A PROPÓSITO DE EXPRESIONES

En algunas tertulias hay expertos a los que les ha dado por decir “se abre una ventana de oportunidad” cuando, para significar lo mismo, les resultarí­a más fácil decir “se abre una oportunidad”. Y acabo de oí­r que una desahuciada necesita una solución habitacional. Es decir, una vivienda.

¿A qué viene el entusiasmo con la palabra “emprendimiento”? ¿Se trata de insinuar que quien bordea la pobreza es culpable por no ser emprendedor?

Hay mucho afán por usar el verbo “empoderar”. Si uno busca su significado encuentra la siguiente definición en el Diccionario Panhispánico de Dudas: “conceder poder a un colectivo desfavorecido socio-económicamente para que, mediante su auto gestión, mejore sus condiciones de vida”.

También se entiende el empoderamiento como un proceso que propicia que las mujeres y otros grupos marginados incrementen sus posibilidades accediendo al uso y control de los recursos materiales y simbólicos, que ganen influencia y prestigio, y que participen en el cambio social.

En el capitalismo el control de los recursos materiales y simbólicos está vedado a la casi totalidad de los ciudadanos, sean mujeres u hombres, grupos marginados o instalados. El 90% de los hombres no están empoderados en cuanto a controlar recursos y medios simbólicos. En el sistema capitalista sólo lo están realmente los dueños del capital. Los demás, como mucho, pueden llegar a creer que lo están.

Se dice también que el empoderamiento es un proceso por el que las personas se conciencian de sus propios derechos, capacidades e intereses, y de cómo estos se relacionan con los intereses de otras personas, con el fin de participar desde una posición más sólida en la toma de decisiones, y estar en condiciones de influir en ellas.

Pero entonces estamos usando una nueva palabra para designar algo que ya tiene nombre: librarse de la falsa conciencia. ¿Y cómo se consigue esto? Sólo hay un camino, que es asimilar la explicación marxista de los procesos sociales (hoy por hoy, y con todos sus defectos, la única razonable y lúcida) y aplicarla a combatir al capitalismo.

O sea, que el verbo empoderar se usa para crear la ilusión de que se puede eliminar la marginación empoderando a la gente (que a saber qué es eso), pero sin salir del sistema social en que estamos. ¡Pero qué cosas!

Otro verbo de moda es “visibilizar”.

Tiene una secuela que dice que el uso del genérico masculino esconde la existencia misma de las mujeres y produce una visión del mundo que se asienta en lo más hondo de nosotros y que, pese a hacerse en muchos casos prácticamente imperceptible, es semilla de las discriminaciones que padecen las mujeres, así como los colectivos LGTBI.

Procuro evitar el masculino genérico siempre que puedo (sustituyendo “hombre” por “persona”, “alumnos” por “alumnado”, etc.), pero no veo la utilidad de sustituir “los padres de alumnos” por “los padres y las madres de los alumnos y de las alumnas”. Y más teniendo en cuenta que miembros del colectivo LGTBI se pueden sentir maltratados por un lenguaje inclusivo que se refiere sólo a hombres y mujeres, sin que queden “visibilizadas” las diferencias de tendencias sexuales.

No discuto el sentido que pueda tener el lenguaje inclusivo feminista en mítines y en textos legales o docentes para llamar la atención sobre la postergación femenina, pero resulta insoportable en la conversación cotidiana y en el estilo literario, sobre todo porque es a cambio de nada. No es grave ni atentatorio contra la mujer y sus derechos que se siga usando el masculino genérico, más bien puede tomarse como recordatorio “arqueológico” de cómo eran las cosas en los tiempos en que ese lenguaje se fraguó.

Cierto que se podría satisfacer el principio de economía eligiendo el femenino como término genérico, pero la lengua no se rige por decretos. Mosterí­n propuso un género intermedio entre el masculino y el femenino y no tuvo éxito.

Cuando alguna feminista utiliza el femenino para aludir a hombres y mujeres está haciendo un acto político respetable, pero lingüísticamente confuso. Sólo si el común de los hablantes aceptara el uso del femenino genérico se podrí­a considerar socialmente establecido, y entretanto es perfectamente razonable el uso del masculino. Ahora supongamos que acaba estableciéndose el femenino como genérico: serían entonces los hombres los que se podrí­an considerar invisibilizados. Con tan poco fundamento como ahora las mujeres.

Pues las mujeres no pasan a ser visibles sólo por que digamos “padres y madres de alumnos y alumnas”. Mientras estén en peores condiciones que los hombres de poco sirve que se las “visibilice” en una frase insoportable.

Imaginemos esa sociedad deseable en que las mujeres gozaran del total reconocimiento de sus méritos, estuvieran tan presentes como los hombres en los altos puestos de la administración del Estado y de la empresa privada, tuvieran suficiente representación en los altos niveles de la ciencia, la política y el arte, no sufrieran discriminación alguna por ser mujeres, compartieran con los hombres los trabajos domésticos y de cuidados, pudieran caminar de noche por un oscuro parque con no más peligro que un hombre, etc. Pues bien, todo ello sería compatible con el uso del masculino genérico. Por tanto, este uso no es un impedimento para la sociedad igualitaria. Los impedimentos están en otras partes.

¿Y qué decir de la palabra “género”? Unas feministas americanas conservadoras la propusieron con la intención de enfatizar la distinción social y cultural entre los sexos en oposición a la distinción biológica.

El fundamento parece propio de un quiero y no puedo teórico. Disponemos de palabras como sexo, hombre, mujer, masculino, femenino, varón, macho y hembra que se pueden usar en diferentes discursos, siendo el contexto el que aclara si nos referimos a propiedades biológicas o sociales. Ocurre lo mismo con otras muchas palabras, como piedra o caballo, y no se nos ocurre dejarlas para el contexto fí­sico o biológico e inventar otras para enfatizar el papel de la piedra en la arquitectura o el de los caballos en las apuestas.

El caso es que muchas feministas se lanzaron a usar la palabra y que la Organización Mundial de la Salud ha aceptado que “género” se refiere a los roles socialmente construidos, los comportamientos, actividades y atributos que una sociedad dada considera apropiados para los hombres y las mujeres.

Pero ¿cuáles son los roles, comportamientos, actividades y atributos que nuestra sociedad considera apropiados para los hombres y las mujeres? Hoy tenemos formas diferentes, y aun opuestas, de entender todo eso. El rol de futbolista lo ocupan también mujeres, y el de mando del ejército, y el de ministra. El rol de cuidador de hijos pequeños lo juegan cada día más hombres. La vieja unanimidad a favor de la cultura patriarcal, aún vigente en otras partes del mundo, se ha roto en nuestro entorno. Cierto que pese a ello quedan de esa cultura múltiples residuos significativos, y uno de los principales, que persiste con beneplácito de la mayoría de las mujeres, consiste en los roles, comportamientos, actividades y atributos que confluyen en los rancios conceptos machistas de “bello sexo” y “sexo fuerte”. Mujeres muy sensibles al uso del masculino genérico son bastante ciegas respecto a este residuo machista al que sucumben muy gustosamente. Poco cambian las cosas por decir “los padres y las madres de los alumnos y las alumnas” si las madres y las alumnas se dejan seducir por el “eterno femenino” decretado por la vieja cultura patriarcal.

Nunca he encontrado problema para escribir sobre el tema feminista sin usar la palabra “género” y creo que lo que escribo no da lugar a ambigüedades que se pudieran solucionar con el uso de esa palabra.

Al contrario, es ella la que introduce ambigüedad. Pues no sólo su fundamento teórico es pobre por olvidar el papel de los contextos en el significado, sino que lleva a malos usos. Cuando se dice “perspectiva de género” se está aludiendo tanto a la perspectiva masculina como a la femenina, pero quien usa esa expresión pretende estarse refiriendo a la perspectiva de las mujeres, y ni siquiera de todas, sino de las que luchan por la igualdad. Por ello se deberí­a decir “perspectiva feminista”. O, si se prefiere, reclamar unas ‘gafas moradas’ para mirar la realidad.

Ocurre algo parecido cuando se dice “violencia de género”, expresión que comprende tanto la violencia que hombres ejercen sobre mujeres como la que mujeres ejercen sobre hombres. Pero quien usa el desafortunado término no se refiere a esta segunda, ni tampoco, supongo, está queriendo decir que en el rol social de todos los hombres está ejercer violencia sobre las mujeres. Se refiere a la violencia que ejercen hombres machistas sobre mujeres y por ello la expresión pertinente es “violencia machista”.

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