LAS PANDEMIAS, LA GENTE Y EL “SISTEMA” (DEL QUE NO SE QUIERE HABLAR)

El pasado 15 de septiembre Díaz Ayuso culpó de la subida de contagios en Madrid al “modo de vida” de los inmigrantes, y esto es para el periódico digital CTXT la prueba fehaciente de que el PP ha adoptado los recursos retóricos y las ideas-fuerza de la ultraderecha global. Ayuso, Abascal, Trump, Bolsonaro, Orbán o Salvini repiten ahora la conducta del fascismo de hace casi un siglo: detectar un enemigo débil, señalarlo, culpabilizarlo. Y lo vienen haciendo -continúa CTXT- con la colaboración de los medios de comunicación, que al naturalizar a los nuevos fascistas como una opción más, han contribuido, y mucho, al auge de la extrema derecha y a la ultraderechización de partidos de la derecha tradicional, como el PP.

Sin duda estamos asistiendo en muchos países a una confrontación preocupante, una especie de preguerra civil por ahora incruenta. No se trata de discrepancias, sino de que desde cada uno de los bandos se niega la legitimidad del otro, se lo ve como enemigo de todo lo bueno. La sensación de que enfrente hay una gente inaceptable es recíproca, de la izquierda hacia la extrema derecha y de la extrema derecha hacia la izquierda, porque a los de cada bando les parece que el mundo sería mucho mejor si los del bando contrario desapareciesen. Y da la impresión de que, para conseguirlo, los de la extrema derecha llegarían más lejos si pudieran.

En España la virulencia de la disputa política es algo que sorprende fuera, y en buena medida se debe a la malhadada transición, que permitió que la ideología y el poder franquistas siguieran intactos bajo una aparente forma democrática, primero en AP o el PP, ahora a cara descubierta. A la derecha del PSOE poco se percibe en España que no sea extrema derecha.

Visto el asunto desde el lado progresista, la gran crisis primero y la pandemia luego nos han colocado en una situación en que resulta muy difícil conceder a ciertos conciudadanos y a ciertos partidos políticos el derecho al respeto ajeno. Es insoportable la ignorancia de quienes, en seguimiento de teorías negacionistas del COBID-19, incumplen las medidas sanitarias elementales incluso haciendo alarde de ello, y ponen en riesgo la salud de todos los demás. Es muy difícil aceptar a personajes como Bolsonaro o Trump, que se adhieren a teorías negacionistas del cambio climático y se oponen a actuaciones ya inaplazables para evitar una catástrofe ecológica. Y es muy duro soportar a quienes han diseñado y ejecutan, u obligan a ejecutar, las políticas económicas neoliberales.

En la cumbre inaugural de la Internacional Progresista, celebrada hace unos días bajo la consigna “Internacionalismo o extinción”, Noam Chomsky ha hecho en el discurso inaugural una exposición apocalíptica (y realista) de la situación del mundo, que él cree abocado a una destrucción terminal a causa del deterioro de la democracia y de las crecientes amenazas de guerra nuclear y de catástrofe medioambiental. Chomsky señala a Trump como responsable máximo en tanto ejecutor brutal de las políticas neoliberales con que se viene agrediendo a la Humanidad desde los años 80. Después de 40 años, el 0.1 por ciento de la población tiene el 20 por ciento de la riqueza, el doble de lo que tenía cuando Reagan fue elegido. La remuneración para directores ejecutivos se ha disparado, mientras los salarios reales para trabajadores masculinos que no están en puestos de supervisión han disminuido. Una mayoría de la población sobrevive de cheque en cheque, sin ahorros. Las instituciones financieras, en su mayoría depredadoras, han superado las más altas cotas de explotación. Ha habido repetidas crisis financieras, cada vez más graves, y sus perpretadores son rescatados por el contribuyente, siendo ese el menor de los subsidios estatales implícitos que reciben. El “mercado libre” ha conducido a la monopolización, con una reducción de la competencia y la innovación porque los fuertes se han tragado a los débiles. Adoptando la doctrina neoliberal de “los impuestos son robos”, Reagan abrió la puerta a paraísos fiscales y empresas fantasma, que antes estaban prohibidas. Eso condujo a una gran industria de evasión de impuestos que facilitó que los más ricos y el sector corporativo hayan robado a la población general un importe que se estima en decenas de billones de dólares.

Las consecuencias alrededor del mundo, concluye Chomsky, no deberían sorprendernos: rabia general, resentimiento, desprecio por las instituciones políticas mientras las principales instituciones económicas, que son las causantes, se ocultan tras una propaganda efectiva. Todo esto crea un territorio fértil para demagogos que pretenden ser tus salvadores mientras te apuñalan por la espalda y desvían la culpa de tus condiciones a chivos expiatorios: inmigrantes, negros, China, cualquiera que encaje en los prejuicios viejos.

A la vista de alegatos como estos la pregunta es qué hacer.

Para CTXT lo razonable frente al fascismo hubiera sido establecer un cordón sanitario para evitar que la extrema derecha entrase en las instituciones. Pero a poco que se piense hay que concluir que un cordón sanitario no resuelve el problema. Por una parte tal solución debería ser inaceptable para quienes creen que vivimos en una democracia, pues bajo esa creencia todos los partidos tienen el mismo derecho a ser respetados si no infringen la legalidad. Si se cree que cada individuo decide libremente su voto, que cualquier resultado de la voluntad popular es igualmente legítimo y que cada partido orienta su actividad a conseguir votos que le permitan ocupar posiciones de poder para realizar sus ideas políticas, hay que pensar que todas las elecciones políticas tienen la misma acreditación.

Si Bolsonaro y Trump están ahí ejecutando sus políticas criminales es porque han ganado las elecciones en sus países. Y esto nos remite a la segunda de las objeciones contra el cordón sanitario: qué hacer con la población que ha votado a Bolsonaro, a Trump o a Abascal.

Por su parte Chomsky ha concluido su discurso apelando a una especie de lucha de clases a escala global. Hay una gran Internacional compuesta por los Estados más reaccionarios del mundo que, con el poderoso respaldo de las instituciones económicas mundiales dominantes, está trabajando implacablemente para construir una versión más dura del sistema neoliberal global, con más intensas medidas de vigilancia y control. Y enfrente está emergiendo una Internacional Progresista al nivel de movimientos populares que mira hacia adelante a un mundo de justicia y paz, con energías y recursos dirigidos a servir las necesidades humanas en lugar de las demandas de una pequeña minoría.

Pero cabe decir sobre el análisis y la propuesta de Chomsky que, aunque una Internacional Progresista es un movimiento imprescindible, es insuficiente si se limita a enfrentarse a las políticas neoliberales, porque entonces deja fuera cuestiones básicas. Una, que esas políticas han venido siendo apoyadas por la mayoría de la población; otra, que cualquier capitalismo, también el socialdemócrata que imperaba hasta la década de los 80, conduce a efectos nocivos.

No es cierto por ello que la democracia se esté deteriorando: no se puede deteriorar lo que no existe. En ningún tipo de capitalismo puede existir democracia, porque capitalismo y plutocracia son dos caras de la misma moneda. Sólo ocurre que se está deteriorando el astuto disfraz democrático bajo el que se esconde la plutocracia. Por otra parte cualquier capitalismo, también el socialdemócrata, es nefasto en un terreno más básico que el ecológico, del que dependen los demás, que es precisamente el de la fabricación de la población.

Esto quiere decir que el mal no nace de personajes siniestros ni de políticas criminales, sino que es previo. Cuando nos planteamos por qué hay políticas irresponsables y por qué ganan elecciones personajes impresentables, es necesario mirar hacia la relación causal entre un tipo de psicología individual y el sistema social que la fabrica masivamente. Es decir, no se puede abordar satisfactoriamente la situación presente si se toma a partir de datos superficiales (ciertos personajes públicos y sus políticas), sino que hay, por el contrario, que reflexionar primero sobre por qué las personas que votan son como son.

El imperio de la psicología popular

Este asunto fundamental puede ser abordado de dos formas, según se parta de la psicología popular, que es la forma habitual, o se adopte una concepción materialista, única potencialmente científica.

La mayoría de los teóricos, incluyendo un gran número de psicólogos, utiliza por defecto la teoría dualista según la cual el humano es un compuesto de cuerpo y alma dotada de libre albedrío. De este mito se sigue que, habiendo nacido cada uno con su alma, cada uno es como es por sí mismo y elige libremente lo que quiere. Unos eligen el bien, otros eligen el mal, y quienes eligen el mal son culpables y deben ser castigados.

Si utilizamos esta psicología popular, una consecuencia inevitable es el odio mutuo, un odio que puede alegar razones poderosas, pues es odiable la voluntad de otros si nos parece libre y perversa y no podemos librarnos de ella.

Dejando atrás el mito dualista

Este mito se ve reforzado por el hecho de que los actores tienden a creer que su acción no tiene otra causa que su voluntad inmaterial, tienden a creer que siempre que hicieron algo pudieron no haberlo hecho, o haber hecho otra cosa. He ahí una ilusión que se debe a que la introspección no tiene acceso al sistema cerebral que subyace a la conciencia y que es donde actúan las causas que determinan la acción.

Pero hay medios objetivos que nos permiten ir descubriendo el funcionamiento del cerebro y explicar el comportamiento de las personas sin necesidad de apelar a una entidad como el alma, de cuya existencia nadie tiene prueba alguna y cuya conexión con el cerebro resulta por completo inexplicable.

Desde una concepción empírica el humano tiene dos gestaciones, una intrauterina (biológica), que da de sí un animal no muy diferente a la cría de cualquier primate, salvo porque está preparado para la segunda gestación, la extrauterina (social) que es la que lo convierte en persona y que consiste en la adquisición de la lengua del grupo. Esta segunda gestación es la verdaderamente fundamental respecto a las propiedades típicamente humanas, las que no compartimos con el chimpancé.

La interacción comunicativa es el útero social que va introduciendo en el cerebro de cada cual los conocimientos, los valores y las pautas de acción que lo constituyen como persona.

Esta idea ha sido avalada por todo cuando se ha venido investigando. Los casos de los llamados “niños ferales” demuestran que quienes no aprendieron una lengua humana en su niñez no pueden sobrepasar el comportamiento puramente animal. Por lo demás es obvio que nadie nace con ideas políticas o morales, nadie nace odiando a los inmigrantes o a los negros, nadie nace predeterminado al fracaso escolar. Todo eso es producto social.

La izquierda marxista debería saberlo, pues Marx, inspirado en la teoría evolutiva recién expuesta por Darwin, situó la emergencia de la especie humana en el lenguaje que nuestros antepasados fueron fabricando según lo exigía el proceso productivo de los objetos que necesitaban y que no estaban disponibles en la naturaleza. Y de la misma manera concibió la emergencia de cada persona: la conciencia práctica, real, de cada cual es un producto social, depende de la cultura y clase a que pertenece. De ahí la frase tantas veces citada, publicada en 1859: No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino que, por el contrario, es el ser social lo que determina su conciencia.

Sin libre albedrío no hay culpa

Hay que tener presente que, si abandonamos el mito del alma dotada de libre albedrío, quedan consecuentemente abandonados los conceptos de pecado y de culpa.

Cuando el niño nace es un sistema psicobiológico que no ha elegido libremente ser lo que es. A partir de ese momento cada estado de su psiquismo será resultado de la interacción del precedente con la experiencia en curso, y así hasta llegar al momento de cualquier acción. Si la acción ha sido causada por un estado cerebral del actor, siendo ese estado el que era, la acción no pudo ser otra que la que fue. Y nadie decide libremente el estado cerebral en que se encuentra, ni siquiera lo conoce.

El egoísmo, el miedo, la ignorancia, la violencia y el machismo se van introduciendo en muchas mentes no precisamente por propia decisión. Nadie decide en qué sistema social, en qué clase y en qué familia nacer, ni qué estímulos recibir desde el nacimiento.

Los Bolsonaro y Trump son mera consecuencia típica del sistema, al igual que las muchedumbres que los votan. Cualquiera de sus críticos estaría haciendo lo mismo si desde el nacimiento hubiera recibido los mismos estímulos.

Por ello el peor criminal es en cierto modo víctima de haber sido fabricado con defectos en la empatía y en el conocimiento, que lo convierten en un depredador o en un verdugo. No quiere ello decir que no sea responsable de sus actos. El concepto de responsabilidad no desaparece siempre que entendamos que es responsable de sus acciones quien puede prever sus efectos en personas, animales o cosas.

Pero nadie es culpable de ser como es, y por ello no vale de mucho clamar contra los fascistas, sino analizar en qué consiste el fascismo y por qué surge. Y luego reflexionar sobre qué habría que hacer para erradicarlo, que no es precisamente establecer cordones sanitarios.

El sistema social y la mala factura de la psicología individual

Desde esta perspectiva se puede decir que cualquier versión del capitalismo (no solo la neoliberal, también la socialdemócrata) tiene dos funciones principales, una muy aparente: el reparto desigual de la riqueza. Otra más profunda: la fabricación de las mentes tanto en sus afectos como en sus capacidades intelectuales.

Ambas funciones se complementan: no podría sobrevivir un sistema que explota a la mayoría si esa mayoría tuviera un alto desarrollo mental y afectivo.

Recordemos que el sistema capitalista se caracteriza porque convierte a la sociedad en un mercado en el que todos compiten; mercado que otorga riqueza (y por tanto poder) y pobreza (y por tanto sumisión); mercado que sobrevive a base de un aumento constante de la producción y el consumo con la consecuencia de un deterioro medioambiental que conduce a una catástrofe irreversible. Tal sistema es la antítesis de una regulación racional de la vida económica, y genera en la población egoísmo (cada cual compite con los demás y el ascenso de unos se debe al descenso de otros), banalidad (tanto se es como se tiene y consume), miedo (a no ascender como el vecino o a caer como otros, miedo a la quiebra, al paro, al futuro), resentimiento si se pertenece a la mayoría de inevitables perdedores. Produce finalmente ambición irrefrenable de los poderosos, que han llevado su afán depredador fuera de las fronteras nacionales y han creado tremendos ejércitos y armamentos para imponer y defender sus intereses en los espacios internacionales.

Una consecuencia de todo ello es el fascismo psicológico que caracteriza a una parte grande de la población.

Del fascismo psicológico al político

Por lo general el fascismo se identifica con ciertos comportamientos racistas o xenófobos y, más en general, con el voto a partidos de extrema derecha. En un partido fascista hay que distinguir dirigentes, militantes y votantes. Los dirigentes propugnan una doctrina y unos objetivos, los militantes aportan su acción y los votantes conceden a estos partidos mayor o menor relevancia institucional.

Si los partidos políticos fascistas no obtienen buenos resultados electorales, mucha gente se felicita y cree que el fascismo está en baja, mientras las alarmas se desatan cuando esos partidos ganan espacio electoral, especialmente si acceden al Parlamento o al Gobierno.

Pero las subidas y bajadas de votos no implican cambios caprichosos en la mentalidad de la población. Cambian más los votos que la mentalidad. Y la mentalidad es el dato que debiera importarnos.

Conviene por ello distinguir el fascismo psicológico del político. El primero sustenta al segundo. Si un votante de partido de extrema derecha no es fascista psicológico resulta menos peligroso que uno que lo sea aunque vote a un partido no fascista. Alguien benévolo que siente indignación por la situación social puede, por ignorancia, dejarse seducir por el discurso de un partido de extrema derecha.

El fascismo psicológico se define, en mi opinión, por un maniqueísmo teológico que define un Bien Absoluto amenazado y un Mal Absoluto amenazante, por escasa empatía, o una empatía concentrada sólo en el entorno próximo, y por un grado suficiente de resentimiento.

El maniqueísmo teológico justifica la violencia sin límite contra los portadores del Mal, de forma que quien carece de empatía y está lleno de resentimiento puede desahogarse descargando su odio contra el señalado como enemigo del Bien (inmigrante, comunista, separatista, judío, homosexual, da igual). Es el carácter absoluto del Bien (siempre propio) y del Mal amenazante (siempre ajeno) lo que justifica el odio al Mal y a sus practicantes.

No cabe duda de que el ingrediente de maniqueísmo teológico está generosamente servido en aquellos países en que la Biblia, sea directa o indirectamente, ha sido el libro educador por excelencia. Una vez aprendido este maniqueísmo teológico, no tiene por qué limitarse a la sensibilidad religiosa. Cabe aplicarlo, incluso siendo ateo, a temas de raza, etnia, nación, ideología o deporte.

Los otros dos rasgos son, por lo antes dicho, muy abundantes en la sociedad capitalista, que favorece el egoísmo en masas suficientemente ignorantes, sometidas a una forma de vida que genera un nivel de frustración y resentimiento muy alto.

Bajo esta consideración no parece arriesgada la hipótesis de que masas caracterizadas por un fascismo psicológico pueden ser arrastradas a actitudes de fascismo político en un momento propicio aunque en otros momentos puedan parecer benignas.

¿Se puede salir de esta situación?

Los conservadores acostumbran a analizar cada problema como separado del sistema del que forma parte. Con este descuido se analizan los problemas de la educación en la escuela, descuido tanto más lamentable cuanto que se supone que la educación es el mecanismo para conseguir una población mejor. Ver El informe PISA.

Si nos apartamos de este hábito lo razonable es describir cómo tendría que ser una educación óptima a fin de considerar si es posible y generalizable. Y luego, si la respuesta es afirmativa, preguntarnos por qué, si esa educación es posible y generalizable, nunca se ha realizado.

Una educación óptima, capaz de acabar con la ignorancia, el fanatismo y el odio, ha de incidir en tres espacios:

1. En el afectivo, con la finalidad de generar: a) sentimientos bien dispuestos hacia los demás y a la colaboración con ellos; b) un autoconcepto realista; y c) motivación para aprender y para seguir aprendiendo, a fin de mantener al día los conceptos aprendidos y disfrutar de los objetos culturales (literatura, poesía, música, arte en general).

2. En el espacio cognitivo, con la finalidad de introducir en la memoria a largo plazo de todo escolar un sistema teórico coherente, objetivo y completo, integrado por los conceptos básicos de las distintas ciencias, en particular las referidas al individuo y la sociedad, así como relatos solventes de los procesos históricos relevantes (políticos, literarios, económicos, etc.) interconectados entre sí.

3. En el espacio de las destrezas, que debe incluir las artísticas, las lingüísticas, las deportivas y ahora las informáticas.

De estos espacios el afectivo es el fundamental, porque de él dependen los otros dos y porque con frecuencia será necesario reparar los desperfectos sentimentales con que los niños llegan a la escuela, así como los producidos por la misma interacción en ella.

Que este tipo de educación es posible se revela en el hecho de que una minoría, por azares biográficos, la consigue. Y sería generalizable si se dieran dos condiciones: una buena escuela y un ambiente social favorable.

La escuela actual fracasa en los tres espacios mencionados. Para el primero no está diseñada ni preparada. Para el tercero tampoco, de manera que se limita al segundo, pero con resultados mediocres en el mejor de los casos, y con fracaso inevitable de los estudiantes de las clases económica y culturalmente deprimidas. Ver La educación en valores.

Diseñar una buena escuela no es difícil, pero una condición es la financiación suficiente. No basta el 5% del PIB, ni tampoco el doble que se destina en países como Cuba. Un porcentaje del 20 o 30% no sería un despilfarro, sino la inversión más necesaria y rentable que se puede imaginar, y perfectamente posible si los ricos devolvieran al Estado, vía impuestos, lo que el mercado les ha dado injustamente.

El problema es que esa financiación es impensable en una sociedad capitalista y que además es inútil, dado que la labor de la escuela estaría eficazmente neutralizada y contradicha por las innumerables antiescuelas que operan en este tipo de sociedad: familias de ambiente perjudicial, dominio de una publicidad tóxica en todos los espacios individuales y sociales, propiedad privada de medios de comunicación y de redes sociales que ofrecen sus contenidos sin control social, iglesias y órdenes religiosas que difunden pensamiento conservador, ambiente consumista que instaura el ideal del dinero, etc.

Obstáculo insuperable (si no cambiamos el Sistema)

Y lo peor es que esta situación no puede cambiar, no sólo porque algunos elementos deseducativos son imprescindibles al sistema capitalista (como la publicidad y la propiedad privada de los medios y espacios de comunicación), sino sobre todo porque la lógica de tal sistema no puede permitirse una buena educación.

La estabilidad y reproducción de la estructura capitalista requiere mantener y reproducir la población heredada, cuya mayoría se caracteriza desde tiempo inmemorial por la ignorancia de las relaciones causales entre estructura social y avatares personales, por la reducción de la empatía a pequeños ámbitos y por el miedo a no conseguir lo que se desea o a perder lo que se tiene.

Mantener mayorías con estas características no requiere ninguna conspiración del poder, ni una actividad complicada. Basta la inacción. No hacer todo aquello que sería necesario para fabricar una población caracterizada por el conocimiento, la empatía no restringida y la serenidad colectiva.

El papel del capitalismo como gran obstáculo a una buena educación es algo que sistemáticamente callan y ocultan esos teóricos de la educación que nos proponen, como si fuera posible, llevarla a la excelencia sin alterar el sistema social. Al final queda claro que esa excelencia es la de Finlandia o Singapur. Ver Marina y su diplodocus.

Quienes no se dejan engañar por esas cantinelas tienen claro que en las sociedades capitalistas a lo más a que podemos aspirar es a una educación eficiente (incluso excelente) para la inserción en el mercado de trabajo a distintos niveles. Al Sistema le interesa que los camareros sepan idiomas, no le interesan camareros analfabetos. Y le resulta necesario que los tiburones de las finanzas estén mal educados. Si la escuela los convirtiera en ilustrados y benévolos dejarían de ser depredadores y su clase se extinguiría.

Los resultados los tenemos alrededor. Barrios obreros en los que aumenta el voto a Vox, bandas de jóvenes que se creen con derecho a divertirse poniendo en riesgo la salud ajena, poblaciones que aguantan una explotación inicua engañadas acerca de sus causas, políticos mediocres que no hacen lo debido, que incluso no hacen lo imprescindible por miedo a la reacción del electorado, es decir, por miedo a la mala educación de la mayoría.

Se ha pretendido exculpar el necio egoísmo de grupos adictos al botellón y a la fiesta alegando que la juventud es así. Pero no es cierto que la única manera de diversión y esparcimiento de la juventud haya de ser sacrificar la salud propia y ajena a una versión ignara de sexo envuelto en alcohol y otras drogas, mala música, torpe conversación y barullo. Prueba de ello es que hay otra juventud muy diferente. ¿Y de qué depende la pertenencia a una u otra? Sobre todo de la familia en que se ha crecido, porque la escuela, por lo antes dicho, tiene un papel menor.

La importancia de salir del odio mutuo

De manera que la situación puede describirse así: para resolver nuestros más graves problemas hay que salir del capitalismo, pero por ahora no se ve forma de salir de él, y menos cuando no existe una izquierda antisistema eficiente y mundialmente organizada.

En tal tesitura viene bien a la salud recurrir a la visión científica, porque desde ella no cabe tener del enemigo una concepción teológica y ello nos libra del odio.

El espectáculo que están dando las llamadas derechas e izquierdas en el parlamento español es nociva, porque ambas se atacan y contraatacan con la misma ira, como si el objetivo de la actividad parlamentaria no fuera proceder a una discusión racional, sino dejar al otro humillado y en ridículo. Lejos de eso, la izquierda haría bien en aprovechar cada ocasión para manifestar una actitud e ideología desde la que se ve al enemigo como determinado a serlo, y por tanto no culpable. Dirigirse a la extrema derecha con respeto y con empatía, y tratar de convencerla de que sus ideas y propuestas entran en contradicción con datos objetivos, pero también con algunos de los valores que ella misma proclama. Claro que no se va a conseguir con ello convencer a dirigentes y militantes, no importa lo buenos y potentes que sean los argumentos, pero a la larga es posible abrir los ojos a muchos de sus votantes. Todo ello a la espera de que en España aparezca algún día una izquierda antisistema que sepa qué tiene que hacer y que esté dispuesta a hacerlo (es decir, que esté dispuesta a renunciar al electoralismo y a la pedrea de cargos públicos y migajas del banquete).

Lo que ha de preocupar a esa izquierda es dotarse de medios para difundir conocimientos e información sin salir de la verdad (privilegio que sólo ella tiene y que no viene utilizando). Y contribuir además a la construcción de una internacional progresista y actuar dentro de ella haciendo complementarios los dos espacios, el nacional y el internacional.

Por ahora… paciencia, pero al menos sería bueno que quedara claro que la mala factura de la población, de la que se siguen nuestros problemas políticos, medioambientales, económicos y de convivencia, no tiene remedio en esta sociedad. Quien quiera luchar contra ellos debe mirar más lejos hasta encontrar la causa.

jmchamorro@jmchamorro.info

SOBRE NUESTRA QUERIDA MONARQUÍA

No vale la pena insistir sobre hechos muy comentados. Sólo recordar que las andanzas de Juan Carlos eran conocidas y toleradas por familia, gobierno y medios de comunicación, y que sólo se empezó a reaccionar cuando los medios de comunicación españoles no pudieron seguir callando.

Primero se obligó al rey a pedir un perdón insincero y más tarde a abdicar. Pero se le nombró rey emérito y se procuró un arreglo legal para que sólo pudiera ser juzgado por el Tribunal Supremo. Como los hechos escandalosos se seguían publicando y había indicios de que podían ser investigados en Suiza, resultaba insostenible su permanencia en el palacio de La Zarzuela, pero en lugar de privarle de sus honores, expulsarlo de la familia real y de palacio y obligarle a que rinda cuentas ante la justicia, se le mantiene en la familia real, en una tercera posición en la línea de sucesión, se respeta su título de rey emérito y se ha pactado con él su huida, concediéndole el derecho a la elección de destino (¡y ha elegido los emiratos árabes!) y a decidir el momento de informar a los españoles. Así han llegado las instituciones españolas (gobierno y casa real) al ridículo presente.

¿Cabe una monarquía democrática?

He leído muchos artículos y comentarios sobre el rey emérito, sus negocios y su huida, y en en todos ellos se da por supuesto que existen democracias en el mundo. Se habla de la alternativa monarquía-república para concluir que la democracia es compatible con ambas formas de Estado, se pondera lo avanzado, política y socialmente, de algunas de las monarquías del mundo (Noruega, Suecia, Dinamarca, Países Bajos, Luxemburgo, Reino Unido, Bélgica) y se justifica la institución hablando de legitimidad de origen y legitimidad de ejercicio.

Para quienes (por lo visto pocos) pensamos que mientras impere en el mundo el capitalismo la democracia no es posible (ver aquí) y que la llamada democracia es siempre una plutocracia disfrazada (es decir, el control del Estado por los dueños del dinero, con apariencia de que es el pueblo el que se gobierna a sí mismo), el tema de la monarquía española se ve de otra forma. Para empezar, carece entonces de sentido decir que las supuestas democracias coronadas europeas prueban que la democracia es compatible con la monarquía.

Más bien cabe decir lo contrario: imaginemos que hubiera un país democrático y que su población decidiera por unanimidad establecer una monarquía. Esa decisión por sí sola acabaría con la democracia previa. La población habría elegido cambiar democracia por monarquía. Pues la monarquía es incompatible con un principio democrático básico, el de que todos somos iguales ante la ley y no caben privilegios políticos hereditarios, menos aún al nivel de la más alta magistratura del país. La monarquía no puede tener por tanto una legitimidad democrática de origen.

Ya sé que esta manera simple de ver las cosas molesta mucho a quienes practican el pragmatismo virtuoso de un sistema democrático mestizo, imperfecto, frustrante y vulgarmente reformista (qué bien escriben), y lo oponen al puritanismo fundamentalista de otros. Pero no, no se trata de puritanismo ni de fundamentalismo, sino de no estar ciego.

En España peor

Por desgracia nuestra actual monarquía tiene peor legitimación de origen que las restantes monarquías europeas.

El genocida Franco no restauró la antigua monarquía al no permitir que fuera rey don Juan, sino que instauró una nueva nacida de su mera voluntad. Nombró sucesor a un muchacho incapaz para el estudio (tal vez por su dislexia) y de ideología fascistoide, como prueba que siempre haya ensalzado al dictador. Ese nombramiento se metió luego de matute en un paquete que llevaba como envoltura seductora la deseada democracia. El trágala consistió en decir al votante español: si quieres salir de la dictadura tienes que votar una forma monárquica de Estado. No se preguntó al pueblo si quería monarquía o república porque las encuestas de que disponía Adolfo Suárez indicaban que un referendum sobre la monarquía se perdería.

Monarca inviolable y jefe de los ejércitos

No acaba la cosa ahí. Resulta que el monarca español es inviolable, es decir, que no puede ser sometido a juicio por muchos delitos que cometa.

Unos afirman que esa inviolabilidad se aplica a lo que hizo hasta que abdicó y otros que durará hasta que muera. En lo que están casi todos de acuerdo es que mientras fue jefe de estado era inviolable hiciera lo que hiciera.

Es cierto que la Constitución ha sido redactada en este punto con calculada ambigüedad, y que por ello requiere interpretación. Una regla elemental de la interpretación solvente es que no puede llevar al absurdo. Absurdo nos parecería que el rey de un país occidental no pueda ser juzgado si asesina al amante de su mujer porque es inviolable. O que si viola a mujeres que trabajan en palacio haya que mirar a otro lado porque es inviolable. De lo que se sigue que tan absurdo es que si roba, cobra comisiones, blanquea dinero o defrauda a Hacienda haya que mirar para otro lado porque es inviolable. La única intepretación racional es, pues, que la inviolabilidad se limita a aquellas acciones propias del cargo que deben ser refrendadas por algún miembro del gobierno.

Añadamos que, para mayor alejamiento del ideal democrático, el rey español es el jefe supremo de los ejércitos y que este cargo es heredable, pertenece a la Familia.

¿Legitimidad de ejercicio?

Bien, aceptemos que no hay legitimidad de origen y que hay anomalías.

¿Podemos hablar de legitimidad de ejercicio como afirman los monárquicos complacientes y también esos republicanos que se decían juancarlistas? Las clases servidoras de nuestra plutocracia se afanaron para fabricar el mito del monarca instaurador de la democracia, salvador de la misma y embajador que ha conseguido grandes beneficios económicos y de prestigio para España.

Ahora setenta y cinco ex altos cargos (entre ellos los socialistas Alfonso Guerra, Celestino Corbacho y Matilde Fernández junto a personajes como Martín Villa y Esperanza Aguirre) reivindican en un comunicado la obra y el legado de Juan Carlos, al que hacen artífice del periodo histórico más fructífero que ha conocido España en la época contemporánea, “una España moderna, con un sistema político, económico y social avanzado fraguado en la libertad, en la justicia y en la solidaridad”.

Es una pena que la realidad esté tan lejos de esa mitología.

Juan Carlos no trajo la democracia ni la prosperidad

Salimos de la dictadura por la presión exterior y por la interna de estudiantes, obreros, abogados, periodistas. Juan Carlos no fue otra cosa que una de las condiciones que pusieron los políticos franquistas. Él se limitó a aceptar el régimen que le sirvieron en bandeja, una “democracia” mucho más falsa que cualquiera otra de Europa, pues no se depuró a las fuerzas armadas, ni a la policía, ni a la judicatura, ni a la alta burocracia heredadas del franquismo, ni se revisaron los espolios y negocios económicos de la dictadura, ni se privó a la iglesia católica de sus privilegios económicos e ideológicos. Una “democracia” que dejó en las cunetas a los asesinados por defender la república y mantuvo el poder en las mismas manos en que estaba, la oligarquía tradicional (terratenientes y burguesía económico-financiera) con el apoyo de la iglesia y bajo el manto protector de un monarca que, vale la pena repetirlo, es jefe máximo de un ejército no depurado. Una democracia con una ley electoral de contenido preconstitucional que garantiza el bipartidismo conservador y exige al partido comunista diez veces más votos que a la derecha para conseguir un diputado.

Una vez establecido ese régimen al gusto de los franquistas, en cuatro décadas no ha podido dignificar la memoria de las víctimas del franquismo, retirar a la iglesia católica sus privilegios, democratizar a fondo el poder judicial, dotar de transparencia a todas las instituciones, monarquía incluida, y desarrollar los artículos de la Constitución en que se reconocen derechos sociales, a fin de que estos derechos sean exigibles ante los tribunales.

En cambio sí ha podido hacer otras cosas: ha privatizado sectores económicos clave y servicios sociales básicos entregando capital público a minorías bien instaladas, ha producido la precariedad laboral presente y ha dado lugar a un gran contingente de trabajadores pobres, ha paralizado la movilidad social ascendente y ha agravado los indicadores de una desigualdad creciente e insoportable, con millones de personas, niños incluidos, en situación de pobreza y de extrema pobreza, con gentes que viven en la esclavitud a que las condena su situación de inmigrantes sin derechos. Y ha encontrado tiempo para reformar la Constitución con nocturnidad y alevosía en contra de la población española y a favor del capital extranjero.

Demuestran un sentido exquisito del humor esos 75 cantores de nuestra monarquía cuando la describen como “sistema político, económico y social avanzado fraguado en la libertad, en la justicia y en la solidaridad”.

Ni Juan Carlos salvó la democracia ni fue un buen embajador de España

Añaden los hagiógrafos que Juan Carlos salvó esta democracia del golpe de estado militar del 23 F. Pero en realidad lo que hizo fue volverse atrás de un golpe militar en el que él mismo estaba implicado, porque la intromisión de Tejero lo hizo inaceptable. El relato de Sabino Fernández Campo sobre lo ocurrido el 23 F deja claro lo que le costó que el rey entrara en razones.

Cierto que Juan Carlos viajaba por el mundo rodeado de empresarios a los que facilitaba negocios al tiempo que él hacía también los suyos. Es decir, fue un embajador que dejaba mal a España ante todos los que conocieran esos tejemanejes. De la misma manera que dejó mal a España con aquella impertinencia del “¿Por qué no te callas?” dirigida a Hugo Chávez, que no fue precisamente campechana y que en España gustó tanto a la chulería andante de la derecha.

Añadamos lo que se ha terminado sabiendo ahora, pero que se sabía desde un principio por quienes se hicieron los sordos y los ciegos.

A pesar de todo la derecha sigue insistiendo en su relato mitificador. Afirma, que algo queda.

¿Presunción de inocencia cuando hay inviolabilidad?

Los firmantes del manifiesto antes citado nos advierten:

Las numerosas informaciones que aparecen estos días sobre determinadas actividades del rey Juan Carlos I han excitado una proliferación de condenas sin el debido respeto a la presunción de inocencia. Si sus acciones pudieran ser merecedoras de reprobación lo decidirán los tribunales de justicia.”

Pero vamos a ver, ¿no es inviolable este señor? Resultará entonces que los ciudadanos no le podemos condenar antes de que los tribunales le condenen, pero los tribunales no le pueden juzgar porque es inviolable. A lo más a que están dispuestos es a revisar sus actuaciones posteriores a la abdicación. Pero aun así con reticencias. El ministerio fiscal no interviene hasta que el fiscal suizo Yves Bertossa exige que se investigue al ex rey en España porque en otro caso será investigado en Suiza.

No se puede evitar que una gran parte de la sociedad española desconfíe de la justicia, por mucho que eso incomode al Consejo General del Poder Judicial. Son muchos los que piensan que están bien amaestrados los jueces y tribunales encargados de proceder contra esos españoles de arriba “que son iguales a los demás españoles ante la ley”. Cierto que a veces no tienen más remedio que encarcelar a alguno de ellos por delitos económicos, pero en tales casos nunca llega la sangre al río. Reciben trato de favor y se quedan con casi todo lo robado para disfrutarlo tras un tiempo reducido de cárcel.

Pero dejando esto de lado, ¿no justifica la condena social a Juan Carlos que su propio hijo le haya considerado culpable y que él haya huido sin dar la menor explicación, sin replicar a las muchas acusaciones que le afectan? Más bien el buen sentido nos lleva a pensar inevitablemente que las cosas reprobables serán sin duda muchas más de las que ya conocemos. Nunca se ha desmentido por la Casa Real que el patrimonio que amasó Juan Carlos ya desde que era príncipe llegue a los 2.000 millones de euros que le asignan publicaciones especializadas. Mientras él calle y no demuestre cuál es su patrimonio ¿cómo no creer que Corinna Larsen maneja datos suficientes cuando asegura que el monarca español debe tener “cientos de cuentas en otras jurisdicciones”, aparte de las ya conocidas en Suiza?

Una cosa es la institución y otra cosa la persona

Pese a que tenemos una monarquía sin legitimidad de ejercicio a causa del comportamiento de Juan Carlos I, se afirma una y otra vez que una cosa es la institución y otra cosa la persona. Juan Carlos ha defraudado a los españoles, pero eso no afecta a la institución.

¿Puede el rey actual encarnar la institución con solvencia achacando a su padre todo lo reprobable?

No, porque la población sospecha con toda razón que Felipe VI, como el resto de la familia, era conocedor de los negocios ilícitos de su padre. Si figura como beneficiario en sociedades creadas por su padre para defraudar, ¿es que su padre nunca se lo dijo? ¿Tampoco le dijo lo que ahora cuenta The Telegraph, que el empresario Josep Cusí, a través de la sociedad Navilot, abonó 269.000 dólares del total de 467.500 que costó su viaje de novios?

El problema de nuestra monarquía es lo que se pueda ir sabiendo sobre cuentas bancarias fraudulentas situadas en paraísos fiscales protectores. Está por tanto expuesta a ser zarandeada por informaciones comprometedoras.

Basta con repasar la historia de los últimos escándalos.

El 5 de marzo de 2019 el despacho británico de abogados Kobre & Kim dirigió una carta a la Casa del Rey en la que le comunicaba su designación como beneficiario de la Fundación Lucum a la muerte de su padre.

La alarma se activa, pero no se hace pública. Ha tenido que pasar un año para que supiéramos que Felipe VI hizo llegar copia de esta carta a su padre, “así como a las autoridades competentes” y comunicó por escrito al despacho de abogados británico que ni Felipe VI ni la Casa del Rey “tenían conocimiento, participación o responsabilidad alguna” de la supuesta designación como heredero. Hemos sabido también que el 12 de abril siguiente el rey compareció ante notario para dejar acta notarial de estos extremos (se supone que a fin de fabricar una futura prueba).

Luego, el 27 de mayo de 2019 el rey emérito anuncia que en junio de ese año “pone fin a toda actividad institucional u oficial, retirándose completamente de la vida pública”. Pero no hace la menor alusión a la causa.

El escándalo salta al fin cuando aparecen informaciones que señalan a Felipe VI como beneficiario de las fundaciones Zagatka, propiedad de Álvaro de Orleans, primo de Juan Carlos I, a quien pagó numerosos vuelos en aviones privados, y Lucum, investigada por la Fiscalía Anticorrupción por recibir supuestamente 100 millones de dólares de Arabia Saudí.

Es entonces, el 16 de marzo pasado, cuando Felipe VI comunica lo que hizo un año antes y es entonces cuando retira a su padre la asignación que tiene fijada en los presupuestos de la Casa del Rey (194.232 euros anuales).

Los diversos informes que van saliendo a la luz revelan una estructura offshore como trama de blanqueo de capitales encabezada por el rey emérito y con su hijo el rey Felipe como segundo adjudicatario de la fortuna. El futuro es borrascoso. Corinna Larsen en una entrevista para la BBC acusa a la Casa Real de ser “una empresa familiar” que se lucra desde hace 40 años. Y lo grave es que esa acusación, sea o no verdadera, resulta muy creíble.

La hace más creíble que el emérito haya huido sin dar explicaciones.

¿Por qué el interés en conservar esta institución?

Apelan algunos, en su afán por mantener la monarquía, al mal final que han tenido las repúblicas españolas, y se fijan sobre todo en la última, achacando sus males a su propia naturaleza, y no a que, como intento progresista, recibió la ofensiva brutal de todas las fuerzas reaccionarias del país.

Otros, contradiciendo su tradición republicana, aceptan la monarquía porque no ven alternativa por ahora.

Alegan que no es momento de abrir este tema porque tenemos grandes problemas que solucionar y no podemos distraernos con asuntos menores. Pero hasta ahora nunca fue buen momento, ni siquiera cuando el PSOE tenía mayoría absoluta y hubiera podido conseguir el apoyo de otras fuerzas.

A estos renuentes les parece inoportuno incluso que se plantee el asunto, sin tener en cuenta que una cosa es modificar la Constitución y otra muy distinta poner un tema sobre la mesa para que la libre discusión vaya generando una opinión pública bien informada. Estamos en un momento en que se hace necesario discutir la conveniencia de convertir España en un Estado federal republicano.

Hay sin embargo un tercer argumento para defender la monarquía y es considerarla el mejor sistema para mantener la unidad en países que tienden a fragmentarse; pues siendo hereditaria la jefatura del Estado queda al margen y por encima de cualquier grupo, partido o territorio, y así funciona como símbolo de unidad de modo más eficiente que si la ostentara el miembro de un partido político. Esa sería la utilidad de monarquías parlamentarias en Estados plurinacionales, como el Reino Unido, Bélgica o la misma España.

Ahora bien, si tan bueno es que el jefe del Estado no sea elegible, ¿por qué no hacer lo mismo con el jefe del gobierno? La verdadera razón de la utilidad de la monarquía es que una mayoría de la población está aferrada a viejas tradiciones, poco evolucionada mentalmente y adoradora del prestigio de la sangre azul, al punto que un problema para las monarquías actuales son los matrimonios de miembros de la familia real con personas no pertenecientes a la realeza o, al menos, a la alta aristocracia.

Pero en España los escándalos del rey emérito unidos a la desafortunada toma de posición del rey Felipe VI en su discurso del 3-O, impiden que la monarquía pueda hacer ese papel de cemento unificante. Tiene un decreciente apoyo entre la gente joven y ha perdido casi todo su carisma allí donde su papel podría ser más efectivo, en Euskadi y Cataluña, territorios animados por el sentimiento independentista.

La situación actual

Pienso que sería un paso adelante eliminar nuestra monarquía y convertir España en un Estado federal republicano, pero para eso hace falta una mayoría en el Parlamento que por ahora no se da. Claro que pueden aparecer mañana nuevas revelaciones que obliguen a un replanteamiento del tema.

Pero si no fuera así, la cosa no es sin embargo tan grave. Puesto que los principios democráticos no se respetan en parte alguna, la forma de Estado pasa a ser asunto secundario. Tanto en monarquía como en república tenemos una mayoría dominada y explotada, tenemos medios de comunicación en manos de bancos y fondos buitre y tenemos una educación popular entregada a las antiescuelas (publicidad, influencers, modelos sociales, escuelas privadas) contra las que poco puede una escuela pública mal diseñada y sin medios.

Puesto que no podemos por ahora convertir nuestro país en “una España moderna, con un sistema político, económico y social avanzado, fraguado en la libertad, en la justicia y en la solidaridad”, resignémonos a lo que hay, aunque sin privarnos de criticarlo desde la objetividad de quien utiliza la razón y no tiene apuestas en el sistema.

Resignémonos por tanto a soportar la monarquía, aunque preguntándonos si podría ser menos gravosa y más presentable.

Creo que no, porque para ello sería necesario:

-Que se despoje de sus títulos y honores a Juan Carlos, sea expulsado de la Casa Real y se le exija que devuelva todo lo adquirido fraudulentamente.

-Que el actual rey declare ante el Parlamento que ha sido sido completamente ajeno a los trapicheos de su padre.

-Que no interfiera si los jueces se atreven a juzgar a Juan Carlos como corresponde.

-Que el Parlamento investigue todo lo relativo al comportamiento y los bienes del rey emérito durante los cuarenta años de su reinado.

-Que se apliquen a los miembros de la Casa Real las normas de transparencia aplicables a los cargos públicos, y que cada uno de esos miembros presente una declaración de bienes ante el Parlamento. No olvidemos que la Ley 19/2013 de Transparencia, Acceso a la Información Pública y Buen Gobierno se aplica a los altos cargos del Poder Ejecutivo, los órganos de los poderes Legislativo y Judicial, así como otros órganos constitucionales y reguladores. También a los partidos políticos, organizaciones sindicales y empresariales, pero nada dice sobre la declaración pública de actividades, bienes y patrimonio de la Familia Real.

-Que si cualquiera de los miembros de la Casa Real tiene bienes no declarados hasta ahora, o ha blanqueado dinero o ha evadido impuestos, se someta a la justicia.

-Que se modifique la legislación sobre la Casa Real, limitando la inviolabilidad del rey a aquellos actos que tienen que ser refrendados por el gobierno.

-Que el rey deje de ser jefe supremo de las Fuerzas Armadas.

¿Verdad que ni siquiera esto es posible? Pues sigamos con las mentiras de que se nutre la Gran Mentira.

jmchamorro@jmchamorro.info

FEMINISMO Y TEORÍAS FEMINISTAS (III): LA TEORÍA MARXISTA

Silvia Federici y otras feministas influenciadas por el marxismo han criticado a Marx porque no analizó la forma específica de explotación de las mujeres en la sociedad capitalista moderna. El problema de la mujer carece de presencia en las formulaciones tradicionales de la teoría marxista pese a que Marx, Engels y, por ejemplo, Auguste Bebel, miembro del partido marxista alemán SDAP, y autor de La mujer y el socialismo, denunciaron en el siglo XIX la brutal explotación de las mujeres.

Pienso que ello se debe al error de teorizar las clases sociales básicamente con el criterio estructural, es decir, por la posición de las personas respecto a la estructura económica, de lo que se ha seguido la tendencia a primar a dos clases, la burguesía (los dueños de los medios de producción) y el proletariado (los obligados a vender su fuerza de trabajo), quedando las mujeres distribuidas en esas dos clases de la misma forma que los hombres.

Pese a esta y otras deficiencias, sobre las que hay mucha literatura, el marxismo es la única teoría general existente por ahora en el campo social.

Contra el predominio del marxismo se intentaron dos estrategias, siendo la más razonable formular una teoría alternativa de carácter conservador. Lo intentó a medias Max Weber y de manera más completa T. Parsons, que utilizó la teoría de sistemas, inexistente en tiempos de Marx, e incluyó en el núcleo de su teoría el modelo psicológico de Tolman. Este intento se llamó funcionalista porque venía a decir que en la sociedad no hay conflicto, sino que cada parte del sistema social cumple la función de contribuir a la estabilidad del todo. No preveía disfunciones ni conflictos irresolubles (por ejemplo el de clases) de manera que la teoría se tuvo que abandonar por insolvente. Luego ni siquiera ha llegado a fracasar la teoría habermasiana, tan ingenua y con pilares tan imaginarios que sólo sirve para conversaciones y páginas académicas.

A la vista de estos fracasos se eligió una segunda estrategia inaugurada por Merton, discípulo de Parsons, que desde el campo de la sociología abominó de las teorías generales (como si pensara “ya que la nuestra no vale, que no valga ninguna”) y prescribió las teorías de corto alcance, estrategia a la que se sumó a su modo el pensamiento posmoderno con enorme ahínco y despliegue, como describí en la entrada anterior de este blog.

Pero el decaimiento de la teoría marxista no ha venido de estos ataques, sino de que acabó siendo una escolástica en torno a unos dogmas, no una ciencia en progreso, y perdió por ello la posición de máximo prestigio intelectual de que gozaba durante la primera mitad del pasado siglo.

No hay problema para eliminar sus defectos y completarla en lo que sea necesario con el conocimiento que se ha ido acumulando en el campo de las ciencias sociales desde tiempos de Marx. Pues lo cierto es que fuera del marxismo se trabaja en la oscuridad teórica o a la mera luz del conocimiento ordinario.

Una teoría feminista de carácter marxista se diferencia de otras en que no habla de géneros ni se limita a hablar de hombres y mujeres. Habla de dominación y explotación, pero no colocando a los hombres en la parte activa y a las mujeres en la pasiva. Más bien establece clases de hombres y clases de mujeres por la posición de unos y otras en la estructura económica y por la asimilación de distintas ideologías, en algunas de las cuales quedan disueltos los elementos pervivientes de la llamada cultura patriarcal.

La teoría marxista describe nuestras sociedades capitalistas como falsas democracias, con un Estado que garantiza que la clase que dispone de la mayoría de la riqueza domine y explote a las clases sociales populares. Hombres y mujeres están apresados en una estructura de clases que se superpone a la división por sexos. Una parte de las mujeres pertenece a la minoría explotadora o a sus instrumentos de dominación, mientras la mayor parte de las mujeres y de los hombres pertenecen a la mayoría explotada, estando además las mujeres de esa mayoría sometidas a una doble dominación y explotación.

La derecha quiere presentar esos conceptos como una demagogia trasnochada, precisamente ahora, que el nivel de dominación y explotación alcanza cotas realmente escandalosas y la lucha de clases latente ofrece continuos y preocupantes indicios, aunque sea en la forma transmutada de odio mutuo entre grupos sociales extensos.

¿Qué entenderemos por sexo? ¿Hay hombres y mujeres?

Vengo hablando de mujeres y hombres como si esta distinción tuviera sentido, como si realmente hubiera mujeres y hombres en el mundo y no una ilimitada variación de rasgos que hacen imposible toda clasificación.

Actualmente para distinguir entre hombres y mujeres los textos médicos emplean los criterios biológicos siguientes: a) sexo genético, es decir la presencia de cromosomas sexuales XX en las mujeres y XY en los hombres, y la presencia o ausencia de genes determinantes del sexo; b) estructura gonadal (presencia de ovarios en las mujeres y testículos en los hombres); c) la forma de los genitales externos (pene y vulva); d) la morfología de los genitales internos (útero y trompas de Falopio en las mujeres y su ausencia en los hombres), y e) las hormonas sexuales (estrógenos y progesterona en las mujeres y andrógenos en los hombres).

Cuando nace una persona se inscribe al nacido como varón si tiene pene y testículos, y se inscribe a la nacida como hembra si tiene vulva y vagina, y se da por supuesto que si el niño o la niña obedecen a los modelos normales van a cumplir con los criterios restantes. Esto no ocurre siempre, hay anomalías. A veces nacen personas intersexuales, hermafroditas o con una disposición cromosómica contraria a su sexo fenotípico; por ejemplo, hombres con cromosomas XX o con niveles elevados de estrógenos y progesterona, o mujeres XY, o con cifras elevadas de andrógenos. Además, puede darse un número anormal de cromosomas, tales como el síndrome de Turner, en el que está presente sólo un cromosoma X, y el síndrome de Klinefelter, en el cual están presentes dos cromosomas X y un cromosoma Y. Otras disposiciones cromosómicas menos frecuentes son las de tres, cuatro o cinco X.

¿Quiere ello decir, como afirma algún científico simpatizante de la teoría queer, que no está claro qué es un hombre y qué una mujer, o que, dada la individualidad biológica, no existen dos, cinco o un número determinado de sexos, sino un sexo individual, que puede oponerse perfectamente al paradigma de dos sexos únicos y que se acerca más a la amplitud y riqueza de las expresiones psíquicas y sociales de los transgéneros? En absoluto. Aunque en cada individuo exista una combinación única de elementos masculinos y femeninos ello no es obstáculo a que hagamos clasificaciones útiles, sin las cuales no podríamos hablar de nada, ni de árboles, animales, tormentas o zanahorias, pues nos veríamos obligados a hablar sólo de cada unidad como objeto único e inclasificable, y desaparecerían del lenguaje todos los nombres comunes a cambio de infinitos nombres propios. No nos sería posible hacer generalizaciones útiles y por tanto quedaría anulado tanto el conocimiento ordinario como la ciencia con sus leyes.

Clasificar es agrupar entidades que comparten alguna cualidad, aunque difieran en otras cualidades.

Dividir a la población en las dos grandes clases de hombres y mujeres por el criterio morfológico antes indicado vale para la mayoría de las cuestiones que atañen al sexo, que son muchas e importantes, aunque para otras sea preciso establecer subclases dentro de cada una de ellas.

Por ejemplo, si estudiamos la homosexualidad o la bisexualidad tendremos que contar con las subclases de hombres y mujeres homosexuales o bisexuales para comparar sus innatismos y aprendizajes con los de las personas heterosexuales. Si nos ocupamos de la intersexualidad o del hermafroditismo tendremos que seleccionar como clase a las personas intersexuales o hermafroditas para establecer comparaciones con las que no lo son.

En un porcentaje abrumador los hombres se consideran hombres y las mujeres mujeres. Está luego el pequeño porcentaje de personas trans, divisible en la subclase de hombres trans (hombres que no quieren ser hombres y que quieren ser mujeres, llamados “mujeres trans”) y la subclase de mujeres trans (mujeres que no quieren ser mujeres y que quieren ser hombres, llamadas “hombres trans”). Y aun dentro de cada una de estas dos clases hemos de considerar como nuevas subclases la de las personas que se hormonan, la de las que se hormonan y recurren a la cirugía y la de las que ni se hormonan ni recurren a la cirugía.

Decir que las personas trans eligen su género no ayuda a entender las cosas, más bien las confunde.

Para cualquier progresista las personas trans tienen pleno derecho a hacer con sus cuerpos lo que quieran, a presentarse ante los demás como prefieran y a pensar de sí mismas lo que les dicte su mente. Además merecen respeto social, protección frente a maltratos y cualquier ayuda que necesiten. En esto consiste el respeto a los derechos humanos. Tienen también derecho a que su condición quede reflejada en los registros públicos. El hombre que se considera mujer tiene derecho a que se le inscriba como lo que es, un hombre trans, y la mujer que se considera hombre como una mujer trans. A lo que no tienen derecho es a imponer a los demás su teoría posmoderna. Un hombre trans puede considerarse mujer, pero no tiene derecho a que los demás le consideren mujer. Desde una teoría que no se haya rendido al pensamiento posmoderno está claro que la pretensión de las personas trans sólo puede desembocar en una imitación, nunca en un cambio de sexo. Imitación, insisto, a la que tienen derecho y que debe ser respetada, eso es todo.

Lo mismo piensa Debbie Hayton, mujer trans y profesora de secundaria en Reino Unido, que en un artículo muy sensato (ver aquí) ha escrito: “como mujeres trans […] tenemos que ser honestas. Somos hombres y, por lo tanto no somos lo mismo que mujeres.”

¿Cómo es posible que la aberración intelectual posmoderna haya tenido y siga teniendo seguidores? Sólo por una razón, porque el pensamiento racional que se podía oponer, el marxista, hace tiempo que escapó del campo de batalla ideológico.

Una cosa es el sexo biológico y otra las ideologías sobre el sexo a las que luego me refiero. Fuera de estos espacios quedan los deseos y sentires, y allá cada cual con los suyos.

Dominación

En el principio fue la fuerza corporal. Los hombres más fuertes en la caza, la guerra, las justas o el deporte conseguían honores, riquezas y poder, y ninguna mujer podía sentirse a salvo si no tenía hombres (padre, hermanos, esposo) que la defendieran de la fuerza de otros hombres. Los hombres más fuertes podían elegir a las mujeres de su gusto, y ellas no tenían otra forma de sentirse protegidas. De manera que por su mayor fuerza corporal los hombres dominaron a las mujeres, los hombres fuertes a los débiles y los adultos a los niños.

Todavía es la fuerza la que sigue decidiendo los papeles sociales, sólo que ahora ya no está vinculada al cuerpo del hombre. Ahora reside sobre todo en la riqueza, capaz de doblegar voluntades, controlar Estados, fabricar leyes y enfrentarse con éxito a la fuerza opuesta, sea en el propio país o en el ámbito internacional. La élite en el poder está formada por quienes han adquirido la propiedad o el control del capital industrial y financiero.

Para ocupar establemente una posición explotadora es necesario mantener la dominación sobre la mayoría social, y por eso la élite económica se auxilia de los detentadores del poder político, los altos funcionarios, los controladores de los medios de comunicación, los intelectuales influyentes y los gerentes de las grandes corporaciones, servicios por los que paga tan bien que muchos de estos servidores pasan a formar parte de la élite económica. Por ejemplo, los salarios de los primeros ejecutivos del IBEX 35 suponen 100 veces el salario medio de las personas que trabajan en dichas empresas, y eso es sólo una parte de sus emolumentos.

Como bien captó Marx, el Estado, que se presenta como neutral, es una institución al servicio de la clase dominante, cuyos intereses son defendidos por la legislación, la judicatura y el monopolio de la fuerza (policías, carceleros). “Hoy el Poder público -se dice en el Manifiesto Comunista- viene a ser, pura y simplemente, el Consejo de administración que rige los intereses colectivos de la clase burguesa.”

Este es el Poder al que Foucault prefirió no mirar, sustituyéndolo por numerosos micropoderes que se contraponen y anulan unos a otros.

Siendo la dominación básicamente el monopolio estatal de la violencia, puede tomar dos formas, la que se denomina dictadura y la que se denomina democracia, asunto al que ya me he referido en otras entradas de este blog (ver aquí).

No quiere esto decir que toda posición relevante en los mecanismos del Estado, o de los medios, o de la Universidad tenga por finalidad mantener una estructura social explotadora, pues también cabe una actividad antisistema, bien que, tras las grandes revoluciones del pasado, esa actividad se viene mostrando poco poderosa.

2. Como antes dije, hay mujeres que ocupan puestos en las estructuras de dominación de clase (altos cargos públicos y alto funcionariado, legisladoras, comunicadoras influyentes, etc.), aunque en una gran proporción, sin embargo, las mujeres son víctimas de dominación de clase y víctimas además de dominación por sexo.

Las mujeres han estado relegadas a ciudadanas de segunda clase en la sociedad y dentro de la familia durante el tiempo en que la fuerza de las leyes les impedían ejercer derechos en igualdad con los hombres. Baste recordar el derecho de sufragio, el de contratar sin tutela masculina, el de disponer de la misma libertad sexual que el varón en temas como la virginidad o el adulterio, etc.

Gracias sobre todo a la lucha de las mujeres encuadradas en movimientos feministas, la violencia legal ha casi desaparecido en muchos países, no todavía en todos. La nueva legislación intenta imponer una relación de igualdad entre los sexos, pero no tiene éxito completo. Todavía seguimos viviendo efectos de una distribución de poder que nació de la legislación antigua, y todavía hay formas de dominación que tienen que ver con la fuerza corporal (por ejemplo la violencia machista en la familia y fuera de ella cuando llega al acoso, la violación o el asesinato).

Explotación

1. La explotación ha tomado a lo largo de la historia diversas formas, pero es en todo caso una desviación de lo que debería ser un reparto equitativo de la riqueza social.

Marx consideró que en el capitalismo el mecanismo de la explotación es la plusvalía (el valor que el trabajador produce más allá del que el patrono le paga), concepción que ha recibido críticas, algunas con fundamento, y de las que han deducido los conservadores que la explotación no existe, algo tan audaz como si alguien dedujera, del error ocasional de un epidemiólogo, que la actual pandemia no existe.

El marxista analítico J. Roemer elaboró en 1982 (Una teoría general de la explotación y la clase) una definición de explotación cuya ventaja es que no la liga a los conceptos de producción y plusvalía, como hizo Marx, sino al de mercado.

Parte Roemer de la idea de que la riqueza de una sociedad es la que es y si en el reparto unos pocos se llevan la mayor parte a muchos otros les ha de quedar la parte menor, lo que quiere decir que hay una relación causal entre riqueza y pobreza, relación que habitualmente se ignora.

Diremos que el rico explota al pobre cuando pueden establecerse dos condiciones: que el bienestar del rico depende causalmente de las privaciones del pobre (los ricos son ricos porque los pobres son pobres y al contrario); y que el bienestar del rico depende del esfuerzo del pobre (el rico, a través de un mecanismo u otro, se apropia de parte de los frutos del trabajo del pobre). El primero de estos criterios define por sí mismo la opresión económica, pero no la explotación. Obreros sin trabajo son, en esos términos, económicamente oprimidos pero no explotados.

Roemer demuestra mediante una serie de modelos matemáticos que la explotación basada en el mercado es estrictamente una consecuencia de la desigual distribución de los derechos de propiedad sobre los medios de producción. Dada esa desigualdad el intercambio mercantil tiene como resultado una transferencia explotadora de trabajo desde los pobres en propiedad a los ricos en propiedad, todo ello al margen de la naturaleza de las relaciones de producción. Resultaría así que la función principal del mercado no es ser la mano invisible que controla la economía, sino servir de mecanismo para esa transferencia, que concede riqueza y pobreza personales sin tener en cuenta la aportación de cada cual y sus necesidades. Estos días hemos podido ver la contribución importante al bienestar colectivo de trabajos despreciados y mal pagados por el mercado.

La explotación aumenta no sólo cuanto menos se pague por el trabajo (mejor si no se paga nada, como ocurre con una parte del trabajo que hacen las mujeres) sino además cuanto más se mueva el mercado. Para que la explotación llegue a los niveles que conocemos es necesario producir sin tasa, no importa qué, ya se encargará la publicidad de fabricar el deseo y la necesidad. Conocemos los efectos que sobre el medio ambiente tiene el consumo incontinente, pero eso no importa a los que se enriquecen ni a sus gobiernos vasallos. De manera que la publicidad es cada día más atosigante y descarnada, y el afán consumista más peligroso, mientras la producción incontinente se presenta como el único remedio contra el paro y la recesión económica.

2. De lo anterior se sigue que ocupan una posición explotadora quienes reciben más de lo que les correspondería según su contribución y sus necesidades, y que ocupan posición de explotados los que reciben menos. Se trata de un criterio de clasificación que tiene límites borrosos en el centro, pero claros en la parte alta y baja de la pirámide social.

Hay que añadir que este proceso se caracteriza por la realimentación positiva. Al concurrir al mercado en diferentes posiciones podemos predecir que, en general, los ricos se irán haciendo más ricos a costa de los restantes, lo que significa que se colocarán en posición de recibir mayores dosis del trasvase que el mercado realiza desde los bolsillos de los más a los bolsillos de los menos. Tal predicción se cumple. No se cumple en cambio la predicción conservadora de que, cuanto más dinero haya en manos de los ricos, más aumentará la riqueza social y más se beneficiarán los pobres.

Este concepto de explotación es técnico, no moral. Se puede ocupar una posición explotadora siendo persona compasiva, se puede ocupar esa posición sin conciencia de estar haciendo daño a nadie. Pensemos en alguien que lucha por los derechos humanos y que hereda una gran fortuna. Esa gran fortuna le convierte en objetivamente explotador según la definición anterior, lo que no dice nada sobre su contextura moral.

3. Si cruzamos el criterio estructural de clase con el de sexo encontramos la clase de mujeres que, aunque en menor número que los hombres, están en posición de explotadoras por su nivel de ingresos. Dado que el sexo produce relaciones familiares, hay mujeres unidas por esas relaciones con hombres que ocupan posiciones de explotación. En la medida en que ellas disfruten del patrimonio familiar están compartiendo esa posición.

Pero al igual que ocurre con la dominación, la mayoría de las mujeres se ven sometidas, además de a la explotación por clase, a una explotación por sexo.

En efecto, siguen realizando de manera gratuita la mayor parte de los trabajos necesarios para la reproducción de la sociedad, condición imprescindible para que la vida económica sea posible.

Con frecuencia su salario es inferior al del hombre por el mismo trabajo (en las empresas del IBEX, por ejemplo, el salario medio de los hombres fue en 2018 de 46 mil euros frente a 39 mil de las mujeres).

Realizan casi en exclusiva una serie de trabajos (de cuidados, de limpieza en hoteles y hospitales, de empleo doméstico) muy mal pagados, especialmente si se trata de mujeres inmigrantes o pertenecientes a otras etnias.

La mayoría de las familias monoparentales (en España cerca de dos millones) están encabezadas por mujeres que caen en la pobreza o en la extrema pobreza porque el cuidado de los hijos les impide trabajar fuera de casa salvo en la economía sumergida o en puestos de trabajo mal retribuidos.

Hay mujeres que cobran lo mismo que los hombres por el mismo trabajo (por ejemplo funcionarias públicas de nivel medio y bajo), pero la maternidad las penaliza con dificultades que impiden el mismo progreso profesional que los hombres.

La caída en las redes de prostitución y el recurso al vientre de alquiler da idea de la situación de explotación extrema en que se encuentran muchas mujeres.

La ideología que legitima dominación y explotación

Hablar de cultura patriarcal no sirve de mucho para describir un panorama sociológico lleno de complejidades. Hay por el contrario que tomar en cuenta distintos tipos de ideología.

Se puede llamar ideología a la estructura mental de cada persona, esto es, al sistema de conocimientos, afectos y pautas de conducta que genera comportamientos. Incluye la forma de concebir la sociedad, la riqueza y la pobreza, el delito, la vida honorable según sexo y posición social, la relación entre los sexos, la vida y la muerte, el alma, dios, la otra vida, la ciencia, etc.

En las sociedades elitistas no hay un solo modelo de ideología compartido por todos sus miembros, no van asimilando los mismos significados los niños que las niñas, ni los de clases altas que bajas. Son muy diferentes las experiencias y las enseñanzas en una familia de campesinos pobres, o de terratenientes, o de aristócratas ricos, o de intelectuales.

Cierto que hay elementos que se repiten, compartidos por un número grande de personas, pero se integran en sistemas diferentes y con efectos diferentes.

Puesto que el estudio de las ideologías es básico, se pueden hacer clasificaciones según criterios que dependerán del propósito de cada investigación. A la izquierda anticapitalista, por ejemplo, le interesa para políticas a largo plazo tener en cuenta diferencias entre ideologías prosistema y antisistema, y dentro de ellas diferenciar por capacidad para asimilar información nueva y también por estructura afectiva (altruista o egoísta). En esa trama de ideologías hay que reordenar a las distintas clases de hombres y mujeres.

Las ideologías antisistema propugnan la emancipación, mientras que las prosistema legitiman un sistema injusto. En las primeras puede darse la coherencia y la objetividad, mientras que las segundas necesariamente han de consistir en lo que Marx denominó “falsa conciencia”, es decir, en falsedades que se difunden desde púlpitos, símbolos, arte, literatura popular, fábulas, etc. y que niños y niñas van aprendiendo ligadas a su afectividad más profunda, la que tiene que ver con la aceptación social, la seguridad terrena y la salvación ultraterrena. A su predominio contribuye no sólo la costumbre modelada por milenios de elitismo, sino el sistema educativo deficiente, la conformación de la opinión pública mediante los medios de comunicación más influyentes, todos en manos del capital, y el continuo ofrecimiento de modelos que la publicidad lleva a cabo.

En este sentido peyorativo, la ideología puede definirse como un estado de conciencia a través del cual hombres y mujeres son ignorantes del origen social de sus ideas, valores y creencias, de la conexión de todo ello con intereses de clase o de sexo y del papel que esas ideas juegan en el mantenimiento y reproducción del orden social, un orden social de hecho injusto y modificable, pero presentado como natural, inevitable y justo. El valor funcional de la ideología así considerada es grande, pues en la medida en que facilita la adaptación de las personas explotadas ahorra a las clases dominantes el empleo de la fuerza para reducirlas a su condición.

2. Dada la ancestral relación entre el trono y el altar, las religiones han contribuido a la ideología legitimadora de la riqueza privada, tanto en mujeres como en hombres, ocultando que esa riqueza es efecto de la pobreza ajena (es decir, ocultando la relación causal entre riqueza y pobreza). Dios prohíbe el robo, y el pobre lo acepta, dado que no quiere que le roben lo poco que tiene. El pobre que encuentra la cartera del rico y la devuelve es ensalzado por su honradez. Tan interiorizada está la malicia del ataque a la propiedad ajena que una acusación humillante es haber hurtado una crema de belleza en un supermercado. Cualquier manifestación que ponga en cuestión el derecho de propiedad sin límites es en seguida perseguida como si fuera un ataque a un sagrado derecho humano.

La riqueza resulta así un ideal de vida que mujeres y hombres desean como si no tuviera contraindicaciones y efectos perversos. El rico no hace mal a nadie, incluso puede hacer el bien si dedica una parte de su riqueza a la caridad y la filantropía. Si el rico tiene una fábrica con mil empleados no se dice que explota a mil trabajadores, sino que da trabajo a mil personas que le deben la suerte de no estar en paro. Y como fomentar el deseo de riqueza puede tener efectos perversos si demasiada gente es consciente de que no tiene una vía para conseguirla, ahí están las loterías, que aplazan indefinidamente la conciencia de suprema frustración.

La relación causal entre riqueza y pobreza se niega con el argumento de que la riqueza aumenta si la mayor parte del dinero está en manos de los ricos, que son los que mejor lo hacen rendir. Por tanto la riqueza del rico beneficia al pobre. Se añade que si se abruma al rico mediante impuestos, los emprendedores perderán motivación y la riqueza de la sociedad bajará y por tanto habrá más pobres. Una ojeada a la realidad da cuenta del supremo cinismo de estos argumentos.

Ideología para legitimar el machismo

Las ideas, valores y pautas que legitiman el machismo están aún plenamente vigentes en muchas partes del mundo. Entre nosotros más de lo que parece. Tienen dos funciones: la que justifica la posición subordinada de la mujer y la que ensalza a la mujer para que su posición subordinada le resulte atractiva.

a) El papel subordinado de la mujer se ha justificado recurriendo al determinismo biológico, interpretado como que la mujer es por naturaleza inferior al hombre, tanto desde el punto de vista físico como intelectual y moral. De ahí que requiera la tutela masculina.

Para conseguir que la mujer sea una propiedad fiel del hombre se ha doblegado su naturaleza con ayuda de las religiones y las buenas costumbres, sometiéndola al ideal de la honestidad y de la fidelidad.

Que la mujer sea virgen cuando llega al matrimonio y que luego sea fiel al marido (o dicho de otra forma, que no conozca a otro hombre que a su dueño) no sólo garantiza la paternidad, sino que da seguridad al hombre, ya que su mujer no puede establecer comparaciones a la hora de juzgar. El adulterio femenino, que no el masculino, ha recibido un implacable castigo social.

Dedicadas las mujeres a tareas consideradas menores, las domésticas y de cuidados (“la mujer honrada, la pierna quebrada y en casa”), los hombres han podido tomar como prueba de la inferioridad femenina lo que sólo era un efecto del orden social, de la educación y de las costumbres.

Decía Bebel refiriéndose a la situación de la mujer a fines del siglo XIX que “las condiciones mantenidas durante una larga serie de generaciones acaban por convertirse en costumbres: la herencia y la educación las hacen aparecer como “naturales” a las dos partes interesadas. Es así como la mujer acepta todavía hoy su situación de inferioridad como una cosa evidente por sí misma. Nos cuesta mucho demostrarle que su situación es indigna de ella, y que ella debe buscar por convertirse en un miembro de la sociedad que posea los mismos derechos que el hombre, y sea su igual bajo toda relación.”

b) Al tiempo que se ha considerado a la mujer inferior, débil y semi incapacitada (incluso para ofender: “manos blancas no ofenden”), se la ha compensado con gestos de caballerosidad, y haciéndole creer que es la depositaria de la belleza (bello sexo) y objeto del amor romántico del hombre. Con el mito del amor hasta la muerte se disfraza un instinto biológico que tiene plazo de caducidad, y la imagen del matrimonio que dura toda la vida, en amor feliz, pasa a ser símbolo del ideal de vida.

La mujer es ensalzada por su papel fundamental en la casa mientras el hombre gana fuera el sustento de la familia, ella como complemento del hombre, generadora de estabilidad, apoyo en la lucha (detrás de cada gran hombre hay una gran mujer) y sobre todo madre (y así se puede conciliar el desprecio a las mujeres con la devoción por la madre).

Una consecuencia es que todo lo que no sea heterosexualidad dirigida al matrimonio se considera una aberración socialmente perseguible.

2. Aunque este machismo tradicional carece ya de apoyo legal (gracias a la batalla dada por el feminismo), sigue influyendo en el comportamiento de una parte de la población, mujeres incluidas.

Vivimos una crisis cultural, y ello quiere decir que las viejas ideas y valores han entrado en quiebra en su formulación explícita, lo que no significa que no sigan haciendo efecto en muchas mentes por su secreta conexión con otras ideas y valores.

Hay mujeres que, por su hábito de fidelidad a lo que aprendieron, ven con antipatía el comportamiento de las nuevas generaciones feministas, las hay que conservan ideas y valores de la vieja cultura patriarcal porque son de clase alta y repudian todo intento subversivo del orden social, y hay muchachas que aceptan que su chico les controle el teléfono móvil sin derecho a hacer ellas lo mismo.

La hostilidad que sigue habiendo en nuestras sociedades contra las formas no heterosexuales hace que muchos deportistas no se atrevan a salir del armario por miedo a la reacción de compañeros y aficionados.

Y hay hombres que aceptan tesis del feminismo (como que hay que repartir las tareas domésticas), pero se hacen los distraídos cuando la mujer, siguiendo hábitos culturales, se ocupa de la mayor parte de esas tareas.

Cierto que contra estos residuos hay una oposición cada vez mayor, en la que coinciden los distintos feminismos y un número creciente de hombres.

El punto ciego

Algo es sin embargo sorprendente. Las feministas que están atentas al uso de la imagen femenina en la publicidad, no lo están tanto al contenido de la publicidad misma. Pues dejan fuera de foco, o al menos no lo incluyen en sus discursos y condenas, el principal residuo de la ideología machista, plenamente vigente y de incalculables efectos. La idea del bello sexo y del amor romántico persiste con inusitada fuerza: los chicos al gimnasio y las chicas a realzar su belleza con vestidos sugerentes, pinturas y adornos a fin de aumentar su capacidad de seducción para encontrar el amor sin el que la vida no vale la pena.

Esta creación ideológica es la más insidiosa y peligrosa, pues sirve para marcar a la mujer como lo ocioso, lo desnaturalizado, lo desvalorizado tanto si no ha accedido a belleza y amor, como si el paso del tiempo ha marchitado la fragante realidad de la juventud.

Si pocas mujeres jóvenes aceptan ya su inferioridad respecto al hombre, casi todas aceptan este mito, del que se derivan numerosas consecuencias acerca de motivaciones, preferencias, papeles, autoestima y prácticas. Entre ellas una forma de “ser y sentirse mujer”. Ahí tenemos a las numerosas mujeres jóvenes contratadas para publicidad y presentación de programas en televisión, que actúan como modelos a seguir. ¿Qué las diferencia de los hombres que tienen papeles semejantes? El exceso de maquillaje, el vestuario sugerente que ha de cambiar en cada aparición, lo mismo que el peinado, y los altísimos tacones de aguja. Incluso los hombres trans que quieren parecer mujeres imitan, sobre todo, este aspecto espurio de la feminidad. Sobre este punto me remito a Machismo oculto (en hombres y mujeres).

Dos feminismos

1. Si pasamos de las mujeres a los movimientos feministas y los relacionamos con las estructuras de dominación y explotación, podemos dividirlos en prosistema y antisistema.

El feminismo prosistema (incluido el de orientación socialdemócrata), lucha para que las mujeres no sean más explotadas y dominadas que los hombres, pero acepta que lo sean tanto como ellos. Lucha también para que las mujeres puedan ser tan explotadoras y dominadoras como los hombres, es decir, lucha contra el techo de cristal que impide a las mujeres el ascenso a esas posiciones de explotación y dominación. En muchas ocasiones la discriminación positiva tiene este propósito.

No quiere ello decir que las feministas conservadoras no se estén empleando en una lucha legítima, sino que, si se cumplieran todos sus propósitos, aún así la mayoría de las mujeres seguiría condenada a la dominación y explotación de clase.

En cambio el feminismo antisistema defiende que, puesto que muchas mujeres sufren una doble dominación y una doble explotación, lo adecuado a sus intereses es luchar por una doble liberación, la cual implica también la liberación de los hombres, por lo que han de coincidir en su lucha con los hombres que militan en una izquierda anticapitalista.

2. De esta breve exposición del asunto se concluye que una teoría de clases que tome en cuenta la explotación y dominación estructurales y además su relación con el sexo, nos obliga a dividir la clase de las mujeres y la clase de los hombres en subclases que nos permiten hacer análisis tan finos como se quiera sin emplear el término “género” en sus distintas combinaciones, que más que a explicar vienen a ocultar la riqueza de situaciones e intereses.

Quienes consideran que el “género” es una categorización de las actitudes que son ‘masculinas’ o femeninas'”, tales como que “la niña debe hacer la limpieza y el varón no debe llorar”, no parecen haber percibido que hay ideologías emergentes y en crecimiento que no aceptan esas categorizaciones. Por su ideología podemos distinguir diferentes clases de hombres y de mujeres que se sitúan en posiciones distintas y aun contrarias respecto al eje dominación-explotación. Esas clases son investigables, con indudable ventaja para nuestro conocimiento de la situación.

jmchamorro@jmchamorro.info

FEMINISMOS Y TEORÍAS FEMINISTAS (II): LA FILOSOFÍA POSMODERNA Y LAS TEORÍAS DE GÉNERO y QUEER

Hay una polémica reciente, muy encendida, que tomo como introducción al tema de que me voy a ocupar.

La comunidad trans ha venido contando con el apoyo de las agrupaciones feministas y también del gobierno del PSOE, por cuya iniciativa la ley 3/2007 permite el cambio de sexo en el registro civil a mayores de 18 años si un informe clínico diagnostica la disforia de género (disonancia entre el sexo biológico y la identidad sexual sentida) y el solicitante ha sido tratado médicamente durante al menos dos años (con exigencia de hormonación, aunque no de cirugía de reasignación sexual).

El caso es que los grupos queer no están satisfechos con lo conseguido y quieren que baste la petición personal de un niño o un adulto para que el registro civil altere la asignación de sexo. De manera que se puede ser oficialmente hoy hombre, mañana mujer y otra vez hombre, con los efectos sociales que de ello se siguen y que estarían originados, en perjuicio de terceros, por una sola voluntad individual. El colectivo queer afirma que exigir condiciones, como el informe de un psicólogo o la prueba de que ha habido un proceso de hormonación previa, es patologizar a la persona trans e impedir su autoasignación.

El PSOE, lo mismo que Unidas Podemos en las propuestas de Ley Trans de 2018 y de LGTBI de 2017, se había plegado a estas exigencias y pasó a defender que es suficiente para la alteración del registro una declaración que deje acreditada la voluntad del solicitante. Pero más tarde ha reconsiderado el asunto y ha enviado desde Ferraz a sus cargos orgánicos un argumentario en el que se opone a que los sentimientos de una persona tengan “automáticamente efectos jurídicos plenos”, exigiendo ahora una “situación estable de transexualidad”, con lo que se vuelve a la ley 3/2007 impulsada por Zapatero.

La decisión se argumenta apelando a las consecuencias de la autoasignación de sexo: afectaría a las estadísticas, que se desagregan por sexos para saber si hay discriminación, desigualdad laboral o social, feminización de la pobreza y techo de cristal; sería por otra parte un ataque a la ley de violencia de género, pues un hombre maltratador podría declarar que se siente mujer para no ser juzgado por este delito; los efectos jurídicos automáticos podrían además afectar a las políticas de paridad y de representación equilibrada de las mujeres e impactar en recursos y servicios como casas de acogida.

Cabe añadir que la no discriminación en el deporte que exigen las personas trans podría llevar a que jugadores de fútbol, tras declararse mujeres, pretendieran entrar en un equipo femenino y consideraran una agresión a los derechos humanos que las normas federativas lo impidieran.

La reacción de miembros del colectivo trans ha llenado estos días muchas páginas. Baste citar la de Patricia Reguero en el diario El Salto, la de Ruth Toledano en eldiario.com, o la de la Fundación Triángulo y la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Trans y Bisexuales (FELGTB), esta última recordando que la autodeterminación de género de las personas trans ha sido exigida por varios organismos internacionales, entre ellos Amnistía Internacional o el Consejo de Europa, así como la propia Organización Mundial de la Salud (OMS) que despatologizó la transexualidad en 2018.

Sus comentarios son semejantes a los de la diputada de la Asamblea de Madrid, Carla Antonelli, que en una entrevista publicada en Público el 21 de junio, acusa al PSOE y al Partido Feminista de España (PFE) de transfobia y de delito de odio, así como de usar “la misma estrategia que utiliza la extrema derecha y el machismo recalcitrante para desvirtuar todos los logros que hemos conseguido las mujeres”.

El PFE ha respondido que Antonelli falsea datos al afirmar que la OMS ha retirado del catálogo de patologías la disforia de género, pues se ha limitado en 2019 a reemplazar el diagnóstico de “disforia de género” por el de ‘incongruencia de género’, que en una nueva edición de su guía ‘Clasificación Estadística Internacional de Enfermedades y Problemas Relacionados con la Salud’ queda definida como una condición relacionada con la salud sexual de una persona, en lugar de un trastorno mental y de comportamiento.

Añade el PFE que es además una calumnia acusarle de tránsfobo, pues aparte de que su presidenta Lidia Falcón defendió a homosexuales, lesbianas y transexuales ante los tribunales franquistas con riesgo de ser ella misma perseguida, en el programa del PFE se pide la financiación pública de los tratamientos hormonales y la cirugía de reasignación de sexo, y por otra parte el Partido Feminista tiene entre sus afiliadas a mujeres reasignadas que se muestran enormemente disgustadas con la propuesta de Ley Trans de 2018 y la de LGTBI de 2017. Una cosa, dice el PFE, es la transexualidad, cuyas opciones se aceptan legalmente desde la Ley de 2007, y otra la “autodeterminación de género” que pretende aprobar Unidas Podemos como ley Trans, constructo lingüístico que no significa nada y que permite a cualquier persona cambiar de sexo por su sola declaración.

Finalmente, el PFE se muestra absolutamente contrario a que los menores, a quienes la ley les impide comprar una casa, vivir independientes, contratar, tener cuenta bancaria y votar, puedan sin embargo decidir su cambio de sexo y sean inscritos como tales por su sola voluntad, y que incluso puedan someterse a bloqueadores de hormonas desde el comienzo de la pubertad y posteriormente a cirugía reasignativa.

Hasta aquí una reseña de la última polémica. Pasemos a considerar las teorías implicadas.

Los orígenes filosóficos de los feminismos posmodernos

Han proliferado teorías feministas que, desdeñando los términos sexo, hombre, mujer, machismo, dominación, explotación e ideología, utilizan “género” con distintos añadidos bajo el supuesto de que el sexo es una construcción social, o incluso individual, como llega a decir la doctrina queer.

No puede entenderse bien el trasfondo de estas teorías si no se retrocede en busca de sus inspiraciones, y tenemos para ello que ir a la filosofía que imperó desde los años 20 a los 70 del pasado siglo en el ámbito anglosajón, la llamada filosofía analítica o positivismo lógico.

Esta filosofía había surgido en el llamado Círculo de Viena, formado por filósofos, lógicos, matemáticos y científicos, y aunque nació en el continente europeo se considera de tradición anglosajona porque se situó en el ámbito del empirismo inglés, sus miembros militaban contra las ideas metafísicas típicas de la tradición continental y el ascenso del nazismo hizo que algunos de sus miembros emigraran a EE UU, donde esta filosofía tuvo su mayor desarrollo.

Se trata de una filosofía positivista (es decir, que entiende que el método científico debe emplearse en todas las cuestiones cognoscibles, sean naturales o sociales), y sus principios básicos iniciales eran éstos (que aclaro con ejemplos inspirados en el actual contexto):

-Los hechos son independientes de la teoría y previos a ella. Los hombres y las mujeres son hechos del mundo preexistentes a cualquier teoría sobre hombres y mujeres.

-A cada hecho del mundo corresponde una oración del lenguaje. Por ejemplo, al hecho del mundo consistente en que Pedro afirma que es una mujer corresponde la oración “Pedro afirma que es una mujer”.

-Cada oración es significativa sólo si es susceptible de someterse a un proceso de verificación (aunque resulte de ese proceso que es falsa). La oración “Pedro es una mujer” es verificable y resulta falsa porque Pedro no es una mujer, pero en todo caso es una oración con significado. En cambio “Dios ha creado el mundo” no puede ser verificada y por tanto es un sinsentido.

-Las leyes científicas se inducen a partir de observaciones de hechos.

De estos principios se seguía que al no versar sobre objetos observables quedaban condenadas como sinsentidos no sólo las proposiciones de la teología y de la metafísica (“el infinito es perfecto”) sino también las afirmaciones sobre la mente (por ejemplo, las del psicoanálisis). La única psicología aceptable era para estos filósofos el conductismo, que se limita a poner en relación estímulos observables con respuestas observables.

Pensaban estos filósofos que para hablar de la realidad está la ciencia. Pero entonces ¿a qué se dedicaba la filosofía analítica si se abstenía de hablar de la realidad? Se limitaba al análisis lógico del lenguaje.

Naturalmente los choques de estos filósofos con los restantes eran continuos. Recuerdo esos enfrentamientos en la Universidad Autónoma de Madrid cada vez que los filósofos analíticos pedían a los marxistas que definieran con precisión las relaciones entre estructura y superestructura o cuando pedían a los metafísicos que definieran con precisión cualquiera de los términos que empleaban. El grado de exasperación a que llegaban estas discusiones lo refleja el hecho de que el ancho de la mesa que los separaba impidió en ocasiones que los discutidores llegaran a las manos.

El rigor lógico de la filosofía analítica en el uso del lenguaje era tan grande y su forma de argumentar tan poderosa que sus contrarios no sabían plantar batalla. Ocurrió por ello que las críticas fuertes al positivismo lógico no provinieron de sus enemigos, sino que se fueron fraguando desde dentro, fueron autocríticas. Examinándolas es fácil comprobar cómo se generaron las ideas básicas de algunas teorías feministas actuales.

La autocrítica del positivismo lógico

En un artículo muy discutido de 1951 (Dos dogmas del empirismo) W.O. Quine criticó la idea de que las afirmaciones observacionales son verificables de una en una, pues cada afirmación sólo adquiere verdad o falsedad inserta en una teoría y por relación con ella. En consecuencia no son las oraciones individuales, sino las teorías las que resultan verificadas o falsadas. No se puede verificar “Pedro es una mujer” sin insertar esta afirmación en una teoría que defina qué es un hombre y qué una mujer, qué es Pedro, etc.

Más tarde N.R. Hanson puso en cuestión la independencia de los hechos respecto a la teoría cuando defendió en una obra de 1958 (Patrones de descubrimiento) que toda observación lleva una carga teórica y que por ello T. Brahe y J. Kepler no veían lo mismo cuando observaban el movimiento del sol en el firmamento, pues era diferente la carga teórica que cada uno adosaba a su observación: Brahe una teoría geocéntrica, Kepler una teoría heliocéntrica.

Luego el debate suscitado por Kuhn, Popper, Lakatos y Feyerabend acerca de la historia de la Física moderna dejó claro que es posible teorizar sobre objetos no directamente observables (entidades que están por encima o por debajo de las dimensiones observables o que sólo pueden manifestarse en sus efectos, tales como la fuerza gravitacional, los campos magnéticos, los neutrinos, los agujeros negros, las cuerdas, etc.), los cuales sólo empiezan a contar, a tener realidad, cuando la teoría los afirma. Esta constatación dejó dañada la concepción inductivista de la ciencia (la tesis de que todas las leyes científicas han de ser inducidas a partir de observaciones de hechos).

A su vez, la autocrítica a la idea de que sólo tienen significado las oraciones verificables llegó cuando Wittgenstein, arrepentido de lo que había dicho en su primera etapa, afirmó que el significado de las expresiones no es unívoco y ligado a la verificación, sino que depende del uso del lenguaje y que, habiendo numerosos juegos de lenguaje, la misma expresión puede dar lugar a una pluralidad de experiencias significativas.

Siguendo este camino, J.L. Austin, en una obra de título revelador (De cómo hacer cosas con palabras) hizo notar que cuando se emplean ciertos verbos en primera persona del presente de indicativo, como “Yo os declaro marido y mujer”, “Yo te bautizo”, “Yo te prometo que acabaré la obra el próximo mes”, si la expresión ha sido pronunciada por la persona adecuada y en el contexto adecuado, se ha hecho una cosa con las palabras: que alguien quede bautizado, que una pareja se convierta en matrimonio, que alguien quede obligado por lo que prometió.

De manera que el lenguaje no sólo tiene el significado cognitivo que se sigue de la verificación, sino otros muchos. Y además una fuerza a la que se viene llamando performativa.

La exageración intencionada

La autocrítica era hasta aquí más o menos razonable y aprovechable, sobre todo porque obligaba a explorar nuevas líneas de pensamiento.

Pero en seguida se produjo una exageración. De la idea de que hay hechos dependientes de las teorías se pasó a la idea de que los hechos (todos los hechos) son dependientes de las teorías. Y de aquí sólo había un paso a decir que todos los hechos son fabricados por la teoría y que, por tanto, no existen fuera de ella.

Pero si es la teoría la que fabrica los hechos, hay que concluir que cada teoría fabrica las condiciones mismas de su verificación, de manera que la verdad es siempre interior a un sistema teórico. En consecuencia, los sistemas teóricos (y lo mismo las concepciones del mundo, las culturas) son entre sí incomparables (no hay hechos independientes con los que contrastarlos). Así que no se puede asegurar que una teoría cualquiera sea más verdadera que otra (en definitiva, que valga más que otra en el aspecto cognitivo). Puede haber por tanto teorías incompatibles y ser todas ellas igualmente verdaderas. Por la misma razón, desde una cultura no se puede juzgar a otra: las prácticas ajenas que a los miembros de una cultura les parecen inaceptables hay que mirarlos según los significados de la cultura en que se producen. Aplicando esta doctrina al burka, a la ablación o al matrimonio infantil: son elementos de una cultura que no se pueden valorar ni criticar desde otras.

Una crítica a la concepción constructivista del conocimiento

Cuando Hanson dijo que Brahe y Kepler veían cosas distintas al mirar al sol se equivocaba. Ambos veían lo mismo, el desplazamiento del sol por el firmamento. A ese movimiento se lo puede considerar un hecho bruto.

Otra cosa es la interpretación de ese hecho bruto, sea como efecto del movimiento del sol en torno a la tierra, sea como efecto del movimiento de la tierra en torno al sol. Esta interpretación depende de la teoría en que el hecho se integre. Pero el hecho es previo e independiente a cualquier interpretación.

De manera que, aunque es cierto que el científico tiene libertad para postular realidades directamente inobservables (realidades que, por tanto, dependen de las teorías que las postulan) también es cierto que hay hechos brutos que vienen dados con independencia de toda teoría y que son por ello transteóricos.

Muchos de ellos son previos a cualquier lenguaje, pues el niño aprende el lenguaje relacionando dos tipos de percepciones: las de los sonidos de la lengua y las de los objetos a que esos sonidos se refieren. Pero esos objetos no son fabricados por teoría alguna, que el niño aún no tiene, sino por su aparato perceptivo innato.

De ahí que individuos de todas las razas, épocas y culturas, con independencia de en qué modelos culturales integren sus percepciones, coinciden al discriminar el animal adulto y la cría, los alimentos y el agua, los rasgos sexuales de sus semejantes, el nacimiento y la muerte.

Incluso podemos considerar que son también hechos brutos, aunque de naturaleza sociológica, la cantidad de dinero que la mujer percibe como salario, comparable con la cantidad de dinero que recibe el hombre por trabajo semejante. O el número de horas que dedica una mujer a tareas del hogar por comparación con las que dedica su pareja masculina. O la mayor fuerza corporal del hombre como condición necesaria de una agresión machista. O el distinto nivel de riesgo que corren mujer y hombre si caminan de noche por una calle solitaria.

Podemos entonces admitir que cada teoría tiene sus verdades, pero añadiendo que éstas son comparables por su grado de objetividad, grado que se mide por su mayor o menor eficacia predictiva. Y son precisamente hechos brutos los que funcionan como tribunal en el que dirimir la eficacia predictiva, hechos como que alguien postrado en el lecho recupera su salud, que el cohete despega y se pierde de vista en el espacio, que señales lejanas se captan en un aparato receptor convertidas en palabras e imágenes, que en los hijos no se reproduce la enfermedad hereditaria de los padres, etc.

Es evidente que el mayor rango de objetividad lo tienen las verdades científicas y el menor las teológicas. Por ello en una pandemia es razonable escuchar a los cientificos y no a curanderos u obispos.

El sexo, es decir, la propiedad biológica por la que alguien es mujer u hombre, es un hecho bruto que no depende de teoría alguna y que está ahí como dato previo para cualquier teorización sobre mujeres y hombres.

Contra la ciencia y contra el marxismo

Siendo tan peregrina y tan contraria a estas evidencias la filosofía posmoderna, ¿cómo es posible que fuera aceptada y aplaudida? Pues, sencillamente, porque servía para devaluar tanto a la ciencia como al marxismo.

Si la verdad depende del punto de vista, no se puede asegurar que las verdades de la ciencia sean superiores a las de la teología, la metafísica o la astrología. Y lo mismo se puede decir del marxismo. Tiene sus verdades, pero no superiores a las de la teoría social de la iglesia católica o a las del neoliberalismo.

Parece comprensible que los metafísicos recibieran de muy buena gana la devaluación de la ciencia, su principal enemiga. Pero es difícil entender que recibieran esa devaluación con el mismo entusiasmo filósofos que habían venido militando en el positivismo. Se explica sin embargo si se tiene en cuenta que en el espacio anglosajón muchos filósofos se habían adherido a los principios positivistas porque no se atrevían a enfrentarse al paradigma dominante, pero en el fondo de sí mismos muy a disgusto. Eran secretamente dualistas (concebían al humano como compuesto de cuerpo y alma) y por tanto eran secretamente antipositivistas (creían que la ciencia, puesto que se ocupa sólo de procesos y relaciones materiales, no puede ocuparse de lo más profundamente humano, el alma y sus estados). Por eso recibieron con alborozo la crítica que destrozaba el edificio en que se habían visto obligados a vivir durante más de tres décadas.

P.K. Feyerabend, por ejemplo, que había sido inicialmente seguidor de las tesis del positivismo lógico y discípulo de Popper, abrazó en Adiós a la Razón ideas claramente irracionalistas y llegó a defender que no se pueden despreciar como inútiles sistemas de creencias como la astrología, la parapsicología o la medicina alternativa, a los que atribuyó un estatus equiparable al de la ciencia. En su papel de enfant terrible de la filosofía (frívolo dadaísta, dijo de sí mismo) proclamó su célebre lema Anything goes (Todo vale).

Algo parecido se puede decir del alivio con que recibieron la devaluación del marxismo todos los filósofos conservadores, pero también los que se habían adherido al marxismo obligados por circunstancias políticas (como los de la Escuela de Francfort) o por impulsos de la juventud (como algunos miembros de la filosofía parisina). Foucault por ejemplo, inspirador de la teoría queer, fue alumno de Louis Althusser y anduvo cercano al Partido Comunista Francés. Pero consideraba compatible la teoría marxista, que no conocía muy bien, con Nietzsche o Bataille. En seguida pensó que el “hipermarxismo” era contraproducente, por lo que puso en juego un concepto de poder que no tenía que ver con la clase dominante, “una trama de poder microscópico, capilar” socialmente distribuida. La lucha de clases quedaba así sustituida por lucha de cada uno contra todos los demás. No es de extrañar que Sartre le viera como “el último bastión de la burguesía”.

Por su parte Lyotard, basándose en la noción “juegos de lenguaje” de Wittgenstein, propuso una “incredulidad hacia las metanarrativas”, es decir, hacia las grandes teorías sobre el mundo, como el marxismo, frente a las que opuso, como esencia del pensamiento posmoderno, una abundancia de micronarrativas.

La tarea de desacreditar la teoría marxista fue muy premiada por el sistema. Estos filósofos obtuvieron cátedras, altas posiciones en la universidad, publicaciones sin tasa y críticas laudatorias que transformaron obras mediocres en cumbres del pensamiento occidental.

Unidos en un propósito común, analíticos y metafísicos empezaron en seguida a tomarse en serio mutuamente, algo que poco antes parecía impensable, y elaboraron una jerga impenetrable mezclando conceptos de Austin, Searle y el segundo Wittgenstein con los de Freud, Nietszche, Husserl. Heidegger, Kierkegaard y Sartre.

La filosofía oscura

Disfrazar la propuesta posmoderna con una maraña de términos sin significado preciso ha sido provechoso para estos filósofos, porque son muchos los que tienden a pensar que si no entienden un libro prestigioso es por su exceso de profundidad. A lo largo de muchos años como profesor en una Facultad de Filosofía, he tropezado con seguidores de Lacan que no podían demostrar que hubieran entendido a Lacán, seguidores de Derrida que no podían demostrar que hubieran entendido a Derrida, etc., lo que no va en desdoro de su capacidad lectora. Sólo cabe preguntar ¿por qué se decían seguidores de autores a los que no entendían?

Es revelador de esa oscuridad que Foucault haya sido tomado como anarquista, izquierdista, marxista manifiesto o disimulado, nihilista, antimarxista explícito o secreto, tecnócrata al servicio del gaullismo, neoliberal, etc., y es también significativo que él se haya sentido satisfecho de producir tan diversas interpretaciones.

Noam Chomsky cuenta (en La arquitectura del lenguaje) que conoció a Lacan personalmente y nunca entendió una sola palabra de todo lo que decía, crítica que extendió a Derrida. El mismo Lacan aceptaba que se le describiera como «el Góngora del psicoanálisis», porque usaba juegos de palabras, homofonías, equívocos, o inventaba, deformaba o fusionaba palabras conocidas. Pero lo peor es que estos filósofos, para hacer pasar su oscuridad por rigor extremo, utilizaban la lógica fregeana, modelos matemáticos, estructuras algebraicas, topologías de nudos o matemas y toda jerga científica que se les pusiera a tiro.

Para desenmascarar este tipo de impostura A. Sokal, profesor de física en la Universidad de Nueva York, envió en 1996 un artículo pseudocientífico a la revista postmoderna de estudios culturales Social Text, de la Universidad de Duke, con este título: «La transgresión de las fronteras: hacia una hermenéutica transformativa de la gravedad cuántica», en el que sostenía la desternillante tesis de que la gravedad cuántica es un constructo social; es decir, que la gravedad existe solamente porque la sociedad se comporta como si existiera, y que por tanto si no creyéramos en ella no nos afectaría. Pues bien, tal artículo fue publicado, lo que produjo un gran escándalo cuando se supo quién lo había elaborado y para qué.

Un año más tarde A. Sokal y J. Bricmont publicaron Imposturas intelectuales para demostrar que determinados intelectuales «posmodernos», como Lacan, Kristeva, Baudrillard y Deleuze, utilizaban fuera de contexto conceptos provenientes de las ciencias físico-matemáticas y los mezclaban con lenguaje pseudocientífico sin dar la menor justificación conceptual o empírica, ofuscando a sus lectores con palabras «sabias» sin preocuparse por su pertinencia o sentido, y negando la importancia de la verdad.

Catón el Viejo se admiraba de cómo un haruspex podía mirar a otro sin reírse. Cambiando harúspices por filósofos oscuros tenemos una buena razón para renovar aquella admiración.

La influencia del pensamiento posmoderno en el feminismo

Es tarea enojosa y desquiciante entrar en el maremagnum de escritos feministas inspirados en los conceptos oscuros y conservadores del pensamiento posmoderno.

Voy por ello a fijarme solamente en dos consecuencias de esa influencia: la sustitución de los términos sexo, hombre, mujer e ideología por el término género en distintas combinaciones; y la doctrina queer.

Es razonable que las feministas se opongan a la tesis de que las características biológicas de cada sexo determinan los papeles subordinados de las mujeres. Pero para oponerse a ese falso determinismo biológico es insensato negar los hechos biológicos. Tras aceptar que hay sexos y diferencias biológicas entre hombres y mujeres, se puede demostrar que ninguna de esas diferencias determina o justifica la subordinación de las mujeres ni el agravamiento de las condiciones de doble explotación que padecen muchas de ellas.

Pero no es este el camino seguido por el feminismo posmoderno.

Simone de Beauvoir escribió en El segundo sexo: “No se nace mujer: se llega a serlo. Ningún destino biológico, físico o económico define la figura que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; la civilización en conjunto es quien elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado al que se califica como femenino. Sólo la mediación de un ajeno puede constituir a un individuo como un Otro.”

Se trata de una formulación resultona, y por ello ha sido tantas veces citada, pero en su mayor parte vacía. La mediación de un ajeno, la constitución de un individuo como un Otro, el producto intermedio entre el macho y el castrado… palabras, palabras, palabras…

Se nace niña y a través de un proceso biológico se va pasando de la niñez a la pubertad, a la edad madura y a la vejez, no importa cultura, ideología o clase social. Más acertado sería decir que se nace animal, y que la cría humana se va convirtiendo en persona conforme adquiere el lenguaje de su grupo, adquisición que proporciona un concepto de yo y de otros, ideas sobre el propio sexo y el otro sexo, ideas acerca de papeles sexuales correctos e incorrectos, etc. Estas ideas no eliminan los hechos, sólo los interpretan, y en gran medida dependen de la estructura económico-política de la sociedad y de la ideología que la legitima.

La persistencia del sexo a través de los distintos niveles de realidad (biológico, psicológico y social) es abrumadoramente evidente: el embarazo y la maternidad influyen en la contratación laboral y en el progreso profesional de las mujeres; la menor fuerza corporal de la mujer es condición para el maltrato machista y la violación, esa menor fuerza física es la que determina que haya deporte masculino y deporte femenino, etc., etc.

Sin embargo el feminismo posmoderno afirma que el sexo es un dato que sólo vale en biología, por cuya teoría es creado, pero que el sexo biológico no es un hecho básico, ni siquiera importante, ni siquiera existente en el nivel sociológico, donde lo que importa es la conceptualización social, la fabricación cultural de géneros con roles específicos. De manera que se pasa a hablar de identidad de género, rol de género, simbolismo de género, binarismo de género, violencia de género, perspectiva de género…

Esto conduce a que una feminista, para expresar que se siente discriminada por ser mujer, diga por radio que se siente discriminada por razón de género, o que otra feminista, mientras utiliza la palabra “masculinidad” para hablar de la masculinidad, en cambio utilice “identidad de género” para hablar de la feminidad en el mismo párrafo, o que otras feministas digan que «ser trans no es una disidencia, es una identidad», y que se queden tan contentas, como si estuvieran por encima del lenguaje común y ello les diera una buena sensación.

Como es de esperar, dada una definición de “género” (digamos «roles socialmente construidos, comportamientos, actividades y atributos que una sociedad considera como apropiados para hombres y mujeres») no queda claro qué significa, por ejemplo, “violencia de género”. En buena lógica debería significar que el papel apropiado que la sociedad asigna al hombre es la violencia sobre la mujer. Pero ¿acaso son todos los hombres violentos con las mujeres? O bien podría significar que hay formas de violencia que la sociedad considera apropiadas para la mujer y otras apropiadas para el hombre. Pero entonces la expresión “violencia de género” se refiere tanto a la que ejercen mujeres sobre hombres como a la que ejercen hombres sobre mujeres, y por tanto es una expresión que va muy bien a la ideología de Vox. Sin embargo las feministas que hablan de violencia de género no se refieren a la que puedan ejercer mujeres sobre hombres, sino sólo a la socialmente preocupante, que es la que ejercen algunos hombres (machistas) sobre mujeres. Por tanto la expresión adecuada no es violencia de género sino “violencia machista”.

A su vez la expresión “perspectiva de género” debería referirse a la que considera la realidad desde los papeles y comportamientos de mujeres y hombres, pero la expresión se utiliza para examinar la discriminación de las mujeres desde la perspectiva de sus intereses. Por tanto la expresión correcta no es “perspectiva de género”, sino perspectiva femenina o feminista. Etc., etc.

La doctrina queer

La deriva posmoderna llega a su límite con la teoría queer, influida, calculen ustedes, por el postestructuralismo, el psicoanálisis de Lacan, el deconstructivismo de Derrida y la idea de performatividad, pero sobre todo por Foucault, que en su Historia de la Sexualidad afirma cosas como que el secreto del sexo no reside en esa realidad básica en la que se sitúan todas las incitaciones a hablar de sexo, fábula indispensable para la economía eternamente proliferante del discurso del sexo, bla, bla, bla, etc., etc.

Inspirándose en un concepto de performatividad sacado de contexto, Judith Butler dice que, del mismo modo que ciertas palabras tienen el poder de crear realidad (en contextos autorizados), nuestros comportamientos y acciones tienen el poder de construir la realidad de nuestros cuerpos. Y aunque los entornos sociales y culturales tienen efecto sobre nosotros, lo importante al final no es tanto la narrativa social cuanto las “narrativas” subjetivas. De forma que el sexo viene construido por la decisión particular de un niño o un adulto, que, a partir de repeticiones regulares y de actuar como un determinado sexo, desarrollan sexos que les son integrados. Esta es la razón de por qué nuestros cuerpos humanos no son ni macho ni hembra (o algo diferente), sino un total desconocido que no puede existir independientemente de nuestras ideas sobre él.

¿Cómo puede tener credibilidad un discurso de ligereza tan gratuita? Pues la tiene y de esa ligereza viene el concepto de “sexo sentido”, utilizado como si aludiera a algo cuando es en realidad un concepto vacío. ¿Qué es sentirse hombre o sentirse mujer?

Para responder a esta pregunta deberíamos tener claro el significado de los términos “sexo”, “hombre” y “mujer”, pero esto es algo que no interesa al pensamiento posmoderno, acostumbrado a utilizar los términos con una laxitud que les permite alterar a conveniencia el significado en cada contexto.

Si nos ponemos a indagar llegaremos a la conclusión de que el único criterio comúnmente utilizado en todos los tiempos y culturas es el biológico, y ello por la sencilla razón de que no hay otro. Se dice “ha nacido un niño” o “ha nacido una niña” en virtud de caracteres observables que están referidos al hecho fundamental de la reproducción, esto es, al sexo biológico. Y esa asignación inicial de sexo se sostiene a lo largo de la vida de las personas. Hasta la llegada del pensamiento posmoderno, por más que incluso la mayoría de las personas trans definen su “sexo sentido” por las características biológicas que quieren imitar mediante hormonas y cirugía.

El criterio biológico hace que el sexo, como hecho bruto, sea por completo independiente de nuestras narrativas subjetivas, de nuestros sentimientos y de nuestras acciones repetidas.

Cierto que la persona trans que ni se hormona ni recurre a la cirugía puede decir que su “sentirse mujer” no tiene que ver con características biológicas.

Pero entonces, si su concepto de mujer no se refiere a propiedades fisiológicas ha de referirse a propiedades mentales. ¿Y qué propiedades mentales distinguen al hombre de la mujer? Precisamente un principio del feminismo es que ninguna característica intelectual o afectiva independiente del aprendizaje distingue a mujeres de hombres. Ni siquiera podemos decir que las mujeres se caracterizan por su orientación hacia los hombres y al contrario, pues en tal caso tendríamos que considerar mujer al hombre gay y hombre a la mujer lesbiana.

Cierto que cabe hablar de hombres castrados y de hombres y mujeres estériles, pero siempre por referencia a los modelos biológicos de mujer y hombre. Nunca diríamos que un hombre castrado es una mujer, ni que una mujer estéril es un hombre.

¿En qué puede consistir entonces el “sexo sentido”? Hay sin duda innumerables maneras de sentirse mujer o de sentirse hombre y todas ellas pertenecen al interior mental de cada cual, pero sin duda no se puede sentir mujer de la misma manera la prostituta que la monja, la adolescente que la anciana, la que vive en la pobreza que la que se sirve de empleadas del hogar y es adicta a moda, joyas y cosmética. El otro día una contertulia de la SER confesó a Angels Barceló que estaba contenta por haberse puesto al fin zapatos de tacón tras el largo confinamiento, y las mujeres presentes estuvieron de acuerdo en que los zapatos de tacón empoderan a las mujeres. Ese verbo se utiliza mucho. Se ha dicho también que la minifalda empoderó a la mujer. He ahí una manera de sentirse mujeres que sin duda no es universal.

Las innumerables maneras de sentirse mujer u hombre sólo tienen una cosa en común: la forma en que las particularidades de la realidad corporal influyen en los contenidos mentales. En el “sentirse mujer”, como dije en la anterior entrada de este blog, necesariamente hay que incluir la forma en que se viven realidades que el hombre no conoce, las relacionadas con el desarrollo corporal en la adolescencia, la menstruación, los posibles embarazo, parto y aborto, la maternidad, la menopausia y el temor a las específicas patologías del aparato reproductor femenino, realidades desconocidas por el hombre que dice “sentirse mujer”.

En definitiva, el concepto de “sexo sentido” es una fantasía indefinida e incomprobable que podemos traducir por una expresión más realista: la persona trans repudia el sexo que tiene y quiere tener el otro, y para conseguirlo está dispuesta a cualquier sacrificio.

Pero esto equivale a decir que esa persona quiere un imposible que aboca necesariamente a lo que una trans ha llamado “ser un bolso de imitación”. Nadie tiene derecho a reprochar esa imitación, ciertamente dolorosa, que convierte a las personas trans en personajes trágicos, condenados a un nivel de frustración muy alto que ellas mismas proclaman cuando hablan de sus sufrimientos y de su mayor tasa de suicidios. Tienen además que padecer los efectos de una transfobia no erradicada, e inconvenientes que se siguen de que figuran oficialmente con el sexo que repudian y no con el que querrían tener. Por tanto merecen el apoyo de quienes respetan la libertad ajena y disponen de empatía. Tienen además derecho a que el Estado las defienda con actuaciones educativas en la escuela y con legislación específica.

A lo que su sufrimiento no les da derecho es a que la sociedad entera haya de plegarse a exigencias excesivas, y tampoco a teorizar sin que se les pueda contradecir, como si los demás estuviéramos obligados a asentir a sus conceptos. Deben aceptar que otros pensemos que, puesto que sentirse mujer siendo hombre no se sabe bien qué cosa pueda ser, pero en todo caso no equivale a ser mujer, la llamada “mujer trans” debería en puridad ser llamada “hombre trans”, y por la misma razón el llamado “hombre trans” debería ser llamado “mujer trans”, precisión lingüística que para nada afecta a sus derechos y que puede hacerse con toda la simpatía del mundo, como en este caso. Por supuesto que las personas trans no tienen por qué estar de acuerdo con esta precisión, pero entonces deberían rebatirla con argumentos, no con insultos y descalificaciones.

Ocurre que los argumentos son difíciles en el terreno de la posmodernidad, porque las teorías de género y queer se refutan a sí mismas. Pues si los hechos no existen, sino que son creados por la teoría cultural, o por la voluntad individual, entonces la explotación y discriminación de la mujer, y la violencia machista, y las “mujeres trans”, sólo existen a la luz de las teorías que las crean, pero no a la luz de otras teorías que las niegan. Y si no hay hechos objetivos e independientes con los que confrontar las teorías, todas valen lo mismo, la de género, la queer y la patriarcal.

A la izquierda le conviene saber de dónde viene cada idea y para qué, ahora que estamos inmersos en el pensamiento posmoderno conservador. Tanto la teoría de género como la queer, aparentemente radicales, son inofensivas para la clase dominante, hasta el punto de que corporaciones como Apple o Coca Cola apoyan las campañas LGTB y los desfiles del Orgullo, y subvencionan cátedras, departamentos y becas de estudios de género y queer.

En la próxima entrada de este blog terminaré estas reflexiones con la exposición de la teoría feminista que puede derivarse de un marxismo puesto al día.

jmchamorro@jmchamorro.info

FEMINISMO Y TEORÍAS FEMINISTAS (I): LA POSICIÓN ANTE EL COLECTIVO LGTB

El pasado febrero el Partido Feminista de España (PFE) que dirige Lidia Falcón ha sido expulsado de IU por discrepancias sobre cómo regular los derechos de las personas transgénero. Esas discrepancias venían de lejos, pero subieron de punto cuando el pasado diciembre el PFE emitió un comunicado en el que rechazaba las consecuencias nefastas de permitir que los menores transgénero accedan a tratamientos y operaciones para cambiar de sexo, o que los adultos lo hagan sin la consulta previa de un psicólogo. Denuncia el PFE que estas medidas se recogen ya en algunas normativas autonómicas y que previsiblemente formarán parte de la propuesta de Ley de Derechos Trans y LGTBI contemplada en el acuerdo de Gobierno entre el PSOE y Unidas Podemos, que incluye una despatologización de la condición trans y elimina la necesidad de operarse para poder cambiar nombre e identidad de género en el DNI.

Lidia Falcón ha llamado a los hombres trans “mujeres con barba” y a las mujeres trans “hombres con falda”, y ha afirmado que “si se aprueban esas leyes en España viviremos la pesadilla de las inglesas obligadas a compartir los váteres con trans que ni siquiera se han operado”.

Refiriéndose a la teoría queer ─aquella que dice que no nacemos con una predeterminación de sexo sino que a lo largo de la vida escogemos variablemente el que queremos─ encarece sus consecuencias funestas, ejemplificables en la foto de un señor con unos bigotazos negros que lleva la leyenda “soy una niña de cinco años” porque esa es la transformación que ha escogido, sintiéndose a continuación con derecho a acosar sexualmente a un niño de seis “porque él se siente niña pequeña, y en consecuencia no es un pedófilo ni un pederasta sino un transgender”. Concluye Lidia Falcón que las feministas que se oponen a semejantes desquiciadas fantasías son tachadas de homofóbicas, transfóbicas, perseguidoras de la libre elección de sexualidad y TERF (acrónimo de trans exclusionary radical feminist, término inventado por un grupo de transexuales).

Aclarar el conflicto IU-PFE obliga a tomar en cuenta a los sujetos que intervienen.

Dos feminismos

Rosa Cobo, profesora de Sociología del Género de la Universidad de A Coruña, ve como primera razón del choque entre IU y el PFE dos concepciones diferentes de lo que debe ser el movimiento feminista. El sector mayoritario del feminismo entiende que las movilizaciones sociales están al servicio de la conquista de derechos frente a la opresión patriarcal y se concreta en diversas vindicaciones: contra la precariedad laboral de las mujeres; contra la feminización de la pobreza; contra la legalización de los vientres de alquiler; a favor de la abolición de la prostitución; contra la propuesta de hipersexualización extrema de las mujeres del porno…

El otro sector feminista muestra una concepción más próxima al orgullo gay y parte de la idea de que el sujeto del feminismo no sólo son las mujeres sino también otros colectivos discriminados. Y no sólo las mujeres bisexuales, sino las lesbianas, trans, racializadas, mujeres encerradas en los CIE’s, etc. De la diversidad de las mujeres pasa este feminismo a la diversidad sexual y a la libertad sexual basada en las identidades sexuales. Y dentro de él las hay que ponen en cuestión los tres siglos de historia feminista porque se gestó en Occidente y se lideró por mujeres blancas y burguesas.

Podríamos añadir a lo dicho por Rosa Cobo que el feminismo tradicional habla de mujeres y hombres, y del sexo como hecho básico, mientras el segundo feminismo sustituye los términos tradicionales (hombre, mujer, sexo) por género (identidad de género, perspectiva de género, violencia de género) influido por la idea de que es la teoría la que fabrica los hechos (los sexos existen en el espacio biológico, los géneros en el espacio social). Por este camino se acaba llegando, en un ambiente de barra libre, a llamar “persona binaria” a la que se atribuye características de uno de los dos sexos, y “persona no binaria” a la que se atribuye identidad bigénero (si se percibe como masculino y femenino), identidad pangénero (si se percibe como una mezcla entre masculino, femenino y/u otros), o identidad agénero o género neutro (si se percibe como un género distinto al género masculino, al femenino o al nulo). Y cada día aparecerá una forma nueva de identidad, porque los caprichos fantasiosos son inagotables.

A juicio de Rosa Cobo la actitud de los sectores feministas del PSOE y de Unidas Podemos depende de la forma en que se plantean su competencia por la hegemonía ideológica y por la capacidad de movilización.

Las dirigentes del PSOE y una parte significativa de sus bases suscriben la agenda de la opresión patriarcal, aunque hay sectores minoritarios del partido socialista, sobre todo entre sus juventudes, que suscriben la agenda sexual de libre identidad.

Las dirigentes de UP, pese a que se presentan como más a la izquierda, apuestan por la libre identidad en detrimento de las vindicaciones feministas más inequívocamente anticapitalistas vinculadas a la redistribución, y de ahí la distancia entre el ministerio de Igualdad y el PFE. Aunque hay también en este caso una división entre las bases y las dirigentes de UP, pues una mayoría de las militantes comparten la agenda ligada a la opresión patriarcal.

La posición ante el lobby de los colectivos LGTB

Otra razón del conflicto es según Rosa Cobo que algunos sectores del colectivo LGTB quieren formar parte del sujeto político feminista aprovechando un elemento común, las mujeres trans, con el objetivo de introducir en la agenda del feminismo la suya propia: legalización de los vientres de alquiler, regulación de la prostitución, ley de identidad sexual, vía libre a la pornografía, es decir, una agenda que parece contraria al feminismo.

Lidia Falcón denuncia que lobbies de gays y transexuales llevan a cabo “movimientos de propaganda ideológica” cuyo efecto es ocupar espacios feministas desde posiciones contrarias a la lucha feminista, eliminando el concepto ‘mujer’ de las leyes trans. Las madres, dice Lidia Falcón, desaparecen y pasan a ser “progenitores gestantes”, capacidad que se arrogan también los hombres trans, dado que no han perdido su capacidad reproductora. Con su lenguaje poco diplomático Lidia Falcón ha llegado a equiparar a las personas trans con “proxenetas, puteros y compradores de mujeres y niños”.

Pugna en los colectivos LGTB

Pero no es esto todo, pues dentro del movimiento LGTB ha habido una escisión de mujeres trans que han pasado por la cirugía y que se denominan “mujeres reasignadas”. Marta Reina, la primera agente de Mossos d’Esquadra en cambiar de sexo, es la impulsora de una nueva asociación que tiene una posición crítica hacia los vientres de alquiler y se pronuncia a favor de la abolición de la prostitución. A su juicio bajo de la letra T de LGTBI hay un lobby cuyos personajes toman decisiones en reuniones donde no hay ninguna persona reasignada para decidir ciertos asuntos. Por ejemplo, hacen mesas redondas sobre tratamientos trans e invitan a personas que están en contra de las cirugías, de lo que resulta que las operadas están encontrando transfobia dentro del movimiento trans.

La asociación de reasignadas se opone a la futura ‘ley Trans’ porque permite que se pueda cambiar de sexo sin siquiera pasar por un control médico (art. 7,4), con consecuencias que se ven en este ejemplo: “Hemos sabido estos días del caso de un hombre que trabajaba como drag queen en Gran Bretaña. Lo metieron preso y dijo que él no se sentía hombre, así que ingresó en una cárcel de mujeres y allí violó a algunas internas.”

Termina Marta Reina diciendo que las mujeres reasignadas, que saben del calvario que supone el tránsito de hombre a mujer, exigen unos mínimos. “No te estoy diciendo que una mujer transexual que todavía no se haya hecho la cirugía no pueda entrar al lavabo de mujeres… Pero esa persona sí que tendrá que pasar un tránsito y tendrá que someterse al tratamiento hormonal. Que llegue luego o no a la cirugía es otra cuestión.”

Sentido común en el tema de las personas trans

Examinemos desde el sentido común los problemas mencionados:

1) Si alguien, por la razón que sea, está disconforme con su sexo y desea pertenecer al otro, lo primero a tener en cuenta es que en el terreno de la realización de los deseos no siempre impera la voluntad individual. Todos desearíamos volar como águilas, pero es un deseo que no nos motiva a la acción porque sabemos que no es realista. Un sucedáneo es volar en parapente. Pero volar en parapente no nos convierte en aves.

Cierto que muchas cosas que eran en otro tiempo imposibles han acabado siendo realizables gracias a la tecnología. Pero la tecnología actual es incapaz, por el momento, de convertir en mujer a un hombre o en hombre a una mujer. A lo más a que llega es a hormonar un cuerpo (proporcionándole los estrógenos o la progesterona que no produce naturalmente) para alterar en alguna medida sus caracteres sexuales secundarios. O simular con cirugía una vagina que no desemboca en un útero. Poco importa que la ministra de Igualdad diga que “las mujeres trans son mujeres y ya está” (sólo le faltó añadir “porque lo digo yo”). Los castrati no eran mujeres, eran hombres castrados. Por ello, dejando aparte la crudeza de las formas, tiene razón Lidia Falcón cuando llama mujer con barba al llamado hombre trans, y hombre con faldas a la llamada mujer trans. Dicho de manera más suave: la llamada “mujer trans” debería ser llamada, con mayor propiedad, “hombre trans”, y el llamado “hombre trans” debería ser llamado, con mayor propiedad, “mujer trans”. Esto es así incluso aunque el hombre haya sido operado, con más razón si mantiene su pene y sus testículos.

Marta Reina dice que es mujer de pleno derecho y que se siente como tal. Es mujer de pleno derecho si una ley se lo reconoce. Que se sienta como tal alude a una intimidad que no hay por qué discutir, aunque en realidad carezca de significado preciso. ¿Qué es sentirse mujer? A saber cuantas formas habrá de sentirse mujer, pero creo que todas han de referirse, de una manera u otra, a un proceso vital en el que están muy presentes la menstruación, la posibilidad de preñez y parto, la maternidad, el aborto como remedio a un embarazo indeseado, la menopausia y las enfermedades típicas del aparato genital femenino.

Nada de lo que estoy diciendo va contra el derecho que tiene cada cual a satisfacer sus deseos mientras no dañe a otros, por ejemplo recorriendo ese llamado tránsito, tanto si incluye como si no incluye cirugía. Las personas trans merecen respeto social y apoyo legal, y los sucedáneos que consiguen bien valen la pena si les eliminan dolores o les proporcionan placeres.

2) En todo caso, puesto que el deseo de las personas trans es de imposible realización, el problema debe verse de manera diferente en la niñez y en la edad adulta.

Tal vez la ciencia nos acabe diciendo cómo y por qué surgen las configuraciones cerebrales en que consiste el repudio al propio sexo y el deseo de pertenecer al otro. Desde luego no es innata la identificación de cada sexo con juegos o vestidos, ya que es convención cultural que las niñas se vistan de rosa y los niños de azul, que los niños no usen faldas y que a las niñas se les agujereen los lóbulos de las orejas para colocar pendientes. Melenas, faldas, pantalones, tacones han sido usados por mujeres y hombres en distintas épocas y culturas. Y jugar al parranquete, al diábolo o a la comba no es exclusivo de niñas, como no lo es de niños jugar al fútbol.

En el caso de que un niño o niña se considere trans, la reacción sensata es, si así lo recomiendan los expertos, permitirle ser nombrado y vestir como quiera, jugar a lo que le guste, etc. Lo importante es controlar el entorno para evitar acosos y sufrimientos mientras se espera el resultado de la evolución del menor.

No tiene ningún sentido que el Parlamento extremeño haya recibido a un niño de 8 años llamado Elsa para que lea un papel hecho por adultos presentándose como niña trans. Menos lo tiene que cuatro años antes, es decir, cuando el niño tenía 4 años, ya estuviera su madre en ese Parlamento haciendo lo mismo.

Lidia Falcón ha dicho que se reserva acciones legales por falta de protección psicológica al menor contra el Parlamento de Extremadura y los padres de Elsa, y alega que la hormonación de menores de edad les llevará en pocos años a la pérdida de densidad ósea, trastornos alimenticios y de peso y sobre todo trastornos mentales, y que la normalización de la transexualidad entre los niños puede llevar a algunos incluso a practicarse castraciones. 

Si llegada la persona a la madurez persiste en su determinación deben exigirse unas condiciones para que la ley reconozca la realidad trans y le dé efectos jurídicos.

Si el registro civil y el DNI no son necesarios lo adecuado es suprimirlos. Si se llega a la conclusión de que son necesarios, y de que es además necesario hacer constar el sexo de cada cual como dato biológico, entonces, si lo que se pretende es que el registro recoja las variedades de orientación e identidad sexual habría que establecer distintas subclases en cada sexo para que todos se sientan reconocidos. Por ejemplo, caracterizar a los varones y hembras que así lo pidan por subclases de orientación (heterosexual, bisexual, homosexual) y también de identidad (cisgénero o trans). Y siempre siguiendo un procedimiento que acredite que no se trata de un capricho subjetivo y pasajero.

Cosa distinta es que un hombre se registre con nombre de mujer o al contrario. Allá cada cual con el nombre que quiera darse.

Se plantea aquí un problema adicional, porque el tema del daño ajeno admite distintos niveles y matices. Pensemos en el caso del hombre que se dice mujer trans sin haber recurrido a la cirugía y que entra en los váteres o vestuarios de mujeres incomodando a las usuarias. Parece una cosa menor, pero atendible si nos proponemos tomar en cuenta los sufrimientos y molestias de cada cual.

En todo caso, en la medida en que las personas trans no pueden dar cumplimiento a su deseo es inevitable su frustración, lo que explica que tras el calvario que según Marta Reina es el tránsito, haya en ese colectivo un alto número de suicidios.

¿Qué se puede hacer a su favor? Mediante educación y buenas prácticas legales y sociales garantizar el respeto que se debe a toda persona, no importa que sea diferente a los tipos que se han venido considerando socialmente normales. Para ello es conveniente acabar desde la escuela con la idea de que sólo es socialmente admisible la heterosexualidad.

Profesionales de distintas especialidades (cirujanos, médicos, psicólogos) estarán ahí, unos para sacar provecho de la situación, otros para aliviar sufrimientos en la medida de lo posible.

Pretensiones del colectivo LGTB que no son de recibo

1º:- Lo que menos debate requiere es la pretensión de legalizar los vientres de alquiler. Nadie cree que una mujer va a aceptar un embarazo y un parto con sus molestias y riesgos para entregar el hijo, por altruismo, a un desconocido. Está claro que los vientres de alquiler convienen a homosexuales ricos que aprovechan la pobreza de mujeres obligadas a tamaña venta de sí mismas.

Al gay habría que dejarle claro que puede satisfacer sus deseos por otro camino: si quiere tener un hijo puede adoptarlo. Si lo quiere tener de sus propios genes (¡ay, el valor entrañable de los propios genes!) no tiene otro camino decente que recurrir a una mujer, pero en calidad de madre, no como vientre de alquiler para procrear y entregar.

2º. La posición ante la prostitución obliga primero a definir el término. Una mujer puede acordar con un hombre una relación sexual a cambio de dinero por razones distintas:

Si lo hace porque quiere libremente (sea por placer o por darse algún lujo) y su actividad no sale de la esfera privada, no la debiéramos incluir en la prostitución, salvo que llamemos prostitución a los matrimonios, emparejamientos y favores sexuales de conveniencia que afectan a personas socialmente respetables a las que nadie considera prostitutas.

Es distinta la situación de mujeres atrapadas en una red de trata de mujeres, o que no tienen otro medio de conseguir el dinero suficiente para sobrevivir. En estos casos no se puede hablar de voluntad libre: es una voluntad forzada. Estas mujeres viven una situación miserable: no tienen paro ni baja por enfermedad y no cotizan para sus pensiones. Si no pueden demostrar que trabajan e ingresan, tampoco les es fácil alquilar una vivienda y para algunas es imposible empadronarse y acceder así a las ayudas más básicas y a los recursos sociales. Son mujeres abandonadas por las instituciones.

¿Qué es lo adecuado, abolir esa prostitución o regularla?

A favor de la regulación se dice que el trabajo de las prostitutas es honorable y debe ser protegido por la ley (derecho a sindicación, pensiones, etc.), pero esto sólo tendría sentido si se tratara de una profesión vinculada, por ejemplo, a clínicas de sexología para ayudar a quienes tienen problemas en su actividad sexual. En otro caso no es un trabajo, sino una esclavitud denigrante que sufren muchas mujeres pobres en beneficio de hombres incapaces de satisfacer sus necesidades sexuales con mujeres que puedan libremente aceptarlos o rechazarlos. Se trata de hombres que necesitan esclavas.

El problema de las feministas abolicionistas es que proponen medidas que no acaban con la prostitución y que además perjudican a las prostitutas a las que intentan ayudar.

Las organizaciones AFEMTRAS, el Colectivo de Prostitutas de Sevilla, Putas Libertarias del Raval, Putas Indignadas, Sindicato OTRAS, APROSEX, (N)OMADAS y la sección sindical de trabajadoras sexuales de la IAC se quejan de que las abolicionistas que pretenden librarlas de su esclavitud terminan por dejarlas más expuestas frente a la voluntad de otros y más esclavas. Y se consideran víctimas de una parte del feminismo español que lleva años en una cruzada moral autoritaria y dogmática.

Alegan que es un sinsentido que un macroburdel de la Junquera haya hecho un ERTE para sus sesenta y nueve empleados, que recibirán durante estos meses un subsidio del Estado, pero no en cambio para las noventa prostitutas, que por no ser “trabajadoras” se han quedado en la calle y además sin derechos.

Alegan también que penalizar a los clientes (lo cual a veces sólo se hace para expulsar a las prostitutas independientes de los espacios públicos respetables) tiene como efecto volver la actividad de esas prostitutas más insegura, más clandestina, de manera que para algunas de ellas sea más seguro estar en un club como el de la Junquera que estar solas en la calle. Un informe de Médicos del Mundo denuncia que desde la aprobación en 2016 de la penalización de los clientes en Francia las prostitutas se han desplazado a zonas boscosas más peligrosas y han aumentado los asesinatos de mujeres.

Evidentemente no cabe hablar de abolición si se entiende como mera persecución de la prostitución. Pero la abolición debe ser un objetivo irrenunciable de la ciudadanía progresista siempre que sea un paso que siga a otro previo: solucionar el problema de las prostitutas de forma que ninguna de ellas pueda alegar que está desprotegida y obligada por ello a seguir siendo prostituta en peores condiciones.

Conclusión

Si se acepta lo que vengo diciendo, la razón en la pugna IU-PFE está de parte del PFE. Creo que las dirigentes feministas de IU se extravían al aceptar sumisamente un barullo conceptual propenso a malas soluciones, extravío que tiene a mi modo de ver estas causas:

a) La influencia de la teoría que sustituye sexo por género, esto es, que sustituye la realidad objetiva por la identificación subjetiva, cuando son dos cosas distintas que coexisten, cada una de ellas con sus propios efectos. A esta teoría me referiré en la próxima entrada de este blog para situar el feminismo de género en el ambiente del pensamiento posmoderno, profundamente conservador.

b) El electoralismo de los partidos políticos de izquierda, que en búsqueda de los votos del colectivo LGTBIQ se dejan influir por sus lobbys, a los que pertenecen personas con mucho poder económico y social.

c) La mala conciencia de las feministas conservadoras (las que ponen una vela a dios y otra al diablo, esto es, una vela al feminismo y otra al capitalismo), que las impulsa a abrazaar con hipercorrección cualquier reclamación que parezca favorecer a una minoría discriminada. Los grupos marginados merecen reparación y respeto, pero no todas sus propuestas tienen por qué ser compartidas desde una posición racional. Cuando no se tiene esto en cuenta se da armas a la extrema derecha, a la que le basta la afirmación trivial de que los niños tienen pene y las niñas vulva para que una progresía desorientada se rasgue las vestiduras y acuda a los tribunales pidiendo que se prohiba tal mensaje de odio.

Pienso que los aplausos entusiastas con que los parlamentarios extremeños recibieron las palabras del niño Elsa (al que los medios consideran niña sin vacilaciones) arrojan mucha luz sobre el miedo de muchos conservadores a no ser vistos al frente de la procesión.

Cualquier camino conduce a Roma

Junto al criterio usado por Rosa Cobo para distinguir dos feminismos, hay un criterio más relevante al que me he referido en otras ocasiones, y es el que distingue el feminismo que lucha para que las mujeres no sean más explotadas que los hombres y no sufran más violencia que los hombres, pero acepta que hombres y mujeres sufran la explotación y violencia de clase; y otro feminismo desafortunadamente minoritario, que lucha por la completa emancipación de todas las mujeres y hombres.

Perdonen que insista, pero no cabe una real emancipación de mujeres y hombres dentro de la sociedad capitalista, y por tanto hemos de llegar a la conclusión de que sólo es feminismo lúcido el anticapitalista. Por ejemplo, contra la idea de que las prostitutas son esclavas se alega que igualmente están esclavizadas las mujeres que, porque no tienen otra opción, se ven obligadas a trabajar por cantidades miserables y en condiciones muy duras. Pues claro que sí.

¡Qué le vamos a hacer, mientras sigamos en este tipo de sociedad, ningún problema admite solución cabal! Las feministas socialdemócratas deberían saber ya que no se puede hacer una tortilla sin romper huevos. Y a las feministas de IU habría que decirles que el pensamiento posmoderno no ha venido para mejorar la teoría marxista, sino para suplantarla desde el conservadurismo.

ESTADO DE ALARMA, ODIO PREVENTIVO Y DERECHOS HUMANOS

Los conservadores tacharán de demagógica la siguiente descripción, que es puramente realista:

En un ambiente de ignorancia y clericalismo que nos ha diferenciado de otros países europeos, una élite de composición cambiante, pero en todo caso poco ilustrada, ha venido dominando España y ha obtenido desproporcionados beneficios a costa de una mayoría de la población. Esa élite tiene sus representantes políticos y sus servidores mediáticos, académicos, eclasiásticos y funcionariales bien pagados, y lleva tanto tiempo en su papel que cree muy naturalmente que el país es suyo.

Cada vez que su completo predominio se ha puesto en peligro su reacción ha sido muy violenta. El historial de restauraciones monárquicas, abolición de constituciones democráticas y represiones sangrientas culmina con los ataques a la segunda República, el golpe militar de 1936, la guerra civil y la represión brutal de la posguerra.

Recuperado su predominio durante el periodo franquista, esa élite vivía entregada tranquilamente a su violencia vengativa. Tuvo sus temores cuando los aliados ganaron la guerra, pero en seguida recibió seguridades de que el régimen franquista sería respetado como valladar contra el comunismo.

Muerto Franco y fracasado el intento inicial de continuidad (Arias Navarro al timón), la élite y sus servidores lograron una Transición que respetaba sus privilegios y los exoneraba de rendir cuentas de sus pasados abusos y crímenes. Luego todo fue bien, porque con Felipe González el PSOE se había apartado de una orientación marxista y con él y con José Luis Rodríguez Zapatero acabó afiliado a la política neoliberal, convirtiéndose así en un buen gestor de los intereses capitalistas.

Pero de repente aparece Podemos, partido peligroso por incontrolado. Y la cúpula dirigente del PSOE comete el error de humillar a un segundón por haber querido actuar con autonomía en el puesto que se le concedió provisionalmente. Nadie pensaba que este individuo iba a rebelarse, recorrer España con su automóvil y plantar una batalla que tenían que dirimir las bases. Pues resultó que la militancia, en la que aún quedan rescoldos de izquierdismo, lo eligió a él en unas primarias frente a la aspirante avalada por el aparato del partido.

Tal vez la simpatía secreta de Pedro Sánchez vaya en dirección a la socialdemocracia, pero es ante todo un superviviente que quiere seguir siéndolo. De manera que cuando pudo formar gobierno prefirió pactar con Ciudadanos antes que con Unidas Podemos porque eso le daba más estabilidad y le evitaba enemigos poderosos. Sólo que al final las circunstancias le han obligado a lo que no quería, a pactar con Unidas Podemos. Y en ese momento en la derecha se han encendido las alarmas y se ha repetido la reacción de violencia extrema (afortunadamente por ahora sólo verbal).

Pese a que UP sólo propone un programa tibiamente socialdemócrata vienen siendo estruendosos los gritos de dirigentes y medios tachando a Pablo Iglesias de bolivariano, comunista, enemigo de la patria y amigo de terroristas, y todo lo que quieran añadir. Esos gritos y los que inundan las redes sociales ponen de manifiesto una constante en la historia de España.

Dos clases de odio

1. Frente a los que intentan la equidistancia al evaluar nuestro pasado he insistido en que es necesario distinguir el odio del oprimido al opresor (odio justificable) y el odio del opresor al oprimido (odio injustificable).

Estas dos clases de odio generan dos clases de violencia. Cierto que durante la guerra civil hubo violencia por ambas partes, pero una cosa es la Matanza de la cárcel Modelo de Madrid y otra la violencia genocida emprendida por los franquistas. La primera fue motivada por el odio justificable que sentía la masa, pero desaprobada por dirigentes como Indalecio Prieto, que llegó a decir: «La brutalidad de lo que aquí acaba de ocurrir significa, nada menos, que con esto hemos perdido la guerra». En cambio la violencia franquista era preconizada y justificada por líderes como los generales Millán Astray, Mola, Yagüe o Varela, cuyas arengas vengativas y llamamientos a la crueldad más despiadada resultan sobrecogedores. Y por supuesto, inimaginables en líderes de la izquierda.

Se puede llamar odio preventivo al que causa la inusitada violencia de la derecha. El rico odia al pobre no por el daño que el pobre le ha hecho (sólo le ha proporcionado beneficios) sino porque lo ve como un posible rebelde. Y de ahí el odio al marxismo, que puede abrir los ojos al explotado y señalarle el camino de su liberación, y el odio al comunismo, que supone la desaparición de la clase capitalista y de sus bien remunerados servidores.

2. Puede sorprender que mientras los dirigentes de la derecha muestran ufanos un odio injustificable, los dirigentes de izquierda, que podrían exhibir un odio justificable, son en cambio más conciliadores.

Creo que ello se debe a dos circunstancias:

La izquierda pretende un objetivo justo y razonable, de forma que en su actividad es muy fuerte el componente racional y moral. Sólo se ve obligada a disimular y mentir cuando abandona su objetivo.

En cambio la derecha pretende un objetivo injusto (que una minoría siga explotando a la mayoría), contrario a la moral que defiende públicamente. Por ello ha de disfrazarlo con una mentira permanente. La falta de frenos morales de la derecha es imprescindible para mentir con satisfacción y odiar como si el odio fuera una virtud teologal.

En segundo lugar, los oprimidos están acostumbrados a soportar el dominio ajeno, mientras los opresores están acostumbrados a la riqueza y el poder. Los pobres soportan mejor su pobreza que los ricos una pérdida, por pequeña que sea, de su riqueza. A este hecho apeló el conservador Jeremy Bentham cuando, desde su concepción utilitarista, consideró razonable conservar el reparto tradicional de la propiedad a fin de evitar lo que llamó “dolor de decepción”, el dolor del rico ante la disminución de su riqueza, muy superior al dolor del pobre por no tener la riqueza que nunca ha tenido. La expectativa del “dolor de decepción” ante cualquier intento de mayor justicia social es lo que provoca en la derecha su odio preventivo.

El odio preventivo en ciudadanos que no pertenecen a la minoría beneficiada

Lo dicho hasta aquí vale para la minoría que obtiene una parte desproporcionada de la riqueza social (capitalistas y también profesionales, políticos y servidores mediáticos, eclesiásticos y académicos bien pagados). Pero ¿cómo se explica el odio en sectores populares explotados que votan a la derecha y a la extrema derecha?

Al tocar este tema siempre me viene a la memoria lo ocurrido al maestro Arximiro Rico en una aldea de Lugo, cuando unos falangistas del pueblo, ignorantes y tan explotados como el maestro, fueron a buscarlo de noche a casa, lo llevaron a la sierra de la Ferradura y allí le cortaron la lengua y los testículos, le sacaron los ojos y, tras apalearlo, lo remataron con tiros de escopeta dejándolo en el límite entre dos aldeas para infundir terror a los rojos de ambas. ¿Por qué estos falangistas odiaban de tal forma a un hombre que no les había hecho daño alguno, a un maestro que sólo pretendía llevar la cultura al pueblo?

No cabe explicación si no se analiza el uso ideológico que, mediante una definición mentirosa del Bien y del Mal, hace la derecha de dos sentimientos biológicos básicos, el amor a lo bueno y el odio a lo malo.

Incansable y secularmente desde los púlpitos eclesiásticos, las escuelas, los discursos políticos y los himnos marciales la derecha ha identificado el Bien con la tríada dios, patria y rey, presentándola como garantía de la hermandad derivada de una madre común, la patria y sus tradiciones, y de paz y seguridad en esta vida, gracias al rey y al ejército, y en la otra vida, gracias a la Santa Iglesia. ¿Qué es entonces el Mal, aquello a lo que hay que odiar como amenaza al Bien? Está claro que el separatismo, el republicanismo, el comunismo, el ateísmo, la inmigración de quienes hablan otras lenguas o tienen otra religión y todo lo que atente a las tradiciones patriarcales. “España quiere implantar el bien, y las fuerzas del mal, desatadas por el mundo, tratan de impedírselo” decía Carrero Blanco refiriéndose a la cruzada franquista contra el comunismo.

Si estas definiciones operan en mentes caracterizadas por la ignorancia, el egoísmo y el miedo, el resultado es el odio furioso que muchos explotados sienten contra quienes intentan su beneficio, y su servil sometimiento a quienes los perjudican.

El corronavirus y el pánico de la derecha

La política neoliberal que la derecha viene ejecutando y defendiendo desde hace décadas se basa en la gran mentira de que esa política es la única forma de producir riqueza, condición para que la riqueza llegue a todos. El resultado ha sido un aumento brutal de la desigualdad, con grandes masas por debajo del nivel de pobreza, con un desmantelamiento del Estado de bienestar, con una degradación de servicios públicos convertidos en negocios privados, y con una minoría cada vez más rica. Contra lo que decía la mentira oficial la realidad es que unos pocos se han quedado con casi toda la riqueza creada y muchos de los de abajo apenas si pueden sobrevivir.

La pandemia que estamos padeciendo ha lanzado una luz potente sobre el panorama y son cada vez más, y más cargados de razones, los que dicen que esta situación debe aprovecharse para reformas imprescindibles. Ha quedado desacreditada la oferta populista “si llegamos al poder bajaremos los impuestos”, con la que se ha venido engañando a las clases medias. La pandemia ha demostrado que hay que aumentar mucho los recursos públicos dedicados a la sanidad y a los servicios sociales, y que ello requiere ingresos estatales muy superiores, lo que pone en el punto de mira a los grandes patrimonios y a los grandes ingresos y beneficios, sean personales o de las grandes corporaciones.

Se están empezando a discutir en Europa temas que eran tabú, como la recuperación de espacios cedidos al beneficio privado, la nacionalización de aquellas empresas que necesitan dinero público, la armonización fiscal, la lucha contra la evasión fiscal, etc.

Y puesto que afrontar esta situación con un gobierno de coalición PSOE-UP no ofrece garantías a la élite, el odio preventivo de nuestra derecha montaraz está llegando a un nivel de histeria. Todo vale. Bulos desestabilizadores, acusar al gobierno de aviesas intenciones contra la población y contra España, culpar al gobierno, con cinismo insuperable, de los muertos que se deben a pasadas políticas propias, etc. Algo muy alejado de las críticas que el gobierno merece por sus vacilaciones, errores y fallos en la cooperación y la comunicación, que vienen siendo reiterados y graves (y que, dicho sea de paso, no sólo se deben a la incapacidad para la empatía de Pedro Sánchez, sino al responsable del diseño de esa política comunicativa, que sería interesante saber quién es).

Pactos para superar la crisis económica

La situación obliga a dos esfuerzos que en ocasiones se contraponen, uno para vencer la pandemia, otro para rehacer la economía. Para esto segundo se vienen proponiendo unos nuevos pactos de la Moncloa, nombre mal elegido, porque en los Pactos de la Moncloa se trató de frenar la inflación mediante austeridad a cargo de la clase obrera, y ahora el propósito debe ser contrario.

En seguida saltan a la vista dos cuestiones: una, que es imposible atraer a la derecha a unos pactos que obliguen a los ricos a poner algo de su parte para que el peso de la recuperación no vaya otra vez sobre las espaldas de los de abajo. Ello quiere decir que la derecha no se sumará a unos pactos mientras UP esté en el gobierno. Por tanto, cuando esos pactos se proponen desde la derecha lo que se propone es que, tomando como pretexto la situación de emergencia, se forme un Gobierno de salvación nacional dejando fuera a UP y logrando de paso que el PSOE vuelva al redil.

Cuando la propuesta viene de Pedro Sánchez sólo puede entenderse, o bien como un intento artero de forzar la salida de UP del gobierno, o bien como una treta para que la derecha se vea obligada a rechazar una oferta que cuenta con el apoyo mayoritario de la sociedad. Pero en este segundo caso Pedro Sánchez debería haber acompañado la propuesta de un documento concretando las medidas que a juicio del Gobierno son necesarias para salir de la crisis económica y social que se avecina.

¿Qué fueron los pactos de la Moncloa?

1. La propuesta de unos nuevos Pactos de la Moncloa lleva implícita una valoración positiva de aquellos pactos. Que sigan siendo añorados y ensalzados por los conservadores, es natural, pero que lo sean por miembros del PSOE demuestra cuánto conservadurismo sigue habiendo en este partido. Afortunadamente van proliferando los análisis que ponen la cosa en su sitio.

Ángeles Maestro (en Pactos de la Moncloa: la gran estafa otra vez, no) nos recuerda que en abril de 1976 los trabajadores organizados por sindicatos y partidos de izquierda ilegalizados y con centenares de miembros en la cárcel, habían conseguido imponer mediante luchas durísimas la Ley de Relaciones Laborales más progresista que se ha conocido. Y se hizo en plena crisis económica.

Esa ley establecía, entre otras cosas, que todo contrato era indefinido, salvo excepciones tasadas. Prohibía y sancionaba el prestamismo laboral y las empresas de trabajo temporal; reducía la jornada laboral, ampliaba el permiso de maternidad, etc. Pero sobre todo, regulaba el despido improcedente con prohibición de que el empresario pudiera sustituir a voluntad la readmisión por indemnización económica, lo que fue esencial para luchar contra las “listas negras” y la represión a líderes sindicales.

Esa ley demuestra, dice Ángeles Maestro, que la correlación de fuerzas no era la que se ha venido contando para justificar una rendición incomprensible.

Recordemos que, en efecto, la universidad y las fábricas estaban en pie de guerra, los periodistas y los abogados exigían democracia, la UMD progresaba en los cuarteles, Comisiones Obreras y el Partido Comunista movilizaban a miles de personas (más de 100.000 se congregaron en el entierro de los abogados asesinados en Atocha), y a la vista de todo ello, EE UU y Alemania presionaban para una transición pacífica a un sistema político homologable con los europeos.

Sin embargo los Pactos de la Moncloa acabaron con los avances de la Ley de Relaciones Laborales y basaron la salida de la crisis económica sobre todo en limitar el crecimiento salarial por debajo de la inflación prevista y en la precarización del mercado de trabajo, con la instauración de los contratos temporales y el despido libre.

Ello causó una profunda decepción en los trabajadores, que se desmovilizaron de manera notable: si en 1978 estaba afiliado sindicalmente casi un 55% de los asalariados, ese porcentaje se redujo a menos de la mitad en 1980 y a casi la quinta parte en 1984.

Esto por lo que atañe a la economía.

2. En el aspecto político los Pactos dieron lugar a una falsa democracia caracterizada por estos rasgos:

-Una constitución en la que artículos fundamentales que favorecen a la mayoría se incluyeron con la convicción de que nunca serían cumplidos.

-Un rey nombrado por Franco y no dependiente del proceso constituyente ni sometido luego a referendum.

-Una ley electoral calculada para que al PC le haya venido costando cada diputado diez veces más votos que al PP, y para que la composición del Senado haga imposible cualquier cambio constitucional que no interese a la derecha.

-Honras públicas a dos genocidas, a Franco hasta hace un año en el monumento de Cuelgamuros, a Millán Astray en la iglesia de la Macarena.

-Títulos nobiliarios a la familia de Franco concedidos por un Rey franquista.

-Asociaciones franquistas subvencionadas con dinero público.

-Restos de asesinados en cunetas, y familiares de víctimas que tienen que acudir a la justicia de Argentina porque la nuestra, heredera de la franquista, no está por la labor.

-Privilegios económicos y culturales a la iglesia católica, que financia con dinero público medios de comunicación y escuelas al servicio del más rancio adoctrinamiento y que se apropia de miles de inmuebles que no son suyos.

-Bases militares de EE UU que nos involucran en guerras imperialistas en las que nada se nos ha perdido. Etc., etc.

No cabe democracia en el capitalismo, pero a diferencia de otros disfraces mejor hechos, el disfraz español es una pena.

¿Pudo ser de otra forma?

Imaginemos que el PC se niega a suscribir aquellos pactos y exige un juicio al franquismo, una depuración de ejército, policía, judicatura y otros cuerpos funcionariales, liquidación de las bases americanas en España y un trato a la iglesia católica sin privilegios. Naturalmente, no lo habría conseguido, pero al PSOE le habría costado más prestarse a la gran traición. Y el partido comunista hubiera quedado libre para denunciar un día sí y otro también la gran estafa de una Transición que amnistiaba al franquismo, y para seguir movilizando a estudiantes y obreros en la exigencia de una democracia republicana. A esta presión se habría unido la exterior y antes o después habría llegado un régimen homologable con los europeos, y con un partido comunista libre para jugar su papel a favor de las clases populares. El error teórico del eurocomunismo, y el cálculo incomprensible de Santiago Carrillo pusieron al partido comunista en un camino que lo llevó rápidamente a la inoperancia, lo mismo que ocurrió a los de Francia e Italia.

No es digno de encomio ese partido, como ahora se dice, por haber comprendido en aquellos momentos que por encima de todo estaba el interés del país. ¿Quién define tan chapuceramente el interés del país como para afirmar que aquellos pactos estuvieron a su servicio?

Algo más sobre nuestra sagrada constitución

Pablo Iglesias va por ahí blandiendo una constitución española y recordando lo que dice su título tercero o su art. 128.

La constitución afirma que todos los españoles tienen el derecho al trabajo… y a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia, sin que en ningún caso pueda hacerse discriminación por razón de sexo (art. 35). Que todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada, y que se regulará la utilización del suelo para impedir la especulación (art. 47). Que la riqueza regional y personal se distribuirá de la manera más equitativa (art. 40.1). Que toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad está subordinada al interés general (Artículo 128). Y que todos contribuirán al sostenimiento de los gastos públicos de acuerdo con su capacidad económica mediante un sistema tributario justo inspirado en los principios de igualdad y progresividad (Artículo 31. 1.). ¡Qué bonito!

Pero veamos: en el artículo 31 se añade que el sistema tributario en ningún caso tendrá alcance confiscatorio. O sea, que impuestos progresivos, pero ¡cuidado!, no vaya a ser que se pasen de frenada y confisquen. Y el art. 53,3 advierte que “el reconocimiento, el respeto y la protección de los principios reconocidos en el Capítulo Tercero… sólo podrán ser alegados ante la Jurisdicción ordinaria de acuerdo con lo que dispongan las leyes que los desarrollen.” Y ocurre que en más de 40 años no se han dictado esas leyes que permitirían que alguien exija ante un tribunal, por ejemplo, su derecho a una vivienda digna.

Cuando Pablo Iglesias enarbola la constitución no lo hace, como debería, para mostrar que nuestra democracia es un fraude, sino para pedir que esa ley fundamental se cumpla. ¡Pero hombre! Si lleva más de 40 años sin cumplirse, ¿por qué se va a empezar a cumplir ahora? ¡Como si la plutocracia que soportamos pudiera ser convertida, por arte de magia o por dolor de corazón y propósito de la enmienda de los poderosos, en una democracia al servicio del pueblo!

La libertad de expresión y el derecho a la información

Si quienes defienden que España es una democracia no son ignorantes, han de tener mala conciencia. Y para aliviarla se muestran muy combativos a favor de ciertas libertades y derechos garantizados por la constitución, no sea que sufran menoscabo como consecuencia de los poderes asumidos por el gobierno en el estado de alarma. Ahí tenemos a tertulianos y colaboradores de los medios diciendo a cada paso “lo que me preocupa mucho…”, “lo que sobre todo me preocupa…”. ¡Cómo se podrá vivir con tanta preocupación! Se refieren al posible menoscabo de la libertad de expresión y de los derechos a la información, a la privacidad y a la intimidad.

Está claro que por ahora el gobierno no ha coartado el derecho de cualquiera a criticar su gestión, puesto que las críticas son continuas y exageradas. La derecha esparce bulos y pone el grito en el cielo si el gobierno quiere investigarlos, como si mentir para hacer daño fuera un derecho humano inviolable.

El problema no es que el gobierno quiera menoscabar esos derechos, sino que en nuestra sociedad son imposibles. Porque para que el derecho a la información y la libertad de expresión sean reales se requieren dos condiciones:

Que la poblacion disponga de un nivel de educación que haga imposible el engaño persistente y que facilite la expresión de argumentos, de manera que todo el mundo sepa argumentar y calibrar los argumentos ajenos.

Por otra parte que no haya medios de comunicación de propiedad privada utilizados por sus propietarios con designios secretos que nadie puede controlar. La democracia exige que los medios sean de propiedad pública y controlados por la sociedad, de tal forma (uso aquí palabras de la propia constitución) que la ley garantice “el acceso a dichos medios de los grupos sociales y políticos significativos, respetando el pluralismo de la sociedad …”.

¿Se da alguna de estas dos condiciones entre nosotros? Ninguna. ¿Se hace algo para que se den? Nada.

En la escuela sólo se enseña una versión conservadora de la reciente historia de España, y se carece de medios para una educación eficiente. Prueba de ello son las manadas de jóvenes ignorantes y violentos y el alto número de ciudadanos engañables, que perjudican sus intereses votando a la derecha y a la extrema derecha.

Por lo que concierne a los medios de comunicación privados, conceden a unos pocos (los ricos) una ilimitada libertad de expresión con la que vienen configurando la opinión pública y atacando y denigrando a cualquiera que pretenda una política favorable a la mayoría, mientras otros (los antisistema) a lo más a que podemos llegar es a expresar nuestra opinión en las redes. La constitución no obliga a los medios privados a abrir sus páginas a los grupos sociales y políticos significativos, ni a respetar el pluralismo de la sociedad.

De manera que menos invocar el derecho constitucional a la información y a la libertad de expresión.

El miedo hipócrita a que el Estado nos controle

Que el Estado pueda saber por medio de nuestro teléfono cómo nos hemos movido y con quienes hemos interactuado, aunque sea un control limitado a efectos de la pandemia, preocupa mucho a nuestros preocupadizos. Nos dicen que la efectividad china frente a la pandemia requiere un control muy estricto de los movimientos de la población y del estado de salud de cada uno, pero que en una sociedad que se pretende democrática hay derechos fundamentales a la intimidad y privacidad que no se pueden vulnerar.

Los derechos, nos dicen, se sabe cuando se pierden pero nunca cuando se recuperarán. Cuando la salud pública está amenazada cunde el miedo y el miedo puede alimentar el autoritarismo del gobernante. Cuidado con las medidas invasivas de la intimidad y del espacio privado de las personas, aunque se haga en nombre de la eficacia científica y para remediar situaciones catastróficas.

En esta dirección los hay que exigen una cesión voluntaria para que los datos sobre nuestros movimientos y contactos sean utilizados por el gobierno a los efectos de contener la pandemia. Pero si alguien infectado se empeña en ser un peligro para otros por no ceder esos datos ¿debe su derecho a la privacidad prevalecer sobre un derecho mayor, el derecho de los demás a la salud y a la vida?

Lo sorprendente es sin embargo que asuste tanto que el gobierno adopte medidas invasivas de la intimidad y del espacio privado, cuando soportamos esas medidas desde hace tiempo. Los datos sobre nuestra salud no son exclusivamente nuestros, están en manos de médicos, aseguradoras y hospitales. Y las plataformas digitales, que están en manos privadas, manejan innumerables datos sobre nuestros gustos y movimientos, que usan para su interés y al margen de todo control público. De manera que en lugar de mostrar tanta preocupación por lo que pueda hacer el gobierno lo razonable sería clamar contra el poder que han ido consiguiendo empresas privadas de tecnología digital.

El peligro de los controles peligrosos sólo se podrá evitar si conseguimos llegar algún día a sociedades que funcionen democráticamente.

El perjuicio escolar para los desfavorecidos

Preocupa también mucho a nuestros preocupadizos que, interrumpidas las clases presenciales, los niños de las clases bajas no van a concurrir a los exámenes en iguadad de condiciones. Porque estos niños viven en viviendas pequeñas, sus padres no les ayudan en las tareas y no tienen wifi y ordenador, ni saben manejar las tecnologías para recibir clases online.

Si ese fuera el problema tendría fácil solución: dotar a esos niños de ordenadores y wifi en casa y darles instrucción para que puedan seguir las clases online.

Pero es que el problema no es ese, sino que los niños de las clases bajas nunca, tampoco antes de la pandemia, han concurrido a la enseñanza en igualdad de condiciones. En los años 60 del pasado siglo sociolingüistas como Wiliam Labov y Basil Bernstein demostraron que el fracaso escolar de los niños y niñas de clases económica y culturalmente bajas se debe a que no han aprendido en su entorno social el lenguaqje que se emplea en la escuela. Se manejan con lo que estos lingüistas denominaron “vernacular dominado” o “código restringido”, mientras en la escuela funciona el “vernacular dominante” o “código elaborado”. Ésta es la causa de que estén condenados al fracaso escolar y obligados a tomar el camino de la llamada Formación Profesional.

El fracaso escolar no sólo se disimula (es mucho mayor el real que el que se contabiliza), sino que además se contabiliza sin relacionarlo con clases sociales a fin de evitar que salte a la vista este obstáculo insalvable a la igualdad de oportunidades, que por sí solo, sin necesidad de atender a otros muchos, hace por completo falsa la democracia que se pregona.

¿Cuál sería la solución? Nada que ver con wifis, ordenadores o tecnologías digitales. Escuelas de infancia de 0 a 6 años en las que los niños y niñas de las clases culturalmente deprimidas reciban un baño lingüístico que les dote del léxico y las fórmulas sintácticas de la lengua estándar. Sólo así podrán sentirse capaces de aprender, condición imprescindible para que eviten el fracaso escolar y tengan un proyecto universitario, como los niños y niñas de las clases medias. Naturalmente, estas escuelas no pueden concebirse como guarderías, sino servidas por expertos conectados a equipos de investigación, a los padres de los escolares y a sus barrios. Y ello requiere mucho del dinero que está en los bolsillos de los ricos. ¿Quién lo sacará de ahí?

La manera menos mala de salir de la crisis

Dada la naturaleza de la derecha española hay que esperar más de la Europa neoliberal que de pactos políticos dentro de nuestro país.

Supongamos que entre los dirigentes europeos cunde el sentido común y llegan a la conclusión de que la mejor manera de servir a los ricos es dejar de atosigar tanto a los pobres. Supongamos que se despiertan una mañana con la idea clara de que las políticas neoliberales ya no tienen sentido, y además con la determinación de prestar más atención a los problemas del Sur. Entonces sería posible que en Europa se tomen las siguientes medidas que acabarían influyendo en la política española:

-Acabar con los paraísos fiscales que hay dentro de la UE (Paises Bajos, Irlanda, Luxemburgo) y luchar contra los que hay fuera, castigando a las empresas que los usen para evadir impuestos.

-Lograr una armonización que acabe con la actual disparidad de regímenes fiscales, que beneficia sólo a los grandes capitales, rentistas y familias más ricas en perjuicio de las mayorías populares.

-Aumentar significativamente los impuestos sobre beneficios empresariales y grandes patrimonios.

-Invertir la tendencia a las privatizaciones renacionalizando servicios fundamentales.

-Ir imponiendo nuevas formas de vida que distribuyan trabajo, ocio y riqueza de manera razonable y que sean compatibles con un trato cuidadoso al medio ambiente.

-Establecer un ambicioso Plan de Ayuda al Desarrollo de los países del Tercer Mundo.

Estas medidas no son nada del otro mundo, pero ¿son siquiera posibles? Dada la previsible oposición de EE UU a algunas de ellas y la debilidad de la izquierda europea no podemos ser muy optimistas.

Entretanto, por favor, no molesten con loas a una democracia que no existe ni con preocupaciones hipócritas.

jmchamorro@jmchamorro.info

CHINA, LAS DEMOCRACIAS Y EL CORONAVIRUS: UNA LECCIÓN PRÁCTICA

China ha tenido éxito en la detención de la epidemia del coronavirus y ha ofrecido al mundo un alarde en ninguna otra parte posible: la construcción en pocos días de grandes hospitales provisionales, algunos de ellos ya desmantelados. Y también la aplicación por primera vez en la historia de una cuarentena a sesenta millones de personas.

En seguida se ha dicho que la cuarentena ha ido acompañada de medidas draconianas y sanciones incompatibles con Estados democráticos y sólo al alcance de autocracias como la china.

Pero esto ha llevado a una inquietud, pues parece dejar claro que las autocracias son más efectivas que las democracias. ¿Cómo evitar esta conclusión? ¿Acaso no se ha venido diciendo que la democracia y la economía de mercado son dos caras de la misma moneda, que la democracia es más eficiente que la dictadura, y que la empresa privada funciona mejor que la pública?

Para mayor confusión, resulta que nuestros Estados democráticos se están viendo obligados a tomar medidas parecidas a las tomadas en China, sólo que tardías y menos efectivas.

El asunto merece una reflexión desde el punto de vista políticamente incorrecto.

Dos tipos de dictadura

El régimen chino no es una autocracia, por mucho poder que tenga Xi Jimpin. Es una dictadura del partido comunista.

Los regímenes occidentales son plutocracias, esto es, dictaduras del capital disfrazadas de democracias.

A mi juicio es en algún sentido preferible la dictadura explícita por su menor hipocresía. El partido comunista es responsable de las medidas económicas y políticas que se toman en China. En cambio entre nosotros mucha gente cree que son los partidos políticos y sus líderes quienes deciden, pero Parlamentos y Gobiernos son testaferros que sólo pueden actuar en el estrecho espacio que el poder económico les fija desde la sombra. A su vez Parlamentos y Gobiernos se escudan en supuestas leyes económicas que obligan a políticas contra las mayorías. Y como no cabe pedir responsabilidades a “leyes científicas”, los verdaderos responsables quedan siempre fuera de foco.

¿Somos libres?

Medidas racionales y necesarias chocan en nuestras sociedades con el sagrado principio de no intervención en el mercado y con el concepto de libertad propio del individualismo occidental.

Por comparación con China, ¿son libres nuestros medios de comunicación privados? ¿Son libres nuestras televisiones públicas? ¿Son libres nuestros ciudadanos porque pueden votar a partidos que no son libres para hacer lo que conviene a la mayoría?

En China hay medios públicos controlados por el Partido Comunista y hay numerosos medios privados controlados por sus dueños dentro del espacio que el gobierno les concede. Los minoritarios pueden ser muy críticos, los de masas mucho menos. No sé por qué algunos creen que estamos por encima de China en términos de libertad. Puesto a aguantar la ideología oficial (allí a favor del comunismo, aquí a favor del capitalismo) prefiero aquella.

Razones de la eficacia china

Si nuestras “democracias” son dictaduras encubiertas, ¿por qué es más efectiva la china? Hay distintas cuestiones a considerar.

1. La economía china no es comunista, porque allí se percibió bien pronto que el éxito de la revolución dependía de una interacción inteligente con la economía mundial, predominantemente capitalista, de manera que la propiedad estatal representa cerca de un tercio, la mixta más de un tercio y la privada un tercio.

Pero el Estado planifica y controla las industrias básicas como los ferrocarriles, la aviación civil, los correos, las telecomunicaciones, la electricidad, el agua potable y el gas, así como los espacios de la investigación científica, la educación, la defensa nacional y el sector financiero.

La planificación es una actividad racional que tiene la posibilidad de ser diseñada atendiendo al bien común, esto es, al beneficio de la población.

La conjunción de planificación central y propiedad pública da resultados espectaculares. China ha pasado en sólo 70 años de estar a la cola del mundo a estar a la cabeza. Ha librado en poco tiempo a cientos de millones de campesinos de su pobreza y ha escalado a lo más alto en investigación, tecnología y capacidad económica. Por ejemplo, ha fabricado el radiotelescopio más sensible del mundo y la primera red de comunicación cuántica, y es pionera en 5G, supercomputadores (tiene los más rápidos), drones aéreos supersónicos, etc.

2. El sistema capitalista implementa la dictadura del capital a través del mercado, que es un mecanismo irracional diseñado para producir beneficios privados, y cuya lógica consiste en dar más a quienes más tienen y menos a quienes tienen menos. El resultado es que quienes más tienen ponen en pie medios de comunicación para fabricar opinión favorable al sistema, y controlan la legislación a fin de que su riqueza aumente y su contribución al bien común sea mínima. Y quienes menos tienen no pueden satisfacer sus necesidades básicas porque el mercado sólo da mercancías y servicios a quien puede pagar su precio. Por su propia lógica, el mercado actúa contra los intereses de la mayoría de la población. Por eso surgieron tras la segunda guerra mundial las medidas socialdemócratas de bienestar social, que tras la caída de la URSS el capitalismo neoliberal viene intentando desmantelar.

3. En casos de emergencia, como la actual pandemia, los enormes recursos del Estado chino y su control de la economía pueden ser puestos al servicio de soluciones rápidas por costosas que sean en términos económicos y logísticos. El brote del coronavirus coincidió con las vacaciones del Año Nuevo Lunar, pero las autoridades ordenaron reabrir las fábricas y funcionar a pleno rendimiento para cubrir la enorme demanda que venía de la provincia de Hubei y del resto del país.

Pasado lo peor, la vuelta al trabajo se está haciendo de forma coordinada. Según noticias que nos llegan, fuera de Hubei la tasa media de reanudación de la actividad empresarial es del 95% para las grandes empresas y del 60% para pequeñas y medianas empresas. El verdadero problema para la economía china no va a estar dentro, sino fuera, por la caída de demanda de otros países afectados por la pandemia. De momento China está ayudando a otros países con el envío de especialistas y material médico.

4. En cambio en los regímenes de “democracias” capitalistas, estando la mayor parte de los recursos en manos privadas para intereses privados, los Estados ni siquiera disponen de lo necesario para gestionar la rutina, mucho menos para hacer frente a situaciones extraordinarias. Y en todo caso están constreñidos por la necesidad de evitar efectos inmanejables por el mercado, que pueden llevar a situaciones catastróficas.

La Unión Europea es incapaz de ofrecer una respuesta coordinada, en parte por el egoísmo de los países más ricos, que ya han dicho que no creen necesario ampliar el esfuerzo fiscal de la Unión. Alemania y Francia llegaron a prohibir las exportaciones de material médico a otros socios europeos, aunque luego rectificaron. También en la Gran Recesión y ante el problema de los refugiados ha primado la insolidaridad.

A esto se añade el mito neoliberal, que ha venido siendo un dogma de funcionamiento y que sigue en pie porque la cara dura de sus defensores no tiene límites. Algunos países de la UE, España entre ellos, intentan que los gastos que se inviertan en vencer la pandemia no se computen respecto a la deuda permisible. Si esto se termina consiguiendo será inevitable esta pregunta: ¿por qué las autoridades europeas obligaron a los países del Sur a recortes en gasto social para salir de la gran crisis del 2008 y no aceptaron que las inversiones en educación, sanidad, pensiones y dependencia quedaran al margen del pacto de estabilidad, ese pacto que los dirigentes neoliberales consideraban sagrado? Sólo cabe pensar que esos dirigentes querían aprovechar la crisis para deteriorar los servicios sociales, ofreciendo así los suculentos espacios de la sanidad y las pensiones al negocio privado, y que, insensibles a los sufrimientos de las mayorías, los aprovechaban para que esas mayorías se avinieran a trabajar por menores salarios y con menores derechos.

Las criminales políticas de los dirigentes europeos no se pueden disimular ya bajo principios de racionalidad económica. Gracias a grabaciones que hizo Yanis Varoufakis sabemos algo del modo de funcionamiento del Eurogrupo, con reuniones de los ministros de economía de las que no se levantaba acta, a las que iban con un propósito preconcebido de eludir cualquier acuerdo sobre la deuda griega y humillar a Grecia, condenando a una gran parte de su población a la miseria a fin de evitar que cundiera el ejemplo de Syriza.

Ahora nos dicen que la banca no es parte del problema, como lo fue en la crisis de 2008, sino parte de la solución, y se le pide que arrime en hombro. Pero la banca pública que existía en España fue privatizada y lo que queda, Bankia, está en vías de privatización. Y la banca privada no es una institución filantrópica, sino que actúa movida por el beneficio. El bien común no puede esperar mucho de ella.

El valor de lo público

Hemos vivido una larga etapa de desprestigio de lo público y exaltación de lo privado, de defensa del mercado frente a la planificación, de condena de toda intervención estatal en la economía. ¿Con qué argumentos? Con ninguno riguroso. Los teóricos al servicio del poder sólo ponen sobre el tapete falacias y un hecho al que dan un valor definitivo: el fracaso de la URSS, sin tener en cuenta que, igual que más tarde en China, la propiedad pública y la planificación lograron en la URSS, en condiciones dificilísimas y con una población mayoritariamente pobre y campesina, un desarrollo económico y cultural impresionante, nunca antes igualado. Y que si más tarde ello se malogró no fue debido a la propiedad pública y a la planificación, sino a la batalla sin cuartel que se hizo contra la URSS desde el mundo capitalista y a la torpe y brutal manera de reaccionar de la dictadura estalinista.

Puesto que China está demostrando que la conjunción de planificación central y propiedad pública logra resultados que la economía de mercado no puede conseguir, EE.UU., cuyo declive se hace visible, está muy preocupado y trata por todos los medios de aislar a China y dificultar su funcionamiento, exigiendo a Europa que le siga en esa batalla. Por ahora parece que esos ataques no tienen el éxito que tuvieron contra la URSS, seguramente porque la dictadura china es más sabia y astuta.

Y mientras China ayuda a otros países y acomete proyectos como la Nueva Ruta de la Seda, que pretende desarrollar infraestructura para el intercambio comercial entre Asia, Europa y África, y que cada vez convence a más países, EE UU se comporta como un matón que amenaza y castiga a todo el que no se pliega a sus deseos. A España concretamente, pese a que está utilizando bases militares en suelo español.

La fórmula ideal

Ni China ni las democracias occidentales son el modelo ideal, por más que en la comparación salga China ganadora. Está claro en que consiste la fórmula por la que hay que luchar: una democracia auténtica con un Estado que planifique racionalmente la economía y que disponga, para el bien común, de las inmensas riquezas que el sistema capitalista entrega a unas pocas manos privadas. Y ello a nivel mundial, que eso sería una globalización acogedora para todos.

Hay que insistir en que esta utopía es posible, aunque no lo sea a corto plazo porque requiere dos condiciones: vencer al poder económico global y lograr una mayoría de la población con un nivel de conocimientos y de solidaridad que elimine el deseo individual de riqueza a costa de los otros. Y esa población no se fabrica de la noche a la mañana.

Pero que tal utopía sea posible a largo plazo depende de lo que vayamos haciendo desde hoy.

Y es mucho lo que se puede hacer. Cada día hay más argumentos, y más poderosos, para exigir la nacionalizacón de sectores básicos, un control público sobre el mundo financiero, sobre las plataformas digitales y sobre la publicidad, y una política fiscal que no recurra al criminal IVA como suplemento del IRPF para evitar cobrar impuestos a los que más tienen, sino que grave con impuestos suficientes a ingresos y patrimonios que superen un límite razonable (recordemos que a esos ingresos y patrimonios ya se aplicó en EE UU una tasa de más del 90% hasta que se impuso la política neoliberal). Con esos ingresos fiscales sería posible no sólo una reversión de las políticas de recortes en gasto social, sino llegar más lejos dando a la sanidad, la educación y la dependencia lo que requieren para ser efectivas en toda circunstancia.

Veremos si la izquierda parlamentaria sigue guardando silencio bajo el lema “en boca cerrada no entran moscas”. De momento han sido decepcionantes las intervenciones de los portavoces de IU y de Podemos en el pleno extraordinario del Parlamento, incapaces de salir de los tópicos socialdemócratas.

jmchamorro@jmchamorro.info

DE MENTIRAS Y MIEDOS

He hablado en otras ocasiones de las mentiras conceptuales del conservadurismo (entre ellas afirmar que vivimos en democracia, que la actual forma de globalización es inevitable, que hay leyes económicas que obligan a los recortes sociales, que sólo la economía de mercado, es decir, el capitalismo, es compatible con la libertad y la eficacia, que el marxismo y el comunismo son perversiones que terminan en el totalitarismo y la pobreza, etc.).

La actualidad nos va dejando temas que hunden sus raíces en esa gran mentira conceptual, entre ellos éstos, en el fondo relacionados entre sí:

El Foro de Davos se propone renovar el capitalismo. Venezuela vuelve a primera página por la reunión del ministro Ávalos con la vicepresidenta de Venezuela Delcy Rodríguez. Ariel Cohen, analista político del think tank Atlantic Council, argumenta sobre el peligro que representa China y la necesidad de que estemos todos unidos bajo Estados Unidos ante esa amenaza. Se concede el Premio Primavera de Novela 2020 a Peridis por El corazón con que vivo, una novela confeccionada a partir de recuerdos y relatos de la Guerra Civil y que apuesta por «el inmenso valor de la reconciliación».

Los efectos del capitalismo hacen cada día más difícil su defensa

El lema de la 50 edición del Foro de Davos ha sido “La movilización de los grupos de interés por un mundo cohesionado y sostenible”.

«Somos muchos los que hemos visto que esta forma de capitalismo ya no es sostenible», ha dicho Klaus Schwab, uno de los fundadores del Foro. Hay consenso en que el capitalismo tal y como lo conocemos está generando violentos antagonismos, peligrosos desórdenes como la inestabilidad laboral, la creciente desigualdad y el rápido y fuerte deterioro medioambiental.

Volvemos a oír la vieja frase, repetida en todas las crisis y en seguida olvidada, de que para que el capitalismo sobreviva debe reinventarse. Se pretende defender la globalización en su forma actual y al mismo tiempo cumplir el Acuerdo de París y la Agenda 2030. Y ello a base de que el «capitalismo de los grupos de interés» abandone el rendimiento económico como único objetivo y busque el beneficio del total de la sociedad. El presidente del foro exhorta a las grandes empresas a que «paguen un porcentaje justo de impuestos, se muestren cero tolerantes con la corrupción, respeten los derechos humanos en sus cadenas globales de suministro y defiendan la competencia en igualdad de condiciones». Las empresas deben ganar, pero la sociedad debe percibir parte de ese desarrollo (el llamado modelo “win-win”).

El mismo FMI defiende ahora un aumento del gasto social ante el repunte de las protestas, abandona la defensa a ultranza de la austeridad y defiende la política fiscal como vía para aumentar la inclusividad y la cohesión.

Se habla de capitalismo progresista (Joseph Stiglitz), socialismo participativo (Thomas Piketty), Green New Deal (Alexandria Ocasio-Cortez) o democracia económica (Joe Guinan y Martin O’Neill).

Por mentira que parezca las críticas actuales al capitalismo no vienen de la izquierda, sino de los representantes de las oligarquías financieras más poderosas del planeta.  Ello parece que ha abierto la veda y son cada vez más abundantes los artículos que aparecen en la prensa afirmando que el capitalismo en su forma actual es inviable. Para los pocos que venimos muchos años diciendo que el capitalismo es un sistema irracional e injusto, y en modo alguno inevitable, es una suerte que otros vayan llegando a descubrir esta verdad elemental, aunque sólo a medias (sólo se refieren al capitalismo neoliberal imperante).

La previsible respuesta conservadora, aparte dar buenos e inútiles consejos a las grandes empresas depredadoras, será convertir en un nuevo negocio el paso a energías limpias y promover políticas que atenúen la pobreza de grandes masas de la población mundial, incluso aunque para ello los ricos tengan que aceptar un ligero aumento de la presión fiscal.

Una medida complementaria puede ser el favorecimiento de las extremas derechas como dique de contencion frente a las izquierdas del mundo.

Por ello frente a este propósito de la enmienda conservador conviene insistir en que no sólo tiene los siguientes vicios el capitalismo neoliberal, sino todo capitalismo, incluido el moderado por políticas socialdemócratas:

a) Conceder a la lógica del mercado la facultad de organizar la producción y distribuir la riqueza, con dos efectos inevitables: que no se produce para satisfacer las necesidades legítimas, sino para obtener beneficios, de forma que la asignación de recursos depende de la capacidad adquisitiva de los consumidores. Esto no sería nefasto si la riqueza estuviera justamente repartida. Pero resulta que otro efecto de la lógica del mercado es que los ricos van siendo cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. De manera que hay recursos para satisfacer los lujos más obscenos, pero no para dar a millones de personas alimentos, vivienda, educación y sanidad. Con el agravante de que su riqueza da a los ricos un poder irresistible para hacer ilusoria la democracia, dirigiendo en su beneficio la legislación. De esta forma el sistema irracional e injusto se blinda a sí mismo haciendo imposible cualquier cambio por beneficioso que sea para la mayoría. Acabo de leer que los algoritmos han empezado a controlarnos. No temo nada de los algoritmos, sino de las empresas privadas que utilizan los algoritmos. Son ellas las que llevan mucho tiempo controlándonos.

b) El capitalismo cae en crisis periódicas y para evitarlas en lo posible se ve obligado a un crecimiento permanente haya o no necesidades legítimas que satisfacer, producción que no sólo exige un exceso de energía contaminante, sino que afecta de manera imprudente a los recursos naturales. Con la secuela de que para promover un consumo innecesario es imprescindible un mecanismo de publicidad cada vez más atosigante y tóxico.

Todo esto indica que, frente a la respuesta cosmética conservadora, la verdadera solución, si queremos vivir en democracia y salvar el planeta, requiere estas medidas:

-Nacionalizar todos los espacios de interés público (comunicaciones, energía, sanidad, educación, entidades financieras, empresas farmacológicas, alimentación), de tal forma que la producción y distribución pueda ser diseñada racionalmente, lo que exige legislar contra la producción y el consumo irresponsables y poner coto a la publicidad hasta conseguir que prácticamente desaparezca.

-Armonizar mundialmente producciones y consumos bajo una legislación internacional a cargo de una ONU con poderes ejecutivos y en la que no funcione el derecho de veto. Eso, y sólo eso, sería una globalización correcta.

-Poner un límite razonable a la riqueza privada (por ejemplo, entre 5 y 10 millones de euros) con impuestos del 100% por encima de ese límite.

¿Imaginan cómo sería el mundo?

Estas medidas imprescindibles son hoy por hoy imposibles, pero sólo por la oposición frontal del poder económico. Sería sin embargo un paso que la izquierda parlamentaria hablara de ello a la gente desde los púlpitos que las instituciones le conceden.

Venezuela, Venezuela

¡La que se ha armado porque el ministro Ávalos fue al aeropuerto a hablar con la vicepresidenta de Venezuela Delcy Rodríguez! El furor impostado de la derecha ha alcanzado cotas ridículas, sólo justificables si el ministro Ávalos hubiera ordenado un genocidio. Se puede tratar con Guaidó, con Bolsonaro, con los jeques del Golfo Pérsico, con el rey de Marruecos o con dignatarios estadounidenses, y nada de esto contamina, pero no cabe relación alguna con Maduro y su gente. Cualquier relación con ellos se presenta como traición a los valores occidentales. La derecha se parodia a sí misma, pero es necesario repetir que, si no fuera lastimoso el estado cognitivo de la población española, esa derecha no podría llegar tan lejos por el camino de la desvergüenza impune.

La culpa del PSOE no está en que un ministro socialista haya hablado en Barajas con la señora Rodríguez, sino en haberse apresurado a reconocer a Guaidó como presidente en funciones sólo para seguir servilmente las indicaciones de Estados Unidos. Sobre la situación de Venezuela cuando Guaidó se autoproclamó presidente nos ilustran varios artículos publicados en enero y febrero del pasado año en Público y en Diario.es (La estrategia del terror contra Venezuela: carta abierta al presidente del gobierno Pedro Sánchez, de Andrés Piqueras; Venezuela: la crisis moral de la prensa española (I, II y III) de Asier Arias; Las nueve razones de EEUU en declarar la guerra a Venezuela, de Nazarnín Armanian; y La nueva Guerra Fría y Venezuela, de Boaventura de Sousa Santos), por no citar el informe del experto independiente de la ONU Alfred de Zayas, o la opinión de Rodríguez Zapatero como mediador en el conflicto venezolano.

El enorme pecado de la revolución bolivariana fue convertir al Estado en gestor de los recursos naturales en beneficio del pueblo, algo que iba en perjuicio de las multinacionales petroleras y de la burguesía explotadora venezolana. Chávez hizo una revolución que beneficiaba grandemente a capas de la población hasta entonces marginadas, que pudieron acceder a una vivienda, a educación y a medicina. De manera que era necesario acabar con semejante ensayo.

Es lo que ha venido haciendo Estados Unidos en América latina ante cualquier intento progresista. En Cuba y Venezuela no ha tenido por el momento éxito completo, pero ha conseguido asfixiar la economía de estos países mediante represalias económicas y políticas secundadas por los países vasallos, y ha amparado económica y políticamente todo intento interno de subversión. Sean cuales sean las críticas que cabe hacer al régimen de Maduro no es decente hacerlas sin mencionar a Estados Unidos y su poder corrosivo. Sin embargo los medios españoles sacan a colación el tema de Venezuela como si Estados Unidos no existiera.

Las bases americanas y la Otan para defendernos de China

1. Desde El País nos dice el antes citado Ariel Cohen que la confrontación global entre Estados Unidos, la superpotencia preponderante, y China, la máxima competidora, será el elemento decisivo del sistema político internacional de las próximas décadas, y que por tanto es un requisito vital conseguir coaliciones. Entre los apoyos de Estados Unidos están Japón, India y Australia, pero se cuestiona si podría contar con Europa. Por ello es un reto aún pendiente para Washington y Bruselas que los países de la Unión Europea apoyen a Estados Unidos y reconozcan la amenaza que China representa para su seguridad y prosperidad. Europa y Estados Unidos deben definir con claridad sus intereses y tienen que reconocer y defender el sistema político democrático y la civilización occidental. Eso, señala Cohen, debe conseguirse redoblando la colaboración estratégica occidental, incluyendo el apoyo europeo a la posición de Estados Unidos frente a Rusia e Irán. Del fortalecimiento del vínculo entre Europa y América depende el futuro de Occidente, concluye el autor.

Cohen argumenta su tesis recordando una reciente investigación sobre espionaje de dos ex altos cargos comunitarios sospechosos de trabajar para Pekín, débil argumento, puesto que todos los países tienen sus espías aquí y allí. Añade que China tiene como importantes activos estratégicos su alianza con Rusia y el apoyo prestado por Pakistán, a lo que añade su poderío nuclear y la capacidad de explotación de materias primas. Pero esta es razón poco convincente porque hay otros países con alianzas, poderío nuclear y explotación de materias primas, así que Cohen termina diciendo que Pekín pisotea la propiedad intelectual y subvenciona generosamente sus sectores económicos. Y para demostrar que el sistema político chino es incompatible con el occidental se refiere a la represión de los enemigos políticos del presidente Xi Jinping o de los musulmanes de la región de Xinjiang.

¿Se puede llegar más lejos en la pobreza argumental? 

2. Vamos a ver, lo que el poder militar de Estados Unidos defiende, con la OTAN subordinada a él, es su predominio imperial.

Las flotas americanas surcan todos los mares con armamento atómico y enorme poder defensivo y ofensivo de armas convencionales, utilizando para ello bases militares en países vasallos, España entre ellos. Si cualquier país en el mundo pone en peligro el predominio estadounidense será adecuadamente escarmentado. Y para eso, para el “América primero” de Trump, tenemos que actuar como peones útiles, pero sin voz, voto ni ventajas. Sólo desventajas e indignidad.

El problema de Estados Unidos es que hay otros países que tienen un poder militar suficiente para defenderse, incluido el armamento atómico. Especialmente Rusia y China. Y que China progresa económicamente a tal velocidad que es previsible el momento en que deje atrás a Estados Unidos. Pero que China se configure como el enemigo principal de la hegemonía estadounidense no quiere decir que sea un peligro para nosotros. Estados Unidos exige a Europa que actúe contra Huawei alegando que no se puede dejar en manos chinas la tecnología 5G. Es natural que Estados Unidos quiera que Occidente dependa de la tecnología 5G estadounidense, por ahora más atrasada, pero ¿resulta para Europa más peligrosa la tecnología china que la americana?

Nada tenemos que temer de China que no debamos temer de Estados Unidos, porque cuando dicen que China es el principal enemigo de Occidente no se refieren a nosotros, sino a las multinacionales occidentales, en especial a las estadounidenses.

Lo que por ahora sabemos es que China organiza su influencia en el mundo de manera menos agresiva y explotadora que lo hicieron los países occidentales imperialistas y que lo sigue haciendo Estados Unidos.

3. La palabra “libertad” se utiliza para sacralizar el sistema político occidental y demonizar a todo el que se le enfrente. Tú eres libre, se dice al menesteroso que tiene que pedir limosna. Y es cierto, el menesteroso es libre para pedir limosna allí donde no estorbe demasiado. Se dice al ciudadano: eres libre para crear un partido político y para votar al partido que quieras, y es cierto, sólo que ello no impedirá que gobiernen los partidos procapitalistas, porque cualquier opción antisistema ha sido previamente desactivada y si a pesar de ello llega al poder será derrocada. Vean el caso de Grecia y los numerosos casos de América Latina. Sois libres, se dice a los padres, para elegir la educación que dais a vuestros hijos, pero los pobres no pueden dar a sus hijos ni siquiera el lenguaje imprescindible para que pasen con éxito la educación obligatoria y lleguen a la universidad. Sois libres para enseñar, se dice a los maestros, pero si un maestro habla de lo que no conviene se le acusa de adoctrinar, mientras se subvenciona a los adoctrinadores habituales. Sois libres para montar imperios mediáticos, se dice a todos aquellos que no tienen dinero ni para comprar un periódico en el kiosko. En fin.

En Occidente triunfa la libertad (salvo en Cuba y Venezuela) y esa libertad no existe en China ni en Rusia. Pero en Occidente gobiernos, parlamentos y jueces acatan el poder imperial y aceptan las sanciones con que el sátrapa de turno castiga desde la Casa Blanca a los países que no se someten a su interés. Y todos los medios de comunicación influyentes hablan de esas sanciones, pero sin discutir su legitimidad, como si no fuera la ONU, sino Estados Unidos quien puede imponerlas. Es Estados Unidos el que decide si un país puede tener o no armamento atómico, si se ha hecho merecedor o no de sanciones económicas. Es Estados Unidos el que, con una retórica de teología infantiloide, habla de un Eje del Mal para caracterizar a algunos países sólo porque no los controla.

Y los demás países de Occidente carecen de libertad para decír ¡Ya está bien! Ahora el gobierno español quiere algo tan razonable como establecer una tasa Tobin y un impuesto sobre los beneficios que obtienen en España los servicios digitales de plataformas. Y ya Trump nos ha hecho saber que responderá con mucha dureza. ¿Nos atreveremos nosotros a responder a esa dureza exigiendo la devolución de las bases militares?

Desafortunadamente España no puede actuar en este asunto en su propio interés. Es un país vasallo, sin autonomía política, desde que Franco, para hacerse perdonar su fascismo, vendió un trozo de la soberanía del país. Luego Felipe González mantuvo la cesión de las bases y cambió su OTAN NO por OTAN SÍ cuando le dijeron que eso era condición para apoyarle en su ascenso a la jefatura del gobierno. Así está el tema.

¿Podríamos intentar recuperar nuestra autonomía en la medida en que formamos parte de la Unión Europea? No, porque tampoco esa Unión existe como entidad capaz de decidir libremente. Es una unión económica regida por oligarquías poderosas, promotoras de la política neoliberal, a las que interesa la capacidad disuasoria de Estados Unidos (de la que Europa carece) como defensa contra cualquier intento de alterar la situación mundial. Así que tiene que someterse al maltrato estadounidense, incluso cuando ese maltrato alcanza las cotas trumpianas. Europa se quitó el disfraz cuando actuó brutalmente contra Grecia, que sólo intentaba una política muy razonable, pero contraria a los insensatos designios del capital. Desde entonces la UE es un fantasma deslegitimado, en el que la ultraderecha va creciendo como consecuencia de los estragos sociales que ha causado esa política neoliberal. Tanto ha crecido la xenofobia de la ultraderecha que ha acabado inspirando la vergonzosa sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo con la que ha cambiado la anterior doctrina sobre las devoluciones en caliente de inmigrantes.

La distinción entre enemigos y adversarios, la memoria histórica y el ideal de la reconciliación

1. La teoría sobre adversarios y enemigos, a la que se hace frecuente referencia, se puede resumir así: La rivalidad y el pluralismo competitivo son inherentes a la sociedad democrática. Los que concurren en la búsqueda de objetivos comunes pueden diferir en la interpretación de esos objetivos y por eso se enfrentan, ya sea en el mercado, ya sea en las elecciones. Son adversarios. En cambio los enemigos se enfrentan porque el objetivo de cada uno de ellos es la destrucción del otro.

Esta teoría puede aplicarse al presente o al pasado.

Aplicada al presente tenemos que dentro del espacio procapitalista hay adversarios, mientras que procapitalistas y anticapitalistas no son adversarios, sino enemigos.

Desde la concepción conservadora los procapitalistas son prosistema, es decir, algo bueno. Los anticapitalistas son antisistema, es decir, enemigos de todo lo bueno. Es natural por tanto que los prosistema quieran destruir a los antisistema, único modo de que las cosas tomen un buen curso.

Desde el punto de vista opuesto hay que decir que es muy sensato desear que los prosistema desaparezcan, ya que imponen políticas criminales que causan enorme dolor a una gran parte de la población.

La cuestión está en el método que se elige para la desaparición del enemigo. Puede ser el método franquista de la destrucción física, o puede utilizarse como método el progresivo aumento de la justicia y la educación.

2. Si trasladamos el modelo adversario-enemigo al tema de la memoria histórica, vemos que la derecha pretende absolver a la izquierda como forma de absolverse a sí misma. Insiste en que antes y durante la guerra civil todos cometieron crímenes, que no hay que reabrir las heridas pasadas y que lo mejor es la reconciliación. Dejemos de ser enemigos y reconciliémonos.

Esta idea viene siendo defendida en artículos, novelas y películas. En El País de 1 de febrero pasado se quejaba Fernando Sabater, refiriéndose a Mientras dure la guerra, de Amenábar, de que las películas que narran la vida y sucedidos de personajes reales sean juzgadas como si fuesen documentales.

Mientras unos se han entretenido en afear inexactitudes los demás disfrutamos la película sin mayores preocupaciones. Tiene ritmo y equilibrio narrativo. Karra Elejalde es un creíble Unamuno; Eduard Fernández, un Millán Astray divertido y espectacular, pero sobre todo Santi Prego hace un Franco fabuloso en su minimalismo, una interpretación que ayuda a pensar mejor al siniestro personaje. Para documentarse más hay que ir a la biblioteca, no al cine.”

Este párrafo define muy bien la retórica habitual de Sabater, en la que una visión conservadora va revestida de aparente sentido común y desparpajo, pero siempre haciendo trampa.

Claro que se puede introducir en una película biográfica alguna inexactitud que favorece el relato, pero otra cosa es entrar en una batalla ideológica tomando partido por uno de los bandos, precisamente el que no tiene razón. Y ofrecer con ello a muchos espectadores una versión falsa que van a aceptar como verdadera en tema tan sensible, salvo que ocurra el milagro de que todos ellos sientan el repentino deseo de ir a una biblioteca. Aún así, ¿qué encontrarán en la biblioteca?

La película de Amenábar viene a decir que se cometieron tropelías por ambos bandos, que la república debió ser algo malo, ya que un intelectual tan lúcido como Unamuno, que la había defendido, se desilusionó y se adhirió al golpe militar. Y que como también los franquistas hicieron cosas feas, se arrepintió cuando las víctimas fueron amigos suyos. Esta visión de lo ocurrido viene a apuntalar lo que la derecha dice en su descargo.

Lo que la película no dice es que España venía siendo explotada hasta extremos insoportables por un consorcio de curas, militares, terratenientes y financieros. Que había por tanto mucha gente con odio justificado hacia los explotadores. Que el Frente Popular pretendía modernizar España y acabar con esa lacra. Que esto resultaba insoportable a las oligarquías explotadoras y que por eso dificultaron primero con toda su fuerza el funcionamiento de la República y organizaron luego el sangriento golpe militar.

Desafortunadamente nada ha hecho la izquierda por dejar claro, con datos, cómo era la vida de la gente en la España de 1930, qué fue la República, qué cosas pretendía y por qué esa República se puede considerar el periodo más esperanzador de la historia de España.

Tampoco ha sabido exponer que la violencia del explotado que odia con razones legítimas no es comparable con la violencia del explotador que odia al explotado sólo porque se resiste a su dominio. Pero sobre todo, no ha exigido que se narre en las escuelas la indescriptible violencia que hubo terminada la guerra, violencia que estuvo sólo a cargo del Régimen franquista, cuyo designio, del que Franco se vanaglorió muchas veces, era acabar mediante torturas y asesinatos con la España roja.

3. Volvamos a la reconciliación, la que impuso la “modélica Transición”, consistente en que el franquismo siguió con sus beneficios y su poder y puso una mordaza a la izquierda a cambio de dejarla jugar al juego de las instituciones.

Esa es la reconciliación que se ensalza. El fallo del jurado que ha concedido el premio Primavera a Peridis dice que «se trata de una novela que, a partir de un drama familiar que representa la gran tragedia que supuso la Guerra Civil, apuesta por el inmenso valor de la reconciliación». También el novelista Cercas ha escrito sobre dramas familiares para acabar ensalzando la reconciliación. Pero ¿qué quiere decir reconciliarse? ¿Puede reconciliarse la mujer con el hombre que la maltrata y la amenaza de muerte? Ya sabemos a qué conduce esa reconciliación: a que la mujer sea asesinada por el hombre. Otra cosa sería la reconciliación de la mujer con un hombre que la maltrató, pero que está realmente arrepentido y que no ha vuelto a recaer en comportamientos violentos.

¿Hay arrepentimiento en la derecha por los horribles crímenes que cometió el franquismo? Ahí la vemos añorando al genocida Franco, considerando un agravio que se haya sacado su cadáver del Valle de los Caídos, resistiéndose a sacar al genocida Millán Astray de la iglesia de la Macarena, insultando a las víctimas del franquismo. No nos engañemos. Sigue habiendo dos Españas irreconciliables, como bien se ve ahora con el auge de Vox.

Si la gente sensata se pregunta cómo salir de esta situación y llegar a una España reconciliada hay que responder que el camino no es olvidar lo ocurrido, sino tenerlo muy presente y eliminar todo aquello que acrecienta la ignorancia y el resentimiento, caldo de cultivo de los odios que la extrema derecha promueve.

Claro que para ello sería necesario acabar con el sistema impuesto por la codicia de los ricos. Y claro que a ello se opone el poder de los ricos.

Miedos

¿Dice algo de esto la izquierda parlamentaria?

Esa izquierda está muda, asustada, sin atreverse a sacar la cabeza de la madriguera en que lleva metida desde aquella “transición modélica”.

El miedo de esa izquierda consiste en esto: como no dispone de medios de comunicación que puedan neutralizar la brutal militancia de los medios privados influyentes, no se atreve a decir nada que pueda provocar una catarata de descalificaciones con efectos electorales.

Es el miedo que atenazó al ministro Ávalos cuando se hizo pública su entrevista con Delcy Rodríguez. Ávalos no hizo nada malo al entrevistarse con la señora Rodríguez, pero sí al mentir una y otra vez por puro miedo.

No meterse en jardines, no criticar a las oligarquías americana y alemana, no usar la palabra “capitalismo”, hablar de mitigar las desigualdades pero sin afirmar que las grandes fortunas son un crimen, bordear todos los temas conflictivos. Callar, callar.

Nota aclaratoria

Cuando digo Estados Unidos no me refiero a la población estadounidense, sino al poder representado por la CIA, la Casa Blanca y el Pentágono, brazo armado del poder económico de sus multinacionales. Gran parte de la población estadounidense, como en cualquier otra parte del mundo, vive engañada y ahora asustada por las consecuencias que también para ella ha tenido la política neoliberal. Pero todas mis simpatías para esa parte de la población estadounidense que vota a Bernie Sanders.

jmchamorro@jmchamorro.info

SOBRE EL GOBIERNO DE COALICIÓN IU-PSOE

En UP había partidarios de entrar en el gobierno y otros que preferían pactar un programa de legislatura y vigilar su cumplimiento desde fuera, libres para denunciar ante la población cualquier incumplimiento.

Mi opinión es que hubiera sido preferible pactar un programa de legislatura sin entrar en el gobierno, pero no es éste el asunto que me parece importante, pues pertenece a la estrategia a corto plazo. Lo grave es que las razones que se han dado sugieren que la izquierda parlamentaria está tan sometida a la concepción electoralista que no ve más allá, y que por eso no está haciendo nada de lo mucho que debería estar haciendo. Los dirigentes de Podemos ven la entrada en el gobierno como la consecución, en el sexto aniversario de su nacimiento, del “principal objetivo político del partido”.

En una entrevista publicada en noviembre de 2019 (Diario Público) Pablo Iglesias decía que la vieja extrema izquierda es capaz de dar un gobierno en solitario a los socialdemócratas antes de mancharse las manos y entrar dentro, pero que ese no es el estilo de Podemos.

Nosotros no hemos venido aquí para hacer un discurso anticapitalista y después entregarles el gobierno a los socialdemócratas. Hemos venido para gobernar nosotros dentro de las posibilidades que hay… Que alguien me diga que lo que hay que hacer es construir el socialismo es algo con lo que estoy totalmente de acuerdo, pero entonces qué hago. ¿Presentarme a unas elecciones y ganarlas? “No, no, no, porque aunque las ganaras no lo podrías hacer”. ¿Y qué hago? “Esperar a que las masas…”. Creo que ya tengo unos años para ciertas cosas.

Esta es una manera falaz de plantear el asunto. Por una parte sobra el “nosotros” referido a los miembros de Podemos. El líder de Podemos ha concedido enorme importancia a entrar en el gobierno porque es su única forma de ofrecer algún resultado aparentemente valioso después de la pérdida de votantes en las sucesivas elecciones. Pero si hubiera decidido lo contrario, eso sería lo que hubieran ratificado las bases. Aquí tenemos un primer punto a destacar: el funcionamiento democrático dentro del partido exigiría prescindir de líderes carismáticos que marcan el camino y cuyo carisma, no lo olvidemos, se debe casi en exclusiva a la retórica (la gente adora la retórica). Abrir el tema a la discusión en los círculos y tomar luego una decisión realmente colectiva requiere, claro está, una militancia con conocimiento e información suficientes. Entonces sí se podría hablar de un “nosotros”. ¿Qué se está haciendo para que la militancia disponga de ese conocimiento y esa información?

Segunda cuestión: no se trata de esperar a que las masas… sino de actuar para que las masas…

Se oyen con mucha frecuencia diatribas contra los coherentes guardianes de la pureza que prefieren fracasar en la realidad para mantener intactas sus inmarcesibles esencias. Se repite que una actitud antisistema viene a satisfacer la moral de una izquierda elitista y ensimismada, pero sin incidencia en la realidad, mientras que desde un gobierno, “manchándose las manos”, se pueden hacer muchas cosas para resolver los problemas de la gente.

Los pragmáticos que así hablan no ven, por falta de imaginación, alguna alternativa a mancharse las manos dejando de lado los principios o mirarse el ombligo sin hacer nada.

Consideremos primero qué se puede conseguir con el gobierno de coalición y en qué sentido es muy poco, y luego veremos si eso no se conseguiría también, y con creces aparte cosas más importantes, desde una organización de izquierda anticapitalista bien diseñada y alejada de todo electoralismo.

Lo poco que se puede conseguir desde un gobierno de coalición

Las propuestas socialdemócratas del gobierno de coalición IU-PSOE son muy tímidas, pero además se enfrentan a muy sólidos obstáculos y sin suficiente apoyo popular estable, apoyo que UP no ha sabido ganarse. Imaginemos sin embargo que ese Gobierno sale adelante y que obtiene suficiente respaldo parlamentario para aprobar unos presupuestos más sociales, devolver derechos a los trabajadores, hacer más progresiva la legislación fiscal, mejorar la relación de Cataluña con el Estado, etc. Puestos a imaginar, supongamos que no se privatiza Bankia, que se derogan las reformas laborales del PSOE y del PP y que se consigue recuperar el dinero dedicado a rescatar a la banca (dinero que no se sabe por qué, a diferencia de lo ocurrido en otros países, la banca española no devuelve). Añadamos una ventaja que pertenece al dominio de la estética: se nos libra del penoso y diario espectáculo que ofrece la derecha en el poder.

¿No tiene todo esto suficiente importancia? Tiene la que tiene. Pero de ninguna manera se aproxima a asaltar los cielos ni a resolver los problemas de la gente.

Compárese este tímido programa con el intento de Jeremy Corbin de “reescribir las reglas de la economía para que funcione para una mayoría y no para unos pocos”: aumento de ingresos estatales en casi 100.000 millones de euros anuales extraídos de los que más tienen, nacionalización parcial de British Telecom para dar banda ancha gratuita a todos los hogares, subir más de un 33% el salario mínimo, reducir en el plazo de diez años la jornada laboral a 32 horas sin tocar el salario percibido, construir 100.000 viviendas sociales al año e implantar la gratuidad de las matrículas universitarias, renacionalizar los servicios de ferrocarril y de transporte en autobús, renacionalizar el Royal Bank of Scotland, aumento de hasta el 26% del impuesto de sociedades (actualmente en el 19%); o una subida de las cargas fiscales a aquellos que cobran más de 90.000 euros al año.

En ese programa se respalda la celebración de otro referendo “legalmente vinculante” sobre la permanencia en la UE, pero dejando claro que si triunfara la opción de la continuidad, el Reino Unido no aceptará el statu quo, sino que “trabajará con los socios europeos para perseguir una reforma radical de la UE, en particular para asegurar que su fortaleza colectiva se centre en erradicar la emergencia climática, la evasión fiscal y terminar la austeridad y la desigualdad”.

Se alega que precisamente por el radicalismo de su programa Corbin ha perdido las elecciones, pero el programa no era en absoluto radical, y según los datos de las encuestas más fiables la mayoría de la población estaba de acuerdo con sus medidas económicas y sociales. Pero se interpuso la ambigüedad de Corbin en el asunto del Brexit. Dejemos de momento este asunto, al que en seguida volveré.

¿Resolver los problemas de la gente?

Se debería saber de sobra que resolver los principales problemas de la gente en este sistema social es ilusorio.

Lo seguro es que, aunque se cumplieran todas las expectativas de UP, seguiremos lejos de vivir en democracia y las cuestiones básicas no cambiarán. De poco va a servir el gobierno de coalición para democratizar España y transformar algunas de las cuestiones que entorpecen su progreso. Por ejemplo:

Aunque muy levemente mitigadas, las insoportables desigualdades económicas seguirán marcando la vida social.

Los medios de comunicación privados seguirán en manos del capital, monopolizando de hecho la información y ahormando día tras día la opinión de millones de españoles.

El consumo creciente seguirá siendo imprescindible para que la economía capitalista no entre en crisis y ello requiere una omnipresente publicidad, cuyos valores, para que sea efectiva, han de ser copia de los de la población a que se dirige y a los que refuerza. La publicidad seguirá siendo una funesta escuela para nuestra juventud, una insistente promotora de valores antisociales y machistas, y además una permanente incitación al consumo superfluo (que como sabemos genera una presión sobre los recursos naturales insoportable a largo plazo y es una de las causas del cambio climático). La escuela concertada seguirá recibiendo el dinero estatal que debería dedicarse a la enseñanza pública, mientras la escuela pública, sin capacidad para neutralizar las potentes antiescuelas, seguirá enseñando una teoría social conservadora y escamoteando la verdadera historia de este país.

Los grandes sectores que deberían ser de propiedad pública (economía financiera, energía, alimentación, comunicaciones, plataformas digitales, fármacos, agua) seguirán en manos privadas y administradas bajo el sólo criterio del beneficio privado. Los datos personales de la población seguirán en manos privadas para designios privados y las redes sociales carecerán de controles democráticos.

El poder económico seguirá manejando su red mundial de extorsión y corrupción, intacto su poder de coacción y chantaje sobre las instituciones políticas, con fuerza para impedir que aumente la presión fiscal sobre los ricos en la cuantía debida y para mantener sus paraísos fiscales y la opacidad de las leyes. Sus esbirros (presidentes de Bancos Centrales y organizaciones empresariales, líderes políticos, editorialistas, comunicadores, y tras todos ellos, miembros bien promocionados de la intelligentsia) seguirán augurando las mayores catástrofes si se lleva a cabo cualquiera de las tímidas medidas que se llaman progresistas. De hecho lo han venido haciendo en previsión de que el gobierno de coalición terminara saliendo adelante.

Siendo así las cosas, la cuestión es calcular cuál será el precio a pagar por las pequeñas mejoras que el poder económico esté dispuesto a tolerar a este gobierno. Y el precio es sobre todo ideológico: solidarizarse con una tímida política socialdemócrata participando de la ideología que acepta sin réplica muchos de los efectos perversos del Sistema.

¿Dónde está el verdadero problema?

UP ha ido perdiendo votos elección tras elección mientras la extrema derecha ha ido ganando votos de manera que a muchos parece alarmante. En todo caso el problema no está en Vox, sino en las gentes que conforman esa masa electoral que escatima su voto a UP y lo entrega masivamente a Vox.

Analizando por qué en EE UU, en España y en otros países europeos asciende la extrema derecha, que es votada en barrios populares que tradicionalmente votaban izquierda, Viçent Navarro se opone a la explicación más frecuente de este comportamiento, la que dice que se debe a la ignorancia, poca educación y carencia de cultura de las clases trabajadoras, vulnerables a ser engatusadas por cualquier demagogo. Son otras según él las razones por las que muchos miembros de estas clases han votado el Brexit, o a Trump o a la extrema derecha europea.

Por lo que afecta a Europa, se trata de que la imposición de las políticas neoliberales en la UE han ido causando un claro descenso del porcentaje de las rentas derivadas del trabajo sobre el total de rentas (siendo este hecho incluso más acentuado en los países de la Eurozona). Pero este descenso no ha sido uniforme, pues junto al aumento de las rentas derivadas del capital se ha dado un crecimiento de los salarios del sector profesional asalariado de alto nivel educativo (la clase media alta cosmopolita), acentuándose todavía más la polarización social por el deterioro de la calidad de vida y el bienestar de las clases populares (menor salario, peores condiciones de trabajo y destrucción y pérdida de la protección social como consecuencia de los recortes de sus derechos sociales).

Esto ha llevado al descrédito de la izquierda que, como parte del establishment, no ha sabido reaccionar en defensa de las clases populares. Es por ello lógico (y nada tiene que ver con su supuesta falta de cultura o educación) que tales clases estén en contra de la globalización económica y contra la Unión Europea, en tanto que dicha Unión cuenta con la adhesión de las asociaciones patronales, el gran capital y las clases medias de renta media alta y alta (profesionales con educación superior).

A esto se añade el miedo de los trabajadores a que los inmigrantes les quiten su puesto de trabajo (o que les abaraten el sueldo, pues es conocido que el empresario se aprovecha de tener trabajadores inmigrantes para bajar los salarios de su empresa). Se añade también otro elemento clave de su inseguridad, que es el miedo a perder su identidad frente al internacionalismo de la globalización liberal, siendo el nacionalismo la respuesta identitaria previsible. Si se ve a los inmigrantes como una variable que daña su seguridad, el racismo y el clasismo no son la causa, sino la consecuencia de esa inseguridad. Para revertir lo primero hay que resolver lo segundo, pero amplios sectores de las izquierdas no parecen ser conscientes de que el aumento del racismo, del nacionalismo y del machismo de que se nutre la extrema derecha es la consecuencia y el síntoma de la causa principal: la inestabilidad e inseguridad de los sectores más vulnerables de la población.

Hasta aquí el argumento de Viçent Navarro, en gran parte válido, pero que tiene el inconveniente de que nos lleva a un problema sin aparente solución: pues para revertir los efectos de la política neoliberal hay que hacer otras políticas económicas, pero no se pueden hacer porque las clases populares votan a partidos que defienden los intereses de las clases altas. Si decimos, por ejemplo, que las clases populares han votado a Trump por resentimiento contra el establishment, ello quiere decir que no han sabido captar algo tan evidente como que Trump forma parte de él.

Creo por ello que, aunque con una matización, hay que tomar en cuenta algo que Navarro no acepta, y es el lastimoso estado cognitivo de las clases trabajadoras. La matización es que ese lastimoso estado no es sólo de ellas, también de las clases restantes, dado que las mentes de la población vienen siendo adoctrinadas por unos medios de comunicación y por unos programas educativos prosistema, algo señaladamente grave en España, donde se añade que su historia reciente se ha contado en las escuelas, los púlpitos y los medios como convenía al grupo franquista que controló la Transición.

Ignorancia y buena educación

Concretemos más qué puede enetenderse por cultura y buena educación, para que quede claro en qué sentido puede decirse que la deficiente cultura y educación no es algo asignable a las clases trabajadoras, sino a casi toda la población actual, incluyendo a prestigiosos comunicadores que alardean de títulos universitarios.

Lo que las personas piensan, desean y hacen depende de sus afectos y de sus conocimientos. Los afectos pueden ser más o menos empáticos y solidarios. Los conocimientos configuran teorías, y en el ámbito que aquí nos interesa, el de la realidad sociopolítica, tenemos dos teorías básicas para cuya descripción me remito a ¿Qué izquierda hay en España? Puede resumirse tal descripción diciendo que la teoría conservadora, la que ha interiorizado casi todo el mundo, no importa la clase social, es un conjunto desordenado de mentiras y errores prosistema que idealizan la situación social (o al menos la defienden como la menos mala entre las posibles), y que demonizan cualquier intento de cambio.

La segunda teoría, única compatible con los innumerables datos que aportan las ciencias sociales, es la teoría marxista puesta al día, precisamente uno de los objetos demonizados por el insistente discurso conservador, que la identifica con el comunismo soviético o que la considera una antigualla del pasado. A estos audaces ignorantes ni se les pasa por la cabeza ofrecer una alternativa, bien instalados como están en la oscuridad teórica que tanto les conviene.

Forzoso es concluir que no es persona ilustrada la que ha interiorizado la “teoría” social conservadora, pues nada cognitivamente valioso se puede derivar de ella por muchos títulos universitarios que se exhiban y por mucho que se domine la propia especialidad. Véanse como prueba las mil tertulias en que esa teoría respalda las sonrojantes intervenciones de los tertulianos.

A su vez, poco se puede conseguir para la real emancipación de la mayoría social si no se promociona la teoría que vale para identificar la dominación y explotación que esa mayoría sufre y la identidad de sus principales actores por bien disfrazados que se presenten.

Otra izquierda

Volvemos así a un tema sobre el que llevo muchos años insistiendo. Creo que una izquierda bien organizada, libre de electoralismo, con valor para argumentar contra el sistema, conseguiría probablemente todo lo que pueda conseguir UP con su gobierno de coalición, pero además otras cosas que van a ser perjudicadas por ese gobierno y que son las fundamentales si miramos a plazo medio y largo.

Para insistir sobre diferencias básicas, imaginemos una organización que no está dirigida por un líder carismático, sino por un amplio órgano ejecutivo que integra juventud y madurez con experiencias en diversos campos, y que está conectado a equipos de expertos en ciencia social (que no es lo mismo que expertos en mercadotecnia). Los integrantes de esa ejecutiva no aparecen en los medios de comunicación, y las personas que aparecen como portavoces no toman decisiones, son sólo portavoces.

Imaginemos que tal organización tiene un partido filial, que se presenta a las eleciones cumpliendo decisiones de la organización sobre programa, listas de candidatos, paticipantes en los debates públicos e índole de los mensajes, bajo el principio de que no se calla lo que hay que decir y se dice todo aquello que sirva para combatir la “falsa conciencia” de la mayoría.

Es muy probable que tal partido, precisamente por hablar claro y sin inhibición ante la verdad, saque más votos que la actual coalición UP. Y entonces nada impide que apoye a otro partido sin entrar en el gobierno, o entrando en un gobierno de coalición, o si ha sido ganador de las elecciones, encabezando ese gobierno.

El reparto de funciones consistiría en que el partido político propondría un programa realista, y por tanto socialdemócrata, y reduciría su actividad a la defensa y realización de ese programa.

En cambio la organización matriz sería libre para denunciar el fraude de nuestras instituciones supuestamente democráticas, denunciar la irracionalidad e injusticia de la economía de mercado, que concede a unos pocos riquezas obscenas mientras sume en la pobreza a millones de personas, demostrar que es posible un mundo donde imperen la igualdad, la libertad y la fraternidad, y señalar a los culpables de que ese mundo posible no esté por ahora a nuestro alcance. Son tantos los datos y argumentos que avalan este programa ideológico que parece mentira que, por puro miedo, la izquierda no los venga utilizando. Las razones que alegan los esbirros del poder económico (economistas, politólogos, comunicadores, editorialistas), apelando a una supuesta ciencia económica, son falsas. Decía Von Kirchmann que una sola palabra del legislador arrasa bibliotecas enteras de doctrina jurídica. Lo mismo se puede decir respecto a la economía: sus “verdades”, defendidas como científicas en innumerables discursos y escritos, quedarían arrasadas con una sola palabra del legislador. Pero al legislador no le dejan pronunciar esa palabra.

Instrumentos

Mientras el partido filial desarrollaría su actividad en campañas electorales e instituciones, la organización lo haría en otros espacios.

En los Círculos, diseñados como ámbitos confortables para el estudio, la discusión, el entretenimiento, la fiesta, el asesoramiento y la interacción de cuantos quieran acercarse. Y también como forma de integración en los barrios.

En una Universidad popular que despliegue una pedagogía efectiva utilizando los niveles conceptuales que se adapten a los distintos grupos de receptores.

En medios de comunicación propios que por su inteligencia, objetividad, claridad y sentido del humor atraigan a más y más lectores, y desde los que se dé la batalla a los controlados por el capital. Por miedo a la reacción de los medios, y a falta de unos medios propios que sepan dar una réplica adecuada, nuestra izquierda domesticada es incapaz de exponer verdades elementales. No lo hace ni siquiera en situaciones que conceden una audiencia excepcional, como esos debates electorales que podrían servir para desenmascarar en lenguaje llano las mentiras de la ideología conservadora. No me refiero a las mentiras sobre datos, sino a las otras, a las que configuran lo que podríamos llamar sociología popular.

Finalmente, en la revitalizacion de una red internacional, de cuyas actividades lleguen noticias frecuentes. Pues no caben soluciones nacionales frente a un capital mundializado y es necesario por ello trabajar para un gran concierto mundial de voluntades, una red internacional de resistencia.

Desafortunadamente, en lugar de dedicar su dinero a estas actividades, Podemos ha invertido en la última campaña electoral 1,2 millones de euros en anuncios pagados de Facebook, más que el resto de partidos juntos (aunque en el caso del PP la red de páginas falsas desvelada por eldiario.es supone un gasto 15 veces mayor que el de 295.000 declarado oficialmente). Un partido no electoralista debería presentarse al electorado pudiendo afirmar que no ha gastado un solo euro en la campaña. Y por este camino seguramente obtendría más votos.

En Podemos no parece que tengan claro que solo mediante una transformación de la ideología de una mayoría social se puede intentar transformaciones que exigen, frente a la resistencia del poder económico, el apoyo continuado y comprometido de esa mayoría.

Una última observación

En este blog he animado a votar a Podemos y yo mismo lo he venido haciendo. Los resultados de la última elección los viví en contradicción, porque deseaba que Podemos tuviera éxito y al mismo tiempo era consciente de que el éxito electoral es lo peor que puede ocurrir a los partidos que están a la izquierda del PSOE. El éxito los lleva a pensar que van por buen camino. Mientras que el fracaso tal vez los lleve a reflexionar y de esa reflexión surja algo mejor. No creo que por ahora. Iglesias ha anunciado que convoca la Asamblea ciudadana estatal y que se presentará como candidato a la reelección. Que el líder carismático se mantenga en el poder queda lejos del funcionamiento democrático que se esperaba. Pero no cabe otra cosa en un partido electoralista, que sólo piensa en cómo conseguir votos. Entonces la persona que puede proporcionarlos se hace imprescindible. Me remito a lo que he escrito en Refundar Podemos. ¿En qué dirección?

jmchamorro@jmchamorro.info

SOBRE EL RESPETO A LA LEY Y LA CONDENA DE LA VIOLENCIA: EL CASO CATALÁN

Vengo defendiendo en este blog que el conflicto catalán es una cuestión de fuerza que no tiene que ver con derechos, leyes o principios democráticos. Está por una parte la fuerza del nacionalismo español, por otra parte la fuerza del nacionalismo catalán, por ahora equilibradas. Si el derecho a decidir lo exigieran 50.000 catalanes no habría cuestión. El problema para el Estado español es que ese derecho lo exige un 80% de catalanes, y la independencia casi la mitad de la población que vota. Ocurre además que esa parte independentista está mucho más motivada que la que quiere seguir perteneciendo a España, y es mucho más activa.

Han ido pasando los años y sigue el duelo de fuerzas equivalentes, con más razones cada día para un armisticio con cesiones por ambas partes. Pero como ese armisticio, demandado por la razón, es contrario a la pasión, seguimos como al principio, aunque con un deterioro social notable.

Si tratamos en todo caso de entender a los nacionalistas irreductibles, vemos que tanto unos como otros aprendieron desde niños el invento de las burguesías para hacer que los explotados defiendan los intereses de los explotadores incluso con las armas en las manos, invento tan hábilmente ligado a la idea de madre (la patria) y de hermandad (todos sus miembros) que lleva con facilidad al comportamiento fanático. En esta visión romántica la nación es concebida como un territorio animado por un espírito que unifica al pueblo y que se manifiesta sobre todo en la lengua, en la que todos los rasgos culturales han ido dejando su huella a lo largo de siglos. El nacionalista catalán se enorgullece de las tradiciones campesinas, la tendencia asociativa de su sociedad civil (cooperativas, ateneos, orfeones), el seny, las fiestas populares, la sardana, los castellets, la historia de lucha sombilizada en la Diada, los regalos de rosas y libros por San Jordi, las calçotadas, el pan de payés con tomate y butifarra y todo lo que se quiera añadir. No cree este nacionalista en las ventajas de la hibridación, ni se conforma con que las costumbres catalanas no estén amenazadas, en el sentido de que todo el que quiera puede hablar catalán, hacer castellets o bailar la sardana. Pues lo que está en peligro no es el comportamiento individual, sino el espíritu nacional que ha de inspirar a la población entera. Y ese espíritu está en peligro por la inmigración, sobre todo la interior, la que ha llegado de Murcia, Andalucía, Extremadura. No es lo malo que los charnegos hayan llegado para trabajar (que eso les ha beneficiado a ellos y también a la economía catalana), sino que se han quedado a vivir en Cataluña y han tenido hijos nacidos en Cataluña, y que todos ellos tienen derecho de voto como si fueran catalanes.

Puesto que lo que pone en peligro a lo más sagrado se convierte en lo más abominable, algunos no han tenido reparos en considerar a los charnegos de inferior calidad genética y cultural para poder así despreciarlos con más razones. A aquellos charnegos que han aprendido a hablar catalán y votan independentista se les puede dar la bienvenida (aunque sin dejar de pensar que no son en puridad catalanes). Pero los que votan contra la independencia son una suerte de cáncer, enemigos de la patria catalana, y no merecen ser tratados como conciudadanos.

Enfrente tenemos el fanatismo españolista, condensado en amor a España como tierra de santos y héroes, de descubrimientos, conquistas y reconquistas, como imperio en el que no se pone el sol, cuya lengua se habla en numerosas naciones hijas de la madre patria, cuyas costumbres reflejan la profunda religiosidad católica del pueblo, con sus procesiones de semana santa y sus romerías de mil vírgenes. ¿Puede alguien en su sano juicio querer romper esta patria común? Pues ahí están esos catalanes que pretenden iniquidad tan grande. Y a ellos sólo cabe decirles que, dado que Cataluña es una parte inseparable de España, si no quieren pertenecer a España sólo tienen la opción de marcharse. Si en cambio pretenden desafiar a la legalidad, caerá sobre ellos toda la fuerza policial y judicial del Estado. Incluso la militar si llega el caso.

Así piensan muchos nacionalistas de un lado y otro, pero ¿son culpables de pensar así? No, así los fabricaron.

Tenemos aquí dos nacionalismos esencialistas que se realimentan. El españolista es tan torpemente pasional que no percibe hasta qué punto favorece el crecimiento del independentismo catalán. Se diría que la derecha española está ahí con sus excesos para favorecer al independentismo al que pretende combatir, al tiempo que excesos del nacionalismo catalán, como el camino unilateral a la independencia, alimentan al nacionalismo español.

No es esta la única paradoja. La CUP se presenta como anticapitalista y republicana, y propone tanto la salida de la UE como de la OTAN. Pero al mismo tiempo ha cambiado el internacionalismo por el nacionalismo y se siente más cercana a los explotadores catalanes que a los explotados catalanes no independentistas y a los explotados del resto de España. Esa izquierda parece abducida por el misticismo de la patria y es la más uraña defensora de la acción unilateral incluso después de haberse demostrado que la fuerza de los independentistas no da para tanto.

La mayor dificultad es que las partes implicadas no pueden reconocer que sus ensueños sólo tienen como fundamento la fuerza. Por el contrario, analizan el caso dando por supuesto que hay valores del más alto nivel que legitiman la posición propia y deslegitiman la contraria. De manera que el conflicto produce una cansina repetición de argumentos que implican como existente lo inexistente.

La parte independentista justifica sus pretensiones alegando que Cataluña es una nación y que por tanto necesita un Estado independiente; que además la independencia es la única forma de evitar que España robe a Cataluña, como ha venido haciendo; y que, por si todo eso no bastara, España es poco acogedora, tiene muchos residuos franquistas y un fuerte nacionalismo españolista desde el que se considera que los catalanes son los peores enemigos de la patria española y se los odia por eso. La cara agria del Estado se ha hecho visible en la sentencia del Tribunal Constitucional modificando en 2008 el Estatuto de Autonomía aprobado por el pueblo catalán en 2006; y ahora en la sentencia del Tribunal Supremo condenando por sedición a líderes políticos catalanes. Si a esto se añade el ascenso de Vox, influyente ya en las instituciones de varias Comunidades, el aspecto desagradable y poco acogedor del Estado español se acrecienta.

Así justificada la pretensión independentista, se fundamenta en el espacio legal argumentando que dentro de la Constitución está previsto el cambio de la Constitución; que la desobediencia civil es la única forma en que los independentistas pueden ejercer el derecho democrático a la autodeterminación mediante un referendum, porque el Estado español les ha venido negando ese derecho; y que son presos políticos quienes han sido condenados por sedición cuando sólo se limitaron a desobedecer. La única solución es la amnistia y la discusión entre los Gobiernos español y catalán para arbitrar una forma en que la sociedad catalana pueda ejercer el derecho democrático de autodeterminación.

La parte unionista acepta que todo es discutible, pero sólo dentro del respeto a la ley; que nuestra Constitución no contempla la posibilidad de un referendum secesionista; que una de las razones del independentismo es el egoísmo típico de las regiones más ricas (el “España nos roba” sólo significa la negativa a que algo de la riqueza catalana se emplee para ayudar a Comunidades más pobres); que el independentismo ha tomado una deriva muy peligrosa al alentar la violencia; y que los líderes del independentismo son políticos presos, no presos políticos, ya que no se les ha condenado por sus ideas sino por su comportamiento delictivo.

Todos apelan, pues, a la democracia, a sus leyes y a sus valores, entendiendo cada bando que los principios democráticos legitiman su posición.

Pero ¿es cierto que estamos ante una cuestión de principios democráticos o, como vengo defendiendo, que estamos ante una cuestión de mera fuerza?

¿A qué se refieren los que hablan de democracia?

Me parece triste que la izquierda anticapitalista, aquejada de un electoralismo que la hace asustadiza, no se atreva a proclamar que esto que se llama democracia es una forma sin contenido democrático. Todavía no se ha conocido en el mundo una democracia reconocible como tal desde estándares racionales, porque las que se presentan como democracias son plutocracias bien disfrazadas en el mejor de los casos, mal disfrazadas en el peor, que es el caso de España.

La torpeza de nuestro disfraz se delata por todas partes, no importa que teóricos, tertulianos, periodistas, políticos (a saber si aquejados de ignorancia o de cinismo) afirmen una y otra vez solemnemente, y con un punto de agresividad contra quien lo ponga en duda, que tenemos una democracia consolidada, homologable con cualquiera otra de nuestro entorno. ¡Incluso citan a supervisores internacionales que lo avalan, como si en nuestro entorno hubiera una sola democracia con la que comparar!

Pero luego llega Pedro Sánchez y dice que con la exhumación del dictador hemos llegado por fin a la plena democracia. ¿Qué era entonces nuestra democracia antes de esa exhumación? Pues también entonces se afirmaba que era una democracia plena. ¿Y que se dirá si algún día se saca de las cunetas y se homenajea a quienes fueron asesinados por defender la República, si se suprimen los títulos nobiliarios concedidos a familiares de Franco, si se retiran medallas y condecoraciones a los torturadores al servicio de la dictadura franquista, si se somete a referendum la forma monárquica del Estado? Todavía no ha cambiado la situación fabricada por nuestra “modélica” Transición, que garantizó al franquismo seguir controlando la vida económica y funcionarial. Ni Felipe González ni Zapatero se atrevieron a desmontar ese tinglado.

Hilando más fino, Javier Pérez Royo, catedrático de Derecho Constitucional, concreta que tres elementos decisivos en la Constitución de 1978 (la Restauración de la Monarquía, la composición de las Cortes como representación del pueblo español y el sistema electoral), no han sido resultado de un proceso constituyente democrático, sino una herencia del Régimen franquista que se introdujo en el texto constitucional sin debate constituyente de ningún tipo.

Por fijarnos en el último de esos tres elementos, como consecuencia de un sistema electoral que busca primar a las grandes formaciones políticas en perjuicio de cualquier fuerza incontrolada que intente influir en la política, a IU le ha venido costando cada diputado diez veces más votos que al PP. Y en Cataluña los independentistas controlan los poderes legislativo y ejecutivo (que ponen al servicio de su causa) sin haber conseguido el 50% de los votos. Hay que tener cara dura para hablar de democracia.

A todo esto hay que añadir que los Acuerdos entre el Estado y el Vaticano se incorporaron también de forma espuria al sistema de poder del 78, pues se negociaron por el Gobierno de Adolfo Suárez antes de que estuviera aprobada la Constitución, pero fueron publicados el 4 de enero de 1979, unos días después de que la Constitución hubiera entrado en vigor. Y es que, dice Pérez Royo, “tanto la Iglesia como el Gobierno de Adolfo Suárez sabían que esos acuerdos no hubieran podido ser aprobados en democracia, pero que para la democracia sería muy difícil, por no decir imposible, revisarlos. Y así ha sido.” Pero si a nuestra democracia le resulta imposible revisar esos acuerdos, ¿qué clase de democracia es, de qué males profundos está aquejada?

Añadamos que la división de poderes en España es ficticia, y así lo ha reconocido el presidente del gobierno en funciones cuando, queriendo justificar por qué el gobierno puede meter en la carcel a los separatistas fugados, pregunta a quien le entrevista : “¿De quién depende el ministerio fiscal?… ¿De quién depende?”… Tras dos largas pausas el periodista acaba respondiendo “Del gobierno”, a lo que Sánchez añade “Pues ya está”. Tenemos por tanto dos mundos, el teórico, en el que el Ministerio fiscal es independiente, y el de los hechos, en el que el Fiscal General del Estado cuenta con la potestad de impartir a sus subordinados las órdenes e instrucciones convenientes al servicio. Pero resulta que el Fiscal General es nombrado por el gobierno y que ese nombramiento da capacidad de control, capacidad que no se reduce a la fiscalía, sino que se extiende a aquellos magistrados a los que se ha colocado en puestos clave precisamente para que, si llega el caso, sirvan al interés político de quienes los han promocionado.

Esto por lo que concierne a la poco presentable democracia española. Si la dejamos aparte y vamos a las democracias que más brillan encontraremos lo antes dicho: que no son otra cosa que plutocracias mejor disfrazadas. ¿Puede alguien bien informado y honesto afirmar que es democrático el sistema que controla la vida política en EE. UU., Reino Unido, Francia o Alemania?

Ya sé que afirmar que en estos países no hay democracia se toma como una boutade ridícula. Pero por mucho que sea ensordecedor el griterio con que los conservadores afirman sus mentiras y atacan a la verdad allí donde se manifieste, las cosas son como son. Me remito sobre este asunto a No cabe democracia en el capitalismo;   Capitalismo, democracia y Estado del bienestar;   Una crítica a la Declaración Universal de Derechos humanos.

Ahora bien, y volviendo al conflicto catalán, si la democracia es ilusoria, también lo es apelar a derechos y deberes democráticos, sea el derecho a un referendum secesionista, sea el deber de respetar la ley y las sentencias judiciales, sea el repudio a toda violencia que no sea la estatal prevista en la ley.

¿Hay obligación moral de respetar las leyes y acatar las sentencias judiciales?

Si nos atenemos a la ley, en España no cabe un referendum secesionista. Se puede cambiar la Constitución, pero el cambio requiere tales mayorías que son inalcanzables para el propósito independentista. ¿Qué significa esto? Las leyes de una dictadura se imponen a la población, pero no son respetables. ¿Y las que rigen nuestra sociedad?

Si vamos a lo que es generalizable a todas las “democracias” del mundo, encontramos que algunas de sus leyes pueden considerarse legítimas, entre ellas las que garantizan la integridad física y moral de las personas y el respeto a las propiedades o posesiones básicas (las necesarias para una integración digna en la colectividad). Y son legítimas porque serían promulgadas por cualquier sociedad imaginaria cuyos miembros, libres de ignorancia y engaño, actuaran al servicio del interés colectivo.

Fuera de éstas, las normas básicas de todo sistema capitalista giran en torno a la propiedad privada y a la distribución de la riqueza generada por la sociedad. Y, como bien demuestran sus efectos en todo el mundo, esas normas están ideadas para garantizar la propiedad privada de los ricos, por grande que sea, y para defender una forma de distribución de la riqueza que da más a quienes más tienen y menos a quienes tienen menos, con el resultado de una desigualdad que va agrandando la brecha entre la minoría que goza de una riqueza obscena y grandes capas de la sociedad sumidas en la pobreza, incluida necesariamente una parte de la población infantil. Son al mismo tiempo leyes que han garantizado una actividad industrial que tiene a la tierra en grave peligro que puede ser irreversible. Y esas leyes se nos imponen de otra forma que en una dictadura, pero al final con una violencia suficiente. Están respaldadas por la fuerza estatal. Policías, jueces y cárceles cumplen una misión básica: que los ricos puedan vivir tranquilos aunque a su alrededor su capacidad depredadora vaya fabricando anillos de progresiva e inhumana pobreza y vaya acabando con el equilibrio medioambiental. ¿En virtud de qué argumento se puede afirmar que esas leyes son legítimas? Son democráticas, se nos dice, porque han sido promulgadas por los representantes del pueblo. Pero precisamente esto, que los representantes del pueblo hayan promulgado leyes tan en perjuicio del pueblo y tan en beneficio de una pequeña minoría, pese a sus terribles consecuencias sociales y medioambientales, viene a demostrar que la llamada democracia tiene trampa. Que los representantes del pueblo son en realidad gestores de los intereses de las oligarquías.

Apelar al respeto a la ley sólo tiene sentido para quien defiende este sistema de efectos criminales. Carece de sentido para las personas ilustradas y suficientemente empáticas (y por tanto antisistema). ¿Acatar las sentencias judiciales que se dictan en cumplimiento de leyes ilegitimables? Nadie está moralmente obligado a ello. Otra cosa es que, aunque no las acates, no tengas fuerza para enfrentarte a ellas.

El derecho a la desobediencia civil

Los teóricos del sistema consideran que la desobediencia civil es un último y excepcional recurso, legítimo en aquellos casos en que la persona pretende algún avance social impulsada por consideraciones políticas o morales jurídicamente ilícitas, pero que guardan una mínima lealtad constitucional. Se añade que el desobediente debe aceptar el castigo que la ley establece.

Es natural que así conciban el caso la mayoría de los independentistas para justificar su desobediencia a las leyes del Estado español.

En cambio desde un pensamiento antisistema la desobediencia está justificada en todo caso si pretende el avance social básico y prioritario: una distribución justa de la riqueza que acabe con el malvivir de millones de personas y que permita organizar la producción de manera no peligrosa para el medio ambiente.

Ello quiere decir que la desobediencia civil está justificada tanto respecto a las leyes del Estado español como a las de una futura república catalana, dado que la mayoría de los independentistas pretende fabricar una falsa democracia semejante a las demás que en el mundo existen, procapitalista e inserta en la política neoliberal europea, dotada por tanto de leyes igualmente ilegítimas. Eso sí, independiente de España, que es lo único que les interesa.

Desde este punto de vista el desobediente no tiene por qué aceptar como legítimo el castigo previsto por la ley. Simplemente, sabe que se arriesga al castigo que le proporcionarán las instituciones defensoras de un Sistema injusto.

La sentencia del TS como ejemplo de violencia institucional

Para acabar con la tentación de la secesión unilateral, el Tribunal Supremo ha dictado una sentencia que tiene más fundamento político que jurídico (incluso visto el caso desde una óptima prosistema).

Catedráticos de Derecho Penal ven razones para sospechar que la imputación del delito de rebelión fue una treta para conseguir dos cosas: facilitar la prisión preventiva de los líderes no fugados y llevar el asunto al Supremo, privando a los imputados de su juez natural en Cataluña. Por lo demás, si en la sentencia se afirma que no hubo la violencia que caracteriza a la rebelión, el delito de sedición parece perder su fundamento, salvo que se considere sediciosos (y condenables con duras penas de cárcel) a quienes, por ejemplo, tratan de impedir sin violencia el desahucio de una familia pobre con niños pequeños. Se están enfrentando a la sagrada ley en cuya virtud esa familia pobre con niños pequeños ha de ser privada de vivienda. Están impidiendo su trabajo a los funcionarios públicos encargados de hacer cumplir la sentencia de desahucio, dictada en cumplimiento de esa sagrada ley. Son sediciosos.

¿Hay que condenar inequívocamente la violencia no estatal?

Nos impresiona la violencia que consiste en incendiar barricadas y enfrentarse a las fuerzas policiales a la manera de guerrillas urbanas adiestradas. Pero convendría que tuviéramos en cuenta dos cosas:

a) La violencia vivida en las calles de ciudades catalanas no es tanto una reacción a una agresión previa (la condena a los líderes del independentismo) como un síntoma de una sociedad en descomposición. Estamos viendo el mismo síntoma en las revueltas de Chile, Ecuador y Líbano por motivos aparentemente nimios, y lo vimos en la revuelta de los chalecos amarillos franceses. A los jóvenes excluidos, sin futuro, sólo con cinismo se les puede pedir contención. Y sólo con ignorancia o cinismo se pueden hacer comentarios horrorizados ante las barricadas ardientes cuando no se hacen comentarios aún más horrorizados ante los efectos sociales de nuestras leyes sagradas. En una sociedad organizada según normas legítimas no habría motivos para la violencia, ni siquiera la machista, eliminados esos motivos mediante una buena educación (que en el capitalismo es imposible) y mediante una integración armónica de cada cual en el tejido social.

b) La segunda cuestión es que la violencia que está enfrente, la institucional, es tan ilegítima pero más responsable, porque es la defensora del sistema que produce una frustración sin esperanza.

Por ello cabe destacar como prueba de la mala educación de la juventud que la violencia callejera vivida en Cataluña haya tomado como pretexto una frustrada aspiración independentista, y no la irracionalidad e injusticia del sistema responsable de la mayor parte de los males que padecemos. Hay grandes manifestaciones feministas, ecologistas e independentistas, pero no anticapitalistas. Claro que la mayoría social no es culpable de su ignorancia, en la que ha sido fabricada precisamente para garantizar la supervivencia del sistema. ¿Qué hace la izquierda para sacar a la gente de esa ignorancia? Actúa más bien como si quisiera consolidarla.

jmchamorro@jmchamorro.info