ALGO MÁS SOBRE REDES SOCIALES Y PARTIDOS INCONTROLADOS

Hay un proceso histórico sin el que no hay manera de entender la realidad política, y es que la inicial democracia censitaria (en la que sólo podían votar los propietarios) pasó a sufragio universal sólo cuando los propietarios se sintieron seguros de que su riqueza no corría peligro si se daban estas condiciones: control sobre partidos políticos y medios de comunicación y una mayoría de la población sumida en la gnorancia respecto a cuestiones políticas y económicas. Algo fácil de conseguir si hay dinero suficiente para financiar a partidos prosistema (incluidos los socialdemócratas), sostener medios de comunicación privados, hundir a partidos y medios que no cooperen y, a través de los testaferros políticos, decidir el tipo y calidad de la educación que se da al pueblo.

Esta ha sido la base firme sobre la que se ha venido asentando el Sistema plutocrático que padecemos, y que ahora se está resquebrajando: han surgido partidos no controlados y están ahí las redes sociales que disputan, a quienes lo han venido disfrutando en monopolio, el derecho a producir la información y la opinión públicas, con el efecto de que parte de la población empieza a abrir los ojos y a enterarse de qué va.

Que todo esto es muy peligroso para el poder lo demuestra la desproporcionada y feroz campaña de los medios pro-sistema contra Podemos y contra las redes sociales, y también las medidas represivas que el poder ya ha comenzado a tomar.

Los medios al servicio de sus dueños

Nada mejor para situar el caso que recordar tres sucesos recientes que no son excepcionales y que aclaran el papel de los medios privados.

Publicación de informaciones falsas contra quien conviene

Como se sabe, en 2015 el ex jefe de policía Eugenio Pino creó una brigada secreta, una policía política cuyos cometidos ilegales consistían en fabricar chapuceros informes contra políticos de Podemos o ligados al proceso soberanista catalán. Siguiendo la costumbre, un dosier anónimo fue entregado a Eduardo Inda con la instrucción de que no lo publicara en su periódico hasta que le dieran la orden de hacerlo (algo que ocurrió unos meses después, naturalmente en el momento en que podía hacer más daño electoral). En tal informe se afirma que el fin que persiguen los investigados de Podemos no es otro que dar “un golpe de Estado encubierto financiado por los gobiernos de Irán y Venezuela”, cuyo dinero serviría para “hacer apología de la izquierda más radical con el fin de desestabilizar los gobiernos occidentales y justificar sus respectivos regímenes…” Y ahí andaba Inda blandiendo un falso documento para afirmar esa insidia en su periódico digital y en los platós amigos.

El chantaje y la amenaza

Son muy didácticas algunas conversaciones telefónicas grabadas por la policía al presidente de La Razón, Mauricio Casals, al director, Francisco Marhuenda, y a Edmundo Rodríguez, consejero delegado y propietario de un 25% del medio. Rodríguez, como responsable del Canal de Isabel II en América y supuesto testaferro del expresidente de Madrid Ignacio González, compró en Brasil la empresa Emissao, por la que se abonaron 25 millones más de su valor real, 20 de los cuales acabaron en Suiza.

Cuando la presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, anunció su intención de entregar a la fiscalía documentos comprometedores para Rodríguez, tanto Casals como Marhuenda aseguraron a éste que desde la Razón harían lo que fuera para evitarlo. Y en efecto, los dos se emplearon sin descanso para salvar a su consejero delegado. Conversaciones telefónicas que comienzan en Julio de 2016 contienen pasajes como los siguientes:

Marhuenda a Rodríguez: “Me ha dicho Mauricio, por eso te llamo, que me pongo a tus órdenes… Y yo me voy a ver a esta locuela [a Cifuentes] el lunes o el martes […] Hago lo que tú me digas.”
Casals dice a Rodríguez que ha dicho a Marhuenda que su continuidad en la dirección del periódico depende de cómo se porte en esto.
Rodriguez a Marhuenda: “Dile, oye, [a Cifuentes] que sepas que ese señor maneja el 25 % del periódico.”
Casals dice a Rodríguez que no es solamente La Razón la que se implica en su defensa, sino todo el grupo; es decir, Antena 3, Onda Cero y La Sexta.
Casals intenta calmar a Rodríguez diciéndole: “Y no te preocupes, que las pasará putas esta señora [Cifuentes]”.
Marhuenda a Rodríguez: “Le hemos dicho que eres un soldado nuestro, que eres intocable para nosotros y ella por las malas tiene mucho que perder. En una guerra no puede ganar”. Y también: “Ya nos hemos inventado una cosa para darle una leche a Cifuentes y que tome nota. Le he dicho: ‘tu misma, llevas ahí mucho tiempo en el Gobierno. Ahora la gente asocia el Canal a vosotros, punto, e Ignacio González es PP. Tú misma”.
Marhuenda en otra conversación: “Me ha llamado la zorra de Marisa por la leche que le hemos dado hoy. Le ha hecho mucha pupa. Marisa quiere saber si es una campaña. Evidentemente he dicho que no, no hace falta reconocerlo, no es tonta. Le dije: ‘hombre, si hacéis las cosas mal, pues nosotros…’. Mañana le damos otro viaje a Cifu [Cifuentes]”.
Y, en fin, en otra conversación Rodríguez llama a Casals para expresar su malestar porque en La Razón se ha publicado una noticia elogiosa sobre el número dos de Cifuentes, y Marhuenda se disculpa : “Siento lo de Garrido, ya he dicho que no salga nada bueno de él.”

En el sumario de la Operación Lezo hay otra conversación registrada en la que Casals dice a Ignacio González que Antonio García Ferreras “se ha portado de cine” por no hacerse eco en “Al rojo vivo” de una noticia que perjudicaba al expresidente ahora en prisión. Al enterarse de esto Ferreras se defiende, pero reconociendo que hubo presiones y denunciando que El País censuró algunas de las informaciones que perjudicaban a González. Y hay una batallita de tuits entre Marhuenda y J.P. Ramírez echándose en cara mutuamente falseamiento de datos y campañas con propósitos ocultos.

Selecciones y vetos

La SER dice que Podemos impide a Iñigo Errejón participar en su tertulia de Hora 25 y este partido lo desmiente:

Las rotaciones y la feminización de las portavocías forman parte de nuestra política de comunicación. Informamos hace una semana a la cadena SER de que en la edición de Hora 25 prevista para hoy nos representaría Irene Montero. La SER ha decidido vetar a Irene Montero y a todos los portavoces de Podemos menos a uno. [...] Están en su derecho de vetar a Podemos en su emisora, pero nosotros estaremos dispuestos y encantados de acudir a sus programas. Estamos a la espera de que rectifiquen y que esta noche nos dejen estar en Hora 25. Si la SER no lo veta, esta noche nos representará Irene Montero. Iñigo Errejón seguirá representándonos en los medios, incluida la SER.

Es el momento en que Iñaki Gabilondo afirma en esa radio que le resulta “muy incómodo tener que recordar a catedráticos de políticas algo tan obvio como que la Cadena SER es una empresa privada que invita si quiere y a quien quiere, que naturalmente se puede criticar el mecanismo, sistema o proceso de selección de las personas a las que invita, y a las que confirma o de las que prescinde, pero eso no otorga ninguna atribución especial a ningún partido, ni le arrebata el más mínimo derecho a un medio de comunicación.” Y concluye: “Repito, creo que Podemos se hace un lío tras otro sobre los medios de comunicación.”

Evidentemente, Gabilondo se podía haber ahorrado la mucha incomodidad de tener que recordar a los demás cómo son las cosas, pues Podemos ha reconocido en su comunicado que los de la SER están en su derecho de vetarlo en su emisora. Pero ese derecho aparte ¿dónde queda la verdad, señor Gabilondo? Pues lo cierto es que en “Hora 25” no se invita a Errejón como persona, sino como representante de un partido, y de la misma manera que la SER tiene el derecho a vetar a Montero, Podemos tiene el derecho a decidir quién le representa. No es ese el tema. La explicación que debió dar Gabilondo, y que eludió, es por qué la SER veta a Montero, dado que este veto reduce la pluralidad de su tertulia en perjuicio de sus oyentes. La razón es obvia. La SER teme lo que pueda decir Montero y no teme lo que pueda decir Errejón.
En seguida Jorge M. Reverte se lanza a decir en El País:

Hasta ahora, Pablo Iglesias ha tenido mucha habilidad en tratar a esa base social, la ha pastoreado desde el radicalismo asambleario hasta hacerla participar en un partido que tiene todas las trazas de acabar en un modelo leninista, sin excluir el uso más trapacero de la aparente libertad de expresión (Irene Montero designada tertuliana por el dedo del partido).

Está claro que estos periodistas tienen que batallar sin argumentos, obligados así a una falta de pudor que, hay que reconocerlo, llevan con una dignidad encomiable.

El impacto de las redes en los medios tradicionales

Con esta realidad presente (la de medios que no están obligados a la objetividad y la verdad y que han mantenido un monopolio sobre la información y la opinión) es fácil evaluar el impacto de las redes.

La web del Ayuntamiento de Madrid y la queja de periodistas acosados

Recuerden lo que ocurrió con la página Versión Original que el Ayuntamiento de Madrid abrió en julio de 2015 para salir al paso de las informaciones erróneas publicadas en los medios privados. ¡Cuántos fervientes demócratas ofendidos por esa web hasta que se enteraron de que la UE tiene una semejante! Los periodistas defendían su monopolio enojadísimos y a lo loco. “La Constitución garantiza la libertad de información y el derecho del ciudadano a recibir información libre y plural”, alegaba Elsa González, presidenta de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España, sin darse cuenta de que con ese argumento estaba defendiendo la libertad de información del Ayuntamiento y el derecho del ciudadano a recibir información plural (y por tanto también del Ayuntamiento).

Ahora, el pasado 6 de marzo, Victoria Prego, presidenta de Asociación de la Prensa de Madrid (APM) hizo pública una petición de amparo de un grupo de periodistas que se sienten acosados y presionados por el equipo directivo de Podemos encabezado por Pablo Iglesias, así como por personas próximas a ese círculo.

“Esta inaceptable campaña -dice la APM-, que está creando un estado de miedo entre los periodistas, tiene como fin el de persuadirles de que les conviene escribir al dictado de Podemos, además de tratar de conducirlos hacia la autocensura”, y recuerda a Podemos que puede recurrir al derecho de rectificación cuando juzgue que una información incumple el necesario principio de veracidad, “en lugar de atacar de forma inadmisible a su autor o al medio que la publica”.

Secreto

Antes de nada ¡qué curiosidad! ¿Quiénes son esos periodistas, qué amenazas han recibido, de quiénes, en qué momento? ¡Mira que si entre ellos estuvieran Inda y Marhuenda! En el texto de la APM no hay pruebas, ni nombres, ni datos, y pese a que han sido exigidos, la APM no los ha dado.

Pablo Iglesias ha invitado a que se haga la denuncia ante un tribunal para que sea un juez el que dictamine si se ha cometido o no algún delito. Ningún periodista ha denunciado en los juzgados el supuesto acoso de Pablo Iglesias y su gente.

Dos pájaros de un tiro: las redes y Podemos

Pese al secreto en seguida los medios conservadores han caído sobre Podemos sin intentar antes verificar los hechos denunciados.

El País colocó el comunicado de la APM en primera a tres columnas bajo el título “El método de intimidación de Podemos a la prensa”, añadiendo un editorial titulado “El acoso de Podemos”, dando por hecho que intimidación y acoso existen. Y es que El País dice haber constatado la existencia de mensajes en los que alguna persona de la confianza de Pablo Iglesias llama “tonto” a un periodista o le dice “de donde no hay no se puede sacar”. ¡Madre mía, no es posible tamaña crueldad! “El problema de fondo -dice ese editorial- es que Podemos, y muy concretamente su líder, considera a los medios de comunicación un poder no electo”. Pues claro. ¿Es que acaso son un poder electo?

En el mismo periódico Jorge M. Reverte dice que “El uso de las redes sociales, en las que son auténticos especialistas algunos militantes de Podemos, puede convertir la vida de cualquiera en un infierno”.

En El imparcial su fundador, Federico Jiménez Losantos, ha escrito:

Si Podemos llega a la Moncloa, no solo nos despedirá cerrando los medios privados. Nos hará un ramoverde, como a Leopoldo López, o nos ahorrará este Valle de Lágrimas”.

Y ese mismo periódico digital decía el 9 de marzo:

Desde el matonismo que practican en “sus” redes sociales -el manejo en Facebook y Twitter es de manual- hasta las “discretas” amenazas, los radicales procuran llevar a cabo un férreo control de lo que ellos consideran que debe publicarse. No en vano, el propio Pablo Iglesias se ha mostrado partidario de legislar para cercenar a la carta la libertad de expresión. Quien no cree en la democracia tiende a atacar a sus pilares, y el derecho a la información es uno de los más sólidos y necesarios.

En seguida han saltado a la palestra otros atacantes de mayor empaque, pero igualmente irreflexivos.

Mario Vargas Llosa dice en una entrevista en ABC: “No había amenazas así contra periodistas desde la Transición”, como si conociera realmente la clase de amenazas no publicadas. Y añade: “salvo quizá los crímenes de ETA”. ¡Hala!

También se ha sumado Iñaqui Gabilondo en un videoblog del 7 de marzo dedicado a los presuntos coaccionadores, en el que comienza reconociendo “Yo ignoro los hechos; no sé por tanto si hay razón suficiente para un documento público [el de la APM] de esa naturaleza”, para a continuación, como si lo tuviera todo claro, cargar contra Podemos, que de ello se trata, con estas tres cínicas razones: “Si Podemos quiere actuar contra el Sistema, debe esperar que el Sistema se defienda”. “Los medios, en su mayoría, formamos parte del Sistema y por tanto Podemos debe dar por supuesto que las líneas editoriales no le van a ser favorables. Esto es elemental”. Para concluir con cierta incoherencia que “También Podemos forma parte del Sistema y juega en esta liga”. Conclusión: son unos pardillos los cuadros de Podemos, con “uñas de acero” para unas cosas y “piel de mantequilla” para asumir “la ferocidad de la política democrática”.

Pero señor Gabilondo, quienes han mostrado piel de mantequilla son los periodistas denunciantes, no los cuadros de Podemos, que parecen tenerla de elefante. Y por otra parte ¿qué significa eso de la ferocidad de la política democrática? Si leemos entre renglones significa esto: si atacas al sistema prepárate, porque el sistema se va a defender de una manera feroz a través de sus medios privados, y no te quejes, que tú te lo has buscado.

Movidos por la misma ofuscación el PP, el PSOE y Ciudadanos cometieran la insensatez de solidarizarse en el Ayuntamiento de Madrid con los periodistas denunciantes y “manifestar su compromiso con la defensa de la libertad de expresión y con la libertad de información en Madrid”. ¡Y ello sin saber quiénes son esos periodistas y sin prueba alguna de que su queja sea razonable! Con buen criterio la alcaldesa, Manuela Carmena, y los 20 concejales del grupo de Ahora Madrid rechazaron hacerlo, precisamente porque ni la denuncia ni las pruebas se han hecho públicas.

La verdadera presión sobre los periodistas

Mientras la APM considera insoportable que Podemos pretenda influir en los medios, sabe sin duda que todos los partidos lo hacen, como reconocen en El Imparcial: “Es un hecho que todos los partidos, sin excepción, presionan en mayor o menor medida a la prensa.”

Sin duda la presión depende del poder que se tenga, y hay otros partidos que tienen más poder que Podemos, y que por tanto presionan con más eficacia. Ha ocurrido en RTVE, donde la retirada de los trabajadores habituales de los puestos más importantes de la redacción, y la contratación de periodistas afines, ha sido una constante desde la llegada del Partido Popular al Gobierno. El presidente del Consejo de Informativos de TVE, Alejandro Caballero, denunció recientemente que dos de cada tres periodistas que en 2012 trabajaban en los telediarios de TVE hoy ya no lo hacen.

Esa presión ha ocurrido también cuando el ministro Fernández Díaz mandó a la policía a ‘Público’ sin orden judicial.

¿Ha protestado la APM contra el Gobierno por esas y otras cosas semejantes? Pues no.

Pero la presión principal no viene de los partidos, sino, como es natural, de los dueños y de los jefes de los medios.

Según el último Informe de la propia APM sobre la Profesión Periodística, el 75% de los periodistas en este país sienten miedo a sus jefes y se autocorrigen para evitar el despido. Irene Montero, entrevistada por Pepa Bueno en la SER, dijo que lo verdaderamente grave es que ocurra esto, lo dijo tres veces y la periodista hizo por tres veces oídos sordos. No, lo importante era seguir insistiendo sobre la denuncia de la APM.

El propio Gabilondo admite que los periodistas se aplican la autocensura por culpa del paro, que acobarda. “Está en el comportamiento humano una especie de tendencia hacia la precaución, hacia la supervivencia”.

¿Y cuál es la relación entre autocensura y paro? Ahí ya no entra Gabilondo, porque tendría que decir que la razón es que los dueños de los medios echarán a quienes no se apliquen la autocensura, esto es, a los que escriban o digan algo que a los dueños les pueda molestar. Esta autocensura es la que practica el propio Gabilondo.

Por citar un ejemplo, el señor Cebrián, presidente de PRISA, vetó a los periodistas Ignacio Escolar y Fernando Berlín porque informaron de sus intereses en Panamá. Y ningún periodista de los que trabajan en PRISA, Gabilondo incluido, dijo esta boca es mía.

La ideología que subyace

Pero voy a lo que me parece más interesante. Y es que por debajo de todo este ruido hay dos ideas que los medios no se cansan de difundir. Uno es que los periodistas son un sólido y necesario pilar de la democracia. Otro es que para cumplir con su papel han de tener el monopolio de la libertad de expresión, negándosela a cualquier crítico.

Lo expuesto en la primera parte de este artículo, con ser una minucia, bastaría para sospechar que ambas ideas son dos viejas mentiras interesadas.

¿Son los medios privados un pilar de la democracia?

Elsa González achacó a la página del Ayuntamiento de Madrid un “halo de censura” y añadió la doctrina de que “El papel del periodista es ejercer ese contrapoder imprescindible en la sociedad y que garantiza a la ciudadanía el derecho a recibir información libre”. A su juicio la iniciativa del Ayuntamiento implicaba que el poder usurpaba el papel de los medios de comunicación, y no tenía cabida en una sociedad democrática.

Ahora la APM “considera totalmente incompatible con el sistema democrático que un partido, sea el que sea, trate de orientar y controlar el trabajo de los periodistas y limitar su independencia. La estrategia de acoso de Podemos vulnera de una manera muy grave los derechos constitucionales a la libertad de expresión y a la libertad de información y coarta el libre ejercicio del periodismo, que es imprescindible para preservar la salud de una sociedad democrática como la española”.

En el editorial de El País antes citado se dice que “la libertad de información forma parte de los principios básicos de las democracias cuando funcionan realmente como tales y no como autocracias disfrazadas.”

Martin Schulz, que aspira a ser el próximo canciller alemán, se ha atrevido a decir: “Quien habla de prensa mentirosa golpea a la democracia. Da igual si se trata de Donald Trump o de Pegida”.
Pero resulta que, sean cuales sean las motivaciones de Trump o de Pegida, está claro que quien habla de prensa mentirosa no puede golpear a la democracia por dos razones: una es que no hay democracia, y por tanto mal se la puede golpear; otra es que no sólo hay prensa mentirosa, sino que todos los medios conservadores han de instalarse en la mentira sistemática que exige la defensa del capitalismo y la demonización de sus enemigos. Teniendo en cuenta que esos medios (los que aparecen en los kioskos y muchos de los digitales) no responden a una intención filantrópica, sino al interés de sus dueños, por lo general bancos y fondos de inversión, ¿será acaso el poder que reside en esos bancos y fondos de inversión el que ha dado a sus periodistas el papel de contrapeso del poder? El País nos ilustra: en las sociedaddes avanzadas los medios son un contrapoder de la sociedad civil cuya legitimidad se la da o se la niega su audiencia cotidianamente. Pero claro, la audiencia ha tenido que elegir entre medios que todos ellos están al servicio de los intereses de sus propietarios. ¿No es excesivo llamar pilares de la democracia a periodistas que no se pueden permitir el lujo de denunciar, en nombre de la transparencia y la democracia, las diversas formas en que los propietarios de su medio hacen imposible la transparencia y la democracia?

Por paradójico que resulte, para cumplir funcionalmente el papel de “voz de su amo”, los periodistas amaestrados tienen que presentarse una y otra vez como libres e independientes, e incluso, viniéndose arriba, como contrapoderes imprescindibles y pilares de la democracia.

El confortable monopolio de la libertad de expresión

Hasta hace muy poco los medios privados influyentes han dispuesto del monopolio de la información, la opinión, la ocultación, la crítica, el insulto y la tergiversación. Los afectados debían tener piel dura y aguantar, o en otro caso acudir a los tribunales. Rectificar o replicar, sólo si el medio se lo permitía. Enjuiciar al que los enjuiciaba, ¿dónde hacerlo? ¿Conseguir la necesaria satisfacción de los tribunales? Los jueces tienen miedo a enfrentarse a los medios y suelen justificar sus desmanes apelando a la libertad de expresión.

O sea, que en realidad el derecho constitucional a la libertad de expresión no pertenecía a cualquiera, sino sólo a los dueños de los medios y a los periodistas contratados, obligados por ello a someterse a la línea editorial. Acostumbrada a esto, la directora de la APM no acepta de buen grado que ahora se ataque a periodistas en sus propias tribunas, o en reproches y alusiones personales en entrevistas, foros y actos públicos, o directamente en Twitter. Es decir, esta señora sigue creyendo que los periodistas son intocables, y sólo los periodistas, incluso aunque ellos ataquen a otros con insultos y falsedades.

No cabe duda de que el monopolio es una situación muy cómoda. Pero precisamente ese monopolio ha sido una de las causas, y no menor, de la tradicional sustitución de democracia por plutocracia.

Me remito a la entrada de este blog “Medios privados y democracia” y reitero, para evitar malinterpretaciones, que la solución democrática consiste en que los medios privados sean sustituidos por medios públicos libres de todo control que no sea social, y a los que tengan acceso equitativo todos los partidos, ideologías e instituciones.

El comienzo del fin del monopolio y la reacción del chiringuito amenazado

Por todo lo que vengo diciendo es un suceso nuevo, de gran importancia, que el monopolio sobre información y opinión se empiece a romper con las redes sociales, que conceden libertad de expresión a todo el mundo, y no sólo a los periodistas que actúan en los medios conservadores. Ahora también tiene libertad de expresión cualquier ciudadano para escribir un blog o para decir en Twiter lo que piensa, por ejemplo lo que piensa de un periodista. Se ha invertido la situación: es ahora el periodista el que tiene que acudir a los tribunales si ha habido en las redes una actividad delictiva contra él.

Claro está, este mazazo al monopolio de la información y la opinión no se puede tolerar, porque pone al Sistema en grave aprieto.

Flemming Rose, periodista danés investigador en el Cato Institute de Washington y autor de La tiranía del silencio (Oberon 2016) denuncia que las leyes contra los delitos de odio, concebidas para luchar contra el terrorismo y el extremismo, se aplican hoy a las palabras polémicas pero no violentas de los cómicos, los detractores de la inmigración y el islam y los musulmanes contrarios a la democracia y a Occidente, y que los Gobiernos de Europa occidental defienden esas restricciones con un lenguaje inquietantemente similar al de los dictadores. Con distintos pretextos lo hacen el Gobierno británico, el Gobierno alemán (que propone multas de hasta 50 millones de euros y penas de prisión por difundir noticias falsas) y el español (ley mordaza).

Ahora bien, si lo que se quiere eliminar es la mentira, la desinformación, la incitación al odio ¿por qué los Gobiernos no toman contra los medios establecidos y “corruptos” las mismas medidas que contra las webs, los blogs y las redes sociales?

Es una pregunta retórica, el lector informado conoce perfectamente la respuesta. Esos medios son prosistema y por tanto tienen licencia para mentir. Y lo que molesta de las redes no es la mentira (a ella el Sistema está muy acostumbrado), sino que se difundan verdades que antes no salían a la luz.

Oigan todo ese cuento en torno a la posverdad, desafortunado término tan vacuo como se requiere para un éxito inmediato. Hace referencia a las mentiras que pasan por verdades en las redes. ¿Y cómo llamar entonces a las mentiras que pasan por verdades en los medios tradicionales? Ah, esas mentiras no son posverdades, sino las verdades del Sistema.

jmchamorro@jmchamorro.info

¿SE ESTÁ DESMORONANDO EL SISTEMA?

En los medios de comunicación los “expertos” suelen ocuparse de la actualidad, pero como si estuviera compuesta por cuestiones superficiales del tipo de lo que alguna persona u organización ha hecho o dicho, o de lo que acaba de ocurrir aquí o allí. También es necesario ocupar un punto de observación desde el que sea visible una realidad más amplia, hacia atrás y hacia adelante. Ciertas cosas eran de una forma hace muy poco, ayer mismo, y la situación ha cambiado en aspectos que pueden ser decisivos.

La vieja situación que parecía estable y definitiva

Estados Unidos único poder imperial

Aprovechando que la segunda guerra mundial se había desarrollado lejos de su territorio, devastados los restantes países intervinientes, Estados Unidos impuso los Acuerdos de Bretton Woods concebidos a su gusto y beneficio. El Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial se presentaron entonces como medio de evitar que una futura nueva depresión económica volviera a ser caldo de cultivo para el fascismo y la guerra, pero quedaron bajo control de Estados Unidos como instrumento de un nuevo colonialismo. Además, para salvaguardar el capitalismo en el mundo era necesario crear y mantener un enorme ejército, con  bases militares en otros países, flotas patrullando los distintos mares, capacidad aérea temible, tecnología creciente para asestar golpes y para evitarlos, y ello obligó a dos estrategias dependientes de la confianza de muchos países: fabricar dólares a capricho (aprovechando que, al ser moneda de referencia básica, su demanda mundial evita los efectos inflacionistas que esa práctica tendría para las restantes monedas) y aumentar la deuda colocando bonos del Tesoro de Estados Unidos por todas partes.

Después de hacer lo necesario para hundir a la URSS (carrera armamentística, “Operación Ciclón” en apoyo a los rebeldes en Agfanistán) quedó como único poder imperial de la tierra, con sobrada capacidad para imponer a sus aliados y a sus enemigos la política que beneficiaba a su élite económica. Esa política era presentada como lucha por la democracia y la paz, y muchos, dentro y fuera de Estados Unidos, creían que era así. Sin embargo parte importante de esa política era la explotación de países indefensos, cuyos dictadores obedientes permitían el saqueo de su pueblo a cambio de una parte del botín colocada a buen recaudo en paraísos fiscales.

Una UE prestigiosa

Entretanto, desde 1951(Comunidad europea del carbón y del acero, Tratados de Roma del 57, de Maastricht del 92, de Ámsterdam del 97 y de Niza de 2001) se fue desarrollando la Unión Europea con creciente prestigio en el ámbito moral, proyecto al que muchos deseaban sumarse y al que veían como modelo de respeto a los derechos humanos, de democracia y de bienestar social.

Un capitalismo relativamente domado

Aunque el capitalismo no puede dejar de ser irracional e injusto, el de ayer no era todavía salvaje. El mercado premia siempre con más a los que tienen más, y con menos a los que tienen menos, pero existían ciertas regulaciones que daban preeminencia a la economía real, la que produce mercancías y servicios, frente a la meramente especulativa.

Se cumplía una condición necesaria para la estabilidad del Sistema

Esa condición es que partidos políticos, medios de comunicación y altos funcionarios, entre ellos los judiciales, estén controlados por el poder económico.

Todos los partidos políticos con capacidad de gobierno eran pro-sistema y gobernaban y legislaban al servicio del amo en los capítulos fundamentales, laboral, económico y fiscal. Los partidos eurocomunistas habían abandonado el intento de revolución violenta y, aceptada la legitimidad de la democracia capitalista, pretendían un cambio social mediante una toma del poder vía elecciones. Se los toleraba en la medida en que su pretensión era ilusoria. Estaban controlados a través de sus deudas. Tras un cierto éxito, sobre todo en Francia e Italia, cayeron en un papel anodino.

El monopolio en la fabricación de la opinión e información públicas estaba asegurado, en manos de las iglesias, los partidos políticos y los medios de comunicación, fueran privados, bajo control de sus propietarios y al servicio de la ideología e intereses de éstos, fueran públicos, controlados por políticos pro-sistema. Era así fácil fabricar la opinión de que vivíamos en democracia, y de que los partidos políticos representaban los intereses de sus votantes.

Para cada clase de gente había una clase de medios, unos carentes de prestigio y otros prestigiosos. Todos se presentaban como encarnación del derecho de libertad de expresión, dechados de objetividad y garantía de democracia, y hacían su autoalabanza con cualquier pretexto sin que nadie hiciera objeciones públicas.

La estrategia de mentira sistemática en apoyo del sistema se aplicaba en cada caso de forma distinta. Mientras los medios carentes de prestigio utilizaban directamente la mentira, los serios utilizaban el silencio, el realce de lo anodino, la exaltación de valores deseables, pero como si sólo pudieran prosperar en la democracia capitalista, el ataque virulento contra todo lo que oliera a colectivismo, todo ello para dar una versión radicalmente falsa de la realidad bajo una apariencia de objetividad y neutralidad sin tacha. Cualquier intento, en cualquier parte, de justicia y equidad era condenado y descrito como antidemocrático y criminal.

Personas de gran prestigio, porque su voz y su figura parecían garantía de honradez por encima de toda sospecha (cualidad muy bien pagada), hablaban muy sesudamente de cualquier cosa en los medios “serios”, pero nunca de lo fundamental. Tras omitir aquello que demandaba ser dicho y gritado una vez y otra, se dedicaban a su cháchara.

Poblaciones adormecidas

Sometidos a una incansable y tenaz propaganda anticomunista y a una continua afirmación de las bondades del sistema, la mayoría de la gente no podía hacer otra cosa que aceptar todo daño propio como un mal menor (y así se fue viviendo el inicial desmantelamiento del Estado del bienestar en Europa), e incluso aceptar como beneficio lo que era un daño.

Terrorismo bajo control

El recurso a la fuerza de quienes se situaban frente al sistema de manera violenta era un terrorismo de efectos asumibles, previsible y acotable en sus acciones y efectos.

Sin alternativa

Se explica así que en 1992 Francis Fukuyama afirmara (en El fin de la historia y el último hombre) que debido a la disolución del bloque comunista, la única opción viable es la democracia liberal, tanto en lo económico como en lo político. Las ideologías habían dejado de ser necesarias, sustituidas por la economía. A la mente febril de Fukuyama Estados Unidos se presentaba como la única realización posible del sueño marxista de una sociedad sin clases, y el fin de la historia significaba el fin de las guerras y las revoluciones sangrientas; los hombres se dedicarían ya a satisfacer sus necesidades a través de la actividad económica sin tener que arriesgar sus vidas en ese tipo de batallas. Naturalmente, a este torpe cuento se le dio mucha difusión. El marxismo era una vieja ideología ya caducada.

Y sin embargo… ¡cómo ha cambiado todo esto!

Sin que personas como Fukiyama lo captaran, este panorama había comenzado a cambiar precisamente cuando se impuso la ideología neoliberal en Europa y Estados Unidos como pensamiento único. Se desregularon espacios económicos dejándolos a la voracidad insaciable del dinero, se privatizaron servicios que debieran ser públicos, y se estableció una globalización que se presentaba como inevitable: había que adaptarse a ella si no se quería perecer. Pero no se trataba de una globalización inevitable, sino sólo de la forma que conviene a los depredadores, astuta conexión de regulaciones y desregulación: regulaciones estatales muy efectivas en defensa de la propiedad privada y un espacio mundial sin normas en el que el capital financiero y especulativo puede actuar a su antojo.

El panorama ha cambiado por estas cosas:
1. Estados Unidos es un imperio en decadencia y la UE ha perdido su glamour.
2. Haciendo uso de la libertad que la nueva legislación concedía a los bancos se inició un proceso de ingeniería financiera en que las audacias y astucias llegaban cada vez más lejos en el afán codicioso, y el invento se escapó de las manos de los astutos inventores, dando lugar a la crisis de 2008.
3. El desarrollo de Internet ha traído las redes sociales, los canales de YouTube, la prensa digital, los blogs y los youtubers de izquierdas, cuyas voces llegan a cualquier parte del mundo sin necesidad del aval y apoyo económico de un grupo bancario.
4. Como consecuencia de la crisis y de las redes sociales han surgido partidos no controlados.
5. Hay una nueva forma de terrorismo.

1. Imperio en declive

En 1960 Europa, Estados Unidos y Japón disponían del 70% del PIB mundial. Hoy han bajado al 55%. El G-7 (Alemania, Canadá, Francia, Reino Unido, Estados Unidos, Italia y Japón) que en 1992 tenía el 60% tiene hoy el 54%, y por eso ha sido necesario crear el G-20, que concentra el 85%.

Con la sigla BRICS se hace referencia a la asociación económica-comercial de Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, las cinco economías nacionales emergentes más importantes del mundo, con gran población (China e India por encima de los mil cien millones, Brasil y Rusia por encima de los ciento cuarenta millones), un enorme territorio (casi 38,5 millones km²), alto valor estratégico, riqueza en recursos naturales y un gran crecimiento de su producto interno bruto y de participación en el comercio mundial. Estos países, aun carentes algunos de ellos de poder militar, no obedecen sumisamente las indicaciones imperiales.

Y si tomamos en cuenta el poder militar, el mundo es ya tripolar: Estados Unidos, Rusia y China.
Ello significa que el imperio estadounidense está en decadencia.

Pero hay algo más: su deuda ha llegado a tal nivel (hay muchos números, según se tome en cuenta la federal o también la de los Estados y municipios, pero ninguno baja de 20.000 billones de dólares en terminología europea, o sea, de millones de millones), que es una deuda absolutamente impagable, siéndolo más por la necesidad que tiene Estados Unidos de seguirse endeudando, y ello cuando la confianza internacional en el dólar y en los bonos del Tesoro americano ha empezado a bajar y se buscan alternativas.

China representa el poder del futuro, no sólo por su crecimiento económico y su poderío militar, sino por la forma en que sus niños y jóvenes conciben el estudio y el esfuerzo por diferencia con la juventud occidental.

Los estrategas estadounidenses Zbigniew Brzezinski y Henry Kissinger saben bien que todo ha cambiado. Kissinger intentó un G-2 entre Estados Unidos y Rusia para frenar a China, Brzezinski concibió un G-2 de Estados Unidos y China contra Rusia, pero Rusia y China mejoran sus relaciones y ya no están a expensas de los deseos de Washington. A la vista de ello Brzezinski piensa que Trump debería propiciar que Estados Unidos, Rusia y China trabajen coordinados para mantener la estabilidad mundial. Pero el desconcierto aumenta (y una consecuencia de ese desconcierto ha sido precisamente la elección de Trump como presidente).

Al actuar contra Rusia (sanciones económicas) y contra China (el TPP), Obama ha podido comprobar, a la vista de los efectos, que Estados Unidos no tiene ya capacidad para imponer su criterio. Trump parecía intentar primero un acercamiento a Rusia contra China, pero de improviso se enfrenta a Rusia con su lanzamiento de misiles contra Siria, y sale del TPP dejando un espacio que China está dispuesta a ocupar.

Añádase que el poder militar de Estados Unidos no le garantiza la victoria en las guerras en que pudiera tener la tentación de meterse. Sus torpezas militares y diplomáticas imperiales han generado los problemas actuales en Irak, Siria, las tensiones con Irán, con Corea del Norte, sin que pueda resolver ninguno de estos asuntos a su satisfacción. Sus soldados son mercenarios que no quieren morir y que luchan en países en los nada se les ha perdido. Además la muerte de un soldado americano es tomada en su país como una tragedia insufrible. Poco pueden contra aquellos que se sienten atacados en su propia casa y que no temen a la muerte, incluso la buscan si es un medio para hacer daño al enemigo. Estados Unidos puede lanzar misiles desde sus destructores o aviones, pero teme implicarse con tropas sobre el terreno.

2. Una UE afeada y disminuida

La UE, que era un ideal admirado y apetecido, se ha ido hundiendo en un fangal desde que la socialdemocracia europea, como si hubiera creído eso del fin de las ideologías, se rindió al pensamiento único, cuyas imposiciones han convertido a la Unión en cortijo de un poder económico autodestructivo. La reacción brutal contra Grecia, que la derecha española festejó como una derrota de Syriza (y un aviso, por tanto a Podemos) fue en realidad una derrota de la UE.

En agosto de 2015, bajo el título Syriza acaba con el mito de Europa, escribí en este blog:

“Para la población que votó No en el referendum ha sido un trago amargo comprobar que Tsipras ha tenido que traspasar las líneas rojas que había trazado. En cambio los medios conservadores han festejado con ruido y alborozo el fracaso de Syriza. Los periodistas y los políticos conservadores miran a corto plazo. Visto el asunto con más perspectiva parece evidente que el desaguisado para la Europa neoliberal es mucho más grande que para Tsipras, Syriza o Grecia.”

Añadan a este asunto el tema de los inmigrantes y refugiados, con decenas de miles de niños migrantes desamparados, que ha dejado claro hasta qué punto era acertada la denominación “Europa de los mercaderes”, con unas élites gobernantes insensibles y brutales, y una parte de la población mal socializada (xenófoba, racista, violenta).

Son más los que ahora se quieren ir de la UE que los que quieren entrar. Ha empezado por marcharse Gran Bretaña, pero según el Pew Research Center la opinión favorable a la UE ha bajado en Italia del 78 al 59%, en Francia del 69 al 38% y en España del 80 al 47%.

3. Efectos de la crisis de 2008

No se aprovechó esa crisis para reformular el capitalismo, como tantas veces se había prometido en crisis anteriores, sino para fingir que obligaba a medidas drásticas, sin posible alternativa, que consistieron en acelerar el desmantelamiento del Estado del bienestar en muchos países europeos y en condenar a los trabajadores a la precariedad, el paro, la pérdida de derechos y los bajos salarios, pasando muchos de ellos a la condición de trabajadores pobres. En España se argumentó que habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades, o que las reglas son las reglas, o que las deudas deben ser pagadas (no importa que sean ilegítimas), o que las pensiones peligran por el envejecimiento de la población, y todo ello como pretexto para recortar en los presupuestos las partidas dedicadas a educación y sanidad, y para saquear la caja de las pensiones, con una clara invitación a que se acuda a la educación, la sanidad y las pensiones privadas.

Evidentemente, la causa de los recortes nunca ha sido la falta de dinero, sino sólo que un exceso de dinero está en manos privadas y que los gobiernos sumisos no osan subir los impuestos a los ricos en la cuantía necesaria para promover el bienestar colectivo.

4. El descrédito de los medios de comunicación

Respecto al adoctrinamiento de la población, las redes sociales han generado un proceso de diseminación de verdades que va poniendo algunas cosas en su sitio para grupos de población cada vez mayores.

Sin duda las redes sociales son un vertedero de falsedades, estupideces e insultos, porque todo eso configura de hecho la mentalidad de una parte de las actuales poblaciones. Lo que antes se gritaba o se mascullaba en la barra de un bar o en la privacidad del domicilio se expresa ahora en las redes, y cualquier sandez o ataque miserable goza de la capacidad de difusión mundial. A su vez, la prensa digital es a veces vomitiva (ahí están Alerta Digital, Okdiario, El Imparcial, Mediterráneo Digital, Periodista Digital), pero también por las redes circula el conocimiento que no tenía acceso a los medios de comunicación controlados. Lo que nunca se publicaría en El País, en Le Monde o en New York Times se puede publicar ahora en un blog independiente o en un periódico digital como Público o CTXT (cuyo aumento de lectores es reconfortante).

Por las redes circulan también juicios certeros sobre los medios controlados y sus colaboradores, que de esta forma están perdiendo su gratuito prestigio. De ahí la acusación hecha contra Podemos por diez periodistas y aceptada por la Asociación de la Prensa de Madrid. No soportan que lo que antes no se podía decir de ellos (no había dónde) se diga ahora. O sea, que se descubra su papel de servidores dóciles de los dueños de los medios, papel que les obliga a mentir, difamar y callar según les venga impuesto.

5. Partidos no controlados

El hecho de que la crisis no haya afectado a los que la promovieron (por el contrario han aumentado escandalosamente sus ingresos) , y que se la hayan hecho pagar a sus víctimas, sobre todo a los que vivían de un sueldo o salario modesto, ha dejado más claro que nunca que este sistema es inaceptable. Tener conciencia de ello y de que los recortes no eran una opción inevitable, sino sólo la opción que impusieron unas élites tan miopes como codiciosas (conciencia que hubiera sido imposible sin Internet), ha generado una indignación con efecto imprevisto: en algunos países, a la izquierda de los partidos prosistema, han surgido partidos como Syriza y Podemos, no controlados, con gran alarma de quienes gobiernan, que han intentado liquidarlos cuanto antes para evitar la imitación que prendería en otros países si se les deja tener éxito.

A los de Syriza se les ha castigado eficazmente y a los de Podemos se ha intentado hacerlo por todos los medios, incluidas las mentiras fabricadas por policías políticas y propagadas de muy buena gana por los medios de comunicación. Pero ahí siguen, capaces de decir lo que los restantes partidos no pueden, y demostrando que hay otra forma de gobernar allí donde han conseguido algún poder.

6. Nuevo terrorismo

El dolor y la frustración del mundo colonizado y dominado por las élites occidentales ha generado un nuevo terrorismo contra el que la defensa es difícil. Se trata de “lobos solitarios” dispuestos a inmolarse, adoctrinados en la Red, al margen de organizaciones detectables y controlables por el aparato policial. Quien está dispuesto a morir es mucho menos controlable que quien desea seguir vivo.

Inestabilidad

Estos cambios nos sitúan en un mundo inestable, que difícilmente puede volver a ser como era a comienzos de este siglo. Nadie puede garantizar que no caigamos otra vez bajo el dominio de los fascismos y del poder arbitrario, con licencia para torturar y matar a los oponentes. De momento el autoritarismo va ganando espacio, sea con el pretexto del terrorismo, sea apelando a limpiar la red de noticias falsas o comentarios delictivos. La libertad de expresión que tanto han invocado ya no les gusta, desde que la puede ejercer todo el mundo, y están ideando cómo acabar con ella.
Nunca fue tan necesario el papel de una izquierda anticapitalista que, ante esta situación, sepa responder con lucidez a la pregunta “qué hacer”.

jmchamorro@jmchamorro.info

EL PODEMOS QUE SALE DE VISTALEGRE II

Simpatizantes y votantes de Podemos hemos asistido a una disputa descorazonadora, y no porque haya sido disputa, algo normal en partidos donde hay libertad para opinar y proponer, sino por los modos y, sobre todo, porque no han quedado claros los motivos. Da la impresión de que diferencias de fondo, o de estrategia, o afanes de poder se han conciliado con una cierta inmadurez de los principales dirigentes. La juventud es un valor siempre que se concilie con la experiencia que dan los años, y en el antiguo equipo dirigente había mucha juventud pero escasa experiencia. Seguramente cambiará esto con las nuevas incorporaciones a la ejecutiva y al gobierno en la sombra ya decididas.

No es vieja política

Al ver esa lucha por el poder algunos periodistas y comentaristas, muy regocijados, se han lanzado a decir: ¡vieja política, míralos, condenaban la casta y son parte de la casta! No confundamos. Si queremos caracterizar por su rasgo sustancial a la vieja política, la de la casta, hemos de decir que es la que se hacía y se sigue haciendo al servicio del poder económico. Otras características no son exclusivas de ella, se pueden dar en cualquier política posible. Nadie ha dicho que la nueva política haya de ser realizada por ángeles. Si vemos la cosa así, Podemos no es vieja política, y esto se percibe claramente allí donde han conseguido algún poder institucional.

Pero sí que han mostrado un ingrediente que en la vieja política es natural y necesario: la ambigüedad, la falta de claridad.

Los que se presentan como servidores del pueblo pero actúan al servicio del poder económico están obligados al ocultamiento y la mentira. Es por ello lamentable que, no estando Podemos en ese papel, haya habido un rasgo de vieja política en la oscuridad con que se ha llevado adelante la disputa. Parece mentira que unos profesores universitarios, a los que se supone habituados a explicar, no hayan sabido explicarnos qué concretas discrepancias han originado y mantenido una pelea tan hosca.

La oscuridad del litigio

Por esa oscuridad se ha podido afirmar que la pugna era entre pablistas y errejonistas, o entre la Facultad de Filosofía y la de Políticas, o entre gente que piensa y gente que opera. Los lamentables artículos publicados por dos profesores de filosofía parecen indicar que los teóricos se sienten desplazados por los que operan, a los que han caracterizado como conspiradores intrigantes que intentan excluir a todos los que no forman parte de su pandilla.

En realidad no parece que todo esto se deba a que unos quieren que se actúe en las instituciones y otros en la calle, porque resulta que son actuaciones compatibles y complementarias.

Errejón y sus partidarios han dicho vaguedades como éstas: que un cierto orden es lo que la gente quiere, y que por ello, para ser una fuerza realmente transformadora, es necesario, más allá de la pulsión destituyente, plantear un horizonte alternativo de certezas y seguridades. Pero así planteada la cuestión resulta difícil imaginar que los del grupo de Iglesias se opongan.

Han dicho también los de Errejón que para Podemos es más productivo abordar las relaciones con el PSOE de manera laica e inteligente que la negación obsesiva y el choque frontal. Pero seguro que los de Iglesias saben que la política socialdemócrata sólo se reinstaurará en este país cuando PSOE y Podemos actúen en alianza contra las fuerzas neoliberales. Otra cosa es que esto sea posible si el PSOE persiste en la dirección que le marcan sus antiguos jerarcas.

Lo que parece tener alguna entidad estratégica es que al grupo de Errejón no le gusta el acercamiento a IU y que fue partidario de apoyar al pacto PSOE-Ciudadanos, achacando la pérdida de un millón de votos (del 20-D al 26-J) a la alianza con IU y a no apoyar aquel pacto.

En cambio Iglesias y los suyos creen que el pacto con IU es razonable, que el no apoyo al pacto PSOE-Ciudadanos fue decidido por la militancia y era además inevitable dada la actitud del PSOE, que prefirió pactar con la derecha; y que la pérdida de votos se debió a dejar de decir verdades en el intento de aparecer como inofensivos.

En todo caso, estas diferencias no explican la agria pelea en que se han enzarzado los máximos dirigentes de Podemos, pues lo correcto hubiera sido recurrir pacíficamente a los afiliados, sin descalificaciones mutuas, y luego estar al resultado de la votación. Es decir, lo que finalmente se ha hecho, pero sin el episodio precedente.

Dejándolo atrás en la esperanza de haya servido de aprendizaje, vuelvo a dos cuestiones sobre las que he tratado en otras entradas de este blog, ahora con algún matiz nuevo tras leer los documentos políticos de Vistalegre.

Pobreza teórica

En contraste con lo que algunos dicen, creo que esos documentos son decepcionantes. Algunas consideraciones sobre la transición del 77 y sobre la transición actual, banalidades referidas a cómo ganar votantes, nada que revele que profesores universitarios han trabajado en ellos. Se acusó al equipo de Iglesias de desdén por los teóricos a favor de activistas, pero la verdad es que la teoría falta en los documentos de todos los grupos.

El marxismo, valga repetirlo, es la única teoría general de la sociedad de que hoy disponemos (en el sentido riguroso que no hay otras teorías generales, por más que haya muchas de corto alcance), la única que permite análisis y explicaciones no superficiales. El problema del marxismo clásico es que, aunque percibió bien que para la estabilidad del socialismo es necesario otro tipo de persona (el llamado por Marx “hombre nuevo”), erró al creer que ese nuevo tipo surgiría por el mero cambio del modo de producción o por la participación en las luchas revolucionarias.

Ahora, abandonado el camino de la revolución violenta para instaurar un nuevo modo de producción, el marxismo no puede inspirar estrategias de acción a largo plazo si no se pone al día en aspectos que tienen que ver con la semiótica, imprescindibles para abordar las cuestiones ideológicas. Con esa puesta al día no sólo se puede explicar, por ejemplo, por qué ha triunfado Trump, o por qué una gran parte de la clase obrera vota a la extrema derecha, o por qué el PP gana las elecciones en España, sino que además se puede diseñar un programa de acción para cambiar ese estado de cosas.

Y es que no sólo hay que luchar para sacar de la pobreza extrema a muchas personas, o para que otras muchas recuperen derechos perdidos, sino también para combatir el entramado de ideas y valores que la derecha ha ido consolidando en las mentes de muchos ciudadanos, los que la votan a pesar de que son perjudicados por sus políticas. Porque la explotación ideológica es algo más grave que la económica, y no sólo por su naturaleza, sino porque es además condición necesaria para el sometimiento de los perjudicados. Sin explotación ideológica no habría explotación económica, al menos consentida.

Objetivos

En los documentos políticos discutidos en Vistalegre II uno querría haber leído un diagnóstico de la situación española, europea y mundial, y un señalamiento de metas a distintos plazos. Puesto que para decidir sobre el “qué hacer” debe estar claro primero qué se quiere conseguir o adónde se quiere llegar, esos documentos deberían haberse dedicado antes de nada a este asunto.

De acuerdo en que no se puede prometer en un programa electoral aquello que no se podrá cumplir, incluso si se consiguiera mayoría absoluta. Pero si se puede prometer en el programa electoral que determinadas propuestas, imprescindibles para una vida buena colectiva, se llevarán al Parlamento para que en él se discutan. Tanto si no se acepta su discusión como si tras ella se rechazan, ya se habrá dado un paso importante, el de ponerlas en el foco de atención de la gente y obligar a los demás partidos a hacer pública su posición. El Parlamento vale no sólo para legislar y fiscalizar, sino también para promover discusiones de gran valor pedagógico respecto a la parte de la población que ha asimilado las ideas infatigablemente promovidas por los medios de comunicación conservadores.

Veamos tres objetivos que obligan a estrategias diferentes, los dos primeros compatibles con el capitalismo, el tercero no. De cuál de ellos se elija depende qué actividades se consideren necesarias. El primer objetivo sólo exige medidas a corto plazo, los otros dos exigen medidas a plazo medio y largo. Mirar más lejos es útil si promueve actividades que no se realizarían en otro caso y que son condición para que sea posible mañana lo que hoy es muy deseable, pero fuera de nuestro alcance.

Recuperación del Estado del Bienestar

Éste objetivo es el que parece haber estado implícito en todas las discusiones y documentos de Vistalegre II, objetivo que podría ser también el de un PSOE renovado. Es muy razonable eso de querer echar al PP del poder, llegar al Gobierno y hacer una política más justa y transparente, que traiga beneficios a muchas personas que lo están pasando mal. Cabe incluir en esta política la renta básica universal o la creación de un banco público. Aceptemos que allí donde la socialdemocracia clásica se arrugó y se rindió al neoliberalismo, sea capaz Podemos de resistir y de llevar adelante el programa abandonado. Sería una recuperación de antiguos espacios conquistados y luego perdidos. Está muy bien para el corto plazo, pero conocemos las limitaciones que tiene ese programa. Y la primera es la resignación a vivir sin posible democracia.

Un paso más

El segundo objetivo es llegar a una socialdemocracia más avanzada, dispuesta a construir una sociedad en la que la democracia sea posible.

Instaurar la democracia requiere medidas como éstas, que por el momento encontrarían una oposición insalvable: (a) nacionalizar las empresas sistémicas (aquellas a las que hay que rescatar con dinero público porque si caen cae la sociedad entera), y no sólo las de energía, sino sobre todo las financieras, Bolsa incluida, y también las agroquímicas (es criminal, por ejemplo, que la alimentación del mundo y la economía de los pequeños agricultores dependa de ese monstruo que quieren crear Monsanto y Bayer con su megafusión); (b) aumentar los impuestos a las grandes patrimonios y rentas a fin de reducir drásticamente la actual desigualdad; (c) mejorar la educación, haciendo obligatoria la de 0 a 6 años, y cuidando especialmente la destinada a niños de las clases económica y culturalmente pobres, algo cuya adecuada realización exige recursos por ahora no disponibles, pienso que como mínimo un 10% del PIB, pero imprescindible si se quiere igualdad de oportunidades (no la hay si el hijo de pobres está condenado de antemano a la pobreza); (d) nacionalizar los medios de comunicación, o al menos poner en pie medios de comunicación públicos, para entregarlos al control de la sociedad (nunca, claro, del gobierno); (e) reducir la publicidad y regular sus contenidos (por ejemplo exigiendo que cada anuncio se limite a exponer las propiedades del producto sin identificarlo con el atractivo de temas ajenos, con los que además se promueven valores machistas, consumistas y elitistas altamente deseducativos); (f) hacer obligatorio el funcionamiento democrático dentro de los partidos.

Sin estas medidas la democracia es, sencillamente, ilusoria. No la invoquemos en vano.

La realización de los ideales de la Ilustración

Reparemos en que, aunque el objetivo anterior parece demasiado ambicioso, es sólo un paso intermedio, porque, pese a sus ventajas, permanece dentro de una economía de mercado cuyos efectos son injustos, irracionales y muy lesivos para los recursos naturales, el medio ambiente y el bienestar de los trabajadores.

Por eso hay un tercer objetivo que llega más lejos y que es el propiamente anticapitalista: pretende que la decisión sobre la producción y la distribución de la riqueza no la realice el mercado, sino una planificación racional y democrática que lleve a una equitativa distribución del trabajo y a un aparato productivo y de servicios que satisfaga las necesidades legítimas de todos los miembros de la sociedad al mismo nivel alto, pero eliminando la producción prescindible en claro beneficio del medio ambiente y de la preservación de los recursos naturales.

Este objetivo es el que realmente daría satisfacción al deseo de la Ilustración: igualdad, libertad y fraternidad, que en cualquier forma de capitalismo no es realizable. Inversamente, en cualquier forma de capitalismo este objetivo es inalcanzable a corto plazo, pero eso no quiere decir que no pueda inspirar muchas actividades realizables sin las que sería inalcanzable siempre.

La posición de Podemos

Parece que quien se considere verdadero progresista ha de ser partidario de esta última opción, pero no es así. Los hay que consideran que una economía planificada junto con la prohibición de mil actividades que hoy se practican conduciría inevitablemente a un Estado totalitario; o creen que fuera de la economía de mercado el desarrollo económico se vería frenado; o piensan que la opción anticapitalista ya fue ensayada en la URSS y fracasó; o que, aunque el mundo resultante es deseable, nunca será posible (por ejemplo, porque lo impide la naturaleza humana).

Es éste un tema en el que los buenos argumentos han de jugar su papel. Sin embargo en Podemos no ha sido planteado, tal vez porque, habiendo dentro partidarios de las tres opciones, sólo la primera es realizable al corto plazo de la batalla electoral, y por tanto en ella pueden estar de acuerdo todos, unos como objetivo final, otros como primer objetivo provisional. Y ahí se han quedado. ¿Es esto satisfactorio?

Pienso que no, porque el objetivo de desalojar a Rajoy y llegar al poder produce estrategias muy sometidas a los vaivenes del electorado, y previamente a los de las encuestas. Ocurre entonces que una línea política, o una estrategia, son buenas si aumentan los votos, son malas si los disminuyen. Mala cosa. Más aún cuando ni siquiera se puede tener certeza de que los votos se ganan o se pierden por esto o por lo otro.

Librarse de miedos

Teniendo objetivos más ambiciosos (como el de una transformación de la población para que acabe apoyando con brío un proyecto emancipador), se libra el partido del miedo a molestar o a asustar que acomete en seguida a quien pone todo su interés en ganar votos.

El miedo a molestar

El más grande error que puede cometer la izquierda es callar para no molestar. No decir esto porque puede molestar a los gobiernos de EE UU o Alemania, ni eso porque puede molestar a la Banca, ni lo de más allá porque puede molestar a los medios de comunicación, ni aquello otro porque puede molestar al PSOE, ni lo que pueda molestar a la Iglesia y a los católicos, ni lo que pueda molestar a los que piensan esto o aquello. O sea quedar casi mudos, limitados a hablar de cosas que no molestan a nadie. Esto ni siquiera es vender la primogenitura por un plato de lentejas, sino por la esperanza de conseguir el plato (que tal vez ni siquiera se consiga). El patrimonio fundamental de la izquierda es que sólo ella se puede permitir la verdad. Tirar ese patrimonio por la borda es algo insensato.

El miedo a asustar

Piensan algunos que para no asustar hay que abandonar algunos términos.

Errejón ha dicho que Podemos tiene que evitar el rechazo que todavía suscita la izquierda en una gran parte de la población, pero no creo que la palabra “izquierda” asuste a nadie. El PSOE se ha presentado siempre como de izquierda y ha conseguido mayorías absolutas. Otra cosa es la palabra “comunismo”, u otras semejantes, pero esas las emplearán los enemigos para caracterizar a los dirigentes de Podemos mientras sea peligroso, y ello con independencia de lo que Podemos diga o haga (ya les vemos por ahí hablando de “purgas estalinistas”). Por ello es preferible una pedagogía acerca del real significado de ciertos términos (que además puede recibir ayudas inesperadas, como la del papa cuando identifica cristianismo y comunismo). Es decir, no quedar a la defensiva, miedosos, sino pasar al ataque.

Se cree también que para no asustar hay que huir de eso que la derecha llama radicalismo. Pero ¿qué es el radicalismo? Aunque por su tono lo parezca a veces, Iglesias no es más radical que Errejón, ninguno de los dos lo es, y todo lo que proponen los dirigentes de Podemos, incluso los de Anticapitalistas, es muy moderado, encuadrable en el primero de los objetivos antes descritos.

Estar en la calle con los agraviados que protestan es una actividad meramente democrática, no radical. Ni siquiera exigir las medidas del segundo objetivo antes descrito sería radicalismo extremo. Esas medidas son de sentido común, incluso más, son imprescindibles si es que se quiere vivir en democracia y esto es lo que hay que defender.

Creo que es necesario más radicalismo, bien expuesto y argumentado, para que muchos salgan de su ignorancia. No está la cosa en intentar atraer a más gente a base de no ser nada, sino de atraerla mediante buenos argumentos a favor de un proyecto de cambio profundo, el que hace falta. Los paños calientes perjudican al que recurre a ellos.

Más allá del Parlamento y el asfalto: la tarea pedagógica

Explicar de manera mesurada y convincente cómo son las cosas sólo puede asustar a quienes no querrían que todos sepamos cómo son las cosas, una minoría que está furibundamente en contra de Podemos y a la que de ninguna forma se podrá aplacar. Téngase en cuenta que explicar cómo son las cosas es algo alejado del estilo del mitin, no requiere gritos ni amenazas que parezcan preludio de una pelea. Al contrario, cuanto más dura es una realidad con más tranquila objetividad debe ser criticada, con apoyo en datos y argumentos precisos y bien expuestos (con cifras y nombres que todo el mundo entienda, por ejemplo acerca de los propietarios de cada medio de comunicación, en España y en el mundo, y de los efectos de esa propiedad en la veracidad de las informaciones, o acerca de la distribución de la riqueza en nuestro país y en el mundo, etc.). Sólo tras esa crítica se puede mostrar a toda la gente razonable dónde están las resistencias a propuestas sensatas, que abrirían la puerta a un mundo mejor.

No creo que haya algo que más miedo pueda dar a los actuales poderosos que este desenmascaramiento tranquilo y bien fundamentado, pedagogía por otra parte necesaria para combatir la actividad ideológica, exitosa, de la derecha.

La paciente tarea de esclarecimiento que llegue a la gente se ha de practicar no sólo en el Parlamento sino también en la calle, y no sólo tras las pancartas de protestas justas, sino por otros medios. Piensan algunos que Podemos debería convertirse en un “fondo de inversión” de todas las potencias sociales dispersas, transfiriendo recursos hacia proyectos de todo tipo (culturales, sindicales, feministas, ecologistas, etc.) en todos los espacios posibles, logrando crear centros de anudamiento entre las diferentes trincheras. Pienso que entre esos proyectos debería figurar como prioritario, y complementario de los demás, un equivalente a las misiones pedagógicas que Giner de los Ríos promovió en el último decenio del siglo XIX y que retomó el Gobierno provisional de la segunda República en 1931, pues para cuestiones básicas de economía y política esas misiones pedagógicas hacen ahora la misma falta que entonces para temas más elementales.

jmchamorro@jmchamorro.info

CAPITALISMO, DEMOCRACIA Y ESTADO DEL BIENESTAR

Se insiste en que la socialdemocracia ha abandonado su papel y se ha sometido a las políticas neoliberales sin resistencia, con la consecuencia de que el Estado del Bienestar se está diluyendo ante nuestros ojos. ¿Pero por qué ha ocurrido esto?

¿Verdades o demagogia trasnochada?
Discúlpenme si insisto en un tema sobre el que creo que debería insistir más, por su presencia en el núcleo de casi todos los temas restantes.
Algunas verdades elementales deberían estar en un primer plano de la opinión pública, pero medios e intelectuales las suelen silenciar, o tergiversar, o ridiculizar, y la izquierda no las defiende, casi siempre por miedo a que resuene la despectiva acusación: demagogia trasnochada.
Pero veamos: una de esas verdades dice que, en el capitalismo, la élite económica domina y explota a una mayoría de la población en su beneficio. Nadie bien informado duda a estas alturas de que la élite económica mundial controla e interviene democracias y dictaduras del mundo, determinando su legislación económica y su acción de gobierno. A eso se lo llama dominación. Y nadie bien informado duda de que el resultado de esa dominación es que una parte desproporcionada de la riqueza que proviene de los recursos naturales y del trabajo humano va al bolsillo de una minoría. A eso se lo llama explotación. ¿Son entonces trasnochados y demagógicos los términos “dominación” y “explotación”?
Pasemos a una segunda verdad: para conseguir que la mayoría de la población acepte su explotación, la élite puede aplicar una dominación consentida o una dominación violenta.
La primera es preferible, y puede darse cuando el grado de explotación permite a la mayoría satisfacer sus necesidades básicas. Si el grado de explotación llega a ser insoportable para demasiada gente, entonces es necesaria la dominación violenta.
Examinemos algunas comprobaciones de estas verdades.

La dominación violenta en el capitalismo
Históricamente están documentadas hasta la saciedad aquellas ocasiones en que el capitalismo necesitó recurrir a la dominación violenta. Algunos ejemplos:
Tras la segunda guerra mundial los países europeos más ricos optaban por políticas socialdemócratas, pero entretanto favorecieron junto a Estados Unidos dictaduras anticomunistas en la península ibérica, negando apoyo a las oposiciones internas.
En 1949 se admitió en la OTAN a la dictadura de Salazar, que para reprimir el comunismo disponía de su policía política (PIDE) y de organizaciones paramilitares (Legión Portuguesa).
En 1959 la visita oficial a Madrid del presidente americano Eisenhower suponía un reconocimiento de la dictadura franquista, especialmente eficiente en su cometido anticomunista: terminada la guerra civil encarceló a 270.000 personas, fusiló a 50.000, mató de hambre en las cárceles a 4.000 y robó más de 30.000 niños a sus enemigos para entregarlos a familias adeptas al Régimen.
En Grecia, en 1967, so pretexto de que el peligro comunista era inminente, Estados Unidos apoyó el golpe militar de los coroneles.
En América Latina durante las décadas de los 70 y 80 los ejércitos y policías de Chile, Brasil, Argentina, Bolivia, Uruguay y Paraguay aprendieron a torturar y reprimir en la Escuela de las Américas y se integraron en el Plan Cóndor, todo ello para frenar al comunismo, y todo ello con el apoyo decisivo de Estados Unidos. En los llamados “archivos del terror” encontrados en 1992 en Paraguay se documentan 50.000 asesinados, 30.000 desaparecidos y 400.000 encarcelados. Imaginen cuántos torturados.
El siniestro Secretario de Estado Henry Kissinger (¡premio Nóbel de la Paz!), instigador del Plan Cóndor, a quien el juez Garzón ha intentado inútilmente procesar por reiterada violación de Derechos Humanos, lo tenía claro: las dictaduras de derechas son buenas porque frenan el comunismo, es decir, permiten que la élite económica siga dominando y explotando. Por eso han sido establecidas o apoyadas esas dictaduras también en otras partes del mundo.

La dominación consentida
Si no existe peligro serio de revolución, es lógicamente preferible una dominación consentida, cuyo discurso legitimador identifica democracia con libertad y libertad con mercado libre, en el que cada cual pueda hacer con lo suyo lo que quiera. ¿Y qué es lo suyo? Lo que la herencia y el mercado le entreguen. La tesis clásica es que si los Estados dejan en libertad a los mercados, estos crearán naturalmente un equilibrio económico que llevará al pleno empleo, ofreciendo oportunidades que proveerán de bienestar a quien lo persigue. La alternativa a este sistema social se identifica con el Estado totalitario y la falta de libertad e incentivos individuales. En el capitalismo el que trabaja puede prosperar y hacerse rico, en el comunismo nadie tiene otro horizonte que la mediocridad colectiva.
De esta forma se justifica la existencia de una élite y, por debajo, unas masas que esperan ascender mediante el buen comportamiento laboral y ciudadano. Se suele llamar democracia a este tipo de dominación.

Un primer problema
Veamos: la democracia exige que la ciudadanía elija a sus representantes, encargados de legislar y gobernar en nombre del pueblo, y ello tiene el riesgo de que los de abajo, siendo mayoría, pueden elegir representantes que legislen contra la propiedad de las élites.
Recordemos que este riesgo fue la mayor preocupación de los filósofos que comenzaron a teorizar la democracia, y que la primera solución consistió en conceder el derecho de voto sólo a los varones que tenían apuestas en el país, es decir, propiedades (la llamada democracia censitaria). Incluso a principios del siglo XX, en la mayor parte de los países europeos tan sólo podían votar los varones que tenían un cierto patrimonio.
Hubo luego dos líneas convergentes que desembocaron en el sufragio universal:
Por una parte, desde mediados del siglo XIX, las luchas obreras y feministas.
Por otra parte la constatación de que volcando el poder económico a favor de partidos políticos conservadores y en contra de los revolucionarios, manteniendo a la población en un adecuado nivel de ignorancia y disponiendo a capricho de los medios de comunicación para fabricar informaciones, valores y opiniones, era fácil manejar la situación aun concediendo el sufragio universal. Pues se disponía además de la ventaja de que la desigualdad es funcional para las élites, ya que produce en las clases bajas un predominio de los valores de supervivencia, egoístas y de escasa sociabilidad, y eso las hace fácilmente manipulables.

Un segundo problema
En todo caso, para que la desigualdad sea funcional, para que no sea peligrosa, no debe pasar ciertos límites.
Y ocurre que, mientras la ideología capitalista afirma que el mercado, dejado a su propia lógica, lleva a la solución preferible para todos, en realidad lleva a lo contrario: va haciendo a los ricos cada vez más ricos y a los pobres cada vez más pobres, es decir, va exagerando la desigualdad hasta hacerla peligrosa, y además produce crisis periódicas y una inestabilidad económica no remediable con las medidas clásicas de tipo monetarista.
Este problema ha tenido diferente solución en EE UU y en Europa.
En EE UU sólo votaba la América blanca, para la que valía la promesa del éxito social con vivienda en barrio residencial (el sueño americano), mientras por debajo quedaban los negros y otras minorías que soportaban el exceso de desigualdades sin grave peligro para el sistema. En todo caso la política social a partir del New Deal de Roosvelt es asunto complejo, con un Estado del Bienestar derivado a los mercados privados y la sustitución del ideal colaborativo y de comunidad por uno individualista y de competencia.
Cosa diferente ocurría en Europa, donde las masas proletarias miraban a la URSS como ejemplo a seguir y había por tanto que luchar, en palabras de Churchil, contra el veneno ruso, contra el crecimiento canceroso del bolchevismo.
Hemos visto que esto se hizo en muchas partes mediante dictaduras sangrientas. Pero en los países europeos más desarrollados y de tradición democrática, dada la actitud de la población y la ideología antitotalitaria que los vencedores en la guerra mundial proclamaban, no era aceptable el recurso a la dictadura. Y fue en ellos donde apareció como remedio el Estado del Bienestar.

Concesión obligada
John Keynes había publicado en 1936 su Teoría General del empleo, el interés y el dinero como respuesta a la Gran Depresión del 29 y en esa obra, frente al “dejar hacer, dejar pasar” del liberalismo económico, prescribía una intervención estatal centrada no tanto en la producción como en la redistribución, mediante impuestos progresivos con los que financiar un Bienestar colectivo que la lógica del mercado, dejada a su aire, no puede proporcionar.
Esta idea se impuso no desde luego por la bondad de los poderosos.
El recuerdo de cómo los Estados fuertes e intervencionistas alemán, italiano y japonés habían eliminado las crisis y propiciado economías fuertes favoreció que se acabara aceptando la intervención estatal como una forma de mejorar la economía e impedir que el juego sin control del mercado, al socavar la justicia y la prosperidad económica más allá de lo soportable, creara condiciones revolucionarias.
El llamado consenso de postguerra entre capital y trabajo ocurrió porque la política keynesiana se vio por la élite como la única garantía de la continuidad del capitalismo y de ahí que la tolerara como mal menor.

El cambio de circunstancias
Una tercera verdad a la que se llega con facilidad (desde la mera lógica y desde la historia) es que las concesiones que hace la élite económica (sea la forma democrática, sea el Estado del Bienestar) son revocables.
Tan pronto el atractivo del comunismo empezó a decaer (los crímenes estalinistas se iban conociendo), y más aún cuando los problemas económicos de la URSS hicieron previsible su desaparición, el poder económico cambió de actitud. Ya no había por qué hacer concesiones a las masas, sino por el contrario ir recuperando lo que en otras circunstancias hubo que conceder. A las tesis keynesianas se enfrentaron prestigiosos economistas de la Escuela de Chicago, con Friedrich Hayek y Milton Friedman a la cabeza, quienes defendieron la vieja idea de que el bienestar colectivo sólo se conseguirá si el mercado actúa sin intervención estatal, tesis presentada con apelación a leyes científicas y argumentada mediante impresionantes análisis matemáticos (poco importaba que tal tesis estuviera empíricamente refutada y que análisis matemáticos igualmente impresionantes avalaran la contraria).
Sabemos de sobra en qué consiste la política neoliberal: reducir el Estado al mínimo privatizando empresas estratégicas y servicios, disminuir los impuestos directos (a los ricos bajo el falso supuesto de que moviendo sus capitales generarán riqueza para todos, a las clases medias bajo el supuesto de que así aumentará el consumo y se reactivará la economía), aumentar los impuestos indirectos, desregular los mercados y no regular la globalización para que el capital pueda actuar a su antojo por el mundo, acabar con el poder sindical para tener a las masas obreras postradas y sin capacidad de resistencia, sustituir mano de obra por tecnología pero sin reducir la jornada laboral sino aumentando el paro, aprovechar el paro creciente para reducir los salarios creando así pobres con trabajo que se sentirán afortunados si llegan a ganar 600 euros, conseguir ventajas fiscales y sumisión laboral mediante la amenaza de deslocalizaciones, etc.

La generalización de la política neoliberal
Una puesta a prueba de esta política se realizó en 1975, cuando los Chicago Boys, economistas discípulos de los antes mentados, diseñaron las reformas económicas de una de las dictaduras sangrientas propiciadas por EE UU, la de Pinochet, reformas que tuvieron éxito macroeconómico (el “milagro chileno” en palabras de Friedman), lo que quiere decir que, al tiempo que empobrecían al pueblo y aumentaban las diferencias sociales en el país, eran beneficiosas para la élite en términos económico y de poder (lo mismo que está ocurriendo ahora en España).
Más tarde el neoliberalismo se fue implantando en las democracias con las que, según la receta habitual, Estados Unidos sustituía en América Latina a las dictaduras una vez que habían hecho su trabajo (el de destruir a la izquierda anticapitalista de la forma antes dicha). El Consenso de Washington de 1989 imponía la política neoliberal en esas “democracias” a través del Banco Mundial, el FMI y el Banco Interamericano de Desarrollo. Pretexto: afrontar el problema de la deuda externa.
Marcado el camino, esa política llegó al Reino Unido durante el mandato de Margaret Thatcher, se acabó de implantar en EE UU con Donald Reagan, y se impuso en Europa sin que la socialdemocracia fuera capaz de plantar cara y defender su política.
Cuando en 1997 el laborista Tony Blair sustituyó a Margareth Thatcher e hizo suya la “Tercera Vía” teorizada por Antony Giddens, dejó claro que el laborismo se sometía al neoliberalismo imperante.

Democracia siempre que esté bajo control
Lo mismo que se ha revocado la concesión del Estado del Bienestar se puede revocar la democracia. El poder económico tiene armas suficientes para fabricar la voluntad mayoritaria, pero la historia nos muestra que si, en algún momento, el fuerte entramado conservador falla y la voluntad mayoritaria es hostil al sistema, en ese momento tal voluntad deja de valer. Es el caso reciente de Grecia, y de los procesos de involución en América latina: Bolivia (2008), Honduras (2009), Ecuador (2010), Paraguay (2012) y ahora Brasil y Venezuela. Mañana ya veremos, pero la ultraderecha está a la expectativa por si sus servicios se reclaman.

El caso español
Felipe González tuvo que pasar examen ante la socialdemocracia alemana y, claro está, ante la CIA, y lo aprobó. Interesaba a Estados Unidos mantener tras la muerte de Franco sus bases militares en una España miembro de la OTAN y además que no prosperara el partido comunista. Informes de la CIA dictaminaron que los resultados de las elecciones no ofrecían peligro si se favorecía el desarrollo del PSOE, cuyos militantes en España no pasaban de 2500. A cambio del favor Felipe González abjuró del marxismo, cambió su posición respecto a la OTAN y se comprometió a plegar su política económica a los vientos neoliberales, que ya soplaban fuertes en el mundo. ¡Y vaya si lo hizo, y con cuánto celo! En 1982 ganó las elecciones en una España cuyo atraso le permitió algunos progresos en materia social a lo largo de 14 años, pero realizando la política económica que le dictaban. Fue él quien inició la reconversión industrial y las privatizaciones (que afectaron a la prensa y radio heredadas del Movimiento, a Seat, Enasa, Trasatlántica y Marsans, y parcialmente a Endesa, Repsol, Argentaria y Telefónica), y tuvo que soportar cuatro huelgas generales por su política económica y laboral, así como la ruptura de UGT con el PSOE.

La degradación final
Cuando tras ocho años de gobierno del PP ganó Zapatero las elecciones de 2004 dejó buena prueba de la indigencia intelectual y la sumisión política a que había llegado el PSOE en esas fechas. Hay que recordar que, recién llegado al poder, reconoció en conversación con Jordi Sevilla (revelada por un micrófono indiscreto) que no sabía qué son los impuestos progresivos. ¡El máximo dirigente socialista que no sabe que son los impuestos progresivos! Lo aprendió más tarde, pero de esta forma: si doy 2.500 euros como cheque-bebé a los padres, sean ricos o pobres, estoy haciendo una política redistributiva, porque 2.500 euros valen más para los pobres que para los ricos, o sea que doy algo de más valor a los pobres que a los ricos. No se le ocurrió que si no entregaba nada a los ricos y su parte se la daba a los pobres aumentaría el valor de lo dado, y más si al mismo tiempo aumentaba la presión fiscal sobre los ricos, que era baja.
Si Zapatero había descubierto el principio de la utilidad marginal decreciente del dinero (expresable como que la utilidad de un nuevo euro es más grande para quien sólo tiene un euro que para quien tiene mil), debería haber llegado a la conclusión de que el dinero adquiere su máximo valor cuando se distribuye igualitariamente.
Por el contrario, el ideario de Zapatero era copia de la tercera vía: “El programa de una izquierda moderna pasa por una economía bien gobernada con superávit de las cuentas públicas, impuestos moderados y un sector público limitado. Todo ello, conjugado con la extensión de los derechos civiles y sociales”.
No fueron por tanto de extrañar sus rebajas de impuestos a los más ricos, que obligaron a los ajustes que tuvo que ir realizando luego en su segundo mandato (más privatizaciones, recortes a funcionarios, congelación de pensiones, frenazo de la ley de dependencia, reforma laboral según los intereses de la patronal, decisión de privatizar las cajas de ahorro, freno de la inversión y del gasto social). Pero su sumisión a la política neoliberal imperante en Europa llegó a un punto bochornoso cuando junto con el PP, y con nocturnidad, cumpliendo órdenes que le llegaban de fuera (Estados Unidos y Alemania), modificó la Constitución para declarar acreedores preferentes a los bancos respecto a pensionistas y gasto social.

Resultados catastróficos
En ningún momento el PSOE ha entonado el mea culpa por un pasado que explica por sí solo su actual decadencia y sus crecientes fracasos electorales, antes bien, en la última sesión de investidura el portavoz de ese partido se ha vanagloriado de muchos de los pasos antes indicados (no se atrevió, claro, a citar el cambio del artículo 135) y ha concluido que, aunque en su momento fueron criticados, el tiempo ha dado la razón a su partido. ¿Cinismo, ignorancia?
Lo cierto es que la política económica neoliberal ha fracasado en EE UU, donde deja enormes desigualdades, escasa movilidad social, natalidad descendente, coste de vida muy alto, ausencia de servicios públicos, abundantes bancarrotas personales, delincuencia, más el triunfo de Trump, cuyo primer acto ha sido la eliminación del Obamacare. Esa política ha dañado en mayor medida a América Latina y también a las poblaciones europeas, la española entre ellas, tanto más cuanto menores son sus recursos, mientras ha enriquecido aún más a los que ya tenían riquezas, aumentando de modo indecoroso las diferencias sociales. Según el último informe de Oxfam Intermón España es tras Chipre el país de Europa donde más crece la desigualdad, habiéndose convertido su pobreza en masiva y estructural. Al mismo tiempo la fortuna de tan sólo tres personas ha crecido hasta equivaler a la riqueza sumada de 14,2 millones de españoles, el 30 % de la población más pobre del país.

¿Por qué los partidos socialdemócratas se han rendido?
Creo que hay dos causas. Una es que estos partidos, al haber abandonado el método de análisis marxista y conceptos básicos como el de lucha de clases y el de Estado beligerante a favor de la clase dominante, perdieron su fuerza para enfrentarse a la ideología conservadora.
Hay que tener en cuenta que, aunque tras la Revolución de Octubre los partidos comunistas y los socialdemócratas se separaron, éstos seguían aceptando las tesis marxistas, y no fue hasta 1959 cuando el SPD, en su llamado Programa de Godesberg, rechazó el concepto de lucha de clases y aceptó que el Estado no es un instrumento de dominación de clase sino el legítimo guardián del interés general.
En cambio en el Sur de Europa persistió una tendencia anticapitalista (próxima al comunismo que en Francia, Italia y España adoptó la forma de “eurocomunismo”) y el PSOE seguía siendo marxista tras la larga dictadura franquista, hasta que indicaron a Felipe González que, si quería alcanzar el poder, debía abandonar el marxismo.
Tampoco habría que desdeñar el hecho de que los partidos socialdemócratas son rehenes de la banca por su endeudamiento y que muchos miembros de sus cúpulas, sabedores de que pueden acceder a la riqueza si se portan bien, han sido fácilmente colonizados por el capital. Tony Blair y Felipe González valen de ejemplo: han ido ascendiendo por la escala económica y ahora se codean con los de arriba y tienen su misma forma de vida.

Es previsible una rectificación parcial
¿Qué decir tras este repaso de verdades elementales? Los resultados de la política económica neoliberal están siendo tan desastrosos que, aunque con mucho retraso, algunos de sus dogmas se han revisado primero en EE UU y ahora parece que le llega el turno a Europa, aunque no al punto de reformular el capitalismo, como algunos acostumbran a prometer en los momentos álgidos de cada crisis y luego olvidan.
Es posible que, si no hay más remedio y para evitar situaciones explosivas, se acabe permitiendo una mayor capacidad de endeudamiento de los Estados, una cierta regulación de los mercados, se acepte un impuesto a las transacciones financieras, o un aumento de la presión fiscal sobre las rentas más altas, o incluso una renta universal.
Pero difícilmente van a aceptar los poderosos que los sindicatos vuelvan a tener su antigua fuerza, que se reestablezcan los derechos de los trabajadores reducidos o eliminados, o que la precariedad desaparezca. Tras la gran victoria del capital sobre el trabajo (y hay que insistir en que para ello se ha aprovechado como oportunidad el fracaso y caída del fallido socialismo soviético), difícilmente van a dar marcha atrás. Todo esto ha venido para quedarse porque, como dicen desvergonzadamente los conservadores, es una exigencia de la globalización. Mentira. Es una exigencia de ellos.
En todo caso conviene decir algo sobre el ideal de volver a la situación anterior a 2008 y también mencionar un beneficio que, en medio de tantos perjuicios, ha traído consigo la crisis. Cuando se tiene en cuenta no un sólo aspecto, sino otros muchos implicados, no cabe decir que en términos absolutos el Estado del Bienestar sea algo bueno y la política neoliberal algo malo.

La doble cara del Estado del Bienestar
Está todo tan mal que restaurar el Estado del Bienestar se presenta como un ideal rosado. Es una de las consecuencias de la crisis: antes ser mileurista era una desgracia, ahora es una suerte envidiada por muchos.
La realidad es que, frente al paro sin protección, la enfermedad, el analfabetismo y la pobreza, la política socialdemócrata da a los de abajo ventajas que los integran mejor en un sistema que a la postre los perjudica. De ahí que el Estado del Bienestar sea el populismo más inteligente (y por ello mismo el más insidioso): se concede a la población cuidados sanitarios, una enseñanza de baja calidad, y pensiones de jubilación y subsidios de paro que en su mayoría sólo dan para sobrevivir, y se la tiene así tranquila y medio satisfecha en un sistema que la domina (haciendo imposible la democracia que a cada paso se invoca) y que la sigue explotando, así sea en condiciones más humanitarias.

Un efecto beneficioso del capitalismo neoliberal
De la misma manera, el neoliberalismo ha traído muchos males, pero también algo bueno. Y es que ha dejado claro a muchos ciudadanos lo que el viejo marxismo vio claro, pero la izquierda actual ha sido incapaz de mostrarles: que nuestra democracia es una forma sin sustancia y que los políticos son testaferros del capital (dejando aparte los pocos no amaestrados que se han colado últimamente en las instituciones y que esperemos que no se dejen seducir).
Es ahora, y no porque la izquierda haya sabido explicarlo, cuando se han dado cuenta muchos de que la democracia está intervenida. A la élite esto parece no importarle, tan segura está de su fuerza y de la falta de oposición. Pero es posible que su enorme impudicia tenga consecuencias.
Ahora bien, comete error quien, al afirmar que la democracia está sufriendo ataques y se está devaluando, da por cierto que antes había una democracia libre de esos ataques y no devaluada. Porque la democracia esta intervenida desde que nació. Para ampliar este punto me remito a “No cabe democracia en el capitalismo” publicado en este blog.

El impedimento básico
Dada la codicia de la élite, nada importante va a cambiar salvo que las poblaciones lo exijan y lo terminen consiguiendo mediante una lucha encarnizada.
El problema es que una mayoría de la población está inerme ante presiones que ahorman el voto a satisfacción del sistema. Esas presiones provienen:
1. De los medios de comunicación privados y de los públicos controlados por políticos prosistema. Esos medios han convertido en dogma la falsedad de que el sistema capitalista es democrático y razonable, al punto que el término “antisistema” actúa como insulto y descalificación. La izquierda no se ha preocupado de dotarse de armas para contrarrestar esta ofensiva ideológica y de ahí su silencio deprimente.
2. De que el dinero que necesitan los partidos tradicionales para concurrir a las elecciones les es entregado por la banca, que de esta forma los controla, lo mismo que a las cúpulas de esos partidos mediante premios adecuados.
3. De leyes electorales dictadas para hacer difícil que se cuelen opciones no deseadas (ejemplo EE UU, cuya democracia se puede considerar censitaria por las muchas dificultades que tienen para votar las personas de menos recursos, a lo que hay que añadir los complejos trucos que impiden que el voto de cada persona valga lo mismo. Ejemplo también España, donde a IU le cuesta un diputado casi diez veces más votos que al PP).
4. Del control de teóricos e intelectuales, cuya colaboración se puede comprar de mil formas y cuya enemistad de puede penar de mil formas.
5. De la atomización de los explotados, que se perciben unos a otros con intereses incompatibles, y de la decadencia de los sindicatos y de los partidos anticapitalistas.
Pero es que además, si a partir de esta situación se abriera camino una voluntad popular no grata al poder, se abortaría mediante el mecanismo de la globalización, que impide decisiones autónomas en cualquier país. Esto hace inefectivas las medidas nacionales contra el capitalismo, porque el país que las tome aisladamente sufrirá las consecuencias y es por ahora prácticamente imposible tomarlas al mismo tiempo en todos los países importantes.
No es difícil comprender por qué la plutocracia mundial se encuentra suficientemente defendida por empalizadas sucesivas.

Moraleja
La izquierda ya debería saber que sólo si consigue que vaya aumentando la población dispuesta no sólo a votarla, sino a colaborar activamente, incluso aunque ello implique sacrificios, se podrán dar pasos significativos en la buena dirección: la de una justa distribución de la riqueza, el conocimiento y la capacidad de decisión. ¿Qué hacer para conseguir esa implicación de la gente?
Pienso que este es el asunto sobre el que los de Podemos y los de IU deberían estar discutiendo.

jmchamorro@jmchamorro.info

EL MIEDO A LA DEMOCRACIA DIRECTA

Dados los recursos informáticos actuales es hoy posible lo que era inimaginable, someter a la voluntad popular todas las decisiones importantes sin necesidad de organizar referendos costosos. Si se decidiera poner en marcha el aparato informático necesario, bastaría plantear la cuestión, someterla a un periodo de discusiones y luego proceder al voto, que cada cual, acreditándose adecuadamente, podría realizar desde su ordenador, tablet o teléfono. A esto es a lo que se llama Democracia Directa Electrónica (EDD), hacia la que, por ejemplo, tiende Suiza.
Se elimina así una de las objeciones, la de los problemas prácticos y el alto coste de movilizar la decisión popular.

Argumentos en contra

Hay sin embargo otras objeciones, como que la democracia directa puede llevar a decisiones inconsistentes (si se aprueban por mayoría cosas incompatibles, como bajar los impuestos y mejorar la sanidad), o que puede convertirse en una dictadura de la mayoría que desconozca derechos de minorías o derechos fundamentales.

Y también que la gente, al no tener suficiente conocimiento de la naturaleza y repercusiones de un asunto importante, que es necesariamente complejo, puede tomar decisiones irracionales, o disparatadas, o de efectos perjudiciales para la misma mayoría ganadora.

El referendo, se dice, traslada irresponsablemente a los ciudadanos problemas que tienen que resolver los políticos, que para eso han sido elegidos, y que disponen de mayor conocimiento y sentido de la responsabilidad.

Se citan como ejemplo los recientes referendos en Reino Unido sobre su permanencia o salida de la UE, y en Colombia sobre el acuerdo de paz entre el Gobierno y las FARC, dado que ha ganado el Brexit y que, tras un conflicto armado de más de 50 años y ocho millones de víctimas, el plebiscito colombiano no ha aprobado el acuerdo de paz.

Se dice también que la gente no quiere verse obligada a intervenir a cada paso en la acción pública, prefiere elegir cada cuatro años a representantes que se encarguen de esa tarea. Y se añade que además los referendos son un mecanismo falso, porque el gobierno sólo los convoca cuando está seguro de que los va a ganar, a lo que ayuda que pueda elegir la fecha y la pregunta y que ponga toda la influencia oficial a favor del sí.

Algunos de estos argumentos se contradicen. Los ejemplos mencionados prueban que no siempre gana el referendo el gobierno que lo convoca.

Por otra parte si la ley obligara a someter a referendo cualquier asunto cuando así se solicitara por un número determinado de ciudadanos o representantes, y si la pregunta fuera redactada por los promotores, no sería el gobierno el que jugara con ventaja.

Finalmente, que la gente quiera o no participar dependerá de lo que le interese la cuestión. En algunas cuestiones la mayoría podrá estar desinteresada y en otras muy activa.

La democracia representativa es democracia directa en su momento constituyente

Lo más importante es que el argumento más serio contra la democracia directa no afecta sólo a ella, sino que deslegitima también a la representativa.

Pues si la gente no tiene conocimiento para tomar una decisión importante tampoco lo tendrá para algo más complejo y difícil: elegir a las personas que mejor puedan tomar cuantas decisiones importantes sean necesarias en un plazo futuro. Vean, por no ir más lejos, la elección de Donald Trump como presidente de EE UU o la de Rajoy como jefe de gobierno en España. Quienes les han votado ¿se han representado las decisiones futuras que podrán tomar los elegidos, y sus repercusiones?

Y si, por otra parte, tal o cual referendo demuestra que la gente toma una decisión contraria a la que hubieran tomado sus representantes, ello quiere decir que éstos no representan la voluntad de sus electores, sino que la suplantan.

No sería tan grave si suplantaran una decisión ignorante y pasional por una decisión racional y beneficiosa para la mayoría, pero lo cierto es que los representantes se encuadran en una disciplina de partidos, y que son las cúpulas de los partidos las que toman las decisiones importantes, pero esas cúpulas están muy relacionadas con la élite económica por una espesa red de conexiones. Y han tomado decisiones muy perjudiciales para la mayoría de su población y para poblaciones ajenas, con millones de víctimas como bien sabemos: guerras injustas, desregulaciones que han llevado a la crisis presente, leyes económicas y fiscales que enriquecen a unos pocos y condenan a la pobreza a muchos, violaciones de derechos humanos de minorías, refugiados, etc.

Y luego, veamos: si se aprueba en referendo la pena de muerte no es lo malo que se apruebe, sino que la mayoría quiera aprobarla. En Estados Unidos existe la pena de muerte aprobada por los representantes legales del pueblo y ello no se utiliza como argumento contra la democracia representativa.

La buena solución

Si ya no es válido el argumento de que organizar referendos es algo de tal complejidad y coste que no se puede estar haciendo a cada paso y si los inconvenientes de la democracia directa se pueden achacar también a la representativa, quiere ello decir que, aunque sigan siendo útiles los representantes para las cuestiones de trámite, la democracia representativa ha perdido su legitimidad respecto a las decisiones importantes (especialmente las que tienen que ver con la producción y distribución de la riqueza, la prestación de servicios sociales de alta calidad, la soberanía nacional, los pactos y tratados internacionales, etc.).

A corto plazo, dado el actual nivel cognitivo de una parte de la población, la Constitución podría establecer normas inderogables por una mayoría simple (las relativas a igualdad de derechos y oportunidades para todos, sin discriminación por sexo, raza o clase social, derechos humanos, etc.).

Pero a plazo medio hay una solución mejor, que por otra parte es simple y hacedera: aumentar el nivel de conocimiento de toda la población hasta el de sus actuales representantes (que no es tanto) y democracia directa sin restricciones.

¡Ah, ni hablar! Eso no lo aceptarán los que realmente mandan. ¡Horror! Sus políticos amaestrados perderían el control… ¡Adónde podrían llegar las cosas con los populistas, demagogos y antisistema que pululan por doquier! ¡Igual se legislaba contra la honrada riqueza de los potentados!

jmchamorro@jmchamorro.info

¿UN PACTO POR LA EDUCACIÓN?

Está ahora mucha gente dando vueltas al último informe PISA como si estableciera el nivel de la educación española. En realidad ese informe no evalúa el nivel de educación, sino el de competencias básicas sobre matemáticas, lectura y ciencias, limitadas éstas a la física, la química, la biología y las ciencias de la tierra y el espacio (a lo que se añade alguna noción de metaciencia).

Al no estar incluidas las ciencias sociales, se puede obtener la mejor puntuación en estos informes sin idea de la situación política y económica del mundo, de las condiciones necesarias para que haya democracia, de quiénes son los propietarios de los medios de comunicación privados, de por qué es progresivamente inicua la distribución de la riqueza en el mundo, de la diferencia entre economía productiva y economía financiera, de por qué las bolsas suben y bajan y con qué efectos, de cuáles son las condiciones para la igualdad de oportunidades y por qué no se cumplen, de qué es la globalización de que nos hablan y cómo habría de ser una globalización aceptable, de las diferencias entre socialdemocracia, neoliberalismo y socialismo, y así mil cosas más de conocimiento tan imprescindible, al menos, como el de la física.

Pero es que además se pueden obtener las mejores puntuaciones en las pruebas PISA siendo jóvenes insolidarios, machistas, violentos, xenófobos y con todas las deficiencias de carácter que quieran añadir. Tratan esas pruebas de medir competencias imprescindibles para la buena inserción en el mercado de trabajo (al fin y al cabo las pruebas e informes los produce la OCDE), y esto puede hacerse mejor, como en Singapur, o peor, como en España.

Pues ahí tenemos a periodistas y analistas dispuestos a proclamar que la educación del país ha mejorado si sube unas décimas la nota en ese informe, o que ha empeorado si baja. ¡Oh envidiado Singapur, nueva meta prestigiosa! ¡Oh pena de Finlandia, que ha bajado 11 puntos! Y si se habla de diferencias entre comunidades, ahí tenemos a Castilla y León admirada.

Sin embargo casi nadie hace mención al aspecto más sobresaliente de estas pruebas, que es la evidencia de que la brecha social es insalvable: los inmigrantes tienen dos veces más probabilidades de bajo rendimiento que los nativos, ¡pero los jóvenes nativos de familias con menos recursos tienen tres veces más probabilidades de fracaso escolar que los de familias con más recursos! ¡Y aquí seguimos todos tan tranquilos!

¿Qué sería un pacto aceptable por la educación?

El Congreso ha creado la subcomisión que deberá sentar las bases para un futuro Pacto de Estado Social y Político por la Educación, cuya misión es elaborar en el plazo de seis meses un informe de diagnóstico y conclusiones sobre el sistema educativo, documento que servirá de base para que el Gobierno redacte un proyecto de ley que sustituya la actual normativa y dé estabilidad a la política educativa.

Cabe decir de entrada que de ninguna manera puede mejorar la escuela española si en ese pacto, que todos dicen desear, no se integran las medidas siguientes:

a) Escolarización obligatoria de 0 a 6 años

Para que los niños de las clases económica y culturalmente pobres no lleguen a la enseñanza actualmente obligatoria con un déficit lingüístico que les predestina al fracaso escolar, son imprescindibles escuelas infantiles (no guarderías) servidas por expertos en psicología evolutiva, que proporcionen un baño lingüístico de suficiente intensidad a esos niños, siempre en permanente relación con sus familias, desde 0 a 6 años. Recordemos que la igualdad de oportunidades es condición necesaria para la mera posibilidad de democracia.

b) Personal especializado, y en número suficiente, para alumnos con deficiencias lingüísticas y con problemas de adaptación.

No se consigue la integración juntando en el aula alumnos que entienden lo que dice el profesor, o lo que está escrito en el libro de texto, con otros que no lo entienden, sea porque aún no hablan bien la lengua o por falta de conceptos. Esta situación impide que la labor pedagógica sea efectiva y perjudica a todos los alumnos, tanto a los que podrían ir a un ritmo más rápido como a los que no pueden seguir el ritmo del aula. Tampoco se consigue la integración juntando en el aula alumnos que están por la labor con otros que incumplen continuamente las normas indispensables. Pero la solución no está en echar fuera del sistema, como fracasados escolares, a los alumnos que no se adaptan a la lógica del aula, sino en conseguir que esos alumnos puedan terminar integrándose con los otros por semejanza de competencias y actitudes. Ello requiere profesores especializados, y en número suficiente para que su incidencia no sea testimonial, sino efectiva.

c) Reciclaje del profesorado y disminución de la ratio profesor-alumnos

La puesta a punto del profesorado existente, así como una nueva forma de acceder a la profesión educativa, exigen medidas como éstas:

1. Hacer permanentes a cuantos profesores lleven enseñando como interinos un número determinado de años. No tiene sentido que se les haya considerado válidos para enseñar durante esos años y no para adquirir permanencia en sus puestos. Más todavía si han aprobado oposiciones sin plaza (ya que se saca a oposición un número muy por debajo de las que habría que cubrir). Con la sensación de interinidad no cabe realizar la tarea educativa relajadamente, menos aún si a muchos de los interinos se les trata con una cicatería ofensiva, como la que consiste en contratarlos unos días después de comenzado el curso para así no pagarles las vacaciones de verano.

2. Conceder a todos los maestros y profesores años sabáticos pagados, para un reciclaje obligatorio en las Facultades de Ciencias de la Educación.

3. Nueva forma de acceder a la profesión mediante selección de aspirantes por sus conocimientos en alguna de las materias a enseñar, pero sobre todo por sus condiciones psicológicas para la enseñanza, y una posterior licenciatura propiamente pedagógica con las correspondientes prácticas.

4. Aumentar el número de profesores para que sea posible la atención sosegada a cada alumno, sin que el profesor tenga que dedicar horas de descanso y fines de semana a preparar clases o corregir ejercicios. Y para que cuando un profesor no pueda acudir al trabajo su sustitución funcione desde el primer día y no pasados 15.

d) Eliminación de las clases de religión

Sustitución por una historia de las religiones a estudiar por todos los alumnos en su sitio natural, la historia.

e) Historia contemporánea con doble enfoque

Asignatura de la historia reciente (desde mediados del siglo XIX al presente, incluida especialmente la época franquista) expuesta desde dos puntos de vista, el conservador (que es el que está en el ambiente y, por tanto, el que impera por defecto) y el marxista, a fin de que los estudiantes puedan someter a crítica cada uno de estos enfoques desde la información que proporciona el alternativo.

f) Eliminación paulatina de la escuela concertada

Crear plazas escolares en número suficiente para que toda familia pueda llevar a los hijos a escuelas públicas en las que se imparta una enseñanza bilingüe de calidad semejante a la de la mejor escuela privada, y emplear en la escuela pública el dinero del Estado que ahora va a la concertada. Sería muy razonable en tal caso que quien, teniendo plaza en la pública, quiera una enseñanza privada la pague de su bolsillo.

g) Oferta de centros de enseñanza a equipos de docentes

Concurso de centros públicos para asignarlos a equipos de profesores con un proyecto de actuación que, de ser aprobado, recibiría financiación adecuada. A cambio esos equipos estarían obligados a informar de la marcha del proyecto en la página web del centro y a rendir cuentas ante el organismo correspondiente. Sólo de esta forma algunos centros públicos podrían contar con una unidad de acción aceptada voluntariamente por los participantes, así como con una motivación suficiente para empresas que trasciendan los límites de la educación oficial. Y estos centros públicos irían marcando una pauta a la que tendrían que ir acercándose los restantes.

No habrá acuerdo

Medidas como estas no podrán introducirse en un Pacto por la educación.

La derecha alegará que no hay dinero para escolarizar de 0 a 6 años. Como además prefiere la excelencia a la equidad, buscará la solución al fracaso escolar en los llamados itinerarios tempranos, que a partir de 3º de la ESO segregan enviado a parte del alumnado fuera del camino que pasa por el bachillerato y desemboca en la Universidad. Se insistirá en que la FP es tan digna como la Universidad. Y se desconocerá que el criterio de selección no es justo, al ser dependiente del nivel de recursos familiar.

Tampoco habrá dinero para aumentar el profesorado. La derecha no está interesada en mejorar la escuela pública. Prefiere que ésta se deteriore para que prospere la privada, financiada, eso sí, con dinero público. Así que se empeñará en seguir apoyando económicamente a la educación concertada, desviando a ella recursos que la pública necesita.

Querrá también mantener la clase de religión alegando los acuerdos anticonstitucionales firmados en 1979 entre el Gobierno español y el Vaticano (que dan privilegios a la Iglesia Católica en ámbitos como la Educación, la Justicia, el Ejército y los Presupuestos), acuerdos que ni el PP ni el PSOE han querido revisar desde entonces.

Para la derecha está claro que impartir una historia sometiendo a comparación los puntos de vista conservador y marxista sería adoctrinamiento (en tanto que el predominio de una concepción  conservadora no merece sus reproches).

Por supuesto, nada de ofrecer centros a equipos de docentes dispuestos a desarrollar un buen proyecto, sólo faltaría que esos equipos fueran de izquierdas.

La escuela que deberíamos tener

Téngase en cuenta que esas medidas, que no se van a adoptar, ni siquiera nos llevarían a una buena escuela, sino sólo a mejorar la actual. Hay que insistir en que una escuela sólo es buena si los que pasan por ella adquieren:

a) Los conceptos básicos de la ciencia natural, de la formal (incluida la informática) y sobre todo de la ciencia sobre la persona y la sociedad, además de un conocimiento suficiente de metaciencia (epistemología), pero de forma que esos conocimientos no sean pauta para un examen, sino que permanezcan en la memoria a largo plazo.

b) Capacidades para el disfrute de las artes plásticas, la literatura y el cine.

c) Conocimiento de la historia relacionada con los apartados anteriores.

d) Curiosidad despierta, que motive a mantener esos conocimientos al día.

e) Pautas lingüísticas (incluidas la de hablar en público y escribir correctamente, tanto en la lengua materna como en al menos otro idioma), sociales, deportivas y artísticas. En particular conocimiento del lenguaje musical y dominio de un instrumento, con integración en al menos un coro u orquesta.

Pero sobre todo:

f) Una estructura afectiva bien dispuesta hacia los demás, que genere tendencias a la compasión, la cooperación y la ayuda mutua.

Calculen a qué distancia estamos de eso (a parecida distancia que Singapur).

Por qué esa escuela es imposible en nuestra sociedad

En otras entradas de este blog he indicado por qué este tipo de escuela, que hoy es técnicamente posible, no puede generalizarse en las sociedades capitalistas.

No se trata de que no haya dinero suficiente. Sería muy costosa, sí, pero sabemos muy bien que si esa escuela conviniera al sistema, se realizaría sin que importara su coste, se encontraría el dinero, por mucho que fuera, en un abrir y cerrar de ojos. Lo que ocurre es que una buena escuela no interesa porque la estabilidad del sistema exige como condición necesaria una mala educación. Dicho de otra forma, es funcional al sistema la ignorancia generalizada sobre cuestiones sociales básicas, la promoción de deseos egoístas y el miedo a caer o a no subir. Sólo así las tribunas políticas y los medios privados tienen fácil conseguir que la mayoría crea que cualquier alternativa a lo que hay es catastrófica, y opte por mantener lo que hay por malo que sea. Sin estas condiciones el populismo, que es la forma natural de la derecha, no sería efectivo.

El poder de las antiescuelas

La mala educación se viene realizando, lejos de la escuela, por los siguientes medios:

1. La publicidad, que es una agresiva oferta consumista pero también un eficiente mecanismo de difusión de conceptos y valores (así los resumibles en la expresión “también tú -sí, tú- puedes ser millonario y puedes tenerlo todo”, o los que llenan los anuncios dirigidos a los niños, a los jóvenes y a las mujeres).

2. El grupo de iguales y el ejemplo de jóvenes que han tenido éxito (deportistas, cantantes, modelos).

3. Los medios de comunicación, sobre todo la televisión.

4. Las redes sociales.

En esta educación extraescolar, y a salvo la influencia que puedan ejercer algunas familias, el conocimiento deja de ser algo deseable. Se valora sobre todo el éxito personal en dinero y sexo interpretados desde una concepción individualista y machista.

La tarea que la izquierda posterga

La fuerza de las antiescuelas no se puede contrarrestar en la escuela pública según está diseñada, y ese diseño no va a cambiar.

Sólo la izquierda anticapitalista puede tener un interés real en que exista una buena escuela como la antes descrita, dotada del personal docente y de los medios necesarios para vencer en su espacio a las antiescuelas citadas. Si la izquierda consiguiera demostrar que esa escuela es posible, por costosa que sea, habría hecho más por la emancipación humana que realizando hasta el límite las políticas socialdemócratas, que es a lo más a que puede aspirar por la vía institucional. Pues una vez demostrado que esa escuela es posible, ni los medios ni los poderes públicos podrían refugiarse en la ficción de que hay un buen sistema de educación si sale bien puntuado en los informes PISA.

Pero mientras la derecha ha hecho todo lo necesario para que la población reciba un tipo de educación que va con sus intereses, esta cuestión nunca ha interesado de verdad a la izquierda anticapitalista.

Dos ejemplos

La fuerza que, respecto a la transformación de la gente, pueden tener iniciativas aparentemente utópicas queda ejemplificada en estos casos:

1. La Institución Libre de Enseñanza que unos profesores represaliados pusieron en pie y que se mantuvo en España de 1876 a 1936 con repercusiones que llegan hasta hoy.

2. El sistema de orquestas y coros de la Fundación Musical Simón Bolívar de Venezuela que José Antonio Abreu extendió primero por barrios pobres del país, que ha pasado luego a Bolivia, Brasil, Colombia, Suecia, Escocia y Estados Unidos, y que cuenta ya con varios cientos de miles de jóvenes músicos de barrios excluidos que se han integrado socialmente (aparte de una orquesta que da conciertos en los principales auditorios del mundo bajo la dirección de Gustavo Dudamel, surgido de ese mismo sistema de enseñanza musical).

Intentos semejantes de transformación de la sociedad civil nunca han tentado a los partidos que se han reclamado de izquierdas, absortos en la alternativa entre revolución o Parlamento.

Es mucho lo que se puede hacer lejos del Parlamento y el Gobierno

A propósito de la pugna entre Errejón e Iglesias se repite que si un partido no tiene fuerza suficiente para aspirar al gobierno queda relegado a un valor testimonial. Hay un añadido intencionado: Errejón pretende llevar a Podemos al Gobierno, mientras que Iglesias, con su radicalismo, va a convertirlo en lo que ha sido Izquierda Unida.

Pues bien: si Izquierda Unida (y antes el PCE) no hubiera estado sólo preocupada de elecciones y poderes institucionales durante los últimos 40 años, sino que hubiera realizado otras tareas que tienen que ver con la batalla ideológica (medios de comunicación, centros de investigación, escuelas, universidades populares) estaríamos ahora beneficiándonos de efectos más profundos y duraderos que los conseguidos por el PSOE desde el poder. Su valor no habría sido simplemente testimonial.

jmchamorro@jmchamorro.info

TRUMP Y PABLO IGLESIAS. ¿ES VERDAD QUE SON LO MISMO?

Es divertido ver cómo se las apañan muchos para saltar de Trump a Pablo Iglesias como si no tuvieran más remedio que hacerlo. Puesto que coinciden en esto o en aquello, Pablo Iglesias y Trump son lo mismo. Veamos cómo se ha planteado este tema en el periódico de mis preferencias, El País.

Análisis complejos, rigurosos y muy, muy objetivos

José Ignacio Torreblanca, profesor titular de Políticas en la UNED y jefe de opinión de El País, nos decía el pasado 10 de noviembre que de punta a punta del planeta el populismo celebra la victoria de Donald Trump. ¿Qué es el populismo? Torreblanca hace una faena de aliño al identificar al populismo de derechas con el viejo nacionalismo en su forma tradicional, y al de izquierdas con el nacionalismo disfrazado de revuelta del pueblo contra las élites.

Refiriéndose al primero comenta que tanto Vladímir Putin como Trump prometen Estados fuertes, naciones orgullosas, mano dura contra el inmigrante y recuperar la soberanía frente a cualquier compromiso impuesto desde el exterior.

Refiriéndose al segundo nos dice que vuelve el marxismo clásico con su análisis simplista y reduccionista del mundo, la economía y el individuo.

Para identificar cosas tan dispares nos dice que el marxismo actúa en pinza con el peor nacionalismo xenófobo, y añade que las máximas y eslóganes de ambos son prácticamente idénticos: todos dicen hablar en nombre del pueblo, al que quieren devolver el poder hurtado por los poderes financieros, las instituciones supranacionales o los políticos de una vilipendiada capital (Washington, Bruselas, París o Roma) construida como arquetipo de la corrupción política, económica y moral. Todos ellos apuntan a un mismo modelo: la tiranía de la mayoría bajo un líder clarividente y un enemigo común, exterior, interior o las dos cosas a la vez. De ahí que también celebren la victoria de Trump los populistas de izquierdas, en España o fuera de ella.

Otra forma de decirlo

Consciente Torreblanca de que se ha embarullado al definir el concepto de populismo, intenta aclarar su idea, y en realidad la oscurece si posible fuera:

El populismo no es una internacional, pues carece de estructuras orgánicas. Es más bien una amalgama en la que se mezclan izquierdas y derechas, nuevas y viejas, del norte y el sur, antiestatistas y anticapitalistas. No son capaces de construir nada juntos, pues en el fondo solo les une la pasión por destruir las estructuras fundamentales de lo existente, de todo aquello en lo que se basa nuestro modo de vida: la democracia representativa, la economía abierta de mercado, la igualdad de oportunidades, las instituciones internacionales, la apertura de fronteras, las identidades múltiples, la idea de una sociedad abierta.

Inexactitudes

¿Se puede decir que Trump o Putin son enemigos del Estado o del Capitalismo? En absoluto. Si acaso se podría decir que son enemigos de la democracia, pero en eso no se diferencian de los políticos más respetados, aquellos que defienden nuestra “democracia”. Pues la democracia representativa en el capitalismo siempre ha sido falsa, como al fin está quedando claro para los bien informados, y no sólo para los marxistas, que lo vieron mucho antes. Eso a lo que llaman democracia es una plutocracia disfrazada. Por tanto quien defiende esta democracia aparente no es un demócrata, sino un palmero de la plutocracia, sean cuales sean sus razones. En cambio es muy sensato oponerse a un simulacro de democracia en nombre de una verdadera democracia, que es lo que debe hacer la izquierda anticapitalista.

Oponerse a la economía abierta de mercado es otra exigencia de la razón: esta economía está poniendo en peligro al planeta, distribuye la riqueza social de manera irracional e injusta, crea condiciones internacionales de violencia, terrorismo y guerra, fabrica poblaciones incultas y violentas…

Y si Torreblanca se refiere a los Tratados de Libre Comercio, ¿quién le ha contado que oponerse a ellos tal y como están concebidos es cosa criticable desde la razón? 455 organizaciones civiles europeas y canadienses acaban de pedir a sus respectivos gobernantes que voten contra el tratado UE-Canadá (CETA) porque “no es un acuerdo de comercio progresista”, sino que en realidad “es aún más invasivo que lo que preveía la vieja agenda de libre comercio diseñada por y para las multinacionales más grandes del mundo”. Su ratificación, dicen esas 455 organizaciones, puede “debilitar la protección de los trabajadores y del medio ambiente y ofrecer a los inversores extranjeros herramientas para atacar regulaciones de interés público”.

En cuanto a la igualdad de oportunidades, ¿cómo puede decir Torreblanca que Podemos se opone a ella, cuando pretende que por fin sea un hecho? En cambio los conservadores como él invocan la igualdad de oportunidades al tiempo que defienden un sistema que la impide. ¿Es que no sabe este señor que en nuestras sociedades los niños, en muy alto porcentaje, heredan la posición social e intelectual de sus padres y que los de familias económica y culturalmente pobres difícilmente llegarán a la universidad y puede que ni siquiera a la FP? ¿A eso llama sociedad abierta? Para muchos está cerrada, cerradísima.

Y ¿con qué lógica deduce Torreblanca que la izquierda anticapitalista quiere destruir las instituciones internacionales sólo porque está en contra de algunas instituciones internacionales inicuas, o que se opone a la apertura de fronteras sólo porque es contraria a un cierto tipo de apertura? ¿De dónde saca que Podemos pretende expulsar de la nación a todos los impuros, impropios y que no comulguen con su esencialismo?

El Sr. Torreblanca cree que es una invención populista que los poderes financieros (a través de instituciones internacionales y de los políticos a su servicio) han hurtado el poder del pueblo, o que el sistema sea arquetipo de corrupción política, económica y moral. Es la creencia de un ultra conservador. Los que tienen ojos en la cara ven con claridad que todo eso es cierto y que, por ello, una revuelta contra las élites económicas se está haciendo imprescindible.

¿Una élite fanática contra la élite económica?

Llegado a este punto Torreblanca ironiza: ¿cómo van a liderar una revuelta contra las élites movimientos como Podemos, liderados a su vez por unas élites que bien poco tienen de pueblo, y mucho de pretensión de usar e inventar todo tipo de agravios para hacerse con el poder y permanecer en él? No son los pobres ni los perdedores los que se han revuelto contra el sistema, sino unas élites fanáticas que saben cómo manipular las emociones y manejar los medios para instalarse en el poder en el nombre del pueblo.

Pero hombre, señor Torreblanca, una cosa es la élite económica mundial, que es de la que hay que defenderse, y otra la élite intelectual a que pertenecen, se supone, unos profesores de universidad que ganan 2.000 euros al mes. ¿Cree de verdad que en el Movimiento del 11-M no fueron los pobres ni los perdedores los que se revolvieron contra el sistema, sino esa élite fanática? Sin comentarios.

Traca final

Pues esperen, que en otro escrito del 24 de noviembre, en el mismo periódico, este señor llega a superarse a sí mismo:

Hasta hace poco, éramos muchos los que celebrábamos que el concepto [de soberanía] estuviera en desuso. Pensábamos, incluso, que lo habíamos derrotado. Soñábamos que el proyecto europeo lo había superado y que nos encaminábamos hacia esa “paz perpetua” cosmopolita que dibujara Kant. Pero no. Pese a su trágico historial y su tono rancio y caduco, son muchos hoy, a izquierda y derecha, los que han vuelto a idolatrar el término. Desde el Podemos de Pablo Iglesias al Frente Nacional de Marine Le Pen pasando por el racismo proteccionista de Trump, el neoimperialismo de Putin, los independentistas de la Asamblea Nacional Catalana o la extrema derecha que todavía se manifiesta por las calles de España cada 20 de noviembre, todos se encomiendan a la soberanía como ideología liberadora, como si no supiéramos que detrás de ella viene la dictadura, la guerra y el triunfo de la identidad, la raza y la nación sobre la razón y la libertad individual. Me gusta el siglo XXI. No quiero volver al XVI. Por eso, soberanía, yo te maldigo.

El mayor mérito de este texto no es su tono melodramático, coronado con la maldición final (que seguro que ha destrozado el corazón del pobre concepto de soberanía). ¡La impresionante hazaña es usar la palabra “soberanía” para identificar a Podemos con Trump, Le Pen, Putin, el racismo y el franquismo! ¿Comprenden ustedes por qué han hecho a Torreblanca jefe de opinión de El País? Basta citarle al pie de la letra para desacreditarle.

Otro ejemplo igualmente interesante en el mismo periódico

Daniel Innerarity, catedrático de Filosofía Política del País Vasco, abogaba el pasado 16 de noviembre por una democracia compleja tras apreciar que nuestros sistemas políticos son impotentes ante quienes, como Trump, ofrecen una simplificación tranquilizadora. Quien hable hoy de límites, responsabilidad, intereses compartidos, nos dice Inneraraty, tiene todas las de perder frente a quien establezca unas demarcaciones rotundas entre las élites y el pueblo, de manera que la responsabilidad y la inocencia se localicen de un modo tranquilizador.

Pero la democracia no es algo tan simple, sigue diciendo, es un conjunto de valores y procedimientos que hay que saber orquestar y equilibrar (participación ciudadana, elecciones libres, juicio de los expertos, soberanía nacional, protección de las minorías, primacía del derecho, deliberación, representación…). Los nuevos populismos toman sólo el momento plebiscitario y lo absolutizan, desconsiderando todos los demás, cuando en realidad la implicación de las sociedades en el gobierno debe ser más sofisticada que como tiene lugar en las lógicas plebiscitarias o en la agregación de preferencias a través de la red. En una democracia de calidad el tiempo dedicado a la deliberación ha de ser mayor que el que empleamos en decidir.

No se toman las mejores decisiones cuando se decide sin buena información (como el Brexit) o con un debate presidido por la falta de respeto hacia la realidad (como Trump). Tampoco hay una alta intensidad democrática cuando la ciudadanía tiene una actitud que es más propia del consumidor pasivo, al que se arenga y satisface en sus deseos más inmediatos y al que no se le sitúa en un horizonte de responsabilidad.

En definitiva, cree Innerarity que frente a la simplificación de los populistas hay que promover una cultura en la que los planteamientos matizados no sean castigados sistemáticamente con la desatención o el desprecio. Y termina haciendo más claro su pensamiento cuando se muestra sorprendido de que “Iglesias, Mélenchon o Grillo no parezcan inquietos por compartir la lógica simplificadora de sus siniestros oponentes”.

Antes de nada resaltar que para Innerarity la soberanía nacional es uno de los valores democráticos, mientras Torreblanca maldice solemnemente ese concepto. ¿Estará Innerarity en el mismo saco que Le Pen, Trump, Putin, los franquistas y Pablo Iglesias? Dejemos que Innerarity y Torreblanca se pongan de acuerdo acerca del alcance de la maldición.

¿Se ha pervertido lo que era puro?

Esto aparte, lo que me interesa resaltar es que en lo dicho por Innerarity está implícito que en las sociedades en que no gobiernan populismos de derechas ni de izquierdas se pueden tomar las decisiones con buena información y sin falta de respeto a la realidad, y que en ellas se sitúa a la ciudadanía en un horizonte de responsabilidad y no de consumidor de arengas. Me acabo de enterar, no lo sabía.

Reconoce Innerarity que las recientes elecciones en Estados Unidos han sido la apoteosis de algo que se venía observando desde hace algún tiempo en muchas democracias del mundo: más que elegir, se deselige; hay mucho más rechazo que proyecto, no se vota para solucionar sino para expresar un malestar, y ese comportamiento manifiesta una profunda desesperación.

De acuerdo. Pero los gobiernos de los que nunca se dijo que fueran antisistema o populistas, y que son los que han controlado nuestras sociedades los últimos decenios, no han eliminado las causas de esa profunda desesperación, más bien han sido sus autores. ¿No será que, contra lo que Innerarity piensa, es razonable establecer unas demarcaciones rotundas entre las élites económicas y el pueblo? No es tranquilizador, sino muy frustrante comprobar que, por lo que respecta a la distribución de la riqueza, la responsabilidad está en esas élites y en sus colaboradores, y la inocencia en el pueblo indefenso.

Habla Innerarity de límites, de responsabilidad, de intereses compartidos. ¿Quiere decir que las reivindicaciones populares tienen que aceptar límites, los que impone el poder económico, o que hay que renunciar a esas reivindicaciones por responsabilidad, o que los de muy arriba y los de abajo pueden compartir intereses que no sean superficiales? Por ejemplo, ¿cree que en nuestras sociedades es posible proponer medidas anticapitalistas sin que sean rechazadas, y que las élites y las capas populares pueden llegar a acuerdos de fondo que beneficien equitativamente a ambas partes? Es evidente que eso no ha ocurrido en la España del PP y del PSOE, ni en los Estados Unidos de Obama y de Clinton, por no decir de Reagan y de los Bush.

Y por otra parte, ¿de dónde saca nuestro filósofo que los de Podemos (partido en que está pensando como ejemplo de populismo de izquierdas) no tienen en cuenta que en democracia hay que deliberar, debatir, escuchar a los expertos, etc. Se pasan el día deliberando y debatiendo, en mayor medida que los demás, y cuentan con expertos que les asesoran en la elaboración de sus programas. ¡Qué contradicción llamarse filósofo y tener que alquilar el ingenio! Innerarity habla con la misma lógica de los que han provocado con sus políticas la indignación popular.

Ser lo mismo y actuar en pinza

Habría que decir además que no hay razones para identificar a personas o instituciones distintas sólo porque coinciden en la oposición a algo. Se puede coincidir en la opsición al nacionalismo catalán desde la derecha (en nombre del nacionalismo español) y desde la izquierda (en nombre del internacionalismo de la población explotada), pero no se trata de posiciones idénticas o afines, sino contrarias.

Y cuando se habla de pinza porque dos partidos coinciden en oponerse a algo es como si se dijera que las personas pacíficas y los hooligans actúan en pinza contra el gobierno porque se oponen a una subida del precio de la gasolina. O que quien se opone a una condena porque le parece excesiva (el delincuente) y quien se opone porque le parece suave (el fiscal) están actuando en pinza contra el juez. Pero así discurren quienes dicen que Podemos actúa en pinza con el PP. No hay en el país más cera intelectual que la que arde.

¿A qué deberíamos llamar populismo en sentido peyorativo?

Dejemos los confusos usos de “populismo” que sólo pretenden desacreditar a Podemos. “Populismo” en su sentido peyorativo es identificable con el uso de la mentira para, engañando a un pueblo malinformado, conseguir o retener el poder y hacer una política contra ese pueblo. Tal mentira puede presentarse en diversas formas, siempre con palabras que disfrazan el mal de bien: falsas promesas, apelar a las emociones, a la patria, asustar a la gente afirmando que los que prometen cambiar las cosas llevarán al país al desastre, etc.

En cambio no puede tener sentido peyorativo “populismo” si se refiere a apelar al pueblo contra la élite proponiendo alguna forma de reparto más justo de la riqueza del país.

En la acepción peyorativa de “populismo” queda claro que Trump es populista, pero además que todos los partidos pro-sistema son y han sido populistas por necesidad (incluidos los socialdemócratas europeos y el partido de Clinton y Obama), ya que se ven obligados a ocultar dónde se toman las decisiones que luego ellos tienen que vestir políticamente, a prometer cosas incompatibles con la política que saben que van a realizar, o a disfrazar esa política antipopular de racionalidad y de servicio al bien común. Para que un partido conservador no fuera populista tendría que atreverse a hablar así a la población: “soy testaferro del poder económico y voy a hacer una política favorable a sus intereses caiga quien caiga.”

Es la izquierda anticapitalista la única que puede eludir el populismo (lo que no quiere decir que siempre lo eluda), porque no está obligada a mentir (si miente es porque de alguna forma se ha pervertido). La izquierda anticapitalista eludirá el populismo si, manteniéndose independiente de los poderes económicos, hace propuestas realistas que beneficien a la mayoría y al mismo tiempo explica por qué no puede ir más lejos, dónde están los obstáculos. ¿Cómo se puede llamar populista a un partido que, por sus intenciones, se hace odiar por las élites y sus secuaces?

Acerca de la complejidad

El conservador se pasa media vida denunciando el grosero simplismo y la falsificación de la realidad de las propuestas de la izquierda, y otra media vida apelando a la complejidad como excusa de que no se haga lo que parece obligado de acuerdo con los valores que proclama. Cuando el señor Torreblanca considera simplista y reduccionista el análisis del marxismo clásico está sugiriendo que hay una forma menos simplista y reduccionista de ver las cosas. ¿Dónde está? No desde luego en sus análisis, pero al menos ¿en qué libros? Pues resulta que el marxismo (incluidas las mejoras que se le pueden hacer a la luz de la ciencia social sobrevenida) sigue siendo la única forma no simplista, ni reduccionista de analizar la realidad de las sociedades capitalistas.

La alternativa, a su más alto nivel, la encontramos en obras como la del filósofo Robert Nozic o de los economistas de la Escuela de Chicago. Y ¿qué dicen esas lumbreras de la derecha?

Nozic, por ejemplo, viene a afirmar que los impuestos son un robo, que lo que el mercado da a cada cual es efecto de la libre decisión de vendedores y consumidores y que la libertad está por encima de la justicia. Todo esto sin siquiera analizar qué es la libertad, que para él consiste, simplemente, en que cada cual pueda hacer lo que quiera con su dinero. No nos dice cómo se justifica que alguien tenga miles de millones mientras millones de conciudadanos no pueden pagarse un médico. El mercado ha repartido así la riqueza y no hay más que hablar. ¿Y por qué es el mercado el que tiene que dar y quitar, y no la decisión racional y justa de la sociedad? Pues porque esto último ya se ha ensayado y fracasó en la URSS. ¡Un verdadero monumento de pensamiento complejo!

Y ¿qué nos dicen los economistas de la Escuela de Chicago? Que lo privado es más eficiente que lo público, que no hay que cobrar impuestos a los ricos ni intervenir en el mercado, que si se deja que el mercado controle la economía con su lógica, y si se deja el dinero en manos de los ricos, nos irá mucho mejor a todos.

¿Es cierto que no se puede hacer otra cosa?

Los datos empíricos han falsado esa simplista teoría conservadora una vez y otra. Si se deja que la distribución de la riqueza sea decidida por el mercado sin apenas cortapisas se llega primero a la situación en que estamos, y si se eliminaran las escasas regulaciones que quedan se llegaría a una situación auténticamente catastrófica. Pese a todo los políticos conservadores siguen afirmando que la política que están haciendo es la única posible y que todo lo demás son populismos.

Pongamos ejemplos de ese populismo en España: una renta básica universal, una subida del salario mínimo, garantizar constitucionalmente la mejora y garantía de las pensiones, dotar adecuadamente a la escuela pública, fortalecer los sindicatos y la negociación colectiva…

¿Por qué son propuestas inaceptables? Unas porque la subida de salarios y la restitución de los derechos de los trabajadores acabaría con la “flexibilidad laboral” y nuestra economía sería menos competitiva, cosa que se ha probado empíricamente que es falsa. Otras porque supondrían unos miles de millones de euros que el Estado no tiene. Pero ¿por qué no los tiene? Por la escasa progresividad de los impuestos, por las rebajas de impuestos que se han hecho a los que tienen más patrimonio, por las desgravaciones a las grandes sociedades, por las SICAVs, por la evasión fiscal que no se persigue, por la negativa a aplicar una pequeña tasa a las operaciones financieras. Sobra el dinero, sólo que no está donde debiera. La rebaja de impuestos a los muy ricos es tan obscena que algún magnate ha protestado porque le parece indigno pagar menos que su secretaria.

Ellos replicarán que el trato fiscal favorable al capital es necesario para evitar que se vaya fuera y para atraer inversiones. Pero resulta que en otros países la recaudación fiscal es mayor y la evasión fiscal menor, y sin embargo ni los capitales ni las empresas se van y las inversiones llegan. En último caso, si esa previsión fuera cierta, cualquier intelectual honrado no debería darla por buena apelando a la complejidad, sino hablar de chantaje, y denunciarlo, y manifestarse contra el sistema.

Algo acerca de la simplicidad

¿Dónde está la causa de la profunda desesperación de que habla Innerarity? La respuesta no es nada compleja, es muy simple: el 1% de la población dispone de una gran parte de la riqueza mundial, con la que puede poner la democracia a su servicio mediante el control de partidos políticos, parlamentos y gobiernos, medios de comunicación, intelectuales y expertos influyentes. La muy simple realidad es que la democracia sólo será posible cuando la riqueza esté distribuida según criterios de racionalidad y justicia, y los medios de comunicación estén controlados públicamente, y la educación de la población sea buena y efectiva.

Entretanto vemos que “intelectuales” como Torreblanca o Innerarity disponen de sus púlpitos en El País para manipular escribiendo lo que escriben. Nunca escribirán, claro está, exigiendo esas sencillas condiciones para una democracia real. Dirán que son simplificaciones impropias de una democracia compleja. Recuerden que hablar de ricos y pobres es una simplificación populista, envidiosa y que invita al odio.

jmchamorro@jmchamorro.info

COMENTARIOS SOBRE EL TRIUNFO DE DONALD TRUMP

El triunfo de Trump en las elecciones americanas demanda alguna reflexión sobre sus causas y efectos, y también sobre la forma en que han reaccionado muchos políticos y medios de comunicación del mundo. En España hay un significado derivado, y es el afán por meter en el mismo saco a Trump y a Podemos.

El por qué de la gran alarma
Es inevitable preguntarse por qué el mundo respetable se ha sentido tan alarmado y pesimista con el éxito de Trump.

Ante todo buenos modales
El capitalismo es un sistema en el que, por su propia naturaleza, los discursos y declaraciones oficiales han de ir por un lado y las acciones legislativas, gubernamentales y judiciales por otro. Si se tiene en cuenta que esas acciones tienen como fin básico mantener el dominio de la élite económica (¡oh, qué horrible simplicidad marxista!), queda claro hasta qué punto el lenguaje oficial tiene que enmascarar este hecho, y hasta qué punto, sin nombrar aquello que se está haciendo o se piensa hacer, ese lenguaje debe apelar en falso a los valores que la mayoría considera razonables, justos y virtuosos: la libertad, el bien común, los intereses de los ciudadanos, el camino a la prosperidad, la solución de los problemas de la gente, la preservación de la paz…
Apelando siempre a su papel de salvaguarda de la democracia, la seguridad y la paz mundiales, los gobiernos de Estados Unidos (tanto los demócratas como los republicanos) promovieron golpes militares sangrientos y apoyaron a fascistas donde les convino, iniciaron guerras donde lo necesitaban, torturaron dentro del país o fuera, levantaron vallas contra la inmigración, dejaron en la estacada a diversas minorías del país y saquearon el mundo todo lo que pudieron.
Trump ha dicho que va a hacer lo que los otros han venido haciendo en EE UU y en Europa, pero muchos que hasta ahora no protestaban, han gritado: ¡Qué horror!
Yo diría que Trump es una persona que no sabe cómo hay que hablar y callar para ser político de derechas decente, o que no le interesa serlo, y que por ello es un político indecente. Trump no tiene pelos en la lengua y grita lo que muchos políticos conservadores sólo dicen en sus conversaciones privadas. Que haya ganado es catastrófico para los que quieren vivir en el capitalismo con buena conciencia; esos que ponen sobre la lógica del capitalismo un manto de ideas abiertas y acogedoras para que el inicuo sistema que tanto les gusta parezca elegante y digno. Pues en este caso no ha podido ser, paciencia.

Trump es un pro-sistema de extrema derecha
Uno encuentra en la red expresiones como éstas: “Trump y la comunicación antisistema”, “el magnate antisistema”, “Trump ganó con un mensaje antisistema”, “¿un presidente antisistema?”, “Trump campeón antisistema”, “el candidato antisistema”, etc.
Teniendo en cuenta que bajo la palabra sistema se oculta siempre la palabra capitalismo (el sistema no es otra cosa que el sistema capitalista), es claro que Trump no es un antisistema, sino sólo contrario al establishment que ha venido rigiendo el sistema desde Washington. Quítate tú, que me pongo yo.
El señor Trump, como el señor Obama o la señora Clinton, defienden por encima de todo el sistema capitalista, y más específicamente el papel hegemónico de su país en el capitalismo mundial, papel en decadencia, amenazado por países de economía creciente, de los que el principal representante es China, el gran peligro, el enemigo del que defenderse así sea haciendo amistad con Putin (en realidad el gran peligro es la decadencia americana, pues no hemos de olvidar cómo se las gasta el complejo industrial-militar-financiero estadounidense).
Trump es un prosistema que pertenece a la extrema derecha, como otros que saben disimularlo, Rajoy sin ir más lejos, jefe de un partido que sigue viendo a Franco con buenos ojos y que tiene a toda la extrema derecha española dentro. La diferencia es que Rajoy es más moderado de palabras que Trump, pero no hay más que ver lo que su mayoría absoluta ha venido haciendo, desde el gobierno y el parlamento, con los pobres, los trabajadores, los inmigrantes y refugiados, las mujeres, los estudiantes.
Y no olvidemos que el neoliberalismo es en realidad, por sus efectos, la ideología económica de una derecha tan peligrosa como la llamada “extrema derecha”: deja morir de frío y hambre a quienes no pueden pagar alimentos y electricidad, paga salarios que sumen a los trabajadores en la pobreza, escatima para enseñanza, sanidad y pensiones.
Por lo demás Trump hará la política que le obliguen a hacer los que detentan el poder subterráneo, esto es, el verdadero poder. Así que tranquilos, que todo seguirá igual de mal.

Los votantes de Trump
Si nos preguntamos por qué ha ganado Trump, la respuesta debe incluir esto: nuestras democracias son plutocracias disfrazadas, y para su estabilidad, para que la población las tolere, necesitan, perdonen mi insistencia, una mayoría caracterizada por la ignorancia, el egoísmo y el miedo. Esa mayoría de mirada corta, alimentada de patriotismo y de temores, ha sido fabricada por el sistema (porque las personas no nacen, se fabrican), y es la que en España vota a un PP hundido en la corrupción y gestor de políticas contra el pueblo.
Hasta ahora, en EE UU se había conseguido que se sucedieran en el poder los demócratas y los republicanos, todos ellos coexistentes en el establishment de Washington. Y para que esta alternancia pudiera discurrir sin sobresaltos, ahí estaban los medios de comunicación privados, hacedores de la opinión de las mayorías.
Pero resulta que ha ganado Trump y que la extrema derecha está al alza en Alemania, Austria, Finlandia, Grecia, Francia, Reino Unido, Polonia, Suiza, Suecia, Dinamarca, Hungría…
No hay de qué extrañarse, ni empecinarse en análisis que ocultan lo principal. Está ocurriendo que esa población deficientemente socializada, esa que el capitalismo fabrica porque la necesita para subsistir, está soportando más que nunca los rigores del sistema. Y desesperada ha salido del redil en que los medios la tenían recluida, y se está yendo tras el que lanza un discurso afín con su condición de ignorancia, egoísmo y miedo.

El poder de los medios privados en el tema básico
Se dice que los medios no tienen tanta influencia como se supone, puesto que el candidato al que menos apoyaban ha ganado las elecciones.
Sin duda tenemos un nuevo elemento a considerar, que en cierto modo rompe el monopolio que han venido ejerciendo los medios privados respecto a la creación de opinión: en las redes sociales que no están bajo su control se está difundiendo la evidencia de que esos medios no son defensores de la verdad y del bien común como afirman, sino de los intereses de sus propietarios. En España la campaña general contra Podemos, cargada de odio, mentiras y tergiversaciones está abriendo a muchos los ojos y deteriorando el inmerecido prestigio de esos tradicionales fabricantes de opinión.
Sin embargo, aunque los medios vayan perdiendo poder, siguen teniendo enorme eficacia. Entre nosotros la han demostrado en la defenestración de Pedro Sánchez y en la, de hecho, gran coalición cuya única finalidad ha sido que no llegara Podemos al Gobierno. Pero éstas son cuestiones menores.
¿Por qué muchos de los explotados y perdedores no se enfrentan al sistema, sino que votan a la extrema derecha?
Porque los medios de comunicación han tenido éxito en el tema más importante, el crucial para el sistema, que es la demonización del comunismo. Esto lo han conseguido con creces, logrando que para una gran parte de la población la izquierda anticapitalista sea peligrosa y sórdida. Ahora el papa Francisco ha dicho que los comunistas piensan como los cristianos, y que el comunismo ha “robado” a la Iglesia católica su causa, “la bandera de los pobres”, concluyendo que “cuando ellos [los comunistas] hablen, nosotros les podríamos decir: Pero si sois cristianos”. En realidad el papa no se expresó bien, pues debería haber dicho: según los Evangelios, no son cristianos los que no sean comunistas. Naturalmente, los medios de comunicación no se han hecho eco de las palabras del papa.
El éxito de los medios en esta empresa fundamental se muestra en los votos que ha ido consiguiendo la izquierda anticapitalista española por comparación con los que ha ido consiguiendo el PP, siendo así que, por intereses objetivos de los votantes, la distribución de los votos hubiera debido ser la contraria. Y en Estados Unidos ha ganado Trump entre otras cosas porque previamente el partido demócrata cerró el paso a Bernie Sanders, que no era apoyado por los medios, sino por las redes sociales. Sanders decía “No creo que los hombres y mujeres que defendieron la democracia americana lucharan para terminar en un sistema donde los multimillonarios fueran dueños del proceso político”.

jmchamorro@jmchamorro.info

SOBRE EL PSOE Y PODEMOS

Pedro Sánchez, primer acto

Como bien se sabe, en las primarias que celebró el PSOE en julio de 2014 Pedro Sánchez recibió apoyos para que cortara el paso a Eduardo Madina bajo el supuesto de que sería una figura manejable y provisional, a la espera de que Susana Díaz decidiera dar el paso. En seguida se desconfió de él y Díaz le desautorizó diciendo que no estaba de acuerdo con la línea que seguía.

Tras las elecciones de junio de 2015, en el Comité Federal de 28 de diciembre se le rodeó de líneas rojas sin dejarle otra salida que pactar con la derecha (que eso significaba el “no” a Podemos, y al PP, y a independentistas, y a nuevas elecciones). Por primera vez se imponían condiciones a un Secretario General en un Comité Federal y se le obligaba a suscribirlas. El caso era impedir un pacto con Podemos. Pretexto: que ese partido defiende el derecho a decidir.

Se hizo esto sin tener en cuenta las consecuencias. Es fácil suponer que más de uno de los instigadores (y también Sánchez como ejecutor) se estarán ahora tirando de los pelos.

El caso es que, siguiendo órdenes, Sánchez pactó con Ciudadanos, convencido seguramente de que Podemos, sometido a una gran presión mediática, no tendría más remedio que apoyar ese pacto para evitar, ante unas nuevas elecciones, la acusación de haber impedido un gobierno progresista. La negativa de Podemos llenó a Sánchez de frustración, de manera que se sumó airado a la mentira de que Podemos no estaba interesado en que hubiera un gobierno progresista, sino en provocar unas nuevas elecciones. E insistió en que Podemos, haciendo causa común con el PP, había impedido que se resolvieran muchos problemas de los españoles (por ejemplo los que dependían de subir el salario mínimo ¡un 1%!). Callaba en cambio hasta qué punto los problemas de muchos españoles se hubieran resuelto mejor de haber pactado con Podemos y no con Ciudadanos, y callaba también que Podemos quedó fuera de las negociaciones no por propia decisión, sino por decisión del citado Comité Federal.

Pedro Sánchez, segundo acto

Tras las segundas elecciones, y ante la falta de suficientes apoyos a Rajoy, parece que Sánchez se había decidido finalmente a formar un gobierno apoyado por Podemos, peligro que la cúpula del PSOE ha resuelto acabando con Sánchez en la forma que todos hemos presenciado y decidiendo una abstención para que gobierne Rajoy. Este episodio ha sido descrito así por José Antonio Pérez Tapias, miembro del Comité Federal y competidor de Sánchez en las primarias de 2014:

“Pedro Sánchez ha cometido errores [...], ha titubeado, no ha acertado en decisiones importantes -recordemos el pacto con Ciudadanos-, pero fue al verse hacia donde podía encaminar al Partido Socialista de manera efectiva, yendo desde el “no” al PP hacia un “sí” a una alternativa, cuando las iras de la oligarquía del partido se desataron con toda su fuerza. Y ésta no es otra que la sumisión a los poderes dominantes, tanto los económicos como otros que también se mueven tras el telón de la escena pública…”

El problema para los dirigentes golpistas del PSOE es que los militantes no están manejados por esos poderes empresariales y mediáticos (a la cabeza de éstos PRISA), ni movidos por un odio patológico a Podemos. Son incluso muchos los que reconocen que sus hijos votan a Podemos y que es imprescindible entenderse con el nuevo partido, y estos son los que siguen representando la tendencia socialdemócrata del PSOE, tanto tiempo olvidada. Pues la cuestión es ésta: si el PSOE se niega a colaborar con Podemos a escala estatal es que renuncia a desbancar al PP y se conforma con ser socio subalterno de éste en una coalición de derechas (llámese gran coalición o pacto entre los partidos constitucionalistas).

En entrevista con Jordi Évole del 30 de octubre pasado Pedro Sánchez confesó el error de haber llamado populista a Podemos y reconoció finalmente que fue su partido el responsable de que no hubiera un gobierno del cambio PSOE-Podemos.

Es natural que estas declaraciones hayan producido mucha irritación en los actuales dirigentes del PSOE y en los medios conservadores, porque han destapado lo mucho que han estado mintiendo.

Aún así hay todavía portavoces del PSOE que siguen con el latiguillo de fue Podemos el que impidió un gobierno de progreso.

A propósito, ha sido incomprensible la falta de contundencia con que Podemos se ha defendido de esta acusación falsa. Pues hace mucho tiempo que Pérez Tapias contó lo ocurrido en el Comité Federal en el que se produjo el veto.

El miedo de los dirigentes del PSOE a unas nuevas elecciones

Tras la defenestración de Sánchez (que también se ejecutó sin tener en cuenta las consecuencias) el PSOE se ha visto obligado a facilitar el gobierno de Rajoy, pero no por patriotismo (no ha sido, como se dice, un sacrificio por la gobernabilidad de España), sino por miedo a que, dado el espectáculo del último Comité Federal, en unas terceras elecciones no sólo se diera el sorpasso, sino que el PSOE quedara reducido a la insignificancia. Este miedo ha llevado a una nueva mala decisión. Pues pese a todo, si en el PSOE se hubiera impuesto el no a Rajoy, es posible que en unas terceras elecciones el resultado no hubiera sido tan desastroso como algunos preveían, y que el PP no hubiera conseguido los resultados que algunos vaticinaban. Ahora el PSOE se encuentra en manos del PP, que en todo momento puede exigir colaboración a sus políticas amenazando con anticipar las elecciones, en las que el PSOE se encontrará en peor situación que si hubiera votado no a la investidura.

Es posible, sin embargo, que, por mucha tentación que tenga, el PP no cumpla esa amenaza si quienes mandan no se lo permiten, pues la caída del PSOE sería la caída de un aliado a cambio del auge del único enemigo.

Los problemas de Podemos

La política y la actividad mediática vienen marcadas en España por Podemos. Todo lo que hace el aparato del PSOE lo hace pensando en que Podemos no cobre ventaja, todo lo que hacen los medios es demonizar a Podemos, todo lo que teme el poder económico es que Podemos llegue al poder. En los comentarios políticos, detrás de cada noticia, de cada juicio o de cada silencio se encuentra Podemos, sea como instigador o como culpable, sea como insignificante, fracasado o abocado al fracaso, sea como peligro. Y casi siempre Pablo Iglesias es condenado a representar las maldades de su partido. Así ha ocurrido en las sesiones de investidura.

Cierto que los oligarcas empiezan a comprobar hasta qué punto los medios digitales y las redes sociales dificultan el monopolio que los medios conservadores ejercieron siempre.

En esta situación los problemas de Podemos no están allí donde los quieren ver estos medios, que hablan cada día de la pugna entre Errejón e Iglesias, igual que amplificaron antes los sucesos (dimisiones, gestoras y primarias) en Galicia, Cantabria, Salamanca, La Rioja y el País Vasco, o las divisiones internas en Madrid, Cataluña y Andalucía. Se podría decir que estos desacuerdos son muy normales en un partido en que la discusión es libre y cualquiera puede disentir de la línea previamente marcada. Pues realmente, incluso aunque todos los miembros de Podemos coincidieran en la ideología, habría divergencias tácticas y estratégicas dado su tipo de estructura, más democrática que la de los partidos conservadores.

Pero los problemas aumentan cuando no existe esa coincidencia ideológica, pues resulta que la dificultad mayor de este partido está relacionada con el movimiento popular que le dio nacimiento: no todos los que se integraron en él son anticapitalistas, aunque todos estén indignados. Y es que la indignación no basta para hacer unidos un camino difícil y lleno de oscuridades y trampas. Me referiré a esto en seguida.

Dos tendencias

Hubo un tiempo en que las disputas entre marxistas ortodoxos y revisionistas versaban sobre la alternativa entre hacer la revolución violenta o integrarse en las democracias para una toma pacífica del poder.

Casi todos han optado por lo segundo, y ahora surge una nueva alternativa que se suele formular así: ¿trabajo en las instituciones o en la calle? O también ¿anticapitalismo o transversalidad? O también: ¿qué relación debe guardar el partido con la sociedad civil?

La llamada transversalidad

La transversalidad de que habla Íñigo Errejón tiene que ver con la eliminación de las etiquetas ideológicas clásicas y la agrupación de nuevos consensos mediante la definición de otras fronteras (arriba/abajo, la casta/la gente, etc.), bajo la idea de que “parte de los éxitos relativos del 15-M pueden estar relacionados con su capacidad para generar procesos de identificación que trascienden y atraviesan los marcadores ideológicos tradicionales”.

Errejón reconoce que, aunque algunos de los problemas expresados por los indignados ya habían sido señalados por la “izquierda minoritaria”, la diferencia estuvo en que el 15-M apelaba a un “eje arriba-abajo” (el 1% frente al 99%) y no a un eje ideológico, como hacían los partidos existentes. Mediante “interpelaciones transversales a una mayoría social descontenta” se trata de “aislar a las élites” y crear una nueva identificación frente a ellas, mediante un relato que apele al “sentido común de época”, exactamente igual que ocurrió con el 15-M.

Para el diputado Eduardo Maura la transversalidad tiene que ver con buscar el apoyo no sólo de las personas que ya están de acuerdo con las propuestas de Podemos sino también de quienes aún no se han sumado, a fin de captar a votantes y cuadros sin exigir “carnets de partido”, es decir, aglutinar el descontento en una nueva opción política sin tener en cuenta qué se ha votado con anterioridad.

El trabajo en la calle

La alternativa parece que consiste en mantener las señas de identidad de la izquierda anticapitalista, no encerrarse en las instituciones y trabajar en la calle, manteniendo una relación fluida con la sociedad civil y sus problemas, y hablando claro aunque eso asuste a posibles votantes.

Fernando Luengo y Lorena Cabrerizo, miembros de Reinicia Podemos, advierten que se está dando un excesivo protagonismo a la acción institucional, relegando a un segundo plano, de hecho, la protesta y la movilización ciudadanas. Aceptan que gracias a la entrada de Podemos en las instituciones han ganado visibilidad “las preocupaciones y los anhelos de la mayoría social, olvidados o negados por los partidos y los políticos de siempre”, pero añaden que para que la presencia de Podemos en las instituciones se convierta en una herramienta al servicio de un cambio que beneficie a la mayoría social, es necesario cambiar las reglas del juego, que hasta ahora han beneficiado a las élites políticas y las oligarquías económicas, y en ese camino se encontrará una resistencia por parte de los poderosos que sólo se puede vencer con la movilización y la politización de la ciudadanía en los barrios, en las calles y plazas, en los centros de formación y estudio y en las empresas. Es necesario, pues, un reencuentro con los movimientos y las organizaciones sociales, dialogar con ellos y respaldar sus luchas, ayudar a que la sociedad civil se organice en defensa de sus intereses, apoyar las reivindicaciones y protestas de los trabajadores que se traduzcan en propuestas políticas para la acción, abrir las instituciones a las demandas sociales y crear y consolidar cauces de diálogo y espacios de debate permanentes con las plataformas y los colectivos que los representan.

El tema sobreentendido

Analizando los términos de ambas estrategias uno encuentra que el verdadero conflicto está implícito, pues lo que dicen unos y otros es compatible.

Cuando Errejón escribe que la transversalidad “no es, en absoluto, una renuncia al pasado o al ADN militante propio, pero sí una impugnación de la burla que supone que sea el enemigo el que nos cite en los terrenos y los temas sobre los que se siente más cómodo, más arropado y a salvo de sus vergüenzas”, nos está queriendo decir que si Podemos se presenta como izquierda anticapitalista da una baza a la propaganda conservadora, y no en cambio si habla de los de arriba y los de abajo, o de la gente indignada, o de la patria entendida al modo progresista.

Pero esto es una cuestión de mera táctica comunicativa y, estando de acuerdo en ella, se puede ser partidario de la actividad en la calle junto con la actividad en las instituciones. Lo que está en juego, creo, no es lo que se dice, sino la oposición entre una estrategia socialdemócrata y una estrategia anticapitalista, cada una de ellas con objetivos propios.

Diferencias cruciales entre socialdemocracia e izquierda

Demos un paso atrás para aclarar el tema. Algunos dicen que colocar a la socialdemocracia en la derecha es cosa de fundamentalistas, y esto puede que sea así cuando se intenta descalificar de forma emotiva, pero puede deberse a una saludable necesidad de aclarar ideas. Movido por ella creo que el criterio más eficaz para diferenciar derecha de izquierda es la aceptación del capitalismo o la oposición a él. En virtud de este criterio la socialdemocracia, que es procapitalisa, está a la derecha, y está a la izquierda el socialismo anticapitalista. Claro que caben otros criterios que arrojan otros resultados, pero la eficacia del que propongo radica en que la posición ante el capitalismo tiene repercusiones notables, en algunas de las cuales no se suele reparar, entre ellas las siguientes:

1) El socialdemócrata cree que nuestro sistema político es una democracia, actualmente devaluada y necesitada de revitalización, pero democracia al fin.

En cambio el anticapitalista cree que nuestro régimen político es una plutocracia disfrazada de democracia. Aspira a la democracia, que necesariamente requiere una mayoría de la población suficientemente ilustrada, y además inexistencia de poderes económicos que, incontrolados ellos, la controlen en la sombra.

2) El socialdemócrata cree que la existencia de medios de comunicación privados es un derecho amparado por la libertad de expresión.

En cambio el anticapitalista cree que los medios privados, es obvio, están al servicio de los intereses de sus propietarios (con el agravante de que se presentan como libres y objetivos), y son por ello un obstáculo a la democracia y a una verdadera libertad de expresión. En consecuencia el anticapitalista aboga por la propiedad pública de los medios y su control social, a fin de que todas las ideologías (también la procapitalista) tengan espacios en que expresarse libremente.

3) El socialdemócrata acepta que sea el mercado el mecanismo rector de la economía, y acepta por tanto los efectos de su lógica, limitándose a reducir algunos de sus efectos mediante una política redistributiva.

El anticapitalista, en cambio, sabe que la economía de mercado está regida en su beneficio por quienes controlan los mercados, cuya lógica no tiene para nada en cuenta el bien colectivo. Por ello aboga por una economía mundial racionalmente planificada, que produzca lo necesario para satisfacer las necesidades legítimas, no los caprichos impuestos por una publicidad desbocada (la tierra no lo soporta), y que distribuya equitativamente, de manera que nadie en el mundo disponga de riquezas que le permitan un control subterráneo de la cosa pública, y nadie viva en la pobreza. Este es el concepto de globalización progresista, frente a la globalización que se nos vende (y a la que se apela como si fuera un corsé que impide las medidas racionales y justas).

4) Y lo más importante: a un partido socialdemócrata la va bien la población actual, de la que puede recibir el suficiente apoyo para su política y a la que puede rendir beneficios concretos.
En cambio a un partido anticapitalista no le va bien la población actual, de la que no puede esperar apoyo para un cambio en profundidad, que es sólo alcanzable con un tipo de población nueva, formada por personas como las que Marx describió bajo el rótulo “el hombre nuevo”.

Puesto que en estas cuestiones, que son cruciales, la socialdemocracia coincide con otros partidos de derechas pero no con una izquierda anticapitalista, tiene más sentido colocar a la socialdemocracia a la derecha que a la izquierda.

Naturalmente, hay distintas clases de derecha, como también las hay de izquierda anticapitalista, y por ello colocar a la socialdemocracia en la derecha no debe tomarse por insulto, pues aunque hay una derecha criminal (empleado el adjetivo en su sentido técnico, dado que con su política produce innumerables víctimas), hay otra que trata de mejorar la suerte de los más desfavorecidos.

Dos estrategias

En atención a lo dicho, la posición ante el capitalismo debería marcar (y no lo ha hecho, y por eso así le ha ido a la izquierda) una gran diferencia en cuanto a estrategias, pero no entendidas como programas electorales o decisiones políticas. Hay en efecto que distinguir entre estrategia socialdemócrata y política socialdemócrata. La estrategia socialdemócrata no pretende trascender al capitalismo e ir más allá. En cambio la izquierda debe luchar por ir más allá aunque inicialmente se vea limitada a realizar políticas socialdemócratas.

Mientras a un partido socialdemócrata sólo le interesa el éxito electoral (conseguir el poder para desarrollar sus políticas), para un partido de izquierda anticapitalista esta meta debería convertirse en secundaria e instrumental, pues para ir algún día más allá de la política socialdemócrata, es preciso ir antes transformando la ideología popular.

Esta transformación es algo que, aunque en alguna medida se puede impulsar desde el poder, las instituciones y el activismo callejero, también se puede entorpecer. En realidad impone una tarea básica que hay que hacer tanto al margen del poder político y del Parlamento como de la agitación de la calle.

El éxito electoral como criterio

En la discusión que se está produciendo en Podemos ambos bandos parecen fijarse como meta el éxito electoral, como si no tuvieran otro horizonte que la conquista del poder mediante un aumento de votos. Pues veamos: ¿para qué quieren unos ese terreno más favorable de que habla Errejón? Para inspirar confianza a más gente, atraer más votantes y espantar a menos. O sea, para tener más éxito electoral, y en lo mismo se piensa cuando se dice que, mediante la transversalidad, Podemos consiguió hacerse un hueco en el panorama político y no ser una fuerza “testimonial”, como le ha ocurrido a IU.

En el bando opuesto quienes creen que hay que manifestarse sin disimulos y atender a los problemas de la gente fuera de las instituciones, piensan también que esta es la forma de conseguir su apoyo electoral.

Esto se ve claro en el análisis de las últimas elecciones: unos dicen que la pérdida de votos se debió a haber asustado y los otros dicen que se debió a haber querido tranquilizar.

Como en ambos casos el valor de una estrategia depende de los votos que consiga, si con una estrategia se pierden votos se da por errónea, si se ganan votos por acertada. Y todo esto moviéndose en la niebla, pues nunca se sabe a ciencia cierta por qué se obtuvieron votos o por qué se perdieron.

Una paradoja

Recuerdo los tiempos en que el partido comunista primero, y luego IU, eran los únicos presentes en fábricas y barrios para liderar las protestas ciudadanas y luego experimentaban la frustración de ver que los votos iban a los partidos que no hicieron nada, incluso a aquellos que habían ocasionado el problema.

Pero imaginemos que se hubieran conseguido los votos. Aquí se da la siguiente paradoja: en la medida en que tengas éxito en la lucha por solucionar “los problemas de la gente”, en esa medida pierdes su apoyo para ir más lejos. Hoy aprovechas su indignación y ganas sus votos, mañana su indignación disminuye porque su situación ha mejorado gracias a tus esfuerzos, y los pierdes para impulsar un cambio más radical.

Pensando en los votos hablan algunos de ganar el corazón y la mente de la gente, pero hay que insistir en que, siendo la población como es, lo mismo que se ganan los corazones y las mentes, se pierden.

La falsa conciencia como punto de partida

La derecha sabe muy bien que la verdadera batalla no se da en el campo electoral, sino en el ideológico. Y esa es la batalla que ha ganado desde tiempos remotos. Mientras la izquierda ha estado muy despistada en este asunto, la derecha, tanto la laica como la religiosa, siempre ha tenido muy claro que lo importante es troquelar y alimentar la ideología de la gente en la dirección que le interesa.

Marx describió este punto de partida mediante su concepto de “falsa conciencia”. Como efecto de la eficacia de la ideología conservadora, que es la que se viene heredando y potenciando, mucha gente ignora cuáles son sus intereses objetivos, y esa es la causa de que no vote a quienes los favorecen y vote a quienes los perjudican. Si no hubiera falsa conciencia, y puesto que un 1% se enfrenta al 99%, el 99% votaría izquierda y sólo el 1% derecha.

Permaneciendo todavía en el punto de partida, el sentido común de nuestra época no pasa de ser, en su núcleo, falsa conciencia. Y no hemos salido de ahí en parte porque Marx equivocó la solución y los marxistas posteriores no atendieron a quienes intentaron remediar el error. Pues la falsa conciencia no se elimina mecánicamente a base del mero cambio del modo de producción (se ha comprobado), ni tampoco participando en batallas políticas o actividad callejera (que tienen su valor, pero no para tanto).

Volvamos a las dos estrategias

Siendo esto así, mientras a la socialdemocracia, que está a favor del sistema, le basta con ganar el corazón y la mente de la gente como apoyo para su política conservadora, para la izquierda no se trata de “ganar”, sino de “transformar”. Puesto que un cambio radical, un final acceso a la democracia, sólo es posible con el respaldo de una mayoría social emancipada, conseguir esa población debe ser la finalidad de un partido de izquierda anticapitalista, cuya actividad debe ser evaluada por su efecto en la transformación de aquellas personas que, estando objetivamente interesadas en un cambio de sistema social aunque no lo sepan, podrían más adelante ser impulsores y defensores de ese cambio, con la necesaria constancia y a través de las distintas circunstancias.

Ello requiere expandir un doble conocimiento: acerca de lo que hay y lo que está ocurriendo, que implica señalar claramente dónde están los obstáculos concretos que impiden una vida mejor colectiva; y acerca de lo beneficioso que sería para todos que la sociedad se regule por leyes racionales y justas, conocimiento éste que libera y potencia lo que cada cual tenga, dentro de sí, de solidaridad y tendencia al bien.

La expansión de este conocimiento y de los buenos sentimientos se puede favorecer tanto desde las instituciones como desde la calle, aunque transformando ambos espacios en escuela política de cara a la población, y para ello es imprescindible hablar claro, con dureza mesurada, no importa qué temores o qué odios se provoquen. Serán tanto mayores cuanto menos gritona y mejor argumentada sea la denuncia.

Volvemos con esto al tema de los votos. Importan en la medida en que permitan acciones que contribuyan a la necesaria transformación ideológica. Una estrategia que dé votos hoy será perjudicial si al mismo tiempo ha tenido un efecto deseducador a largo plazo. Por ejemplo, las victorias del PSOE y su paso por el gobierno no han valido para salir del punto de partida, más bien para seguir ahí, pero sumidos en la desmoralización.

Comprendo que este análisis no sea del gusto de los políticos de la vieja escuela, ni de quienes querrían efectos inmediatos, pero creo que es el adecuado.

A vueltas con el “qué hacer”

Para dar la réplica a la derecha en la batalla ideológica es necesario:

a) Revitalizar el trabajo de los Círculos, cuya función no ha de limitarse a avalar o impulsar decisiones políticas, ni a participar en programas como los llamados Impulsa y Hacemos.

Si es necesario promover el conocimiento y los valores de igualdad y fraternidad, resulta imprescindible poner en marcha universidades populares, acercar el conocimiento y la cultura a los barrios y pueblos mediante conferencias, cursos sobre política, cine, música, deportes, actividades sociales. Esto es trabajar en la calle y no sólo (aunque también) promover protestas y manifestaciones.

En este ambiente tendría mayor efectividad el Banco de Talentos para prestar conocimiento allí donde los emprendedores lo necesiten, y también la colaboración entre los Círculos con el fin de tejer redes y crear sinergias entre los distintos actores del territorio. Lo importante es que las iniciativas que surjan abajo (y seguro que hay riqueza de imaginación y deseos) encuentren apoyo en la organización política.

b) Predicar con el ejemplo de cuantos aparezcan como militantes, pero sobre todo portavoces, cargos públicos y líderes. En ese sentido es acertada la medida de que los cargos públicos de Podemos entreguen al partido la parte de sus emolumentos que sobrepase el triple del salario mínimo. Pero hay que añadir una autovigilancia cuidadosa, sobre todo sabiendo que los medios conservadores van a aprovechar cualquier descuido para pregonar que los anticapitalistas son peores que los demás, porque son pecadores y además moralistas.

Por más que parezca anecdótico, hay que cuidar la coherencia de los gestos públicos y las declaraciones. ¿Qué sentido tuvo la sonrisa de divertida complicidad con que Iglesias reaccionó a un chascarrillo soez de Rajoy sobre su email a Bárcenas, en lugar de responder con el natural gesto de desagrado? De nuevo el error de querer aparecer amable como para compensar que se ha sido crítico un rato antes. Peor aún es que Errejón se refiera a los medios privados diciendo que nunca ha creído en las teorías de la conspiración y en las manos negras. ¡Estupenda manera de abrir los ojos a la gente! Malo si es sincero, peor aún si no lo es.

c) Activar un centro de investigación que ponga y mantenga al día la teoría, haciendo que en ella confluyan los desarrollos que en las distintas ciencias sociales (sobre todo en las híbridas de sociología, psicología y lingüística) se han ido produciendo desde el segundo tercio del pasado siglo.

d) Disponer de medios de comunicación atractivos y fiables (y por tanto no partidarios ni sectarios).

Hay que recordar que Podemos es consecuencia de los indignados del 15-M, pero también de La Tuerka y del diario Público. Estos medios son un primer paso pero todavía insuficiente. La izquierda debería disponer de emisoras de radio y televisión al alcance de toda la población, y hacer de ellas una anticipación de los medios públicos que sus propios valores exigen: inteligentes, creíbles y atractivos, capaces de expresar de manera sencilla, a distintos niveles de complejidad, el conocimiento que la mayoría necesita, y ofreciendo espacio a las ideologías opuestas sin censura alguna.

Algo más sobre medios de comunicación

Hay que recordar que el partido socialdemócrata alemán contaba en 1880 con 19 diarios y 41 semanarios y que, en cambio, una de las cosas más lamentables que hizo Felipe González cuando llegó al gobierno fue ceder a las exigencias de la derecha y liquidar o vender mediante subasta los llamados “Medios de Comunicación Social del Estado” (la agencia de información Pyresa, numerosas emisoras de radio y numerosos periódicos, entre ellos el diario Pueblo, tercero en importancia de España, más el diario Marca, que pasó a gentes del Opus), perdiendo así una gran ocasión de mantener la propiedad pública de estos medios y entregarlos al control social, para así liberarlos tanto del control gubernamental como del de sus propietarios. De haber hecho eso no estarían los medios de comunicación españoles como están, que al ser casi todos conservadores sin suficiente contrapeso, se han convertido en los medios menos fiables de Europa (según un estudio del Instituto Reuters de la Universidad de Oxford). Y la izquierda hubiera podido mantener sus posiciones en el campo de batalla ideológico.

No es que Felipe González desconociera el poder de los medios. Valga recordar cómo los utilizó para conseguir que en muy poco tiempo los que apoyaban la permanencia en la OTAN pasaran de un 18% al 56,85%, y eso a pesar de que la posición del PSOE hasta ese momento había sido contraria. González controlaba desde el gobierno los medios del Estado (radio y televisión) y pensó que con eso tenía suficiente.

Una conclusión

De lo dicho hasta aquí se sigue que la dificultad mayor de Podemos radica en que no todos sus miembros son anticapitalistas, aunque todos estén indignados.

Una solución sería que los anticapitalistas de Podemos fundaran junto con Izquierda Unida un nuevo partido que tuviera clara su ideología y finalidad, no importa que se viera obligado a políticas ocasionales socialdemócratas.

A su vez, aquellos miembros actuales de Podemos que no comparten la ideología anticapitalista podrían integrarse en un PSOE refundado que recuperara los valores y políticas de la socialdemocracia clásica.

Tanto el PSOE refundado como el nuevo partido anticapitalista podrían colaborar en muchos momentos, sobre todo en aquellas políticas socialdemócratas que Unidos Podemos (o como se quisiera llamar) tuviera que aceptar por pragmatismo (por impotencia para ir en un momento dado más lejos).

Esta colaboración exigiría respeto mutuo incluso llegados al punto en que tuvieran que separarse los caminos.

Claro que por lo que afecta a la refundación del PSOE ya le están marcando el camino: parecerse a Obama-Clintón y no a Corbyn.

jmchamorro@jmchamorro.info

BURKINI, TACONES ALTOS Y MACHISMO

Hay distintas cuestiones afectadas por la discusión sobre burka, burkini y hiyab: culturas, religiones, derechos humanos, machismo, libertad individual…
Voy a entrar en el tema para defender que esas prendas no deberían prohibirse, pero sobre todo para señalar su parecido con otras imposiciones culturales que, por ser nuestras, entre nosotros resultan invisibles. Me refiero, claro, al machismo que impregna muchas de las decisiones “libres” que la mayor parte de las mujeres occidentales adoptan sobre sus cuerpos con el beneplácito y admiración de la mayor parte de los hombres occidentales.

Etnocentrismo y relativismo cultural
Inicialmente, la tendencia natural del antropólogo que estudiaba otras culturas partió de la convicción de que la cultura occidental es superior a las restantes y que por ello hay que juzgar a las demás desde ella, e incluso extenderla al mundo entero. Es nuestra cultura la que representa el progreso científico, el respeto al individuo, considerado ciudadano y no súbdito, la igualdad de derechos (entre individuos de distintas clases o de distinto sexo), el laicismo, los ideales ilustrados, la democracia.
A esta concepción etnocentrista siguió una reacción pendular según la cual todas las culturas tienen el mismo derecho a existir y todas, igualmente valiosas, consisten en formas de adaptación al medio, incomparable cada una con cualquiera otra.
Ninguna de estas posiciones parece libre de críticas.
Es cierto que el último gran desarrollo de la ciencia ha sido impulsado en occidente, y que nuestro progreso ético ha llevado a la formulación de derechos humanos incorporados en parte por los diseñadores de nuestros sistemas políticos y nuestras legislaciones penales. Esto es un avance universalizable que sería bueno que terminara siendo incorporado por todas las culturas restantes, no importa que para ello tuvieran que cambiar aspectos esenciales.
Pero no es para que estemos orgullosos y miremos a los demás por encima del hombro.
Por una parte los conocimientos y valores de la cultura occidental no están presentes en cada individuo de esta cultura, ni ausentes en cada individuo perteneciente a otras culturas. Muchos de los occidentales distan de haber asimilado el conocimiento científico y de regularse por valores como la tolerancia, el respeto al otro, el laicismo, etc. En nuestras sociedades el imperio de los derechos humanos es con frecuencia más aparente que efectivo, aumentan las desigualdades e injusticias, la democracia es aparente, la corrupción desmedida, la ignorancia de las poblaciones muy grande, el machismo, la xenofobia, la homofobia y el fascismo muy visibles… Hay países como España donde el laicismo es relativo, y la iglesia católica tiene parcelas de control injustificables. La pena de muerte sigue existiendo en Estados Unidos, y en muchos países occidentales sólo ha sido abolida recientemente. Recordemos que estos países han ofrecido su verdadero rostro al permanecer impasibles ante decenas de miles de muertos por ébola y reaccionar sólo cuando se ha contagiado uno de los nuestros. Y que se están comportando de manera tan egoísta con los refugiados que muchos sentimos vergüenza de ser europeos.
Por otra parte países que consideramos inferiores muestran un grado mucho más grande de solidaridad y ayuda mutua que nosotros pese a su pobreza. Cierto que en algunos casos mantienen comportamientos intolerables, y no me refiero a su terrorismo, que es réplica al nuestro, sino a comportamientos que no se dan entre nosotros, como la ablación o el burka.
Nuestros Gobiernos podrían presionar a los Estados que autorizan o promueven esas prácticas, pero intereses económicos y geopolíticos les llevan a respaldar con frecuencia a regímenes que oprimen a las mujeres. Y nuestras poblaciones no protestan lo suficiente.
Otra cosa es que tales costumbres se vengan a ejecutar en nuestros países por personas inmigrantes, caso en que cabe diferenciar entre la ablación y el burka. Lo primero está penado entre nosotros, tipificado como una mutilación, un delito contra la integridad física de la persona. En cambio no hay normas penales sobre la vestimenta, salvo las que prohíben el escándalo que puede producir la desnudez en lugares públicos, nunca el exceso de ropa.
Sin embargo, desde que en Niza se prohibió el uso del burkini y en España se revocó una prohibición escolar del hiyab, se viene discutiendo sobre la tolerancia de esas ropas con argumentos que se pueden resumir así:

A favor de la prohibición
Estas ropas son instrumentos de sojuzgamiento de la mujer y por tanto intolerables. Se trata de una forma de cultura machista, que hace a las mujeres culpables de su cuerpo, impidiéndoles mostrarlo en público en la misma forma que los hombres.
Las personas que emigran a nuestros países, se argumenta, tienen que comprender que no pueden atacar nuestros valores con sus acciones. Aquí nadie puede obligar a una mujer a que oculte partes de su cuerpo que nuestras costumbres autorizan a mostrar.
Del burka se ha dicho además que es peligroso porque permite la no identificación de terroristas, y que por tanto hay una razón de seguridad nacional para prohibirlo al menos en ciertos lugares. Pero este no es el caso de las otras dos prendas, por más que ponerse el burkini en Niza, precisamente después del atentado yihadista, haya parecido a algunos una provocación insoportable.

En contra de la prohibición
El argumento principal es que muchas mujeres usan esas prendas por su voluntad. Por tanto nada hay que objetar desde una cultura como la nuestra, que defiende la libertad individual. Hay que permitir que cada cual vista como quiera.
Se añade también que las mujeres que usan esas prendas, incluso aunque lo hicieran sin libertad, al menos mejoran su situación, al poder acudir a una playa o a la escuela. Prohibir el uso sería por tanto perjudicarlas en lugar de actuar a su favor.

A vueltas con la libertad
Se supone que la mujer que lleva esas prendas libremente lo hace porque quiere, y quiere porque cree que la mujer debe llevarlas. Pero ¿ha nacido en ella esa creencia como resultado de una reflexión libre o le ha sido inoculada por su cultura cuando ella carecía de capacidad de juicio y, por tanto, de defensa?

El libre albedrío
La idea común es que cada persona dispone de libre albedrío, lo que quiere decir que en su cuerpo mora un alma que toma sus decisiones, y que ese alma no está sometida a las determinaciones materiales. De manera que cuando una mujer decide ponerse un burkini es que así lo ha decidido su alma libre. Esta teoría es gratuita, pero además acumula mucha evidencia empírica en contra. Dejémosla a los creyentes en almas y pasemos a una consideración del asunto más conectada con la ciencia, según la cual la voluntad es un resultado de la interacción de partes del sistema cerebral con las entradas externas.
Podemos hablar de dos situaciones, aquella en que alguien es consciente de su falta de libertad y aquella en que es consciente de que actúa libremente.

Falta de libertad consciente
Experimenta falta de libertad el preso sometido a la disciplina carcelaria, o la víctima de amenazas o chantajes, o quien se ve impedido por la opinión pública o por la ley, o quien se siente esclavo de una pasión o un vicio.
Muchas mujeres usan el burkini con esta conciencia de falta de libertad. Lo hacen por imposición cultural, por miedo a represalias, etc.

Falsa libertad consciente
El caso interesante es el de la persona que se cree libre porque ha hecho lo que quería hacer. Pues entonces hemos de preguntarnos cómo se ha formado dentro de ella ese querer, y la respuesta puede apuntar a una de tres situaciones típicas:

a) La de un querer fabricado al adquirir durante el periodo de socialización determinadas pautas neutrales. Es el caso del asco, predisposición genética abstracta, sin contenido, que cada cultura llena del contenido más apto para la supervivencia en un medio dado. Yo actúo “libremente” rechazando algo que me da asco, pero actúo así porque ese concreto asco fue introducido en mí por quienes me rodearon desde que nací. Sin embargo esa pauta no me perjudica en beneficio de otros y por eso la he llamado neutral.

b) La de un querer inducido “no neutral”, que se fabrica por decisión de los controladores de significados culturales en su beneficio. Ahí están los distintos sacerdocios (religiosos y laicos) con sus púlpitos eclesiásticos, sus escuelas, sus medios de comunicación, que actúan básicamente por dos vías:
1) Transmitiendo datos falsos o incompletos y ocultando los verdaderos, a fin de que la gente actúe “libremente” en virtud de esa información masiva.
2) Enseñando unos valores que determinan la acción libre. Se pone en boca de dios el “no robarás” y un pobre, pero honrado, devuelve “libremente” la cartera que perdió el milmillonario. Se enseña la obligación de pagar el IVA como si no hacerlo fuera un robo a la sanidad y a la enseñanza públicas y los hay que pagan “libremente” el IVA cuando podrían eludirlo.
Recordemos los escrúpulos de los primeros teóricos de la democracia: no se podía dar el voto a los que carecían de propiedades, porque al ser mayoría podrían legislar contra la propiedad. Hasta que se fue sabiendo que es muy fácil hacerles votar “libremente” a favor de intereses de quienes les dominan y explotan. Ahí tenemos a millones de votantes convencidos de que votan “libremente”. En efecto, nadie les ha puesto una pistola al pecho.

c) La tercera situación es la de quien sabe por qué quiere lo que quiere y no yerra en ese saber. Su decisión es autónoma, y requiere conocimiento del propio funcionamiento y de las presiones del medio, distinguiendo entre las que son legítimas y las que esclavizan secretamente en beneficio de otros. Sólo en este caso podemos hablar de libertad (sin comillas). Es decir, en pocas ocasiones.

En principio cabría decir que las mujeres que se colocan “libremente” el burka, el burkini o el hiyab se encuentran en la segunda situación.

El reverso de la medalla: cosas nuestras relacionadas con el machismo
Nos resulta fácil ver la relación entre burka, burkini o hiyab y un machismo insoportable. Todo lo que se dice al respecto es razonable.
Ahora bien, en nuestra cultura el machismo adopta la forma contraria, pero ya no es tan fácil que así se vea. Sobre este asunto me remito a la entrada de este blog “Bello sexo y machismo”.
Al considerar a la mujer portadora de la belleza y al hombre de otras cualidades, se ha obligado a la mujer a mil esfuerzos y desembolsos para conservar, acrecentar o fabricar belleza, o para disimular o disminuir fealdades, algo que no obliga a los hombres de parecida forma. Nuestras mujeres “se arreglan” pintando labios, párpados, mejillas y uñas, usan torturantes zapatos de altos tacones, leen revistas de moda con avidez y usan ropas diseñadas para hacer exhibición, más o menos discreta, de eso que se llama encantos femeninos. Creen hacerlo voluntariamente, puesto que ninguna persona, ley o institución las obliga a ello.
Pero ¿por qué a la mayoría de los hombres no se les ocurre “libremente” hacer cosas equivalentes? Si sólo se tratara del gusto libre, y no hubiera una distribución social de roles y símbolos, ocurriría que parecido número de hombres y mujeres tendrían esas pautas.
Tanto en nuestra cultura como en la que impone el ocultamiento del cuerpo de la mujer se adopta el punto de vista del hombre y en consecuencia se considera que la mujer es un objeto erótico deseable. Mientras en otros países se decide que por ello debe ocultarse a las miradas ajenas, en los nuestros se acepta que la mujer es libre, pero a continuación se la determina, vía mercado y publicidad, a arreglar con mil productos y exhibir “libremente”, como su auténtica riqueza femenina, aquello que la hace deseable al hombre.

El caso en otro mundo posible
Imaginemos que el progreso cognitivo y moral ha terminado creando un tipo de sociedad en la que el machismo ha desaparecido, y no sólo el brutal, también el sutil. Las mujeres y los hombres cuidan su aspecto de manera semejante, mediante la buena alimentación y el ejercicio deportivo. No hay mil productos para exclusiva aplicación al cuerpo de las mujeres, y ellas fían su atractivo, como los hombres, a la inteligencia, el cultivo de las artes, la simpatía, la gracia. No hay modas que impongan una forma de vestir y calzar. Cada cual es libre de elegir su forma de presentación, pero salvo en fiestas de carnaval, casi todos optan por lo que, siendo cómodo y sencillo, se adapta mejor a las hechuras de su cuerpo.
A esta sociedad emigran desde nuestros países muchachos que engominan su despeinado y se tatúan el cuerpo, muchachas que utilizan numerosos ungüentos y pinturas, emplean la cirugía para aumentar sus mamas, calzan zapatos de altos tacones y se hacen las fotos de rigor ataviadas con impresionantes vestidos blancos de novia, todo ello en la creencia de que hacen “lo natural”, que es aumentar su belleza y atractivo. Y así es tal vez para sus colegas, los inmigrantes masculinos. Pero entretanto los originarios de la cultura de recepción apartan la vista piadosamente, por el fuerte desagrado que les producen esos rasgos tan claramente simbólicos de un machismo atávico y tan relacionados con una cultura que prodiga el consumo, pero no el conocimiento.
En todo caso, no hacen culpables a los extraños inmigrantes, pues saben que su voluntad se les fabricó interesadamente desde fuera. Y por ello, para no empeorar su situación, se les permite que actúen como quieran, a la espera de que la cultura más avanzada llegue a ellos y les haga personas nuevas y libres a través del conocimiento. Al menos a las nuevas generaciones que en ella se educan.

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