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¿QUIÉNES SON ANTISISTEMA, POPULISTAS Y TOTALITARIOS?

¡Hay que ver la que le está cayendo a Podemos por su éxito electoral! Incluso en un periódico comedido como El País se han publicado dos artículos que revelan mala intención, uno de Francisco Mercado, que nos informa de que la fundación “sin ánimo de lucro” Centro de Estudios Políticos y Sociales (CEPS), en cuyo consejo ejecutivo han figurado los tres principales dirigentes de Podemos (Pablo Iglesias, Íñigo Errejón y Luis Alegre), ha recibido desde 2002 al menos 3,7 millones de euros del Gobierno de Hugo Chávez por distintos asesoramientos. Se añade que el Gobierno español y la Generalitat valenciana son también clientes de esta fundación, pero que en algunos ejercicios las retribuciones del Gobierno venezolano superaron el 80% de sus ingresos. Va uno leyendo luego el detalle de las cifras y termina preguntándose a dónde demonios quiere llegar el autor. No llega a ninguna parte: lo que nos cuenta es todo muy normal, pero deja en el aire la insinuación de que Podemos está financiado por el chavismo. También Antonio Elorza relaciona en otro artículo a Podemos con el chavismo, que como todos sabemos es una cosa muy mala. Y lo hace para acabar acusando a Podemos de populista, antisistema y totalitario.

POPULISMOS

La palabra “populismo” se puede utilizar en forma encomiástica, frecuente en EE UU y América latina, para caracterizar al político que intenta actuar a favor del pueblo. Y en forma peyorativa, la frecuente entre nosotros, que es la que elige Antonio Elorza al definir el populismo como la idea de que cabe todo para atraer votos, sin estimación de costes. Y la aplica así:

Para atraer votos, hará falta diluir la propia mentalidad chavista, según hace el interminable programa electoral de Podemos, dando prioridad a necesidades bien reales (desahucios, pensiones, corrupción). Ahí cabe todo, sin estimación de costes; por eso es justa la calificación de populismo. Lejos de la lengua de palo de IU, resulta preciso multiplicar anzuelos, “convertir el descontento social en una tendencia electoral”.

¡Anda demonios! ¿Y qué cabe hacer entonces? ¿Se es populista, en el mal sentido de la palabra, si se da prioridad a necesidades bien reales? Tal vez no, salvo que se sea simpatizante de Chávez.

Como la definición de Elorza nos lleva a pensar que todos los partidos acreditados son populistas, creo que es preferible relacionar el populismo, en sentido peyorativo, con promesas o medidas que al pueblo le parecen beneficiosas, pero que en realidad encubren una política diseñada en su perjuicio.

Casos de populismo malo

Se me ocurren los siguientes: el gobierno ofrece al pueblo una rebaja en impuestos directos que se compensa bajo cuerda con peores servicios y con subidas en otros impuestos y tasas. O hace una campaña publicitaria para que el contribuyente medio se sienta responsable de los servicios sociales y se abstenga de defraudar, y al mismo tiempo el partido en el poder defrauda mediante cuentas B y proporciona formas legales de defraudación a los contribuyentes ricos.

Más casos: se culpa a una minoría de las penalidades de la población y se carga contra esa minoría para que el resto se sienta vengado y protegido. O se utilizan símbolos enaltecedores de la nación o etnia a fin de que los de abajo se sientan unidos con los de arriba en una empresa que interesa a estos. O se apela a los valores de la democracia o a los derechos humanos al tiempo que se defiende el capitalismo. O se da a los de abajo ventajas que los integran mejor en un sistema que a la postre los perjudica.

En este último caso encaja, ¡oh sorpresa!, nada menos que el Estado del Bienestar, que sería el populismo más inteligente (y por ello mismo el más insidioso). Se concede a la población cuidados sanitarios, una enseñanza de baja calidad, pensiones de jubilación y subsidios de paro mezquinos, y se la tiene así tranquila y medio satisfecha en un sistema que la domina y explota.

Según esto la derecha procapitalista (incluyendo en ella a la socialdemocracia) es por su propia naturaleza populista en el sentido peyorativo. Pero resulta que se ha lanzado a descalificar por populista a todo el que propone alguna medida que beneficia a la mayoría.

El populismo de Podemos

Cabe tachar de populismo a Podemos, pero por la razón contraria a la que se alega: porque en su programa no llega a sobrepasar el nivel de la socialdemocracia. Pues en realidad, aunque se quiere presentar a ese partido como si estuviera a la izquierda de la izquierda, sus propuestas no llegan a rozar la raíz del capitalismo.

En efecto, proponer la prohibición de los despidos en empresas con beneficios, o la derogación de las reformas laborales implantadas desde el estallido de la crisis, o un incremento significativo del salario mínimo interprofesional y el establecimiento de un salario máximo proporcional, o una auditoría de las deudas pública y privada para delimitar qué partes de éstas pueden ser consideradas ilegítimas, o la derogación del artículo 135 de la Constitución española modificado alevosamente por Zapatero-Rajoy, todo ello es algo obligado si se tiene un mínimo de sensibilidad social. Y qué menos que exigir la conversión del BCE en una institución democrática dotándole de nuevas funciones para el desarrollo económico de los países. El programa propone también impuestos a las grandes fortunas y una fiscalidad progresiva sobre la renta, un aumento de los tipos en el Impuesto de Sociedades, recuperación del Impuesto de Patrimonio, supresión de mecanismos de elusión fiscal como las SICAV y eliminación de los privilegios fiscales del capital financiero.

Todo ello está muy bien, pero no es suficiente. En concreto: no se propone un límite a la riqueza privada, ni la nacionalización de la banca y de los medios de comunicación privados para dotar a una y otros de un funcionamiento democrático.

Así que ese programa no llega a la raíz (seguramente porque la gente no está para medidas radicales). En definitiva, aunque se realizaran todas sus propuestas, nos mantendríamos en un sistema capitalista: la oligarquía que nos domina seguiría ahí con todo su poder haciendo imposible el funcionamiento democrático. Quiere ello decir que, desde la izquierda, a Podemos se le puede criticar por quedarse corto, no por pasarse cuatro pueblos.

El odio a Podemos

Entonces ¿por qué Podemos despierta más animadversión que IU, por qué ese afán de presentar a los dirigentes de Podemos como diablos dotados de los mismos cuernos y rabos con que previamente se ha dibujado a los dirigentes izquierdistas latinoamericanos?

Ha ocurrido que nuestros partidos políticos se han ido corriendo hacia su derecha y de esta forma los que estaban a la izquierda ya no dan miedo. Los poderosos los ven como animalitos bien domesticados. El PSOE renunció primero al marxismo (porque así lo decidió su líder en solitario) y luego ha abandonado la identidad socialdemócrata, que fue recogida por IU para sustituir al innombrable comunismo de cara al electorado. Esto, añadido a su escaso éxito electoral y a su dependencia de los bancos, ha hecho a IU respetable. Pero resulta que llega ahora Podemos, que no depende de los bancos, que conecta mucho mejor que IU con los movimientos sociales y que, al actuar con más garra y con más gancho mediático, ha tenido tal éxito electoral que amenaza con alcanzar el poder si no se lo para. Y hay que pararlo no importa con qué medios. Uno de esos medios es relacionarlo con Chávez, con Irán, con todo lo que se han ido encargando de hacernos ver que es malísimo.

En algunos de los más rabiosos opositores a lo “bolivariano” vemos el odio tradicional a todo lo que huela a izquierdismo, pero también el resentimiento de quienes presencian que otros han hecho lo que ellos, como socialdemócratas, deberían estar haciendo, pero no se atreven: decir a los poderes parasitarios exteriores “hasta aquí hemos llegado, esto se acabó” y meter en vereda a los poderes parasitarios internos. Eso es lo más significativo que hizo Chávez, y trajo como consecuencia una gran mejora en las condiciones de vida de la mayoría de la población venezolana. ¿Por qué se empeñan tantos en no recordar lo que era Cuba antes de Castro o Venezuela antes de Chávez?

¿QUÉ ES SER ANTISISTEMA?

Elorza nos dice que, gracias a la relación de Monedero con Chávez, la Facultad de Políticas de la Complutense se ha convertido en plataforma para la izquierda chavista del Cono Sur. Y comenta irónicamente que, tras la lección de democracia latinoamericana a Europa, el balance es: demócratas españoles, fuera; bienvenida en cambio la izquierda abertzale y autorizada Corea del Norte.

El proyecto de Podemos –añade Elorza- no es como el de Alexis Tsipras, revolucionario, de cambio radical en la Europa realmente existente, sino antisistémico. Al otro lado de la ruptura total con el régimen representativo, esclavo de “los mercados”, de esa siniestra transición de 1977 que borró la memoria histórica y sancionó el dominio de los poderosos, estará “el pueblo”, reunido en sus asambleas para formar un nuevo poder constituyente (otra vez Chávez), léase minorías activas controladas desde Internet por el líder (como Grillo). ¿Democracia? Para Iglesias carece de sentido si es la que conocemos, como “procedimiento”, y entonces es democracia usar violencia contra ella para derribarla; no obstante como procedimiento se recupera si sirve para descalificar a sus adversarios —siempre “antidemócratas”— o si puntualmente erosiona el sistema (referéndum). Todo vale para acabar con “la casta”, con una “Constitución caduca”. Claro que como ocurriera con Chávez, no fue él quien montó el caos que le hizo posible.

¿De qué sistema hablamos?

El sistema social comprende aspectos políticos, económicos e ideológicos, todos ellos configurados históricamente y ensamblados mediante una legislación defendida por un poder coactivo. El capitalismo es el último en la serie histórica de sistemas elitistas, de manera que ser antisistema no puede ser ahora otra cosa que ser anticapitalista.

Parece que Elorza piensa que ser revolucionario y proponer un cambio radical no es ser antisistema si ello se hace “en la Europa realmente existente” y sin poner en duda nuestra democracia. En cambio es antisistema quien desprecia nuestros procedimientos democráticos y nuestra transición, y pretende devolver al pueblo el poder constituyente.

Pero veamos: todos hemos tenido ocasión de aprender que esta democracia no lo es, que quienes deciden son (los controladores de) los mercados junto a instituciones no democráticas (FMI, Troika, BCE). Una de las causas de la indignación de muchos es que los políticos se lo guisan y se lo comen y a la gente sólo le preguntan cada cuatro años qué partido “prosistema” prefiere que gobierne. Recordemos un caso muy significativo: el PP se presenta con un programa electoral y cuando consigue el poder recibe órdenes de fuera que le obligan a sustituir ese programa por otro en muchos puntos contrario. Rajoy no convoca nuevas elecciones ni somete a referéndum la política que le han dictado, sino que se pone a ejecutarla como si estuviera avalada por una mayoría de votantes. Que esto haya sido posible, que se haya podido realizar con toda tranquilidad, refleja la clase de “democracia en que vivimos.

También hemos tenido todos ocasión de aprender que la llamada transición fue efectivamente siniestra, como prueba que los restos de los asesinados sigan todavía en las cunetas mientras los criminales no han sido juzgados y muchos de ellos han conservado fortunas y honores, incluso han sido actores principales de esa misma transición.

Si es antisistema un programa que sólo pretende que nuestra (ya ni siquiera aparente) democracia se acerque algo a lo que debe ser una democracia, y que se revisen los desafueros de la transición, eso quiere decir que el sistema político no sólo no es democrático, sino que ni siquiera admite un retoque cosmético.

Elorza se escandaliza de que Podemos, al tiempo que denigra esta democracia, pretenda ejercer algunos de los derechos que ella otorga. Pero quien rechaza esta democracia y al mismo tiempo pide un referéndum constituyente no entra en contradicción. Está tratando de cambiar el sistema político utilizando algún elemento aprovechable de ese mismo sistema. Todo ello es irreprochable, sólo que insuficiente. Si el sistema político está integrado en un sistema más amplio, cuyos aspectos básicos son económicos e ideológicos, un cambio cosmético en la forma política no cambia significativamente al sistema como tal. Es por esto por lo que yo no veo que Podemos sea antisistema. Y sin embargo creo que desde el conocimiento y la decencia no hay más remedio que serlo.

La democracia por ahora imposible

Teniendo eso en cuenta, una crítica a Podemos desde la izquierda iría por otro lado y ligaría con lo antes dicho: si los dueños del dinero y los magnates de las finanzas siguen ahí, si la banca privada sigue ahí, si los medios de comunicación privados siguen ahí… abandonad toda esperanza. Cualquier democracia a la que se llegue será el disfraz de una oligarquía.

En cuanto a la capacidad para acabar con todo ello soy menos optimista que los teóricos de Podemos y no creo que “el pueblo” pueda funcionar como un poder constituyente inspirador de un cambio realmente radical. El problema no está en que las minorías activas sean controladas desde Internet por el líder. Las minorías activas han sido siempre controladas por sus líderes, no importa el medio, y tal vez sean menos controlables las que sostienen a Podemos. El problema es que el pueblo lleva encima muchos siglos de pobre y mala educación elitista. Las revoluciones políticas, violentas o pacíficas, pueden significar algún paso adelante, incluso significativo, pero por ahora no pueden llevar a un mundo en que la democracia sea al fin posible.

Me parece que el cambio real hacia una sociedad racional y justa ha de ser lento, y que hemos de empujar no sólo en el espacio directamente político, sino en otros por desgracia muy olvidados por la izquierda. Me refiero sobre todo a la creación y divulgación de conocimiento y a la educación, asuntos tratados en el programa de Podemos de una manera superficial.

INGREDIENTES DEL TOTALITARISMO

Elorza no se contenta con llamar a Podemos populista y antisistema. Le acusa también de totalitario. Precisamente su artículo toma el título (La ola) de un película de Dennis Gansel en la que un profesor (“ególatra y autoritario”, puntualiza Elorza) plantea un experimento con sus alumnos para mostrar en el ámbito de una clase cómo surge “la autocracia”, experimento que termina de muy mala manera.

Los ingredientes que dan forma a una mentalidad totalitaria –dice Elorza- son cuidadosamente individualizados en La ola: a) una ideología simple y maniquea que permite la designación del otro como enemigo; b) la formación de un grupo altamente cohesionado, en torno a unos signos identitarios; c) la existencia de un líder carismático, que fija los objetivos de la acción y detenta los mecanismos de control y vigilancia; d) la pretensión de ser reconocidos como únicos representantes legítimos de su colectivo; y e) el recurso a la violencia —física, verbal— para eliminar a opositores y disidentes.

Cree Elorza que estos ingredientes están presentes en Podemos, pues (1) también aquí hay profesores y aulas, como en la película. En la Facultad de Políticas de la Complutense existe una larga tradición de izquierdas, vigente desde la lucha democrática antifranquista, pero más cohesionada desde 2008 por influencia doctrinal de algunos profesores (precisamente Juan Carlos Monedero, Pablo Iglesias e Íñigo Errejón). (2) También aquí tenemos una ideología simple y maniquea que permite la designación del otro como enemigo: según Elorza la elaboración doctrinal de Monedero e Iglesias, por debajo de la verborrea, es bien escasa y se limita a vestir de mil maneras el “pobres contra ricos”, la lucha entre la igualdad y el capitalismo. (3) Tenemos el uso de signos identitarios para forjar la cohesión grupal: en diciembre 2008, en un boicot a una conferencia de Josep Piqué, unos estudiantes seguidores de los profesores citados se disfrazaron de presos de Guantánamo. (4) Tenemos un líder carismático que controla y vigila. Y (5) Tenemos el recurso a la violencia: además de boicotear una conferencia de Piqué se ha intentado boicotear dos conferencias de Rosa Díaz.

Todo ello, concluye Elorza, anuncia un ascenso de totalitarismo irresistible, como en la Italia de 1920. No puedo creer que este hombre, al fin y al cabo catedrático de ciencias políticas, esté escribiendo en serio.

¿Acaso son totalitarios todos nuestros partidos?

La caracterización que hace Elorza de la mentalidad totalitaria es aplicable a todos los partidos. Todos ellos desean y buscan líderes carismáticos (y hay que ver hasta qué punto los líderes fijan en todos los partidos los objetivos, y controlan y vigilan, más de lo que por ahora puede hacer el líder de Podemos). Por otra parte todos los partidos manejan una ideología simple y maniquea; todos disponen de grupos altamente cohesionados en torno a signos identitarios, sean banderas nacionalistas, sean símbolos partidarios (vestirse de presos de Guantánamo es una forma de denuncia muy parecida a otras muchas que nadie critica); todos tienen tendencia a ser reconocidos como únicos representantes legítimos de su colectivo y a considerar al disidente como un enemigo; y todos emplean la violencia verbal para eliminar a opositores y disidentes. Los estudiantes de Económicas emplearon la violencia verbal para silenciar a unos conferenciantes, pero esto es algo que se ha hecho muchas veces por jóvenes de todas las ideologías.

Cierto que la izquierda debe ser muy respetuosa con el derecho que todos tienen a expresar y defender sus ideas. Hay razones de principio y además una razón pragmática: cuando los procapitalistas dicen lo que quieren, sus propias palabras los delatan, y más los argumentos que puede utilizar contra ellos quien habla en nombre de la razón. En cambio si son boicoteados se convierten en víctimas y los boicoteadores se comportan como intolerantes violentos. Pero los jóvenes no son muy dados a dejarse influir por estas ideas cuando están muy indignados. Y ahora tienen motivos para la gran indignación. Boicotear conferencias no está bien, pero ver en ello un síntoma de totalitarismo en Podemos es sucumbir a un deseo, señor Elorza. La violencia perversa es la que lleva a eliminar al contrario físicamente, encarcelándolo, torturándolo o asesinándolo (todo eso que tapó cuidadosamente la transición) y también la violencia que consiste en marginar, denigrar, emprender campañas tendenciosas como la actual contra Podemos, impedir el acceso a medios de comunicación y de financiación controlados sin que parezca que se ha hecho nada. ¡Afortunadamente esta elegante forma de silenciar se ha devaluado con Internet y las redes sociales!

Un maniqueísmo inevitable

Pero digamos algo más sobre uno de los rasgos de totalitarismo citados por Elorza. Cuando está en juego igualitarismo frente a capitalismo la ideología maniquea es inevitable, porque lo que se opone al maniqueísmo es la indiferencia o la confusión. Tanto igualitaristas como procapitalistas ven enfrente al enemigo político (en otro caso estarían ciegos) y todos creen que el bien está de su parte y el mal en contra. Hay, eso sí, una diferencia, y es que el maniqueísmo de los igualitaristas es racional, pero no el otro. Y esto por una razón elemental: el igualitarista puede mantener coherencia entre su ideología general y sus ideas políticas. El procapitalista no, a menos que sea nietzscheano. No, desde luego si es adicto al pensamiento políticamente correcto, esto es, si al tiempo que defiende el capitalismo se empeña en defender la democracia, la justicia, la igualdad y la solidaridad. No digamos si además es cristiano.

Puede parecer simple el maniqueísmo de los igualitaristas que conciben la lucha política como una lucha de pobres contra ricos. Los pobres no luchan por ahora. La mayoría no sabe contra qué luchar y todos andan con miedo. Los ricos no necesitan luchar, lo tienen todo bajo control. Pero también es pobre la idea de que esa lucha es cosa del pasado. Parece preferible entender el asunto como incompatibilidad entre los intereses de una oligarquía y los intereses de la mayoría de la sociedad, en cuyo caso la lucha política de la izquierda pretende eliminar esa oligarquía, claro está que no físicamente, sino en el sentido de que toda la población pueda integrarse en una sociedad cuyos intereses básicos sean compartidos. A este maniqueísmo inevitable lo podemos llamar laico, y no es condenable.

El maniqueísmo peligroso

El peligro está en el Maniqueísmo Teológico, el que define un Bien Absoluto amena­zado y un Mal Absoluto amenazante. Pues el carácter absoluto del Bien (siempre propio) y del Mal (siempre ajeno) autoriza a destruir a los partidarios del Mal y a causarles el mayor de los daños a tenor de su infinita culpa. Un ejemplo de este maniqueísmo es el integrismo católico: vean a esos fanáticos que creen a pies juntillas la demencial afirmación eclesiástica de que un óvulo recién fecundado es una persona, vean la santa indignación con que llaman asesinos a quienes defienden la despenalización del aborto. ¿Acaso no librarían al mundo de tales asesinos si pudieran, incluso anticipándoles en esta vida los interminables sufrimientos que les esperan en la otra? Este maniqueísmo teológico no se limita a la sensibilidad religiosa, puede ser dirigido a temas de raza, de etnia, de nación, incluso deportivos. Y se hace especialmente peligroso cuando va unido al odio al otro, tan frecuente en nuestra sociedad. Y más aún si se añade el resentimiento, tercero de los ingredientes del fascismo psicológico, también muy frecuente en nuestra sociedad por razones obvias.

Estos tres rasgos se complementan muy bien. El maniqueísmo teológico justifica la violencia sin límite contra los portadores del Mal, y quien siente odio por el otro y está lleno de resentimiento puede descargarlo en el otro convencido de estar cumpliendo un deber sagrado.

Bajo esta consideración no parece arriesgada la hipótesis de que en Europa hay masas que pueden ser arrastradas a actitudes de fascismo político en un momento propicio y sin que importe que algo antes hayan estado votando a partidos liberales, social­demó­cratas o comunis­tas. Quien tiene propensión psíquica al comportamiento fascista se entregará a él tan pronto la situación lo autorice. Para algunos, educados en la violencia, cualquier situación es buena. Otros irán entrando en el juego si la situación se degrada hasta el punto de crispar a las distintas clases medias.

En sentido contrario, se pueden dar los rasgos descritos por Elorza en alguien benévolo, que, al ver cómo están las cosas en el mundo y precisamente porque se solidariza con el sufrimiento de los pobres, siente indignación no precisamente santa, sino laica de toda laicidad. Y entonces esos rasgos no producen una tendencia totalitaria. Ni siquiera aunque se afilie a Podemos y grite para silenciar a una conferenciante (pecado este de juventud, y muy venial por comparación con los que cometen muchos procapitalistas adultos).

jmchamorro@jmchamorro.info

EL BANCO CENTRAL EUROPEO Y LA DEMOCRACIA IMPOSIBLE

Tras las últimas medidas del BCE, los comentarios publicados han sido de diferente signo, pero he echado de menos algunos que, aunque se le ocurren espontáneamente a quien usa su inteligencia con libertad, no están tan presentes en los principales medios de comunicación. Por ejemplo, los siguientes:

  1. La independencia del BCE respecto al poder político. El Banco Central Europeo, al igual que otros Bancos Centrales, tiene autonomía del poder político, es decir, actúa sin control democrático. No son muchos los que protestan por ello, pese a que nos dicen que en democracia es el pueblo a través de sus representantes el que gobierna. ¿Y no dependen muchas de las decisiones que toman los gobiernos de las decisiones que tome el BCE? El señor Draghi, su Comité Ejecutivo (él y cinco miembros más) y su Consejo de Gobierno (los anteriores más 17 gobernadores de los Bancos Centrales de la UE) deciden si una medida de la que dependen tantas cosas para tanta gente se toma o no se toma, y cuándo. El BCE sólo está obligado a presentar un informe anual hecho por expertos en vestir el santo.
  2. Independencia del poder político, pero no autonomía. Que algunos Bancos Centrales sean independientes del poder político no significa que sean autónomos. No habrá alguien tan ingenuo que crea que los detentadores del verdadero poder van a dejar que sus intereses dependan de la voluntad de un individuo y un Comité Ejecutivo. Claro que no. Han decidido que el BCE sea independientes del poder político para que pueda así actuar al servicio del poder económico sin intermediarios que en algún momento pudieran ser presionados por la opinión pública. De esta forma los poderes políticos pueden alegar que ellos no tienen nada que ver en el asunto, y el BCE no tiene por qué atender a exigencias o protestas de los que sufren las consecuencias. Sus dirigentes no se presentan a elecciones, no dependen de la voluntad popular. Redondo, ¿verdad?
  3. Golpe de gracia a la democracia. Conceder al BCE, institución que toma medidas de las que depende en buena parte la economía de la UE, independencia de los representantes del pueblo ha sido un flagrante y explícito golpe de gracia a una democracia aparente. Antes de esto decidían aparentemente los políticos elegidos, aunque de hecho decidían los dueños del dinero en el secreto de sus despachos inaccesibles. Pero los amos están tan seguros de la docilidad general que se han atrevido a salir de la sombra y gobernar directamente. Los mercados, es decir, quienes los controlan, marcan la política del BCE y otros Bancos Centrales y éstos marcan la política que realizan los políticos elegidos por el pueblo.
  4. Los autores del golpe. Pero ¿quiénes han dado ese golpe de gracia? Cuando el que acaba con la democracia es un dictador golpista la cosa está muy clara para todos. En este caso no ha sido así. ¡El golpe de mano lo han dado precisamente los políticos elegidos por el pueblo! El poder financiero impuso en Maastricht sus condiciones y los representantes del pueblo las asumieron en el Tratado.
  5. También la izquierda. No debe extrañar que hayan hecho esto los políticos de derechas (me refiero sobre todo a populares y socialdemócratas) pero difícilmente se entenderá la actitud pasiva de los partidos de izquierda. Cierto que IU, en los tiempos de Anguita, abogó por el no a Maastricht, pero nadie conocía bien el significado de la palabra “Maastricht”, y nunca fue explicado de forma que la gente lo entendiera. En realidad se usó la palabra “Maastricht” para no usar la palabra “capitalismo”. Luego el tema se olvidó. Decir no a los recortes está muy bien, pero hay que mirar más allá. La izquierda no ha usado argumentos que enseñen a la población qué son, más allá de las apariencias, el BCE y la troika.
  6. Un hecho ominoso. Las consecuencias de que todo esto sea así se pueden percibir ejemplarmente en España. Según el FMI España ha entregado a la banca casi 250.000 millones de euros (una cuarta parte del PIB) entre inyecciones de capital, avales y el coste del Sareb (banco malo).  De este importe ya se dan por perdidos cerca de 40.000 millones y se espera que sean más. Por alguna razón inexplicada, España no ha sabido hacerlo como Suecia y Noruega, que han recuperado lo que dieron a la banca, o EE UU, Reino Unido y sobre todo Hong Kong, que han hecho negocio recogiendo más de lo que dieron. Para salvar a la banca España se ha endeudado mucho más de lo que estaba. Y resulta que el BCE ha venido prestando a la banca privada a menos del 1% de interés, y luego la banca privada ha comprado deuda pública española a un interés que en ocasiones ha llegado a superar el 7%. El año pasado España tuvo que pagar por intereses de la deuda 38.590 millones (segunda partida presupuestaria tras la de pensiones), más de tres veces el importe de los recortes que se hicieron en Sanidad y Educación en 2012, estimados en 10.000 millones.
  7. Una suposición. Supongamos que, cuando la prima de riesgo era más elevada, el BCE hubiera comprado deuda española a menos del l%. No habría perdido nada, puesto que el dinero dedicado a esa compra se lo estaba dando a la banca privada a ese mismo interés. El Estado español (se puede decir lo mismo de los que estaban en parecida situación) se habría ahorrado una cantidad enorme en intereses y hubiera podido cumplir las exigencias de la troika sin necesidad de recortar en sanidad, educación y gastos sociales. Entonces ¿por qué no se ha hecho así? ¿Por qué es inaceptable que el BCE preste a los Estados en apuros directamente y no es malo que les preste indirectamente, por medio de la banca privada? Porque así lo establece el artículo 123 del Tratado de Lisboa. Podemos preguntarnos por qué los políticos redactaron ese artículo. Cuando se investiga un crimen (y aquí estamos ante un crimen) hay que buscar al culpable entre los beneficiados. Se habla del interés de Alemania en este desaguisado, y ese interés se personaliza en la señora Merkel. Pero los alemanes son tan ignorantes de lo que ocurre como los españoles (la mayoría sólo sabe aquello que le quieren contar los medios) y la señora Merkel es una mandada. La banca y las grandes empresas alemanas, que influyen decisivamente en el BCE a través del Bundesbank, son las que dictan la política alemana y la del BCE, y sí saben lo que quieren. Y lo que quieren beneficia a toda la banca de la UE, que puede hacer un gran negocio sin la menor molestia. Reciben dinero a un interés bajo y lo prestan a un interés alto. Y sin riesgo tras la modificación del artículo 135 de la Constitución: el pago a los bancos tiene prioridad incluso sobre el pago de las pensiones.
  8. Hay dinero, todo el que se quiera, para lo que conviene. Pero no nos quedemos en la “imposible” compra de deuda soberana por el BCE. Como dije en una entrada anterior, las cosas se pudieron hacer de una forma muy distinta si las medidas no hubieran estado inspiradas por los grandes poderes financieros. Bien se ve que hay dinero cuando interesa que lo haya. De momento Draghi pone sobre la mesa 600.000 millones de euros, y se anuncia que puede añadir un billón si más adelante es necesario. Los bancos centrales  de EE UU, Reino Unido y Japón han tomado medidas más fuertes. En estos años la Reserva Federal ha pasado de los 800.000 millones de dólares a cuatro billones, el Banco de Japón ha duplicado la cantidad europea y el Banco de Inglaterra ha comprado activos por un importe equivalente a más del 20% del PIB. Y les va mejor que a la UE. Pues bien, con la cantidad de dinero que ahora se saca de la manga el BCE se podía haber salvado a los bancos, pero para nacionalizarlos (y no temporalmente, como se ha hecho en España con Bankia, BMN, Catalunya Banc y NCG, sino definitivamente, por la buena razón de que como banca privada han funcionado peor que mal, han provocado esta crisis de la que no salimos). Tras la exigencia de responsabilidades económicas y penales a los culpables se habrían podido reestablecer líneas de crédito a familias y empresas, algo que bien se ve que no interesa a la banca privada, que prefiere tener el dinero depositado en el BCE. Los bancos privados europeos difícilmente van a aumentar su cartera de créditos pensando en el beneficio general. Para eso tendrían que ser entidades públicas.
  9. ¿Se está luchando contra el paro? El dinero que ahora se pone en juego habría servido además para ayudar a las familias en apuros y para incentivar el empleo sin tocar las condiciones laborales, esto es, sin fiar la recuperación económica a reformas que acaban con la dignidad y el bienestar de los trabajadores y que bien se ve que no están sirviendo de mucho. El empleo sólo se creará cuando haya demanda que aliente a las empresas, y no se va a crear más porque se haya despojado a los trabajadores de sus derechos y de parte de sus salarios, más bien por esto disminuye la demanda de bienes y servicios. La Banca dice que el crédito no se reactiva porque las empresas que lo piden no tienen suficiente solvencia, pero difícilmente va a haber demanda solvente si las expectativas de negocio son bajas. A ello hay que añadir que la situación de los trabajadores tras la reforma hace que la actividad económica se desarrolle en un ambiente de inestabilidad social y de falta de estímulo para un trabajo bien hecho.
  10. Cobardía. ¿Y por qué nuestros gobernantes no exigieron a la UE medidas tan razonables e imprescindibles como las que acabo de señalar? No imagino a Zapatero o a Rajoy pidiendo la nacionalización de la banca europea, por supuesto. Pero al menos, cuando la prima de riesgo estaba por las nubes, podían haber exigido (no meramente pedido) que el BCE comprara deuda pública al mismo interés que pedía por el dinero entregado a la banca privada. ¡Pues no! Acobardados y sumisos, han hecho todo lo que se les ordenaba desde instancias no democráticas, y cosas tan bochornosas como la modificación de la Constitución.
  11. ¿Se podía exigir? Dirán muchos que no puede poner condiciones el que está siendo salvado de su propia quiebra. ¡Cuentos chinos! Cuando la inacción del BCE conviene (¿adivinan a quiénes?) se  justifica apelando a normas que limitan sus funciones. Pero cuando ha convenido (a los mismos) el Banco se ha saltado a la torera las normas y ha adoptado las medidas que no podía adoptar. Mediante compras de bonos en el mercado secundario y barras libres de liquidez a la banca privada, ha intervenido en un intento (por lo general fallido) de evitar la crisis del euro, estabilizar las primas de riesgo, estimular la economía, salvar a los bancos privados y facilitar la vuelta del crédito. Ahora, con la anunciada compra de activos, se prepara para evitar la deflación, o para combatirla si llega. Aún más. Saliéndose de sus atribuciones el BCE ha tomado decisiones políticas muy polémicas, como formar parte de la troika que impone a los Estados intervenidos (Grecia, Portugal, Irlanda y Chipre, y también a Italia y España) los recortes, las privatizaciones, las devaluaciones internas y las reformas laborales; y también ha enviado cartas clandestinas a los jefes de gobierno de Italia y España con exigencias impropias (que por cierto se cumplieron dócilmente). Ha actuado no ya como una mera entidad política, que no lo es según sus estatutos, sino como una autoridad dictatorial. Quiero decir que no es cierto que algo no se pueda hacer. Según y cómo.
  12. Para exigir algo razonable hay que tener convicción y valentía. A Zapatero y Rajoy les ha faltado, eso es algo evidente. Pudieron cerrarse en banda y amenazar con romper la baraja si el juego iba a ser el antes descrito. En 2011 Francia era partidaria de que el BCE, como hace la Reserva Federal, comprara deuda pública, pero Alemania se resistía por el momento. Si nuestros gobernantes se hubieran plantado habrían puesto a la UE contra las cuerdas, habrían tenido el apoyo del pueblo y se habrían salido con la suya. Los poderosos saben que sólo pueden apretar mientras los demás se dejan. Y saben cuándo tienen que dar marcha atrás. El hundimiento de España habría causado el de la UE y para evitarlo la UE hubiera hecho lo necesario, por supuesto, autorizar al BCE a comprar deuda pública, aumentar los plazos para la reducción de la deuda y no exigir otros recortes que los de gastos injustificables.
  13. La pasividad de la población.  Lo más triste es que si la izquierda hubiera salido a protestar contra el BCE y la troika, no la hubiera seguido mucha gente a la calle, ni hubiera contado con un apoyo masivo en las urnas. Los primeros teóricos de “nuestra democracia” consideraban muy peligroso dar derecho a voto a todo el mundo, pues siendo los pobres mayoría podrían acabar legislando contra la propiedad. Poco a poco acabaron tranquilizándose, al comprobar que  la gente no es peligrosa, se le puede hacer daño sin que ella note de dónde le llega. La mayoría no entiende de qué van estas cosas, así que quienes las diseñan se sienten tranquilos. Pregunten a la gente si considera que traicionaron a la democracia los políticos que decidieron que el BCE (y otros bancos centrales) sean independientes del poder político. En último caso siempre se puede evitar la rebelión asustando al personal con vaticinios de esos gurús a los que se llama economistas. Ellos nos dicen en cada momento cuál es el único camino por el que podemos transitar si queremos evitar el desastre, y los políticos en el poder asienten y repiten. Y siempre es falso que sea el único camino, incluso es falso que ellos sepan por dónde se debe transitar. Sólo saben por dónde interesa a sus amos que se transite. ¡Ilustres profesores de Universidad y premios Nobel de economía!
  14. A las cosas por su nombre. Puesto que sólo el populista se atreve a decir ciertas verdades, de algo nos ha de valer ser populistas: desconfíen de los políticos que se llevan bien con los banqueros. Si fueran honrados estarían como mínimo tomando medidas que pondrían a la banca de los nervios, la soliviantarían y la harían salir de sus casillas. Los políticos que llegan al Parlamento sabrán por qué traicionan a sus votantes y legislan contra ellos. Nosotros sabemos que sus partidos deben dinero a la banca, sí, y que hay puertas giratorias, claro, y que es natural temer al verdadero poder, que lo mismo proporciona gratificaciones muy golosas que castigos muy mortificantes, y también que la izquierda no quiere pasar por populista, radical o antisistema porque teme un perjuicio electoral. Al fin y al cabo es explicable que nuestros políticos legislen y gobiernen para una minoría y contra casi todos.
  15. ¿Qué se dice en los sitios serios? Como los principales medios de comunicación no son populistas, no esperen encontrar en ellos este tipo de análisis. Algunos comentaristas han dicho que, aunque más vale tarde que nunca, las medidas del BCE han llegado, como en otras ocasiones, demasiado tarde, y son  demasiado poco para evitar los muchos sufrimientos que está padeciendo una gran parte de la población de los países del Sur. Han añadido que este “poco y tarde” aumenta la probabilidad de que la prima de riesgo suba para estos países. En definitiva, estas medidas sólo serían, a la postre, unas muletas para la banca hasta que sea capaz de recuperarse por sí misma y de prestar. Otros se inquietan ante el anuncio de que, si es necesario, el BCE comprará activos, pues interpretan que, si hasta el Bundesbank admite esta posibilidad, es posible que en las alturas se conozcan indicios de que estamos en una situación más peligrosa de lo que se dice. Por lo demás, aunque estas medidas se han tomado por unanimidad dentro del BCE, la patronal bancaria germana ha acusado a Draghi de “expropiar a los ahorradores alemanes” y de desincentivar las reformas en el Sur (reformas que se supone han de sacar al Sur del despilfarro y devolverle al buen comportamiento que caracteriza al Norte).  Se hacen previsiones de todo signo, pero no sirven de mucho. Hace cinco años se predijo que las medidas excepcionales que se tomaron entonces provocarían un incremento exorbitante de los precios, y resulta que la inflación está por debajo del 2%, es decir, por debajo de lo que se considera necesario. No faltan los que afirman que Mario Draghi, no decepcionó, y que ha dado su tercer golpe en dos años y medio. Llegan a denominarle el “mago Merlín” de Fráncfort, el “Miguel Ángel” de los banqueros centrales y el “Super Mario”.  ¡Pues muy bien!

PARTIDOS Y CASTAS POLÍTICAS

¿Se puede evitar que en un partido nazca una casta política? Es una pregunta que el otro día hacían a Pablo Iglesias en una entrevista televisiva.

Muchas gentes se acercarán al nuevo partido atraídas por el éxito, pero ¿qué clase de gente y con qué intenciones? ¿Cómo evitar que en el fondo busquen hacer carrera política y que dentro de poco constituyan una casta tan corrupta y torpe como las de los demás partidos, ahora fustigadas por Iglesias? Reconocía éste que es un problema al que tendrán que enfrentarse, pero no avanzaba en qué forma, como si fuera algo sobre lo que aún no han pensado. No me parece buena señal.

A mi modo de ver sólo hay una forma y es muy simple: limitar el tiempo en que se puede ejercer un cargo, sea del propio partido, sea de cualquiera de las instituciones a las que se accede  por vía electoral. Cuatro años me parece un tiempo prudente. Pero con un añadido: que una vez ejercido un cargo ese tiempo, nunca se podrá volver a ejercer otro cargo, ni en el partido ni en parte alguna como representante de él. Quienes, consciente o inconscientemente, van buscando hacer carrera política, no se acercarán a una organización que tiene esta norma, buscarán otra entre las tradicionales.

A muchos esta medida les parecerá excesivamente drástica e inconveniente. Supongamos que una persona es un dirigente estupendo y además tiene un gran tirón electoral. ¿Ha de abandonar el cargo sólo porque lo ha ejercido cuatro años, con el consiguiente perjuicio para el partido, que perderá su competencia y los votantes que él añade?

Este argumento parece fuerte, pero no se sostiene si nos paramos a pensar. Si se toma como criterio la aparente capacidad de liderazgo y el tirón electoral sólo se consigue fabricar pequeños tiranos que hacen daño a la organización y que además,  a la larga, fracasan. Miren los casos ejemplares de Felipe González y José Luis Rodríguez Zapatero. ¿Cómo han dejado al partido socialista? Comenzó la cosa con aquel detalle dictatorial de González, que eliminó el marxismo de la ideología de su partido sin contar con nadie. ¡Qué prueba de liderazgo! Los que primero protestaron acabaron aceptando cuando él los amenazó con marcharse. Y fue, claro está, porque él tenía tirón electoral. El último ejemplo es la fechoría de Zapatero,  que con nocturnidad y alevosía se puso de acuerdo con el PP para cambiar la Constitución en cumplimiento de una orden de Merkel y su partido no protestó, porque pensaba que nadie mejor que él podía  hacer frente electoral al PP. Miren en qué ha parado la historia. En dos sucesivos desastres electorales y una losa que al PSOE le costará mucho levantar.

Añádase que estar fuera de los cargos no significa que no se pueda ejercitar toda la competencia y todo el atractivo electoral de que se goce. Abandonado el cargo, se puede poner la experiencia conseguida al servicio del partido, se puede trabajar en los espacios de la teoría y de la comunicación, hacer propuestas y defenderlas, ayudar en las campañas electorales, etc.

Pero sobre todo: un partido de izquierdas que se precie no puede depender ni de la capacidad de liderazgo ni del tirón electoral de  ninguno de sus militantes. El liderazgo debe ser colectivo y lo que hay que intentar es que vaya creciendo el tirón electoral del partido como tal, por sus ideas, sus programas y su comportamiento. Una de las formas de conseguirlo es precisamente esta reducción de tiempo en los cargos, novedad que a todo el mundo parecerá señal de nuevos tiempos. Habría que añadir, claro está, el no endeudarse por ningún concepto con la banca ni recibir subvenciones o donativos que priven de libertad, así como un cuidado escrupuloso para impedir que, durante el corto tiempo en que un militante puede disponer de poder, cometa actos de corrupción  (como, por ejemplo, dejar apalabrado el uso de la puerta giratoria).

Sin estas limitaciones se va irremediablemente a la constitución de una élite que hará todo lo posible por afianzarse y perpetuarse y que tomará al partido como objeto de conquista, entrando en lucha con quienes pretenden su derrocamiento para sustituirla. Lucha que a todo el mundo acabará decepcionando,  porque, contra lo que dicen los contendientes, nada tiene que ver con el fortalecimiento del partido ni con los intereses de la población.

UNAS REFLEXIONES SOBRE EL CAPITALISMO

La batalla ideológica se libra de manera muy desigual. Estamos en un punto en que nadie puede criticar al capitalismo sin que se le echen encima cien guardianes o fiscales bien situados mediáticamente, que le acusarán de populista, chavista, tercermundista y hasta nazi. Es natural que casi nadie se atreva, aunque ello no justifica a aquellos partidos que deberían hacerlo por su propia naturaleza. Son partidos desnaturalizados.

Hay un argumento implícito que está detrás de esas descalificaciones. Es el axioma de que la única alternativa al capitalismo es el comunismo y que este ha sido refutado por la historia. De manera que el tema está cerrado. El que ponga en duda que el capitalismo ha quedado legitimado sin posible discusión es un partidario de viejas fórmulas antidemocráticas y fracasadas.

Por mentira que parezca hay quienes se consideran intelectuales y trafican con argumentos como este, de manera más o menos explícita. Antonio Elorza, que fue comunista y uno de los fundadores de Izquierda Unida, convertido ahora al conservadurismo él sabrá por qué, dice en un artículo (en El País: La izquierda y Europa ) que el problema de Tsipras reside en sus acompañantes, en Francia y aún más entre nosotros. Con el “entre nosotros” se refiere al acompañante  Podemos. Y añade:

“Cuando en TVE su socio hispano declaraba que el problema en Europa era “el capitalismo” y basta, y en España “el capitalismo” y basta, o con un gesto años treinta hablaba de Ucrania como si fuera el portavoz de Putin, la sensación era de regresar al mundo del “clase contra clase”. No falta, en otras izquierdas, el brote de “socialismo del siglo XXI”, cuya carga de populismo y manipulación cabe apreciar allí donde ha germinado en un espacio de laboratorio universitario […]. De arriba a abajo, una ínsula chavista.”

 ¿Y de dónde sacan Elorza y otros muchos como él que el chavismo (sean cuales sean sus defectos y aún si los multiplicamos por diez) es algo peor que nuestro tinglado político? ¿Y cómo es que Elorza no ve populismo y manipulación en los partidos procapitalistas? Pero yendo al grano: ¿qué le ha hecho olvidar que el problema de España, de Europa y del mundo es el capitalismo? ¡Pues claro que sí!

Los bienpensantes aprovechan su predominio abrumador en los medios de comunicación para gritar contra propuestas muy razonables y prudentes, que ni siquiera van contra el capitalismo, sino sólo contra sus excesos más sangrantes, como la supresión de las SICAV, una mayor progresividad de los impuestos sobre la renta y el patrimonio o la nacionalización de las empresas dedicadas a sectores de vital importancia para la población, sean la banca, la energía, la alimentación, la sanidad o la enseñanza.

Para que se vea hasta qué punto estas propuestas son razonables, valga un ejemplo: el laboratorio Gilead Sciences produce el fármaco oral sofosbuvir Sovaldi que cura la hepatitis C con cifras cercanas al 80-90% y sin casi efectos secundarios. Desgraciadamente, la mayor parte de los 185 millones de personas que se calcula que viven con hepatitis C en el mundo no dispondrán del nuevo medicamento porque es demasiado caro. Se calcula que el tratamiento puede costar unos 100.000 euros por paciente, precio que no es debido a los costes de producción, sino a que la empresa privada tiene el monopolio en virtud del derecho de propiedad intelectual, y puede poner el precio que quiera. Esto mismo se puede decir de otras medicinas que curan enfermedades graves. Por otra parte el móvil del beneficio hace que estas empresas concentren la investigación en los medicamentos más rentables en virtud de los recursos económicos de los posibles enfermos, descuidando las enfermedades que afectan a poblaciones pobres.

 No creo que sea disparatada e indigna de consideración la propuesta de que las empresas que operan en campos básicos se orienten al interés público y no al afán de beneficios privados con olvido de aquel interés. Puede que alguien diga que esas empresas deber seguir siendo privadas porque lo privado es más eficiente que lo público. ¡A estas alturas!

En realidad, cuando se tiene conocimiento suficiente y se es sensible al sufrimiento ajeno hay que ir más lejos, no bastan las propuestas prudentes que tanto escandalizan a los defensores del capitalismo. Hay que exigir otra forma de organizar la economía y la sociedad, y no sólo por razones de justicia. Es que además la forma capitalista no es viable a plazo medio, cuando el desmedido consumismo a que obliga se extienda a nuevas poblaciones y genere una presión insoportable sobre los recursos y el medio ambiente.

¿Por qué estamos en crisis?

Conviene no olvidar que la causa de la presente crisis económica no fue que fallara algo en la economía productiva, la que dota a la gente de bienes y servicios. No chocó contra la tierra un gran meteorito, ni saltaron por los aires mil fábricas como consecuencia de una acción terrorista concertada, ni se extendió por la tierra una pandemia que diezmó la población, ni hubo una sucesión impensable de catástrofes naturales, ni estalló una guerra que restringió los suministros de energía. No. No ocurrió ninguna catástrofe que afectara a la producción, ahí estaban todas las fábricas y oficinas con todos los trabajadores dispuestos a seguir con la tarea diaria, ahí estaban las materias primas y la demanda de la gente dispuesta a consumir.

¿Qué ocurrió entonces? Pues que la gran Banca mundial se encontró en situación de quiebra a causa de una ingeniería financiera, diseñada por la codicia de unos pocos, que acabó siendo incontrolable; y también a causa del estallido de la burbuja inmobiliaria. Esta a su vez había surgido y crecido también al amparo de los bancos, que otorgaban préstamos hipotecarios sin suficiente garantía para construcción y compra de viviendas y que alentaban la especulación inmobiliaria. Como consecuencia de la catástrofe bancaria se cortó el flujo de dinero a las empresas, muchas quebraron por ello y otras por la crisis en la construcción, fueron al paro sus trabajadores, los deudores hipotecarios se encontraron con que se habían depreciado las viviendas compradas, disminuyó el consumo, quebraron otras empresas por falta de demanda, y así sucesivamente.

De manera, no lo olvidemos, que la crisis se ha debido a que el único móvil de los bancos y entidades financieras de propiedad privada ha sido la ganancia a cualquier precio. A ello se ha sumado la lógica del sistema capitalista, en la que “los mercados” actúan generando procesos perversos regidos por una realimentación positiva.

Las recetas aplicadas para salir de la crisis

Asombrémonos de que, tras seis años de crisis, aún no se ha encontrado el remedio. Y mira que es sencillo. Tan sencillo como acabar con las causas y hacer frente a los efectos con medidas extraordinarias.

El buen remedio hubiera consistido primero en procesar a los responsables de la crisis y acabar con la propiedad privada y la desregulación del sector bancario y financiero. Y luego en hacer frente a los resultados de la crisis estableciendo moratorias, ayudando a las familias hipotecadas para que pudieran devolver sus créditos, reestableciendo las líneas de crédito a las empresas y facilitando la parcial reconversión de las empresas constructoras mediante ayudas a la rehabilitación de viviendas. De esta forma el empleo se habría mantenido.

Pero aunque todo esto hubiera podido hacerse, no se hizo. ¿Y por qué? Desde luego no por falta de dinero. Dinero hay para todo ello, el dinero aparece siempre, termina saliendo de debajo de las piedras, pero está claro que sólo cuando lo necesitan los de siempre. Por ejemplo, para financiar una guerra o, como en el caso presente, para rescatar a la banca.

Este rescate es lo único que interesaba a esa oscura entidad a la que podemos llamar Poder, pues es el verdadero poder del que los demás son delegados y servidores, el que controla a los Estados y Gobiernos. Dispone para ello de instituciones como el FMI, los Bancos centrales, los mercados, las puertas giratorias, los principales medios de comunicación y el servicio de gurús que se presentan como científicos de la economía, ciencia inexistente. ¿Qué esto es una ridícula teoría de la conspiración? No me hagan reír: pensar lo contrario sería tanto como dar por sentado que los dueños del capital no son personas racionales.

Así que se empezó a oír el clamor de los expertos que gritaban que lo primero era salvar a los grandes bancos, ya que son empresas sistémicas (esto es, que si se hunden arrastran la economía entera). Restaurada la confianza en el sistema financiero, la prosperidad vendría a continuación. Ni pensar siquiera en cometer el sacrilegio de convertir a los Bancos quebrados en empresas públicas.

Como sabemos, cientos de miles de millones pasaron de las haciendas públicas (del bolsillo de la población) a los bancos en quiebra causantes de la crisis, y esos bancos, una vez salvados, han seguido siendo de propiedad privada.

La segunda nefasta decisión del mencionado Poder fue ordenar a los Estados europeos que centraran su interés en los déficits presupuestarios y no en el empleo. El FMI, el BCE y la Comisión Europea, que no han salido de ninguna elección, establecieron unas condiciones draconianas para prestar dinero a los Estados que estaban en apuros: recortes brutales del gasto público, aumento de ingresos por la vía de los impuestos indirectos y de los directos que pagan las clases medias (nada de aumentar los impuestos a los ricos), y reforma laboral para liquidar los derechos de los trabajadores respecto a salarios y estabilidad, convirtiendo la relación laboral es una relación de semiesclavitud.

La idea, bien se ha visto que errónea, es que se crearía empleo solo por la bajada de los salarios y las facilidades de las empresas para el despido. Pero no ha sido así, pues malamente se crearán empleos si no hay expectativas de demanda, y esta depende del consumo, que ha sido frenado por el elevado endeudamiento de los hogares, herencia de la burbuja inmobiliaria, por la bajada de ingresos y por el mismo paro.

Los gobiernos, dóciles, no tuvieron nada que oponer. “Estamos haciendo lo único que se puede hacer. No se puede hacer otra cosa”, esa era la falsedad repetida hasta la náusea como disculpa.

Por otra parte, ya puestos a obedecer la orden inapelable, los Estados podían recortar gastos de unos capítulos u otros, pero ¿de cuáles recortaron? En España, y en otras partes, recortaron en Educación, Sanidad y gastos sociales. A pesar de ello el crédito ha seguido sin fluir, y los bancos que han obtenido préstamos a muy bajo interés del Banco Central Europeo no lo han dedicado a inyectarlo en el sistema productivo, han preferido prestarlo a su vez a los Estados por el interés abusivo decidido por el mercado. ¿Es que no podía entregar el BCE ese dinero directamente a los Estados al mismo interés que cobraba a los bancos privados, incluso a interés cero? No, por lo visto no. No pregunten por qué. Porque no. Eso es Europa. El caso es que este “no” ha producido enormes beneficios a la banca privada y enormes perjuicios a las haciendas públicas. Y un efecto adicional muy goloso: que los Estados, incapaces por su empobrecimiento de prestar sus servicios tradicionales, tendrán que irlos entregando al negocio privado. Noticia reciente: Grandes fondos de inversión entran en el negocio de la enseñanza. Ya lo han hecho antes en el de la sanidad.

En fin, se rescataron los bancos a costa de los contribuyentes y se reestableció la confianza de los mercados, pero todavía estamos esperando la prosperidad prometida. Y como lo hecho hasta ahora no ha sido suficiente, en su reciente informe sobre la situación de la economía de cada país el FMI sugiere a España más rebajas salariales, y hace una propuesta de reforma fiscal con más imposición indirecta (IVA, impuestos especiales) y una rebaja en el impuesto de Sociedades. De la contribución de los ricos ni media palabra. A todo lo cual se suma la Comisión Europea.

Creo que todo esto justifica la indignación de la gente honorable que grita ¡Hasta aquí hemos llegado! Y todavía hay por ahí quienes dicen que los partidos tradicionales, los que han cometido tamaños desaguisados sin inmutarse, han fracasado en las elecciones europeas porque no han sabido explicar bien qué es Europa. Humor negro.

Empobrecimiento de las clases medias

De manera que las autoridades económicas que consideraron imprescindible rescatar a los bancos no consideraron conveniente rescatar a las familias. Ni siquiera tuvieron en cuenta los beneficios adicionales que se podrían haber derivado de una fuerte reducción de las ejecuciones hipotecarias (algo que en España sí ha tenido en cuenta el Banco de Sabadell, y no le ha ido mal).

Algunos irresponsables nos vienen diciendo que la culpa ha sido de la población por endeudarse más de lo razonable, por pretender vivir por encima de sus posibilidades. Por lo visto querer tener una vivienda, por lo general modesta, es querer vivir por encima de lo posible. Aceptemos que muchas familias se endeudaron indebidamente, pero, como dice Paul Krugman, los malos préstamos siempre suponen errores por ambas partes: si los prestatarios fueron irresponsables, también lo fueron los bancos que les dejaron el dinero. Sin embargo cuando llegó la crisis, a los banqueros no se les consideró responsables de sus equivocaciones, mientras que las familias corrieron con todos los gastos.

El resultado de todo ello parece sugerir que tal vez no fue un error tan grande el de Marx cuando previó el declive de las clases medias y su proletarización. Incluso algunos observadores conservadores se dan cuenta de que la clase media está desapareciendo, insegura del futuro, sin medios para que sus hijos cursen estudios que les permitan progresar socialmente.

Si antes de hablaba del mileurista con la natural compasión, ahora un mileurista es un afortunado. Muchos salarios han bajado a los 600, incluso a los 400 euros, y sin garantía de estabilidad. Cada trabajador vive ahora en la angustia de no saber si mañana estará trabajando o en paro. Y no hay lugar a la protesta, porque el empresario se puede quitar de encima a todo trabajador que le incomode.

Para mayor oprobio, los perjudicados están viendo al mismo tiempo cómo se agranda  su distancia con el 1%, que salió de la crisis indemne. Pues resulta que la crisis no ha sido perjudicial para sus causantes. En la revista Alpha  se ha publicado la última “lista de los ricos” de Institutional Investor, una recopilación de los 25 gestores de fondos de cobertura mejor pagados; y resulta que han ganado un total de 21.000 millones de dólares en 2013. ¡Casi mil millones por cabeza! Y eso sólo de ingresos anuales, patrimonio aparte. Es de suponer que en 2014 ganen más, una vez sumada esa ganancia a su patrimonio.

¿Cómo puede defenderse un sistema cuya lógica tiene estos efectos perversos y es incapaz de encontrar remedio? Hay que añadir que cuando por fin salgamos de la crisis, porque algún día se saldrá, son incontables las personas que habrán sufrido perjuicios irreparables. Y siempre en beneficio de los mismos.

El capital en el siglo XXI

Claro que se puede objetar que todo lo dicho no va contra el capitalismo, sino contra el capitalismo neoliberal,  que ha eliminado las regulaciones y ha dejado que las ambiciones de la minoría que controla la economía mundial campen por sus respetos. Si se refundara el capitalismo, piensan algunos, la cosa sería distinta y no habría lugar para estas críticas. Y bien: ¿por qué no se refunda? Porque su propia lógica lo impide.

Muchos años antes de que estallara esta crisis escribí un libro de crítica al capitalismo que contiene, a mi parecer, muchas buenas razones aplicables al mejor de los capitalismos imaginables. La crítica se refiere a tres espacios: el económico, el ideológico (con una descripción de la población que el capitalismo produce) y el político (donde se describe la incompatibilidad de capitalismo y democracia). Un resumen puesto al día, con el título ¿Tiene remedio la sociedad capitalista? está incluido en este blog como libro digital a disposición del lector.

Ahora el economista francés Thomas Piketty analiza en una extensa obra (El Capital en el siglo XXI ) la evolución de la riqueza en Europa y EE UU en los últimos 200 años y demuestra con profusión de datos el aumento de la desigualdad hasta unos niveles  actuales que se acercan a los del siglo XIX.

Según Piketty, la desigualdad crece cuando la tasa de remuneración al capital es mayor que la tasa de crecimiento de la economía. Si llamamos “r” a la tasa de remuneración del capital y “g” a la tasa de crecimiento de la economía, tenemos la famosa formulación de Piketty: la desigualdad aumenta cuando “r>g”.

Pero ¿por qué “r” es mayor que “g”?  Por la lógica del mercado, que da más a quien más tiene y menos a quien tiene menos. Por tanto el aumento de la desigualdad es algo que ocurre inevitablemente en el capitalismo, ya que desproveer a los ricos de lo que les da el mercado es algo que los ricos no consienten.

A pesar de que el libro de Piketty llega a una conclusión obvia, que debería estar clara para todos desde hace mucho, ha causado gran conmoción, sobre todo en Estados Unidos. Si lo que dice Piketty es cierto (¡pues claro que lo es!) resulta que el capitalismo queda en entredicho.

Naturalmente, en seguida se han lanzado los defensores del establecimiento a señalar errores y fallos interpretativos. The Financial Times ha publicado un análisis de su editor económico Chris Giles en el que atribuye a  Piketty cálculos torticeros y numerosos errores, y pone en duda las conclusiones de la obra. Pero, como ha señalado Paul Krugman, aunque algunos errores concretos puedan ser ciertos, la idea global es correcta: “No es plausible que el aumento en la concentración de los ingresos del capital no reflejen un aumento más o menos comparable de la concentración del capital en sí mismo”.

¿Está justificado que haya ricos tan ricos?

Por mentira que parezca (aunque bien mirado es lo más natural, ya que los riquísimos pagan bien los servicios de legitimación y propaganda) los hay que argumentan que las grandes remuneraciones están justificadas porque van a parar a los innovadores y a los emprendedores, personas que crean empresas, y por tanto empleos, y hacen que avance la tecnología.

 Añaden con indignación desvergonzada que gravar a los ricos es destructivo e inmoral (destructivo porque disuade a los creadores de empleo de que se dediquen a lo suyo e inmoral porque la gente tiene derecho a quedarse con lo que gana). Les preocupa que la “obsesión” por querer que los ricos pierdan ingresos o patrimonio acabe dañando a los pobres. Si los ricos son menos ricos, dicen impávidos, la economía flaqueará y el paro crecerá. Y en un país con menos ricos se reducirá la recaudación fiscal. Por lo visto es una bendición y una suerte para todos que haya ricos, especialmente para los pobres. Los gobiernos parecen estar de acuerdo con estos alegatos, porque no osan tocar el patrimonio de los que más tienen.

Pero hay dos objeciones que hacer a esta defensa de la riqueza privada.

Una es que es que los premios económicos exorbitantes, incluso aunque premiaran el esfuerzo y el mérito, no son necesarios y son grandemente perjudiciales. No son necesarios para que prospere la innovación y para que los emprendedores trabajen intensamente, pues hay fuertes motivaciones que no son económicas, y para quien sólo se mueva por el afán de dinero, hay premios económicos razonables que no producirían desigualdades insoportables. A su vez, las remuneraciones disparatadas son perjudiciales, porque influyen negativamente en la moral de la población y en su funcionamiento económico, y hacen inviable la democracia.

La previsión de Piketty es que la brecha entre las clases medias y los más ricos se abrirá más  y la inequidad seguirá aumentando hasta llegar a niveles que socavan la democracia y la estabilidad económica. También Krugman cree que la desigualdad afecta a la calidad democrática, o a la democracia a secas. Pues “una riqueza inmensa permite comprar una inmensa influencia, no sólo en las políticas que se adoptan, sino en el discurso político”.

Esto es lo que piensan Piketty y Krugman. Yo pienso más bien que no son las actuales desigualdades las que socavan la democracia, porque nunca la hubo en el capitalismo, no puede haberla, y por tanto mal se puede socavar. Ocurre, simplemente, que lo que estaba disimulado se está haciendo patente.

La segunda objeción es que los que más ganan no son innovadores ni emprendedores. Como dice Krugman, aunque los que integran la lista de los ricos son hombres hechos a sí mismos, en su inmensa mayoría se hicieron a sí mismos hace mucho tiempo. Ahora son gestores de los fondos de cobertura y su negocio es la especulación financiera. Y resulta que los fondos de cobertura son un mal negocio para cualquiera excepto sus administradores; no ofrecen un rendimiento lo bastante elevado para justificar esos enormes honorarios y son una fuente importante de inestabilidad económica. Pero es que además muchos de los ingresos de los principales directores financieros no proceden de invertir el dinero de otros, sino de las rentas obtenidas del dinero que ellos mismos han acumulado (es decir, la razón por la que ganan tanto es que ya son muy ricos).

Con esos antecedentes,  se pregunta Krugman, ¿hay alguien dispuesto a afirmar que los que más dinero ganan en Estados Unidos —que son básicamente directores financieros o ejecutivos de grandes corporaciones— son héroes económicos? Añade que los apologistas de un capitalismo con ricos intocables intentan disfrazar los enormes ingresos de los verdaderamente ricos mezclando a estos con los meramente acomodados. En vez de hablar del 1% o el 0,1% con más dinero, hablan del aumento de los ingresos de los titulados universitarios, o tal vez del 5% con ingresos más elevados. El objetivo de esta tergiversación es suavizar la imagen, para que parezca que estamos hablando de profesionales altamente cualificados que salen adelante gracias a la formación y al trabajo duro. Pero muchos de los que tienen una buena formación y trabajan mucho, por ejemplo, los profesores, no ganan un dineral. El año pasado, los 25 gestores de fondos de cobertura antes mencionados (los de los 21.000 millones de dólares)  ganaron más del doble que todos los maestros de educación infantil de Estados Unidos juntos. O sea, que estamos en una sociedad dominada no por el trabajo y el mérito, sino por la riqueza, mucha de ella conseguida mediante la especulación o la herencia.

Lo que habría que proponer

Si los críticos conservadores se ponen de los nervios por peticiones de sentido común, moderadas y compatibles con el capitalismo, ¿qué ocurriría si algún partido se atreviera a pedir lo verdaderamente sensato, esto es, un límite razonable a la riqueza privada?

Se sabe que la forma más racional para reducir la desigualdad es apostar por la fiscalidad progresiva sobre las rentas y también sobre la riqueza neta de los individuos. Pero esto es decir poco si no se añade adónde debe llevar esa progresividad.

Dejemos aparte el igualitarismo, que con la población actual del mundo es un ideal inviable, y pensemos en un término medio entre igualitarismo y capitalismo. La clave de esa solución intermedia consiste en que la fiscalidad progresiva llegue al 100% cuando las rentas y el patrimonio sobrepasen una cantidad razonable. Yo he propuesto en otras ocasiones el tope máximo de 30.000 euros mensuales de renta y 5.000.000 de euros de patrimonio, con una renta mínima de 3.000 euros por persona. Los codiciosos podrían aspirar a premios económicos realmente suculentos y los demás podrían vivir una vida honorable.

Naturalmente, esa limitación de la riqueza privada haría por fin posible la democracia, al eliminar los grandes poderes económicos que, desde la sombra, lo manejan todo, sean medios de comunicación, mercados o gobiernos. Los Estados tendrían enormes recursos para políticas sociales, sobre todo para poner en marcha por fin una educación efectiva, de la que saldrían ciudadanos informados y responsables. Sería posible empezar a legislar teniendo en cuenta el bien común, y por tanto empezar a controlar la producción y el consumo de manera racional (salvar la Tierra para nuestros descendientes). Etc.

¿Qué puede encontrar de malo en esta propuesta una persona informada, racional y decente? ¿Es que acaso tal propuesta huele al azufre del infierno? Pues sí, sí. Eso dirían, no tengan duda, los esforzados defensores del capitalismo si algún partido se atreviera a hacer una propuesta semejante. Dirían también que es una propuesta inviable. ¿Por qué? No pueden responder con razones, sólo con la retórica de los que están ahí para responder lo que se tercie. Es inviable, sí, pero sólo porque el Poder no quiere. Hay que luchar para doblegarlo.

A PROPÓSITO DE LA ABDICACIÓN DEL REY

En las pocas horas transcurridas desde que el rey dijo que se va no hay institución que no se haya apresurado a hacer una declaración con la que pretende expresar lo que todos sentimos, como si todos sintiéramos lo mismo. Y todas esas “declaraciones institucionales” son un concienzudo ejercicio de retórica que disimula y simula, y avanza con esfuerzo para no decir nada. No hace falta leerlas u oírlas, pues ya conocemos su letra y su música. De manera que se las podían ahorrar, por aquello de que a máxima probabilidad mínima información. Ni siquiera sirven para complacer al personal estéticamente.

Cuando los partidos políticos eran partidos políticos, y los gobernantes eran gobernantes, y los representantes del pueblo eran representantes del pueblo (que nunca lo fueron, pero lo parecían), entonces las declaraciones institucionales eran declaraciones institucionales y tenían el valor del ritual sacro.

La gente parecía creer que esas declaraciones eran algo natural, como la lluvia. “Estabilidad institucional”, “democracia consolidada”. La gente escuchaba estos ruidos como quien oye llover. ¿Cómo entender la política sin esa lluvia intermitente?

Pero ahora que ya se ha descorrido el velo de la pantomima, y sabemos que los partidos políticos no son partidos políticos, ni la democracia democracia, ni los representantes del pueblo representantes del pueblo, ¿a qué viene ese esfuerzo por insistir en la suplantación cuando se ve de sobra que el ropaje venerable es un disfraz? Parece que cada institución, al hacer su declaración solemne, está queriendo decir: vean que no soy sospechosa de desafección, que sigo aquí como siempre, tan acomodaticia como siempre, tan comprometida con esta porquería como siempre.

Nuestros políticos siguen sin enterarse de por dónde empiezan a ir los vientos. No dejan de hablar como cuando todo colaba (no saben hacerlo de otra forma), siendo así que ya no todo cuela. Ninguno se atreve a coger el toro de la decencia por los cuernos. Ninguno de ellos vale para eso.

Por lo demás, lean los interminables encomios de los comentaristas en los medios de comunicación (resumidos en la conclusión de que debemos al rey la democracia) en contraste con la valoración de la Corona según el último sondeo oficial del CIS: un 3,72.

No era previsible, por falta de datos, lo que ha ocurrido en las pasadas elecciones, pero ahora resulta explicable. Ha llegado alguien que se ha atrevido a hablar de los problemas que los otros no quieren mencionar, y ha hecho propuestas que los otros nunca osarían hacer. Pues natural.