SOBRE EL GOBIERNO DE COALICIÓN IU-PSOE

En UP había partidarios de entrar en el gobierno y otros que preferían pactar un programa de legislatura y vigilar su cumplimiento desde fuera, libres para denunciar ante la población cualquier incumplimiento.

Mi opinión es que hubiera sido preferible pactar un programa de legislatura sin entrar en el gobierno, pero no es éste el asunto que me parece importante, pues pertenece a la estrategia a corto plazo. Lo grave es que las razones que se han dado sugieren que la izquierda parlamentaria está tan sometida a la concepción electoralista que no ve más allá, y que por eso no está haciendo nada de lo mucho que debería estar haciendo. Los dirigentes de Podemos ven la entrada en el gobierno como la consecución, en el sexto aniversario de su nacimiento, del “principal objetivo político del partido”.

En una entrevista publicada en noviembre de 2019 (Diario Público) Pablo Iglesias decía que la vieja extrema izquierda es capaz de dar un gobierno en solitario a los socialdemócratas antes de mancharse las manos y entrar dentro, pero que ese no es el estilo de Podemos.

Nosotros no hemos venido aquí para hacer un discurso anticapitalista y después entregarles el gobierno a los socialdemócratas. Hemos venido para gobernar nosotros dentro de las posibilidades que hay… Que alguien me diga que lo que hay que hacer es construir el socialismo es algo con lo que estoy totalmente de acuerdo, pero entonces qué hago. ¿Presentarme a unas elecciones y ganarlas? “No, no, no, porque aunque las ganaras no lo podrías hacer”. ¿Y qué hago? “Esperar a que las masas…”. Creo que ya tengo unos años para ciertas cosas.

Esta es una manera falaz de plantear el asunto. Por una parte sobra el “nosotros” referido a los miembros de Podemos. El líder de Podemos ha concedido enorme importancia a entrar en el gobierno porque es su única forma de ofrecer algún resultado aparentemente valioso después de la pérdida de votantes en las sucesivas elecciones. Pero si hubiera decidido lo contrario, eso sería lo que hubieran ratificado las bases. Aquí tenemos un primer punto a destacar: el funcionamiento democrático dentro del partido exigiría prescindir de líderes carismáticos que marcan el camino y cuyo carisma, no lo olvidemos, se debe casi en exclusiva a la retórica (la gente adora la retórica). Abrir el tema a la discusión en los círculos y tomar luego una decisión realmente colectiva requiere, claro está, una militancia con conocimiento e información suficientes. Entonces sí se podría hablar de un “nosotros”. ¿Qué se está haciendo para que la militancia disponga de ese conocimiento y esa información?

Segunda cuestión: no se trata de esperar a que las masas… sino de actuar para que las masas…

Se oyen con mucha frecuencia diatribas contra los coherentes guardianes de la pureza que prefieren fracasar en la realidad para mantener intactas sus inmarcesibles esencias. Se repite que una actitud antisistema viene a satisfacer la moral de una izquierda elitista y ensimismada, pero sin incidencia en la realidad, mientras que desde un gobierno, “manchándose las manos”, se pueden hacer muchas cosas para resolver los problemas de la gente.

Los pragmáticos que así hablan no ven, por falta de imaginación, alguna alternativa a mancharse las manos dejando de lado los principios o mirarse el ombligo sin hacer nada.

Consideremos primero qué se puede conseguir con el gobierno de coalición y en qué sentido es muy poco, y luego veremos si eso no se conseguiría también, y con creces aparte cosas más importantes, desde una organización de izquierda anticapitalista bien diseñada y alejada de todo electoralismo.

Lo poco que se puede conseguir desde un gobierno de coalición

Las propuestas socialdemócratas del gobierno de coalición IU-PSOE son muy tímidas, pero además se enfrentan a muy sólidos obstáculos y sin suficiente apoyo popular estable, apoyo que UP no ha sabido ganarse. Imaginemos sin embargo que ese Gobierno sale adelante y que obtiene suficiente respaldo parlamentario para aprobar unos presupuestos más sociales, devolver derechos a los trabajadores, hacer más progresiva la legislación fiscal, mejorar la relación de Cataluña con el Estado, etc. Puestos a imaginar, supongamos que no se privatiza Bankia, que se derogan las reformas laborales del PSOE y del PP y que se consigue recuperar el dinero dedicado a rescatar a la banca (dinero que no se sabe por qué, a diferencia de lo ocurrido en otros países, la banca española no devuelve). Añadamos una ventaja que pertenece al dominio de la estética: se nos libra del penoso y diario espectáculo que ofrece la derecha en el poder.

¿No tiene todo esto suficiente importancia? Tiene la que tiene. Pero de ninguna manera se aproxima a asaltar los cielos ni a resolver los problemas de la gente.

Compárese este tímido programa con el intento de Jeremy Corbin de “reescribir las reglas de la economía para que funcione para una mayoría y no para unos pocos”: aumento de ingresos estatales en casi 100.000 millones de euros anuales extraídos de los que más tienen, nacionalización parcial de British Telecom para dar banda ancha gratuita a todos los hogares, subir más de un 33% el salario mínimo, reducir en el plazo de diez años la jornada laboral a 32 horas sin tocar el salario percibido, construir 100.000 viviendas sociales al año e implantar la gratuidad de las matrículas universitarias, renacionalizar los servicios de ferrocarril y de transporte en autobús, renacionalizar el Royal Bank of Scotland, aumento de hasta el 26% del impuesto de sociedades (actualmente en el 19%); o una subida de las cargas fiscales a aquellos que cobran más de 90.000 euros al año.

En ese programa se respalda la celebración de otro referendo “legalmente vinculante” sobre la permanencia en la UE, pero dejando claro que si triunfara la opción de la continuidad, el Reino Unido no aceptará el statu quo, sino que “trabajará con los socios europeos para perseguir una reforma radical de la UE, en particular para asegurar que su fortaleza colectiva se centre en erradicar la emergencia climática, la evasión fiscal y terminar la austeridad y la desigualdad”.

Se alega que precisamente por el radicalismo de su programa Corbin ha perdido las elecciones, pero el programa no era en absoluto radical, y según los datos de las encuestas más fiables la mayoría de la población estaba de acuerdo con sus medidas económicas y sociales. Pero se interpuso la ambigüedad de Corbin en el asunto del Brexit. Dejemos de momento este asunto, al que en seguida volveré.

¿Resolver los problemas de la gente?

Se debería saber de sobra que resolver los principales problemas de la gente en este sistema social es ilusorio.

Lo seguro es que, aunque se cumplieran todas las expectativas de UP, seguiremos lejos de vivir en democracia y las cuestiones básicas no cambiarán. De poco va a servir el gobierno de coalición para democratizar España y transformar algunas de las cuestiones que entorpecen su progreso. Por ejemplo:

Aunque muy levemente mitigadas, las insoportables desigualdades económicas seguirán marcando la vida social.

Los medios de comunicación privados seguirán en manos del capital, monopolizando de hecho la información y ahormando día tras día la opinión de millones de españoles.

El consumo creciente seguirá siendo imprescindible para que la economía capitalista no entre en crisis y ello requiere una omnipresente publicidad, cuyos valores, para que sea efectiva, han de ser copia de los de la población a que se dirige y a los que refuerza. La publicidad seguirá siendo una funesta escuela para nuestra juventud, una insistente promotora de valores antisociales y machistas, y además una permanente incitación al consumo superfluo (que como sabemos genera una presión sobre los recursos naturales insoportable a largo plazo y es una de las causas del cambio climático). La escuela concertada seguirá recibiendo el dinero estatal que debería dedicarse a la enseñanza pública, mientras la escuela pública, sin capacidad para neutralizar las potentes antiescuelas, seguirá enseñando una teoría social conservadora y escamoteando la verdadera historia de este país.

Los grandes sectores que deberían ser de propiedad pública (economía financiera, energía, alimentación, comunicaciones, plataformas digitales, fármacos, agua) seguirán en manos privadas y administradas bajo el sólo criterio del beneficio privado. Los datos personales de la población seguirán en manos privadas para designios privados y las redes sociales carecerán de controles democráticos.

El poder económico seguirá manejando su red mundial de extorsión y corrupción, intacto su poder de coacción y chantaje sobre las instituciones políticas, con fuerza para impedir que aumente la presión fiscal sobre los ricos en la cuantía debida y para mantener sus paraísos fiscales y la opacidad de las leyes. Sus esbirros (presidentes de Bancos Centrales y organizaciones empresariales, líderes políticos, editorialistas, comunicadores, y tras todos ellos, miembros bien promocionados de la intelligentsia) seguirán augurando las mayores catástrofes si se lleva a cabo cualquiera de las tímidas medidas que se llaman progresistas. De hecho lo han venido haciendo en previsión de que el gobierno de coalición terminara saliendo adelante.

Siendo así las cosas, la cuestión es calcular cuál será el precio a pagar por las pequeñas mejoras que el poder económico esté dispuesto a tolerar a este gobierno. Y el precio es sobre todo ideológico: solidarizarse con una tímida política socialdemócrata participando de la ideología que acepta sin réplica muchos de los efectos perversos del Sistema.

¿Dónde está el verdadero problema?

UP ha ido perdiendo votos elección tras elección mientras la extrema derecha ha ido ganando votos de manera que a muchos parece alarmante. En todo caso el problema no está en Vox, sino en las gentes que conforman esa masa electoral que escatima su voto a UP y lo entrega masivamente a Vox.

Analizando por qué en EE UU, en España y en otros países europeos asciende la extrema derecha, que es votada en barrios populares que tradicionalmente votaban izquierda, Viçent Navarro se opone a la explicación más frecuente de este comportamiento, la que dice que se debe a la ignorancia, poca educación y carencia de cultura de las clases trabajadoras, vulnerables a ser engatusadas por cualquier demagogo. Son otras según él las razones por las que muchos miembros de estas clases han votado el Brexit, o a Trump o a la extrema derecha europea.

Por lo que afecta a Europa, se trata de que la imposición de las políticas neoliberales en la UE han ido causando un claro descenso del porcentaje de las rentas derivadas del trabajo sobre el total de rentas (siendo este hecho incluso más acentuado en los países de la Eurozona). Pero este descenso no ha sido uniforme, pues junto al aumento de las rentas derivadas del capital se ha dado un crecimiento de los salarios del sector profesional asalariado de alto nivel educativo (la clase media alta cosmopolita), acentuándose todavía más la polarización social por el deterioro de la calidad de vida y el bienestar de las clases populares (menor salario, peores condiciones de trabajo y destrucción y pérdida de la protección social como consecuencia de los recortes de sus derechos sociales).

Esto ha llevado al descrédito de la izquierda que, como parte del establishment, no ha sabido reaccionar en defensa de las clases populares. Es por ello lógico (y nada tiene que ver con su supuesta falta de cultura o educación) que tales clases estén en contra de la globalización económica y contra la Unión Europea, en tanto que dicha Unión cuenta con la adhesión de las asociaciones patronales, el gran capital y las clases medias de renta media alta y alta (profesionales con educación superior).

A esto se añade el miedo de los trabajadores a que los inmigrantes les quiten su puesto de trabajo (o que les abaraten el sueldo, pues es conocido que el empresario se aprovecha de tener trabajadores inmigrantes para bajar los salarios de su empresa). Se añade también otro elemento clave de su inseguridad, que es el miedo a perder su identidad frente al internacionalismo de la globalización liberal, siendo el nacionalismo la respuesta identitaria previsible. Si se ve a los inmigrantes como una variable que daña su seguridad, el racismo y el clasismo no son la causa, sino la consecuencia de esa inseguridad. Para revertir lo primero hay que resolver lo segundo, pero amplios sectores de las izquierdas no parecen ser conscientes de que el aumento del racismo, del nacionalismo y del machismo de que se nutre la extrema derecha es la consecuencia y el síntoma de la causa principal: la inestabilidad e inseguridad de los sectores más vulnerables de la población.

Hasta aquí el argumento de Viçent Navarro, en gran parte válido, pero que tiene el inconveniente de que nos lleva a un problema sin aparente solución: pues para revertir los efectos de la política neoliberal hay que hacer otras políticas económicas, pero no se pueden hacer porque las clases populares votan a partidos que defienden los intereses de las clases altas. Si decimos, por ejemplo, que las clases populares han votado a Trump por resentimiento contra el establishment, ello quiere decir que no han sabido captar algo tan evidente como que Trump forma parte de él.

Creo por ello que, aunque con una matización, hay que tomar en cuenta algo que Navarro no acepta, y es el lastimoso estado cognitivo de las clases trabajadoras. La matización es que ese lastimoso estado no es sólo de ellas, también de las clases restantes, dado que las mentes de la población vienen siendo adoctrinadas por unos medios de comunicación y por unos programas educativos prosistema, algo señaladamente grave en España, donde se añade que su historia reciente se ha contado en las escuelas, los púlpitos y los medios como convenía al grupo franquista que controló la Transición.

Ignorancia y buena educación

Concretemos más qué puede enetenderse por cultura y buena educación, para que quede claro en qué sentido puede decirse que la deficiente cultura y educación no es algo asignable a las clases trabajadoras, sino a casi toda la población actual, incluyendo a prestigiosos comunicadores que alardean de títulos universitarios.

Lo que las personas piensan, desean y hacen depende de sus afectos y de sus conocimientos. Los afectos pueden ser más o menos empáticos y solidarios. Los conocimientos configuran teorías, y en el ámbito que aquí nos interesa, el de la realidad sociopolítica, tenemos dos teorías básicas para cuya descripción me remito a ¿Qué izquierda hay en España? Puede resumirse tal descripción diciendo que la teoría conservadora, la que ha interiorizado casi todo el mundo, no importa la clase social, es un conjunto desordenado de mentiras y errores prosistema que idealizan la situación social (o al menos la defienden como la menos mala entre las posibles), y que demonizan cualquier intento de cambio.

La segunda teoría, única compatible con los innumerables datos que aportan las ciencias sociales, es la teoría marxista puesta al día, precisamente uno de los objetos demonizados por el insistente discurso conservador, que la identifica con el comunismo soviético o que la considera una antigualla del pasado. A estos audaces ignorantes ni se les pasa por la cabeza ofrecer una alternativa, bien instalados como están en la oscuridad teórica que tanto les conviene.

Forzoso es concluir que no es persona ilustrada la que ha interiorizado la “teoría” social conservadora, pues nada cognitivamente valioso se puede derivar de ella por muchos títulos universitarios que se exhiban y por mucho que se domine la propia especialidad. Véanse como prueba las mil tertulias en que esa teoría respalda las sonrojantes intervenciones de los tertulianos.

A su vez, poco se puede conseguir para la real emancipación de la mayoría social si no se promociona la teoría que vale para identificar la dominación y explotación que esa mayoría sufre y la identidad de sus principales actores por bien disfrazados que se presenten.

Otra izquierda

Volvemos así a un tema sobre el que llevo muchos años insistiendo. Creo que una izquierda bien organizada, libre de electoralismo, con valor para argumentar contra el sistema, conseguiría probablemente todo lo que pueda conseguir UP con su gobierno de coalición, pero además otras cosas que van a ser perjudicadas por ese gobierno y que son las fundamentales si miramos a plazo medio y largo.

Para insistir sobre diferencias básicas, imaginemos una organización que no está dirigida por un líder carismático, sino por un amplio órgano ejecutivo que integra juventud y madurez con experiencias en diversos campos, y que está conectado a equipos de expertos en ciencia social (que no es lo mismo que expertos en mercadotecnia). Los integrantes de esa ejecutiva no aparecen en los medios de comunicación, y las personas que aparecen como portavoces no toman decisiones, son sólo portavoces.

Imaginemos que tal organización tiene un partido filial, que se presenta a las eleciones cumpliendo decisiones de la organización sobre programa, listas de candidatos, paticipantes en los debates públicos e índole de los mensajes, bajo el principio de que no se calla lo que hay que decir y se dice todo aquello que sirva para combatir la “falsa conciencia” de la mayoría.

Es muy probable que tal partido, precisamente por hablar claro y sin inhibición ante la verdad, saque más votos que la actual coalición UP. Y entonces nada impide que apoye a otro partido sin entrar en el gobierno, o entrando en un gobierno de coalición, o si ha sido ganador de las elecciones, encabezando ese gobierno.

El reparto de funciones consistiría en que el partido político propondría un programa realista, y por tanto socialdemócrata, y reduciría su actividad a la defensa y realización de ese programa.

En cambio la organización matriz sería libre para denunciar el fraude de nuestras instituciones supuestamente democráticas, denunciar la irracionalidad e injusticia de la economía de mercado, que concede a unos pocos riquezas obscenas mientras sume en la pobreza a millones de personas, demostrar que es posible un mundo donde imperen la igualdad, la libertad y la fraternidad, y señalar a los culpables de que ese mundo posible no esté por ahora a nuestro alcance. Son tantos los datos y argumentos que avalan este programa ideológico que parece mentira que, por puro miedo, la izquierda no los venga utilizando. Las razones que alegan los esbirros del poder económico (economistas, politólogos, comunicadores, editorialistas), apelando a una supuesta ciencia económica, son falsas. Decía Von Kirchmann que una sola palabra del legislador arrasa bibliotecas enteras de doctrina jurídica. Lo mismo se puede decir respecto a la economía: sus “verdades”, defendidas como científicas en innumerables discursos y escritos, quedarían arrasadas con una sola palabra del legislador. Pero al legislador no le dejan pronunciar esa palabra.

Instrumentos

Mientras el partido filial desarrollaría su actividad en campañas electorales e instituciones, la organización lo haría en otros espacios.

En los Círculos, diseñados como ámbitos confortables para el estudio, la discusión, el entretenimiento, la fiesta, el asesoramiento y la interacción de cuantos quieran acercarse. Y también como forma de integración en los barrios.

En una Universidad popular que despliegue una pedagogía efectiva utilizando los niveles conceptuales que se adapten a los distintos grupos de receptores.

En medios de comunicación propios que por su inteligencia, objetividad, claridad y sentido del humor atraigan a más y más lectores, y desde los que se dé la batalla a los controlados por el capital. Por miedo a la reacción de los medios, y a falta de unos medios propios que sepan dar una réplica adecuada, nuestra izquierda domesticada es incapaz de exponer verdades elementales. No lo hace ni siquiera en situaciones que conceden una audiencia excepcional, como esos debates electorales que podrían servir para desenmascarar en lenguaje llano las mentiras de la ideología conservadora. No me refiero a las mentiras sobre datos, sino a las otras, a las que configuran lo que podríamos llamar sociología popular.

Finalmente, en la revitalizacion de una red internacional, de cuyas actividades lleguen noticias frecuentes. Pues no caben soluciones nacionales frente a un capital mundializado y es necesario por ello trabajar para un gran concierto mundial de voluntades, una red internacional de resistencia.

Desafortunadamente, en lugar de dedicar su dinero a estas actividades, Podemos ha invertido en la última campaña electoral 1,2 millones de euros en anuncios pagados de Facebook, más que el resto de partidos juntos (aunque en el caso del PP la red de páginas falsas desvelada por eldiario.es supone un gasto 15 veces mayor que el de 295.000 declarado oficialmente). Un partido no electoralista debería presentarse al electorado pudiendo afirmar que no ha gastado un solo euro en la campaña. Y por este camino seguramente obtendría más votos.

En Podemos no parece que tengan claro que solo mediante una transformación de la ideología de una mayoría social se puede intentar transformaciones que exigen, frente a la resistencia del poder económico, el apoyo continuado y comprometido de esa mayoría.

Una última observación

En este blog he animado a votar a Podemos y yo mismo lo he venido haciendo. Los resultados de la última elección los viví en contradicción, porque deseaba que Podemos tuviera éxito y al mismo tiempo era consciente de que el éxito electoral es lo peor que puede ocurrir a los partidos que están a la izquierda del PSOE. El éxito los lleva a pensar que van por buen camino. Mientras que el fracaso tal vez los lleve a reflexionar y de esa reflexión surja algo mejor. No creo que por ahora. Iglesias ha anunciado que convoca la Asamblea ciudadana estatal y que se presentará como candidato a la reelección. Que el líder carismático se mantenga en el poder queda lejos del funcionamiento democrático que se esperaba. Pero no cabe otra cosa en un partido electoralista, que sólo piensa en cómo conseguir votos. Entonces la persona que puede proporcionarlos se hace imprescindible. Me remito a lo que he escrito en Refundar Podemos. ¿En qué dirección?

jmchamorro@jmchamorro.info