OTRA VEZ LA LEY TRANS

Breve grito desesperado

Abrumado por los 824.327 pinchazos que he tenido que contemplar en primer plano (sí, ya sé que no es fácil enseñar que la vacuna se inyecta), anonadado por el ataque implacable de términos ingleses prescindibles, acorralado por otra horda que ataca en paralelo, la de quienes se apuntan a la última palabra que nadie usaba, que alguien ha usado, y que todos se lanzan a usar venga o no a cuento, huyo y caigo entre dos bandos de la progresía conservadora, uno muy belicoso y enfadado, otro asustado. Esperen, que me tengo que recuperar.

Entrando en el asunto

El pasado verano escribí en este blog un artículo sobre la teoría que sirve de fundamento a la posición queer, esfuerzo intelectualmente desagradable, porque a cualquier persona acostumbrada al pensamiento riguroso le produce urticaria la teoría posmoderna, esa que abrazan algunas feministas en la universidad y en sus aledaños y con la que influyen en gentes más alejadas, que creen que están comprando una teoría seria.

Pero resulta que ha ido ocurriendo lo siguiente:

Que el pasado 20 de enero más de 600 colectivos firmaron un manifiesto a favor del proyecto de ley que prepara la ministra de Igualdad Irene Montero, inspirada en conceptos posmodernos.

Que la asociación Confluencia Movimiento Feminista, que aglutina a una treintena de organizaciones, ha denunciado que esos supuestos colectivos feministas no existen, que son organizaciones de Podemos con las que alguna asesora del Ministerio de Igualdad ha fingido una campaña de carácter popular.

Que la vicepresidenta Calvo ha dicho en declaraciones a la Cadena SER, que su principal preocupación respecto a la ley Montero es el concepto de “elegir el género sin más que la mera voluntad o el deseo”, lo que puede poner “en riesgo los criterios de identidad de 47 millones de españoles”.

Que entonces desde UP han respondido: Pablo Echenique diciendo que “duele” escuchar “argumentos enormemente crueles y enormemente agresivos” contra un colectivo que es “víctima de una enorme discriminación”, tiene muy difícil llevar a cabo su tránsito y sufre “altísimas tasas de precariedad y desempleo”; Irene Montero diciendo que la identidad de género no es un capricho, es un derecho, forma parte de la identidad de una persona, es un derecho fundamental; y Pablo Iglesias diciendo que “la identidad de género y la orientación sexual” no son “caprichos”, “no está bien decirle a las personas trans que son una suerte de elección” porque “nadie elige sufrir o que se lo pongan difícil”.

Finalmente, que en carta al presidente del Gobierno, feministas pertenecientes a la Alianza contra el Borrado de las Mujeres, próxima al PSOE, han advertido que la citada ley trans es aún peor de lo que se temían, un retroceso en derechos humanos y en las políticas de igualdad entre los sexos. Entre otras cosas porque pone en peligro a la infancia al hablar de menores trans, lo que “no es en absoluto progresista, sino políticamente reaccionario y constitutivo de posible abuso infantil”.

Se diría que se trata de una pelea entre feministas de UP y del PSOE en la que parece que se ventilan cuestiones que tienen que ver con sentimientos de no discriminación y de respeto a los derechos humanos, pugna en la que una de las partes (UP) estaría inspirada por un afán progresista mientras la otra (el PSOE) se estaría mostrando cruelmente reaccionaria.

Ocurre que cuando se examina el asunto con atención no se encuentra nada de esto. Por el contrario, las dos partes se exceden en concesiones al activismo queer, las dos llegan más lejos de lo que exige el más escrupuloso respeto a los derechos humanos y a la dignidad de personas que tienen un problema serio de identidad. No hay crueldad por parte de nadie, no se aprecia rasgo alguno de transfobia.

Sólo hay dos puntos de fricción: la forma en que se aborda el asunto respecto a la niñez, y la forma de justificar en el Registro Civil la autodeterminación.

La cuestión es que el verdadero problema no está en esos dos puntos de fricción, sino en que, bajo las apariencias, se está abordando una cuestión básica de manera confusa por ambas partes: ¿definimos a hombres y mujeres por referencia al sexo biológico o elegimos otro criterio, y con qué consecuencias? Es decir, lo que está en juego es si los conceptos de hombre y mujer valen para algo y, caso de que valgan, con qué criterio hay que definirlos. Cuándo diremos que alguien es hombre y cuándo que es mujer.

Hombres y mujeres según el criterio biológico

Hombres y mujeres son definidos por sus genitales porque son actores de la reproducción, es decir, nada menos que condición necesaria para que la humanidad no se extinga. Cuando hay un parto se examinan los genitales del nacido y ya saben los padres si han tenido un niño o una niña, conocimiento que permite una predicción muy aceptable de procesos futuros (en la niñez, la adolescencia y la adultez).

El papel reproductor de mujeres y hombres es tan importante que está permanentemente presente en la mayor parte de los pensamientos, recuerdos, proyectos, sentimientos y acciones de los miembros de una sociedad. Sin los conceptos de mujer y hombre basados en la genitalidad la vida de cada cual se vería continuamente entorpecida al reaccionar a los estímulos sociales.

La importancia de la genitalidad es tal que la llamada autodeterminación de género de nada sirve para eliminar la sensación de engaño imperdonable en quien, ilusionado con la idea de emparejarse, formar una familia y tener hijos, lleva un tiempo flirteando con una chica y ella no le ha advertido de que, por más que tenga apariencia de chica, en realidad tiene pene y no vulva.

Además de en la vida cotidiana, los conceptos de hombre y mujer según criterio biológico son también decisivos en al ámbito de la teoría sociológica, que quedaría patas arriba si hubiera razones para negarles legitimidad. Esos conceptos no han mostrado debilidades a la hora de integrar orientaciones sexuales distintas, anomalías, diferencias. Ha bastado añadirles especificaciones secundarias, como ocurre con innumerables conceptos útiles.

Contra el criterio biológico.

Se alegan distintas razones para acabar con el criterio biológico en la definición de hombres y mujeres.

-Una es que los rasgos biológicos han servido de coartada a la ideología patriarcal

-Otra es que, aunque hay características sexuales biológicas y diferencias entre cuerpos que pueden gestar y cuerpos que no, ordenar esas características y diferencias en dos únicas categorías (hombre y mujer) no es algo natural, sino una construcción sociopolítica. Por tanto no hay nada “natural” que diferencie a las mujeres de los hombres que se sienten mujeres, porque el haber nacido con pene y sin vagina carece de importancia fuera de esa construcción sociopolítica.

-Una tercera razón es que definir a la mujer por relación a lo genital genera un feminismo esencialista que opera bajo la premisa de que todos los hombres son de una forma y las mujeres de otra, con lo que se encorseta una realidad fluida.

Es fácil apreciar por qué estas razones tienen bajo nivel teórico.

La primera confunde dos cosas muy distintas: una es definir el sexo mediante la genitalidad y otra inventar un determinismo biológico inexistente para justificar el sometimiento de las mujeres.

La segunda razón mezcla cuestiones de dos planos diferentes. Una cosa es la existencia de hombres y mujeres y otra las distintas fabricaciones ideológicas que se dan en una sociedad sobre hombres y mujeres. Definir previamente a hombres y mujeres es condición para hablar luego, en el plano teórico, acerca de ideologías sobre hombres y mujeres.

La tercera razón olvida que el científico que define no apela a esencias, se limita a especificar qué propiedades debe tener algo para pertenecer a una clase. Lo que tendrían que demostrar los críticos es que hay un criterio que no es el biológico y que ofrece mejores resultados teóricos y prácticos.

Un primer problema que plantea el criterio del sentir

El criterio alternativo que ofrecen los activistas trans y que han aceptado organizaciones políticas como el PSOE y UP es el criterio del sentir. Es mujer quien se siente mujer aunque tenga pene y no pueda gestar.

Si este criterio fuera adecuado, plantearía en todo caso el problema de cómo se acredita el sentir, asunto que vimos que enfrenta a UP y al PSOE.

Todos sabemos que se puede simular o mentir al afirmar un sentir, pero a los de Podemos les ha parecido muy cruel acusar de fingimiento a gente que sufre tanto. Sin embargo no se trata de sospechar de esta gente que sufre tanto, sino de prever que otros que no sufren aprovechen una ley que no exige pruebas para obtener ocasionalmente un beneficio. Recordemos los tiempos en que el servicio militar era obligatorio. Si los hombres se hubieran podido librar por una simple declaración ante el registro civil ¿no lo habrían hecho muchos?

Quiere esto decir que los escrúpulos de la vicepresidenta están justificados. La ley no impide que un hombre se declare hoy mujer y más adelante otra vez hombre, y más adelante otra vez mujer en virtud de sucesivos “sentires”.

Pero los activistas trans alegan que exigir requisitos a la autodeterminación de género significa que se considera que las personas trans son unas trastornadas necesitadas de tutela, es decir, que se patologiza su elección de género.

Se intenta entonces eliminar informes de psicólogos o psiquiatras y sustituirlos por acciones sostenidas en el tiempo que acrediten que la afirmación del sentir es sincera, posición del PSOE que ha parecido deshumanizada a los de UP.

La imposibilidad de universalizar el criterio del sentir

Lo malo es que la exigencia de requisitos no resuelve el problema de fondo, que es: ¿tiene sentido apelar al sentir, sea con pruebas o sin ellas, frente al criterio biológico?

El criterio del sentir viene a decir que no hay una realidad autónoma e independiente de la subjetividad, es decir, que la realidad la creamos nosotros con nuestra actitud subjetiva.

Y esto plantea dos problemas en los que los activistas o no saben o no quieren reparar.

El de especificar qué es sentirse del otro sexo y el de universalizar el criterio.

A) Por lo que respecta a la naturaleza de sentirse mujer cuando se ha nacido hombre, ya he dicho en otra ocasión que es una vivencia inefable. Ni siquiera cada mujer sabe en qué consiste sentirse mujer, no sólo porque parte de ese sentir tiene naturaleza inconsciente, sino además porque cada mujer sabe lo que ella siente conscientemente, pero no lo que sienten las demás. Mucho más arcano es eso de sentirse mujer aplicado a un hombre.

De manera que si el criterio del sentir se adoptara de verdad por todos, se haría muy difícil el pensamiento ordinario sobre el sexo, tendríamos suspendido el juicio, porque de ninguna persona podríamos afirmar si es hombre o mujer una vez que esto dependiera de un sentir inasible y cambiante. Y no nos valdría acudir al Registro Civil, pues el cambio de sexo por el sentir es previo e independiente del cambio en la inscripción.

B) Pero es que además, si pensamos que la subjetividad tiene poder constitutivo de la realidad en el espacio del sexo, entonces hemos de generalizar ese poder a los restantes espacios, hemos de universalizar el criterio del sentir. Tendremos entonces que aceptar que si alguien se siente médico es médico, aunque le queden asignaturas pendientes. Y que si alguien se siente aviador hay que dejarle los mandos del aparato. No se me diga que estoy trivializando, porque me limito a llevar el argumento a sus consecuencias lógicas. Si el sentir es tan poderoso como para convertir a un hombre en mujer, ¿cómo no va a poder convertir a un estudiante de medicina en médico, que es cosa más hacedera? Incluso si añadimos al sentir algún requisito, como empeño temporal, voluntad de arrostrar sufrimientos, etc. tales requisitos también los cubriría un estudiante de medicina que se sintiera médico y se pusiera a la puerta de un hospital día y noche pidiendo una oportunidad.

Se puede replicar que no es un problema social que haya muchos estudiantes de medicina que se sientan médicos y exijan ser reconocidos como tales antes de acabar sus estudios, mientras que sí en cambio hay hombres que afirman que se sienten mujeres y que demuestran ese sentir en su comportamiento. Pero yo no estoy negando ese hecho, sino advirtiendo lo que significa considerar que estos hombres no son “hombres que se sienten mujeres” (que es el hecho que no niego), sino que son mujeres. Por la misma razón si un violador afirma que siente que él ha sido el provocado y agredido sexualmente, o un maltratador afirma que siente que él es el maltratado, ¿habremos de dar a esos sentires un valor constituyente de la realidad?

Quiero decir que si se acepta el argumento posmoderno en que se apoya la llamada autodeterminación de género y lo aplicamos de manera general, entonces la vida social se hace imposible.

Si alguien dijera que el argumento del sentir es solo aplicable a la llamada autodeterminación de género y no a otros espacios, podemos preguntarle por la razón de esa limitación. No sabrá qué decir. Según el pensamiento posmoderno de que se nutre el movimiento queer no sólo el sexo, toda realidad es creada por algún tipo de subjetividad.

Finalmente, si se desestima el criterio biológico por ser creación sociopolítica, por la misma razón habrá que desestimar el criterio de la autodeterminación de género basada en el sentir.

Malos argumentos

Dicho todo esto, alguien puede pensar que los partidarios de la autodeterminación de género han de tener sin duda argumentos que yo he ocultado maliciosamente. Y la realidad es que han sustituido los argumentos por distintas estrategias:

A) Una consiste en apelar a los sufrimientos de la minoría trans y a sus derechos como seres humanos, lo que permite rasgarse las vestiduras ante cualquier oposición. O en afirmar un axioma que no necesita demostración: que la ley Montero es un avance moral y jurídico en defensa de minorías discriminadas y de ello se extrae, como consecuencia, que quien se opone es descalificable sin más trámites.

Es la estrategia que sigue Isa Serra cuando afirma que la oposición a esa ley es la misma que tuvo la ley de matrimonio igualitario que se aprobó en España en 2005, con lo que está queriendo decir, pero sin demostrarlo, que quienes no están de acuerdo con esa ley es por espíritu reaccionario que tendrá que terminar cediendo ante el avance de derechos. “El matrimonio igualitario también tuvo una enorme reacción y respuesta; frente a las dudas y reacciones que está recibiendo la ley trans, es evidente que esta ley será una victoria y un importante avance para reconocer los derechos de las personas trans”.

Con el mismo salero Serra da por supuesto que hay dos feminismos, uno que combate el racismo, la homofobia y la transfobia y que es, claro, el partidario de la ley, de lo que se sigue que el feminismo que se opone a esa ley es permisivo con el racismo, la homofobia y la transfobia.

B) En la misma línea se sustituye a veces el argumento por la parodia. Resultaría que el feminismo tradicional considera que ser mujer es una especie de privilegio, algo así como “somos un grupo oprimido, estamos cómodas en nuestra condición de víctimas y consideramos las políticas públicas feministas como privilegios que no queremos compartir con otras que están peor”. Hecha la parodia, asunto resuelto. ¿Para qué argumentar?

En todos estos casos se monta un fraude retórico sobre un hecho doloroso, la disforia de género.

C) Cabe también resolver el tema diciendo que otros países como Portugal, Grecia, Irlanda, Dinamarca, Suecia, Noruega y Argentina han aceptado ya la autodeterminación de género sin requisitos y que no se ha producido ninguna de las amenazas que se anuncian, o que Amnistía Internacional ya pidió a todos los Estados que siguieran el ejemplo de Noruega, o que la OMS opina esto o aquello, o que el PSOE ha aceptado algo parecido en algunas Autonomías. Ninguna de estas alegaciones es un argumento. Si la autodeterminación de género fuera un disparate no dejaría de serlo porque se haya adoptado por tales o cuales países, o recomendado por tales o cuales organizaciones internacionales (máxime si recordamos cuantas acciones indefendibles se recomiendan y cuantas acciones benefactoras se impiden por gobiernos e instituciones internacionales).

El verdadero y único argumento

Si apartamos la retórica vacua, el único argumento utilizado por el activismo trans se funda en la tesis central del pensamiento posmoderno.

No hablo de ese pensamiento por lo que haya leído, sino porque viví profesionalmente su eclosión cuando era profesor de filosofía en la Universidad de La Laguna allá por los años 70 y fui testigo de cómo aquel pensamiento entusiasmaba a los progres dualistas y a los progres antimarxistas, que caminaban con el librito de Feyerabend bajo el brazo y que al fin tenían una coartada sofisticada para quitarse el corsé que les oprimía. Al fin se podía ser progre primando a la palabrería sobre la ciencia social y a cualquier fábula social sobre el marxismo. Al fin se podía citar a autores incomprensibles sin temor a la burla de los filósofos analíticos (puesto que Feyerabend era uno de ellos).

De no ser porque venía muy bien a muchos, es imposible que se hubiera tomado en serio la ocurrencia posmoderna de que toda observación está impregnada de teoría y de que, por tanto, es la teoría la que fabrica los hechos. Los conservadores andaban entusiasmados. Fuera la modernidad, arriba el pensamiento posmoderno. Al fin somos libres.

Como ya he expuesto (ver aquí) el pensamiento posmoderno fue, no importa el pretexto, un intento de desprestigio de uno de los legados de la Modernidad, la teoría marxista, y actuó por tanto como instrumento bélico en manos del ejército de intelectuales al servicio del poder, instrumento tan versátil que incluso les permitía fingir que luchaban contra el poder (Foucault es caso paradigmático), o incluso que eran marxistas mientras trataban de destruir los fundamentos de toda teoría social (y por tanto del marxismo).

Criterio retórico que nadie sigue

Afortunadamente nadie sigue en serio el criterio del sentir a la hora de percibir a hombres y mujeres. Incluso en los reductos colonizados por el activismo trans el criterio del sentir se sigue sólo a beneficio de inventario, porque incluso las personas que niegan el criterio biológico para caracterizar el sexo, es precisamente ese criterio el que utilizan. Las personas trans hablan de identidad de género, pero el sexo biológico es el criterio de cuanto piensan, sienten y hacen, y no deja de estar presente orientándolo todo.

Si las personas trans fueran capaces de adoptar de verdad el concepto del sentir, si el sexo que desean no tuviera que ver para ellas con lo biológico, sino con constructos subjetivos, ahí mismo habrían acabado los problemas vitales que confiesan. Porque lo que quiere el trans no un género cultural, ni un género individualmente pensado (eso ya lo tiene con su mero pensar), sino el sexo biológico que todo el mundo conoce. No se conforma con sentirse mujer y que se reconozca su sentir, sino que quiere tener cuerpo de mujer. Quiere que le crezca el pecho, y perder el bello masculino, y para eso se hormona. Y en muchos casos recurre a la cirugía para perder el pene a cambio de una vagina. Su problema es que nada de esto lo convierte en mujer, sino en imitación. Es y será un hombre trans, y de ahí su sufrimiento, su mayor tasa de suicidios, etc.

Esta afirmación no debe considerarse despectiva, ni insultante, ni desconocedora de derechos, y puede hacerse con todo el cariño del mundo, como haríamos referida a un hijo, porque es afirmación que sólo pretende dar a la realidad la importancia que tiene frente a sentires y deseos subjetivos.

El enfoque del problema desde la racionalidad

Claro que alguien puede decir: tenemos un problema con las personas trans y hay que solucionarlo. ¿Hay otra forma que mediante la autodeterminación de género de corte posmoderno?

Pues claro, la forma que ofrece la teoría marxista (ver aquí).

Esta forma permite respeto a la subjetividad sin negar la realidad objetiva y las configuraciones ideológicas sobre esa realidad.

Dejando de lado lo que haya de innato o de cultural, de transitorio o de definitivo en la llamada disforia de sexo, cada persona es muy dueña de sus sentires y quereres, y de expresarlos, incluso de intentar realizarlos, así sean quereres imposibles. Por tanto las personas trans tienen derecho a mantener y expresar sus propias convicciones, a no ser discriminadas o perjudicadas socialmente y a exigir que se respete su forma de vida y sus intentos por adaptar su realidad corporal a sus deseos.

Pero no tienen derecho a exigir que el resto de la sociedad abandone su concepción de los sexos a favor de la teoría queer. Ninguna persona trans tiene el derecho de exigir a las demás que la consideren del sexo sentido y no del biológico.

Es decir, los derechos de cada cual tienen un límite, el de imponen los derechos de los demás, límite que en este caso se percibe, por ejemplo, en el tema del Registro Civil

Podemos considerar que inscribir en un Registro el sexo biológico de cada cual es necesario o que, por el contrario, es algo prescindible. En este caso lo adecuado es suprimir el registro civil.

Pero si lo consideramos necesario, entonces tenemos que atender a la demanda de varones trans que no soportan estar inscritos en el Registro Civil como varones y con nombre masculino, y a la demanda de mujeres trans que no soportan estar inscritas como mujeres y con nombre femenino.

La solución racional sería aumentar las posibilidades de inscripción y permitir que quien no esté conforme con su sexo pueda inscribirse como varón trans o mujer trans. De esta forma desaparecen todos los problemas que ahora se están observando y otros muchos que puedan surgir. La joven que lloró de alegría cuando al fin se vió inscrita con su nombre masculino podría llorar igualmente de alegría cuando viera esa misma inscripción en su calidad de mujer trans.

¿Y los no binarios, los que no se consideran ni hombres ni mujeres? Pues bueno, si queremos dar carácter oficial a esa opción (en lugar de dejarla para el aspecto íntimo) entonces podemos establecer otra posibilidad de inscripción, la de no binarios.

De esta forma evitaríamos inscribir a una mujer como hombre o a un hombre como mujer y mantendríamos el criterio básico de la genitalidad dando al mismo tiempo satisfacción a los trans.

¿Dónde está el problema? ¿Por qué no se ha elegido esta solución sensata?

Pues porque los activistas queer no la aceptan. Y aunque sus argumentos no pasan de dicterios y errores conceptuales, los políticos no se atreven a llevarles la contraria.

El miedo que rige esta polémica

El activismo queer ha jugado con el miedo del progresismo conservador, el miedo a ser señalados como no suficientemente progresistas. Es el mismo miedo que paraliza a los políticos catalanes separatistas cuando temen que los activistas les llamen traidores. Ya vimos como la palabra traidor determinó momentos decisivos del procés.

A quienes somos comunistas y demócratas (¿no sabían que hay comunistas demócratas?) no nos asusta que desde el progresismo conservador nos llamen tránsfobos, insensibles al sufrimiento ajeno o irrespetuosos con los derechos humanos, porque ser comunista y demócrata es condición necesaria para defender los derechos humanos. Quienes transigen con el capitalismo sólo pueden defender los derechos especificados en la Declaración Universal de Derechos Humanos, que fue redactada por países capitalistas y que afirma tres falsos derechos que suponen una negación de derechos legítimos para millones de ciudadanos (Ver aquí). ¿Adónde huye Izquierda Unida asustada, por qué expulsa al Partido Feminista de España? Se diría que en IU no hay conciencia de comunismo y democracia y que por ello tiene que mendigar el aval y los votos de la progresía conservadora haciendo aspavientos a la cabeza de la manifestación.

Una anécdota significativa

Un diputado de Vox, con clara intención de molestar, ha llamado a Carla Antonelli “el representante del PSOE” y Carla Antonelli ha tomado esto por humillación y ha pedido amparo al Parlamento por haber sido faltada al respeto.

Está claro que la forma empática de referirse tanto a una mujer como a un hombre trans es el femenino. Pero eso no implica considerar que el hombre trans es una mujer. De manera que alguien puede llamar Carla a Antonelli, y considerarla diputada, y creer sin embargo que no es una mujer, sino un hombre trans.

Y en este caso, Carla Antonelli no tiene derecho a sentirse agredida, y humillada, y a acusar de odio a quien no la considera mujer.

Contra lo que parece (y siento decir esto) se desconocen los derechos humanos cuando se agrede a los de Vox porque exhiben un autobús con la inscripción de que los niños tienen pene y las niñas vulva. Hasta este extremo de necedad colectiva hemos llegado. Los de Vox tienen pleno derecho a expresar algo que, por otra parte, es una mera tautología si se acepta la definición de los sexos por la genitalidad.

Una opinión final

Pienso que un hombre trans es tan digno de respeto como un hombre no trans, y no veo que su condición sea humillante. Por eso no entiendo que considere agresivo y falto de respeto que alguien se refiera a él como hombre trans, pues eso significaría que para él es vergonzoso serlo y que es insultante que se le reconozca como lo que es. En realidad entendería mejor que le humillara que lo consideren mujer, es decir, que lo reconozcan como algo que ni es ni puede ser plenamente, sólo imaginariamente y como imitación. Desde este punto de vista serían las personas trans las que se humillan a sí mismas cuando consideran que su condición debe ser ocultada a cambio de publicar la que no tienen.

Si yo tuviera un hijo trans y me pidiera consejo (en otro caso no se lo daría), mi consejo sería: vive tu situación alegremente (si puedes), sin orgullo y sin humillación (no hay razón para una cosa ni para la otra). Y no te ofendas ni te sientas agredida si alguien no te considera mujer, sino hombre trans. Pues esta denominación es más verdadera, ya que comprende tu sexo biológico y tu sexo elegido.

jmchamorro@jmchamorro.info

A PROPÓSITO DE TRUMP Y DEL TRUMPISMO, ALLÍ Y AQUÍ

Es mucho lo que hemos podido leer y oír sobre el final de la presidencia de Trump con asalto al congreso incluido. Pero, tal vez por falta de habilidad en la búsqueda, no he encontrado alguna reflexión que se pueda considerar nacida de un marxismo puesto al día (única teoría general de la sociedad de que disponemos).

De las descripciones del asalto al congreso la más aparentemente “solvente” viene a decir que Trump es un adicto a la mentira que no ha aceptado perder las elecciones y que ha inventado conspiraciones para justificar su actitud. Que sus seguidores las han creído y que él les animó a que tomaran el Capitolio, cosa que hicieron con poca resistencia de las fuerzas de policía, aunque se sabía con antelación lo que iba a ocurrir. Que pese a todo la democracia más antigua del mundo, modelo para todas las demás, ha sabido sobreponerse y sus instituciones han resistido (o, como ahora se dice, “han tenido resiliencia”). Que ello no significa que todo esté resuelto, pues aunque Trump sea expulsado de la vida política quedan millones de trumpistas. Que hay una gran polarización social en Estados Unidos, efecto de la situación social. En el último año millones de ciudadanos han perdido sus trabajos y si antes del COVID19, el 12% de los hogares ya vivía en pobreza ahora además 30 millones de personas pueden perder sus casas hipotecadas. De ahí que, para que el futuro se despeje, es necesario dar la espalda a las políticas neoliberales, volver a Keynes y al fortalecimiento del Estado y luchar contra las mentiras y las teorías de la conspiración que ponen en tela de juicio la neutralidad de las instituciones.

Este relato es criticable en parte por lo que dice y en mayor medida por lo que calla.

¿La más antigua y prestigiosa democracia?

En la narración de los últimos sucesos estadounidenses hemos tenido que soportar innumerables apelaciones a la democracia bajo la idea, explícita o implícita, de que la democracia de Estados Unidos es la más antigua y el modelo y espejo para las restantes, en una de las cuales vivimos nosotros.

Joe Biden, en su discurso inaugural como presidente, ha dicho cosas como éstas: Hoy no celebramos la victoria de un candidato, sino de una causa: la causa de la democracia. Una vez más hemos aprendido que la democracia es preciosa, que la democracia es frágil. Y en esta hora, amigos, la democracia ha prevalecido.

Si no fuera por la espesa nube de desinformación que fabrican los medios de comunicación, no debería ser necesario insistir en que el régimen político americano no es una democracia ejemplar, ni siquiera una democracia averiada, sino una plutocracia racista y maltratadora del pobre en el interior, y en el exterior defensora de los intereses capitalistas aun a costa de cruzar todas las líneas rojas del genocidio.

La palabra “democracia” se utiliza con frecuencia como sinónimo de capitalismo. Así cuando se llama activistas democráticos o luchadores por la democracia a los que se enfrentan a regímenes autoritarios de izquierdas, sea en Hong Kong, Taiwan o Venezuela, activistas muchas veces no interesados en que resplandezca la democracia en sus países, sino en llevar a ellos los “valores liberales” del capitalismo. Y por ello suelen estar financiados por Estados Unidos.

En todo caso, para diferenciar a nuestras “democracias” de los regímenes autoritarios de izquierdas, se apela a una libertad que consiste en que nosotros podemos elegir a nuestros representantes, los que van a legislar y gobernar en nuestro nombre, en nombre del pueblo. También en que podemos asociarnos libremente, podemos expresarnos libremente y podemos actuar libremente sin temor a decisiones arbitrarias de las autoridades. Finalmente, en que podemos ser emprendedores y, con esfuerzo o con suerte, hacernos ricos.

A continuación veremos que en este argumento se utiliza un concepto de libertad muy tosco. Y además que, aun si lo diéramos por bueno, alude a una libertad ilusoria, a una apariencia de libertad sin contenido en los dos contextos principales, el político y el comunicativo.

Libertad legítima

Una libertad es legítima si es defendible de manera universal. Requiere dos condiciones: que el actor tenga conocimiento suficiente de los efectos esperables de su acción, y que disponga de suficiente empatía respecto a las personas a las que su acción puede afectar. En términos kantianos podríamos decir que sólo eres legítimamente libre cuando, haciendo lo que quieres, estarías dispuesto a aceptar los efectos de ese tipo de acción si los demás la hicieran.

Puesto que las personas son fabricadas socialmente, tener conocimiento y empatía suficientes no es tema individual, sino social. Es el sistema social el que tiene que favorecer la actividad libre de los individuos fabricándolos con conocimiento y empatía suficientes. Y aquí el capitalismo fracasa estrepitosamente, es una impresionante fábrica de ignorancia y egoísmo. Muchas acciones “libres” serán por tanto ilegítimas.

Si examinamos la libertad de elegir parlamentos y gobiernos, encontraremos que no es legítima cuando se vota sin conocimiento de las consecuencias del voto o, caso de que haya conocimiento, sin empatía hacia los que van a sufrir las consecuencias.

Libertad política

Pero demos por legítima la libertad de los votantes, aun si son ignorantes e insolidarios. ¿Significa eso que los parlamentos elegidos van a legislar libremente y los gobiernos a gobernar libremente?

Al poder económico le interesa el disfraz democrático siempre que ese disfraz no le impida gobernar desde la sombra. Esto requiere controlar a los partidos políticos y a la opinión pública, algo que al poder económico le resulta fácil por tres circunstancias:

Una es que los partidos políticos necesitan copiosos recursos económicos (entre otras cosas para financiar campañas electorales cuyo éxito depende en parte del dinero invertido), de manera que los partidos acaban en manos de los bancos, de los grandes donantes o de las grandes corporaciones que a cambio premian a los dirigentes con puertas giratorias y demás corrupciones. Supongamos que un político incorruptible escapa al escrutinio del partido y llega al poder. Si en algún momento se empeña en alguna medida política no aceptable por el capital, éste tiene mil formas de chantaje para hacerla imposible. Y además ese político será considerado enemigo y abatido por el fuego de numerosas armas.

La segunda circunstancia que favorece al poder económico es que la opinión pública se fabrica mediante medios de comunicación costosos, sólo al alcance de los ricos.

Y una tercera es que, siendo muy bajo el nivel cultural de la población dominada, es muy fácil engañarla mediante expertos que se compran con dinero y que hablan o escriben en los medios controlados por el capital.

Ello permite dirigir desde la sombra la legislación y la política gubernamental en favor de una minoría que multiplica su riqueza obscenamente, aumentando así su control sobre parlamentos, gobiernos, medios de comunicación y expertos.

Si en algún país llega al poder un partido de izquierdas que pretende controlar el mercado, nacionalizar los servicios de interés común y obligar a los ricos a que contribuyan en proporción a su riqueza, será considerado un país no libre, autoritario y expropiatorio, y se tratará por todos los medios de desestabilizarlo, obligándolo a que se defienda con medidas más autoritarias, que serán tomadas como argumento en su contra.

Lo normal es que no haya que llegar a tanto. Basta que aparezca un partido incontrolado por el capital (como Syriza en Grecia o Podemos en España) para que todas las fuerzas al servicio del capital se movilicen para destruirlo, incluso aunque su capacidad de acción sea pequeña.

En una entrevista en Salvados, Pablo Iglesias se ha confesado enterado de que estar en el gobierno no es estar en el poder. Por fin sabe que gobiernan los ricos y que los ricos son mucho peores de lo que pensaba. Ningún rico ni ningún poderoso, ha dicho, está dispuesto a aceptar fácilmente una decisión que le perjudique por muy democrática que sea, añadiendo que vivimos en una “democracia limitada” en la que los ricos y poderosos tienen más poder que un diputado y no dudan en presionar al Gobierno en defensa de sus intereses. Señor Iglesias, a eso se lo llama plutocracia, no democracia limitada. Y para saberlo no hay que esperar a estar en el gobierno, basta con leer a Marx y mirar luego alrededor.

¿Medios de comunicación libres?

Uno de los instrumentos básicos de la plutocracia son los medios de comunicación. En la citada entrevista Pablo Iglesias dice haber aprendido también que los ricos se imponen a los ministros utilizando como arma los medios de comunicación.

Se llama “libertad de expresión” a la libertad del rico para controlar la información y conformar la opinión, así como para presionar a los poderes públicos, mediante los medios de comunicación de su propiedad. Cada medio de comunicación influyente tiene una clara conexión con el capital.

Por ello se puede afirmar que la propiedad privada de los medios de comunicación es un obstáculo insalvable a la democracia (ver aquí).

Los plutócratas y sus colaboradores se proveen de medios diferentes para los diferentes estratos de la sociedad. Hay medios para los estratos de bajo nivel cultural, para los de nivel medio, para los propensos al fascismo y para los que se consideran progresistas. Hubo un tiempo en que los medios de PRISA jugaban este último papel con disimulo tan eficaz que muchos progres llegaron a creer que El País era un periódico de izquierdas. Ahora Iñaqui Gabilondo, al que me he referido en otras ocasiones porque es un paradigma, abandona su púlpito en la SER por cansancio, y de todas partes han salido encomios y lamentos. Sin duda Gabilondo tiene muy buenas cualidades como comunicador, y las ha dedicado a defender al sistema a cambio de un premio proporcional a su eficacia. ¿De qué modo lo ha defendido? Del que puede engañar a la gente mejor dispuesta hacia la justicia: presentando una imagen de incorruptible moral, de permanente servicio a la verdad y a la democracia, para actuar luego limitando la crítica a lo periférico y guardando silencio, permanente silencio, sobre lo fundamental, sobre el núcleo mismo de la ignominia. Pudo optar por la crítica al sistema, y es una lástima que no lo hiciera, pero sin duda entonces nadie lo alabaría ahora y no habría obtenido beneficios, sino vetos.

Hay muchas maneras aparentemente inocentes de afianzar la gran mentira. Àngels Barceló ha dicho que a todos nos ha emocionado el discurso inaugural de Biden. ¿A qué “todos” se refiere? Parece que al menos a ella le han emocionado las mentiras de épica engolada que Biden ha ido desgranando en su discurso. Por ejemplo éstas:

Que él va a convertir de nuevo a Estados Unidos en la principal fuerza del bien en el mundo. Que los objetos comunes que los estadounidenses aman y que los definen son oportunidad, seguridad, libertad, dignidad, respeto, honor y, sí, la verdad. Que ante dios y todos los compatriotas estadounidenses hace el juramento sagrado de que siempre será sincero con ellos y que lo dará todo para servirlos. Y que espera que la historia cuente a los tiempos venideros que la democracia y la esperanza, la verdad y la justicia, no murieron durante su mandato, sino que prosperaron, y que Estados Unidos garantizó la libertad en su territorio y una vez más se erigió en faro del mundo.

Si quisiéramos explicar cómo alguien puede decir en serio que estas frases son emocionantes tendríamos que aludir a la ignorancia o al cinismo. Cabe una tercera explicación: que la actividad al servicio del sistema lleve a creer lo increíble a fin de reducir la disonancia entre valores morales y actividad profesional.

De lo hasta aquí dicho se sigue que la democracia es un punto de destino al que todavía la humanidad no ha llegado. Las plutocracias disfrazadas están muy lejos de ser democracias y ni siquiera se encuentran en camino. Su camino es otro (ver aquí).

Claro que preferimos que el poder económico nos controle disfrazado de democracia que mediante una dictadura como la que muchos de nosotros tuvimos que sufrir. Pero esta preferencia no debe hacernos perder la cabeza al punto de tomar por democrática la sociedad en que vivimos.

Los medios de comunicación en red

A la vista del uso que Trump ha hecho de las redes sociales para difundir mentiras, se quiere ahora ponderar la rectitud de los medios tradicionales por comparación con las redes y las grandes plataformas. Pero esto lleva a contradicciones.

Por ejemplo, si se considera que es legítima la libre potestad de los medios tradicionales sobre su línea editorial, la orientación de sus columnas o la publicación de tal o cual noticia, eso lleva a admitir como también legítima la misma potestad de un medio en red, y por tanto la potestad de Twitter o Facebook para señalar un post o eliminar un twit en concreto.

Pero entonces habría que admitir igualmente el bloqueo o la eliminación de una cuenta en esos medios. Y esto, por más que a muchos parezca saludable cuando se trata de un personaje tan deleznable como Trump, a otros les parece un abuso contra la libertad de expresión. Ni Omid Kordestani ni Mark Zuckerberg, nos dicen, son quienes para condicionar la libre expresión y difusión de mensajes. Solamente un juez en sus atribuciones constitucionales y en función de un posible delito es quien para cerrar una cuenta social o paralizar la difusión de un medio. Pues si se permite que sean los propietarios de las corporaciones quienes decidan lo permisible se habrá conseguido debilitar un Estado de Derecho ya deteriorado y dar argumentos a los populistas sobre el secuestro de la democracia por las grandes corporaciones.

¡Genial! Según esto, ni Kordestani ni Zuckerberg pueden decidir qué es lo permisible, pero sí pueden los dueños y directores de los medios tradicionales. O visto del revés: no debilita al Estado de Derecho ni supone el secuestro de la democracia la potestad que tienen los medios tradicionales sobre su línea editorial, sobre la publicación o el silenciamiento de tal o cual noticia, sobre la apertura de sus páginas o espacios a unos y el veto a otros. He ahí las contradicciones a que lleva la gran mentira oficial.

Claro que ni Kordestani ni Zuckerberg son quienes para condicionar la libre expresión y difusión de mensajes, pero tampoco los dueños de los restantes medios de comunicación. Una condición para que haya democracia es que los medios de comunicación, tanto los tradicionales como los de red, sean de propiedad pública y estén controlados por la sociedad, nunca por gobiernos ni propietarios privados.

¿Conspiraciones o conspiranoia?

Hay mil razones para desconfiar del discurso oficial, pero muchos de los que desconfían carecen del conocimiento necesario para situar las conspiraciones reales allí donde se encuentran y por eso inventan conspiraciones que no existen.

A esto se agarran los conservadores para llamar conspiranoico a quien habla de conspiraciones, dando a entender que todo el que ve conspiraciones está viendo visiones.

Hay conspiraciones demostradas, incluso castigadas por sentencias de tribunales, pero hay otras muchas que sólo serán conocidas pasado mucho tiempo, cuando no haya forma de revertir sus efectos.

Es poco probable que haya existido una conspiración para amañar las elecciones y echar así a Trump del poder, pues habría obligado a coordinar a mucha gente diversa de muchos estamentos diversos. Sin embargo puede tener razón Nazanín Armanian cuando, tras referirse al “volcán de tensiones acumuladas en el subsuelo de Estados Unidos que ni Biden ni Dios podrá contener su estallido”, sugiere, con apoyo en numerosos datos, que la conmoción provocada por el asalto al capitolio puede estar dirigida a aterrar a la clase trabajadora, renovar la alianza bipartidista para aplastar las movilizaciones de los oprimidos que amenazan el sistema y establecer una serie de “reajustes” para limitar los derechos de los ciudadanos, algo que no se puede hacer en tiempos “normales” (ver aquí).

Yo no sé si ha sido así, porque carezco de datos, pero no me extrañaría, porque las conspiraciones han de estar necesariamente a la orden del día en una plutocracia disfrazada. Los que mandan no pueden hacer públicos sus designios, y los designios que se hacen públicos suelen ser falsos. Hay por tanto una permanente conspiración en aquellos espacios ocultos en que el poder económico decide leyes, políticas gubernamentales o incluso sentencias judiciales. Y quien cree esto no es un conspiranoico, sino alguien que sabe de qué va. Necesariamente Estados Unidos ha de ser un nido de conspiraciones de gran alcance, y ello explica su encarnizada persecución a Julián Assange, para quien se pide cadena perpetua por haber hecho públicos los detalles de mil conspiraciones que debían seguir secretas.

Populismos

Se nos dice que el trumpismo es un populismo de derechas y ello implica que hay un populismo de izquierdas.

Los conservadores que han intentado definir el populismo no se ponen de acuerdo, porque es tarea difícil hacerlo de manera que comprenda tanto a Vox como a Podemos. La perversión del lenguaje permite que el PP y Ciudadanos se declaren enemigos del populismo, tanto del de derechas (Vox) como del de izquierdas (Podemos), y ello al mismo tiempo que pactan con Vox.

Si queremos definir el populismo de manera que aclare las cosas en lugar de oscurecerlas, hemos de decir que es populista el partido político que usa la mentira para conseguir los votos de un pueblo desinformado con intención de hacer luego una política favorable a la oligarquía, y por tanto en perjuicio de ese pueblo.

Según esta definición todos los partidos de derecha, incluidos los socialdemócratas, son necesariamente populistas. Decir populismo de derechas es una redundancia.

El PSOE es un partido populista, porque se presenta como socialista para atraer a la gente de izquierdas, pero una vez en el poder actúa a favor de la oligarquía económica (de las eléctricas, los bancos, las grandes empresas) mediante privatizaciones, política fiscal e inacciones (por ejemplo a la hora de perseguir paraísos fiscales, blanqueo de capitales o evasión de impuestos) recibiendo por ello apoyo mediático, créditos y el beneficio de las puertas giratorias.

La socialdemocracia ha invalidado la palabra “socialismo”. Ahora ya no sabemos qué significa que un proyecto político sea socialista. Ya sólo nos queda la palabra “comunista” para hacer referencia a la opción anticapitalista, única que puede librarse del populismo si actúa con honestidad. Los comunistas son los únicos partidarios actuales de una sociedad en la que imperen los ideales de igualdad, libertad y fraternidad, condiciones para una verdadera democracia. Continuando el pensamiento del papa Francisco, que ha reconocido que comunismo y cristianismo son muy parecidos, se podría decir que el comunismo es un cristianismo ateo.

De ahí el afán conservador por demonizar al comunismo, identificándolo con el estalinismo, es decir, con opresión y crimen, que es como confundir cristianismo con inquisición y quema de herejes.

Tanto los comunistas como Unidas Podemos pueden ser calificados de populistas cuando, por una táctica errónea, electoralista, callan sobre ciertas cuestiones (que es una manera de mentir), a fin de conseguir votos, o de no perderlos, para al final, si consiguen algún poder, ejercerlo de la única manera posible: en beneficio del poder económico, eso sí, lanzando al pueblo, como justificación, algunas migajas del banquete.

El trumpismo sin Trump

Trump es un sátrapa ignorante que ha destrozado el disfraz de la plutocracia americana a la vista del mundo entero. Puede haber caído en desgracia por inservible, si es no ha caído en desgracia por haberse negado a emprender nuevas guerras que den respiro a la maltrecha economía estadounidense. En cualquier caso no cabe esperar una política muy diferente de su sucesor salvo en detalles formales. Estados Unidos tendrá que seguir luchando desesperadamente contra la crisis económica y contra el declinar de su poder en un ambiente cada vez menos propicio al dólar y a las decisiones imperiales. Los intentos de frenar a China sólo han servido para perjudicar a las empresas propias y como acicate para una mayor autonomía china. Ojalá el ocaso del imperio americano sea tan indoloro para el mundo como lo fue el de la URSS.

Lo que de momento podemos decir es que Trump tiene millones de simpatizantes y seguidores fanáticos que están ahí aunque Trump haya sido por ahora derrotado.

Para explicar que, pese a su desastrosa gestión de la pandemia, le hayan votado más de 72 millones de estadounidenses se aduce que la inseguridad económica, la caída en la pobreza, la injusticia social, etc., llevan a mucha gente a desconfiar del sistema, a ver a políticos y medios tradicionales como manipuladores y ocultadores de la verdad y a dar credibilidad a los medios dedicados a difundir mentiras.

Habría que añadir el fuerte apoyo económico y mediático a las organizaciones fascistas, pues aunque el crecimiento del fascismo asusta a muchos, no asusta precisamente a los dueños del capital, que por más que prefieran a los servidores tradicionales, mantienen a la extrema derecha como una bala en la recámara, por si hace falta. Y les conviene que prospere cuando la sobrexplotación de la mayoría es tan fuerte que empiezan a ser probables levantamientos sociales. La extrema derecha, azote tradicional de comunistas, hará entonces su papel.

Aceptemos todo esto en principio. La cuestión es: ¿por qué la gente perjudicada por el sistema no vota a un partido de izquierda anticapitalista, que va a luchar por sus intereses, y por el contrario vota a un extravagante millonario que hace méritos para ser calificado como matón, embustero, frívolo, provocador, violento, insensible, autoritario, inculto, arrogante, machista, racista, etc. y que nunca hará una política favorable a la mayoría?

Hay que reconocer la capacidad de Trump para engañar, de la que hizo una exhibición hace cuatro años, en su discurso inaugural, más atractivo y realista el que el de Biden ahora. El de Trump podría haber sido suscrito en muchas de sus partes por un político de izquierdas, el de Biden no. Pero las proclamas hipócritas de Trump no debieran engañar a nadie.

Un trabajo de la Universidad Tecnológica de Texas da una explicación. Su análisis de los valores personales de los seguidores de Trump mostraba un perfil de bajo altruismo, gran apoyo al valor del poder (entendido como competir y ganar), deseos de riqueza y apego emocional a la tradición.

Los remedios

Piensan algunos con optimismo que el remedio consiste en abandonar las políticas neoliberales y reducir las desigualdades. Además controlar de alguna forma las redes, nidos de mentiras, prestigiar a la prensa tradicional y hacer responsables a los dueños de las plataformas de lo que se publica en ellas.

La cuestión es que con estas medidas sólo se atemperan las desigualdades y las mentiras, no se acaba con ellas. Y menos aún con la ignorancia, la falta de altruismo, el fascismo, el machismo o el racismo que proliferan.

Se puede dar un paso más y apelar a la educación. Hay que mejorar la educación de la población para que no sea presa fácil de los engaños ni del odio. ¿Y qué hacer para ello? Mejorar la escuela mediante nuevas leyes de educación y mayor financiación.

De nuevo ingenuidad. Todo el mundo debería saber que la educación en la sociedad capitalista no se produce en la escuela, sino en las antiescuelas: publicidad, modelos sociales (deportistas de élite, cantantes, influyentes), en las familias, en los grupos de iguales y en las redes. Nada puede la escuela contra estas antiescuelas. Sólo tienen relativa suerte los niños cuyas familias colaboran en la buena dirección, es decir, una parte de la población no suficiente.

La buena educación no tiene sitio en la sociedad capitalista, porque no va a desaparecer el tipo de publicidad que soportamos, ni van a ser controladas socialmente las redes sociales, ni la juventud va a cambiar de modelos ni de motivaciones, ni va a desaparecer el deseo inmoderado de consumo, de manera que la escuela seguirá cumpliendo el papel que tiene asignado, que no es educar, sino colaborar a la integración de la gente en el sistema productivo a distintos niveles.

La mala educación es funcional para la reproducción del sistema capitalista, que necesita un alto porcentaje de fracaso escolar (el de las clases bajas) para nutrir la formación profesional, así como dar a los demás los conocimientos y pautas necesarios para cumplir un papel específico en el esquema de producción. En ningún caso se pretende una buena educación, por otra parte imposible. En el espacio básico de la educación sentimental (del que dependen los demás) el sistema promueve incesantemente los sentimientos de egoísmo, frustración, rutina y miedo.

La pandemia que sufrimos nos está obligando a ver por todas partes a irresponsables ciudadanos que, en uso de lo que llaman libertad, se comportan de manera que pone en peligro la salud y la vida ajena. Y lo hacen por ignorancia y falta de empatía. Se les ha querido disculpar alegando que son jóvenes, pero la edad juvenil no es incompatible con el conocimiento y la solidaridad. Ocurre, simplemente, que nuestro sistema social fabrica masivamente ese tipo de persona psicológicamente averiada. Y esa deficiente socialización es la causa básica del ascenso de los fascismos. Y no hay remedio, no le den vueltas, sólo la salida del capitalismo puede abrir una puerta a la solución.

El fascismo presente, la izquierda ausente

No importa qué tema político o social toquemos, hemos de llegar siempre a lamentarnos de la inexistencia de una izquierda dedicada a su misión básica.

A cada paso oímos que la sociedad está polarizada, concepto éste, el de polarización, que ha venido a sustituir al de lucha de clases que tuvo sentido mientras la clase obrera tenía conciencia de sus intereses gracias a la labor de sindicatos y partidos comunistas.

Ahora las clases oprimidas carecen de conciencia de sus intereses porque no hay organización alguna que luche eficazmente contra la falsa conciencia que el sistema capitalista produce. El partido comunista ni siquiera se atreve a presentarse como tal, abrumado por el poder estigmatizador del monopolio de medios conservadores, y se esconde tras las siglas de Izquierda Unida, perdida en el electoralismo.

De manera que queda el campo libre para aquellas organizaciones fascistas que ocupan el terreno abandonado por la izquierda y que engañan a los oprimidos acerca de sus verdaderos enemigos.

En España se critica a los que se han opuesto al gobierno de coalición presentándolos como unos exquisitos que piensan que la sucia experiencia de la política institucional mancha y que por ello es preferible ejercer de Pepito Grillo desde la bancada de la oposición o desde el extraparlamentarismo, con lo cual se gana en coherencia, sí, pero al precio de prescindir de resultados y oportunidades.

Quienes hacen esta caricatura no conciben otra alternativa al electoralismo que la autocomplacencia moral estéril.

Algo así debieron pensar los dirigentes del PCE cuando tomaron dos decisiones nefastas en los pasados años 70: sumarse a la transición impuesta por el franquismo y abrazar el eurocomunismo. Cambiaron el diagnóstico marxista que veía a la democracia burguesa como una forma sin substancia (un disfraz) y decidieron participar en el juego a que les invitó el capitalismo, el juego electoral, aceptando la mentira conservadora de que la plutocracia es democracia sustantiva. Ello eliminó el discurso crítico, supeditó la organización al líder carismático que prometía votos y limitó su actividad al corto plazo. Desde entonces la izquierda comunista que luchó con tanta fuerza por las libertades durante la dictadura ha venido limitando sus esfuerzos a la competición electoral y a la ocupación de los cargos conseguidos para hacer desde ellos la política posible, es decir, la que no enoja al verdadero poder. El resultado es que la izquierda anticapitalista ha perdido su antigua eficacia.

La alternativa al electoralismo cortoplacista y engañoso no es ejercer de Pepito Grillo, ni mirarse el ombligo con autocomplacencia moral. Es dedicarse a la tarea básica sin la que todas las demás no tienen alcance: ejercer la actividad educativa que sólo la izquierda puede realizar, transformando la falsa conciencia de los oprimidos en conciencia realista, utilizando como instrumentos la implantación en los barrios populares mediante organizaciones vivas, escuelas infantiles, universidades populares, ayuda gratuita de expertos a la gente en apuros, medios de comunicación bien concebidos, estímulo a la investigación social, prestigio intelectual que atraiga la colaboración de científicos, comunicadores y teóricos.

Si dijéramos a los dirigentes políticos de la izquierda actual que abandonen el electoralismo y se dediquen a esa política a largo plazo, asegurándoles que apreciarán los buenos efectos del cambio dentro de cuarenta años ¿imaginan que nos dirían? Ellos quieren efectos ya, es decir, tocar poder ya. Cualquier otra cosa les parece extravagancia a la que no hay que prestar atención.

Pero imaginemos que hace cuarenta años se hubiera iniciado esa tarea a largo plazo. Ahora estaríamos aprovechando sus efectos, y no sólo en España, puesto que habríamos servido de modelo para otros países.

Sin estar en las instituciones, esa izquierda podría estar ahora ejerciendo más influencia en la política del país, podría presionar más al PSOE hacia políticas progresistas que lo que puede la izquierda que tenemos dentro del Gobierno. Y estaría impidiendo la deriva de una parte importante de la población hacia posiciones de extrema derecha, manteniendo el apoyo de esa población a medidas más audaces que las hoy posibles. Si en Europa hubiéramos tenido una izquierda así, seguro que no habríamos salido de la gran crisis a base de políticas neoliberales, seguro que la derecha europea en el poder no habría podido tratar a Grecia como lo hizo, seguro que su política respecto a la inmigración no estaría inspirada por el miedo al discurso de la extrema derecha.

Si hace cuarenta años el PCE hubiera decidido hacer esto, ahora no sólo sería injusto decir “todos los políticos son iguales”, sino que a nadie se le ocurriría decirlo.

Y los cuarenta años pasados no habrían sido un desierto, pues desde el principio esa izquierda habría estado haciendo camino al andar.

jmchamorro@jmchamorro.info

LA RECONCILIACIÓN, LA MEMORIA DEMOCRÁTICA Y LA ENSEÑANZA DE LA HISTORIA EN LA ESCUELA

Tuvieron que pasar más de 30 años desde la muerte de Franco para que en tiempos de Zapatero se dictara la Ley de Memoria Histórica, gracias a cuyas ayudas se abrieron 2.800 fosas comunes y se identificó a 41.000 personas desaparecidas.

Llegó luego el PP al gobierno y alardeó de haber suprimido esas ayudas económicas. Ahora, con el gobierno de coalición, se retoma el asunto y hay un anteproyecto de Ley de Memoria Democrática aprobado en septiembre en Consejo de Ministros y recién sometido a periodo de sugerencias antes de llegar al Parlamento.

Esta ley permitirá la creación de fondos para reabrir fosas, un banco de ADN para las víctimas del franquismo y la resignificación del Valle de los Caídos para contribuir a la recuperación de la memoria con una función educativa y preventiva. Asimismo hará posible que se ilegalicen asociaciones fascistas como la Fundación Francisco Franco.

Según informe de Amnistía Internacional tiene además estos aspectos positivos:

-Crea una Fiscalía especializada desde la que deberán impulsarse procesos legales de búsqueda, identificación y localización de las víctimas.

-El Estatuto de la Víctima incluye expresamente a los niños y las niñas sustraídos y adoptados sin autorización, y a sus familiares.

-Se anulan las sentencias injustas dictadas por los Consejos de Guerra o el Tribunal de Orden público.

-Se incluye la memoria histórica en los contenidos curriculares de la ESO, Bachillerato y profesorado.

Parece una vergüenza que todavía, con los años transcurridos desde la ensalzada transición, estén por hacer estas cosas elementales y más aún que este anteproyecto, lo mismo que en su momento la ley de memoria histórica, despierte gran oposición.

Dos malos argumentos

Unos detractores vienen a decir que los dos bandos cometieron desafueros, que España es un país de cainitas, que lucharon hermanos contra hermanos y que todos fueron igualmente culpables. Por tanto váyase lo uno por lo otro y lo mejor es olvidar el asunto.

Otros añaden que la transición fue un pacto de reconciliación que cerró las heridas, y que estas leyes vienen a reabrirlas en mala hora.

Estos argumentos no sólo son sostenidos por la derecha heredera del franquismo, sino también por dirigentes del PSOE que llevaban muchos años creyendo que habían pasado a la historia como artífices de un proceso histórico ejemplar y admirado en el mundo entero, y ahora sufren la natural frustración y resentimiento porque la modélica transición se ha puesto en entredicho. José Bono, por ejemplo, considera un “riesgo” hurgar en la historia y someterla a debate público. Él se siente “más cómodo” escuchando a historiadores y académicos que “leyendo editoriales de conveniencia o los tweets de la planta de oportunidades de los extremistas de Podemos o Vox”.

Por esta línea van otros muchos que no tienen pasado político que reivindicar, como el novelista Pérez Reverte, cuya argumentación desacomplejada en medios y redes sociales puede atraer a muchos a una manera cruel y necia de ver el tema.

Entrevistado en El Mundo hace diez años con motivo de la publicación de El Asedio, arremetió contra la “dictadura impuesta con la Ley de Memoria Histórica” alegando que “España es un país gozosamente inculto, deliberadamente inculto, que incluso alardea de ser inculto, y con gente así, hacer esa ley de memoria histórica es ponerle una pistola en la mano”. Y añadió: “Mi memoria histórica tiene tres mil años ¿sabes?, y el problema es que la memoria histórica analfabeta es muy peligrosa, porque contemplar el conflicto del año 36 al 39 y la represión posterior como un elemento aislado, como un período concreto y estanco respecto al resto de nuestra historia es un error, porque el cainismo del español solo se entiende en un contexto muy amplio”.

Decía también:

Atribuir los males de un período a cuatro fascistas y dos generales es desvincular la explicación y hacerla imposible […]. Cualquiera que haya leído historia de España sabe que aquí todos hemos sido hijos de puta. TODOS”.

Dicho esto, le vino a Pérez Reverte un ataque de conocimiento, y de manera incongruente olvidó que todos somos cainitas e hijos de puta y asignó este papel a una de las partes. A diferencia de Francia “no hubo una guillotina en la Puerta del Sol que le picara el billete a los curas, a los reyes, a los obispos y a los aristócratas… y al que no quisiera ser libre le obligara a ser libre a la fuerza”. O séase, que “hemos fusilado tarde y mal, y no ha servido de nada. El momento histórico era ese, el final del siglo XVIII. Las cabezas de Carlos IV y de Fernando VII en un cesto, y de paso de algunos obispos y unos cuantos más, habrían cambiado mucho, y para bien, la Historia de España”.

Ahora, en la presentación de Línea de fuego, ha vuelto a ocuparse del tema para decirnos que en esa novela intenta una aproximación a la parte humana de la Guerra Civil, única forma que puede salvarnos del discurso “partidista y miserable” que unos y otros “se empeñan en colocar” a los ciudadanos. Su impresión personal es que con el proyecto de Ley de Memoria Democrática se ha reabierto una herida que estaba cerrada, porque justamente quienes hicieron la guerra querían cerrarla y la cerraron aunque fuera en falso, pero la cerraron. “Y eso estaba resuelto, era historia.”

Pero ¿sabes qué pasa? Cuando no hay una base intelectual seria en la política, cuando no hay una ideología concreta, basada en argumentos intelectuales solventes, en lecturas, en conocimiento, en estudios, en talla política, entonces hay una tendencia bastarda, pero comprensible, a utilizar el blanco y el negro, y lo fácil y lo simplón y lo elemental, como argumento político […]. Y claro, la guerra civil es perfecta, tratada como buenos y malos, como blancos y negros, como cuatro generales contra el pueblo español y ese tipo de cosas, ¿no?”

Concluye que “el actual receptor de esos mensajes es un joven sin la lucidez crítica suficiente para distinguir, para defenderse o para razonar respecto a esos discursos facilones y los compra. Entonces resulta que unos jóvenes están comprando unos discursos falsos, emitidos por irresponsables ignorantes. Y eso es muy peligroso.”

En estas declaraciones está implícito que Pérez Reverte considera que él no es un irresponsable ignorante, que ha leído lo suficiente y que es poseedor de una base intelectual seria y de opiniones basadas en argumentos solventes.

La visión superficial de un reportero

Pérez Reverte cubrió varias guerras civiles como reportero y hubo un momento en que descubrió algo que pone en boca de uno de los personajes de su novela: que una guerra civil no es la lucha del bien contra el mal… Sólo el horror enfrentado a otro horror.

Su visión, la de periodista sobre el terreno, puede servir para escribir una novela como la suya, pero no aborda el tema oculto. ¿Qué hay por detrás de esos dos horrores enfrentados?

Es evidente que, si nos limitamos a narrar una batalla, veremos en ambos bandos personas con ilusiones, proyectos y sentimientos semejantes, y maltratadas de manera semejante.

Sólo que no es ese el tema a que se refieren las leyes de la memoria histórica.

Si Pérez Reverte no hubiera limitado su narración a personas atrapadas en la batalla del Ebro, si con suficiente conocimiento de la historia se hubiera remontado años atrás y hubiera recreado los conciliábulos del rey con banqueros, obispos, terratenientes y militares, si hubiera tenido en cuenta las presiones de las oligarquías estadounidense, francesa, inglesa o belga, no sólo habría constatado lo que ya sabe, que el golpe militar y la guerra civil española no fueron efecto de la voluntad de cuatro fascistas y dos generales, sino que habría aprendido lo que parece no saber, que la causa no fue un cainismo abstracto, sino la fuerza de un consorcio típico: la oligarquía industrial y financiera, una parte del ejército, la jerarquía católica y los grandes terratenientes, que veían en el Frente Popular una amenaza insoportable a sus privilegios.

Pérez Reverte califica de analfabeto, partidista y miserable el relato que se sigue del material acumulado por historiadores fiables (entre otros Paul Peston, John Gibson, Antony Beevor, Hugh Thomas, Javier Cervera, Ángel Viñas, Julián Casanova, Stanley G. Payne o Eduard Malefakis). Teniendo en cuenta los hechos que estos historiadores han conseguido investigar, los argumentos de la equidistancia y de la reconciliación quedan disueltos.

Hubo violencia por ambas partes, pero no son violencias equiparables

En sociedades como las nuestras (elitistas) hay que distinguir por un lado, como causa, la violencia que ejerce la minoría explotadora sobre una mayoría de la población; y por otro lado, como efecto, la violencia que ejercen miembros de esa mayoría como reacción cuando no pueden aguantar más.

Por esta razón la violencia que los revolucionarios franceses ejercieron sobre monarquía y aristocracia se considera el comienzo de un nuevo tiempo esperanzador, mientras que no hay forma de justificar la violencia que esa monarquía y aristocracia ejercieron previamente contra el pueblo.

En la España del año 36 la situación era insoportable para muchos, y por eso se puede justificar su violencia ocasional, por ejemplo la de los jornaleros del campo parados, que no es equiparable a la de los terratenientes que usaban a la guardia civil para reprimirlos a tiros mientras mantenían sus fincas en barbecho. En ningún caso hubo cainismo, es decir, una suerte de enfermedad crónica del español. Hubo violencia para mantener privilegios frente a violencia para acabar con ellos.

La violencia de la izquierda como falso pretexto

Para justificar el golpe militar y la guerra civil que siguió, se apeló en 1936 al desorden político y las luchas callejeras, y a ello sigue apelando la derecha filofranquista.

Olvida que nada más conocerse el triunfo del Frente Popular, en febrero de 1936, hubo dos intentos fallidos de “golpe de fuerza”, los propuestos por Gil Robles y por el general Franco, entonces Jefe de Estado Mayor del Ejército. Pretendían declarar el estado de guerra, anular los comicios y frenar así la entrega del poder a los vencedores.

Una vez que estos intentos fracasaron por la oposición de militares fieles a la República, se pasó a la estrategia de tensión, iniciada por la Falange con el atentado el 12 de marzo contra un diputado socialista, Jiménez de Asúa, que costó la vida a su escolta. La réplica fue una manifestación con el incendio de dos iglesias. En todo caso, de los 262 muertos por violencia política entre febrero y julio de 1936, 148 víctimas fueron militantes de la izquierda, 50 de la derecha, 45 sin identificar y 19 de las fuerzas de orden público, las cuales causaron 112 víctimas. Es también significativo que el número de víctimas fuera disminuyendo, de 93 en marzo a 24 en junio y 15 en julio (Julián Casanova, República y guerra civil). Lo que quiere decir que no había justificación alguna para el golpe militar de julio, sino que la había, por el contrario, para reprimir con más fuerza la violencia de la derecha.​

La violencia durante la guerra civil: diferencias en cantidad y en inspiración

Durante la guerra la represión en los territorios ocupados por los rebeldes franquistas triplicó la de la zona republicana. Pero sobre todo, “la caótica violencia del bando republicano tuvo lugar a pesar de las autoridades, no gracias a ellas. De hecho, los esfuerzos de los sucesivos gobiernos republicanos para establecer el orden público lograron contener la represión por parte de la izquierda que, en términos generales, en diciembre de 1936 ya se había extinguido” (Paul Preston, El holocausto español). 

En cambio la violencia del bando franquista era estimulada por los jefes militares y falangistas y adoptada como una estrategia. De hecho Franco dilató la guerra todo lo que pudo porque, en sus propias palabras, “en una guerra civil, una ocupación sistemática del territorio, acompañada por una limpieza necesaria, es preferible a una rápida derrota de los ejércitos enemigos que deje al país infestado de adversarios.” No se pueden leer sin horror las arengas que emitían por radio generales franquistas animando a matar a los hombres y violar a las mujeres del bando contrario, algo inimaginable en un responsable político de izquierdas.

Tal diferencia puede percibirse en el hecho más reprobable de los ocurridos en zona republicana, el fusilamiento en Paracuellos de 2.500 presos sacados de las cárceles de Madrid del 7 de noviembre al 4 de diciembre de 1936. Se trataba de trasladar estos presos a Valencia para evitar que pudieran aumentar el potencial ofensivo de los sublevados si éstos, que estaban luchando a las puertas de Madrid, tomaban la capital. Pero al estar cortada la carretera de Valencia por tropas enemigas se decidió fusilarlos en Paracuellos. Esta brutalidad bélica tenía su lógica en la defensa propia, pero ofendía a la conciencia moral. Y por ello las sacas acabaron cuando el anarquista Melchor Rodríguez fue puesto al frente de la Dirección de Prisiones.

¿Y la violencia de la posguerra?

Malefakis cree que no hay duda alguna de que “la represión de la posguerra se debió a un espíritu de venganza y un deseo casi genocida de erradicar a los elementos antiespañoles de la sociedad.”

Francisco Moreno Gómez (La victoria sangrienta 1939-1945) analiza pormenorizadamente las distintas variables represivas que utilizó el franquismo para acabar con los vencidos o someterlos.

En la que él llama “primavera negra” (abril y mayo de 1939) hubo directrices directas del cuartel general de Franco en Burgos “que instaban a llevar a cabo lo que no admitía demora”, y que ejecutó el Servicio de Información de la Policía Militar (SIPM). 40.000 personas fueron víctimas de ejecuciones sumarias, fueron paseadas o se les aplicó la ley de fugas antes de que empezaran a funcionar los consejos de guerra.

Parte de aquel genocidio ha terminado siendo investigado, pero aún queda mucho por investigar (como las terribles actuaciones de la Legión en Andalucía) y muchos archivos siguen inaccesibles, sobre todo los eclesiásticos.

Moreno Gómez habla de “multi-represión” para referirse a todo un catálogo de crímenes contra la humanidad cuando ya había terminado la guerra, entre otros:

-apresamientos masivos con 300.000 presos en 1940 y 507.000 detenidos emplazados en 188 campos de concentración;

-traslados de presos en trenes borregueros cerrados, sin comer ni beber en varios días y sin médicos para atender a los reclusos;

-hambre como instrumento represivo, aplicando a los presos una “dieta hipocalórica de 800 calorías, a sabiendas de que con menos de 1.200 no se puede sobrevivir”, lo que produjo una elevada mortandad en las grandes cárceles desde finales de 1940.

-90.000 integrantes de batallones de trabajadores;

-al menos 400.000 obligados a partir hacia el exilio;

-humillación de las mujeres usando el rapado y el aceite de ricino;

-robo y desaparición de niños en número cifrado por la ONU en 30.000, desde 1940 con la cobertura legal que impedía que estuvieran con sus madres niños de más de tres años y que desde 1941 facilitaba el cambio de nombre de los menores;

-represión económica para arruinar a los vencidos con apropiación indebida de propiedades y bienes, así como con fuertes sanciones y multas;

-represión ideológica y laboral con listas negras para trabajar, etc.

Según Preston, Franco queda como dictador muy por arriba de Mussolini y es comparable a Adolf Hitler en el tratamiento de sus conciudadanos.

Segundo argumento falso: que la transición fue efecto de una reconciliación que cerró las heridas

En la llamada Causa General, incoada por el franquismo, todas las víctimas de la violencia republicana fueron bien contadas y, en palabras del historiador Enrique Moradiellos, “tuvieron su restitución oficial, sus muertes reconocidas, sus tumbas honradas, sus deudos gratificados.”

No en cambio las otras víctimas, las del bando republicano, muchas sepultadas en fosas comunes sin el reconocimiento de sus nombres, otras condenadas por sentencias sumarias no revisadas ni anuladas.

Ya en el año 1953 el Partido Comunista defendió una política de reconciliación nacional, consistente en que no se exigiría a nadie legitimidad republicana, sino sólo una actitud contraria a la dictadura fascista, no importa cuál hubiera sido su pasado político o el de su familia. No significaba amnistiar al franquismo ni olvidar sus crímenes, ni dejar en el olvido a sus víctimas.

¿Puede alguien creer que familiares y compañeros de esas víctimas aceptaron en 1976 dejarlas en el olvido y sin castigar a los criminales, es más, honrando a muchos de ellos con medallas y premios?

Versión tan inverosímil ha de dejar paso a la verdadera: que la transición fue un apaño entre dirigentes políticos no ratificado por los afectados. Recordemos que la monarquía fue metida con trampa en la Ley para la Reforma Política porque, pese al enorme y unilateral uso de los medios de comunicación, las encuestas encargadas por el gobierno de Suárez indicaban que un referendum sobre la monarquía se perdería. Y que la constitución no avala el olvido de las víctimas de la represión franquista ni la persistencia real del franquismo en las instituciones.

Pero es que además para que haya reconciliación tiene que haber reconocimiento mutuo de los daños infligidos al otro y arrepentimiento. Y esto es algo que nunca hizo la derecha ni puede hacer.

Pruebas suficientes tenemos ya de que ni existió ni existe reconciliación entre derecha franquista e izquierda. Los que militan en Vox o el PP siguen siendo irreconciliables con esa izquierda a la que llaman comunismo bolivariano.

¿Fue la transición un pacto irremediable?

Una segunda forma de justificar la transición consiste no tanto en alabar sus virtudes como en proclamar que no hubo otro remedio dada la correlación de fuerzas. Pero ¿qué quiere decir que no hubo otro remedio? ¿Otro remedio a qué?

Hasta marzo de 1976 la Junta Democrática, liderada por el Partido Comunista, defendía la «ruptura democrática» a base de una movilización ciudadana, que se esperaba que culminara en una «acción nacional» o una huelga general. Tal ruptura implicaba el rechazo a Juan Carlos y a la monarquía «franquista», la formación de un gobierno provisional, la convocatoria de un referéndum sobre la forma de gobierno —para decidir si republicana o monárquica— y la depuración de responsabilidades de los franquistas actores de la represión, a los que no alcanzaría la amnistía, que en cambio permitiría la excarcelación de los presos por delitos políticos y la vuelta de los exiliados.

Pero de repente el partido Comunista cambió de estrategia y adoptó la «ruptura democrática pactada» que defendía el PSOE y la oposición moderada. Carrillo adujo que habían comprobado que la movilización popular no derribaba al Régimen. Y seguramente era cierto que en 1976 la izquierda no tenía fuerza suficiente para obligar a un proceso como los que ocurrieron en Alemania, Italia o en la Francia del régimen de Vichy, donde los autores de los crímenes fascistas fueron enjuiciados y condenados, y se produjo una depuración en policía, ejército, judicatura, funcionariado y clase política.

Pero ¿obligaba eso a aceptar que los franquistas dirigieran el proceso de transición y consiguieran todo lo que querían a costa de la verdad y la justicia? Pues consiguieron amnistía para sus crímenes, mantenimiento de sus puestos y riquezas, control de las instituciones del Estado y silencio sobre el pasado, mientras la otra parte sólo conseguía la vuelta de los exiliados, la legalización de los partidos y de los sindicatos, elecciones “libres”, recuperación de las autonomías y amnistía para los presos políticos, es decir, cosas que a la derecha franquista no le importaba conceder a cambio de lo que consiguió.

Los que durante la dictadura habían luchado contra el fascismo arriesgándose a discriminaciones, torturas policiales, cárcel o muerte fueron traicionados, al punto de que de ellos no se volvió a hablar en muchos años. Evidentemente, el Partido Comunista no estaba obligado a aceptar esto.

Sin duda sus dirigentes sabían de sobra que, si se negaban a aceptar aquel pacto de transición, el PSOE de Felipe González tendría que arriesgarse a dejar claro que se rendía a las exigencias de los franquistas para hacer un simulacro de democracia en la que medrar a cambio de financiación y apoyo de EE. UU. y Alemania. Sabían de sobra que entonces sólo quedaría una voz, la del PC, encargada de algo más importante aún que la paz, la verdad.

Y sin duda preveían que antes o después el nuevo régimen tendría que homologarse con las “democracias” europeas, porque así interesaba a las oligarquías económicas de dentro y de fuera. Y que entonces el PCE tendría que ser legalizado, pero conservado libertad para denunciar el pacto y seguir exigiendo una verdadera “ruptura democrática antifascista”.

Sin embargo esos dirigentes prefirieron medrar en el régimen político diseñado por los franquistas. ¿Ambición política personal a corto plazo? ¿Ceguera ideológica? Es significativo que casi todos los que dirigían al PCE en aquellos momentos fueron derivando hacia posiciones socialdemócratas cuando estuvo claro que éstas eran más rentables.

Consecuencias

Es ahora ¡cuarenta años después! cuando Pedro Sánchez se plantea anular los títulos nobiliarios concedidos por Franco, y el ducado de Franco concedido a la hija del dictador por Juan Carlos. Ha sido este año cuando se ha pedido en el Congreso retirar medallas y condecoraciones a torturadores que durante la dictadura cometieron crímenes de lesa humanidad. Durante este tiempo el rey nombrado por Franco no ha tenido empacho en decir que no toleraba que ante él se hablara mal del dictador. La familia de Franco sigue dueña de las riquezas robadas a la sombra del poder dictatorial, entre otras muchas la casa Cornide de La Coruña y el pazo de Meirás (que parece que por fin va a perder si los jueces no dicen lo contrario en apelación). El genocida general Queipo de Llano sigue enterrado en la iglesia de la Macarena de cuya cofradía es hermano honorífico, y sus herederos siguen dueños del cortijo de Gambogaz en Camas, finca de 950 hectáreas obtenida durante la guerra civil por el mismo procedimiento de presión dictatorial.

El ejército sigue siendo en gran parte franquista y, por miedo a su reacción, hasta el año pasado no se ha conseguido sacar los restos de Franco del gran mausoleo que él mandó construir a su honra y gloria. Todavía tenemos que soportar el bochorno y el temor que inspiran esos altos mandos militares jubilados que escriben al rey pidiéndole un golpe de estado y que creen que para salvar a España hay que fusilar a 26 millones de hijos de puta. O los militares en activo que se solidarizan con éstos porque comparten sus sentimientos, o los futuros oficiales de la armada que cantan un himno fascista de la División Azul haciendo el saludo nazi en una fiesta de la Escuela Naval de Marín, o los miembros de la Brigada de Paracaidistas que graban un vídeo cantando ese mismo himno. Y no hay reacción adecuada de mandos militares, ni del gobierno, ni del rey. Y la ultraderecha franquista con gran presencia en el parlamento, se manifiesta en las calles sin complejos y afirma que esos militares que quieren fusilar a la mitad de la población son de los suyos. Y hasta ahora los gobiernos no se han atrevido a retirar símbolos franquistas que persisten en cuarteles de la guardia civil, nueve años después de que estén prohibidos por la ley de memoria histórica.

¿Cuál sería hoy el mal menor y por qué no es posible?

Es una sandez eso de que España es un país gozosamente inculto, deliberadamente inculto. Por el contrario, es un país condenado a la incultura, y en parte porque en la escuela no se ha enseñado la historia de la España del siglo XX (se supone que para no abrir heridas). Una gran parte de la población, expuesta a una incesante propaganda, sólo sabe que los comunistas son muy malos, que Juan Carlos nos trajo la democracia y nos libró de un golpe de Estado y que ahora hemos dado un peligroso paso atrás con un gobierno comunista-bolivariano.

El problema es que la reciente historia de España no se podrá enseñar mientras la derecha tenga fuerza suficiente para impedirlo.

Ni siquiera se puede llegar a la transacción de enseñar dos historias, la de la derecha y la de la izquierda, que ya sería un progreso.

Supongamos que, como solicita Amnistía Internacional, se crea el mecanismo independiente recomendado por Naciones Unidas al Estado español, que podría adoptar la forma de comisión de la verdad, órgano oficial temporal de carácter no judicial con el mandato de investigar las violaciones de derechos humanos cometidos durante la Guerra Civil y el régimen franquista, para garantizar el reconocimiento de los hechos que se vienen negando.

Se podría acordar que a partir de esos hechos, e integrándolos todos, la derecha escribiera una historia y la izquierda otra, enseñándose ambas en las escuelas para ofrecer al alumnado una alternativa generadora de reflexión.

Pues también esto es imposible, porque para ello es necesario que cada parte admita el mal que causó el bando con que se identifica. Y ese reconocimiento es fácil para la izquierda pero imposible para la derecha. La derecha no aceptará nunca que es heredera de un régimen genocida. Jamás aceptará el relato avalado por los historiadores solventes y, mientras tenga fuerza, impedirá que ese relato se enseñe en las escuelas. Seguirá recurriendo a panfletistas desprestigiados como Cásar Vidal o Pío Moa.

Y entretanto hay otras cosas imprescindibles a las que ¡todavía a estas alturas! el gobierno no se atreve

Amnistía Internacional encuentra en el anteproyecto de Ley de Memoria Democrática aspectos negativos que lo desvían de los estándares internacionales, entre ellos éstos:

-Que falta la comisión de la verdad antes descrita.

-Que no se remueven los obstáculos que la Ley de Amnistía de 1977 interpone a la investigación de graves violaciones de derechos humanos en España, y a investigaciones iniciadas en otros países, como la querella en Argentina que investiga los crímenes del franquismo con base en el principio de jurisdicción universal.

-Que el derecho a la reparación se establece sin indemnización, y se niega cualquier tipo de responsabilidad patrimonial del Estado respecto a personas a las que se les incautó su patrimonio, o que realizaron trabajo forzado, así como a quienes sufrieron condenas injustas.

-Que no se garantiza el acceso efectivo a la información y documentación de los diferentes archivos y registros, tanto públicos como privados, entre éstos los eclesiásticos.

-Que no hay planes de formación en memoria democrática para la judicatura y fuerzas de seguridad del Estado.

No hay otra forma de acabar este relato que con un lamento triste por el odio oscuro que se vive en el país. España sólo podrá salir a paisajes más claros si la derecha franquista evoluciona hasta desaparecer y si la izquierda anticapitalista evoluciona hasta reaparecer. Muy difícil parece.

jmchamorro@jmchamorro.info

ENTRE SISTEMAS AUTORITARIOS ANDA EL JUEGO, PERO NO TODOS SON IGUALES

Es natural que siga preocupando a muchos lo torpemente que están actuando las democracias occidentales respecto a la pandemia por comparación con China. ¿Cómo es posible? ¿Y cómo, a pesar de todo, se puede defender a nuestras democracias frente al autoritarismo antidemocrático?

En El País del pasado 3 de diciembre se ocupó de esta tarea Daniel Innerarity, catedrático de Filosofía Política que pertenece a ese selecto elenco de filósofos y teóricos que se dejan caer por los medios de PRISA para legitimar el sistema.

Partiendo, como todos ellos, del axioma de que nuestras “democracias” son democracias, Innerarity nos dice que éstas han estado siempre bajo la sospecha de ser incompetentes, sobre todo ante situaciones de urgencia y especial gravedad, recibiendo siempre el mismo reproche: entretenidas en discusiones, pierden el tiempo y postergan los problemas, mientras el liderazgo resolutivo de los autócratas es el único medio de llegar con la solución a tiempo.

La pandemia, nos sigue diciendo, ha dado mayor verosimilitud a estas viejas críticas de impotencia, pues el deseo de que haya una respuesta eficaz contra los riesgos hace que incluso la solución autoritaria sea atractiva para una parte creciente de la población y que los Gobiernos democráticos hayan recibido la recriminación de que son demasiado débiles.

Al mismo tiempo, y en dirección contraria, ha habido manifestaciones contra las medidas sanitarias apelando a las protecciones constitucionales de la libertad de los individuos a hacer todo lo que quieran, aun poniendo en riesgo la vida de los demás.

Este doble reproche vendría a significar que las democracias no disponen del poder suficiente para abordar las crisis y que aquel al que recurren es excesivo. Pero precisamente el desafío de la democracia liberal consiste en desplegar tanto poder como sea necesario, pero no más, para asegurar la libertad de todos. Por eso es preferible la democracia incluso aunque sea menos efectiva que el autoritarismo en situaciones de crisis.

Esta es la tesis que, sin mencionar a China, pero sin dejar de tener a China in mente, defiende Innerarity de manera errática apelando a tres argumentos.

El primero dice que los partidarios de empoderar a los Gobiernos para hacer frente a las crisis proponen que se hable menos y se actúe más, es decir, proponen prescindir de la dimensión deliberativa de la democracia. Pero hablar, en todos sus formatos, es una forma de actuar de la que no podemos prescindir ni siquiera en plena urgencia de la crisis. “Las decisiones colectivas, por muy urgentes que sean, no se pueden adoptar sino en el seno de una interpretación conflictiva de la realidad y en medio de una confrontación explícita de intereses. Pensar que la política puede ahorrarse ese momento de discusión para abordar directamente las soluciones es no haber entendido la naturaleza de la política e incluso la propia condición humana.”

De este argumento pasa Innerarity a otro que viene a decir que, aunque la indispensable deliberación implica retrasos, y aunque en la democracia hay un cuidado por respetar la libertad individual, nada de esto produciría perjuicios si la población tuviera confianza en sus gobernantes. De manera que tal vez el verdadero debate no sea el que compara democracias impotentes y autocracias poderosas, sino otro en torno al nivel de confianza social. En un país de elevada confianza, la ciudadanía se fía de la competencia de las élites para dirigirlo y las élites confían en la responsabilidad de la gente para conducirse sin poner en riesgo la salud pública. Las autoridades gobiernan con los ciudadanos y el principal recurso para enfrentarse a una pandemia es el ejercicio responsable de la libertad individual.

En cambio donde esa confianza es escasa hay tendencia a prohibir cualquier forma de contacto social para no arriesgarse a que la epidemia se propague. Al mismo tiempo las élites despliegan un combate encarnizado entre ellas por el poder, tratando de aprovechar en su favor la desconfianza creciente hacia quienes ocupan las instituciones. En suma, las autoridades gobiernan a pesar de los ciudadanos y las normas de coordinación social toman la forma de reglas minuciosas más que de principios que deben adaptarse a las circunstancias concretas.

De aquí pasa nuestro filósofo a un tercer argumento que enlaza con el primero y que viene a decir que, aunque el desacuerdo tiene muchos inconvenientes, al menos impide la obstinación en el error. Aun suponiendo que las democracias y los autoritarismos tengan las mismas posibilidades de equivocarse, es mejor equivocarse en una democracia porque en ella —debido al carácter controvertido de la opinión pública y a su régimen competitivo— es más fácil y más rápido abandonar el error (o que te obliguen a abandonarlo). La fuerza de la democracia se debe a su capacidad de proteger la crítica, incluida la crítica hacia sí misma, pues criticar razonadamente a las autoridades y a sus errores facilita procesos de aprendizaje abiertos. Una democracia puede cometer errores, pero al contrario de la tiranía puede aprender de ellos y corregir rápidamente los fallos o sustituir a quienes los cometieron. El poder de la democracia es su capacidad de aprender.

Argumentos que no tienen que ver con nuestro mundo

Estos tres argumentos son malos, pero es que no los hay mejores

En el primero parece suponer nuestro filósofo que las democracias son más lentas que las autocracias porque en las democracias se delibera, y esta cualidad, la deliberación, es tan importante que vale la pena no perderla aun a costa de menor rapidez y efectividad.

Esto lleva implícito, en sentido contrario, que en China no deliberan (es decir, no entienden la política ni la condición humana) y que por eso son más eficientes.

Se trata de un argumento falso en todas sus partes. Pues ocurre que las llamadas democracias capitalistas son en realidad plutocracias y que no se caracterizan precisamente por la deliberación pública. Y ocurre también que no es cierto que en los regímenes autoritarios no se delibere.

Contraponer democracia a autoritarismo es posible y fácil en el espacio puramente teórico, pero ello exige especificar las condiciones que deben darse para que digamos “esto es una democracia” o “esto es un régimen autoritario”. Si así lo hacemos en seguida quedará claro que no cabe democracia en el capitalismo (ver esto y esto).

Habitualmente se acepta que hay democracia si hay elecciones libres y libertad de asociación y de expresión, pero nunca se menciona una condición imprescindible: que la riqueza social esté equitativamente distribuida y que nadie acumule riqueza suficiente para controlar desde la sombra los procesos sociales.

La indigencia intelectual del planteamiento habitual es tan escandalosa que se toma por condición de la democracia lo que es un impedimento, pues la llamada “libertad de expresión”, entendida prioritariamente como libertad de los medios de comunicación privados, impide por sí sola cualquier posibilidad de democracia. No cabe democracia si los medios de comunicación están en manos del capital (ver aquí). Valga como ejemplo el caso de España, donde un sistema de medios de comunicación promovidos y financiados por los grandes poderes empresariales y bancarios y por la alta jerarquía de la Iglesia católica hacen imposible todo intento de discusión racional y sumen al pueblo en la mentira y la crispación con la única finalidad de acabar con un gobierno que no interesa a los promotores ocultos.

En realidad no podemos contraponer democracia a autoritarismo refiriéndonos al presente, como si ahora hubiera democracias por un lado y autoritarismos por otro.

Estamos en tiempos en que la democracia es imposible y sólo caben dos tipos de sistemas autoritarios: los controlados por una minoría dueña del capital (plutocracias) que actúa al servicio de sus propios intereses; y los controlados por una minoría que actúa teniendo en cuenta intereses populares.

Dice Innerarity que lo que diferencia a las democracias de las autocracias es el momento de la deliberación. Pero ¿de qué habla? Nuestro Parlamento, por ejemplo, es un lugar de no deliberación donde la derecha y la extrema derecha van a mentir e insultar y los demás a devolver los insultos o a guardar un silencio táctico.

Claro que en el mundo capitalista se delibera, pero en los centros secretos en que el poder económico se reúne con sus expertos y asesores, ya sabemos con qué finalidad. También se delibera en los partidos políticos prosistema, pero sólo sobre un tema: cómo obedecer las órdenes del poder económico sin que ello lleve a perder votos.

Lo dicho por Innerarity sugiere que en China no deliberan, lo que significaría que un buen día el autócrata Xi Jinping tiene la ocurrencia de un plan quinquenal, o de un plan para sacar de la pobreza a 800 millones de compatriotas, y que los demás se limitan a ponerlo en marcha sin discusión y sin tardanza. Aunque carecemos de datos directos, si juzgamos por los muchos indicios solventes que nos llegan, hemos de concluir que donde más se delibera para poner en marcha políticas que tienen en cuenta los intereses populares es en el partido comunista chino.

Si pasamos al segundo argumento de Innerarity vemos que corrige al primero. Pues ahora resulta que no es la deliberación la culpable de los fallos, sino la irresponsabilidad de la gente, a su vez originada por la falta de confianza en sus gobernantes, que a su vez es causa de que se acaben imponiendo reglas minuciosas autoritarias.

¿No percibe Innerarity que lo que está diciendo en que en todas partes hay autoritarismo, sólo que el de las democracias es tardío y menos eficiente? Y además no queda claro por qué, si las democracias son tan superiores, y si son tan respetuosas con las libertades individuales, los ciudadanos no confían en sus dirigentes. Pues no hay una sola “democracia” en la que los ciudadanos hayan confiado. Innerarity habla de “democracias de alta confianza”, pero sin citar una sola como ejemplo. Y es que no hay un solo ejemplo empírico. Es por tanto un concepto ideal.

Por otra parte hablar de confianza no tiene recorrido, pues no cabe imaginar un país capitalista en que la acción del gobierno genere confianza, por igual, en los ciudadanos de extrema derecha, de izquierdas, de extrema ignorancia y de suficiente conocimiento. Por otra parte no todos los ciudadanos tienen el mismo sentido de responsabilidad, como estamos cansados de ver. Alguien que conozca cómo son los distintos grupos de población que el capitalismo genera no puede tomar en serio eso de que la solución ha de descansar en la responsabilidad individual.

Vayamos al tercer argumento. ¿Es cierto que en todo caso el desacuerdo no es malo, sino bueno, porque permite a las democracias aprender? Este argumento valdría si pudiéramos decir que los retrasos, titubeos y desacuerdos iniciales permitieron que nuestras democracias aprendieran y que gracias a ello han sobrepasado en eficacia a los sistemas autoritarios (carentes, se supone, de esa capacidad de aprendizaje). Pero no lo podemos decir. Aquí seguimos repitiendo los mismos errores y allí acertaron. Y ni siquiera podemos aquí imitar el acierto de allí.

En los últimos decenios las “democracias” occidentales sólo han aprendido a aumentar de manera escandalosa las desigualdades sociales, a propagar la pobreza, a defender por encima de todo los intereses de los ricos y a alimentar a la extrema derecha.

En fin, que nuestro filósofo se ha metido en la tarea imposible de defender nuestras plutocracias como si fueran democracias ideales. ¿Ignorancia o mala fe? Pues de mala fe habría que calificar la tarea de defender lo indefendible a sabiendas de que es indefendible.

Una explicación realista

El fracaso de las “democracias” occidentales por comparación con China tiene una explicación muy elemental.

En China el Estado controla el mercado y dispone de recursos suficientes.

Ha podido por tanto imponer a los ciudadanos una conducta racional tendente a acabar primero con la pandemia sin pánico a los efectos económicos inmediatos, y esto se ha hecho con clara determinación y por un tiempo relativamente breve, puesto que la pandemia ha sido vencida muy pronto. Los efectos del cierre de gran parte de la actividad económica estuvieron bajo control y el Estado dispuso de ingentes recursos para implementar todas las medidas técnicamente necesarias y para compensar con ayudas suficientes a parados y empresas perjudicadas. Las normas fueron en general aceptadas por los ciudadanos, pero en todo caso respaldadas por un poder público riguroso, que ha ganado credibilidad con su éxito final. Y ahora, aunque no sufren la pandemia, siguen empleando grandes recursos en mantener una vigilancia minuciosa y acabar con cualquier brote que se detecte.

En cambio la mala gestión de la pandemia en las sociedades capitalistas se ha debido a lo siguiente:

-En las sociedades capitalistas el Estado no controla el mercado y en un mercado “libre” el cierre de algunos sectores económicos produce turbulencias en cadena cuyos efectos van llegando a partes crecientes de la población y acaban con la economía en crisis. De manera que en la actual pandemia los gobiernos han sufrido las presiones de los perjudicados por las medidas restrictivas, han calculado el coste electoral de no atenderlas y se han asustado ante efectos que no pueden controlar, produciéndose una irracional alternativa entre exigencias sanitarias y exigencias económicas, como si fuera posible economía sin salud. Se ha intentado eludir el cierre temporal de la actividad económica, pero los efectos sanitarios han obligado más tarde a tomar medidas restrictivas más fuertes, en un continuo titubeo que ha agravado la situación y ha hecho crecer la desconfianza. Prueba de que no se trató nunca de salvaguardar la libertad individual es que en todas las “democracias” se ha acabado imponiendo a los ciudadanos confinamientos, cierre de negocios, restricciones a la movilidad, toques de queda, etc. Sólo que con dudas y a destiempo, y por ello con efectos calamitosos a largo plazo. Las proyecciones macroeconómicas del Banco de España apuntan a que el PIB no volverá al nivel de finales de 2019 hasta la segunda mitad de 2023, un escenario para el que maneja una alternativa optimista (la caída durará sólo un año y medio) y otra pesimista (llegará hasta 2024). Joseph E. Stiglitz, premio Nobel de Economía y profesor distinguido de la Universidad de Columbia, cree que en EE. UU. es ya demasiado tarde para una recuperación en forma de V. “Muchas empresas han quebrado, y muchas más lo harán en las semanas y meses venideros; hogares y empresas se están quedando sin reservas. Para colmo, es posible que las estadísticas no expresen la magnitud de la crisis. La pandemia ha hecho estragos en el nivel inferior de la distribución de ingresos y riqueza. Incluso quienes pudieron valerse de las políticas contra desalojos y ejecuciones hipotecarias están cada vez más endeudados, y puede que no resistan mucho más.” Entretanto la economía china está creciendo.

-Una segunda causa ha sido que la crisis de 2008 se resolvió al modo neoliberal. Los recortes en el gasto social supusieron un deterioro en la sanidad pública. El aumento escandaloso de las desigualdades sociales lanzó a muchos a la pobreza y a la pobreza extrema. Los efectos de la pandemia son superiores y menos controlables entre la población marginada.

-La perversión de la política neoliberal es denunciada por el mismo Stiglitz, para quien está claro que el neoliberalismo no sólo provocó menos crecimiento y más desigualdad, sino además una economía totalmente desprovista de resiliencia y un Estado al que se privó de capacidad para responder en forma eficaz a una crisis. Dado que los ricos no tributan significativamente, los Estados capitalistas no disponen de recursos para enfrentarse al reto sanitario ni al de la desigualdad social. Nuestro Gobierno declara obligatorio el uso de mascarillas, pero no proporciona de manera gratuita mascarillas a quienes no las pueden pagar. No hay dinero público para compensar a todas las personas y empresas que sufren más directamente los efectos de la pandemia, ni para reforzar la sanidad primaria, ni para contratar los rastreadores necesarios, ni para hacer los test gratuitos necesarios, ni para facilitar la cuarentena a los contagiados que viven con familias numerosas en pisos pequeños. La falta de recursos ha llevado incluso a la desaparición de las agencias de salud pública.

Esta es la explicación realista y no la imaginada por Innerarity, referida a un mundo que no existe.

El autoritarismo de las “democracias”

Volvamos a la falacia de colocar democracia a un lado y autoritarismo enfrente. Las plutocracias con disfraz democrático son regímenes profundamente autoritarios por debajo de la apariencia, porque utilizan su capacidad de control (de la economía, de los partidos políticos, de los medios de comunicación y de teóricos y expertos) para imponer mediante policías, tribunales y cárceles el respeto a la propiedad del rico no importa lo cuantiosa que sea.

Si, por ejemplo, un español es propietario de 57.000 millones de euros, esa propiedad le está garantizada y defendida por la ley y él es considerado un prócer ilustre. ¿Qué justificación tiene esa riqueza? No es el premio al trabajo, porque hay pobres que trabajan más, ni a las ideas, porque hay científicos brillantes que hacen un gran beneficio social sin reflejo en su sueldo mediocre. En realidad un rico que no haga nada salvo encargar a expertos que especulen con su dinero verá cómo aumenta su riqueza año tras año. En el mejor de los casos, si todo ha sido legal, la única justificación de las riquezas obscenas es el mercado. ¿Y quién es el mercado para dar y quitar? Silencio. Pero millones de pobres tienen que respetar ese reparto si no quieren ir a la cárcel, no importa que ellos y sus hijos estén pasando hambre.

No sólo la legislación civil y penal protege autoritariamente la riqueza ilimitada del rico, sino que la legislación fiscal deja portillos abiertos para que el rico eluda el pago de los escasos impuestos a que está obligado, de forma que el Estado indigente no tiene más remedio que echar mano de los impuestos indirectos (el IVA entre ellos, que el pobre de solemnidad ha de pagar en cada compra que hace).

Ah, pero esas leyes no son autoritarias, se nos dice, porque han sido promulgadas por Parlamentos que representan la voluntad popular.

Quienes así argumentan no reparan en la anomalía de que, siendo la democracia el gobierno del pueblo para el pueblo, los representantes del pueblo legislen contra el pueblo y a favor de una minoría explotadora del pueblo.

Como Marx y Engels percibieron, el Estado capitalista es el consejo de administración de los ricos. Son los ricos los que legislan a través de sus esbirros políticos y con el apoyo de sus esbirros mediáticos y académicos, obligados a defender este sistema si quieren prosperar o no sufrir represalias. Se crea así un coro unánime de alabanzas a las bondades del sistema (véase el artículo criticado) y de ataques a cualquier intento de crítica racional, adoctrinamiento incesante que abruma al pueblo y lo instala en la “falsa conciencia” de que también habló Marx. Sutil autoritarismo.

La mejor forma política ha de ser, por ahora, autoritaria

Ojalá algún día desaparezcan los sistemas políticos autoritarios y podamos vivir en democracia. Pero por ahora esto es imposible.

Un experimento mental vale para demostrar que el mejor de los regímenes posibles tendría que ser hoy autoritario.

Imaginemos un país en el que un partido de izquierdas arrebata el poder a los ricos y pretende ejercerlo en beneficio del pueblo. Imaginemos que tiene como finalidad conseguir una sociedad de ciudadanos autónomos, ilustrados y solidarios y que para ello dedica un gran esfuerzo a la educación y trata de remover los obstáculos sociales que se presentan como antiescuelas, los que tratan de perpetuar la ignorancia, el egoísmo y el miedo que caracterizan a la población heredada.

Es evidente que la legislación de ese país imaginario debe caracterizarse por un socialismo militante, que no permita los intentos de acabar con él y reinstaurar un sistema capitalista. Si con la población heredada se permite que desde el exterior se financien partidos políticos y medios de comunicación antisocialistas, y actividades subversivas o incluso terroristas, es seguro que el proyecto igualitario y de emancipación colectiva sucumbirá.

Los bien informados saben que muchos aparentes luchadores por la libertad y la democracia en sitios estratégicos (Hong Kong, Taiwán, Cuba, Venezuela) están largamente financiados por EE. UU. y al servicio de sus intereses. Y que cuando los gobiernos capitalistas exigen a algún país que se democratice no están en realidad pidiendo eso. La democracia les trae al fresco, como prueba que han auspiciado dictaduras o las toleran muy amistosamente. Lo que están pidiendo a ese país es que cambie su legislación y se abra a ser colonizado por el capital extranjero.

Sólo el día en que la población haya recibido una constitución mental compatible con el socialismo (es decir, cuando una población mayoritariamente ilustrada y solidaria no quiera que haya explotadores y explotados) se podrá al fin llegar a una verdadera democracia e incluso a la desaparición del Estado, sustituido por la responsabilidad individual.

Conclusión: condenados a autoritarismos de uno u otro signo, el autoritarismo chino no sólo es más efectivo que el capitalista para resolver una crisis sanitaria, sino más defendible desde una consideración moral. Ha servido para sacar a 800 millones de la pobreza y para hacer grandes inversiones en educación y sanidad, mientras nuestros autoritarismos recortan el gasto social y aumentan el número de pobres y también el de fascistas dispuestos a salvar el país fusilando a la mitad de su población.

jmchamorro@jmchamorro.info

PASEN Y VEAN, ELECCIONES AMERICANAS

Andan los medios de comunicación embobados con las elecciones de EE. UU., periodistas y comentaristas mostrando, como señal de distinción, que conocen al dedillo el innumerable detalle de esas elecciones. Que si Florida, que si Georgia, que si los compromisarios, que si el voto popular, que si el Congreso, que si por fin una mujer en la vicepresidencia, que si la primera dama (así la siguen llamando), que si el segundo caballero (no tienen más remedio que llamar así al marido de la vicepresidenta). Eso sí, ninguna referencia a lo que está por debajo de las apariencias.

Seguimos bien representados por aquellos pueblerinos paletos que se quedaban con la boca abierta cuando alguien que había viajado a Madrid venía a contarles lo grande que era la Gran Vía y lo desnudas que salían las coristas de la revista musical. Somos un país subordinado política y culturalmente.

El interés por lo que pasa en EE. UU. se justifica bajo el supuesto de que sus elecciones, en las que no participamos, deciden nuestro futuro. Eso significaría que no somos dueños de nuestro futuro. Y es cierto, pero no por el resultado de las elecciones americanas, sino porque pertenecemos al bloque capitalista, en cuya política económica tiene decisiva importancia la oligarquía americana no importa quien gane las elecciones.

Muchos politólogos, expertos y comunicadores se esfuerzan en presentar esas elecciones como la gran “fiesta de la democracia” y dan por buena la afirmación de Joe Biden de que “el sistema de gobierno estadounidense ha mostrado, durante 240 años, su ejemplaridad, despertando la envidia de todo el mundo.”

N. Chomsky se ha cansado de demostrar, con apoyo en numerosa documentación, que la Constitución americana fue intrínsecamente un texto legal aristocrático «pensado para refrenar las tendencias democráticas de la época». Esto es, para entregar el poder a los «buenos» y excluir a quienes no fueran ricos, bien nacidos ni prominentes por haber ejercido el poder político (Lance Banning). James Madison, cuarto presidente americano y reconocido padre de la Constitución, dejó bien sentado que la primera responsabilidad del gobierno es «proteger la minoría de los opulentos frente a la mayoría», principio que ha guiado al sistema político americano desde sus orígenes hasta hoy.

Se puede decir lo mismo de las restantes democracias, que tomaron a la americana como modelo. Hay muy fuertes argumentos para afirmar no sólo que no conocemos la democracia en los países capitalistas, sino que capitalismo y democracia son incompatibles (ver No cabe democracia en el capitalismo). Es por ello sorprendente que intelectuales y políticos de izquierda no denuncien la mentira cada vez que alguien se refiere a las “democracias liberales” como si existieran.

Volviendo a EE. UU., su sistema electoral es el encaje de bolillos que hicieron los teóricos al servicio de los estadounidenses blancos y ricos para que el poder no se les fuera nunca de las manos. En efecto:

-El presidente no es elegido directamente por los ciudadanos, sino indirectamente por compromisarios.

-Un sistema electoral mayoritario da todos los compromisarios de cada Estado al partido que ha sacado más votos. Todos los votos que ha sacado el partido perdedor carecen de efectos.

-Se eligen dos senadores por Estado no importa su población.

-Se necesitan enormes recursos económicos para montar una campaña electoral exitosa.

-Para votar hay que cumplir condiciones que no son fáciles para todos. En siete Estados hay que gastar dinero en una identificación con una foto emitida por el Gobierno. En otros es obligatorio registrarse semanas antes de los comicios.

Se conocen de sobra los efectos de estos rasgos:

-Con el sistema mayoritario en la elección de compromisarios pierde toda posibilidad de alcanzar el poder todo partido aparte de los dos mayoritarios, uno de derecha y otro de extrema derecha.

-El sistema indirecto de compromisarios evita el peligro de que los ciudadanos, si votaran directamente al presidente, pudieran escapar al control de los dos partidos mayoritarios.

-Conceder a cada Estado dos senadores hace que los casi 40 millones de californianos tengan la misma representación que el medio millón de Wyoming, premiando así de manera descomunal a la población rural, más conservadora, en perjuicio de la urbana, más culta y progresista.

-Las dificultades para votar apartan del voto a millones de ciudadanos de bajo nivel económico y cultural.

-La necesidad de grandes sumas de dinero para montar una campaña electoral impide que puedan tener éxito en primarias quienes no gocen del apoyo del capital, no sólo porque no podrán publicitar su oferta con éxito, sino porque no podrán soportar la enorme embestida de los medios.

-Por si quedara algún cabo suelto, los dos partidos mayoritarios, a través del Presidente y del Senado, eligen a los jueces federales, entre ellos los de la Corte Suprema.

La conclusión es que el diseño de la democracia americana, antidemocrático hasta unos extremos que llegan al más impresionante descaro, sirve a un propósito que en ningún momento se quiso disimular. Todo quedó atado y bien atado. La mayoría de damnificados por el capitalismo sólo tiene dos opciones: o no votar, o votar a partidos que defienden los intereses de los ricos. ¡Oh democracia ejemplar, que despierta la envidia de todo el mundo!

EE. UU. no es ya el país más poderoso

Una de las tonterías que se han oído y leído ad nauseam estos días es que EE. UU. es el país más poderoso del mundo y su presidente la persona más poderosa de la tierra.

EE. UU. venía siendo el país más poderoso del mundo desde que cayó la URSS, pero ha dejado de serlo por varias causas:

Por una parte erró el camino cuando su oligarquía, cegada por la avaricia, optó por la política neoliberal e impuso al resto del mundo capitalista un desmantelamiento del Estado de Bienestar y de las regulaciones del mercado, así como una brutal bajada de impuestos a los ricos. Ello ha originado unas desigualdades tan inaceptables que la estabilidad del mundo capitalista está en peligro y ha emergido a la superficie la idea que se ha querido tener siempre bien enterrada: que nuestras alabadas democracias son en realidad plutocracias criminales.

La desregulación ha originado además la Gran Crisis, que ha reafirmado de manera dramática la idea marxista de que una economía entregada a la irracionalidad del mercado cae cíclicamente en crisis que ocasionan pérdidas empresariales y humanas inasumibles.

Finalmente, China ha emergido como gran potencia a una velocidad inesperada, en parte precisamente porque mantiene al mercado bajo control y diseña una política que consigue una razonable distribución de la riqueza. Ahora acaba de firmar un tratado de comercio (el RCEP) con 15 países de Asia-Pacífico que representan un tercio de la economía global y 2.300 millones de personas, ocupando así el espacio que EE. UU. dejó libre al abandonar Trump el proyecto alternativo liderado por Obama, el Tratado de Comercio Transpacífico (TPP).

Es necio seguir diciendo que EE. UU. es el país más poderoso del mundo. Del mundo capitalista sí, pero ese mundo es sólo una parte del mundo.

Los imperios terminan cayendo y hay muchos indicios de que a EE. UU. le está llegando la hora. Sus dirigentes tal vez sólo puedan aplazar la caída o disminuir sus efectos catastróficos, pero la perspectiva es muy inquietante. La URSS cayó tranquilamente, sin que ocurrieran hecatombes sociales, pero desafortunadamente no sirve de precedente, porque la clase dominante de la URSS era burocrática, no era la dueña del dinero, y muchos de los miembros de esa clase dominante se alegraron del cambio, porque se hicieron ricos repartiéndose las propiedades del Estado soviético. En cambio la clase dominante estadounidense es dueña del dinero y del poder, y antes que resignarse a perderlos estará dispuesta a cualquier cosa. No olvidemos que, al servicio de los plutócratas americanos hay un poderosísimo ejército con presencia en todos los mares y con bases militares en innumerables sitios estratégicos, en España por ejemplo. ¡Que haya suerte!

El presidente de EE. UU. no es el hombre más poderoso de la tierra

Esta afirmación bobalicona no era verdad ni siquiera cuando EE. UU. era el país más poderoso del mundo. La realidad es que en Estados Unidos el presidente es un instrumento con un espacio de iniciativa muy limitado. Diga lo que diga en periodo electoral y pertenezca al partido a que pertenezca, una vez presidente tiene que realizar la política que los círculos de poder económico consideren necesaria. En cuestiones que para el capital son secundarias puede tratar de imprimir algún rasgo personal, pero poco han podido distinguirse Clinton, los Bush, Obama o Trump en cuestiones económicas, de política internacional y de seguridad nacional.

Algunos han descubierto ahora que en EE. UU. los grandes grupos de comunicación y las empresas tecnológicas de las redes sociales tienen más poder que el presidente, porque cortan sus intervenciones, deciden lo que es verdad o es mentira y certifican los resultados de las elecciones.

Siempre está bien abrir los ojos, pero conviene abrirlos del todo. No hacía falta esperar a estas elecciones para saber que hay en EE. UU. un poder que está por encima del Presidente y de las instituciones del Estado. Pero ese poder no es el de los medios de comunicación, meros instrumentos, sino el poder del capital, que es a su vez el que controla a los medios de comunicación. Es su propietario.

Esto que ya estaba claro hace tiempo para los marxistas, no lo está hoy para muchos ilustres intelectuales, y uno se pregunta ingenuamente: ¿qué será lo que les impide ver?

Trump o Biden, da igual

En el debe de Trump se coloca su desprecio a las evidencias científicas sobre el cambio climático o la pandemia, su apoyo al supremacismo blanco y al racismo, su machismo burdo, la defensa violenta de sus ideas o caprichos, su talante autoritario, su inconcebible estupidez. En su haber se reconoce que ha sido el único presidente en varias décadas que no ha iniciado una guerra.

Biden ha sido vicepresidente del gobierno de Obama que desestabilizó Oriente Medio, bombardeó Siria, destruyó Libia, promovió un golpe de estado en Honduras, tiene el récord de deportaciones entre todos los presidentes estadounidenses y mantuvo la prisión de Guantánamo pese a su promesa electoral.

En todo caso, tanto si sigue Trump en la presidencia como si es sustituido por Biden las principales preocupaciones de la oligarquía estadounidense seguirán siendo las mismas.

También Biden exigirá que Europa aumente su esfuerzo defensivo en la OTAN para que EE. UU. pueda concentrar su esfuerzo en contrarrestar la expansión china. Objetivo principal de supervivencia: cercar a China y conseguir que Europa y otros países subordinados secunden esa política.

Se espera de Biden que abandone el aislacionismo de Trump y que vuelva a la Organización Mundial de la Salud, al acuerdo antinuclear y al acuerdo de París sobre la crisis climática. Pero Biden seguirá tan proteccionista de los productos norteamericanos como lo ha sido Trump (América primero). Y es que, así como en otro tiempo la economía del país exigía la mundialización, ahora esa economía, en decadencia, con sectores cada vez menos competitivos, exige proteccionismo.

Biden seguirá oponiéndose con todos sus recursos a cualquier intento de democratización o progresismo en el mundo capitalista y, si las sanciones económicas no son suficientes, llevará la violencia allí donde haga falta, incluso de manera unilateral. Que es lo que EE. UU. ha venido haciendo desde que tuvo poder para hacerlo (y ni siquiera lo ha ocultado en declaraciones de sus líderes).

Trump no gusta porque es el verdadero representante del sistema

Resulta interesante explicar por qué, si sus políticas han de ser tan parecidas, Trump, a diferencia de Biden, despierta tanta animadversión entre la gente bien educada. Y es porque representa muy a las claras la catadura del capitalismo, esa catadura que se pretende ocultar a toda costa.

Conviene no olvidar una de las principales enseñanzas del marxismo, ahora más actual que nunca: para que una élite explote pacíficamente a una mayoría social es preciso que tengan éxito procesos de adoctrinamiento, servidos por un impresionante aparato de fabricación de significados.

Pero la actividad de ese aparato no es uniforme, sino que se diversifica en atención a los distintos grupos sociales a los que se dirige.

Entre las masas con menos estudios tiene éxito un acoso ideológico elemental, en el que abunda la mentira burda y el señalamiento de falsos culpables como chivos expiatorios del odio producido por el resentimiento. Ahí tenemos a los Trump, Bolsonaro, Casado y Abascal entre los líderes políticos, y a comunicadores como los Inda de los medios amarillistas.

Pero hay una parte de la población con mayor desarrollo ético e intelectual que rechaza esta forma ideológica y requiere otra que se adapte a sus cualidades. Para esta segunda sirven los políticos presentables y los generadores de opinión cuya representación paradigmática en España es la legión de Prisa (El País y la SER). Los profesores universitarios y comunicadores que acuden a sus tertulias o publican en su periódico no representan lo que el sistema es sino lo que pretende ser. Son los artífices del disfraz. Su papel consiste en ofrecer una imagen de confianza moral y desde ella evaluar la actualidad y criticar excesos, pero legitimando el sistema, sea explícitamente, sea a base de no mencionarlo. En sus críticas se abordan efectos superficiales de una causa que nunca se nombra, y jamás se presenta la democracia liberal como un disfraz.

Ahora bien, puesto que la mentira, el autoritarismo y la falta de empatía son marcas del capitalismo, éste queda mejor representado por individuos como Trump que por individuos como Biden.

Y por ello los que tienen mayor desarrollo moral e intelectual abominan de Trump, porque deja a la vista lo que es preciso disimular.

Un ejemplo de defensa del Sistema disfrazada de autocrítica

Como cada mañana, desciende de los cielos Iñaki Gabilondo ante una arrobada Àngels Barceló, esta vez para hacer una reflexión autocrítica: 

Ni en el año 2016 supimos adivinar la victoria de Trump ni este año hemos sabido medir su resistencia. Y es que no estamos aprendiendo porque nos está nublando la vista una actitud de superioridad moral que no acierta a bajar de las nubes y sobre la cual hemos de reflexionar seriamente. […] En vez de dedicar tanto tiempo a ridiculizar a los populismos, lo tendríamos que dedicar a mirarnos en el espejo y a comprobar que estamos cochambrosos. La figura de la democracia tradicional de este mundo está quedándose cochambrosa… [….] En cualquier caso, la victoria de Biden representa una nueva oportunidad para que los moderados de Occidente —sean progresistas o conservadores— ofrezcan soluciones eficaces a los legítimos anhelos e inquietudes de tantos ciudadanos que se han visto defraudados por la gestión de sus dirigentes en las últimas décadas, y que decidieron optar por propuestas radicales, nacionalistas y populistas. Muchos se han sentido abandonados por una globalización que ha sacado de la pobreza a cientos de millones en otras partes del mundo, pero que ha causado graves daños en Occidente. Este fenómeno ha alimentado una decepción y una pérdida de fe que minan nuestras democracias. De ahí han brotado el Brexit, la fuerza de Matteo Salvini y otras experiencias políticas radicales. Hoy empieza una nueva era con un cambio profundo en la mayor potencia global. No debe desaprovecharse.”

Esta autocrítica, que parece moralmente ejemplar, se sostiene sobre las siguientes ideas falsas:

Que vivimos en una democracia que está débil por la decepción y la pérdida de fe de la población.

Que la causa de esa decepción y pérdida de fe ha sido la gestión de los dirigentes en las últimas décadas y la globalización.

Que de ahí han brotado el Brexit, los radicalismos de extrema derecha (representados explícitamente por Salvini) y otras experiencias políticas radicales (¿se está refiriendo Gabilondo a Podemos?).

Que empieza una nueva era con un cambio profundo en la mayor potencia global.

El fallo del discurso de Gabilondo está en lo que dice, pero sobre todo en lo que calla. No habla de la irracionalidad e injusticia de la economía de mercado, ni de la desregulación neoliberal como causa del enorme aumento de desigualdades, no habla de los sistemas fiscales que sustituyen el impuesto a los ricos por impuestos indirectos que gravan por igual a ricos y a pobres, de la incompatibilidad de democracia y propiedad privada de los medios de comunicación, de las mil formas que tiene el poder económico de chantajear al poder político díscolo, si lo hubiere, etc., etc., etc.

En fin, para eso pagan muy bien a Gabilondo: para que hable de unas cosas y no hable de otras. En una viñeta muy lúcida de El Roto se viene a decir: Hay libertad de expresión pero no hay libertad de temas.

Y entretanto Trump ha perdido, pero tiene 72 millones de votantes

Circula la esperanza de que, derrotado Trump, que ha sido el gran referente de los movimientos ultraderechistas de otros países, esos movimientos recibirán un golpe moral y político. Es cierto que Trump fue un apoyo fuerte para la internacional ultraderechista. Vox, por ejemplo, ha recibido asesoramiento del ideólogo trumpista Steve Bannon.

El gran problema no es que haya surgido Trump como oferta electoral, sino que el partido republicano se ha entregado a él por completo, dejando más claro que es partido de extrema derecha. No olvidemos que la dictadura fascista es siempre la bala en la recámara que se reserva la oligarquía. Prefiere ejercer su dictadura bajo la forma de democracia, pero si esto se dificulta, como ocurre siempre que las desigualdades sociales suben de punto, no duda en ejercer su dictadura sin disfraces. Hemos visto numerosos ejemplos, uno de ellos en la España de 1936. Para eso sirve la internacional ultraderechista.

Es cierto que no todos los votantes de Trump o de Abascal son fachas, que hay muchos desencantados y hartos. Pero la cuestión sigue siendo: ¿por qué esos desencantados y hartos votan a quien se presenta como antisistema siendo un ultra prosistema?

El viejo marxismo distinguía clase en sí (el proletariado) y clase para sí (la parte del proletariado que tenía conciencia de clase).

El resto del proletariado era víctima de una falsa conciencia al asimilar la ideología propagada por la clase dominante. Y era misión del partido comunista devolver la lucidez a esa parte del proletariado que la tenía perdida.

Es decir, al fascismo se lo derrota convirtiendo a la mayoría de sus votantes en verdaderos antisistema, esto es, en lúcidos defensores de los intereses populares frente a la oligarquía.

Esta es la lenta tarea de una izquierda anticapitalista. Y esa izquierda no existe. La llamada izquierda está dedicada a sus cosas. Abandonado el verdadero campo de batalla, el ideológico, ese campo ha quedado libre y ha sido ocupado por el fascismo. Los fascistas van gritando sin complejos sus mentiras. La izquierda, acobardada y calculadora, va callando sus verdades.

jmchamorro@jmchamorro.info

AUTORITARISMOS, NORMALIDAD Y PANDEMIA

La pandemia está colocando al capitalismo ante un espejo cruel y vuelve a poner sobre la mesa un asunto del que no se quiere hablar. ¿Acaso es más eficiente y justo el sistema autoritario chino que las llamadas democracias capitalistas?

Cuestión semejante ya se planteó en los tiempos iniciales de la URSS, cuya efectividad económica fue de inicio impresionante y cuya justicia social era muy superior a la capitalista.

El capitalismo hizo dos cosas para afrontar aquella pugna: dulcificarse mediante el Estado de Bienestar y hacer todo lo posible para que la URSS descarrilara, a lo que ayudó mucho la dictadura estalinista. Quedó desde entonces muy establecida la identificación de comunismo con ineficacia y crimen, y de capitalismo con eficacia y libertad. Todo en orden.

Ahora la pugna se repite, pero con dos variantes. Los controladores del capitalismo decidieron que, ya que la URSS había sido derrotada, era oportuno ir desmontando el Estado de Bienestar y la capacidad de resistencia obrera. La consecuencia es que la injusticia se ha multiplicado hasta un nivel insoportable. Y por otra parte no parece que se pueda sacar a China de su camino ascendente por muchos esfuerzos que haga un EE UU en decadencia.

Insistiendo, aunque con nuevos datos, en lo que dije el pasado marzo (ver aquí), las dos cuestiones abiertas son éstas: si es preferible una planificación económica estatal con propiedad pública de los principales sectores productivos o, por el contrario, una economía no planificada, controlada por el mercado y con una propiedad pública reducida al mínimo. Y si nuestras llamadas democracias son en realidad formas solapadas de autoritarismo.

Estas cuestiones no son discutidas en los medios, como si estuviera fuera de duda cuál debe ser la respuesta. Si alguien se atreve a utilizar argumentos racionales y morales, se encontrará con que se le desestima tachándolo de populista, radical y antisistema.

La economía planificada y la economía de mercado frente a la crisis

Es de sentido común que, en una crisis como la pandemia actual, sólo puede producir ventajas que el mercado esté sometido a una planificación pública en manos de un Estado no dimitido, y controlador de las principales empresas del país.

El éxito de China contra la pandemia, siendo el país más poblado del mundo, se ha debido básicamente al control estatal de la economía, que ha permitido adoptar las medidas necesarias sin tener en cuenta el impacto económico inmediato, por otra parte siempre en gran medida bajo control. De ahí que, una vez vencida la pandemia, la economía se haya recuperado rápidamente y comience a crecer.

En cambio, dado que el impacto de la pandemia en una economía de mercado es incontrolable y de repercusiones a largo plazo, los gobiernos titubean, dudando entre hacer lo conveniente para vencer la pandemia o hacer lo que demanda la estabilidad económica, con lo que se han hecho débiles para atajar la pandemia, no han salvado la economía y están obligados a volver a empezar en medio de una segunda ola, sumidos en una crisis que parece que va para largo.

Aun si nos fijamos en los países capitalistas que mejor funcionan, queda muy claro que, cuando sobreviene una crisis, aumentan los grados de injusticia, porque inevitablemente el mercado hace que paguen la crisis los de siempre y se enriquezcan aún más los de siempre. Al mismo tiempo aumentan los grados de irracionalidad, porque los poderes públicos están maniatados y responden demasiado tarde y mal.

¿Y en situaciones de normalidad?

También va siendo indiscutible el éxito de la economía planificada en situaciones de normalidad.

En noviembre de 2018, durante la inauguración en Pekín del Foro Internacional de la Reforma y Apertura y la Reducción de la Pobreza en China, el surcoreano Jim Yong Kim, presidente del Banco Mundial, mostró su admiración por la aportación de China a la economía mundial, que había pasado del 1,5 % en 1978 al 15 %, mientras el ingreso per cápita se había multiplicado por 25, de los 300 dólares en 1978 a 7.300 dólares en 2017 (9.180 en 2019). En esa misma ocasión el administrador del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), Achim Steiner, ponderó la profunda transformación vivida en el gigante asiático hasta convertirse en la segunda potencia económica mundial.

Aparte las cifras macroeconómicas, lo relevante no es sólo que China haya realizado inversiones masivas en los ámbitos agrícola, de infraestructuras y de investigación científica hasta situarse a la cabeza del mundo en tecnología, sino que se ha centrado en el capital humano y ha realizado grandes inversiones en educación (12,63 % del PIB), sanidad y erradicación de la pobreza.

Tanto Jin Yong Kim como Steiner alabaron la lucha contra la pobreza en China, que en las últimas cuatro décadas había logrado sacar de esa situación a más de 800 millones de personas. “Es un fenómeno incomparable en la historia de la humanidad”, afirmaron tras subrayar que China ha sabido combatir la pobreza de una manera “multidimensional”, aproximándose  rápidamente a una sociedad de clases medias “moderadamente prósperas en todo sentido”, como dicen sus gobernantes.

Entretanto en los países sometidos al mercado neoliberal aumenta el número de personas sumidas en la pobreza, incluso en la pobreza extrema, aumenta la riqueza extrema de un número cada vez menor de personas y los Estados carecen de ingresos para acometer políticas públicas ambiciosas.

Autoritarismo aparente frente a autoritarismo oculto

Dejando aparte a los que afirman o insinúan, siguiendo la línea de Trump, que China ha fabricado el virus para infectar a sus competidores y hacerse dueña del mundo, lo habitual es insistir en que el éxito chino contra la pandemia se ha debido a su autoritarismo, que atenta contra la libertad tan cara a nuestras democracias. Vivir en libertad, se viene a decir, tiene su precio, pero vale la pena pagarlo.

Demos por cierto que el sistema chino, es un régimen autoritario y por tanto no es un sistema político ideal. Aunque se celebran allí elecciones libres para los Comités de Aldea, el partido comunista es el único con poder real (hay otros partidos, pero todos colaboradores con el comunista). Se puede añadir que hay cierta opacidad sobre ingresos, riqueza, fuga de capitales y corrupción, y que las autoridades vetan trabajos que les son críticos (por ejemplo el del economista Thomas Piketty), mientras los alaban si son favorables.

Hemos de admitir además que la mezcla china de socialismo y mercado no ha conseguido que el crecimiento de las últimas décadas haya llegado a todos de manera homogénea. Las desigualdades han aumentado desde 2015, aunque esto no sea sólo achacable a decisiones políticas. Opera en China una tradición cultural muy respetuosa con el privilegio heredado y, por tanto, poco compatible con el socialismo, de forma que la movilidad social está en China más determinada (84%) que en nuestras sociedades (73%), y no por culpa del partido comunista, que querría erradicar esa tradición, pero no ve forma de hacerlo por su gran arraigo social.

En todo caso, si ponemos en el otro platillo de la balanza el aumento incomparablemente mayor de las desigualdades sociales, la pobreza infantil y la inseguridad respecto al futuro de nuestras sociedades, tendríamos que llegar a la desalentadora conclusión de que la democracia es incapaz de actuar con eficacia en una crisis y, aún más, que es incapaz de beneficiar al conjunto de la población cuando hay bonanza, mientras el autoritarismo lo consigue.

Afortunadamente la incomodidad se resuelve si tenemos en cuenta que no se están enfrentando autoritarismo y democracia, sino dos formas de autoritarismo.

Y es que en nuestros países aparentemente democráticos vivimos un autoritarismo que, precisamente por oculto, es de peor condición y que daña de manera irreparable a la mayoría de la población.

Estamos cansados de apelaciones a Montesquieu para dictaminar que en las democracias hay tres poderes, legislativo, ejecutivo y judicial, cuya independencia debe garantizarse.

Pero ¿son éstos los únicos poderes a considerar? ¿Son siquiera los más importantes? Algunos añaden un cuarto poder, el de los medios de comunicación.

Oportunamente se olvidan siempre del poder principal: el poder económico que actúa en la sombra, en manos de unas pocas personas, y que controla a los poderes restantes. He aquí la verdadera conspiración, de la que no hablan quienes están viendo falsas conspiraciones por todas partes.

Padecemos una legislación que recorta los ingresos del Estado y proporciona a los poderosos mil formas de eludir el pago de los escasos impuestos a que están legalmente obligados. Y los que inspiran esa legislación son los mismos que actuaron a través de sus servidores (FMI, BM, Ángela Merkel) para obligar a Rajoy y Zapatero a cambiar a toda prisa y sin debate público, en beneficio de la banca internacional y en perjuicio de la población española, un artículo de la sagrada e intocable Constitución.

Los servidores del capital dicen que las políticas neoliberales son inevitables porque cualquier alternativa sería peor en virtud de las leyes económicas, a las que apelan como si se tratara de leyes científicas, siendo así que las cambian a su conveniencia. Pero China demuestra que se puede actuar de otra forma sin riesgo para la economía. Y si en los países capitalistas no se puede hacer lo que allí se hace es porque lo impide el poder de los dueños del dinero. Ese poder oculto no es llamado autoritarismo criminal, es llamado democracia.

Resulta irónico que se invoque la palabra libertad como fundamento de numerosas acciones públicas que nos privan de libertad. Pues el sistema político priva de libertad cuando no da a la ciudadanía una educación tan buena como ya es posible, y también cuando niega a millones de ciudadanos los medios económicos imprescindibles para eso que se llama realización personal. Poca libertad tiene el ignorante que se perjudica sin saberlo. Poca libertad tiene el pobre, aparte de ejercer su derecho a dormir bajo los puentes. Tenemos por tanto millones de personas privadas de libertad en el buen sentido y no podemos presumir de democracia.

Moral comunitaria frente a individualismo

Algunos alegan que también hay democracias exitosas contra la pandemia, como Corea del Sur, Hong Kong, Singapur o Taiwán. ¡Qué casualidad, los cuatro tigres asiáticos, escaparates artificiales del capitalismo concebidos y alentados como armas contra China!

Todos ellos tienen en común con China o Vietnam que son países asiáticos.

El éxito contra la pandemia en países como China o Vietnam no sólo se ha debido a medidas políticas y económicas acertadas, sino también a una respuesta popular favorable.

En el caso de Vietnam, su economía, aunque en rápido desarrollo, no ha llegado a un nivel que permita programas de pruebas masivas a gran escala, pero allí se han utilizado las fuerzas de seguridad militar, ayudadas por los vecinos que informan si sospechan de una mala conducta. “Este no es un enfoque que pueda adoptarse en las sociedades occidentales”, se dice con hipocresía. Es cierto que en nuestra cultura individualista se ha despreciado al acusica. Pero hemos aplaudido a quienes han publicado listas de defraudadores fiscales, hacemos campañas para que los testigos de violencia machista la denuncien, y lo mismo los testigos de acoso escolar, y nos parece obligación ciudadana llamar a la policía para que corte un botellón que contraviene las normas sanitarias. ¿Qué es lo que está mal, comportarse de manera peligrosa para la salud ajena o denunciar ese comportamiento?

La realidad es que las culturas asiáticas tienen una concepción más comunitaria de la persona, y esto es una ventaja, porque nuestro individualismo se basa en el mito anticientífico de que el individuo es autónomo y que la sociedad no es otra cosa que un corsé que lo oprime. En occidente hemos olvidado lo que ya sabían los filósofos antiguos, que la persona es un ser social, esto es, que no puede existir y persistir sin una sociedad, y que por ello debe ser solidaria con ella y sentirse en alguna medida deudora. Cuando alguien se dedica a una autonomía insolidaria olvida que nació en un grupo que cuidó de él, le dio el lenguaje y sigue proveyéndole de todo lo que necesita para sobrevivir, incluso cuando sobrevive ejerciendo su egoísmo.

Por ello una gran parte de lo que nos parece autoritarismo oriental es allí la forma normal de comportamiento. Si para acabar con la pandemia hay que aceptar unos sacrificios y unos controles, la población tiende a aceptarlos y lo contrario les parece inaceptable. Si alguien quiere escabullirse de sus obligaciones, los comités de barrio o la policía se lo recuerdan y, si esto no basta, se lo exigen. En nuestros países capitalistas estamos viendo cómo incumplen las normas día tras día grupos caracterizados por la ignorancia (los negacionistas) o cegados por el odio al gobierno, o meramente irresponsables. Y todo ello con una impunidad que les anima a seguirlo haciendo.

Ante la pasividad de gobiernos titubeantes, estos grupos vociferan por las calles llamando libertad a su agresión a la salud ajena. Es la libertad que invocan los Aznares del mundo, porque ¿quién puede privarles de su sagrado derecho a hacer lo que les dé la gana, beber por ejemplo unas copas antes de coger el volante del coche?

Muchos de los que se comportan irresponsablemente son jóvenes que ponen de manifiesto dos cosas achacables a nuestro sistema: han recibido una pobre educación cívica y moral. Y frustrados porque la sociedad les niega un futuro abierto y prometedor, no se sienten solidarios con ella.

El agravado caso español

Si esta es la comparación que cabe entre un semisocialismo como el chino y las sociedades capitalistas más presentables, lo que está ocurriendo en España parece resultado de un guion bufo.

En España la pandemia está acelerando la destrucción del mito de la modélica Transición, que no depuró en su momento ni a los políticos, ni a la policía, ni al ejército, ni al alto funcionariado, ni a la judicatura de la dictadura, y que enseñó en la escuela una interpretación equidistante de la historia de España desde la última República. Todo ello está teniendo ahora su influencia.

La ultraderecha fascista que dominó la etapa franquista, liberada de rendir cuentas en la Transición, y no desenmascarada en las escuelas y medios de comunicación, se mantuvo en Alianza Popular primero y en el Partido Popular luego. Allí ha estado y allí sigue en parte, porque otra parte se ha escindido y opera en VOX, aunque en estrecha connivencia con el resto de la derecha. Esta ultraderecha fascista ataca al gobierno de coalición acusándolo de comunista-bolivariano y terrorista, y viene utilizando la pandemia para hacer una oposición plagada de acusaciones irracionales, con apoyo en unos jueces y unos medios de comunicación mucho más escorados a la derecha que lo que se estila en el resto de Europa.

La derecha española no está tan interesada en resolver la crisis sanitaria como en conseguir que el gobierno de coalición caiga.

El economista Juan Torres López explica por qué el líder del Partido Popular y sus eurodiputados llevan varias semanas presionando en Bruselas para tratar de evitar que la Unión Europea conceda a España las ayudas acordadas para combatir la crisis provocada por la pandemia. A juicio de Juan Torres al PP no le importa el daño para muchos empresarios y trabajadores españoles porque espera que, si la economía se hunde, los votantes culpen al gobierno del desastre y la derecha vuelva a gobernar. Y hace esto en defensa de los intereses de un grupo de grandes empresas españolas que se han acostumbrado a obtener sus beneficios como regalías y favores procedentes del poder político, capturando todas las redes del Estado, de sus instituciones y del poder político para ponerlas a su servicio. De la fusión de esas empresas con los poderes del Estado nació hace ya muchos años la oligarquía que domina la economía, la política, los medios de comunicación y a España en su conjunto.

Cabe añadir que estas grandes empresas han tolerado gobiernos de un PSOE inspirado por Felipe González y sus acólitos, pero recelan de Pedro Sánchez y no pueden aceptar un gobierno de coalición con una UP a la que no controlan. Para esa oligarquía es prioritario acabar con el actual gobierno de coalición, pese a que sólo se propone tímidas medidas socialdemócratas.

El problema del gobierno es que actúa mediatizado por las críticas que va a recibir haga lo que haga, por la oposición frontal que el PP viene haciendo a través, sobre todo, de la Comunidad de Madrid y por el miedo a las repercusiones electorales de medidas necesarias.

España es diferente, decían. Lo estamos viendo.

jmchamorro@jmchamorro.info

LAS PANDEMIAS, LA GENTE Y EL “SISTEMA” (DEL QUE NO SE QUIERE HABLAR)

El pasado 15 de septiembre Díaz Ayuso culpó de la subida de contagios en Madrid al “modo de vida” de los inmigrantes, y esto es para el periódico digital CTXT la prueba fehaciente de que el PP ha adoptado los recursos retóricos y las ideas-fuerza de la ultraderecha global. Ayuso, Abascal, Trump, Bolsonaro, Orbán o Salvini repiten ahora la conducta del fascismo de hace casi un siglo: detectar un enemigo débil, señalarlo, culpabilizarlo. Y lo vienen haciendo -continúa CTXT- con la colaboración de los medios de comunicación, que al naturalizar a los nuevos fascistas como una opción más, han contribuido, y mucho, al auge de la extrema derecha y a la ultraderechización de partidos de la derecha tradicional, como el PP.

Sin duda estamos asistiendo en muchos países a una confrontación preocupante, una especie de preguerra civil por ahora incruenta. No se trata de discrepancias, sino de que desde cada uno de los bandos se niega la legitimidad del otro, se lo ve como enemigo de todo lo bueno. La sensación de que enfrente hay una gente inaceptable es recíproca, de la izquierda hacia la extrema derecha y de la extrema derecha hacia la izquierda, porque a los de cada bando les parece que el mundo sería mucho mejor si los del bando contrario desapareciesen. Y da la impresión de que, para conseguirlo, los de la extrema derecha llegarían más lejos si pudieran.

En España la virulencia de la disputa política es algo que sorprende fuera, y en buena medida se debe a la malhadada transición, que permitió que la ideología y el poder franquistas siguieran intactos bajo una aparente forma democrática, primero en AP o el PP, ahora a cara descubierta. A la derecha del PSOE poco se percibe en España que no sea extrema derecha.

Visto el asunto desde el lado progresista, la gran crisis primero y la pandemia luego nos han colocado en una situación en que resulta muy difícil conceder a ciertos conciudadanos y a ciertos partidos políticos el derecho al respeto ajeno. Es insoportable la ignorancia de quienes, en seguimiento de teorías negacionistas del COBID-19, incumplen las medidas sanitarias elementales incluso haciendo alarde de ello, y ponen en riesgo la salud de todos los demás. Es muy difícil aceptar a personajes como Bolsonaro o Trump, que se adhieren a teorías negacionistas del cambio climático y se oponen a actuaciones ya inaplazables para evitar una catástrofe ecológica. Y es muy duro soportar a quienes han diseñado y ejecutan, u obligan a ejecutar, las políticas económicas neoliberales.

En la cumbre inaugural de la Internacional Progresista, celebrada hace unos días bajo la consigna “Internacionalismo o extinción”, Noam Chomsky ha hecho en el discurso inaugural una exposición apocalíptica (y realista) de la situación del mundo, que él cree abocado a una destrucción terminal a causa del deterioro de la democracia y de las crecientes amenazas de guerra nuclear y de catástrofe medioambiental. Chomsky señala a Trump como responsable máximo en tanto ejecutor brutal de las políticas neoliberales con que se viene agrediendo a la Humanidad desde los años 80. Después de 40 años, el 0.1 por ciento de la población tiene el 20 por ciento de la riqueza, el doble de lo que tenía cuando Reagan fue elegido. La remuneración para directores ejecutivos se ha disparado, mientras los salarios reales para trabajadores masculinos que no están en puestos de supervisión han disminuido. Una mayoría de la población sobrevive de cheque en cheque, sin ahorros. Las instituciones financieras, en su mayoría depredadoras, han superado las más altas cotas de explotación. Ha habido repetidas crisis financieras, cada vez más graves, y sus perpretadores son rescatados por el contribuyente, siendo ese el menor de los subsidios estatales implícitos que reciben. El “mercado libre” ha conducido a la monopolización, con una reducción de la competencia y la innovación porque los fuertes se han tragado a los débiles. Adoptando la doctrina neoliberal de “los impuestos son robos”, Reagan abrió la puerta a paraísos fiscales y empresas fantasma, que antes estaban prohibidas. Eso condujo a una gran industria de evasión de impuestos que facilitó que los más ricos y el sector corporativo hayan robado a la población general un importe que se estima en decenas de billones de dólares.

Las consecuencias alrededor del mundo, concluye Chomsky, no deberían sorprendernos: rabia general, resentimiento, desprecio por las instituciones políticas mientras las principales instituciones económicas, que son las causantes, se ocultan tras una propaganda efectiva. Todo esto crea un territorio fértil para demagogos que pretenden ser tus salvadores mientras te apuñalan por la espalda y desvían la culpa de tus condiciones a chivos expiatorios: inmigrantes, negros, China, cualquiera que encaje en los prejuicios viejos.

A la vista de alegatos como estos la pregunta es qué hacer.

Para CTXT lo razonable frente al fascismo hubiera sido establecer un cordón sanitario para evitar que la extrema derecha entrase en las instituciones. Pero a poco que se piense hay que concluir que un cordón sanitario no resuelve el problema. Por una parte tal solución debería ser inaceptable para quienes creen que vivimos en una democracia, pues bajo esa creencia todos los partidos tienen el mismo derecho a ser respetados si no infringen la legalidad. Si se cree que cada individuo decide libremente su voto, que cualquier resultado de la voluntad popular es igualmente legítimo y que cada partido orienta su actividad a conseguir votos que le permitan ocupar posiciones de poder para realizar sus ideas políticas, hay que pensar que todas las elecciones políticas tienen la misma acreditación.

Si Bolsonaro y Trump están ahí ejecutando sus políticas criminales es porque han ganado las elecciones en sus países. Y esto nos remite a la segunda de las objeciones contra el cordón sanitario: qué hacer con la población que ha votado a Bolsonaro, a Trump o a Abascal.

Por su parte Chomsky ha concluido su discurso apelando a una especie de lucha de clases a escala global. Hay una gran Internacional compuesta por los Estados más reaccionarios del mundo que, con el poderoso respaldo de las instituciones económicas mundiales dominantes, está trabajando implacablemente para construir una versión más dura del sistema neoliberal global, con más intensas medidas de vigilancia y control. Y enfrente está emergiendo una Internacional Progresista al nivel de movimientos populares que mira hacia adelante a un mundo de justicia y paz, con energías y recursos dirigidos a servir las necesidades humanas en lugar de las demandas de una pequeña minoría.

Pero cabe decir sobre el análisis y la propuesta de Chomsky que, aunque una Internacional Progresista es un movimiento imprescindible, es insuficiente si se limita a enfrentarse a las políticas neoliberales, porque entonces deja fuera cuestiones básicas. Una, que esas políticas han venido siendo apoyadas por la mayoría de la población; otra, que cualquier capitalismo, también el socialdemócrata que imperaba hasta la década de los 80, conduce a efectos nocivos.

No es cierto por ello que la democracia se esté deteriorando: no se puede deteriorar lo que no existe. En ningún tipo de capitalismo puede existir democracia, porque capitalismo y plutocracia son dos caras de la misma moneda. Sólo ocurre que se está deteriorando el astuto disfraz democrático bajo el que se esconde la plutocracia. Por otra parte cualquier capitalismo, también el socialdemócrata, es nefasto en un terreno más básico que el ecológico, del que dependen los demás, que es precisamente el de la fabricación de la población.

Esto quiere decir que el mal no nace de personajes siniestros ni de políticas criminales, sino que es previo. Cuando nos planteamos por qué hay políticas irresponsables y por qué ganan elecciones personajes impresentables, es necesario mirar hacia la relación causal entre un tipo de psicología individual y el sistema social que la fabrica masivamente. Es decir, no se puede abordar satisfactoriamente la situación presente si se toma a partir de datos superficiales (ciertos personajes públicos y sus políticas), sino que hay, por el contrario, que reflexionar primero sobre por qué las personas que votan son como son.

El imperio de la psicología popular

Este asunto fundamental puede ser abordado de dos formas, según se parta de la psicología popular, que es la forma habitual, o se adopte una concepción materialista, única potencialmente científica.

La mayoría de los teóricos, incluyendo un gran número de psicólogos, utiliza por defecto la teoría dualista según la cual el humano es un compuesto de cuerpo y alma dotada de libre albedrío. De este mito se sigue que, habiendo nacido cada uno con su alma, cada uno es como es por sí mismo y elige libremente lo que quiere. Unos eligen el bien, otros eligen el mal, y quienes eligen el mal son culpables y deben ser castigados.

Si utilizamos esta psicología popular, una consecuencia inevitable es el odio mutuo, un odio que puede alegar razones poderosas, pues es odiable la voluntad de otros si nos parece libre y perversa y no podemos librarnos de ella.

Dejando atrás el mito dualista

Este mito se ve reforzado por el hecho de que los actores tienden a creer que su acción no tiene otra causa que su voluntad inmaterial, tienden a creer que siempre que hicieron algo pudieron no haberlo hecho, o haber hecho otra cosa. He ahí una ilusión que se debe a que la introspección no tiene acceso al sistema cerebral que subyace a la conciencia y que es donde actúan las causas que determinan la acción.

Pero hay medios objetivos que nos permiten ir descubriendo el funcionamiento del cerebro y explicar el comportamiento de las personas sin necesidad de apelar a una entidad como el alma, de cuya existencia nadie tiene prueba alguna y cuya conexión con el cerebro resulta por completo inexplicable.

Desde una concepción empírica el humano tiene dos gestaciones, una intrauterina (biológica), que da de sí un animal no muy diferente a la cría de cualquier primate, salvo porque está preparado para la segunda gestación, la extrauterina (social) que es la que lo convierte en persona y que consiste en la adquisición de la lengua del grupo. Esta segunda gestación es la verdaderamente fundamental respecto a las propiedades típicamente humanas, las que no compartimos con el chimpancé.

La interacción comunicativa es el útero social que va introduciendo en el cerebro de cada cual los conocimientos, los valores y las pautas de acción que lo constituyen como persona.

Esta idea ha sido avalada por todo cuando se ha venido investigando. Los casos de los llamados “niños ferales” demuestran que quienes no aprendieron una lengua humana en su niñez no pueden sobrepasar el comportamiento puramente animal. Por lo demás es obvio que nadie nace con ideas políticas o morales, nadie nace odiando a los inmigrantes o a los negros, nadie nace predeterminado al fracaso escolar. Todo eso es producto social.

La izquierda marxista debería saberlo, pues Marx, inspirado en la teoría evolutiva recién expuesta por Darwin, situó la emergencia de la especie humana en el lenguaje que nuestros antepasados fueron fabricando según lo exigía el proceso productivo de los objetos que necesitaban y que no estaban disponibles en la naturaleza. Y de la misma manera concibió la emergencia de cada persona: la conciencia práctica, real, de cada cual es un producto social, depende de la cultura y clase a que pertenece. De ahí la frase tantas veces citada, publicada en 1859: No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino que, por el contrario, es el ser social lo que determina su conciencia.

Sin libre albedrío no hay culpa

Hay que tener presente que, si abandonamos el mito del alma dotada de libre albedrío, quedan consecuentemente abandonados los conceptos de pecado y de culpa.

Cuando el niño nace es un sistema psicobiológico que no ha elegido libremente ser lo que es. A partir de ese momento cada estado de su psiquismo será resultado de la interacción del precedente con la experiencia en curso, y así hasta llegar al momento de cualquier acción. Si la acción ha sido causada por un estado cerebral del actor, siendo ese estado el que era, la acción no pudo ser otra que la que fue. Y nadie decide libremente el estado cerebral en que se encuentra, ni siquiera lo conoce.

El egoísmo, el miedo, la ignorancia, la violencia y el machismo se van introduciendo en muchas mentes no precisamente por propia decisión. Nadie decide en qué sistema social, en qué clase y en qué familia nacer, ni qué estímulos recibir desde el nacimiento.

Los Bolsonaro y Trump son mera consecuencia típica del sistema, al igual que las muchedumbres que los votan. Cualquiera de sus críticos estaría haciendo lo mismo si desde el nacimiento hubiera recibido los mismos estímulos.

Por ello el peor criminal es en cierto modo víctima de haber sido fabricado con defectos en la empatía y en el conocimiento, que lo convierten en un depredador o en un verdugo. No quiere ello decir que no sea responsable de sus actos. El concepto de responsabilidad no desaparece siempre que entendamos que es responsable de sus acciones quien puede prever sus efectos en personas, animales o cosas.

Pero nadie es culpable de ser como es, y por ello no vale de mucho clamar contra los fascistas, sino analizar en qué consiste el fascismo y por qué surge. Y luego reflexionar sobre qué habría que hacer para erradicarlo, que no es precisamente establecer cordones sanitarios.

El sistema social y la mala factura de la psicología individual

Desde esta perspectiva se puede decir que cualquier versión del capitalismo (no solo la neoliberal, también la socialdemócrata) tiene dos funciones principales, una muy aparente: el reparto desigual de la riqueza. Otra más profunda: la fabricación de las mentes tanto en sus afectos como en sus capacidades intelectuales.

Ambas funciones se complementan: no podría sobrevivir un sistema que explota a la mayoría si esa mayoría tuviera un alto desarrollo mental y afectivo.

Recordemos que el sistema capitalista se caracteriza porque convierte a la sociedad en un mercado en el que todos compiten; mercado que otorga riqueza (y por tanto poder) y pobreza (y por tanto sumisión); mercado que sobrevive a base de un aumento constante de la producción y el consumo con la consecuencia de un deterioro medioambiental que conduce a una catástrofe irreversible. Tal sistema es la antítesis de una regulación racional de la vida económica, y genera en la población egoísmo (cada cual compite con los demás y el ascenso de unos se debe al descenso de otros), banalidad (tanto se es como se tiene y consume), miedo (a no ascender como el vecino o a caer como otros, miedo a la quiebra, al paro, al futuro), resentimiento si se pertenece a la mayoría de inevitables perdedores. Produce finalmente ambición irrefrenable de los poderosos, que han llevado su afán depredador fuera de las fronteras nacionales y han creado tremendos ejércitos y armamentos para imponer y defender sus intereses en los espacios internacionales.

Una consecuencia de todo ello es el fascismo psicológico que caracteriza a una parte grande de la población.

Del fascismo psicológico al político

Por lo general el fascismo se identifica con ciertos comportamientos racistas o xenófobos y, más en general, con el voto a partidos de extrema derecha. En un partido fascista hay que distinguir dirigentes, militantes y votantes. Los dirigentes propugnan una doctrina y unos objetivos, los militantes aportan su acción y los votantes conceden a estos partidos mayor o menor relevancia institucional.

Si los partidos políticos fascistas no obtienen buenos resultados electorales, mucha gente se felicita y cree que el fascismo está en baja, mientras las alarmas se desatan cuando esos partidos ganan espacio electoral, especialmente si acceden al Parlamento o al Gobierno.

Pero las subidas y bajadas de votos no implican cambios caprichosos en la mentalidad de la población. Cambian más los votos que la mentalidad. Y la mentalidad es el dato que debiera importarnos.

Conviene por ello distinguir el fascismo psicológico del político. El primero sustenta al segundo. Si un votante de partido de extrema derecha no es fascista psicológico resulta menos peligroso que uno que lo sea aunque vote a un partido no fascista. Alguien benévolo que siente indignación por la situación social puede, por ignorancia, dejarse seducir por el discurso de un partido de extrema derecha.

El fascismo psicológico se define, en mi opinión, por un maniqueísmo teológico que define un Bien Absoluto amenazado y un Mal Absoluto amenazante, por escasa empatía, o una empatía concentrada sólo en el entorno próximo, y por un grado suficiente de resentimiento.

El maniqueísmo teológico justifica la violencia sin límite contra los portadores del Mal, de forma que quien carece de empatía y está lleno de resentimiento puede desahogarse descargando su odio contra el señalado como enemigo del Bien (inmigrante, comunista, separatista, judío, homosexual, da igual). Es el carácter absoluto del Bien (siempre propio) y del Mal amenazante (siempre ajeno) lo que justifica el odio al Mal y a sus practicantes.

No cabe duda de que el ingrediente de maniqueísmo teológico está generosamente servido en aquellos países en que la Biblia, sea directa o indirectamente, ha sido el libro educador por excelencia. Una vez aprendido este maniqueísmo teológico, no tiene por qué limitarse a la sensibilidad religiosa. Cabe aplicarlo, incluso siendo ateo, a temas de raza, etnia, nación, ideología o deporte.

Los otros dos rasgos son, por lo antes dicho, muy abundantes en la sociedad capitalista, que favorece el egoísmo en masas suficientemente ignorantes, sometidas a una forma de vida que genera un nivel de frustración y resentimiento muy alto.

Bajo esta consideración no parece arriesgada la hipótesis de que masas caracterizadas por un fascismo psicológico pueden ser arrastradas a actitudes de fascismo político en un momento propicio aunque en otros momentos puedan parecer benignas.

¿Se puede salir de esta situación?

Los conservadores acostumbran a analizar cada problema como separado del sistema del que forma parte. Con este descuido se analizan los problemas de la educación en la escuela, descuido tanto más lamentable cuanto que se supone que la educación es el mecanismo para conseguir una población mejor. Ver El informe PISA.

Si nos apartamos de este hábito lo razonable es describir cómo tendría que ser una educación óptima a fin de considerar si es posible y generalizable. Y luego, si la respuesta es afirmativa, preguntarnos por qué, si esa educación es posible y generalizable, nunca se ha realizado.

Una educación óptima, capaz de acabar con la ignorancia, el fanatismo y el odio, ha de incidir en tres espacios:

1. En el afectivo, con la finalidad de generar: a) sentimientos bien dispuestos hacia los demás y a la colaboración con ellos; b) un autoconcepto realista; y c) motivación para aprender y para seguir aprendiendo, a fin de mantener al día los conceptos aprendidos y disfrutar de los objetos culturales (literatura, poesía, música, arte en general).

2. En el espacio cognitivo, con la finalidad de introducir en la memoria a largo plazo de todo escolar un sistema teórico coherente, objetivo y completo, integrado por los conceptos básicos de las distintas ciencias, en particular las referidas al individuo y la sociedad, así como relatos solventes de los procesos históricos relevantes (políticos, literarios, económicos, etc.) interconectados entre sí.

3. En el espacio de las destrezas, que debe incluir las artísticas, las lingüísticas, las deportivas y ahora las informáticas.

De estos espacios el afectivo es el fundamental, porque de él dependen los otros dos y porque con frecuencia será necesario reparar los desperfectos sentimentales con que los niños llegan a la escuela, así como los producidos por la misma interacción en ella.

Que este tipo de educación es posible se revela en el hecho de que una minoría, por azares biográficos, la consigue. Y sería generalizable si se dieran dos condiciones: una buena escuela y un ambiente social favorable.

La escuela actual fracasa en los tres espacios mencionados. Para el primero no está diseñada ni preparada. Para el tercero tampoco, de manera que se limita al segundo, pero con resultados mediocres en el mejor de los casos, y con fracaso inevitable de los estudiantes de las clases económica y culturalmente deprimidas. Ver La educación en valores.

Diseñar una buena escuela no es difícil, pero una condición es la financiación suficiente. No basta el 5% del PIB, ni tampoco el doble que se destina en países como Cuba. Un porcentaje del 20 o 30% no sería un despilfarro, sino la inversión más necesaria y rentable que se puede imaginar, y perfectamente posible si los ricos devolvieran al Estado, vía impuestos, lo que el mercado les ha dado injustamente.

El problema es que esa financiación es impensable en una sociedad capitalista y que además es inútil, dado que la labor de la escuela estaría eficazmente neutralizada y contradicha por las innumerables antiescuelas que operan en este tipo de sociedad: familias de ambiente perjudicial, dominio de una publicidad tóxica en todos los espacios individuales y sociales, propiedad privada de medios de comunicación y de redes sociales que ofrecen sus contenidos sin control social, iglesias y órdenes religiosas que difunden pensamiento conservador, ambiente consumista que instaura el ideal del dinero, etc.

Obstáculo insuperable (si no cambiamos el Sistema)

Y lo peor es que esta situación no puede cambiar, no sólo porque algunos elementos deseducativos son imprescindibles al sistema capitalista (como la publicidad y la propiedad privada de los medios y espacios de comunicación), sino sobre todo porque la lógica de tal sistema no puede permitirse una buena educación.

La estabilidad y reproducción de la estructura capitalista requiere mantener y reproducir la población heredada, cuya mayoría se caracteriza desde tiempo inmemorial por la ignorancia de las relaciones causales entre estructura social y avatares personales, por la reducción de la empatía a pequeños ámbitos y por el miedo a no conseguir lo que se desea o a perder lo que se tiene.

Mantener mayorías con estas características no requiere ninguna conspiración del poder, ni una actividad complicada. Basta la inacción. No hacer todo aquello que sería necesario para fabricar una población caracterizada por el conocimiento, la empatía no restringida y la serenidad colectiva.

El papel del capitalismo como gran obstáculo a una buena educación es algo que sistemáticamente callan y ocultan esos teóricos de la educación que nos proponen, como si fuera posible, llevarla a la excelencia sin alterar el sistema social. Al final queda claro que esa excelencia es la de Finlandia o Singapur. Ver Marina y su diplodocus.

Quienes no se dejan engañar por esas cantinelas tienen claro que en las sociedades capitalistas a lo más a que podemos aspirar es a una educación eficiente (incluso excelente) para la inserción en el mercado de trabajo a distintos niveles. Al Sistema le interesa que los camareros sepan idiomas, no le interesan camareros analfabetos. Y le resulta necesario que los tiburones de las finanzas estén mal educados. Si la escuela los convirtiera en ilustrados y benévolos dejarían de ser depredadores y su clase se extinguiría.

Los resultados los tenemos alrededor. Barrios obreros en los que aumenta el voto a Vox, bandas de jóvenes que se creen con derecho a divertirse poniendo en riesgo la salud ajena, poblaciones que aguantan una explotación inicua engañadas acerca de sus causas, políticos mediocres que no hacen lo debido, que incluso no hacen lo imprescindible por miedo a la reacción del electorado, es decir, por miedo a la mala educación de la mayoría.

Se ha pretendido exculpar el necio egoísmo de grupos adictos al botellón y a la fiesta alegando que la juventud es así. Pero no es cierto que la única manera de diversión y esparcimiento de la juventud haya de ser sacrificar la salud propia y ajena a una versión ignara de sexo envuelto en alcohol y otras drogas, mala música, torpe conversación y barullo. Prueba de ello es que hay otra juventud muy diferente. ¿Y de qué depende la pertenencia a una u otra? Sobre todo de la familia en que se ha crecido, porque la escuela, por lo antes dicho, tiene un papel menor.

La importancia de salir del odio mutuo

De manera que la situación puede describirse así: para resolver nuestros más graves problemas hay que salir del capitalismo, pero por ahora no se ve forma de salir de él, y menos cuando no existe una izquierda antisistema eficiente y mundialmente organizada.

En tal tesitura viene bien a la salud recurrir a la visión científica, porque desde ella no cabe tener del enemigo una concepción teológica y ello nos libra del odio.

El espectáculo que están dando las llamadas derechas e izquierdas en el parlamento español es nociva, porque ambas se atacan y contraatacan con la misma ira, como si el objetivo de la actividad parlamentaria no fuera proceder a una discusión racional, sino dejar al otro humillado y en ridículo. Lejos de eso, la izquierda haría bien en aprovechar cada ocasión para manifestar una actitud e ideología desde la que se ve al enemigo como determinado a serlo, y por tanto no culpable. Dirigirse a la extrema derecha con respeto y con empatía, y tratar de convencerla de que sus ideas y propuestas entran en contradicción con datos objetivos, pero también con algunos de los valores que ella misma proclama. Claro que no se va a conseguir con ello convencer a dirigentes y militantes, no importa lo buenos y potentes que sean los argumentos, pero a la larga es posible abrir los ojos a muchos de sus votantes. Todo ello a la espera de que en España aparezca algún día una izquierda antisistema que sepa qué tiene que hacer y que esté dispuesta a hacerlo (es decir, que esté dispuesta a renunciar al electoralismo y a la pedrea de cargos públicos y migajas del banquete).

Lo que ha de preocupar a esa izquierda es dotarse de medios para difundir conocimientos e información sin salir de la verdad (privilegio que sólo ella tiene y que no viene utilizando). Y contribuir además a la construcción de una internacional progresista y actuar dentro de ella haciendo complementarios los dos espacios, el nacional y el internacional.

Por ahora… paciencia, pero al menos sería bueno que quedara claro que la mala factura de la población, de la que se siguen nuestros problemas políticos, medioambientales, económicos y de convivencia, no tiene remedio en esta sociedad. Quien quiera luchar contra ellos debe mirar más lejos hasta encontrar la causa.

jmchamorro@jmchamorro.info

SOBRE NUESTRA QUERIDA MONARQUÍA

No vale la pena insistir sobre hechos muy comentados. Sólo recordar que las andanzas de Juan Carlos eran conocidas y toleradas por familia, gobierno y medios de comunicación, y que sólo se empezó a reaccionar cuando los medios de comunicación españoles no pudieron seguir callando.

Primero se obligó al rey a pedir un perdón insincero y más tarde a abdicar. Pero se le nombró rey emérito y se procuró un arreglo legal para que sólo pudiera ser juzgado por el Tribunal Supremo. Como los hechos escandalosos se seguían publicando y había indicios de que podían ser investigados en Suiza, resultaba insostenible su permanencia en el palacio de La Zarzuela, pero en lugar de privarle de sus honores, expulsarlo de la familia real y de palacio y obligarle a que rinda cuentas ante la justicia, se le mantiene en la familia real, en una tercera posición en la línea de sucesión, se respeta su título de rey emérito y se ha pactado con él su huida, concediéndole el derecho a la elección de destino (¡y ha elegido los emiratos árabes!) y a decidir el momento de informar a los españoles. Así han llegado las instituciones españolas (gobierno y casa real) al ridículo presente.

¿Cabe una monarquía democrática?

He leído muchos artículos y comentarios sobre el rey emérito, sus negocios y su huida, y en en todos ellos se da por supuesto que existen democracias en el mundo. Se habla de la alternativa monarquía-república para concluir que la democracia es compatible con ambas formas de Estado, se pondera lo avanzado, política y socialmente, de algunas de las monarquías del mundo (Noruega, Suecia, Dinamarca, Países Bajos, Luxemburgo, Reino Unido, Bélgica) y se justifica la institución hablando de legitimidad de origen y legitimidad de ejercicio.

Para quienes (por lo visto pocos) pensamos que mientras impere en el mundo el capitalismo la democracia no es posible (ver aquí) y que la llamada democracia es siempre una plutocracia disfrazada (es decir, el control del Estado por los dueños del dinero, con apariencia de que es el pueblo el que se gobierna a sí mismo), el tema de la monarquía española se ve de otra forma. Para empezar, carece entonces de sentido decir que las supuestas democracias coronadas europeas prueban que la democracia es compatible con la monarquía.

Más bien cabe decir lo contrario: imaginemos que hubiera un país democrático y que su población decidiera por unanimidad establecer una monarquía. Esa decisión por sí sola acabaría con la democracia previa. La población habría elegido cambiar democracia por monarquía. Pues la monarquía es incompatible con un principio democrático básico, el de que todos somos iguales ante la ley y no caben privilegios políticos hereditarios, menos aún al nivel de la más alta magistratura del país. La monarquía no puede tener por tanto una legitimidad democrática de origen.

Ya sé que esta manera simple de ver las cosas molesta mucho a quienes practican el pragmatismo virtuoso de un sistema democrático mestizo, imperfecto, frustrante y vulgarmente reformista (qué bien escriben), y lo oponen al puritanismo fundamentalista de otros. Pero no, no se trata de puritanismo ni de fundamentalismo, sino de no estar ciego.

En España peor

Por desgracia nuestra actual monarquía tiene peor legitimación de origen que las restantes monarquías europeas.

El genocida Franco no restauró la antigua monarquía al no permitir que fuera rey don Juan, sino que instauró una nueva nacida de su mera voluntad. Nombró sucesor a un muchacho incapaz para el estudio (tal vez por su dislexia) y de ideología fascistoide, como prueba que siempre haya ensalzado al dictador. Ese nombramiento se metió luego de matute en un paquete que llevaba como envoltura seductora la deseada democracia. El trágala consistió en decir al votante español: si quieres salir de la dictadura tienes que votar una forma monárquica de Estado. No se preguntó al pueblo si quería monarquía o república porque las encuestas de que disponía Adolfo Suárez indicaban que un referendum sobre la monarquía se perdería.

Monarca inviolable y jefe de los ejércitos

No acaba la cosa ahí. Resulta que el monarca español es inviolable, es decir, que no puede ser sometido a juicio por muchos delitos que cometa.

Unos afirman que esa inviolabilidad se aplica a lo que hizo hasta que abdicó y otros que durará hasta que muera. En lo que están casi todos de acuerdo es que mientras fue jefe de estado era inviolable hiciera lo que hiciera.

Es cierto que la Constitución ha sido redactada en este punto con calculada ambigüedad, y que por ello requiere interpretación. Una regla elemental de la interpretación solvente es que no puede llevar al absurdo. Absurdo nos parecería que el rey de un país occidental no pueda ser juzgado si asesina al amante de su mujer porque es inviolable. O que si viola a mujeres que trabajan en palacio haya que mirar a otro lado porque es inviolable. De lo que se sigue que tan absurdo es que si roba, cobra comisiones, blanquea dinero o defrauda a Hacienda haya que mirar para otro lado porque es inviolable. La única intepretación racional es, pues, que la inviolabilidad se limita a aquellas acciones propias del cargo que deben ser refrendadas por algún miembro del gobierno.

Añadamos que, para mayor alejamiento del ideal democrático, el rey español es el jefe supremo de los ejércitos y que este cargo es heredable, pertenece a la Familia.

¿Legitimidad de ejercicio?

Bien, aceptemos que no hay legitimidad de origen y que hay anomalías.

¿Podemos hablar de legitimidad de ejercicio como afirman los monárquicos complacientes y también esos republicanos que se decían juancarlistas? Las clases servidoras de nuestra plutocracia se afanaron para fabricar el mito del monarca instaurador de la democracia, salvador de la misma y embajador que ha conseguido grandes beneficios económicos y de prestigio para España.

Ahora setenta y cinco ex altos cargos (entre ellos los socialistas Alfonso Guerra, Celestino Corbacho y Matilde Fernández junto a personajes como Martín Villa y Esperanza Aguirre) reivindican en un comunicado la obra y el legado de Juan Carlos, al que hacen artífice del periodo histórico más fructífero que ha conocido España en la época contemporánea, “una España moderna, con un sistema político, económico y social avanzado fraguado en la libertad, en la justicia y en la solidaridad”.

Es una pena que la realidad esté tan lejos de esa mitología.

Juan Carlos no trajo la democracia ni la prosperidad

Salimos de la dictadura por la presión exterior y por la interna de estudiantes, obreros, abogados, periodistas. Juan Carlos no fue otra cosa que una de las condiciones que pusieron los políticos franquistas. Él se limitó a aceptar el régimen que le sirvieron en bandeja, una “democracia” mucho más falsa que cualquiera otra de Europa, pues no se depuró a las fuerzas armadas, ni a la policía, ni a la judicatura, ni a la alta burocracia heredadas del franquismo, ni se revisaron los espolios y negocios económicos de la dictadura, ni se privó a la iglesia católica de sus privilegios económicos e ideológicos. Una “democracia” que dejó en las cunetas a los asesinados por defender la república y mantuvo el poder en las mismas manos en que estaba, la oligarquía tradicional (terratenientes y burguesía económico-financiera) con el apoyo de la iglesia y bajo el manto protector de un monarca que, vale la pena repetirlo, es jefe máximo de un ejército no depurado. Una democracia con una ley electoral de contenido preconstitucional que garantiza el bipartidismo conservador y exige al partido comunista diez veces más votos que a la derecha para conseguir un diputado.

Una vez establecido ese régimen al gusto de los franquistas, en cuatro décadas no ha podido dignificar la memoria de las víctimas del franquismo, retirar a la iglesia católica sus privilegios, democratizar a fondo el poder judicial, dotar de transparencia a todas las instituciones, monarquía incluida, y desarrollar los artículos de la Constitución en que se reconocen derechos sociales, a fin de que estos derechos sean exigibles ante los tribunales.

En cambio sí ha podido hacer otras cosas: ha privatizado sectores económicos clave y servicios sociales básicos entregando capital público a minorías bien instaladas, ha producido la precariedad laboral presente y ha dado lugar a un gran contingente de trabajadores pobres, ha paralizado la movilidad social ascendente y ha agravado los indicadores de una desigualdad creciente e insoportable, con millones de personas, niños incluidos, en situación de pobreza y de extrema pobreza, con gentes que viven en la esclavitud a que las condena su situación de inmigrantes sin derechos. Y ha encontrado tiempo para reformar la Constitución con nocturnidad y alevosía en contra de la población española y a favor del capital extranjero.

Demuestran un sentido exquisito del humor esos 75 cantores de nuestra monarquía cuando la describen como “sistema político, económico y social avanzado fraguado en la libertad, en la justicia y en la solidaridad”.

Ni Juan Carlos salvó la democracia ni fue un buen embajador de España

Añaden los hagiógrafos que Juan Carlos salvó esta democracia del golpe de estado militar del 23 F. Pero en realidad lo que hizo fue volverse atrás de un golpe militar en el que él mismo estaba implicado, porque la intromisión de Tejero lo hizo inaceptable. El relato de Sabino Fernández Campo sobre lo ocurrido el 23 F deja claro lo que le costó que el rey entrara en razones.

Cierto que Juan Carlos viajaba por el mundo rodeado de empresarios a los que facilitaba negocios al tiempo que él hacía también los suyos. Es decir, fue un embajador que dejaba mal a España ante todos los que conocieran esos tejemanejes. De la misma manera que dejó mal a España con aquella impertinencia del “¿Por qué no te callas?” dirigida a Hugo Chávez, que no fue precisamente campechana y que en España gustó tanto a la chulería andante de la derecha.

Añadamos lo que se ha terminado sabiendo ahora, pero que se sabía desde un principio por quienes se hicieron los sordos y los ciegos.

A pesar de todo la derecha sigue insistiendo en su relato mitificador. Afirma, que algo queda.

¿Presunción de inocencia cuando hay inviolabilidad?

Los firmantes del manifiesto antes citado nos advierten:

Las numerosas informaciones que aparecen estos días sobre determinadas actividades del rey Juan Carlos I han excitado una proliferación de condenas sin el debido respeto a la presunción de inocencia. Si sus acciones pudieran ser merecedoras de reprobación lo decidirán los tribunales de justicia.”

Pero vamos a ver, ¿no es inviolable este señor? Resultará entonces que los ciudadanos no le podemos condenar antes de que los tribunales le condenen, pero los tribunales no le pueden juzgar porque es inviolable. A lo más a que están dispuestos es a revisar sus actuaciones posteriores a la abdicación. Pero aun así con reticencias. El ministerio fiscal no interviene hasta que el fiscal suizo Yves Bertossa exige que se investigue al ex rey en España porque en otro caso será investigado en Suiza.

No se puede evitar que una gran parte de la sociedad española desconfíe de la justicia, por mucho que eso incomode al Consejo General del Poder Judicial. Son muchos los que piensan que están bien amaestrados los jueces y tribunales encargados de proceder contra esos españoles de arriba “que son iguales a los demás españoles ante la ley”. Cierto que a veces no tienen más remedio que encarcelar a alguno de ellos por delitos económicos, pero en tales casos nunca llega la sangre al río. Reciben trato de favor y se quedan con casi todo lo robado para disfrutarlo tras un tiempo reducido de cárcel.

Pero dejando esto de lado, ¿no justifica la condena social a Juan Carlos que su propio hijo le haya considerado culpable y que él haya huido sin dar la menor explicación, sin replicar a las muchas acusaciones que le afectan? Más bien el buen sentido nos lleva a pensar inevitablemente que las cosas reprobables serán sin duda muchas más de las que ya conocemos. Nunca se ha desmentido por la Casa Real que el patrimonio que amasó Juan Carlos ya desde que era príncipe llegue a los 2.000 millones de euros que le asignan publicaciones especializadas. Mientras él calle y no demuestre cuál es su patrimonio ¿cómo no creer que Corinna Larsen maneja datos suficientes cuando asegura que el monarca español debe tener “cientos de cuentas en otras jurisdicciones”, aparte de las ya conocidas en Suiza?

Una cosa es la institución y otra cosa la persona

Pese a que tenemos una monarquía sin legitimidad de ejercicio a causa del comportamiento de Juan Carlos I, se afirma una y otra vez que una cosa es la institución y otra cosa la persona. Juan Carlos ha defraudado a los españoles, pero eso no afecta a la institución.

¿Puede el rey actual encarnar la institución con solvencia achacando a su padre todo lo reprobable?

No, porque la población sospecha con toda razón que Felipe VI, como el resto de la familia, era conocedor de los negocios ilícitos de su padre. Si figura como beneficiario en sociedades creadas por su padre para defraudar, ¿es que su padre nunca se lo dijo? ¿Tampoco le dijo lo que ahora cuenta The Telegraph, que el empresario Josep Cusí, a través de la sociedad Navilot, abonó 269.000 dólares del total de 467.500 que costó su viaje de novios?

El problema de nuestra monarquía es lo que se pueda ir sabiendo sobre cuentas bancarias fraudulentas situadas en paraísos fiscales protectores. Está por tanto expuesta a ser zarandeada por informaciones comprometedoras.

Basta con repasar la historia de los últimos escándalos.

El 5 de marzo de 2019 el despacho británico de abogados Kobre & Kim dirigió una carta a la Casa del Rey en la que le comunicaba su designación como beneficiario de la Fundación Lucum a la muerte de su padre.

La alarma se activa, pero no se hace pública. Ha tenido que pasar un año para que supiéramos que Felipe VI hizo llegar copia de esta carta a su padre, “así como a las autoridades competentes” y comunicó por escrito al despacho de abogados británico que ni Felipe VI ni la Casa del Rey “tenían conocimiento, participación o responsabilidad alguna” de la supuesta designación como heredero. Hemos sabido también que el 12 de abril siguiente el rey compareció ante notario para dejar acta notarial de estos extremos (se supone que a fin de fabricar una futura prueba).

Luego, el 27 de mayo de 2019 el rey emérito anuncia que en junio de ese año “pone fin a toda actividad institucional u oficial, retirándose completamente de la vida pública”. Pero no hace la menor alusión a la causa.

El escándalo salta al fin cuando aparecen informaciones que señalan a Felipe VI como beneficiario de las fundaciones Zagatka, propiedad de Álvaro de Orleans, primo de Juan Carlos I, a quien pagó numerosos vuelos en aviones privados, y Lucum, investigada por la Fiscalía Anticorrupción por recibir supuestamente 100 millones de dólares de Arabia Saudí.

Es entonces, el 16 de marzo pasado, cuando Felipe VI comunica lo que hizo un año antes y es entonces cuando retira a su padre la asignación que tiene fijada en los presupuestos de la Casa del Rey (194.232 euros anuales).

Los diversos informes que van saliendo a la luz revelan una estructura offshore como trama de blanqueo de capitales encabezada por el rey emérito y con su hijo el rey Felipe como segundo adjudicatario de la fortuna. El futuro es borrascoso. Corinna Larsen en una entrevista para la BBC acusa a la Casa Real de ser “una empresa familiar” que se lucra desde hace 40 años. Y lo grave es que esa acusación, sea o no verdadera, resulta muy creíble.

La hace más creíble que el emérito haya huido sin dar explicaciones.

¿Por qué el interés en conservar esta institución?

Apelan algunos, en su afán por mantener la monarquía, al mal final que han tenido las repúblicas españolas, y se fijan sobre todo en la última, achacando sus males a su propia naturaleza, y no a que, como intento progresista, recibió la ofensiva brutal de todas las fuerzas reaccionarias del país.

Otros, contradiciendo su tradición republicana, aceptan la monarquía porque no ven alternativa por ahora.

Alegan que no es momento de abrir este tema porque tenemos grandes problemas que solucionar y no podemos distraernos con asuntos menores. Pero hasta ahora nunca fue buen momento, ni siquiera cuando el PSOE tenía mayoría absoluta y hubiera podido conseguir el apoyo de otras fuerzas.

A estos renuentes les parece inoportuno incluso que se plantee el asunto, sin tener en cuenta que una cosa es modificar la Constitución y otra muy distinta poner un tema sobre la mesa para que la libre discusión vaya generando una opinión pública bien informada. Estamos en un momento en que se hace necesario discutir la conveniencia de convertir España en un Estado federal republicano.

Hay sin embargo un tercer argumento para defender la monarquía y es considerarla el mejor sistema para mantener la unidad en países que tienden a fragmentarse; pues siendo hereditaria la jefatura del Estado queda al margen y por encima de cualquier grupo, partido o territorio, y así funciona como símbolo de unidad de modo más eficiente que si la ostentara el miembro de un partido político. Esa sería la utilidad de monarquías parlamentarias en Estados plurinacionales, como el Reino Unido, Bélgica o la misma España.

Ahora bien, si tan bueno es que el jefe del Estado no sea elegible, ¿por qué no hacer lo mismo con el jefe del gobierno? La verdadera razón de la utilidad de la monarquía es que una mayoría de la población está aferrada a viejas tradiciones, poco evolucionada mentalmente y adoradora del prestigio de la sangre azul, al punto que un problema para las monarquías actuales son los matrimonios de miembros de la familia real con personas no pertenecientes a la realeza o, al menos, a la alta aristocracia.

Pero en España los escándalos del rey emérito unidos a la desafortunada toma de posición del rey Felipe VI en su discurso del 3-O, impiden que la monarquía pueda hacer ese papel de cemento unificante. Tiene un decreciente apoyo entre la gente joven y ha perdido casi todo su carisma allí donde su papel podría ser más efectivo, en Euskadi y Cataluña, territorios animados por el sentimiento independentista.

La situación actual

Pienso que sería un paso adelante eliminar nuestra monarquía y convertir España en un Estado federal republicano, pero para eso hace falta una mayoría en el Parlamento que por ahora no se da. Claro que pueden aparecer mañana nuevas revelaciones que obliguen a un replanteamiento del tema.

Pero si no fuera así, la cosa no es sin embargo tan grave. Puesto que los principios democráticos no se respetan en parte alguna, la forma de Estado pasa a ser asunto secundario. Tanto en monarquía como en república tenemos una mayoría dominada y explotada, tenemos medios de comunicación en manos de bancos y fondos buitre y tenemos una educación popular entregada a las antiescuelas (publicidad, influencers, modelos sociales, escuelas privadas) contra las que poco puede una escuela pública mal diseñada y sin medios.

Puesto que no podemos por ahora convertir nuestro país en “una España moderna, con un sistema político, económico y social avanzado, fraguado en la libertad, en la justicia y en la solidaridad”, resignémonos a lo que hay, aunque sin privarnos de criticarlo desde la objetividad de quien utiliza la razón y no tiene apuestas en el sistema.

Resignémonos por tanto a soportar la monarquía, aunque preguntándonos si podría ser menos gravosa y más presentable.

Creo que no, porque para ello sería necesario:

-Que se despoje de sus títulos y honores a Juan Carlos, sea expulsado de la Casa Real y se le exija que devuelva todo lo adquirido fraudulentamente.

-Que el actual rey declare ante el Parlamento que ha sido sido completamente ajeno a los trapicheos de su padre.

-Que no interfiera si los jueces se atreven a juzgar a Juan Carlos como corresponde.

-Que el Parlamento investigue todo lo relativo al comportamiento y los bienes del rey emérito durante los cuarenta años de su reinado.

-Que se apliquen a los miembros de la Casa Real las normas de transparencia aplicables a los cargos públicos, y que cada uno de esos miembros presente una declaración de bienes ante el Parlamento. No olvidemos que la Ley 19/2013 de Transparencia, Acceso a la Información Pública y Buen Gobierno se aplica a los altos cargos del Poder Ejecutivo, los órganos de los poderes Legislativo y Judicial, así como otros órganos constitucionales y reguladores. También a los partidos políticos, organizaciones sindicales y empresariales, pero nada dice sobre la declaración pública de actividades, bienes y patrimonio de la Familia Real.

-Que si cualquiera de los miembros de la Casa Real tiene bienes no declarados hasta ahora, o ha blanqueado dinero o ha evadido impuestos, se someta a la justicia.

-Que se modifique la legislación sobre la Casa Real, limitando la inviolabilidad del rey a aquellos actos que tienen que ser refrendados por el gobierno.

-Que el rey deje de ser jefe supremo de las Fuerzas Armadas.

¿Verdad que ni siquiera esto es posible? Pues sigamos con las mentiras de que se nutre la Gran Mentira.

jmchamorro@jmchamorro.info

FEMINISMO Y TEORÍAS FEMINISTAS (III): LA TEORÍA MARXISTA

Silvia Federici y otras feministas influenciadas por el marxismo han criticado a Marx porque no analizó la forma específica de explotación de las mujeres en la sociedad capitalista moderna. El problema de la mujer carece de presencia en las formulaciones tradicionales de la teoría marxista pese a que Marx, Engels y, por ejemplo, Auguste Bebel, miembro del partido marxista alemán SDAP, y autor de La mujer y el socialismo, denunciaron en el siglo XIX la brutal explotación de las mujeres.

Pienso que ello se debe al error de teorizar las clases sociales básicamente con el criterio estructural, es decir, por la posición de las personas respecto a la estructura económica, de lo que se ha seguido la tendencia a primar a dos clases, la burguesía (los dueños de los medios de producción) y el proletariado (los obligados a vender su fuerza de trabajo), quedando las mujeres distribuidas en esas dos clases de la misma forma que los hombres.

Pese a esta y otras deficiencias, sobre las que hay mucha literatura, el marxismo es la única teoría general existente por ahora en el campo social.

Contra el predominio del marxismo se intentaron dos estrategias, siendo la más razonable formular una teoría alternativa de carácter conservador. Lo intentó a medias Max Weber y de manera más completa T. Parsons, que utilizó la teoría de sistemas, inexistente en tiempos de Marx, e incluyó en el núcleo de su teoría el modelo psicológico de Tolman. Este intento se llamó funcionalista porque venía a decir que en la sociedad no hay conflicto, sino que cada parte del sistema social cumple la función de contribuir a la estabilidad del todo. No preveía disfunciones ni conflictos irresolubles (por ejemplo el de clases) de manera que la teoría se tuvo que abandonar por insolvente. Luego ni siquiera ha llegado a fracasar la teoría habermasiana, tan ingenua y con pilares tan imaginarios que sólo sirve para conversaciones y páginas académicas.

A la vista de estos fracasos se eligió una segunda estrategia inaugurada por Merton, discípulo de Parsons, que desde el campo de la sociología abominó de las teorías generales (como si pensara “ya que la nuestra no vale, que no valga ninguna”) y prescribió las teorías de corto alcance, estrategia a la que se sumó a su modo el pensamiento posmoderno con enorme ahínco y despliegue, como describí en la entrada anterior de este blog.

Pero el decaimiento de la teoría marxista no ha venido de estos ataques, sino de que acabó siendo una escolástica en torno a unos dogmas, no una ciencia en progreso, y perdió por ello la posición de máximo prestigio intelectual de que gozaba durante la primera mitad del pasado siglo.

No hay problema para eliminar sus defectos y completarla en lo que sea necesario con el conocimiento que se ha ido acumulando en el campo de las ciencias sociales desde tiempos de Marx. Pues lo cierto es que fuera del marxismo se trabaja en la oscuridad teórica o a la mera luz del conocimiento ordinario.

Una teoría feminista de carácter marxista se diferencia de otras en que no habla de géneros ni se limita a hablar de hombres y mujeres. Habla de dominación y explotación, pero no colocando a los hombres en la parte activa y a las mujeres en la pasiva. Más bien establece clases de hombres y clases de mujeres por la posición de unos y otras en la estructura económica y por la asimilación de distintas ideologías, en algunas de las cuales quedan disueltos los elementos pervivientes de la llamada cultura patriarcal.

La teoría marxista describe nuestras sociedades capitalistas como falsas democracias, con un Estado que garantiza que la clase que dispone de la mayoría de la riqueza domine y explote a las clases sociales populares. Hombres y mujeres están apresados en una estructura de clases que se superpone a la división por sexos. Una parte de las mujeres pertenece a la minoría explotadora o a sus instrumentos de dominación, mientras la mayor parte de las mujeres y de los hombres pertenecen a la mayoría explotada, estando además las mujeres de esa mayoría sometidas a una doble dominación y explotación.

La derecha quiere presentar esos conceptos como una demagogia trasnochada, precisamente ahora, que el nivel de dominación y explotación alcanza cotas realmente escandalosas y la lucha de clases latente ofrece continuos y preocupantes indicios, aunque sea en la forma transmutada de odio mutuo entre grupos sociales extensos.

¿Qué entenderemos por sexo? ¿Hay hombres y mujeres?

Vengo hablando de mujeres y hombres como si esta distinción tuviera sentido, como si realmente hubiera mujeres y hombres en el mundo y no una ilimitada variación de rasgos que hacen imposible toda clasificación.

Actualmente para distinguir entre hombres y mujeres los textos médicos emplean los criterios biológicos siguientes: a) sexo genético, es decir la presencia de cromosomas sexuales XX en las mujeres y XY en los hombres, y la presencia o ausencia de genes determinantes del sexo; b) estructura gonadal (presencia de ovarios en las mujeres y testículos en los hombres); c) la forma de los genitales externos (pene y vulva); d) la morfología de los genitales internos (útero y trompas de Falopio en las mujeres y su ausencia en los hombres), y e) las hormonas sexuales (estrógenos y progesterona en las mujeres y andrógenos en los hombres).

Cuando nace una persona se inscribe al nacido como varón si tiene pene y testículos, y se inscribe a la nacida como hembra si tiene vulva y vagina, y se da por supuesto que si el niño o la niña obedecen a los modelos normales van a cumplir con los criterios restantes. Esto no ocurre siempre, hay anomalías. A veces nacen personas intersexuales, hermafroditas o con una disposición cromosómica contraria a su sexo fenotípico; por ejemplo, hombres con cromosomas XX o con niveles elevados de estrógenos y progesterona, o mujeres XY, o con cifras elevadas de andrógenos. Además, puede darse un número anormal de cromosomas, tales como el síndrome de Turner, en el que está presente sólo un cromosoma X, y el síndrome de Klinefelter, en el cual están presentes dos cromosomas X y un cromosoma Y. Otras disposiciones cromosómicas menos frecuentes son las de tres, cuatro o cinco X.

¿Quiere ello decir, como afirma algún científico simpatizante de la teoría queer, que no está claro qué es un hombre y qué una mujer, o que, dada la individualidad biológica, no existen dos, cinco o un número determinado de sexos, sino un sexo individual, que puede oponerse perfectamente al paradigma de dos sexos únicos y que se acerca más a la amplitud y riqueza de las expresiones psíquicas y sociales de los transgéneros? En absoluto. Aunque en cada individuo exista una combinación única de elementos masculinos y femeninos ello no es obstáculo a que hagamos clasificaciones útiles, sin las cuales no podríamos hablar de nada, ni de árboles, animales, tormentas o zanahorias, pues nos veríamos obligados a hablar sólo de cada unidad como objeto único e inclasificable, y desaparecerían del lenguaje todos los nombres comunes a cambio de infinitos nombres propios. No nos sería posible hacer generalizaciones útiles y por tanto quedaría anulado tanto el conocimiento ordinario como la ciencia con sus leyes.

Clasificar es agrupar entidades que comparten alguna cualidad, aunque difieran en otras cualidades.

Dividir a la población en las dos grandes clases de hombres y mujeres por el criterio morfológico antes indicado vale para la mayoría de las cuestiones que atañen al sexo, que son muchas e importantes, aunque para otras sea preciso establecer subclases dentro de cada una de ellas.

Por ejemplo, si estudiamos la homosexualidad o la bisexualidad tendremos que contar con las subclases de hombres y mujeres homosexuales o bisexuales para comparar sus innatismos y aprendizajes con los de las personas heterosexuales. Si nos ocupamos de la intersexualidad o del hermafroditismo tendremos que seleccionar como clase a las personas intersexuales o hermafroditas para establecer comparaciones con las que no lo son.

En un porcentaje abrumador los hombres se consideran hombres y las mujeres mujeres. Está luego el pequeño porcentaje de personas trans, divisible en la subclase de hombres trans (hombres que no quieren ser hombres y que quieren ser mujeres, llamados “mujeres trans”) y la subclase de mujeres trans (mujeres que no quieren ser mujeres y que quieren ser hombres, llamadas “hombres trans”). Y aun dentro de cada una de estas dos clases hemos de considerar como nuevas subclases la de las personas que se hormonan, la de las que se hormonan y recurren a la cirugía y la de las que ni se hormonan ni recurren a la cirugía.

Decir que las personas trans eligen su género no ayuda a entender las cosas, más bien las confunde.

Para cualquier progresista las personas trans tienen pleno derecho a hacer con sus cuerpos lo que quieran, a presentarse ante los demás como prefieran y a pensar de sí mismas lo que les dicte su mente. Además merecen respeto social, protección frente a maltratos y cualquier ayuda que necesiten. En esto consiste el respeto a los derechos humanos. Tienen también derecho a que su condición quede reflejada en los registros públicos. El hombre que se considera mujer tiene derecho a que se le inscriba como lo que es, un hombre trans, y la mujer que se considera hombre como una mujer trans. A lo que no tienen derecho es a imponer a los demás su teoría posmoderna. Un hombre trans puede considerarse mujer, pero no tiene derecho a que los demás le consideren mujer. Desde una teoría que no se haya rendido al pensamiento posmoderno está claro que la pretensión de las personas trans sólo puede desembocar en una imitación, nunca en un cambio de sexo. Imitación, insisto, a la que tienen derecho y que debe ser respetada, eso es todo.

Lo mismo piensa Debbie Hayton, mujer trans y profesora de secundaria en Reino Unido, que en un artículo muy sensato (ver aquí) ha escrito: “como mujeres trans […] tenemos que ser honestas. Somos hombres y, por lo tanto no somos lo mismo que mujeres.”

¿Cómo es posible que la aberración intelectual posmoderna haya tenido y siga teniendo seguidores? Sólo por una razón, porque el pensamiento racional que se podía oponer, el marxista, hace tiempo que escapó del campo de batalla ideológico.

Una cosa es el sexo biológico y otra las ideologías sobre el sexo a las que luego me refiero. Fuera de estos espacios quedan los deseos y sentires, y allá cada cual con los suyos.

Dominación

En el principio fue la fuerza corporal. Los hombres más fuertes en la caza, la guerra, las justas o el deporte conseguían honores, riquezas y poder, y ninguna mujer podía sentirse a salvo si no tenía hombres (padre, hermanos, esposo) que la defendieran de la fuerza de otros hombres. Los hombres más fuertes podían elegir a las mujeres de su gusto, y ellas no tenían otra forma de sentirse protegidas. De manera que por su mayor fuerza corporal los hombres dominaron a las mujeres, los hombres fuertes a los débiles y los adultos a los niños.

Todavía es la fuerza la que sigue decidiendo los papeles sociales, sólo que ahora ya no está vinculada al cuerpo del hombre. Ahora reside sobre todo en la riqueza, capaz de doblegar voluntades, controlar Estados, fabricar leyes y enfrentarse con éxito a la fuerza opuesta, sea en el propio país o en el ámbito internacional. La élite en el poder está formada por quienes han adquirido la propiedad o el control del capital industrial y financiero.

Para ocupar establemente una posición explotadora es necesario mantener la dominación sobre la mayoría social, y por eso la élite económica se auxilia de los detentadores del poder político, los altos funcionarios, los controladores de los medios de comunicación, los intelectuales influyentes y los gerentes de las grandes corporaciones, servicios por los que paga tan bien que muchos de estos servidores pasan a formar parte de la élite económica. Por ejemplo, los salarios de los primeros ejecutivos del IBEX 35 suponen 100 veces el salario medio de las personas que trabajan en dichas empresas, y eso es sólo una parte de sus emolumentos.

Como bien captó Marx, el Estado, que se presenta como neutral, es una institución al servicio de la clase dominante, cuyos intereses son defendidos por la legislación, la judicatura y el monopolio de la fuerza (policías, carceleros). “Hoy el Poder público -se dice en el Manifiesto Comunista- viene a ser, pura y simplemente, el Consejo de administración que rige los intereses colectivos de la clase burguesa.”

Este es el Poder al que Foucault prefirió no mirar, sustituyéndolo por numerosos micropoderes que se contraponen y anulan unos a otros.

Siendo la dominación básicamente el monopolio estatal de la violencia, puede tomar dos formas, la que se denomina dictadura y la que se denomina democracia, asunto al que ya me he referido en otras entradas de este blog (ver aquí).

No quiere esto decir que toda posición relevante en los mecanismos del Estado, o de los medios, o de la Universidad tenga por finalidad mantener una estructura social explotadora, pues también cabe una actividad antisistema, bien que, tras las grandes revoluciones del pasado, esa actividad se viene mostrando poco poderosa.

2. Como antes dije, hay mujeres que ocupan puestos en las estructuras de dominación de clase (altos cargos públicos y alto funcionariado, legisladoras, comunicadoras influyentes, etc.), aunque en una gran proporción, sin embargo, las mujeres son víctimas de dominación de clase y víctimas además de dominación por sexo.

Las mujeres han estado relegadas a ciudadanas de segunda clase en la sociedad y dentro de la familia durante el tiempo en que la fuerza de las leyes les impedían ejercer derechos en igualdad con los hombres. Baste recordar el derecho de sufragio, el de contratar sin tutela masculina, el de disponer de la misma libertad sexual que el varón en temas como la virginidad o el adulterio, etc.

Gracias sobre todo a la lucha de las mujeres encuadradas en movimientos feministas, la violencia legal ha casi desaparecido en muchos países, no todavía en todos. La nueva legislación intenta imponer una relación de igualdad entre los sexos, pero no tiene éxito completo. Todavía seguimos viviendo efectos de una distribución de poder que nació de la legislación antigua, y todavía hay formas de dominación que tienen que ver con la fuerza corporal (por ejemplo la violencia machista en la familia y fuera de ella cuando llega al acoso, la violación o el asesinato).

Explotación

1. La explotación ha tomado a lo largo de la historia diversas formas, pero es en todo caso una desviación de lo que debería ser un reparto equitativo de la riqueza social.

Marx consideró que en el capitalismo el mecanismo de la explotación es la plusvalía (el valor que el trabajador produce más allá del que el patrono le paga), concepción que ha recibido críticas, algunas con fundamento, y de las que han deducido los conservadores que la explotación no existe, algo tan audaz como si alguien dedujera, del error ocasional de un epidemiólogo, que la actual pandemia no existe.

El marxista analítico J. Roemer elaboró en 1982 (Una teoría general de la explotación y la clase) una definición de explotación cuya ventaja es que no la liga a los conceptos de producción y plusvalía, como hizo Marx, sino al de mercado.

Parte Roemer de la idea de que la riqueza de una sociedad es la que es y si en el reparto unos pocos se llevan la mayor parte a muchos otros les ha de quedar la parte menor, lo que quiere decir que hay una relación causal entre riqueza y pobreza, relación que habitualmente se ignora.

Diremos que el rico explota al pobre cuando pueden establecerse dos condiciones: que el bienestar del rico depende causalmente de las privaciones del pobre (los ricos son ricos porque los pobres son pobres y al contrario); y que el bienestar del rico depende del esfuerzo del pobre (el rico, a través de un mecanismo u otro, se apropia de parte de los frutos del trabajo del pobre). El primero de estos criterios define por sí mismo la opresión económica, pero no la explotación. Obreros sin trabajo son, en esos términos, económicamente oprimidos pero no explotados.

Roemer demuestra mediante una serie de modelos matemáticos que la explotación basada en el mercado es estrictamente una consecuencia de la desigual distribución de los derechos de propiedad sobre los medios de producción. Dada esa desigualdad el intercambio mercantil tiene como resultado una transferencia explotadora de trabajo desde los pobres en propiedad a los ricos en propiedad, todo ello al margen de la naturaleza de las relaciones de producción. Resultaría así que la función principal del mercado no es ser la mano invisible que controla la economía, sino servir de mecanismo para esa transferencia, que concede riqueza y pobreza personales sin tener en cuenta la aportación de cada cual y sus necesidades. Estos días hemos podido ver la contribución importante al bienestar colectivo de trabajos despreciados y mal pagados por el mercado.

La explotación aumenta no sólo cuanto menos se pague por el trabajo (mejor si no se paga nada, como ocurre con una parte del trabajo que hacen las mujeres) sino además cuanto más se mueva el mercado. Para que la explotación llegue a los niveles que conocemos es necesario producir sin tasa, no importa qué, ya se encargará la publicidad de fabricar el deseo y la necesidad. Conocemos los efectos que sobre el medio ambiente tiene el consumo incontinente, pero eso no importa a los que se enriquecen ni a sus gobiernos vasallos. De manera que la publicidad es cada día más atosigante y descarnada, y el afán consumista más peligroso, mientras la producción incontinente se presenta como el único remedio contra el paro y la recesión económica.

2. De lo anterior se sigue que ocupan una posición explotadora quienes reciben más de lo que les correspondería según su contribución y sus necesidades, y que ocupan posición de explotados los que reciben menos. Se trata de un criterio de clasificación que tiene límites borrosos en el centro, pero claros en la parte alta y baja de la pirámide social.

Hay que añadir que este proceso se caracteriza por la realimentación positiva. Al concurrir al mercado en diferentes posiciones podemos predecir que, en general, los ricos se irán haciendo más ricos a costa de los restantes, lo que significa que se colocarán en posición de recibir mayores dosis del trasvase que el mercado realiza desde los bolsillos de los más a los bolsillos de los menos. Tal predicción se cumple. No se cumple en cambio la predicción conservadora de que, cuanto más dinero haya en manos de los ricos, más aumentará la riqueza social y más se beneficiarán los pobres.

Este concepto de explotación es técnico, no moral. Se puede ocupar una posición explotadora siendo persona compasiva, se puede ocupar esa posición sin conciencia de estar haciendo daño a nadie. Pensemos en alguien que lucha por los derechos humanos y que hereda una gran fortuna. Esa gran fortuna le convierte en objetivamente explotador según la definición anterior, lo que no dice nada sobre su contextura moral.

3. Si cruzamos el criterio estructural de clase con el de sexo encontramos la clase de mujeres que, aunque en menor número que los hombres, están en posición de explotadoras por su nivel de ingresos. Dado que el sexo produce relaciones familiares, hay mujeres unidas por esas relaciones con hombres que ocupan posiciones de explotación. En la medida en que ellas disfruten del patrimonio familiar están compartiendo esa posición.

Pero al igual que ocurre con la dominación, la mayoría de las mujeres se ven sometidas, además de a la explotación por clase, a una explotación por sexo.

En efecto, siguen realizando de manera gratuita la mayor parte de los trabajos necesarios para la reproducción de la sociedad, condición imprescindible para que la vida económica sea posible.

Con frecuencia su salario es inferior al del hombre por el mismo trabajo (en las empresas del IBEX, por ejemplo, el salario medio de los hombres fue en 2018 de 46 mil euros frente a 39 mil de las mujeres).

Realizan casi en exclusiva una serie de trabajos (de cuidados, de limpieza en hoteles y hospitales, de empleo doméstico) muy mal pagados, especialmente si se trata de mujeres inmigrantes o pertenecientes a otras etnias.

La mayoría de las familias monoparentales (en España cerca de dos millones) están encabezadas por mujeres que caen en la pobreza o en la extrema pobreza porque el cuidado de los hijos les impide trabajar fuera de casa salvo en la economía sumergida o en puestos de trabajo mal retribuidos.

Hay mujeres que cobran lo mismo que los hombres por el mismo trabajo (por ejemplo funcionarias públicas de nivel medio y bajo), pero la maternidad las penaliza con dificultades que impiden el mismo progreso profesional que los hombres.

La caída en las redes de prostitución y el recurso al vientre de alquiler da idea de la situación de explotación extrema en que se encuentran muchas mujeres.

La ideología que legitima dominación y explotación

Hablar de cultura patriarcal no sirve de mucho para describir un panorama sociológico lleno de complejidades. Hay por el contrario que tomar en cuenta distintos tipos de ideología.

Se puede llamar ideología a la estructura mental de cada persona, esto es, al sistema de conocimientos, afectos y pautas de conducta que genera comportamientos. Incluye la forma de concebir la sociedad, la riqueza y la pobreza, el delito, la vida honorable según sexo y posición social, la relación entre los sexos, la vida y la muerte, el alma, dios, la otra vida, la ciencia, etc.

En las sociedades elitistas no hay un solo modelo de ideología compartido por todos sus miembros, no van asimilando los mismos significados los niños que las niñas, ni los de clases altas que bajas. Son muy diferentes las experiencias y las enseñanzas en una familia de campesinos pobres, o de terratenientes, o de aristócratas ricos, o de intelectuales.

Cierto que hay elementos que se repiten, compartidos por un número grande de personas, pero se integran en sistemas diferentes y con efectos diferentes.

Puesto que el estudio de las ideologías es básico, se pueden hacer clasificaciones según criterios que dependerán del propósito de cada investigación. A la izquierda anticapitalista, por ejemplo, le interesa para políticas a largo plazo tener en cuenta diferencias entre ideologías prosistema y antisistema, y dentro de ellas diferenciar por capacidad para asimilar información nueva y también por estructura afectiva (altruista o egoísta). En esa trama de ideologías hay que reordenar a las distintas clases de hombres y mujeres.

Las ideologías antisistema propugnan la emancipación, mientras que las prosistema legitiman un sistema injusto. En las primeras puede darse la coherencia y la objetividad, mientras que las segundas necesariamente han de consistir en lo que Marx denominó “falsa conciencia”, es decir, en falsedades que se difunden desde púlpitos, símbolos, arte, literatura popular, fábulas, etc. y que niños y niñas van aprendiendo ligadas a su afectividad más profunda, la que tiene que ver con la aceptación social, la seguridad terrena y la salvación ultraterrena. A su predominio contribuye no sólo la costumbre modelada por milenios de elitismo, sino el sistema educativo deficiente, la conformación de la opinión pública mediante los medios de comunicación más influyentes, todos en manos del capital, y el continuo ofrecimiento de modelos que la publicidad lleva a cabo.

En este sentido peyorativo, la ideología puede definirse como un estado de conciencia a través del cual hombres y mujeres son ignorantes del origen social de sus ideas, valores y creencias, de la conexión de todo ello con intereses de clase o de sexo y del papel que esas ideas juegan en el mantenimiento y reproducción del orden social, un orden social de hecho injusto y modificable, pero presentado como natural, inevitable y justo. El valor funcional de la ideología así considerada es grande, pues en la medida en que facilita la adaptación de las personas explotadas ahorra a las clases dominantes el empleo de la fuerza para reducirlas a su condición.

2. Dada la ancestral relación entre el trono y el altar, las religiones han contribuido a la ideología legitimadora de la riqueza privada, tanto en mujeres como en hombres, ocultando que esa riqueza es efecto de la pobreza ajena (es decir, ocultando la relación causal entre riqueza y pobreza). Dios prohíbe el robo, y el pobre lo acepta, dado que no quiere que le roben lo poco que tiene. El pobre que encuentra la cartera del rico y la devuelve es ensalzado por su honradez. Tan interiorizada está la malicia del ataque a la propiedad ajena que una acusación humillante es haber hurtado una crema de belleza en un supermercado. Cualquier manifestación que ponga en cuestión el derecho de propiedad sin límites es en seguida perseguida como si fuera un ataque a un sagrado derecho humano.

La riqueza resulta así un ideal de vida que mujeres y hombres desean como si no tuviera contraindicaciones y efectos perversos. El rico no hace mal a nadie, incluso puede hacer el bien si dedica una parte de su riqueza a la caridad y la filantropía. Si el rico tiene una fábrica con mil empleados no se dice que explota a mil trabajadores, sino que da trabajo a mil personas que le deben la suerte de no estar en paro. Y como fomentar el deseo de riqueza puede tener efectos perversos si demasiada gente es consciente de que no tiene una vía para conseguirla, ahí están las loterías, que aplazan indefinidamente la conciencia de suprema frustración.

La relación causal entre riqueza y pobreza se niega con el argumento de que la riqueza aumenta si la mayor parte del dinero está en manos de los ricos, que son los que mejor lo hacen rendir. Por tanto la riqueza del rico beneficia al pobre. Se añade que si se abruma al rico mediante impuestos, los emprendedores perderán motivación y la riqueza de la sociedad bajará y por tanto habrá más pobres. Una ojeada a la realidad da cuenta del supremo cinismo de estos argumentos.

Ideología para legitimar el machismo

Las ideas, valores y pautas que legitiman el machismo están aún plenamente vigentes en muchas partes del mundo. Entre nosotros más de lo que parece. Tienen dos funciones: la que justifica la posición subordinada de la mujer y la que ensalza a la mujer para que su posición subordinada le resulte atractiva.

a) El papel subordinado de la mujer se ha justificado recurriendo al determinismo biológico, interpretado como que la mujer es por naturaleza inferior al hombre, tanto desde el punto de vista físico como intelectual y moral. De ahí que requiera la tutela masculina.

Para conseguir que la mujer sea una propiedad fiel del hombre se ha doblegado su naturaleza con ayuda de las religiones y las buenas costumbres, sometiéndola al ideal de la honestidad y de la fidelidad.

Que la mujer sea virgen cuando llega al matrimonio y que luego sea fiel al marido (o dicho de otra forma, que no conozca a otro hombre que a su dueño) no sólo garantiza la paternidad, sino que da seguridad al hombre, ya que su mujer no puede establecer comparaciones a la hora de juzgar. El adulterio femenino, que no el masculino, ha recibido un implacable castigo social.

Dedicadas las mujeres a tareas consideradas menores, las domésticas y de cuidados (“la mujer honrada, la pierna quebrada y en casa”), los hombres han podido tomar como prueba de la inferioridad femenina lo que sólo era un efecto del orden social, de la educación y de las costumbres.

Decía Bebel refiriéndose a la situación de la mujer a fines del siglo XIX que “las condiciones mantenidas durante una larga serie de generaciones acaban por convertirse en costumbres: la herencia y la educación las hacen aparecer como “naturales” a las dos partes interesadas. Es así como la mujer acepta todavía hoy su situación de inferioridad como una cosa evidente por sí misma. Nos cuesta mucho demostrarle que su situación es indigna de ella, y que ella debe buscar por convertirse en un miembro de la sociedad que posea los mismos derechos que el hombre, y sea su igual bajo toda relación.”

b) Al tiempo que se ha considerado a la mujer inferior, débil y semi incapacitada (incluso para ofender: “manos blancas no ofenden”), se la ha compensado con gestos de caballerosidad, y haciéndole creer que es la depositaria de la belleza (bello sexo) y objeto del amor romántico del hombre. Con el mito del amor hasta la muerte se disfraza un instinto biológico que tiene plazo de caducidad, y la imagen del matrimonio que dura toda la vida, en amor feliz, pasa a ser símbolo del ideal de vida.

La mujer es ensalzada por su papel fundamental en la casa mientras el hombre gana fuera el sustento de la familia, ella como complemento del hombre, generadora de estabilidad, apoyo en la lucha (detrás de cada gran hombre hay una gran mujer) y sobre todo madre (y así se puede conciliar el desprecio a las mujeres con la devoción por la madre).

Una consecuencia es que todo lo que no sea heterosexualidad dirigida al matrimonio se considera una aberración socialmente perseguible.

2. Aunque este machismo tradicional carece ya de apoyo legal (gracias a la batalla dada por el feminismo), sigue influyendo en el comportamiento de una parte de la población, mujeres incluidas.

Vivimos una crisis cultural, y ello quiere decir que las viejas ideas y valores han entrado en quiebra en su formulación explícita, lo que no significa que no sigan haciendo efecto en muchas mentes por su secreta conexión con otras ideas y valores.

Hay mujeres que, por su hábito de fidelidad a lo que aprendieron, ven con antipatía el comportamiento de las nuevas generaciones feministas, las hay que conservan ideas y valores de la vieja cultura patriarcal porque son de clase alta y repudian todo intento subversivo del orden social, y hay muchachas que aceptan que su chico les controle el teléfono móvil sin derecho a hacer ellas lo mismo.

La hostilidad que sigue habiendo en nuestras sociedades contra las formas no heterosexuales hace que muchos deportistas no se atrevan a salir del armario por miedo a la reacción de compañeros y aficionados.

Y hay hombres que aceptan tesis del feminismo (como que hay que repartir las tareas domésticas), pero se hacen los distraídos cuando la mujer, siguiendo hábitos culturales, se ocupa de la mayor parte de esas tareas.

Cierto que contra estos residuos hay una oposición cada vez mayor, en la que coinciden los distintos feminismos y un número creciente de hombres.

El punto ciego

Algo es sin embargo sorprendente. Las feministas que están atentas al uso de la imagen femenina en la publicidad, no lo están tanto al contenido de la publicidad misma. Pues dejan fuera de foco, o al menos no lo incluyen en sus discursos y condenas, el principal residuo de la ideología machista, plenamente vigente y de incalculables efectos. La idea del bello sexo y del amor romántico persiste con inusitada fuerza: los chicos al gimnasio y las chicas a realzar su belleza con vestidos sugerentes, pinturas y adornos a fin de aumentar su capacidad de seducción para encontrar el amor sin el que la vida no vale la pena.

Esta creación ideológica es la más insidiosa y peligrosa, pues sirve para marcar a la mujer como lo ocioso, lo desnaturalizado, lo desvalorizado tanto si no ha accedido a belleza y amor, como si el paso del tiempo ha marchitado la fragante realidad de la juventud.

Si pocas mujeres jóvenes aceptan ya su inferioridad respecto al hombre, casi todas aceptan este mito, del que se derivan numerosas consecuencias acerca de motivaciones, preferencias, papeles, autoestima y prácticas. Entre ellas una forma de “ser y sentirse mujer”. Ahí tenemos a las numerosas mujeres jóvenes contratadas para publicidad y presentación de programas en televisión, que actúan como modelos a seguir. ¿Qué las diferencia de los hombres que tienen papeles semejantes? El exceso de maquillaje, el vestuario sugerente que ha de cambiar en cada aparición, lo mismo que el peinado, y los altísimos tacones de aguja. Incluso los hombres trans que quieren parecer mujeres imitan, sobre todo, este aspecto espurio de la feminidad. Sobre este punto me remito a Machismo oculto (en hombres y mujeres).

Dos feminismos

1. Si pasamos de las mujeres a los movimientos feministas y los relacionamos con las estructuras de dominación y explotación, podemos dividirlos en prosistema y antisistema.

El feminismo prosistema (incluido el de orientación socialdemócrata), lucha para que las mujeres no sean más explotadas y dominadas que los hombres, pero acepta que lo sean tanto como ellos. Lucha también para que las mujeres puedan ser tan explotadoras y dominadoras como los hombres, es decir, lucha contra el techo de cristal que impide a las mujeres el ascenso a esas posiciones de explotación y dominación. En muchas ocasiones la discriminación positiva tiene este propósito.

No quiere ello decir que las feministas conservadoras no se estén empleando en una lucha legítima, sino que, si se cumplieran todos sus propósitos, aún así la mayoría de las mujeres seguiría condenada a la dominación y explotación de clase.

En cambio el feminismo antisistema defiende que, puesto que muchas mujeres sufren una doble dominación y una doble explotación, lo adecuado a sus intereses es luchar por una doble liberación, la cual implica también la liberación de los hombres, por lo que han de coincidir en su lucha con los hombres que militan en una izquierda anticapitalista.

2. De esta breve exposición del asunto se concluye que una teoría de clases que tome en cuenta la explotación y dominación estructurales y además su relación con el sexo, nos obliga a dividir la clase de las mujeres y la clase de los hombres en subclases que nos permiten hacer análisis tan finos como se quiera sin emplear el término “género” en sus distintas combinaciones, que más que a explicar vienen a ocultar la riqueza de situaciones e intereses.

Quienes consideran que el “género” es una categorización de las actitudes que son ‘masculinas’ o femeninas'”, tales como que “la niña debe hacer la limpieza y el varón no debe llorar”, no parecen haber percibido que hay ideologías emergentes y en crecimiento que no aceptan esas categorizaciones. Por su ideología podemos distinguir diferentes clases de hombres y de mujeres que se sitúan en posiciones distintas y aun contrarias respecto al eje dominación-explotación. Esas clases son investigables, con indudable ventaja para nuestro conocimiento de la situación.

jmchamorro@jmchamorro.info

FEMINISMOS Y TEORÍAS FEMINISTAS (II): LA FILOSOFÍA POSMODERNA Y LAS TEORÍAS DE GÉNERO y QUEER

Hay una polémica reciente, muy encendida, que tomo como introducción al tema de que me voy a ocupar.

La comunidad trans ha venido contando con el apoyo de las agrupaciones feministas y también del gobierno del PSOE, por cuya iniciativa la ley 3/2007 permite el cambio de sexo en el registro civil a mayores de 18 años si un informe clínico diagnostica la disforia de género (disonancia entre el sexo biológico y la identidad sexual sentida) y el solicitante ha sido tratado médicamente durante al menos dos años (con exigencia de hormonación, aunque no de cirugía de reasignación sexual).

El caso es que los grupos queer no están satisfechos con lo conseguido y quieren que baste la petición personal de un niño o un adulto para que el registro civil altere la asignación de sexo. De manera que se puede ser oficialmente hoy hombre, mañana mujer y otra vez hombre, con los efectos sociales que de ello se siguen y que estarían originados, en perjuicio de terceros, por una sola voluntad individual. El colectivo queer afirma que exigir condiciones, como el informe de un psicólogo o la prueba de que ha habido un proceso de hormonación previa, es patologizar a la persona trans e impedir su autoasignación.

El PSOE, lo mismo que Unidas Podemos en las propuestas de Ley Trans de 2018 y de LGTBI de 2017, se había plegado a estas exigencias y pasó a defender que es suficiente para la alteración del registro una declaración que deje acreditada la voluntad del solicitante. Pero más tarde ha reconsiderado el asunto y ha enviado desde Ferraz a sus cargos orgánicos un argumentario en el que se opone a que los sentimientos de una persona tengan “automáticamente efectos jurídicos plenos”, exigiendo ahora una “situación estable de transexualidad”, con lo que se vuelve a la ley 3/2007 impulsada por Zapatero.

La decisión se argumenta apelando a las consecuencias de la autoasignación de sexo: afectaría a las estadísticas, que se desagregan por sexos para saber si hay discriminación, desigualdad laboral o social, feminización de la pobreza y techo de cristal; sería por otra parte un ataque a la ley de violencia de género, pues un hombre maltratador podría declarar que se siente mujer para no ser juzgado por este delito; los efectos jurídicos automáticos podrían además afectar a las políticas de paridad y de representación equilibrada de las mujeres e impactar en recursos y servicios como casas de acogida.

Cabe añadir que la no discriminación en el deporte que exigen las personas trans podría llevar a que jugadores de fútbol, tras declararse mujeres, pretendieran entrar en un equipo femenino y consideraran una agresión a los derechos humanos que las normas federativas lo impidieran.

La reacción de miembros del colectivo trans ha llenado estos días muchas páginas. Baste citar la de Patricia Reguero en el diario El Salto, la de Ruth Toledano en eldiario.com, o la de la Fundación Triángulo y la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Trans y Bisexuales (FELGTB), esta última recordando que la autodeterminación de género de las personas trans ha sido exigida por varios organismos internacionales, entre ellos Amnistía Internacional o el Consejo de Europa, así como la propia Organización Mundial de la Salud (OMS) que despatologizó la transexualidad en 2018.

Sus comentarios son semejantes a los de la diputada de la Asamblea de Madrid, Carla Antonelli, que en una entrevista publicada en Público el 21 de junio, acusa al PSOE y al Partido Feminista de España (PFE) de transfobia y de delito de odio, así como de usar “la misma estrategia que utiliza la extrema derecha y el machismo recalcitrante para desvirtuar todos los logros que hemos conseguido las mujeres”.

El PFE ha respondido que Antonelli falsea datos al afirmar que la OMS ha retirado del catálogo de patologías la disforia de género, pues se ha limitado en 2019 a reemplazar el diagnóstico de “disforia de género” por el de ‘incongruencia de género’, que en una nueva edición de su guía ‘Clasificación Estadística Internacional de Enfermedades y Problemas Relacionados con la Salud’ queda definida como una condición relacionada con la salud sexual de una persona, en lugar de un trastorno mental y de comportamiento.

Añade el PFE que es además una calumnia acusarle de tránsfobo, pues aparte de que su presidenta Lidia Falcón defendió a homosexuales, lesbianas y transexuales ante los tribunales franquistas con riesgo de ser ella misma perseguida, en el programa del PFE se pide la financiación pública de los tratamientos hormonales y la cirugía de reasignación de sexo, y por otra parte el Partido Feminista tiene entre sus afiliadas a mujeres reasignadas que se muestran enormemente disgustadas con la propuesta de Ley Trans de 2018 y la de LGTBI de 2017. Una cosa, dice el PFE, es la transexualidad, cuyas opciones se aceptan legalmente desde la Ley de 2007, y otra la “autodeterminación de género” que pretende aprobar Unidas Podemos como ley Trans, constructo lingüístico que no significa nada y que permite a cualquier persona cambiar de sexo por su sola declaración.

Finalmente, el PFE se muestra absolutamente contrario a que los menores, a quienes la ley les impide comprar una casa, vivir independientes, contratar, tener cuenta bancaria y votar, puedan sin embargo decidir su cambio de sexo y sean inscritos como tales por su sola voluntad, y que incluso puedan someterse a bloqueadores de hormonas desde el comienzo de la pubertad y posteriormente a cirugía reasignativa.

Hasta aquí una reseña de la última polémica. Pasemos a considerar las teorías implicadas.

Los orígenes filosóficos de los feminismos posmodernos

Han proliferado teorías feministas que, desdeñando los términos sexo, hombre, mujer, machismo, dominación, explotación e ideología, utilizan “género” con distintos añadidos bajo el supuesto de que el sexo es una construcción social, o incluso individual, como llega a decir la doctrina queer.

No puede entenderse bien el trasfondo de estas teorías si no se retrocede en busca de sus inspiraciones, y tenemos para ello que ir a la filosofía que imperó desde los años 20 a los 70 del pasado siglo en el ámbito anglosajón, la llamada filosofía analítica o positivismo lógico.

Esta filosofía había surgido en el llamado Círculo de Viena, formado por filósofos, lógicos, matemáticos y científicos, y aunque nació en el continente europeo se considera de tradición anglosajona porque se situó en el ámbito del empirismo inglés, sus miembros militaban contra las ideas metafísicas típicas de la tradición continental y el ascenso del nazismo hizo que algunos de sus miembros emigraran a EE UU, donde esta filosofía tuvo su mayor desarrollo.

Se trata de una filosofía positivista (es decir, que entiende que el método científico debe emplearse en todas las cuestiones cognoscibles, sean naturales o sociales), y sus principios básicos iniciales eran éstos (que aclaro con ejemplos inspirados en el actual contexto):

-Los hechos son independientes de la teoría y previos a ella. Los hombres y las mujeres son hechos del mundo preexistentes a cualquier teoría sobre hombres y mujeres.

-A cada hecho del mundo corresponde una oración del lenguaje. Por ejemplo, al hecho del mundo consistente en que Pedro afirma que es una mujer corresponde la oración “Pedro afirma que es una mujer”.

-Cada oración es significativa sólo si es susceptible de someterse a un proceso de verificación (aunque resulte de ese proceso que es falsa). La oración “Pedro es una mujer” es verificable y resulta falsa porque Pedro no es una mujer, pero en todo caso es una oración con significado. En cambio “Dios ha creado el mundo” no puede ser verificada y por tanto es un sinsentido.

-Las leyes científicas se inducen a partir de observaciones de hechos.

De estos principios se seguía que al no versar sobre objetos observables quedaban condenadas como sinsentidos no sólo las proposiciones de la teología y de la metafísica (“el infinito es perfecto”) sino también las afirmaciones sobre la mente (por ejemplo, las del psicoanálisis). La única psicología aceptable era para estos filósofos el conductismo, que se limita a poner en relación estímulos observables con respuestas observables.

Pensaban estos filósofos que para hablar de la realidad está la ciencia. Pero entonces ¿a qué se dedicaba la filosofía analítica si se abstenía de hablar de la realidad? Se limitaba al análisis lógico del lenguaje.

Naturalmente los choques de estos filósofos con los restantes eran continuos. Recuerdo esos enfrentamientos en la Universidad Autónoma de Madrid cada vez que los filósofos analíticos pedían a los marxistas que definieran con precisión las relaciones entre estructura y superestructura o cuando pedían a los metafísicos que definieran con precisión cualquiera de los términos que empleaban. El grado de exasperación a que llegaban estas discusiones lo refleja el hecho de que el ancho de la mesa que los separaba impidió en ocasiones que los discutidores llegaran a las manos.

El rigor lógico de la filosofía analítica en el uso del lenguaje era tan grande y su forma de argumentar tan poderosa que sus contrarios no sabían plantar batalla. Ocurrió por ello que las críticas fuertes al positivismo lógico no provinieron de sus enemigos, sino que se fueron fraguando desde dentro, fueron autocríticas. Examinándolas es fácil comprobar cómo se generaron las ideas básicas de algunas teorías feministas actuales.

La autocrítica del positivismo lógico

En un artículo muy discutido de 1951 (Dos dogmas del empirismo) W.O. Quine criticó la idea de que las afirmaciones observacionales son verificables de una en una, pues cada afirmación sólo adquiere verdad o falsedad inserta en una teoría y por relación con ella. En consecuencia no son las oraciones individuales, sino las teorías las que resultan verificadas o falsadas. No se puede verificar “Pedro es una mujer” sin insertar esta afirmación en una teoría que defina qué es un hombre y qué una mujer, qué es Pedro, etc.

Más tarde N.R. Hanson puso en cuestión la independencia de los hechos respecto a la teoría cuando defendió en una obra de 1958 (Patrones de descubrimiento) que toda observación lleva una carga teórica y que por ello T. Brahe y J. Kepler no veían lo mismo cuando observaban el movimiento del sol en el firmamento, pues era diferente la carga teórica que cada uno adosaba a su observación: Brahe una teoría geocéntrica, Kepler una teoría heliocéntrica.

Luego el debate suscitado por Kuhn, Popper, Lakatos y Feyerabend acerca de la historia de la Física moderna dejó claro que es posible teorizar sobre objetos no directamente observables (entidades que están por encima o por debajo de las dimensiones observables o que sólo pueden manifestarse en sus efectos, tales como la fuerza gravitacional, los campos magnéticos, los neutrinos, los agujeros negros, las cuerdas, etc.), los cuales sólo empiezan a contar, a tener realidad, cuando la teoría los afirma. Esta constatación dejó dañada la concepción inductivista de la ciencia (la tesis de que todas las leyes científicas han de ser inducidas a partir de observaciones de hechos).

A su vez, la autocrítica a la idea de que sólo tienen significado las oraciones verificables llegó cuando Wittgenstein, arrepentido de lo que había dicho en su primera etapa, afirmó que el significado de las expresiones no es unívoco y ligado a la verificación, sino que depende del uso del lenguaje y que, habiendo numerosos juegos de lenguaje, la misma expresión puede dar lugar a una pluralidad de experiencias significativas.

Siguendo este camino, J.L. Austin, en una obra de título revelador (De cómo hacer cosas con palabras) hizo notar que cuando se emplean ciertos verbos en primera persona del presente de indicativo, como “Yo os declaro marido y mujer”, “Yo te bautizo”, “Yo te prometo que acabaré la obra el próximo mes”, si la expresión ha sido pronunciada por la persona adecuada y en el contexto adecuado, se ha hecho una cosa con las palabras: que alguien quede bautizado, que una pareja se convierta en matrimonio, que alguien quede obligado por lo que prometió.

De manera que el lenguaje no sólo tiene el significado cognitivo que se sigue de la verificación, sino otros muchos. Y además una fuerza a la que se viene llamando performativa.

La exageración intencionada

La autocrítica era hasta aquí más o menos razonable y aprovechable, sobre todo porque obligaba a explorar nuevas líneas de pensamiento.

Pero en seguida se produjo una exageración. De la idea de que hay hechos dependientes de las teorías se pasó a la idea de que los hechos (todos los hechos) son dependientes de las teorías. Y de aquí sólo había un paso a decir que todos los hechos son fabricados por la teoría y que, por tanto, no existen fuera de ella.

Pero si es la teoría la que fabrica los hechos, hay que concluir que cada teoría fabrica las condiciones mismas de su verificación, de manera que la verdad es siempre interior a un sistema teórico. En consecuencia, los sistemas teóricos (y lo mismo las concepciones del mundo, las culturas) son entre sí incomparables (no hay hechos independientes con los que contrastarlos). Así que no se puede asegurar que una teoría cualquiera sea más verdadera que otra (en definitiva, que valga más que otra en el aspecto cognitivo). Puede haber por tanto teorías incompatibles y ser todas ellas igualmente verdaderas. Por la misma razón, desde una cultura no se puede juzgar a otra: las prácticas ajenas que a los miembros de una cultura les parecen inaceptables hay que mirarlos según los significados de la cultura en que se producen. Aplicando esta doctrina al burka, a la ablación o al matrimonio infantil: son elementos de una cultura que no se pueden valorar ni criticar desde otras.

Una crítica a la concepción constructivista del conocimiento

Cuando Hanson dijo que Brahe y Kepler veían cosas distintas al mirar al sol se equivocaba. Ambos veían lo mismo, el desplazamiento del sol por el firmamento. A ese movimiento se lo puede considerar un hecho bruto.

Otra cosa es la interpretación de ese hecho bruto, sea como efecto del movimiento del sol en torno a la tierra, sea como efecto del movimiento de la tierra en torno al sol. Esta interpretación depende de la teoría en que el hecho se integre. Pero el hecho es previo e independiente a cualquier interpretación.

De manera que, aunque es cierto que el científico tiene libertad para postular realidades directamente inobservables (realidades que, por tanto, dependen de las teorías que las postulan) también es cierto que hay hechos brutos que vienen dados con independencia de toda teoría y que son por ello transteóricos.

Muchos de ellos son previos a cualquier lenguaje, pues el niño aprende el lenguaje relacionando dos tipos de percepciones: las de los sonidos de la lengua y las de los objetos a que esos sonidos se refieren. Pero esos objetos no son fabricados por teoría alguna, que el niño aún no tiene, sino por su aparato perceptivo innato.

De ahí que individuos de todas las razas, épocas y culturas, con independencia de en qué modelos culturales integren sus percepciones, coinciden al discriminar el animal adulto y la cría, los alimentos y el agua, los rasgos sexuales de sus semejantes, el nacimiento y la muerte.

Incluso podemos considerar que son también hechos brutos, aunque de naturaleza sociológica, la cantidad de dinero que la mujer percibe como salario, comparable con la cantidad de dinero que recibe el hombre por trabajo semejante. O el número de horas que dedica una mujer a tareas del hogar por comparación con las que dedica su pareja masculina. O la mayor fuerza corporal del hombre como condición necesaria de una agresión machista. O el distinto nivel de riesgo que corren mujer y hombre si caminan de noche por una calle solitaria.

Podemos entonces admitir que cada teoría tiene sus verdades, pero añadiendo que éstas son comparables por su grado de objetividad, grado que se mide por su mayor o menor eficacia predictiva. Y son precisamente hechos brutos los que funcionan como tribunal en el que dirimir la eficacia predictiva, hechos como que alguien postrado en el lecho recupera su salud, que el cohete despega y se pierde de vista en el espacio, que señales lejanas se captan en un aparato receptor convertidas en palabras e imágenes, que en los hijos no se reproduce la enfermedad hereditaria de los padres, etc.

Es evidente que el mayor rango de objetividad lo tienen las verdades científicas y el menor las teológicas. Por ello en una pandemia es razonable escuchar a los cientificos y no a curanderos u obispos.

El sexo, es decir, la propiedad biológica por la que alguien es mujer u hombre, es un hecho bruto que no depende de teoría alguna y que está ahí como dato previo para cualquier teorización sobre mujeres y hombres.

Contra la ciencia y contra el marxismo

Siendo tan peregrina y tan contraria a estas evidencias la filosofía posmoderna, ¿cómo es posible que fuera aceptada y aplaudida? Pues, sencillamente, porque servía para devaluar tanto a la ciencia como al marxismo.

Si la verdad depende del punto de vista, no se puede asegurar que las verdades de la ciencia sean superiores a las de la teología, la metafísica o la astrología. Y lo mismo se puede decir del marxismo. Tiene sus verdades, pero no superiores a las de la teoría social de la iglesia católica o a las del neoliberalismo.

Parece comprensible que los metafísicos recibieran de muy buena gana la devaluación de la ciencia, su principal enemiga. Pero es difícil entender que recibieran esa devaluación con el mismo entusiasmo filósofos que habían venido militando en el positivismo. Se explica sin embargo si se tiene en cuenta que en el espacio anglosajón muchos filósofos se habían adherido a los principios positivistas porque no se atrevían a enfrentarse al paradigma dominante, pero en el fondo de sí mismos muy a disgusto. Eran secretamente dualistas (concebían al humano como compuesto de cuerpo y alma) y por tanto eran secretamente antipositivistas (creían que la ciencia, puesto que se ocupa sólo de procesos y relaciones materiales, no puede ocuparse de lo más profundamente humano, el alma y sus estados). Por eso recibieron con alborozo la crítica que destrozaba el edificio en que se habían visto obligados a vivir durante más de tres décadas.

P.K. Feyerabend, por ejemplo, que había sido inicialmente seguidor de las tesis del positivismo lógico y discípulo de Popper, abrazó en Adiós a la Razón ideas claramente irracionalistas y llegó a defender que no se pueden despreciar como inútiles sistemas de creencias como la astrología, la parapsicología o la medicina alternativa, a los que atribuyó un estatus equiparable al de la ciencia. En su papel de enfant terrible de la filosofía (frívolo dadaísta, dijo de sí mismo) proclamó su célebre lema Anything goes (Todo vale).

Algo parecido se puede decir del alivio con que recibieron la devaluación del marxismo todos los filósofos conservadores, pero también los que se habían adherido al marxismo obligados por circunstancias políticas (como los de la Escuela de Francfort) o por impulsos de la juventud (como algunos miembros de la filosofía parisina). Foucault por ejemplo, inspirador de la teoría queer, fue alumno de Louis Althusser y anduvo cercano al Partido Comunista Francés. Pero consideraba compatible la teoría marxista, que no conocía muy bien, con Nietzsche o Bataille. En seguida pensó que el “hipermarxismo” era contraproducente, por lo que puso en juego un concepto de poder que no tenía que ver con la clase dominante, “una trama de poder microscópico, capilar” socialmente distribuida. La lucha de clases quedaba así sustituida por lucha de cada uno contra todos los demás. No es de extrañar que Sartre le viera como “el último bastión de la burguesía”.

Por su parte Lyotard, basándose en la noción “juegos de lenguaje” de Wittgenstein, propuso una “incredulidad hacia las metanarrativas”, es decir, hacia las grandes teorías sobre el mundo, como el marxismo, frente a las que opuso, como esencia del pensamiento posmoderno, una abundancia de micronarrativas.

La tarea de desacreditar la teoría marxista fue muy premiada por el sistema. Estos filósofos obtuvieron cátedras, altas posiciones en la universidad, publicaciones sin tasa y críticas laudatorias que transformaron obras mediocres en cumbres del pensamiento occidental.

Unidos en un propósito común, analíticos y metafísicos empezaron en seguida a tomarse en serio mutuamente, algo que poco antes parecía impensable, y elaboraron una jerga impenetrable mezclando conceptos de Austin, Searle y el segundo Wittgenstein con los de Freud, Nietszche, Husserl. Heidegger, Kierkegaard y Sartre.

La filosofía oscura

Disfrazar la propuesta posmoderna con una maraña de términos sin significado preciso ha sido provechoso para estos filósofos, porque son muchos los que tienden a pensar que si no entienden un libro prestigioso es por su exceso de profundidad. A lo largo de muchos años como profesor en una Facultad de Filosofía, he tropezado con seguidores de Lacan que no podían demostrar que hubieran entendido a Lacán, seguidores de Derrida que no podían demostrar que hubieran entendido a Derrida, etc., lo que no va en desdoro de su capacidad lectora. Sólo cabe preguntar ¿por qué se decían seguidores de autores a los que no entendían?

Es revelador de esa oscuridad que Foucault haya sido tomado como anarquista, izquierdista, marxista manifiesto o disimulado, nihilista, antimarxista explícito o secreto, tecnócrata al servicio del gaullismo, neoliberal, etc., y es también significativo que él se haya sentido satisfecho de producir tan diversas interpretaciones.

Noam Chomsky cuenta (en La arquitectura del lenguaje) que conoció a Lacan personalmente y nunca entendió una sola palabra de todo lo que decía, crítica que extendió a Derrida. El mismo Lacan aceptaba que se le describiera como «el Góngora del psicoanálisis», porque usaba juegos de palabras, homofonías, equívocos, o inventaba, deformaba o fusionaba palabras conocidas. Pero lo peor es que estos filósofos, para hacer pasar su oscuridad por rigor extremo, utilizaban la lógica fregeana, modelos matemáticos, estructuras algebraicas, topologías de nudos o matemas y toda jerga científica que se les pusiera a tiro.

Para desenmascarar este tipo de impostura A. Sokal, profesor de física en la Universidad de Nueva York, envió en 1996 un artículo pseudocientífico a la revista postmoderna de estudios culturales Social Text, de la Universidad de Duke, con este título: «La transgresión de las fronteras: hacia una hermenéutica transformativa de la gravedad cuántica», en el que sostenía la desternillante tesis de que la gravedad cuántica es un constructo social; es decir, que la gravedad existe solamente porque la sociedad se comporta como si existiera, y que por tanto si no creyéramos en ella no nos afectaría. Pues bien, tal artículo fue publicado, lo que produjo un gran escándalo cuando se supo quién lo había elaborado y para qué.

Un año más tarde A. Sokal y J. Bricmont publicaron Imposturas intelectuales para demostrar que determinados intelectuales «posmodernos», como Lacan, Kristeva, Baudrillard y Deleuze, utilizaban fuera de contexto conceptos provenientes de las ciencias físico-matemáticas y los mezclaban con lenguaje pseudocientífico sin dar la menor justificación conceptual o empírica, ofuscando a sus lectores con palabras «sabias» sin preocuparse por su pertinencia o sentido, y negando la importancia de la verdad.

Catón el Viejo se admiraba de cómo un haruspex podía mirar a otro sin reírse. Cambiando harúspices por filósofos oscuros tenemos una buena razón para renovar aquella admiración.

La influencia del pensamiento posmoderno en el feminismo

Es tarea enojosa y desquiciante entrar en el maremagnum de escritos feministas inspirados en los conceptos oscuros y conservadores del pensamiento posmoderno.

Voy por ello a fijarme solamente en dos consecuencias de esa influencia: la sustitución de los términos sexo, hombre, mujer e ideología por el término género en distintas combinaciones; y la doctrina queer.

Es razonable que las feministas se opongan a la tesis de que las características biológicas de cada sexo determinan los papeles subordinados de las mujeres. Pero para oponerse a ese falso determinismo biológico es insensato negar los hechos biológicos. Tras aceptar que hay sexos y diferencias biológicas entre hombres y mujeres, se puede demostrar que ninguna de esas diferencias determina o justifica la subordinación de las mujeres ni el agravamiento de las condiciones de doble explotación que padecen muchas de ellas.

Pero no es este el camino seguido por el feminismo posmoderno.

Simone de Beauvoir escribió en El segundo sexo: “No se nace mujer: se llega a serlo. Ningún destino biológico, físico o económico define la figura que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; la civilización en conjunto es quien elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado al que se califica como femenino. Sólo la mediación de un ajeno puede constituir a un individuo como un Otro.”

Se trata de una formulación resultona, y por ello ha sido tantas veces citada, pero en su mayor parte vacía. La mediación de un ajeno, la constitución de un individuo como un Otro, el producto intermedio entre el macho y el castrado… palabras, palabras, palabras…

Se nace niña y a través de un proceso biológico se va pasando de la niñez a la pubertad, a la edad madura y a la vejez, no importa cultura, ideología o clase social. Más acertado sería decir que se nace animal, y que la cría humana se va convirtiendo en persona conforme adquiere el lenguaje de su grupo, adquisición que proporciona un concepto de yo y de otros, ideas sobre el propio sexo y el otro sexo, ideas acerca de papeles sexuales correctos e incorrectos, etc. Estas ideas no eliminan los hechos, sólo los interpretan, y en gran medida dependen de la estructura económico-política de la sociedad y de la ideología que la legitima.

La persistencia del sexo a través de los distintos niveles de realidad (biológico, psicológico y social) es abrumadoramente evidente: el embarazo y la maternidad influyen en la contratación laboral y en el progreso profesional de las mujeres; la menor fuerza corporal de la mujer es condición para el maltrato machista y la violación, esa menor fuerza física es la que determina que haya deporte masculino y deporte femenino, etc., etc.

Sin embargo el feminismo posmoderno afirma que el sexo es un dato que sólo vale en biología, por cuya teoría es creado, pero que el sexo biológico no es un hecho básico, ni siquiera importante, ni siquiera existente en el nivel sociológico, donde lo que importa es la conceptualización social, la fabricación cultural de géneros con roles específicos. De manera que se pasa a hablar de identidad de género, rol de género, simbolismo de género, binarismo de género, violencia de género, perspectiva de género…

Esto conduce a que una feminista, para expresar que se siente discriminada por ser mujer, diga por radio que se siente discriminada por razón de género, o que otra feminista, mientras utiliza la palabra “masculinidad” para hablar de la masculinidad, en cambio utilice “identidad de género” para hablar de la feminidad en el mismo párrafo, o que otras feministas digan que «ser trans no es una disidencia, es una identidad», y que se queden tan contentas, como si estuvieran por encima del lenguaje común y ello les diera una buena sensación.

Como es de esperar, dada una definición de “género” (digamos «roles socialmente construidos, comportamientos, actividades y atributos que una sociedad considera como apropiados para hombres y mujeres») no queda claro qué significa, por ejemplo, “violencia de género”. En buena lógica debería significar que el papel apropiado que la sociedad asigna al hombre es la violencia sobre la mujer. Pero ¿acaso son todos los hombres violentos con las mujeres? O bien podría significar que hay formas de violencia que la sociedad considera apropiadas para la mujer y otras apropiadas para el hombre. Pero entonces la expresión “violencia de género” se refiere tanto a la que ejercen mujeres sobre hombres como a la que ejercen hombres sobre mujeres, y por tanto es una expresión que va muy bien a la ideología de Vox. Sin embargo las feministas que hablan de violencia de género no se refieren a la que puedan ejercer mujeres sobre hombres, sino sólo a la socialmente preocupante, que es la que ejercen algunos hombres (machistas) sobre mujeres. Por tanto la expresión adecuada no es violencia de género sino “violencia machista”.

A su vez la expresión “perspectiva de género” debería referirse a la que considera la realidad desde los papeles y comportamientos de mujeres y hombres, pero la expresión se utiliza para examinar la discriminación de las mujeres desde la perspectiva de sus intereses. Por tanto la expresión correcta no es “perspectiva de género”, sino perspectiva femenina o feminista. Etc., etc.

La doctrina queer

La deriva posmoderna llega a su límite con la teoría queer, influida, calculen ustedes, por el postestructuralismo, el psicoanálisis de Lacan, el deconstructivismo de Derrida y la idea de performatividad, pero sobre todo por Foucault, que en su Historia de la Sexualidad afirma cosas como que el secreto del sexo no reside en esa realidad básica en la que se sitúan todas las incitaciones a hablar de sexo, fábula indispensable para la economía eternamente proliferante del discurso del sexo, bla, bla, bla, etc., etc.

Inspirándose en un concepto de performatividad sacado de contexto, Judith Butler dice que, del mismo modo que ciertas palabras tienen el poder de crear realidad (en contextos autorizados), nuestros comportamientos y acciones tienen el poder de construir la realidad de nuestros cuerpos. Y aunque los entornos sociales y culturales tienen efecto sobre nosotros, lo importante al final no es tanto la narrativa social cuanto las “narrativas” subjetivas. De forma que el sexo viene construido por la decisión particular de un niño o un adulto, que, a partir de repeticiones regulares y de actuar como un determinado sexo, desarrollan sexos que les son integrados. Esta es la razón de por qué nuestros cuerpos humanos no son ni macho ni hembra (o algo diferente), sino un total desconocido que no puede existir independientemente de nuestras ideas sobre él.

¿Cómo puede tener credibilidad un discurso de ligereza tan gratuita? Pues la tiene y de esa ligereza viene el concepto de “sexo sentido”, utilizado como si aludiera a algo cuando es en realidad un concepto vacío. ¿Qué es sentirse hombre o sentirse mujer?

Para responder a esta pregunta deberíamos tener claro el significado de los términos “sexo”, “hombre” y “mujer”, pero esto es algo que no interesa al pensamiento posmoderno, acostumbrado a utilizar los términos con una laxitud que les permite alterar a conveniencia el significado en cada contexto.

Si nos ponemos a indagar llegaremos a la conclusión de que el único criterio comúnmente utilizado en todos los tiempos y culturas es el biológico, y ello por la sencilla razón de que no hay otro. Se dice “ha nacido un niño” o “ha nacido una niña” en virtud de caracteres observables que están referidos al hecho fundamental de la reproducción, esto es, al sexo biológico. Y esa asignación inicial de sexo se sostiene a lo largo de la vida de las personas. Hasta la llegada del pensamiento posmoderno, por más que incluso la mayoría de las personas trans definen su “sexo sentido” por las características biológicas que quieren imitar mediante hormonas y cirugía.

El criterio biológico hace que el sexo, como hecho bruto, sea por completo independiente de nuestras narrativas subjetivas, de nuestros sentimientos y de nuestras acciones repetidas.

Cierto que la persona trans que ni se hormona ni recurre a la cirugía puede decir que su “sentirse mujer” no tiene que ver con características biológicas.

Pero entonces, si su concepto de mujer no se refiere a propiedades fisiológicas ha de referirse a propiedades mentales. ¿Y qué propiedades mentales distinguen al hombre de la mujer? Precisamente un principio del feminismo es que ninguna característica intelectual o afectiva independiente del aprendizaje distingue a mujeres de hombres. Ni siquiera podemos decir que las mujeres se caracterizan por su orientación hacia los hombres y al contrario, pues en tal caso tendríamos que considerar mujer al hombre gay y hombre a la mujer lesbiana.

Cierto que cabe hablar de hombres castrados y de hombres y mujeres estériles, pero siempre por referencia a los modelos biológicos de mujer y hombre. Nunca diríamos que un hombre castrado es una mujer, ni que una mujer estéril es un hombre.

¿En qué puede consistir entonces el “sexo sentido”? Hay sin duda innumerables maneras de sentirse mujer o de sentirse hombre y todas ellas pertenecen al interior mental de cada cual, pero sin duda no se puede sentir mujer de la misma manera la prostituta que la monja, la adolescente que la anciana, la que vive en la pobreza que la que se sirve de empleadas del hogar y es adicta a moda, joyas y cosmética. El otro día una contertulia de la SER confesó a Angels Barceló que estaba contenta por haberse puesto al fin zapatos de tacón tras el largo confinamiento, y las mujeres presentes estuvieron de acuerdo en que los zapatos de tacón empoderan a las mujeres. Ese verbo se utiliza mucho. Se ha dicho también que la minifalda empoderó a la mujer. He ahí una manera de sentirse mujeres que sin duda no es universal.

Las innumerables maneras de sentirse mujer u hombre sólo tienen una cosa en común: la forma en que las particularidades de la realidad corporal influyen en los contenidos mentales. En el “sentirse mujer”, como dije en la anterior entrada de este blog, necesariamente hay que incluir la forma en que se viven realidades que el hombre no conoce, las relacionadas con el desarrollo corporal en la adolescencia, la menstruación, los posibles embarazo, parto y aborto, la maternidad, la menopausia y el temor a las específicas patologías del aparato reproductor femenino, realidades desconocidas por el hombre que dice “sentirse mujer”.

En definitiva, el concepto de “sexo sentido” es una fantasía indefinida e incomprobable que podemos traducir por una expresión más realista: la persona trans repudia el sexo que tiene y quiere tener el otro, y para conseguirlo está dispuesta a cualquier sacrificio.

Pero esto equivale a decir que esa persona quiere un imposible que aboca necesariamente a lo que una trans ha llamado “ser un bolso de imitación”. Nadie tiene derecho a reprochar esa imitación, ciertamente dolorosa, que convierte a las personas trans en personajes trágicos, condenados a un nivel de frustración muy alto que ellas mismas proclaman cuando hablan de sus sufrimientos y de su mayor tasa de suicidios. Tienen además que padecer los efectos de una transfobia no erradicada, e inconvenientes que se siguen de que figuran oficialmente con el sexo que repudian y no con el que querrían tener. Por tanto merecen el apoyo de quienes respetan la libertad ajena y disponen de empatía. Tienen además derecho a que el Estado las defienda con actuaciones educativas en la escuela y con legislación específica.

A lo que su sufrimiento no les da derecho es a que la sociedad entera haya de plegarse a exigencias excesivas, y tampoco a teorizar sin que se les pueda contradecir, como si los demás estuviéramos obligados a asentir a sus conceptos. Deben aceptar que otros pensemos que, puesto que sentirse mujer siendo hombre no se sabe bien qué cosa pueda ser, pero en todo caso no equivale a ser mujer, la llamada “mujer trans” debería en puridad ser llamada “hombre trans”, y por la misma razón el llamado “hombre trans” debería ser llamado “mujer trans”, precisión lingüística que para nada afecta a sus derechos y que puede hacerse con toda la simpatía del mundo, como en este caso. Por supuesto que las personas trans no tienen por qué estar de acuerdo con esta precisión, pero entonces deberían rebatirla con argumentos, no con insultos y descalificaciones.

Ocurre que los argumentos son difíciles en el terreno de la posmodernidad, porque las teorías de género y queer se refutan a sí mismas. Pues si los hechos no existen, sino que son creados por la teoría cultural, o por la voluntad individual, entonces la explotación y discriminación de la mujer, y la violencia machista, y las “mujeres trans”, sólo existen a la luz de las teorías que las crean, pero no a la luz de otras teorías que las niegan. Y si no hay hechos objetivos e independientes con los que confrontar las teorías, todas valen lo mismo, la de género, la queer y la patriarcal.

A la izquierda le conviene saber de dónde viene cada idea y para qué, ahora que estamos inmersos en el pensamiento posmoderno conservador. Tanto la teoría de género como la queer, aparentemente radicales, son inofensivas para la clase dominante, hasta el punto de que corporaciones como Apple o Coca Cola apoyan las campañas LGTB y los desfiles del Orgullo, y subvencionan cátedras, departamentos y becas de estudios de género y queer.

En la próxima entrada de este blog terminaré estas reflexiones con la exposición de la teoría feminista que puede derivarse de un marxismo puesto al día.

jmchamorro@jmchamorro.info