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FEMINISMOS Y TEORÍAS FEMINISTAS (II): LA FILOSOFÍA POSMODERNA Y LAS TEORÍAS DE GÉNERO y QUEER

Hay una polémica reciente, muy encendida, que tomo como introducción al tema de que me voy a ocupar.

La comunidad trans ha venido contando con el apoyo de las agrupaciones feministas y también del gobierno del PSOE, por cuya iniciativa la ley 3/2007 permite el cambio de sexo en el registro civil a mayores de 18 años si un informe clínico diagnostica la disforia de género (disonancia entre el sexo biológico y la identidad sexual sentida) y el solicitante ha sido tratado médicamente durante al menos dos años (con exigencia de hormonación, aunque no de cirugía de reasignación sexual).

El caso es que los grupos queer no están satisfechos con lo conseguido y quieren que baste la petición personal de un niño o un adulto para que el registro civil altere la asignación de sexo. De manera que se puede ser oficialmente hoy hombre, mañana mujer y otra vez hombre, con los efectos sociales que de ello se siguen y que estarían originados, en perjuicio de terceros, por una sola voluntad individual. El colectivo queer afirma que exigir condiciones, como el informe de un psicólogo o la prueba de que ha habido un proceso de hormonación previa, es patologizar a la persona trans e impedir su autoasignación.

El PSOE, lo mismo que Unidas Podemos en las propuestas de Ley Trans de 2018 y de LGTBI de 2017, se había plegado a estas exigencias y pasó a defender que es suficiente para la alteración del registro una declaración que deje acreditada la voluntad del solicitante. Pero más tarde ha reconsiderado el asunto y ha enviado desde Ferraz a sus cargos orgánicos un argumentario en el que se opone a que los sentimientos de una persona tengan “automáticamente efectos jurídicos plenos”, exigiendo ahora una “situación estable de transexualidad”, con lo que se vuelve a la ley 3/2007 impulsada por Zapatero.

La decisión se argumenta apelando a las consecuencias de la autoasignación de sexo: afectaría a las estadísticas, que se desagregan por sexos para saber si hay discriminación, desigualdad laboral o social, feminización de la pobreza y techo de cristal; sería por otra parte un ataque a la ley de violencia de género, pues un hombre maltratador podría declarar que se siente mujer para no ser juzgado por este delito; los efectos jurídicos automáticos podrían además afectar a las políticas de paridad y de representación equilibrada de las mujeres e impactar en recursos y servicios como casas de acogida.

Cabe añadir que la no discriminación en el deporte que exigen las personas trans podría llevar a que jugadores de fútbol, tras declararse mujeres, pretendieran entrar en un equipo femenino y consideraran una agresión a los derechos humanos que las normas federativas lo impidieran.

La reacción de miembros del colectivo trans ha llenado estos días muchas páginas. Baste citar la de Patricia Reguero en el diario El Salto, la de Ruth Toledano en eldiario.com, o la de la Fundación Triángulo y la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Trans y Bisexuales (FELGTB), esta última recordando que la autodeterminación de género de las personas trans ha sido exigida por varios organismos internacionales, entre ellos Amnistía Internacional o el Consejo de Europa, así como la propia Organización Mundial de la Salud (OMS) que despatologizó la transexualidad en 2018.

Sus comentarios son semejantes a los de la diputada de la Asamblea de Madrid, Carla Antonelli, que en una entrevista publicada en Público el 21 de junio, acusa al PSOE y al Partido Feminista de España (PFE) de transfobia y de delito de odio, así como de usar “la misma estrategia que utiliza la extrema derecha y el machismo recalcitrante para desvirtuar todos los logros que hemos conseguido las mujeres”.

El PFE ha respondido que Antonelli falsea datos al afirmar que la OMS ha retirado del catálogo de patologías la disforia de género, pues se ha limitado en 2019 a reemplazar el diagnóstico de “disforia de género” por el de ‘incongruencia de género’, que en una nueva edición de su guía ‘Clasificación Estadística Internacional de Enfermedades y Problemas Relacionados con la Salud’ queda definida como una condición relacionada con la salud sexual de una persona, en lugar de un trastorno mental y de comportamiento.

Añade el PFE que es además una calumnia acusarle de tránsfobo, pues aparte de que su presidenta Lidia Falcón defendió a homosexuales, lesbianas y transexuales ante los tribunales franquistas con riesgo de ser ella misma perseguida, en el programa del PFE se pide la financiación pública de los tratamientos hormonales y la cirugía de reasignación de sexo, y por otra parte el Partido Feminista tiene entre sus afiliadas a mujeres reasignadas que se muestran enormemente disgustadas con la propuesta de Ley Trans de 2018 y la de LGTBI de 2017. Una cosa, dice el PFE, es la transexualidad, cuyas opciones se aceptan legalmente desde la Ley de 2007, y otra la “autodeterminación de género” que pretende aprobar Unidas Podemos como ley Trans, constructo lingüístico que no significa nada y que permite a cualquier persona cambiar de sexo por su sola declaración.

Finalmente, el PFE se muestra absolutamente contrario a que los menores, a quienes la ley les impide comprar una casa, vivir independientes, contratar, tener cuenta bancaria y votar, puedan sin embargo decidir su cambio de sexo y sean inscritos como tales por su sola voluntad, y que incluso puedan someterse a bloqueadores de hormonas desde el comienzo de la pubertad y posteriormente a cirugía reasignativa.

Hasta aquí una reseña de la última polémica. Pasemos a considerar las teorías implicadas.

Los orígenes filosóficos de los feminismos posmodernos

Han proliferado teorías feministas que, desdeñando los términos sexo, hombre, mujer, machismo, dominación, explotación e ideología, utilizan “género” con distintos añadidos bajo el supuesto de que el sexo es una construcción social, o incluso individual, como llega a decir la doctrina queer.

No puede entenderse bien el trasfondo de estas teorías si no se retrocede en busca de sus inspiraciones, y tenemos para ello que ir a la filosofía que imperó desde los años 20 a los 70 del pasado siglo en el ámbito anglosajón, la llamada filosofía analítica o positivismo lógico.

Esta filosofía había surgido en el llamado Círculo de Viena, formado por filósofos, lógicos, matemáticos y científicos, y aunque nació en el continente europeo se considera de tradición anglosajona porque se situó en el ámbito del empirismo inglés, sus miembros militaban contra las ideas metafísicas típicas de la tradición continental y el ascenso del nazismo hizo que algunos de sus miembros emigraran a EE UU, donde esta filosofía tuvo su mayor desarrollo.

Se trata de una filosofía positivista (es decir, que entiende que el método científico debe emplearse en todas las cuestiones cognoscibles, sean naturales o sociales), y sus principios básicos iniciales eran éstos (que aclaro con ejemplos inspirados en el actual contexto):

-Los hechos son independientes de la teoría y previos a ella. Los hombres y las mujeres son hechos del mundo preexistentes a cualquier teoría sobre hombres y mujeres.

-A cada hecho del mundo corresponde una oración del lenguaje. Por ejemplo, al hecho del mundo consistente en que Pedro afirma que es una mujer corresponde la oración “Pedro afirma que es una mujer”.

-Cada oración es significativa sólo si es susceptible de someterse a un proceso de verificación (aunque resulte de ese proceso que es falsa). La oración “Pedro es una mujer” es verificable y resulta falsa porque Pedro no es una mujer, pero en todo caso es una oración con significado. En cambio “Dios ha creado el mundo” no puede ser verificada y por tanto es un sinsentido.

-Las leyes científicas se inducen a partir de observaciones de hechos.

De estos principios se seguía que al no versar sobre objetos observables quedaban condenadas como sinsentidos no sólo las proposiciones de la teología y de la metafísica (“el infinito es perfecto”) sino también las afirmaciones sobre la mente (por ejemplo, las del psicoanálisis). La única psicología aceptable era para estos filósofos el conductismo, que se limita a poner en relación estímulos observables con respuestas observables.

Pensaban estos filósofos que para hablar de la realidad está la ciencia. Pero entonces ¿a qué se dedicaba la filosofía analítica si se abstenía de hablar de la realidad? Se limitaba al análisis lógico del lenguaje.

Naturalmente los choques de estos filósofos con los restantes eran continuos. Recuerdo esos enfrentamientos en la Universidad Autónoma de Madrid cada vez que los filósofos analíticos pedían a los marxistas que definieran con precisión las relaciones entre estructura y superestructura o cuando pedían a los metafísicos que definieran con precisión cualquiera de los términos que empleaban. El grado de exasperación a que llegaban estas discusiones lo refleja el hecho de que el ancho de la mesa que los separaba impidió en ocasiones que los discutidores llegaran a las manos.

El rigor lógico de la filosofía analítica en el uso del lenguaje era tan grande y su forma de argumentar tan poderosa que sus contrarios no sabían plantar batalla. Ocurrió por ello que las críticas fuertes al positivismo lógico no provinieron de sus enemigos, sino que se fueron fraguando desde dentro, fueron autocríticas. Examinándolas es fácil comprobar cómo se generaron las ideas básicas de algunas teorías feministas actuales.

La autocrítica del positivismo lógico

En un artículo muy discutido de 1951 (Dos dogmas del empirismo) W.O. Quine criticó la idea de que las afirmaciones observacionales son verificables de una en una, pues cada afirmación sólo adquiere verdad o falsedad inserta en una teoría y por relación con ella. En consecuencia no son las oraciones individuales, sino las teorías las que resultan verificadas o falsadas. No se puede verificar “Pedro es una mujer” sin insertar esta afirmación en una teoría que defina qué es un hombre y qué una mujer, qué es Pedro, etc.

Más tarde N.R. Hanson puso en cuestión la independencia de los hechos respecto a la teoría cuando defendió en una obra de 1958 (Patrones de descubrimiento) que toda observación lleva una carga teórica y que por ello T. Brahe y J. Kepler no veían lo mismo cuando observaban el movimiento del sol en el firmamento, pues era diferente la carga teórica que cada uno adosaba a su observación: Brahe una teoría geocéntrica, Kepler una teoría heliocéntrica.

Luego el debate suscitado por Kuhn, Popper, Lakatos y Feyerabend acerca de la historia de la Física moderna dejó claro que es posible teorizar sobre objetos no directamente observables (entidades que están por encima o por debajo de las dimensiones observables o que sólo pueden manifestarse en sus efectos, tales como la fuerza gravitacional, los campos magnéticos, los neutrinos, los agujeros negros, las cuerdas, etc.), los cuales sólo empiezan a contar, a tener realidad, cuando la teoría los afirma. Esta constatación dejó dañada la concepción inductivista de la ciencia (la tesis de que todas las leyes científicas han de ser inducidas a partir de observaciones de hechos).

A su vez, la autocrítica a la idea de que sólo tienen significado las oraciones verificables llegó cuando Wittgenstein, arrepentido de lo que había dicho en su primera etapa, afirmó que el significado de las expresiones no es unívoco y ligado a la verificación, sino que depende del uso del lenguaje y que, habiendo numerosos juegos de lenguaje, la misma expresión puede dar lugar a una pluralidad de experiencias significativas.

Siguendo este camino, J.L. Austin, en una obra de título revelador (De cómo hacer cosas con palabras) hizo notar que cuando se emplean ciertos verbos en primera persona del presente de indicativo, como “Yo os declaro marido y mujer”, “Yo te bautizo”, “Yo te prometo que acabaré la obra el próximo mes”, si la expresión ha sido pronunciada por la persona adecuada y en el contexto adecuado, se ha hecho una cosa con las palabras: que alguien quede bautizado, que una pareja se convierta en matrimonio, que alguien quede obligado por lo que prometió.

De manera que el lenguaje no sólo tiene el significado cognitivo que se sigue de la verificación, sino otros muchos. Y además una fuerza a la que se viene llamando performativa.

La exageración intencionada

La autocrítica era hasta aquí más o menos razonable y aprovechable, sobre todo porque obligaba a explorar nuevas líneas de pensamiento.

Pero en seguida se produjo una exageración. De la idea de que hay hechos dependientes de las teorías se pasó a la idea de que los hechos (todos los hechos) son dependientes de las teorías. Y de aquí sólo había un paso a decir que todos los hechos son fabricados por la teoría y que, por tanto, no existen fuera de ella.

Pero si es la teoría la que fabrica los hechos, hay que concluir que cada teoría fabrica las condiciones mismas de su verificación, de manera que la verdad es siempre interior a un sistema teórico. En consecuencia, los sistemas teóricos (y lo mismo las concepciones del mundo, las culturas) son entre sí incomparables (no hay hechos independientes con los que contrastarlos). Así que no se puede asegurar que una teoría cualquiera sea más verdadera que otra (en definitiva, que valga más que otra en el aspecto cognitivo). Puede haber por tanto teorías incompatibles y ser todas ellas igualmente verdaderas. Por la misma razón, desde una cultura no se puede juzgar a otra: las prácticas ajenas que a los miembros de una cultura les parecen inaceptables hay que mirarlos según los significados de la cultura en que se producen. Aplicando esta doctrina al burka, a la ablación o al matrimonio infantil: son elementos de una cultura que no se pueden valorar ni criticar desde otras.

Una crítica a la concepción constructivista del conocimiento

Cuando Hanson dijo que Brahe y Kepler veían cosas distintas al mirar al sol se equivocaba. Ambos veían lo mismo, el desplazamiento del sol por el firmamento. A ese movimiento se lo puede considerar un hecho bruto.

Otra cosa es la interpretación de ese hecho bruto, sea como efecto del movimiento del sol en torno a la tierra, sea como efecto del movimiento de la tierra en torno al sol. Esta interpretación depende de la teoría en que el hecho se integre. Pero el hecho es previo e independiente a cualquier interpretación.

De manera que, aunque es cierto que el científico tiene libertad para postular realidades directamente inobservables (realidades que, por tanto, dependen de las teorías que las postulan) también es cierto que hay hechos brutos que vienen dados con independencia de toda teoría y que son por ello transteóricos.

Muchos de ellos son previos a cualquier lenguaje, pues el niño aprende el lenguaje relacionando dos tipos de percepciones: las de los sonidos de la lengua y las de los objetos a que esos sonidos se refieren. Pero esos objetos no son fabricados por teoría alguna, que el niño aún no tiene, sino por su aparato perceptivo innato.

De ahí que individuos de todas las razas, épocas y culturas, con independencia de en qué modelos culturales integren sus percepciones, coinciden al discriminar el animal adulto y la cría, los alimentos y el agua, los rasgos sexuales de sus semejantes, el nacimiento y la muerte.

Incluso podemos considerar que son también hechos brutos, aunque de naturaleza sociológica, la cantidad de dinero que la mujer percibe como salario, comparable con la cantidad de dinero que recibe el hombre por trabajo semejante. O el número de horas que dedica una mujer a tareas del hogar por comparación con las que dedica su pareja masculina. O la mayor fuerza corporal del hombre como condición necesaria de una agresión machista. O el distinto nivel de riesgo que corren mujer y hombre si caminan de noche por una calle solitaria.

Podemos entonces admitir que cada teoría tiene sus verdades, pero añadiendo que éstas son comparables por su grado de objetividad, grado que se mide por su mayor o menor eficacia predictiva. Y son precisamente hechos brutos los que funcionan como tribunal en el que dirimir la eficacia predictiva, hechos como que alguien postrado en el lecho recupera su salud, que el cohete despega y se pierde de vista en el espacio, que señales lejanas se captan en un aparato receptor convertidas en palabras e imágenes, que en los hijos no se reproduce la enfermedad hereditaria de los padres, etc.

Es evidente que el mayor rango de objetividad lo tienen las verdades científicas y el menor las teológicas. Por ello en una pandemia es razonable escuchar a los cientificos y no a curanderos u obispos.

El sexo, es decir, la propiedad biológica por la que alguien es mujer u hombre, es un hecho bruto que no depende de teoría alguna y que está ahí como dato previo para cualquier teorización sobre mujeres y hombres.

Contra la ciencia y contra el marxismo

Siendo tan peregrina y tan contraria a estas evidencias la filosofía posmoderna, ¿cómo es posible que fuera aceptada y aplaudida? Pues, sencillamente, porque servía para devaluar tanto a la ciencia como al marxismo.

Si la verdad depende del punto de vista, no se puede asegurar que las verdades de la ciencia sean superiores a las de la teología, la metafísica o la astrología. Y lo mismo se puede decir del marxismo. Tiene sus verdades, pero no superiores a las de la teoría social de la iglesia católica o a las del neoliberalismo.

Parece comprensible que los metafísicos recibieran de muy buena gana la devaluación de la ciencia, su principal enemiga. Pero es difícil entender que recibieran esa devaluación con el mismo entusiasmo filósofos que habían venido militando en el positivismo. Se explica sin embargo si se tiene en cuenta que en el espacio anglosajón muchos filósofos se habían adherido a los principios positivistas porque no se atrevían a enfrentarse al paradigma dominante, pero en el fondo de sí mismos muy a disgusto. Eran secretamente dualistas (concebían al humano como compuesto de cuerpo y alma) y por tanto eran secretamente antipositivistas (creían que la ciencia, puesto que se ocupa sólo de procesos y relaciones materiales, no puede ocuparse de lo más profundamente humano, el alma y sus estados). Por eso recibieron con alborozo la crítica que destrozaba el edificio en que se habían visto obligados a vivir durante más de tres décadas.

P.K. Feyerabend, por ejemplo, que había sido inicialmente seguidor de las tesis del positivismo lógico y discípulo de Popper, abrazó en Adiós a la Razón ideas claramente irracionalistas y llegó a defender que no se pueden despreciar como inútiles sistemas de creencias como la astrología, la parapsicología o la medicina alternativa, a los que atribuyó un estatus equiparable al de la ciencia. En su papel de enfant terrible de la filosofía (frívolo dadaísta, dijo de sí mismo) proclamó su célebre lema Anything goes (Todo vale).

Algo parecido se puede decir del alivio con que recibieron la devaluación del marxismo todos los filósofos conservadores, pero también los que se habían adherido al marxismo obligados por circunstancias políticas (como los de la Escuela de Francfort) o por impulsos de la juventud (como algunos miembros de la filosofía parisina). Foucault por ejemplo, inspirador de la teoría queer, fue alumno de Louis Althusser y anduvo cercano al Partido Comunista Francés. Pero consideraba compatible la teoría marxista, que no conocía muy bien, con Nietzsche o Bataille. En seguida pensó que el “hipermarxismo” era contraproducente, por lo que puso en juego un concepto de poder que no tenía que ver con la clase dominante, “una trama de poder microscópico, capilar” socialmente distribuida. La lucha de clases quedaba así sustituida por lucha de cada uno contra todos los demás. No es de extrañar que Sartre le viera como “el último bastión de la burguesía”.

Por su parte Lyotard, basándose en la noción “juegos de lenguaje” de Wittgenstein, propuso una “incredulidad hacia las metanarrativas”, es decir, hacia las grandes teorías sobre el mundo, como el marxismo, frente a las que opuso, como esencia del pensamiento posmoderno, una abundancia de micronarrativas.

La tarea de desacreditar la teoría marxista fue muy premiada por el sistema. Estos filósofos obtuvieron cátedras, altas posiciones en la universidad, publicaciones sin tasa y críticas laudatorias que transformaron obras mediocres en cumbres del pensamiento occidental.

Unidos en un propósito común, analíticos y metafísicos empezaron en seguida a tomarse en serio mutuamente, algo que poco antes parecía impensable, y elaboraron una jerga impenetrable mezclando conceptos de Austin, Searle y el segundo Wittgenstein con los de Freud, Nietszche, Husserl. Heidegger, Kierkegaard y Sartre.

La filosofía oscura

Disfrazar la propuesta posmoderna con una maraña de términos sin significado preciso ha sido provechoso para estos filósofos, porque son muchos los que tienden a pensar que si no entienden un libro prestigioso es por su exceso de profundidad. A lo largo de muchos años como profesor en una Facultad de Filosofía, he tropezado con seguidores de Lacan que no podían demostrar que hubieran entendido a Lacán, seguidores de Derrida que no podían demostrar que hubieran entendido a Derrida, etc., lo que no va en desdoro de su capacidad lectora. Sólo cabe preguntar ¿por qué se decían seguidores de autores a los que no entendían?

Es revelador de esa oscuridad que Foucault haya sido tomado como anarquista, izquierdista, marxista manifiesto o disimulado, nihilista, antimarxista explícito o secreto, tecnócrata al servicio del gaullismo, neoliberal, etc., y es también significativo que él se haya sentido satisfecho de producir tan diversas interpretaciones.

Noam Chomsky cuenta (en La arquitectura del lenguaje) que conoció a Lacan personalmente y nunca entendió una sola palabra de todo lo que decía, crítica que extendió a Derrida. El mismo Lacan aceptaba que se le describiera como «el Góngora del psicoanálisis», porque usaba juegos de palabras, homofonías, equívocos, o inventaba, deformaba o fusionaba palabras conocidas. Pero lo peor es que estos filósofos, para hacer pasar su oscuridad por rigor extremo, utilizaban la lógica fregeana, modelos matemáticos, estructuras algebraicas, topologías de nudos o matemas y toda jerga científica que se les pusiera a tiro.

Para desenmascarar este tipo de impostura A. Sokal, profesor de física en la Universidad de Nueva York, envió en 1996 un artículo pseudocientífico a la revista postmoderna de estudios culturales Social Text, de la Universidad de Duke, con este título: «La transgresión de las fronteras: hacia una hermenéutica transformativa de la gravedad cuántica», en el que sostenía la desternillante tesis de que la gravedad cuántica es un constructo social; es decir, que la gravedad existe solamente porque la sociedad se comporta como si existiera, y que por tanto si no creyéramos en ella no nos afectaría. Pues bien, tal artículo fue publicado, lo que produjo un gran escándalo cuando se supo quién lo había elaborado y para qué.

Un año más tarde A. Sokal y J. Bricmont publicaron Imposturas intelectuales para demostrar que determinados intelectuales «posmodernos», como Lacan, Kristeva, Baudrillard y Deleuze, utilizaban fuera de contexto conceptos provenientes de las ciencias físico-matemáticas y los mezclaban con lenguaje pseudocientífico sin dar la menor justificación conceptual o empírica, ofuscando a sus lectores con palabras «sabias» sin preocuparse por su pertinencia o sentido, y negando la importancia de la verdad.

Catón el Viejo se admiraba de cómo un haruspex podía mirar a otro sin reírse. Cambiando harúspices por filósofos oscuros tenemos una buena razón para renovar aquella admiración.

La influencia del pensamiento posmoderno en el feminismo

Es tarea enojosa y desquiciante entrar en el maremagnum de escritos feministas inspirados en los conceptos oscuros y conservadores del pensamiento posmoderno.

Voy por ello a fijarme solamente en dos consecuencias de esa influencia: la sustitución de los términos sexo, hombre, mujer e ideología por el término género en distintas combinaciones; y la doctrina queer.

Es razonable que las feministas se opongan a la tesis de que las características biológicas de cada sexo determinan los papeles subordinados de las mujeres. Pero para oponerse a ese falso determinismo biológico es insensato negar los hechos biológicos. Tras aceptar que hay sexos y diferencias biológicas entre hombres y mujeres, se puede demostrar que ninguna de esas diferencias determina o justifica la subordinación de las mujeres ni el agravamiento de las condiciones de doble explotación que padecen muchas de ellas.

Pero no es este el camino seguido por el feminismo posmoderno.

Simone de Beauvoir escribió en El segundo sexo: “No se nace mujer: se llega a serlo. Ningún destino biológico, físico o económico define la figura que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; la civilización en conjunto es quien elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado al que se califica como femenino. Sólo la mediación de un ajeno puede constituir a un individuo como un Otro.”

Se trata de una formulación resultona, y por ello ha sido tantas veces citada, pero en su mayor parte vacía. La mediación de un ajeno, la constitución de un individuo como un Otro, el producto intermedio entre el macho y el castrado… palabras, palabras, palabras…

Se nace niña y a través de un proceso biológico se va pasando de la niñez a la pubertad, a la edad madura y a la vejez, no importa cultura, ideología o clase social. Más acertado sería decir que se nace animal, y que la cría humana se va convirtiendo en persona conforme adquiere el lenguaje de su grupo, adquisición que proporciona un concepto de yo y de otros, ideas sobre el propio sexo y el otro sexo, ideas acerca de papeles sexuales correctos e incorrectos, etc. Estas ideas no eliminan los hechos, sólo los interpretan, y en gran medida dependen de la estructura económico-política de la sociedad y de la ideología que la legitima.

La persistencia del sexo a través de los distintos niveles de realidad (biológico, psicológico y social) es abrumadoramente evidente: el embarazo y la maternidad influyen en la contratación laboral y en el progreso profesional de las mujeres; la menor fuerza corporal de la mujer es condición para el maltrato machista y la violación, esa menor fuerza física es la que determina que haya deporte masculino y deporte femenino, etc., etc.

Sin embargo el feminismo posmoderno afirma que el sexo es un dato que sólo vale en biología, por cuya teoría es creado, pero que el sexo biológico no es un hecho básico, ni siquiera importante, ni siquiera existente en el nivel sociológico, donde lo que importa es la conceptualización social, la fabricación cultural de géneros con roles específicos. De manera que se pasa a hablar de identidad de género, rol de género, simbolismo de género, binarismo de género, violencia de género, perspectiva de género…

Esto conduce a que una feminista, para expresar que se siente discriminada por ser mujer, diga por radio que se siente discriminada por razón de género, o que otra feminista, mientras utiliza la palabra “masculinidad” para hablar de la masculinidad, en cambio utilice “identidad de género” para hablar de la feminidad en el mismo párrafo, o que otras feministas digan que «ser trans no es una disidencia, es una identidad», y que se queden tan contentas, como si estuvieran por encima del lenguaje común y ello les diera una buena sensación.

Como es de esperar, dada una definición de “género” (digamos «roles socialmente construidos, comportamientos, actividades y atributos que una sociedad considera como apropiados para hombres y mujeres») no queda claro qué significa, por ejemplo, “violencia de género”. En buena lógica debería significar que el papel apropiado que la sociedad asigna al hombre es la violencia sobre la mujer. Pero ¿acaso son todos los hombres violentos con las mujeres? O bien podría significar que hay formas de violencia que la sociedad considera apropiadas para la mujer y otras apropiadas para el hombre. Pero entonces la expresión “violencia de género” se refiere tanto a la que ejercen mujeres sobre hombres como a la que ejercen hombres sobre mujeres, y por tanto es una expresión que va muy bien a la ideología de Vox. Sin embargo las feministas que hablan de violencia de género no se refieren a la que puedan ejercer mujeres sobre hombres, sino sólo a la socialmente preocupante, que es la que ejercen algunos hombres (machistas) sobre mujeres. Por tanto la expresión adecuada no es violencia de género sino “violencia machista”.

A su vez la expresión “perspectiva de género” debería referirse a la que considera la realidad desde los papeles y comportamientos de mujeres y hombres, pero la expresión se utiliza para examinar la discriminación de las mujeres desde la perspectiva de sus intereses. Por tanto la expresión correcta no es “perspectiva de género”, sino perspectiva femenina o feminista. Etc., etc.

La doctrina queer

La deriva posmoderna llega a su límite con la teoría queer, influida, calculen ustedes, por el postestructuralismo, el psicoanálisis de Lacan, el deconstructivismo de Derrida y la idea de performatividad, pero sobre todo por Foucault, que en su Historia de la Sexualidad afirma cosas como que el secreto del sexo no reside en esa realidad básica en la que se sitúan todas las incitaciones a hablar de sexo, fábula indispensable para la economía eternamente proliferante del discurso del sexo, bla, bla, bla, etc., etc.

Inspirándose en un concepto de performatividad sacado de contexto, Judith Butler dice que, del mismo modo que ciertas palabras tienen el poder de crear realidad (en contextos autorizados), nuestros comportamientos y acciones tienen el poder de construir la realidad de nuestros cuerpos. Y aunque los entornos sociales y culturales tienen efecto sobre nosotros, lo importante al final no es tanto la narrativa social cuanto las “narrativas” subjetivas. De forma que el sexo viene construido por la decisión particular de un niño o un adulto, que, a partir de repeticiones regulares y de actuar como un determinado sexo, desarrollan sexos que les son integrados. Esta es la razón de por qué nuestros cuerpos humanos no son ni macho ni hembra (o algo diferente), sino un total desconocido que no puede existir independientemente de nuestras ideas sobre él.

¿Cómo puede tener credibilidad un discurso de ligereza tan gratuita? Pues la tiene y de esa ligereza viene el concepto de “sexo sentido”, utilizado como si aludiera a algo cuando es en realidad un concepto vacío. ¿Qué es sentirse hombre o sentirse mujer?

Para responder a esta pregunta deberíamos tener claro el significado de los términos “sexo”, “hombre” y “mujer”, pero esto es algo que no interesa al pensamiento posmoderno, acostumbrado a utilizar los términos con una laxitud que les permite alterar a conveniencia el significado en cada contexto.

Si nos ponemos a indagar llegaremos a la conclusión de que el único criterio comúnmente utilizado en todos los tiempos y culturas es el biológico, y ello por la sencilla razón de que no hay otro. Se dice “ha nacido un niño” o “ha nacido una niña” en virtud de caracteres observables que están referidos al hecho fundamental de la reproducción, esto es, al sexo biológico. Y esa asignación inicial de sexo se sostiene a lo largo de la vida de las personas. Hasta la llegada del pensamiento posmoderno, por más que incluso la mayoría de las personas trans definen su “sexo sentido” por las características biológicas que quieren imitar mediante hormonas y cirugía.

El criterio biológico hace que el sexo, como hecho bruto, sea por completo independiente de nuestras narrativas subjetivas, de nuestros sentimientos y de nuestras acciones repetidas.

Cierto que la persona trans que ni se hormona ni recurre a la cirugía puede decir que su “sentirse mujer” no tiene que ver con características biológicas.

Pero entonces, si su concepto de mujer no se refiere a propiedades fisiológicas ha de referirse a propiedades mentales. ¿Y qué propiedades mentales distinguen al hombre de la mujer? Precisamente un principio del feminismo es que ninguna característica intelectual o afectiva independiente del aprendizaje distingue a mujeres de hombres. Ni siquiera podemos decir que las mujeres se caracterizan por su orientación hacia los hombres y al contrario, pues en tal caso tendríamos que considerar mujer al hombre gay y hombre a la mujer lesbiana.

Cierto que cabe hablar de hombres castrados y de hombres y mujeres estériles, pero siempre por referencia a los modelos biológicos de mujer y hombre. Nunca diríamos que un hombre castrado es una mujer, ni que una mujer estéril es un hombre.

¿En qué puede consistir entonces el “sexo sentido”? Hay sin duda innumerables maneras de sentirse mujer o de sentirse hombre y todas ellas pertenecen al interior mental de cada cual, pero sin duda no se puede sentir mujer de la misma manera la prostituta que la monja, la adolescente que la anciana, la que vive en la pobreza que la que se sirve de empleadas del hogar y es adicta a moda, joyas y cosmética. El otro día una contertulia de la SER confesó a Angels Barceló que estaba contenta por haberse puesto al fin zapatos de tacón tras el largo confinamiento, y las mujeres presentes estuvieron de acuerdo en que los zapatos de tacón empoderan a las mujeres. Ese verbo se utiliza mucho. Se ha dicho también que la minifalda empoderó a la mujer. He ahí una manera de sentirse mujeres que sin duda no es universal.

Las innumerables maneras de sentirse mujer u hombre sólo tienen una cosa en común: la forma en que las particularidades de la realidad corporal influyen en los contenidos mentales. En el “sentirse mujer”, como dije en la anterior entrada de este blog, necesariamente hay que incluir la forma en que se viven realidades que el hombre no conoce, las relacionadas con el desarrollo corporal en la adolescencia, la menstruación, los posibles embarazo, parto y aborto, la maternidad, la menopausia y el temor a las específicas patologías del aparato reproductor femenino, realidades desconocidas por el hombre que dice “sentirse mujer”.

En definitiva, el concepto de “sexo sentido” es una fantasía indefinida e incomprobable que podemos traducir por una expresión más realista: la persona trans repudia el sexo que tiene y quiere tener el otro, y para conseguirlo está dispuesta a cualquier sacrificio.

Pero esto equivale a decir que esa persona quiere un imposible que aboca necesariamente a lo que una trans ha llamado “ser un bolso de imitación”. Nadie tiene derecho a reprochar esa imitación, ciertamente dolorosa, que convierte a las personas trans en personajes trágicos, condenados a un nivel de frustración muy alto que ellas mismas proclaman cuando hablan de sus sufrimientos y de su mayor tasa de suicidios. Tienen además que padecer los efectos de una transfobia no erradicada, e inconvenientes que se siguen de que figuran oficialmente con el sexo que repudian y no con el que querrían tener. Por tanto merecen el apoyo de quienes respetan la libertad ajena y disponen de empatía. Tienen además derecho a que el Estado las defienda con actuaciones educativas en la escuela y con legislación específica.

A lo que su sufrimiento no les da derecho es a que la sociedad entera haya de plegarse a exigencias excesivas, y tampoco a teorizar sin que se les pueda contradecir, como si los demás estuviéramos obligados a asentir a sus conceptos. Deben aceptar que otros pensemos que, puesto que sentirse mujer siendo hombre no se sabe bien qué cosa pueda ser, pero en todo caso no equivale a ser mujer, la llamada “mujer trans” debería en puridad ser llamada “hombre trans”, y por la misma razón el llamado “hombre trans” debería ser llamado “mujer trans”, precisión lingüística que para nada afecta a sus derechos y que puede hacerse con toda la simpatía del mundo, como en este caso. Por supuesto que las personas trans no tienen por qué estar de acuerdo con esta precisión, pero entonces deberían rebatirla con argumentos, no con insultos y descalificaciones.

Ocurre que los argumentos son difíciles en el terreno de la posmodernidad, porque las teorías de género y queer se refutan a sí mismas. Pues si los hechos no existen, sino que son creados por la teoría cultural, o por la voluntad individual, entonces la explotación y discriminación de la mujer, y la violencia machista, y las “mujeres trans”, sólo existen a la luz de las teorías que las crean, pero no a la luz de otras teorías que las niegan. Y si no hay hechos objetivos e independientes con los que confrontar las teorías, todas valen lo mismo, la de género, la queer y la patriarcal.

A la izquierda le conviene saber de dónde viene cada idea y para qué, ahora que estamos inmersos en el pensamiento posmoderno conservador. Tanto la teoría de género como la queer, aparentemente radicales, son inofensivas para la clase dominante, hasta el punto de que corporaciones como Apple o Coca Cola apoyan las campañas LGTB y los desfiles del Orgullo, y subvencionan cátedras, departamentos y becas de estudios de género y queer.

En la próxima entrada de este blog terminaré estas reflexiones con la exposición de la teoría feminista que puede derivarse de un marxismo puesto al día.

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