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EL ÉXITO DE PODEMOS

No he votado a Podemos y no sé qué camino tomará esta organización, pero su programa electoral contiene bastantes propuestas de sentido común y justicia. Es natural que las consideren populistas los verdaderos populistas, los conservadores. Las propuestas de Podemos no son propiamente anticapitalistas, ya que son compatibles con un capitalismo sensatamente reformado, pero algunas de ellas van más allá de las tradicionalmente socialdemócratas.

Se acusa a Podemos de personalismo por el uso de la imagen de su líder, y a este de narcisismo televisivo. De momento valdrá la pena esperar y ver. Con el tiempo podremos aplaudir o criticar, pero por el momento no veo razones para la crítica. Pablo Iglesias ha ido a las televisiones que le han permitido exponer sus ideas y era su derecho.

Tampoco creo que unas apariciones en Televisión puedan dar ventaja por sí solas. Los políticos profesionales de los grandes partidos salen en los medios con frecuencia y dicen todo lo que quieren que se escuche. La ventaja de Pablo Iglesias es que ha podido decir verdades que mucha gente estaba deseando oír y que los partidos tradicionales callan. En el caso de IU de manera incomprensible (o comprensible, tal vez, si se piensa mal) en el caso del PSOE y del PP por razones obvias. Los dirigentes de estos partidos sólo saben marear la perdiz con un lenguaje que no dice nada. Y no es de extrañar, porque ellos han sido los fabricantes de las mentiras y silencios legitimadores de una política que nos tiene como nos tiene. Pocas verdades puede decir el PSOE, y no tanto por los casos de corrupción que lo salpican como por la política de Felipe González y de Zapatero. No le queda otro camino que enzarzarse con el PP en ese “y tú más” con que nos molestan un día y otro.

La campaña de ambos ha sido lamentable. En muchos dirigentes del PP el machismo es tan profundo y tan natural que no tienen conciencia de la que se va a armar cuando hacen declaraciones que para ellos son inocentes, como las hechas por Cañete para justificar su fracaso en el debate televisivo. Está claro que la superioridad intelectual de Cañete sobre Valenciano es una ilusión suya. Pero Valenciano, que no puede proponer nada interesante, porque le preguntarán por qué no lo ejecutó el PSOE cuando estaba en el poder, se agarra a las meteduras de pata de Cañete como a un clavo ardiendo. Respecto a Europa vaguedades que a nadie le dicen nada.

Teniendo esto en cuenta, y vaya pasando lo que vaya pasando, de momento creo que sólo cabe festejar, desde la izquierda, que Podemos haya tenido un éxito grande, porque deja claro que mucha gente agradece que le digan verdades elementales y de manera que se entiendan. Los partidos consolidados que se tienen por anticapitalistas se quedan más cortos cuando deberían ir más lejos. Ellos sabrán por qué. IU ha crecido algo debido a la debacle del PSOE, pero probablemente muchos votos de Podemos hubieran ido a IU si llevara años atreviéndose a presentarse y a actuar como lo que hay que suponer que es.

LA EDUCACIÓN EN VALORES

Se ha publicado una carta abierta en la que más de 80 expertos internacionales critican que los Gobiernos modifiquen los sistemas educativos sólo para salir bien en la foto de las evaluaciones PISA. Denuncian el estrecho alcance de lo que miden esas pruebas, la apresurada interpretación que de ellas hacen los políticos y el sesgo en favor del papel económico de la educación que tiene la entidad promotora, la OCDE, que olvida que, en democracia, la educación no tiene sólo como objetivo garantizar el empleo del alumno, sino además otros aspectos importantes.

Di mi opinión sobre la educación y sobre los informes PISA en otras entradas de este blog, pero creo que vale la pena que nos preguntemos con mayor insistencia en qué consisten esos otros aspectos de la educación y cómo abordarlos. Los citados expertos hablan de la necesidad de formar a un ciudadano capaz de participar en la vida democrática y en la toma de decisiones, se refieren también a objetivos como la salud y el desarrollo moral, artístico y creativo, e incluso llegan a mencionar la felicidad.

 LA EDUCACIÓN NO ES SÓLO UNA DE SUS PARTES

Efectivamente, una buena educación no consiste sólo en tener algunos conocimientos pasajeros de ciencias naturales, y elementales en matemáticas y lenguaje, que es lo que miden los informes citados. Valga insistir en que una buena educación ha de tener como finalidad conseguir buenos resultados en los tres espacios que componen la persona: el afectivo, el cognitivo y el de destrezas.

Diríamos que una educación es buena si consigue una asimilación a largo plazo de los conceptos fundamentales de las ciencias (y no sólo de las naturales, especialmente de las que tienen por objeto al individuo y la sociedad); un buen manejo en distintos registros orales y escritos de la lengua propia y de lenguas extranjeras; dominio de los lenguajes formales (lógica, matemáticas, informática) y del lenguaje musical; conocimiento de una historia integradora de los procesos económicos, políticos y culturales de la humanidad; capacidad de reflexión crítica sobre todo ello; y habilidades estéticas, sociales, deportivas y lúdicas.

Ahora bien, esta buena educación es imposible si no se añade el aspecto fundamental, que suele pasarse por alto y al que podemos llamar educación sentimental. La educación de los afectos es importante por sí misma, ya que de ella depende el futuro carácter de la persona, pero es además condición necesaria para el éxito educativo en los restantes campos. Pues de los afectos dependen aquellas motivaciones sin las que no se pueden obtener buenos resultados en conocimientos y destrezas.

Pero si la educación de los afectos es tan importante, ¿cómo se viene concibiendo y cómo habría que concebirla?

LA ESCUELA QUE TENEMOS

El conservador es suspicaz respecto a los valores enseñados en la escuela pública, ya que no puede controlar la ideología de los enseñantes. Para él todo lo que no sea el ideario conservador es adoctrinamiento condenable. La escuela pública ha de ser neutral, debe limitarse a expender los conocimientos de las distintas asignaturas. La familia conservadora se reserva el derecho a educar, esto es, a elegir los valores que deben ser inculcados a sus hijos, y delega, si puede, en colegios privados de ideario afín.

La izquierda oficial cree en cambio que la solución a los problemas de la educación está en una escuela pública de calidad e igual para todos. Pero, por debajo de retóricas pedagógicas, la concibe básicamente al modo tradicional, como una dispensadora de conocimientos, y el éxito y el fracaso escolar como algo relacionado, a la postre, aunque aumentando el ancho de la manga, con el éxito o el fracaso en los exámenes. Afirma, eso sí, que la educación en valores es importante, y confía su aspecto explícito a asignaturas como la ética o la educación para la ciudadanía, asignaturas que para el conservador sobran.

EL RESULTADO

Nunca se ha conseguido que la mayoría de la población aprenda los valores que facilitan y enriquecen la vida individual y social. Sin ir más lejos, la presente campaña para las elecciones europeas nos da idea de cómo es la población europea tras pasar por la escuela.

Por supuesto que hay personas de buen corazón, muchas dedicadas a trabajos abnegados y muchas más que no harían daño conscientemente a nadie. Pero estas buenas gentes parecen ignorantes de lo que ocurre, pues en otro caso no aceptarían una distribución de la riqueza disparatada y criminal y exigirían a sus gobiernos el fácil remedio al hambre y a las enfermedades de media humanidad.

Si miramos al resto, están quienes harían insegura la vida ajena si no fuera por la continua represión a cargo de policías y tribunales, y hay una importante parte de la población en la que siguen arraigados el machismo, el racismo, la homofobia, la xenofobia. La ignorancia política caracteriza a quienes buscan la solución a los problemas económicos y sociales echándose en brazos de la extrema derecha, pero también a los que aún no saben que tanto los Reagan, Bush o Aznar como los Obama o Zapatero reciben sus mandatos no del electorado, sino de otra parte. Casi todos los que pasaron por la escuela han olvidado la poca ciencia que aprendieron allí, y prestan su fe a ideas míticas sobre la persona y el mundo. En lugar de exigir medios de comunicación públicos inteligentes y veraces, consumen con gusto la basura estética y moral que se les ofrece y no consideran agresión insoportable la publicidad que continuamente invade su espacio y su tiempo. ¿A cuántos podemos encontrar con un libro interesante en las manos o haciendo buena música en una orquesta de aficionados? Tan acostumbrados estamos a que las cosas sean así que nos parece algo natural, consecuencia irremediable de la naturaleza humana. Y no es cierto. El humano es plástico por naturaleza y sus aprendizajes lo pueden convertir en cualquier clase de persona, no necesariamente en la que ahora predomina.

LOS VALORES EN LA CONCEPCIÓN TRADICIONAL

Nos perderemos, puestos a buscar las causas del fracaso de la educación en valores si no aclaramos antes qué son los valores y en qué debería consistir su aprendizaje.

La tradición conservadora cree que los valores existen en un mundo platónico, ideal, de naturaleza espiritual. Max Scheler, un ilustre teórico de esta concepción, distinguió las esencias de lo que es tangible, real o existente, y esto le llevó a afirmar la independencia de los valores (eternos e invariables) respecto de los bienes, que serían sólo sus portadores circunstanciales.

¿Cómo entran las personas en contacto con esos valores ultraterrenos? Así como con los ojos percibimos los colores y formas de las cosas, tenemos una facultad del espíritu para apreciar los valores. “El hombre –decía Max Scheler- es hombre porque tiene sentimiento de valor” y el sentimiento de valor es esa facultad del espíritu. Las almas pueden conectar con el mundo de los valores, bien espontáneamente, bien, si son remisas, inducidas por el ejemplo, las exhortaciones morales y las prédicas de deberes. “Hay que ser honrados, hay que decir la verdad, hay que amar al prójimo”.

El problema de esta teoría es que no funciona. El amor al prójimo se viene predicando desde hace milenios y el poco que hay no proviene de la predicación sino de otras causas. Cuando llevo a mis nietos al parque infantil, la frase que más oigo en boca de las madres es “hay que compartir”, pese a lo cual cada niño pretende que nadie use su juguete, aunque lo tenga abandonado, y quiere usar los de los demás. “Hay que compartir” dice el niño al colega cuyo juguete quiere, y niega con la cabeza cuando es otro el que, para coger su juguete, le exhorta a que comparta. Y las madres, incansables, siguen con su predicación de buena conducta infantil.

UNA CONCEPCIÓN ALTERNATIVA

Abandonemos la idea de un mundo platónico, ya que no podemos saber dónde se encuentra y cómo conectar con él. Una teoría alternativa, por ser más compleja, no se deja encerrar en unos párrafos (remito a Lenguaje, mente y sociedad a quien esté interesado), pero creo que bastarán unos conceptos básicos para lo que aquí me propongo.

 Los valores y su función

Si los valores existen en nuestro mundo han de funcionar en las mentes de los sujetos. Las cosas no tienen valor por sí mismas, tienen propiedades. Se requiere un sujeto para que esas propiedades adquieran valor. Un valor es siempre el valor de algo para alguien.

Desde el punto de vista psicológico podemos definir un valor como la representación mental de la relación que algo ha guardado o puede guardar con el afecto del sujeto.

Dado que los afectos pueden ser placenteros o dolorosos, hay valores positivos (nacidos de una relación gratificante con el objeto) y negativos (nacidos de una relación desagradable). Los valores pueden tener mayor o menor intensidad, y el mismo objeto puede tener valores contrarios, que se activan juntos o según contextos. Por ejemplo, el tabaco tiene para el fumador un valor positivo (satisface su adición) y negativo (perjudica su salud) y ambos se activan cuando no puede evitar encender el cigarrillo; en cambio el leopardo activa un valor negativo si tropezamos con él en la selva y un valor positivo si lo contemplamos en un zoológico.

Los valores influyen en el comportamiento de un sujeto a través de un mecanismo simple: cada cual desea que ocurran las cosas que tienen valor positivo y que desaparezcan las que tienen valor negativo. Cuando esto depende de su conducta, el sujeto está motivado a actuar, lo que no implica que actúe siempre. Un valor no generará acción si hay impedimentos exteriores de envergadura suficiente o si tiene que competir con un valor contrario más fuerte. En caso de conflicto de valores la acción será causada por el valor que genere mayor motivación.

Los valores sobre otros y sobre uno mismo

Entre los valores de cada sujeto están los referidos a otros humanos, próximos o distantes, y los referidos a sí mismo.

Por lo general cada sujeto experimenta hacia los demás distintas dosis de simpatía o antipatía, motivada o inmotivada por la conducta ajena, afectos que pueden llegar a los límites del amor y el odio. Un caso extremo es el de quien no ha recibido buen trato de nadie y tiene un valor negativo respecto a todos los otros.

Los valores de cada cual sobre sí mismo se refieren a la salud, la comodidad, la apariencia corporal (que incluye ropa, adornos, movimientos y formas de expresión) y a las capacidades intelectuales, sociales, deportivas y lúdicas. Uno puede estar contento o descontento de esos aspectos de sí mismo.

Pero también evaluamos nuestras propias evaluaciones, esto es, nuestros propios sentimientos y las conductas que de ellos se siguen. Hay, pues, valores sobre uno mismo que pertenecen a un primer nivel (a Pedro le gusta holgazanear) y los hay que pertenecen a un segundo nivel (a Pedro no le gusta que le guste holgazanear). A estos últimos, puesto que son valores sobre valores, podemos llamarlos meta-valores. Adoptan la forma de deberes relacionados con la expresión “hay que” y ponen en juego el afecto que cada cual se tiene a sí mismo (del que nace el deseo de la propia perfección moral o el deseo de ser bien considerado).

Los meta-valores pueden ir en la misma dirección de los valores básicos a que se refieren, o pueden entrar en colisión con ellos. Si en una comunidad se proclama como deber el amor al prójimo, la persona que acepta ese meta-valor puede estar en dos situaciones, según haya aprendido como valor básico el odio o el amor al prójimo.

Lo preferible es que los meta-valores razonables afiancen valores básicos (me gusta el orden y creo que hay que ser ordenado). Pero es frecuente que los contradigan y en este caso hay un conflicto de valores, el básico y el meta-valor moral que se le opone. Se impondrá el más fuerte, pero de manera conflictiva. Si Juan no ama a Pedro y se porta mal con él, sufrirá por no cumplir con su deber. Si se porta bien, su conciencia quedará tranquila, pero sufrirá el fastidio de haber sido benévolo con alguien al que detesta.

Cabe, pues, hacer el bien al prójimo por amor (valor primario) o por deber (meta-valor), y si este es muy alto se puede hacer el bien a personas a las que se odia. Para Kant el comportamiento valioso es el inspirado por el deber, no por el afecto al otro, y en esto andaba descaminado. Lo ideal es que nos portemos bien con los demás por amor a ellos, no por amor a nosotros mismos (que es el que se ejercita cuando cumplimos con nuestro deber).

La base de la salud psíquica requiere que la distribución de afectos entre “yo” y “otros” sea equilibrada y que los valores sobre “yo” sean realistas.

Es equilibrada la distribución si los otros reciben afectos positivos en cantidad que modere el egoísmo propio. Ello significa, dicho al modo kantiano, que los otros sean tomados como fines y no como medios.

Son irrealistas los valores sobre sí mismo de quien se cree peor o mejor de lo que es. Con frecuencia alguien se aprende como excelente en un ambiente local. Si luego la sociedad no reconoce esa excelencia, quedan establecidas las condiciones para un tipo de neurosis muy extendida.

 Valores y orden social

Dejando aparte los valores biológicos elementales, todos los demás se aprenden, sea por contacto con la cosa valorada, por empatía (viendo a otros), por la descripción de personas fiables, por las conclusiones a que llega el propio conocimiento o por la presión social.

Que los valores tengan naturaleza subjetiva no quiere decir que tengan una génesis subjetiva. El medio (natural y social) determina una gran parte de las experiencias que generan valores. De manera que, aunque estos residen y funcionan en el sujeto, no han sido fabricados por él autónomamente, sino por su relación con el medio en que se integra. Ocurre por ello que ciertos valores están presentes en muchos individuos. Son valores subjetivos coincidentes, originados en los sujetos por la estructura social que los apresa, y en ese sentido se pueden considerar valores sociales o culturales.

Los meta-valores se aprenden básicamente interiorizando la reacción de los demás a la propia conducta y a los sentimientos implicados. Esa reacción social, de refuerzo o de condena, queda anticipada en las proclamaciones, prédicas y exhortaciones establecidas en la literatura religiosa, moral y política, transmitidas por padres, sacerdotes, maestros y comunicadores.

Hay que distinguir los valores que una sociedad produce en el nivel primario y los meta-valores que en esa sociedad se proclaman. El elitismo de nuestra sociedad y su economía consumista generan valores que se pueden describir como de egoísmo individualista, que priman exageradamente la juventud, el éxito, el poder, el sexo y el consumo, y por tanto el dinero como medio universal para todo fin. Estos valores, que se concretan de distinta forma en hombres y mujeres, son los que se siguen naturalmente de la estructura social y favorecen su reproducción.

En cambio los meta-valores socialmente proclamados son una especie de transacción entre las necesidades del sistema social y lo que las predicaciones seculares han establecido como bueno.

En coherencia con los valores que el sistema produce, en nuestra sociedad se elogian el respeto a la propiedad y a la ley que la consagra, la iniciativa y el esfuerzo que llevan al éxito, la riqueza, la honradez del que devuelve lo que encontró, etc. Y se condenan el robo, la violencia y las actitudes antisistema.

Rompen en cambio esa coherencia otros valores que se proclaman por tradición, como el amor al prójimo, la generosidad del que comparte lo suyo con los demás, la cooperación, la igualdad de derechos y otras lindezas semejantes, pero que poco tienen que hacer contra la fuerza de los valores egoístas que la experiencia social promueve intensamente.

Mientras los valores individualistas afectan a casi todos, la proclamación y prédica de meta-valores no afecta por igual a unos y otros, pues en las sociedades elitistas no toda la población está integrada en la misma cultura. Por debajo de las clases altas y medias hay un mundo social no integrado, que tiene sus propias formas de evaluar y de enseñar valores, algunos de ellos coincidentes con los oficiales, otros específicos, incluso contrarios.

LA ESCUELA COMO ANTI-ESCUELA

A través de sus relaciones con familiares, compañeros y un ambiente en el que destacan los medios de comunicación, el niño va aprendiendo los valores individualistas del tipo antes descrito.

La escuela no está capacitada para alterar esta situación, e incluso ella misma, por su propia forma de funcionamiento y por la escasa preparación del profesorado en el espacio de la educación sentimental, se convierte en una anti-escuela promotora de valores no deseables.

El uso del aula, en la que unos se aprenden sin motivo como excelentes y otros como incapaces, el trato que los alumnos reciben del profesorado, que con frecuencia es el que naturalmente inspira su comportamiento (simpatía para los buenos, antipatía para los malos), la calificación en exámenes como motivación para el estudio, la presentación del conocimiento partido en asignaturas y temarios de curso que se aprenden para el examen y luego se olvidan, la falta de medios para hacer que avancen los que se quedan atrás, etc., todo ello hace que la escuela no sólo es incapaz de enderezar los afectos torcidos, sino que ella misma los produce.

 DEL REMEDIO ILUSORIO AL REMEDIO IMPOSIBLE

La Educación para la ciudadanía pertenece al repertorio de predicaciones y exhortaciones de meta-valores oficiales con que se intenta abordar la educación moral en la escuela. Pero hay que tener en cuenta que el aprendizaje de esos meta-valores depende de estas circunstancias:

  1. El grado de integración cultural de la clase social a que pertenece el niño.
  2. El deseo del niño de ser como es debido o de ser transgresor. El niño que ha sido bien tratado y bien evaluado por los otros significativos (padres, maestros) quiere seguir recibiendo aprobación y tiende a aceptar los meta-valores que se le inculcan. El descalificado y maltratado  tiende más bien a contradecir toda exhortación moral que le llegue.
  3. El valor que tiene para el niño quien le predica sus deberes.

De manera que si el niño no pertenece a una familia integrada socialmente (como ocurre con las de clase baja e inmigrantes pobres), si tiene tendencia transgresora, o si quienes le predican los valores (padres, maestros) han generado en él valores negativos, es probable que la predicación no fabrique los valores morales pretendidos, sino sus contrarios.

A su vez, y esta es la segunda cosa a considerar, la eficacia de los meta-valores aprendidos depende de la intensidad de los valores de primer nivel a que se oponen. Puesto que en caso de conflicto acabarán predominando los que tengan más fuerza en la mente del niño, de poco servirán los meta-valores que se le proponen si los valores de primer nivel afectados son contrarios y más fuertes.

Es, pues, remedio ilusorio el que se limita a recurrir a predicaciones y exhortaciones. Y por otra parte, ¿se conseguiría algo si no fuera ilusorio? Quiero decir que aceptar en nuestra sociedad los meta-valores oficiales convierte a cualquiera en conforme con una situación que debería ser combatida. En ningún libro de texto se hace la necesaria crítica razonable al capitalismo.

Si pretendiéramos diseñar una escuela basada en principios científicos habría que conseguir que, predicaciones y exhortaciones aparte, las experiencias del niño con sus compañeros y maestros, con el estudio, consigo mismo, fueran gratificantes, esto es, consolidaran en su mente valores positivos suficientemente fuertes respecto a los resultados de la curiosidad, la indagación y la constancia, respecto a la colaboración con otros y a la práctica de las distintas artes y destrezas; y que además, respecto a sí mismo, fabricaran valores realistas y afectivamente proporcionados, compensados por el afecto dirigido a los otros y por la capacidad de autocrítica. Una parte considerable del esfuerzo debiera dedicarse a idear razonamientos, pero sobre todo situaciones y experiencias que hicieran decaer los valores contrarios aprendidos fuera. Evidentemente, esta escuela, para ser buena, tendría que ser necesariamente antisistema en atención a la mera racionalidad y justicia.

Todo esto es fácil de decir, pero imposible si no se emplean los recursos necesarios, pues requiere una ideología progresista y los necesarios expertos capacitados para ganarse el afecto de los escolares y para vigilar y controlar los procesos psicológicos que se van produciendo en ellos, ya que en muchos momentos habrá que usar la técnica adecuada para remediar desperfectos psíquicos (la mayoría producidos fuera, algunos en la propia escuela). Requiere además una tarea adicional con los miembros de clases económica y culturalmente pobres, a los que no hay que retrasar el momento de su incorporación obligatoria a la escuela, como propone irresponsablemente la actual Secretaria de Educación, sino justamente anticiparla todo lo necesario para que desde un principio disfruten de un entorno afectiva y semánticamente rico.

Por supuesto que en nada podrían emplearse mejor los recursos de la sociedad, pues el resultado sería, por fin, una población de personas autónomas, ilustradas y amistosas. Pero precisamente por ello, claro está, eso es algo que los poderes actuales jamás intentarán. ¡Una población de personas autónomas, ilustradas y amistosas, hasta ahí podíamos llegar! El sistema capitalista no duraría un día. No cabe tener esperanza en la escuela pública dentro de nuestro sistema social.

Y es que, como no podría ser de otra forma, los sistemas de educación vigentes son los adecuados para que la estructura del sistema social se reproduzca, obviedad esta que desagrada mucho a los bienpensantes. Los políticos y los pedagogos que les asesoran, dispuestos a hacer tortillas sin romper huevos, parecen creer (no sé si son tan ingenuos como para creerlo realmente) que la educación puede mejorar a base de cambiar de nombre a las mismas prácticas. Y su obsesión, ya se dijo, es quedar bien en las pruebas internacionales.

EL PAPEL DE LA IZQUIERDA

Pero entonces, si una escuela pública adecuada es imposible y si la escuela privada es de baja calidad y de inspiración conservadora. ¿Qué cabe hacer?

Sin duda, demostrar el movimiento andando: poner en marcha una buena escuela privada progresista. Sólo una izquierda que entienda bien cuál es su papel puede echarse encima la tarea de demostrar que una buena escuela es posible. Una buena escuela, una sola buena escuela, dejaría en evidencia empírica el grado de miseria de la enseñanza actual, esa que se propicia desde los informes internacionales.

La derecha tiene el sistema educativo que le va bien, pero la izquierda no, y por ello su reflexión debiera ser más insistente (con lo que terminaría siendo más renovadora).

En otras ocasiones he traído a colación el ejemplo de la burguesía ilustrada y su Institución Libre de Enseñanza. Pero nuestra izquierda oficial es incapaz de emprender una tarea semejante. Pone todo su esfuerzo en luchar electoralmente por unos cargos desde los que no puede cambiar la realidad salvo en aspectos intrascendentes. Y desdeña, o no considera las tareas que, con vistas a un cambio social profundo, deberían ser fundamentales: primero recuperar la credibilidad mediante, por una parte, un comportamiento en el campo político nada parecido al habitual de los políticos profesionales y, por otra, mediante un esfuerzo de investigación que la resitúe en la vanguardia intelectual. Y luego, desde esa credibilidad, dedicar los principales esfuerzos a la difusión de conocimiento por medios de comunicación propios, y a la enseñanza en los espacios básicos. Pero este es otro tema, sobre el que expongo mi opinión dentro de este blog, en La izquierda que hace falta.

jmchamorro@jmchamorro.info

¿SE PUEDE TRASPLANTAR UN CEREBRO?

I. NO SE PUEDE

En una ocasión me preguntó un alumno: ¿Y qué pasa si me trasplantan el cerebro de otro? Que no te han trasplantado el cerebro de otro, le respondí; es al otro al que han trasplantado tu cuerpo.

Para sorpresa mía los alumnos presentes se quedaron con cara de que les costaba comprender. Vacilaban, fruncían ceños y bocas, miraban al techo, negaban con la cabeza. Y es que el dualismo está tan afianzado, que todos, incluso los que se creían materialistas, tenían muy metida dentro, muy por debajo de su capacidad crítica, la vaga idea de un “yo” inmaterial propietario de su residencia material (el cuerpo con todas sus partes, cerebro incluido). Les pregunté, a los alumnos presentes, dónde pensaban que están los conocimientos, recuerdos y deseos, los sentimientos, el concepto de uno mismo, el sentido del bien y del mal, la voluntad para actuar, los valores: ¿en el cerebro o fuera de él? Y nadie respondía.

Desde el enfoque materialista, insistía yo, carece de sentido decir que han trasplantado a Pedro el cerebro de Juan. Ha ocurrido que en el cuerpo que era Pedro (y que ha dejado de serlo desde que extrajeron su cerebro) han introducido el cerebro de Juan, por lo que aquel cuerpo pasa a ser ahora el cuerpo que es Juan. Por más que la gente siga viendo a Pedro, es a Juan con figura de Pedro al que tienen delante. Aunque claro está, el cuerpo también cuenta. Juan en el cuerpo de Pedro no es el mismo que en su primitivo cuerpo. Sentirá sorpresa cuando en el espejo se vea metido en un cuerpo extraño. Pero la sorpresa la sentirá el cerebro que contiene la mente de Juan, no el cuerpo ajeno en que lo han metido. Mis alumnos seguían sin tener la cosa clara.

II. SÍ SE PUEDE

Adela Cortina se plantea el mismo asunto, aunque en dirección opuesta, en el artículo “¿Somos nuestro cerebro?” publicado en El País del pasado 4 de abril. Lo traigo a colación no porque tenga especial interés en contradecir a la autora (es el segundo artículo suyo que comento), sino porque el tema me parece interesante.

En su opinión no se puede hacer ningún reproche ético a la investigación sobre el cerebro si su fin es conseguir una vida mejor: avanzar, por ejemplo, en la prevención de enfermedades como la esquizofrenia, el alzhéimer, las demencias seniles, la enfermedad bipolar o la arteriosclerosis; facilitar una buena salud neuronal hasta bien entrados los años, mejorar nuestras capacidades cognitivas, precisar más adecuadamente la muerte cerebral, tratar tendencias como las violentas, servirnos de conocimientos sobre el cerebro que permitan a los maestros actuar de forma más acorde al desarrollo de ese órgano, extremadamente plástico.

Sin embargo, sigue diciendo Cortina, hay cosas que no son éticamente aceptables, como entrar en la intimidad de una persona sin su consentimiento, y por ello se requiere consentimiento en la prueba neurológica conocida como “test de la verdad”, a través de la cual pueden leerse determinadas respuestas cerebrales. ¿Por qué entrar en el cerebro de una persona es introducirse en la intimidad? ¿Qué tiene de especial ese órgano, que la sola idea de trasplantar un cerebro nos parece inquietante, cuando ya se practican trasplantes tan complicados de otros órganos y otros miembros del cuerpo?

La respuesta a estas preguntas depende de que se sea, o no, materialista. Para el materialista, nos dice Cortina, la persona es su cerebro y donde va el cerebro de una persona va esa persona. Ello quiere decir que actuamos determinados por nuestras neuronas, de modo que no existe la libertad, sino que es una ilusión creada por el cerebro, como todo lo demás. Para el materialista el cerebro crea las percepciones, la conciencia, la voluntad y, por ello, tanto da que el cerebro se encuentre en un cuerpo como en un ordenador, porque él lo crea todo.

A Cortina no la convence esta concepción, le parece muy simple. Para ella la idea de “cerebro creador” es un mito, no es el cerebro el que crea nuestro mundo.

¿Se necesita alguna prueba? Cortina la encuentra al momento: resulta que el médico que supervisó la “prueba de la verdad” aplicada a Carcaño ha aclarado que la prueba recibe ese nombre porque la persona sometida a ella no puede mentir, pues “las respuestas cerebrales son automáticas y, por tanto, no están condicionadas ni por la voluntad ni por la conciencia”. Este comentario del médico sirve a Cortina para concluir:

“De donde se sigue para cualquier lector que la voluntad y la conciencia, surjan de donde surjan, son algo distinto de las neuronas y tienen la capacidad de actuar suficiente como para modificar los mensajes automáticos del cerebro. Pueden inventar historias, tratar de ocultar los recuerdos impresos, interpretarlos de una forma u otra desde esa capacidad de fabulación que nos constituye como personas.”

Varios errores veo yo en estas líneas. Dejando aparte que la afirmación de un médico en declaraciones a la prensa nunca puede aportarse como prueba de que la voluntad y la conciencia son cosas distintas de las neuronas, ocurre que la cita del médico es imprecisa. No son automáticas las respuestas cerebrales, sino algunas, por ejemplo las que consisten en ondas P300, que son a las que el médico se refiere. De que estas respuestas no sean controlables por la voluntad y la conciencia no se sigue, claro está, que no haya otras respuestas cerebrales controlables, ni que voluntad y conciencia no sean procesos que se dan en estructuras cerebrales.

III. EL MITO DEL ALMA ESPIRITUAL

Se llama dualistas a quienes creen en dos sustancias, una material (el mundo con todas sus cosas, cuerpos humanos incluidos) y otra espiritual (dioses, ángeles, almas). Ahora bien, no todos los dualistas se atreven a proclamar su creencia. ¿Y por qué no se atreven? Pues porque está mal visto en el mundo intelectual afirmar la existencia de entidades de las que no cabe experiencia empírica alguna. Tan gratuito es afirmar que tenemos un alma como afirmar que tenemos siete almas y media, tan gratuito afirmar que existe el dios de la biblia como afirmar que existen los dioses de la mitología griega. La doctrina católica afirma que el alma tiene tres virtudes teologales y cuatro cardinales, pero podía haber afirmado muchas más, o muchas menos, y distintas, pues queda fuera de todo control que existan almas que tengan virtudes. ¿Por qué cree el dualista que cada humano tiene un alma y no siete almas y media? No porque disponga de alguna prueba, sino porque es lo que le enseñaron en la niñez, y esa creencia está muy fuertemente relacionada con su afecto.

Puesto que la existencia del alma es indemostrable, y por tanto propia de eso que se llama fe (creer en algo sin fundamento racional), el dualista académico sabe muy bien que no puede utilizar su creencia en discusión con quien no la comparte. Por eso no afirma directamente la existencia del alma en que cree, sino que se limita a poner en duda la capacidad del cerebro para ciertas facultades y tareas, insinuando que entonces debe haber otra cosa.

Presten atención a la vaga expresión “surjan de donde surjan” que Cortina aplica a la voluntad y la conciencia tras decir que son algo distinto de las neuronas. Si no son estructuras y procesos cerebrales ¿de dónde pueden surgir? Sólo queda pensar en un alma inmaterial que sobrevuela el cerebro. Y puesto que la persona es su conciencia y su voluntad (cosas distintas de las neuronas), en principio es posible un trasplante de cerebro. Esto no es algo que afirme Cortina, sino algo que se sigue de lo que afirma.

Cierto que ella dice que la idea de trasplantar un cerebro nos parece inquietante. Y no es para menos, pues veamos: Pedro es su alma (su conciencia y voluntad) y ese alma sigue siendo Pedro aunque Pedro pierda su cerebro y reciba el de Juan. Pero entonces, fíjense: resultará que el alma de Pedro ha perdido todos los recuerdos que estaban almacenados en el cerebro antiguo (los recuerdos de Pedro), a cambio de los recuerdos que están almacenados en el cerebro recibido (los recuerdos de Juan). Ha de ser sin duda un Pedro muy desconcertado. Y además ¿cómo podemos asegurarnos de que el alma de Pedro sigue en el cuerpo de Pedro una vez extraído su cerebro? ¿En qué parte del cuerpo reside el alma si no está en el cerebro? ¿No es posible que se nos haya escapado sobrevolando el cerebro extraído? ¡Los problemas del dualista!

Pasando a otro punto: quienes creen en el alma atribuyen al humano una libertad metafísica, que se puede explicar diciendo que la conducta está causada por el alma y que el alma, por ser espiritual, está libre de las determinaciones materiales. Una consecuencia es que las acciones que se siguen de la voluntad del alma no son explicables por la ciencia, y menos aún predictibles. El dualista no puede aceptar que lo específicamente humano sea objeto de investigación científica. Ciertamente, si se piensa que la voluntad y la conciencia no consisten en estructuras y procesos cerebrales, hay que concluir que los científicos no tienen nada que investigar sobre ellas, porque la ciencia sólo se ocupa de entidades materiales sometidas a procesos causales materiales.

Por ello Cortina termina su artículo diciendo: “Parece, pues, que el enigma de la conducta humana sigue siéndolo, y que es necesario continuar las investigaciones desde el trabajo conjunto de humanistas y científicos, porque conocernos a nosotros mismos es la gran tarea que nos dejó encomendada Sócrates. Es ella misma un gran beneficio.” Debe entenderse que Cortina asigna a los científicos la investigación del cerebro y a los humanistas la del alma.

El inconveniente es que los humanistas no investigan (¿cómo van a investigar el alma?), se limitan a reproducir el mito que se viene manejando desde hace milenios, y que allí donde se impone entorpece la investigación verdadera, la que realizan los científicos.

IV. ¿ES EL MATERIALISMO UNA TORPEZA ANTIHUMANA?

La palabra “materialismo” tiene un matiz peyorativo en su uso ordinario, y muchos trasladan ese matiz al uso filosófico. Para ellos es malo rechazar la parte espiritual del hombre y la parte divina del universo. Ciertamente al materialista se le llama así porque no cree en una sustancia espiritual. El materialista no afirma que dios, los ángeles, los demonios y las almas no existen, puesto que esa inexistencia no puede probarse. Simplemente, da relevancia al hecho de que no puede probarse su existencia. El materialista carece de fe irracional: cree en aquello que se manifiesta empíricamente, sea de manera directa, sea por efectos asignables en virtud de una teoría contrastable.

Refuerza su posición el hecho de que hay mil pruebas de que todas esas entidades espirituales han ido siendo inventadas por los hombres, aquí de una forma, allá de otra, y con qué funciones. El materialista tiene valor para rechazar los mitos consoladores por mucho que le duela. Sin duda resulta duro, y para algunos insoportable, dejar de creer que tenemos naturaleza espiritual y por tanto incorruptible y eterna, persistente y voladora aun cuando nuestro cuerpo muera y nuestro cerebro se desintegre. Detrás de la creencia en el alma están las religiones, no lo olvidemos. ¿Qué sería de ellas si la gente dejara de creer en el alma?

Pero es que además hay razones poderosas para creer que la persona es un sistema biológico surgido de la evolución, cuyo psiquismo (llamémoslo mente) consiste todo él en estructuras y procesos cerebrales. Sólo desde esta posición materialista cabe ir asimilando los descubrimientos de la neurociencia, entre ellos, por ejemplo, que quienes tienen dañada la corteza órbito frontal encuentran dificultades para saber qué está bien y qué está mal; que en la agresividad juega un papel el bajo nivel de serotonina; que la mente del asesino en serie se relaciona con un vacío de actividad en la parte racional del cerebro y exceso de actividad en la parte emocional; que el amor romántico está ligado a la feniletilamina, que tiene efectos parecidos a una anfetamina y plazo de caducidad, mientras que el amor pausado de madurez se relaciona con las endorfinas; que la depresión depende de que se inactiven los mecanismos bioquímicos que hacen que una sensación sea agradable, y desaparece introduciendo en el cerebro la química que los reactiva; que la tristeza se corresponde con una mayor segregación de cortisol, o niveles más altos en sangre de interleucina 6 o de la proteína C reactiva; o que la cantidad de luz solar tiene que ver con distintas características de las manías.

En definitiva, sólo desde la posición materialista cabe explicar por qué los cambios físico-químicos del cerebro influyen en los estados de ánimo, las capacidades y voluntad de la mente (al punto que la mente pierde facultades y memoria conforme el cerebro va perdiendo conectividad o neuronas en suficiente número); por qué la mente no puede manifestar conocimientos o habilidades si el cerebro no los ha aprendido, incluso más, por qué la mente carece de capacidades humanas si el cerebro no ha aprendido la lengua del grupo.

Por lo demás, que el cerebro proporcione conciencia y voluntad no es algo raro en la naturaleza: en eso los humanos no somos distintos de otros muchos animales. Los chimpancés tienen conciencia y voluntad. ¿Y acaso se nos ocurre asignarles un alma?

El materialista cree, muy de acuerdo con lo que la ciencia va descubriendo, que al cerebro van llegando sensaciones a través del aparato sensorial del cuerpo y que esas sensaciones, convertidas por el cerebro en percepciones, se van depositando en la memoria como acopio de imágenes ligadas a pautas afectivas y pautas motoras, con una peculiaridad que no se da en los restantes homínidos: que todo ello acaba conectado entre sí por la red de aprendizajes verbales. El sistema psíquico así formado, la mente humana, tiene todas las capacidades y funciones que el dualista atribuye al alma. Cada entrada sensorial activa unas partes del sistema mental y estas activaciones van ocasionando otras según la lógica del propio sistema. Y tanto los elementos que se van activando, como la misma lógica que dirige el proceso dependen de la historia de aprendizajes, es decir, de lo que ha ido entrando en el cerebro y ha quedado sistematizado en su memoria. Una parte de esas activaciones produce la conducta.

El materialista es por tanto determinista. ¿Significa esto que para el materialista la libertad no existe? En absoluto. Sólo significa que cree que la conducta está causada por la relación entre los estímulos del medio y los deseos y capacidades del sujeto.

El materialista cree en la libertad empírica. Nos referimos a ella como lo opuesto a cárcel, opresión de una dictadura, normas jurídicas o sociales, costumbres, opinión o voluntad ajenas. Es también empírica la libertad frente a una pasión que esclaviza. Y sigue en el espacio empírico quien habla de libertas a miseria (ser libres de la miseria). Se repara menos en otra libertad empírica, la libertas a ignorantia (ser libres de ignorancia), pese a que sin ella no se puede actuar libremente aunque se tengan todas las restantes.

V. MALOS ARGUMENTOS

El materialismo tiene tantas razones a su favor que los argumentos de los dualistas son confusos y muchas veces basados en tergiversaciones. Cortina incurre en dos de ellas: una acusar al materialista de que no cree en la libertad; y otra suponer que el materialista cree que el cerebro lo crea todo y que por ello da lo mismo que esté en un cuerpo que en un ordenador.

Respecto a la primera, acabamos de ver que hay que distinguir entre libertad metafísica y libertades empíricas. La primera es puramente ideológica, las segundas son las que importan, las que se dan o no se dan en la vida real. El materialista no cree en la libertad metafísica (la libertad del alma) puesto que no cree en el alma. Pero sabe muy bien que las personas pueden tener libertades empíricas, perderlas y reconquistarlas. Revela por tanto ignorancia decir, sin más, que el materialista no cree en la libertad. Otra cosa es la actitud política. Tanto el materialista como el dualista pueden ser defensores de las libertades empíricas de los conciudadanos, o enemigos de ellas. Pensando en este segundo caso: es probable que Stalin se considerara materialista y que Franco, Pinochet y Videla creyeran en el alma y en su libertad metafísica.

Respecto a la segunda tergiversación, aunque el materialista cree que en el cerebro se encuentra toda la vida psíquica, ello no significa que piense que el cerebro la fabrica de la nada. Es decisiva la realidad exterior que afecta a los sentidos, y también el resto del cuerpo, no sólo porque su aparato sensorial sea el productor de las sensaciones que llegan al cerebro, sino porque los aprendizajes que el sujeto hace sobre sí mismo dependen de cómo se ve en el espejo y se percibe en la actividad física, y de las reacciones que provoca su cuerpo en los otros. Si el materialista creyera, como Cortina afirma, que todo es una ilusión creada por el cerebro, habría que decir: ¡Qué bruto el materialista, que cree que el cerebro lo crea todo sin que en su creación influya la entrada sensorial que, procedente del cuerpo y del medio, le llega a través del aparato sensorial del cuerpo!

Es cierto que cabe imaginar un cerebro sin cuerpo (el cerebro en una cubeta de que habló Putnam), conectado a un hipotético ordenador capaz de crear estructuras y procesos neuronales semejantes a los que fabrica la realidad. El “yo” de ese cerebro podrá ser una chica rubia, tendida en la playa, mirando aburrida el movimiento de las olas, o, si cambiamos de programa, un motero que, haciendo un caballito, cae y se parte una pierna. Dado que ese hipotético ordenador (manejado por el genio maligno cartesiano en versión tecnológica) puede producir una realidad virtual indistinguible de la “real”, nadie puede asegurar en cuál de ellas se encuentra. Se trata de una vieja duda de la que no podemos salir mediante argumentos o pruebas. Pero esa duda no tiene que ver con el materialismo, afecta tanto a materialistas como a dualistas. Y tanto unos como otros la olvidamos (salvo en momentos de mera especulación, trasladada a películas que han tenido éxito, como Matrix). Y tanto unos como otros creemos que existe la realidad exterior que percibimos (y formando parte de ella nuestro propio cuerpo).

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