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TRAS LAS ELECCIONES (catalanas y generales)

Que sólo Podemos esté recibiendo ataques generalizados evidencia que es el único partido que produce urticaria en el viejo régimen (político, económico, periodístico). De ahí la mezquindad y mala voluntad con que se comenta cualquier detalle nimio (sea que Carolina Bescansa lleva a su hijo al Parlamento, que algunos visten y peinan como lo hacen, que exigen cuatro grupos parlamentarios, que han dicho esto o aquello, o que callan, o que ponen líneas rojas, o que las quitan). No hablemos ya de los habitantes de la caverna mediática, los que dicen que los de Podemos huelen mal, o pueden tener piojos en las rastas, o que son gentuza. Cualquier detalle (reserva en las negociaciones, búsqueda de ventajas políticas, disensiones internas) vale también para dictaminar que Podemos pertenece a la vieja política, a la casta, al búnker que tanto critica. Hay que insistir por ello en que la vieja política no se caracteriza por detalles secundarios, sino por esto: para quién se legisla y gobierna cuando se tiene poder.

Vieja política

El informe recién publicado por Oxfam Intermón, que lleva por título “Gobernar para las élites. Secuestro democrático y desigualdad económica”, deja muy claro en qué consiste la vieja política: en “servir abrumadoramente a las élites económicas en detrimento de la ciudadanía de a pie.”

Esta abrumadora servidumbre se practica sobre todo mediante la legislación laboral y fiscal, pero también cuando se elude legislar y de esta forma se tolera el abuso.

En España la reforma laboral ha convertido en pobres y esclavos laborales a una gran masa de empleados.

La reforma fiscal que entró en vigor el 1 de enero del año pasado, “herramienta para garantizar privilegios a unos pocos”, ha dado como resultado que España siga teniendo una de las presiones fiscales más bajas de toda Europa y que 17 de las 35 empresas del IBEX 35 no paguen el impuesto de sociedades en España.

A su vez, la inacción tolerante ha permitido una creciente inversión en paraísos fiscales, donde la evasión mundial llega a 18,5 billones de dólares (el PIB de Estados Unidos es de 15,8 billones).

Como reconoce el citado informe, todo ello tiene profundas consecuencias respecto al aumento de la desigualdad económica, pues la elusión del pago de impuestos, sea por exenciones legales, sea por ocultamiento, aumenta la riqueza de los ricos e impide que las arcas nacionales dispongan de recursos que, utilizados en beneficio de la sociedad, lograrían una mayor redistribución.

Resultados de esta vieja política: entre 2007 y 2014 el salario medio español se desplomó un 22,2% y en el año 2014 había en España 13,4 millones de personas en riesgo de exclusión (el 29,2% de la población). Según los datos de la OCDE, los hogares más desfavorecidos son los que han sufrido una mayor caída de los ingresos durante la crisis. Por contraste, en 2015 el 1% de la población concentró tanta riqueza como el 80% de los más desfavorecidos. “La fortuna de sólo veinte personas en España alcanza un total de 115.100 millones de euros”, expone el citado informe. Los datos disponibles demuestran que la desigualdad ha venido avanzado a un ritmo creciente.

Esta es la política económica de la que tan indecorosamente presume el PP, al servicio del 1% de la población, y por la que recibe felicitaciones del FMI e instituciones de su mismo carácter criminal.

El secuestro de la democracia

Oxfam Intermón concluye que un efecto de esta injusta distribución de la riqueza es el secuestro de la democracia por el poder económico.

Ese secuestro es muy evidente ahora, pero no debemos creer que sea cosa reciente, pues siempre lo hubo. Nunca se ha pasado de una apariencia de democracia, por más que el ínclito Antonio Elorza escriba (El País, 19 de enero) que “vuelve la apolillada distinción entre democracia formal y democracia real.” Apolillada o no, se trata de una distinción acertada e imprescindible, y por ello es natural que vuelva, siendo menos explicable que haya estado por algún tiempo ausente en el discurso de la izquierda.

Ocurre que la democracia formal, que siempre estuvo secuestrada por el poder económico, se vio obligada el pasado siglo a poner en marcha en Europa el llamado Estado del Bienestar para reducir una tensión revolucionaria alentada por el ejemplo de la URSS. Ese comportamiento adaptativo produjo la impresión engañosa de que aquella democracia era realmente el poder del pueblo que legislaba para el pueblo.

Pero una vez desaparecido el poder equilibrante de la URSS, los económicamente poderosos se han quitado la careta y han pensando que no es necesario que los ricos paguen impuestos para financiar el gasto social, pues cabe tener sometida a la gente mediante el miedo (a perder el empleo, a una mayor pobreza), el aislamiento (con el debilitamiento y burocratización de los sindicatos) y el engaño (mediante el práctico monopolio de los medios de comunicación). Y en esta aventura han contado con el servicio de los partidos políticos tradicionales, todos ellos controlados por los medios, la banca, los lobbies, los sobornos y las puertas giratorias.

Resulta impresionante que el pensamiento neoliberal dominante esté defendiendo que la desigualdad es necesaria para que la economía marche bien, y más aún, que llegue a afirmar que esa buena marcha se ve entorpecida si se cobran impuestos a los ricos. Ahí tenemos a Paul Krugman, premio Nobel de Economía, dedicado a demostrar, con argumentos racionales e históricos, que esas ideas carecen de fundamento y que, principios morales aparte, la economía funcionaba mejor cuando los ricos pagaban más impuestos que ahora.

La nueva política

El objetivo de una nueva política está por tanto muy claro: doblegar al poder económico que tiene secuestrada a la democracia.

La ocasión es propicia, pues los abusos sin freno sobre la población han conseguido lo que no supo lograr la izquierda tradicional: que muchos perjudicados tomen conciencia de lo que está ocurriendo. Sería por ello lamentable que quienes se sitúan a la izquierda del PP no logren unirse bajo un programa progresista, ese que tanto temen las derechas europeas. Sobre todo porque España tiene un peso en Europa mucho mayor que Grecia y además no estaría ya tan sola como Grecia. Y porque empieza a demostrarse que el asunto de Grecia no terminó cuando pareció que se había dado un escarmiento a la izquierda helena, sino que ha sido un incentivo más para que vaya cuajando una visión solidaria e internacionalista.

Precisamente el éxito de la izquierda en las pasadas elecciones generales españolas ha llevado al exministro de economía griego Yanis Varoufakis, a la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, y a la vicepresidenta valenciana, Mònica Oltra, a proponer una red internacional de pensamiento crítico, un espacio de confluencia para cuantas personas, movimientos y organizaciones se oponen al modelo actual de Unión Europea.

Se trata de consensuar una agenda común de objetivos, proyectos y acciones con el fin último de romper con el régimen de austeridad de la UE y democratizar radicalmente sus instituciones poniéndolas al servicio de la ciudadanía. La convocatoria a participar en una conferencia europea en Madrid los días 19, 20 y 21 de febrero ha sido apoyada por cientos de firmantes, entre los que están los estadounidenses Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía, y Noam Chomsky, lingüista, el cineasta británico Ken Loach, el relator de Derechos Humanos de la ONU, Alfred de Zayas, la expresidenta del Parlamento griego Zoe Konstantopoulou y el portavoz del comité internacional para la anulación de la deuda del tercer mundo, Éric Toussain, así como eurodiputados de Podemos, de IU y de Ecologistas en Acción.

En julio de 2015”, dice el manifiesto firmado por ellos, “asistimos a un golpe de Estado financiero ejecutado desde la Unión Europea y sus instituciones contra el Gobierno griego, condenando a la población griega a seguir sufriendo las políticas de austeridad que ya habían rechazado en dos ocasiones a través de las urnas.” Este golpe ha intensificado el debate sobre el poder de las instituciones de la Unión Europea y su incompatibilidad con la democracia, y ha dejado claro que para hacer frente a la actual coyuntura se deben “aunar esfuerzos desde todos los Estados miembros y desde todas las esferas: política, intelectual y de la sociedad civil”.

Afán de confundir

De lo hasta aquí dicho se sigue que carece de sentido identificar a Podemos con la vieja política atendiendo a detalles superficiales o formales. La nueva política no es todavía más que una posibilidad demandada por la gente y representada por Podemos y algunos movimientos sociales. A esa nueva política debería sumarse IU (mediante una refundación que la aparte del viejo camino y de la deuda que la paraliza), y el PSOE (aunque sólo sea para librarse del hundimiento electoral). El PP y Ciudadanos no pueden hacer una nueva política por su ideología, pero Ciudadanos tal vez se vea obligado a transigir en algunas medidas (porque es tiempo de ello).

Por tanto no es hora aún de juzgar a Podemos sino de darle una oportunidad y tiempo habrá para la crítica si algún día obtiene poder para legislar y, apartándose de sus compromisos, hace lo que todos han venido haciendo: seguir las instrucciones que llegan del poder económico mundial en perjuicio de la mayoría de la población. Por ahora es evidente que en los ayuntamientos donde gobiernan Podemos y sus asociados (Madrid, Barcelona, Cádiz) lo están haciendo, dentro de las limitadas posibilidades municipales, con más honradez y transparencia que quienes los precedieron, y con más cuidado por los intereses de los de abajo.

La obsesión independentista y su estrategia.

Mientras la desigualdad avanza, presenciamos la continua acrobacia de la izquierda independentista catalana, el continuo decir y desdecirse y la supeditación de la agenda social a la sagrada causa nacionalista. Dos detalles entre muchos:

1. Las CUP rechazaron a Artur Mas como Presidente de la Generalitat, pero han terminado aceptando a otro del mismo partido. De un partido, no lo olvidemos, que representa intereses capitalistas neoliberales, ha sido gestor de los recortes sociales y está sumido en la corrupción. Se dice que las CUP tienen dos almas, la izquierdista y la nacionalista, pero se ha podido apreciar que son almas incompatibles y que, llegado el conflicto, gana la pulsión nacionalista. Y es que, salvo donde se soporta una situación colonial, resulta difícil imaginar una izquierda nacionalista.

2. Las CUP reconocieron tras las elecciones que el independentismo no había ganado el plebiscito y que por tanto no se podía emprender una separación unilateral, pero en seguida pasaron a aceptar que una mayoría parlamentaria (resultado de una ley electoral injusta que convierte la minoría de votos en mayoría de representantes) es suficiente para seguir adelante con el proceso.

Todo ello tiene una explicación que se puede analizar así:

Los independentistas saben que, si no aprovechan la situación que han dejado los años de gobierno de Rajoy, es posible que no tengan otra tan favorable en mucho tiempo. El PP, con Rajoy al frente, ha conseguido que el independentismo catalán, que no llegaba al 30% de la población, haya subido a casi el 50%. O ahora o nunca, parecieron decirse los independentistas cuando promovieron las elecciones como un plebiscito, seguros de ganarlo. No lo consiguieron y saben que el proceso de desconexión no tiene futuro. Pero siguen adelante, aunque ralentizando los plazos. Y es que, aunque no esperan el advenimiento de la República Catalana en esta legislatura, pretenden conseguir estas dos cosas:

Mantener una posición de fuerza para conseguir un Estado Federal en negociaciones que están al caer y luego seguir trabajando para revitalizar el sentimiento independentista con vistas a un nuevo intento.

Provocar a las instituciones del Estado hasta forzarlas a cometer errores (intervención policial o militar, procesamiento de altos cargos catalanes, suspensión de la autonomía, asfixia económica, desaires simbólicos como el cometido torpemente por el rey al negarse a recibir a la presidenta del Parlament Carme Forcadell, etc.) para que el sentimiento victimista y reivindicativo aumente hasta superar el 50%. Y entonces volver a la carga, pero ya con resultados que hagan posible un respaldo internacional, hoy por hoy impensable.

El derecho a decidir

Entre quienes ven la situación con alguna lucidez son cada vez más los que comprenden que la propuesta de Podemos es la única que puede solucionar el problema catalán. Pero claro, a muchos les cuesta trabajo reconocer que Podemos tiene acierto en algo.

La histérica oposición de algunos dirigentes del PSOE a un Referendum en Cataluña puede explicarse por alguna de estas razones:

a) Temor al resultado. Correrían a pactar ese referendum si tuvieran garantizado que lo ganarán los no independentistas. Ahora bien, negarse por temor significa que se quiere mantener la unidad de España a la fuerza, apelando a conceptos retóricos y al respaldo de la ley actual. Y ello implica desconocer que si una mayoría de catalanes quiere separarse de España carece de sentido y beneficio mantenerlos dentro a la fuerza. Incluso si se acepta (es mi caso) que el derecho a decidir, como tantos otros, no tiene fundamento en principios democráticos (dado que no vivimos en democracia), sino en la fuerza con que se reivindica, negar ese derecho a los catalanes es producir más independentistas, es por tanto estar provocando la ruptura de España que tanto se dice aborrecer. Pues si los independentistas llegan, digamos, a un 55 o 60%, ninguna ley o fuerza podrá impedir que se separen.

b) La segunda razón para oponerse al referendum es competir en españolismo con el PP para colocar a Podemos en el bando de los que quieren acabar con la unidad de España, pensando que tal vez así se le arañen votos. Dirigentes del PSOE, con Susana Díaz a la cabeza, se han cansado de repetir, en un uso consciente de la mentira, que el PSOE no puede pactar con Podemos porque éste es partidario de romper España, sabiendo, como saben de sobra, que Podemos es partidario de la unidad de España. En la vieja política todo vale, incluida la mentira que busca activar los instintos de una población desinformada. Precisamente este es su recurso básico.

c) Una tercera razón puede ser atar de pies y manos a Pedro Sánchez para eliminarlo políticamente. En esta hipótesis el enemigo, Pedro Sánchez (¿enemigo de quiénes?), no estaría fuera, sino dentro del partido.

Detalles, todos ellos, de vieja política que dificultan una aproximación a la nueva.

jmchamorro@jmchamorro.info