Archivo por meses: julio 2013

¿Ciencia económica?

El FMI auguró en 2007 buenas perspectivas para la economía mundial, justo un año antes del estallido de la crisis. Fue uno de sus errores clamorosos. Ahora reconoce otro. En un informe firmado por Olivier Blanchard, economista jefe del Fondo, y Daniel Leigh, se afirma que el Fondo se equivocó en sus previsiones sobre Grecia. “Hemos encontrado que los realizadores de pronósticos subestimaron significativamente el incremento en el desempleo y la caída en el consumo privado y la inversión asociados a la consolidación fiscal.”

Mientras se había calculado que cada euro de consolidación fiscal (de recortes) sólo supondría la pérdida de medio euro en el PIB (y por ello se recomendaba un fuerte ajuste para salir de la crisis) ha resultado que en algunos casos cada euro de consolidación fiscal ha supuesto una pérdida en el PIB de más de un euro. De manera que la austeridad que se proclamaba como imprescindible se ve ahora como algo a rectificar. Y entretanto mucha gente ha sufrido consecuencias desastrosas y en muchos casos irreversibles.

¿Quién puede seguir creyendo que esta gente actúa guiada por análisis y predicciones científicas? Están aplicados a lo que les interesa: debilitar la educación y la sanidad públicas, meter el miedo en el cuerpo a los futuros pensionistas, hacer la reforma laboral que deseaban los empresarios. Todo ello, eso sí, bajo el supuesto de que no hay alternativa porque las leyes económicas lo imponen.

Ahora se atreven a festejar buenos indicios: empezamos a salir de la crisis y dentro de poco estaremos fuera. Tratan de preparar el terreno para achacarse el mérito si  la mejoría se aprecia antes de las próximas elecciones. Nos dirán entonces que su mano dura libró de la hecatombe al país entero.

La crisis pasará, claro está, no hay crisis que cien años dure, y sus causantes se irán por lo general con grandes beneficios y sin ningún castigo. Supongamos que la economía vuelve a arrojar datos satisfactorios. La cuestión es ¿a qué precio?

Si en el país que nos dejen acaba disminuyendo el paro eso querrá decir que muchos accederán a un trabajo de esclavos, mal pagado y sin derechos ni garantías, pero que se aceptará por miedo y se recibirá como un favor a agradecer. Y la sanidad y la educación serán más cicateras para todos y más costosas, e incluso inasequibles para muchos de los que no las puedan pagar.

De esto, naturalmente, nuestros actuales gobernantes no hablan. Se limitan a festejar las supuestas buenas perspectivas. ¿Qué por qué tienen una cara tan dura? Porque la cara dura es un requisito imprescindible de todo político dedicado a defender lo que hay.

¿Y por qué los partidos de la oposición no se oponen con suficiente eficacia? El PSOE porque es también un partido conservador, que además carece de autoridad moral después del último año de zapaterismo. Izquierda Unida no sé por qué, pero lo cierto es que no comparece ante los ciudadanos que necesitan razones y motivaciones para resistir, para decir “hasta aquí hemos llegado”.

 

Han hecho presa en las pensiones y no soltarán

En nuestro sistema de pensiones los contribuyentes no capitalizan sus aportaciones para cobrar sus futuras pensiones, sino que pagan con ellas las jubilaciones de las generaciones precedentes, con la expectativa de que las suyas serán pagadas con las cotizaciones de las generaciones futuras. Por ello la sostenibilidad se basa en la ratio entre trabajadores y pensionistas, conocida como “índice de soporte”.

El semanario británico The Economist llegaba a la conclusión, hace ya tres años, de que, sin grandes reformas, la gente de los países ricos no podrá retirarse en buenas condiciones. Pues, por una parte, la gente vive más. Los trabajadores se retiran hoy por lo general a la misma edad que hace medio siglo, pero cobran su pensión casi el doble de tiempo, pensión además revalorizada según inflación. Y por otra parte, la generación nacida durante la posguerra se está acercando a la jubilación y deja a las siguientes generaciones, menos numerosas, una enorme carga.

Se calcula que a mediados de este siglo el índice de soporte habrá descendido en España a 1,5%, es decir, que cada tres trabajadores tendrán que soportar a dos jubilados, lo cual es inviable.

Se puede decir, para empezar, que los hechos y las previsiones que se utilizan en análisis como éste son falsos o inexactos, como bien demuestra Vicenç Navarro al cuestionar ideas comunes sobre las pensiones en un artículo publicado en PÚBLICO el 4 de junio pasado.

Pero me quiero referir a otro aspecto del asunto. Y es que casi todo lo que se lee y oye sobre la sostenibilidad del sistema de pensiones parte del axioma de que las pensiones están vinculadas a las cotizaciones de empresas y trabajadores y al Fondo de Reserva, de lo que se sigue que, si las cotizaciones y el Fondo no son suficientes para mantener el sistema, éste se hunde irremisiblemente.

Este axioma de partida se ha afirmado tantas veces que incluso muchos defensores del sistema de pensiones público lo dan por bueno y argumentan a partir de él. Por eso interesa poner de manifiesto que estamos ante un axioma falso.

Supongamos que el actual sistema de pensiones quiebra. ¿Deberían por ello sufrir las pensiones? En absoluto. El pago de pensiones es una obligación de nuestro Estado (arts. 41 y 50 de la Constitución) para la que necesita recursos, que puede extraer de diversas fuentes. Su obligación no está condicionada a que haya fondos en la caja de la Seguridad Social vía cotizaciones, así que en el caso de que las cotizaciones lleguen en algún momento a ser insuficientes, el Estado debe sacar recursos de otras fuentes para cumplir esa obligación.

La obtención de recursos por la vía de las cotizaciones es solamente una de las opciones posibles, y no la más razonable. En realidad es una opción injusta, pues obliga al trabajador a pagar sus impuestos y además a pagar una cotización a la Seguridad Social. Lo justo es que no se pague cotización alguna y que el Estado obtenga de los impuestos directos los recursos necesarios para una Seguridad Social eficiente.

Ir por esta vía obligaría, claro está, a aumentar significativamente la carga impositiva de los que más tienen. De las grandes fortunas y de los beneficios de las grandes empresas se puede recuperar dinero más que suficiente para el cumplimiento de las obligaciones estatales, de manera que las pensiones podrían aumentar sin ningún riesgo a partir de unos mínimos que garanticen una vida digna según el estándar social vigente.

Claro que esto es algo a lo que nuestros gobernantes no están dispuestos (véase el reciente informe de la FAES sobre reforma fiscal). Quieren hacer de las pensiones un negocio privado y siguen afirmando, con una cara tan dura que causa pasmo, que es demagógico exigir más impuestos a las rentas altas.

La solución que la derecha propone es acudir a los planes privados de pensiones, espacio de un suculento negocio que los tiburones del mercado no quieren perder. Lo que no dicen es que muchos planes privados de pensiones no van bien. Y que cuando van bien dependen de los mercados y por tanto pueden dejar de ir bien en cualquier momento.

Los que estamos en frente debemos denunciar la estrategia de agitar el fantasma de la insuficiencia de las cotizaciones para asustar a la gente y encauzarla hacia los seguros privados. Debemos exigir pensiones públicas mejoradas a partir de impuestos justos que graven razonablemente la riqueza privada. No es el mercado (un mecanismo irracional) quien debe decidir a qué bolsillos va la riqueza producida con el trabajo de la población, sino la misma sociedad a través de una adecuada política fiscal que acabe con las brutales e insoportables diferencias que el mercado produce. Entonces no habrá problema para garantizar las pensiones, y además pensiones superiores a las actuales. Suban o bajen las cotizaciones.

Si se empeñan en discriminar, discriminación positiva, por favor

Intentando justificar la exigencia de un 6,5 para obtener una beca, el Sr. Wert ha dicho que los recursos escasos del ministerio de Educación no se deben distribuir en forma de limosnas,sino como contribución de recursos que la sociedad hace con justa correspondencia. Y ha añadido: “No hay discurso más demagógico que aquel que intenta oponer la exigencia de rendimiento a la equidad. Lo realmente equitativo es que algo que sale de un conjunto de los ciudadanos sea correspondido con un rendimiento aceptable y lo que sería inequitativo es hacer lo contrario.”

Ha dicho también que los alumnos que necesitan beca y no llegan al 6,5 de media deberían tal vez pensar que su sitio está en otra parte, no en la Universidad.

El ministro, que apela a la ética del esfuerzo y a la promoción de la excelencia, parece convencido de que es equitativo exigir un 6,5 al alumno que carece de recursos y sólo un cinco al que los tiene. Parece convencido de que el alumno sin recursos que saca un seis de media debe llegar a la conclusión de que su sitio no está en la Universidad, mientras no tiene por qué llegar a tal conclusión el alumno con recursos que saca un cinco.

A gentes razonables de la misma derecha les quedan sin embargo algunos escrúpulos. Si se utiliza como argumento que el alumno becado es el que debe estar agradecido y al que, por tanto, se le debe aplicar la exigencia de mayor rendimiento, ocurre, por una parte, que el alumno sin beca está de hecho becado en un 70%, pues la matrícula que paga no llega al 30% de lo que cuesta mantener su puesto de estudiante, de manera que todo alumno debería estar igualmente agradecido y ser objeto de las mismas exigencias. Y por otra parte, si las becas no se deben entender como una limosna (y efectivamente no lo son, sino la satisfacción del derecho que tiene todo alumno al estudio en igualdad de condiciones con todos los demás), ¿por qué quien recibe una beca debe estar agradecido y estudiar más que el que no la necesita?

Pero olvidémonos de este extraño ministro y entremos en el tema. Si aceptamos la relación causal entre clase social y fracaso escolar (ver lo expuesto sobre este asunto en Capitalismo: el crimen global), hemos de admitir que, para llegar al mismo resultado, los estudiantes de familias con menos recursos tienen por lo general que vencer muchas más dificultades que los de familias con más recursos. Por ello, y sigo hablando en general, un alumno de familia sin recursos que llega al 4 promete más y merece más ayuda que un alumno de familia con recursos que llega al 5. Esta afirmación no es una mera conclusión lógica, sino que los hechos la confirman: la calificación media de los alumnos becados es superior a la de alumnos no becados.

Por tanto, a fin de compensar las diferencias en el punto de partida, sería de justicia sustituir la discriminación negativa por una discriminación positiva y conceder becas a los carentes de recursos que se hayan aproximado al cinco que se exige al alumno de clase media. Quien pertenece a una familia sin recursos debería recibir una beca si llega al 4 en los estudios previos.

Un último comentario sobre este asunto: el señor Wert, como ejecutor obediente de la política neoliberal, no es un buen defensor del capitalismo. Los buenos defensores son los socialdemócratas, porque, al extender a toda la población determinados derechos y ventajas, desactivan sus razones para la insurrección.

Los neoliberales parecen enemigos del capitalismo porque, mientras siguen buscando argumentos que puedan convencer de que la injusticia que producen es razonable y conveniente, la exageran tanto que van dejando desnudas, a la vista de todos, las mentiras que deberían permanecer ocultas.

Un elemento indispensable para que el capitalismo y su democracia aparezcan legitimados es la llamada igualdad de oportunidades. No se puede discriminar al que carece de recursos, exigiéndole más nota para el acceso a la Universidad, y al mismo tiempo afirmar que estamos en una democracia regida por el principio de no discriminación.

Cierto que en el capitalismo no puede haber igualdad de oportunidades, pero cabe fingirla con eficacia frente a una población ingenua. En eso consiste el llamado Estado del Bienestar, uno de cuyos pilares es precisamente el sistema de becas, que parece garantizar que la falta de recursos económicos de la familia no cerrará a nadie la puerta de los estudios.

Y ahora viene el señor Wert y se descuelga con una política de becas que acaba con el simulacro de la igualdad de oportunidades y abre los ojos a muchos que andaban engañados. Si el señor Wert quiere que el capitalismo simule la equidad que no puede tener, aplique la discriminación positiva, que no sólo es de justicia, sino que haría al capitalismo menos odioso.

¿Son conscientes los neoliberales de hasta qué punto una política implacable inspirada en la codicia y la falta de empatía está haciendo cada vez más difícil la defensa racional del capitalismo? Cospedal ha dicho de Wert que es muy valiente. ¿O es más bien tan arrogante e inconsciente como los que le manejan a distancia y le apoyan?  Les apetece tanto tirar de la cuerda, que acabarán rompiéndola.