PASEN Y VEAN, ELECCIONES AMERICANAS

Andan los medios de comunicación embobados con las elecciones de EE. UU., periodistas y comentaristas mostrando, como señal de distinción, que conocen al dedillo el innumerable detalle de esas elecciones. Que si Florida, que si Georgia, que si los compromisarios, que si el voto popular, que si el Congreso, que si por fin una mujer en la vicepresidencia, que si la primera dama (así la siguen llamando), que si el segundo caballero (no tienen más remedio que llamar así al marido de la vicepresidenta). Eso sí, ninguna referencia a lo que está por debajo de las apariencias.

Seguimos bien representados por aquellos pueblerinos paletos que se quedaban con la boca abierta cuando alguien que había viajado a Madrid venía a contarles lo grande que era la Gran Vía y lo desnudas que salían las coristas de la revista musical. Somos un país subordinado política y culturalmente.

El interés por lo que pasa en EE. UU. se justifica bajo el supuesto de que sus elecciones, en las que no participamos, deciden nuestro futuro. Eso significaría que no somos dueños de nuestro futuro. Y es cierto, pero no por el resultado de las elecciones americanas, sino porque pertenecemos al bloque capitalista, en cuya política económica tiene decisiva importancia la oligarquía americana no importa quien gane las elecciones.

Muchos politólogos, expertos y comunicadores se esfuerzan en presentar esas elecciones como la gran “fiesta de la democracia” y dan por buena la afirmación de Joe Biden de que “el sistema de gobierno estadounidense ha mostrado, durante 240 años, su ejemplaridad, despertando la envidia de todo el mundo.”

N. Chomsky se ha cansado de demostrar, con apoyo en numerosa documentación, que la Constitución americana fue intrínsecamente un texto legal aristocrático «pensado para refrenar las tendencias democráticas de la época». Esto es, para entregar el poder a los «buenos» y excluir a quienes no fueran ricos, bien nacidos ni prominentes por haber ejercido el poder político (Lance Banning). James Madison, cuarto presidente americano y reconocido padre de la Constitución, dejó bien sentado que la primera responsabilidad del gobierno es «proteger la minoría de los opulentos frente a la mayoría», principio que ha guiado al sistema político americano desde sus orígenes hasta hoy.

Se puede decir lo mismo de las restantes democracias, que tomaron a la americana como modelo. Hay muy fuertes argumentos para afirmar no sólo que no conocemos la democracia en los países capitalistas, sino que capitalismo y democracia son incompatibles (ver No cabe democracia en el capitalismo). Es por ello sorprendente que intelectuales y políticos de izquierda no denuncien la mentira cada vez que alguien se refiere a las “democracias liberales” como si existieran.

Volviendo a EE. UU., su sistema electoral es el encaje de bolillos que hicieron los teóricos al servicio de los estadounidenses blancos y ricos para que el poder no se les fuera nunca de las manos. En efecto:

-El presidente no es elegido directamente por los ciudadanos, sino indirectamente por compromisarios.

-Un sistema electoral mayoritario da todos los compromisarios de cada Estado al partido que ha sacado más votos. Todos los votos que ha sacado el partido perdedor carecen de efectos.

-Se eligen dos senadores por Estado no importa su población.

-Se necesitan enormes recursos económicos para montar una campaña electoral exitosa.

-Para votar hay que cumplir condiciones que no son fáciles para todos. En siete Estados hay que gastar dinero en una identificación con una foto emitida por el Gobierno. En otros es obligatorio registrarse semanas antes de los comicios.

Se conocen de sobra los efectos de estos rasgos:

-Con el sistema mayoritario en la elección de compromisarios pierde toda posibilidad de alcanzar el poder todo partido aparte de los dos mayoritarios, uno de derecha y otro de extrema derecha.

-El sistema indirecto de compromisarios evita el peligro de que los ciudadanos, si votaran directamente al presidente, pudieran escapar al control de los dos partidos mayoritarios.

-Conceder a cada Estado dos senadores hace que los casi 40 millones de californianos tengan la misma representación que el medio millón de Wyoming, premiando así de manera descomunal a la población rural, más conservadora, en perjuicio de la urbana, más culta y progresista.

-Las dificultades para votar apartan del voto a millones de ciudadanos de bajo nivel económico y cultural.

-La necesidad de grandes sumas de dinero para montar una campaña electoral impide que puedan tener éxito en primarias quienes no gocen del apoyo del capital, no sólo porque no podrán publicitar su oferta con éxito, sino porque no podrán soportar la enorme embestida de los medios.

-Por si quedara algún cabo suelto, los dos partidos mayoritarios, a través del Presidente y del Senado, eligen a los jueces federales, entre ellos los de la Corte Suprema.

La conclusión es que el diseño de la democracia americana, antidemocrático hasta unos extremos que llegan al más impresionante descaro, sirve a un propósito que en ningún momento se quiso disimular. Todo quedó atado y bien atado. La mayoría de damnificados por el capitalismo sólo tiene dos opciones: o no votar, o votar a partidos que defienden los intereses de los ricos. ¡Oh democracia ejemplar, que despierta la envidia de todo el mundo!

EE. UU. no es ya el país más poderoso

Una de las tonterías que se han oído y leído ad nauseam estos días es que EE. UU. es el país más poderoso del mundo y su presidente la persona más poderosa de la tierra.

EE. UU. venía siendo el país más poderoso del mundo desde que cayó la URSS, pero ha dejado de serlo por varias causas:

Por una parte erró el camino cuando su oligarquía, cegada por la avaricia, optó por la política neoliberal e impuso al resto del mundo capitalista un desmantelamiento del Estado de Bienestar y de las regulaciones del mercado, así como una brutal bajada de impuestos a los ricos. Ello ha originado unas desigualdades tan inaceptables que la estabilidad del mundo capitalista está en peligro y ha emergido a la superficie la idea que se ha querido tener siempre bien enterrada: que nuestras alabadas democracias son en realidad plutocracias criminales.

La desregulación ha originado además la Gran Crisis, que ha reafirmado de manera dramática la idea marxista de que una economía entregada a la irracionalidad del mercado cae cíclicamente en crisis que ocasionan pérdidas empresariales y humanas inasumibles.

Finalmente, China ha emergido como gran potencia a una velocidad inesperada, en parte precisamente porque mantiene al mercado bajo control y diseña una política que consigue una razonable distribución de la riqueza. Ahora acaba de firmar un tratado de comercio (el RCEP) con 15 países de Asia-Pacífico que representan un tercio de la economía global y 2.300 millones de personas, ocupando así el espacio que EE. UU. dejó libre al abandonar Trump el proyecto alternativo liderado por Obama, el Tratado de Comercio Transpacífico (TPP).

Es necio seguir diciendo que EE. UU. es el país más poderoso del mundo. Del mundo capitalista sí, pero ese mundo es sólo una parte del mundo.

Los imperios terminan cayendo y hay muchos indicios de que a EE. UU. le está llegando la hora. Sus dirigentes tal vez sólo puedan aplazar la caída o disminuir sus efectos catastróficos, pero la perspectiva es muy inquietante. La URSS cayó tranquilamente, sin que ocurrieran hecatombes sociales, pero desafortunadamente no sirve de precedente, porque la clase dominante de la URSS era burocrática, no era la dueña del dinero, y muchos de los miembros de esa clase dominante se alegraron del cambio, porque se hicieron ricos repartiéndose las propiedades del Estado soviético. En cambio la clase dominante estadounidense es dueña del dinero y del poder, y antes que resignarse a perderlos estará dispuesta a cualquier cosa. No olvidemos que, al servicio de los plutócratas americanos hay un poderosísimo ejército con presencia en todos los mares y con bases militares en innumerables sitios estratégicos, en España por ejemplo. ¡Que haya suerte!

El presidente de EE. UU. no es el hombre más poderoso de la tierra

Esta afirmación bobalicona no era verdad ni siquiera cuando EE. UU. era el país más poderoso del mundo. La realidad es que en Estados Unidos el presidente es un instrumento con un espacio de iniciativa muy limitado. Diga lo que diga en periodo electoral y pertenezca al partido a que pertenezca, una vez presidente tiene que realizar la política que los círculos de poder económico consideren necesaria. En cuestiones que para el capital son secundarias puede tratar de imprimir algún rasgo personal, pero poco han podido distinguirse Clinton, los Bush, Obama o Trump en cuestiones económicas, de política internacional y de seguridad nacional.

Algunos han descubierto ahora que en EE. UU. los grandes grupos de comunicación y las empresas tecnológicas de las redes sociales tienen más poder que el presidente, porque cortan sus intervenciones, deciden lo que es verdad o es mentira y certifican los resultados de las elecciones.

Siempre está bien abrir los ojos, pero conviene abrirlos del todo. No hacía falta esperar a estas elecciones para saber que hay en EE. UU. un poder que está por encima del Presidente y de las instituciones del Estado. Pero ese poder no es el de los medios de comunicación, meros instrumentos, sino el poder del capital, que es a su vez el que controla a los medios de comunicación. Es su propietario.

Esto que ya estaba claro hace tiempo para los marxistas, no lo está hoy para muchos ilustres intelectuales, y uno se pregunta ingenuamente: ¿qué será lo que les impide ver?

Trump o Biden, da igual

En el debe de Trump se coloca su desprecio a las evidencias científicas sobre el cambio climático o la pandemia, su apoyo al supremacismo blanco y al racismo, su machismo burdo, la defensa violenta de sus ideas o caprichos, su talante autoritario, su inconcebible estupidez. En su haber se reconoce que ha sido el único presidente en varias décadas que no ha iniciado una guerra.

Biden ha sido vicepresidente del gobierno de Obama que desestabilizó Oriente Medio, bombardeó Siria, destruyó Libia, promovió un golpe de estado en Honduras, tiene el récord de deportaciones entre todos los presidentes estadounidenses y mantuvo la prisión de Guantánamo pese a su promesa electoral.

En todo caso, tanto si sigue Trump en la presidencia como si es sustituido por Biden las principales preocupaciones de la oligarquía estadounidense seguirán siendo las mismas.

También Biden exigirá que Europa aumente su esfuerzo defensivo en la OTAN para que EE. UU. pueda concentrar su esfuerzo en contrarrestar la expansión china. Objetivo principal de supervivencia: cercar a China y conseguir que Europa y otros países subordinados secunden esa política.

Se espera de Biden que abandone el aislacionismo de Trump y que vuelva a la Organización Mundial de la Salud, al acuerdo antinuclear y al acuerdo de París sobre la crisis climática. Pero Biden seguirá tan proteccionista de los productos norteamericanos como lo ha sido Trump (América primero). Y es que, así como en otro tiempo la economía del país exigía la mundialización, ahora esa economía, en decadencia, con sectores cada vez menos competitivos, exige proteccionismo.

Biden seguirá oponiéndose con todos sus recursos a cualquier intento de democratización o progresismo en el mundo capitalista y, si las sanciones económicas no son suficientes, llevará la violencia allí donde haga falta, incluso de manera unilateral. Que es lo que EE. UU. ha venido haciendo desde que tuvo poder para hacerlo (y ni siquiera lo ha ocultado en declaraciones de sus líderes).

Trump no gusta porque es el verdadero representante del sistema

Resulta interesante explicar por qué, si sus políticas han de ser tan parecidas, Trump, a diferencia de Biden, despierta tanta animadversión entre la gente bien educada. Y es porque representa muy a las claras la catadura del capitalismo, esa catadura que se pretende ocultar a toda costa.

Conviene no olvidar una de las principales enseñanzas del marxismo, ahora más actual que nunca: para que una élite explote pacíficamente a una mayoría social es preciso que tengan éxito procesos de adoctrinamiento, servidos por un impresionante aparato de fabricación de significados.

Pero la actividad de ese aparato no es uniforme, sino que se diversifica en atención a los distintos grupos sociales a los que se dirige.

Entre las masas con menos estudios tiene éxito un acoso ideológico elemental, en el que abunda la mentira burda y el señalamiento de falsos culpables como chivos expiatorios del odio producido por el resentimiento. Ahí tenemos a los Trump, Bolsonaro, Casado y Abascal entre los líderes políticos, y a comunicadores como los Inda de los medios amarillistas.

Pero hay una parte de la población con mayor desarrollo ético e intelectual que rechaza esta forma ideológica y requiere otra que se adapte a sus cualidades. Para esta segunda sirven los políticos presentables y los generadores de opinión cuya representación paradigmática en España es la legión de Prisa (El País y la SER). Los profesores universitarios y comunicadores que acuden a sus tertulias o publican en su periódico no representan lo que el sistema es sino lo que pretende ser. Son los artífices del disfraz. Su papel consiste en ofrecer una imagen de confianza moral y desde ella evaluar la actualidad y criticar excesos, pero legitimando el sistema, sea explícitamente, sea a base de no mencionarlo. En sus críticas se abordan efectos superficiales de una causa que nunca se nombra, y jamás se presenta la democracia liberal como un disfraz.

Ahora bien, puesto que la mentira, el autoritarismo y la falta de empatía son marcas del capitalismo, éste queda mejor representado por individuos como Trump que por individuos como Biden.

Y por ello los que tienen mayor desarrollo moral e intelectual abominan de Trump, porque deja a la vista lo que es preciso disimular.

Un ejemplo de defensa del Sistema disfrazada de autocrítica

Como cada mañana, desciende de los cielos Iñaki Gabilondo ante una arrobada Àngels Barceló, esta vez para hacer una reflexión autocrítica: 

Ni en el año 2016 supimos adivinar la victoria de Trump ni este año hemos sabido medir su resistencia. Y es que no estamos aprendiendo porque nos está nublando la vista una actitud de superioridad moral que no acierta a bajar de las nubes y sobre la cual hemos de reflexionar seriamente. […] En vez de dedicar tanto tiempo a ridiculizar a los populismos, lo tendríamos que dedicar a mirarnos en el espejo y a comprobar que estamos cochambrosos. La figura de la democracia tradicional de este mundo está quedándose cochambrosa… [….] En cualquier caso, la victoria de Biden representa una nueva oportunidad para que los moderados de Occidente —sean progresistas o conservadores— ofrezcan soluciones eficaces a los legítimos anhelos e inquietudes de tantos ciudadanos que se han visto defraudados por la gestión de sus dirigentes en las últimas décadas, y que decidieron optar por propuestas radicales, nacionalistas y populistas. Muchos se han sentido abandonados por una globalización que ha sacado de la pobreza a cientos de millones en otras partes del mundo, pero que ha causado graves daños en Occidente. Este fenómeno ha alimentado una decepción y una pérdida de fe que minan nuestras democracias. De ahí han brotado el Brexit, la fuerza de Matteo Salvini y otras experiencias políticas radicales. Hoy empieza una nueva era con un cambio profundo en la mayor potencia global. No debe desaprovecharse.”

Esta autocrítica, que parece moralmente ejemplar, se sostiene sobre las siguientes ideas falsas:

Que vivimos en una democracia que está débil por la decepción y la pérdida de fe de la población.

Que la causa de esa decepción y pérdida de fe ha sido la gestión de los dirigentes en las últimas décadas y la globalización.

Que de ahí han brotado el Brexit, los radicalismos de extrema derecha (representados explícitamente por Salvini) y otras experiencias políticas radicales (¿se está refiriendo Gabilondo a Podemos?).

Que empieza una nueva era con un cambio profundo en la mayor potencia global.

El fallo del discurso de Gabilondo está en lo que dice, pero sobre todo en lo que calla. No habla de la irracionalidad e injusticia de la economía de mercado, ni de la desregulación neoliberal como causa del enorme aumento de desigualdades, no habla de los sistemas fiscales que sustituyen el impuesto a los ricos por impuestos indirectos que gravan por igual a ricos y a pobres, de la incompatibilidad de democracia y propiedad privada de los medios de comunicación, de las mil formas que tiene el poder económico de chantajear al poder político díscolo, si lo hubiere, etc., etc., etc.

En fin, para eso pagan muy bien a Gabilondo: para que hable de unas cosas y no hable de otras. En una viñeta muy lúcida de El Roto se viene a decir: Hay libertad de expresión pero no hay libertad de temas.

Y entretanto Trump ha perdido, pero tiene 72 millones de votantes

Circula la esperanza de que, derrotado Trump, que ha sido el gran referente de los movimientos ultraderechistas de otros países, esos movimientos recibirán un golpe moral y político. Es cierto que Trump fue un apoyo fuerte para la internacional ultraderechista. Vox, por ejemplo, ha recibido asesoramiento del ideólogo trumpista Steve Bannon.

El gran problema no es que haya surgido Trump como oferta electoral, sino que el partido republicano se ha entregado a él por completo, dejando más claro que es partido de extrema derecha. No olvidemos que la dictadura fascista es siempre la bala en la recámara que se reserva la oligarquía. Prefiere ejercer su dictadura bajo la forma de democracia, pero si esto se dificulta, como ocurre siempre que las desigualdades sociales suben de punto, no duda en ejercer su dictadura sin disfraces. Hemos visto numerosos ejemplos, uno de ellos en la España de 1936. Para eso sirve la internacional ultraderechista.

Es cierto que no todos los votantes de Trump o de Abascal son fachas, que hay muchos desencantados y hartos. Pero la cuestión sigue siendo: ¿por qué esos desencantados y hartos votan a quien se presenta como antisistema siendo un ultra prosistema?

El viejo marxismo distinguía clase en sí (el proletariado) y clase para sí (la parte del proletariado que tenía conciencia de clase).

El resto del proletariado era víctima de una falsa conciencia al asimilar la ideología propagada por la clase dominante. Y era misión del partido comunista devolver la lucidez a esa parte del proletariado que la tenía perdida.

Es decir, al fascismo se lo derrota convirtiendo a la mayoría de sus votantes en verdaderos antisistema, esto es, en lúcidos defensores de los intereses populares frente a la oligarquía.

Esta es la lenta tarea de una izquierda anticapitalista. Y esa izquierda no existe. La llamada izquierda está dedicada a sus cosas. Abandonado el verdadero campo de batalla, el ideológico, ese campo ha quedado libre y ha sido ocupado por el fascismo. Los fascistas van gritando sin complejos sus mentiras. La izquierda, acobardada y calculadora, va callando sus verdades.

jmchamorro@jmchamorro.info