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SOBRE EL FRACASO DE PODEMOS EN LAS ELECCIONES

A favor de Podemos se puede seguir diciendo que se mantiene libre del poder económico. De ahí que la banca, las empresas del IBEX 35 y sus medios de comunicación lo ataquen con el denuedo que cualquiera puede observar. En Bruselas, nido de la política europea neoliberal, preocupa (o preocupaba) Podemos tanto como el Brexit. Razones suficientes para votar a Unidas Podemos, lo que no obsta para comentar críticamente el desastre sufrido por Podemos en las últimas elecciones.

En 2015 las listas presentadas por Podemos para el Congreso de los Diputados, en solitario o en coalición con otras formaciones políticas, obtuvieron el 20,68% de los votos y 69 diputados en el conjunto del Estado. En comparación con esos resultados los de las pasadas elecciones generales y sobre todo los de las municipales, europeas y autonómicas pueden considerarse un fracaso.

En Público de 29 de mayo se preguntaba Lidia Falcón: ¿Cómo entender que Podemos e IU, juntos, hayan obtenido únicamente el 1,6% de los sufragios, cuando en 2015 Izquierda Unida sola alcanzaba el 4,7%, pasando de 1.057.212 votos hace 4 años a 364.370 en la actualidad? ¿Qué conclusión sacar que de que, tras cuatro años de gobierno en “las ciudades del cambio”, sólo se haya retenido Cádiz; o de que en Zamora el alcalde de Izquierda Unida haya obtenido la mayoría absoluta? ¿Cómo explicar que se presenten a elecciones en Madrid 8 listas a la izquierda del PSOE, otras 8 en Zaragoza y Valencia, 12 en Barcelona, 10 en Gran Canaria, 6 en Sevilla, 5 en La Coruña, por seleccionar solo algunas de las grandes ciudades, ya que en toda España se multiplican las ofertas electorales que se reclaman a la izquierda del PSOE?

Estas preguntas son oportunas, pero a mi modo de ver el fracaso de Podemos no ha estado tanto en la pérdida de votos (ello podría ser algo incluso previsto y aceptado a cambio de otra cosa de más valor), sino en que este partido ha jugado todas sus cartas al resultado electoral.

Para comprender lo ocurrido creo que conviene poner en primer plano un hecho al que ya me he referido en otras ocasiones: aunque cuando surgió Podemos se entendió que era un partido que se situaba a la izquierda de la socialdemocracia, lo cierto es que en Podemos conviven dos tendencias distintas, la socialdemócrata y la de tradición marxista (llámese anticapitalista, igualitarista o como se quiera).

Esto puede ya explicar por qué si se unen IU y Podemos restan en lugar de sumar: votantes de IU no han querido votar al Podemos socialdemócrata y votantes socialdemócratas de Podemos no han querido votar a IU. Sería lógico que los miembros socialdemócratas de Podemos pactaran con el PSOE o se integraran en él, y que los miembros anticapitalistas se unieran a IU, pero en esta cuestión no es la lógica la que manda.

El caso es que, si por una parte es ya disfuncional tener dentro dos tendencias tan distintas, por otra parte la cosa ha ido a peor, porque la rama socialdemócrata se ha ido imponiendo no sólo en la elaboración de los programas electorales (que es justificable), sino también en los objetivos más generales, en las estrategias y en el discurso, hasta borrar casi por completo a la anticapitalista. Ello ha tenido como resultado el electoralismo, el abandono de las tareas no institucionales y, sobre todo, la participación, aunque sólo sea por silencio y omisión, en la omnipresente mentira pro-sistema.

Dos Podemos que se estorban

1. Tener dentro socialdemócratas y anticapitalistas conduce a la disfuncionalidad.

Para los socialdemócratas es meta final el mantenimiento o la recuperación del llamado Estado del Bienestar, que sólo exige medidas a corto plazo y no requiere una población distinta a la que hay.

Conocemos las limitaciones del Estado del Bienestar si se toma como meta final, sobre todo la resignación a vivir pasivos ante una dominación y explotación globales, que se harán más invulnerables precisamente si la política socialdemócrata tiene éxito. Reparemos en que este objetivo permanece dentro de una economía de mercado cuyos efectos son injustos, irracionales y muy lesivos para los recursos naturales, el medio ambiente y el bienestar y la salud de los trabajadores, haciendo al mismo tiempo ilusoria la democracia que a cada paso se proclama.

En cambio para los anticapitalistas la recuperación del Estado del Bienestar es un mero paso adelante hacia una meta final, el igualitarismo, que daría por fin satisfacción al ideal de la Ilustración (igualdad, libertad y fraternidad). Ello exige sustituir la llamada economía de mercado por una planificación democrática mundial, y sólo puede tomar cuerpo en un mundo en el que todos reciben un mismo tipo de educación de máximo nivel, la riqueza social se reparte equitativamente y nadie puede alcanzar, a consecuencia de su riqueza, posiciones de predominio o control sobre otros. Este es el concepto de globalización progresista, frente a la globalización que se nos vende (y a la que se apela como si fuera un corsé inevitable que impide las medidas racionales y justas).

Ciertamente ese mundo deseable es inalcanzable a corto plazo. La aproximación exige medidas que deben ir incidiendo en la transformación ideológica de una gran parte de la población. La población actual no vale para promover y defender cambios radicales.

El verdadero campo de batalla

1. Sin duda el gran fracasado en las pasadas elecciones y en todas las anteriores es el pueblo que vota. Y esto vale tanto para España como para el resto de países que se llaman democráticos. El fracasado es el pueblo que ha votado a Trump, o que votó a Reagan, pero también el que votó a Kennedy, Clinton u Obama, todos ellos al servicio de los intereses de la oligarquía económica americana. El fracasado es el pueblo europeo que vota a la extrema derecha y a partidos corruptos, pero también a partidos “respetables” que desarrollan políticas antipopulares presentándolas como inevitables.

Ese pueblo es conservador, vota a partidos conservadores y les da o quita votos por cuestiones superficiales que tienen que ver con la forma en que los sucesos políticos más irrelevantes se integran en mentes desorientadas. Basta recordar la tabarra que los politólogos nos han dado con el color de una corbata, el deficiente maquillaje o las reiteradas miradas al reloj, interpretado todo esto como causa de que se perdiera un debate y las correspondientes elecciones. Se culpa en estos casos al candidato que eligió mal la corbata, o que miró mucho el reloj, o que no se preocupó de un buen maquillaje, nunca al pueblo votante, que es el que realmente ha manifestado su incompetencia.

Desde hace milenios se viene heredando y potenciando una eficaz ideología conservadora que mantiene a la población en una ignorancia que es funcional para que el sistema se mantenga. Sólo porque muchos ciudadanos ignoran cuáles son sus intereses objetivos, no votan a quienes los favorecen y votan a quienes los perjudican. Si no hubiera falsa conciencia, y puesto que una minoría explota a la mayoría, esa minoría nunca ganaría las elecciones. Quiere ello decir que si el pueblo español tuviese conocimiento suficiente de la realidad socio-política, Unidas Podemos no hubiera perdido votos por grandes que hayan sido sus errores. Los restantes partidos los han cometido aún mayores.

Precisamente porque las cosas son así, cualquier partido anticapitalista debe tomar como punto de partida el hecho de que toda política que intente llegar más lejos de lo que el poder económico considere aceptable encontrará la oposición de ese poder (que sabe cómo montar feroces represalias económicas) y de sus huestes académicas, funcionariales y mediáticas, pero además no encontrará apoyo suficiente en la población cuando lleguen las represalias.

Se puede entonces resumir la situación repitiendo que mientras una política socialdemócrata puede contar con la población existente, una política que vaya más allá necesita una transformación previa de esa población, un cambio profundo en sus ideas y valores. Mientras para un partido socialdemócrata el campo de batalla es el electoral, para un partido anticapitalista el verdadero campo de batalla es aquel en que se ventila la transformación ideológica de una mayoría.

2. Esa transformación está fuera del corto plazo, pero eso no quiere decir que no pueda inspirar muchas actividades ya realizables, que son condición para que sea posible mañana lo que hoy es muy deseable, pero está fuera de nuestro alcance.

Entre esas actividades hay una insustituible, la pedagógica que consiste en ir difundiendo entre la población, de manera efectiva, aquel conocimiento indispensable que el discurso oficial, los medios de comunicación, los púlpitos eclesiásticos y los textos de las escuelas silencian o tergiversan. La pugna electoral debe interpretarse entonces como un medio, un escenario en el que hablar claro y mostrar una diferencia profunda con el resto de los partidos, presentar a la ciudadanía una imagen tan diferente a la de la socialdemocracia que esa misma diferencia constituya el mensaje más sólido de cara al futuro y sin que importen las consecuencias electorales inmediatas. A su vez, el poder político, si se consigue, debe emplearse en hacer aún más patente esa diferencia, todo ello como parte de una estrategia transformadora de ideas y afectos que ha de exceder con mucho el espacio institucional, y que en muchos momentos puede poner en riesgo el éxito electoral o llevar a la pérdida del poder conseguido. Perder el poder por hacer lo correcto es encomiable. Perderlo por dar pasos atrás, como ha ocurrido ahora, es lamentable.

Socialdemocracia inevitable en los programas

Las propuestas políticas de Podemos, pese a que sean tachadas por la derecha de radicales, no sobrepasan el nivel de la socialdemocracia, e incluso han ido rebajando su intensidad inicial. Pero no es esto lo criticable.

Cuando Podemos irrumpió en la vida política era razonable querer desalojar al PP del poder, llegar al Gobierno y hacer una política más justa y transparente, beneficiosa para muchas personas que lo estaban pasando mal.

Una política socialdemócrata que revierta las políticas de recortes del capitalismo neoliberal puede ser la única posible por el momento, de manera que es adoptable tanto por socialdemócratas como por igualitaristas.

Ahora bien, no de la misma forma ni con los mismos efectos.

Un partido igualitarista debe explicar la relación instrumental de sus propuestas electorales con la meta final. No olvidemos que para caracterizar a un partido político lo primero a tener en cuenta es la finalidad que da sentido a la organización y que permite evaluar los comportamientos instrumentales que se vayan haciendo posibles. De ahí que la meta final deba actuar permanentemente como punto de referencia en la crítica al presente y en la propuesta de avances.

Esto no es posible en Podemos por la disfuncionalidad indicada: lo que para muchos de sus miembros es meta final, para otros es, o debiera ser, meta intermedia. Y resulta que a estos últimos no se los oye. No es por tanto el programa electoral lo que se puede criticar a Podemos, sino el discurso y los silencios con que lo ha acompañado, y también que no haya hecho otras cosas, precisamente las que deberían caracterizar a un partido que se presentó como situado a la izquierda de la socialdemocracia.

Electoralismo

1. Más concretamente, la inoperancia de la parte anticapitalista de Podemos se aprecia en que el partido ha venido actuando como si creyera que la batalla contra la derecha se da en el campo electoral, error que viene de lejos.

Marx creyó que el paso a la sociedad igualitaria, determinado por las leyes de la Historia, podía acelerarse mediante la lucha revolucionaria del proletariado, y que el final del modo de producción capitalista, resultado de esa lucha, originaría la emergencia del “hombre nuevo”. Bien pronto se pudo comprobar que esa emergencia no se sigue mecánicamente del cambio de modo de producción. Marxistas posteriores llegaron a la conclusión de que la revolución violenta no tiene sitio en los países de economía desarrollada, y la sustituyeron por la lucha electoral para ganar un poder con el que, desde las instituciones, cambiar el modo de producción capitalista bajo la misma idea de que el “hombre nuevo” surgirá como por ensalmo. En esta línea los partidos eurocomunistas criticaron a quienes seguían manteniendo la lúcida consideración marxista de la democracia burguesa como democracia meramente formal.

No comprendieron que la participación en la lucha electoral no vale de mucho, ya que el ejercicio del poder político está sometido a la condición de que no se utilice para atacar sensiblemente al capital. En realidad nuestra “democracia” sólo es aprovechable como un avance político que mejora la situación del ciudadano frente al poder y que permite a la izquierda antisistema desarrollar, en tanto que parte de la sociedad civil, tareas relacionadas con la transformación de creencias y valores de una mayoría social, condición necesaria para que surja a largo plazo la “persona nueva” promotora del igualitarismo. En ese sentido la lucha electoral no deja de ser una trampa si no se la toma como un medio más en la batalla ideológica.

2. Cuando un partido se limita al campo electoral e institucional acepta a la gente como es y, en consecuencia, utiliza instrumentos de mercadotecnia con mensajes que no desanimen a los votantes, y con caras de líderes carismáticos al frente de las listas. Se hace obsesiva la necesidad de conseguir el voto de una clientela difusa y variable, y el partido se ve comprometido en una actividad que obliga a jugar con las reglas del mercado de cara a una sociedad cuyas mentalidades han sido configuradas de manera masiva por la derecha conservadora.

Los líderes de Podemos han aceptado convertirse en personajes de la cháchara política de los medios, y buscan el éxito electoral como si no tuvieran otro horizonte que la conquista del poder mediante los votos. Sólo discuten por las estrategias electorales. Las previsiones y los resultados electorales dominan análisis políticos ajenos a una teoría seria.

Si todo se fía al éxito electoral ocurre además que en el terreno de la mercadotecnia la batalla está perdida para un partido anticapitalista. Siempre será mucha la ventaja de los restantes partidos, por su mayor potencial económico, por el apoyo mediático y porque sus mensajes populistas encajan mejor con la ideología popular.

Luego se da la siguiente paradoja: en la medida en que un partido de izquierdas llegue al poder y tenga éxito en la lucha por solucionar “los problemas de la gente”, en esa medida pierde el apoyo de esa gente para ir más lejos. Hoy aprovecha la indignación y gana sus votos, mañana esa indignación disminuye porque la situación ha mejorado gracias a las políticas realizadas, y aquellos votos se pierden para impulsar un cambio más radical. La población actual no es fiable para proyectos radicales, porque mayoritariamente desea ante todo la supervivencia o el éxito dentro de la sociedad capitalista.

2. El electoralismo produce miedo a crearse enemigos poderosos y a disgustar o espantar a posibles votantes.

En el artículo antes citado critica Lidia Falcón que los gobiernos del cambio hayan seguido financiando escuelas, cofradías y fiestas religiosas, concedido medallas a las vírgenes y presidido procesiones. Que hayan obviado la reclamación de la República. Que no hayan puesto en cuestión la pertenencia de España a la OTAN ni sus agresiones criminales en medio planeta. Que nada digan de la política de Israel con los palestinos, ni del Sáhara, ni de las interminables guerras de Irak, Afganistán y Yemen. Que en su campaña electoral hayan eliminado la denuncia de las agresiones de los derechos humanos en las políticas de inmigración y asilo, permitiendo que se acepte con naturalidad que miles de personas, mientras huyen de las guerras que nuestra Unión Europea permite y que varios de los Estados que la componen han organizado, mueran en el éxodo por África y se ahoguen en el Mediterráneo. Que aprueben la especulación inmobiliaria, persigan a los inmigrantes y a los manteros, abandonen a los sin techo y consideren que hay que entregarle a la empresa privada los más suculentos negocios inmobiliarios. Que no promuevan la prohibición de la prostitución, el alquiler de úteros de mujeres, la pornografía, ni la desprotección, maltrato y venta de niños con la privatización de los servicios sociales y las casas de acogida.

Se trata, como bien se ve, de acciones y silencios tácticos para no molestar y para no asustar. No hacer o decir esto porque puede molestar a los gobiernos de EE. UU. o Alemania, ni eso porque puede molestar a la banca, ni lo de más allá porque puede molestar a medios de comunicación poderosos, ni aquello otro porque puede molestar a la Iglesia o a los católicos. La solución es quedar casi mudos, limitados a hablar de cosas que no molesten a nadie con poder de reacción, y repentinamente compensar tal silencio con una declaración extemporánea y agria, aprovechada en seguida por la derecha para desacreditar. Si para no espantar votantes hay que huir de cualquier apariencia de radicalismo, se queda a merced de la derecha, que es la que define dónde empieza el radicalismo.

De esta manera, puesto que la mentira consiste en afirmaciones pero también en silencios, la precaución miedosa propia del electoralismo ha llevado a Podemos a participar, por omisión, en la mentira sistemática que los otros están obligados a practicar por acción y omisión.

Lo desatendido

1. Volcado en la actividad electoral e institucional, los principales capítulos de la aventura pública de Podemos han consistido en disputas insustanciales entre líderes, comentarios sobre victorias o derrotas en debates electorales, acusaciones de traición, discusiones sobre alianzas electorales y poselectorales, y otras cosas relativamente intrascendentes, por mucho que los medios las consideren del mayor interés.

La actividad de los Círculos ha decaído, a la población nada le llega de esa actividad. Pero además no se han iniciado procesos para dotar a Podemos de medios de comunicación atractivos, zonas de investigación imprescindibles, actividades de implantación social que trasciendan protestas o manifestaciones.

El desinterés por el campo ideológico hace que no se perciban bien los efectos en ese campo de las propias acciones. Un caso ejemplar fue la compra del chalet por Iglesias y Montero. Tampoco se evalúan los efectos a medio y largo plazo de la ambigüedad en el discurso y de los silencios tácticos.

La ambigüedad sirve a una organización conservadora, pero si se da en una organización de izquierda anticapitalista malogra una actividad que sólo ella se puede permitir y que es su principal patrimonio: hablar sin recurrir al disimulo o la mentira. Mientras los partidos, intelectuales y comunicadores socialdemócratas no pueden eludir la mentira sistemática, la izquierda anticapitalista ha de afirmar las verdades que los demás están obligados, por su papel, a silenciar, negar o sustituir por la mentira populista que en cada momento convenga.

Decir que los socialdemócratas, como los restantes defensores del capitalismo, están necesariamente sumidos en la mentira sistemática significa que en sus palabras y actos está afirmada o implicada la falsedad acerca de las cuestiones fundamentales. Les es preciso afirmar o dar por supuesto que vivimos en democracia, que la soberanía reside en el pueblo, que la constitución es algo sagrado que garantiza la convivencia y el respeto a los derechos humanos, que la propiedad privada de los medios de comunicación es una salvaguarda de la libertad de expresión y de la democracia, que los partidos políticos actúan al servicio de la población que los ha votado, que el pueblo sabe muy bien lo que quiere, que la administración de justicia merece toda nuestra confianza, que la economía de mercado es la más favorable a la mayoría, que hay igualdad de oportunidades porque todos tienen igual acceso a la educación, etc., mentiras flagrantes todas ellas, de las que los defensores del capitalismo no se pueden desmarcar y que constituyen la esencia del populismo en sentido peyorativo. Pues en ese sentido “populismo” es identificable con el uso de la mentira para, engañando a un pueblo mal informado, conseguir o retener un poder con el que hacer una política contra ese pueblo. Así entendido el populismo es algo consustancial con las formaciones conservadoras y sólo la izquierda puede eludirlo.

Precisamente lo que más teme el sistema es que se hagan públicas las verdades incómodas, como prueba el griterío ensordecedor de los medios cuando alguien afirma una verdad que debe ser ocultada. Al unísono vociferan que el inoportuno es antisistema, populista, resentido, demagogo lleno de odio, un peligro para la sociedad.

Al guardar silencio respecto a las cuestiones fundamentales que deben preocupar a un partido de izquierda, como las indicadas en la entrada anterior de este blog, Podemos renuncia a llamar a las cosas por su nombre, dilapida su exclusiva riqueza y, aunque sigue siendo el partido más decente a mucha distancia, defrauda a todos aquellos votantes que esperan la aparición de un partido anticapitalista con el que identificarse.

2. Dicen muchos que para cambiar la sociedad hay que estar en el gobierno, y que todo lo que no sea conseguir votos y poder político es tarea puramente testimonial y por tanto irrelevante. Los que dicen esto están ciegos a la realidad que opera por debajo de la superficie. Ignoran que hay tareas a largo plazo que terminan dando sus frutos precisamente cuando las sucesivas tareas a corto plazo se han mostrado infértiles. Ya sabemos qué ha sido de todos los afanes electoralistas del PCE primero y de IU después. Y podemos pensar que si no se hubiera elegido la senda electoralista hace 30 años, sino otra de actividades con efectos a largo plazo, ya estaríamos recogiendo frutos e incluso es probable que el éxito electoral de la izquierda anticapitalista hubiera terminado siendo mucho más grande.

Por lo menos podemos ya decir que el electoralismo ha llevado a la izquierda anticapitalista a perder votos. Parece que en Podemos y en IU se impone una seria reflexión. Seguro que habrá reflexión, veremos si seria. En todo caso dejo este tema para un próximo comentario.