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FEMINISMO Y TEORÍAS FEMINISTAS (III): LA TEORÍA MARXISTA

Silvia Federici y otras feministas influenciadas por el marxismo han criticado a Marx porque no analizó la forma específica de explotación de las mujeres en la sociedad capitalista moderna. El problema de la mujer carece de presencia en las formulaciones tradicionales de la teoría marxista pese a que Marx, Engels y, por ejemplo, Auguste Bebel, miembro del partido marxista alemán SDAP, y autor de La mujer y el socialismo, denunciaron en el siglo XIX la brutal explotación de las mujeres.

Pienso que ello se debe al error de teorizar las clases sociales básicamente con el criterio estructural, es decir, por la posición de las personas respecto a la estructura económica, de lo que se ha seguido la tendencia a primar a dos clases, la burguesía (los dueños de los medios de producción) y el proletariado (los obligados a vender su fuerza de trabajo), quedando las mujeres distribuidas en esas dos clases de la misma forma que los hombres.

Pese a esta y otras deficiencias, sobre las que hay mucha literatura, el marxismo es la única teoría general existente por ahora en el campo social.

Contra el predominio del marxismo se intentaron dos estrategias, siendo la más razonable formular una teoría alternativa de carácter conservador. Lo intentó a medias Max Weber y de manera más completa T. Parsons, que utilizó la teoría de sistemas, inexistente en tiempos de Marx, e incluyó en el núcleo de su teoría el modelo psicológico de Tolman. Este intento se llamó funcionalista porque venía a decir que en la sociedad no hay conflicto, sino que cada parte del sistema social cumple la función de contribuir a la estabilidad del todo. No preveía disfunciones ni conflictos irresolubles (por ejemplo el de clases) de manera que la teoría se tuvo que abandonar por insolvente. Luego ni siquiera ha llegado a fracasar la teoría habermasiana, tan ingenua y con pilares tan imaginarios que sólo sirve para conversaciones y páginas académicas.

A la vista de estos fracasos se eligió una segunda estrategia inaugurada por Merton, discípulo de Parsons, que desde el campo de la sociología abominó de las teorías generales (como si pensara “ya que la nuestra no vale, que no valga ninguna”) y prescribió las teorías de corto alcance, estrategia a la que se sumó a su modo el pensamiento posmoderno con enorme ahínco y despliegue, como describí en la entrada anterior de este blog.

Pero el decaimiento de la teoría marxista no ha venido de estos ataques, sino de que acabó siendo una escolástica en torno a unos dogmas, no una ciencia en progreso, y perdió por ello la posición de máximo prestigio intelectual de que gozaba durante la primera mitad del pasado siglo.

No hay problema para eliminar sus defectos y completarla en lo que sea necesario con el conocimiento que se ha ido acumulando en el campo de las ciencias sociales desde tiempos de Marx. Pues lo cierto es que fuera del marxismo se trabaja en la oscuridad teórica o a la mera luz del conocimiento ordinario.

Una teoría feminista de carácter marxista se diferencia de otras en que no habla de géneros ni se limita a hablar de hombres y mujeres. Habla de dominación y explotación, pero no colocando a los hombres en la parte activa y a las mujeres en la pasiva. Más bien establece clases de hombres y clases de mujeres por la posición de unos y otras en la estructura económica y por la asimilación de distintas ideologías, en algunas de las cuales quedan disueltos los elementos pervivientes de la llamada cultura patriarcal.

La teoría marxista describe nuestras sociedades capitalistas como falsas democracias, con un Estado que garantiza que la clase que dispone de la mayoría de la riqueza domine y explote a las clases sociales populares. Hombres y mujeres están apresados en una estructura de clases que se superpone a la división por sexos. Una parte de las mujeres pertenece a la minoría explotadora o a sus instrumentos de dominación, mientras la mayor parte de las mujeres y de los hombres pertenecen a la mayoría explotada, estando además las mujeres de esa mayoría sometidas a una doble dominación y explotación.

La derecha quiere presentar esos conceptos como una demagogia trasnochada, precisamente ahora, que el nivel de dominación y explotación alcanza cotas realmente escandalosas y la lucha de clases latente ofrece continuos y preocupantes indicios, aunque sea en la forma transmutada de odio mutuo entre grupos sociales extensos.

¿Qué entenderemos por sexo? ¿Hay hombres y mujeres?

Vengo hablando de mujeres y hombres como si esta distinción tuviera sentido, como si realmente hubiera mujeres y hombres en el mundo y no una ilimitada variación de rasgos que hacen imposible toda clasificación.

Actualmente para distinguir entre hombres y mujeres los textos médicos emplean los criterios biológicos siguientes: a) sexo genético, es decir la presencia de cromosomas sexuales XX en las mujeres y XY en los hombres, y la presencia o ausencia de genes determinantes del sexo; b) estructura gonadal (presencia de ovarios en las mujeres y testículos en los hombres); c) la forma de los genitales externos (pene y vulva); d) la morfología de los genitales internos (útero y trompas de Falopio en las mujeres y su ausencia en los hombres), y e) las hormonas sexuales (estrógenos y progesterona en las mujeres y andrógenos en los hombres).

Cuando nace una persona se inscribe al nacido como varón si tiene pene y testículos, y se inscribe a la nacida como hembra si tiene vulva y vagina, y se da por supuesto que si el niño o la niña obedecen a los modelos normales van a cumplir con los criterios restantes. Esto no ocurre siempre, hay anomalías. A veces nacen personas intersexuales, hermafroditas o con una disposición cromosómica contraria a su sexo fenotípico; por ejemplo, hombres con cromosomas XX o con niveles elevados de estrógenos y progesterona, o mujeres XY, o con cifras elevadas de andrógenos. Además, puede darse un número anormal de cromosomas, tales como el síndrome de Turner, en el que está presente sólo un cromosoma X, y el síndrome de Klinefelter, en el cual están presentes dos cromosomas X y un cromosoma Y. Otras disposiciones cromosómicas menos frecuentes son las de tres, cuatro o cinco X.

¿Quiere ello decir, como afirma algún científico simpatizante de la teoría queer, que no está claro qué es un hombre y qué una mujer, o que, dada la individualidad biológica, no existen dos, cinco o un número determinado de sexos, sino un sexo individual, que puede oponerse perfectamente al paradigma de dos sexos únicos y que se acerca más a la amplitud y riqueza de las expresiones psíquicas y sociales de los transgéneros? En absoluto. Aunque en cada individuo exista una combinación única de elementos masculinos y femeninos ello no es obstáculo a que hagamos clasificaciones útiles, sin las cuales no podríamos hablar de nada, ni de árboles, animales, tormentas o zanahorias, pues nos veríamos obligados a hablar sólo de cada unidad como objeto único e inclasificable, y desaparecerían del lenguaje todos los nombres comunes a cambio de infinitos nombres propios. No nos sería posible hacer generalizaciones útiles y por tanto quedaría anulado tanto el conocimiento ordinario como la ciencia con sus leyes.

Clasificar es agrupar entidades que comparten alguna cualidad, aunque difieran en otras cualidades.

Dividir a la población en las dos grandes clases de hombres y mujeres por el criterio morfológico antes indicado vale para la mayoría de las cuestiones que atañen al sexo, que son muchas e importantes, aunque para otras sea preciso establecer subclases dentro de cada una de ellas.

Por ejemplo, si estudiamos la homosexualidad o la bisexualidad tendremos que contar con las subclases de hombres y mujeres homosexuales o bisexuales para comparar sus innatismos y aprendizajes con los de las personas heterosexuales. Si nos ocupamos de la intersexualidad o del hermafroditismo tendremos que seleccionar como clase a las personas intersexuales o hermafroditas para establecer comparaciones con las que no lo son.

En un porcentaje abrumador los hombres se consideran hombres y las mujeres mujeres. Está luego el pequeño porcentaje de personas trans, divisible en la subclase de hombres trans (hombres que no quieren ser hombres y que quieren ser mujeres, llamados “mujeres trans”) y la subclase de mujeres trans (mujeres que no quieren ser mujeres y que quieren ser hombres, llamadas “hombres trans”). Y aun dentro de cada una de estas dos clases hemos de considerar como nuevas subclases la de las personas que se hormonan, la de las que se hormonan y recurren a la cirugía y la de las que ni se hormonan ni recurren a la cirugía.

Decir que las personas trans eligen su género no ayuda a entender las cosas, más bien las confunde.

Para cualquier progresista las personas trans tienen pleno derecho a hacer con sus cuerpos lo que quieran, a presentarse ante los demás como prefieran y a pensar de sí mismas lo que les dicte su mente. Además merecen respeto social, protección frente a maltratos y cualquier ayuda que necesiten. En esto consiste el respeto a los derechos humanos. Tienen también derecho a que su condición quede reflejada en los registros públicos. El hombre que se considera mujer tiene derecho a que se le inscriba como lo que es, un hombre trans, y la mujer que se considera hombre como una mujer trans. A lo que no tienen derecho es a imponer a los demás su teoría posmoderna. Un hombre trans puede considerarse mujer, pero no tiene derecho a que los demás le consideren mujer. Desde una teoría que no se haya rendido al pensamiento posmoderno está claro que la pretensión de las personas trans sólo puede desembocar en una imitación, nunca en un cambio de sexo. Imitación, insisto, a la que tienen derecho y que debe ser respetada, eso es todo.

Lo mismo piensa Debbie Hayton, mujer trans y profesora de secundaria en Reino Unido, que en un artículo muy sensato (ver aquí) ha escrito: “como mujeres trans […] tenemos que ser honestas. Somos hombres y, por lo tanto no somos lo mismo que mujeres.”

¿Cómo es posible que la aberración intelectual posmoderna haya tenido y siga teniendo seguidores? Sólo por una razón, porque el pensamiento racional que se podía oponer, el marxista, hace tiempo que escapó del campo de batalla ideológico.

Una cosa es el sexo biológico y otra las ideologías sobre el sexo a las que luego me refiero. Fuera de estos espacios quedan los deseos y sentires, y allá cada cual con los suyos.

Dominación

En el principio fue la fuerza corporal. Los hombres más fuertes en la caza, la guerra, las justas o el deporte conseguían honores, riquezas y poder, y ninguna mujer podía sentirse a salvo si no tenía hombres (padre, hermanos, esposo) que la defendieran de la fuerza de otros hombres. Los hombres más fuertes podían elegir a las mujeres de su gusto, y ellas no tenían otra forma de sentirse protegidas. De manera que por su mayor fuerza corporal los hombres dominaron a las mujeres, los hombres fuertes a los débiles y los adultos a los niños.

Todavía es la fuerza la que sigue decidiendo los papeles sociales, sólo que ahora ya no está vinculada al cuerpo del hombre. Ahora reside sobre todo en la riqueza, capaz de doblegar voluntades, controlar Estados, fabricar leyes y enfrentarse con éxito a la fuerza opuesta, sea en el propio país o en el ámbito internacional. La élite en el poder está formada por quienes han adquirido la propiedad o el control del capital industrial y financiero.

Para ocupar establemente una posición explotadora es necesario mantener la dominación sobre la mayoría social, y por eso la élite económica se auxilia de los detentadores del poder político, los altos funcionarios, los controladores de los medios de comunicación, los intelectuales influyentes y los gerentes de las grandes corporaciones, servicios por los que paga tan bien que muchos de estos servidores pasan a formar parte de la élite económica. Por ejemplo, los salarios de los primeros ejecutivos del IBEX 35 suponen 100 veces el salario medio de las personas que trabajan en dichas empresas, y eso es sólo una parte de sus emolumentos.

Como bien captó Marx, el Estado, que se presenta como neutral, es una institución al servicio de la clase dominante, cuyos intereses son defendidos por la legislación, la judicatura y el monopolio de la fuerza (policías, carceleros). “Hoy el Poder público -se dice en el Manifiesto Comunista- viene a ser, pura y simplemente, el Consejo de administración que rige los intereses colectivos de la clase burguesa.”

Este es el Poder al que Foucault prefirió no mirar, sustituyéndolo por numerosos micropoderes que se contraponen y anulan unos a otros.

Siendo la dominación básicamente el monopolio estatal de la violencia, puede tomar dos formas, la que se denomina dictadura y la que se denomina democracia, asunto al que ya me he referido en otras entradas de este blog (ver aquí).

No quiere esto decir que toda posición relevante en los mecanismos del Estado, o de los medios, o de la Universidad tenga por finalidad mantener una estructura social explotadora, pues también cabe una actividad antisistema, bien que, tras las grandes revoluciones del pasado, esa actividad se viene mostrando poco poderosa.

2. Como antes dije, hay mujeres que ocupan puestos en las estructuras de dominación de clase (altos cargos públicos y alto funcionariado, legisladoras, comunicadoras influyentes, etc.), aunque en una gran proporción, sin embargo, las mujeres son víctimas de dominación de clase y víctimas además de dominación por sexo.

Las mujeres han estado relegadas a ciudadanas de segunda clase en la sociedad y dentro de la familia durante el tiempo en que la fuerza de las leyes les impedían ejercer derechos en igualdad con los hombres. Baste recordar el derecho de sufragio, el de contratar sin tutela masculina, el de disponer de la misma libertad sexual que el varón en temas como la virginidad o el adulterio, etc.

Gracias sobre todo a la lucha de las mujeres encuadradas en movimientos feministas, la violencia legal ha casi desaparecido en muchos países, no todavía en todos. La nueva legislación intenta imponer una relación de igualdad entre los sexos, pero no tiene éxito completo. Todavía seguimos viviendo efectos de una distribución de poder que nació de la legislación antigua, y todavía hay formas de dominación que tienen que ver con la fuerza corporal (por ejemplo la violencia machista en la familia y fuera de ella cuando llega al acoso, la violación o el asesinato).

Explotación

1. La explotación ha tomado a lo largo de la historia diversas formas, pero es en todo caso una desviación de lo que debería ser un reparto equitativo de la riqueza social.

Marx consideró que en el capitalismo el mecanismo de la explotación es la plusvalía (el valor que el trabajador produce más allá del que el patrono le paga), concepción que ha recibido críticas, algunas con fundamento, y de las que han deducido los conservadores que la explotación no existe, algo tan audaz como si alguien dedujera, del error ocasional de un epidemiólogo, que la actual pandemia no existe.

El marxista analítico J. Roemer elaboró en 1982 (Una teoría general de la explotación y la clase) una definición de explotación cuya ventaja es que no la liga a los conceptos de producción y plusvalía, como hizo Marx, sino al de mercado.

Parte Roemer de la idea de que la riqueza de una sociedad es la que es y si en el reparto unos pocos se llevan la mayor parte a muchos otros les ha de quedar la parte menor, lo que quiere decir que hay una relación causal entre riqueza y pobreza, relación que habitualmente se ignora.

Diremos que el rico explota al pobre cuando pueden establecerse dos condiciones: que el bienestar del rico depende causalmente de las privaciones del pobre (los ricos son ricos porque los pobres son pobres y al contrario); y que el bienestar del rico depende del esfuerzo del pobre (el rico, a través de un mecanismo u otro, se apropia de parte de los frutos del trabajo del pobre). El primero de estos criterios define por sí mismo la opresión económica, pero no la explotación. Obreros sin trabajo son, en esos términos, económicamente oprimidos pero no explotados.

Roemer demuestra mediante una serie de modelos matemáticos que la explotación basada en el mercado es estrictamente una consecuencia de la desigual distribución de los derechos de propiedad sobre los medios de producción. Dada esa desigualdad el intercambio mercantil tiene como resultado una transferencia explotadora de trabajo desde los pobres en propiedad a los ricos en propiedad, todo ello al margen de la naturaleza de las relaciones de producción. Resultaría así que la función principal del mercado no es ser la mano invisible que controla la economía, sino servir de mecanismo para esa transferencia, que concede riqueza y pobreza personales sin tener en cuenta la aportación de cada cual y sus necesidades. Estos días hemos podido ver la contribución importante al bienestar colectivo de trabajos despreciados y mal pagados por el mercado.

La explotación aumenta no sólo cuanto menos se pague por el trabajo (mejor si no se paga nada, como ocurre con una parte del trabajo que hacen las mujeres) sino además cuanto más se mueva el mercado. Para que la explotación llegue a los niveles que conocemos es necesario producir sin tasa, no importa qué, ya se encargará la publicidad de fabricar el deseo y la necesidad. Conocemos los efectos que sobre el medio ambiente tiene el consumo incontinente, pero eso no importa a los que se enriquecen ni a sus gobiernos vasallos. De manera que la publicidad es cada día más atosigante y descarnada, y el afán consumista más peligroso, mientras la producción incontinente se presenta como el único remedio contra el paro y la recesión económica.

2. De lo anterior se sigue que ocupan una posición explotadora quienes reciben más de lo que les correspondería según su contribución y sus necesidades, y que ocupan posición de explotados los que reciben menos. Se trata de un criterio de clasificación que tiene límites borrosos en el centro, pero claros en la parte alta y baja de la pirámide social.

Hay que añadir que este proceso se caracteriza por la realimentación positiva. Al concurrir al mercado en diferentes posiciones podemos predecir que, en general, los ricos se irán haciendo más ricos a costa de los restantes, lo que significa que se colocarán en posición de recibir mayores dosis del trasvase que el mercado realiza desde los bolsillos de los más a los bolsillos de los menos. Tal predicción se cumple. No se cumple en cambio la predicción conservadora de que, cuanto más dinero haya en manos de los ricos, más aumentará la riqueza social y más se beneficiarán los pobres.

Este concepto de explotación es técnico, no moral. Se puede ocupar una posición explotadora siendo persona compasiva, se puede ocupar esa posición sin conciencia de estar haciendo daño a nadie. Pensemos en alguien que lucha por los derechos humanos y que hereda una gran fortuna. Esa gran fortuna le convierte en objetivamente explotador según la definición anterior, lo que no dice nada sobre su contextura moral.

3. Si cruzamos el criterio estructural de clase con el de sexo encontramos la clase de mujeres que, aunque en menor número que los hombres, están en posición de explotadoras por su nivel de ingresos. Dado que el sexo produce relaciones familiares, hay mujeres unidas por esas relaciones con hombres que ocupan posiciones de explotación. En la medida en que ellas disfruten del patrimonio familiar están compartiendo esa posición.

Pero al igual que ocurre con la dominación, la mayoría de las mujeres se ven sometidas, además de a la explotación por clase, a una explotación por sexo.

En efecto, siguen realizando de manera gratuita la mayor parte de los trabajos necesarios para la reproducción de la sociedad, condición imprescindible para que la vida económica sea posible.

Con frecuencia su salario es inferior al del hombre por el mismo trabajo (en las empresas del IBEX, por ejemplo, el salario medio de los hombres fue en 2018 de 46 mil euros frente a 39 mil de las mujeres).

Realizan casi en exclusiva una serie de trabajos (de cuidados, de limpieza en hoteles y hospitales, de empleo doméstico) muy mal pagados, especialmente si se trata de mujeres inmigrantes o pertenecientes a otras etnias.

La mayoría de las familias monoparentales (en España cerca de dos millones) están encabezadas por mujeres que caen en la pobreza o en la extrema pobreza porque el cuidado de los hijos les impide trabajar fuera de casa salvo en la economía sumergida o en puestos de trabajo mal retribuidos.

Hay mujeres que cobran lo mismo que los hombres por el mismo trabajo (por ejemplo funcionarias públicas de nivel medio y bajo), pero la maternidad las penaliza con dificultades que impiden el mismo progreso profesional que los hombres.

La caída en las redes de prostitución y el recurso al vientre de alquiler da idea de la situación de explotación extrema en que se encuentran muchas mujeres.

La ideología que legitima dominación y explotación

Hablar de cultura patriarcal no sirve de mucho para describir un panorama sociológico lleno de complejidades. Hay por el contrario que tomar en cuenta distintos tipos de ideología.

Se puede llamar ideología a la estructura mental de cada persona, esto es, al sistema de conocimientos, afectos y pautas de conducta que genera comportamientos. Incluye la forma de concebir la sociedad, la riqueza y la pobreza, el delito, la vida honorable según sexo y posición social, la relación entre los sexos, la vida y la muerte, el alma, dios, la otra vida, la ciencia, etc.

En las sociedades elitistas no hay un solo modelo de ideología compartido por todos sus miembros, no van asimilando los mismos significados los niños que las niñas, ni los de clases altas que bajas. Son muy diferentes las experiencias y las enseñanzas en una familia de campesinos pobres, o de terratenientes, o de aristócratas ricos, o de intelectuales.

Cierto que hay elementos que se repiten, compartidos por un número grande de personas, pero se integran en sistemas diferentes y con efectos diferentes.

Puesto que el estudio de las ideologías es básico, se pueden hacer clasificaciones según criterios que dependerán del propósito de cada investigación. A la izquierda anticapitalista, por ejemplo, le interesa para políticas a largo plazo tener en cuenta diferencias entre ideologías prosistema y antisistema, y dentro de ellas diferenciar por capacidad para asimilar información nueva y también por estructura afectiva (altruista o egoísta). En esa trama de ideologías hay que reordenar a las distintas clases de hombres y mujeres.

Las ideologías antisistema propugnan la emancipación, mientras que las prosistema legitiman un sistema injusto. En las primeras puede darse la coherencia y la objetividad, mientras que las segundas necesariamente han de consistir en lo que Marx denominó “falsa conciencia”, es decir, en falsedades que se difunden desde púlpitos, símbolos, arte, literatura popular, fábulas, etc. y que niños y niñas van aprendiendo ligadas a su afectividad más profunda, la que tiene que ver con la aceptación social, la seguridad terrena y la salvación ultraterrena. A su predominio contribuye no sólo la costumbre modelada por milenios de elitismo, sino el sistema educativo deficiente, la conformación de la opinión pública mediante los medios de comunicación más influyentes, todos en manos del capital, y el continuo ofrecimiento de modelos que la publicidad lleva a cabo.

En este sentido peyorativo, la ideología puede definirse como un estado de conciencia a través del cual hombres y mujeres son ignorantes del origen social de sus ideas, valores y creencias, de la conexión de todo ello con intereses de clase o de sexo y del papel que esas ideas juegan en el mantenimiento y reproducción del orden social, un orden social de hecho injusto y modificable, pero presentado como natural, inevitable y justo. El valor funcional de la ideología así considerada es grande, pues en la medida en que facilita la adaptación de las personas explotadas ahorra a las clases dominantes el empleo de la fuerza para reducirlas a su condición.

2. Dada la ancestral relación entre el trono y el altar, las religiones han contribuido a la ideología legitimadora de la riqueza privada, tanto en mujeres como en hombres, ocultando que esa riqueza es efecto de la pobreza ajena (es decir, ocultando la relación causal entre riqueza y pobreza). Dios prohíbe el robo, y el pobre lo acepta, dado que no quiere que le roben lo poco que tiene. El pobre que encuentra la cartera del rico y la devuelve es ensalzado por su honradez. Tan interiorizada está la malicia del ataque a la propiedad ajena que una acusación humillante es haber hurtado una crema de belleza en un supermercado. Cualquier manifestación que ponga en cuestión el derecho de propiedad sin límites es en seguida perseguida como si fuera un ataque a un sagrado derecho humano.

La riqueza resulta así un ideal de vida que mujeres y hombres desean como si no tuviera contraindicaciones y efectos perversos. El rico no hace mal a nadie, incluso puede hacer el bien si dedica una parte de su riqueza a la caridad y la filantropía. Si el rico tiene una fábrica con mil empleados no se dice que explota a mil trabajadores, sino que da trabajo a mil personas que le deben la suerte de no estar en paro. Y como fomentar el deseo de riqueza puede tener efectos perversos si demasiada gente es consciente de que no tiene una vía para conseguirla, ahí están las loterías, que aplazan indefinidamente la conciencia de suprema frustración.

La relación causal entre riqueza y pobreza se niega con el argumento de que la riqueza aumenta si la mayor parte del dinero está en manos de los ricos, que son los que mejor lo hacen rendir. Por tanto la riqueza del rico beneficia al pobre. Se añade que si se abruma al rico mediante impuestos, los emprendedores perderán motivación y la riqueza de la sociedad bajará y por tanto habrá más pobres. Una ojeada a la realidad da cuenta del supremo cinismo de estos argumentos.

Ideología para legitimar el machismo

Las ideas, valores y pautas que legitiman el machismo están aún plenamente vigentes en muchas partes del mundo. Entre nosotros más de lo que parece. Tienen dos funciones: la que justifica la posición subordinada de la mujer y la que ensalza a la mujer para que su posición subordinada le resulte atractiva.

a) El papel subordinado de la mujer se ha justificado recurriendo al determinismo biológico, interpretado como que la mujer es por naturaleza inferior al hombre, tanto desde el punto de vista físico como intelectual y moral. De ahí que requiera la tutela masculina.

Para conseguir que la mujer sea una propiedad fiel del hombre se ha doblegado su naturaleza con ayuda de las religiones y las buenas costumbres, sometiéndola al ideal de la honestidad y de la fidelidad.

Que la mujer sea virgen cuando llega al matrimonio y que luego sea fiel al marido (o dicho de otra forma, que no conozca a otro hombre que a su dueño) no sólo garantiza la paternidad, sino que da seguridad al hombre, ya que su mujer no puede establecer comparaciones a la hora de juzgar. El adulterio femenino, que no el masculino, ha recibido un implacable castigo social.

Dedicadas las mujeres a tareas consideradas menores, las domésticas y de cuidados (“la mujer honrada, la pierna quebrada y en casa”), los hombres han podido tomar como prueba de la inferioridad femenina lo que sólo era un efecto del orden social, de la educación y de las costumbres.

Decía Bebel refiriéndose a la situación de la mujer a fines del siglo XIX que “las condiciones mantenidas durante una larga serie de generaciones acaban por convertirse en costumbres: la herencia y la educación las hacen aparecer como “naturales” a las dos partes interesadas. Es así como la mujer acepta todavía hoy su situación de inferioridad como una cosa evidente por sí misma. Nos cuesta mucho demostrarle que su situación es indigna de ella, y que ella debe buscar por convertirse en un miembro de la sociedad que posea los mismos derechos que el hombre, y sea su igual bajo toda relación.”

b) Al tiempo que se ha considerado a la mujer inferior, débil y semi incapacitada (incluso para ofender: “manos blancas no ofenden”), se la ha compensado con gestos de caballerosidad, y haciéndole creer que es la depositaria de la belleza (bello sexo) y objeto del amor romántico del hombre. Con el mito del amor hasta la muerte se disfraza un instinto biológico que tiene plazo de caducidad, y la imagen del matrimonio que dura toda la vida, en amor feliz, pasa a ser símbolo del ideal de vida.

La mujer es ensalzada por su papel fundamental en la casa mientras el hombre gana fuera el sustento de la familia, ella como complemento del hombre, generadora de estabilidad, apoyo en la lucha (detrás de cada gran hombre hay una gran mujer) y sobre todo madre (y así se puede conciliar el desprecio a las mujeres con la devoción por la madre).

Una consecuencia es que todo lo que no sea heterosexualidad dirigida al matrimonio se considera una aberración socialmente perseguible.

2. Aunque este machismo tradicional carece ya de apoyo legal (gracias a la batalla dada por el feminismo), sigue influyendo en el comportamiento de una parte de la población, mujeres incluidas.

Vivimos una crisis cultural, y ello quiere decir que las viejas ideas y valores han entrado en quiebra en su formulación explícita, lo que no significa que no sigan haciendo efecto en muchas mentes por su secreta conexión con otras ideas y valores.

Hay mujeres que, por su hábito de fidelidad a lo que aprendieron, ven con antipatía el comportamiento de las nuevas generaciones feministas, las hay que conservan ideas y valores de la vieja cultura patriarcal porque son de clase alta y repudian todo intento subversivo del orden social, y hay muchachas que aceptan que su chico les controle el teléfono móvil sin derecho a hacer ellas lo mismo.

La hostilidad que sigue habiendo en nuestras sociedades contra las formas no heterosexuales hace que muchos deportistas no se atrevan a salir del armario por miedo a la reacción de compañeros y aficionados.

Y hay hombres que aceptan tesis del feminismo (como que hay que repartir las tareas domésticas), pero se hacen los distraídos cuando la mujer, siguiendo hábitos culturales, se ocupa de la mayor parte de esas tareas.

Cierto que contra estos residuos hay una oposición cada vez mayor, en la que coinciden los distintos feminismos y un número creciente de hombres.

El punto ciego

Algo es sin embargo sorprendente. Las feministas que están atentas al uso de la imagen femenina en la publicidad, no lo están tanto al contenido de la publicidad misma. Pues dejan fuera de foco, o al menos no lo incluyen en sus discursos y condenas, el principal residuo de la ideología machista, plenamente vigente y de incalculables efectos. La idea del bello sexo y del amor romántico persiste con inusitada fuerza: los chicos al gimnasio y las chicas a realzar su belleza con vestidos sugerentes, pinturas y adornos a fin de aumentar su capacidad de seducción para encontrar el amor sin el que la vida no vale la pena.

Esta creación ideológica es la más insidiosa y peligrosa, pues sirve para marcar a la mujer como lo ocioso, lo desnaturalizado, lo desvalorizado tanto si no ha accedido a belleza y amor, como si el paso del tiempo ha marchitado la fragante realidad de la juventud.

Si pocas mujeres jóvenes aceptan ya su inferioridad respecto al hombre, casi todas aceptan este mito, del que se derivan numerosas consecuencias acerca de motivaciones, preferencias, papeles, autoestima y prácticas. Entre ellas una forma de “ser y sentirse mujer”. Ahí tenemos a las numerosas mujeres jóvenes contratadas para publicidad y presentación de programas en televisión, que actúan como modelos a seguir. ¿Qué las diferencia de los hombres que tienen papeles semejantes? El exceso de maquillaje, el vestuario sugerente que ha de cambiar en cada aparición, lo mismo que el peinado, y los altísimos tacones de aguja. Incluso los hombres trans que quieren parecer mujeres imitan, sobre todo, este aspecto espurio de la feminidad. Sobre este punto me remito a Machismo oculto (en hombres y mujeres).

Dos feminismos

1. Si pasamos de las mujeres a los movimientos feministas y los relacionamos con las estructuras de dominación y explotación, podemos dividirlos en prosistema y antisistema.

El feminismo prosistema (incluido el de orientación socialdemócrata), lucha para que las mujeres no sean más explotadas y dominadas que los hombres, pero acepta que lo sean tanto como ellos. Lucha también para que las mujeres puedan ser tan explotadoras y dominadoras como los hombres, es decir, lucha contra el techo de cristal que impide a las mujeres el ascenso a esas posiciones de explotación y dominación. En muchas ocasiones la discriminación positiva tiene este propósito.

No quiere ello decir que las feministas conservadoras no se estén empleando en una lucha legítima, sino que, si se cumplieran todos sus propósitos, aún así la mayoría de las mujeres seguiría condenada a la dominación y explotación de clase.

En cambio el feminismo antisistema defiende que, puesto que muchas mujeres sufren una doble dominación y una doble explotación, lo adecuado a sus intereses es luchar por una doble liberación, la cual implica también la liberación de los hombres, por lo que han de coincidir en su lucha con los hombres que militan en una izquierda anticapitalista.

2. De esta breve exposición del asunto se concluye que una teoría de clases que tome en cuenta la explotación y dominación estructurales y además su relación con el sexo, nos obliga a dividir la clase de las mujeres y la clase de los hombres en subclases que nos permiten hacer análisis tan finos como se quiera sin emplear el término “género” en sus distintas combinaciones, que más que a explicar vienen a ocultar la riqueza de situaciones e intereses.

Quienes consideran que el “género” es una categorización de las actitudes que son ‘masculinas’ o femeninas'”, tales como que “la niña debe hacer la limpieza y el varón no debe llorar”, no parecen haber percibido que hay ideologías emergentes y en crecimiento que no aceptan esas categorizaciones. Por su ideología podemos distinguir diferentes clases de hombres y de mujeres que se sitúan en posiciones distintas y aun contrarias respecto al eje dominación-explotación. Esas clases son investigables, con indudable ventaja para nuestro conocimiento de la situación.

jmchamorro@jmchamorro.info

CAPITALISMO, DEMOCRACIA Y ESTADO DEL BIENESTAR

Se insiste en que la socialdemocracia ha abandonado su papel y se ha sometido a las políticas neoliberales sin resistencia, con la consecuencia de que el Estado del Bienestar se está diluyendo ante nuestros ojos. ¿Pero por qué ha ocurrido esto?

¿Verdades o demagogia trasnochada?
Discúlpenme si insisto en un tema sobre el que creo que debería insistir más, por su presencia en el núcleo de casi todos los temas restantes.
Algunas verdades elementales deberían estar en un primer plano de la opinión pública, pero medios e intelectuales las suelen silenciar, o tergiversar, o ridiculizar, y la izquierda no las defiende, casi siempre por miedo a que resuene la despectiva acusación: demagogia trasnochada.
Pero veamos: una de esas verdades dice que, en el capitalismo, la élite económica domina y explota a una mayoría de la población en su beneficio. Nadie bien informado duda a estas alturas de que la élite económica mundial controla e interviene democracias y dictaduras del mundo, determinando su legislación económica y su acción de gobierno. A eso se lo llama dominación. Y nadie bien informado duda de que el resultado de esa dominación es que una parte desproporcionada de la riqueza que proviene de los recursos naturales y del trabajo humano va al bolsillo de una minoría. A eso se lo llama explotación. ¿Son entonces trasnochados y demagógicos los términos “dominación” y “explotación”?
Pasemos a una segunda verdad: para conseguir que la mayoría de la población acepte su explotación, la élite puede aplicar una dominación consentida o una dominación violenta.
La primera es preferible, y puede darse cuando el grado de explotación permite a la mayoría satisfacer sus necesidades básicas. Si el grado de explotación llega a ser insoportable para demasiada gente, entonces es necesaria la dominación violenta.
Examinemos algunas comprobaciones de estas verdades.

La dominación violenta en el capitalismo
Históricamente están documentadas hasta la saciedad aquellas ocasiones en que el capitalismo necesitó recurrir a la dominación violenta. Algunos ejemplos:
Tras la segunda guerra mundial los países europeos más ricos optaban por políticas socialdemócratas, pero entretanto favorecieron junto a Estados Unidos dictaduras anticomunistas en la península ibérica, negando apoyo a las oposiciones internas.
En 1949 se admitió en la OTAN a la dictadura de Salazar, que para reprimir el comunismo disponía de su policía política (PIDE) y de organizaciones paramilitares (Legión Portuguesa).
En 1959 la visita oficial a Madrid del presidente americano Eisenhower suponía un reconocimiento de la dictadura franquista, especialmente eficiente en su cometido anticomunista: terminada la guerra civil encarceló a 270.000 personas, fusiló a 50.000, mató de hambre en las cárceles a 4.000 y robó más de 30.000 niños a sus enemigos para entregarlos a familias adeptas al Régimen.
En Grecia, en 1967, so pretexto de que el peligro comunista era inminente, Estados Unidos apoyó el golpe militar de los coroneles.
En América Latina durante las décadas de los 70 y 80 los ejércitos y policías de Chile, Brasil, Argentina, Bolivia, Uruguay y Paraguay aprendieron a torturar y reprimir en la Escuela de las Américas y se integraron en el Plan Cóndor, todo ello para frenar al comunismo, y todo ello con el apoyo decisivo de Estados Unidos. En los llamados “archivos del terror” encontrados en 1992 en Paraguay se documentan 50.000 asesinados, 30.000 desaparecidos y 400.000 encarcelados. Imaginen cuántos torturados.
El siniestro Secretario de Estado Henry Kissinger (¡premio Nóbel de la Paz!), instigador del Plan Cóndor, a quien el juez Garzón ha intentado inútilmente procesar por reiterada violación de Derechos Humanos, lo tenía claro: las dictaduras de derechas son buenas porque frenan el comunismo, es decir, permiten que la élite económica siga dominando y explotando. Por eso han sido establecidas o apoyadas esas dictaduras también en otras partes del mundo.

La dominación consentida
Si no existe peligro serio de revolución, es lógicamente preferible una dominación consentida, cuyo discurso legitimador identifica democracia con libertad y libertad con mercado libre, en el que cada cual pueda hacer con lo suyo lo que quiera. ¿Y qué es lo suyo? Lo que la herencia y el mercado le entreguen. La tesis clásica es que si los Estados dejan en libertad a los mercados, estos crearán naturalmente un equilibrio económico que llevará al pleno empleo, ofreciendo oportunidades que proveerán de bienestar a quien lo persigue. La alternativa a este sistema social se identifica con el Estado totalitario y la falta de libertad e incentivos individuales. En el capitalismo el que trabaja puede prosperar y hacerse rico, en el comunismo nadie tiene otro horizonte que la mediocridad colectiva.
De esta forma se justifica la existencia de una élite y, por debajo, unas masas que esperan ascender mediante el buen comportamiento laboral y ciudadano. Se suele llamar democracia a este tipo de dominación.

Un primer problema
Veamos: la democracia exige que la ciudadanía elija a sus representantes, encargados de legislar y gobernar en nombre del pueblo, y ello tiene el riesgo de que los de abajo, siendo mayoría, pueden elegir representantes que legislen contra la propiedad de las élites.
Recordemos que este riesgo fue la mayor preocupación de los filósofos que comenzaron a teorizar la democracia, y que la primera solución consistió en conceder el derecho de voto sólo a los varones que tenían apuestas en el país, es decir, propiedades (la llamada democracia censitaria). Incluso a principios del siglo XX, en la mayor parte de los países europeos tan sólo podían votar los varones que tenían un cierto patrimonio.
Hubo luego dos líneas convergentes que desembocaron en el sufragio universal:
Por una parte, desde mediados del siglo XIX, las luchas obreras y feministas.
Por otra parte la constatación de que volcando el poder económico a favor de partidos políticos conservadores y en contra de los revolucionarios, manteniendo a la población en un adecuado nivel de ignorancia y disponiendo a capricho de los medios de comunicación para fabricar informaciones, valores y opiniones, era fácil manejar la situación aun concediendo el sufragio universal. Pues se disponía además de la ventaja de que la desigualdad es funcional para las élites, ya que produce en las clases bajas un predominio de los valores de supervivencia, egoístas y de escasa sociabilidad, y eso las hace fácilmente manipulables.

Un segundo problema
En todo caso, para que la desigualdad sea funcional, para que no sea peligrosa, no debe pasar ciertos límites.
Y ocurre que, mientras la ideología capitalista afirma que el mercado, dejado a su propia lógica, lleva a la solución preferible para todos, en realidad lleva a lo contrario: va haciendo a los ricos cada vez más ricos y a los pobres cada vez más pobres, es decir, va exagerando la desigualdad hasta hacerla peligrosa, y además produce crisis periódicas y una inestabilidad económica no remediable con las medidas clásicas de tipo monetarista.
Este problema ha tenido diferente solución en EE UU y en Europa.
En EE UU sólo votaba la América blanca, para la que valía la promesa del éxito social con vivienda en barrio residencial (el sueño americano), mientras por debajo quedaban los negros y otras minorías que soportaban el exceso de desigualdades sin grave peligro para el sistema. En todo caso la política social a partir del New Deal de Roosvelt es asunto complejo, con un Estado del Bienestar derivado a los mercados privados y la sustitución del ideal colaborativo y de comunidad por uno individualista y de competencia.
Cosa diferente ocurría en Europa, donde las masas proletarias miraban a la URSS como ejemplo a seguir y había por tanto que luchar, en palabras de Churchil, contra el veneno ruso, contra el crecimiento canceroso del bolchevismo.
Hemos visto que esto se hizo en muchas partes mediante dictaduras sangrientas. Pero en los países europeos más desarrollados y de tradición democrática, dada la actitud de la población y la ideología antitotalitaria que los vencedores en la guerra mundial proclamaban, no era aceptable el recurso a la dictadura. Y fue en ellos donde apareció como remedio el Estado del Bienestar.

Concesión obligada
John Keynes había publicado en 1936 su Teoría General del empleo, el interés y el dinero como respuesta a la Gran Depresión del 29 y en esa obra, frente al “dejar hacer, dejar pasar” del liberalismo económico, prescribía una intervención estatal centrada no tanto en la producción como en la redistribución, mediante impuestos progresivos con los que financiar un Bienestar colectivo que la lógica del mercado, dejada a su aire, no puede proporcionar.
Esta idea se impuso no desde luego por la bondad de los poderosos.
El recuerdo de cómo los Estados fuertes e intervencionistas alemán, italiano y japonés habían eliminado las crisis y propiciado economías fuertes favoreció que se acabara aceptando la intervención estatal como una forma de mejorar la economía e impedir que el juego sin control del mercado, al socavar la justicia y la prosperidad económica más allá de lo soportable, creara condiciones revolucionarias.
El llamado consenso de postguerra entre capital y trabajo ocurrió porque la política keynesiana se vio por la élite como la única garantía de la continuidad del capitalismo y de ahí que la tolerara como mal menor.

El cambio de circunstancias
Una tercera verdad a la que se llega con facilidad (desde la mera lógica y desde la historia) es que las concesiones que hace la élite económica (sea la forma democrática, sea el Estado del Bienestar) son revocables.
Tan pronto el atractivo del comunismo empezó a decaer (los crímenes estalinistas se iban conociendo), y más aún cuando los problemas económicos de la URSS hicieron previsible su desaparición, el poder económico cambió de actitud. Ya no había por qué hacer concesiones a las masas, sino por el contrario ir recuperando lo que en otras circunstancias hubo que conceder. A las tesis keynesianas se enfrentaron prestigiosos economistas de la Escuela de Chicago, con Friedrich Hayek y Milton Friedman a la cabeza, quienes defendieron la vieja idea de que el bienestar colectivo sólo se conseguirá si el mercado actúa sin intervención estatal, tesis presentada con apelación a leyes científicas y argumentada mediante impresionantes análisis matemáticos (poco importaba que tal tesis estuviera empíricamente refutada y que análisis matemáticos igualmente impresionantes avalaran la contraria).
Sabemos de sobra en qué consiste la política neoliberal: reducir el Estado al mínimo privatizando empresas estratégicas y servicios, disminuir los impuestos directos (a los ricos bajo el falso supuesto de que moviendo sus capitales generarán riqueza para todos, a las clases medias bajo el supuesto de que así aumentará el consumo y se reactivará la economía), aumentar los impuestos indirectos, desregular los mercados y no regular la globalización para que el capital pueda actuar a su antojo por el mundo, acabar con el poder sindical para tener a las masas obreras postradas y sin capacidad de resistencia, sustituir mano de obra por tecnología pero sin reducir la jornada laboral sino aumentando el paro, aprovechar el paro creciente para reducir los salarios creando así pobres con trabajo que se sentirán afortunados si llegan a ganar 600 euros, conseguir ventajas fiscales y sumisión laboral mediante la amenaza de deslocalizaciones, etc.

La generalización de la política neoliberal
Una puesta a prueba de esta política se realizó en 1975, cuando los Chicago Boys, economistas discípulos de los antes mentados, diseñaron las reformas económicas de una de las dictaduras sangrientas propiciadas por EE UU, la de Pinochet, reformas que tuvieron éxito macroeconómico (el “milagro chileno” en palabras de Friedman), lo que quiere decir que, al tiempo que empobrecían al pueblo y aumentaban las diferencias sociales en el país, eran beneficiosas para la élite en términos económico y de poder (lo mismo que está ocurriendo ahora en España).
Más tarde el neoliberalismo se fue implantando en las democracias con las que, según la receta habitual, Estados Unidos sustituía en América Latina a las dictaduras una vez que habían hecho su trabajo (el de destruir a la izquierda anticapitalista de la forma antes dicha). El Consenso de Washington de 1989 imponía la política neoliberal en esas “democracias” a través del Banco Mundial, el FMI y el Banco Interamericano de Desarrollo. Pretexto: afrontar el problema de la deuda externa.
Marcado el camino, esa política llegó al Reino Unido durante el mandato de Margaret Thatcher, se acabó de implantar en EE UU con Donald Reagan, y se impuso en Europa sin que la socialdemocracia fuera capaz de plantar cara y defender su política.
Cuando en 1997 el laborista Tony Blair sustituyó a Margareth Thatcher e hizo suya la “Tercera Vía” teorizada por Antony Giddens, dejó claro que el laborismo se sometía al neoliberalismo imperante.

Democracia siempre que esté bajo control
Lo mismo que se ha revocado la concesión del Estado del Bienestar se puede revocar la democracia. El poder económico tiene armas suficientes para fabricar la voluntad mayoritaria, pero la historia nos muestra que si, en algún momento, el fuerte entramado conservador falla y la voluntad mayoritaria es hostil al sistema, en ese momento tal voluntad deja de valer. Es el caso reciente de Grecia, y de los procesos de involución en América latina: Bolivia (2008), Honduras (2009), Ecuador (2010), Paraguay (2012) y ahora Brasil y Venezuela. Mañana ya veremos, pero la ultraderecha está a la expectativa por si sus servicios se reclaman.

El caso español
Felipe González tuvo que pasar examen ante la socialdemocracia alemana y, claro está, ante la CIA, y lo aprobó. Interesaba a Estados Unidos mantener tras la muerte de Franco sus bases militares en una España miembro de la OTAN y además que no prosperara el partido comunista. Informes de la CIA dictaminaron que los resultados de las elecciones no ofrecían peligro si se favorecía el desarrollo del PSOE, cuyos militantes en España no pasaban de 2500. A cambio del favor Felipe González abjuró del marxismo, cambió su posición respecto a la OTAN y se comprometió a plegar su política económica a los vientos neoliberales, que ya soplaban fuertes en el mundo. ¡Y vaya si lo hizo, y con cuánto celo! En 1982 ganó las elecciones en una España cuyo atraso le permitió algunos progresos en materia social a lo largo de 14 años, pero realizando la política económica que le dictaban. Fue él quien inició la reconversión industrial y las privatizaciones (que afectaron a la prensa y radio heredadas del Movimiento, a Seat, Enasa, Trasatlántica y Marsans, y parcialmente a Endesa, Repsol, Argentaria y Telefónica), y tuvo que soportar cuatro huelgas generales por su política económica y laboral, así como la ruptura de UGT con el PSOE.

La degradación final
Cuando tras ocho años de gobierno del PP ganó Zapatero las elecciones de 2004 dejó buena prueba de la indigencia intelectual y la sumisión política a que había llegado el PSOE en esas fechas. Hay que recordar que, recién llegado al poder, reconoció en conversación con Jordi Sevilla (revelada por un micrófono indiscreto) que no sabía qué son los impuestos progresivos. ¡El máximo dirigente socialista que no sabe que son los impuestos progresivos! Lo aprendió más tarde, pero de esta forma: si doy 2.500 euros como cheque-bebé a los padres, sean ricos o pobres, estoy haciendo una política redistributiva, porque 2.500 euros valen más para los pobres que para los ricos, o sea que doy algo de más valor a los pobres que a los ricos. No se le ocurrió que si no entregaba nada a los ricos y su parte se la daba a los pobres aumentaría el valor de lo dado, y más si al mismo tiempo aumentaba la presión fiscal sobre los ricos, que era baja.
Si Zapatero había descubierto el principio de la utilidad marginal decreciente del dinero (expresable como que la utilidad de un nuevo euro es más grande para quien sólo tiene un euro que para quien tiene mil), debería haber llegado a la conclusión de que el dinero adquiere su máximo valor cuando se distribuye igualitariamente.
Por el contrario, el ideario de Zapatero era copia de la tercera vía: “El programa de una izquierda moderna pasa por una economía bien gobernada con superávit de las cuentas públicas, impuestos moderados y un sector público limitado. Todo ello, conjugado con la extensión de los derechos civiles y sociales”.
No fueron por tanto de extrañar sus rebajas de impuestos a los más ricos, que obligaron a los ajustes que tuvo que ir realizando luego en su segundo mandato (más privatizaciones, recortes a funcionarios, congelación de pensiones, frenazo de la ley de dependencia, reforma laboral según los intereses de la patronal, decisión de privatizar las cajas de ahorro, freno de la inversión y del gasto social). Pero su sumisión a la política neoliberal imperante en Europa llegó a un punto bochornoso cuando junto con el PP, y con nocturnidad, cumpliendo órdenes que le llegaban de fuera (Estados Unidos y Alemania), modificó la Constitución para declarar acreedores preferentes a los bancos respecto a pensionistas y gasto social.

Resultados catastróficos
En ningún momento el PSOE ha entonado el mea culpa por un pasado que explica por sí solo su actual decadencia y sus crecientes fracasos electorales, antes bien, en la última sesión de investidura el portavoz de ese partido se ha vanagloriado de muchos de los pasos antes indicados (no se atrevió, claro, a citar el cambio del artículo 135) y ha concluido que, aunque en su momento fueron criticados, el tiempo ha dado la razón a su partido. ¿Cinismo, ignorancia?
Lo cierto es que la política económica neoliberal ha fracasado en EE UU, donde deja enormes desigualdades, escasa movilidad social, natalidad descendente, coste de vida muy alto, ausencia de servicios públicos, abundantes bancarrotas personales, delincuencia, más el triunfo de Trump, cuyo primer acto ha sido la eliminación del Obamacare. Esa política ha dañado en mayor medida a América Latina y también a las poblaciones europeas, la española entre ellas, tanto más cuanto menores son sus recursos, mientras ha enriquecido aún más a los que ya tenían riquezas, aumentando de modo indecoroso las diferencias sociales. Según el último informe de Oxfam Intermón España es tras Chipre el país de Europa donde más crece la desigualdad, habiéndose convertido su pobreza en masiva y estructural. Al mismo tiempo la fortuna de tan sólo tres personas ha crecido hasta equivaler a la riqueza sumada de 14,2 millones de españoles, el 30 % de la población más pobre del país.

¿Por qué los partidos socialdemócratas se han rendido?
Creo que hay dos causas. Una es que estos partidos, al haber abandonado el método de análisis marxista y conceptos básicos como el de lucha de clases y el de Estado beligerante a favor de la clase dominante, perdieron su fuerza para enfrentarse a la ideología conservadora.
Hay que tener en cuenta que, aunque tras la Revolución de Octubre los partidos comunistas y los socialdemócratas se separaron, éstos seguían aceptando las tesis marxistas, y no fue hasta 1959 cuando el SPD, en su llamado Programa de Godesberg, rechazó el concepto de lucha de clases y aceptó que el Estado no es un instrumento de dominación de clase sino el legítimo guardián del interés general.
En cambio en el Sur de Europa persistió una tendencia anticapitalista (próxima al comunismo que en Francia, Italia y España adoptó la forma de “eurocomunismo”) y el PSOE seguía siendo marxista tras la larga dictadura franquista, hasta que indicaron a Felipe González que, si quería alcanzar el poder, debía abandonar el marxismo.
Tampoco habría que desdeñar el hecho de que los partidos socialdemócratas son rehenes de la banca por su endeudamiento y que muchos miembros de sus cúpulas, sabedores de que pueden acceder a la riqueza si se portan bien, han sido fácilmente colonizados por el capital. Tony Blair y Felipe González valen de ejemplo: han ido ascendiendo por la escala económica y ahora se codean con los de arriba y tienen su misma forma de vida.

Es previsible una rectificación parcial
¿Qué decir tras este repaso de verdades elementales? Los resultados de la política económica neoliberal están siendo tan desastrosos que, aunque con mucho retraso, algunos de sus dogmas se han revisado primero en EE UU y ahora parece que le llega el turno a Europa, aunque no al punto de reformular el capitalismo, como algunos acostumbran a prometer en los momentos álgidos de cada crisis y luego olvidan.
Es posible que, si no hay más remedio y para evitar situaciones explosivas, se acabe permitiendo una mayor capacidad de endeudamiento de los Estados, una cierta regulación de los mercados, se acepte un impuesto a las transacciones financieras, o un aumento de la presión fiscal sobre las rentas más altas, o incluso una renta universal.
Pero difícilmente van a aceptar los poderosos que los sindicatos vuelvan a tener su antigua fuerza, que se reestablezcan los derechos de los trabajadores reducidos o eliminados, o que la precariedad desaparezca. Tras la gran victoria del capital sobre el trabajo (y hay que insistir en que para ello se ha aprovechado como oportunidad el fracaso y caída del fallido socialismo soviético), difícilmente van a dar marcha atrás. Todo esto ha venido para quedarse porque, como dicen desvergonzadamente los conservadores, es una exigencia de la globalización. Mentira. Es una exigencia de ellos.
En todo caso conviene decir algo sobre el ideal de volver a la situación anterior a 2008 y también mencionar un beneficio que, en medio de tantos perjuicios, ha traído consigo la crisis. Cuando se tiene en cuenta no un sólo aspecto, sino otros muchos implicados, no cabe decir que en términos absolutos el Estado del Bienestar sea algo bueno y la política neoliberal algo malo.

La doble cara del Estado del Bienestar
Está todo tan mal que restaurar el Estado del Bienestar se presenta como un ideal rosado. Es una de las consecuencias de la crisis: antes ser mileurista era una desgracia, ahora es una suerte envidiada por muchos.
La realidad es que, frente al paro sin protección, la enfermedad, el analfabetismo y la pobreza, la política socialdemócrata da a los de abajo ventajas que los integran mejor en un sistema que a la postre los perjudica. De ahí que el Estado del Bienestar sea el populismo más inteligente (y por ello mismo el más insidioso): se concede a la población cuidados sanitarios, una enseñanza de baja calidad, y pensiones de jubilación y subsidios de paro que en su mayoría sólo dan para sobrevivir, y se la tiene así tranquila y medio satisfecha en un sistema que la domina (haciendo imposible la democracia que a cada paso se invoca) y que la sigue explotando, así sea en condiciones más humanitarias.

Un efecto beneficioso del capitalismo neoliberal
De la misma manera, el neoliberalismo ha traído muchos males, pero también algo bueno. Y es que ha dejado claro a muchos ciudadanos lo que el viejo marxismo vio claro, pero la izquierda actual ha sido incapaz de mostrarles: que nuestra democracia es una forma sin sustancia y que los políticos son testaferros del capital (dejando aparte los pocos no amaestrados que se han colado últimamente en las instituciones y que esperemos que no se dejen seducir).
Es ahora, y no porque la izquierda haya sabido explicarlo, cuando se han dado cuenta muchos de que la democracia está intervenida. A la élite esto parece no importarle, tan segura está de su fuerza y de la falta de oposición. Pero es posible que su enorme impudicia tenga consecuencias.
Ahora bien, comete error quien, al afirmar que la democracia está sufriendo ataques y se está devaluando, da por cierto que antes había una democracia libre de esos ataques y no devaluada. Porque la democracia esta intervenida desde que nació. Para ampliar este punto me remito a “No cabe democracia en el capitalismo” publicado en este blog.

El impedimento básico
Dada la codicia de la élite, nada importante va a cambiar salvo que las poblaciones lo exijan y lo terminen consiguiendo mediante una lucha encarnizada.
El problema es que una mayoría de la población está inerme ante presiones que ahorman el voto a satisfacción del sistema. Esas presiones provienen:
1. De los medios de comunicación privados y de los públicos controlados por políticos prosistema. Esos medios han convertido en dogma la falsedad de que el sistema capitalista es democrático y razonable, al punto que el término “antisistema” actúa como insulto y descalificación. La izquierda no se ha preocupado de dotarse de armas para contrarrestar esta ofensiva ideológica y de ahí su silencio deprimente.
2. De que el dinero que necesitan los partidos tradicionales para concurrir a las elecciones les es entregado por la banca, que de esta forma los controla, lo mismo que a las cúpulas de esos partidos mediante premios adecuados.
3. De leyes electorales dictadas para hacer difícil que se cuelen opciones no deseadas (ejemplo EE UU, cuya democracia se puede considerar censitaria por las muchas dificultades que tienen para votar las personas de menos recursos, a lo que hay que añadir los complejos trucos que impiden que el voto de cada persona valga lo mismo. Ejemplo también España, donde a IU le cuesta un diputado casi diez veces más votos que al PP).
4. Del control de teóricos e intelectuales, cuya colaboración se puede comprar de mil formas y cuya enemistad de puede penar de mil formas.
5. De la atomización de los explotados, que se perciben unos a otros con intereses incompatibles, y de la decadencia de los sindicatos y de los partidos anticapitalistas.
Pero es que además, si a partir de esta situación se abriera camino una voluntad popular no grata al poder, se abortaría mediante el mecanismo de la globalización, que impide decisiones autónomas en cualquier país. Esto hace inefectivas las medidas nacionales contra el capitalismo, porque el país que las tome aisladamente sufrirá las consecuencias y es por ahora prácticamente imposible tomarlas al mismo tiempo en todos los países importantes.
No es difícil comprender por qué la plutocracia mundial se encuentra suficientemente defendida por empalizadas sucesivas.

Moraleja
La izquierda ya debería saber que sólo si consigue que vaya aumentando la población dispuesta no sólo a votarla, sino a colaborar activamente, incluso aunque ello implique sacrificios, se podrán dar pasos significativos en la buena dirección: la de una justa distribución de la riqueza, el conocimiento y la capacidad de decisión. ¿Qué hacer para conseguir esa implicación de la gente?
Pienso que este es el asunto sobre el que los de Podemos y los de IU deberían estar discutiendo.

jmchamorro@jmchamorro.info