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NO CABE DEMOCRACIA EN EL CAPITALISMO

Llevamos tiempo en que las apelaciones a la democracia son continuas. Se dice que el derecho a decidir es un derecho democrático, se propone democratizar la vida interna de los partidos, se habla de que la democracia se está devaluando, o de revitalizar la democracia. Pero en todo caso se da por supuesto que, por diferencia con países como Venezuela o Cuba, nosotros sí, nosotros vivimos en una sociedad democrática. Y no es cierto, nunca hemos conocido la democracia, de la misma manera que nunca la han conocido en Estados Unidos, Reino Unido o Francia.

Esto es algo que los marxistas sabían muy bien, y que proclamaban hasta que llegó el eurocomunismo. Asustados por la amenaza mediática, pobres de teoría, deseosos de ser aceptados, los eurocomunistas prefirieron pensar que la democracia burguesa es una democracia sustantiva y no sólo formal.

Hoy está quedando muy claro que los poderes que controlan las decisiones básicas no surgen del voto ciudadano. Cada día se hacen más evidentes dos cosas: que el sistema político al que llamamos democracia es una plutocracia dulcificada por el compromiso de respetar ciertos derechos humanos. Y que esta situación no puede cambiar mientras sigamos en el sistema capitalista.

Para fundamentar esta afirmación empecemos por una breve historia.

Rasgos formales de la democracia

El antecedente próximo de las actuales democracias es la que surge con la independencia de EEUU en 1776 con estos rasgos básicos:

-División de poderes (legislativo, ejecutivo y judicial) como garantía de que cada poder está sometido a un sistema de fiscalizaciones y contrapesos.

-Constitución que limita los diversos poderes y establece el Estado de Derecho.

-Derecho a votar y ser votado, bajo el supuesto de que los distintos poderes del Estado no tienen otra legitimación que la que descansa, directa o indirectamente, en la voluntad de los electores libres.

-Libertad de asociación en partidos políticos (no partido único).

-Libertad de expresión.

-Libertad de prensa, así como acceso a fuentes de información alternativas a las del Gobierno.

-Ciudadanos educados e informados acerca de sus derechos y deberes.

Recordemos que esta democracia no fue pensada en atención a los intereses del pueblo, sino de la burguesía ascendente. Para el desarrollo del capitalismo eran necesarias ciertas libertades, freno al absolutismo y protección de los propietarios frente a las exacciones del Estado. Conseguido esto por la burguesía, la mayoría de la población (mujeres y negros, pero también no propietarios) quedó en condiciones de sumisión económica, social y política.

Y es que los diseñadores del nuevo orden tenían una idea optimista de la racionalidad del pueblo y, en consecuencia, pensaban que quienes carecían de propiedades aprovecharían su mayoría para legislar contra la propiedad de la minoría. Por ello, para asegurar la inviolabilidad de un derecho de propiedad sin límites, se dejó excluidos del derecho de voto a quienes no tenían “apuestas en el país” (esto es, propiedades).

A partir de ahí, la extensión de los derechos políticos fue en gran medida, tanto en Estados Unidos como en Europa, el resultado de las presiones de los movimientos obreros, de las sufragistas y de los partidos de izquierda. El movimiento cartista de la clase trabajadora del Reino Unido entre 1830 y 1840, que pretendía la ampliación de voto, fue reprimido, y lo mismo otros intentos de revolución democrática en Europa entre 1848 y 1852.

El crecimiento de la resistencia en las últimas décadas del siglo XIX hizo más difícil mantener excluida de los derechos políticos a la mayoría de la población. Así que las élites se fueron aviniendo a conceder el derecho de voto primero a más votantes varones, y por último, bien entrado el siglo XX, a votantes mujeres y a votantes negros.

Otros requisitos

El caso es que el derecho de voto ha terminado siendo universal. ¿Se puede decir por ello que ya tenemos democracia?

Digamos, para empezar que, según vemos la cosa hoy, a los requisitos antes señalados tendríamos que añadir los siguientes:

Que los representantes tengan limitada su libertad de acción por el programa para el que pidieron el voto; que cualquier decisión importante no contemplada en el programa electoral sea consultada a la población o refrendada una vez tomada por los representantes; que el pueblo conserve la capacidad para promover en cualquier momento un referéndum sobre un asunto específico; que conserve la capacidad para promover leyes (iniciativa popular); y que pueda revocar el mandato o destituir a los representantes (el llamado por los anglosajones recall).

Evidentemente si la democracia es el gobierno del pueblo por el pueblo, en la democracia representativa estas condiciones son imprescindibles. De todas ellas en España sólo se cumple una, la de iniciativa legislativa popular, y sin incidencia en la vida política (de 66 iniciativas sólo ha tenido éxito una que modifica un artículo de la Ley de Propiedad Horizontal). Las demás condiciones se incumplen, como bien sabemos.

Entrando en el fondo del asunto

Pero, suponiendo que se cumplieran todas ellas, tampoco podríamos hablar de democracia, porque hay una condición básica ausente: la educación e información de los ciudadanos acerca de sus derechos y deberes. Y hay dos características que se toman como dogmas en toda sociedad capitalista, y que son incompatibles con una democracia sustantiva: la libertad de prensa (léase propiedad privada de los medios de comunicación) y la inexistencia de límites legales a la riqueza privada.

Comencemos por la educación e información de los ciudadanos, asunto sobre el que los padres de la Constitución americana hicieron un ejercicio de cinismo notable. Es de sentido común que la libertad para votar ha de ir acompañada en cada votante de conocimiento suficiente de las implicaciones del voto que emite. ¿Qué vale en otro caso su voto? Es también previsible que la clase política se dedique a promover la ignorancia de la ciudadanía en su propio beneficio. Todo esto lo tenían presente los creadores de la democracia americana. ¿Y cómo solucionaron el problema? Estableciendo que la clase política está obligada a dedicar parte del patrimonio gubernamental a publicar en boletines oficiales las nuevas leyes y las sentencias judiciales, así como a hacer campañas informativas antes de celebrar un referendum. Hecho esto, se dio por cumplida la condición de que los ciudadanos estén educados e informados acerca de sus derechos y deberes, y libres de las asechanzas de la clase política.

Claro está, no podemos pensar que aquellos padres de la patria fueran tan ignorantes como para creer que la educación y el conocimiento del votante se consigue por el mero expediente de publicar disposiciones legales y sentencias en un Boletín Oficial. ¿Qué ocurre si una gran parte de la población no está capacitada para entender el significado de esas disposiciones legales y sentencias?

¡Ah, pues mire usted! Eso era justamente lo necesario para que la democracia resultara inofensiva a los intereses de la burguesía. En realidad se concedió el derecho de sufragio universal en parte por la presión de la gente, pero sobre todo porque la élite fue comprobando que sus temores eran infundados, que la mayoría es manipulable y resulta fácil hacerla votar a favor de los intereses de la minoría si se sabe jugar con los tres ingredientes con que ha venido siendo fabricada tradicionalmente: ignorancia, egoísmo y miedo. Basta para ello disponer de los servicios de políticos y medios de comunicación influyentes. Y estas dos cosas se consiguen con dinero, dinero para financiar partidos y para poner en marcha medios de comunicación, dinero para hundir a todo partido o medio que resulte peligroso.

De manera que la posesión del dinero por la minoría y el estado intelectual de la mayoría es lo que convierte a la democracia representativa en una forma política inofensiva para los intereses dominantes.

Mirando alrededor

En las sociedades actuales, para entender lo que ocurre en el espacio político es necesario un conocimiento de economía, historia y ciencia social que no se dispensa en el periodo de educación obligatoria. En consecuencia, muchos de los que van a votar libremente no tienen capacidad para relacionar sus intereses cotidianos con medidas legislativas y económicas complejas, ni para discernir la verdad de la falsedad en el ámbito de las estrategias informativas. Son incapaces de distinguir entre lo que es aparentemente favorable pero desfavorable en el fondo, y lo que es favorable en el fondo pero aparentemente desfavorable (por ejemplo, significativamente, en la complejísima legislación sobre la propiedad y la política fiscal).

Un pueblo intelectualmente inerme queda sometido a la permanente campaña de propaganda de los medios privados de comunicación influyentes, todos ellos procapitalistas, qué casualidad. Estos medios, que conforman una opinión pública dependiente, no cesan de promover el miedo a todo lo que amenace al sistema, haciendo creer que cualquier medida razonable es utópica y peligrosa, y no cesan de promover el egoísmo codicioso haciendo creer a todos que lo más desable es la riqueza y que cualquiera puede llegar a ella (en último caso con un golpe de suerte en la lotería). Una vez aleccionados adecuadamente, se puede dejar que los ciudadanos acudan a votar “libremente”. Votarán contra sí mismos con todo celo.

Lo que es funcional persiste

Esto es así, pero además ha de ser así y no puede ser de otra forma en este tipo de sociedad. El sistema capitalista nunca nos sacará de esta situación, nunca proporcionará a la población una educación adecuada. Y es que para cualquier sistema elitista, en el que una minoría necesita dominar a una mayoría, es funcional que esta mayoría permanezca en un estado de postración intelectual desde el que es imposible discernir aquello que se ventila en el espacio político.

Los políti­cos son los primeros convencidos del estado infantil de las masas, y por ello se comportan como vendedores de una mercancía que no se defiende con argumentos racionales, sino apelando a resortes emotivos. De ahí que el dinero con que cada partido cuenta para hacer su campaña publicitaria es más importante que la oferta de medidas políticas.

Esto sería suficiente para concluir que no vivimos una democracia, pero es sólo una pequeña parte del argumento.

Volvamos al punto básico: propiedad privada sin límites

Que todos puedan concurrir a la actividad política en igualdad de condiciones y que todos sean iguales ante la ley es un requisito esencial de la democracia, pero no basta que la ley afirme esa igualdad, sino que ha de existir de hecho, algo imposible si la distribución de la riqueza social no guarda suficientes dosis de equidad. Y ocurre que las distintas Constituciones democráticas hechas en países capitalistas, lo mismo que la Declaración Universal de Derechos Humanos, aceptan implícitamente el derecho a una propiedad privada a la que no se pone límites.

Este derecho injusto, que unido a la economía de mercado hace que los ricos sean cada vez más ricos (y, en consecuencia, los pobres cada vez más pobres), es causa de casi todos los males sociales. El dinero proporciona a hijos y herederos oportunidades educativas y de formas de vida que no están al alcance de los demás. En Estados Unidos los blancos tienen seis veces más riqueza que los negros y, qué casualidad, los negros tienen seis veces más probabilidades de ir a la cárcel, siendo las sentencias 19,5 veces más severas para ellos que para los blancos en situaciones similares. En todos los países “democráticos” ocurre algo semejante por relación con la desigualdad económica.

Pero, por lo que afecta a la imposibilidad de democracia, es aún más decisivo el hecho de que quienes tienen poder económico suficiente ejercen un control no público sobre la legislación y la política.

El control capitalista del ámbito estatal

Siempre ha existido control del capital sobre los Estados, pero ha aumentado de manera escandalosa desde que predomina la ideología neoliberal, y se ha hecho tan visible que resulta muy incómodo para los defensores del capitalismo.

Entre las principales palancas actuales de ese control están la privatización de empresas públicas que ocupan los principales espacios económicos (comunicaciones, energía, crédito, finanzas, etc.); la independencia de los Bancos Centrales (que equivale de hecho a su privatización, pues los saca del control democrático y los pone bajo control de los llamados mercados); y el funcionamiento de empresas multinacionales y de fondos de inversión en un ámbito mundial desregulado.

Si las grandes empresas (esas a las que se llama sistémicas) son de propiedad privada, ello otorga a sus propietarios control sobre la naturaleza de las inversiones económicas básicas y, consecuentemente, sobre la forma y el carácter del desarrollo económico. La democracia no tiene acceso a las salas de junta empresariales en las que se toman decisiones que afectan al proceso productivo en general.

De cómo la independencia de los Bancos Centrales es incompatible con la democracia ya he hablado en otra entrada de este blog del pasado junio.

Por su parte las multinacionales van colocando parcelas de la econo­mía nacional bajo control privado extranjero. El inversor exige previamente una cantidad abusiva de beneficios, ayudas e infraestructura que han de ser financiados por el país receptor y se reserva una capacidad de chantaje contra cualquier medida que resulte perjudicial a sus intereses, por racional y justa que sea desde el punto de vista general.

A esa capacidad de chantaje ayuda el actual modelo de mundialización, que consiste en confiar a los Estados nacionales la defensa a ultranza del derecho de propiedad, mientras se deja desregulado el espacio mundial en que se mueven libremente las grandes multinacionales, los grandes capitales y los grandes especuladores.

La actividad del capital financiero proporciona a sus gerentes unos medios de extorsión, control y decisión que supera el poder de los Estados. Expertos en política internacional aceptan que los movimientos de capital especulativos han arruinado divisas, han puesto de rodillas a las economías asiáticas, atacado a la agricultura tradicional y las industrias artesanales, desestabilizado gobiernos y provocado violencia y convulsiones sociales, siempre en beneficio de unos pocos.

Los conservadores hablan de “los mercados” como si fueran un sujeto que reacciona, castiga o premia, pero los mercados no son más que un espacio en el que actúan personas, que son las que toman decisiones influyentes. Recordemos que en septiembre de 1992 George Soros, apostando a la depreciación de la libra con dinero prestado, puso contra las cuerdas al Banco Central inglés, hizo temblar al sistema monetario internacional y ganó en pocas horas 1.100 millones de dólares. Ahora dirige el Soros Fund Management, que administra más de 70.000 millones de dólares de seis Hedge Funds. Él mismo se dice convencido de que sus especulaciones pueden desatar una reacción en cadena en los mercados de todo el mundo. Añadan a Soros el pequeño grupo de propietarios y controladores del capital financiero mundial. Actúan a su antojo, sin control democrático alguno, y tienen poder para premiar unas políticas y castigar otras.

En conjunto las decisiones concertadas de los dueños y controladores del gran capital forman una maraña de poder fáctico que marca el espacio de juego progresivamente reducido de los Estados, obligados como están a acudir a los mercados en busca de créditos.

Hay otras formas de chantaje de los dueños del capital, ejemplificables en la amenaza de abandonar el país si no se satisfacen sus demandas. Eso hizo la patronal francesa cuando Jospin anunció la reducción por ley de la jornada laboral a 35 horas y eso hizo la patronal alemana como medida de presión contra la política socialdemócrata que se proponía Lafontaine.

Pregúntense por qué los políticos no reaccionan

Si esto es así, ¿por qué la nula diligencia y voluntad de los políticos a la hora de acabar, por ejemplo, con los paraísos fiscales, y a la hora de legislar en el ámbito mundial sobre el libre movimiento de capitales, la deslocalización de empresas o las actividades financieras puramente especulativas? ¿Qué fundamento tiene el incansable afán de privatizar que ha distinguido a los gobernantes? ¿Acaso es cierto que funcionan mejor y redundan en mayor beneficio público las empresas privatizadas que las públicas? ¿No es más bien cierto que funcionan mejor las públicas bien administradas? ¿Por qué los políticos han decidido renunciar a su control de los Bancos Centrales? ¿Por qué una medida tan leve como la tasa Tobin parece irrealizable? ¿Por qué los gobiernos del mundo no están interesados en dotarse de mayor poder frente a la extorsión del capital? ¿Tiene todo ello alguna explicación?

Dos ejemplos próximos. En el informe aprobado por unanimidad en 2003 durante el decimotercer congreso de la asociación que agrupa a 1200 de los 1400 Inspectores de Hacienda de España (Apife) se denunciaron 14 coladeros para, al amparo de la normativa vigente, defraudar a Hacienda, coladeros destinados al beneficio exclusivo de contribuyentes con gran poder económico. El fraude más sofisticado y complejo está organizado en tramas, alrededor de movimientos financieros trasfronterizos o ligados a paraísos fiscales. Los inspectores denunciaron que el gobierno promueve normas que dificultan la persecución de estos delitos, o aparentemente destinadas al beneficio de esos mismos contribuyentes.

Pues bien: ni siquiera tras esa denuncia pública han hecho algo los gobernantes para remediar situación tan escandalosa.

Carlos Lesmes, presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial ha reconocido que “tenemos una Ley de Enjuiciamiento Criminal pensada para robagallinas” e inútil para perseguir con la eficacia debida a la gran delincuencia y a la delincuencia compleja de guante blanco.

¿Es que nuestros gobernantes desconocen todo esto y por ello no lo remedian? ¿Cómo es posible su connivencia durante más de cuatro décadas con los poderosos económicos que delinquen por sistema?

Estas preguntas tienen una respuesta simple: los dirigentes políticos no tienen autonomía, son meros testaferros del capital.

La élite en el poder

Por fin está quedando claro para muchos algo que se sabe desde Marx, que en nuestras “democracias” el verdadero poder no está en el pueblo y en sus representantes, sino en quienes controlan el capital. La élite en el poder está formada por poderosos económicos, y éstos se auxilian de poderosos políticos, poderosos mediáticos y poderosos funcionariales, entre ellos los controladores del conocimiento conservador, bien instalados en las correspondientes cátedras, medios de comunicación e instituciones (Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, etc.). Los poderosos económicos usan como testaferros a los poderosos políticos y controlan, desde la propiedad de los medios, a los profesionales de la comunicación.

Cada una de las élites tiene sus propios criterios para ganar o perder parcelas de poder. Los partidos políticos cumplen la función de facilitar que emerjan las élites políticas y que se alternen en la ocupación del Gobierno y el Parlamento. El criterio es el éxito en las urnas, cuya funcionalidad consiste en que premia la capacidad para ganarse la confianza y la voluntad de los votantes. Y ¿para qué han de ganársela? Para presentar como razonable la política que están de antemano obligados a hacer. Como testaferros del poder económico, los políticos actúan para, teniendo en cuenta las mil situaciones y circunstancias que componen la vida de una nación, ir llevando la nave de forma que no encalle… desde el punto de vista de quienes tienen poder suficiente para hacer valer sus intereses.

Les queda luego un pequeño margen para ir en una u otra dirección respecto a cuestiones que a los poderes económicos les son secundarias o indiferentes, como la situación de los inmigrantes, la violencia machista, la homosexualidad o el aborto (y sólo en eso y en el estilo acaban diferenciándose derecha e izquierda en el poder).

Los servidores políticos, intelectuales y mediáticos son remunerados en proporción a sus servicios, y los más destacados pueden terminar formando parte de la élite económica (aunque la mayor parte de esa élite lo es por herencia o por “éxito” en los negocios).

Control inevitable

He aquí los rasgos del capitalismo que lo hacen por completo incompatible con la democracia. Esos rasgos se han agudizado, pero antes, cuando el capitalismo se disfrazaba bajo la careta socialdemócrata, las cosas no eran muy diferentes. Siempre ha sido inevitable que la oligarquía que dispone de una proporción desmesurada de la riqueza social la defienda o amplíe comprando secretamente voluntades (de intelectuales, periodistas, legisladores, políticos, jueces y policías), financiando investigaciones sobre vidas privadas para incidir con amenazas o chantajes en la vida pública, o para destruir competidores, financiando partidos y aportando fondos a campañas electorales (a cambio siempre de una sumisión que implica un torcimiento de los supuestos democráticos), controlando instituciones y, en definitiva, contribuyendo a un entramado no público en el que se toman numerosas decisiones importantes que luego se visten de apariencia democrática.

La vida secreta del capital compone una realidad subterránea que determina la aparente. Emerge en escándalos reveladores, pero que no son precisamente todas las corrupciones existentes, sino sólo aquella pequeña parte con la que se producen ataques o venganzas controladas. Muchos watergates esperan en los cajones y son utilizados como elementos de disuasión, de presión, chantaje o negociación.

Plutocracias demagógicas

Lo que vengo exponiendo avala la afirmación inicial de que nuestras aparentes democracias son en realidad plutocracias demagógicas. Plutocracias porque gobierna la oligarquía del dinero, y demagógicas porque necesitan convencer al pueblo de que él es quien manda y de que le benefician las medidas procapitalistas que adoptan sus representantes. Los políticos en el poder actúan al servicio del capital, pero han de fingir que actúan en beneficio del pueblo. Son, por tanto, necesariamente demagogos.

Si miramos a lo que ha ocurrido en unos y otros lugares, puede entenderse nuestra democracia como un pacto social que ha sido arrancado a las élites y que éstas aceptan en la seguridad de que no pondrá en peligro sus privile­gios y sólo bajo condición de que no los ponga en peligro. La ventaja que saca el de abajo es una cierta salvaguarda frente a la arbitrariedad del poder. La ventaja que saca el de arriba es una aparente legitimación ética de su dominio. Dicho de otra forma, nuestras democracias son una concesión condicional que la oligarquía económica hace a las masas y que es revocada en el momento en que ese método de funcionamiento político pone en peligro los intereses a cuyo servicio opera subrepticiamente. Disponemos de muchos ejemplos de esta revocación.

Comparación con las dictaduras

En todo caso, de este tipo de régimen se dice que es la forma política ideal porque elude los vicios típicos de los regímenes totalitarios, caracterizados por el control gubernamental de los medios de comunicación, el partido único y el poder sin contrapesos ni réplica.

Cierto que esta “democracia” es preferible a las dictaduras, en dos sentidos: hay más libertad individual y menor nivel de violencia física interna. En los términos de la llamada Ley de Rummel, a menor nivel de democracia hay más probabilidades de que los gobernantes asesinen a sus propios ciudadanos. Estamos, pues, en un sistema político en el que corremos menos riesgos de ser asesinados por nuestros gobernantes, sobre todo si pertenecemos a las capas de población integradas (en Estados Unidos un negro tiene 21 veces más probabilidades que un blanco de morir tiroteado por la policía).

Sin embargo el compromiso de respeto a los derechos fundamentales del ciudadano no resuelve los problemas expuestos: aunque la Declaración Universal de Derechos Humanos es un progreso respecto a barbaries previas, no es la declaración de un ideal político, como prueba la mera lista de los derechos humanos incluidos y los que en ella faltan, así como las consecuencias que se siguen de algunos de los derechos proclamados y de la ausencia de otros que deberían ser básicos. Me remito a la entrada de este blog del pasado abril dedicada a la crítica de la citada Declaración.

Baste decir aquí que, cumpliendo formalmente con lo dispuesto en ella, se pueden desconocer derechos fundamentales y se pueden violar los reconocidos. En España el derecho a una vivienda o al trabajo se están negando a las personas desahuciadas y a los parados. Y no pasa nada. Y alguien puede ganar decenas de miles de millones de euros y estar legalmente eximido de pagar impuestos. Y no pasa nada. Millones de personas no se libran de violencias como la pobreza extrema, la malnutrición infantil, la falta de oportunidades educativas y el sometimiento a procesos de adoctrinamiento que los esclaviza. Hay muchas formas de violencia y no todas pueden identificarse con el daño físico o el asesinato.

Por lo demás, dentro de cada país los principios del Estado de Derecho se violan tan pronto la situación lo requiere. La prisión de Guantánamo es un ejemplo significativo y otro ejemplo es la limitación de las libertades de la ciudadanía estadounidense autorizada por la Ley Patriótica con que Bush ha respondido a atentado del 11S, siendo también buen ejemplo el intento de evitar informaciones y acallar críticas so pretexto de que ayudan al enemigo.

Dicho todo lo cual, podemos, sí, aceptar que nuestra “democracia” es preferible a una dictadura para la parte de población sensible al ejercicio de la libertad cívica.

¿Por qué no hay gobernantes independientes?

Parece muy duro afirmar, como antes hice, que todos los gobernantes en nuestras democracias son testaferros del poder económico. ¿No puede haber gobernantes honrados?

Se necesita mucho dinero para poner en marcha un partido que pueda ganar elecciones y ese dinero, sea de créditos bancarios que se prorrogan indefinidamente, sea de donaciones públicas y secretas, sólo va a partidos conformes con el sistema, o tan descuidados (caso de IU) que quedan amordazados por el crédito que adeudan.

Si las cosas no fueran así, ¿no sería inexplicable que en Estados Unidos no haya más que dos partidos capaces de disputar las elecciones, uno de derecha y otro de extrema derecha?

Recordemos que Felipe González llegó al poder tras pasar el examen de la CIA y del capital alemán, y que recibió ayuda económica y mediática porque se había comprometido a cambiar el No por el Sí en el referendum sobre la OTAN y a abandonar el marxismo. Consiguió el gobierno, pero sólo despúes de haber aprendido dónde estaban sus límites.

Nuestros gobernantes, sean del PSOE o del PP, saben quién manda y saben en qué dirección deben legislar. Precisamente han llegado al gobierno porque a su disposición a traicionar al pueblo unen su habilidad para que la gente no llegue a notarlo. Todo esto forma parte de la lógica del sistema.

¿Puede un gobernante independizarse del capital?

Si un político en el poder decide apartarse de su papel y actuar contra los intereses patrocinadores puede acabar como Kennedy o como Nixon. Si ha llegado al poder por su cuenta, caso de Allende o de Chávez, o mediante una lucha armada como Fidel, tendrá en frente todo el poderío capitalista, que hará lo posible por asfixiar al país y reconducirlo mediante una dictadura, o aislarlo al menos. Habrá campañas de descrédito muy efectivas, como la que sufrió Lafontaine por haberse atrevido a plantear algunas reformas modestas. Recordemos que Lafontaine se proponía regular los mercados internacionales, reducir el peso de Estados Unidos en el FMI, someter al Banco Central Europeo a algún control político, bajar los tipos de interés, reducir el impuesto de la renta para los ingresos bajos, aumentar el de los beneficios de las grandes empresas y los grandes capitales y patrimonios, y expandir la demanda mediante aumentos salariales. Naturalmente, las empresas alemanas más grandes amenazaron con marcharse de Alemania al extranjero. El capital alemán (con sus portavoces instalados en cátedras o en despachos de editorialistas, como en todas partes) decidió acabar con Lafontaine y éste tuvo que dimitir.

Su sucesor Schröder abandonó las propuestas de Lafontaine y se prestó a hacer la reforma que el capital exigía. ¿Qué reforma? Ya sabemos que cuando la derecha habla de reforma está en realidad hablando de puro darwinismo social sistemático: reducción de las ayudas sociales, jornadas y vidas laborales más largas, disminución de la inversión en infraestructuras públicas y menor protección laboral. Todo esto implicaba una destrucción del consenso social establecido cuando la URSS era un contrapoder, y respondía al designio del capital de recuperar sus antiguas ventajas. Schöder presentó en junio del 99 un plan de austeridad para ahorrar el equivalente de 30.000 millones de marcos en el 2.000 (“el más importante proyecto de reforma de la historia de Alemania” en palabras del canciller) que supuso una poda selectiva del Estado Social. La generalización de los “minijobs” como forma típica de inserción laboral es un símbolo de esa “reforma”.

Conclusión

Si lo que antecede tiene fundamento, si democracia y capitalismo son incompatibles, ello quiere decir que el camino que aproxima a la democracia es el mismo camino que aleja del capitalismo, un camino repleto de obstáculos.

Un primer paso es saber dónde se está. Saber que, contra lo que casi todos dicen o suponen (ellos sabrán por qué), no existe hoy democracia en el mundo, y que sólo podrá haberla cuando:

(a) la riqueza privada no pueda pasar de un límite razonable (¿cinco millones de euros para cada patrimonio personal?), a fin de evitar tramas ocultas de poder, control de los mercados y extrema desigualdad de oportunidades, y a fin de lograr que quede en manos públicas, y para fines sociales, la inmensa riqueza que ahora acumulan manos privadas. ¿Quién ha dicho que cada uno es dueño de lo que le da el mercado? ¿Quién ha dicho que es el mercado el que debe dar y quitar? El mercado es un mecanismo irracional que, dejado a su aire, va haciendo a los ricos cada vez más ricos y a los pobres cada vez más pobres, y que no recompensa en atención al mérito y valor de la actividad desarrollada. Da poco al investigador, al maestro, al médico, y mucho al especulador o al que tiene ya mucho, y sólo por el hecho de tenerlo.

(b) se prohiba la propiedad privada de los medios de comunicación masivos, que deberán ser sustituidos por medios de propiedad pública bajo control social. La llamada libertad de expresión no es otra cosa que un eufemisno con el que se alude al monopolio del capital para informar, aleccionar y fabricar la opinión pública.

(c) se generalice una educación que dé a todo ciudadano la competencia necesaria para entender las implicaciones de su voto y las repercusiones de cada medida política, lo que exige elevar el nivel cultural de la población muy por encima de lo que ahora se considera excelente en pruebas como los informes PISA. Hay que romper con la inercia milenaria del elitismo que fabrica a las poblaciones intelectualmente inermes, inercia que no ha sido alterada por el actual tipo de educación obligatoria.

La limitación de la riqueza privada es condición no sólo para evitar que el dinero sea el que gobierne y que los políticos no sean más que sus testaferros, sino tambien para que una distribución racional y justa cree el ambiente necesario para una buena educación pública. De otra forma ni hay base moral para ella, ni el Estado puede disponer de los enormes recursos necesarios. Pero recuperar el dinero de los que ahora lo poseen indebidamente es una tarea a la que ellos y sus ayudantes (una legión de comunicadores, economistas, politólogos y otros intelectuales) se opondrán con todas sus fuerzas.

¿Hay remedio? Una esperanza

Hundidos en la corrupción y la ineficacia, los principales partidos no saben cómo salir del atolladero en que ellos se han metido, al punto que empiezan a no servir para el cometido que tienen encomendado. El capital los mira con sorpresa y recelo, y se pregunta si no será posible domesticar deprisa al partido ascendente, inicialmente temible porque es el único incontrolado. De momento es un partido denigrado con razones que nunca se han empleado contra los demás y ello da idea de hasta qué punto asusta a los partidos restantes y a sus defensores.

Podemos tiene dos ventajas que hasta ahora ningún otro partido tuvo: un fuerte apoyo popular y ausencia de compromisos con el poder económico.

Se le critica que sus propuestas iniciales hayan sido rebajadas una vez que se ve con posibilidades de alcanzar el poder, pero esa medida es aceptable siempre que se sepa explicar a la gente el por qué de la rebaja. En dirección contraria siguen siendo muchos los que acusan a Podemos de propuestas populistas e irrealizables. Pero ¿hay alguna ley de la naturaleza que impida la realización de esas propuestas? No. ¿Acaso ha propuesto Podemos algo que sea inconveniente? No. Más bien se le puede criticar que, por pragmatismo, se queda corto. ¿Sería beneficioso para la población que las propuestas de Podemos se realizaran? Por supuesto que sí.

De manera que quien critica las propuestas de Podemos por irrealizables sólo es honorable si añade que lo que las hace irrealizables es el chantaje del capital. ¿Conocen a algún crítico honorable? Los que hablan de medidas irrealizables parecen sugerir que lo son porque se oponen a alguna ley de la naturaleza que Podemos se empeña torpemente en desconocer.

Si Podemos consigue llegar al poder eludiendo el control de los dueños del dinero (para lo que es básico no endeudarse con la banca y no hacer pactos secretos con nadie) nos ofrecerá la primicia de poder al fin representar a quienes lo han votado.

Cierto que el gobierno que intente hacer una política favorable al pueblo sufrirá grandes embites. Hará falta valor, mucha habilidad y mucho apoyo popular para hacer con éxito una travesía inicial muy procelosa (apoyo popular que, por ejemplo, Lafontaine no tuvo). Pero no es imposible si se salvan las primeras acometidas y se sabe explicar a la gente dónde están los problemas y quién los fabrica (algo que hasta ahora jamás han hecho los políticos, porque no podían delatar a sus amos). Frente al chantaje del capital hay que encomendarse a la fuerza de los movimientos sociales, al ejemplo que pueda cundir en otros países y a las alianzas internacionales que se puedan ir estableciendo con movimientos afines.

Una mirada a la historia reciente

Hay además que saber jugar con las necesidades del enemigo. Cuando se habla de la ominosa modificación del artículo 135 de la Constitución son muchos los que dicen que no había alternativa, que todo hubiera sido catastrófico si no se hace, que nos hubieran intervenido, etc. Es cierto que hubieran amenazado con intervenirnos. Pero imaginemos que nuestro gobierno se planta y dice “¡Hasta aquí hemos llegado y ni un paso más! ¡Ni un solo recorte en gasto social, ni un sufrimiento más a la población en beneficio de las bancas alemana y americana!…. Si se empeñan en hundir España, los bancos acreedores no cobrarán un duro y con España se hundirá la Unión Europea.” ¿Qué hubiera ocurrido? Pues que, como ni el capital alemán ni el americano podían permitir que España se hundiera, se hubiera hecho entonces lo que se está pensando hacer ahora, es decir, aquello que antes se decía que no se podía hacer de ninguna manera: el Banco Central Europeo habría comprado deuda española a menos del 1%, se habrían relajado las exigencias respecto al déficit e incluso se habría acordado una quita de la deuda. Ni que decir tiene que las capas medias y bajas de la población se habrían ahorrado un sufrimiento enorme. Pero Rajoy y Zapatero, dos burócratas de partido mediocres, ni representaban ni defendían al pueblo, obedecían órdenes sin rechistar, asustados como conejos. Lo que quiero decir es que para saber que algo es irrealizable primero hay que intentar realizarlo.

El peligro enmascarado

Queda finalmente otra cuestión. Si un nuevo partido consigue llegar al poder y desbancar a los políticos de la llamada casta (palabra justa si se le da el sentido de “conjunto de políticos demagogos traidores al pueblo que los votó”), y si recupera el Estado del Bienestar y gobierna con otros modales y con alguna autonomía, nos habrá aliviado desde el punto de vista estético, e incluso ético, pero se habrá convertido en el mejor garante del capitalismo, pues aunque la extrema codicia haga pensar lo contrario a los dueños y controladores del capital, el capitalismo es más estable con políticas socialdemócratas que con políticas neoliberales. Es decir, habrá cerrado en falso el camino hacia la democracia.

En cambio, si después de conseguir sus metas iniciales se propone llegar más lejos de lo que pretendió la hundida socialdemocracia y va dando nuevos pasos eficaces hacia una más justa distribución de la riqueza social, hacia una mundialización regulada y hacia una educación del pueblo más profunda, entonces sí que los demócratas tendremos que festejar su llegada. No se habrá conseguido aún una sociedad democrática (eso no es cosa que se pueda lograr de un día para otro), pero estaríamos dando pasos hacia ella. Entretanto se viviría un ambiente más ilusionante, porque habríamos salido de la sordidez en que nos han metido los gobernantes que hemos venido padeciendo.

jmchamorro@jmchamorro.info

EL BANCO CENTRAL EUROPEO Y LA DEMOCRACIA IMPOSIBLE

Tras las últimas medidas del BCE, los comentarios publicados han sido de diferente signo, pero he echado de menos algunos que, aunque se le ocurren espontáneamente a quien usa su inteligencia con libertad, no están tan presentes en los principales medios de comunicación. Por ejemplo, los siguientes:

  1. La independencia del BCE respecto al poder político. El Banco Central Europeo, al igual que otros Bancos Centrales, tiene autonomía del poder político, es decir, actúa sin control democrático. No son muchos los que protestan por ello, pese a que nos dicen que en democracia es el pueblo a través de sus representantes el que gobierna. ¿Y no dependen muchas de las decisiones que toman los gobiernos de las decisiones que tome el BCE? El señor Draghi, su Comité Ejecutivo (él y cinco miembros más) y su Consejo de Gobierno (los anteriores más 17 gobernadores de los Bancos Centrales de la UE) deciden si una medida de la que dependen tantas cosas para tanta gente se toma o no se toma, y cuándo. El BCE sólo está obligado a presentar un informe anual hecho por expertos en vestir el santo.
  2. Independencia del poder político, pero no autonomía. Que algunos Bancos Centrales sean independientes del poder político no significa que sean autónomos. No habrá alguien tan ingenuo que crea que los detentadores del verdadero poder van a dejar que sus intereses dependan de la voluntad de un individuo y un Comité Ejecutivo. Claro que no. Han decidido que el BCE sea independientes del poder político para que pueda así actuar al servicio del poder económico sin intermediarios que en algún momento pudieran ser presionados por la opinión pública. De esta forma los poderes políticos pueden alegar que ellos no tienen nada que ver en el asunto, y el BCE no tiene por qué atender a exigencias o protestas de los que sufren las consecuencias. Sus dirigentes no se presentan a elecciones, no dependen de la voluntad popular. Redondo, ¿verdad?
  3. Golpe de gracia a la democracia. Conceder al BCE, institución que toma medidas de las que depende en buena parte la economía de la UE, independencia de los representantes del pueblo ha sido un flagrante y explícito golpe de gracia a una democracia aparente. Antes de esto decidían aparentemente los políticos elegidos, aunque de hecho decidían los dueños del dinero en el secreto de sus despachos inaccesibles. Pero los amos están tan seguros de la docilidad general que se han atrevido a salir de la sombra y gobernar directamente. Los mercados, es decir, quienes los controlan, marcan la política del BCE y otros Bancos Centrales y éstos marcan la política que realizan los políticos elegidos por el pueblo.
  4. Los autores del golpe. Pero ¿quiénes han dado ese golpe de gracia? Cuando el que acaba con la democracia es un dictador golpista la cosa está muy clara para todos. En este caso no ha sido así. ¡El golpe de mano lo han dado precisamente los políticos elegidos por el pueblo! El poder financiero impuso en Maastricht sus condiciones y los representantes del pueblo las asumieron en el Tratado.
  5. También la izquierda. No debe extrañar que hayan hecho esto los políticos de derechas (me refiero sobre todo a populares y socialdemócratas) pero difícilmente se entenderá la actitud pasiva de los partidos de izquierda. Cierto que IU, en los tiempos de Anguita, abogó por el no a Maastricht, pero nadie conocía bien el significado de la palabra “Maastricht”, y nunca fue explicado de forma que la gente lo entendiera. En realidad se usó la palabra “Maastricht” para no usar la palabra “capitalismo”. Luego el tema se olvidó. Decir no a los recortes está muy bien, pero hay que mirar más allá. La izquierda no ha usado argumentos que enseñen a la población qué son, más allá de las apariencias, el BCE y la troika.
  6. Un hecho ominoso. Las consecuencias de que todo esto sea así se pueden percibir ejemplarmente en España. Según el FMI España ha entregado a la banca casi 250.000 millones de euros (una cuarta parte del PIB) entre inyecciones de capital, avales y el coste del Sareb (banco malo).  De este importe ya se dan por perdidos cerca de 40.000 millones y se espera que sean más. Por alguna razón inexplicada, España no ha sabido hacerlo como Suecia y Noruega, que han recuperado lo que dieron a la banca, o EE UU, Reino Unido y sobre todo Hong Kong, que han hecho negocio recogiendo más de lo que dieron. Para salvar a la banca España se ha endeudado mucho más de lo que estaba. Y resulta que el BCE ha venido prestando a la banca privada a menos del 1% de interés, y luego la banca privada ha comprado deuda pública española a un interés que en ocasiones ha llegado a superar el 7%. El año pasado España tuvo que pagar por intereses de la deuda 38.590 millones (segunda partida presupuestaria tras la de pensiones), más de tres veces el importe de los recortes que se hicieron en Sanidad y Educación en 2012, estimados en 10.000 millones.
  7. Una suposición. Supongamos que, cuando la prima de riesgo era más elevada, el BCE hubiera comprado deuda española a menos del l%. No habría perdido nada, puesto que el dinero dedicado a esa compra se lo estaba dando a la banca privada a ese mismo interés. El Estado español (se puede decir lo mismo de los que estaban en parecida situación) se habría ahorrado una cantidad enorme en intereses y hubiera podido cumplir las exigencias de la troika sin necesidad de recortar en sanidad, educación y gastos sociales. Entonces ¿por qué no se ha hecho así? ¿Por qué es inaceptable que el BCE preste a los Estados en apuros directamente y no es malo que les preste indirectamente, por medio de la banca privada? Porque así lo establece el artículo 123 del Tratado de Lisboa. Podemos preguntarnos por qué los políticos redactaron ese artículo. Cuando se investiga un crimen (y aquí estamos ante un crimen) hay que buscar al culpable entre los beneficiados. Se habla del interés de Alemania en este desaguisado, y ese interés se personaliza en la señora Merkel. Pero los alemanes son tan ignorantes de lo que ocurre como los españoles (la mayoría sólo sabe aquello que le quieren contar los medios) y la señora Merkel es una mandada. La banca y las grandes empresas alemanas, que influyen decisivamente en el BCE a través del Bundesbank, son las que dictan la política alemana y la del BCE, y sí saben lo que quieren. Y lo que quieren beneficia a toda la banca de la UE, que puede hacer un gran negocio sin la menor molestia. Reciben dinero a un interés bajo y lo prestan a un interés alto. Y sin riesgo tras la modificación del artículo 135 de la Constitución: el pago a los bancos tiene prioridad incluso sobre el pago de las pensiones.
  8. Hay dinero, todo el que se quiera, para lo que conviene. Pero no nos quedemos en la “imposible” compra de deuda soberana por el BCE. Como dije en una entrada anterior, las cosas se pudieron hacer de una forma muy distinta si las medidas no hubieran estado inspiradas por los grandes poderes financieros. Bien se ve que hay dinero cuando interesa que lo haya. De momento Draghi pone sobre la mesa 600.000 millones de euros, y se anuncia que puede añadir un billón si más adelante es necesario. Los bancos centrales  de EE UU, Reino Unido y Japón han tomado medidas más fuertes. En estos años la Reserva Federal ha pasado de los 800.000 millones de dólares a cuatro billones, el Banco de Japón ha duplicado la cantidad europea y el Banco de Inglaterra ha comprado activos por un importe equivalente a más del 20% del PIB. Y les va mejor que a la UE. Pues bien, con la cantidad de dinero que ahora se saca de la manga el BCE se podía haber salvado a los bancos, pero para nacionalizarlos (y no temporalmente, como se ha hecho en España con Bankia, BMN, Catalunya Banc y NCG, sino definitivamente, por la buena razón de que como banca privada han funcionado peor que mal, han provocado esta crisis de la que no salimos). Tras la exigencia de responsabilidades económicas y penales a los culpables se habrían podido reestablecer líneas de crédito a familias y empresas, algo que bien se ve que no interesa a la banca privada, que prefiere tener el dinero depositado en el BCE. Los bancos privados europeos difícilmente van a aumentar su cartera de créditos pensando en el beneficio general. Para eso tendrían que ser entidades públicas.
  9. ¿Se está luchando contra el paro? El dinero que ahora se pone en juego habría servido además para ayudar a las familias en apuros y para incentivar el empleo sin tocar las condiciones laborales, esto es, sin fiar la recuperación económica a reformas que acaban con la dignidad y el bienestar de los trabajadores y que bien se ve que no están sirviendo de mucho. El empleo sólo se creará cuando haya demanda que aliente a las empresas, y no se va a crear más porque se haya despojado a los trabajadores de sus derechos y de parte de sus salarios, más bien por esto disminuye la demanda de bienes y servicios. La Banca dice que el crédito no se reactiva porque las empresas que lo piden no tienen suficiente solvencia, pero difícilmente va a haber demanda solvente si las expectativas de negocio son bajas. A ello hay que añadir que la situación de los trabajadores tras la reforma hace que la actividad económica se desarrolle en un ambiente de inestabilidad social y de falta de estímulo para un trabajo bien hecho.
  10. Cobardía. ¿Y por qué nuestros gobernantes no exigieron a la UE medidas tan razonables e imprescindibles como las que acabo de señalar? No imagino a Zapatero o a Rajoy pidiendo la nacionalización de la banca europea, por supuesto. Pero al menos, cuando la prima de riesgo estaba por las nubes, podían haber exigido (no meramente pedido) que el BCE comprara deuda pública al mismo interés que pedía por el dinero entregado a la banca privada. ¡Pues no! Acobardados y sumisos, han hecho todo lo que se les ordenaba desde instancias no democráticas, y cosas tan bochornosas como la modificación de la Constitución.
  11. ¿Se podía exigir? Dirán muchos que no puede poner condiciones el que está siendo salvado de su propia quiebra. ¡Cuentos chinos! Cuando la inacción del BCE conviene (¿adivinan a quiénes?) se  justifica apelando a normas que limitan sus funciones. Pero cuando ha convenido (a los mismos) el Banco se ha saltado a la torera las normas y ha adoptado las medidas que no podía adoptar. Mediante compras de bonos en el mercado secundario y barras libres de liquidez a la banca privada, ha intervenido en un intento (por lo general fallido) de evitar la crisis del euro, estabilizar las primas de riesgo, estimular la economía, salvar a los bancos privados y facilitar la vuelta del crédito. Ahora, con la anunciada compra de activos, se prepara para evitar la deflación, o para combatirla si llega. Aún más. Saliéndose de sus atribuciones el BCE ha tomado decisiones políticas muy polémicas, como formar parte de la troika que impone a los Estados intervenidos (Grecia, Portugal, Irlanda y Chipre, y también a Italia y España) los recortes, las privatizaciones, las devaluaciones internas y las reformas laborales; y también ha enviado cartas clandestinas a los jefes de gobierno de Italia y España con exigencias impropias (que por cierto se cumplieron dócilmente). Ha actuado no ya como una mera entidad política, que no lo es según sus estatutos, sino como una autoridad dictatorial. Quiero decir que no es cierto que algo no se pueda hacer. Según y cómo.
  12. Para exigir algo razonable hay que tener convicción y valentía. A Zapatero y Rajoy les ha faltado, eso es algo evidente. Pudieron cerrarse en banda y amenazar con romper la baraja si el juego iba a ser el antes descrito. En 2011 Francia era partidaria de que el BCE, como hace la Reserva Federal, comprara deuda pública, pero Alemania se resistía por el momento. Si nuestros gobernantes se hubieran plantado habrían puesto a la UE contra las cuerdas, habrían tenido el apoyo del pueblo y se habrían salido con la suya. Los poderosos saben que sólo pueden apretar mientras los demás se dejan. Y saben cuándo tienen que dar marcha atrás. El hundimiento de España habría causado el de la UE y para evitarlo la UE hubiera hecho lo necesario, por supuesto, autorizar al BCE a comprar deuda pública, aumentar los plazos para la reducción de la deuda y no exigir otros recortes que los de gastos injustificables.
  13. La pasividad de la población.  Lo más triste es que si la izquierda hubiera salido a protestar contra el BCE y la troika, no la hubiera seguido mucha gente a la calle, ni hubiera contado con un apoyo masivo en las urnas. Los primeros teóricos de “nuestra democracia” consideraban muy peligroso dar derecho a voto a todo el mundo, pues siendo los pobres mayoría podrían acabar legislando contra la propiedad. Poco a poco acabaron tranquilizándose, al comprobar que  la gente no es peligrosa, se le puede hacer daño sin que ella note de dónde le llega. La mayoría no entiende de qué van estas cosas, así que quienes las diseñan se sienten tranquilos. Pregunten a la gente si considera que traicionaron a la democracia los políticos que decidieron que el BCE (y otros bancos centrales) sean independientes del poder político. En último caso siempre se puede evitar la rebelión asustando al personal con vaticinios de esos gurús a los que se llama economistas. Ellos nos dicen en cada momento cuál es el único camino por el que podemos transitar si queremos evitar el desastre, y los políticos en el poder asienten y repiten. Y siempre es falso que sea el único camino, incluso es falso que ellos sepan por dónde se debe transitar. Sólo saben por dónde interesa a sus amos que se transite. ¡Ilustres profesores de Universidad y premios Nobel de economía!
  14. A las cosas por su nombre. Puesto que sólo el populista se atreve a decir ciertas verdades, de algo nos ha de valer ser populistas: desconfíen de los políticos que se llevan bien con los banqueros. Si fueran honrados estarían como mínimo tomando medidas que pondrían a la banca de los nervios, la soliviantarían y la harían salir de sus casillas. Los políticos que llegan al Parlamento sabrán por qué traicionan a sus votantes y legislan contra ellos. Nosotros sabemos que sus partidos deben dinero a la banca, sí, y que hay puertas giratorias, claro, y que es natural temer al verdadero poder, que lo mismo proporciona gratificaciones muy golosas que castigos muy mortificantes, y también que la izquierda no quiere pasar por populista, radical o antisistema porque teme un perjuicio electoral. Al fin y al cabo es explicable que nuestros políticos legislen y gobiernen para una minoría y contra casi todos.
  15. ¿Qué se dice en los sitios serios? Como los principales medios de comunicación no son populistas, no esperen encontrar en ellos este tipo de análisis. Algunos comentaristas han dicho que, aunque más vale tarde que nunca, las medidas del BCE han llegado, como en otras ocasiones, demasiado tarde, y son  demasiado poco para evitar los muchos sufrimientos que está padeciendo una gran parte de la población de los países del Sur. Han añadido que este “poco y tarde” aumenta la probabilidad de que la prima de riesgo suba para estos países. En definitiva, estas medidas sólo serían, a la postre, unas muletas para la banca hasta que sea capaz de recuperarse por sí misma y de prestar. Otros se inquietan ante el anuncio de que, si es necesario, el BCE comprará activos, pues interpretan que, si hasta el Bundesbank admite esta posibilidad, es posible que en las alturas se conozcan indicios de que estamos en una situación más peligrosa de lo que se dice. Por lo demás, aunque estas medidas se han tomado por unanimidad dentro del BCE, la patronal bancaria germana ha acusado a Draghi de “expropiar a los ahorradores alemanes” y de desincentivar las reformas en el Sur (reformas que se supone han de sacar al Sur del despilfarro y devolverle al buen comportamiento que caracteriza al Norte).  Se hacen previsiones de todo signo, pero no sirven de mucho. Hace cinco años se predijo que las medidas excepcionales que se tomaron entonces provocarían un incremento exorbitante de los precios, y resulta que la inflación está por debajo del 2%, es decir, por debajo de lo que se considera necesario. No faltan los que afirman que Mario Draghi, no decepcionó, y que ha dado su tercer golpe en dos años y medio. Llegan a denominarle el “mago Merlín” de Fráncfort, el “Miguel Ángel” de los banqueros centrales y el “Super Mario”.  ¡Pues muy bien!

UNAS REFLEXIONES SOBRE EL CAPITALISMO

La batalla ideológica se libra de manera muy desigual. Estamos en un punto en que nadie puede criticar al capitalismo sin que se le echen encima cien guardianes o fiscales bien situados mediáticamente, que le acusarán de populista, chavista, tercermundista y hasta nazi. Es natural que casi nadie se atreva, aunque ello no justifica a aquellos partidos que deberían hacerlo por su propia naturaleza. Son partidos desnaturalizados.

Hay un argumento implícito que está detrás de esas descalificaciones. Es el axioma de que la única alternativa al capitalismo es el comunismo y que este ha sido refutado por la historia. De manera que el tema está cerrado. El que ponga en duda que el capitalismo ha quedado legitimado sin posible discusión es un partidario de viejas fórmulas antidemocráticas y fracasadas.

Por mentira que parezca hay quienes se consideran intelectuales y trafican con argumentos como este, de manera más o menos explícita. Antonio Elorza, que fue comunista y uno de los fundadores de Izquierda Unida, convertido ahora al conservadurismo él sabrá por qué, dice en un artículo (en El País: La izquierda y Europa ) que el problema de Tsipras reside en sus acompañantes, en Francia y aún más entre nosotros. Con el “entre nosotros” se refiere al acompañante  Podemos. Y añade:

“Cuando en TVE su socio hispano declaraba que el problema en Europa era “el capitalismo” y basta, y en España “el capitalismo” y basta, o con un gesto años treinta hablaba de Ucrania como si fuera el portavoz de Putin, la sensación era de regresar al mundo del “clase contra clase”. No falta, en otras izquierdas, el brote de “socialismo del siglo XXI”, cuya carga de populismo y manipulación cabe apreciar allí donde ha germinado en un espacio de laboratorio universitario […]. De arriba a abajo, una ínsula chavista.”

 ¿Y de dónde sacan Elorza y otros muchos como él que el chavismo (sean cuales sean sus defectos y aún si los multiplicamos por diez) es algo peor que nuestro tinglado político? ¿Y cómo es que Elorza no ve populismo y manipulación en los partidos procapitalistas? Pero yendo al grano: ¿qué le ha hecho olvidar que el problema de España, de Europa y del mundo es el capitalismo? ¡Pues claro que sí!

Los bienpensantes aprovechan su predominio abrumador en los medios de comunicación para gritar contra propuestas muy razonables y prudentes, que ni siquiera van contra el capitalismo, sino sólo contra sus excesos más sangrantes, como la supresión de las SICAV, una mayor progresividad de los impuestos sobre la renta y el patrimonio o la nacionalización de las empresas dedicadas a sectores de vital importancia para la población, sean la banca, la energía, la alimentación, la sanidad o la enseñanza.

Para que se vea hasta qué punto estas propuestas son razonables, valga un ejemplo: el laboratorio Gilead Sciences produce el fármaco oral sofosbuvir Sovaldi que cura la hepatitis C con cifras cercanas al 80-90% y sin casi efectos secundarios. Desgraciadamente, la mayor parte de los 185 millones de personas que se calcula que viven con hepatitis C en el mundo no dispondrán del nuevo medicamento porque es demasiado caro. Se calcula que el tratamiento puede costar unos 100.000 euros por paciente, precio que no es debido a los costes de producción, sino a que la empresa privada tiene el monopolio en virtud del derecho de propiedad intelectual, y puede poner el precio que quiera. Esto mismo se puede decir de otras medicinas que curan enfermedades graves. Por otra parte el móvil del beneficio hace que estas empresas concentren la investigación en los medicamentos más rentables en virtud de los recursos económicos de los posibles enfermos, descuidando las enfermedades que afectan a poblaciones pobres.

 No creo que sea disparatada e indigna de consideración la propuesta de que las empresas que operan en campos básicos se orienten al interés público y no al afán de beneficios privados con olvido de aquel interés. Puede que alguien diga que esas empresas deber seguir siendo privadas porque lo privado es más eficiente que lo público. ¡A estas alturas!

En realidad, cuando se tiene conocimiento suficiente y se es sensible al sufrimiento ajeno hay que ir más lejos, no bastan las propuestas prudentes que tanto escandalizan a los defensores del capitalismo. Hay que exigir otra forma de organizar la economía y la sociedad, y no sólo por razones de justicia. Es que además la forma capitalista no es viable a plazo medio, cuando el desmedido consumismo a que obliga se extienda a nuevas poblaciones y genere una presión insoportable sobre los recursos y el medio ambiente.

¿Por qué estamos en crisis?

Conviene no olvidar que la causa de la presente crisis económica no fue que fallara algo en la economía productiva, la que dota a la gente de bienes y servicios. No chocó contra la tierra un gran meteorito, ni saltaron por los aires mil fábricas como consecuencia de una acción terrorista concertada, ni se extendió por la tierra una pandemia que diezmó la población, ni hubo una sucesión impensable de catástrofes naturales, ni estalló una guerra que restringió los suministros de energía. No. No ocurrió ninguna catástrofe que afectara a la producción, ahí estaban todas las fábricas y oficinas con todos los trabajadores dispuestos a seguir con la tarea diaria, ahí estaban las materias primas y la demanda de la gente dispuesta a consumir.

¿Qué ocurrió entonces? Pues que la gran Banca mundial se encontró en situación de quiebra a causa de una ingeniería financiera, diseñada por la codicia de unos pocos, que acabó siendo incontrolable; y también a causa del estallido de la burbuja inmobiliaria. Esta a su vez había surgido y crecido también al amparo de los bancos, que otorgaban préstamos hipotecarios sin suficiente garantía para construcción y compra de viviendas y que alentaban la especulación inmobiliaria. Como consecuencia de la catástrofe bancaria se cortó el flujo de dinero a las empresas, muchas quebraron por ello y otras por la crisis en la construcción, fueron al paro sus trabajadores, los deudores hipotecarios se encontraron con que se habían depreciado las viviendas compradas, disminuyó el consumo, quebraron otras empresas por falta de demanda, y así sucesivamente.

De manera, no lo olvidemos, que la crisis se ha debido a que el único móvil de los bancos y entidades financieras de propiedad privada ha sido la ganancia a cualquier precio. A ello se ha sumado la lógica del sistema capitalista, en la que “los mercados” actúan generando procesos perversos regidos por una realimentación positiva.

Las recetas aplicadas para salir de la crisis

Asombrémonos de que, tras seis años de crisis, aún no se ha encontrado el remedio. Y mira que es sencillo. Tan sencillo como acabar con las causas y hacer frente a los efectos con medidas extraordinarias.

El buen remedio hubiera consistido primero en procesar a los responsables de la crisis y acabar con la propiedad privada y la desregulación del sector bancario y financiero. Y luego en hacer frente a los resultados de la crisis estableciendo moratorias, ayudando a las familias hipotecadas para que pudieran devolver sus créditos, reestableciendo las líneas de crédito a las empresas y facilitando la parcial reconversión de las empresas constructoras mediante ayudas a la rehabilitación de viviendas. De esta forma el empleo se habría mantenido.

Pero aunque todo esto hubiera podido hacerse, no se hizo. ¿Y por qué? Desde luego no por falta de dinero. Dinero hay para todo ello, el dinero aparece siempre, termina saliendo de debajo de las piedras, pero está claro que sólo cuando lo necesitan los de siempre. Por ejemplo, para financiar una guerra o, como en el caso presente, para rescatar a la banca.

Este rescate es lo único que interesaba a esa oscura entidad a la que podemos llamar Poder, pues es el verdadero poder del que los demás son delegados y servidores, el que controla a los Estados y Gobiernos. Dispone para ello de instituciones como el FMI, los Bancos centrales, los mercados, las puertas giratorias, los principales medios de comunicación y el servicio de gurús que se presentan como científicos de la economía, ciencia inexistente. ¿Qué esto es una ridícula teoría de la conspiración? No me hagan reír: pensar lo contrario sería tanto como dar por sentado que los dueños del capital no son personas racionales.

Así que se empezó a oír el clamor de los expertos que gritaban que lo primero era salvar a los grandes bancos, ya que son empresas sistémicas (esto es, que si se hunden arrastran la economía entera). Restaurada la confianza en el sistema financiero, la prosperidad vendría a continuación. Ni pensar siquiera en cometer el sacrilegio de convertir a los Bancos quebrados en empresas públicas.

Como sabemos, cientos de miles de millones pasaron de las haciendas públicas (del bolsillo de la población) a los bancos en quiebra causantes de la crisis, y esos bancos, una vez salvados, han seguido siendo de propiedad privada.

La segunda nefasta decisión del mencionado Poder fue ordenar a los Estados europeos que centraran su interés en los déficits presupuestarios y no en el empleo. El FMI, el BCE y la Comisión Europea, que no han salido de ninguna elección, establecieron unas condiciones draconianas para prestar dinero a los Estados que estaban en apuros: recortes brutales del gasto público, aumento de ingresos por la vía de los impuestos indirectos y de los directos que pagan las clases medias (nada de aumentar los impuestos a los ricos), y reforma laboral para liquidar los derechos de los trabajadores respecto a salarios y estabilidad, convirtiendo la relación laboral es una relación de semiesclavitud.

La idea, bien se ha visto que errónea, es que se crearía empleo solo por la bajada de los salarios y las facilidades de las empresas para el despido. Pero no ha sido así, pues malamente se crearán empleos si no hay expectativas de demanda, y esta depende del consumo, que ha sido frenado por el elevado endeudamiento de los hogares, herencia de la burbuja inmobiliaria, por la bajada de ingresos y por el mismo paro.

Los gobiernos, dóciles, no tuvieron nada que oponer. “Estamos haciendo lo único que se puede hacer. No se puede hacer otra cosa”, esa era la falsedad repetida hasta la náusea como disculpa.

Por otra parte, ya puestos a obedecer la orden inapelable, los Estados podían recortar gastos de unos capítulos u otros, pero ¿de cuáles recortaron? En España, y en otras partes, recortaron en Educación, Sanidad y gastos sociales. A pesar de ello el crédito ha seguido sin fluir, y los bancos que han obtenido préstamos a muy bajo interés del Banco Central Europeo no lo han dedicado a inyectarlo en el sistema productivo, han preferido prestarlo a su vez a los Estados por el interés abusivo decidido por el mercado. ¿Es que no podía entregar el BCE ese dinero directamente a los Estados al mismo interés que cobraba a los bancos privados, incluso a interés cero? No, por lo visto no. No pregunten por qué. Porque no. Eso es Europa. El caso es que este “no” ha producido enormes beneficios a la banca privada y enormes perjuicios a las haciendas públicas. Y un efecto adicional muy goloso: que los Estados, incapaces por su empobrecimiento de prestar sus servicios tradicionales, tendrán que irlos entregando al negocio privado. Noticia reciente: Grandes fondos de inversión entran en el negocio de la enseñanza. Ya lo han hecho antes en el de la sanidad.

En fin, se rescataron los bancos a costa de los contribuyentes y se reestableció la confianza de los mercados, pero todavía estamos esperando la prosperidad prometida. Y como lo hecho hasta ahora no ha sido suficiente, en su reciente informe sobre la situación de la economía de cada país el FMI sugiere a España más rebajas salariales, y hace una propuesta de reforma fiscal con más imposición indirecta (IVA, impuestos especiales) y una rebaja en el impuesto de Sociedades. De la contribución de los ricos ni media palabra. A todo lo cual se suma la Comisión Europea.

Creo que todo esto justifica la indignación de la gente honorable que grita ¡Hasta aquí hemos llegado! Y todavía hay por ahí quienes dicen que los partidos tradicionales, los que han cometido tamaños desaguisados sin inmutarse, han fracasado en las elecciones europeas porque no han sabido explicar bien qué es Europa. Humor negro.

Empobrecimiento de las clases medias

De manera que las autoridades económicas que consideraron imprescindible rescatar a los bancos no consideraron conveniente rescatar a las familias. Ni siquiera tuvieron en cuenta los beneficios adicionales que se podrían haber derivado de una fuerte reducción de las ejecuciones hipotecarias (algo que en España sí ha tenido en cuenta el Banco de Sabadell, y no le ha ido mal).

Algunos irresponsables nos vienen diciendo que la culpa ha sido de la población por endeudarse más de lo razonable, por pretender vivir por encima de sus posibilidades. Por lo visto querer tener una vivienda, por lo general modesta, es querer vivir por encima de lo posible. Aceptemos que muchas familias se endeudaron indebidamente, pero, como dice Paul Krugman, los malos préstamos siempre suponen errores por ambas partes: si los prestatarios fueron irresponsables, también lo fueron los bancos que les dejaron el dinero. Sin embargo cuando llegó la crisis, a los banqueros no se les consideró responsables de sus equivocaciones, mientras que las familias corrieron con todos los gastos.

El resultado de todo ello parece sugerir que tal vez no fue un error tan grande el de Marx cuando previó el declive de las clases medias y su proletarización. Incluso algunos observadores conservadores se dan cuenta de que la clase media está desapareciendo, insegura del futuro, sin medios para que sus hijos cursen estudios que les permitan progresar socialmente.

Si antes de hablaba del mileurista con la natural compasión, ahora un mileurista es un afortunado. Muchos salarios han bajado a los 600, incluso a los 400 euros, y sin garantía de estabilidad. Cada trabajador vive ahora en la angustia de no saber si mañana estará trabajando o en paro. Y no hay lugar a la protesta, porque el empresario se puede quitar de encima a todo trabajador que le incomode.

Para mayor oprobio, los perjudicados están viendo al mismo tiempo cómo se agranda  su distancia con el 1%, que salió de la crisis indemne. Pues resulta que la crisis no ha sido perjudicial para sus causantes. En la revista Alpha  se ha publicado la última “lista de los ricos” de Institutional Investor, una recopilación de los 25 gestores de fondos de cobertura mejor pagados; y resulta que han ganado un total de 21.000 millones de dólares en 2013. ¡Casi mil millones por cabeza! Y eso sólo de ingresos anuales, patrimonio aparte. Es de suponer que en 2014 ganen más, una vez sumada esa ganancia a su patrimonio.

¿Cómo puede defenderse un sistema cuya lógica tiene estos efectos perversos y es incapaz de encontrar remedio? Hay que añadir que cuando por fin salgamos de la crisis, porque algún día se saldrá, son incontables las personas que habrán sufrido perjuicios irreparables. Y siempre en beneficio de los mismos.

El capital en el siglo XXI

Claro que se puede objetar que todo lo dicho no va contra el capitalismo, sino contra el capitalismo neoliberal,  que ha eliminado las regulaciones y ha dejado que las ambiciones de la minoría que controla la economía mundial campen por sus respetos. Si se refundara el capitalismo, piensan algunos, la cosa sería distinta y no habría lugar para estas críticas. Y bien: ¿por qué no se refunda? Porque su propia lógica lo impide.

Muchos años antes de que estallara esta crisis escribí un libro de crítica al capitalismo que contiene, a mi parecer, muchas buenas razones aplicables al mejor de los capitalismos imaginables. La crítica se refiere a tres espacios: el económico, el ideológico (con una descripción de la población que el capitalismo produce) y el político (donde se describe la incompatibilidad de capitalismo y democracia). Un resumen puesto al día, con el título ¿Tiene remedio la sociedad capitalista? está incluido en este blog como libro digital a disposición del lector.

Ahora el economista francés Thomas Piketty analiza en una extensa obra (El Capital en el siglo XXI ) la evolución de la riqueza en Europa y EE UU en los últimos 200 años y demuestra con profusión de datos el aumento de la desigualdad hasta unos niveles  actuales que se acercan a los del siglo XIX.

Según Piketty, la desigualdad crece cuando la tasa de remuneración al capital es mayor que la tasa de crecimiento de la economía. Si llamamos “r” a la tasa de remuneración del capital y “g” a la tasa de crecimiento de la economía, tenemos la famosa formulación de Piketty: la desigualdad aumenta cuando “r>g”.

Pero ¿por qué “r” es mayor que “g”?  Por la lógica del mercado, que da más a quien más tiene y menos a quien tiene menos. Por tanto el aumento de la desigualdad es algo que ocurre inevitablemente en el capitalismo, ya que desproveer a los ricos de lo que les da el mercado es algo que los ricos no consienten.

A pesar de que el libro de Piketty llega a una conclusión obvia, que debería estar clara para todos desde hace mucho, ha causado gran conmoción, sobre todo en Estados Unidos. Si lo que dice Piketty es cierto (¡pues claro que lo es!) resulta que el capitalismo queda en entredicho.

Naturalmente, en seguida se han lanzado los defensores del establecimiento a señalar errores y fallos interpretativos. The Financial Times ha publicado un análisis de su editor económico Chris Giles en el que atribuye a  Piketty cálculos torticeros y numerosos errores, y pone en duda las conclusiones de la obra. Pero, como ha señalado Paul Krugman, aunque algunos errores concretos puedan ser ciertos, la idea global es correcta: “No es plausible que el aumento en la concentración de los ingresos del capital no reflejen un aumento más o menos comparable de la concentración del capital en sí mismo”.

¿Está justificado que haya ricos tan ricos?

Por mentira que parezca (aunque bien mirado es lo más natural, ya que los riquísimos pagan bien los servicios de legitimación y propaganda) los hay que argumentan que las grandes remuneraciones están justificadas porque van a parar a los innovadores y a los emprendedores, personas que crean empresas, y por tanto empleos, y hacen que avance la tecnología.

 Añaden con indignación desvergonzada que gravar a los ricos es destructivo e inmoral (destructivo porque disuade a los creadores de empleo de que se dediquen a lo suyo e inmoral porque la gente tiene derecho a quedarse con lo que gana). Les preocupa que la “obsesión” por querer que los ricos pierdan ingresos o patrimonio acabe dañando a los pobres. Si los ricos son menos ricos, dicen impávidos, la economía flaqueará y el paro crecerá. Y en un país con menos ricos se reducirá la recaudación fiscal. Por lo visto es una bendición y una suerte para todos que haya ricos, especialmente para los pobres. Los gobiernos parecen estar de acuerdo con estos alegatos, porque no osan tocar el patrimonio de los que más tienen.

Pero hay dos objeciones que hacer a esta defensa de la riqueza privada.

Una es que es que los premios económicos exorbitantes, incluso aunque premiaran el esfuerzo y el mérito, no son necesarios y son grandemente perjudiciales. No son necesarios para que prospere la innovación y para que los emprendedores trabajen intensamente, pues hay fuertes motivaciones que no son económicas, y para quien sólo se mueva por el afán de dinero, hay premios económicos razonables que no producirían desigualdades insoportables. A su vez, las remuneraciones disparatadas son perjudiciales, porque influyen negativamente en la moral de la población y en su funcionamiento económico, y hacen inviable la democracia.

La previsión de Piketty es que la brecha entre las clases medias y los más ricos se abrirá más  y la inequidad seguirá aumentando hasta llegar a niveles que socavan la democracia y la estabilidad económica. También Krugman cree que la desigualdad afecta a la calidad democrática, o a la democracia a secas. Pues “una riqueza inmensa permite comprar una inmensa influencia, no sólo en las políticas que se adoptan, sino en el discurso político”.

Esto es lo que piensan Piketty y Krugman. Yo pienso más bien que no son las actuales desigualdades las que socavan la democracia, porque nunca la hubo en el capitalismo, no puede haberla, y por tanto mal se puede socavar. Ocurre, simplemente, que lo que estaba disimulado se está haciendo patente.

La segunda objeción es que los que más ganan no son innovadores ni emprendedores. Como dice Krugman, aunque los que integran la lista de los ricos son hombres hechos a sí mismos, en su inmensa mayoría se hicieron a sí mismos hace mucho tiempo. Ahora son gestores de los fondos de cobertura y su negocio es la especulación financiera. Y resulta que los fondos de cobertura son un mal negocio para cualquiera excepto sus administradores; no ofrecen un rendimiento lo bastante elevado para justificar esos enormes honorarios y son una fuente importante de inestabilidad económica. Pero es que además muchos de los ingresos de los principales directores financieros no proceden de invertir el dinero de otros, sino de las rentas obtenidas del dinero que ellos mismos han acumulado (es decir, la razón por la que ganan tanto es que ya son muy ricos).

Con esos antecedentes,  se pregunta Krugman, ¿hay alguien dispuesto a afirmar que los que más dinero ganan en Estados Unidos —que son básicamente directores financieros o ejecutivos de grandes corporaciones— son héroes económicos? Añade que los apologistas de un capitalismo con ricos intocables intentan disfrazar los enormes ingresos de los verdaderamente ricos mezclando a estos con los meramente acomodados. En vez de hablar del 1% o el 0,1% con más dinero, hablan del aumento de los ingresos de los titulados universitarios, o tal vez del 5% con ingresos más elevados. El objetivo de esta tergiversación es suavizar la imagen, para que parezca que estamos hablando de profesionales altamente cualificados que salen adelante gracias a la formación y al trabajo duro. Pero muchos de los que tienen una buena formación y trabajan mucho, por ejemplo, los profesores, no ganan un dineral. El año pasado, los 25 gestores de fondos de cobertura antes mencionados (los de los 21.000 millones de dólares)  ganaron más del doble que todos los maestros de educación infantil de Estados Unidos juntos. O sea, que estamos en una sociedad dominada no por el trabajo y el mérito, sino por la riqueza, mucha de ella conseguida mediante la especulación o la herencia.

Lo que habría que proponer

Si los críticos conservadores se ponen de los nervios por peticiones de sentido común, moderadas y compatibles con el capitalismo, ¿qué ocurriría si algún partido se atreviera a pedir lo verdaderamente sensato, esto es, un límite razonable a la riqueza privada?

Se sabe que la forma más racional para reducir la desigualdad es apostar por la fiscalidad progresiva sobre las rentas y también sobre la riqueza neta de los individuos. Pero esto es decir poco si no se añade adónde debe llevar esa progresividad.

Dejemos aparte el igualitarismo, que con la población actual del mundo es un ideal inviable, y pensemos en un término medio entre igualitarismo y capitalismo. La clave de esa solución intermedia consiste en que la fiscalidad progresiva llegue al 100% cuando las rentas y el patrimonio sobrepasen una cantidad razonable. Yo he propuesto en otras ocasiones el tope máximo de 30.000 euros mensuales de renta y 5.000.000 de euros de patrimonio, con una renta mínima de 3.000 euros por persona. Los codiciosos podrían aspirar a premios económicos realmente suculentos y los demás podrían vivir una vida honorable.

Naturalmente, esa limitación de la riqueza privada haría por fin posible la democracia, al eliminar los grandes poderes económicos que, desde la sombra, lo manejan todo, sean medios de comunicación, mercados o gobiernos. Los Estados tendrían enormes recursos para políticas sociales, sobre todo para poner en marcha por fin una educación efectiva, de la que saldrían ciudadanos informados y responsables. Sería posible empezar a legislar teniendo en cuenta el bien común, y por tanto empezar a controlar la producción y el consumo de manera racional (salvar la Tierra para nuestros descendientes). Etc.

¿Qué puede encontrar de malo en esta propuesta una persona informada, racional y decente? ¿Es que acaso tal propuesta huele al azufre del infierno? Pues sí, sí. Eso dirían, no tengan duda, los esforzados defensores del capitalismo si algún partido se atreviera a hacer una propuesta semejante. Dirían también que es una propuesta inviable. ¿Por qué? No pueden responder con razones, sólo con la retórica de los que están ahí para responder lo que se tercie. Es inviable, sí, pero sólo porque el Poder no quiere. Hay que luchar para doblegarlo.