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REFLEXIÓN PESIMISTA SOBRE LA VIOLENCIA MACHISTA

Manifestaciones feministas del 1 de octubre, sentencias judiciales escandalosas, epidemia de apuñalamientos entre adolescentes en el Reino Unido, comportamientos brutales de bandas de hinchas violentos, publicidad dirigida selectivamente a mujeres y hombres, he aquí temas relacionados por la estructura profunda de una cultura patriarcal que, inserta en la economía de mercado, es continuamente reforzada.

Cambios legislativos insuficientes

Salvo en ambientes todavía favorables (sean de extrema derecha, sean de nivel cultural bajo), es de mal gusto hacer alarde de ideas, valores o pautas machistas. El avance de la moral progresista ha conseguido la derogación de las leyes que amparaban expresamente el machismo. Recordemos que el privilegio de la venganza de la sangre, de origen romano y presente en el código penal español de 1870, fue eliminado en 1932 pero reestablecido por la dictadura franquista en el artículo 428 del código penal de 1944, que permitía al marido, en defensa del honor y la honra, matar a la esposa sorprendida en adulterio. En cambio el marido sólo era adúltero si mantenía una amante estable y tampoco en este caso podía la mujer atentar contra su vida sin ir a la cárcel. Son significativas las discusiones entre juristas al elaborar la Ley de Bases para la modificación del código penal en 1963. Se llegó a justificar la supresión del mencionado artículo alegando que las cosas quedaban igual, pues la exculpación del marido podría subsumirse en la eximente de legítima defensa (del honor y la honra) o de arrebato pasional ciego.

Aún hubo que esperar hasta la reforma del Código Civil de 1975 para que la mujer se librara de la tutela del marido y sólo desde la Constitución de 1978 casi todas las reivindicaciones feministas gozan ya de amparo legal, aunque a veces insuficiente, como cuando se exige para el delito de violación que haya violencia o intimidación y no, simplemente, falta de consentimiento expreso. A esto hay que añadir la persistencia de discriminaciones inerciales, y de ahí que cientos de miles de mujeres hayan salido a las calles a protestar por la brecha salarial, los techos de cristal, la carga casi exclusiva de los cuidados y otras discriminaciones por razón de sexo, pero sobre todo a protestar por la violencia machista, esa violencia que con frecuencia se manifiesta en agresiones sexuales, palizas y asesinatos, y que como mínimo hace sentir miedo a las mujeres en situaciones en que los hombres no lo sienten.

Hay mujeres que no se suman a esas manifestaciones porque las consideran controladas por los partidos de izquierda, o porque viven al margen de los problemas denunciados, o porque participan del ideario eclesiástico resumido por el papa en la frase “el feminismo es machismo con faldas”.

Está en todo caso claro que las reivindicaciones mencionadas trascienden posiciones políticas de derechas e izquierdas y muchos hombres las han hecho suyas como condición de salud social, en beneficio no sólo de las mujeres, sino de toda la población.

Dos feminismos

Aunque la izquierda ha sido tradicionalmente más favorable a las reivindicaciones feministas que la derecha, y por ello algunos identifican al feminismo con la izquierda, hay sin duda un feminismo de derechas. Si los rótulos se redefinen situando a la derecha las posiciones procapitalistas (incluidas las socialdemócratas) y a la izquierda las anticapitalistas, conviene tener clara la distinción, pues hay dos razones que la hacen útil.

Una, ya comentada en este blog, es que las feministas de derechas pretenden que la mujer no sea más explotada que el hombre, pero aceptan que lo sea tanto como el hombre por un sistema que explota a la mayoría de forma inmisericorde, incluso en su mejor forma de Estado del Bienestar. Pretenden también que la mujer pueda ser tan explotadora como el hombre desde los altos puestos de las finanzas y las grandes empresas.

En cambio el feminismo de izquierdas no se limita a reivindicar la igualdad de las mujeres con los hombres en la sociedad actual, sino que pretende acabar con la explotación y el dominio que ejerce una pequeña parte de la sociedad (en la que hay hombres y mujeres) sobre una gran parte de la sociedad (en la que hay hombres y mujeres). No se trata ya de que las mujeres puedan acceder en igualdad con los hombres a los altos puestos de las grandes empresas, sino en exigir que esas empresas (que controlan las finanzas, las comunicaciones, la energía, la alimentación, los medicamentos, etc.) sean públicas y democráticamente controladas, y cuya dirección, por supuesto, corresponda por igual a hombres y mujeres. Se trata además de que la riqueza social esté equitativamente repartida y desaparezca el ilimitado poder económico privado que hace imposible la democracia.

La segunda razón es que, aunque algunas reivindicaciones feministas pueden ser atendidas desde una concepción socialdemócrata, la que tiene que ver con la violencia machista queda fuera de solución en nuestro sistema social.

Las feministas coinciden en exigir dos medidas contra esa violencia: por una parte endurecimiento de las penas y especialización de los jueces, y por otra una mayor incidencia en la educación de los jóvenes. En la sociedad capitalista la primera medida es realizable, pero poco efectiva. La segunda no.

La escasa efectividad del castigo penal

Desde un sentido moral evolucionado es inaceptable la agresión a un hombre porque se manifieste homosexual o porque sea infiel a su pareja. Con mayor razón la agresión machista a una mujer, dada su insoportable frecuencia y la agravante de abuso de fuerza. Ahora bien, ¿qué significa que tal violencia es inaceptable? Exclusivamente que las agresiones machistas repugnan a la parte de la sociedad que ha dejado atrás la vieja moral de la cultura patriarcal.

No son sin embargo pocos los hombres que consideran culpable a la víctima (por vestir de cierta manera, o ir sola y bebida de madrugada, o no resistirse lo suficiente, o haberse liado con otro) como si el agresor sólo hubiera ejecutado la pena que ella merecía. Frente a esa actitud se eleva un clamor en defensa del derecho de la mujer a vestir como le dé la gana, beber las copas que quiera, volver a casa sola, no importa la hora, y emparejarse y desemparejarse cuando le apetezca. El mismo derecho que tienen los hombres.

Pero ¿puede garantizar ese derecho la legislación penal?

El obstáculo menor es que la aplicación de la ley está con frecuencia modulada por el machismo residente en la judicatura. Produce indignación en el feminismo que, por este sesgo judicial, las penas sean muchas veces inferiores a las que corresponderían en aplicación imparcial de la ley, como en el caso español de “la manada” o el caso italiano del tribunal de Génova que ha reducido la pena (de 30 años que pedía la fiscalía a 16) por considerar que el hombre había actuado guiado “por una mezcla de ira y desesperación, profunda decepción y resentimiento” puesto que su pareja le había “engañado y desilusionado”, diciéndole que ya había abandonado a su amante cuando no era cierto. La jueza genovesa Silvia Capanini justificó esa sentencia aduciendo que el hombre actuó “como reacción al comportamiento de la mujer”.

Sin embargo el mayor obstáculo no es esta actitud judicial ni la ambigüedad legal, sino que, por mucho que la violencia machista ofenda a una parte de la sociedad, hay muchos hombres fabricados de tal forma que los jueces, aun actuando de manera impecable, pueden verse obligados a aplicar a sus crímenes una eximente (alteración psíquica, como cuando el hombre que ha matado a su mujer sobrevive tras lanzarse por el balcón o darse un tiro para suicidarse) o una atenuante (cometer el delito en estado de obcecación). Cierto que tal eximente o atenuante sólo juega en la práctica a favor del hombre, pues no se da significativamente el caso de la mujer que agrede o mata al hombre por celos, pero esta constatación no soluciona el problema.

En todo caso estamos viendo que, incluso aplicadas con contundencia, las penas de cárcel no son un remedio efectivo. Pensemos en los que se entregan a la policía una vez cometido el crimen. Hay muchos hombres para los que cualquier castigo penal es preferible a consentir que la mujer les abandone, y menos si es para irse con otro.

La estructura profunda de la cultura patriarcal

Una verdadera solución requiere erradicar los ingredientes de la vieja cultura patriarcal que persisten a nivel profundo y que tienen que ver con la concepción de la mujer y del hombre aceptada por unas y otros. Son básicamente los conceptos de bello sexo y sexo fuerte, y el de emparejamiento anclado en esos conceptos y en los de honor y honra como patrimonio exclusivo del varón.

Hace poco hacían en La Sexta una encuesta informal y en ella las respuestas coincidían: madres y padres querían que sus hijos fueran futbolistas y sus hijas bonitas. Evidentemente, tal encuesta no representa a los padres y madres del país, pero revela deseos populares ampliamente extendidos que coinciden con la asignación cultural de papeles y con las formas de éxito que ofrece el mercado. Un futbolista de élite es rico, famoso y se casa con la bella modelo. Una chica bonita puede aspirar a modelo para casarse con un futbolista famoso y rico.

Un detalle que revela la persistencia de esta cultura patriarcal es que todavía aparecen en el diccionario de la RAE las expresiones “bello sexo” y “sexo débil” como definitorias del conjunto de las mujeres y “sexo fuerte” como referida al conjunto de los hombres. Pero es más sintomático que las protestas femeninas se hayan centrado en lo de sexo débil, no en lo de bello sexo. En 2017 hubo una recogida de firmas con el lema “RAE: la mujer no es el sexo débil” y la RAE se vio obligada a anunciar que revisaría esa definición agregando a la entrada de “sexo débil” una marca de uso que precisa que se trata de una expresión “con una intención despectiva o discriminatoria”. ¿Qué marca de uso se podría agregar a la acepción “bello sexo”, que al parecer no molesta a la mayoría de las mujeres? Pese a que ellas no la ven como expresión discriminatoria, lo cierto es que es producto del machismo que consiste en conceder al punto de vista masculino la legitimidad de la evaluación. Pues si la evaluación de la belleza sexual hubiera estado asignada a las mujeres, el bello sexo sería el formado por el conjunto de los hombres. Ambas evaluaciones erróneas: la belleza y la fealdad se encuentran de hecho repartidas por igual entre ambos sexos.

El segundo ingrediente se construye sobre este fundamento. El emparejamiento es concebido por la cultura patriarcal como una relación asimétrica en la que la mujer ha de atraer al hombre con su belleza y el hombre a la mujer con su fortaleza corporal o social. Se ve normal que el hombre quiera ser propietario exclusivo del cuerpo de la mujer, y que la mujer quiera sentirse protegida por un hombre fuerte. A esto se añade que en la ideología popular sigue vigente la idea de que honra y honor son patrimonio del hombre, en continuo peligro por el comportamiento de la mujer, y de ahí que los celos den al hombre el derecho a controlar y agredir. Si la mujer se va con otro, al tormento de los celos hay que añadir que la hombría del abandonado queda en entredicho. No debe sorprender que entre jóvenes el chico se crea con derecho a controlar el teléfono de la chica y no al contrario.

El remedio imposible de la educación

Cuando se pide una intensificación de eso que llaman “educación en valores” se está pensando en una asignatura específica y en un trabajo transversal presente en las distintas actividades escolares.

Lamentablemente, ni se pueden transmitir valores mediante los textos de una asignatura ni es la escuela la que educa en nuestra sociedad. La educación sexual en sentido amplio (es decir, las ideas, valores y pautas que ingresan en las cabezas y que determinan la conducta de los miembros de cada sexo respecto a los del otro) se lleva a cabo, en su parte básica, lejos de las escuelas: mediante la publicidad, el ejemplo (en la familia, en el grupo de iguales, en los medios) y, de manera más específica, mediante la pornografía. Y se lleva a cabo con tal potencia que poco puede hacer la escuela para remediar el desastre.

Un machismo profundo es transmitido a niñas y niños por el ejemplo de los próximos (padres, madres, hermanos, amigos) y de los modelos que cada cual encuentra en la vida pública (deportistas, cantantes, personas de éxito en general).

En la televisión las niñas ven a presentadoras cuyo atractivo oficial parece ligado a no repetir vestido, a maquillarse de manera exagerada y a calzar zapatos de tacones inverosímiles. No hay algo parecido que tenga que ver con los niños.

Está luego la publicidad, ese acoso permanente a las mujeres hablándoles de la forma de realzar su “belleza” aplicando productos a cada parte del cuerpo, desde las uñas de los pies a las pestañas y al pelo, con eslóganes tan estúpidos como “porque tú lo vales” o “nosotras lo valemos”. A los hombres en cambio la publicidad les tienta con muestras de fortaleza: cuerpo musculoso y objetos (reloj, ropa, automóvil o perfume) que acreditan poderío social.

De una manera más específica la introducción al sexo se está haciendo por la vía de la pornografía en la red, a la que, según dicen los expertos, muchachos y muchachas se enganchan desde más o menos los once años y en la que aprenden a asociar el valor sexual femenino con el de objeto apetitoso e impersonal, cuya finalidad se limita a satisfacer el deseo masculino, y a asociar con el valor sexual masculino el dominio violento del macho sobre la hembra, incluso la violación cuando la mujer dice no, porque en el fondo está queriendo decir sí y termina disfrutando.

El efecto de esta concepción del sexo afecta a todas las clases sociales, pero es tanto más eficaz cuanto menores son las inhibiciones culturales, particularmente demoledor en la clase mayoritaria de vida elemental, que no tiene otros estudios que los obligatorios mal hechos, que no lee un libro ni siente curiosidad por lo que no pertenece al entorno inmediato, y que se nutre de programas televisivos, canciones y películas que refuerzan los valores machistas, contagiados además en el intercambio con personas semejantes en las redes sociales. Características que persisten pese a la generalización de la enseñanza obligatoria hasta los 16 años.

Es por tanto natural que muchas mujeres que no tienen otros intereses dediquen tiempo desproporcionado a cuidar de su aspecto en aras de la belleza asignada a su sexo, a fin de ofrecerse como un objeto deseable. Y es natural que muchos jóvenes de esa clase amplia dediquen tiempo desproporcionado al gimnasio y sean tentados a quedar bien ante sus iguales cooperando a una violación en grupo si se presenta ocasión, o a demostrar hombría participando en peleas callejeras, con frecuencia relacionadas con competiciones deportivas. Entre otros datos preocupantes hemos sabido que el número de apuñalamientos mortales en Inglaterra y Gales fue el año pasado el más alto desde que en 1946 comenzaron los registros: entre marzo de 2017 y marzo de 2018 hubo 285 asesinatos por cuchillo u otros objetos afilados, siendo adolescentes muchas de las víctimas, epidemia que ha sido ya declarada oficialmente “emergencia nacional”.

Acerca de ropa y calzado

En el tema de la presentación corporal se mezclan varias cuestiones que no suelen distinguirse. Partamos de que no se puede criticar por inmoral una forma de vestir, ni la forma de vestir de una mujer da derecho a nadie a ofenderla de palabra o agredirla. Pero la cuestión no es esa. Cuando una chica dice que tiene derecho a vestir como le dé la gana deja fuera de foco el tema principal: dónde se ha fabricado su gana (que no es, como ella cree, en su alma libre).

La cultura patriarcal exigía a la mujer decencia y honestidad en las actitudes y vestimentas y por ello la minifalda se entendió como una forma de oposición a esa cultura, una forma de libertad. Pero lo era sólo aparentemente. Se oponía a un principio obsoleto para reafirmar otro: el de bello sexo destinado a seducir.

Los definidores de la moda, por lo general hombres, han ido explorando hasta dónde pueden llegar las formas socialmente aceptables de erotismo en la vestimenta femenina, centradas especialmente en escotes, transparencias, acortamiento de las faldas y otras desnudeces tan artificiales como la abertura lateral del traje ceñido para exhibir un muslo.

Los vestidos femeninos, junto con maquillajes y peinados, son comentario habitual en los medios de comunicación, sobre todo en los destinados a las mujeres. Oímos o leemos que tal mujer llevaba un escote de infarto o un bañador digno de fotos y aspavientos. Esto diferencia claramente a las mujeres de los hombres, algo que se aprecia en situaciones de gran impacto mediático, sea el desfile de actores y actrices por las alfombras rojas, sea la noche de las doce campanadas, con presentador confortablemente vestido junto a presentadora que tiene que ofrecer espalda y hombros al frío de diciembre.

Nada hay sin embargo tan representativo de la ideología machista superviviente como la identificación de la elegancia femenina con los tacones altísimos, que obligan a sacrificar seguridad, comodidad y agilidad en el paso, e incluso sanidad en el esqueleto, en nombre de una belleza que sólo se hace presente al sentido estético modelado por la ideología machista. En un observador libre tales tacones sólo pueden producir estupor, disgusto y lástima.

Es sorprendente que las feministas se opongan a que el cuerpo de la mujer sea cosificado, por ejemplo cuando es utilizado en la publicidad como un objeto erótico (chica ligera de ropa anunciando un coche) y acepten que la moda y los usos establecidos hagan eso mismo en el comportamiento habitual de tantas mujeres. Por lo general ni las mujeres ni los hombres vestimos o nos adornamos como nos da la gana, sólo elegimos dentro de la gama impuesta a cada sexo por una cultura claramente machista en este punto, pujante y sin oposición.

Conclusión amarga

Una vez que nuestra sociedad fabrica a las personas con los ingredientes descritos, ¿es justo que adopte una dura actitud punitiva frente a quienes se comportan según han sido hechos? Los hombres que violan a mujeres o las asesinan son más dignos de lástima que de santa indignación. El remedio no está en castigarlos sino en dejar de fabricarlos. La santa indignación debería ir dirigida contra la sociedad que los fabrica.

Y que los seguirá fabricando, porque dentro del sistema capitalista es imposible la prohibición de la publicidad que conocemos, el control democrático de internet, el establecimiento de un sistema educativo realmente eficiente y la desaparición de modelos que lo son porque el mercado los ha gratificado de manera desproporcionadamente injusta. Si en esta sociedad tanto se es cuanto se tiene, no cabe eliminar el alto nivel de frustración y resentimiento que sirve de caldo de cultivo a toda violencia, también a la machista.

Sólo dentro de organizaciones anticapitalistas tiene sentido el feminismo que se concibe como una revolución social radical. Sólo si se consigue algún día una sociedad cuyas instituciones y valores no estén supeditados al beneficio que otorga el mercado, sino a un progresismo racional, mujeres y hombres podrán actuar eficazmente contra su supeditación a los mitos machistas del bello sexo y del sexo fuerte, y contra las lacras derivadas, entre ellas la violencia machista. Me gustaría mucho equivocarme, pero creo que, mientras no cambiemos la forma de sociedad, seguirá la fábrica de machistas violentos. Por mucho que los jueces condenen y que en la escuela se predique.

Me remito sobre este asunto a lo ya dicho en otras entradas de este blog, especialmente en “Machismo oculto en hombres y mujeres” y “Algo más sobre el machismo oculto”.

 

jmchamorro@jmchamorro.info

A PROPÓSITO DE EXPRESIONES

En algunas tertulias hay expertos a los que les ha dado por decir “se abre una ventana de oportunidad” cuando, para significar lo mismo, les resultarí­a más fácil decir “se abre una oportunidad”. Y acabo de oí­r que una desahuciada necesita una solución habitacional. Es decir, una vivienda.

¿A qué viene el entusiasmo con la palabra “emprendimiento”? ¿Se trata de insinuar que quien bordea la pobreza es culpable por no ser emprendedor?

Hay mucho afán por usar el verbo “empoderar”. Si uno busca su significado encuentra la siguiente definición en el Diccionario Panhispánico de Dudas: “conceder poder a un colectivo desfavorecido socio-económicamente para que, mediante su auto gestión, mejore sus condiciones de vida”.

También se entiende el empoderamiento como un proceso que propicia que las mujeres y otros grupos marginados incrementen sus posibilidades accediendo al uso y control de los recursos materiales y simbólicos, que ganen influencia y prestigio, y que participen en el cambio social.

En el capitalismo el control de los recursos materiales y simbólicos está vedado a la casi totalidad de los ciudadanos, sean mujeres u hombres, grupos marginados o instalados. El 90% de los hombres no están empoderados en cuanto a controlar recursos y medios simbólicos. En el sistema capitalista sólo lo están realmente los dueños del capital. Los demás, como mucho, pueden llegar a creer que lo están.

Se dice también que el empoderamiento es un proceso por el que las personas se conciencian de sus propios derechos, capacidades e intereses, y de cómo estos se relacionan con los intereses de otras personas, con el fin de participar desde una posición más sólida en la toma de decisiones, y estar en condiciones de influir en ellas.

Pero entonces estamos usando una nueva palabra para designar algo que ya tiene nombre: librarse de la falsa conciencia. ¿Y cómo se consigue esto? Sólo hay un camino, que es asimilar la explicación marxista de los procesos sociales (hoy por hoy, y con todos sus defectos, la única razonable y lúcida) y aplicarla a combatir al capitalismo.

O sea, que el verbo empoderar se usa para crear la ilusión de que se puede eliminar la marginación empoderando a la gente (que a saber qué es eso), pero sin salir del sistema social en que estamos. ¡Pero qué cosas!

Otro verbo de moda es “visibilizar”.

Tiene una secuela que dice que el uso del genérico masculino esconde la existencia misma de las mujeres y produce una visión del mundo que se asienta en lo más hondo de nosotros y que, pese a hacerse en muchos casos prácticamente imperceptible, es semilla de las discriminaciones que padecen las mujeres, así como los colectivos LGTBI.

Procuro evitar el masculino genérico siempre que puedo (sustituyendo “hombre” por “persona”, “alumnos” por “alumnado”, etc.), pero no veo la utilidad de sustituir “los padres de alumnos” por “los padres y las madres de los alumnos y de las alumnas”. Y más teniendo en cuenta que miembros del colectivo LGTBI se pueden sentir maltratados por un lenguaje inclusivo que se refiere sólo a hombres y mujeres, sin que queden “visibilizadas” las diferencias de tendencias sexuales.

No discuto el sentido que pueda tener el lenguaje inclusivo feminista en mítines y en textos legales o docentes para llamar la atención sobre la postergación femenina, pero resulta insoportable en la conversación cotidiana y en el estilo literario, sobre todo porque es a cambio de nada. No es grave ni atentatorio contra la mujer y sus derechos que se siga usando el masculino genérico, más bien puede tomarse como recordatorio “arqueológico” de cómo eran las cosas en los tiempos en que ese lenguaje se fraguó.

Cierto que se podría satisfacer el principio de economía eligiendo el femenino como término genérico, pero la lengua no se rige por decretos. Mosterí­n propuso un género intermedio entre el masculino y el femenino y no tuvo éxito.

Cuando alguna feminista utiliza el femenino para aludir a hombres y mujeres está haciendo un acto político respetable, pero lingüísticamente confuso. Sólo si el común de los hablantes aceptara el uso del femenino genérico se podrí­a considerar socialmente establecido, y entretanto es perfectamente razonable el uso del masculino. Ahora supongamos que acaba estableciéndose el femenino como genérico: serían entonces los hombres los que se podrí­an considerar invisibilizados. Con tan poco fundamento como ahora las mujeres.

Pues las mujeres no pasan a ser visibles sólo por que digamos “padres y madres de alumnos y alumnas”. Mientras estén en peores condiciones que los hombres de poco sirve que se las “visibilice” en una frase insoportable.

Imaginemos esa sociedad deseable en que las mujeres gozaran del total reconocimiento de sus méritos, estuvieran tan presentes como los hombres en los altos puestos de la administración del Estado y de la empresa privada, tuvieran suficiente representación en los altos niveles de la ciencia, la política y el arte, no sufrieran discriminación alguna por ser mujeres, compartieran con los hombres los trabajos domésticos y de cuidados, pudieran caminar de noche por un oscuro parque con no más peligro que un hombre, etc. Pues bien, todo ello sería compatible con el uso del masculino genérico. Por tanto, este uso no es un impedimento para la sociedad igualitaria. Los impedimentos están en otras partes.

¿Y qué decir de la palabra “género”? Unas feministas americanas conservadoras la propusieron con la intención de enfatizar la distinción social y cultural entre los sexos en oposición a la distinción biológica.

El fundamento parece propio de un quiero y no puedo teórico. Disponemos de palabras como sexo, hombre, mujer, masculino, femenino, varón, macho y hembra que se pueden usar en diferentes discursos, siendo el contexto el que aclara si nos referimos a propiedades biológicas o sociales. Ocurre lo mismo con otras muchas palabras, como piedra o caballo, y no se nos ocurre dejarlas para el contexto fí­sico o biológico e inventar otras para enfatizar el papel de la piedra en la arquitectura o el de los caballos en las apuestas.

El caso es que muchas feministas se lanzaron a usar la palabra y que la Organización Mundial de la Salud ha aceptado que “género” se refiere a los roles socialmente construidos, los comportamientos, actividades y atributos que una sociedad dada considera apropiados para los hombres y las mujeres.

Pero ¿cuáles son los roles, comportamientos, actividades y atributos que nuestra sociedad considera apropiados para los hombres y las mujeres? Hoy tenemos formas diferentes, y aun opuestas, de entender todo eso. El rol de futbolista lo ocupan también mujeres, y el de mando del ejército, y el de ministra. El rol de cuidador de hijos pequeños lo juegan cada día más hombres. La vieja unanimidad a favor de la cultura patriarcal, aún vigente en otras partes del mundo, se ha roto en nuestro entorno. Cierto que pese a ello quedan de esa cultura múltiples residuos significativos, y uno de los principales, que persiste con beneplácito de la mayoría de las mujeres, consiste en los roles, comportamientos, actividades y atributos que confluyen en los rancios conceptos machistas de “bello sexo” y “sexo fuerte”. Mujeres muy sensibles al uso del masculino genérico son bastante ciegas respecto a este residuo machista al que sucumben muy gustosamente. Poco cambian las cosas por decir “los padres y las madres de los alumnos y las alumnas” si las madres y las alumnas se dejan seducir por el “eterno femenino” decretado por la vieja cultura patriarcal.

Nunca he encontrado problema para escribir sobre el tema feminista sin usar la palabra “género” y creo que lo que escribo no da lugar a ambigüedades que se pudieran solucionar con el uso de esa palabra.

Al contrario, es ella la que introduce ambigüedad. Pues no sólo su fundamento teórico es pobre por olvidar el papel de los contextos en el significado, sino que lleva a malos usos. Cuando se dice “perspectiva de género” se está aludiendo tanto a la perspectiva masculina como a la femenina, pero quien usa esa expresión pretende estarse refiriendo a la perspectiva de las mujeres, y ni siquiera de todas, sino de las que luchan por la igualdad. Por ello se deberí­a decir “perspectiva feminista”. O, si se prefiere, reclamar unas ‘gafas moradas’ para mirar la realidad.

Ocurre algo parecido cuando se dice “violencia de género”, expresión que comprende tanto la violencia que hombres ejercen sobre mujeres como la que mujeres ejercen sobre hombres. Pero quien usa el desafortunado término no se refiere a esta segunda, ni tampoco, supongo, está queriendo decir que en el rol social de todos los hombres está ejercer violencia sobre las mujeres. Se refiere a la violencia que ejercen hombres machistas sobre mujeres y por ello la expresión pertinente es “violencia machista”.

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