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TRAS EL 26J

Las encuestas no acertaron. Respecto al PP hay una explicación aceptable, el voto oculto: resulta natural que muchos decididos a votar al PP sintieran vergüenza de confesarlo. Más complicado es explicar el error respecto a Unidos Podemos.
El caso es que la ilusión de un cambio político tan necesario en España, que además hubiera podido colocarnos en Europa en una posición activa e influyente, se ha esfumado.
Cabe un análisis limitado a los factores políticos, que es el habitual, y también otro menos frecuente, de tipo ideológico, que creo que vale la pena.

EL ANÁLISIS HABITUAL

La responsabilidad de evitar unas terceras elecciones
Los medios apelan unánimemente al sentido de Estado del PSOE y de Ciudadanos, a los que se solicita que permitan gobernar a Rajoy. Es curioso que no se apele al sentido de la responsabilidad de Rajoy y su camarilla, dado que si ellos abandonaran sus puestos sería más fácil el sacrificio para los demás. Da la impresión de que se piensa que los votos logrados por el PP legitiman los desafueros de sus dirigentes. Tampoco se apela al sentido de la responsabilidad del PSOE, que podría evitar unas nuevas elecciones pactando con Unidos Podemos y recabando otros apoyos. Esta posibilidad ni siquiera se considera.

La ocasión perdida
¿Por qué razón, que no nos cuentan, los jerarcas del PSOE impidieron que Pedro Sánchez fuera presidente de un Gobierno de izquierdas tras el 20D? El poder económico había establecido el veto a Podemos como línea roja no negociable, y a ello tal vez se unió el miedo de los viejos dirigentes del PSOE a que Podemos llegue al poder y pueda meter las narices allí donde antes solo las metían los partidos del “sistema” (a saber qué habrá allí dentro que da miedo que se vea), a lo que se añade la animadversión irracional que se percibe en esos dirigentes, indignados porque Podemos ha puesto en cuestión el carácter modélico de nuestra Transición, medalla que ellos tenían colgada al cuello.
Ahora el PSOE se encuentra en la situación endiablada en que él mismo se metió. Pase lo que pase siempre le perjudicará, salvo que haga ahora lo que no quiso hacer antes, pero ahora con menos medios. Cualquier otro camino que el PSOE emprenda volverá a dejar claro que prefiere la derecha a la izquierda (algo que viene ocurriendo desde los tiempos de Felipe González).

La decepción de Unidos Podemos
Es natural que la inesperada pérdida de un millón de votos por Unidos Podemos haya desconcertado a sus dirigentes.
Pablo Iglesias dice que hay que pasar de un ejército de partisanos a un ejército regular, y que esto es muy complicado, añadiendo preventivamente que tal vez en las próximas elecciones no sólo no consigan el poder sino que se den “un hostiazo”. Por su parte el número dos de Podemos, Íñigo Errejón, aventura que podrán ganar las próximas elecciones, pero que para ello deberán cambiar, ser menos sexy, más predecibles.
Tratando de explicar esa pérdida de votos unos hablan del liderazgo, otros de la coalición con IU, otros del diseño de la campaña, o del castigo por no haber propiciado un gobierno del PSOE con Ciudadanos, o del miedo, o del Brexit.

La coalición con IU
Errejón ha dicho que el acuerdo con IU no parece haber funcionado y que sobre el eje izquierda-derecha es más difícil construir una mayoría nueva, razón por la que considera que debe evaluarse la continuidad de la coalición. Él defiende un plan que rechaza la identificación con los postulados de la izquierda tradicional. ¿Con qué base teórica? Se trata de meros barruntos acerca de si esa identificación favorece o no electoralmente.
En cambio tanto Pablo Iglesias como Alberto Garzón quieren hacer estable esa alianza, pero con algunas divergencias.
Garzón (en Miguel Roig: Conversación con Alberto Garzón. Boceto de un futuro posible, Editorial Turpial) critica la moderación ideológica de Podemos en sus dos versiones, la táctica (“algo que te permite ocultar tus verdaderas intenciones y, una vez que lo has ganado, sacas la realidad profunda de tus pensamientos”), y la del convencimiento (creer que nuestro país no está preparado para una ruptura democrática y que por lo tanto lo que hay que hacer es moderar el discurso).
Discrepa Garzón de ambas actitudes, más de la segunda, porque no hacen “un análisis materialista de lo que está sucediendo”. “Es muy raro ver un artículo de alguien de Podemos que hable de economía, de las condiciones materiales de la vida”, afirma. “Cuando Podemos habla de construir pueblo [objetivo que guía a Errejón y los suyos], habla de hacerlo a través del discurso única y exclusivamente, no hay un vínculo con la realidad material”, y eso convierte al partido en una simple maquinaria electoral sin anclaje en la vida cotidiana de la gente en sus barrios. Para él la forma de construir pueblo, o de que una amplia mayoría de ciudadanos apoye su candidatura, tiene que ver con la praxis. El mejor ejemplo es, en su opinión, el trabajo de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca.

Una estrategia que nunca ha funcionado
Seguramente la unión de la izquierda (no importa su efecto inmediato en un resultado electoral) es algo beneficioso, y estoy de acuerdo con la crítica de Garzón a la estrategia ideológica de Podemos, aunque no con la solución que insinúa.
Dejando aparte que una cosa es el análisis económico y otra la praxis entendida como anclaje en la vida cotidiana de la gente en sus barrios (cabe hacer análisis económicos sin esa praxis y lo contrario), lo cierto es que esa praxis, por más que sea indispensable, no suele dar resultados electorales y no es suficiente para “construir pueblo”. Los únicos que desde la Transición han estado a pie de obra, los que se han implicado en los problemas de la gente, han sido siempre partidos y organizaciones a la izquierda de la socialdemocracia. Pero recuerdo las muchas decepciones de los comunistas cuando, después de haber sido los únicos que estuvieron luchando por solucionar un problema de barrio, comprobaban que la gente de ese barrio no les votaba en las elecciones siguientes. Ahora, por primera vez, estas acciones se han llevado un premio electoral en algunos lugares, como en Cataluña gracias a la Plataforma de los Afectados por la Hipoteca, pero tal vez no se hubiera dado sin la personalidad de Ada Colau y además no es seguro que esa adhesión popular sea estable. Desde enfrente se sabe muy bien qué hacer para desactivarla.

OTRO TIPO DE ANÁLISIS

Tras las elecciones de Diciembre y refiriéndome a una posible repetición escribí en este blog:
“Si mejoran los resultados, algo se habrá ganado sobre el presente. Si no mejoran, o incluso si empeoran, no pasa nada, esto es una carrera de fondo, no caben las prisas [... ]. No debe importar tanto el poder inmediato como hacer que vaya creciendo la conciencia ilustrada entre los españoles (sin la cual nada bueno se puede conseguir que sea persistente).”
Creo que hay que insistir en ello. Si la izquierda no busca el poder por el poder, si quiere lograr un apoyo bien informado, sólido y continuo de una parte suficiente de la población, si pretende que algún día nuestro país se aproxime al ideal democrático (algo todavía desconocido), es decir, si desea una sociedad donde personas ilustradas, justas y pacíficas se autorregulen con autonomía, entonces debe tener claro que estamos en una guerra larga y que la tarea de hoy no debe interpretarse por sus efectos inmediatos, sino a largo plazo. Por supuesto que hay que dar batallas para mejorar la suerte de quienes lo están pasando peor, pero sin perder de vista en qué tipo de guerra estamos.

El país que tenemos
Una organización de izquierdas ha de tener una idea operativa de la población en que actúa, tanto la que le puede ser favorable, y hasta qué punto, como la contraria. Sólo así se puede diseñar una actuación estable y fructífera.
Estas elecciones han venido a dejar claro, una vez más, la clase de población que compone nuestro país.

Votantes del PP
Un tercio del electorado ha votado al PP a pesar de que todo el mundo sabe de sobra que, hundido en una corrupción estructural, ese partido es, según declaración judicial, una organización criminal para delinquir, condición que ha quedado confirmada, si necesario fuera, por las actividades de su ministro del Interior. Añádanse las políticas fiscales y laborales que el gobierno del PP ha ejecutado contra la mayoría. De manera que el voto al PP de una gran parte de la población española es síntoma de una enfermedad moral en la que se perciben los conocidos ingredientes de egoísmo, ignorancia y miedo. A lo más a que llegan algunos comentaristas es a hablar del voto del miedo, pero como si el miedo hubiera acometido a una población “normal” y no tuviera que ver con un problema de salud cívica de enorme dimensión.

Votos perdidos por Unidos Podemos
El millón de votos perdidos por la coalición Unidos Podemos pone de manifiesto poca consciencia del momento en los abstencionistas y poca lucidez respecto al proyecto de izquierdas. A muchos no nos han gustado algunas cosas, pero ello no es suficiente razón para dejar de votar a la única opción que, desde el comienzo de nuestra mal llamada democracia, se presenta libre de hipotecas y capaz de proponer una política que no esté previamente diseñada y bendecida por el poder económico (tanto el de dentro como el de fuera). Poco lejos se puede llegar si una parte importante de la población que apoya un determinado programa electoral puede dejar de apoyarlo por cuestiones tan episódicas como la simpatía o antipatía que provoque un líder, el error que se cometió al hablar o al callar sobre esto o aquello, o un imprevisto suceso internacional. Más aún si se tiene en cuenta que ese programa electoral, si se empieza a ejecutar, provocará una oposición virulenta de los poderes económicos e ideológicos, y probablemente con temporales perjuicios para una parte de los que lo votaron. Imaginemos que ese millón de votos hubiera acudido a las urnas: ¿qué confianza merecería su apoyo a lo largo del tiempo, siendo así que en cualquier momento podría dejara de apoyar, como ya ha hecho? Por tanto, cuando ahora algunos dirigentes de Podemos creen que la tarea consiste en recuperar esos votos ¿qué esperan de esa recuperación?

El problema de la izquierda
La izquierda quiere intervenir en política para acabar con la dominación y explotación que la mayoría de la población sufre, pero no sabe cómo conseguir que esa mayoría se sienta implicada, es decir, que vaya cambiando conceptos y valores hasta un punto en que sea consciente de su situación dentro de la estructura social, y sea capaz de resistir las múltiples maniobras que el poder de los dueños del dinero sabe poner en marcha.
Esto requiere acciones a largo plazo según un programa que todo partido de izquierdas debería tener bien desarrollado y fundamentado, pero del que nada he oído ni leído desde que en nuestro país hay elecciones. Ese programa no se puede formular con éxito sin una teoría adecuada.

La teoría
Si nos preguntamos desde qué teoría planificar la acción política, no es difícil la respuesta, porque la única teoría general que se mantiene en el campo social es la marxista. A mediados del pasado siglo se intentó oponerle una teoría conservadora, la funcionalista propuesta por T. Parsons, pero fracasó por su voluntario desconocimiento de los aspectos disfuncionales del capitalismo, que están ahí de múltiples formas, se quieran ver o no. Ante ese fracaso, los conservadores decidieron el abandono de las teorías generales, dando sólo por buenas las de medio y corto alcance, que claro está, poco explican.
Desde entonces se ha intentado acabar con el marxismo no mediante una alternativa teórica preferible, sino afirmado que es cosa del pasado por sus errores, sus predicciones incumplidas y por los crímenes que cometieron dictadores que lo invocaban (no importa que actuaran contra su sentido).
Ahora empiezan a darse cuenta muchos de que sólo desde el marxismo se puede explicar el proceso histórico presente. De ahí que levanten cabeza postmarxismos de distinta naturaleza que intentan sustituir algunas tesis erróneas de Marx.
En uno de ellos milita el mentor de Errejón, Ernesto Laclau, que ha criticado con acierto las tesis marxistas referidas al papel de la clase obrera y que se ha propuesto desarrollar el concepto de hegemonía de Lenin y Gramsci. Pero no es el concepto de hegemonía el que nos puede servir para resolver el problema antes indicado, y menos si para su desarrollo se va a buscar, como Laclau ha hecho, en Lakan, Foucault, Derrida y Barthes. Ni adrede pudo elegir peor. Estos autores estuvieron de moda por el atractivo que ejerce lo incomprensible (fueron maestros de la oscuridad ambigua) y afortunadamente van sumiéndose paulatinamente en el olvido. Ninguno de ellos ofrece material valioso para remediar el verdadero defecto del marxismo, que es la ausencia de teoría psicológica.
Algunos teóricos valiosos (Lev Vigotski, Mijaíl Bajtin, Erich Fromm) han sido conscientes del problema e intentaron solucionarlo, y otros posteriores (Basil Bernstein, William Labov) han aportado conocimientos indispensables. El problema es que poco de ellos parece haber llegado a los marxismos de que se nutren los políticos de izquierdas.

La “persona nueva” como condición de la democracia
Marx tuvo el acierto de comprender que no es posible una sociedad igualitaria sin lo que él llamó “el hombre nuevo”. Tuvo también el acierto de denominar falsa conciencia al pensamiento de los individuos que no es consecuente con sus condiciones materiales de existencia, esto es, con sus intereses de clase, como cuando el proletario adopta la ideología de la clase que lo explota.
Sin embargo su formulación (recordemos aquello de “es el ser social el que determina la conciencia, no la conciencia la que determina el ser social”) vino a sugerir que la superestructura ideológica es dependiente de la estructura económica (de manera dialéctica, sí, pero que Marx no explicitó), y que por ello una revolución que expropiara a la burguesía de los medios de producción generaría de manera inevitable el nuevo tipo de persona.
Esto no es así, como ha demostrado la historia posterior. Hubo países en los que los medios de producción fueron de propiedad pública durante décadas y ahora podemos ver qué tipo de población se produjo en ellos.
De manera que, aunque el análisis de lo que ocurre en la estructura económica es imprescindible y sigue siendo muy aclarador en el marxismo, la relación de esa estructura con la fabricación de las mentes y con la modificación de estructuras semánticas consolidadas ha sido la parte débil de los políticos y teóricos marxistas.

La fabricación de la falsa conciencia
La iglesia y los grupos dominantes han tenido muy claro, desde siempre, que la educación es una palanca imprescindible para el control social. A diario se utilizan escuelas, púlpitos, catequesis y medios de comunicación privados, además de los públicos cuando la derecha los controla, así como la omnipresente publicidad, para expandir sin oposición una ideología cuyos elementos cognitivos y afectivos determinan qué es el Bien y qué es el Mal. Esa ideología arraiga en una gran parte de la población y son luego las familias los centros primarios de transmisión.
Desde ella se afirma o se da por supuesto un conjunto de verdades productoras de afectos, entre ellas las siguientes:
Vivimos en una democracia que se opone a dictadura y a falta de libertad. En ella la ley y el mercado (que es consustancial con la democracia y que junto con ella constituye el Sistema) determinan lo que debe ir legítimamente al bolsillo de cada cual.
Las leyes son elaboradas y promulgadas por los ciudadanos a través de representantes elegidos libremente y sólo comprometidos con el interés de sus votantes.
La patria es el hogar de todos los ciudadanos, todos hermanos dentro de ella: ricos y pobres unidos en la emoción por el gol que hace a la patria campeona del mundo.
La libertad de expresión exige el máximo respeto a los medios de comunicación privados, representantes de esa libertad frente a los medios públicos.
Salud, dinero y amor. La riqueza y el consumo son los bienes preferibles. El ideal: llegar a ser rico, muy rico, cuanto más rico mejor. Si alguien tiene suerte en los negocios puede ser rico sin límites, y eso no perjudica a nadie. Al contrario, beneficia a otros si el rico crea puestos de trabajo. Y cualquiera puede ser rico gracias a la lotería. ¡Atrévete a ser millonario! La admiración por los ricos de la lista de Forbes se estimula en todo momento.
La iniciativa del emprendedor se premia, el que no consigue nada es porque no lo intenta con fuerza suficiente. El pobre lo es porque no hace lo necesario para salir de la pobreza y nada tiene que reprochar al sistema. Y aun así no se le deja en la estacada, que para eso tenemos un Estado del Bienestar que nos coloca a la cabeza del mundo en el respeto a los Derechos Humanos. No hay más que pedir, si acaso procurar que ese Estado del Bienestar no se venga abajo.
Porque resulta que está en un peligro del que nadie es culpable: la globalización es algo que está ahí y no se puede ignorar, y a ella y a la revolución digital se achacan beneficios, pero también males inevitables. La precariedad laboral, los bajos salarios, la inseguridad de las políticas sociales, la necesidad de que cada cual se agencie sanidad, educación y pensión privadas, todo eso ha venido para quedarse y a ello hay que adaptarse.
En toda sociedad el conflicto es natural. Por encima está él interés de la ciudadanía, o de los españoles, un interés que condensa mil intereses distintos, pero conciliables mediante la negociación y el pacto.
Al tiempo que la ideología conservadora proclama estas verdades, condena perversiones sociales como el comunismo, ligado a dictadura, pobreza, ineficacia y crimen, el ateísmo, el antipatriotismo separatista. Y también el radicalismo de los que gritan mucho, quieren acabar con el sistema y no saben lo que se traen entre manos. Grecia nos muestra adónde llevan los antisistema radicales. Entre otras cosas a poner en peligro la propiedad que cada cual ha ido consiguiendo con el honrado trabajo: sus ahorros, su segunda vivienda.
A primer plano pasa el terrorismo cada vez que hay un atentado, relacionado con el Islam y con inmigrantes que vienen y van. ¿Cómo hay seres tan inhumanos y crueles, que asesinan indiscriminadamente sin posible justificación? Es necesario un poder fuerte que nos defienda de este peligro. Enfrente están quienes intentan explicar el terrorismo, que es lo mismo que justificarlo.

La campaña electoral como oportunidad frustrada
La palanca fundamental para el control social no violento consiste en la transmisión de esos significados y valores, y de otros de semejante sentido.
Por tanto, el esfuerzo por sustituir esos significados y valores por sus contrarios es una palanca imprescindible para la emancipación. Y no es fácil, pues se trata de significados y valores muy bien instalados en las mentes.
Este es el verdadero campo de batalla de la izquierda, el ideológico, no el electoral. Pues los resultados sólidos en este segundo serán consecuencia de lo conseguido en el primero.
Si la izquierda tuviera un programa de lucha ideológica utilizaría instrumentos específicos (Círculos, centros de investigación, enseñanza y difusión; escuelas y medios de comunicación) y aprovecharía las oportunidades (campañas electorales, oposición en el Parlamento).
No es momento de hablar de ese programa ni de por qué no existe, así que voy a limitarme a comentar la campaña electoral como oportunidad perdida.

La moderación ideológica
Reitero una crítica que ya expuse antes de las elecciones: los dirigentes de Podemos fueron primero víctimas de un entusiasmo juvenil que les llevó a euforias evitables, como repartir a destiempo puestos de gobierno, o a caer en excesos verbales que facilitaron que se acusara a Pablo Iglesias de arrogante, de mero buscador del poder, etc. El problema fue que para corregir este error se cayó en el contrario, el de vestir piel de cordero y presentarse con un conformismo inocuo, renunciando a la firmeza ideológica que hubiera sido de desear.
Ejemplos son: rehuir temas como Venezuela y Grecia (en lugar de atacarlos directamente para explicar la propia posición, única forma de desactivar los ataques oportunistas); las explicaciones de Iglesias sobre su comunismo, sus alabanzas a Zapatero, etc., cosas todas reveladoras del uso de tácticas electorales que entran en contradicción con una estrategia ideológica bien pensada. Añádase la introducción de temas inoportunos como el del peronismo, que añadieron confusión.
En otros momentos he disculpado la moderación ideológica de Podemos achacándola al temor a la reacción de los medios. Pero hay que añadir que esa moderación ha sido reveladora de poca consistencia teórica respecto al tema de la lucha ideológica y su importancia, pues ha resultado profundamente deseducativa (o si se prefiere, ha servido para afianzar significados conservadores).

Ocasiones perdidas
Se pueden decir muchas cosas obvias acerca de cómo abordar, para desactivarlo, cada uno de los significados que componen el Bien y el Mal conservador. Me limito aquí a estos puntos:
(a) El “no nos representan” y “la casta” son expresiones que pierden fuerza si no se asocian a una crítica a la “democracia” en que vivimos. De poco sirve hablar del IBEX 35 y de las puertas giratorias si se presenta todo esto como algo que puede cambiar si Podemos consigue el poder. Por el contrario, se trata de que la gente vaya sabiendo que los males políticos de nuestro país no son debidos a una perversión ocasional de estos o aquellos gobernantes, sino que forma parte de la estructura de la democracia burguesa desde su fundación, concebida como mecanismo legitimador del poder de una minoría sobre la sociedad entera. Tal mecanismo exigió primero privar del derecho de voto a los que carecían de propiedades (por la razón expresa de que, siendo mayoría, podrían votar contra la propiedad), derecho que se les concedió luego, cuando se comprobó que era fácil inducir la esclavitud voluntaria. Derecho que finalmente se revoca por la fuerza si los de abajo se muestran reacios a la sumisión (caso, entre muchos, de Grecia). Hay que explicar a la gente cuáles son los requisitos de la democracia, que en nuestra sociedad no se dan, entre otras cosas porque no deciden los votantes, sino los que controlan el dinero y los mercados. Es profundamente deseducador decir que la democracia española está suficientemente consolidada.
(b) No basta hablar de ricos y pobres si no se explica hasta qué punto la riqueza excesiva es un crimen y no algo loable y deseable, pues habiendo una relación causal entre riqueza y pobreza, y siendo la riqueza de un país la que es, si algunos pocos se llevan la mayor parte, sólo queda la parte menor para repartir entre los restantes. Todo lo cual exige denunciar la idea (realmente estúpida, pero asociada por la derecha a riqueza y libertad) de que es el mercado el que debe decidir cómo se reparte la riqueza de un país. Hay que afirmar, una y otra vez, que hasta que no haya una limitación a la riqueza privada la democracia no será posible.
(c) No tiene sentido apropiarse de la palabra “patria” si al mismo tiempo no se explica que la patria está por construir y que eso a lo que ahora se llama patria es una mentira con la que se disfraza la oposición de intereses irreconciliables, los de la minoría dominante y los de la mayoría dominada. No existen los derechos generales de los españoles (salvo a un nivel muy vago y nada conflictivo), sino intereses contrapuestos, los de estos frente a los de aquellos.
(d) Al presentar su adhesión al comunismo como una enfermedad juvenil, Iglesias ha desaprovechado la ocasión de explicar algo asimilable por una gran parte de la población: que la moral cristiana (despreciada de tantas formas por la Iglesia Católica y por muchos de sus fieles) coincide con la moral comunista, y que no hay nada tan opuesto al cristianismo como el carácter depredador de la economía capitalista. Se ha perdido una ocasión de explicar que izquierda, marxismo y comunismo son una apuesta por la realización de los ideales ilustrados: libertad, igualdad y fraternidad.

Es necesario exponer las verdades que ofenden y molestan a los conservadores
Si se va por la vida política tratando de no molestar, resultará que no se puede explicar el papel que en los males de nuestro país está jugando el poder financiero, especialmente el alemán y el americano y sus representantes políticos, no vaya a ser que los alemanes y los americanos se enfaden y tengamos luego que sufrir las represalias. Resultará que hay que ir a la base americana en Torrejón para mantener una ridícula entrevista con Obama de tres minutos, y luego quejarse de que no hubo tiempo de decirle nada.
Para no ofender al PSOE no se podrá insistir en que el escándalo de que los ricos y las grandes corporaciones apenas paguen impuestos se debe a las leyes fiscales que PP y PSOE (Zapatero incluido) han venido promulgando como servidores del poder económico, y a su falta de interés para perseguir el delito fiscal.
No se podrá proclamar que los impuestos indirectos son un crimen que se perpetra para ahorrar impuestos a los que más tienen (ya que atacar el IVA sería atacar a las Instituciones europeas, salir del Sistema, y exponerse a mil críticas).
Algo parecido a lo ocurrido en la campaña electoral ocurrirá en la oposición parlamentaria si se mantiene la estrategia de perfil bajo. Se perderá una ocasión de enfrentarse a la derecha en el terreno de la verdadera batalla.

Un mal uso de los medios
No ha sido buena la decisión de acudir a los medios privados cada vez que lo han reclamado en su propio beneficio, pues desde ciertos programas poca información relevante se puede enviar y sólo caer en la trivialidad que lo engulle todo, o en la ceremonia de la mentira que el formato de algunos programas facilita a los Marhuenda e Inda de turno. Acudiendo a esos programas sólo se ha conseguido legitimarlos y participar del confuso ruido que generan.
Pero peor ha sido oír a Iglesias echar flores a los medios de comunicación que estos no merecen, como si así se pudiera frenar su extrema agresividad, cuando la única defensa es ponerlos en evidencia explicando a su audiencia el por qué de esa agresividad. Se han perdido ocasiones de denunciar en los propios medios su sectarismo, consecuencia de la propiedad privada a cuyo servicio actúan. Es necesario que la gente sepa quienes son los propietarios y cómo ningún periodista contratado puede actuar contra los intereses de aquellos. Aprovechando que medios como los de PRISA se presentan como objetivos y modélicos, hubiera estado bien denunciar públicamente que a sus páginas de opinión y a sus tertulias sólo son invitados representantes del pensamiento conservador, solicitando participar en ellas para representar al pensamiento de izquierdas. Hecha pública denuncia y solicitud, la reacción de la empresa habría sido en todo caso ilustrativa.