Archivo por meses: octubre 2013

INDEPENDENTISTAS CATALANES Y CEREMONIA DE BEATIFICACIÓN

En relación con la beatificación en Tarragona de 522 religiosos asesinados durante la guerra civil española, la Coordinadora para la Laicidad y la Dignidad, junto con diversas entidades, sindicatos, representantes del PSC e ICV y ciudadanos a título individual, han hecho un manifiesto que califica estas beatificaciones como “un insulto a la memoria y a la historia”.

Dentro de la propia Iglesia, la organización “Cristianas y Cristianos de Base” de Madrid, en un artículo titulado El escándalo de una beatificación sectaria, denuncia que los obispos “ignoran a los miles y miles de republicanos asesinados por los franquistas y cuyos restos siguen en las cunetas de nuestros caminos o en fosas comunes nunca abiertas”. El colectivo recuerda que la Iglesia “dio apoyo explícito” a la dictadura “con la que colaboró de forma decisiva desde los primeros momentos del golpe de Estado”, y la acusa de realizar una “instrumentalización partidista de los muertos” en vez de aprovechar la celebración “para pedir perdón a la ciudadanía” por el papel de la Iglesia “como impulsora” de la contienda, y por “su colaboración en la muerte o asesinato de miles de inocentes ofreciendo incluso listas de feligreses sospechosos a los pelotones de la muerte”. “Olvidar los miles de obreros, maestros, maestras, intelectuales, e incluso sacerdotes, asesinados por el franquismo por motivos de fidelidad al pueblo —y a menudo también a su fe— no solo es una injusticia, sino que hace imposible una verdadera reconciliación”, concluye esta organización.

El carácter sectario del acto (que por cierto ha sido avalado por el nuevo papa) se muestra efectivamente en que se beatifica a los que fueron asesinados por simpatizar con el ideario del bando franquista y se deja en el olvido a los asesinados por simpatizar con el ideario del bando republicano. No es por ello de extrañar que anunciaran su asistencia grupos ultraderechistas como Falange, Nudo Patriota Español, Alianza Nacional, España en marcha, Movimiento Católico Español y Democracia Nacional.

Este es un aspecto del asunto, pero el que ahora me interesa comentar es otro: que las aspiraciones nacionalistas de Cataluña nunca estuvieron tan heridas como durante el franquismo, que abolió las instituciones catalanas reconocidas durante la República y persiguió con saña toda muestra de nacionalismo, e incluso, más allá, el uso de la lengua catalana en el seno de la administración.

Y he aquí que Artur Mas, acompañado por algunos de sus consejeros, asiste a la beatificación selectiva junto a ministros como Gallardón y Fernández.

Desde el punto de vista de los significados simbólicos, se podría decir que Artur Mas se ha situado en el bando heredero de los que perpetraron la mayor agresión a las aspiraciones nacionalistas catalanas, y en un acto que ofende a los herederos de quienes se opusieron en nombre de una legalidad que reconocía a Cataluña una autonomía semejante a la que se disfruta en un Estado Federal.

No parece que la gran masa de independentistas catalanes se haya escandalizado, pero ¿qué ha hecho ERC? ¿Acaso ha reprochado vivamente a Artur Mas su asistencia al acto de Tarragona? Pues no. Su portavoz adjunto en el Parlament, Oriol Amorós, ha expresado su respeto por la beatificación, objetando simplemente que “no es una explicación de lo que pasó” durante la Guerra Civil y los años 30 en España.

Por supuesto que no. Por recordar algo: al final de la guerra civil la Generalidad hubo de exiliarse y el presidente Lluís Companys, que precisamente pertenecía a ERC, fue detenido por la Gestapo en Francia y extraditado y juzgado sumariamene en España. Condenado a muerte por haber defendido la legalidad constitucional republicana, fue fusilado en el castillo de Montjuic (y se podría decir, de manera simplificatoria, que por el mismo bando de los ahora beatificados). De 70.000 militantes que tenía ERC la mitad tuvo que exiliarse y otros muchos murieron luchando en la guerra civil contra el bando franquista o ejecutados después de la guerra.

La asistencia de Artur Mas a esa beatificación parece inexplicable (¿quién le mandaba ir allí?), pero tiene sin embargo una explicación, lo mismo que el silencio comprensivo de ERC.

Ya en su momento la élite económica catalana pactó con el franquismo, coincidiendo en ese pacto con la iglesia católica. Élite económica e iglesia católica coinciden siempre.

Para la iglesia es importante estar a bien con los que mandan en el terreno económico y en el político, así sean dictadores sangrientos (Franco, Pinochet, Videla, etc.). A su vez, para los grupos económicos y sus representantes políticos es importante estar a bien con la iglesia (tenerla a favor y por nada del mundo en contra), porque es una fábrica insuperable de ideología legitimadora y de influencia. Claro que la necesidad de contentar a la iglesia obliga en algún momento a contradicciones lamentables, como la de Artur Mas. ¡Qué se le va a hacer! Esperar que pase desapercibida.

Y es que el nacionalismo en CIU es condicional y secundario. Por debajo de las apariencias, el papel de CIU en Cataluña es el mismo que el del PP en España. Ahora, alegando que no se puede hacer otra cosa, CIU está ejecutando sin piedad la política que la derecha mundial impone, supeditando los intereses del pueblo catalán a los de la minoría bien instalada a la que sirve.

Puesto que la independencia no interesa a los grandes grupos económicos catalanes, el nacionalismo en manos de CIU es sólo un argumento para exculpar los pecados propios, satisfacer a sus afiliados nacionalistas, conseguir votos de independentistas y obtener del Gobierno español ventajas económicas y competenciales.

El problema es que Mas ha presionado tánto con la amenaza secesionista que el asunto se le ha escapado de las manos, con viva alarma de los grandes empresarios catalanes. Parece que, no sabiendo ya cómo frenar, sólo puede huir hacia adelante.

Entretanto ERC observa y espera relamiéndose. Cuidadosa de no dar un paso en falso, ha manifestado su respeto por una beatificación que debiera haber condenado. Cálculos electorales. No ha querido correr el riesgo de enojar a potenciales votantes católicos.

Al fondo, como decorado sin el que esta representación sería imposible, la ignorancia de la población, que los poderes establecidos tánto y tan bien promueven por acción y por omisión.

Pero en fin, no hagan caso de explicaciones de este tipo, que son inaceptables porque provienen del obsoleto marxismo. Son populistas y demagógicas, como bien dice la derecha, que es la que más sabe de populismo y demagogia.

ÉTICA TRADICIONAL NO, POR FAVOR

Cuando leo lo que dicen los éticos tradicionales no sé de qué asombrarme más, si del respeto con que se los escucha o de la inanidad de lo que dicen.

Con el rótulo de “ético tradicional” me refiero a casi todos los éticos profesionales y, entre ellos, a casi todos los que escriben libros de ética para su enseñanza en la escuela y la universidad. Afortunadamente hay también algunos éticos (pocos y menospreciados dentro de la comunidad académica) que piensan y escriben desde un punto de vista materialista, el único que, lejos de los mitos tradicionales, nos aproxima a un pensamiento científico sobre el comportamiento humano.

Entiendo por “ético tradicional” el que cree que todos los humanos tenemos, desde el nacimiento, una estructura moral semejante, es decir, una capacidad para captar el bien y el mal, una idea de deber orientado hacia el bien y una libertad metafísica para optar entre el bien y el mal. Estos son rasgos derivables del concepto de persona de la llamada psicología popular, la que en nuestra cultura aprendemos todos desde pequeños. Ya saben: el humano es un compuesto de cuerpo y alma, etcétera.

Ante el discurso del ético tradicional me viene a la mente esta parábola:

Un extraterrestre mal informado sobre las capacidades de los terrestres grita a uno de ellos: ¡salta!, exhortándole a que, para ahorrarse un duro rodeo, salve una montaña de un brinco.

Algo semejante hace a mi entender el ético que, mal informado de la naturaleza psíquica de los otros, les recomienda valores, acciones o actitudes que a él le parecen útiles, y que él tal vez realiza, pero que de hecho son irrealizables por aquellos a quienes exhorta.

¿NEUROÉTICA, NEUROPOLÍTICA?

Viene la reflexión precedente a cuento de unas declaraciones de Adela Cortina a El País y a la cadena SER con las que he tropezado estos días.

Lo que dice Adela Cortina puede escucharse en cualquier tertulia de gente que, siendo razonable, muestra desconocimiento de lo que ocurre por debajo de la superficie, tanto dentro de las personas como en su entorno social. Se trata de ideas ingenuas, pero que se reciben como si fueran esclarecedoras cuando las expone una persona a la que se ha presentado como Catedrática de Ética y Filosofía Política, premio Jovellanos por su libro Ética de la razón cordial y autora de otro libro titulado, nada menos, Neuroética y neuropolítica. Una persona capaz, por otra parte, de utilizar rótulos sofisticados, como el de “movilidad psíquica” para referirse a la situación en que los padres creen que sus hijos vivirán mejor que ellos.

Nos dice Adela Cortina que la crisis que estamos pasando deja una sensación de desconfianza, de que han fallado en la vida pública valores como la transparencia, la responsabilidad, la sana costumbre de rendir cuentas, los mecanismos de control de la economía y la política, la buena administración de los recursos públicos, la preocupación por los peor situados. Andamos por todo ello bajos de moral y eso es perverso.

Nada que oponer a esta constatación trivial, salvo que Adela Cortina da a entender que el fallo de valores está relacionado con la crisis, como si antes de la crisis hubiera en la vida política transparencia, responsabilidad, control, preocupación por los peor situados. ¿Por qué llegó entonces la crisis? ¿Por alguna catástrofe natural?

Cuando le preguntan qué valor da a que los mercados hayan mostrado su supremacía sobre la política, la señora Cortina nos dice que está cansada de la vieja costumbre de cargar responsabilidades a otros, a poder ser, a fuerzas oscuras a las que no se puede pedir cuentas. No le parece bien que se diga que la culpa es del sistema, o de los mercados, o de la globalización. ¿Es que nunca nadie tiene responsabilidades en todo esto? ¿Es que no hay gentes con nombres y apellidos que toman decisiones desastrosas para la sociedad en el mundo económico y en el político?

Vean que este es un discurso típico del conservador individualista, que reduce la política y la economía a responsabilidad moral de las personas que toman decisiones. Es por ello del gusto de casi todos los receptores, propensos a aplaudir exclamando “pues claro, muy bien dicho, por fin se oye algo sensato”.

Adela Cortina cree que la política y la economía se deterioran si sus gestores se sitúan más allá del bien y el mal moral. De manera que la política está lesionada porque muchos de los políticos no se interesan por los problemas de los ciudadanos, sino por maximizar su beneficio personal y grupal. Los repartos de prebendas, las tramas de corrupción despiertan la sensación de que “no nos representan”, la sensación de que no existe una real democracia representativa, menos aún deliberativa. No es extraño que cunda entonces la desafección hacia lo político.

A su vez la economía ha perdido legitimidad social porque las entidades financieras, empresas nacionales y transnacionales, analistas, auditores, instrumentos políticos de control, es decir, todo el conjunto de organizaciones con nombres y apellidos que la componen, actúan de espaldas al bien y al mal moral.

En este contexto Adela Cortina ve los recortes sociales en sanidad y educación con indignación y con estupor. Con indignación, porque recortar en prestaciones a los más débiles es radicalmente injusto, no digamos en educación y en sanidad, que son vitales para las gentes y para las sociedades. Con estupor, porque los recortes sociales quiebran la cohesión social indispensable para llevar un país adelante. Quien realiza esos recortes camina hacia el suicidio por falta de justicia y por falta de prudencia. El Estado de bienestar o, como ella cree que es mejor decir, el Estado de justicia, es una conquista a la que no podemos renunciar. El problema no es entonces “Estado de justicia, sí o no”, sino cómo hacerlo en este tiempo.

Cuando toca hablar de los remedios, nuestra catedrática, como buena ética tradicional, los coloca en el mismo sitio en que ha situado los males, esto es, en el plano individual. Ciudadanos, políticos y entidades económicas han de conciliar su esfuerzo moral para crear una buena sociedad. Para ello urge salir de esta situación de desconfianza en instituciones tan vitales como los representantes políticos, las entidades financieras, los informes de los controladores, el trabajo de los jueces o el de los abogados que gestionan los concursos de acreedores. Pero, nos advierte, la confianza no se improvisa, hay que ganarla día a día con el ejercicio de la responsabilidad, una actitud en franco declive.

En España, añade, contamos ya con recursos humanos suficientes como para crear una buena sociedad democrática, si estamos de acuerdo en que eso es lo que queremos y educamos en una cultura de la responsabilidad, del trabajo bien hecho y de esa excelencia que consiste en poner lo mejor de sí mismo para beneficio compartido

Casi todos los que escuchan esto, dicen “pues claro, muy bien dicho, por fin se oye lo que había que oír”.

Pero yo me pregunto: ¿es que no sabe la señora Cortina que las gentes con nombres y apellidos han sido fabricadas por el sistema social con tales o cuales estructuras de conocimientos, valores y destrezas, y que son constreñidas por ese sistema dentro de la gama de sus comportamientos posibles? El sistema capitalista no es sólo una forma de economía, es además una forma de socialización y un sistema de constricciones. ¿Acaso este es un hecho invisible desde la neuroética y la neuropolítica? ¿Qué se puede hacer si persiste el declive de la responsabilidad porque las diferentes gentes con nombres y apellidos han sido fabricadas para ser insensibles a las exhortaciones morales cuando entran en conflicto con otros intereses?

Me pregunto también si Adela Cortina nos quiere decir que las entidades financieras, los controladores, los jueces y los abogados han perdido con la crisis una confianza de la que antes disfrutaban y que sería bueno que recobraran. Pues mala cosa sería que instituciones que tienen como finalidad perpetrar la explotación y dominación de la mayoría consiguieran volver a hacerse respetables. Eso querría decir que de nuevo han tenido éxito en su estrategia tradicional. Ahora, que son muchos los que han abierto los ojos, volveríamos a los tiempos en que instituciones criminales gozaban del mayor grado de legitimación por ignorancia de la mayoría, a la que se contentaba con las migajas del banquete.

¿Cree Cortina que es un Estado de justicia aquel en que muchos tienen un salario de 900 euros mientras algunos acumulan capitales de decenas de miles de millones, por más que todos tengan garantizada la sanidad, una mediocre educación y una pensión por lo general escasa? Pues parece contentarse con que las duras consecuencias que para la mayoría tiene la economía de mercado se mitiguen mediante una política social de corte socialdemócrata. Esto equivale a justificar el papel de esa política social en la legitimación de un sistema éticamente condenable, cuya perversidad queda al descubierto de manera inmisericorde cuando esa política se recorta, y en cambio es disimulada, que no eliminada, cuando esa política prospera.

Para Adela Cortina parece estar claro que los políticos que realizan los recortes en gasto social son culpables, y nada dice del sistema económico que obliga a hacerlos (por ejemplo, porque los mercados hunden la economía del país retirando el dinero o prestándolo a mayor precio si los recortes no se hacen). Tal vez piense que todo se arreglaría si los dueños de las grandes fortunas decidieran entregarlas al Estado para bien común, o si los gestores del capital financiero y especulativo decidieran no perseguir la ganancia a toda costa, sino ser virtuosos.

Cortina no alza la voz contra el capitalismo, contra sus formas inevitables de socialización, contra la inevitable explotación y dominación de la mayoría en ese sistema, contra la incompatibilidad entre capitalismo y democracia. Ah, no. Ella cree que es posible la justicia, la buena educación y la democracia en el capitalismo: basta que no se recorte el gasto social, que se cuide el de educación, y que los políticos se preocupen por los intereses ajenos y cojan el teléfono para oír a la sociedad civil. Sólo con eso estaríamos ya en la forma superior de la democracia, en la democracia deliberativa, o participativa. Me remito al análisis que hago sobre estos dos asuntos en Capitalismo: el crimen global, a disposición del lector en este blog.

¿Y qué decir de un libro que se titula Neuroética y neuropolítica? Como conozco el terreno, no necesito leer ese libro para afirmar que no hay (todavía) nada relevante que se pueda decir desde la neurociencia respecto a la ética y la política. Lo demuestra bien el pensamiento que la propia Cortina va desgranando. Hablar de neuroética y neuropolítica sólo pretende dar un aire de cientificidad a un pensamiento anticientífico que encaja bien con las estructuras mentales que nuestra sociedad viene fabricando desde las catequesis y las escuelas.

Y digo una vez más: ¡Que se afirme por ahí que el marxismo es una teoría del pasado, ya irrelevante!

PREMIOS A LA IDEOLOGÍA ECONÓMICA

La concesión a Eugene F. Fama, Lars Peter Hansen y Robert J. Shiller del Premio de Ciencias Económicas del Banco de Suecia en memoria de Alfred Nobel (premio al que se suele llamar Nobel de Economía) viene a confirmar lo que digo en Capitalismo: un crimen global sobre el carácter ideológico, no científico, de la economía.

Se ha comentado que lo relevante no es que los tres premiados sean estadounidenses, con una larga carrera académica y hombres (esto es algo que suele ocurrir), sino que Eugene Fama y Robert Shiller, que han sido candidatos habituales al premio, lo compartan en la misma edición siendo así que defienden teorías contrarias sobre mercados financieros y precios. Esto es algo que no ha dejado de sorprender a los ingenuos.

El comité que concede el premio ha destacado que los premiados ayudan a comprender los factores que inciden en la formación de precios. Pero ¿cómo es posible que ayuden mediante teorías contrarias? Pues si una teoría ayuda, la otra, que es contraria, debería desayudar.

Fama, considerado uno de los máximos representantes de la escuela de Chicago, defiende cosas tan insensatas como que el precio de los activos financieros en cada momento recoge toda la información disponible, o que la decisión conjunta de los inversores facilita la asignación de capital a los usos más eficientes. Es decir, defiende la racionalidad de los mercados y por tanto su papel como inmejorables asignadores de recursos. Y por tamaña insensatez de carácter ideológico (fundamento de la ideología neoliberal) se le da el premio. Siempre debió estar claro que la ideología neoliberal es contraria a toda evidencia, pero la crisis que vivimos ha vuelto a probar empíricamente la falta de realismo de sus afirmaciones. Lo cual no parece importar al Banco Central Sueco. Basta que una estupidez aparezca traducida a ecuaciones matemáticas para que cobre un valor mágico que muchos toman por científico.

Por el contrario, Robert. J. Shiller, profesor en la Universidad de Yale, ha afirmado la obviedad de que la variabilidad en los precios de las acciones es tan extrema que hace imposible predecir su valor a corto plazo, y que los métodos de valoración de activos parten muchas veces de supuestos imposibles (como que la aversión al riesgo y las expectativas no varían). Sus ideas más recientes, que resaltan la imperfección de los mercados (por la desigualdad en el acceso a la información y por los comportamientos irracionales de los inversores), han ganado muchos adeptos tras el descalabro financiero de 2008.

Aunque Shiller ha señalado que la actual crisis refleja los fallos del sistema financiero, ha añadido que llevará “décadas” solucionarlos. Y a esto conviene hacer dos comentarios. Uno es que mucho antes de la crisis presente ya estaban claros, para quien quisiera verlos, los fallos del sistema financiero. Otro es que esos fallos podrían solucionarse rápidamente con una legislación mundial adecuada. ¿Por qué esperar décadas? ¿Por constricciones inevitables de la realidad económica descubiertas por la ciencia, o más bien porque hay muchas cosas intocables en virtud de la oposición de los que tienen el poder? De eso, claro está, no habla Shiller. Habla de décadas como podía hablar de siglos, y no explica por qué no podemos solucionar los fallos del sistema financiero ya, una vez que los conocemos.

Están las cosas de tal manera que tiene uno la tentación de tomarlas a broma. Broma pesada en todo caso. No se pongan serios para hablar de los premios Nobel de Economía. Son una broma pesada. Y no se tomen en serio lo que dicen los economistas cuando se presentan como si tuvieran un control científico sobre lo que dicen. Bromas pesadas.

CATALUÑA Y ESPAÑA

Hay diversos motivos para el auge del separatismo catalán.

Uno muy reciente: el Tribunal Constitucional rechazó partes del Estatuto de Cataluña previamente aprobadas por el Parlamento catalán y por un referendum en Cataluña. Esas partes podían considerarse anticonstitucionales o constitucionales, a voluntad del Tribunal (en los casos dudosos, que son mayoría, la hermenéutica jurídica vale para llegar al blanco o al negro con argumentos de parecida fuerza). El Tribunal, haciéndose portavoz del nacionalismo español, se desprestigió torpemente (una vez más) eligiendo la opción que más podía ofender en Cataluña.

Un segundo motivo: la ideología antiespañola que promueven unos allí y la ideología anticatalana que promueven otros aquí. He presenciado estupefacto cómo a algún españolista le ofende sobremanera que los catalanes hablen catalán. ¿Pues qué quiere, que hablen arameo?

Hay una razón estética para el separatismo que en parte comprendo. A mí tampoco me gusta pertenecer a un país que entre sus gentes diversas cuenta en lugar preeminente con los miembros de la conferencia episcopal y de la derecha españolista (Aznar, Rajoy, Cospedal, Montoro, Gallardón o Wert, qué pesadilla). Pero la derecha dura catalana, aunque con mejores modales, no le va a la zaga. Por esa misma razón tampoco me gustaría pertenecer a Cataluña si fuera catalán.

En el subsuelo puede funcionar otra razón para el independentismo, que tiene que ver con los intereses de la clase política catalana. Habrá muchos y brillantes nuevos cargos para la burocracia política si Cataluña se independiza.

Pero dejando aparte estas razones, parece que las principales que se esgrimen en Cataluña son de dos clases, relacionada una con la identidad y otra con la economía.

Cuando un pueblo es sojuzgado por otro, cuando los valores de la propia cultura son perseguidos o menospreciados, la lucha nacionalista es una respuesta legítima. La lengua y la cultura catalana fueron maltratadas por la dictadura franquista, y el nacionalismo catalán acumuló resentimientos que costará mucho tiempo eliminar. Conviene sin embargo recordar que la dictadura franquista no cayó sólo sobre el pueblo catalán, sino sobre el pueblo español, y que la jerarquía católica y la burguesía catalanas colaboraron con aquel régimen a cambio de privilegios y beneficios, lo mismo que la jerarquía católica y la burguesía del resto de España.

La situación actual es, sin embargo, muy distinta. No hay ahora aspecto alguno de la cultura catalana que sea perseguido o menospreciado por las instituciones estatales y la autonomía política catalana está menos limitada por la legislación española que por la de la Unión Europea.

Al faltar esta causa realista, el nacionalismo catalán subsiste como herencia, y también porque, como todo nacionalismo, como por ejemplo el nacionalismo español, viene siendo inculcado desde la escuela como forma de integración legitimatoria. Cumple esta función mediante el concepto de patria que trasciende a sus ciudadanos, los identifica y aglutina. Cataluña sería así una entidad tan real como su territorio y sus habitantes, pero que no se reduce a ellos, que los trasciende. Una entidad ideal que exige reconocimiento y libertad, que exige por tanto Estado propio.

Se trata de una construcción mítica que, al margen de la intención de sus defensores, consigue que los de abajo (digámoslo así) se sientan hermanos de los de arriba, como hijos todos de la madre común, algo que ha sido y sigue siendo de gran utilidad a la burguesía: el papel de hermanos sustituye al de explotadores y explotados, al punto que los de abajo han estado dispuestos a dar su vida por la patria en las guerras que los intereses económicos de los de arriba han venido montando aquí y allá.

El nacionalismo catalán se presenta como irredento, como sometido y necesitado de libertad. Pero la realidad es que son las clases populares de toda España (y de todo el mundo) las explotadas y sometidas por una minoría mundializada, y resulta que los representantes políticos de esa minoría en Cataluña se presentan como defensores de su pueblo explotado erigiendo como enemigo y como explotador a otro pueblo explotado. Artur Mas enarbola la bandera del independentismo mientras se dedica a recortes brutales del gasto social en perjuicio del pueblo que lidera.

Una contradicción del nacionalismo catalán es que, mientras busca la independencia como exigencia de la esencia de la nación catalana, quiere seguir perteneciendo a la Unión Europea, que quita más soberanía e independencia que el Estado español, pero que a cambio da ventajas económicas. Ese es el papel subterráneo que en este asunto juega “la pela”.

Por esa contradicción, el nacionalismo, que vale para consumo interno, es molesto a muchos empresarios catalanes cuando va demasiado lejos por la vía independentista. Pues  temen que sus negocios disminuirán si hay obstáculos para acceder al mercado español o para permanecer en la Comunidad Europea.

Con esto hemos llegado al argumento económico. Se ha hecho creer a muchos catalanes que separados de España les iría mejor económicamente, pero lo cierto es que cuanto más pequeño es un Estado menos fuerza tiene y más fácil es que sea presa de intereses económicos ajenos. Las dos Alemanias se han unido en un Estado que es más fuerte que la suma de los dos anteriores a la unión, y muchos creen que esta Alemania unificada tiene interés en que se dé un proceso contrario, de disgregación, en otras partes de Europa, algo que aumentaría el predominio económico alemán en la UE.

En todo caso la división va contra un proceso general de unificación, representado, aunque torpemente, por la propia Unión Europea de la que Cataluña no quiere salir.

Otra cosa es que tengan razón los catalanes que creen que hay una distribución injusta del dinero porque el Estado saca de Cataluña más de lo que debiera, o invierte en Cataluña menos de lo que debiera. Si tal cosa ocurre (los hay que dicen que no ocurre, pero en todo caso no ha de ser difícil comprobarlo por una comisión de expertos imparciales) basta cambiar las normas para que ese reparto sea justo.

Diferente es el caso si algunos catalanes, como miembros de una comunidad más rica, no quieren aportar algo para equilibrar el desarrollo de las distintas Comunidades, lo cual, sobre ser poco generoso, es incoherente y además torpe. No es coherente aprovechar fondos de cohesión europeos como receptores y no querer contribuir a los españoles. Y es torpe negarse a esa contribución, pues la prosperidad de las demás Comunidades es condición para la prosperidad catalana.

Finalmente, hay un motivo de disgusto catalán que parece basado en una idea cuya defensa no veo clara. Para satisfacer a los catalanes que repudian eso que se ha llamado “café para todos” habría que diferenciar dentro de España entre naciones y comunidades. Y parece que se establece como condición para ser nación que se tenga lengua propia. Habría, pues, tres naciones, Galicia, Euskadi y Cataluña. Y una cuarta nación, España, partida en Comunidades. Todo lo cual debería reflejarse en la Constitución. El problema es que las naciones no se corresponden con las lenguas. Naciones distintas hablan la misma lengua y hay naciones en las que se hablan lenguas diversas. Si aceptamos el derecho a decidir, un pueblo es nación si así lo decide. Andalucía, Canarias, Extremadura o Valencia tienen el mismo derecho que Cataluña a separarse de España y constituirse en naciones con Estado. Si lo que se pretende es un reconocimiento de la lengua propia y de las competencias derivadas de este hecho, la cosa es de fácil solución (aunque sea costoso, como el derecho a expresarse en catalán, gallego o euskera en el Parlamento estatal, que requeriría traducción simultánea). Incluso, si así se quiere, cabría introducir en la Constitución la constatación inocua de que muchos catalanes, vascos y gallegos consideran que sus países son naciones, e introducir en los correspondientes Estatutos la declaración, igualmente inocua, de que esos países son naciones. Pero cualquier otra Comunidad podría introducir una declaración semejante en su Estatuto si así lo decidiera. Sería infantil que los catalanes pusieran su interés en tener algo sólo porque otros no lo puedan tener.

Si al margen de esto se pretenden más derechos que los de las autonomías sin lengua propia (como tener un tratamiento fiscal más favorable o competencias que no puedan generalizarse porque entonces volveríamos al café para todos) la cosa carece de justificación y no debe prosperar. Pensemos, por ejemplo, en Andalucía o Canarias: ¿Van a tolerar que por tener el castellano por lengua propia sean peor tratadas fiscalmente o carezcan de competencias que otras comunidades tienen? No, y con toda razón. En cuanto al concierto vasco: no hay duda de que en una nueva Constitución y un nuevo Estado Federal (que creo que sería la solución adecuada) tal concierto debería generalizarse o desaparecer.

He vivido en Extremadura, Madrid, Valencia, Canarias y Andalucía, he viajado con frecuencia a Cataluña y a otras partes de España y para mí España no es una entidad mística, es sólo un territorio habitado por gentes diversas, que tienen diversas lenguas, costumbres y tradiciones, gentes que pertenecen a clases sociales de intereses enfrentados. Muchas cosas y gentes de España me agradan y otras me desagradan. Nada más. Si amo a España es porque en cualquiera de sus partes me siento en casa. Por eso, y porque tengo un hijo casado con una mujer catalana y dos de mis nietos son catalanes, y también porque creo que la separación sería perjudicial para todos, me disgusta que muchos catalanes quieran que Cataluña se separe de España. Y me disgusta en la misma medida que muchos españoles miren sin comprensión a los catalanes.

Pienso que este conflicto podría arreglarse si hubiera buena voluntad por ambas partes, pero, siendo como somos, parece que lo fácil es imposible.

DE TRASPASOS Y SUELDOS EN EL FÚTBOL

El director alemán de deportes Alfred Draxler ha dicho: “Cuando uno sabe que en España el paro juvenil está en el 50% y al mismo tiempo el Real Madrid paga por Bale, de 24 años, 100 millones de euros, eso no puede ser calificado de otro modo que de absurdo, perverso y sin medida.”

Comentarios parecidos se leen con motivo de la renovación de Cristiano Ronaldo con sueldo anual de 17 millones de euros netos por cinco temporadas.

Pero ¿es el precio y el sueldo de los futbolistas lo que debe parecernos absurdo, perverso y sin medida? Cierto que sus cifras son ofensivas, sobre todo si se las compara con las que la sociedad ofrece, por ejemplo, a investigadores, médicos, enseñantes o albañiles. Sorprende, sin embargo, que quien está conforme con la causa se indigne por alguno de sus efectos menores. Quiero decir que quien no esté en contra de la economía de mercado no debiera indignarse por estos precios y sueldos. Pues la economía de mercado es la causa del paro juvenil, de estas cantidades ofensivas y de otras más insoportables (sea por enormes, sea por mínimas).

En el sistema capitalista es el mercado el que determina cuánto de la riqueza del país va a cada bolsillo. Y ocurre que da mucho a los que son económicamente rentables a corto plazo (aquellos que pueden hacer ganar más de lo que cobran a quienes los contratan) y da poco a los que no son rentables de esa forma. Ejecutivos o deportistas de élite pueden conseguir grandes emolumentos porque hacen ganar mucho a sus empresas o clubes, y otras empresas y clubes se los disputan. Un buen maestro no hace ganar dinero a su escuela, ni un buen médico de familia a su hospital. El mercado los margina.

Hay sin embargo efectos del mercado de peores consecuencias sociales. Al fin y al cabo ¿qué son los 17 millones anuales de Cristiano Ronaldo, o los 100 del precio de Bale, comparados con el dinero que va a los bolsillos de quienes disponen de un patrimonio medible en miles de millones de euros? Y sin embargo, cuando se habla de las personas más ricas del mundo, o del capital especulativo que opera a diario en las bolsas, nadie parece sentirse ofendido. La indignación se reserva para los sueldos escandalosos de deportistas, políticos o altos cargos de empresa.

Tenemos luego este episodio: Mesi ha defraudado millones a Hacienda y cuando va a declarar es aclamado por el público congregado ante el juzgado, que incluso grita “¡Mesi Presidente!”. Esto produce escándalo, pero ¿es la defraudación a Hacienda de los futbolistas la que debe indignarnos? Hay defraudaciones más escandalosas que ni siquiera son ilegales, como las de las grandes empresas y las grandes fortunas que el gobierno de turno autoriza mediante deducciones, exenciones y bonificaciones de toda clase, y otras que son ilegales, pero que el gobierno de turno amnistía o no investiga. ¿Quién está moviendo los hilos del gobierno de turno? Eso es lo que debería indignarnos y movernos a la acción.

¿Está usted de acuerdo con la economía de mercado, esto es, con la sociedad capitalista? Pues entonces no se escandalice por sus efectos, más aún si son de poca monta. ¿No está de acuerdo? Pues luche para que lo que va a cada bolsillo no sea decidido por el mercado, sino por una voluntad colectiva racional y justa. Como mínimo no vote a ninguno de los partidos que defienden la economía capitalista.

EL ESTADO DEL BIENESTAR HA MUERTO. ¡VIVA LA SOCIEDAD PARTICIPATIVA!

El gobierno de Holanda, del que forma parte la socialdemocracia, nos ha anunciado por boca de su rey la sustitución del Estado del bienestar por una sociedad participativa. “El paso hacia una sociedad participativa es particularmente notable en la seguridad social y en los que necesitan cuidados de larga duración. Es precisamente en estos sectores donde el clásico Estado del bienestar de la segunda mitad del siglo XX ha producido sistemas que en su forma actual ni son sostenibles ni están adaptados a las expectativas del ciudadano.”

Preguntemos, antes de nada, qué quiere decir el eufemismo “sociedad participativa”, que parece sonar bien, como si aludiera a que todo el mundo participe de algo colectivo. Es justamente lo contrario. Quiere decir que cada cual se las arregle como pueda, esto es, que “participe” pagándose su sanidad y su futura pensión… si puede. Quienes tergiversan y pervierten de esta manera el lenguaje merecen una condena severa.

Yendo al grano hemos de volver a preguntarnos por qué el Estado del bienestar no es sostenible. Y hay que responder que no es por falta de dinero, sino a causa de su reparto. Recordemos que una de las múltiples disfunciones del mercado es que da más a los que más tienen y menos a los que tienen menos, con el resultado de que los ricos van siendo cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. Esta disfunción sólo puede corregirse por la vía de unos impuestos tan progresivos que consigan que quienes han recibido del mercado cantidades injustificables devuelvan al Estado todo lo que pase de un límite razonable.

Lo que ocurre en definitiva (y sólo por ello el Estado de bienestar corre peligro) es que no se quiere modificar suficientemente el resultado del libre juego del mercado.

En Europa los políticos más razonables saben que es preciso que los ricos contribuyan más si se quiere mantener el Estado de bienestar. Pero la presión fiscal sobre los ricos está frenada por su amenaza de llevarse el dinero a otra parte. Sabemos que ese chantaje sólo podría desactivarse mediante un amplio acuerdo internacional. Y sin embargo los políticos, incluidos los socialdemócratas, en ningún momento presionan públicamente para conseguir ese acuerdo. Cuando la crisis se hace insoportablemente amanazadora hablan de que hay que refundar el capitalismo, pero en seguida lo olvidan si la situación se va sosteniendo. Y entonces, en lugar de incomodar a los poderosos, optan por recortar prestaciones y derechos a los débiles alegando que el Estado no dispone de dinero suficiente.

En este panorama es triste que la socialdemocracia haya desistido de su propósito tradicional y se sume a los que dicen que el Estado del bienestar no es sostenible.

A VUELTAS CON EL CASO ESPAÑOL

En España la evolución del PIB per cápita ha ido de los 11.4OO euros de 1991 a los 22.700 de 2012. De manera que, dando por buenas las míseras pensiones y subsidios que se cobraban en 1991, si desde entonces hubiéramos tenido una distribución equitativa de la riqueza producida, tanto los salarios como las pensiones y otras partidas del gasto social deberían haberse duplicado en valor nominal (dejando aparte la devaluación del dinero por la inflación). Y aún así se habrían duplicado también los beneficios empresariales. Pero mientras los beneficios han crecido más de lo que les hubiera correspondido, las demás percepciones van a menos. Desde el año 2000 los salarios han bajado del 50% del PIB al 44,2%,mientras las rentas del capital han subido del 40% al 46,1%. A fines del pasado año las ganancias empresariales superaron por primera vez a las rentas salariales.

Las empresas del IBEX-35 han presentado ante la Comisón Nacional del Mercado de Valores unos beneficios netos de 16.435,5 millones de euros en el primer semestre de 2013, un 25,34% más que el mismo periodo de 2012. Según informe de Credit Suisse el número de millonarios aumentó en España un 13% entre mediados de 2012 y mediados de 2013, en plena crisis,llegando ahora a 402.000 millonarios en el país.

Al mismo tiempo ha aumentado el número de pobres, que ha pasado del 19,7% en 2007 al 21,1 en 2012 y ello pese a que el umbral de pobreza, que era de 15.900 euros anuales en 2009, ha pasado a 14.700 en 2012 para un hogar con dos adultos y dos menores (lo que quiere decir que ahora hay que ser más pobre que antes para ser considerado oficialmente pobre).

La pensión media es en España de 13.746,88 euros al año, repartida en 14 pagas de 981,92 euros. Con la reforma en puertas, en 2019 esta pensión media habrá perdido 638 euros al año si la inflación es del 1% previsto por el gobierno, habrá perdido 1.527 euros si la inflación es del 2% como prevé el Banco Central Europeo, y habrá perdido 2.460 euros si la inflación es del 3%, que es la media de los últimos años. Es decir, a una pensión de unos mil euros se le quitarán 109 o 175 euros en cada paga (dependiendo de los niveles de inflación más probables, que aunque ahora desciendan debido a los efectos en los precios de la caída del consumo, es esperable que vuelvan a subir en seguida).

A su vez, los salarios están bajando no sólo porque no se actualizan por el IPC, sino porque han ido disminuyendo en su cuantía nominal desde la reforma laboral. En los últimos nueve meses los asalariados han perdido 60.000 millones de euros de sus nóminas según el último informe de Contabilidad Nacional. Se calcula que al ritmo actual el 31 de diciembre de este año la pérdida nominal será de 80.000 millones de euros, a la que habrá que añadir la eventual pérdida de poder adquisitivo por la subida de los precios.

Pero lo peor está por venir. Ejemplo significativo: aprovechando la reforma laboral, las multinacionales del automóvil se descuelgan de los convenios colectivos y, bajo la amenaza de deslocalización, han obligado a todas sus plantillas a aceptar una congelación salarial y reducciones en pagas extra y complementos laborales, pero además imponen la doble escala salarial: los nuevos contratos tienen salarios un 20%  y un 25% más bajos que el resto de la plantilla.

Según datos de la Encuesta de Estructura Salarial del INE y de Hacienda, el salario bruto más frecuente en España es de 15.500 euros anuales brutos, que se convierten, descontados impuestos y cotizaciones a la Seguridad Social, en 800 euros mensuales. ¡Ni siquiera milieuristas! ¿Se puede vivir dignamente con esa cantidad?

Aún así la Patronal acaba de decirnos que, mientras el beneficio bruto empresarial subirá  un 6,7% entre 2013 y 2014, los salarios bajarán un 1,5% (y por el contrario subirán un 2,9% en los países del entorno). Añadan a esto la precariedad laboral y el paro. El presidente del gobierno, tratando de vender en Japón eso que llaman “la marca España”, ha dicho a los empresarios japoneses que inviertan en España, porque aquí encontrarán costes laborales muy bajos. Les ha querido decir que no tienen por qué buscar mano de obra china o india, que la española no es más cara y ha sido despojada de muchos de sus derechos para que no cause molestias al empresario. Esto es, ha reconocido implícitamente que su reforma laboral ha convertido a los trabajadores españoles en esclavos laborales.

Pero es que además hay, según el informe de Cáritas, tres millones de españoles en situación de pobreza severa (más pobres que los pobres), que tienen que vivir con menos de 307 euros mensuales, y otros muchos que no tienen otra forma de sobrevivir que la beneficiencia. Si en 2007 estos pobres eran el 3,5% de la población, ahora son el 6,4%. Y los atendidos por Cáritas en sus servicios de acogida han pasado de 370.251 en 2007 a 1.300.914 en 2012, con una subida del 251,4%.

En esta situación, las prestaciones sociales son en España menores que la media de la UE. Según datos difundidos en 2013 por Eurostat, la Oficina Estadística de la Unión Europea, nuestro gasto social fue en 2010 el 25,7% del PIB, mientras que la media de la UE fue del 29,4% (el de Francia fue el 33,8, el de Dinamarca el 33,3, el de Holanda el 32,1, el de Alemania el 30,7 y el de Finlandia el 30,6%).

Y también es menor la presión fiscal (impuestos más cotizaciones sociales). Según el mismo informe, esa presión fue en 2011 del 32,4% del PIB (había sido el 36,6% el año 2006), mientras la media europea fue del 40,8%. Más de 8 puntos por encima. No hablemos de la presión de Dinamarca (48,6%), la de Bélgica (46,7%) o la de Francia (45,9%.).

¿Cómo podemos estar asistiendo a una bajada de prestaciones que son ya más bajas que la media europea? ¿Y cómo se puede decir que es por falta de dinero si el Estado cobra mucho menos por impuestos que la media europea? Aquí no estamos hablando de cobrar a los ricos más de lo que pagan en otras partes, sino de igualar lo que pagan aquí con lo que pagan en otros países europeos. El propio Fondo Monetario Internacional está recomendando a España que las grandes fortunas paguen más impuestos.

Y ENCIMA HEMOS DE SOPORTAR UNA MENTIRA CONTINUA

Cuando nuestros gobernantes dicen que el sistema de pensiones no es sostenible porque el gasto se ha disparado, mienten. Si se les muestra que ese gasto sigue en el 11% del PIB desde los años 90 mientras la media europea es del 15%, ellos callan para en seguida repetir lo mismo.

Mienten cuando dicen que el Estado no tiene dinero. El dinero aparece cuando interesa, por ejemplo cuando hay que salvar a la banca del desastre a que la lleva su codicia (y es dinero que sale de los bolsillos de quienes pagamos impuestos, y que además el gobierno da por perdido, por no recuperable. ¿Por qué la banca que lo ha recibido no queda obligada a devolverlo con intereses cuando mejore su situación? Misterio).

Si se les demuestra que hay otra política posible, que consiste en aumentar los ingresos para no tener que reducir los gastos sociales (e incluso se detalla la forma de hacerlo, como en la propuesta de GESTHA, el sindicato mayoritario de técnicos del ministerio de Hacienda), nuestros gobernantes se hacen los sordos y siguen a su tarea.

En todo caso nos dirán una y otra vez –al alimón con los economistas que les dan cobertura- que una subida de impuestos afectaría al consumo y deprimiría más la economía en este periodo de crisis. Mentira. Pues no se trata de subir los impuestos de manera general, sino de bajarlos a las clases bajas y medias (con lo que aumentaría el consumo ordinario) y subirlos a los grandes patrimonios, a las rentas altas y a los grandes beneficios empresariales. Esta subida no afectaría al consumo, ni siquiera al de objetos de lujo. Las clases altas tienen un colchón más que suficiente para que el pago de impuestos “a la europea” no les obligue a privarse de sus caprichos lujosos, simplemente tendrían menos dinero para otros fines, por ejemplo para la especulación bursátil.

Tras cometer la infamia del copago farmacéutico y de quitar becas, o reducir las míseras pensiones y salarios de las clases con menos ingresos, nuestros gobernantes mentirosos se justifican diciendo que están obligados a hacerlo, que bien que desearían hacer otra cosa, que no es culpa suya, sino de la crisis mundial y que cualquier otra política nos llevaría al desastre y sería peor para los damnificados.  Mentira.

Pero otras veces llegan más lejos, llegan a negar que estén haciendo lo que todo el mundo ve que hacen. El señor Montoro ha dicho en el Parlamento, contra los datos de su propio ministerio, que los salarios no están bajando, sino que han moderado su crecimiento. Ha dicho también que las pensiones no van a perder poder adquisitivo con su reforma, o que a lo sumo lo perderán en forma tan insignificante que no merece la pena hablar de ello.

El señor Montoro parece feliz y ufano cuando miente, y tanto se entusiasma cuando nos dice que la economía empieza a mejorar, que añade incontinente que vamos a ser el asombro del mundo.

Mienten con el mismo descaro otros miembros del gobierno cuando afirman que todo lo que hacen en educación va en beneficio de los estudiantes, incluso de aquellos inicuamente perjudicados. Todavía no han explicado por qué a un alumno sin recursos se le niega la beca y tiene que dejar de estudiar habiendo sacado un 5,4 mientras un alumno con recursos puede seguir estudiando con un mero 5.

Y miente la vicepresidenta del gobierno cuando, con datos falsos, acusa de fraude a 520.000 parados por trabajar mientras cobran la prestación de desempleo. Según datos de Ministerio de Empleo, hasta agosto pasado sólo 5.833 parados habían cometido ese fraude.

Cuando se les demuestra que lo que dicen es mentira, callan y siguen.

Su trabajo, que están dispuestos a cumplir a toda costa, es pasar al negocio privado, para beneficio privado, casi todo lo que era política social, y potenciar la enseñanza privada trasvasando a ella parte de los recursos destinados a la pública. Tendremos que seguir oyéndoles que están salvando al país y que los recortes que ejecutan nos llevarán a un éxito futuro.

Mienten no ya con desparpajo, sino con una fruición difícil de entender. ¡Rajoy, un mentiroso oficial, cuyas mentiras en el Parlamento han quedado probadas, ha llegado a decir que los españoles tienen derecho a que no se los engañe y se les diga la verdad!

Pero no sería justo achacar la mentira sólo al PP. En el sistema capitalista todo gobernante está condenado a mentir al pueblo. No hay uno solo que no lo haga, no importa el país. Otra cosa es que unos mientan con más impudor que otros (y en el impudor el PP es insuperable).

 

DOS TIPOS DE DERECHA

Hay distintos criterios para diferenciar derecha e izquierda. El que me parece más útil coloca en la derecha a quienes son partidarios del capitalismo y en la izquierda a los partidarios de un orden socialista o igualitario. Hay según ese criterio una derecha dura, digámoslo así, y una derecha socialdemócrata (a la que pertenece el PSOE, no importa que se llame Partido Socialista Obrero Español).

En política económica, que es la fundamental, apenas se distingue una derecha de otra, aunque sí en los rasgos psicológicos con que la desarrollan.

La derecha dura es despiadada y tiene las cosas claras. Realiza la política económica neoliberal con convicción y de manera inmisericorde. Está acostumbrada a ver en los pobres al enemigo. Es un axioma de su filosofía que el pobre lo es porque se lo merece, porque no ha sabido hacer nada para salir de la pobreza. Por tanto no debe recibir otra ayuda que la que provenga del corazón caritativo. Las prestaciones del Estado solo valen para que el pobre se haga irresponsable de sus actos. Si acaso los miembros de esta derecha cumplen con el pobre mediante alguna acción que suele dejarse al cuidado de las altas damas (cuestaciones, recogidas de ropa usada, etc.). Y hecho esto, la derecha dura no cree que tenga algo de que arrepentirse.

La derecha socialdemócrata es pesarosa y se debate en contradicciones. Hace una política económica parecida, pero con mala conciencia. Quiere por ello compensar sus pecados emprendiendo medidas que, sin molestar a los poderes económicos que la controlan, favorezcan a minorías sociales (homosexuales, inmigrantes), a la mitad femenina (disposiciones sobre el aborto y contra la violencia machista) o a los estudiantes de las clases pobres. Algo es algo.

La derecha dura añora los tiempos preelectorales, cuando sólo el dinero daba poder político situando al rico en una red clientelar de caciques locales. Para esta derecha sus competidores son advenedizos que deberían seguir estando donde estaban, es decir, abajo. Cuando esta derecha consigue poder suficiente es despótica, pero además muestra la chulería heredada de los tiempos en que podía decir. “Pero ¿usted quién es? ¿Sabe usted con quién está hablando?”

La derecha socialdemócrata mira con simpatía la democracia, porque fuera de ella no tiene opción a competir por el poder. Cuando lo consigue se cree obligada a convencer y por ello intenta el diálogo (al mismo tiempo que desea, claro, salirse con la suya, lo cual no es criticable).

Estos partidos de la derecha, unos y otros, no merecen respeto, porque la política económica que realizan no va en beneficio del pueblo al que dicen representar. La derecha socialdemócrata sólo merecería algún respeto si, cuando consigue el poder, se atreviera a hablar claramente, a denunciar por qué el Estado del bienestar no es sostenible y mejorable: que no es por falta de dinero.

Y aún merecería más respeto si, en vez de someterse servilmente, como hizo Zapatero, a imposiciones de la derecha dura, como las expresadas por la troika, plantara cara y se atreviera a decir: no, por esto no paso. Pero los dirigentes socialdemócratas se caracterizan (y en esto no se diferencian de los demás) por su mediocridad, y además por su falta de valor para resistir.

Alguien dirá que cuanto está ocurriendo es posible porque el pueblo tiene los políticos y la política que se merece, y entonces habría que añadir que sin culpa suya. El orden social elitista lleva milenios fabricando a los pueblos con tres ingredientes: ignorancia, egoísmo y miedo. Por eso los poderosos, confiados, tiran de la cuerda cuanto quieren. Cierto que tiran tanto que es posible que llegue un día en que la gente grite “se acabó”. Pero entretanto a la mayoría no se le ocurre otra cosa que decir “todos los políticos son iguales”. Y sigue votando a la derecha, o incluso recurre a la extrema derecha. Muy triste todo.

En tal situación hemos de preguntar: ¿Y qué dice y hace la izquierda? O dicho de otra forma: ¿Hay realmente una izquierda anticapitalista que se diferencie como debe de la socialdemocracia? ¿Dónde está?

UN COMENTARIO INTRASCENDENTE

Los políticos de la derecha son tan decididos cuando se trata de hacer reformas laborales contra los obreros, y de recortar pensiones públicas o prestaciones sociales, porque ni ellos, ni sus familiares, ni sus amigos quedan perjudicados. Imaginemos que Rajoy (el Rajoy que ha venido cobrando suculentos sueldos y sobres) tuviera que vivir con un salario o una pensión de 800 euros mensuales. Tengo por seguro que entonces no estaría tan dispuesto a recortar donde ahora recorta. No me extrañaría que en ese caso, espoleado por la necesidad, llegara incluso a mostrarse combativo, él, él mismo, ¡Rajoy combativo!, y se rebelara contra quienes le dan las instrucciones que sigue tan diligentemente cuando el daño es para otros.