Hoy aprovecha la indignación y gana sus votos, mañana esa indignación disminuye porque la situación ha mejorado gracias a las políticas realizadas, y aquellos votos se pierden para impulsar un cambio más radical. La población actual no es fiable para proyectos radicales, porque mayoritariamente desea ante todo la supervivencia o el éxito dentro de la sociedad capitalista.

2. El electoralismo produce miedo a crearse enemigos poderosos y a disgustar o espantar a posibles votantes.

En el artículo antes citado critica Lidia Falcón que los gobiernos del cambio hayan seguido financiando escuelas, cofradías y fiestas religiosas, concedido medallas a las vírgenes y presidido procesiones. Que hayan obviado la reclamación de la República. Que no hayan puesto en cuestión la pertenencia de España a la OTAN ni sus agresiones criminales en medio planeta. Que nada digan de la política de Israel con los palestinos, ni del Sáhara, ni de las interminables guerras de Irak, Afganistán y Yemen. Que en su campaña electoral hayan eliminado la denuncia de las agresiones de los derechos humanos en las políticas de inmigración y asilo, permitiendo que se acepte con naturalidad que miles de personas, mientras huyen de las guerras que nuestra Unión Europea permite y que varios de los Estados que la componen han organizado, mueran en el éxodo por África y se ahoguen en el Mediterráneo. Que aprueben la especulación inmobiliaria, persigan a los inmigrantes y a los manteros, abandonen a los sin techo y consideren que hay que entregarle a la empresa privada los más suculentos negocios inmobiliarios. Que no promuevan la prohibición de la prostitución, el alquiler de úteros de mujeres, la pornografía, ni la desprotección, maltrato y venta de niños con la privatización de los servicios sociales y las casas de acogida.

Se trata, como bien se ve, de acciones y silencios tácticos para no molestar y para no asustar. No hacer o decir esto porque puede molestar a los gobiernos de EE. UU. o Alemania, ni eso porque puede molestar a la banca, ni lo de más allá porque puede molestar a medios de comunicación poderosos, ni aquello otro porque puede molestar a la Iglesia o a los católicos. La solución es quedar casi mudos, limitados a hablar de cosas que no molesten a nadie con poder de reacción, y repentinamente compensar tal silencio con una declaración extemporánea y agria, aprovechada en seguida por la derecha para desacreditar. Si para no espantar votantes hay que huir de cualquier apariencia de radicalismo, se queda a merced de la derecha, que es la que define dónde empieza el radicalismo.

De esta manera, puesto que la mentira consiste en afirmaciones pero también en silencios, la precaución miedosa propia del electoralismo ha llevado a Podemos a participar, por omisión, en la mentira sistemática que los otros están obligados a practicar por acción y omisión.

Lo desatendido

1. Volcado en la actividad electoral e institucional, los principales capítulos de la aventura pública de Podemos han consistido en disputas insustanciales entre líderes, comentarios sobre victorias o derrotas en debates electorales, acusaciones de traición, discusiones sobre alianzas electorales y poselectorales, y otras cosas relativamente intrascendentes, por mucho que los medios las consideren del mayor interés.

La actividad de los Círculos ha decaído, a la población nada le llega de esa actividad. Pero además no se han iniciado procesos para dotar a Podemos de medios de comunicación atractivos, zonas de investigación imprescindibles, actividades de implantación social que trasciendan protestas o manifestaciones.

El desinterés por el campo ideológico hace que no se perciban bien los efectos en ese campo de las propias acciones. Un caso ejemplar fue la compra del chalet por Iglesias y Montero. Tampoco se evalúan los efectos a medio y largo plazo de la ambigüedad en el discurso y de los silencios tácticos.

La ambigüedad sirve a una organización conservadora, pero si se da en una organización de izquierda anticapitalista malogra una actividad que sólo ella se puede permitir y que es su principal patrimonio: hablar sin recurrir al disimulo o la mentira. Mientras los partidos, intelectuales y comunicadores socialdemócratas no pueden eludir la mentira sistemática, la izquierda anticapitalista ha de afirmar las verdades que los demás están obligados, por su papel, a silenciar, negar o sustituir por la mentira populista que en cada momento convenga.

Decir que los socialdemócratas, como los restantes defensores del capitalismo, están necesariamente sumidos en la mentira sistemática significa que en sus palabras y actos está afirmada o implicada la falsedad acerca de las cuestiones fundamentales. Les es preciso afirmar o dar por supuesto que vivimos en democracia, que la soberanía reside en el pueblo, que la constitución es algo sagrado que garantiza la convivencia y el respeto a los derechos humanos, que la propiedad privada de los medios de comunicación es una salvaguarda de la libertad de expresión y de la democracia, que los partidos políticos actúan al servicio de la población que los ha votado, que el pueblo sabe muy bien lo que quiere, que la administración de justicia merece toda nuestra confianza, que la economía de mercado es la más favorable a la mayoría, que hay igualdad de oportunidades porque todos tienen igual acceso a la educación, etc., mentiras flagrantes todas ellas, de las que los defensores del capitalismo no se pueden desmarcar y que constituyen la esencia del populismo en sentido peyorativo. Pues en ese sentido “populismo” es identificable con el uso de la mentira para, engañando a un pueblo mal informado, conseguir o retener un poder con el que hacer una política contra ese pueblo. Así entendido el populismo es algo consustancial con las formaciones conservadoras y sólo la izquierda puede eludirlo.

Precisamente lo que más teme el sistema es que se hagan públicas las verdades incómodas, como prueba el griterío ensordecedor de los medios cuando alguien afirma una verdad que debe ser ocultada. Al unísono vociferan que el inoportuno es antisistema, populista, resentido, demagogo lleno de odio, un peligro para la sociedad.

Al guardar silencio respecto a las cuestiones fundamentales que deben preocupar a un partido de izquierda, como las indicadas en la entrada anterior de este blog, Podemos renuncia a llamar a las cosas por su nombre, dilapida su exclusiva riqueza y, aunque sigue siendo el partido más decente a mucha distancia, defrauda a todos aquellos votantes que esperan la aparición de un partido anticapitalista con el que identificarse.

2. Dicen muchos que para cambiar la sociedad hay que estar en el gobierno, y que todo lo que no sea conseguir votos y poder político es tarea puramente testimonial y por tanto irrelevante. Los que dicen esto están ciegos a la realidad que opera por debajo de la superficie. Ignoran que hay tareas a largo plazo que terminan dando sus frutos precisamente cuando las sucesivas tareas a corto plazo se han mostrado infértiles. Ya sabemos qué ha sido de todos los afanes electoralistas del PCE primero y de IU después. Y podemos pensar que si no se hubiera elegido la senda electoralista hace 30 años, sino otra de actividades con efectos a largo plazo, ya estaríamos recogiendo frutos e incluso es probable que el éxito electoral de la izquierda anticapitalista hubiera terminado siendo mucho más grande.

Por lo menos podemos ya decir que el electoralismo ha llevado a la izquierda anticapitalista a perder votos. Parece que en Podemos y en IU se impone una seria reflexión. Seguro que habrá reflexión, veremos si seria. En todo caso dejo este tema para un próximo comentario.

SOBRE LA DONACIÓN DE AMANCIO ORTEGA A LA SANIDAD PÚBLICA

Inditex cerró el ejercicio de 2018 con un beneficio neto de 3.444 millones de euros, según datos de la propia compañía. Sólo por la propiedad de sus acciones en Inditex, Ortega tiene previsto ingresar este año 1.626 millones de euros en dividendos. Tiene además cargos en otras sociedades e inversiones en sectores entre los que destaca el inmobiliario.

La Fundación Amancio Ortega ha acordado con Comunidades Autónomas y con el Ministerio de Sanidad donar 309 millones de euros para adquirir mamógrafos digitales, aceleradores lineales para el tratamiento de tumores y escáneres tipo TAC para resonancias. Este programa de aparatos médicos vendría a suponer en torno a la décima parte de las ganancias de Ortega en un ejercicio, menos si se toman en cuenta las deducciones fiscales.

La polémica comenzó cuando el pasado mes de mayo Isabel Serra, candidata de Unidas Podemos a la Comunidad de Madrid, sostuvo que “la sanidad pública no debería aceptar donaciones de Amancio Ortega” y abogó por “garantizar que la sanidad pública tenga presupuesto propio y no se privatice”. Añadió en un tweet que “la sanidad pública no puede depender de la caridad o del humor con que se levanten los millonarios. Lo que necesitamos es que las personas como Amancio Ortega paguen sus impuestos”. Pablo Iglesias apoyó a Serra diciendo que “una democracia digna no acepta limosnas de multimillonarios para dotar su sistema sanitario, les hace pagar los impuestos que les corresponden y respetar los derechos de sus trabajadores.”

Mientras Juan Carlos Monedero salía en defensa de Serra e Iglesias, se situaron en una posición intermedia Íñigo Errejón y Manuela Carmena, que vinieron a concluir que si Amancio Ortega paga sus impuestos, bienvenidas sean sus donaciones.

Se lanzaron en defensa de Ortega el torero Francisco Rivera, Miguel Bosé (defraudador de Hacienda que publicó un mensaje en Twitter pidiendo llenar las redes con el mensaje “yo te apoyo y te agradezco. Gracias Amancio Ortega”), Santiago Cañizares (“Gracias D. Amancio… y perdóneles porque no saben lo que dicen”), Bertín Osborne (que aprovechó para defender a Ortega, pero sobre todo para arremeter contra Podemos, al que presentaba como un absurdo e inexplicable enemigo de la Salud y la vida de quienes sobreviven gracias a las donaciones de Ortega), Naty Abascal (que publicó “Queremos más Amancios en España… Eres único”), la modelo Teresa Baca (que echó en cara a los de Podemos que opten por criticar a Amancio Ortega en vez de “agradecer y valorar/ admirar sus donaciones a la lucha contra el cáncer, y el trabajo de toda una vida sin ayuda de nadie, que ha creado un imperio MADE IN SPAIN, dando trabajo a muchos españoles). “No sé -añadió- si estas personas que hablan sin saber (prefiero pensar) han vivido alguna vez tener algún familiar o persona cercana con esta enfermedad porque verían lo necesario que es invertir dinero para la investigación contra el cáncer. Hoy puede ser un familiar pero mañana podríamos ser nosotros”. Otra modelo y actriz, Arantxa del Sol, dijo por su parte: “Un orgullo para nuestro país. ¡Ojalá hubiera muchos como él! Gracias, Amancio, por existir”.

Si nos ponemos a pensar, una gran mayoría del país estará de acuerdo con estos alegatos de personas conservadoras y de mentalidad simple.

En una primera consideración superficial cabe examinar estas cuestiones:

a) Si el señor Ortega paga sus impuestos y si éstos son los adecuados.

b) Si la donación es de la cantidad que se publicita y si es finalista (no para que Sanidad invierta la donación en lo que estime oportuno, sino en la finalidad decidida por el señor Ortega).

c) Si los que se curan gracias a la donación de Ortega no hubieran tenido cura de no ser por esa donación.

Respecto a la primera cuestión, según el grupo del Parlamento Europeo Los Verdes/Alianza Libre Europea, el emporio empresarial de Ortega dejó de pagar 585 millones de euros en impuestos en varios países europeos, 218 de ellos en España, aprovechando las facilidades que la legislación ofrece para reducir las facturas tributarias, principalmente mediante operaciones entre sociedades de un mismo grupo. Por otra parte, aunque Amancio Ortega y sus sociedades cumplieran escrupulosamente con las leyes fiscales, estarían pagando cantidades ridículas por efecto de una legislación que carga sobre las rentas del trabajo y los impuestos indirectos el grueso de la recaudación.

Respecto a la segunda cuestión Carlos Cruzado, presidente de Gestha, el sindicato de los técnicos de Hacienda, ha indicado que Amancio Ortega e Inditex obtienen un beneficio fiscal de entre 108 y 123 millones de euros gracias a las desgravaciones que la normativa tributaria permite en el IRPF y el Impuesto de Sociedades por donaciones de este tipo. De lo que resulta que una buena parte del dinero que Ortega dice donar lo pone la Administración a través del beneficio fiscal. Y el portavoz de la Plataforma en Defensa de la Sanidad Pública Marciano Sánchez Baile ha declarado que, aparte de que el sistema sanitario público no debe depender para su funcionamiento de donaciones más o menos altruistas, en todo caso, si alguien quiere dar dinero al sistema público debe hacérselo llegar a los responsables de administrarlo para que ellos lo gestionen en función de criterios de salud pública, pero no condicionándolo a una enfermedad concreta”, ya que no puede ser que alguien ajeno al sistema decida cuánto y dónde se invierte, sobre todo teniendo en cuenta que, debido a las desgravaciones, hay una parte de ese dinero que al final pagamos los ciudadanos.

Respecto a la tercera cuestión cabe decir que si en la Sanidad pública la curación de enfermos depende de la caridad de un rico, algo funciona muy mal. Los conservadores que achacan a Ortega la curación de enfermos, y que insinúan que Unidas Podemos está propiciando que esos enfermos mueran, parecen no ser conscientes de que están dando la razón a los que abogan por más impuestos y menos caridad.

Hasta aquí el análisis superficial. Supongamos ahora que Amancio Ortega y demás multimillonarios pagan rigurosamente los impuestos que Podemos propone, e incluso que esos impuestos sobrepasan en varios puntos la media europea y permiten que la sanidad pública no tenga carencias importantes. Supongamos que Ortega hace una donación para que la Sanidad pública la invierta en lo que considerare necesario. Y que además hace constar que la donación no es del importe nominal, sino del que resulta una vez deducidas las desgravaciones fiscales. ¿Habría algo que objetar? ¿Serían en ese caso reprochables esas donaciones, que Sanidad podría dedicar a mejorar cosas secundarias? Desde el planteamiento de Serra e Iglesias no lo veo, y por eso no me parece un buen planteamiento.

Porque esas donaciones aparentemente libres de crítica son un indicio de que algo va muy mal, pero algo de lo que Unidas Podemos no habla. ¿Y por qué no habla? Si es por motivos electoralistas está claro que se equivoca: en las elecciones le va de mal en peor.

Lo cierto es que hay algunas verdades que la izquierda no se atreve a defender, seguramente por miedo a una ofensiva brutal en los medios de comunicación. Verdades como las siguientes:

  1. Riqueza y pobreza están unidas por un nexo de causalidad. La riqueza de un país es la que es, y si una minoría se lleva una gran parte de esa riqueza, queda una pequeña parte de riqueza a repartir entre la mayoría restante. Es entonces una verdad elemental que la riqueza de unos implica la pobreza de otros y al contrario. El pedestre pensamiento conservador se opone a esta evidencia alegando que el dinero rinde más en manos de los ricos, porque han demostrado más habilidades económicas, y por tanto, que haya ricos beneficia a los pobres, porque aumenta la riqueza social en beneficio de todos. Resultaría entonces que la riqueza social es mayor cuanto más ricos sean los ricos.

    Lo cierto es, sin embargo, que la única forma sensata de aumentar la riqueza de un país no va por hacer riquísimos a los ricos, sino porque el Estado utilice el dinero que está en manos de los muy ricos para aplicar a toda la población un sistema educativo muy superior al que conocemos, y un nivel de compensaciones económicas que integre a todo el mundo en la actividad colectiva con suficiente motivación.

  2. Los 44.000 millones de patrimonio de Amancio Ortega le sitúan como la tercera persona más rica del mundo, solo por detrás de Carlos Slim y Bil Gates. ¿Cómo puede justificar Amancio Ortega una riqueza de 44.000 millones de euros? Los hay que dicen que ha trabajado duro, pero, si eso justificara la riqueza, todos los que trabajan duro deberían ser muy ricos, y sin embargo los hay que tienen lo justo y otros que son pobres de solemnidad. Se puede hablar de suerte en los negocios, o de haber tenido una buena idea, o de tener alguna cualidad que gusta a muchos y que por eso liga con la enorme riqueza que se mueve en el espacio publicitario. Lo que está bajo esas apelaciones es el mercado. El mercado es el mecanismo que da a los ricos su riqueza y condena a los pobres a su pobreza. Pero ¿quién es el mercado para decidir el reparto de la riqueza de un país (o del mundo si se quiere hablar en términos globales)? Según sus defensores es un instrumento neutral que dinamiza la economía y que sólo tiene, como alternativa, la planificación burocrática que produce totalitarismo e ineficacia. Ejemplo: la URSS.

  3. Lo que ya sabemos de sobra es que el mercado no es un mecanismo neutral, no sólo porque da más a quienes más tienen y menos a quienes tienen menos, sino sobre todo porque está controlado por los que más tienen. Por sus efectos es además un mecanismo irracional e injusto que no tiene en cuenta el interés social de las distintas actividades a la hora de compensarlas económicamente. Añádase que ha hecho crecer una economía especulativa a la que van ingentes inversiones que se desvían de la economía productiva.

  4. Aún más: el sistema económico capitalista cae en crisis si la producción y el consumo no crecen permanentemente. Un receso en cualquier punto del sistema produce reacciones en cadena incontrolables, y puesto que cualquier mercancía es buena si produce consumo y puestos de trabajo, el sistema está obligado a dilapidar recursos, a cerrar los ojos ante las producciones indeseables y a despreciar las señales de grave deterioro ecológico.

  5. Para que el consumo no decaiga funciona un aparato publicitario omnipresente, amparado por el concepto de libertad que se proclama: libertad del empresario para producir lo que quiera y publicitarlo como quiera. Este aparato publicitario pasa a ser un agencia de socialización inevitable, una antiescuela que incrustra en las mentes las ideas y valores de un conservadurismo ciego e insolidario. Incapaz la escuela de contrarrestar ese efecto, la mayoría de la población sale de la enseñanza obligatoria sumida en la ignorancia, el egoísmo de corto alcance y el desconcierto moral, lo que hace fácil dirigir la frustración y el miedo según en cada momento interese.

  6. Otro efecto perverso del mercado es que, al concentrar la mayor parte de la riqueza mundial en pocas manos, convierte a la democracia es un mero disfraz de una real plutocracia. El ingente capital en manos de la minoría dominante le sirve para controlar bancos, medios de comunicación, universidades, partidos políticos, gobiernos, parlamentos… Equipos de expertos al servicio de la oligarquía diseñan las disposiciones legales que luego los parlamentos dictan. Lo sabemos de sobra. Por mucho que los conservadores finjan escandalizarse y griten “¡Demagogia!”, no hay que tener miedo a afirmar que, habiendo una minoría que domina para explotar y explota para dominar (minoría a la que por cierto pertenece Amancio Ortega), la democracia que tanto se invoca es ilusoria.

Para poner remedio a tal situación hay que comenzar denunciándola sin temor a la reacción de los medios y proponiendo una etapa de transición hacia una sociedad justa y sana, etapa en la que se quite al mercado el papel de distribuir la riqueza, y le quede sólo el de concertar la inversión, la oferta y la demanda en espacios no esenciales. En los esenciales (sanidad, nutrición, enseñanza, energía, vivienda) no debe ser el mercado el decisorio, sino una política pública democráticamente decidida. Y para evitar que, aún en su papel reducido, el mercado actúe como mecanismo de desigualdad creciente es necesario un sistema fiscal sensato, que no puede limitarse a una progresividad tímida, como la que propone la socialdemocracia, sino que ha de tender a conseguir efectos parecidos a los siguientes: que nadie gane menos de 2.000 ni más de 20.000 euros al mes, pasando a Hacienda el 100% de lo que supere esa cifra. Y que nadie tenga un patrimonio que supere una cantidad situable entre 5 y 10 millones de euros. Si las cosas fueran así Amancio Ortega debería comenzar pagando 2760 millones por impuesto anual de la renta y 43.990 millones como impuesto del patrimonio. Y no se podría quejar, pues le quedarían nada menos que 240.000 euros de renta al año y 10 millones de patrimonio. Claro que no podría hacer de filántropo ni las instituciones públicas necesitarían sus donaciones. Tendrían a su disposición cantidades muy superiores que ahora están en manos privadas. He aquí una alternativa al libre mercado que no se parece nada al totalitarismo estalinista.

Si cuando se propone una tímida subida de impuestos a los ricos, los partidos de la derecha se quejan y tachan a esa subida de actividad expropiatoria, de robo en suma, ¿qué no dirían si se intentara limitar la riqueza privada (y por tanto disminuir las desigualdades insoportables) en la forma indicada? El problema es que las mentiras interesadas de la derecha no reciben de la izquierda la respuesta que merecen. La izquierda es incapaz de decir que la expropiación ha sido previa, que son los ricos los que han expropiado a la sociedad su riqueza imponiendo al efecto la legislación oportuna (por ejemplo, la que concede al mercado el reparto de la riqueza y escapes a los ricos para que eludan impuestos). Un sistema impositivo como el antes propuesto sólo pretende que la riqueza que los ricos han venido expropiando a la sociedad vuelva a ella, que es quien la ha producido.

Cierto que este discurso lleno de sensatez encuentra oposición no sólo en los poderosos y sus medios de comunicación, sino en los muchos que se dejan convencer por la ideología oficial (y que desean, ante todo, llegar algún día a ser ricos, a superar con mucho esos 10 millones, pese a que para casi todos ellos las posibilidades de conseguirlo son despreciables). Por eso las medidas indicadas no pueden ir en un programa electoral realizable, pero sí deberían estar presentes en las permanentes y prioritarias tareas pedagógicas de un partido de izquierdas.

Es lamentable que lo que la izquierda no se atreve a decir lo estén diciendo prohombres conservadores. En un artículo publicado en El País de 2 de junio, Moisés Naím hace referencia a críticas al capitalismo que no provienen de la izquierda. Ray Dalio, nº 60 de las personas más ricas del planeta según la revista Forbes y fundador de Bridgewater, uno de los fondos privados de inversión más grandes del mundo, ha dicho: “Soy capitalista y hasta yo pienso que el capitalismo está roto… Si el capitalismo no evoluciona, va a desaparecer”. Y Jamie Dimon, jefe del gigantesco banco JPMorganChase, cuyo sueldo el año pasado fue de 30 millones de dólares, ha afirmado: “Gracias al capitalismo, millones de personas han salido de la pobreza, pero esto no quiere decir que el capitalismo no tiene defectos, que no está dejando mucha gente atrás o que no debe ser mejorado”. Moisés Naím comenta que es una novedad que los titanes de la industria, cuyos intereses están muy atados al capitalismo, lo estén criticando tan ferozmente como los más agresivos militantes de la izquierda. Unos lo quieren reparar, mientras los críticos más radicales lo quieren reemplazar. Por si esto fuera poco, o tal vez como causa, ocurre que según la encuestadora Gallup, el porcentaje de los estadounidenses entre 18 y 29 años de edad que tienen una opinión favorable del capitalismo ha caído del 68% en 2010 al 45%. Hoy, el 51% de ellos tiene una opinión positiva del socialismo. En el mundo académico se está dando un proceso semejante. Paul Collier, economista profesor de la Universidad de Oxford, publicó el pasado año El futuro del capitalismo donde advierte que “el capitalismo moderno tiene el potencial de elevarnos a todos a un nivel de prosperidad sin precedentes, pero actualmente está en bancarrota moral y va encaminado hacia una tragedia”. Y otros economistas como Thomas Piketty y Emmanuel Saez creen que “la desigualdad económica es principalmente causada por la desigual propiedad del capital, tanto el privado como el público”.

La oposición de Podemos a la donación de Amancio Ortega carece de fundamento si no se enuncian y defienden las verdades que hacen esa donación inaceptable.

jmchamorro@jmchamorro.info

CAPITALISMO, IZQUIERDA Y CIENCIA SOCIAL. HACIA UNA RENOVACIÓN DEL MARXISMO

1. En una de las últimas entradas de este blog anuncié la próxima publicación de un libro con el título que antecede y que ya está por ahí, a la espera de lectores.

Este libro, junto con otros dos ya publicados por la Universidad de La Laguna (Positivismos y antipositivismos. La herencia del siglo XX. Y Lenguaje, mente y sociedad. Hacia una teoría materialista del sujeto) componen un trabajo unitario concebido inicialmente en cuatro volúmenes que luego han quedado reducidos a tres.

En Positivismos y antipositivismos analicé el debate filosófico básico, el que afecta a la propia naturaleza y futuro de la filosofía, el debate sobre el positivismo, en el que se ventila si la ciencia puede ocuparse de la persona y la sociedad con el mismo método con que se ocupa de otras realidades materiales, o si, por el contrario, esos temas quedan fuera del alcance de la ciencia y deben dejarse a la hermenéutica filosófica. Mi conclusión fue abogar por un nuevo positivismo poco parecido al llamado positivismo lógico, que es el hoy dominante. Ello exigía demostrar que es posible un estudio científico de aquellos procesos mentales que se vienen considerando no sometidos a las leyes de la naturaleza.

Puesto que en el campo de la psicología académica no existía una teoría general del individuo, ni intención de acometerla, propuse en Lenguaje, mente y sociedad una teoría materialista del sujeto a partir de la idea básica de que la persona tiene dos gestaciones, una biológica y otra social, consistiendo ésta segunda, que es la que convierte en persona a la cría humana, en la adquisición del lenguaje del grupo. A este planteamiento se añade la idea de que el comportamiento que creemos libre está determinado por los contenidos mentales según un principio cibernético que pone en relación conocimientos, afectos y pautas de acción. En la elaboración de esa teoría he utilizado materiales y conceptos que han ido ofreciendo, desde los años 40 del pasado siglo, la teoría de sistemas y las disciplinas básicas del campo de la ciencia social.

En uno de los informes preceptivos para la publicación de Positivimos y antipositivismos se decía: “El libro ofrece una enorme cantidad de información que no es fácil encontrar junta y puesta en relación sobre el tema del objeto de la ciencia social y de la mente, esa información está siempre presentada bajo una óptica crítica casi siempre original y en ocasiones de muy gran alcance. Algunas partes del libro son realmente iluminadoras y proponen enfoques muy aclaradores sobre temas debatidos bajo supuestos que adoptan acríticamente quienes participan en esos debates.” Y terminaba diciendo: “El libro es de un gran valor porque además de la originalidad de algunas de las ideas expuestas, el autor reúne el conocimiento de tendencias filosóficas y científicas de una manera que pocas personas han sido capaces de asimilar.”

Respecto al segundo libro la revista Empiria de Metodología de las Ciencias Sociales, de la UNED, publicó en su número 23 de 2012 una reseña en la que el autor, aun disconforme con algunas de mis tesis por diferencias ideológicas, escribía: “José María Chamorro esboza en Lenguaje, mente y sociedad con una prosa admirable por su claridad y transparencia una provocativa (a menudo demoledora) teoría materialista, determinista y positivista del sujeto”. Y añadía que “En realidad LMS es parte de un proyecto tan radical como monumental en cuatro volúmenes sin parangón en el actual pensamiento europeo”.

A la vista de estos juicios puede sorprender que de tales obras no haya aparecido mención alguna, salvo la comentada, en los medios en que se expresan los miembros influyentes de la academia filosófica. Ninguno de esos dos libros existe en el mundo oficial de la filosofía y la ciencia social españolas, siendo así que en ese mundo se ponderan obras mediocres como si fueran espléndidas. Pero hay razones que explican por qué se decretó sobre mi trabajo un cordón sanitario que impedía primero la publicación y, cuando ésta se produjo, las reseñas y citas.

Exponer esas razones me obliga a contar episodios de mi historia profesional de los que nunca he hecho mención pública, y he tenido ocasiones, por ejemplo en este mismo blog. Pienso ahora que he callado por un erróneo concepto de la elegancia y que cuando uno es represaliado por sus ideas debe denunciarlo so pena de conceder impunidad a quien merece repulsa. En todo caso no me mueve la defensa propia, que sería muy tardía, sino el beneficio de la obra que les ofrezco, sobre todo para que el lector tenga algunos elementos de juicio que no le llegarán por los medios habituales. 

2. Antes que profesor de filosofía fui abogado, primero en Cáceres, luego en Madrid, y terminé perteneciendo, como asesor jurídico, al equipo de la Dirección General de un banco industrial, y como secretario a dos consejos de administración de sociedades de inversión mobiliaria. Ello me permitió conocer de cerca el funcionamiento del sistema financiero capitalista y cambió mi modo de percibir la realidad social.

Fue un cambio guiado por el sentido común y la empatía, pero sin más conocimientos que los que se imparten en una Facultad de Derecho. Echando otros en falta, me matriculé en la Facultad de Filosofía de la Universidad Autónoma de Madrid.

Al terminar la licenciatura dejé el banco y las sociedades de inversión y fui a La Laguna a hacer mi tesis doctoral, que inicié con el tema que el director me propuso: comparación de los conceptos de racionalidad analítico y francfortiano. Ocurrió que en la indagación me fui encontrando con las obras de Mead, Vigotski y Bajtin y con la teoría de sistemas, y ellas me encaminaron a un tema nuevo, este ya no académico, sino apasionante, al que me he venido dedicando durante más de cuarenta años.

El resultado inicial de mi trabajo no gustó a los éticos dualistas, ni a los que identificaban la filosofía con su historia, no gustó a los conservadores, pero tampoco a los marxistas, no gustó a nadie de los que tenían alguna influencia en la Academia. Y fue natural.

Mi indagación me había llevado, desde el campo de los textos filosóficos, a recorrer las disciplinas sociales (lingüística, psicología y sociología y sus híbridas), y dado que los temas tradicionalmente filosóficos (el conocimiento, la acción y la política) estaban ya siendo tratados en parte por esas disciplinas, mi conclusión fue que la filosofía debe asimilar lo que ellas van aportando, convirtiéndose entonces en un enfoque interdisciplinario dentro del campo social. Esto fue considerado una agresión por quienes tenían a su cargo la defensa de la filosofía entendida como se suele.

También marxistas influyentes se sintieron agredidos. Decir en los años 70 que el marxismo necesitaba reformulaciones y ofrecer para ello conceptos psicológicos era suficiente para que se decretara que andaba perdido en nieblas pequeñoburguesas. ¡Y luego la teoría de sistemas, la cibernética y demás americanadas! Así que concluyeron que, en tanto que conservador que se hacía pasar por marxista, yo era un enemigo peligroso.

El caso es que unos y otros se pusieron de acuerdo para decidir que mi trabajo era impublicable, y llegaron a más, pues por tres veces intentaron expulsarme de la universidad, la última declarándome oficialmente no idóneo como profesor, y precisamente en unas pruebas que se habían concebido para convertir en funcionarios a los PNN que cumplieran ciertos requisitos meramente burocráticos. Fue todo tan burdo que incluso se desmarcaron y me pidieron disculpas algunos de los que habían intervenido en los dos intentos anteriores. El apoyo de los alumnos fue mi principal alivio en aquella etapa.

Dejando aparte las penalidades imaginables, la situación tuvo ventajas para mi trabajo. Como no podía publicar en las revistas que ellos controlaban (todas) tuve que fundar una revista, Gavagai, mencionada con elogios en su último libro por el filósofo más citado del pasado siglo, Willard V.O. Quine. Y como no podía publicar los tres libros que había ultimado los fui depurando a lo largo de los años en beneficio de su calidad. Por otra parte pude entonces comprobar la fuerza de la convicción honrada y bien argumentada. Las ideas que yo exponía convencían a los mejores estudiantes frente a las contrarias que defendían (siempre que tenían ocasión, como réplica y condena) profesores cargados de prestigio académico.

Tuve también la suerte de que algunos colegas no aceptaron el veredicto oficial. Gracias al empeño de Vicente Hernández Pedrero, profesor de la Universidad de La Laguna, dos de mis tres libros se acabaron publicando por esa Universidad. Y los necesarios informes favorables de profesores de otras universidades fueron hechos por Daniel Quesada, catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona, y por Julio César Armero, profesor titular de la UNED. Finalmente, pude aprobar la oposición gracias a la imparcialidad de Miguel Ángel Quintanilla, catedrático de la Universidad de Salamanca. A todos ellos nunca dejaré de estar agradecido.

Sea todo esto dicho para que el lector sepa que de estos libros no se habla en ninguno de los foros oficiales precisamente porque ponen en entredicho, desde un enfoque original, muchos de los supuestos que se vienen adoptando acríticamente por un pensamiento filosófico oficial claramente improductivo.

Hace unos años, como terapia para la desazón que me producían los medios de comunicación considerados progresistas (por mucho de lo que decían pero sobre todo por lo que callaban), y también la actividad de los partidos que se llaman de izquierdas, hice este blog para ir comentando la realidad social y política desde el punto de vista de la teoría que ahora se publica. Muchos lectores me han manifestado satisfacción por encontrar un espacio de racionalidad que prolonga la línea marxista con nuevos aires.

3. Capitalismo, izquierda y ciencia social es una consecuencia de los dos libros previamente publicados y tiene tres partes.

En la primera propongo una renovación de la teoría marxista por la vía de remediar su gran carencia; pues siendo el marxismo una teoría general de la sociedad, no integra, como sería necesario, una teoría psicológica en su núcleo. Esa carencia, que en tiempos de Marx era disculpable, pero no en el presente, ha perjudicado el desarrollo de temas marxistas fundamentales, como el de la ideología, el de las clases sociales, el de la revolución como puerta de entrada al socialismo y el de la fabricación del “hombre nuevo”. Es obvio que en esta tarea de renovación utilizo la teoría psicológica propuesta en Lenguaje, mente y sociedad.

En la segunda parte, y desde la teoría marxista así renovada, desarrollo una crítica al capitalismo (incluido el más ejemplarmente socialdemócrata), y no sólo a su economía, sino ante todo a sus formas de socializar (de fabricar a los individuos) y a su necesaria naturaleza de plutocracia disfrazada, que hace a cualquier capitalismo incompatible con la democracia.

En la tercera parte reflexiono acerca de cómo debería organizarse una izquierda anticapitalista y cuáles deberían ser sus tareas fundamentales, lejos de los apremios del electoralismo que caracteriza a los partidos políticos prosistema, imitados en mala hora por los de izquierda marxista.

Concluí este libro antes de que se desatara la Gran Recesión, pero sus tesis teóricas no han requerido modificaciones pese a todo lo ocurrido desde entonces, más bien salen reforzadas en sus argumentos. Sólo he tenido que poner al día algunos datos y tomar en cuenta las causas y efectos de la crisis.

La oscuridad es el refugio de quienes, no teniendo algo interesante que decir, fingen una visión profunda. Yo he procurado que lo escrito sea comprensible sin ambigüedades. Y para hacer asequible el texto al mayor número de lectores, he buscado una forma menos académica, pero sin olvidar que cuanto se dice en un libro adquiere mayor legitimidad si se muestra que se ha tenido en cuenta lo que han expuesto o discutido teóricos relevantes. Por eso mantengo la referencia a algunas de esas exposiciones o discusiones para quienes estén interesados, pero en apéndices.

Termino indicando al lector que puede tener la seguridad de que en Capitalismo, izquierda y ciencia social va a encontrar ideas que, le parezcan o no acertadas, no podrá encontrar en otra parte.

El libro lo distribuye Traficantes de Sueños. Si no lo encuentra en su librería puede pedirlo en http://www.gavagai.info/

jmchamorro@jmchamorro.info

REFLEXIÓN PESIMISTA SOBRE LA VIOLENCIA MACHISTA

Manifestaciones feministas del 1 de octubre, sentencias judiciales escandalosas, epidemia de apuñalamientos entre adolescentes en el Reino Unido, comportamientos brutales de bandas de hinchas violentos, publicidad dirigida selectivamente a mujeres y hombres, he aquí temas relacionados por la estructura profunda de una cultura patriarcal que, inserta en la economía de mercado, es continuamente reforzada.

Cambios legislativos insuficientes

Salvo en ambientes todavía favorables (sean de extrema derecha, sean de nivel cultural bajo), es de mal gusto hacer alarde de ideas, valores o pautas machistas. El avance de la moral progresista ha conseguido la derogación de las leyes que amparaban expresamente el machismo. Recordemos que el privilegio de la venganza de la sangre, de origen romano y presente en el código penal español de 1870, fue eliminado en 1932 pero reestablecido por la dictadura franquista en el artículo 428 del código penal de 1944, que permitía al marido, en defensa del honor y la honra, matar a la esposa sorprendida en adulterio. En cambio el marido sólo era adúltero si mantenía una amante estable y tampoco en este caso podía la mujer atentar contra su vida sin ir a la cárcel. Son significativas las discusiones entre juristas al elaborar la Ley de Bases para la modificación del código penal en 1963. Se llegó a justificar la supresión del mencionado artículo alegando que las cosas quedaban igual, pues la exculpación del marido podría subsumirse en la eximente de legítima defensa (del honor y la honra) o de arrebato pasional ciego.

Aún hubo que esperar hasta la reforma del Código Civil de 1975 para que la mujer se librara de la tutela del marido y sólo desde la Constitución de 1978 casi todas las reivindicaciones feministas gozan ya de amparo legal, aunque a veces insuficiente, como cuando se exige para el delito de violación que haya violencia o intimidación y no, simplemente, falta de consentimiento expreso. A esto hay que añadir la persistencia de discriminaciones inerciales, y de ahí que cientos de miles de mujeres hayan salido a las calles a protestar por la brecha salarial, los techos de cristal, la carga casi exclusiva de los cuidados y otras discriminaciones por razón de sexo, pero sobre todo a protestar por la violencia machista, esa violencia que con frecuencia se manifiesta en agresiones sexuales, palizas y asesinatos, y que como mínimo hace sentir miedo a las mujeres en situaciones en que los hombres no lo sienten.

Hay mujeres que no se suman a esas manifestaciones porque las consideran controladas por los partidos de izquierda, o porque viven al margen de los problemas denunciados, o porque participan del ideario eclesiástico resumido por el papa en la frase “el feminismo es machismo con faldas”.

Está en todo caso claro que las reivindicaciones mencionadas trascienden posiciones políticas de derechas e izquierdas y muchos hombres las han hecho suyas como condición de salud social, en beneficio no sólo de las mujeres, sino de toda la población.

Dos feminismos

Aunque la izquierda ha sido tradicionalmente más favorable a las reivindicaciones feministas que la derecha, y por ello algunos identifican al feminismo con la izquierda, hay sin duda un feminismo de derechas. Si los rótulos se redefinen situando a la derecha las posiciones procapitalistas (incluidas las socialdemócratas) y a la izquierda las anticapitalistas, conviene tener clara la distinción, pues hay dos razones que la hacen útil.

Una, ya comentada en este blog, es que las feministas de derechas pretenden que la mujer no sea más explotada que el hombre, pero aceptan que lo sea tanto como el hombre por un sistema que explota a la mayoría de forma inmisericorde, incluso en su mejor forma de Estado del Bienestar. Pretenden también que la mujer pueda ser tan explotadora como el hombre desde los altos puestos de las finanzas y las grandes empresas.

En cambio el feminismo de izquierdas no se limita a reivindicar la igualdad de las mujeres con los hombres en la sociedad actual, sino que pretende acabar con la explotación y el dominio que ejerce una pequeña parte de la sociedad (en la que hay hombres y mujeres) sobre una gran parte de la sociedad (en la que hay hombres y mujeres). No se trata ya de que las mujeres puedan acceder en igualdad con los hombres a los altos puestos de las grandes empresas, sino en exigir que esas empresas (que controlan las finanzas, las comunicaciones, la energía, la alimentación, los medicamentos, etc.) sean públicas y democráticamente controladas, y cuya dirección, por supuesto, corresponda por igual a hombres y mujeres. Se trata además de que la riqueza social esté equitativamente repartida y desaparezca el ilimitado poder económico privado que hace imposible la democracia.

La segunda razón es que, aunque algunas reivindicaciones feministas pueden ser atendidas desde una concepción socialdemócrata, la que tiene que ver con la violencia machista queda fuera de solución en nuestro sistema social.

Las feministas coinciden en exigir dos medidas contra esa violencia: por una parte endurecimiento de las penas y especialización de los jueces, y por otra una mayor incidencia en la educación de los jóvenes. En la sociedad capitalista la primera medida es realizable, pero poco efectiva. La segunda no.

La escasa efectividad del castigo penal

Desde un sentido moral evolucionado es inaceptable la agresión a un hombre porque se manifieste homosexual o porque sea infiel a su pareja. Con mayor razón la agresión machista a una mujer, dada su insoportable frecuencia y la agravante de abuso de fuerza. Ahora bien, ¿qué significa que tal violencia es inaceptable? Exclusivamente que las agresiones machistas repugnan a la parte de la sociedad que ha dejado atrás la vieja moral de la cultura patriarcal.

No son sin embargo pocos los hombres que consideran culpable a la víctima (por vestir de cierta manera, o ir sola y bebida de madrugada, o no resistirse lo suficiente, o haberse liado con otro) como si el agresor sólo hubiera ejecutado la pena que ella merecía. Frente a esa actitud se eleva un clamor en defensa del derecho de la mujer a vestir como le dé la gana, beber las copas que quiera, volver a casa sola, no importa la hora, y emparejarse y desemparejarse cuando le apetezca. El mismo derecho que tienen los hombres.

Pero ¿puede garantizar ese derecho la legislación penal?

El obstáculo menor es que la aplicación de la ley está con frecuencia modulada por el machismo residente en la judicatura. Produce indignación en el feminismo que, por este sesgo judicial, las penas sean muchas veces inferiores a las que corresponderían en aplicación imparcial de la ley, como en el caso español de “la manada” o el caso italiano del tribunal de Génova que ha reducido la pena (de 30 años que pedía la fiscalía a 16) por considerar que el hombre había actuado guiado “por una mezcla de ira y desesperación, profunda decepción y resentimiento” puesto que su pareja le había “engañado y desilusionado”, diciéndole que ya había abandonado a su amante cuando no era cierto. La jueza genovesa Silvia Capanini justificó esa sentencia aduciendo que el hombre actuó “como reacción al comportamiento de la mujer”.

Sin embargo el mayor obstáculo no es esta actitud judicial ni la ambigüedad legal, sino que, por mucho que la violencia machista ofenda a una parte de la sociedad, hay muchos hombres fabricados de tal forma que los jueces, aun actuando de manera impecable, pueden verse obligados a aplicar a sus crímenes una eximente (alteración psíquica, como cuando el hombre que ha matado a su mujer sobrevive tras lanzarse por el balcón o darse un tiro para suicidarse) o una atenuante (cometer el delito en estado de obcecación). Cierto que tal eximente o atenuante sólo juega en la práctica a favor del hombre, pues no se da significativamente el caso de la mujer que agrede o mata al hombre por celos, pero esta constatación no soluciona el problema.

En todo caso estamos viendo que, incluso aplicadas con contundencia, las penas de cárcel no son un remedio efectivo. Pensemos en los que se entregan a la policía una vez cometido el crimen. Hay muchos hombres para los que cualquier castigo penal es preferible a consentir que la mujer les abandone, y menos si es para irse con otro.

La estructura profunda de la cultura patriarcal

Una verdadera solución requiere erradicar los ingredientes de la vieja cultura patriarcal que persisten a nivel profundo y que tienen que ver con la concepción de la mujer y del hombre aceptada por unas y otros. Son básicamente los conceptos de bello sexo y sexo fuerte, y el de emparejamiento anclado en esos conceptos y en los de honor y honra como patrimonio exclusivo del varón.

Hace poco hacían en La Sexta una encuesta informal y en ella las respuestas coincidían: madres y padres querían que sus hijos fueran futbolistas y sus hijas bonitas. Evidentemente, tal encuesta no representa a los padres y madres del país, pero revela deseos populares ampliamente extendidos que coinciden con la asignación cultural de papeles y con las formas de éxito que ofrece el mercado. Un futbolista de élite es rico, famoso y se casa con la bella modelo. Una chica bonita puede aspirar a modelo para casarse con un futbolista famoso y rico.

Un detalle que revela la persistencia de esta cultura patriarcal es que todavía aparecen en el diccionario de la RAE las expresiones “bello sexo” y “sexo débil” como definitorias del conjunto de las mujeres y “sexo fuerte” como referida al conjunto de los hombres. Pero es más sintomático que las protestas femeninas se hayan centrado en lo de sexo débil, no en lo de bello sexo. En 2017 hubo una recogida de firmas con el lema “RAE: la mujer no es el sexo débil” y la RAE se vio obligada a anunciar que revisaría esa definición agregando a la entrada de “sexo débil” una marca de uso que precisa que se trata de una expresión “con una intención despectiva o discriminatoria”. ¿Qué marca de uso se podría agregar a la acepción “bello sexo”, que al parecer no molesta a la mayoría de las mujeres? Pese a que ellas no la ven como expresión discriminatoria, lo cierto es que es producto del machismo que consiste en conceder al punto de vista masculino la legitimidad de la evaluación. Pues si la evaluación de la belleza sexual hubiera estado asignada a las mujeres, el bello sexo sería el formado por el conjunto de los hombres. Ambas evaluaciones erróneas: la belleza y la fealdad se encuentran de hecho repartidas por igual entre ambos sexos.

El segundo ingrediente se construye sobre este fundamento. El emparejamiento es concebido por la cultura patriarcal como una relación asimétrica en la que la mujer ha de atraer al hombre con su belleza y el hombre a la mujer con su fortaleza corporal o social. Se ve normal que el hombre quiera ser propietario exclusivo del cuerpo de la mujer, y que la mujer quiera sentirse protegida por un hombre fuerte. A esto se añade que en la ideología popular sigue vigente la idea de que honra y honor son patrimonio del hombre, en continuo peligro por el comportamiento de la mujer, y de ahí que los celos den al hombre el derecho a controlar y agredir. Si la mujer se va con otro, al tormento de los celos hay que añadir que la hombría del abandonado queda en entredicho. No debe sorprender que entre jóvenes el chico se crea con derecho a controlar el teléfono de la chica y no al contrario.

El remedio imposible de la educación

Cuando se pide una intensificación de eso que llaman “educación en valores” se está pensando en una asignatura específica y en un trabajo transversal presente en las distintas actividades escolares.

Lamentablemente, ni se pueden transmitir valores mediante los textos de una asignatura ni es la escuela la que educa en nuestra sociedad. La educación sexual en sentido amplio (es decir, las ideas, valores y pautas que ingresan en las cabezas y que determinan la conducta de los miembros de cada sexo respecto a los del otro) se lleva a cabo, en su parte básica, lejos de las escuelas: mediante la publicidad, el ejemplo (en la familia, en el grupo de iguales, en los medios) y, de manera más específica, mediante la pornografía. Y se lleva a cabo con tal potencia que poco puede hacer la escuela para remediar el desastre.

Un machismo profundo es transmitido a niñas y niños por el ejemplo de los próximos (padres, madres, hermanos, amigos) y de los modelos que cada cual encuentra en la vida pública (deportistas, cantantes, personas de éxito en general).

En la televisión las niñas ven a presentadoras cuyo atractivo oficial parece ligado a no repetir vestido, a maquillarse de manera exagerada y a calzar zapatos de tacones inverosímiles. No hay algo parecido que tenga que ver con los niños.

Está luego la publicidad, ese acoso permanente a las mujeres hablándoles de la forma de realzar su “belleza” aplicando productos a cada parte del cuerpo, desde las uñas de los pies a las pestañas y al pelo, con eslóganes tan estúpidos como “porque tú lo vales” o “nosotras lo valemos”. A los hombres en cambio la publicidad les tienta con muestras de fortaleza: cuerpo musculoso y objetos (reloj, ropa, automóvil o perfume) que acreditan poderío social.

De una manera más específica la introducción al sexo se está haciendo por la vía de la pornografía en la red, a la que, según dicen los expertos, muchachos y muchachas se enganchan desde más o menos los once años y en la que aprenden a asociar el valor sexual femenino con el de objeto apetitoso e impersonal, cuya finalidad se limita a satisfacer el deseo masculino, y a asociar con el valor sexual masculino el dominio violento del macho sobre la hembra, incluso la violación cuando la mujer dice no, porque en el fondo está queriendo decir sí y termina disfrutando.

El efecto de esta concepción del sexo afecta a todas las clases sociales, pero es tanto más eficaz cuanto menores son las inhibiciones culturales, particularmente demoledor en la clase mayoritaria de vida elemental, que no tiene otros estudios que los obligatorios mal hechos, que no lee un libro ni siente curiosidad por lo que no pertenece al entorno inmediato, y que se nutre de programas televisivos, canciones y películas que refuerzan los valores machistas, contagiados además en el intercambio con personas semejantes en las redes sociales. Características que persisten pese a la generalización de la enseñanza obligatoria hasta los 16 años.

Es por tanto natural que muchas mujeres que no tienen otros intereses dediquen tiempo desproporcionado a cuidar de su aspecto en aras de la belleza asignada a su sexo, a fin de ofrecerse como un objeto deseable. Y es natural que muchos jóvenes de esa clase amplia dediquen tiempo desproporcionado al gimnasio y sean tentados a quedar bien ante sus iguales cooperando a una violación en grupo si se presenta ocasión, o a demostrar hombría participando en peleas callejeras, con frecuencia relacionadas con competiciones deportivas. Entre otros datos preocupantes hemos sabido que el número de apuñalamientos mortales en Inglaterra y Gales fue el año pasado el más alto desde que en 1946 comenzaron los registros: entre marzo de 2017 y marzo de 2018 hubo 285 asesinatos por cuchillo u otros objetos afilados, siendo adolescentes muchas de las víctimas, epidemia que ha sido ya declarada oficialmente “emergencia nacional”.

Acerca de ropa y calzado

En el tema de la presentación corporal se mezclan varias cuestiones que no suelen distinguirse. Partamos de que no se puede criticar por inmoral una forma de vestir, ni la forma de vestir de una mujer da derecho a nadie a ofenderla de palabra o agredirla. Pero la cuestión no es esa. Cuando una chica dice que tiene derecho a vestir como le dé la gana deja fuera de foco el tema principal: dónde se ha fabricado su gana (que no es, como ella cree, en su alma libre).

La cultura patriarcal exigía a la mujer decencia y honestidad en las actitudes y vestimentas y por ello la minifalda se entendió como una forma de oposición a esa cultura, una forma de libertad. Pero lo era sólo aparentemente. Se oponía a un principio obsoleto para reafirmar otro: el de bello sexo destinado a seducir.

Los definidores de la moda, por lo general hombres, han ido explorando hasta dónde pueden llegar las formas socialmente aceptables de erotismo en la vestimenta femenina, centradas especialmente en escotes, transparencias, acortamiento de las faldas y otras desnudeces tan artificiales como la abertura lateral del traje ceñido para exhibir un muslo.

Los vestidos femeninos, junto con maquillajes y peinados, son comentario habitual en los medios de comunicación, sobre todo en los destinados a las mujeres. Oímos o leemos que tal mujer llevaba un escote de infarto o un bañador digno de fotos y aspavientos. Esto diferencia claramente a las mujeres de los hombres, algo que se aprecia en situaciones de gran impacto mediático, sea el desfile de actores y actrices por las alfombras rojas, sea la noche de las doce campanadas, con presentador confortablemente vestido junto a presentadora que tiene que ofrecer espalda y hombros al frío de diciembre.

Nada hay sin embargo tan representativo de la ideología machista superviviente como la identificación de la elegancia femenina con los tacones altísimos, que obligan a sacrificar seguridad, comodidad y agilidad en el paso, e incluso sanidad en el esqueleto, en nombre de una belleza que sólo se hace presente al sentido estético modelado por la ideología machista. En un observador libre tales tacones sólo pueden producir estupor, disgusto y lástima.

Es sorprendente que las feministas se opongan a que el cuerpo de la mujer sea cosificado, por ejemplo cuando es utilizado en la publicidad como un objeto erótico (chica ligera de ropa anunciando un coche) y acepten que la moda y los usos establecidos hagan eso mismo en el comportamiento habitual de tantas mujeres. Por lo general ni las mujeres ni los hombres vestimos o nos adornamos como nos da la gana, sólo elegimos dentro de la gama impuesta a cada sexo por una cultura claramente machista en este punto, pujante y sin oposición.

Conclusión amarga

Una vez que nuestra sociedad fabrica a las personas con los ingredientes descritos, ¿es justo que adopte una dura actitud punitiva frente a quienes se comportan según han sido hechos? Los hombres que violan a mujeres o las asesinan son más dignos de lástima que de santa indignación. El remedio no está en castigarlos sino en dejar de fabricarlos. La santa indignación debería ir dirigida contra la sociedad que los fabrica.

Y que los seguirá fabricando, porque dentro del sistema capitalista es imposible la prohibición de la publicidad que conocemos, el control democrático de internet, el establecimiento de un sistema educativo realmente eficiente y la desaparición de modelos que lo son porque el mercado los ha gratificado de manera desproporcionadamente injusta. Si en esta sociedad tanto se es cuanto se tiene, no cabe eliminar el alto nivel de frustración y resentimiento que sirve de caldo de cultivo a toda violencia, también a la machista.

Sólo dentro de organizaciones anticapitalistas tiene sentido el feminismo que se concibe como una revolución social radical. Sólo si se consigue algún día una sociedad cuyas instituciones y valores no estén supeditados al beneficio que otorga el mercado, sino a un progresismo racional, mujeres y hombres podrán actuar eficazmente contra su supeditación a los mitos machistas del bello sexo y del sexo fuerte, y contra las lacras derivadas, entre ellas la violencia machista. Me gustaría mucho equivocarme, pero creo que, mientras no cambiemos la forma de sociedad, seguirá la fábrica de machistas violentos. Por mucho que los jueces condenen y que en la escuela se predique.

Me remito sobre este asunto a lo ya dicho en otras entradas de este blog, especialmente en Machismo oculto en hombres y mujeres y Algo más sobre el machismo oculto.

 

jmchamorro@jmchamorro.info

¡QUÉ PAÍS EN QUÉ MUNDO!

Políticos

Los periodistas hablan de la poca calidad de los políticos actuales (como si los del pasado hubieran sido buenos) y a ello achacan muchas de las desgracias de nuestra vida pública. Pero ¿acaso no se puede hacer el mismo reproche a los periodistas? ¿Y acaso escapan a esa mediocridad los comentaristas cargados de títulos académicos? Observen la inanidad y el conservadurismo de los filósofos, politólogos y sociólogos que monopolizan el espacio de los medios tradicionales con apariencia de sabiduría.

¿Dónde está la causa? En realidad casi todo en la vida pública es mediocre porque la población lo asimila, aplaude y toma por bueno. Pero de la calidad de la población no se habla, como si fuera de mal gusto. O como si la población fuera un dato de partida incuestionable, como si no fuera fabricada por el oden social al que refuerza.

Políticos como Casado y Rivera, de escaso nivel intelectual y adictos a la mentira grosera, ocupan un primer plano porque muchos españoles los aceptan y votan. ¡Mentira parece que la mueca de sonrisa triunfadora permanente no los delate!

No vale la pena por tanto acusar a los políticos, sino salvar a alguien de la acusación general. Afortunadamente hay excepciones. Así el caso raro de Ada Colau, que habla sin afectación, no recurre a lugares comunes y muestra una honestidad y sinceridad que revelan compasión e inteligencia. Sus acciones políticas son razonables, dentro de lo que le es posible (que, desafortunadamente no es mucho). No incurre en las tropelías de otros. Ahora se la acusa de provincianismo por no haber asistido al besamanos del monarca. Pero si Felipe VI no se ha hecho merecedor de cortesías, es razonable que eso se le muestre de alguna forma educada. Aparte de que el besamanos, por más que ya no consista en besar la mano (¡faltaría más!), es residuo de una práctica de sumisión arcaica.

El caso Venezuela

Hablando de besamanos, acabamos de presenciar, en España y en otros países de Europa, la manera servil de plegarse a órdenes del decadente imperio, envolviendo la sumisión en palabras falsificadas para justificar el reconocimiento apresurado de Guaidó como autoproclamado presidente de Venezuela. Cuando se acepta el papel de sumiso hay que acostumbrarse a vivir de espaldas a los hechos, callando cuando hay que callar y diciendo lo que hay que decir. Se calla que EE. UU. decidió acabar con el gobierno de Maduro (como con los restantes gobiernos progresistas de su patio trasero) empleando la guerra económica. Que procedió a un embargo y otras medidas (bajada de los precios del petróleo) que han llevado a Venezuela al desastre económico. Que actuó como siempre, apoyando y dirigiendo a las derechas golpistas internas, y que cuando ha conseguido el resultado que buscaba achaca toda la culpa a Maduro (cuya culpa, sea cual sea, siempre habrá sido secundaria). Luego programa una ayuda humanitaria para paliar el desastre que previamente ha producido. Si Maduro no acepta esa ayuda, ahí tenemos una prueba más de que está en contra de su pueblo, que tanto la necesita.

Dejando de lado a los medios desvergonzados y limitándonos a los que intentan, mal que bien, cubrir las apariencias, el espectáculo es deprimente. Leer El País o escuchar la SER nos revela muy bien qué podemos esperar en este y en cualquier otro tema sensible. El País omite gran parte de la información pertinente, que es una manera de mentir. En la SER se repite una entrevista con alguien que, sin identificarse, dice ser un sicario que secuestra y mata por orden del gobierno de Maduro. Y ya está. Con la voz desfigurada de no se sabe quién se acaba de probar que el Gobierno de Maduro ordena secuestrar y matar. Afortunadamente pueden leerse con provecho varios artículos sobre este asunto publicados en enero y febrero en Público y en Diario.es (La estrategia del terror contra Venezuela: carta abierta al presidente del gobierno Pedro Sánchez, de Andrés Piqueras; Venezuela: la crisis moral de la prensa española (I, II y III) de Asier Arias; Las nueve razones de EEUU en declarar la guerra a Venezuela, de Nazarnín Armanian; y La nueva Guerra Fría y Venezuela, de Boaventura de Sousa Santos), por no citar el informe del experto independiente de la ONU Alfred de Zayas, o incluso la opinión de Rodríguez Zapatero como mediador en el conflicto venezolano.

El contraste entre estas informaciones y lo que vienen diciendo y callando los medios de siempre es tan ilustrativo como descorazonador. Revela en qué mundo estamos y hasta qué punto la manipulación ideológica a favor del sistema es brutal, especialmente la de guante blanco (de la que es ejemplo el grupo Prisa con sus muy prestigiosos servidores).

El juicio al procés y la democracia

¿Se puede decir que nuestra judicatura merece toda confianza, como ha dicho Manuela Carmena, que para más señas perteneció al partido comunista, fue cofundadora del despacho de abogados laboralistas en el que se produjo la matanza de Atocha y ha sido jueza y vocal del Consejo General del Poder Judicial? A mí, que ejercí como abogado, la judicatura española no me merece confianza. En la Transición no se depuró a la judicatura franquista y sus miembros son los que han ido componiendo los tribunales de oposiciones. Se han colado algunos jueces progresistas, eso es todo.

Cierto que en el juicio al procés los fiscales y jueces se encuentran en una situación que les obliga a guardar las apariencias, pues saben muy bien que todo el mundo mira y que este asunto acabará en los tribunales europeos. Pero en todo caso, en este juicio se está confirmando que a los puestos más altos de la fiscalía y la judicatura se llega por otras razones que por el mérito. Tanto la fiscalía que actúa en el juicio como el magistrado Llarena que incoó el sumario son prueba de ello.

Esto aparte, sobran las invocaciones a supuestos derechos (como el de autodeterminación o el derecho a decidir) y a supuestas democracias. En este mundo no hay derecho efectivo si no hay fuerza que lo sustente. Por eso el caso catalán no tiene que ver con el derecho. Es, como ya he dicho otras veces, una pugna de fuerzas en la que ningún bando puede imponerse. Hay por tanto un empate de derechos invocados. No es previsible que se rompa a corto plazo el equilibrio y antes o después se llegará a un pacto provisional.

Un argumento reiterado contra los separatistas es que España es una democracia plena y que no es posible la democracia sin el respeto a la ley.

Si fuera cierto que España es un país escrupulosamente democrático, sería el único país democrático del mundo. Pues la democracia es todavía una aspiración incumplida. En parte alguna del mundo capitalista es posible una política racional y justa aunque la decida la mayoría de la población, porque tendría que enfrentarse a los intereses del verdadero poder. Bernie Sanders se refiere al caso de EE. UU., país ejemplo de democracia para comentaristas apresurados, diciendo que la esfera económica y política del país está dominada por Wall Street, las compañías de seguros médicos, la industria farmacéutica y la de los combustibles fósiles, las infraestructuras industriales militares, la industria privada de las prisiones y las corporaciones multinacionales, que estarán dispuestas a gastarse indecentes cantidades de dinero para mantener el statu quo. Esto es, la legislación que las beneficia y que perjudica a las clases populares.

Pero aun contando con que las llamadas democracias son plutocracias disfrazadas, nuestra plutocracia está más alejada del ideal político que otras plutocracias europeas.

El respeto a la ley

Con el ojo puesto en los argumentos de los procesados catalanes, Felipe VI ha afirmado el pasado día 20 que “es inadmisible apelar a una supuesta democracia por encima del Derecho”, ya que sin respeto a la ley no hay “convivencia, ni democracia, sino inseguridad, arbitrariedad” y “quiebra de los principios morales y cívicos de la sociedad”. Y lo ha dicho con solemne seriedad. He ahí un ejemplo de palabrería insidiosa, como la de todos los discursos oficiales.

Cuando hablamos de la ley nos estamos refiriendo a las normas de distinto rango que rigen una sociedad. Las principales, de las que depende el resultado de todas las demás, son las que afectan a la propiedad y a los impuestos. Y las que hoy controlan la economía global producen los siguientes efectos:

-En el mundo, la fortuna de los milmillonarios aumentó en un 12% en el último año -2.500 millones de dólares diarios- mientras que la riqueza de la mitad más pobre -3.800 millones de personas- se redujo en un 11%. Por la evasión fiscal de las grandes empresas y fortunas los países pobres pierden cada año 170.000 millones de dólares en ingresos fiscales que podrían destinarse a servicios públicos básicos no atendidos.

-En EE. UU., el país más rico del mundo, la desigualdad en las rentas y la riqueza alcanza la cifra más alta desde la década de 1920: las tres personas más pudientes del país acumulan más capital que la mitad de la población. Pese a una tasa de desempleo relativamente baja, millones de personas se ven obligadas a pluriemplearse porque sus salarios no les sacan de la hambruna. 34 millones de americanos no cuentan con seguro médico. De entre las naciones más desarrolladas, EE. UU. tiene el índice de pobreza infantil más alto y un sistema de cuidado de menores que no solo no funciona, sino que la mayoría no se puede permitir. La mitad de la población anciana no tiene jubilación. Estos son los datos con los que Bernie Sanders, senador independiente que se presentará como candidato demócrata a las presidenciales, pretende movilizar a la población que los soporta.

-En España una de cada seis familias de clase media ha caído en la pobreza durante la crisis y no ha salido pese a la recuperación, mientras los ricos han aumentado su riqueza. Además, y contra la proclamada igualdad de oportunidades, la pobreza y la riqueza se heredan: si una persona nace en una familia de ingresos altos ganará un 40% más que si crece en un núcleo familiar con renta baja. La diferencia en la esperanza de vida entre las personas de los barrios más ricos y las de los más pobres llega en Barcelona a los 11 años y en Madrid a los 7. El año pasado aumentaron en 16.500 los hogares en los que no entró ningún tipo de ingreso, alcanzando los 617.000, mientras los ultramillonarios –personas cuyos activos netos equivalen o superan los 40 millones de euros- aumentaron en un 4%, llegando a la cifra récord de 1.690 personas (datos del último informe de Oxfam Intermón).

Como bien dijo Hipias de Élide hace ya muchos siglos, las leyes siempre oprimen a los débiles. Y mientras siga siendo así, las leyes no son respetables. Simplemenete, se nos imponen y hemos de someternos si no queremos acabar en la cárcel. No le demos vueltas: los Parlamentos son instrumento de oligarquías económicas en extremo codiciosas, y por eso las leyes son como son y no pueden ser justas.

Sobre los impuestos

Por ahí sigue la derecha prometiendo bajada de impuestos sin rubor alguno, y por ahí anda la izquierda incapaz de conseguir con su réplica razonada que ningún político conservador pueda volver a prometer una bajada de impuestos sin quedar desacreditado. Porque cuando la derecha promete una bajada de impuestos lo que hace luego es bajar los impuestos a los que más tienen y compensar esa bajada con una subida general. Nuestro sistema fiscal está 7 puntos por debajo de la media europea. La realidad es que se reduciría la injusticia de nuestro sistema social si se bajara la presión fiscal a las clases medias, el IVA quedara limitado a los objetos de lujo y se subieran muy considerablemente los impuestos a las rentas altas, a los grandes patrimonios y a los beneficios de las grandes empresas, con una eficaz persecución del fraude fiscal.

Lo que la izquierda no se atreve a decir aquí lo están diciendo los candidatos a las primarias del partido demócrata estadounidense, así como un grupo de nuevos congresistas a cuyo frente está Alexandria Ocasio-Cortez, que propone una tasa marginal del 70% a los ingresos que excedan de 10 millones de dólares. ¡Qué menos!

La senadora demócrata Elizabeth Warren no llega tan lejos, propone un impuesto del 2% anual a las fortunas a partir de 50 millones de dólares y del 3% a partir de 100 millones, medida que afectaría al 0,1 % más rico del país y que tiene un apoyo mayoritario según las encuestas (incluso del 50% entre los republicanos).

Esto no deja de ser muy poco, es una mínima corrección a la política neoliberal. Recordemos que en 1944 Franklin D. Roosevelt elevó la tasa básica sobre ingresos a su máximo histórico: un 94%, aplicado a los ingresos por encima de los 200.000 dólares de ese año (2.800.000 dólares de 2018). Harry Truman, demócrata, bajó el índice máximo hasta el 91% y Dwigth Eisenhower, republicano, lo elevó en 1952 hasta el 92% para ingresos superiores a 200.000 dólares de ese año (1.900.000 de 2018).

No es que con esta fiscalidad se pasara a un sistema justo, ni mucho menos, pero sin duda ha sido el periodo dorado de los EE. UU. y sus momentos de menor desigualdad.

Luego Johnson redujo la tasa máxima en 20 puntos y con Donald Reagan y el triunfo de la política neoliberal la bajada fue de más de 40 puntos.

Lo que los demócratas están ahora proponiendo allí, que es muy poco, no se atreve a proponerlo la izquierda aquí. Las propuestas fiscales de Podemos son de una pudibundez incomprensible. Y aún así les cuesta que el PSOE las acepte.

Las peleas de patio de colegio de la izquierda

Presenciando lo que viene ocurriendo en Podemos da la impresión de que a algunos de sus políticos más visibles les motiva la búsqueda del éxito electoral del partido como condición de su éxito personal. No digo que sea así, pero es la impresión que dan y que no se esfuerzan en evitar.

Claro que Errejón pudo haber comunicado a sus compañeros que quería salir de Podemos y crear otro partido, estaba en su derecho. Pero eligió el camino tortuoso de pactar en secreto con Carmena y comunicarlo en su partido un momento antes de que se hiciera público. Errejón es un personaje que pasa por teórico cuando en realidad carece de teoría seria, como prueba que se declare seguidor de Laclau. Buscar el éxito electoral no es algo que la izquierda deba hacer a cualquier precio.

Otra vez sobre populismos

La palabra “populismo” tiene un sentido positivo y otro negativo. Este segundo es el que se emplea en España. Pero es necesario definir esa palabra para que no sea un modo de descalificar sin contenido semántico. La definición que me parece correcta es ésta: uso de la mentira para, engañando a un pueblo desinformado, conseguir sus votos y hacer una política en su perjuicio.

Según esta definición toda la derecha, incluida la socialdemócrata, es populista. Tanto más cuanto más a la derecha se encuentre. Sólo la izquierda anticapitalista puede no serlo si actúa con honestidad.

Las mayorías vienen siendo fabricadas con el necesario nivel de ignorancia para que, sometidas a un alud de propaganda, voten a los representantes de quienes las explotan. En ese alud de propaganda ha sido siempre necesaria la mentira al por mayor. Algunos de los que llevan muchos años practicándola usan la expresión fake news como para insinuar que se refieren a una novedad. Pero las noticias falsas con finalidad política son algo tan antiguo como el sojuzgamiento de las mayorías.

A la extrema derecha se la acusa de populismo precisamente por aquello en que no es populista. Esa derecha quisiera un país a la antigua, con las invocaciones a la patria, a dios, a la familia, a las viejas tradiciones. Se declara enemiga del aborto, del feminismo y de la homosexualidad. Es xenófoba. Tiene una concepción del mundo que reacciona airada ante cualquier progreso racional o moral. Pero sus principales propuestas no engañan, hablan claro. Sólo son populistas, como el resto de la derecha, cuando hablan de economía.

Ahora los partidos más populistas (PP y Ciudadanos) pactan con Vox y al mismo tiempo se declaran enemigos del populismo, tanto del de derechas (Vox) como del de izquierdas (Podemos). Pero no definen qué es el populismo, porque si lo hicieran deberían aplicarse el término a sí mismos. Unidos Podemos sólo puede ser calificado de populista en el sentido positivo, como promotor de políticas que benefician al pueblo. No se puede criticar a Podemos que no lleve esas políticas más lejos, aunque sí que no haga pedagogía con más determinación explicando con detalle por qué esas políticas no pueden ir más lejos.

Si Podemos calla sobre ciertas cuestiones (que es una manera de mentir) no es porque esté obligado, sino por una táctica errónea. Los demás partidos, incluidos los socialdemócratas, están obligados a mentir, puesto que han de presentarse como gestores de los intereses del pueblo al tiempo que defienden el sistema capitalista como el mejor de los posibles.

Las invocaciones al diálogo, al consenso, a los pactos

¡Qué mundo idílico! Que los lobos y las ovejas no se descalifiquen mutuamente, que no se falten al respeto, que traten al otro como un competidor, nunca como un enemigo. Eso es, evidentemente, lo que interesa a los partidos conservadores. Pero de hecho, y sea cual sea la percepción de la gente, hay una profunda división en la sociedad. Las oligarquías económicas cuentan con su muy poderoso ejército de servidores, con sus mesnadas civiles y militares, para imponer su interés como única realidad razonable. Finjamos que todo el pueblo está unido por los mismos intereses básicos y que las divergencias locales son solucionables mediante el diálogo y la transacción. ¡Qué cansado abatimiento produce el discurso único a quien sabe lo suficiente y tiene buen corazón! Dialoguemos con los ricos, que ya verán cuanto dinero conseguimos de ellos para políticas sociales. La sinrazón ocupando casi todos los espacios. ¿Dónde respirar?

La única manera de cambiar esta situación es fortaleciendo los movimientos populares y ello requiere una permanente pedagogía unida al buen ejemplo. Bernie Sanders percibe movimientos que no se han visto jamás en la historia de Estados Unidos. Hombres, mujeres, negros, blancos, latinos, indios americanos y asiático-americanos, gays y heterosexuales, jóvenes y mayores, nativos y migrantes. Es posible que las oligarquías hayan llegado tan lejos en su codicia que empiece a fraguarse una resistencia. Y esa resistencia, no lo olvidemos, ha de ser mundial para que tenga eficacia.

jmchamorro@jmchamorro.info