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OTRA VEZ LA LEY TRANS

Breve grito desesperado

Abrumado por los 824.327 pinchazos que he tenido que contemplar en primer plano (sí, ya sé que no es fácil enseñar que la vacuna se inyecta), anonadado por el ataque implacable de términos ingleses prescindibles, acorralado por otra horda que ataca en paralelo, la de quienes se apuntan a la última palabra que nadie usaba, que alguien ha usado, y que todos se lanzan a usar venga o no a cuento, huyo y caigo entre dos bandos de la progresía conservadora, uno muy belicoso y enfadado, otro asustado. Esperen, que me tengo que recuperar.

Entrando en el asunto

El pasado verano escribí en este blog un artículo sobre la teoría que sirve de fundamento a la posición queer, esfuerzo intelectualmente desagradable, porque a cualquier persona acostumbrada al pensamiento riguroso le produce urticaria la teoría posmoderna, esa que abrazan algunas feministas en la universidad y en sus aledaños y con la que influyen en gentes más alejadas, que creen que están comprando una teoría seria.

Pero resulta que ha ido ocurriendo lo siguiente:

Que el pasado 20 de enero más de 600 colectivos firmaron un manifiesto a favor del proyecto de ley que prepara la ministra de Igualdad Irene Montero, inspirada en conceptos posmodernos.

Que la asociación Confluencia Movimiento Feminista, que aglutina a una treintena de organizaciones, ha denunciado que esos supuestos colectivos feministas no existen, que son organizaciones de Podemos con las que alguna asesora del Ministerio de Igualdad ha fingido una campaña de carácter popular.

Que la vicepresidenta Calvo ha dicho, en declaraciones a la Cadena SER, que su principal preocupación respecto a la ley Montero es el concepto de “elegir el género sin más que la mera voluntad o el deseo”, lo que puede poner “en riesgo los criterios de identidad de 47 millones de españoles”.

Que entonces desde UP han respondido indignados. Pablo Echenique diciendo que “duele” escuchar “argumentos enormemente crueles y enormemente agresivos” contra un colectivo que es “víctima de una enorme discriminación”, tiene muy difícil llevar a cabo su tránsito y sufre “altísimas tasas de precariedad y desempleo”. Irene Montero diciendo que la identidad de género no es un capricho, es un derecho, forma parte de la identidad de una persona, es un derecho fundamental. Pablo Iglesias diciendo que “la identidad de género y la orientación sexual” no son “caprichos”, “no está bien decirle a las personas trans que son una suerte de elección” porque “nadie elige sufrir o que se lo pongan difícil”.

Finalmente, que en carta al presidente del Gobierno, feministas pertenecientes a la Alianza contra el Borrado de las Mujeres, próxima al PSOE, han advertido que la citada ley trans es aún peor de lo que se temían, un retroceso en derechos humanos y en las políticas de igualdad entre los sexos. Entre otras cosas porque pone en peligro a la infancia al hablar de menores trans, lo que “no es en absoluto progresista, sino políticamente reaccionario y constitutivo de posible abuso infantil”.

Se diría que se trata de una pelea entre feministas de UP y del PSOE en la que parece que se ventilan cuestiones que tienen que ver con sentimientos de no discriminación y de respeto a los derechos humanos, pugna en la que una de las partes (UP) estaría inspirada por un afán progresista mientras la otra (el PSOE) se estaría mostrando cruelmente reaccionaria.

Ocurre que cuando se examina el asunto con atención no se encuentra nada de esto. Por el contrario, las dos partes se exceden en concesiones al activismo queer, las dos llegan más lejos de lo que exige el más escrupuloso respeto a los derechos humanos y a la dignidad de personas que tienen un problema serio de identidad. No hay crueldad por parte de nadie, no se aprecia rasgo alguno de transfobia.

Sólo hay dos puntos de fricción: la forma en que se aborda el asunto respecto a la niñez, y la forma de justificar en el Registro Civil la autodeterminación.

La cuestión es que el verdadero problema no está en esos dos puntos de fricción, sino en que, bajo las apariencias, se está abordando una cuestión básica de manera confusa por ambas partes: ¿definimos a hombres y mujeres por referencia al sexo biológico o elegimos otro criterio, y con qué consecuencias? Es decir, lo que está en juego es si los conceptos de hombre y mujer valen para algo y, caso de que valgan, con qué criterio los definimos. Cuándo diremos que alguien es hombre y cuándo que es mujer.

Hombres y mujeres según el criterio biológico

Hombres y mujeres son definidos por sus genitales porque son actores de la reproducción, es decir, nada menos que condición necesaria para que la humanidad no se extinga. Cuando hay un parto se examinan los genitales del nacido y ya saben los padres si han tenido un niño o una niña, conocimiento que permite una predicción muy aceptable de procesos futuros (en la niñez, la adolescencia y la adultez).

El papel reproductor de mujeres y hombres es tan importante que está permanentemente presente en la mayor parte de los pensamientos, recuerdos, proyectos, sentimientos y acciones de los miembros de una sociedad. Sin los conceptos de mujer y hombre basados en la genitalidad la vida de cada cual se vería continuamente entorpecida al reaccionar a los estímulos sociales.

La importancia de la genitalidad es tal que la llamada autodeterminación de género de nada sirve para eliminar la sensación de engaño imperdonable en quien, ilusionado con la idea de emparejarse, formar una familia y tener hijos, lleva un tiempo flirteando con una chica y ella no le ha advertido de que, por más que tenga apariencia de chica, en realidad tiene pene y no vulva.

Además de en la vida cotidiana, los conceptos de hombre y mujer según criterio biológico son también decisivos en al ámbito de la teoría sociológica, que quedaría patas arriba si hubiera razones para negarles legitimidad. Esos conceptos no han mostrado debilidades a la hora de integrar orientaciones sexuales distintas, anomalías, diferencias. Ha bastado añadirles especificaciones secundarias, como ocurre con innumerables conceptos útiles.

Contra el criterio biológico.

Se alegan distintas razones para acabar con el criterio biológico en la definición de hombres y mujeres.

-Una es que los rasgos biológicos han servido de coartada a la ideología patriarcal

-Otra es que, aunque hay características sexuales biológicas y diferencias entre cuerpos que pueden gestar y cuerpos que no, ordenar esas características y diferencias en dos únicas categorías (hombre y mujer) no es algo natural, sino una construcción sociopolítica. Por tanto no hay nada “natural” que diferencie a las mujeres de los hombres que se sienten mujeres, porque el haber nacido con pene y sin vagina carece de importancia fuera de esa construcción sociopolítica.

-Una tercera razón es que definir a la mujer por relación a lo genital genera un feminismo esencialista que opera bajo la premisa de que todos los hombres son de una forma y las mujeres de otra, con lo que se encorseta una realidad fluida.

Es fácil apreciar por qué estas razones tienen bajo nivel teórico.

La primera confunde dos cosas muy distintas: una es definir el sexo mediante la genitalidad y otra inventar un determinismo biológico inexistente para justificar el sometimiento de las mujeres.

La segunda razón mezcla cuestiones de dos planos diferentes. Una cosa es la existencia de hombres y mujeres y otra las distintas fabricaciones ideológicas que se dan en una sociedad sobre hombres y mujeres. Definir previamente a hombres y mujeres es condición para hablar luego, en el plano teórico, acerca de ideologías sobre hombres y mujeres.

La tercera razón olvida que el científico que define no apela a esencias, se limita a especificar qué propiedades debe tener algo para pertenecer a una clase. Lo que tendrían que demostrar los críticos es que hay un criterio que no es el biológico y que ofrece mejores resultados teóricos y prácticos.

Un primer problema que plantea el criterio del sentir

El criterio alternativo que ofrecen los activistas trans y que han aceptado organizaciones políticas como el PSOE y UP es el criterio del sentir. Es mujer quien se siente mujer aunque tenga pene y no pueda gestar.

Si este criterio fuera adecuado, plantearía en todo caso el problema de cómo se acredita el sentir, asunto que vimos que enfrenta a UP y al PSOE.

Todos sabemos que se puede simular o mentir al afirmar un sentir, pero a los de Podemos les ha parecido muy cruel acusar de fingimiento a gente que sufre tanto. Sin embargo no se trata de sospechar de esta gente que sufre tanto, sino de prever que otros que no sufren aprovechen una ley que no exige pruebas para obtener ocasionalmente un beneficio. Recordemos los tiempos en que el servicio militar era obligatorio. Si los hombres se hubieran podido librar por una simple declaración ante el registro civil ¿no lo habrían hecho muchos?

Quiere esto decir que los escrúpulos de la vicepresidenta están justificados. La ley no impide que un hombre se declare hoy mujer y más adelante otra vez hombre, y más adelante otra vez mujer en virtud de sucesivos “sentires”.

Pero los activistas trans alegan que exigir requisitos a la autodeterminación de género significa que se considera que las personas trans son unas trastornadas necesitadas de tutela, es decir, que se patologiza su elección de género.

Se intenta entonces eliminar informes de psicólogos o psiquiatras y sustituirlos por acciones sostenidas en el tiempo que acrediten que la afirmación del sentir es sincera, posición del PSOE que ha parecido deshumanizada a los de UP.

La imposibilidad de universalizar el criterio del sentir

Lo malo es que la exigencia de requisitos no resuelve el problema de fondo, que es: ¿tiene sentido apelar al sentir, sea con pruebas o sin ellas, frente al criterio biológico?

El criterio del sentir viene a decir que no hay una realidad autónoma e independiente de la subjetividad, es decir, que la realidad la creamos nosotros con nuestra actitud subjetiva.

Y esto plantea dos problemas en los que los activistas o no saben o no quieren reparar.

El de especificar qué es sentirse del otro sexo y el de universalizar el criterio.

A) Por lo que respecta a la naturaleza de sentirse mujer cuando se ha nacido hombre, ya he dicho en otra ocasión que es una vivencia inefable. Ni siquiera cada mujer sabe en qué consiste sentirse mujer, no sólo porque parte de ese sentir tiene naturaleza inconsciente, sino además porque cada mujer sabe lo que ella siente conscientemente, pero no lo que sienten las demás. Mucho más arcano es eso de sentirse mujer aplicado a un hombre.

De manera que si el criterio del sentir se adoptara de verdad por todos, se haría muy difícil el pensamiento ordinario sobre el sexo, tendríamos suspendido el juicio, porque de ninguna persona podríamos afirmar si es hombre o mujer una vez que esto dependiera de un sentir inasible y cambiante. Y no nos valdría acudir al Registro Civil, pues el cambio de sexo por el sentir es previo e independiente del cambio en la inscripción.

B) Pero es que además, si pensamos que la subjetividad tiene poder constitutivo de la realidad en el espacio del sexo, entonces hemos de generalizar ese poder a los restantes espacios, hemos de universalizar el criterio del sentir. Tendremos entonces que aceptar que si alguien se siente médico es médico, aunque le queden asignaturas pendientes. Y que si alguien se siente aviador hay que dejarle los mandos del aparato. No se me diga que estoy trivializando, porque me limito a llevar el argumento a sus consecuencias lógicas. Si el sentir es tan poderoso como para convertir a un hombre en mujer, ¿cómo no va a poder convertir a un estudiante de medicina en médico, que es cosa más hacedera? Incluso si añadimos al sentir algún requisito, como empeño temporal, voluntad de arrostrar sufrimientos, etc. tales requisitos también los cubriría un estudiante de medicina que se sintiera médico y se pusiera a la puerta de un hospital día y noche pidiendo una oportunidad.

Se puede replicar que no es un problema social que haya muchos estudiantes de medicina que se sientan médicos y exijan ser reconocidos como tales antes de acabar sus estudios, mientras que sí en cambio hay hombres que afirman que se sienten mujeres, o mujeres que afirman que se sienten hombres, y que demuestran ese sentir en su comportamiento. Pero yo no estoy negando ese hecho, sino advirtiendo lo que significa considerar que estos hombres no son “hombres que se sienten mujeres” (que es el hecho que no niego), sino que son mujeres. Por la misma razón si un violador afirma que siente que él ha sido el provocado y agredido sexualmente, o un maltratador afirma que siente que él es el maltratado, ¿habremos de dar a esos sentires un valor constituyente de la realidad?

Quiero decir que si se acepta el argumento posmoderno en que se apoya la llamada autodeterminación de género y lo aplicamos de manera general, entonces la vida social se hace imposible.

Si alguien dijera que el argumento del sentir es solo aplicable a la llamada autodeterminación de género y no a otros espacios, podemos preguntarle por la razón de esa limitación. No sabrá qué decir. Según el pensamiento posmoderno de que se nutre el movimiento queer no sólo el sexo, toda realidad es creada por algún tipo de subjetividad.

Finalmente, si se desestima el criterio biológico por ser creación sociopolítica, por la misma razón habrá que desestimar el criterio de la autodeterminación de género basada en el sentir.

Malos argumentos

Dicho todo esto, alguien puede pensar que los partidarios de la autodeterminación de género han de tener sin duda argumentos que yo he ocultado maliciosamente. Y la realidad es que han sustituido los argumentos por distintas estrategias:

A) Una consiste en apelar a los sufrimientos de la minoría trans y a sus derechos como seres humanos, lo que permite rasgarse las vestiduras ante cualquier oposición. O en afirmar un axioma que no necesita demostración: que la ley Montero es un avance moral y jurídico en defensa de minorías discriminadas y de ello se extrae, como consecuencia, que quien se opone es descalificable sin más trámites.

Es la estrategia que sigue Isa Serra cuando afirma que la oposición a esa ley es la misma que tuvo la ley de matrimonio igualitario que se aprobó en España en 2005, con lo que está queriendo decir, pero sin demostrarlo, que quienes no están de acuerdo con esa ley es por espíritu reaccionario que tendrá que terminar cediendo ante el avance de derechos. “El matrimonio igualitario también tuvo una enorme reacción y respuesta; frente a las dudas y reacciones que está recibiendo la ley trans, es evidente que esta ley será una victoria y un importante avance para reconocer los derechos de las personas trans”.

Con el mismo salero Serra da por supuesto que hay dos feminismos, uno que combate el racismo, la homofobia y la transfobia y que es, claro, el partidario de la ley, de lo que se sigue que el feminismo que se opone a esa ley es permisivo con el racismo, la homofobia y la transfobia.

B) En la misma línea se sustituye a veces el argumento por la parodia. Resultaría que el feminismo tradicional considera que ser mujer es una especie de privilegio, algo así como “somos un grupo oprimido, estamos cómodas en nuestra condición de víctimas y consideramos las políticas públicas feministas como privilegios que no queremos compartir con otras que están peor”. Hecha la parodia, asunto resuelto. ¿Para qué argumentar?

En todos estos casos se monta un fraude retórico sobre un hecho doloroso, la disforia de género.

C) Cabe también resolver el tema diciendo que otros países como Portugal, Grecia, Irlanda, Dinamarca, Suecia, Noruega y Argentina han aceptado ya la autodeterminación de género sin requisitos y que no se ha producido ninguna de las amenazas que se anuncian, o que Amnistía Internacional ya pidió a todos los Estados que siguieran el ejemplo de Noruega, o que la OMS opina esto o aquello, o que el PSOE ha aceptado algo parecido en algunas Autonomías. Ninguna de estas alegaciones es un argumento. Si la autodeterminación de género fuera un disparate no dejaría de serlo porque se haya adoptado por tales o cuales países, o recomendado por tales o cuales organizaciones internacionales (máxime si recordamos cuantas acciones indefendibles se recomiendan y cuantas acciones benefactoras se impiden por gobiernos e instituciones internacionales).

El verdadero y único argumento

Si apartamos la retórica vacua, el único argumento utilizado por el activismo trans se funda en la tesis central del pensamiento posmoderno.

No hablo de ese pensamiento por lo que haya leído, sino porque viví profesionalmente su eclosión cuando era profesor de filosofía en la Universidad de La Laguna allá por los años 70 y fui testigo de cómo aquel pensamiento entusiasmaba a los progres dualistas y a los progres antimarxistas, que caminaban con el librito de Feyerabend bajo el brazo y que al fin tenían una coartada sofisticada para quitarse el corsé que les oprimía. Al fin se podía ser progre primando a la palabrería sobre la ciencia social y a cualquier fábula social sobre el marxismo. Al fin se podía citar a autores incomprensibles sin temor a la burla de los filósofos analíticos (puesto que Feyerabend era uno de ellos).

De no ser porque venía muy bien a muchos, es imposible que se hubiera tomado en serio la ocurrencia posmoderna de que toda observación está impregnada de teoría y de que, por tanto, es la teoría la que fabrica los hechos. Los conservadores andaban entusiasmados. Fuera la modernidad, arriba el pensamiento posmoderno. Al fin somos libres.

Como ya he expuesto (ver aquí) el pensamiento posmoderno fue, no importa el pretexto, un intento de desprestigio de uno de los legados de la Modernidad, la teoría marxista, y actuó por tanto como instrumento bélico en manos del ejército de intelectuales al servicio del poder, instrumento tan versátil que incluso les permitía fingir que luchaban contra el poder (Foucault es caso paradigmático), o incluso que eran marxistas mientras trataban de destruir los fundamentos de toda teoría social (y por tanto del marxismo).

Criterio retórico que nadie sigue

Afortunadamente nadie sigue en serio el criterio del sentir a la hora de percibir a hombres y mujeres. Incluso en los reductos colonizados por el activismo trans el criterio del sentir se sigue sólo a beneficio de inventario, porque incluso las personas que niegan el criterio biológico para caracterizar el sexo, es precisamente ese criterio el que utilizan. Las personas trans hablan de identidad de género, pero el sexo biológico es el criterio de cuanto piensan, sienten y hacen, y no deja de estar presente orientándolo todo.

Si las personas trans fueran capaces de adoptar de verdad el concepto del sentir, si el sexo que desean no tuviera que ver para ellas con lo biológico, sino con constructos subjetivos, ahí mismo habrían acabado los problemas vitales que confiesan. Porque lo que quiere el trans no un género cultural, ni un género individualmente pensado (eso ya lo tiene con su mero pensar), sino el sexo biológico que todo el mundo conoce. No se conforma con sentirse mujer y que se reconozca su sentir, sino que quiere tener cuerpo de mujer. Quiere que le crezca el pecho, y perder el bello masculino, y para eso se hormona. Y en muchos casos recurre a la cirugía para perder el pene a cambio de una vagina. Su problema es que nada de esto lo convierte en mujer, sino en imitación. Es y será un hombre trans, y de ahí su sufrimiento, su mayor tasa de suicidios, etc.

Esta afirmación no debe considerarse despectiva, ni insultante, ni desconocedora de derechos, y puede hacerse con todo el cariño del mundo, como haríamos referida a un hijo, porque es afirmación que sólo pretende dar a la realidad la importancia que tiene frente a sentires y deseos subjetivos.

El enfoque del problema desde la racionalidad

Claro que alguien puede decir: tenemos un problema con las personas trans y hay que solucionarlo. ¿Hay otra forma que mediante la autodeterminación de género de corte posmoderno?

Pues claro, la forma que ofrece la teoría marxista (ver aquí).

Esta forma permite respeto a la subjetividad sin negar la realidad objetiva y las configuraciones ideológicas sobre esa realidad.

Dejando de lado lo que haya de innato o de cultural, de transitorio o de definitivo en la llamada disforia de sexo, cada persona es muy dueña de sus sentires y quereres, y de expresarlos, incluso de intentar realizarlos, así sean quereres imposibles. Por tanto las personas trans tienen derecho a mantener y expresar sus propias convicciones, a no ser discriminadas o perjudicadas socialmente y a exigir que se respete su forma de vida y sus intentos por adaptar su realidad corporal a sus deseos.

Pero no tienen derecho a exigir que el resto de la sociedad abandone su concepción de los sexos a favor de la teoría queer. Ninguna persona trans tiene el derecho de exigir a las demás que la consideren del sexo sentido y no del biológico.

Es decir, los derechos de cada cual tienen un límite, el que imponen los derechos de los demás, límite que en este caso se percibe, por ejemplo, en el tema del Registro Civil

Podemos considerar que inscribir en un Registro el sexo biológico de cada cual es necesario o que, por el contrario, es algo prescindible. En este caso lo adecuado es suprimir el registro civil.

Pero si lo consideramos necesario, entonces tenemos que atender a la demanda de varones trans que no soportan estar inscritos en el Registro Civil como varones y con nombre masculino, y a la demanda de mujeres trans que no soportan estar inscritas como mujeres y con nombre femenino.

La solución racional sería aumentar las posibilidades de inscripción y permitir que quien no esté conforme con su sexo pueda inscribirse como varón trans o mujer trans. De esta forma desaparecen todos los problemas que ahora se están observando y otros muchos que puedan surgir. La joven que lloró de alegría cuando al fin se vio inscrita con su nombre masculino podría llorar igualmente de alegría cuando viera esa misma inscripción en su calidad de mujer trans.

¿Y los no binarios, los que no se consideran ni hombres ni mujeres? Pues bueno, si queremos dar carácter oficial a esa opción (en lugar de dejarla para el aspecto íntimo) entonces podemos establecer otra posibilidad de inscripción, la de no binarios.

De esta forma evitaríamos inscribir a una mujer como hombre o a un hombre como mujer y mantendríamos el criterio básico de la genitalidad dando al mismo tiempo satisfacción a los trans.

¿Dónde está el problema? ¿Por qué no se ha elegido esta solución sensata?

Pues porque los activistas queer no la aceptan. Y aunque sus argumentos no pasan de dicterios y errores conceptuales, los políticos no se atreven a llevarles la contraria.

El miedo que rige esta polémica

El activismo queer ha jugado con el miedo del progresismo conservador, el miedo a ser señalados como no suficientemente progresistas. Es el mismo miedo que paraliza a los políticos catalanes separatistas cuando temen que los activistas les llamen traidores. Ya vimos como la palabra traidor determinó momentos decisivos del procés.

A quienes somos comunistas y demócratas (¿no sabían que hay comunistas demócratas?) no nos asusta que desde el progresismo conservador nos llamen tránsfobos, insensibles al sufrimiento ajeno o irrespetuosos con los derechos humanos, porque ser comunista y demócrata es condición necesaria para defender los derechos humanos. Quienes transigen con el capitalismo sólo pueden defender los derechos especificados en la Declaración Universal de Derechos Humanos, que fue redactada por países capitalistas y que afirma tres falsos derechos que suponen una negación de derechos legítimos para millones de ciudadanos (Ver aquí). ¿Adónde huye Izquierda Unida asustada, por qué expulsa al Partido Feminista de España? Se diría que en IU no hay conciencia de comunismo y democracia y que por ello tiene que mendigar el aval y los votos de la progresía conservadora haciendo aspavientos a la cabeza de la manifestación.

Una anécdota significativa

Un diputado de Vox, con clara intención de molestar, ha llamado a Carla Antonelli “el representante del PSOE” y Carla Antonelli ha tomado esto por humillación y ha pedido amparo al Parlamento por haber sido faltada al respeto.

Está claro que la forma empática de referirse tanto a una mujer como a un hombre trans es el femenino. Pero eso no implica considerar que el hombre trans es una mujer. De manera que alguien puede llamar Carla a Antonelli, y considerarla diputada, y creer sin embargo que no es una mujer, sino un hombre trans.

Y en este caso, Carla Antonelli no tiene derecho a sentirse agredida, y humillada, y a acusar de odio a quien no la considera mujer.

Contra lo que parece (y siento decir esto) se desconocen los derechos humanos cuando se agrede a los de Vox porque exhiben un autobús con la inscripción de que los niños tienen pene y las niñas vulva. Hasta este extremo de necedad colectiva hemos llegado. Los de Vox tienen pleno derecho a expresar algo que, por otra parte, es una mera tautología si se acepta la definición de los sexos por la genitalidad.

Una opinión final

Pienso que un hombre trans es tan digno de respeto como un hombre no trans, y no veo que su condición sea humillante. Por eso no entiendo que considere agresivo y falto de respeto que alguien se refiera a él como hombre trans, pues eso significaría que para él es vergonzoso serlo y que es insultante que se le reconozca como lo que es. En realidad entendería mejor que le humillara que lo consideren mujer, es decir, que lo reconozcan como algo que ni es ni puede ser plenamente, sólo imaginariamente y como imitación. Desde este punto de vista serían las personas trans las que se humillan a sí mismas cuando consideran que su condición debe ser ocultada a cambio de publicar la que no tienen.

Si yo tuviera un hijo trans y me pidiera consejo (en otro caso no se lo daría), mi consejo sería: vive tu situación alegremente (si puedes), sin orgullo y sin humillación (no hay razón para una cosa ni para la otra). Y no te ofendas ni te sientas agredida si alguien no te considera mujer, sino hombre trans. Pues esta denominación es más verdadera, ya que comprende tu sexo biológico y tu sexo elegido.

jmchamorro@jmchamorro.info