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A PROPÓSITO DE TRUMP Y DEL TRUMPISMO, ALLÍ Y AQUÍ

Es mucho lo que hemos podido leer y oír sobre el final de la presidencia de Trump con asalto al congreso incluido. Pero, tal vez por falta de habilidad en la búsqueda, no he encontrado alguna reflexión que se pueda considerar nacida de un marxismo puesto al día (única teoría general de la sociedad de que disponemos).

De las descripciones del asalto al congreso la más aparentemente “solvente” viene a decir que Trump es un adicto a la mentira que no ha aceptado perder las elecciones y que ha inventado conspiraciones para justificar su actitud. Que sus seguidores las han creído y que él les animó a que tomaran el Capitolio, cosa que hicieron con poca resistencia de las fuerzas de policía, aunque se sabía con antelación lo que iba a ocurrir. Que pese a todo la democracia más antigua del mundo, modelo para todas las demás, ha sabido sobreponerse y sus instituciones han resistido (o, como ahora se dice, “han tenido resiliencia”). Que ello no significa que todo esté resuelto, pues aunque Trump sea expulsado de la vida política quedan millones de trumpistas. Que hay una gran polarización social en Estados Unidos, efecto de la situación social. En el último año millones de ciudadanos han perdido sus trabajos y si antes del COVID19, el 12% de los hogares ya vivía en pobreza ahora además 30 millones de personas pueden perder sus casas hipotecadas. De ahí que, para que el futuro se despeje, es necesario dar la espalda a las políticas neoliberales, volver a Keynes y al fortalecimiento del Estado y luchar contra las mentiras y las teorías de la conspiración que ponen en tela de juicio la neutralidad de las instituciones.

Este relato es criticable en parte por lo que dice y en mayor medida por lo que calla.

¿La más antigua y prestigiosa democracia?

En la narración de los últimos sucesos estadounidenses hemos tenido que soportar innumerables apelaciones a la democracia bajo la idea, explícita o implícita, de que la democracia de Estados Unidos es la más antigua y el modelo y espejo para las restantes, en una de las cuales vivimos nosotros.

Joe Biden, en su discurso inaugural como presidente, ha dicho cosas como éstas: Hoy no celebramos la victoria de un candidato, sino de una causa: la causa de la democracia. Una vez más hemos aprendido que la democracia es preciosa, que la democracia es frágil. Y en esta hora, amigos, la democracia ha prevalecido.

Si no fuera por la espesa nube de desinformación que fabrican los medios de comunicación, no debería ser necesario insistir en que el régimen político americano no es una democracia ejemplar, ni siquiera una democracia averiada, sino una plutocracia racista y maltratadora del pobre en el interior, y en el exterior defensora de los intereses capitalistas aun a costa de cruzar todas las líneas rojas del genocidio.

La palabra “democracia” se utiliza con frecuencia como sinónimo de capitalismo. Así cuando se llama activistas democráticos o luchadores por la democracia a los que se enfrentan a regímenes autoritarios de izquierdas, sea en Hong Kong, Taiwan o Venezuela, activistas muchas veces no interesados en que resplandezca la democracia en sus países, sino en llevar a ellos los “valores liberales” del capitalismo. Y por ello suelen estar financiados por Estados Unidos.

En todo caso, para diferenciar a nuestras “democracias” de los regímenes autoritarios de izquierdas, se apela a una libertad que consiste en que nosotros podemos elegir a nuestros representantes, los que van a legislar y gobernar en nuestro nombre, en nombre del pueblo. También en que podemos asociarnos libremente, podemos expresarnos libremente y podemos actuar libremente sin temor a decisiones arbitrarias de las autoridades. Finalmente, en que podemos ser emprendedores y, con esfuerzo o con suerte, hacernos ricos.

A continuación veremos que en este argumento se utiliza un concepto de libertad muy tosco. Y además que, aun si lo diéramos por bueno, alude a una libertad ilusoria, a una apariencia de libertad sin contenido en los dos contextos principales, el político y el comunicativo.

Libertad legítima

Una libertad es legítima si es defendible de manera universal. Requiere dos condiciones: que el actor tenga conocimiento suficiente de los efectos esperables de su acción, y que disponga de suficiente empatía respecto a las personas a las que su acción puede afectar. En términos kantianos podríamos decir que sólo eres legítimamente libre cuando, haciendo lo que quieres, estarías dispuesto a aceptar los efectos de ese tipo de acción si los demás la hicieran.

Puesto que las personas son fabricadas socialmente, tener conocimiento y empatía suficientes no es tema individual, sino social. Es el sistema social el que tiene que favorecer la actividad libre de los individuos fabricándolos con conocimiento y empatía suficientes. Y aquí el capitalismo fracasa estrepitosamente, es una impresionante fábrica de ignorancia y egoísmo. Muchas acciones “libres” serán por tanto ilegítimas.

Si examinamos la libertad de elegir parlamentos y gobiernos, encontraremos que no es legítima cuando se vota sin conocimiento de las consecuencias del voto o, caso de que haya conocimiento, sin empatía hacia los que van a sufrir las consecuencias.

Libertad política

Pero demos por legítima la libertad de los votantes, aun si son ignorantes e insolidarios. ¿Significa eso que los parlamentos elegidos van a legislar libremente y los gobiernos a gobernar libremente?

Al poder económico le interesa el disfraz democrático siempre que ese disfraz no le impida gobernar desde la sombra. Esto requiere controlar a los partidos políticos y a la opinión pública, algo que al poder económico le resulta fácil por tres circunstancias:

Una es que los partidos políticos necesitan copiosos recursos económicos (entre otras cosas para financiar campañas electorales cuyo éxito depende en parte del dinero invertido), de manera que los partidos acaban en manos de los bancos, de los grandes donantes o de las grandes corporaciones que a cambio premian a los dirigentes con puertas giratorias y demás corrupciones. Supongamos que un político incorruptible escapa al escrutinio del partido y llega al poder. Si en algún momento se empeña en alguna medida política no aceptable por el capital, éste tiene mil formas de chantaje para hacerla imposible. Y además ese político será considerado enemigo y abatido por el fuego de numerosas armas.

La segunda circunstancia que favorece al poder económico es que la opinión pública se fabrica mediante medios de comunicación costosos, sólo al alcance de los ricos.

Y una tercera es que, siendo muy bajo el nivel cultural de la población dominada, es muy fácil engañarla mediante expertos que se compran con dinero y que hablan o escriben en los medios controlados por el capital.

Ello permite dirigir desde la sombra la legislación y la política gubernamental en favor de una minoría que multiplica su riqueza obscenamente, aumentando así su control sobre parlamentos, gobiernos, medios de comunicación y expertos.

Si en algún país llega al poder un partido de izquierdas que pretende controlar el mercado, nacionalizar los servicios de interés común y obligar a los ricos a que contribuyan en proporción a su riqueza, será considerado un país no libre, autoritario y expropiatorio, y se tratará por todos los medios de desestabilizarlo, obligándolo a que se defienda con medidas más autoritarias, que serán tomadas como argumento en su contra.

Lo normal es que no haya que llegar a tanto. Basta que aparezca un partido incontrolado por el capital (como Syriza en Grecia o Podemos en España) para que todas las fuerzas al servicio del capital se movilicen para destruirlo, incluso aunque su capacidad de acción sea pequeña.

En una entrevista en Salvados, Pablo Iglesias se ha confesado enterado de que estar en el gobierno no es estar en el poder. Por fin sabe que gobiernan los ricos y que los ricos son mucho peores de lo que pensaba. Ningún rico ni ningún poderoso, ha dicho, está dispuesto a aceptar fácilmente una decisión que le perjudique por muy democrática que sea, añadiendo que vivimos en una “democracia limitada” en la que los ricos y poderosos tienen más poder que un diputado y no dudan en presionar al Gobierno en defensa de sus intereses. Señor Iglesias, a eso se lo llama plutocracia, no democracia limitada. Y para saberlo no hay que esperar a estar en el gobierno, basta con leer a Marx y mirar luego alrededor.

¿Medios de comunicación libres?

Uno de los instrumentos básicos de la plutocracia son los medios de comunicación. En la citada entrevista Pablo Iglesias dice haber aprendido también que los ricos se imponen a los ministros utilizando como arma los medios de comunicación.

Se llama “libertad de expresión” a la libertad del rico para controlar la información y conformar la opinión, así como para presionar a los poderes públicos, mediante los medios de comunicación de su propiedad. Cada medio de comunicación influyente tiene una clara conexión con el capital.

Por ello se puede afirmar que la propiedad privada de los medios de comunicación es un obstáculo insalvable a la democracia (ver aquí).

Los plutócratas y sus colaboradores se proveen de medios diferentes para los diferentes estratos de la sociedad. Hay medios para los estratos de bajo nivel cultural, para los de nivel medio, para los propensos al fascismo y para los que se consideran progresistas. Hubo un tiempo en que los medios de PRISA jugaban este último papel con disimulo tan eficaz que muchos progres llegaron a creer que El País era un periódico de izquierdas. Ahora Iñaqui Gabilondo, al que me he referido en otras ocasiones porque es un paradigma, abandona su púlpito en la SER por cansancio, y de todas partes han salido encomios y lamentos. Sin duda Gabilondo tiene muy buenas cualidades como comunicador, y las ha dedicado a defender al sistema a cambio de un premio proporcional a su eficacia. ¿De qué modo lo ha defendido? Del que puede engañar a la gente mejor dispuesta hacia la justicia: presentando una imagen de incorruptible moral, de permanente servicio a la verdad y a la democracia, para actuar luego limitando la crítica a lo periférico y guardando silencio, permanente silencio, sobre lo fundamental, sobre el núcleo mismo de la ignominia. Pudo optar por la crítica al sistema, y es una lástima que no lo hiciera, pero sin duda entonces nadie lo alabaría ahora y no habría obtenido beneficios, sino vetos.

Hay muchas maneras aparentemente inocentes de afianzar la gran mentira. Àngels Barceló ha dicho que a todos nos ha emocionado el discurso inaugural de Biden. ¿A qué “todos” se refiere? Parece que al menos a ella le han emocionado las mentiras de épica engolada que Biden ha ido desgranando en su discurso. Por ejemplo éstas:

Que él va a convertir de nuevo a Estados Unidos en la principal fuerza del bien en el mundo. Que los objetos comunes que los estadounidenses aman y que los definen son oportunidad, seguridad, libertad, dignidad, respeto, honor y, sí, la verdad. Que ante dios y todos los compatriotas estadounidenses hace el juramento sagrado de que siempre será sincero con ellos y que lo dará todo para servirlos. Y que espera que la historia cuente a los tiempos venideros que la democracia y la esperanza, la verdad y la justicia, no murieron durante su mandato, sino que prosperaron, y que Estados Unidos garantizó la libertad en su territorio y una vez más se erigió en faro del mundo.

Si quisiéramos explicar cómo alguien puede decir en serio que estas frases son emocionantes tendríamos que aludir a la ignorancia o al cinismo. Cabe una tercera explicación: que la actividad al servicio del sistema lleve a creer lo increíble a fin de reducir la disonancia entre valores morales y actividad profesional.

De lo hasta aquí dicho se sigue que la democracia es un punto de destino al que todavía la humanidad no ha llegado. Las plutocracias disfrazadas están muy lejos de ser democracias y ni siquiera se encuentran en camino. Su camino es otro (ver aquí).

Claro que preferimos que el poder económico nos controle disfrazado de democracia que mediante una dictadura como la que muchos de nosotros tuvimos que sufrir. Pero esta preferencia no debe hacernos perder la cabeza al punto de tomar por democrática la sociedad en que vivimos.

Los medios de comunicación en red

A la vista del uso que Trump ha hecho de las redes sociales para difundir mentiras, se quiere ahora ponderar la rectitud de los medios tradicionales por comparación con las redes y las grandes plataformas. Pero esto lleva a contradicciones.

Por ejemplo, si se considera que es legítima la libre potestad de los medios tradicionales sobre su línea editorial, la orientación de sus columnas o la publicación de tal o cual noticia, eso lleva a admitir como también legítima la misma potestad de un medio en red, y por tanto la potestad de Twitter o Facebook para señalar un post o eliminar un twit en concreto.

Pero entonces habría que admitir igualmente el bloqueo o la eliminación de una cuenta en esos medios. Y esto, por más que a muchos parezca saludable cuando se trata de un personaje tan deleznable como Trump, a otros les parece un abuso contra la libertad de expresión. Ni Omid Kordestani ni Mark Zuckerberg, nos dicen, son quienes para condicionar la libre expresión y difusión de mensajes. Solamente un juez en sus atribuciones constitucionales y en función de un posible delito es quien para cerrar una cuenta social o paralizar la difusión de un medio. Pues si se permite que sean los propietarios de las corporaciones quienes decidan lo permisible se habrá conseguido debilitar un Estado de Derecho ya deteriorado y dar argumentos a los populistas sobre el secuestro de la democracia por las grandes corporaciones.

¡Genial! Según esto, ni Kordestani ni Zuckerberg pueden decidir qué es lo permisible, pero sí pueden los dueños y directores de los medios tradicionales. O visto del revés: no debilita al Estado de Derecho ni supone el secuestro de la democracia la potestad que tienen los medios tradicionales sobre su línea editorial, sobre la publicación o el silenciamiento de tal o cual noticia, sobre la apertura de sus páginas o espacios a unos y el veto a otros. He ahí las contradicciones a que lleva la gran mentira oficial.

Claro que ni Kordestani ni Zuckerberg son quienes para condicionar la libre expresión y difusión de mensajes, pero tampoco los dueños de los restantes medios de comunicación. Una condición para que haya democracia es que los medios de comunicación, tanto los tradicionales como los de red, sean de propiedad pública y estén controlados por la sociedad, nunca por gobiernos ni propietarios privados.

¿Conspiraciones o conspiranoia?

Hay mil razones para desconfiar del discurso oficial, pero muchos de los que desconfían carecen del conocimiento necesario para situar las conspiraciones reales allí donde se encuentran y por eso inventan conspiraciones que no existen.

A esto se agarran los conservadores para llamar conspiranoico a quien habla de conspiraciones, dando a entender que todo el que ve conspiraciones está viendo visiones.

Hay conspiraciones demostradas, incluso castigadas por sentencias de tribunales, pero hay otras muchas que sólo serán conocidas pasado mucho tiempo, cuando no haya forma de revertir sus efectos.

Es poco probable que haya existido una conspiración para amañar las elecciones y echar así a Trump del poder, pues habría obligado a coordinar a mucha gente diversa de muchos estamentos diversos. Sin embargo puede tener razón Nazanín Armanian cuando, tras referirse al “volcán de tensiones acumuladas en el subsuelo de Estados Unidos que ni Biden ni Dios podrá contener su estallido”, sugiere, con apoyo en numerosos datos, que la conmoción provocada por el asalto al capitolio puede estar dirigida a aterrar a la clase trabajadora, renovar la alianza bipartidista para aplastar las movilizaciones de los oprimidos que amenazan el sistema y establecer una serie de “reajustes” para limitar los derechos de los ciudadanos, algo que no se puede hacer en tiempos “normales” (ver aquí).

Yo no sé si ha sido así, porque carezco de datos, pero no me extrañaría, porque las conspiraciones han de estar necesariamente a la orden del día en una plutocracia disfrazada. Los que mandan no pueden hacer públicos sus designios, y los designios que se hacen públicos suelen ser falsos. Hay por tanto una permanente conspiración en aquellos espacios ocultos en que el poder económico decide leyes, políticas gubernamentales o incluso sentencias judiciales. Y quien cree esto no es un conspiranoico, sino alguien que sabe de qué va. Necesariamente Estados Unidos ha de ser un nido de conspiraciones de gran alcance, y ello explica su encarnizada persecución a Julián Assange, para quien se pide cadena perpetua por haber hecho públicos los detalles de mil conspiraciones que debían seguir secretas.

Populismos

Se nos dice que el trumpismo es un populismo de derechas y ello implica que hay un populismo de izquierdas.

Los conservadores que han intentado definir el populismo no se ponen de acuerdo, porque es tarea difícil hacerlo de manera que comprenda tanto a Vox como a Podemos. La perversión del lenguaje permite que el PP y Ciudadanos se declaren enemigos del populismo, tanto del de derechas (Vox) como del de izquierdas (Podemos), y ello al mismo tiempo que pactan con Vox.

Si queremos definir el populismo de manera que aclare las cosas en lugar de oscurecerlas, hemos de decir que es populista el partido político que usa la mentira para conseguir los votos de un pueblo desinformado con intención de hacer luego una política favorable a la oligarquía, y por tanto en perjuicio de ese pueblo.

Según esta definición todos los partidos de derecha, incluidos los socialdemócratas, son necesariamente populistas. Decir populismo de derechas es una redundancia.

El PSOE es un partido populista, porque se presenta como socialista para atraer a la gente de izquierdas, pero una vez en el poder actúa a favor de la oligarquía económica (de las eléctricas, los bancos, las grandes empresas) mediante privatizaciones, política fiscal e inacciones (por ejemplo a la hora de perseguir paraísos fiscales, blanqueo de capitales o evasión de impuestos) recibiendo por ello apoyo mediático, créditos y el beneficio de las puertas giratorias.

La socialdemocracia ha invalidado la palabra “socialismo”. Ahora ya no sabemos qué significa que un proyecto político sea socialista. Ya sólo nos queda la palabra “comunista” para hacer referencia a la opción anticapitalista, única que puede librarse del populismo si actúa con honestidad. Los comunistas son los únicos partidarios actuales de una sociedad en la que imperen los ideales de igualdad, libertad y fraternidad, condiciones para una verdadera democracia. Continuando el pensamiento del papa Francisco, que ha reconocido que comunismo y cristianismo son muy parecidos, se podría decir que el comunismo es un cristianismo ateo.

De ahí el afán conservador por demonizar al comunismo, identificándolo con el estalinismo, es decir, con opresión y crimen, que es como confundir cristianismo con inquisición y quema de herejes.

Tanto los comunistas como Unidas Podemos pueden ser calificados de populistas cuando, por una táctica errónea, electoralista, callan sobre ciertas cuestiones (que es una manera de mentir), a fin de conseguir votos, o de no perderlos, para al final, si consiguen algún poder, ejercerlo de la única manera posible: en beneficio del poder económico, eso sí, lanzando al pueblo, como justificación, algunas migajas del banquete.

El trumpismo sin Trump

Trump es un sátrapa ignorante que ha destrozado el disfraz de la plutocracia americana a la vista del mundo entero. Puede haber caído en desgracia por inservible, si es no ha caído en desgracia por haberse negado a emprender nuevas guerras que den respiro a la maltrecha economía estadounidense. En cualquier caso no cabe esperar una política muy diferente de su sucesor salvo en detalles formales. Estados Unidos tendrá que seguir luchando desesperadamente contra la crisis económica y contra el declinar de su poder en un ambiente cada vez menos propicio al dólar y a las decisiones imperiales. Los intentos de frenar a China sólo han servido para perjudicar a las empresas propias y como acicate para una mayor autonomía china. Ojalá el ocaso del imperio americano sea tan indoloro para el mundo como lo fue el de la URSS.

Lo que de momento podemos decir es que Trump tiene millones de simpatizantes y seguidores fanáticos que están ahí aunque Trump haya sido por ahora derrotado.

Para explicar que, pese a su desastrosa gestión de la pandemia, le hayan votado más de 72 millones de estadounidenses se aduce que la inseguridad económica, la caída en la pobreza, la injusticia social, etc., llevan a mucha gente a desconfiar del sistema, a ver a políticos y medios tradicionales como manipuladores y ocultadores de la verdad y a dar credibilidad a los medios dedicados a difundir mentiras.

Habría que añadir el fuerte apoyo económico y mediático a las organizaciones fascistas, pues aunque el crecimiento del fascismo asusta a muchos, no asusta precisamente a los dueños del capital, que por más que prefieran a los servidores tradicionales, mantienen a la extrema derecha como una bala en la recámara, por si hace falta. Y les conviene que prospere cuando la sobrexplotación de la mayoría es tan fuerte que empiezan a ser probables levantamientos sociales. La extrema derecha, azote tradicional de comunistas, hará entonces su papel.

Aceptemos todo esto en principio. La cuestión es: ¿por qué la gente perjudicada por el sistema no vota a un partido de izquierda anticapitalista, que va a luchar por sus intereses, y por el contrario vota a un extravagante millonario que hace méritos para ser calificado como matón, embustero, frívolo, provocador, violento, insensible, autoritario, inculto, arrogante, machista, racista, etc. y que nunca hará una política favorable a la mayoría?

Hay que reconocer la capacidad de Trump para engañar, de la que hizo una exhibición hace cuatro años, en su discurso inaugural, más atractivo y realista el que el de Biden ahora. El de Trump podría haber sido suscrito en muchas de sus partes por un político de izquierdas, el de Biden no. Pero las proclamas hipócritas de Trump no debieran engañar a nadie.

Un trabajo de la Universidad Tecnológica de Texas da una explicación. Su análisis de los valores personales de los seguidores de Trump mostraba un perfil de bajo altruismo, gran apoyo al valor del poder (entendido como competir y ganar), deseos de riqueza y apego emocional a la tradición.

Los remedios

Piensan algunos con optimismo que el remedio consiste en abandonar las políticas neoliberales y reducir las desigualdades. Además controlar de alguna forma las redes, nidos de mentiras, prestigiar a la prensa tradicional y hacer responsables a los dueños de las plataformas de lo que se publica en ellas.

La cuestión es que con estas medidas sólo se atemperan las desigualdades y las mentiras, no se acaba con ellas. Y menos aún con la ignorancia, la falta de altruismo, el fascismo, el machismo o el racismo que proliferan.

Se puede dar un paso más y apelar a la educación. Hay que mejorar la educación de la población para que no sea presa fácil de los engaños ni del odio. ¿Y qué hacer para ello? Mejorar la escuela mediante nuevas leyes de educación y mayor financiación.

De nuevo ingenuidad. Todo el mundo debería saber que la educación en la sociedad capitalista no se produce en la escuela, sino en las antiescuelas: publicidad, modelos sociales (deportistas de élite, cantantes, influyentes), en las familias, en los grupos de iguales y en las redes. Nada puede la escuela contra estas antiescuelas. Sólo tienen relativa suerte los niños cuyas familias colaboran en la buena dirección, es decir, una parte de la población no suficiente.

La buena educación no tiene sitio en la sociedad capitalista, porque no va a desaparecer el tipo de publicidad que soportamos, ni van a ser controladas socialmente las redes sociales, ni la juventud va a cambiar de modelos ni de motivaciones, ni va a desaparecer el deseo inmoderado de consumo, de manera que la escuela seguirá cumpliendo el papel que tiene asignado, que no es educar, sino colaborar a la integración de la gente en el sistema productivo a distintos niveles.

La mala educación es funcional para la reproducción del sistema capitalista, que necesita un alto porcentaje de fracaso escolar (el de las clases bajas) para nutrir la formación profesional, así como dar a los demás los conocimientos y pautas necesarios para cumplir un papel específico en el esquema de producción. En ningún caso se pretende una buena educación, por otra parte imposible. En el espacio básico de la educación sentimental (del que dependen los demás) el sistema promueve incesantemente los sentimientos de egoísmo, frustración, rutina y miedo.

La pandemia que sufrimos nos está obligando a ver por todas partes a irresponsables ciudadanos que, en uso de lo que llaman libertad, se comportan de manera que pone en peligro la salud y la vida ajena. Y lo hacen por ignorancia y falta de empatía. Se les ha querido disculpar alegando que son jóvenes, pero la edad juvenil no es incompatible con el conocimiento y la solidaridad. Ocurre, simplemente, que nuestro sistema social fabrica masivamente ese tipo de persona psicológicamente averiada. Y esa deficiente socialización es la causa básica del ascenso de los fascismos. Y no hay remedio, no le den vueltas, sólo la salida del capitalismo puede abrir una puerta a la solución.

El fascismo presente, la izquierda ausente

No importa qué tema político o social toquemos, hemos de llegar siempre a lamentarnos de la inexistencia de una izquierda dedicada a su misión básica.

A cada paso oímos que la sociedad está polarizada, concepto éste, el de polarización, que ha venido a sustituir al de lucha de clases que tuvo sentido mientras la clase obrera tenía conciencia de sus intereses gracias a la labor de sindicatos y partidos comunistas.

Ahora las clases oprimidas carecen de conciencia de sus intereses porque no hay organización alguna que luche eficazmente contra la falsa conciencia que el sistema capitalista produce. El partido comunista ni siquiera se atreve a presentarse como tal, abrumado por el poder estigmatizador del monopolio de medios conservadores, y se esconde tras las siglas de Izquierda Unida, perdida en el electoralismo.

De manera que queda el campo libre para aquellas organizaciones fascistas que ocupan el terreno abandonado por la izquierda y que engañan a los oprimidos acerca de sus verdaderos enemigos.

En España se critica a los que se han opuesto al gobierno de coalición presentándolos como unos exquisitos que piensan que la sucia experiencia de la política institucional mancha y que por ello es preferible ejercer de Pepito Grillo desde la bancada de la oposición o desde el extraparlamentarismo, con lo cual se gana en coherencia, sí, pero al precio de prescindir de resultados y oportunidades.

Quienes hacen esta caricatura no conciben otra alternativa al electoralismo que la autocomplacencia moral estéril.

Algo así debieron pensar los dirigentes del PCE cuando tomaron dos decisiones nefastas en los pasados años 70: sumarse a la transición impuesta por el franquismo y abrazar el eurocomunismo. Cambiaron el diagnóstico marxista que veía a la democracia burguesa como una forma sin substancia (un disfraz) y decidieron participar en el juego a que les invitó el capitalismo, el juego electoral, aceptando la mentira conservadora de que la plutocracia es democracia sustantiva. Ello eliminó el discurso crítico, supeditó la organización al líder carismático que prometía votos y limitó su actividad al corto plazo. Desde entonces la izquierda comunista que luchó con tanta fuerza por las libertades durante la dictadura ha venido limitando sus esfuerzos a la competición electoral y a la ocupación de los cargos conseguidos para hacer desde ellos la política posible, es decir, la que no enoja al verdadero poder. El resultado es que la izquierda anticapitalista ha perdido su antigua eficacia.

La alternativa al electoralismo cortoplacista y engañoso no es ejercer de Pepito Grillo, ni mirarse el ombligo con autocomplacencia moral. Es dedicarse a la tarea básica sin la que todas las demás no tienen alcance: ejercer la actividad educativa que sólo la izquierda puede realizar, transformando la falsa conciencia de los oprimidos en conciencia realista, utilizando como instrumentos la implantación en los barrios populares mediante organizaciones vivas, escuelas infantiles, universidades populares, ayuda gratuita de expertos a la gente en apuros, medios de comunicación bien concebidos, estímulo a la investigación social, prestigio intelectual que atraiga la colaboración de científicos, comunicadores y teóricos.

Si dijéramos a los dirigentes políticos de la izquierda actual que abandonen el electoralismo y se dediquen a esa política a largo plazo, asegurándoles que apreciarán los buenos efectos del cambio dentro de cuarenta años ¿imaginan que nos dirían? Ellos quieren efectos ya, es decir, tocar poder ya. Cualquier otra cosa les parece extravagancia a la que no hay que prestar atención.

Pero imaginemos que hace cuarenta años se hubiera iniciado esa tarea a largo plazo. Ahora estaríamos aprovechando sus efectos, y no sólo en España, puesto que habríamos servido de modelo para otros países.

Sin estar en las instituciones, esa izquierda podría estar ahora ejerciendo más influencia en la política del país, podría presionar más al PSOE hacia políticas progresistas que lo que puede la izquierda que tenemos dentro del Gobierno. Y estaría impidiendo la deriva de una parte importante de la población hacia posiciones de extrema derecha, manteniendo el apoyo de esa población a medidas más audaces que las hoy posibles. Si en Europa hubiéramos tenido una izquierda así, seguro que no habríamos salido de la gran crisis a base de políticas neoliberales, seguro que la derecha europea en el poder no habría podido tratar a Grecia como lo hizo, seguro que su política respecto a la inmigración no estaría inspirada por el miedo al discurso de la extrema derecha.

Si hace cuarenta años el PCE hubiera decidido hacer esto, ahora no sólo sería injusto decir “todos los políticos son iguales”, sino que a nadie se le ocurriría decirlo.

Y los cuarenta años pasados no habrían sido un desierto, pues desde el principio esa izquierda habría estado haciendo camino al andar.

jmchamorro@jmchamorro.info

¿QUÉ IZQUIERDA HAY EN ESPAÑA?

Deben tener claro qué es la derecha y qué la izquierda quienes repiten que, a diferencia de la derecha, la izquierda es incapaz de llegar a acuerdos.

 Si aceptamos un criterio de tradición histórica el PSOE pertenece a la izquierda. Pero hay que recordar que, aunque en sus orígenes estuvo adherido a la II Internacional, en la España posfranquista abandonó el marxismo e intentó convertir un débil Estado del Bienestar en el principal aval del capitalismo, para acabar finalmente afiliado a las tesis neoliberales (privatizaciones, recortes del gasto social, política fiscal favorable a los ricos).

Si nos guiamos por las políticas y no por el eco histórico de las siglas, hemos de colocar al PSOE a la derecha y no vale entonces decir que la izquierda es incapaz de ponerse de acuerdo cuando el PSOE no se pone de acuerdo con quienes están a su izquierda. Es natural que el PSOE se sienta más cómodo llegando a acuerdos con la derecha. Lo último que quiere es incomodar al poder económico al que sirve (y esto incluso en espacios más ideológicos que económicos, como pone de manifiesto Cristina Fallarás en PSOE y bien atado).

Si vamos más allá, ¿hay en España una izquierda efectiva?

Según el criterio de tradición histórica IU es claramente una organización de izquierdas. Y si consideramos que es izquierda lo que está a la izquierda del PSOE, también es izquierda Podemos.

Pero si buscamos un criterio menos superficial creo que hemos de encontrarlo en la meta que cada partido se propone y la teoría que utiliza para analizar la realidad y elaborar su estrategia.

Por respecto a la meta tenemos partidos prosistema, que defienden el capitalismo, y partidos que se proponen el paso de capitalismo a socialismo, y cada una de estas metas es consecuencia de un diferente sistema de valores y una diferente teoría de la sociedad. Ello significa una diferente manera de ver, de sentir y de actuar.

Es ésta una diferencia tan radical, y con tantas repercusiones y derivaciones, que si no la tomamos en cuenta para diferenciar derecha de izquierda privamos a estos términos de todo significado operativo.

Por ello, antes de retomar el tema de si hay en España una izquierda consistente y operativa, voy a resumir brevemente la teoría que se concilia con la meta y los valores procapitalistas, y la teoría que se concilia con la meta y los valores prosocialistas.

La teoría procapitalista

1. Viene a decir que el mercado es un instrumento neutral que rige la economía proporcionando el máximo nivel económico compatible con la libertad individual. El resultado es una calidad de vida colectiva nunca antes igualada en la historia.

La diferencia de capacidades y esfuerzos, también a veces de suerte, hace que unos prosperen y otros se estanquen. Pero en todo caso, que haya pobres y ricos beneficia a los pobres, por dos razones: puesto que los ricos lo son porque han demostrado ser emprendedores exitosos, el dinero en sus manos rinde más y genera más riqueza, y esa mayor riqueza termina favoreciendo a los pobres; por otra parte, si no hubiera el estímulo de la riqueza, la sociedad se estancaría, la vida se haría mediocre y toda la población quedaría resignada a esa mediocridad.

En todo caso la economía de mercado tiene leyes que los economistas conocen y que deben ser respetadas, porque la pretensión populista de actuar vulnerando irresponsablemente esas leyes termina ocasionando daños graves e irreparables a quienes se pretende beneficiar.

2. El valor máximo de la sociedad capitalista es la libertad. Libertad para elegir mediante el voto a los representantes que legislarán y gobernarán en representación del pueblo. Libertad para presentarse como candidato a las elecciones. Libertad para agruparse en partidos políticos. Libertad para emprender, prosperar y enriquecerse sin límites. Libertad de expresión (que permite el funcionamiento de medios de comunicación privados, libres de las injerencias del poder político y siempre dispuestos a fiscalizarlo). Libertad de conciencia. Libertad para que los padres puedan elegir la enseñanza de sus hijos en todos los niveles. Libertad para emplear el dinero propio como se prefiera.

La separación de poderes legislativo, ejecutivo y judicial, cada uno independiente y contrapeso de los demás, impide el excesivo predominio de cualquiera de ellos, haciendo posible una democracia que es el sistema menos malo de entre todos los imaginables, fuera del cual no hay sino totalitarismo e ineficacia económica.

3. Este núcleo teórico tiene luego dos variantes:

Una dice que, siendo los resultados del mercado los preferibles, los impuestos son imposiciones confiscatorias (inaceptables según el ético R. Nozick), y que por ello deben reducirse al mínimo, lo mismo que las regulaciones estatales. El Estado debe privatizar sus empresas porque la gestión privada obtiene mejores resultados que la pública. De la misma manera deben desmantelarse los servicios públicos gratuitos (educación, sanidad, pensiones) porque quienes no saben prosperar para pagarse esos servicios son responsables de su situación y no deben ser subvencionados con el dinero que han conseguido las personas activas y responsables. No deben recibir otra ayuda que la voluntaria de las personas caritativas.

La segunda variante dice que el mercado tiene efectos que es preciso corregir. Y que el Estado, vía impuestos progresivos, debe proporcionar a todo el mundo sanidad, una pensión justa tras la jubilación y una educación adecuada. La educación pública y gratuita al alcance de todos proporciona igualdad de oportunidades, gracias a la cual toda persona emprendedora, o que se esfuerza, tiene posibilidades de ascenso social y toda la población queda integrada en un sistema social acogedor y justo.

4. Se completa esta teoría con un capítulo sobre el espacio internacional: pertenencia al “mundo libre” liderado por EE UU, obligación de defenderlo por medio de la OTAN, necesidad de actuar como los países “de nuestro entorno”, etc.

La teoría prosocialista

1. Muy diferente es la descripción que nos ofrece una versión actualizada de la teoría marxista, una de cuyas tesis centrales es que la lógica del mercado conduce inevitablemente a resultados irracionales e injustos:

a) Consiste la irracionalidad en que obliga a una producción creciente porque todo estancamiento da lugar a una crisis económica. Cualquier producción es bienvenida en la medida en que active la economía y reduzca el paro, no importan sus efectos extraeconómicos. El consumo de esa producción creciente se logra con un aparato de publicidad omnipresente que fuerza a innumerables consumos innecesarios.

Este crecimiento económico permanente en un mundo de recursos escasos implica agresión al medio ambiente y sobreexplotación y agotamiento de recursos naturales, sin evitar por ello las crisis periódicas, dado que la producción y el consumo no están sincronizados y cualquier cambio en las variables básicas produce efectos disfuncionales en cadena que se realimentan.

b) Consiste la injusticia en que el mercado (tanto de mercancías como de trabajo) da más a los que más tienen y menos a los que tienen menos, generando así una explotación creciente de la mayoría social en provecho de una minoría, cuyo poder económico proporciona a ésta una capacidad de dominación irresistible.

Puesto que la riqueza de un país es la que es, si en el reparto una minoría se lleva la mayor parte, la parte menor debe ser repartida entre los demás. Quiere esto decir que hay una relación causal entre riqueza y pobreza, esto es, que hay ricos porque hay pobres y que hay pobres porque hay ricos.

Decir que el dinero en manos de los ricos beneficia a los pobres es un sarcasmo. En gran medida los ricos utilizan sus capitales para especular y controlar, y cuando invierten en actividades productivas lo hacen bajo el criterio del beneficio privado. Su dinero serviría mucho mejor a la población si estuviera en manos de un Estado que invirtiera con criterios de interés general. Entonces no habría pobres.

En consecuencia, el mercado genera dos clases sociales con intereses objetivos contrapuestos e incompatibles, la de explotadores y la de explotados, contraposición e incompatibilidad en que consiste la lucha de clases. Tal lucha, que puede no ser aparente, sino meramente latente, se viene resolviendo a favor de la clase dominante, cuyo predominio se mantiene por medio de la fuerza (dictaduras sangrientas cuando son necesarias), o por medio de un consenso inducido al que ayudan distintas estrategias: convertir en consumista satisfecha a una parte de la población, tranquilizar a los que menos tienen con las prestaciones del Estado del Bienestar y debilitar a cualquier institución que esté al servicio de los intereses populares, sean partidos comunistas o sindicatos.

2. Semejante tinglado requiere una población que se le adapte.

Esa población se recibe en herencia, porque la ideología popular se ha ido configurando a través de milenios de sociedades elitistas, cuyo resultado es una mayoría de personas ignorantes de los procesos sociales que les conciernen (ignorantes de sus intereses objetivos y de la red de explotación y dominación en que están apresadas), limitadas a una privacidad en la que domina el sueño del ascenso social (en último término mediante un golpe de suerte en la lotería) y en la que se activa con facilidad el miedo a perder lo conseguido.

Para la reproducción de este tipo de población es necesario controlar la fabricación social de la conciencia individual (falsa conciencia), a fin de que explotados y dominados vean su situación como la de seres libres que viven en el mejor de los mundos posibles. Para ello cuenta el Sistema con antiescuelas muy efectivas: los púlpitos, los medios de comunicación dependientes del capital (en especial la televisión y la radio), la publicidad y el entorno social, sea el físico o el virtual.

La escuela pública, impotente para enfrentarse a esas antiescuelas con éxito, está diseñada para proporcionar una educación deficiente, y no porque sea técnicamente imposible crear una buena escuela, sino porque ésta sería disfuncional al sistema: si una buena escuela consiguiera producir una población lúcida y solidaria el sistema capitalista desaparecería. De ahí que la posibilidad técnica de una buena educación sea impedida por dos vías: falta de financiación, que viene decidida por leyes fiscales que privan al Estado de los recursos necesarios; y planes de estudio diseñados para la inserción en el mercado de trabajo, no para proporcionar conocimientos, información y valores que puedan activar el sentido crítico.

A esto hay que añadir que el sistema educativo garantiza el fracaso de los escolares de las clases económica y culturalmente pobres, porque llegan a la escuela sin dominar el código lingüístico escolar. A ellos se los dirige a la formación profesional mientras los restantes tienen acceso a la universidad, y así se nos muestra la distancia entre la igualdad de oportunidades formal (la que se afirma) y la real (la que no existe).

3. Es en este marco donde funciona otra farsa formal, la de la democracia.

Siendo tan brutal la cuantía de capital acumulada por la oligarquía mundial es inevitable que todo esté dirigido desde la sombra por ella.

Cada partido se ofrece como una mercancía que sólo será comprada si es costosamente publicitada, y por ello disponen de ventaja los partidos conservadores, que son los que reciben donaciones de los ricos. Aparte los bancos ofrecen créditos y pueden así controlar al partido endeudado.

Las conexiones entre la oligarquía económica y las élites subordinadas (política, académica, comunicativa y funcionarial) son de compraventa con mil formas de pago, no necesariamente con el dinero que circula por la impresionante red mundial de corrupción. Hay formas de promoción profesional y de estancamiento profesional, hay mil formas de premios y castigos.

La nómina de altos políticos que por las puertas giratorias pasan de las instituciones oficiales a los consejos de administración es interminable, con la consecuencia de que los borradores de la legislación básica, la económica, son elaborados por los equipos técnicos del capital (de la banca y de las grandes empresas), y luego convertidos en leyes por legisladores obedientes.

Mediante esas leyes se entregan al beneficio y control privados espacios económicos que deberían ser de propiedad pública y estar bajo control social (vivienda, energía, comunicaciones, medicina, alimentación, sistema financiero, plataformas digitales).

Añádase que la propiedad privada de los medios de comunicación confiere al capital la facultad no sólo de configurar ideológicamente a la población, sino de generar expectativas de premio y de castigo social. Si un político influyente tiene la osadía de negarse a seguir las instrucciones que le llegan, ese político será puesto en el punto de mira de los medios y acabará defenestrado.

A esto se añade que cualquier opinión que ponga en duda los axiomas del sistema es atacada con unanimidad mediática, que la tachará de peligrosa, inaceptable e incluso ridícula. Se desemboca así en una democracia formal que es disfraz de una real plutocracia, de la que no se puede salir sin romper de alguna forma con las reglas del sistema.

Es en este contexto donde hay que situar el concepto de libertad que con tanto énfasis se proclama. Es un concepto formal que quiere decir que ni las leyes ni los gobiernos impiden a nadie que lleve a sus hijos a colegios de élite, frecuente hoteles de lujo, haga inversiones millonarias o levante un imperio mediático para defender sus intereses. Es una libertad formal que todos tienen. La libertad real solo la tienen los ricos.

4. Uno de los grandes aciertos de Marx fue comprender que para salir del capitalismo y acceder a una sociedad igualitaria es necesaria la transformación de la actual población en otra de personas nuevas que él caracterizó como racionales, socializadas, humanas, libres de egoísmo personal y codicia.

No se equivocó al pensar que ese tipo de persona es generalizable si se dan las condiciones adecuadas, y a la luz del conocimiento científico actual yerran, por el contrario, quienes suponen que hay una naturaleza humana inmodificable, caracterizada por el egoísmo, la competitividad y la pereza, y que esa naturaleza hace imposible utopías como la marxista.

Sin embargo Marx erró al pensar que la aparición de ese “hombre nuevo” compatible con el socialismo sería una consecuencia mecánica de la revolución proletaria y del establecimiento de un modo de producción socialista. Tal error dejó a oscuras la tarea del cambio ideológico, que sin embargo debe ser la prioritaria para un partido de izquierdas que pretenda sustituir la revolución violenta por una actividad pacífica a largo plazo.

Uno de los puntos en que la teoría marxista debe ser completada es precisamente éste: determinar cómo podemos irnos aproximando a las condiciones que producirán una población compatible con el socialismo, consistiendo los primeros pasos en conseguir que las muchas personas ignorantes de su situación y de sus intereses objetivos vayan siendo rescatadas de la “falsa conciencia” y lleguen a un grado de suficiente lucidez.

5. Cuando se habla de leyes económicas, o de peligros internacionales de los que hay que defenderse, o de las constricciones de la globalización, como si todo ello obligara a la política que las oligarquías capitalistas imponen, se está mintiendo. Las leyes económicas no existen al margen de una legislación específica, los enemigos de los que hay que defenderse no son enemigos de la población, sino del imperialismo estadounidense y por extensión de las oligarquías occidentales, y la globalización no es una cosa que haya caído del cielo, sino que es el fruto, apetecido por la élite, de las regulaciones estatales que defienden una propiedad privada sin límites y la desregulación del espacio internacional, que permite unos niveles de especulación financiera y de colonización económica insuperables.

VOLVAMOS AL TEMA DE LA IZQUIERDA

1. Mientras la teoría marxista así resumida es compatible con los innumerables datos empíricos que nos llegan de la realidad social y con el conocimiento científico que se ha ido acumulando en las disciplinas sociales, la teoría procapitalista no vale para integrar esos datos ni es compatible con el conocimiento científico. ¿Para qué vale entonces? En el espacio cognitivo para nada, pero vale como respaldo legitimatorio a los defensores del capitalismo y vale como venda sobre los ojos de la población. Consiste, pues, en una urdimbre de falsedades a la que bien podemos llamar mentira sistemática (porque es necesaria para la legitimación del Sistema).

Naturalmente el PSOE utiliza esta teoría (y no sólo en su variable socialdemócrata), lo que reafirma la idea de que este partido forma parte de la derecha.

Pero ¿y las demás organizaciones que se consideran de izquierdas?

Si nos limitamos a las presentes en el Parlamento encontramos lo siguiente:

IZQUIERDA UNIDA es una organización concebida como disfraz del partido comunista (precisamente para ocultar el término comunismo, demonizado por la derecha) que tiene tres problemas:

El primero es que, aunque no ha dejado de ser marxista, lo es sólo para uso interno y de manera rutinaria. Actúa sin que los conceptos vigentes de la teoría marxista sean perceptibles en sus discursos o en sus acciones, y sin intento alguno de renovar la teoría en sus partes débiles. Se camufla bajo un disfraz socialdemócrata y elude discursos más radicales (precisamente los necesarios) por miedo a la reacción de los medios, a cuyos argumentos, fácilmente rebatibles, no se atreve a enfrentarse.

El segundo problema es que, desde que se impuso el llamado eurocomunismo con Santiago Carrillo, el partido comunista primero, e IU después, han sucumbido al electoralismo, abandonando todo esfuerzo por abrir los ojos a la población engañada e ir haciéndola compatible con los viejos ideales de igualdad, libertad y fraternidad.

El tercer problema es que, sobre todo para sufragar gastos electorales, se ha endeudado con la banca perdiendo independencia frente a ella.

PODEMOS surgió de la indignación que produjo la forma de salir de la última gran crisis capitalista, cargando sobre el pueblo los costes y otorgando grandes beneficios a quienes la habían provocado. Pero no por compartir indignación se comparte ideología. Muchos integrantes de Podemos son socialdemócratas, bien es cierto que no contaminados, a diferencia del PSOE, por la sumisión al poder económico. Sólo una minoría se presenta como anticapitalista.

Aunque esta composición coloca a Podemos a la izquierda del PSOE hay que insistir en que no se puede funcionar con armonía y efectividad manteniendo dentro dos ideologías tan contrarias. Pero es que, además, la parte anticapitalista de Podemos comparte con IU dos de sus defectos: la ausencia de una teoría válida para tareas de batalla ideológica a largo plazo y, como consecuencia, la caída en el electoralismo. Prueba de ello es la forma en que languidecen los Círculos, que comenzaron siendo el santo y seña del partido, y un síntoma significativo es que, tras entrevistar a Iván Redondo en La Tuerka, Pablo Iglesias dijera “… lástima que haya trabajado para nuestros adversarios”, quedando implícito “¡Qué lástima que no trabaje para nosotros!”, lo que quiere decir que ganar votos es lo que importa, incluso si para ello hay que aparcar la ideología propia y seguir las instrucciones de un personaje que supedita ideas y valores a la estrategia comunicativa que le parece electoralmente rentable.

2. El rico patrimonio de la izquierda anticapitalista (y sólo de ella) es la posibilidad de promocionar la verdad política (que no sólo es revolucionaria, sino que se distingue en seguida de la mentira habitual). Que la verdad es muy peligrosa para el Sistema se prueba por la forma brutal en que, cuando se produce, es atacada por políticos, periodistas e intelectuales conservadores como si no fuera otra cosa que producto del resentimiento, de viejos dogmas, del populismo antisistema. Temen más a la verdad que a la llegada de la izquierda al poder, que saben que estaría bajo control. Por ello la primera obligación de la izquierda es hacer públicas, de manera incansable, descripciones verdaderas de la situación que sean comprensibles por las distintas mentalidades.

Si aceptamos esto no pueden ser más descorazonadoras las conclusiones a que aboca la actividad de la izquierda parlamentaria española. El problema no es que esa izquierda tenga dificultades para ponerse de acuerdo con el PSOE, sino que ha copiado casi todos los rasgos prosistema del PSOE.

Tanto IU como Podemos dan por supuesto que vivimos en democracia y que a la ideología popular no hay que transformarla, sino utilizarla. Justamente lo que hace la derecha. En el discurso moderado de IU y de Podemos no se habla de explotación y dominación, sino de aumento de las desigualdades, y se concibe la lucha de clases como lucha electoral a la que acudir pertrechados de las armas propias del sistema. Líderes carismáticos, gasto de un dinero que debería dedicarse a otros fines, cuidado de no hacer ni decir lo que pueda quitar votos y de hacer y decir lo que pueda darlos, afán por ser invitados a los medios privados, a los que blanquean al no denunciar sus intereses ocultos, etc. En definitiva: ingresan en el consorcio de quienes se encuentran obligados a la mentira sistemática que refuerza la falsa conciencia de la población.

Cierto que IU y Podemos son de largo las organizaciones que menos mienten (apenas lo hacen de manera activa), pero mienten por inacción, al callar muchas de las cosas que deberían estar diciendo.

EL PATÉTICO ESFUERZO DE UNIDAS PODEMOS POR LOGRAR UN GOBIERNO DE COALICIÓN

1. Llegamos así a la situación política presente, a eso que muchos han llamado la gran ocasión de conseguir un gobierno progresista que venga a solucionar los problemas de la gente.

Decir esto ya revela que se acepta la semántica del sistema. Pues ¿qué es solucionar los problemas de la gente? Para solucionarlos hay primero que identificarlos, cosa que nadie hace en IU y Podemos a un nivel que no sea superficial.

Se supone que solucionar los problemas de la gente consiste en aumentar de manera ridícula el salario mínimo, aumentar de manera ridícula la levísima carga impositiva de los más ricos, hacer algún cambio ridículo en el sistema educativo, poner algún freno a la subida especulativa de los alquileres como si eso solucionara el problema de la vivienda de las clases populares, tratar de asegurar la persistencia de las pensiones públicas, casi todas ellas miserables, eliminar los aspectos más lesivos de las reformas laborales del PP y el PSOE, dotar presupuestariamente algunas políticas sociales, etc.

No estoy discutiendo la utilidad relativa de esas políticas, sino negando que esos poquitos resuelvan los problemas de la gente. Sería más honrado decir: “Como no podemos resolver los grandes problemas de la gente, porque no se nos permite hacerlo, resolvamos algunos problemas menores.”

Pero en lugar de decir esto y explicar a la población cuáles son sus problemas más graves, y los de sus hijos, y por qué no se pueden solucionar dentro de este Sistema, UP proclama que un gobierno de coalición con el PSOE es la gran ocasión.

2. Se defiende el gobierno de coalición apelando a la desconfianza de que el PSOE cumpla lo acordado en un pacto de legislatura si UP no está en el gobierno para controlar ese cumplimiento, desconfianza sin duda razonable.

Mientras Pablo Iglesias da la impresión de que, equivocado o no, es persona honesta, Pedro Sánchez ha ido dando pruebas de personaje oscuro, artero y carente de empatía, sólo animado por un deseo irrefrenable de poder político (baste recordar sus heroicidades para reconquistarlo, que ya sabemos que no hizo en defensa de valores y principios, sino en defensa propia) y por tanto muy controlable por el poder económico. Lo último que quiere es un gobierno de coalición con UP que le impida manos libres para pactar con la derecha y asegurarse la tranquilidad frente al temible poder económico. Esto lo sabe todo el mundo bien informado y lo ha confesado él mismo al decir que no podría dormir si tuviera a gente de Unidas Podemos en el gobierno. Por ello, aunque simulaba negociar, ya en agosto había anticipado al presidente de la CEOE que habría elecciones, de las que espera que el PSOE quede más fuerte, y más débiles UP y Ciudadanos.

Con tal socio un gobierno de coalición no podría durar, salvo que UP, para evitar a cada paso la crisis de la gran ocasión, renunciara a la crítica y se amarrara a la mentira sistemática que practica el PSOE.

El hecho de que quienes deciden en UP no hayan tomado esto en cuenta es síntoma de que están perdidos en los vericuetos de la derecha socialdemócrata e insensibles a las variables ideológicas.

La actitud razonable hubiera sido apoyar la investidura del PSOE sin exigir a cambio nada que pueda disminuir la libertad para una actividad educadora de la gente engañada (una actividad, por tanto, antisistema). Pero el electoralismo está tan interiorizado en los aparatos partidarios, en los militantes y en los votantes que el único resultado satisfactorio es para ellos el éxito electoral y la conquista de poder político. ¿Para qué?, habría que preguntarles. ¿Hasta dónde se puede llegar por ese camino sin el apoyo de una población dispuesta a ir más allá de las conquistas socialdemócratas hoy rebajadas? Basta mirar a los bandazos de la población de Brasil, Argentina, Ecuador y ahora de Bolivia, donde, tras más de diez años de políticas a favor de la gente, Evo Morales ha pasado de más de un cincuenta por ciento de apoyo popular al treinta y tantos que le dan algunas encuestas y que pone en riesgo su reelección el próximo octubre.

2. Todo esto nos advierte de la necesidad de una izquierda que en España no existe y que es imprescindible para los intereses progresistas. Una izquierda que integre a IU y a la parte anticapitalista de Podemos y que, tras soltar el lastre socialdemócrata (buena ocasión para ello la que Errejón ofrece), desprecie el electoralismo de los partidos prosistema y se atreva a llamar al pan pan y al vino vino. Que sea reconocible por el trabajo incesante y bien orientado en el tejido social, único del que se pueden esperar beneficios a largo plazo para la mayoría de la población y al que debe supeditarse la (también necesaria) actividad en campañas electorales y en las instituciones.

No vale criticar a la casta política si al mismo tiempo no se critica al sistema que la crea y que se sirve de ella. Sin romper con el sistema (y ni la IU heredera del eurocomunismo ni Podemos han roto con él) a lo más a que se puede llegar es a recoger algunas migajas del banquete y contentar con ellas a un pueblo que seguirá siendo explotado, dominado y educado en el individualismo egoísta y en la ignorancia. ¡Pues qué bien! ¡Adelante tras el líder carismático en el propósito erróneo! Adelante con los que piensan que el valor de una izquierda sin poder político es meramente testimonial. No ven más allá de lo que tienen ante los ojos.

Para no insistir me remito a lo dicho en Sobre el fracaso de Podemos en las elecciones y en Refundar Podemos ¿En qué dirección?

jmchamorro@jmchamorro.info