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EL PODEMOS QUE SALE DE VISTALEGRE II

Simpatizantes y votantes de Podemos hemos asistido a una disputa descorazonadora, y no porque haya sido disputa, algo normal en partidos donde hay libertad para opinar y proponer, sino por los modos y, sobre todo, porque no han quedado claros los motivos. Da la impresión de que diferencias de fondo, o de estrategia, o afanes de poder se han conciliado con una cierta inmadurez de los principales dirigentes. La juventud es un valor siempre que se concilie con la experiencia que dan los años, y en el antiguo equipo dirigente había mucha juventud pero escasa experiencia. Seguramente cambiará esto con las nuevas incorporaciones a la ejecutiva y al gobierno en la sombra ya decididas.

No es vieja política

Al ver esa lucha por el poder algunos periodistas y comentaristas, muy regocijados, se han lanzado a decir: ¡vieja política, míralos, condenaban la casta y son parte de la casta! No confundamos. Si queremos caracterizar por su rasgo sustancial a la vieja política, la de la casta, hemos de decir que es la que se hacía y se sigue haciendo al servicio del poder económico. Otras características no son exclusivas de ella, se pueden dar en cualquier política posible. Nadie ha dicho que la nueva política haya de ser realizada por ángeles. Si vemos la cosa así, Podemos no es vieja política, y esto se percibe claramente allí donde han conseguido algún poder institucional.

Pero sí que han mostrado un ingrediente que en la vieja política es natural y necesario: la ambigüedad, la falta de claridad.

Los que se presentan como servidores del pueblo pero actúan al servicio del poder económico están obligados al ocultamiento y la mentira. Es por ello lamentable que, no estando Podemos en ese papel, haya habido un rasgo de vieja política en la oscuridad con que se ha llevado adelante la disputa. Parece mentira que unos profesores universitarios, a los que se supone habituados a explicar, no hayan sabido explicarnos qué concretas discrepancias han originado y mantenido una pelea tan hosca.

La oscuridad del litigio

Por esa oscuridad se ha podido afirmar que la pugna era entre pablistas y errejonistas, o entre la Facultad de Filosofía y la de Políticas, o entre gente que piensa y gente que opera. Los lamentables artículos publicados por dos profesores de filosofía parecen indicar que los teóricos se sienten desplazados por los que operan, a los que han caracterizado como conspiradores intrigantes que intentan excluir a todos los que no forman parte de su pandilla.

En realidad no parece que todo esto se deba a que unos quieren que se actúe en las instituciones y otros en la calle, porque resulta que son actuaciones compatibles y complementarias.

Errejón y sus partidarios han dicho vaguedades como éstas: que un cierto orden es lo que la gente quiere, y que por ello, para ser una fuerza realmente transformadora, es necesario, más allá de la pulsión destituyente, plantear un horizonte alternativo de certezas y seguridades. Pero así planteada la cuestión resulta difícil imaginar que los del grupo de Iglesias se opongan.

Han dicho también los de Errejón que para Podemos es más productivo abordar las relaciones con el PSOE de manera laica e inteligente que la negación obsesiva y el choque frontal. Pero seguro que los de Iglesias saben que la política socialdemócrata sólo se reinstaurará en este país cuando PSOE y Podemos actúen en alianza contra las fuerzas neoliberales. Otra cosa es que esto sea posible si el PSOE persiste en la dirección que le marcan sus antiguos jerarcas.

Lo que parece tener alguna entidad estratégica es que al grupo de Errejón no le gusta el acercamiento a IU y que fue partidario de apoyar al pacto PSOE-Ciudadanos, achacando la pérdida de un millón de votos (del 20-D al 26-J) a la alianza con IU y a no apoyar aquel pacto.

En cambio Iglesias y los suyos creen que el pacto con IU es razonable, que el no apoyo al pacto PSOE-Ciudadanos fue decidido por la militancia y era además inevitable dada la actitud del PSOE, que prefirió pactar con la derecha; y que la pérdida de votos se debió a dejar de decir verdades en el intento de aparecer como inofensivos.

En todo caso, estas diferencias no explican la agria pelea en que se han enzarzado los máximos dirigentes de Podemos, pues lo correcto hubiera sido recurrir pacíficamente a los afiliados, sin descalificaciones mutuas, y luego estar al resultado de la votación. Es decir, lo que finalmente se ha hecho, pero sin el episodio precedente.

Dejándolo atrás en la esperanza de haya servido de aprendizaje, vuelvo a dos cuestiones sobre las que he tratado en otras entradas de este blog, ahora con algún matiz nuevo tras leer los documentos políticos de Vistalegre.

Pobreza teórica

En contraste con lo que algunos dicen, creo que esos documentos son decepcionantes. Algunas consideraciones sobre la transición del 77 y sobre la transición actual, banalidades referidas a cómo ganar votantes, nada que revele que profesores universitarios han trabajado en ellos. Se acusó al equipo de Iglesias de desdén por los teóricos a favor de activistas, pero la verdad es que la teoría falta en los documentos de todos los grupos.

El marxismo, valga repetirlo, es la única teoría general de la sociedad de que hoy disponemos (en el sentido riguroso que no hay otras teorías generales, por más que haya muchas de corto alcance), la única que permite análisis y explicaciones no superficiales. El problema del marxismo clásico es que, aunque percibió bien que para la estabilidad del socialismo es necesario otro tipo de persona (el llamado por Marx “hombre nuevo”), erró al creer que ese nuevo tipo surgiría por el mero cambio del modo de producción o por la participación en las luchas revolucionarias.

Ahora, abandonado el camino de la revolución violenta para instaurar un nuevo modo de producción, el marxismo no puede inspirar estrategias de acción a largo plazo si no se pone al día en aspectos que tienen que ver con la semiótica, imprescindibles para abordar las cuestiones ideológicas. Con esa puesta al día no sólo se puede explicar, por ejemplo, por qué ha triunfado Trump, o por qué una gran parte de la clase obrera vota a la extrema derecha, o por qué el PP gana las elecciones en España, sino que además se puede diseñar un programa de acción para cambiar ese estado de cosas.

Y es que no sólo hay que luchar para sacar de la pobreza extrema a muchas personas, o para que otras muchas recuperen derechos perdidos, sino también para combatir el entramado de ideas y valores que la derecha ha ido consolidando en las mentes de muchos ciudadanos, los que la votan a pesar de que son perjudicados por sus políticas. Porque la explotación ideológica es algo más grave que la económica, y no sólo por su naturaleza, sino porque es además condición necesaria para el sometimiento de los perjudicados. Sin explotación ideológica no habría explotación económica, al menos consentida.

Objetivos

En los documentos políticos discutidos en Vistalegre II uno querría haber leído un diagnóstico de la situación española, europea y mundial, y un señalamiento de metas a distintos plazos. Puesto que para decidir sobre el “qué hacer” debe estar claro primero qué se quiere conseguir o adónde se quiere llegar, esos documentos deberían haberse dedicado antes de nada a este asunto.

De acuerdo en que no se puede prometer en un programa electoral aquello que no se podrá cumplir, incluso si se consiguiera mayoría absoluta. Pero si se puede prometer en el programa electoral que determinadas propuestas, imprescindibles para una vida buena colectiva, se llevarán al Parlamento para que en él se discutan. Tanto si no se acepta su discusión como si tras ella se rechazan, ya se habrá dado un paso importante, el de ponerlas en el foco de atención de la gente y obligar a los demás partidos a hacer pública su posición. El Parlamento vale no sólo para legislar y fiscalizar, sino también para promover discusiones de gran valor pedagógico respecto a la parte de la población que ha asimilado las ideas infatigablemente promovidas por los medios de comunicación conservadores.

Veamos tres objetivos que obligan a estrategias diferentes, los dos primeros compatibles con el capitalismo, el tercero no. De cuál de ellos se elija depende qué actividades se consideren necesarias. El primer objetivo sólo exige medidas a corto plazo, los otros dos exigen medidas a plazo medio y largo. Mirar más lejos es útil si promueve actividades que no se realizarían en otro caso y que son condición para que sea posible mañana lo que hoy es muy deseable, pero fuera de nuestro alcance.

Recuperación del Estado del Bienestar

Éste objetivo es el que parece haber estado implícito en todas las discusiones y documentos de Vistalegre II, objetivo que podría ser también el de un PSOE renovado. Es muy razonable eso de querer echar al PP del poder, llegar al Gobierno y hacer una política más justa y transparente, que traiga beneficios a muchas personas que lo están pasando mal. Cabe incluir en esta política la renta básica universal o la creación de un banco público. Aceptemos que allí donde la socialdemocracia clásica se arrugó y se rindió al neoliberalismo, sea capaz Podemos de resistir y de llevar adelante el programa abandonado. Sería una recuperación de antiguos espacios conquistados y luego perdidos. Está muy bien para el corto plazo, pero conocemos las limitaciones que tiene ese programa. Y la primera es la resignación a vivir sin posible democracia.

Un paso más

El segundo objetivo es llegar a una socialdemocracia más avanzada, dispuesta a construir una sociedad en la que la democracia sea posible.

Instaurar la democracia requiere medidas como éstas, que por el momento encontrarían una oposición insalvable: (a) nacionalizar las empresas sistémicas (aquellas a las que hay que rescatar con dinero público porque si caen cae la sociedad entera), y no sólo las de energía, sino sobre todo las financieras, Bolsa incluida, y también las agroquímicas (es criminal, por ejemplo, que la alimentación del mundo y la economía de los pequeños agricultores dependa de ese monstruo que quieren crear Monsanto y Bayer con su megafusión); (b) aumentar los impuestos a las grandes patrimonios y rentas a fin de reducir drásticamente la actual desigualdad; (c) mejorar la educación, haciendo obligatoria la de 0 a 6 años, y cuidando especialmente la destinada a niños de las clases económica y culturalmente pobres, algo cuya adecuada realización exige recursos por ahora no disponibles, pienso que como mínimo un 10% del PIB, pero imprescindible si se quiere igualdad de oportunidades (no la hay si el hijo de pobres está condenado de antemano a la pobreza); (d) nacionalizar los medios de comunicación, o al menos poner en pie medios de comunicación públicos, para entregarlos al control de la sociedad (nunca, claro, del gobierno); (e) reducir la publicidad y regular sus contenidos (por ejemplo exigiendo que cada anuncio se limite a exponer las propiedades del producto sin identificarlo con el atractivo de temas ajenos, con los que además se promueven valores machistas, consumistas y elitistas altamente deseducativos); (f) hacer obligatorio el funcionamiento democrático dentro de los partidos.

Sin estas medidas la democracia es, sencillamente, ilusoria. No la invoquemos en vano.

La realización de los ideales de la Ilustración

Reparemos en que, aunque el objetivo anterior parece demasiado ambicioso, es sólo un paso intermedio, porque, pese a sus ventajas, permanece dentro de una economía de mercado cuyos efectos son injustos, irracionales y muy lesivos para los recursos naturales, el medio ambiente y el bienestar de los trabajadores.

Por eso hay un tercer objetivo que llega más lejos y que es el propiamente anticapitalista: pretende que la decisión sobre la producción y la distribución de la riqueza no la realice el mercado, sino una planificación racional y democrática que lleve a una equitativa distribución del trabajo y a un aparato productivo y de servicios que satisfaga las necesidades legítimas de todos los miembros de la sociedad al mismo nivel alto, pero eliminando la producción prescindible en claro beneficio del medio ambiente y de la preservación de los recursos naturales.

Este objetivo es el que realmente daría satisfacción al deseo de la Ilustración: igualdad, libertad y fraternidad, que en cualquier forma de capitalismo no es realizable. Inversamente, en cualquier forma de capitalismo este objetivo es inalcanzable a corto plazo, pero eso no quiere decir que no pueda inspirar muchas actividades realizables sin las que sería inalcanzable siempre.

La posición de Podemos

Parece que quien se considere verdadero progresista ha de ser partidario de esta última opción, pero no es así. Los hay que consideran que una economía planificada junto con la prohibición de mil actividades que hoy se practican conduciría inevitablemente a un Estado totalitario; o creen que fuera de la economía de mercado el desarrollo económico se vería frenado; o piensan que la opción anticapitalista ya fue ensayada en la URSS y fracasó; o que, aunque el mundo resultante es deseable, nunca será posible (por ejemplo, porque lo impide la naturaleza humana).

Es éste un tema en el que los buenos argumentos han de jugar su papel. Sin embargo en Podemos no ha sido planteado, tal vez porque, habiendo dentro partidarios de las tres opciones, sólo la primera es realizable al corto plazo de la batalla electoral, y por tanto en ella pueden estar de acuerdo todos, unos como objetivo final, otros como primer objetivo provisional. Y ahí se han quedado. ¿Es esto satisfactorio?

Pienso que no, porque el objetivo de desalojar a Rajoy y llegar al poder produce estrategias muy sometidas a los vaivenes del electorado, y previamente a los de las encuestas. Ocurre entonces que una línea política, o una estrategia, son buenas si aumentan los votos, son malas si los disminuyen. Mala cosa. Más aún cuando ni siquiera se puede tener certeza de que los votos se ganan o se pierden por esto o por lo otro.

Librarse de miedos

Teniendo objetivos más ambiciosos (como el de una transformación de la población para que acabe apoyando con brío un proyecto emancipador), se libra el partido del miedo a molestar o a asustar que acomete en seguida a quien pone todo su interés en ganar votos.

El miedo a molestar

El más grande error que puede cometer la izquierda es callar para no molestar. No decir esto porque puede molestar a los gobiernos de EE UU o Alemania, ni eso porque puede molestar a la Banca, ni lo de más allá porque puede molestar a los medios de comunicación, ni aquello otro porque puede molestar al PSOE, ni lo que pueda molestar a la Iglesia y a los católicos, ni lo que pueda molestar a los que piensan esto o aquello. O sea quedar casi mudos, limitados a hablar de cosas que no molestan a nadie. Esto ni siquiera es vender la primogenitura por un plato de lentejas, sino por la esperanza de conseguir el plato (que tal vez ni siquiera se consiga). El patrimonio fundamental de la izquierda es que sólo ella se puede permitir la verdad. Tirar ese patrimonio por la borda es algo insensato.

El miedo a asustar

Piensan algunos que para no asustar hay que abandonar algunos términos.

Errejón ha dicho que Podemos tiene que evitar el rechazo que todavía suscita la izquierda en una gran parte de la población, pero no creo que la palabra “izquierda” asuste a nadie. El PSOE se ha presentado siempre como de izquierda y ha conseguido mayorías absolutas. Otra cosa es la palabra “comunismo”, u otras semejantes, pero esas las emplearán los enemigos para caracterizar a los dirigentes de Podemos mientras sea peligroso, y ello con independencia de lo que Podemos diga o haga (ya les vemos por ahí hablando de “purgas estalinistas”). Por ello es preferible una pedagogía acerca del real significado de ciertos términos (que además puede recibir ayudas inesperadas, como la del papa cuando identifica cristianismo y comunismo). Es decir, no quedar a la defensiva, miedosos, sino pasar al ataque.

Se cree también que para no asustar hay que huir de eso que la derecha llama radicalismo. Pero ¿qué es el radicalismo? Aunque por su tono lo parezca a veces, Iglesias no es más radical que Errejón, ninguno de los dos lo es, y todo lo que proponen los dirigentes de Podemos, incluso los de Anticapitalistas, es muy moderado, encuadrable en el primero de los objetivos antes descritos.

Estar en la calle con los agraviados que protestan es una actividad meramente democrática, no radical. Ni siquiera exigir las medidas del segundo objetivo antes descrito sería radicalismo extremo. Esas medidas son de sentido común, incluso más, son imprescindibles si es que se quiere vivir en democracia y esto es lo que hay que defender.

Creo que es necesario más radicalismo, bien expuesto y argumentado, para que muchos salgan de su ignorancia. No está la cosa en intentar atraer a más gente a base de no ser nada, sino de atraerla mediante buenos argumentos a favor de un proyecto de cambio profundo, el que hace falta. Los paños calientes perjudican al que recurre a ellos.

Más allá del Parlamento y el asfalto: la tarea pedagógica

Explicar de manera mesurada y convincente cómo son las cosas sólo puede asustar a quienes no querrían que todos sepamos cómo son las cosas, una minoría que está furibundamente en contra de Podemos y a la que de ninguna forma se podrá aplacar. Téngase en cuenta que explicar cómo son las cosas es algo alejado del estilo del mitin, no requiere gritos ni amenazas que parezcan preludio de una pelea. Al contrario, cuanto más dura es una realidad con más tranquila objetividad debe ser criticada, con apoyo en datos y argumentos precisos y bien expuestos (con cifras y nombres que todo el mundo entienda, por ejemplo acerca de los propietarios de cada medio de comunicación, en España y en el mundo, y de los efectos de esa propiedad en la veracidad de las informaciones, o acerca de la distribución de la riqueza en nuestro país y en el mundo, etc.). Sólo tras esa crítica se puede mostrar a toda la gente razonable dónde están las resistencias a propuestas sensatas, que abrirían la puerta a un mundo mejor.

No creo que haya algo que más miedo pueda dar a los actuales poderosos que este desenmascaramiento tranquilo y bien fundamentado, pedagogía por otra parte necesaria para combatir la actividad ideológica, exitosa, de la derecha.

La paciente tarea de esclarecimiento que llegue a la gente se ha de practicar no sólo en el Parlamento sino también en la calle, y no sólo tras las pancartas de protestas justas, sino por otros medios. Piensan algunos que Podemos debería convertirse en un “fondo de inversión” de todas las potencias sociales dispersas, transfiriendo recursos hacia proyectos de todo tipo (culturales, sindicales, feministas, ecologistas, etc.) en todos los espacios posibles, logrando crear centros de anudamiento entre las diferentes trincheras. Pienso que entre esos proyectos debería figurar como prioritario, y complementario de los demás, un equivalente a las misiones pedagógicas que Giner de los Ríos promovió en el último decenio del siglo XIX y que retomó el Gobierno provisional de la segunda República en 1931, pues para cuestiones básicas de economía y política esas misiones pedagógicas hacen ahora la misma falta que entonces para temas más elementales.

jmchamorro@jmchamorro.info

RAZONES PARA VOTAR A PODEMOS DESDE LA IZQUIERDA

Se vienen haciendo críticas a los líderes de Podemos en un intento de disuadir a quienes esperan de ese partido algo diferente y menos cutre. Suelen ser críticas malintencionadas. Otras, que menciono a continuación, pueden estar más fundadas. Si se es de una izquierda anticapitalista ¿vale la pena votar a Podemos, a pesar de estas últimas?

Críticas infundadas

No hace mucho los actuales líderes de Podemos, antes de la formación de este partido, hacían propuestas radicales, de esas que se dice que son condenables por populistas, demagógicas, antisistema e irrealizables. Ahora mitigan el radicalismo teniendo en cuenta que tal vez consigan el poder, y entonces se les acusa de ambigüedad y de disimulo. Los críticos concluyen que mientras sus antiguas proclamas prueban que son en el fondo radicales peligrosos, su actual disimulo prueba que no son de fiar.

Hay que reconocer que a veces ellos no se defienden bien. Les bastaría decir que una cosa es lo que piensan personalmente y otra lo que tienen que defender y proponer como dirigentes de Podemos. Las gentes que están detrás de Podemos no son todas anticapitalistas, aunque todas parecen descontentas de lo que hay. No es condenable la estrategia que consiste en partir del rechazo a lo que hay para sumar suficientes voluntades, a la espera de que el transcurso de los acontecimientos políticos vaya aclarando las cosas a cuantos aún creen que el capitalismo es compatible con la democracia y con el bienestar social.

Se acusa también a Podemos de haberse desideologizado (¡vaya palabra!) al no querer situarse en la izquierda, sino con los de abajo. Pero tan ideológico es arriba-abajo como derecha-izquierda. Y el cambio tiene justificación en la medida en que el término “izquierda” se ha prostituido. Por eso ya no aclara nada decir que uno es de izquierdas. ¿De qué izquierda? ¿De la socialdemocracia procapitalista del PSOE que se ha ido corriendo al neoliberalismo? ¿De la antigua izquierda comunista que se ha ido corriendo a la socialdemocracia? Se puede optar por añadir a “izquierda” algún adjetivo que aclare las cosas (por ejemplo, izquierda “anticapitalista”) o por cambiar estos rótulos por otros. La mayoría de abajo contra la minoría de arriba es una manera de expresar el pensamiento marxista que hablaba de proletariado y burguesía. No veo que sea para rasgarse las vestiduras.

Lo que sí es cierto es que las propuestas de Podemos se sitúan en el espacio de la socialdemocracia clásica, pero tampoco esto parece criticable. Cuando un partido se presenta a unas elecciones con posibilidad de conseguir algún poder político debe hacer propuestas que sean realizables, tomando en cuenta las resistencias previsibles y su fuerza.

Otras críticas son en apariencia más serias, como las hechas a Íñigo Errejón y a Juan Carlos Monedero.

A Íñigo Errejón se le ha acusado de realizar en Madrid, y no en la Universidad de Málaga, un trabajo sobre política de viviendas en Andalucía para el que fue contratado como investigador por 1825 euros brutos mensuales, que ha cobrado durante nueve meses (se desvinculó de la Universidad de Málaga el 16 de diciembre) y por haber incurrido en incompatibilidad al simultanear su trabajo con otra actividad (hizo informes para su partido relacionados con las elecciones europeas por los que cobró 6.000 euros). Por ello la Universidad de Málaga le ha abierto un expediente y propuesto la máxima sanción prevista en su régimen disciplinario: su inhabilitación para trabajar en esa universidad.

¿Es la cosa tan grave? Quien ha pertenecido a la Universidad como profesor, es mi caso, no puede por menos de sorprenderse del celo con que la Universidad de Málaga ha actuado, supongo que cediendo a la presión de los medios. Si se examinara con la misma lupa lo que hacen los restantes profesores muy pocos saldrían indemnes. Porque veamos: si Errejón tenía que hacer un trabajo sobre política de vivienda en Andalucía una de dos, o era un trabajo teórico o era un trabajo de campo. Si se trata de un trabajo de campo no se puede hacer permaneciendo en Málaga. Si es un trabajo teórico da igual hacerlo en Madrid: lo que importa es su calidad. A Errejón no se le acusa de no haber hecho el trabajo o de que sea malo. Se le acusa de no haber pedido un permiso de trámite por escrito, sino sólo de palabra. Repasen las cantidades en juego: el señor Errejón está no muy por encima del mileurista. Y la prensa no se priva de repetir en titulares que la Universidad de Málaga ha propuesto su inhabilitación, con lo que se pretende transmitir la idea de que ha cometido alguna acción muy grave.

A Juan Carlos Monedero se le acusa de haber trabajado para Venezuela, cobrar por un informe una cantidad exagerada, algo más de 400.000 euros (insinuando que esa cantidad encubre en realidad una financiación de Venezuela a Podemos) y evadir impuestos.

Con lo de Venezuela se da una lata insoportable. Pues veamos, hacer un trabajo contratado por el gobierno de Venezuela es preferible, visto desde la izquierda, a trabajar, por ejemplo, para el gobierno de Estados Unidos, máximo transgresor mundial de los derechos humanos desde la segunda guerra mundial. El problema es que esto lo podemos decir quienes no aspiramos al poder ni a ser bien tratados por los medios y las instituciones, pero no lo pueden decir los dirigentes de Podemos, que quieren evitar las represalias y su influjo en aquella parte de la población que se deja embaucar. En Venezuela hay cosas que van mal, pero no toda la culpa fue de Hugo Chávez y ahora de Nicolás Maduro. Se nos abruma con informaciones que insisten en que Venezuela es, desde que llegó Chávez, un país sin democracia ni respeto a los derechos humanos (¡ay Guantánamo!), y en cambio se da por supuesto que la derecha venezolana no actúa con tendencia al boicot económico y al golpismo, y que Estados Unidos es una democracia ejemplar que no se mete donde no le llaman. Que alguien haya mirado con simpatía el proceso iniciado por Chávez sólo revela que no pertenece al coro pagado y que tiene buen juicio.

Al crear una sociedad para reducir impuestos, Monedero ha hecho lo que tantos otros, utilizar las leyes vigentes en su beneficio. En todo caso la crítica se debería hacer a los que han promulgado esas leyes. Pero es que además, cuando el ministro Montoro siguió su costumbre de utilizar datos secretos contra sus enemigos políticos, Monedero optó por hacer una declaración complementaria y pagar según el criterio más lesivo para él, a fin de aminorar la campaña mediática que se le había echado encima. Hay que añadir que si fuera cierto lo que afirma el propio Monedero, que gasta ese dinero en financiar La Tuerka, y no en lujos personales, entonces habría que levantarle un monumento.

¿Qué entender por casta?

La conclusión que sacan los críticos es que estos dirigentes son corruptos, y que por tanto pertenecen también ellos a la casta contra la que arremeten. Pero en esta conclusión hay dos errores, porque ni estamos ante casos de corrupción, ni son los casos de corrupción los que convierten a un partido en casta.

Creo que el término “casta”, discutible como otros, puede valer en la medida en que se refiera a aquellas élites (política, mediática, intelectual, funcionarial) que medran al servicio de la élite económica, que las utiliza y las premia a cambio de ese servicio. La forma en que la élite política sirve a la económica consiste sobre todo en la elaboración de leyes y en la toma de decisiones ejecutivas.

Quiere esto decir que, aunque los actuales partidos con representación parlamentaria no tuvieran un solo caso de corrupción, seguirían siendo casta en virtud de la legislación que han ido promulgando y de la forma en que la ejecutan, siempre al servicio de los dueños y controladores del capital. Me refiero sobre todo a las leyes fiscales, a las penales, a las que regulan la propiedad, a las leyes hipotecarias y de desahucio, a las leyes laborales, etc. No legisla el parlamento. La sustancia de las leyes ha sido decidida por los servicios de estudios de la banca y las grandes multinacionales, por la patronal, las empresas de energía, los fondos de inversión especulativos y sus lobbies. Y la casta se limita a dar forma a esa sustancia en un simulacro parlamentario. Recordemos dos “detalles” entre mil: la impresionante pasividad de nuestros gobernantes a la hora de atajar la evasión fiscal, pese a que saben qué medidas, que se han negado a tomar, la dificultarían. Y la legislación que permite a los bancos quedarse con la casa hipotecada en caso de impago, poner en la calle al deudor y además mantenerlo como deudor.

Que el PP pertenezca a la casta no requiere explicación, pues no en vano representa los intereses de la élite económica. Los partidos de derecha-derecha (esos que prefieren llamarse de centro) son casta por naturaleza y, por decirlo de alguna forma, les va la marcha. En cambio requiere explicación la pertenencia a la casta, en distintos grados, del PSOE e IU.

El PSOE dio el primer paso ya antes de llegar al poder, cuando, para conseguir el imprescindible apoyo de Alemania y Estados Unidos, Felipe González hizo que su partido abandonara el marxismo y se hiciera explícitamente procapitalista. Dio los pasos siguientes por su dependencia de la Banca que le ha financiado sus campañas electorales y que no le exige la devolución de los créditos, y por el uso que han hecho sus dirigentes de las puertas giratorias. Que el PSOE es casta se muestra en la legislación que ha promulgado (y en la que no ha derogado pudiendo hacerlo) desde la Transición, en su benevolencia con la evasión fiscal y con los tejemanejes de la banca, las eléctricas y los grandes oligopolios, en la tendencia privatizadora, en la actuación al son que tocan los medios privados, en la dócil aceptación de las imposiciones de la troika, etc. A IU le ha perdido la herencia del eurocomunismo (defensor, con celo de converso, de las democracias existentes) y también la petición de créditos con los que se ha dejado atrapar por la banca, y por tanto amordazar y atar de pies y manos. Su pertenencia a la casta se muestra en su aceptación (o en su escasa resistencia y falta de denuncia) de la legislación y la política que realizaban los otros dos y que constituye el entramado legal que apresa a la población. Claro que el PSOE e IU no pertenecen a la casta en igual grado: por ejemplo, el PSOE andaluz se ha negado a secundar la propuesta de IU de crear un banco público que pueda entrar en competencia con la banca privada.

Desde este punto de vista, decir que Podemos pertenece a la casta es una sandez, primero porque se aduce una falsa razón, la corrupción de sus líderes (que encima es por ahora inexistente), y sobre todo porque ellos no han tenido todavía oportunidad de mostrar por dónde van sus actos legislativos y ejecutivos.

Críticas razonables

Dejando atrás estas críticas injustas, hay otras que Podemos debería considerar.

Una es que no hay en los Estatutos de Podemos algo seguramente necesario para prevenir que sus dirigentes acaben convertidos en casta. Me refiero a un límite de tiempo a los cargos públicos o de partido que cualquier miembro de Podemos pueda ocupar, de forma que, ejercido un cargo, se sea ya inelegible para cualquiera otro. A falta de esta medida precautoria, es probable que acabe ocurriendo lo de siempre: que aunque en Podemos los cargos sean elegidos democráticamente por las bases, estas tiendan a reelegir a los que parezcan más aptos para el éxito electoral, esto es, a los mejores comunicadores, que se consolidarán como una clase política cuya valía se medirá por su capacidad para conservar el poder, no importan las concesiones que haya que hacer a los de siempre. Para no ser casta hay que estar dispuestos a actuar con justicia aun a costa de perder el poder (y dispuestos a contar a todo el mundo por qué se perdió). Nada mejor para ello que no tener dirigentes que hagan de la actividad política una forma profesional de vida, saltando de cargo en cargo.

Se les puede también criticar que en algunos momentos son excesivamente ambiguos para no asustar a la opinión mayoritaria promovida por los medios, como si eso fuera a servirles de algo.

Por poner un ejemplo: en su réplica al debate sobre el estado de la nación del pasado febrero, Pablo Iglesias afirmó: “Sabemos que necesitamos a los ricos, pero les vamos a pedir responsabilidad”. Creo que podría muy bien haber dicho: “Sabemos que, por más que la extrema desigualdad que el capitalismo provoca nos repugne moralmente, dentro del sistema capitalista, del que por ahora no podemos salir, el papel de los ricos es necesario en el capítulo de inversiones, pero les vamos a pedir responsabilidad”. Lo que él dijo implica que toda sociedad necesita que haya ricos, y esto no es cierto y contradice la oposición de los de arriba y los de abajo que Podemos usa como eslogan.

Un segundo ejemplo: en una muy citada entrevista Pablo Iglesias aceptó el papel de alumno que intenta ganarse la benevolencia de la profesora severa (Ana Pastor), para sacar el aprobado. Pastor echó mano de un antiguo vídeo en el que Iglesias afirmaba que la existencia de medios de comunicación privados ataca a la libertad de expresión. Segura de haberlo pillado en delito de antidemocracia, la periodista comentó, melodramática, que esa es una afirmación tremenda, y preguntó al entrevistado si Podemos pretende imitar las “leyes mordaza” de Venezuela. ¿Por qué perdió Iglesias la ocasión de dar una lección a la profesora impertinente insistiendo en algo obvio que ella debería saber? Pudo muy bien decirle que la libertad de expresión exige que los medios sean públicos y estén bajo control social, lo cual no es mordaza alguna. Ponen mordazas tanto los medios públicos controlados por los gobiernos como los medios privados, estos sin responder ante nadie. Por ello tanto unos como otros atacan la libertad de expresión. Iglesias no se atrevió y fue tanto peor para él, porque quedó como un alumno que duda al recitar la lección.

Ya he dicho en otro momento que es posible complementar las propuestas realistas (de corte socialdemócrata) con un discurso anticapitalista de índole pedagógica. Que las propuestas se queden en el nivel de la socialdemocracia no quiere decir que el discurso haya de ser socialdemócrata.

¿Vale más la socialdemocracia de Podemos que la de IU?

Hechas estas críticas vayamos al fondo del asunto. Si las propuestas de Podemos están en el rango de la socialdemocracia ¿por qué votar precisamente a ese partido desde una ideología anticapitalista?

Hasta ahora, en los últimos años, mucha gente de izquierdas ha tenido que votar no por razones políticas, sino estéticas. No esperaban nada de la llamada izquierda, pero votaban a IU o al PSOE sólo con la esperanza de no tener que soportar la “fealdad” extrema de los gobernantes del PP.

Ahora la socialdemocracia de Podemos tiene, a mi juicio, dos ventajas respecto a otras, dos ventajas que permiten votar por razones políticas:

a) La conexión directa con la gente y el uso de la democracia interna, con la posibilidad de que los cargos elegidos puedan ser revocados.

b) El compromiso expreso de no pedir dinero prestado a la banca, financiarse con pequeñas aportaciones de los simpatizantes y total transparencia respecto a la financiación del partido y a los ingresos de sus dirigentes.

No es poca cosa que, por primera vez desde la Transición, tenga en España posibilidades de gobernar un partido que no está previamente controlado por el poder económico. Lo que Podemos pueda hacer con esa libertad está por ver, pero para comprobar si valió la pena hay que darles antes una oportunidad.

Concurren a las elecciones andaluzas otros grupos de izquierda anticapitalista (por ejemplo la agrupación electoral Recortes Cero) que disponen de la misma libertad, pero que no parecen tener fuerza suficiente para convertir los votos en diputados. Es una pena que no concurran juntos todos los grupos que se colocan a la izquierda del PSOE.