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ENTRE SISTEMAS AUTORITARIOS ANDA EL JUEGO, PERO NO TODOS SON IGUALES

Es natural que siga preocupando a muchos lo torpemente que están actuando las democracias occidentales respecto a la pandemia por comparación con China. ¿Cómo es posible? ¿Y cómo, a pesar de todo, se puede defender a nuestras democracias frente al autoritarismo antidemocrático?

En El País del pasado 3 de diciembre se ocupó de esta tarea Daniel Innerarity, catedrático de Filosofía Política que pertenece a ese selecto elenco de filósofos y teóricos que se dejan caer por los medios de PRISA para legitimar el sistema.

Partiendo, como todos ellos, del axioma de que nuestras “democracias” son democracias, Innerarity nos dice que éstas han estado siempre bajo la sospecha de ser incompetentes, sobre todo ante situaciones de urgencia y especial gravedad, recibiendo siempre el mismo reproche: entretenidas en discusiones, pierden el tiempo y postergan los problemas, mientras el liderazgo resolutivo de los autócratas es el único medio de llegar con la solución a tiempo.

La pandemia, nos sigue diciendo, ha dado mayor verosimilitud a estas viejas críticas de impotencia, pues el deseo de que haya una respuesta eficaz contra los riesgos hace que incluso la solución autoritaria sea atractiva para una parte creciente de la población y que los Gobiernos democráticos hayan recibido la recriminación de que son demasiado débiles.

Al mismo tiempo, y en dirección contraria, ha habido manifestaciones contra las medidas sanitarias apelando a las protecciones constitucionales de la libertad de los individuos a hacer todo lo que quieran, aun poniendo en riesgo la vida de los demás.

Este doble reproche vendría a significar que las democracias no disponen del poder suficiente para abordar las crisis y que aquel al que recurren es excesivo. Pero precisamente el desafío de la democracia liberal consiste en desplegar tanto poder como sea necesario, pero no más, para asegurar la libertad de todos. Por eso es preferible la democracia incluso aunque sea menos efectiva que el autoritarismo en situaciones de crisis.

Esta es la tesis que, sin mencionar a China, pero sin dejar de tener a China in mente, defiende Innerarity de manera errática apelando a tres argumentos.

El primero dice que los partidarios de empoderar a los Gobiernos para hacer frente a las crisis proponen que se hable menos y se actúe más, es decir, proponen prescindir de la dimensión deliberativa de la democracia. Pero hablar, en todos sus formatos, es una forma de actuar de la que no podemos prescindir ni siquiera en plena urgencia de la crisis. “Las decisiones colectivas, por muy urgentes que sean, no se pueden adoptar sino en el seno de una interpretación conflictiva de la realidad y en medio de una confrontación explícita de intereses. Pensar que la política puede ahorrarse ese momento de discusión para abordar directamente las soluciones es no haber entendido la naturaleza de la política e incluso la propia condición humana.”

De este argumento pasa Innerarity a otro que viene a decir que, aunque la indispensable deliberación implica retrasos, y aunque en la democracia hay un cuidado por respetar la libertad individual, nada de esto produciría perjuicios si la población tuviera confianza en sus gobernantes. De manera que tal vez el verdadero debate no sea el que compara democracias impotentes y autocracias poderosas, sino otro en torno al nivel de confianza social. En un país de elevada confianza, la ciudadanía se fía de la competencia de las élites para dirigirlo y las élites confían en la responsabilidad de la gente para conducirse sin poner en riesgo la salud pública. Las autoridades gobiernan con los ciudadanos y el principal recurso para enfrentarse a una pandemia es el ejercicio responsable de la libertad individual.

En cambio donde esa confianza es escasa hay tendencia a prohibir cualquier forma de contacto social para no arriesgarse a que la epidemia se propague. Al mismo tiempo las élites despliegan un combate encarnizado entre ellas por el poder, tratando de aprovechar en su favor la desconfianza creciente hacia quienes ocupan las instituciones. En suma, las autoridades gobiernan a pesar de los ciudadanos y las normas de coordinación social toman la forma de reglas minuciosas más que de principios que deben adaptarse a las circunstancias concretas.

De aquí pasa nuestro filósofo a un tercer argumento que enlaza con el primero y que viene a decir que, aunque el desacuerdo tiene muchos inconvenientes, al menos impide la obstinación en el error. Aun suponiendo que las democracias y los autoritarismos tengan las mismas posibilidades de equivocarse, es mejor equivocarse en una democracia porque en ella —debido al carácter controvertido de la opinión pública y a su régimen competitivo— es más fácil y más rápido abandonar el error (o que te obliguen a abandonarlo). La fuerza de la democracia se debe a su capacidad de proteger la crítica, incluida la crítica hacia sí misma, pues criticar razonadamente a las autoridades y a sus errores facilita procesos de aprendizaje abiertos. Una democracia puede cometer errores, pero al contrario de la tiranía puede aprender de ellos y corregir rápidamente los fallos o sustituir a quienes los cometieron. El poder de la democracia es su capacidad de aprender.

Argumentos que no tienen que ver con nuestro mundo

Estos tres argumentos son malos, pero es que no los hay mejores

En el primero parece suponer nuestro filósofo que las democracias son más lentas que las autocracias porque en las democracias se delibera, y esta cualidad, la deliberación, es tan importante que vale la pena no perderla aun a costa de menor rapidez y efectividad.

Esto lleva implícito, en sentido contrario, que en China no deliberan (es decir, no entienden la política ni la condición humana) y que por eso son más eficientes.

Se trata de un argumento falso en todas sus partes. Pues ocurre que las llamadas democracias capitalistas son en realidad plutocracias y que no se caracterizan precisamente por la deliberación pública. Y ocurre también que no es cierto que en los regímenes autoritarios no se delibere.

Contraponer democracia a autoritarismo es posible y fácil en el espacio puramente teórico, pero ello exige especificar las condiciones que deben darse para que digamos “esto es una democracia” o “esto es un régimen autoritario”. Si así lo hacemos en seguida quedará claro que no cabe democracia en el capitalismo (ver esto y esto).

Habitualmente se acepta que hay democracia si hay elecciones libres y libertad de asociación y de expresión, pero nunca se menciona una condición imprescindible: que la riqueza social esté equitativamente distribuida y que nadie acumule riqueza suficiente para controlar desde la sombra los procesos sociales.

La indigencia intelectual del planteamiento habitual es tan escandalosa que se toma por condición de la democracia lo que es un impedimento, pues la llamada “libertad de expresión”, entendida prioritariamente como libertad de los medios de comunicación privados, impide por sí sola cualquier posibilidad de democracia. No cabe democracia si los medios de comunicación están en manos del capital (ver aquí). Valga como ejemplo el caso de España, donde un sistema de medios de comunicación promovidos y financiados por los grandes poderes empresariales y bancarios y por la alta jerarquía de la Iglesia católica hacen imposible todo intento de discusión racional y sumen al pueblo en la mentira y la crispación con la única finalidad de acabar con un gobierno que no interesa a los promotores ocultos.

En realidad no podemos contraponer democracia a autoritarismo refiriéndonos al presente, como si ahora hubiera democracias por un lado y autoritarismos por otro.

Estamos en tiempos en que la democracia es imposible y sólo caben dos tipos de sistemas autoritarios: los controlados por una minoría dueña del capital (plutocracias) que actúa al servicio de sus propios intereses; y los controlados por una minoría que actúa teniendo en cuenta intereses populares.

Dice Innerarity que lo que diferencia a las democracias de las autocracias es el momento de la deliberación. Pero ¿de qué habla? Nuestro Parlamento, por ejemplo, es un lugar de no deliberación donde la derecha y la extrema derecha van a mentir e insultar y los demás a devolver los insultos o a guardar un silencio táctico.

Claro que en el mundo capitalista se delibera, pero en los centros secretos en que el poder económico se reúne con sus expertos y asesores, ya sabemos con qué finalidad. También se delibera en los partidos políticos prosistema, pero sólo sobre un tema: cómo obedecer las órdenes del poder económico sin que ello lleve a perder votos.

Lo dicho por Innerarity sugiere que en China no deliberan, lo que significaría que un buen día el autócrata Xi Jinping tiene la ocurrencia de un plan quinquenal, o de un plan para sacar de la pobreza a 800 millones de compatriotas, y que los demás se limitan a ponerlo en marcha sin discusión y sin tardanza. Aunque carecemos de datos directos, si juzgamos por los muchos indicios solventes que nos llegan, hemos de concluir que donde más se delibera para poner en marcha políticas que tienen en cuenta los intereses populares es en el partido comunista chino.

Si pasamos al segundo argumento de Innerarity vemos que corrige al primero. Pues ahora resulta que no es la deliberación la culpable de los fallos, sino la irresponsabilidad de la gente, a su vez originada por la falta de confianza en sus gobernantes, que a su vez es causa de que se acaben imponiendo reglas minuciosas autoritarias.

¿No percibe Innerarity que lo que está diciendo en que en todas partes hay autoritarismo, sólo que el de las democracias es tardío y menos eficiente? Y además no queda claro por qué, si las democracias son tan superiores, y si son tan respetuosas con las libertades individuales, los ciudadanos no confían en sus dirigentes. Pues no hay una sola “democracia” en la que los ciudadanos hayan confiado. Innerarity habla de “democracias de alta confianza”, pero sin citar una sola como ejemplo. Y es que no hay un solo ejemplo empírico. Es por tanto un concepto ideal.

Por otra parte hablar de confianza no tiene recorrido, pues no cabe imaginar un país capitalista en que la acción del gobierno genere confianza, por igual, en los ciudadanos de extrema derecha, de izquierdas, de extrema ignorancia y de suficiente conocimiento. Por otra parte no todos los ciudadanos tienen el mismo sentido de responsabilidad, como estamos cansados de ver. Alguien que conozca cómo son los distintos grupos de población que el capitalismo genera no puede tomar en serio eso de que la solución ha de descansar en la responsabilidad individual.

Vayamos al tercer argumento. ¿Es cierto que en todo caso el desacuerdo no es malo, sino bueno, porque permite a las democracias aprender? Este argumento valdría si pudiéramos decir que los retrasos, titubeos y desacuerdos iniciales permitieron que nuestras democracias aprendieran y que gracias a ello han sobrepasado en eficacia a los sistemas autoritarios (carentes, se supone, de esa capacidad de aprendizaje). Pero no lo podemos decir. Aquí seguimos repitiendo los mismos errores y allí acertaron. Y ni siquiera podemos aquí imitar el acierto de allí.

En los últimos decenios las “democracias” occidentales sólo han aprendido a aumentar de manera escandalosa las desigualdades sociales, a propagar la pobreza, a defender por encima de todo los intereses de los ricos y a alimentar a la extrema derecha.

En fin, que nuestro filósofo se ha metido en la tarea imposible de defender nuestras plutocracias como si fueran democracias ideales. ¿Ignorancia o mala fe? Pues de mala fe habría que calificar la tarea de defender lo indefendible a sabiendas de que es indefendible.

Una explicación realista

El fracaso de las “democracias” occidentales por comparación con China tiene una explicación muy elemental.

En China el Estado controla el mercado y dispone de recursos suficientes.

Ha podido por tanto imponer a los ciudadanos una conducta racional tendente a acabar primero con la pandemia sin pánico a los efectos económicos inmediatos, y esto se ha hecho con clara determinación y por un tiempo relativamente breve, puesto que la pandemia ha sido vencida muy pronto. Los efectos del cierre de gran parte de la actividad económica estuvieron bajo control y el Estado dispuso de ingentes recursos para implementar todas las medidas técnicamente necesarias y para compensar con ayudas suficientes a parados y empresas perjudicadas. Las normas fueron en general aceptadas por los ciudadanos, pero en todo caso respaldadas por un poder público riguroso, que ha ganado credibilidad con su éxito final. Y ahora, aunque no sufren la pandemia, siguen empleando grandes recursos en mantener una vigilancia minuciosa y acabar con cualquier brote que se detecte.

En cambio la mala gestión de la pandemia en las sociedades capitalistas se ha debido a lo siguiente:

-En las sociedades capitalistas el Estado no controla el mercado y en un mercado “libre” el cierre de algunos sectores económicos produce turbulencias en cadena cuyos efectos van llegando a partes crecientes de la población y acaban con la economía en crisis. De manera que en la actual pandemia los gobiernos han sufrido las presiones de los perjudicados por las medidas restrictivas, han calculado el coste electoral de no atenderlas y se han asustado ante efectos que no pueden controlar, produciéndose una irracional alternativa entre exigencias sanitarias y exigencias económicas, como si fuera posible economía sin salud. Se ha intentado eludir el cierre temporal de la actividad económica, pero los efectos sanitarios han obligado más tarde a tomar medidas restrictivas más fuertes, en un continuo titubeo que ha agravado la situación y ha hecho crecer la desconfianza. Prueba de que no se trató nunca de salvaguardar la libertad individual es que en todas las “democracias” se ha acabado imponiendo a los ciudadanos confinamientos, cierre de negocios, restricciones a la movilidad, toques de queda, etc. Sólo que con dudas y a destiempo, y por ello con efectos calamitosos a largo plazo. Las proyecciones macroeconómicas del Banco de España apuntan a que el PIB no volverá al nivel de finales de 2019 hasta la segunda mitad de 2023, un escenario para el que maneja una alternativa optimista (la caída durará sólo un año y medio) y otra pesimista (llegará hasta 2024). Joseph E. Stiglitz, premio Nobel de Economía y profesor distinguido de la Universidad de Columbia, cree que en EE. UU. es ya demasiado tarde para una recuperación en forma de V. “Muchas empresas han quebrado, y muchas más lo harán en las semanas y meses venideros; hogares y empresas se están quedando sin reservas. Para colmo, es posible que las estadísticas no expresen la magnitud de la crisis. La pandemia ha hecho estragos en el nivel inferior de la distribución de ingresos y riqueza. Incluso quienes pudieron valerse de las políticas contra desalojos y ejecuciones hipotecarias están cada vez más endeudados, y puede que no resistan mucho más.” Entretanto la economía china está creciendo.

-Una segunda causa ha sido que la crisis de 2008 se resolvió al modo neoliberal. Los recortes en el gasto social supusieron un deterioro en la sanidad pública. El aumento escandaloso de las desigualdades sociales lanzó a muchos a la pobreza y a la pobreza extrema. Los efectos de la pandemia son superiores y menos controlables entre la población marginada.

-La perversión de la política neoliberal es denunciada por el mismo Stiglitz, para quien está claro que el neoliberalismo no sólo provocó menos crecimiento y más desigualdad, sino además una economía totalmente desprovista de resiliencia y un Estado al que se privó de capacidad para responder en forma eficaz a una crisis. Dado que los ricos no tributan significativamente, los Estados capitalistas no disponen de recursos para enfrentarse al reto sanitario ni al de la desigualdad social. Nuestro Gobierno declara obligatorio el uso de mascarillas, pero no proporciona de manera gratuita mascarillas a quienes no las pueden pagar. No hay dinero público para compensar a todas las personas y empresas que sufren más directamente los efectos de la pandemia, ni para reforzar la sanidad primaria, ni para contratar los rastreadores necesarios, ni para hacer los test gratuitos necesarios, ni para facilitar la cuarentena a los contagiados que viven con familias numerosas en pisos pequeños. La falta de recursos ha llevado incluso a la desaparición de las agencias de salud pública.

Esta es la explicación realista y no la imaginada por Innerarity, referida a un mundo que no existe.

El autoritarismo de las “democracias”

Volvamos a la falacia de colocar democracia a un lado y autoritarismo enfrente. Las plutocracias con disfraz democrático son regímenes profundamente autoritarios por debajo de la apariencia, porque utilizan su capacidad de control (de la economía, de los partidos políticos, de los medios de comunicación y de teóricos y expertos) para imponer mediante policías, tribunales y cárceles el respeto a la propiedad del rico no importa lo cuantiosa que sea.

Si, por ejemplo, un español es propietario de 57.000 millones de euros, esa propiedad le está garantizada y defendida por la ley y él es considerado un prócer ilustre. ¿Qué justificación tiene esa riqueza? No es el premio al trabajo, porque hay pobres que trabajan más, ni a las ideas, porque hay científicos brillantes que hacen un gran beneficio social sin reflejo en su sueldo mediocre. En realidad un rico que no haga nada salvo encargar a expertos que especulen con su dinero verá cómo aumenta su riqueza año tras año. En el mejor de los casos, si todo ha sido legal, la única justificación de las riquezas obscenas es el mercado. ¿Y quién es el mercado para dar y quitar? Silencio. Pero millones de pobres tienen que respetar ese reparto si no quieren ir a la cárcel, no importa que ellos y sus hijos estén pasando hambre.

No sólo la legislación civil y penal protege autoritariamente la riqueza ilimitada del rico, sino que la legislación fiscal deja portillos abiertos para que el rico eluda el pago de los escasos impuestos a que está obligado, de forma que el Estado indigente no tiene más remedio que echar mano de los impuestos indirectos (el IVA entre ellos, que el pobre de solemnidad ha de pagar en cada compra que hace).

Ah, pero esas leyes no son autoritarias, se nos dice, porque han sido promulgadas por Parlamentos que representan la voluntad popular.

Quienes así argumentan no reparan en la anomalía de que, siendo la democracia el gobierno del pueblo para el pueblo, los representantes del pueblo legislen contra el pueblo y a favor de una minoría explotadora del pueblo.

Como Marx y Engels percibieron, el Estado capitalista es el consejo de administración de los ricos. Son los ricos los que legislan a través de sus esbirros políticos y con el apoyo de sus esbirros mediáticos y académicos, obligados a defender este sistema si quieren prosperar o no sufrir represalias. Se crea así un coro unánime de alabanzas a las bondades del sistema (véase el artículo criticado) y de ataques a cualquier intento de crítica racional, adoctrinamiento incesante que abruma al pueblo y lo instala en la “falsa conciencia” de que también habló Marx. Sutil autoritarismo.

La mejor forma política ha de ser, por ahora, autoritaria

Ojalá algún día desaparezcan los sistemas políticos autoritarios y podamos vivir en democracia. Pero por ahora esto es imposible.

Un experimento mental vale para demostrar que el mejor de los regímenes posibles tendría que ser hoy autoritario.

Imaginemos un país en el que un partido de izquierdas arrebata el poder a los ricos y pretende ejercerlo en beneficio del pueblo. Imaginemos que tiene como finalidad conseguir una sociedad de ciudadanos autónomos, ilustrados y solidarios y que para ello dedica un gran esfuerzo a la educación y trata de remover los obstáculos sociales que se presentan como antiescuelas, los que tratan de perpetuar la ignorancia, el egoísmo y el miedo que caracterizan a la población heredada.

Es evidente que la legislación de ese país imaginario debe caracterizarse por un socialismo militante, que no permita los intentos de acabar con él y reinstaurar un sistema capitalista. Si con la población heredada se permite que desde el exterior se financien partidos políticos y medios de comunicación antisocialistas, y actividades subversivas o incluso terroristas, es seguro que el proyecto igualitario y de emancipación colectiva sucumbirá.

Los bien informados saben que muchos aparentes luchadores por la libertad y la democracia en sitios estratégicos (Hong Kong, Taiwán, Cuba, Venezuela) están largamente financiados por EE. UU. y al servicio de sus intereses. Y que cuando los gobiernos capitalistas exigen a algún país que se democratice no están en realidad pidiendo eso. La democracia les trae al fresco, como prueba que han auspiciado dictaduras o las toleran muy amistosamente. Lo que están pidiendo a ese país es que cambie su legislación y se abra a ser colonizado por el capital extranjero.

Sólo el día en que la población haya recibido una constitución mental compatible con el socialismo (es decir, cuando una población mayoritariamente ilustrada y solidaria no quiera que haya explotadores y explotados) se podrá al fin llegar a una verdadera democracia e incluso a la desaparición del Estado, sustituido por la responsabilidad individual.

Conclusión: condenados a autoritarismos de uno u otro signo, el autoritarismo chino no sólo es más efectivo que el capitalista para resolver una crisis sanitaria, sino más defendible desde una consideración moral. Ha servido para sacar a 800 millones de la pobreza y para hacer grandes inversiones en educación y sanidad, mientras nuestros autoritarismos recortan el gasto social y aumentan el número de pobres y también el de fascistas dispuestos a salvar el país fusilando a la mitad de su población.

jmchamorro@jmchamorro.info

AUTORITARISMOS, NORMALIDAD Y PANDEMIA

La pandemia está colocando al capitalismo ante un espejo cruel y vuelve a poner sobre la mesa un asunto del que no se quiere hablar. ¿Acaso es más eficiente y justo el sistema autoritario chino que las llamadas democracias capitalistas?

Cuestión semejante ya se planteó en los tiempos iniciales de la URSS, cuya efectividad económica fue de inicio impresionante y cuya justicia social era muy superior a la capitalista.

El capitalismo hizo dos cosas para afrontar aquella pugna: dulcificarse mediante el Estado de Bienestar y hacer todo lo posible para que la URSS descarrilara, a lo que ayudó mucho la dictadura estalinista. Quedó desde entonces muy establecida la identificación de comunismo con ineficacia y crimen, y de capitalismo con eficacia y libertad. Todo en orden.

Ahora la pugna se repite, pero con dos variantes. Los controladores del capitalismo decidieron que, ya que la URSS había sido derrotada, era oportuno ir desmontando el Estado de Bienestar y la capacidad de resistencia obrera. La consecuencia es que la injusticia se ha multiplicado hasta un nivel insoportable. Y por otra parte no parece que se pueda sacar a China de su camino ascendente por muchos esfuerzos que haga un EE UU en decadencia.

Insistiendo, aunque con nuevos datos, en lo que dije el pasado marzo (ver aquí), las dos cuestiones abiertas son éstas: si es preferible una planificación económica estatal con propiedad pública de los principales sectores productivos o, por el contrario, una economía no planificada, controlada por el mercado y con una propiedad pública reducida al mínimo. Y si nuestras llamadas democracias son en realidad formas solapadas de autoritarismo.

Estas cuestiones no son discutidas en los medios, como si estuviera fuera de duda cuál debe ser la respuesta. Si alguien se atreve a utilizar argumentos racionales y morales, se encontrará con que se le desestima tachándolo de populista, radical y antisistema.

La economía planificada y la economía de mercado frente a la crisis

Es de sentido común que, en una crisis como la pandemia actual, sólo puede producir ventajas que el mercado esté sometido a una planificación pública en manos de un Estado no dimitido, y controlador de las principales empresas del país.

El éxito de China contra la pandemia, siendo el país más poblado del mundo, se ha debido básicamente al control estatal de la economía, que ha permitido adoptar las medidas necesarias sin tener en cuenta el impacto económico inmediato, por otra parte siempre en gran medida bajo control. De ahí que, una vez vencida la pandemia, la economía se haya recuperado rápidamente y comience a crecer.

En cambio, dado que el impacto de la pandemia en una economía de mercado es incontrolable y de repercusiones a largo plazo, los gobiernos titubean, dudando entre hacer lo conveniente para vencer la pandemia o hacer lo que demanda la estabilidad económica, con lo que se han hecho débiles para atajar la pandemia, no han salvado la economía y están obligados a volver a empezar en medio de una segunda ola, sumidos en una crisis que parece que va para largo.

Aun si nos fijamos en los países capitalistas que mejor funcionan, queda muy claro que, cuando sobreviene una crisis, aumentan los grados de injusticia, porque inevitablemente el mercado hace que paguen la crisis los de siempre y se enriquezcan aún más los de siempre. Al mismo tiempo aumentan los grados de irracionalidad, porque los poderes públicos están maniatados y responden demasiado tarde y mal.

¿Y en situaciones de normalidad?

También va siendo indiscutible el éxito de la economía planificada en situaciones de normalidad.

En noviembre de 2018, durante la inauguración en Pekín del Foro Internacional de la Reforma y Apertura y la Reducción de la Pobreza en China, el surcoreano Jim Yong Kim, presidente del Banco Mundial, mostró su admiración por la aportación de China a la economía mundial, que había pasado del 1,5 % en 1978 al 15 %, mientras el ingreso per cápita se había multiplicado por 25, de los 300 dólares en 1978 a 7.300 dólares en 2017 (9.180 en 2019). En esa misma ocasión el administrador del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), Achim Steiner, ponderó la profunda transformación vivida en el gigante asiático hasta convertirse en la segunda potencia económica mundial.

Aparte las cifras macroeconómicas, lo relevante no es sólo que China haya realizado inversiones masivas en los ámbitos agrícola, de infraestructuras y de investigación científica hasta situarse a la cabeza del mundo en tecnología, sino que se ha centrado en el capital humano y ha realizado grandes inversiones en educación (12,63 % del PIB), sanidad y erradicación de la pobreza.

Tanto Jin Yong Kim como Steiner alabaron la lucha contra la pobreza en China, que en las últimas cuatro décadas había logrado sacar de esa situación a más de 800 millones de personas. “Es un fenómeno incomparable en la historia de la humanidad”, afirmaron tras subrayar que China ha sabido combatir la pobreza de una manera “multidimensional”, aproximándose  rápidamente a una sociedad de clases medias “moderadamente prósperas en todo sentido”, como dicen sus gobernantes.

Entretanto en los países sometidos al mercado neoliberal aumenta el número de personas sumidas en la pobreza, incluso en la pobreza extrema, aumenta la riqueza extrema de un número cada vez menor de personas y los Estados carecen de ingresos para acometer políticas públicas ambiciosas.

Autoritarismo aparente frente a autoritarismo oculto

Dejando aparte a los que afirman o insinúan, siguiendo la línea de Trump, que China ha fabricado el virus para infectar a sus competidores y hacerse dueña del mundo, lo habitual es insistir en que el éxito chino contra la pandemia se ha debido a su autoritarismo, que atenta contra la libertad tan cara a nuestras democracias. Vivir en libertad, se viene a decir, tiene su precio, pero vale la pena pagarlo.

Demos por cierto que el sistema chino, es un régimen autoritario y por tanto no es un sistema político ideal. Aunque se celebran allí elecciones libres para los Comités de Aldea, el partido comunista es el único con poder real (hay otros partidos, pero todos colaboradores con el comunista). Se puede añadir que hay cierta opacidad sobre ingresos, riqueza, fuga de capitales y corrupción, y que las autoridades vetan trabajos que les son críticos (por ejemplo el del economista Thomas Piketty), mientras los alaban si son favorables.

Hemos de admitir además que la mezcla china de socialismo y mercado no ha conseguido que el crecimiento de las últimas décadas haya llegado a todos de manera homogénea. Las desigualdades han aumentado desde 2015, aunque esto no sea sólo achacable a decisiones políticas. Opera en China una tradición cultural muy respetuosa con el privilegio heredado y, por tanto, poco compatible con el socialismo, de forma que la movilidad social está en China más determinada (84%) que en nuestras sociedades (73%), y no por culpa del partido comunista, que querría erradicar esa tradición, pero no ve forma de hacerlo por su gran arraigo social.

En todo caso, si ponemos en el otro platillo de la balanza el aumento incomparablemente mayor de las desigualdades sociales, la pobreza infantil y la inseguridad respecto al futuro de nuestras sociedades, tendríamos que llegar a la desalentadora conclusión de que la democracia es incapaz de actuar con eficacia en una crisis y, aún más, que es incapaz de beneficiar al conjunto de la población cuando hay bonanza, mientras el autoritarismo lo consigue.

Afortunadamente la incomodidad se resuelve si tenemos en cuenta que no se están enfrentando autoritarismo y democracia, sino dos formas de autoritarismo.

Y es que en nuestros países aparentemente democráticos vivimos un autoritarismo que, precisamente por oculto, es de peor condición y que daña de manera irreparable a la mayoría de la población.

Estamos cansados de apelaciones a Montesquieu para dictaminar que en las democracias hay tres poderes, legislativo, ejecutivo y judicial, cuya independencia debe garantizarse.

Pero ¿son éstos los únicos poderes a considerar? ¿Son siquiera los más importantes? Algunos añaden un cuarto poder, el de los medios de comunicación.

Oportunamente se olvidan siempre del poder principal: el poder económico que actúa en la sombra, en manos de unas pocas personas, y que controla a los poderes restantes. He aquí la verdadera conspiración, de la que no hablan quienes están viendo falsas conspiraciones por todas partes.

Padecemos una legislación que recorta los ingresos del Estado y proporciona a los poderosos mil formas de eludir el pago de los escasos impuestos a que están legalmente obligados. Y los que inspiran esa legislación son los mismos que actuaron a través de sus servidores (FMI, BM, Ángela Merkel) para obligar a Rajoy y Zapatero a cambiar a toda prisa y sin debate público, en beneficio de la banca internacional y en perjuicio de la población española, un artículo de la sagrada e intocable Constitución.

Los servidores del capital dicen que las políticas neoliberales son inevitables porque cualquier alternativa sería peor en virtud de las leyes económicas, a las que apelan como si se tratara de leyes científicas, siendo así que las cambian a su conveniencia. Pero China demuestra que se puede actuar de otra forma sin riesgo para la economía. Y si en los países capitalistas no se puede hacer lo que allí se hace es porque lo impide el poder de los dueños del dinero. Ese poder oculto no es llamado autoritarismo criminal, es llamado democracia.

Resulta irónico que se invoque la palabra libertad como fundamento de numerosas acciones públicas que nos privan de libertad. Pues el sistema político priva de libertad cuando no da a la ciudadanía una educación tan buena como ya es posible, y también cuando niega a millones de ciudadanos los medios económicos imprescindibles para eso que se llama realización personal. Poca libertad tiene el ignorante que se perjudica sin saberlo. Poca libertad tiene el pobre, aparte de ejercer su derecho a dormir bajo los puentes. Tenemos por tanto millones de personas privadas de libertad en el buen sentido y no podemos presumir de democracia.

Moral comunitaria frente a individualismo

Algunos alegan que también hay democracias exitosas contra la pandemia, como Corea del Sur, Hong Kong, Singapur o Taiwán. ¡Qué casualidad, los cuatro tigres asiáticos, escaparates artificiales del capitalismo concebidos y alentados como armas contra China!

Todos ellos tienen en común con China o Vietnam que son países asiáticos.

El éxito contra la pandemia en países como China o Vietnam no sólo se ha debido a medidas políticas y económicas acertadas, sino también a una respuesta popular favorable.

En el caso de Vietnam, su economía, aunque en rápido desarrollo, no ha llegado a un nivel que permita programas de pruebas masivas a gran escala, pero allí se han utilizado las fuerzas de seguridad militar, ayudadas por los vecinos que informan si sospechan de una mala conducta. “Este no es un enfoque que pueda adoptarse en las sociedades occidentales”, se dice con hipocresía. Es cierto que en nuestra cultura individualista se ha despreciado al acusica. Pero hemos aplaudido a quienes han publicado listas de defraudadores fiscales, hacemos campañas para que los testigos de violencia machista la denuncien, y lo mismo los testigos de acoso escolar, y nos parece obligación ciudadana llamar a la policía para que corte un botellón que contraviene las normas sanitarias. ¿Qué es lo que está mal, comportarse de manera peligrosa para la salud ajena o denunciar ese comportamiento?

La realidad es que las culturas asiáticas tienen una concepción más comunitaria de la persona, y esto es una ventaja, porque nuestro individualismo se basa en el mito anticientífico de que el individuo es autónomo y que la sociedad no es otra cosa que un corsé que lo oprime. En occidente hemos olvidado lo que ya sabían los filósofos antiguos, que la persona es un ser social, esto es, que no puede existir y persistir sin una sociedad, y que por ello debe ser solidaria con ella y sentirse en alguna medida deudora. Cuando alguien se dedica a una autonomía insolidaria olvida que nació en un grupo que cuidó de él, le dio el lenguaje y sigue proveyéndole de todo lo que necesita para sobrevivir, incluso cuando sobrevive ejerciendo su egoísmo.

Por ello una gran parte de lo que nos parece autoritarismo oriental es allí la forma normal de comportamiento. Si para acabar con la pandemia hay que aceptar unos sacrificios y unos controles, la población tiende a aceptarlos y lo contrario les parece inaceptable. Si alguien quiere escabullirse de sus obligaciones, los comités de barrio o la policía se lo recuerdan y, si esto no basta, se lo exigen. En nuestros países capitalistas estamos viendo cómo incumplen las normas día tras día grupos caracterizados por la ignorancia (los negacionistas) o cegados por el odio al gobierno, o meramente irresponsables. Y todo ello con una impunidad que les anima a seguirlo haciendo.

Ante la pasividad de gobiernos titubeantes, estos grupos vociferan por las calles llamando libertad a su agresión a la salud ajena. Es la libertad que invocan los Aznares del mundo, porque ¿quién puede privarles de su sagrado derecho a hacer lo que les dé la gana, beber por ejemplo unas copas antes de coger el volante del coche?

Muchos de los que se comportan irresponsablemente son jóvenes que ponen de manifiesto dos cosas achacables a nuestro sistema: han recibido una pobre educación cívica y moral. Y frustrados porque la sociedad les niega un futuro abierto y prometedor, no se sienten solidarios con ella.

El agravado caso español

Si esta es la comparación que cabe entre un semisocialismo como el chino y las sociedades capitalistas más presentables, lo que está ocurriendo en España parece resultado de un guion bufo.

En España la pandemia está acelerando la destrucción del mito de la modélica Transición, que no depuró en su momento ni a los políticos, ni a la policía, ni al ejército, ni al alto funcionariado, ni a la judicatura de la dictadura, y que enseñó en la escuela una interpretación equidistante de la historia de España desde la última República. Todo ello está teniendo ahora su influencia.

La ultraderecha fascista que dominó la etapa franquista, liberada de rendir cuentas en la Transición, y no desenmascarada en las escuelas y medios de comunicación, se mantuvo en Alianza Popular primero y en el Partido Popular luego. Allí ha estado y allí sigue en parte, porque otra parte se ha escindido y opera en VOX, aunque en estrecha connivencia con el resto de la derecha. Esta ultraderecha fascista ataca al gobierno de coalición acusándolo de comunista-bolivariano y terrorista, y viene utilizando la pandemia para hacer una oposición plagada de acusaciones irracionales, con apoyo en unos jueces y unos medios de comunicación mucho más escorados a la derecha que lo que se estila en el resto de Europa.

La derecha española no está tan interesada en resolver la crisis sanitaria como en conseguir que el gobierno de coalición caiga.

El economista Juan Torres López explica por qué el líder del Partido Popular y sus eurodiputados llevan varias semanas presionando en Bruselas para tratar de evitar que la Unión Europea conceda a España las ayudas acordadas para combatir la crisis provocada por la pandemia. A juicio de Juan Torres al PP no le importa el daño para muchos empresarios y trabajadores españoles porque espera que, si la economía se hunde, los votantes culpen al gobierno del desastre y la derecha vuelva a gobernar. Y hace esto en defensa de los intereses de un grupo de grandes empresas españolas que se han acostumbrado a obtener sus beneficios como regalías y favores procedentes del poder político, capturando todas las redes del Estado, de sus instituciones y del poder político para ponerlas a su servicio. De la fusión de esas empresas con los poderes del Estado nació hace ya muchos años la oligarquía que domina la economía, la política, los medios de comunicación y a España en su conjunto.

Cabe añadir que estas grandes empresas han tolerado gobiernos de un PSOE inspirado por Felipe González y sus acólitos, pero recelan de Pedro Sánchez y no pueden aceptar un gobierno de coalición con una UP a la que no controlan. Para esa oligarquía es prioritario acabar con el actual gobierno de coalición, pese a que sólo se propone tímidas medidas socialdemócratas.

El problema del gobierno es que actúa mediatizado por las críticas que va a recibir haga lo que haga, por la oposición frontal que el PP viene haciendo a través, sobre todo, de la Comunidad de Madrid y por el miedo a las repercusiones electorales de medidas necesarias.

España es diferente, decían. Lo estamos viendo.

jmchamorro@jmchamorro.info

CHINA, LAS DEMOCRACIAS Y EL CORONAVIRUS: UNA LECCIÓN PRÁCTICA

China ha tenido éxito en la detención de la epidemia del coronavirus y ha ofrecido al mundo un alarde en ninguna otra parte posible: la construcción en pocos días de grandes hospitales provisionales, algunos de ellos ya desmantelados. Y también la aplicación por primera vez en la historia de una cuarentena a sesenta millones de personas.

En seguida se ha dicho que la cuarentena ha ido acompañada de medidas draconianas y sanciones incompatibles con Estados democráticos y sólo al alcance de autocracias como la china.

Pero esto ha llevado a una inquietud, pues parece dejar claro que las autocracias son más efectivas que las democracias. ¿Cómo evitar esta conclusión? ¿Acaso no se ha venido diciendo que la democracia y la economía de mercado son dos caras de la misma moneda, que la democracia es más eficiente que la dictadura, y que la empresa privada funciona mejor que la pública?

Para mayor confusión, resulta que nuestros Estados democráticos se están viendo obligados a tomar medidas parecidas a las tomadas en China, sólo que tardías y menos efectivas.

El asunto merece una reflexión desde el punto de vista políticamente incorrecto.

Dos tipos de dictadura

El régimen chino no es una autocracia, por mucho poder que tenga Xi Jimpin. Es una dictadura del partido comunista.

Los regímenes occidentales son plutocracias, esto es, dictaduras del capital disfrazadas de democracias.

A mi juicio es en algún sentido preferible la dictadura explícita por su menor hipocresía. El partido comunista es responsable de las medidas económicas y políticas que se toman en China. En cambio entre nosotros mucha gente cree que son los partidos políticos y sus líderes quienes deciden, pero Parlamentos y Gobiernos son testaferros que sólo pueden actuar en el estrecho espacio que el poder económico les fija desde la sombra. A su vez Parlamentos y Gobiernos se escudan en supuestas leyes económicas que obligan a políticas contra las mayorías. Y como no cabe pedir responsabilidades a “leyes científicas”, los verdaderos responsables quedan siempre fuera de foco.

¿Somos libres?

Medidas racionales y necesarias chocan en nuestras sociedades con el sagrado principio de no intervención en el mercado y con el concepto de libertad propio del individualismo occidental.

Por comparación con China, ¿son libres nuestros medios de comunicación privados? ¿Son libres nuestras televisiones públicas? ¿Son libres nuestros ciudadanos porque pueden votar a partidos que no son libres para hacer lo que conviene a la mayoría?

En China hay medios públicos controlados por el Partido Comunista y hay numerosos medios privados controlados por sus dueños dentro del espacio que el gobierno les concede. Los minoritarios pueden ser muy críticos, los de masas mucho menos. No sé por qué algunos creen que estamos por encima de China en términos de libertad. Puesto a aguantar la ideología oficial (allí a favor del comunismo, aquí a favor del capitalismo) prefiero aquella.

Razones de la eficacia china

Si nuestras “democracias” son dictaduras encubiertas, ¿por qué es más efectiva la china? Hay distintas cuestiones a considerar.

1. La economía china no es comunista, porque allí se percibió bien pronto que el éxito de la revolución dependía de una interacción inteligente con la economía mundial, predominantemente capitalista, de manera que la propiedad estatal representa cerca de un tercio, la mixta más de un tercio y la privada un tercio.

Pero el Estado planifica y controla las industrias básicas como los ferrocarriles, la aviación civil, los correos, las telecomunicaciones, la electricidad, el agua potable y el gas, así como los espacios de la investigación científica, la educación, la defensa nacional y el sector financiero.

La planificación es una actividad racional que tiene la posibilidad de ser diseñada atendiendo al bien común, esto es, al beneficio de la población.

La conjunción de planificación central y propiedad pública da resultados espectaculares. China ha pasado en sólo 70 años de estar a la cola del mundo a estar a la cabeza. Ha librado en poco tiempo a cientos de millones de campesinos de su pobreza y ha escalado a lo más alto en investigación, tecnología y capacidad económica. Por ejemplo, ha fabricado el radiotelescopio más sensible del mundo y la primera red de comunicación cuántica, y es pionera en 5G, supercomputadores (tiene los más rápidos), drones aéreos supersónicos, etc.

2. El sistema capitalista implementa la dictadura del capital a través del mercado, que es un mecanismo irracional diseñado para producir beneficios privados, y cuya lógica consiste en dar más a quienes más tienen y menos a quienes tienen menos. El resultado es que quienes más tienen ponen en pie medios de comunicación para fabricar opinión favorable al sistema, y controlan la legislación a fin de que su riqueza aumente y su contribución al bien común sea mínima. Y quienes menos tienen no pueden satisfacer sus necesidades básicas porque el mercado sólo da mercancías y servicios a quien puede pagar su precio. Por su propia lógica, el mercado actúa contra los intereses de la mayoría de la población. Por eso surgieron tras la segunda guerra mundial las medidas socialdemócratas de bienestar social, que tras la caída de la URSS el capitalismo neoliberal viene intentando desmantelar.

3. En casos de emergencia, como la actual pandemia, los enormes recursos del Estado chino y su control de la economía pueden ser puestos al servicio de soluciones rápidas por costosas que sean en términos económicos y logísticos. El brote del coronavirus coincidió con las vacaciones del Año Nuevo Lunar, pero las autoridades ordenaron reabrir las fábricas y funcionar a pleno rendimiento para cubrir la enorme demanda que venía de la provincia de Hubei y del resto del país.

Pasado lo peor, la vuelta al trabajo se está haciendo de forma coordinada. Según noticias que nos llegan, fuera de Hubei la tasa media de reanudación de la actividad empresarial es del 95% para las grandes empresas y del 60% para pequeñas y medianas empresas. El verdadero problema para la economía china no va a estar dentro, sino fuera, por la caída de demanda de otros países afectados por la pandemia. De momento China está ayudando a otros países con el envío de especialistas y material médico.

4. En cambio en los regímenes de “democracias” capitalistas, estando la mayor parte de los recursos en manos privadas para intereses privados, los Estados ni siquiera disponen de lo necesario para gestionar la rutina, mucho menos para hacer frente a situaciones extraordinarias. Y en todo caso están constreñidos por la necesidad de evitar efectos inmanejables por el mercado, que pueden llevar a situaciones catastróficas.

La Unión Europea es incapaz de ofrecer una respuesta coordinada, en parte por el egoísmo de los países más ricos, que ya han dicho que no creen necesario ampliar el esfuerzo fiscal de la Unión. Alemania y Francia llegaron a prohibir las exportaciones de material médico a otros socios europeos, aunque luego rectificaron. También en la Gran Recesión y ante el problema de los refugiados ha primado la insolidaridad.

A esto se añade el mito neoliberal, que ha venido siendo un dogma de funcionamiento y que sigue en pie porque la cara dura de sus defensores no tiene límites. Algunos países de la UE, España entre ellos, intentan que los gastos que se inviertan en vencer la pandemia no se computen respecto a la deuda permisible. Si esto se termina consiguiendo será inevitable esta pregunta: ¿por qué las autoridades europeas obligaron a los países del Sur a recortes en gasto social para salir de la gran crisis del 2008 y no aceptaron que las inversiones en educación, sanidad, pensiones y dependencia quedaran al margen del pacto de estabilidad, ese pacto que los dirigentes neoliberales consideraban sagrado? Sólo cabe pensar que esos dirigentes querían aprovechar la crisis para deteriorar los servicios sociales, ofreciendo así los suculentos espacios de la sanidad y las pensiones al negocio privado, y que, insensibles a los sufrimientos de las mayorías, los aprovechaban para que esas mayorías se avinieran a trabajar por menores salarios y con menores derechos.

Las criminales políticas de los dirigentes europeos no se pueden disimular ya bajo principios de racionalidad económica. Gracias a grabaciones que hizo Yanis Varoufakis sabemos algo del modo de funcionamiento del Eurogrupo, con reuniones de los ministros de economía de las que no se levantaba acta, a las que iban con un propósito preconcebido de eludir cualquier acuerdo sobre la deuda griega y humillar a Grecia, condenando a una gran parte de su población a la miseria a fin de evitar que cundiera el ejemplo de Syriza.

Ahora nos dicen que la banca no es parte del problema, como lo fue en la crisis de 2008, sino parte de la solución, y se le pide que arrime en hombro. Pero la banca pública que existía en España fue privatizada y lo que queda, Bankia, está en vías de privatización. Y la banca privada no es una institución filantrópica, sino que actúa movida por el beneficio. El bien común no puede esperar mucho de ella.

El valor de lo público

Hemos vivido una larga etapa de desprestigio de lo público y exaltación de lo privado, de defensa del mercado frente a la planificación, de condena de toda intervención estatal en la economía. ¿Con qué argumentos? Con ninguno riguroso. Los teóricos al servicio del poder sólo ponen sobre el tapete falacias y un hecho al que dan un valor definitivo: el fracaso de la URSS, sin tener en cuenta que, igual que más tarde en China, la propiedad pública y la planificación lograron en la URSS, en condiciones dificilísimas y con una población mayoritariamente pobre y campesina, un desarrollo económico y cultural impresionante, nunca antes igualado. Y que si más tarde ello se malogró no fue debido a la propiedad pública y a la planificación, sino a la batalla sin cuartel que se hizo contra la URSS desde el mundo capitalista y a la torpe y brutal manera de reaccionar de la dictadura estalinista.

Puesto que China está demostrando que la conjunción de planificación central y propiedad pública logra resultados que la economía de mercado no puede conseguir, EE.UU., cuyo declive se hace visible, está muy preocupado y trata por todos los medios de aislar a China y dificultar su funcionamiento, exigiendo a Europa que le siga en esa batalla. Por ahora parece que esos ataques no tienen el éxito que tuvieron contra la URSS, seguramente porque la dictadura china es más sabia y astuta.

Y mientras China ayuda a otros países y acomete proyectos como la Nueva Ruta de la Seda, que pretende desarrollar infraestructura para el intercambio comercial entre Asia, Europa y África, y que cada vez convence a más países, EE UU se comporta como un matón que amenaza y castiga a todo el que no se pliega a sus deseos. A España concretamente, pese a que está utilizando bases militares en suelo español.

La fórmula ideal

Ni China ni las democracias occidentales son el modelo ideal, por más que en la comparación salga China ganadora. Está claro en que consiste la fórmula por la que hay que luchar: una democracia auténtica con un Estado que planifique racionalmente la economía y que disponga, para el bien común, de las inmensas riquezas que el sistema capitalista entrega a unas pocas manos privadas. Y ello a nivel mundial, que eso sería una globalización acogedora para todos.

Hay que insistir en que esta utopía es posible, aunque no lo sea a corto plazo porque requiere dos condiciones: vencer al poder económico global y lograr una mayoría de la población con un nivel de conocimientos y de solidaridad que elimine el deseo individual de riqueza a costa de los otros. Y esa población no se fabrica de la noche a la mañana.

Pero que tal utopía sea posible a largo plazo depende de lo que vayamos haciendo desde hoy.

Y es mucho lo que se puede hacer. Cada día hay más argumentos, y más poderosos, para exigir la nacionalizacón de sectores básicos, un control público sobre el mundo financiero, sobre las plataformas digitales y sobre la publicidad, y una política fiscal que no recurra al criminal IVA como suplemento del IRPF para evitar cobrar impuestos a los que más tienen, sino que grave con impuestos suficientes a ingresos y patrimonios que superen un límite razonable (recordemos que a esos ingresos y patrimonios ya se aplicó en EE UU una tasa de más del 90% hasta que se impuso la política neoliberal). Con esos ingresos fiscales sería posible no sólo una reversión de las políticas de recortes en gasto social, sino llegar más lejos dando a la sanidad, la educación y la dependencia lo que requieren para ser efectivas en toda circunstancia.

Veremos si la izquierda parlamentaria sigue guardando silencio bajo el lema “en boca cerrada no entran moscas”. De momento han sido decepcionantes las intervenciones de los portavoces de IU y de Podemos en el pleno extraordinario del Parlamento, incapaces de salir de los tópicos socialdemócratas.

jmchamorro@jmchamorro.info