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OTRO MUNDO ES POSIBLE, PERO ¿QUÉ MUNDO?

Gente descontenta afirma que otro mundo es posible. Pero sin una descripción detallada de ese mundo no es fácil descifrar el significado de la afirmación.

Un socialdemócrata auténtico (no de los que ahora se llevan) tiene como meta una sociedad capitalista que mejore la redistribución para conseguir que haya más “democracia” y “justicia”, que se respete el derecho universal a la vivienda, al agua y a la electricidad, que todos tengan trabajo y una remuneración suficiente para una vida digna, así como acceso a la educación, la sanidad, la jubilación y la ayuda en caso de paro o incapacidad. Pero el socialdemócrata no pretende alterar la concepción de la propiedad que ha venido caracterizando a las sociedades elitistas, y no sale por tanto de la irracionalidad económica, la injusticia y la imposibilidad de democracia.

En cambio una persona de izquierdas ha de ser partidaria de una sociedad racional, justa y democrática, y esto equivale a decir igualitaria.

Marx la propuso y la describió acertadamente, pero no dio con el camino que conduce a ella.

Había descubierto el carácter social de la génesis de la persona, y fue consciente de que el hombre es un ser que realiza su esencia humana en la medida y grado que permite el sistema social en que vive. Por ello planteó la necesidad de superar la sociedad capitalista, causante de la deshumanización moderna, y crear una sociedad en la que sea posible la plena realización de las personas: la sociedad comunista.

Comprendió también acertadamente que la sociedad comunista no es posible con el “hombre viejo”, el formado por las relaciones sociales de producción capitalistas.

Tenía por ello en la mente un “hombre nuevo” caracterizado por un desarrollo mental libre, pleno y armónico: capacitación amplia, conocimiento de las bases científicas de la producción, pensamiento universal favorecedor de la plena satisfacción de las necesidades materiales y un alto desarrollo estético y moral. En otras palabras, Marx imaginó el “hombre nuevo” como brillante, sumamente racional, libre de egoísmo personal, codicia y competitividad. Y además multidimensional. Aunque no todos serán capaces de pintar como Rafael, todos serán capaces de pintar sumamente bien. En la sociedad comunista la división del trabajo habrá sido superada y, en consecuencia, habrán desaparecido los problemas de la disciplina y la motivación, no existirán los conflictos entre el interés general y el interés parcial ni los complejos problemas de la centralización/descentralización.

El error de Marx consistió en simplificar el asunto al suponer que la persona está constituida por sólo las relaciones sociales de producción. Esas relaciones tienen una importancia básica en la formación de las personas, pero no única: hay muchos estímulos que no provienen de esas relaciones y que influyen en la constitución mental de la gente.

Por ello se equivocó al creer que un cambio en las relaciones sociales de producción (el paso del capitalismo al socialismo), crearía por sí solo tal “hombre nuevo”.

Se justifica su error si se piensa que entonces no se tenía conocimiento detallado de la complejidad de una mente humana, de sus procesos de formación y de la consolidación de los valores y significados aprendidos desde la infancia, cuyo núcleo es muy estable.

A la luz del conocimiento presente se sabe que no es asunto rápido, ni fácil, generalizar el tipo de persona que iría bien con una sociedad igualitaria.

¿Tiene sentido que tratemos de describir esa sociedad si aceptamos que por ahora es imposible? Sí, por dos razones. Una es que no hay ninguna ley de la naturaleza ni ley psicológica que determine su imposibilidad. Si las personas no nacen, si se hacen socialmente, una población como la descrita por Marx es posible, y con ella una sociedad igualitaria. Si se pusieran los medios adecuados estaríamos en ella a la vuelta de pocas generaciones y ya desde el principio del proceso experimentaríamos grandes beneficios. Conviene por tanto que miremos dónde se encuentran los obstáculos que por ahora nos impiden transitar ese camino.

La segunda razón es que, ya que no podemos llegar a esa sociedad de golpe (por ejemplo, por medio de una revolución violenta), sino por etapas intermedias cuyo ritmo y duración son en principio desconocidos, resulta imprescindible relacionar cada meta intermedia con la meta final, y para ello hemos de tener claro en qué consiste ésta.

El relato de ciencia ficción que sigue no es un mero ejercicio de literatura ingenua. Quien desee que la sociedad se transforme conviene que tenga una idea de la meta que ha de ir orientando los pasos de esa transformación.

RELATO HISTÓRICO DESDE EL FUTURO DISTANTE

Supongamos que algún día se llega a realizar esa utopía, e intentemos, mirando desde ese futuro lejano hacia atrás, reconstruir los hitos fundamentales del camino que hubo que recorrer.

Una nueva izquierda

Ocurrió primero que, como consecuencia del esfuerzo y la lucha de movimientos sociales cada vez más conscientes y más conectados internacionalmente, se consiguió ir reduciendo las enormes diferencias entre el pequeño porcentaje de personas que lo tenían casi todo y el resto de la población mundial. Ello permitió recuperar derechos expropiados por las políticas de los codiciosos ignorantes, que a fines del siglo XX, tras la caída de la URSS, habían creído que era para ellos posible y beneficioso explotar sin tasa. La codicia sin freno les perdió, pues fue haciendo claro para la mayoría que había que acabar con aquel poder oculto que, dominando a través de “sus” partidos políticos y medios de comunicación, convertía la tierra en inhabitable para la mayoría.

Digamos que la socialdemocracia volvió por sus fueros y pudo cumplir sus fines. Pero ello no evitó que la democracia siguiera siendo imposible y que una gran parte de la población mundial permaneciera náufraga en la ignorancia, el miedo y el egoísmo.

Fue más decisivo que la izquierda anticapitalista despertara de su error histórico y de su letargo, considerara secundario el campo electoral y el asalto democrático al poder político inmediato, y se dedicara a transformar la ideología y los valores populares. Primero mediante un ejemplo de honradez, sinceridad y coherencia que le dio credibilidad, y luego con ayuda de medios de comunicación bien diseñados, institutos de investigación de ciencia social y universidades populares. Pero sobre todo, demostrando que una buena escuela es posible.

Utilizando el conocimiento científico disponible y recabando la colaboración de los profesionales y simpatizantes a quienes ilusionaba el proyecto, se creó en un barrio marginal una escuela que recibía a los niños cuando aún no habían llegado a un año de edad y los educaba en continuo contacto con las familias. Bien pronto el resultado sorprendió a muchos: los niños de esa escuela, de un bajo nivel económico y cultural de origen, salían sabiendo exponer y defender en público sus ideas, eran todos miembros de alguna orquesta (de cámara, sinfónica, de jazz), todos practicaban con solvencia algún deporte, todos gustaban de la buena literatura…

No era eso sin embargo lo fundamental, sino que los numerosos expertos que se encargaban de la educación sentimental habían conseguido generalizar una afectividad sana. En el sentido común de los escolares prevalecía el convencimiento de que, por imperativos biológicos, coinciden benevolencia y utilidades psíquicas, y de que las causas de la violencia sólo se pueden evitar si se establecen las condiciones de una relación fraternal con los otros.

Esta educación sentimental reforzó la curiosidad natural de los estudiantes, con el resultado de que no sólo se dotaban de un conocimiento científico sólido (con dominio de los conceptos fundamentales de las distintas ciencias), sino que estaban motivados a seguir aprendiendo sobre lo ya aprendido. En la generalización del conocimiento científico, en especial de las ciencias que abordan las relaciones entre individuo y sociedad, se había colocado en esa escuela el verdadero motor de la emancipación. Para cualquier menester no se admitía un conocimiento preferible.

Al haber demostrado que es posible una forma de educación válida, generalizable a toda la población si se quería hacerlo, la izquierda había entrado por el buen camino, y ello la dotó de prestigio y apoyos crecientes. Escuelas semejantes fueron proliferando por el mundo.

Las cosas no duran siempre

Entretanto varios sucesos obligaron a los gobiernos a un cambio de rumbo.

Por una parte hubo que frenar el derroche de recursos a que obligaba la economía de mercado, porque la tierra no daba para tanto; las crisis aumentaron en ritmo y profundidad, y hubo que acabar tomando en serio el propósito de refundar el capitalismo, muchas veces proclamado y siempre olvidado.

Por otra parte el terrorismo y las demás formas de violencia se hicieron más y más presentes, y si en un principio los medios de comunicación se llenaban de retórica, dando por supuesto que los terroristas actuaban por odio a los valores de occidente, a la libertad y la democracia, algunos acabaron preguntándose si el odio no sería más bien al comportamiento depredatorio de occidente y a sus acciones violentas contra otros pueblos, y también a una cultura hedonista que rechazaba y excluía a los habitantes de las barriadas pobres de las grandes ciudades. Se fue así comprendiendo que valía de poco rasgarse las vestiduras ante la irracionalidad y crueldad de los terroristas, y que quien apelaba a las causas no estaba justificando el terrorismo, sino explicándolo (paso previo indispensable para eliminarlo).

Finalmente, el declive acelerado del imperio americano lo sumió en una crisis económica que le privaba de recursos para mantener su aparato militar. Una gran parte de su población estaba sumida en la pobreza y en desórdenes prerrevolucionarios. Estados Unidos dejó de ser el policía del mundo en defensa del capitalismo y ya no podía seguir imponiendo su voluntad.

Todo ello terminó haciendo necesario que la ONU se convirtiera en un gobierno mundial con poderes crecientes, en el que cada país tenía votos en proporción a su población. Obligó también a que los países ricos pidieran perdón por sus pasados abusos y empezaran a resarcir a los países perjudicados y a colaborar a su desarrollo económico y cultural de manera desinteresada.

Primer paso decisivo: un límite razonable a la riqueza privada

Fue más tarde cuando se establecieron dos medidas que inauguraron un nuevo tiempo: el límite sensato a la riqueza privada y el carácter público de todas las empresas a las que se había denominado sistémicas (entidades financieras, bolsas, empresas energéticas y de comunicaciones y transporte). Estos espacios fundamentales fueron sacados del mercado y en ellos comenzó a producirse una saludable planificación mundial de la economía.

El éxito fue imponiendo la idea de que los efectos de la planificación son los propios de la racionalidad frente a la dispersión, incoherencia e inefectividad de muchos de los esfuerzos provocados por el mercado. Así que la cuestión no fue tánto si había que planificar la economía entera, sino de qué manera, a través de qué procedimientos de transparencia y democracia real que impidieran cualquier forma de abuso secreto.

El límite a la riqueza privada obligó a los muy ricos a renunciar a las ostentaciones acostumbradas. Yates y automóviles lujosos, jets privados, palacios, grandes cotos de caza, latifundios y fincas de recreo fueron pasando al uso público.

Al tener todas las personas lo necesario para una vida digna, todas empezaron a vivir dignamente. La racionalidad y justicia del orden social eliminó a los marginados con el efecto de que iban desapareciendo los irresponsables. La delincuencia disminuyó a un ritmo que sorprendió sobre todo a quienes pensaban que el hombre es malo por naturaleza. Distribuida la riqueza mundial con equidad, desapareció la avaricia genocida y el odio mutuo, y no había ya motivos para matarse. Así que en poco tiempo habían desaparecido las guerras, el terrorismo y las tensiones prebélicas. Todos los países, y no sólo los que tenían armas nucleares, procedieron a su desarme y se inició una etapa de paz hasta entonces desconocida.

Con los recursos liberados se acometió por fin el proyecto de una educación digna de tal nombre: escuela laica y pública para todos, calcada del modelo previamente experimentado por la izquierda, con el resultado de que, pasando por encima de azares biográficos, acabó funcionando una razón benévola en los jóvenes de la tierra.

El periodo de educación básica se hizo tan largo como para que todos recibieran un fondo de conocimientos de alto nivel en ciencia natural y social, matemáticas e informática, lenguaje musical y destrezas artísticas. Hasta cierto punto se podía decir que media población del mundo estaba dedicada, de una forma u otra, a la educación de la otra media.

A la universidad accedían todos y allí, fuera cual fuera su especialidad, adquirían conceptos de lo que antes se llamaba filosofía del conocimiento, que era ya una ciencia de la ciencia.

El paso definitivo: eliminación de la propiedad privada

La experiencia a partir de este punto fue generalizando la conclusión de que, como bien apreció Rousseau, casi todos los males que se han dado en las sociedades históricas nacen del derecho de propiedad. Así que llegó un momento en que se decidió que fuera colectiva o pública la propiedad de todo (recursos naturales, medios de producción y todo lo que a partir de ellos se fabrica), y aunque inicialmente hubo muchas discusiones y resistencias, pronto nadie se interesaba por la propiedad de las cosas sino por su disfrute.

Planificada ya toda la economía mundial, eran los ciudadanos, no el mercado, quienes decidían las necesidades a satisfacer, en qué forma y con qué límites, tomando en cuenta todos los intereses, circunstancias y repercusiones. Naturalmente, los recursos se emplearon prioritariamente para que toda la población mundial tuviera resuelto correctamente (a un nivel que el progreso de la tecnología iba elevando) la alimentación, el vestido, la vivienda y la salud, y para que todos los niños recibieran una educación tan buena como era concebible. Satisfechas estas necesidades primarias de todos a un mismo nivel, se hacía posible ir satisfaciendo necesidades secundarias (y hasta caprichos si parecía razonable), pero de forma que nadie quedara excluido de la satisfacción de niveles previos cuando se iniciaba la producción en un nivel más prescindible.

Un gobierno mundial de miembros temporales, asistido por expertos temporales (sólo se podía trabajar cuatro años como experto del Estado) asistido por la más potente tecnología informática, hacía estudios acerca de cómo distribuir por el mundo las producciones teniendo en cuenta la carga demográfica y productiva que admitía cada territorio, los costes diferenciales y la posibilidad de crear las condiciones para que la vida pudiera ser interesante en todas partes. En esa planificación mundial se consideraba qué selvas, bosques o cultivos había que preservar, cómo y dónde había de producirse la energía, dónde debía situarse cada centro de producción o de prestación de servicios. De una política favorable al medio ambiente se sentían todos beneficiados como habitantes de la tierra.

Respecto al trabajo se garantizaba su seguridad y soportabilidad. No tendría sentido ganar en felicidad por un lado (con el uso de lo producido) al precio de la infelicidad laboral.

Todo lo que se fabricaba era del mejor diseño y calidad (el coche normal, por ejemplo, era un equivalente del antiguo Mercedes y no los había de calidad inferior), pero omitiendo el lujo, que a nadie interesaba y que, una vez eliminado el deseo de destacar socialmente sobre otros, era visto como un despilfarro de mal gusto.

Al desaparecer el derecho de propiedad desaparecieron los medios de comunicación privados, primero sustituidos por medios públicos, en seguida por información en la Red. Así que ninguna persona o grupo tenía ya poder para fabricar opinión favorable a sus intereses. Desaparecieron editorialistas, intelectuales, tertulianos. Digamos que todos eran allí intelectuales, que la información interesante estaba presente en la Red y que la opinión se la formaba cada cual mediante la reflexión, el estudio y la discusión con los otros.

Se había llegado así a otro mundo, que comprendía distintos países, lenguas y continentes, pero unificado por la ética de la igualdad. Facilitaba mucho las cosas el hecho de que ya no había naciones y que todos los individuos eran cosmopolitas, no tenían otra patria que la tierra misma. No había africanos, europeos o asiáticos, sino personas que vivían y trabajaban en un momento dado en Africa, Asia o Europa. El sitio en que se nació no era para ellos especialmente significativo, porque todos tenían experiencias infantiles ligadas a sitios diferentes. Había una lengua común para la tierra entera, el esperanto, felizmente resucitado como medio para una comunicación equitativa entre personas de lenguas distintas.

Las ventajas del usuario frente al propietario

Cada uno recibía según sus necesidades, y allí donde iba alguien a pasar un tiempo, fuera de trabajo o de vacaciones, recibía una vivienda confortable con todo el equipamiento deseable. El hecho de que nadie fuera dueño de viviendas, muebles y otras impedimentas facilitaba mucho la movilidad. Nadie era dueño de una cámara de vídeo, una cepilladora eléctrica o un automóvil, pero si necesitaba algo de esto lo pedía por teléfono y se lo llevaban a casa en unos minutos desde un almacén municipal. Podía mantenerlo en su poder el tiempo que lo necesitara y luego lo devolvía. Si algo se averiaba, era sustituido, y la reparación corría a cargo de la colectividad. De esta forma con menor producción se conseguía mejor disfrute, con la ventaja de que nadie sufría por roturas y reparaciones, o porque lo que compró hubiera quedado rebasado por nuevas tecnologías.

El automóvil sólo se usaba excepcionalmente y por ello su producción disminuyó con un corrrespondiente aumento de su utilidad, porque servía para circular por carreteras poco transitadas.

Cada cual tenía derecho a un equipamiento de ropa y calzado anual, que elegía de un catálogo elaborado por diseñadores sensatos, y la ropa y el calzado se fabricaban bajo pedido. Se podía pedir lo necesario para cocinar, pero lo normal es que se eligiera cada mañana el menú de comida y cena en un comedor público, en la seguridad de que excelentes cocineros utilizaban buenos ingredientes. Había desaparecido el antiguo miedo al engaño una vez que nadie tenía motivación para dar gato por liebre al consumidor.

Un duro trabajo inicial

Se entendió que la vivienda comprendía el entorno urbano (el paisaje urbano que lleva a ella, el que se divisa desde ella), y por eso una gran actividad colectiva tuvo inicialmente como finalidad destruir los sórdidos entornos urbanos heredados y construir otros nuevos. Se conservaron, como monumentos históricos que recordaban la pasada barbarie, algunas ciudades dormitorio, algunas urbanizaciones costeras y algunos cruces laberínticos de autopistas. Todo el mundo acabó viviendo en espacios urbanos recorribles a pie o en bicicleta, todo el mundo vivía junto a su lugar de trabajo.

CONSECUENCIAS

Las ventajas de este “otro mundo” son evidentes.

Alivio medioambiental

Pese a que se produce para que todos los habitantes de la tierra tengan cubiertas sus necesidades al más alto nivel de calidad, la producción de mercancías ha disminuido con gran intensidad, y en consecuencia el consumo de energía y la presión sobre el medio ambiente. Ello se debe a lo siguiente:

a) Las mercancías no se diseñan con obsolescencia programada, sino para durar ilimitadamente e ir acogiendo los progresos tecnológicos.

b) Los objetos no están subempleados, como cuando alguien compra algo y luego apenas lo utiliza, sino que se usan por unos y otros hasta su deterioro definitivo.

c) Al desaparecer el peligro de guerras se han dejado de producir buques, submarinos y aviones de combate, tanques, misiles, municiones y demás armamentos, cerrándose el enorme sumidero por el que se venían perdiendo innumerables recursos y esfuerzos.

d) Han dejado de tener demanda los mil productos ideados para el cuerpo de las mujeres, una vez que ellas, alcanzado un alto nivel cultural, rechazaron el mito del “bello sexo” con que se las había embaucado, desdeñaron presentarse como objetos eróticos permanentes, y optaron por presentarse como ciudadanas (salvo en los momentos dedicados al sexo). Digamos de paso que, al dejar de creer en el “bello sexo” aumentaron todas en belleza, pues ahora no la fían a pinturas, vestidos, adornos, joyas, escotes, transparencias y tacones, sino al reflejo de la inteligencia, el sentido del humor, la cordialidad y la serenidad de ánimo en el rostro y en los movimientos.

e) No es necesario producir más y más, sino lo justo, pues ya no es el mercado el mecanismo regulador, sino la racionalidad de la planificación. La información fiable disponible en la Red sobre los distintos productos y sus propiedades sustituye a la publicidad, y con ésta han desaparecido las mil necesidades inducidas. La maquinaria económica no vive ya de satisfacer un consumo sin causa. Si algo les cuesta comprender a los habitantes de este mundo es cómo en otros tiempos se podía vivir bajo la continua agresión de torturantes mensajes publicitarios. ¡La inconmensurable estupidez de los anuncios de perfumes!

f) Puesto que una gran parte de la producción (ropa, calzado, muebles) se hace bajo pedido, sólo se produce lo que se va a utilizar.

g) La demanda de energía ha caído en picado y no sólo por la menor producción. Puesto que todo el mundo solicita una vivienda cerca del lugar de su trabajo, los desplazamientos suelen ser a pie o en bicicleta.

Una novedad sorprendente de esta economía es que, aunque todo el mundo vive a un alto nivel de satisfación de necesidades, no se dedican muchas horas al trabajo y no existe el fantasma amenazador del paro.

Menos producción, menos trabajo

Los habitantes de este mundo trabajan muy poco y no sólo por la automatización y otros avances tecnológicos. Al establecerse la paz mundial desaparecieron los ejércitos y todas las profesiones con ellos relacionadas. Al ser imposible el robo, la estafa y la corrupción, el servicio de policía careció de función. Las emergencias que previamente movilizaban a policías y ejércitos se resuelven con la colaboración de voluntarios. La abolición de la propiedad ha acabado con casi todos los litigios y con servicios, instituciones y profesiones que absorbían mucho trabajo colectivo. Ha sido abolida casi toda la legislación, porque el incontenible afán legislador del mundo previo acumulaba disposiciones en innumerables direcciones que partían todas ellas del concepto de propiedad, directa o indirectamente. Al ser conocida por todos la escasa y simple legislación resulta ociosa la existencia de profesionales del derecho. Por falta de función no hay tampoco judicatura, sino que las diferencias se resuelven por los interesados y, si no es posible, por el dictamen de hombres buenos. Han desaparecido las oficinas, los representantes, los publicistas, los escaparatistas, los anunciantes.

¡Y no hay paro!

La diferencia más inesperada con el mundo capitalista es que la drástica reducción del trabajo necesario no lanza al paro a una parte de la población, sino que se traduce en menos horas de trabajo para todos. Por tanto no hay necesidad de nuevas producciones para crear, al precio que sea, puestos de trabajo. Sólo aumenta la producción cuando hay que satisfacer necesidades legítimas (eliminadas las derivadas de métodos publicitarios y las contrarias a intereses generales básicos). Una vez decidido qué hay que producir, el trabajo se reparte equitativamente entre las personas capaces. Nadie se jubila salvo por incapacidad para todo tipo de actividad. Las pocas horas semanales que cada cual tiene que dedicar al trabajo se van adaptando a sus condiciones. Algunos limitan su contribución a sacar de paseo a un perro, o a cuidar de unos rosales. En cualquier momento puede uno tomarse las vacaciones que desee siempre que durante el año haga su pequeña contribución laboral (o la haga otro por él en régimen de reciprocidad).

La globalización y la revolución científico-técnica se utilizan en beneficio colectivo y así resulta posible que cada cual elija qué trabajo quiere realizar el trimestre siguiente y dónde le gustaría vivir el año próximo, y la eficiente tecnología informática concilia los intereses de unos y otros en forma muchas veces interactiva, proponiendo alternativas viables cuando el deseo no puede ser satisfecho. Si alguien quiere permanecer en el mismo lugar puede hacerlo, pero en general sólo optan por ello quienes se encuentran faltos de vigor por enfermedad o vejez. Los demás gustan de conocer sitios y tareas diferentes, que obligan a formas de vida diferentes, y cualquiera tiene amigos en muchas partes, o los hace en seguida. A ello ayuda la disminución de la sospecha y del miedo al otro, y la semejanza de intereses y capacidades. De manera que no hacen falta en ese mundo las redes sociales que producían amistad virtual, hay muchos y ricos cursos de amistad real al alcance de cualquiera en su mucho tiempo libre.

Por fin democracia

Marx había previsto la posibilidad de que el pueblo ejerciera algún tipo de control directo sobre los que mandan, sin ninguna mediación de las instituciones, pero no explicó claramente cómo sería ello posible. El problema ha desaparecido sin embargo en este nuevo mundo, donde la democracia directa, ejercida por personas bien informadas, ha ido ganando espacio a la delegación, ventaja de la sociedad en red que no había sido aprovechada en la vieja época de la mundialización capitalista. La tecnología hace posible que se tomen con celeridad decisiones y que puedan ser revisadas con agilidad a la vista de efectos imprevistos. El nivel cognitivo de la población permite que la discusión democrática de cada medida produzca los mejores resultados.

Dentro de la planificación general, la actividad social se administra eficazmente a partir de diferentes niveles combinados: el taller, la empresa, la rama o el sector, el municipio, el país entero, la región, el planeta. El principio de subsidiaridad es respetado (toda decisión se traslada al escalón inferior cuando puede tomarse más eficazmente en ese nivel).

Los temas a debate, lo mismo que las propuestas, se plantean en la red por quien lo tenga a bien (generalmente un grupo que ha discutido el asunto), pasan a ser objeto de debate cuando obtienen suficiente apoyo y las decisiones se toman por los interesados cuando, habiéndose cruzado los diferentes argumentos, todos han conseguido información suficiente. El comité de turno elige la hora de la votación: cada cual pulsa un botón en su ordenador y el resultado se conoce al momento.

De manera que en este mundo ha empezado a ser viable una democracia a la que se puede llamar por fin sustantiva: sin medios de comunicación privados que fabriquen opinión afín a los intereses de sus dueños, sin influencia de poderes económicos en la sombra, y con ciudadanos (no algunos de ellos, sino prácticamente todos) capaces de procesar la información pertinente (científica, económica y social) y partícipes del control colectivo sobre esta información.

Al no haber diferencias de educación ni económicas, cada uno está en plano de igualdad con cualquiera otro respecto a la toma de decisiones sobre la cosa pública, igualdad garantizada además porque todos han sido adiestrados en la oratoria (a ninguno de ellos le asusta hablar en público) y por la inexistencia de burócratas y políticos permanentes.

El Estado no es ya una burocracia depositaria del poder político al servicio del poder económico, sino un organismo mundial encargado de la mera gestión de las decisiones tomadas por la colectividad mundial. Sus funcionarios son rotatorios, temporales (sólo cuatro años a lo largo de la vida) y elegidos por sorteo.

Ateísmo y sentido de la vida

No hay religiones organizadas, ni clérigos, ni rituales, ni dogmas, pero no porque exista prohibición alguna, sino porque el desarrollo cognitivo y afectivo de la gente lo ha dejado de lado. Todo ciudadano es muy dueño de fundar o refundar religiones, proponer rituales o inventar mitos, pero, al no haber sido adoctrinado en la niñez, a nadie se le ocurre hacerlo salvo como ejercicio artístico (imaginación literaria) o lúdico. Al pasado lo consideran, incluso en sus momentos más idílicos, con la misma sensación de horror que inspiraba en otro tiempo la Inquisición o la barbarie nazi. Porque ellos son conscientes de las mutilaciones mentales que se practicaban con la sonrisa en los labios en el viejo mundo, y a ellos esas mutilaciones les producen tanto horror como a sus antepasados las corporales.

No echan de menos la existencia de un dios para dotar de sentido a la vida. El sentido lo extraen de la cooperación amistosa en un ambiente de conocimientos y valores compartidos, justa reciprocidad y amplias posibilidades para los placeres de la amistad y el sexo, la investigación, el juego y el arte. La educación en un realismo valeroso y en una amistosa cooperación con los otros proporciona a estas personas un remedio honesto a los infortunios. Cuando muere alguien querido no es ya un cura quien consuela con el mito de una vida eterna, sino la creencia de que el muerto permanece en el recuerdo de los que siguen vivos y en los efectos que hizo en ellos. El número de personas que elijen el momento y la forma de su muerte es muy grande entre los que llegan a la edad en que, mermadas las facultades, la vida autónoma se ha hecho imposible.

PROPAGANDA REFUTADA

Durante el largo proceso que llevó a este mundo hubo que escuchar muchas insensateces que se presentaban como argumentos inteligentes, incluso científicos. El pensamiento conservador no sabía dónde buscar pretextos.

1) Ya muy al principio, cuando algunos partidos ofrecían en sus campañas electorales una subida del salario mínimo, o suprimir los recortes en sanidad y educación, o solicitaban una auditoría de la deuda alegando que era en gran parte ilegítima, se les decía que estaban prometiendo lo que no podrían cumplir y que eran por tanto populistas y demagogos. Pero nunca se explicó por qué cosas tan elementales eran imposibles. Nunca se reconoció que lo eran, sólo, porque el poder económico se oponía a ellas.

Mientras los muy ricos se iban haciendo más y más ricos y millones de personas iban cayendo en la pobreza, hablar de pobres y ricos se tildaba de indecoroso, de señal de resentimiento, de prueba de mente antediluviana.

2) Se decía también que, por no tener en cuenta que el humano es como es, codicioso, violento y egoísta, las ideas utópicas iban contra las leyes psicológicas. Pero ¿cómo explicaban el hecho de que, incluso en aquel mundo, hubiera personas no codiciosas, ni egoístas, ni violentas? ¿Acaso no eran humanas?

3) Otros, más audaces, dictaminaron que el pensamiento utópico no es democrático, sino esencialmente autoritario: hunde sus raíces en el mito de la ciudad unida y despótica, una máquina social capaz de suprimir toda autonomía humana.

Pero ¿acaso las personas ignorantes, asustadas y egoístas tienen una autonomía que se suprime si se las hace ilustradas, libres y solidarias?

¡Qué más da!, ellos insistían en que, a diferencia de la democracia, que reconoce el conflicto y trata de resolverlo, toda utopía, sea del tipo que sea, tiene una sustancia totalitaria, porque el intento de construir una sociedad perfecta exige eliminar a los que no se adapten a esa perfección.

Pero ¿a qué conflicto se referían estos ideólogos? Efectivamente, la democracia capitalista reconoce el conflicto básico, el de pobres y ricos. ¡Cómo no, si es ella la que lo establece y lo ampara! Aquellos teóricos eran incapaces de imaginar un mundo en el que se ha eliminado ese conflicto fundamental en buena hora, y por tanto todos los conflictos locales que de él derivan. Eran incapaces de imaginar un mundo en el que no hay nadie a quien eliminar para que el orden elegido subsista. Cierto que tal mundo no era posible con la población entonces existente, pero sí una vez que la población fue socializada de otra forma.

4) Decían otros que las propuestas anticapitalistas eran disparatadas, porque se oponían a las leyes económicas. Pero poco a poco fue quedando claro para la mayoría que las supuestas leyes económicas no existían, que eran mera ideología, leyes ficticias de las que no cabía derivar predicciones útiles, incluso más, leyes que llevaban a decisiones catastróficas, muy alejadas de las previsiones de los que apelaban a ellas. Los cuales seguían apelando a ellas como disciplinados gurús bien remunerados.

Cuando quedó claro el papel de estos “expertos” se hizo lo oportuno: suprimir la profesión de economista. Desapareció la economía como disciplina teórica, y se convirtió en aplicación de ciencias diversas (demografía, agronomía, estadística, ciencias naturales, ciencias psicosociales, modelos informáticos, etc.) al servicio de las decisiones políticas. Hecha una inicial selección de necesidades básicas, de carácter político y muy distinta a la que producía el mercado, los estudios económicos se limitaban a determinar los medios preferibles para satisfacerlas.

5) Cuando se propuso planificar la economía global los gritos ensordecieron a la población entera. ¡Acabar con la economía de mercado cuando el mercado es el garante de la libertad! ¡Volver a la economía planificada cuando había quedado históricamente probado que esa economía es ineficiente, es concomitante con regímenes autoritarios y ahoga cualquier intento de iniciativa individual!

Pero ya las personas razonables no se dejaron intimidar. ¿Que el mercado es garante de la libertad?, preguntaron. ¿Cómo va a serlo si deja a millones de personas en situación de esclavitud laboral y a otros muchos millones en la pobreza extrema o con salarios de hambre? El mercado sólo es garante de la libertad de los dueños del dinero para hacer con él lo que quieran, aunque sea en perjuicio de la mayoría de la población.

En cuanto al precedente de la URSS se demostró que no venía a cuento. Desaparecidas las tremendas constricciones y oposiciones exteriores que hubo de soportar la soviética, la nueva planificación mundial era muy eficiente. Funcionaba auxiliada por potentes instrumentos informáticos que en la URSS no existían y con una población cuyos miembros tenían un alto grado de desarrollo mental y toda la capacidad para discutir, proponer y cambiar que ofrece una verdadera democracia (que tampoco existía en la URSS). En circunstancias tan distintas, ya no se daban los problemas de otro tiempo respecto al cálculo de la rentabilidad en la asignación de recursos.

6) La propuesta de limitar la riqueza privada produjo también mucho alboroto.

Se repitió el argumento de que para repartir riqueza hay primero que crearla, y que mal se va a crear si la motivación disminuye al disminuir las expectativas de ganancias, y si el dinero se quita de manos de los ricos, que son los que mejor lo hacen rendir.

Entretanto se estaba demostrando a diario que la creación de riqueza no es condición suficiente para repartirla: lo que de hecho ocurría es que las ganancias engrosaban los bolsillos de los de siempre, las desigualdades iban creciendo y la pobreza también. Se sabía además que los más ricos poco aportaban al desarrollo económico, dedicados como estaban a la especulación financiera, que les rentaba más.

La falta de competencia comercial no empobreció los resultados, dado que empezó a funcionar una motivación más estable y firme que la de obtener ganancias: el deseo de hacer las cosas de la forma preferible para el bien general. Por lo demás, la motivación para producir compulsivamente (que es lo que se perdió) fue una ventaja y no un problema. Que nadie enferme de estrés por el afán de beneficios tiene ventajas no sólo respecto a la salud individual y colectiva: al desaparecer la producción de cosas inútiles, hubo menos presión sobre los recursos naturales y menos desechos. Todo lo cual fue beneficioso.

Pero sobre todo: se llegó a la conclusión de que había que redefinir la riqueza. No tenía sentido seguirla identificando con la producción alocada de mercancías, muchas de ellas innecesarias. Se recordó que, por ejemplo, las urbanizaciones que habían destruido costas y espacios urbanos se habían computado como riqueza. La riqueza debía redefinirse en términos de felicidad de la población. Se hicieron estudios rigurosos y resultó que muchos que en las encuestas se declaraban felices no lo eran, ni siquiera tenían idea de en qué puede consistir la felicidad. Vivían con un nivel de tensiones y frustraciones muy alto, y con una limitación sustancial para el disfrute de bienes culturales.

7) Cuando se propuso acabar con la propiedad privada fueron desgarradores los gritos con que se afirmaba que el derecho de propiedad es un derecho humano inviolable. Hubo que recordar que una cosa es el derecho que todo el mundo tiene a que no le quiten la camisa, a que nadie allane su morada y a que se respete el uso de todo lo que posee legítimamente (derecho que estaba asegurado) y otra cosa es la propiedad que el mercado concede (por ejemplo, un paquete de acciones con el que se controla una multinacional que monopoliza un servicio público).

8) Pareció a muchos descabellado el proyecto de que todas las personas del mundo pudieran gozar de todos los bienes necesarios de la mejor calidad. No hay recursos en la tierra para esa utopía, sentenciaban. Y añadían que la riqueza debe ser un premio al esfuerzo, una ventaja a la que llega la minoría excelente. Si se da a todos por el mero hecho de nacer, se los convierte en vagos e irresponsables que no moverán un dedo.

También este argumento resultó falso por todos lados: había recursos disponibles (en mucha más abundancia que cuando se malgastaban), nadie se dio a la vagancia y ni siquiera era cierto que las minorías que antes monopolizaban la riqueza fueran excelentes. ¿Qué pruebas de excelencia había dado el heredero de un rico, o el especulador bursátil?

9) Cuando antes de llegar a la igualdad social se hablaba de ella como proyecto, los conservadores alegaron que el igualitarismo acaba con la diversidad humana y con la riqueza que esa diversidad comporta. Todos iguales, uniformados, esa fue la caricatura que se hacía a cada paso.

Lo cierto es que la sociedad igualitaria no eliminó la diversidad. Quedaron todos igualados en algo, pero no iguales en todo. Desapareció la diversidad que consiste en que unos nacen en un barrio pobre y otros en una urbanización de lujo, y todas las diversidades que de esta se derivan.

Pero persistían otras. No todos tenían la misma salud, y aunque el atractivo corporal de todos había aumentado (y no sólo a causa de la tecnología genética, sino por el concurso de la inteligencia, el buen gusto y el humor que reflejaban los rostros, y también por la influencia que en el resto del cuerpo tenían la alimentación sana y el deporte), ese atractivo no estaba repartido igualitariamente, ni tampoco la suerte, ni el acceso a la excelencia en la distintas actividades, ni la distribución de aficiones e intereses. No todos cantaban con voz igualmente bella y potente, aunque todos tenían educada la voz, no todo pianista llegaba a la altura de Richter ni todo violinista a la de Oistrakh.

Por lo demás, dada la igualdad educativa de alto nivel, lo que solía ocurrir en esa sociedad era de muy diferente textura, de mayor creatividad, riqueza y variedad, que lo que ocurría en las sociedades elitistas, donde tanto la uniformidad de las masas como la uniformidad de las élites llegaba a ser extrema.

10) Contra la igualdad social se alegó también que es imposible en una sociedad desarrollada, con compleja división del trabajo, puesto que esa sociedad requiere especializaciones y éstas conducen inevitablemente a la estratificación social: unos sabiendo y otros sin saber, unos arriba y otros abajo.

Era cierto que el hombre nuevo, por muy pluridimensional que fuera, no podía ser un especialista en todo. Como Nove había argüído contra la idea de Marx, era poco probable que todos pudieran turnarse en la tarea de planificar la economía en el intermedio de conducir camiones y empastar dientes. Los planificadores tenían que especializarse y lo mismo los dentistas.

Era cierto también que la especialización siempre había conducido a una estratificación social en todas las sociedades elitistas, en las que había una regla que daba el control social directa o indirectamente a las esferas superiores del sistema educativo: una minoría de jóvenes iba a la universidad y una mayoría al trabajo, directamente o pasando por la FP.

Este es el problema que intentó resolver la revolución cultural China cuando pretendió integrar en la universidad la práctica manual y la intelectual para que la educación y la producción surgieran de un mismo principio. Fue un intento que fracasó (sólo duró el breve espacio de los años 1966-67) en gran medida, precisamente, por su incompatibilidad con una división compleja del trabajo, que a su vez resultaba necesaria para acceder al desarrollo económico.

Afortunadamente, desde aquella Revolución Cultural fue mucho lo que había avanzado el sistema educativo, y se pudo al fin ir comprobando que la especialización no tenía como efecto legitimar las desigualdades propias de la estratificación social. Era posible eliminar la regla que distribuye diferentes formas de conciencia a diferentes grupos y establece la relación entre poder y conocimiento. Todos los estudiantes pasaban por la universidad, todos acababan siendo especialistas en algo y los especialistas se iban turnando y sustituyendo entre sí. La enseñanza universitaria integraba la práctica manual e intelectual, y era muy normal que a un especialista en física teórica le apeteciera ser un buen mecánico o un buen ebanista, además de un buen músico. Resultaba luego fácil pasar de una especialidad a otra dentro de un campo de materias afines. Cada cual podía actuar ocasionalmente como especialista en aquella rama del conocimiento que conocía a fondo y además la preparación tecnológica permitía de manera creciente cambiar de especialización, todo ello sin que se alterara el orden progresivamente igualitario. Se formaban para cada asunto más especialistas de los necesarios y ello no era un problema, pues a un cirujano no le importaba trabajar a temporadas de jardinero o barriendo calles.

UN LAMENTO AL REGRESO

¡Oh mundo tranquilo, fraternal y fértil! ¡Duro es volver a este mundo tras vivir en el otro con el pensamiento! ¡Tan al alcance de la mano y tan distante!

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