De qué va esta página

Esta página, que puede tomarse como un desahogo, es también el intento de colaborar, en lo que yo puedo, con los que desean un mundo más justo y racional. Muchos de ellos, sometidos a la avalancha ideológica conservadora, que ahora campa por sus respetos sin apenas nada que la detenga, echan de menos argumentos con los que combatirla. Ahí van los que yo he podido encontrar por si a alguien le sirven.

Quien sea ahora partidario de un mundo racional y justo (quien sea por tanto anticapitalista) está condenado a una frustración continua, primero porque los hechos son como son, pero también por lo que se lee y se oye (y, habría que añadir, por lo que ni se lee ni se oye).

Es cada vez más irritante el cinismo con que se realizan y defienden tropelías económicas en perjuicio grave de la mayoría, y somos muchos los que, pasmados, estamos presenciando cómo la codicia de los poderosos se convierte en un poder vandálico. Si la izquierda hiciera la crítica radical que el capitalismo y su concepto de democracia merecen, entonces uno se sentiría reconfortado, porque percibiría que sobre los hechos se eleva, como efecto de la actitud que ha estado siempre en la base del progreso moral y político, una propuesta de vida mejor, bien argumentada, capaz de aclarar las ideas de muchos que sin duda desean otro tipo de mundo. Desafortunadamente, a pesar de alguna excepción ilustre (José Luis Sampedro, Noam Chomsky), hay a la izquierda silencio. Las pocas voces sensatas que intentan hacerse oír no son efectivas porque no son divulgadas y apenas llegan a nadie. Que llegaran a todos debería ser una de las funciones de la izquierda organizada.

Desde la desaparición de la URSS hemos vivido un proceso que tiene dos aspectos complementarios: la pérdida de legitimidad del pensamiento marxista y el asentamiento del pensamiento conservador. Los mensajes que llenan el ambiente coinciden en defender el sistema capitalista (o como se prefiere decir, la economía de mercado) desde diferentes sensibilidades y con diferentes argumentos. No sólo lo defienden quienes creen que les beneficia, o que con cualquier otro sistema les iría peor, sino también personas que se dicen dolidas por la injusticia y por el sufrimiento que produce, preocupadas al mismo tiempo por el daño ecológico, muchas de las cuales fueron anticapitalistas en otro tiempo y han dejado de serlo.

Han evolucionado hacia la socialdemocracia y creen ahora que el capitalismo no tiene alternativa. Ya no intentan acabar con él, sólo mejorar las cosas dentro de él en beneficio de los más débiles. Alguno de ellos nos dice que el problema fundamental de la izquierda consiste en repensar la justicia social en términos que no se den de coces con la realidad. Pero ¿qué puede significar esto si no definimos qué es la realidad? Una cosa es que alguien se empeñe en volar desde un décimo piso agitando los brazos y otra muy distinta que un hambriento intente coger el plato de comida cuando yo le amenazo con un arma. Puedo decir al primero que lo que intenta se da de coces con la realidad, pero si digo lo mismo al segundo se me podrá reprochar que la realidad con que se da de coces el hambriento soy yo y mi arma. Bastaría que yo decidiera dejarle comer para que pudiera hacerlo sin darse de coces con realidad alguna. Una cosa es que se renuncie a lo que es inviable por leyes naturales y otra que se renuncie a repensar el problema de la justicia en forma racional porque se da de coces con el interés de la minoría que decide y controla. En este caso ya se consigue algo si se pone de manifiesto que no son leyes científicas las que se oponen, sino la voluntad y el poder de esa minoría.

Así que el llamado “pensamiento único” no es, como se dice a veces, el neoliberal (ese pensamiento tiene contradictores que también propagan su discurso), sino el procapitalista. Los portadores del verdadero pensamiento único, desde la derecha neoliberal a la socialdemocracia, discuten entre sí monopolizando los medios de comunicación, pero no consideran interlocutor válido a quien se plantee que el sistema capitalista debe ser sustituido. Se da por indiscutible que tal persona defiende un anticapitalismo de manual descatalogado (expresión que utiliza Sabater para referirse al antiimperialismo de Chávez).

Quienes defienden el mundo que hoy tenemos han aprendido a argumentar contra las ideas de la vieja izquierda y han hecho creer, incluso a la misma izquierda, que el marxismo es algo “antiguo”. Su victoria ideológica es ahora tan fuerte que se atreven a llamar demagogo y populista al que pide que los ricos paguen algo más. ¿Qué llamarán a quien proponga la medida sensata de subir la tasa impositiva al 100% para ingresos y patrimonio superiores a un límite que impida los insoportables grados de dominación, explotación, corrupción y crimen actuales? Seguramente fingirán, desdeñosos, que no vale la pena tomar en serio tal disparate.

La defensa del capitalismo puede así enmascararse bajo la crítica a cualquier propuesta de una alternativa. Es una defensa implícita que consiste en desacreditar a quien propone otra forma de sociedad. Si alguien rechaza el capitalismo (algo que debería hacer todo el que se oriente por la razón y la justicia) es mirado como si se situara fuera de los límites de la racionalidad. Se le preguntará si quiere resucitar el estalinismo y se le llamará antisistema como colocándole limítrofe a la delincuencia (cuando en realidad ¿qué persona informada y decente puede ser prosistema en este sistema?).

Estando así las cosas, mi propósito inicial es ir ofreciendo en esta página resúmenes del trabajo que concluí en el año 2007 bajo el título general ¿Tiene remedio la sociedad capitalista? La crisis que ha estallado más tarde no me obliga a alterar las ideas que di por buenas hace seis años, más bien las ha reafirmado, y aquí las expongo despojadas del aparato de citas, bibliografías y discusión de pormenores o de cuestiones académicas. El primer resumen lleva por título “Capitalismo: el crimen global”