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LAS PANDEMIAS, LA GENTE Y EL “SISTEMA” (DEL QUE NO SE QUIERE HABLAR)

El pasado 15 de septiembre Díaz Ayuso culpó de la subida de contagios en Madrid al “modo de vida” de los inmigrantes, y esto es para el periódico digital CTXT la prueba fehaciente de que el PP ha adoptado los recursos retóricos y las ideas-fuerza de la ultraderecha global. Ayuso, Abascal, Trump, Bolsonaro, Orbán o Salvini repiten ahora la conducta del fascismo de hace casi un siglo: detectar un enemigo débil, señalarlo, culpabilizarlo. Y lo vienen haciendo -continúa CTXT- con la colaboración de los medios de comunicación, que al naturalizar a los nuevos fascistas como una opción más, han contribuido, y mucho, al auge de la extrema derecha y a la ultraderechización de partidos de la derecha tradicional, como el PP.

Sin duda estamos asistiendo en muchos países a una confrontación preocupante, una especie de preguerra civil por ahora incruenta. No se trata de discrepancias, sino de que desde cada uno de los bandos se niega la legitimidad del otro, se lo ve como enemigo de todo lo bueno. La sensación de que enfrente hay una gente inaceptable es recíproca, de la izquierda hacia la extrema derecha y de la extrema derecha hacia la izquierda, porque a los de cada bando les parece que el mundo sería mucho mejor si los del bando contrario desapareciesen. Y da la impresión de que, para conseguirlo, los de la extrema derecha llegarían más lejos si pudieran.

En España la virulencia de la disputa política es algo que sorprende fuera, y en buena medida se debe a la malhadada transición, que permitió que la ideología y el poder franquistas siguieran intactos bajo una aparente forma democrática, primero en AP o el PP, ahora a cara descubierta. A la derecha del PSOE poco se percibe en España que no sea extrema derecha.

Visto el asunto desde el lado progresista, la gran crisis primero y la pandemia luego nos han colocado en una situación en que resulta muy difícil conceder a ciertos conciudadanos y a ciertos partidos políticos el derecho al respeto ajeno. Es insoportable la ignorancia de quienes, en seguimiento de teorías negacionistas del COBID-19, incumplen las medidas sanitarias elementales incluso haciendo alarde de ello, y ponen en riesgo la salud de todos los demás. Es muy difícil aceptar a personajes como Bolsonaro o Trump, que se adhieren a teorías negacionistas del cambio climático y se oponen a actuaciones ya inaplazables para evitar una catástrofe ecológica. Y es muy duro soportar a quienes han diseñado y ejecutan, u obligan a ejecutar, las políticas económicas neoliberales.

En la cumbre inaugural de la Internacional Progresista, celebrada hace unos días bajo la consigna “Internacionalismo o extinción”, Noam Chomsky ha hecho en el discurso inaugural una exposición apocalíptica (y realista) de la situación del mundo, que él cree abocado a una destrucción terminal a causa del deterioro de la democracia y de las crecientes amenazas de guerra nuclear y de catástrofe medioambiental. Chomsky señala a Trump como responsable máximo en tanto ejecutor brutal de las políticas neoliberales con que se viene agrediendo a la Humanidad desde los años 80. Después de 40 años, el 0.1 por ciento de la población tiene el 20 por ciento de la riqueza, el doble de lo que tenía cuando Reagan fue elegido. La remuneración para directores ejecutivos se ha disparado, mientras los salarios reales para trabajadores masculinos que no están en puestos de supervisión han disminuido. Una mayoría de la población sobrevive de cheque en cheque, sin ahorros. Las instituciones financieras, en su mayoría depredadoras, han superado las más altas cotas de explotación. Ha habido repetidas crisis financieras, cada vez más graves, y sus perpretadores son rescatados por el contribuyente, siendo ese el menor de los subsidios estatales implícitos que reciben. El “mercado libre” ha conducido a la monopolización, con una reducción de la competencia y la innovación porque los fuertes se han tragado a los débiles. Adoptando la doctrina neoliberal de “los impuestos son robos”, Reagan abrió la puerta a paraísos fiscales y empresas fantasma, que antes estaban prohibidas. Eso condujo a una gran industria de evasión de impuestos que facilitó que los más ricos y el sector corporativo hayan robado a la población general un importe que se estima en decenas de billones de dólares.

Las consecuencias alrededor del mundo, concluye Chomsky, no deberían sorprendernos: rabia general, resentimiento, desprecio por las instituciones políticas mientras las principales instituciones económicas, que son las causantes, se ocultan tras una propaganda efectiva. Todo esto crea un territorio fértil para demagogos que pretenden ser tus salvadores mientras te apuñalan por la espalda y desvían la culpa de tus condiciones a chivos expiatorios: inmigrantes, negros, China, cualquiera que encaje en los prejuicios viejos.

A la vista de alegatos como estos la pregunta es qué hacer.

Para CTXT lo razonable frente al fascismo hubiera sido establecer un cordón sanitario para evitar que la extrema derecha entrase en las instituciones. Pero a poco que se piense hay que concluir que un cordón sanitario no resuelve el problema. Por una parte tal solución debería ser inaceptable para quienes creen que vivimos en una democracia, pues bajo esa creencia todos los partidos tienen el mismo derecho a ser respetados si no infringen la legalidad. Si se cree que cada individuo decide libremente su voto, que cualquier resultado de la voluntad popular es igualmente legítimo y que cada partido orienta su actividad a conseguir votos que le permitan ocupar posiciones de poder para realizar sus ideas políticas, hay que pensar que todas las elecciones políticas tienen la misma acreditación.

Si Bolsonaro y Trump están ahí ejecutando sus políticas criminales es porque han ganado las elecciones en sus países. Y esto nos remite a la segunda de las objeciones contra el cordón sanitario: qué hacer con la población que ha votado a Bolsonaro, a Trump o a Abascal.

Por su parte Chomsky ha concluido su discurso apelando a una especie de lucha de clases a escala global. Hay una gran Internacional compuesta por los Estados más reaccionarios del mundo que, con el poderoso respaldo de las instituciones económicas mundiales dominantes, está trabajando implacablemente para construir una versión más dura del sistema neoliberal global, con más intensas medidas de vigilancia y control. Y enfrente está emergiendo una Internacional Progresista al nivel de movimientos populares que mira hacia adelante a un mundo de justicia y paz, con energías y recursos dirigidos a servir las necesidades humanas en lugar de las demandas de una pequeña minoría.

Pero cabe decir sobre el análisis y la propuesta de Chomsky que, aunque una Internacional Progresista es un movimiento imprescindible, es insuficiente si se limita a enfrentarse a las políticas neoliberales, porque entonces deja fuera cuestiones básicas. Una, que esas políticas han venido siendo apoyadas por la mayoría de la población; otra, que cualquier capitalismo, también el socialdemócrata que imperaba hasta la década de los 80, conduce a efectos nocivos.

No es cierto por ello que la democracia se esté deteriorando: no se puede deteriorar lo que no existe. En ningún tipo de capitalismo puede existir democracia, porque capitalismo y plutocracia son dos caras de la misma moneda. Sólo ocurre que se está deteriorando el astuto disfraz democrático bajo el que se esconde la plutocracia. Por otra parte cualquier capitalismo, también el socialdemócrata, es nefasto en un terreno más básico que el ecológico, del que dependen los demás, que es precisamente el de la fabricación de la población.

Esto quiere decir que el mal no nace de personajes siniestros ni de políticas criminales, sino que es previo. Cuando nos planteamos por qué hay políticas irresponsables y por qué ganan elecciones personajes impresentables, es necesario mirar hacia la relación causal entre un tipo de psicología individual y el sistema social que la fabrica masivamente. Es decir, no se puede abordar satisfactoriamente la situación presente si se toma a partir de datos superficiales (ciertos personajes públicos y sus políticas), sino que hay, por el contrario, que reflexionar primero sobre por qué las personas que votan son como son.

El imperio de la psicología popular

Este asunto fundamental puede ser abordado de dos formas, según se parta de la psicología popular, que es la forma habitual, o se adopte una concepción materialista, única potencialmente científica.

La mayoría de los teóricos, incluyendo un gran número de psicólogos, utiliza por defecto la teoría dualista según la cual el humano es un compuesto de cuerpo y alma dotada de libre albedrío. De este mito se sigue que, habiendo nacido cada uno con su alma, cada uno es como es por sí mismo y elige libremente lo que quiere. Unos eligen el bien, otros eligen el mal, y quienes eligen el mal son culpables y deben ser castigados.

Si utilizamos esta psicología popular, una consecuencia inevitable es el odio mutuo, un odio que puede alegar razones poderosas, pues es odiable la voluntad de otros si nos parece libre y perversa y no podemos librarnos de ella.

Dejando atrás el mito dualista

Este mito se ve reforzado por el hecho de que los actores tienden a creer que su acción no tiene otra causa que su voluntad inmaterial, tienden a creer que siempre que hicieron algo pudieron no haberlo hecho, o haber hecho otra cosa. He ahí una ilusión que se debe a que la introspección no tiene acceso al sistema cerebral que subyace a la conciencia y que es donde actúan las causas que determinan la acción.

Pero hay medios objetivos que nos permiten ir descubriendo el funcionamiento del cerebro y explicar el comportamiento de las personas sin necesidad de apelar a una entidad como el alma, de cuya existencia nadie tiene prueba alguna y cuya conexión con el cerebro resulta por completo inexplicable.

Desde una concepción empírica el humano tiene dos gestaciones, una intrauterina (biológica), que da de sí un animal no muy diferente a la cría de cualquier primate, salvo porque está preparado para la segunda gestación, la extrauterina (social) que es la que lo convierte en persona y que consiste en la adquisición de la lengua del grupo. Esta segunda gestación es la verdaderamente fundamental respecto a las propiedades típicamente humanas, las que no compartimos con el chimpancé.

La interacción comunicativa es el útero social que va introduciendo en el cerebro de cada cual los conocimientos, los valores y las pautas de acción que lo constituyen como persona.

Esta idea ha sido avalada por todo cuando se ha venido investigando. Los casos de los llamados “niños ferales” demuestran que quienes no aprendieron una lengua humana en su niñez no pueden sobrepasar el comportamiento puramente animal. Por lo demás es obvio que nadie nace con ideas políticas o morales, nadie nace odiando a los inmigrantes o a los negros, nadie nace predeterminado al fracaso escolar. Todo eso es producto social.

La izquierda marxista debería saberlo, pues Marx, inspirado en la teoría evolutiva recién expuesta por Darwin, situó la emergencia de la especie humana en el lenguaje que nuestros antepasados fueron fabricando según lo exigía el proceso productivo de los objetos que necesitaban y que no estaban disponibles en la naturaleza. Y de la misma manera concibió la emergencia de cada persona: la conciencia práctica, real, de cada cual es un producto social, depende de la cultura y clase a que pertenece. De ahí la frase tantas veces citada, publicada en 1859: No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino que, por el contrario, es el ser social lo que determina su conciencia.

Sin libre albedrío no hay culpa

Hay que tener presente que, si abandonamos el mito del alma dotada de libre albedrío, quedan consecuentemente abandonados los conceptos de pecado y de culpa.

Cuando el niño nace es un sistema psicobiológico que no ha elegido libremente ser lo que es. A partir de ese momento cada estado de su psiquismo será resultado de la interacción del precedente con la experiencia en curso, y así hasta llegar al momento de cualquier acción. Si la acción ha sido causada por un estado cerebral del actor, siendo ese estado el que era, la acción no pudo ser otra que la que fue. Y nadie decide libremente el estado cerebral en que se encuentra, ni siquiera lo conoce.

El egoísmo, el miedo, la ignorancia, la violencia y el machismo se van introduciendo en muchas mentes no precisamente por propia decisión. Nadie decide en qué sistema social, en qué clase y en qué familia nacer, ni qué estímulos recibir desde el nacimiento.

Los Bolsonaro y Trump son mera consecuencia típica del sistema, al igual que las muchedumbres que los votan. Cualquiera de sus críticos estaría haciendo lo mismo si desde el nacimiento hubiera recibido los mismos estímulos.

Por ello el peor criminal es en cierto modo víctima de haber sido fabricado con defectos en la empatía y en el conocimiento, que lo convierten en un depredador o en un verdugo. No quiere ello decir que no sea responsable de sus actos. El concepto de responsabilidad no desaparece siempre que entendamos que es responsable de sus acciones quien puede prever sus efectos en personas, animales o cosas.

Pero nadie es culpable de ser como es, y por ello no vale de mucho clamar contra los fascistas, sino analizar en qué consiste el fascismo y por qué surge. Y luego reflexionar sobre qué habría que hacer para erradicarlo, que no es precisamente establecer cordones sanitarios.

El sistema social y la mala factura de la psicología individual

Desde esta perspectiva se puede decir que cualquier versión del capitalismo (no solo la neoliberal, también la socialdemócrata) tiene dos funciones principales, una muy aparente: el reparto desigual de la riqueza. Otra más profunda: la fabricación de las mentes tanto en sus afectos como en sus capacidades intelectuales.

Ambas funciones se complementan: no podría sobrevivir un sistema que explota a la mayoría si esa mayoría tuviera un alto desarrollo mental y afectivo.

Recordemos que el sistema capitalista se caracteriza porque convierte a la sociedad en un mercado en el que todos compiten; mercado que otorga riqueza (y por tanto poder) y pobreza (y por tanto sumisión); mercado que sobrevive a base de un aumento constante de la producción y el consumo con la consecuencia de un deterioro medioambiental que conduce a una catástrofe irreversible. Tal sistema es la antítesis de una regulación racional de la vida económica, y genera en la población egoísmo (cada cual compite con los demás y el ascenso de unos se debe al descenso de otros), banalidad (tanto se es como se tiene y consume), miedo (a no ascender como el vecino o a caer como otros, miedo a la quiebra, al paro, al futuro), resentimiento si se pertenece a la mayoría de inevitables perdedores. Produce finalmente ambición irrefrenable de los poderosos, que han llevado su afán depredador fuera de las fronteras nacionales y han creado tremendos ejércitos y armamentos para imponer y defender sus intereses en los espacios internacionales.

Una consecuencia de todo ello es el fascismo psicológico que caracteriza a una parte grande de la población.

Del fascismo psicológico al político

Por lo general el fascismo se identifica con ciertos comportamientos racistas o xenófobos y, más en general, con el voto a partidos de extrema derecha. En un partido fascista hay que distinguir dirigentes, militantes y votantes. Los dirigentes propugnan una doctrina y unos objetivos, los militantes aportan su acción y los votantes conceden a estos partidos mayor o menor relevancia institucional.

Si los partidos políticos fascistas no obtienen buenos resultados electorales, mucha gente se felicita y cree que el fascismo está en baja, mientras las alarmas se desatan cuando esos partidos ganan espacio electoral, especialmente si acceden al Parlamento o al Gobierno.

Pero las subidas y bajadas de votos no implican cambios caprichosos en la mentalidad de la población. Cambian más los votos que la mentalidad. Y la mentalidad es el dato que debiera importarnos.

Conviene por ello distinguir el fascismo psicológico del político. El primero sustenta al segundo. Si un votante de partido de extrema derecha no es fascista psicológico resulta menos peligroso que uno que lo sea aunque vote a un partido no fascista. Alguien benévolo que siente indignación por la situación social puede, por ignorancia, dejarse seducir por el discurso de un partido de extrema derecha.

El fascismo psicológico se define, en mi opinión, por un maniqueísmo teológico que define un Bien Absoluto amenazado y un Mal Absoluto amenazante, por escasa empatía, o una empatía concentrada sólo en el entorno próximo, y por un grado suficiente de resentimiento.

El maniqueísmo teológico justifica la violencia sin límite contra los portadores del Mal, de forma que quien carece de empatía y está lleno de resentimiento puede desahogarse descargando su odio contra el señalado como enemigo del Bien (inmigrante, comunista, separatista, judío, homosexual, da igual). Es el carácter absoluto del Bien (siempre propio) y del Mal amenazante (siempre ajeno) lo que justifica el odio al Mal y a sus practicantes.

No cabe duda de que el ingrediente de maniqueísmo teológico está generosamente servido en aquellos países en que la Biblia, sea directa o indirectamente, ha sido el libro educador por excelencia. Una vez aprendido este maniqueísmo teológico, no tiene por qué limitarse a la sensibilidad religiosa. Cabe aplicarlo, incluso siendo ateo, a temas de raza, etnia, nación, ideología o deporte.

Los otros dos rasgos son, por lo antes dicho, muy abundantes en la sociedad capitalista, que favorece el egoísmo en masas suficientemente ignorantes, sometidas a una forma de vida que genera un nivel de frustración y resentimiento muy alto.

Bajo esta consideración no parece arriesgada la hipótesis de que masas caracterizadas por un fascismo psicológico pueden ser arrastradas a actitudes de fascismo político en un momento propicio aunque en otros momentos puedan parecer benignas.

¿Se puede salir de esta situación?

Los conservadores acostumbran a analizar cada problema como separado del sistema del que forma parte. Con este descuido se analizan los problemas de la educación en la escuela, descuido tanto más lamentable cuanto que se supone que la educación es el mecanismo para conseguir una población mejor. Ver El informe PISA.

Si nos apartamos de este hábito lo razonable es describir cómo tendría que ser una educación óptima a fin de considerar si es posible y generalizable. Y luego, si la respuesta es afirmativa, preguntarnos por qué, si esa educación es posible y generalizable, nunca se ha realizado.

Una educación óptima, capaz de acabar con la ignorancia, el fanatismo y el odio, ha de incidir en tres espacios:

1. En el afectivo, con la finalidad de generar: a) sentimientos bien dispuestos hacia los demás y a la colaboración con ellos; b) un autoconcepto realista; y c) motivación para aprender y para seguir aprendiendo, a fin de mantener al día los conceptos aprendidos y disfrutar de los objetos culturales (literatura, poesía, música, arte en general).

2. En el espacio cognitivo, con la finalidad de introducir en la memoria a largo plazo de todo escolar un sistema teórico coherente, objetivo y completo, integrado por los conceptos básicos de las distintas ciencias, en particular las referidas al individuo y la sociedad, así como relatos solventes de los procesos históricos relevantes (políticos, literarios, económicos, etc.) interconectados entre sí.

3. En el espacio de las destrezas, que debe incluir las artísticas, las lingüísticas, las deportivas y ahora las informáticas.

De estos espacios el afectivo es el fundamental, porque de él dependen los otros dos y porque con frecuencia será necesario reparar los desperfectos sentimentales con que los niños llegan a la escuela, así como los producidos por la misma interacción en ella.

Que este tipo de educación es posible se revela en el hecho de que una minoría, por azares biográficos, la consigue. Y sería generalizable si se dieran dos condiciones: una buena escuela y un ambiente social favorable.

La escuela actual fracasa en los tres espacios mencionados. Para el primero no está diseñada ni preparada. Para el tercero tampoco, de manera que se limita al segundo, pero con resultados mediocres en el mejor de los casos, y con fracaso inevitable de los estudiantes de las clases económica y culturalmente deprimidas. Ver La educación en valores.

Diseñar una buena escuela no es difícil, pero una condición es la financiación suficiente. No basta el 5% del PIB, ni tampoco el doble que se destina en países como Cuba. Un porcentaje del 20 o 30% no sería un despilfarro, sino la inversión más necesaria y rentable que se puede imaginar, y perfectamente posible si los ricos devolvieran al Estado, vía impuestos, lo que el mercado les ha dado injustamente.

El problema es que esa financiación es impensable en una sociedad capitalista y que además es inútil, dado que la labor de la escuela estaría eficazmente neutralizada y contradicha por las innumerables antiescuelas que operan en este tipo de sociedad: familias de ambiente perjudicial, dominio de una publicidad tóxica en todos los espacios individuales y sociales, propiedad privada de medios de comunicación y de redes sociales que ofrecen sus contenidos sin control social, iglesias y órdenes religiosas que difunden pensamiento conservador, ambiente consumista que instaura el ideal del dinero, etc.

Obstáculo insuperable (si no cambiamos el Sistema)

Y lo peor es que esta situación no puede cambiar, no sólo porque algunos elementos deseducativos son imprescindibles al sistema capitalista (como la publicidad y la propiedad privada de los medios y espacios de comunicación), sino sobre todo porque la lógica de tal sistema no puede permitirse una buena educación.

La estabilidad y reproducción de la estructura capitalista requiere mantener y reproducir la población heredada, cuya mayoría se caracteriza desde tiempo inmemorial por la ignorancia de las relaciones causales entre estructura social y avatares personales, por la reducción de la empatía a pequeños ámbitos y por el miedo a no conseguir lo que se desea o a perder lo que se tiene.

Mantener mayorías con estas características no requiere ninguna conspiración del poder, ni una actividad complicada. Basta la inacción. No hacer todo aquello que sería necesario para fabricar una población caracterizada por el conocimiento, la empatía no restringida y la serenidad colectiva.

El papel del capitalismo como gran obstáculo a una buena educación es algo que sistemáticamente callan y ocultan esos teóricos de la educación que nos proponen, como si fuera posible, llevarla a la excelencia sin alterar el sistema social. Al final queda claro que esa excelencia es la de Finlandia o Singapur. Ver Marina y su diplodocus.

Quienes no se dejan engañar por esas cantinelas tienen claro que en las sociedades capitalistas a lo más a que podemos aspirar es a una educación eficiente (incluso excelente) para la inserción en el mercado de trabajo a distintos niveles. Al Sistema le interesa que los camareros sepan idiomas, no le interesan camareros analfabetos. Y le resulta necesario que los tiburones de las finanzas estén mal educados. Si la escuela los convirtiera en ilustrados y benévolos dejarían de ser depredadores y su clase se extinguiría.

Los resultados los tenemos alrededor. Barrios obreros en los que aumenta el voto a Vox, bandas de jóvenes que se creen con derecho a divertirse poniendo en riesgo la salud ajena, poblaciones que aguantan una explotación inicua engañadas acerca de sus causas, políticos mediocres que no hacen lo debido, que incluso no hacen lo imprescindible por miedo a la reacción del electorado, es decir, por miedo a la mala educación de la mayoría.

Se ha pretendido exculpar el necio egoísmo de grupos adictos al botellón y a la fiesta alegando que la juventud es así. Pero no es cierto que la única manera de diversión y esparcimiento de la juventud haya de ser sacrificar la salud propia y ajena a una versión ignara de sexo envuelto en alcohol y otras drogas, mala música, torpe conversación y barullo. Prueba de ello es que hay otra juventud muy diferente. ¿Y de qué depende la pertenencia a una u otra? Sobre todo de la familia en que se ha crecido, porque la escuela, por lo antes dicho, tiene un papel menor.

La importancia de salir del odio mutuo

De manera que la situación puede describirse así: para resolver nuestros más graves problemas hay que salir del capitalismo, pero por ahora no se ve forma de salir de él, y menos cuando no existe una izquierda antisistema eficiente y mundialmente organizada.

En tal tesitura viene bien a la salud recurrir a la visión científica, porque desde ella no cabe tener del enemigo una concepción teológica y ello nos libra del odio.

El espectáculo que están dando las llamadas derechas e izquierdas en el parlamento español es nociva, porque ambas se atacan y contraatacan con la misma ira, como si el objetivo de la actividad parlamentaria no fuera proceder a una discusión racional, sino dejar al otro humillado y en ridículo. Lejos de eso, la izquierda haría bien en aprovechar cada ocasión para manifestar una actitud e ideología desde la que se ve al enemigo como determinado a serlo, y por tanto no culpable. Dirigirse a la extrema derecha con respeto y con empatía, y tratar de convencerla de que sus ideas y propuestas entran en contradicción con datos objetivos, pero también con algunos de los valores que ella misma proclama. Claro que no se va a conseguir con ello convencer a dirigentes y militantes, no importa lo buenos y potentes que sean los argumentos, pero a la larga es posible abrir los ojos a muchos de sus votantes. Todo ello a la espera de que en España aparezca algún día una izquierda antisistema que sepa qué tiene que hacer y que esté dispuesta a hacerlo (es decir, que esté dispuesta a renunciar al electoralismo y a la pedrea de cargos públicos y migajas del banquete).

Lo que ha de preocupar a esa izquierda es dotarse de medios para difundir conocimientos e información sin salir de la verdad (privilegio que sólo ella tiene y que no viene utilizando). Y contribuir además a la construcción de una internacional progresista y actuar dentro de ella haciendo complementarios los dos espacios, el nacional y el internacional.

Por ahora… paciencia, pero al menos sería bueno que quedara claro que la mala factura de la población, de la que se siguen nuestros problemas políticos, medioambientales, económicos y de convivencia, no tiene remedio en esta sociedad. Quien quiera luchar contra ellos debe mirar más lejos hasta encontrar la causa.

jmchamorro@jmchamorro.info

SIN REMEDIO (aquí y ahora)

Me sigue impresionando cómo se abordan en los medios de comunicación algunas cuestiones graves, muchas de ellas trágicas, como si cada una tuviera autonomía, como si no dependieran todas de un determinado orden social, el orden social innombrable como causa, el capitalista. Quienes discuten, quienes intentan instruirnos, no hablan del capitalismo y dan la impresión de creer que hay solución sin un cambio de orden social. No es cierto. No hay remedio.

Cada día va estando más claro para más gente (aunque todavía poca) dónde está el verdadero poder y qué papel desempeñan los que fingen que lo tienen, los políticos. Pero aunque una gran parte del mal que nos rodea se debe a las leyes que se promulgan contra el bien común, y también a que no se promulgan las que serían necesarias, esto ocurre merced a la pasividad de la gente, o más aún, con su apoyo.

El mayor baldón del capitalismo no es que domine y explote, sino que para perpetuar el dominio y la explotación necesita fabricar gente que no se rebele, que lo acepte. Eso se consigue generalizando los tres ingredientes a que me he referido en otras ocasiones: ignorancia, egoísmo y miedo, y para ello se cuenta con una forma de vida, con la inercia social y con todo el espacio que la izquierda deja libre para el adoctrinamiento (en las escuelas, en los medios de comunicación, en la publicidad que ofrece e impone sus modelos).

Lo irremediable es que seguiremos viviendo en un mal mundo mientras una gran parte de la población no cambie.

Esto se aprecia bien en las siguientes cuestiones:

INMIGRANTES Y SOLICITANTES DE ASILO

Los que llegan a la Unión Europea huyendo de la pobreza que nuestros países ricos han generado en los suyos, o de las guerras que nuestros países ricos han alentado, provocado o aprovechado, no son acogidos según las leyes vigentes (Convención de Ginebra, Reglamento de Dublín, Convenio Europeo de Derechos Humanos, y en España Ley de Extranjería y Ley de Asilo). Encuentran tales dificultades que muchos intentos terminan en tragedias insoportables.

La actitud cicatera de la UE, y en especial de algunos de sus miembros, España entre ellos, se ha visto alterada por una foto, la de un niño muerto en una playa. Algunos, entre ellos Rajoy, han dicho que esa foto es espeluznante. Yo la veo sobrecogedora, estremecedora, entristecedora. Lo espeluznante es la política de la UE, la del mismo Rajoy.

Hay críticos que, en su afán por no hablar nunca de la causa real, achacan el mal a falta de voluntad política, pero no explican por qué está ausente esa voluntad. Los políticos actúan al servicio del poder económico salvo en aquellos asuntos en que el poder económico es indiferente, y entonces actúan según previsión de votos. Tenemos por tanto dos cuestiones:

Por lo que atañe a la causa de las migraciones, el poder económico se opondría a todo intento de remedio que impida la explotación económica de terceros países.

Por lo que atañe a la acogida de los que llegan, el poder económico se encoge de hombros y son los políticos quienes deciden. Y la triste causa de la falta de voluntad es que cada partido gobernante cree que, si se comporta en este asunto humanitariamente, perderá votos. Mayorías xenófobas, racistas, insolidarias, se imponen a las gentes de buen corazón y no están dispuestas a votar a gobiernos decentes. Por todas partes en el Occidente desarrollado, desde Estados Unidos a Hungría, pasando por Gran Bretaña o España, son las mayorías las que no sólo no exigen la política razonable en este asunto, sino que la impiden. Buena prueba de cómo dependen los gobiernos de sus previsiones electorales es que la foto del niño muerto en la playa ha generado una presión en las redes sociales que está aconsejando a Cameron cambiar su política.

La forma de defensa que vienen aplicando los gobiernos conservadores consiste en perseguir a los que consiguen arribar a nuestras costas, negando incluso la asistencia médica a quienes no tienen papeles en regla. En España algunas Comunidades han decidido dar una tarjeta sanitaria a esos desgraciados, pero el gobierno central exige que lleven seis meses empadronados y que ganen menos de 532 euros al mes ¡por unidad familiar! Esto sí es espeluznante: menos de 532 euros por unidad familiar y obligados a pagar el 40% de las medicinas. ¿Tienen estos políticos imaginación y empatía?

Hay que insistir en que parte del nivel de vida occidental se debe a lo que hemos extraído de países empobrecidos, o dicho más sencillamente: a lo que les hemos robado con acompañamiento de crímenes impresionantes (las viejas hazañas de Leopoldo II de Bélgica en el Congo son una pauta repetida). Y este expolio continúa, aunque sustituyendo la antigua vía de ocupación militar por la más hipócrita de las multinacionales de guante blanco.

Por tanto (toda insistencia en ello es poca) el único remedio, el imposible, consistiría en comenzar lamentando nuestro comportamiento, pedir perdón, ofrecer compensaciones, cooperar con esos países para que aumente su riqueza y sus habitantes no tengan que venir a los nuestros huyendo de la pobreza extrema. Y dejar de provocar o alentar las guerras que nos convienen, o de mantener y protejer a los dictadores sangrientos que nos convienen.

¿Cabe que nuestras poblaciones occidentales exijan a sus gobiernos algo así? Por supuesto que no. Y por ello he utilizado una primera persona en plural como objeto de las expresiones acusatorias. Pues aunque los crímenes son ideados y ejecutados por poderes económicos y gobiernos serviciales, las migajas del festín llegan a una gran parte de la población, que a cambio tolera los hechos y se opondría al cambio de política.

Conclusión: no hay remedio a esta situación. La UE seguirá siendo castillo asediado por los pobres y amenazados que lo rodean, y la xenofobia y el racismo crecerán dentro.

EL IMPOSIBLE REMEDIO A LA CORRUPCIÓN

Se ha propuesto que desaparezcan los billetes de 500 euros para hacer más difícil el delito económico (el trasiego de dinero en maletines). Naturalmente, los políticos en el poder se han hecho los sordos. Los billetes de 500 euros siguen ahí.

Demos un paso más y vean qué solución tan sencilla al alcance de la mano: que desaparezcan no sólo los billetes de 500 euros, sino todos los demás. Se trata de sustituir el dinero físico por dinero virtual, algo que ya ocurre cuando pagamos mediante transferencias bancarias, cheques, tarjetas, etc. Es decir, se trata de generalizar este procedimiento. Los ingresos de cada cual van a su cuenta bancaria y cada cual paga toda mercancía o servicio con cargo a esa cuenta usando su tarjeta (o su reloj o móvil inteligentes). Los movimientos de las cuentas no son públicos, pero están a disposición de los jueces. ¿Cabe algo más simple y más fácil de realizar con la tecnología informática ya existente?

Con solución tan simple y económica (que incluso ahorra el importe de fabricar billetes) resultaría imposible el permanente delito económico que tanto provecho da a los que más tienen (evasión fiscal, cuentas B, economía sumergida, sobres y donaciones en dinero negro, etc.).

Precisamente por ello esta solución simple no se impondrá, sobre todo teniendo en cuenta que la población no la exige. Y la corrupción, la evasión fiscal, las ganancias especulativas, todo ello seguirá entre nosotros sin remedio y se seguirá achacando a la condición humana (a que en todas partes hay garbanzos negros).

IVA

Hay un asunto cuyo carácter (este sí, realmente espeluznante) pasa desapercibido. A los impuestos indirectos se los llama indoloros porque el que paga no sabe que está pagándolos, y por tanto no le duelen. Pero los paga.

Teniendo en cuenta que en España el tipo general del IVA es el 21%, el reducido del 10% y el superreducido del 4%, a una media del 15% quien gana y gasta cada mes 2.000 euros está pagando por IVA 3.600 euros anuales, a los que hay que sumar otros impuestos indirectos, especialmente el que grava los hidrocarburos, que supone más o menos la mitad de lo que cada cual se gasta en gasolina o gasóleo. Ni siquiera está libre de impuestos el pobre que ingresa la miseria de 400 euros al mes, ya que en cada compra que haga estará pagando impuestos indirectos. Aún más: en cada compra semejante el pobre de solemnidad está pagando el mismo impuesto que el rico de solemnidad (brutal para el pobre, nada para el rico).

Estos impuestos alevosos seguirán ahí, incluso defendidos por campañas oficiales indecentes que nos advierten de que no pagar el IVA es una conducta antisocial, puesto que con el IVA se financian colegios, hospitales, etc… ¡Pues eso es lo malo, que se financian en gran parte con el IVA!

¿Cómo es posible desafuero tan enorme? Pues porque los impuestos indirectos cumplen en nuestro capitalismo el papel básico de dotar de dinero a los Estados evitando que tengan que sacarlo del bolsillo de los ricos. El Estado consigue lo que necesita exprimiendo a las clases medias y bajas mediante impuestos abusivos directos e indirectos, y puede así permitir que los ricos eludan impuestos no sólo de manera ilegal (por ejemplo aprovechando el escaso interés oficial en acabar con los paraísos fiscales), sino también legalmente, mediante las SICAB, las sociedades fantasma y las exenciones, bonificaciones y galimatías que permiten a las grandes empresas pagar un ridículo 3,5% en el impuesto de sociedades.

¿Imagina alguien a la Comunidad Europea tomando la honesta decisión de acabar con los impuestos indirectos y extraer el grueso de sus ingresos del bolsillo de los ricos? Claro que no.

Lo peor: que aunque hay alguna oposición al 21% decretado por el PP para los bienes culturales y petición de que baje al 5%, no hay un clamor universal contra los impuestos indirectos, contra el IVA fundamentalmente. O sea, que en nuestra sociedad la injusticia de los impuestos indirectos no tiene remedio. Seguirá habiéndolos.

VIOLENCIA

Las redes sociales rebosan resentimiento y violencia. Unos jóvenes dan una paliza a un indigente, otros a un homosexual. Siguen los asesinatos de mujeres por sus exparejas. Los hinchas futboleros se acometen como salvajes. Las autoridades salen en seguida a condenar los hechos y los medios nos transmiten muy serios esa condena. ¿No es ridículo considerar noticia que un dirigente político condene un asesinato? La noticia sería que lo aplaudiera. El mismo político podría ahorrarse la condena (se da por supuesta) y decirnos qué piensa hacer para evitar que el hecho violento se repita. Pero claro, nada puede decirnos de soluciones, puesto que no existen.

Todos los violentos occidentales han pasado por la escuela y esto revela su fracaso.

Si nuestra escuela quedara en los informes PISA tan bien como la de Finlandia, alguien diría “¡qué exito!”. Y sin embargo no habrían desaparecido los xenófobos, ni quienes dan palizas a indefensos, ni esos seguidores violentos de equipos de fútbol, o esos machos defraudados que no pueden consentir que su pareja se vaya con otro. Si nuestra escuela fuera como la finlandesa nuestros bárbaros tendrían, como los bárbaros finlandeses, una capacidad numérica y verbal menos ínfima, nada más. Y es que en nuestras sociedades la escuela ni está, ni puede estar diseñada para algo que es, sin embargo, posible: que las personas que pasen por ella salgan siendo no sólo ilustradas y ricas en destrezas, sino sobre todo bondadosas, puesto que los sentimientos son tan educables como la inteligencia (claro está, si se escolariza a los niños desde los pocos meses y se cuenta con el entorno social adecuado y con el suficiente número de expertos en psicología infantil dentro de cada escuela).

No hay remedio.

ENTRADA EN VIGOR DE LA LOMCE

El PP parece creer que el remedio a la mala educación está en la LOMCE, que va a entrar en vigor con su creador, el insigne Wert, ausente y sustituido por otro ministro que tiene que hacer frente a la resistencia de algunas Comunidades a aplicarla.

Ciertamente, la LOMCE es expresamente segregacionista (los alumnos de clase media a la universidad, los de clase baja a sus oficios), cumple con los deseos de los obispos, elimina la asignatura de educación para la ciudadanía, y lo que quieran añadir. Una ley impresentable, la propia de un partido que legisla contra la mayoría de la población, incluidos muchos de los que le votan. Pero ¿qué había antes? Una ley que pretendía ser integradora, pero que de hecho no salvaba a los alumnos de clases bajas del fracaso escolar. Disimulaba el fracaso aprobando por sistema, pero condenaba a esos alumnos a un fracaso posterior. Y es que una buena escuela es tan costosa que, pese a que sería la mejor de las inversiones posibles, nuestras sociedades no pueden permitírsela con los escuálidos presupuestos estatales. Un gurú del conservadurismo, el ínclito José Antonio Marina, tiene una idea tan simple de la educación que le lleva a decir que no hace falta más dinero, sino emplearlo mejor. Pues no: para tener una buena escuela sería imprescindible dedicar una gran parte del dinero que está en manos de los ricos y de los muy ricos. Y entonces ya estaríamos en otro mundo.

En este no hay remedio.

RIQUEZA Y POBREZA

Sobre todo (y vuelvo a repetirme porque creo que siempre es poco), no hay movimientos sociales que exijan la gran medida básica, de la que dependen todas las mejoras sociales y todos los posibles remedios: que se ponga un límite sensato a la riqueza privada (por encima del cual el tipo impositivo sea del 100%). Sólo cuando exista ese límite podrá haber democracia, por ahora imposible, y podrá haber además servicios públicos adecuados, incluida una buena escuela.

Pero ¿qué ocurre? No sólo que los políticos legislan a favor del poder económico, sino que la mayoría de la población desea por encima de todo la riqueza, envidia al rico, daría cualquier cosa por tener una gran mansión, un rolls y un yate de lujo (la publicidad de una lotería parte de esta evidencia). En general se cree que la riqueza privada, si ha sido adquirida legalmente, es inocente. Pero, pasado un límite, es criminal y las leyes que la amparan son leyes criminales, porque la riqueza excesiva de una minoría no sólo hace ficticia la democracia, sino que ha de tener como contrapartida la pobreza de muchos. Es cosa de sentido común: siendo la riqueza del país la que es, si en el reparto unos pocos se llevan la mayor parte, queda poco para todos los demás. Y es un cuento chino eso de que, dejando la riqueza en manos de unos pocos, toda la población sale ganando, porque esos pocos saben manejar el dinero para que rinda más, y ello acaba beneficiando a todos (argumento inventado por malos teóricos para justificar que a los ricos no se les cobren impuestos). Si vamos a los hechos estos demuestran que, efectivamente, tal idea es un cuento chino.

¿Ha hecho algo la izquierda para cambiar la mentalidad de la gente en esta cuestión básica?

No hay remedio.

OPTIMISMO

De manera que tenemos por una parte políticos que legislan como muñecos de guiñol en manos del poder económico y por otra parte una población que apoya o tolera. Estaríamos en otro mundo si la gente que sale a la calle demandando independencia, o festejando un éxito deportivo, saliera para exigir que cambien las cosas a que me estoy refiriendo. Entonces, aunque en nuestro mundo capitalista no hay remedio, estaríamos iniciando el camino hacia un mundo mejor.

Pero volvamos al presente: admitamos que no se puede contar con la parte de población egoísta, la que sólo atiende a su beneficio económico sin que le importe cuánto sacrificio ajeno implica. ¿Qué porcentaje de egoístas irrecuperables hay en las poblaciones occidentales?

Abundan en todo caso personas generosas, pero engañadas y asustadas, personas que se conmueven ante una foto, pero que pueden muy bien votar al PP (por ejemplo, por temor a que la izquierda llegue al poder). Si se les explicara adecuadamente cómo son las cosas y dónde están sus intereses podrían ir alejándose de la ignorancia y el miedo, e ilusionarse con alguna forma de cambio.

Se puede contar con los que en movimientos sociales, ONGs, etc. sustituyen a los Estados en la ayuda a quienes lo necesitan. Aunque ellos mismos se plantean si sus acciones, además de un efecto benéfico (aliviar males paticulares), tienen un efecto perverso, puesto que ese mismo alivio hace al capitalismo menos insoportable (en última instancia apuntalan un sistema injusto), son personas que se sumarían a un proyecto de cambio, lo mismo que quienes participan en movimientos de protesta.

En conclusión, pese a que aquí y ahora no hay remedio, lo habrá si algún día se consigue movilizar fuertemente a la mayoría de la población, y no sólo en un país, sino en el mundo entero. Esa es la tarea a la que la izquierda organizada debería supeditar cualquiera otra. Pero esa tarea exige lo que la izquierda nunca ha hecho. Ha venido creyendo (o comportándose como si creyera) que la actividad política se reduce a liderar descontentos sociales y producir mítines pensando en el resultado electoral. Entretanto los grupos conservadores influyentes (la iglesia entre ellos) se han preocupado de disponer de medios de comunicación prestigiosos, escuelas, think tanks, universidades, espacios en los que actúan con efectividad sus innumerables valedores.

La izquierda necesita urgentemente medios de comunicación que lleguen a todas partes, y elaborados con el conocimiento adecuado para que alcancen máxima influencia. Necesita poner en marcha Institutos de ciencia social abiertos a todos los que quieran aprender. Y una escuela, al menos una, donde demostrar hasta dónde se puede llegar por el camino de una buena educación. Hay seguramente mucha gente que cooperaría económicamente, y muy contenta, en una aventura como esa.

Sólo por ese camino podemos salir del “no hay remedio”.

PARA TERMINAR

Sí, ya sé que lo que acabo de escribir es populista y demagógico. Pero en fin, si se analiza el uso que la derecha hace de esas calificaciones, se ha de concluir que “populista” y “demagogo” son sinónimos de “amigo de la verdad molesta”, esa verdad que la derecha quiere tapar a toda costa.

jmchamorro@jmchamorro.info