SOBRE EL PSOE Y PODEMOS

Pedro Sánchez, primer acto

Como bien se sabe, en las primarias que celebró el PSOE en julio de 2014 Pedro Sánchez recibió apoyos para que cortara el paso a Eduardo Madina bajo el supuesto de que sería una figura manejable y provisional, a la espera de que Susana Díaz decidiera dar el paso. En seguida se desconfió de él y Díaz le desautorizó diciendo que no estaba de acuerdo con la línea que seguía.

Tras las elecciones de junio de 2015, en el Comité Federal de 28 de diciembre se le rodeó de líneas rojas sin dejarle otra salida que pactar con la derecha (que eso significaba el “no” a Podemos, y al PP, y a independentistas, y a nuevas elecciones). Por primera vez se imponían condiciones a un Secretario General en un Comité Federal y se le obligaba a suscribirlas. El caso era impedir un pacto con Podemos. Pretexto: que ese partido defiende el derecho a decidir.

Se hizo esto sin tener en cuenta las consecuencias. Es fácil suponer que más de uno de los instigadores (y también Sánchez como ejecutor) se estarán ahora tirando de los pelos.

El caso es que, siguiendo órdenes, Sánchez pactó con Ciudadanos, convencido seguramente de que Podemos, sometido a una gran presión mediática, no tendría más remedio que apoyar ese pacto para evitar, ante unas nuevas elecciones, la acusación de haber impedido un gobierno progresista. La negativa de Podemos llenó a Sánchez de frustración, de manera que se sumó airado a la mentira de que Podemos no estaba interesado en que hubiera un gobierno progresista, sino en provocar unas nuevas elecciones. E insistió en que Podemos, haciendo causa común con el PP, había impedido que se resolvieran muchos problemas de los españoles (por ejemplo los que dependían de subir el salario mínimo ¡un 1%!). Callaba en cambio hasta qué punto los problemas de muchos españoles se hubieran resuelto mejor de haber pactado con Podemos y no con Ciudadanos, y callaba también que Podemos quedó fuera de las negociaciones no por propia decisión, sino por decisión del citado Comité Federal.

Pedro Sánchez, segundo acto

Tras las segundas elecciones, y ante la falta de suficientes apoyos a Rajoy, parece que Sánchez se había decidido finalmente a formar un gobierno apoyado por Podemos, peligro que la cúpula del PSOE ha resuelto acabando con Sánchez en la forma que todos hemos presenciado y decidiendo una abstención para que gobierne Rajoy. Este episodio ha sido descrito así por José Antonio Pérez Tapias, miembro del Comité Federal y competidor de Sánchez en las primarias de 2014:

“Pedro Sánchez ha cometido errores [...], ha titubeado, no ha acertado en decisiones importantes -recordemos el pacto con Ciudadanos-, pero fue al verse hacia donde podía encaminar al Partido Socialista de manera efectiva, yendo desde el “no” al PP hacia un “sí” a una alternativa, cuando las iras de la oligarquía del partido se desataron con toda su fuerza. Y ésta no es otra que la sumisión a los poderes dominantes, tanto los económicos como otros que también se mueven tras el telón de la escena pública…”

El problema para los dirigentes golpistas del PSOE es que los militantes no están manejados por esos poderes empresariales y mediáticos (a la cabeza de éstos PRISA), ni movidos por un odio patológico a Podemos. Son incluso muchos los que reconocen que sus hijos votan a Podemos y que es imprescindible entenderse con el nuevo partido, y estos son los que siguen representando la tendencia socialdemócrata del PSOE, tanto tiempo olvidada. Pues la cuestión es ésta: si el PSOE se niega a colaborar con Podemos a escala estatal es que renuncia a desbancar al PP y se conforma con ser socio subalterno de éste en una coalición de derechas (llámese gran coalición o pacto entre los partidos constitucionalistas).

En entrevista con Jordi Évole del 30 de octubre pasado Pedro Sánchez confesó el error de haber llamado populista a Podemos y reconoció finalmente que fue su partido el responsable de que no hubiera un gobierno del cambio PSOE-Podemos.

Es natural que estas declaraciones hayan producido mucha irritación en los actuales dirigentes del PSOE y en los medios conservadores, porque han destapado lo mucho que han estado mintiendo.

Aún así hay todavía portavoces del PSOE que siguen con el latiguillo de fue Podemos el que impidió un gobierno de progreso.

A propósito, ha sido incomprensible la falta de contundencia con que Podemos se ha defendido de esta acusación falsa. Pues hace mucho tiempo que Pérez Tapias contó lo ocurrido en el Comité Federal en el que se produjo el veto.

El miedo de los dirigentes del PSOE a unas nuevas elecciones

Tras la defenestración de Sánchez (que también se ejecutó sin tener en cuenta las consecuencias) el PSOE se ha visto obligado a facilitar el gobierno de Rajoy, pero no por patriotismo (no ha sido, como se dice, un sacrificio por la gobernabilidad de España), sino por miedo a que, dado el espectáculo del último Comité Federal, en unas terceras elecciones no sólo se diera el sorpasso, sino que el PSOE quedara reducido a la insignificancia. Este miedo ha llevado a una nueva mala decisión. Pues pese a todo, si en el PSOE se hubiera impuesto el no a Rajoy, es posible que en unas terceras elecciones el resultado no hubiera sido tan desastroso como algunos preveían, y que el PP no hubiera conseguido los resultados que algunos vaticinaban. Ahora el PSOE se encuentra en manos del PP, que en todo momento puede exigir colaboración a sus políticas amenazando con anticipar las elecciones, en las que el PSOE se encontrará en peor situación que si hubiera votado no a la investidura.

Es posible, sin embargo, que, por mucha tentación que tenga, el PP no cumpla esa amenaza si quienes mandan no se lo permiten, pues la caída del PSOE sería la caída de un aliado a cambio del auge del único enemigo.

Los problemas de Podemos

La política y la actividad mediática vienen marcadas en España por Podemos. Todo lo que hace el aparato del PSOE lo hace pensando en que Podemos no cobre ventaja, todo lo que hacen los medios es demonizar a Podemos, todo lo que teme el poder económico es que Podemos llegue al poder. En los comentarios políticos, detrás de cada noticia, de cada juicio o de cada silencio se encuentra Podemos, sea como instigador o como culpable, sea como insignificante, fracasado o abocado al fracaso, sea como peligro. Y casi siempre Pablo Iglesias es condenado a representar las maldades de su partido. Así ha ocurrido en las sesiones de investidura.

Cierto que los oligarcas empiezan a comprobar hasta qué punto los medios digitales y las redes sociales dificultan el monopolio que los medios conservadores ejercieron siempre.

En esta situación los problemas de Podemos no están allí donde los quieren ver estos medios, que hablan cada día de la pugna entre Errejón e Iglesias, igual que amplificaron antes los sucesos (dimisiones, gestoras y primarias) en Galicia, Cantabria, Salamanca, La Rioja y el País Vasco, o las divisiones internas en Madrid, Cataluña y Andalucía. Se podría decir que estos desacuerdos son muy normales en un partido en que la discusión es libre y cualquiera puede disentir de la línea previamente marcada. Pues realmente, incluso aunque todos los miembros de Podemos coincidieran en la ideología, habría divergencias tácticas y estratégicas dado su tipo de estructura, más democrática que la de los partidos conservadores.

Pero los problemas aumentan cuando no existe esa coincidencia ideológica, pues resulta que la dificultad mayor de este partido está relacionada con el movimiento popular que le dio nacimiento: no todos los que se integraron en él son anticapitalistas, aunque todos estén indignados. Y es que la indignación no basta para hacer unidos un camino difícil y lleno de oscuridades y trampas. Me referiré a esto en seguida.

Dos tendencias

Hubo un tiempo en que las disputas entre marxistas ortodoxos y revisionistas versaban sobre la alternativa entre hacer la revolución violenta o integrarse en las democracias para una toma pacífica del poder.

Casi todos han optado por lo segundo, y ahora surge una nueva alternativa que se suele formular así: ¿trabajo en las instituciones o en la calle? O también ¿anticapitalismo o transversalidad? O también: ¿qué relación debe guardar el partido con la sociedad civil?

La llamada transversalidad

La transversalidad de que habla Íñigo Errejón tiene que ver con la eliminación de las etiquetas ideológicas clásicas y la agrupación de nuevos consensos mediante la definición de otras fronteras (arriba/abajo, la casta/la gente, etc.), bajo la idea de que “parte de los éxitos relativos del 15-M pueden estar relacionados con su capacidad para generar procesos de identificación que trascienden y atraviesan los marcadores ideológicos tradicionales”.

Errejón reconoce que, aunque algunos de los problemas expresados por los indignados ya habían sido señalados por la “izquierda minoritaria”, la diferencia estuvo en que el 15-M apelaba a un “eje arriba-abajo” (el 1% frente al 99%) y no a un eje ideológico, como hacían los partidos existentes. Mediante “interpelaciones transversales a una mayoría social descontenta” se trata de “aislar a las élites” y crear una nueva identificación frente a ellas, mediante un relato que apele al “sentido común de época”, exactamente igual que ocurrió con el 15-M.

Para el diputado Eduardo Maura la transversalidad tiene que ver con buscar el apoyo no sólo de las personas que ya están de acuerdo con las propuestas de Podemos sino también de quienes aún no se han sumado, a fin de captar a votantes y cuadros sin exigir “carnets de partido”, es decir, aglutinar el descontento en una nueva opción política sin tener en cuenta qué se ha votado con anterioridad.

El trabajo en la calle

La alternativa parece que consiste en mantener las señas de identidad de la izquierda anticapitalista, no encerrarse en las instituciones y trabajar en la calle, manteniendo una relación fluida con la sociedad civil y sus problemas, y hablando claro aunque eso asuste a posibles votantes.

Fernando Luengo y Lorena Cabrerizo, miembros de Reinicia Podemos, advierten que se está dando un excesivo protagonismo a la acción institucional, relegando a un segundo plano, de hecho, la protesta y la movilización ciudadanas. Aceptan que gracias a la entrada de Podemos en las instituciones han ganado visibilidad “las preocupaciones y los anhelos de la mayoría social, olvidados o negados por los partidos y los políticos de siempre”, pero añaden que para que la presencia de Podemos en las instituciones se convierta en una herramienta al servicio de un cambio que beneficie a la mayoría social, es necesario cambiar las reglas del juego, que hasta ahora han beneficiado a las élites políticas y las oligarquías económicas, y en ese camino se encontrará una resistencia por parte de los poderosos que sólo se puede vencer con la movilización y la politización de la ciudadanía en los barrios, en las calles y plazas, en los centros de formación y estudio y en las empresas. Es necesario, pues, un reencuentro con los movimientos y las organizaciones sociales, dialogar con ellos y respaldar sus luchas, ayudar a que la sociedad civil se organice en defensa de sus intereses, apoyar las reivindicaciones y protestas de los trabajadores que se traduzcan en propuestas políticas para la acción, abrir las instituciones a las demandas sociales y crear y consolidar cauces de diálogo y espacios de debate permanentes con las plataformas y los colectivos que los representan.

El tema sobreentendido

Analizando los términos de ambas estrategias uno encuentra que el verdadero conflicto está implícito, pues lo que dicen unos y otros es compatible.

Cuando Errejón escribe que la transversalidad “no es, en absoluto, una renuncia al pasado o al ADN militante propio, pero sí una impugnación de la burla que supone que sea el enemigo el que nos cite en los terrenos y los temas sobre los que se siente más cómodo, más arropado y a salvo de sus vergüenzas”, nos está queriendo decir que si Podemos se presenta como izquierda anticapitalista da una baza a la propaganda conservadora, y no en cambio si habla de los de arriba y los de abajo, o de la gente indignada, o de la patria entendida al modo progresista.

Pero esto es una cuestión de mera táctica comunicativa y, estando de acuerdo en ella, se puede ser partidario de la actividad en la calle junto con la actividad en las instituciones. Lo que está en juego, creo, no es lo que se dice, sino la oposición entre una estrategia socialdemócrata y una estrategia anticapitalista, cada una de ellas con objetivos propios.

Diferencias cruciales entre socialdemocracia e izquierda

Demos un paso atrás para aclarar el tema. Algunos dicen que colocar a la socialdemocracia en la derecha es cosa de fundamentalistas, y esto puede que sea así cuando se intenta descalificar de forma emotiva, pero puede deberse a una saludable necesidad de aclarar ideas. Movido por ella creo que el criterio más eficaz para diferenciar derecha de izquierda es la aceptación del capitalismo o la oposición a él. En virtud de este criterio la socialdemocracia, que es procapitalisa, está a la derecha, y está a la izquierda el socialismo anticapitalista. Claro que caben otros criterios que arrojan otros resultados, pero la eficacia del que propongo radica en que la posición ante el capitalismo tiene repercusiones notables, en algunas de las cuales no se suele reparar, entre ellas las siguientes:

1) El socialdemócrata cree que nuestro sistema político es una democracia, actualmente devaluada y necesitada de revitalización, pero democracia al fin.

En cambio el anticapitalista cree que nuestro régimen político es una plutocracia disfrazada de democracia. Aspira a la democracia, que necesariamente requiere una mayoría de la población suficientemente ilustrada, y además inexistencia de poderes económicos que, incontrolados ellos, la controlen en la sombra.

2) El socialdemócrata cree que la existencia de medios de comunicación privados es un derecho amparado por la libertad de expresión.

En cambio el anticapitalista cree que los medios privados, es obvio, están al servicio de los intereses de sus propietarios (con el agravante de que se presentan como libres y objetivos), y son por ello un obstáculo a la democracia y a una verdadera libertad de expresión. En consecuencia el anticapitalista aboga por la propiedad pública de los medios y su control social, a fin de que todas las ideologías (también la procapitalista) tengan espacios en que expresarse libremente.

3) El socialdemócrata acepta que sea el mercado el mecanismo rector de la economía, y acepta por tanto los efectos de su lógica, limitándose a reducir algunos de sus efectos mediante una política redistributiva.

El anticapitalista, en cambio, sabe que la economía de mercado está regida en su beneficio por quienes controlan los mercados, cuya lógica no tiene para nada en cuenta el bien colectivo. Por ello aboga por una economía mundial racionalmente planificada, que produzca lo necesario para satisfacer las necesidades legítimas, no los caprichos impuestos por una publicidad desbocada (la tierra no lo soporta), y que distribuya equitativamente, de manera que nadie en el mundo disponga de riquezas que le permitan un control subterráneo de la cosa pública, y nadie viva en la pobreza. Este es el concepto de globalización progresista, frente a la globalización que se nos vende (y a la que se apela como si fuera un corsé que impide las medidas racionales y justas).

4) Y lo más importante: a un partido socialdemócrata la va bien la población actual, de la que puede recibir el suficiente apoyo para su política y a la que puede rendir beneficios concretos.
En cambio a un partido anticapitalista no le va bien la población actual, de la que no puede esperar apoyo para un cambio en profundidad, que es sólo alcanzable con un tipo de población nueva, formada por personas como las que Marx describió bajo el rótulo “el hombre nuevo”.

Puesto que en estas cuestiones, que son cruciales, la socialdemocracia coincide con otros partidos de derechas pero no con una izquierda anticapitalista, tiene más sentido colocar a la socialdemocracia a la derecha que a la izquierda.

Naturalmente, hay distintas clases de derecha, como también las hay de izquierda anticapitalista, y por ello colocar a la socialdemocracia en la derecha no debe tomarse por insulto, pues aunque hay una derecha criminal (empleado el adjetivo en su sentido técnico, dado que con su política produce innumerables víctimas), hay otra que trata de mejorar la suerte de los más desfavorecidos.

Dos estrategias

En atención a lo dicho, la posición ante el capitalismo debería marcar (y no lo ha hecho, y por eso así le ha ido a la izquierda) una gran diferencia en cuanto a estrategias, pero no entendidas como programas electorales o decisiones políticas. Hay en efecto que distinguir entre estrategia socialdemócrata y política socialdemócrata. La estrategia socialdemócrata no pretende trascender al capitalismo e ir más allá. En cambio la izquierda debe luchar por ir más allá aunque inicialmente se vea limitada a realizar políticas socialdemócratas.

Mientras a un partido socialdemócrata sólo le interesa el éxito electoral (conseguir el poder para desarrollar sus políticas), para un partido de izquierda anticapitalista esta meta debería convertirse en secundaria e instrumental, pues para ir algún día más allá de la política socialdemócrata, es preciso ir antes transformando la ideología popular.

Esta transformación es algo que, aunque en alguna medida se puede impulsar desde el poder, las instituciones y el activismo callejero, también se puede entorpecer. En realidad impone una tarea básica que hay que hacer tanto al margen del poder político y del Parlamento como de la agitación de la calle.

El éxito electoral como criterio

En la discusión que se está produciendo en Podemos ambos bandos parecen fijarse como meta el éxito electoral, como si no tuvieran otro horizonte que la conquista del poder mediante un aumento de votos. Pues veamos: ¿para qué quieren unos ese terreno más favorable de que habla Errejón? Para inspirar confianza a más gente, atraer más votantes y espantar a menos. O sea, para tener más éxito electoral, y en lo mismo se piensa cuando se dice que, mediante la transversalidad, Podemos consiguió hacerse un hueco en el panorama político y no ser una fuerza “testimonial”, como le ha ocurrido a IU.

En el bando opuesto quienes creen que hay que manifestarse sin disimulos y atender a los problemas de la gente fuera de las instituciones, piensan también que esta es la forma de conseguir su apoyo electoral.

Esto se ve claro en el análisis de las últimas elecciones: unos dicen que la pérdida de votos se debió a haber asustado y los otros dicen que se debió a haber querido tranquilizar.

Como en ambos casos el valor de una estrategia depende de los votos que consiga, si con una estrategia se pierden votos se da por errónea, si se ganan votos por acertada. Y todo esto moviéndose en la niebla, pues nunca se sabe a ciencia cierta por qué se obtuvieron votos o por qué se perdieron.

Una paradoja

Recuerdo los tiempos en que el partido comunista primero, y luego IU, eran los únicos presentes en fábricas y barrios para liderar las protestas ciudadanas y luego experimentaban la frustración de ver que los votos iban a los partidos que no hicieron nada, incluso a aquellos que habían ocasionado el problema.

Pero imaginemos que se hubieran conseguido los votos. Aquí se da la siguiente paradoja: en la medida en que tengas éxito en la lucha por solucionar “los problemas de la gente”, en esa medida pierdes su apoyo para ir más lejos. Hoy aprovechas su indignación y ganas sus votos, mañana su indignación disminuye porque su situación ha mejorado gracias a tus esfuerzos, y los pierdes para impulsar un cambio más radical.

Pensando en los votos hablan algunos de ganar el corazón y la mente de la gente, pero hay que insistir en que, siendo la población como es, lo mismo que se ganan los corazones y las mentes, se pierden.

La falsa conciencia como punto de partida

La derecha sabe muy bien que la verdadera batalla no se da en el campo electoral, sino en el ideológico. Y esa es la batalla que ha ganado desde tiempos remotos. Mientras la izquierda ha estado muy despistada en este asunto, la derecha, tanto la laica como la religiosa, siempre ha tenido muy claro que lo importante es troquelar y alimentar la ideología de la gente en la dirección que le interesa.

Marx describió este punto de partida mediante su concepto de “falsa conciencia”. Como efecto de la eficacia de la ideología conservadora, que es la que se viene heredando y potenciando, mucha gente ignora cuáles son sus intereses objetivos, y esa es la causa de que no vote a quienes los favorecen y vote a quienes los perjudican. Si no hubiera falsa conciencia, y puesto que un 1% se enfrenta al 99%, el 99% votaría izquierda y sólo el 1% derecha.

Permaneciendo todavía en el punto de partida, el sentido común de nuestra época no pasa de ser, en su núcleo, falsa conciencia. Y no hemos salido de ahí en parte porque Marx equivocó la solución y los marxistas posteriores no atendieron a quienes intentaron remediar el error. Pues la falsa conciencia no se elimina mecánicamente a base del mero cambio del modo de producción (se ha comprobado), ni tampoco participando en batallas políticas o actividad callejera (que tienen su valor, pero no para tanto).

Volvamos a las dos estrategias

Siendo esto así, mientras a la socialdemocracia, que está a favor del sistema, le basta con ganar el corazón y la mente de la gente como apoyo para su política conservadora, para la izquierda no se trata de “ganar”, sino de “transformar”. Puesto que un cambio radical, un final acceso a la democracia, sólo es posible con el respaldo de una mayoría social emancipada, conseguir esa población debe ser la finalidad de un partido de izquierda anticapitalista, cuya actividad debe ser evaluada por su efecto en la transformación de aquellas personas que, estando objetivamente interesadas en un cambio de sistema social aunque no lo sepan, podrían más adelante ser impulsores y defensores de ese cambio, con la necesaria constancia y a través de las distintas circunstancias.

Ello requiere expandir un doble conocimiento: acerca de lo que hay y lo que está ocurriendo, que implica señalar claramente dónde están los obstáculos concretos que impiden una vida mejor colectiva; y acerca de lo beneficioso que sería para todos que la sociedad se regule por leyes racionales y justas, conocimiento éste que libera y potencia lo que cada cual tenga, dentro de sí, de solidaridad y tendencia al bien.

La expansión de este conocimiento y de los buenos sentimientos se puede favorecer tanto desde las instituciones como desde la calle, aunque transformando ambos espacios en escuela política de cara a la población, y para ello es imprescindible hablar claro, con dureza mesurada, no importa qué temores o qué odios se provoquen. Serán tanto mayores cuanto menos gritona y mejor argumentada sea la denuncia.

Volvemos con esto al tema de los votos. Importan en la medida en que permitan acciones que contribuyan a la necesaria transformación ideológica. Una estrategia que dé votos hoy será perjudicial si al mismo tiempo ha tenido un efecto deseducador a largo plazo. Por ejemplo, las victorias del PSOE y su paso por el gobierno no han valido para salir del punto de partida, más bien para seguir ahí, pero sumidos en la desmoralización.

Comprendo que este análisis no sea del gusto de los políticos de la vieja escuela, ni de quienes querrían efectos inmediatos, pero creo que es el adecuado.

A vueltas con el “qué hacer”

Para dar la réplica a la derecha en la batalla ideológica es necesario:

a) Revitalizar el trabajo de los Círculos, cuya función no ha de limitarse a avalar o impulsar decisiones políticas, ni a participar en programas como los llamados Impulsa y Hacemos.

Si es necesario promover el conocimiento y los valores de igualdad y fraternidad, resulta imprescindible poner en marcha universidades populares, acercar el conocimiento y la cultura a los barrios y pueblos mediante conferencias, cursos sobre política, cine, música, deportes, actividades sociales. Esto es trabajar en la calle y no sólo (aunque también) promover protestas y manifestaciones.

En este ambiente tendría mayor efectividad el Banco de Talentos para prestar conocimiento allí donde los emprendedores lo necesiten, y también la colaboración entre los Círculos con el fin de tejer redes y crear sinergias entre los distintos actores del territorio. Lo importante es que las iniciativas que surjan abajo (y seguro que hay riqueza de imaginación y deseos) encuentren apoyo en la organización política.

b) Predicar con el ejemplo de cuantos aparezcan como militantes, pero sobre todo portavoces, cargos públicos y líderes. En ese sentido es acertada la medida de que los cargos públicos de Podemos entreguen al partido la parte de sus emolumentos que sobrepase el triple del salario mínimo. Pero hay que añadir una autovigilancia cuidadosa, sobre todo sabiendo que los medios conservadores van a aprovechar cualquier descuido para pregonar que los anticapitalistas son peores que los demás, porque son pecadores y además moralistas.

Por más que parezca anecdótico, hay que cuidar la coherencia de los gestos públicos y las declaraciones. ¿Qué sentido tuvo la sonrisa de divertida complicidad con que Iglesias reaccionó a un chascarrillo soez de Rajoy sobre su email a Bárcenas, en lugar de responder con el natural gesto de desagrado? De nuevo el error de querer aparecer amable como para compensar que se ha sido crítico un rato antes. Peor aún es que Errejón se refiera a los medios privados diciendo que nunca ha creído en las teorías de la conspiración y en las manos negras. ¡Estupenda manera de abrir los ojos a la gente! Malo si es sincero, peor aún si no lo es.

c) Activar un centro de investigación que ponga y mantenga al día la teoría, haciendo que en ella confluyan los desarrollos que en las distintas ciencias sociales (sobre todo en las híbridas de sociología, psicología y lingüística) se han ido produciendo desde el segundo tercio del pasado siglo.

d) Disponer de medios de comunicación atractivos y fiables (y por tanto no partidarios ni sectarios).

Hay que recordar que Podemos es consecuencia de los indignados del 15-M, pero también de La Tuerka y del diario Público. Estos medios son un primer paso pero todavía insuficiente. La izquierda debería disponer de emisoras de radio y televisión al alcance de toda la población, y hacer de ellas una anticipación de los medios públicos que sus propios valores exigen: inteligentes, creíbles y atractivos, capaces de expresar de manera sencilla, a distintos niveles de complejidad, el conocimiento que la mayoría necesita, y ofreciendo espacio a las ideologías opuestas sin censura alguna.

Algo más sobre medios de comunicación

Hay que recordar que el partido socialdemócrata alemán contaba en 1880 con 19 diarios y 41 semanarios y que, en cambio, una de las cosas más lamentables que hizo Felipe González cuando llegó al gobierno fue ceder a las exigencias de la derecha y liquidar o vender mediante subasta los llamados “Medios de Comunicación Social del Estado” (la agencia de información Pyresa, numerosas emisoras de radio y numerosos periódicos, entre ellos el diario Pueblo, tercero en importancia de España, más el diario Marca, que pasó a gentes del Opus), perdiendo así una gran ocasión de mantener la propiedad pública de estos medios y entregarlos al control social, para así liberarlos tanto del control gubernamental como del de sus propietarios. De haber hecho eso no estarían los medios de comunicación españoles como están, que al ser casi todos conservadores sin suficiente contrapeso, se han convertido en los medios menos fiables de Europa (según un estudio del Instituto Reuters de la Universidad de Oxford). Y la izquierda hubiera podido mantener sus posiciones en el campo de batalla ideológico.

No es que Felipe González desconociera el poder de los medios. Valga recordar cómo los utilizó para conseguir que en muy poco tiempo los que apoyaban la permanencia en la OTAN pasaran de un 18% al 56,85%, y eso a pesar de que la posición del PSOE hasta ese momento había sido contraria. González controlaba desde el gobierno los medios del Estado (radio y televisión) y pensó que con eso tenía suficiente.

Una conclusión

De lo dicho hasta aquí se sigue que la dificultad mayor de Podemos radica en que no todos sus miembros son anticapitalistas, aunque todos estén indignados.

Una solución sería que los anticapitalistas de Podemos fundaran junto con Izquierda Unida un nuevo partido que tuviera clara su ideología y finalidad, no importa que se viera obligado a políticas ocasionales socialdemócratas.

A su vez, aquellos miembros actuales de Podemos que no comparten la ideología anticapitalista podrían integrarse en un PSOE refundado que recuperara los valores y políticas de la socialdemocracia clásica.

Tanto el PSOE refundado como el nuevo partido anticapitalista podrían colaborar en muchos momentos, sobre todo en aquellas políticas socialdemócratas que Unidos Podemos (o como se quisiera llamar) tuviera que aceptar por pragmatismo (por impotencia para ir en un momento dado más lejos).

Esta colaboración exigiría respeto mutuo incluso llegados al punto en que tuvieran que separarse los caminos.

Claro que por lo que afecta a la refundación del PSOE ya le están marcando el camino: parecerse a Obama-Clintón y no a Corbyn.

jmchamorro@jmchamorro.info