Archivo de la etiqueta: falsa conciencia

SOBRE EL PSOE Y PODEMOS

Pedro Sánchez, primer acto

Como bien se sabe, en las primarias que celebró el PSOE en julio de 2014 Pedro Sánchez recibió apoyos para que cortara el paso a Eduardo Madina bajo el supuesto de que sería una figura manejable y provisional, a la espera de que Susana Díaz decidiera dar el paso. En seguida se desconfió de él y Díaz le desautorizó diciendo que no estaba de acuerdo con la línea que seguía.

Tras las elecciones de junio de 2015, en el Comité Federal de 28 de diciembre se le rodeó de líneas rojas sin dejarle otra salida que pactar con la derecha (que eso significaba el “no” a Podemos, y al PP, y a independentistas, y a nuevas elecciones). Por primera vez se imponían condiciones a un Secretario General en un Comité Federal y se le obligaba a suscribirlas. El caso era impedir un pacto con Podemos. Pretexto: que ese partido defiende el derecho a decidir.

Se hizo esto sin tener en cuenta las consecuencias. Es fácil suponer que más de uno de los instigadores (y también Sánchez como ejecutor) se estarán ahora tirando de los pelos.

El caso es que, siguiendo órdenes, Sánchez pactó con Ciudadanos, convencido seguramente de que Podemos, sometido a una gran presión mediática, no tendría más remedio que apoyar ese pacto para evitar, ante unas nuevas elecciones, la acusación de haber impedido un gobierno progresista. La negativa de Podemos llenó a Sánchez de frustración, de manera que se sumó airado a la mentira de que Podemos no estaba interesado en que hubiera un gobierno progresista, sino en provocar unas nuevas elecciones. E insistió en que Podemos, haciendo causa común con el PP, había impedido que se resolvieran muchos problemas de los españoles (por ejemplo los que dependían de subir el salario mínimo ¡un 1%!). Callaba en cambio hasta qué punto los problemas de muchos españoles se hubieran resuelto mejor de haber pactado con Podemos y no con Ciudadanos, y callaba también que Podemos quedó fuera de las negociaciones no por propia decisión, sino por decisión del citado Comité Federal.

Pedro Sánchez, segundo acto

Tras las segundas elecciones, y ante la falta de suficientes apoyos a Rajoy, parece que Sánchez se había decidido finalmente a formar un gobierno apoyado por Podemos, peligro que la cúpula del PSOE ha resuelto acabando con Sánchez en la forma que todos hemos presenciado y decidiendo una abstención para que gobierne Rajoy. Este episodio ha sido descrito así por José Antonio Pérez Tapias, miembro del Comité Federal y competidor de Sánchez en las primarias de 2014:

“Pedro Sánchez ha cometido errores [...], ha titubeado, no ha acertado en decisiones importantes -recordemos el pacto con Ciudadanos-, pero fue al verse hacia donde podía encaminar al Partido Socialista de manera efectiva, yendo desde el “no” al PP hacia un “sí” a una alternativa, cuando las iras de la oligarquía del partido se desataron con toda su fuerza. Y ésta no es otra que la sumisión a los poderes dominantes, tanto los económicos como otros que también se mueven tras el telón de la escena pública…”

El problema para los dirigentes golpistas del PSOE es que los militantes no están manejados por esos poderes empresariales y mediáticos (a la cabeza de éstos PRISA), ni movidos por un odio patológico a Podemos. Son incluso muchos los que reconocen que sus hijos votan a Podemos y que es imprescindible entenderse con el nuevo partido, y estos son los que siguen representando la tendencia socialdemócrata del PSOE, tanto tiempo olvidada. Pues la cuestión es ésta: si el PSOE se niega a colaborar con Podemos a escala estatal es que renuncia a desbancar al PP y se conforma con ser socio subalterno de éste en una coalición de derechas (llámese gran coalición o pacto entre los partidos constitucionalistas).

En entrevista con Jordi Évole del 30 de octubre pasado Pedro Sánchez confesó el error de haber llamado populista a Podemos y reconoció finalmente que fue su partido el responsable de que no hubiera un gobierno del cambio PSOE-Podemos.

Es natural que estas declaraciones hayan producido mucha irritación en los actuales dirigentes del PSOE y en los medios conservadores, porque han destapado lo mucho que han estado mintiendo.

Aún así hay todavía portavoces del PSOE que siguen con el latiguillo de fue Podemos el que impidió un gobierno de progreso.

A propósito, ha sido incomprensible la falta de contundencia con que Podemos se ha defendido de esta acusación falsa. Pues hace mucho tiempo que Pérez Tapias contó lo ocurrido en el Comité Federal en el que se produjo el veto.

El miedo de los dirigentes del PSOE a unas nuevas elecciones

Tras la defenestración de Sánchez (que también se ejecutó sin tener en cuenta las consecuencias) el PSOE se ha visto obligado a facilitar el gobierno de Rajoy, pero no por patriotismo (no ha sido, como se dice, un sacrificio por la gobernabilidad de España), sino por miedo a que, dado el espectáculo del último Comité Federal, en unas terceras elecciones no sólo se diera el sorpasso, sino que el PSOE quedara reducido a la insignificancia. Este miedo ha llevado a una nueva mala decisión. Pues pese a todo, si en el PSOE se hubiera impuesto el no a Rajoy, es posible que en unas terceras elecciones el resultado no hubiera sido tan desastroso como algunos preveían, y que el PP no hubiera conseguido los resultados que algunos vaticinaban. Ahora el PSOE se encuentra en manos del PP, que en todo momento puede exigir colaboración a sus políticas amenazando con anticipar las elecciones, en las que el PSOE se encontrará en peor situación que si hubiera votado no a la investidura.

Es posible, sin embargo, que, por mucha tentación que tenga, el PP no cumpla esa amenaza si quienes mandan no se lo permiten, pues la caída del PSOE sería la caída de un aliado a cambio del auge del único enemigo.

Los problemas de Podemos

La política y la actividad mediática vienen marcadas en España por Podemos. Todo lo que hace el aparato del PSOE lo hace pensando en que Podemos no cobre ventaja, todo lo que hacen los medios es demonizar a Podemos, todo lo que teme el poder económico es que Podemos llegue al poder. En los comentarios políticos, detrás de cada noticia, de cada juicio o de cada silencio se encuentra Podemos, sea como instigador o como culpable, sea como insignificante, fracasado o abocado al fracaso, sea como peligro. Y casi siempre Pablo Iglesias es condenado a representar las maldades de su partido. Así ha ocurrido en las sesiones de investidura.

Cierto que los oligarcas empiezan a comprobar hasta qué punto los medios digitales y las redes sociales dificultan el monopolio que los medios conservadores ejercieron siempre.

En esta situación los problemas de Podemos no están allí donde los quieren ver estos medios, que hablan cada día de la pugna entre Errejón e Iglesias, igual que amplificaron antes los sucesos (dimisiones, gestoras y primarias) en Galicia, Cantabria, Salamanca, La Rioja y el País Vasco, o las divisiones internas en Madrid, Cataluña y Andalucía. Se podría decir que estos desacuerdos son muy normales en un partido en que la discusión es libre y cualquiera puede disentir de la línea previamente marcada. Pues realmente, incluso aunque todos los miembros de Podemos coincidieran en la ideología, habría divergencias tácticas y estratégicas dado su tipo de estructura, más democrática que la de los partidos conservadores.

Pero los problemas aumentan cuando no existe esa coincidencia ideológica, pues resulta que la dificultad mayor de este partido está relacionada con el movimiento popular que le dio nacimiento: no todos los que se integraron en él son anticapitalistas, aunque todos estén indignados. Y es que la indignación no basta para hacer unidos un camino difícil y lleno de oscuridades y trampas. Me referiré a esto en seguida.

Dos tendencias

Hubo un tiempo en que las disputas entre marxistas ortodoxos y revisionistas versaban sobre la alternativa entre hacer la revolución violenta o integrarse en las democracias para una toma pacífica del poder.

Casi todos han optado por lo segundo, y ahora surge una nueva alternativa que se suele formular así: ¿trabajo en las instituciones o en la calle? O también ¿anticapitalismo o transversalidad? O también: ¿qué relación debe guardar el partido con la sociedad civil?

La llamada transversalidad

La transversalidad de que habla Íñigo Errejón tiene que ver con la eliminación de las etiquetas ideológicas clásicas y la agrupación de nuevos consensos mediante la definición de otras fronteras (arriba/abajo, la casta/la gente, etc.), bajo la idea de que “parte de los éxitos relativos del 15-M pueden estar relacionados con su capacidad para generar procesos de identificación que trascienden y atraviesan los marcadores ideológicos tradicionales”.

Errejón reconoce que, aunque algunos de los problemas expresados por los indignados ya habían sido señalados por la “izquierda minoritaria”, la diferencia estuvo en que el 15-M apelaba a un “eje arriba-abajo” (el 1% frente al 99%) y no a un eje ideológico, como hacían los partidos existentes. Mediante “interpelaciones transversales a una mayoría social descontenta” se trata de “aislar a las élites” y crear una nueva identificación frente a ellas, mediante un relato que apele al “sentido común de época”, exactamente igual que ocurrió con el 15-M.

Para el diputado Eduardo Maura la transversalidad tiene que ver con buscar el apoyo no sólo de las personas que ya están de acuerdo con las propuestas de Podemos sino también de quienes aún no se han sumado, a fin de captar a votantes y cuadros sin exigir “carnets de partido”, es decir, aglutinar el descontento en una nueva opción política sin tener en cuenta qué se ha votado con anterioridad.

El trabajo en la calle

La alternativa parece que consiste en mantener las señas de identidad de la izquierda anticapitalista, no encerrarse en las instituciones y trabajar en la calle, manteniendo una relación fluida con la sociedad civil y sus problemas, y hablando claro aunque eso asuste a posibles votantes.

Fernando Luengo y Lorena Cabrerizo, miembros de Reinicia Podemos, advierten que se está dando un excesivo protagonismo a la acción institucional, relegando a un segundo plano, de hecho, la protesta y la movilización ciudadanas. Aceptan que gracias a la entrada de Podemos en las instituciones han ganado visibilidad “las preocupaciones y los anhelos de la mayoría social, olvidados o negados por los partidos y los políticos de siempre”, pero añaden que para que la presencia de Podemos en las instituciones se convierta en una herramienta al servicio de un cambio que beneficie a la mayoría social, es necesario cambiar las reglas del juego, que hasta ahora han beneficiado a las élites políticas y las oligarquías económicas, y en ese camino se encontrará una resistencia por parte de los poderosos que sólo se puede vencer con la movilización y la politización de la ciudadanía en los barrios, en las calles y plazas, en los centros de formación y estudio y en las empresas. Es necesario, pues, un reencuentro con los movimientos y las organizaciones sociales, dialogar con ellos y respaldar sus luchas, ayudar a que la sociedad civil se organice en defensa de sus intereses, apoyar las reivindicaciones y protestas de los trabajadores que se traduzcan en propuestas políticas para la acción, abrir las instituciones a las demandas sociales y crear y consolidar cauces de diálogo y espacios de debate permanentes con las plataformas y los colectivos que los representan.

El tema sobreentendido

Analizando los términos de ambas estrategias uno encuentra que el verdadero conflicto está implícito, pues lo que dicen unos y otros es compatible.

Cuando Errejón escribe que la transversalidad “no es, en absoluto, una renuncia al pasado o al ADN militante propio, pero sí una impugnación de la burla que supone que sea el enemigo el que nos cite en los terrenos y los temas sobre los que se siente más cómodo, más arropado y a salvo de sus vergüenzas”, nos está queriendo decir que si Podemos se presenta como izquierda anticapitalista da una baza a la propaganda conservadora, y no en cambio si habla de los de arriba y los de abajo, o de la gente indignada, o de la patria entendida al modo progresista.

Pero esto es una cuestión de mera táctica comunicativa y, estando de acuerdo en ella, se puede ser partidario de la actividad en la calle junto con la actividad en las instituciones. Lo que está en juego, creo, no es lo que se dice, sino la oposición entre una estrategia socialdemócrata y una estrategia anticapitalista, cada una de ellas con objetivos propios.

Diferencias cruciales entre socialdemocracia e izquierda

Demos un paso atrás para aclarar el tema. Algunos dicen que colocar a la socialdemocracia en la derecha es cosa de fundamentalistas, y esto puede que sea así cuando se intenta descalificar de forma emotiva, pero puede deberse a una saludable necesidad de aclarar ideas. Movido por ella creo que el criterio más eficaz para diferenciar derecha de izquierda es la aceptación del capitalismo o la oposición a él. En virtud de este criterio la socialdemocracia, que es procapitalisa, está a la derecha, y está a la izquierda el socialismo anticapitalista. Claro que caben otros criterios que arrojan otros resultados, pero la eficacia del que propongo radica en que la posición ante el capitalismo tiene repercusiones notables, en algunas de las cuales no se suele reparar, entre ellas las siguientes:

1) El socialdemócrata cree que nuestro sistema político es una democracia, actualmente devaluada y necesitada de revitalización, pero democracia al fin.

En cambio el anticapitalista cree que nuestro régimen político es una plutocracia disfrazada de democracia. Aspira a la democracia, que necesariamente requiere una mayoría de la población suficientemente ilustrada, y además inexistencia de poderes económicos que, incontrolados ellos, la controlen en la sombra.

2) El socialdemócrata cree que la existencia de medios de comunicación privados es un derecho amparado por la libertad de expresión.

En cambio el anticapitalista cree que los medios privados, es obvio, están al servicio de los intereses de sus propietarios (con el agravante de que se presentan como libres y objetivos), y son por ello un obstáculo a la democracia y a una verdadera libertad de expresión. En consecuencia el anticapitalista aboga por la propiedad pública de los medios y su control social, a fin de que todas las ideologías (también la procapitalista) tengan espacios en que expresarse libremente.

3) El socialdemócrata acepta que sea el mercado el mecanismo rector de la economía, y acepta por tanto los efectos de su lógica, limitándose a reducir algunos de sus efectos mediante una política redistributiva.

El anticapitalista, en cambio, sabe que la economía de mercado está regida en su beneficio por quienes controlan los mercados, cuya lógica no tiene para nada en cuenta el bien colectivo. Por ello aboga por una economía mundial racionalmente planificada, que produzca lo necesario para satisfacer las necesidades legítimas, no los caprichos impuestos por una publicidad desbocada (la tierra no lo soporta), y que distribuya equitativamente, de manera que nadie en el mundo disponga de riquezas que le permitan un control subterráneo de la cosa pública, y nadie viva en la pobreza. Este es el concepto de globalización progresista, frente a la globalización que se nos vende (y a la que se apela como si fuera un corsé que impide las medidas racionales y justas).

4) Y lo más importante: a un partido socialdemócrata la va bien la población actual, de la que puede recibir el suficiente apoyo para su política y a la que puede rendir beneficios concretos.
En cambio a un partido anticapitalista no le va bien la población actual, de la que no puede esperar apoyo para un cambio en profundidad, que es sólo alcanzable con un tipo de población nueva, formada por personas como las que Marx describió bajo el rótulo “el hombre nuevo”.

Puesto que en estas cuestiones, que son cruciales, la socialdemocracia coincide con otros partidos de derechas pero no con una izquierda anticapitalista, tiene más sentido colocar a la socialdemocracia a la derecha que a la izquierda.

Naturalmente, hay distintas clases de derecha, como también las hay de izquierda anticapitalista, y por ello colocar a la socialdemocracia en la derecha no debe tomarse por insulto, pues aunque hay una derecha criminal (empleado el adjetivo en su sentido técnico, dado que con su política produce innumerables víctimas), hay otra que trata de mejorar la suerte de los más desfavorecidos.

Dos estrategias

En atención a lo dicho, la posición ante el capitalismo debería marcar (y no lo ha hecho, y por eso así le ha ido a la izquierda) una gran diferencia en cuanto a estrategias, pero no entendidas como programas electorales o decisiones políticas. Hay en efecto que distinguir entre estrategia socialdemócrata y política socialdemócrata. La estrategia socialdemócrata no pretende trascender al capitalismo e ir más allá. En cambio la izquierda debe luchar por ir más allá aunque inicialmente se vea limitada a realizar políticas socialdemócratas.

Mientras a un partido socialdemócrata sólo le interesa el éxito electoral (conseguir el poder para desarrollar sus políticas), para un partido de izquierda anticapitalista esta meta debería convertirse en secundaria e instrumental, pues para ir algún día más allá de la política socialdemócrata, es preciso ir antes transformando la ideología popular.

Esta transformación es algo que, aunque en alguna medida se puede impulsar desde el poder, las instituciones y el activismo callejero, también se puede entorpecer. En realidad impone una tarea básica que hay que hacer tanto al margen del poder político y del Parlamento como de la agitación de la calle.

El éxito electoral como criterio

En la discusión que se está produciendo en Podemos ambos bandos parecen fijarse como meta el éxito electoral, como si no tuvieran otro horizonte que la conquista del poder mediante un aumento de votos. Pues veamos: ¿para qué quieren unos ese terreno más favorable de que habla Errejón? Para inspirar confianza a más gente, atraer más votantes y espantar a menos. O sea, para tener más éxito electoral, y en lo mismo se piensa cuando se dice que, mediante la transversalidad, Podemos consiguió hacerse un hueco en el panorama político y no ser una fuerza “testimonial”, como le ha ocurrido a IU.

En el bando opuesto quienes creen que hay que manifestarse sin disimulos y atender a los problemas de la gente fuera de las instituciones, piensan también que esta es la forma de conseguir su apoyo electoral.

Esto se ve claro en el análisis de las últimas elecciones: unos dicen que la pérdida de votos se debió a haber asustado y los otros dicen que se debió a haber querido tranquilizar.

Como en ambos casos el valor de una estrategia depende de los votos que consiga, si con una estrategia se pierden votos se da por errónea, si se ganan votos por acertada. Y todo esto moviéndose en la niebla, pues nunca se sabe a ciencia cierta por qué se obtuvieron votos o por qué se perdieron.

Una paradoja

Recuerdo los tiempos en que el partido comunista primero, y luego IU, eran los únicos presentes en fábricas y barrios para liderar las protestas ciudadanas y luego experimentaban la frustración de ver que los votos iban a los partidos que no hicieron nada, incluso a aquellos que habían ocasionado el problema.

Pero imaginemos que se hubieran conseguido los votos. Aquí se da la siguiente paradoja: en la medida en que tengas éxito en la lucha por solucionar “los problemas de la gente”, en esa medida pierdes su apoyo para ir más lejos. Hoy aprovechas su indignación y ganas sus votos, mañana su indignación disminuye porque su situación ha mejorado gracias a tus esfuerzos, y los pierdes para impulsar un cambio más radical.

Pensando en los votos hablan algunos de ganar el corazón y la mente de la gente, pero hay que insistir en que, siendo la población como es, lo mismo que se ganan los corazones y las mentes, se pierden.

La falsa conciencia como punto de partida

La derecha sabe muy bien que la verdadera batalla no se da en el campo electoral, sino en el ideológico. Y esa es la batalla que ha ganado desde tiempos remotos. Mientras la izquierda ha estado muy despistada en este asunto, la derecha, tanto la laica como la religiosa, siempre ha tenido muy claro que lo importante es troquelar y alimentar la ideología de la gente en la dirección que le interesa.

Marx describió este punto de partida mediante su concepto de “falsa conciencia”. Como efecto de la eficacia de la ideología conservadora, que es la que se viene heredando y potenciando, mucha gente ignora cuáles son sus intereses objetivos, y esa es la causa de que no vote a quienes los favorecen y vote a quienes los perjudican. Si no hubiera falsa conciencia, y puesto que un 1% se enfrenta al 99%, el 99% votaría izquierda y sólo el 1% derecha.

Permaneciendo todavía en el punto de partida, el sentido común de nuestra época no pasa de ser, en su núcleo, falsa conciencia. Y no hemos salido de ahí en parte porque Marx equivocó la solución y los marxistas posteriores no atendieron a quienes intentaron remediar el error. Pues la falsa conciencia no se elimina mecánicamente a base del mero cambio del modo de producción (se ha comprobado), ni tampoco participando en batallas políticas o actividad callejera (que tienen su valor, pero no para tanto).

Volvamos a las dos estrategias

Siendo esto así, mientras a la socialdemocracia, que está a favor del sistema, le basta con ganar el corazón y la mente de la gente como apoyo para su política conservadora, para la izquierda no se trata de “ganar”, sino de “transformar”. Puesto que un cambio radical, un final acceso a la democracia, sólo es posible con el respaldo de una mayoría social emancipada, conseguir esa población debe ser la finalidad de un partido de izquierda anticapitalista, cuya actividad debe ser evaluada por su efecto en la transformación de aquellas personas que, estando objetivamente interesadas en un cambio de sistema social aunque no lo sepan, podrían más adelante ser impulsores y defensores de ese cambio, con la necesaria constancia y a través de las distintas circunstancias.

Ello requiere expandir un doble conocimiento: acerca de lo que hay y lo que está ocurriendo, que implica señalar claramente dónde están los obstáculos concretos que impiden una vida mejor colectiva; y acerca de lo beneficioso que sería para todos que la sociedad se regule por leyes racionales y justas, conocimiento éste que libera y potencia lo que cada cual tenga, dentro de sí, de solidaridad y tendencia al bien.

La expansión de este conocimiento y de los buenos sentimientos se puede favorecer tanto desde las instituciones como desde la calle, aunque transformando ambos espacios en escuela política de cara a la población, y para ello es imprescindible hablar claro, con dureza mesurada, no importa qué temores o qué odios se provoquen. Serán tanto mayores cuanto menos gritona y mejor argumentada sea la denuncia.

Volvemos con esto al tema de los votos. Importan en la medida en que permitan acciones que contribuyan a la necesaria transformación ideológica. Una estrategia que dé votos hoy será perjudicial si al mismo tiempo ha tenido un efecto deseducador a largo plazo. Por ejemplo, las victorias del PSOE y su paso por el gobierno no han valido para salir del punto de partida, más bien para seguir ahí, pero sumidos en la desmoralización.

Comprendo que este análisis no sea del gusto de los políticos de la vieja escuela, ni de quienes querrían efectos inmediatos, pero creo que es el adecuado.

A vueltas con el “qué hacer”

Para dar la réplica a la derecha en la batalla ideológica es necesario:

a) Revitalizar el trabajo de los Círculos, cuya función no ha de limitarse a avalar o impulsar decisiones políticas, ni a participar en programas como los llamados Impulsa y Hacemos.

Si es necesario promover el conocimiento y los valores de igualdad y fraternidad, resulta imprescindible poner en marcha universidades populares, acercar el conocimiento y la cultura a los barrios y pueblos mediante conferencias, cursos sobre política, cine, música, deportes, actividades sociales. Esto es trabajar en la calle y no sólo (aunque también) promover protestas y manifestaciones.

En este ambiente tendría mayor efectividad el Banco de Talentos para prestar conocimiento allí donde los emprendedores lo necesiten, y también la colaboración entre los Círculos con el fin de tejer redes y crear sinergias entre los distintos actores del territorio. Lo importante es que las iniciativas que surjan abajo (y seguro que hay riqueza de imaginación y deseos) encuentren apoyo en la organización política.

b) Predicar con el ejemplo de cuantos aparezcan como militantes, pero sobre todo portavoces, cargos públicos y líderes. En ese sentido es acertada la medida de que los cargos públicos de Podemos entreguen al partido la parte de sus emolumentos que sobrepase el triple del salario mínimo. Pero hay que añadir una autovigilancia cuidadosa, sobre todo sabiendo que los medios conservadores van a aprovechar cualquier descuido para pregonar que los anticapitalistas son peores que los demás, porque son pecadores y además moralistas.

Por más que parezca anecdótico, hay que cuidar la coherencia de los gestos públicos y las declaraciones. ¿Qué sentido tuvo la sonrisa de divertida complicidad con que Iglesias reaccionó a un chascarrillo soez de Rajoy sobre su email a Bárcenas, en lugar de responder con el natural gesto de desagrado? De nuevo el error de querer aparecer amable como para compensar que se ha sido crítico un rato antes. Peor aún es que Errejón se refiera a los medios privados diciendo que nunca ha creído en las teorías de la conspiración y en las manos negras. ¡Estupenda manera de abrir los ojos a la gente! Malo si es sincero, peor aún si no lo es.

c) Activar un centro de investigación que ponga y mantenga al día la teoría, haciendo que en ella confluyan los desarrollos que en las distintas ciencias sociales (sobre todo en las híbridas de sociología, psicología y lingüística) se han ido produciendo desde el segundo tercio del pasado siglo.

d) Disponer de medios de comunicación atractivos y fiables (y por tanto no partidarios ni sectarios).

Hay que recordar que Podemos es consecuencia de los indignados del 15-M, pero también de La Tuerka y del diario Público. Estos medios son un primer paso pero todavía insuficiente. La izquierda debería disponer de emisoras de radio y televisión al alcance de toda la población, y hacer de ellas una anticipación de los medios públicos que sus propios valores exigen: inteligentes, creíbles y atractivos, capaces de expresar de manera sencilla, a distintos niveles de complejidad, el conocimiento que la mayoría necesita, y ofreciendo espacio a las ideologías opuestas sin censura alguna.

Algo más sobre medios de comunicación

Hay que recordar que el partido socialdemócrata alemán contaba en 1880 con 19 diarios y 41 semanarios y que, en cambio, una de las cosas más lamentables que hizo Felipe González cuando llegó al gobierno fue ceder a las exigencias de la derecha y liquidar o vender mediante subasta los llamados “Medios de Comunicación Social del Estado” (la agencia de información Pyresa, numerosas emisoras de radio y numerosos periódicos, entre ellos el diario Pueblo, tercero en importancia de España, más el diario Marca, que pasó a gentes del Opus), perdiendo así una gran ocasión de mantener la propiedad pública de estos medios y entregarlos al control social, para así liberarlos tanto del control gubernamental como del de sus propietarios. De haber hecho eso no estarían los medios de comunicación españoles como están, que al ser casi todos conservadores sin suficiente contrapeso, se han convertido en los medios menos fiables de Europa (según un estudio del Instituto Reuters de la Universidad de Oxford). Y la izquierda hubiera podido mantener sus posiciones en el campo de batalla ideológico.

No es que Felipe González desconociera el poder de los medios. Valga recordar cómo los utilizó para conseguir que en muy poco tiempo los que apoyaban la permanencia en la OTAN pasaran de un 18% al 56,85%, y eso a pesar de que la posición del PSOE hasta ese momento había sido contraria. González controlaba desde el gobierno los medios del Estado (radio y televisión) y pensó que con eso tenía suficiente.

Una conclusión

De lo dicho hasta aquí se sigue que la dificultad mayor de Podemos radica en que no todos sus miembros son anticapitalistas, aunque todos estén indignados.

Una solución sería que los anticapitalistas de Podemos fundaran junto con Izquierda Unida un nuevo partido que tuviera clara su ideología y finalidad, no importa que se viera obligado a políticas ocasionales socialdemócratas.

A su vez, aquellos miembros actuales de Podemos que no comparten la ideología anticapitalista podrían integrarse en un PSOE refundado que recuperara los valores y políticas de la socialdemocracia clásica.

Tanto el PSOE refundado como el nuevo partido anticapitalista podrían colaborar en muchos momentos, sobre todo en aquellas políticas socialdemócratas que Unidos Podemos (o como se quisiera llamar) tuviera que aceptar por pragmatismo (por impotencia para ir en un momento dado más lejos).

Esta colaboración exigiría respeto mutuo incluso llegados al punto en que tuvieran que separarse los caminos.

Claro que por lo que afecta a la refundación del PSOE ya le están marcando el camino: parecerse a Obama-Clintón y no a Corbyn.

jmchamorro@jmchamorro.info

TRAS EL 26J

Las encuestas no acertaron. Respecto al PP hay una explicación aceptable, el voto oculto: resulta natural que muchos decididos a votar al PP sintieran vergüenza de confesarlo. Más complicado es explicar el error respecto a Unidos Podemos.
El caso es que la ilusión de un cambio político tan necesario en España, que además hubiera podido colocarnos en Europa en una posición activa e influyente, se ha esfumado.
Cabe un análisis limitado a los factores políticos, que es el habitual, y también otro menos frecuente, de tipo ideológico, que creo que vale la pena.

EL ANÁLISIS HABITUAL

La responsabilidad de evitar unas terceras elecciones
Los medios apelan unánimemente al sentido de Estado del PSOE y de Ciudadanos, a los que se solicita que permitan gobernar a Rajoy. Es curioso que no se apele al sentido de la responsabilidad de Rajoy y su camarilla, dado que si ellos abandonaran sus puestos sería más fácil el sacrificio para los demás. Da la impresión de que se piensa que los votos logrados por el PP legitiman los desafueros de sus dirigentes. Tampoco se apela al sentido de la responsabilidad del PSOE, que podría evitar unas nuevas elecciones pactando con Unidos Podemos y recabando otros apoyos. Esta posibilidad ni siquiera se considera.

La ocasión perdida
¿Por qué razón, que no nos cuentan, los jerarcas del PSOE impidieron que Pedro Sánchez fuera presidente de un Gobierno de izquierdas tras el 20D? El poder económico había establecido el veto a Podemos como línea roja no negociable, y a ello tal vez se unió el miedo de los viejos dirigentes del PSOE a que Podemos llegue al poder y pueda meter las narices allí donde antes solo las metían los partidos del “sistema” (a saber qué habrá allí dentro que da miedo que se vea), a lo que se añade la animadversión irracional que se percibe en esos dirigentes, indignados porque Podemos ha puesto en cuestión el carácter modélico de nuestra Transición, medalla que ellos tenían colgada al cuello.
Ahora el PSOE se encuentra en la situación endiablada en que él mismo se metió. Pase lo que pase siempre le perjudicará, salvo que haga ahora lo que no quiso hacer antes, pero ahora con menos medios. Cualquier otro camino que el PSOE emprenda volverá a dejar claro que prefiere la derecha a la izquierda (algo que viene ocurriendo desde los tiempos de Felipe González).

La decepción de Unidos Podemos
Es natural que la inesperada pérdida de un millón de votos por Unidos Podemos haya desconcertado a sus dirigentes.
Pablo Iglesias dice que hay que pasar de un ejército de partisanos a un ejército regular, y que esto es muy complicado, añadiendo preventivamente que tal vez en las próximas elecciones no sólo no consigan el poder sino que se den “un hostiazo”. Por su parte el número dos de Podemos, Íñigo Errejón, aventura que podrán ganar las próximas elecciones, pero que para ello deberán cambiar, ser menos sexy, más predecibles.
Tratando de explicar esa pérdida de votos unos hablan del liderazgo, otros de la coalición con IU, otros del diseño de la campaña, o del castigo por no haber propiciado un gobierno del PSOE con Ciudadanos, o del miedo, o del Brexit.

La coalición con IU
Errejón ha dicho que el acuerdo con IU no parece haber funcionado y que sobre el eje izquierda-derecha es más difícil construir una mayoría nueva, razón por la que considera que debe evaluarse la continuidad de la coalición. Él defiende un plan que rechaza la identificación con los postulados de la izquierda tradicional. ¿Con qué base teórica? Se trata de meros barruntos acerca de si esa identificación favorece o no electoralmente.
En cambio tanto Pablo Iglesias como Alberto Garzón quieren hacer estable esa alianza, pero con algunas divergencias.
Garzón (en Miguel Roig: Conversación con Alberto Garzón. Boceto de un futuro posible, Editorial Turpial) critica la moderación ideológica de Podemos en sus dos versiones, la táctica (“algo que te permite ocultar tus verdaderas intenciones y, una vez que lo has ganado, sacas la realidad profunda de tus pensamientos”), y la del convencimiento (creer que nuestro país no está preparado para una ruptura democrática y que por lo tanto lo que hay que hacer es moderar el discurso).
Discrepa Garzón de ambas actitudes, más de la segunda, porque no hacen “un análisis materialista de lo que está sucediendo”. “Es muy raro ver un artículo de alguien de Podemos que hable de economía, de las condiciones materiales de la vida”, afirma. “Cuando Podemos habla de construir pueblo [objetivo que guía a Errejón y los suyos], habla de hacerlo a través del discurso única y exclusivamente, no hay un vínculo con la realidad material”, y eso convierte al partido en una simple maquinaria electoral sin anclaje en la vida cotidiana de la gente en sus barrios. Para él la forma de construir pueblo, o de que una amplia mayoría de ciudadanos apoye su candidatura, tiene que ver con la praxis. El mejor ejemplo es, en su opinión, el trabajo de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca.

Una estrategia que nunca ha funcionado
Seguramente la unión de la izquierda (no importa su efecto inmediato en un resultado electoral) es algo beneficioso, y estoy de acuerdo con la crítica de Garzón a la estrategia ideológica de Podemos, aunque no con la solución que insinúa.
Dejando aparte que una cosa es el análisis económico y otra la praxis entendida como anclaje en la vida cotidiana de la gente en sus barrios (cabe hacer análisis económicos sin esa praxis y lo contrario), lo cierto es que esa praxis, por más que sea indispensable, no suele dar resultados electorales y no es suficiente para “construir pueblo”. Los únicos que desde la Transición han estado a pie de obra, los que se han implicado en los problemas de la gente, han sido siempre partidos y organizaciones a la izquierda de la socialdemocracia. Pero recuerdo las muchas decepciones de los comunistas cuando, después de haber sido los únicos que estuvieron luchando por solucionar un problema de barrio, comprobaban que la gente de ese barrio no les votaba en las elecciones siguientes. Ahora, por primera vez, estas acciones se han llevado un premio electoral en algunos lugares, como en Cataluña gracias a la Plataforma de los Afectados por la Hipoteca, pero tal vez no se hubiera dado sin la personalidad de Ada Colau y además no es seguro que esa adhesión popular sea estable. Desde enfrente se sabe muy bien qué hacer para desactivarla.

OTRO TIPO DE ANÁLISIS

Tras las elecciones de Diciembre y refiriéndome a una posible repetición escribí en este blog:
“Si mejoran los resultados, algo se habrá ganado sobre el presente. Si no mejoran, o incluso si empeoran, no pasa nada, esto es una carrera de fondo, no caben las prisas [... ]. No debe importar tanto el poder inmediato como hacer que vaya creciendo la conciencia ilustrada entre los españoles (sin la cual nada bueno se puede conseguir que sea persistente).”
Creo que hay que insistir en ello. Si la izquierda no busca el poder por el poder, si quiere lograr un apoyo bien informado, sólido y continuo de una parte suficiente de la población, si pretende que algún día nuestro país se aproxime al ideal democrático (algo todavía desconocido), es decir, si desea una sociedad donde personas ilustradas, justas y pacíficas se autorregulen con autonomía, entonces debe tener claro que estamos en una guerra larga y que la tarea de hoy no debe interpretarse por sus efectos inmediatos, sino a largo plazo. Por supuesto que hay que dar batallas para mejorar la suerte de quienes lo están pasando peor, pero sin perder de vista en qué tipo de guerra estamos.

El país que tenemos
Una organización de izquierdas ha de tener una idea operativa de la población en que actúa, tanto la que le puede ser favorable, y hasta qué punto, como la contraria. Sólo así se puede diseñar una actuación estable y fructífera.
Estas elecciones han venido a dejar claro, una vez más, la clase de población que compone nuestro país.

Votantes del PP
Un tercio del electorado ha votado al PP a pesar de que todo el mundo sabe de sobra que, hundido en una corrupción estructural, ese partido es, según declaración judicial, una organización criminal para delinquir, condición que ha quedado confirmada, si necesario fuera, por las actividades de su ministro del Interior. Añádanse las políticas fiscales y laborales que el gobierno del PP ha ejecutado contra la mayoría. De manera que el voto al PP de una gran parte de la población española es síntoma de una enfermedad moral en la que se perciben los conocidos ingredientes de egoísmo, ignorancia y miedo. A lo más a que llegan algunos comentaristas es a hablar del voto del miedo, pero como si el miedo hubiera acometido a una población “normal” y no tuviera que ver con un problema de salud cívica de enorme dimensión.

Votos perdidos por Unidos Podemos
El millón de votos perdidos por la coalición Unidos Podemos pone de manifiesto poca consciencia del momento en los abstencionistas y poca lucidez respecto al proyecto de izquierdas. A muchos no nos han gustado algunas cosas, pero ello no es suficiente razón para dejar de votar a la única opción que, desde el comienzo de nuestra mal llamada democracia, se presenta libre de hipotecas y capaz de proponer una política que no esté previamente diseñada y bendecida por el poder económico (tanto el de dentro como el de fuera). Poco lejos se puede llegar si una parte importante de la población que apoya un determinado programa electoral puede dejar de apoyarlo por cuestiones tan episódicas como la simpatía o antipatía que provoque un líder, el error que se cometió al hablar o al callar sobre esto o aquello, o un imprevisto suceso internacional. Más aún si se tiene en cuenta que ese programa electoral, si se empieza a ejecutar, provocará una oposición virulenta de los poderes económicos e ideológicos, y probablemente con temporales perjuicios para una parte de los que lo votaron. Imaginemos que ese millón de votos hubiera acudido a las urnas: ¿qué confianza merecería su apoyo a lo largo del tiempo, siendo así que en cualquier momento podría dejara de apoyar, como ya ha hecho? Por tanto, cuando ahora algunos dirigentes de Podemos creen que la tarea consiste en recuperar esos votos ¿qué esperan de esa recuperación?

El problema de la izquierda
La izquierda quiere intervenir en política para acabar con la dominación y explotación que la mayoría de la población sufre, pero no sabe cómo conseguir que esa mayoría se sienta implicada, es decir, que vaya cambiando conceptos y valores hasta un punto en que sea consciente de su situación dentro de la estructura social, y sea capaz de resistir las múltiples maniobras que el poder de los dueños del dinero sabe poner en marcha.
Esto requiere acciones a largo plazo según un programa que todo partido de izquierdas debería tener bien desarrollado y fundamentado, pero del que nada he oído ni leído desde que en nuestro país hay elecciones. Ese programa no se puede formular con éxito sin una teoría adecuada.

La teoría
Si nos preguntamos desde qué teoría planificar la acción política, no es difícil la respuesta, porque la única teoría general que se mantiene en el campo social es la marxista. A mediados del pasado siglo se intentó oponerle una teoría conservadora, la funcionalista propuesta por T. Parsons, pero fracasó por su voluntario desconocimiento de los aspectos disfuncionales del capitalismo, que están ahí de múltiples formas, se quieran ver o no. Ante ese fracaso, los conservadores decidieron el abandono de las teorías generales, dando sólo por buenas las de medio y corto alcance, que claro está, poco explican.
Desde entonces se ha intentado acabar con el marxismo no mediante una alternativa teórica preferible, sino afirmado que es cosa del pasado por sus errores, sus predicciones incumplidas y por los crímenes que cometieron dictadores que lo invocaban (no importa que actuaran contra su sentido).
Ahora empiezan a darse cuenta muchos de que sólo desde el marxismo se puede explicar el proceso histórico presente. De ahí que levanten cabeza postmarxismos de distinta naturaleza que intentan sustituir algunas tesis erróneas de Marx.
En uno de ellos milita el mentor de Errejón, Ernesto Laclau, que ha criticado con acierto las tesis marxistas referidas al papel de la clase obrera y que se ha propuesto desarrollar el concepto de hegemonía de Lenin y Gramsci. Pero no es el concepto de hegemonía el que nos puede servir para resolver el problema antes indicado, y menos si para su desarrollo se va a buscar, como Laclau ha hecho, en Lakan, Foucault, Derrida y Barthes. Ni adrede pudo elegir peor. Estos autores estuvieron de moda por el atractivo que ejerce lo incomprensible (fueron maestros de la oscuridad ambigua) y afortunadamente van sumiéndose paulatinamente en el olvido. Ninguno de ellos ofrece material valioso para remediar el verdadero defecto del marxismo, que es la ausencia de teoría psicológica.
Algunos teóricos valiosos (Lev Vigotski, Mijaíl Bajtin, Erich Fromm) han sido conscientes del problema e intentaron solucionarlo, y otros posteriores (Basil Bernstein, William Labov) han aportado conocimientos indispensables. El problema es que poco de ellos parece haber llegado a los marxismos de que se nutren los políticos de izquierdas.

La “persona nueva” como condición de la democracia
Marx tuvo el acierto de comprender que no es posible una sociedad igualitaria sin lo que él llamó “el hombre nuevo”. Tuvo también el acierto de denominar falsa conciencia al pensamiento de los individuos que no es consecuente con sus condiciones materiales de existencia, esto es, con sus intereses de clase, como cuando el proletario adopta la ideología de la clase que lo explota.
Sin embargo su formulación (recordemos aquello de “es el ser social el que determina la conciencia, no la conciencia la que determina el ser social”) vino a sugerir que la superestructura ideológica es dependiente de la estructura económica (de manera dialéctica, sí, pero que Marx no explicitó), y que por ello una revolución que expropiara a la burguesía de los medios de producción generaría de manera inevitable el nuevo tipo de persona.
Esto no es así, como ha demostrado la historia posterior. Hubo países en los que los medios de producción fueron de propiedad pública durante décadas y ahora podemos ver qué tipo de población se produjo en ellos.
De manera que, aunque el análisis de lo que ocurre en la estructura económica es imprescindible y sigue siendo muy aclarador en el marxismo, la relación de esa estructura con la fabricación de las mentes y con la modificación de estructuras semánticas consolidadas ha sido la parte débil de los políticos y teóricos marxistas.

La fabricación de la falsa conciencia
La iglesia y los grupos dominantes han tenido muy claro, desde siempre, que la educación es una palanca imprescindible para el control social. A diario se utilizan escuelas, púlpitos, catequesis y medios de comunicación privados, además de los públicos cuando la derecha los controla, así como la omnipresente publicidad, para expandir sin oposición una ideología cuyos elementos cognitivos y afectivos determinan qué es el Bien y qué es el Mal. Esa ideología arraiga en una gran parte de la población y son luego las familias los centros primarios de transmisión.
Desde ella se afirma o se da por supuesto un conjunto de verdades productoras de afectos, entre ellas las siguientes:
Vivimos en una democracia que se opone a dictadura y a falta de libertad. En ella la ley y el mercado (que es consustancial con la democracia y que junto con ella constituye el Sistema) determinan lo que debe ir legítimamente al bolsillo de cada cual.
Las leyes son elaboradas y promulgadas por los ciudadanos a través de representantes elegidos libremente y sólo comprometidos con el interés de sus votantes.
La patria es el hogar de todos los ciudadanos, todos hermanos dentro de ella: ricos y pobres unidos en la emoción por el gol que hace a la patria campeona del mundo.
La libertad de expresión exige el máximo respeto a los medios de comunicación privados, representantes de esa libertad frente a los medios públicos.
Salud, dinero y amor. La riqueza y el consumo son los bienes preferibles. El ideal: llegar a ser rico, muy rico, cuanto más rico mejor. Si alguien tiene suerte en los negocios puede ser rico sin límites, y eso no perjudica a nadie. Al contrario, beneficia a otros si el rico crea puestos de trabajo. Y cualquiera puede ser rico gracias a la lotería. ¡Atrévete a ser millonario! La admiración por los ricos de la lista de Forbes se estimula en todo momento.
La iniciativa del emprendedor se premia, el que no consigue nada es porque no lo intenta con fuerza suficiente. El pobre lo es porque no hace lo necesario para salir de la pobreza y nada tiene que reprochar al sistema. Y aun así no se le deja en la estacada, que para eso tenemos un Estado del Bienestar que nos coloca a la cabeza del mundo en el respeto a los Derechos Humanos. No hay más que pedir, si acaso procurar que ese Estado del Bienestar no se venga abajo.
Porque resulta que está en un peligro del que nadie es culpable: la globalización es algo que está ahí y no se puede ignorar, y a ella y a la revolución digital se achacan beneficios, pero también males inevitables. La precariedad laboral, los bajos salarios, la inseguridad de las políticas sociales, la necesidad de que cada cual se agencie sanidad, educación y pensión privadas, todo eso ha venido para quedarse y a ello hay que adaptarse.
En toda sociedad el conflicto es natural. Por encima está él interés de la ciudadanía, o de los españoles, un interés que condensa mil intereses distintos, pero conciliables mediante la negociación y el pacto.
Al tiempo que la ideología conservadora proclama estas verdades, condena perversiones sociales como el comunismo, ligado a dictadura, pobreza, ineficacia y crimen, el ateísmo, el antipatriotismo separatista. Y también el radicalismo de los que gritan mucho, quieren acabar con el sistema y no saben lo que se traen entre manos. Grecia nos muestra adónde llevan los antisistema radicales. Entre otras cosas a poner en peligro la propiedad que cada cual ha ido consiguiendo con el honrado trabajo: sus ahorros, su segunda vivienda.
A primer plano pasa el terrorismo cada vez que hay un atentado, relacionado con el Islam y con inmigrantes que vienen y van. ¿Cómo hay seres tan inhumanos y crueles, que asesinan indiscriminadamente sin posible justificación? Es necesario un poder fuerte que nos defienda de este peligro. Enfrente están quienes intentan explicar el terrorismo, que es lo mismo que justificarlo.

La campaña electoral como oportunidad frustrada
La palanca fundamental para el control social no violento consiste en la transmisión de esos significados y valores, y de otros de semejante sentido.
Por tanto, el esfuerzo por sustituir esos significados y valores por sus contrarios es una palanca imprescindible para la emancipación. Y no es fácil, pues se trata de significados y valores muy bien instalados en las mentes.
Este es el verdadero campo de batalla de la izquierda, el ideológico, no el electoral. Pues los resultados sólidos en este segundo serán consecuencia de lo conseguido en el primero.
Si la izquierda tuviera un programa de lucha ideológica utilizaría instrumentos específicos (Círculos, centros de investigación, enseñanza y difusión; escuelas y medios de comunicación) y aprovecharía las oportunidades (campañas electorales, oposición en el Parlamento).
No es momento de hablar de ese programa ni de por qué no existe, así que voy a limitarme a comentar la campaña electoral como oportunidad perdida.

La moderación ideológica
Reitero una crítica que ya expuse antes de las elecciones: los dirigentes de Podemos fueron primero víctimas de un entusiasmo juvenil que les llevó a euforias evitables, como repartir a destiempo puestos de gobierno, o a caer en excesos verbales que facilitaron que se acusara a Pablo Iglesias de arrogante, de mero buscador del poder, etc. El problema fue que para corregir este error se cayó en el contrario, el de vestir piel de cordero y presentarse con un conformismo inocuo, renunciando a la firmeza ideológica que hubiera sido de desear.
Ejemplos son: rehuir temas como Venezuela y Grecia (en lugar de atacarlos directamente para explicar la propia posición, única forma de desactivar los ataques oportunistas); las explicaciones de Iglesias sobre su comunismo, sus alabanzas a Zapatero, etc., cosas todas reveladoras del uso de tácticas electorales que entran en contradicción con una estrategia ideológica bien pensada. Añádase la introducción de temas inoportunos como el del peronismo, que añadieron confusión.
En otros momentos he disculpado la moderación ideológica de Podemos achacándola al temor a la reacción de los medios. Pero hay que añadir que esa moderación ha sido reveladora de poca consistencia teórica respecto al tema de la lucha ideológica y su importancia, pues ha resultado profundamente deseducativa (o si se prefiere, ha servido para afianzar significados conservadores).

Ocasiones perdidas
Se pueden decir muchas cosas obvias acerca de cómo abordar, para desactivarlo, cada uno de los significados que componen el Bien y el Mal conservador. Me limito aquí a estos puntos:
(a) El “no nos representan” y “la casta” son expresiones que pierden fuerza si no se asocian a una crítica a la “democracia” en que vivimos. De poco sirve hablar del IBEX 35 y de las puertas giratorias si se presenta todo esto como algo que puede cambiar si Podemos consigue el poder. Por el contrario, se trata de que la gente vaya sabiendo que los males políticos de nuestro país no son debidos a una perversión ocasional de estos o aquellos gobernantes, sino que forma parte de la estructura de la democracia burguesa desde su fundación, concebida como mecanismo legitimador del poder de una minoría sobre la sociedad entera. Tal mecanismo exigió primero privar del derecho de voto a los que carecían de propiedades (por la razón expresa de que, siendo mayoría, podrían votar contra la propiedad), derecho que se les concedió luego, cuando se comprobó que era fácil inducir la esclavitud voluntaria. Derecho que finalmente se revoca por la fuerza si los de abajo se muestran reacios a la sumisión (caso, entre muchos, de Grecia). Hay que explicar a la gente cuáles son los requisitos de la democracia, que en nuestra sociedad no se dan, entre otras cosas porque no deciden los votantes, sino los que controlan el dinero y los mercados. Es profundamente deseducador decir que la democracia española está suficientemente consolidada.
(b) No basta hablar de ricos y pobres si no se explica hasta qué punto la riqueza excesiva es un crimen y no algo loable y deseable, pues habiendo una relación causal entre riqueza y pobreza, y siendo la riqueza de un país la que es, si algunos pocos se llevan la mayor parte, sólo queda la parte menor para repartir entre los restantes. Todo lo cual exige denunciar la idea (realmente estúpida, pero asociada por la derecha a riqueza y libertad) de que es el mercado el que debe decidir cómo se reparte la riqueza de un país. Hay que afirmar, una y otra vez, que hasta que no haya una limitación a la riqueza privada la democracia no será posible.
(c) No tiene sentido apropiarse de la palabra “patria” si al mismo tiempo no se explica que la patria está por construir y que eso a lo que ahora se llama patria es una mentira con la que se disfraza la oposición de intereses irreconciliables, los de la minoría dominante y los de la mayoría dominada. No existen los derechos generales de los españoles (salvo a un nivel muy vago y nada conflictivo), sino intereses contrapuestos, los de estos frente a los de aquellos.
(d) Al presentar su adhesión al comunismo como una enfermedad juvenil, Iglesias ha desaprovechado la ocasión de explicar algo asimilable por una gran parte de la población: que la moral cristiana (despreciada de tantas formas por la Iglesia Católica y por muchos de sus fieles) coincide con la moral comunista, y que no hay nada tan opuesto al cristianismo como el carácter depredador de la economía capitalista. Se ha perdido una ocasión de explicar que izquierda, marxismo y comunismo son una apuesta por la realización de los ideales ilustrados: libertad, igualdad y fraternidad.

Es necesario exponer las verdades que ofenden y molestan a los conservadores
Si se va por la vida política tratando de no molestar, resultará que no se puede explicar el papel que en los males de nuestro país está jugando el poder financiero, especialmente el alemán y el americano y sus representantes políticos, no vaya a ser que los alemanes y los americanos se enfaden y tengamos luego que sufrir las represalias. Resultará que hay que ir a la base americana en Torrejón para mantener una ridícula entrevista con Obama de tres minutos, y luego quejarse de que no hubo tiempo de decirle nada.
Para no ofender al PSOE no se podrá insistir en que el escándalo de que los ricos y las grandes corporaciones apenas paguen impuestos se debe a las leyes fiscales que PP y PSOE (Zapatero incluido) han venido promulgando como servidores del poder económico, y a su falta de interés para perseguir el delito fiscal.
No se podrá proclamar que los impuestos indirectos son un crimen que se perpetra para ahorrar impuestos a los que más tienen (ya que atacar el IVA sería atacar a las Instituciones europeas, salir del Sistema, y exponerse a mil críticas).
Algo parecido a lo ocurrido en la campaña electoral ocurrirá en la oposición parlamentaria si se mantiene la estrategia de perfil bajo. Se perderá una ocasión de enfrentarse a la derecha en el terreno de la verdadera batalla.

Un mal uso de los medios
No ha sido buena la decisión de acudir a los medios privados cada vez que lo han reclamado en su propio beneficio, pues desde ciertos programas poca información relevante se puede enviar y sólo caer en la trivialidad que lo engulle todo, o en la ceremonia de la mentira que el formato de algunos programas facilita a los Marhuenda e Inda de turno. Acudiendo a esos programas sólo se ha conseguido legitimarlos y participar del confuso ruido que generan.
Pero peor ha sido oír a Iglesias echar flores a los medios de comunicación que estos no merecen, como si así se pudiera frenar su extrema agresividad, cuando la única defensa es ponerlos en evidencia explicando a su audiencia el por qué de esa agresividad. Se han perdido ocasiones de denunciar en los propios medios su sectarismo, consecuencia de la propiedad privada a cuyo servicio actúan. Es necesario que la gente sepa quienes son los propietarios y cómo ningún periodista contratado puede actuar contra los intereses de aquellos. Aprovechando que medios como los de PRISA se presentan como objetivos y modélicos, hubiera estado bien denunciar públicamente que a sus páginas de opinión y a sus tertulias sólo son invitados representantes del pensamiento conservador, solicitando participar en ellas para representar al pensamiento de izquierdas. Hecha pública denuncia y solicitud, la reacción de la empresa habría sido en todo caso ilustrativa.

SOBRE EL “QUÉ HACER” DE LA IZQUIERDA

Continúo lo escrito en la entrada anterior.

GANAR ELECCIONES: ¿PARA QUÉ?
Si se da a los partidos políticos un carácter instrumental, hay que tener claro el fin al que sirven de instrumento. La pregunta a la hora de concurrir a unas elecciones debe ser: conseguir votos ¿para qué?
En primer lugar parece razonable que las metas que se proponen, incluso aunque difíciles, sean accesibles (al menos contando con el apoyo activo de una mayoría).
Para un partido de izquierdas hay una meta final, por ahora inalcanzable y que por tanto no cabe proponer, pero que ha de servir como punto de referencia para metas de menos alcance. Esa meta última es una sociedad racional y justa, donde las personas sean ejemplares del tipo que hace posible la democracia, el descrito por Marx cuando habló del “hombre nuevo”.
Tal meta es por ahora inalcanzable porque ese tipo de persona tiene pocos ejemplares y la tarea de generalizarlo no es de un día para otro, ni siquiera de una generación para otra. Hay por tanto que fijarse metas intermedias y otras próximas, inaplazables, pero concebidas todas como estaciones en la ruta hacia la meta final (y por tanto hay que poder argumentar en qué medida acercan). Entre las inaplazables está la de socorrer de inmediato a los que están sufriendo la crisis desde la pobreza. Está luego la de deshacer las reformas contra la población que ha venido perpetrando la derecha. Se impone una contrarreforma laboral y otra educativa, una reforma fiscal, la recuperación de servicios públicos privatizados y medidas que democraticen la vida política. Y a partir de aquí ir avanzando todo cuanto se pueda hacia una distribución más equitativa de la riqueza social.
Pero todo ello tendrá corto recorrido si no se acomete la tarea principal, la de dar unos primeros pasos en el proceso de transformación de la población.

EL ENEMIGO NATURAL
Y es que hay que tener claro que una política progresista encontrará dos enemigos: el natural y el inducido.
El enemigo natural es la élite económica y las élites conservadoras que trabajan a su servicio (mediática, intelectual, funcionarial y política), convertido en una fuerza formidable y despiadada en parte por la desaparición del contrapoder que era la URSS y en parte por la claudicación de la izquierda.
La socialdemocracia se ha derechizado por diversas razones: pérdida de autonomía por su endeudamiento con la banca; incapacidad de resistir el chantaje al que se han lanzado los mercados; miedo a perder electores sometidos a la impresionante presión de los medios de comunicación privados; e interés de dirigentes comprados mediante privilegios, puertas giratorias, sobornos, etc. (vean, por ejemplo, la riqueza conseguida por el promotor de la tercera vía, Tony Blair, o lo bien que le van las puertas giratorias a González). Por razones en parte semejantes los partidos eurocomunistas han girado a su derecha para jugar un papel socialdemócrata con poco éxito: han perdido una gran parte de afiliados y votantes.
En todo caso la desvirtuación de estos partidos les ha impedido liderar con éxito la lucha por el mantenimiento y expansión de los derechos de la mayoría. Y así, libres las manos, la derecha europea lleva años recuperando lo que había tenido que ceder, el dinero con que se financia eso que llamamos Estado del Bienestar.
Pero la izquierda no sólo tiene que enfrentarse a la enorme fuerza de ese enemigo natural. Como se comprueba en las sucesivas elecciones, su propuesta choca también con la voluntad de muchos que, perteneciendo a la mayoría perjudicada, votan a los representantes de la minoría que los perjudica. Y es que el poder económico no se engaña respecto a sus intereses, pero mucha gente de abajo sí. Pues aunque cada persona tiene una idea acerca de sus intereses, no todos los intereses subjetivos están asentados en razones objetivas.

LA BATALLA IDEOLÓGICA
Llegamos así a una cuestión crucial de la que la izquierda integrada en el sistema se ha venido despreocupando en las discusiones teóricas y en los programas electorales. Me refiero a su actividad en el espacio semántico. Ha creído que la batalla contra la derecha es electoral, ignorando que es sobre todo ideológica. No ha sabido entregar a la población, en forma comprensible, el conocimiento necesario para que se libere de los valores e ideas que la derecha ha venido inculcando sin descanso. O seguramente más exacto: no se ha atrevido. Y así le ha ido.
Hay que partir de una idea que choca con el saber común y que se debería enseñar en las escuelas: que las personas no nacen, sino que se fabrican. La gente no es como es por nacimiento, sino por cómo ha sido fabricada socialmente. La sociedad es, antes que nada, una ingente fábrica de personas en los espacios biológico y cultural: se engendran niños y estos se hacen personas al aprender la lengua de su grupo, que no es sólo capacidad para decir y entender expresiones. La lengua materna es sobre todo un sistema de conexiones cerebrales entre las palabras por una parte, y las percepciones, afectos y acciones por otra. El aprendizaje va haciendo que palabras como libertad, democracia, dictadura, riqueza, pobreza, éxito, fracaso, placer, dolor, deber…, junto a calificaciones como posible, probable e imposible, causa y efecto, bueno y malo, verdadero y falso, peligroso e inofensivo, premio y castigo, y sus derivadas, vayan relacionándose en cada mente con otras muchas expresiones, experiencias y situaciones, sean vividas o imaginarias, y configurando así la subjetividad de las personas: su alma.
En las sociedades elitistas la minoría dominante controla la fábrica de esas conexiones mediante planes de estudio, medios de comunicación y un ejército de comunicadores, publicitarios y expertos cargados de títulos. Y la población inerme, colocada día tras día, a lo largo de toda su vida, delante de televisores, radios, púlpitos y periódicos, es incapaz de captar la mentira por debajo de las tonalidades dignas, severas, impresionantes, de la legión de embusteros.
El resultado de la desigual batalla ideológica (porque la izquierda no ha comparecido) ha sido la consolidación, en una gran parte de la población, de una ideología en la que prosperan “ideas fuerza” elementales, pero muy efectivas: el comunismo es algo siniestro; el capitalismo no tiene alternativa; es el único sistema compatible con la libertad y la democracia, y el único que crea riqueza; crear riqueza es el paso previo para luego repartirla; los enemigos del capitalismo pretenden volver al estalinismo (dictadura sangrienta) y a la ineficacia económica (colas, racionamiento), y propugnan unas políticas que volverán a hundir al país en la crisis; de ella estamos saliendo gracias a las inteligentes políticas de la derecha; los modelos de la izquierda son Cuba, Venezuela o Corea del Norte; lo más deseable es el dinero; subir impuestos es malo, bajar impuestos es bueno; el Estado debe reducirse y no interferir con la libertad individual; lo público funciona peor que lo privado… Etcétera.
Los charlatanes adalides de la derecha están capacitados para decir todo esto sin que se les mueva un músculo de la cara.
A su lado hay otros más dignos, que critican el aumento de la desigualdad y el deterioro de la democracia, pero sin condenar la causa: el capitalismo. Parecen movidos por una impecable tensión ética, pero son los más peligrosos, porque son los más fiables. También ellos están dedicados a la mentira persistente, y no porque no digan algunas verdades, que las dicen, sino porque, al no abordar la verdad básica, pierden el contexto y sus verdades dejan de serlo.
El efecto de la ideología conservadora es promover en la población ignorancia, egoísmo y miedo, que actúan entrelazados y reforzándose.
Dado que una mayoría que supiera lo suficiente no se dejaría dominar y explotar con engaño, la ignorancia es imprescindible para que el sistema elitista subsista. La ignorancia se relaciona con el miedo porque hace percibir peligros allí donde los señalan “los que saben”. El egoísmo es con mucha frecuencia producto del miedo (a perder lo que se tiene, o a que te lo arrebaten otros, o a no conseguir lo que se desea) y resulta funcional como obstáculo a movimientos sociales solidarios que podrían desembocar en una política popular.

LA TAREA BÁSICA DE LA IZQUIERDA
Por ello muchos de los que votan a los conservadores no son necesariamente personas sin sentimientos de empatía y solidaridad. Pueden ser benévolos y altruistas en su medio privado, y también lo serían en el público si supieran lo suficiente, porque entonces no se dejarían seducir o asustar con mentiras.
Así que, dada la implacable oposición del enemigo natural a toda política razonable, una tarea de la izquierda, la básica, de la que dependen otras que se pueda proponer, es la lucha contra la ignorancia y el miedo que hace que muchos sean enemigos cuando por sus intereses objetivos deberían ser aliados. Sobre todo teniendo en cuenta que van a ser muy necesarios como aliados.
Esto no se puede conseguir de la noche a la mañana, pero desde el primer día hay que recuperar algo del mucho tiempo perdido. Si llega al poder una nueva izquierda tiene varias vías por las que avanzar:
Una es la pedagogía en que consiste el ejercicio del poder político si es honrado y valiente, y además transparente, consistiendo esto último sobre todo en mostrar las dificultades y oposiciones que encontrarán a cada paso las decisiones que no gusten al capital, por racionales y justas que sean. Seguro que los griegos han aprendido más sobre el sistema político mundial en estos últimos meses que durante siglos.
Otra vía es la mejora del sistema educativo, incorporando a él en primer plano los conocimientos que tienen que ver con el individuo, la sociedad y su relación. ¿Cómo es posible que nuestros jóvenes salgan de la educación obligatoria sin noticia de los argumentos de la izquierda (los de la derecha son el aire que se respira) acerca de la economía de mercado y del sistema capitalista que sobre ella se sustenta, e ignorando las formas en que el sistema social afecta a la psicología individual?
Finalmente, hay que disponer de medios de comunicación que no pertenezcan al capital y que puedan contrarrestar el demoledor efecto de los medios privados.
Esta es tarea que la izquierda no ha sabido acometer, pese a contar con la fuerza que proporciona la verdad cuando se sabe exponer. Últimamente La Tuerka ha ido en esta línea, y ha tenido su efecto, pero claro, es muy poco respecto a lo que hace falta. Encontramos también análisis interesantes en alguna prensa y actividad cultural, como las de Unificación Comunista de España, pero de escasa difusión y lastradas por el carácter partidario.
Si se consigue el poder es mucho más lo que se puede hacer en la imprescindible necesidad de equilibrar el espacio ideológico, hasta ahora prácticamente monopolizado por la derecha. Hay que facilitar que llegue a todas partes la voz de comunicadores y expertos progresistas que sepan reivindicar con los mejores argumentos, frente al ejército conservador, tres ideas: que las llamadas democracias son en realidad plutocracias que dominan y explotan (y por cuya irracionalidad e injusticia todos somos perjudicados en aspectos básicos, no sólo económicos); que cabe remedio a todo esto, pero no, como ha creído la socialdemocracia, sin alterar la lógica del capitalismo; y que para alterar esa lógica hay que poner un límite razonable a la riqueza privada. Si la gente va oyendo estas ideas y las muy buenas razones que las sustentan se habrá ganado mucho. En otro caso todo seguirá igual o muy parecido.

UN PARTIDO REALMENTE NUEVO DEBE SER APARTIDISTA
Que entren en liza las sanas ideas de la izquierda no quiere decir que se adoctrine imponiéndolas e impidiendo la defensa de las contrarias. Para esta tarea estorba todo lo que sea partidismo, o catecismo, o argumentario elaborado para el día a día. Hay que dejar paso a la capacidad de arriesgar, a la inteligencia libre y crítica, al afán de aprender de muchos, a la capacidad de enseñar de quien la tenga, a fin de que se provoque la emergencia de esos fondos de sentido común y bonhomía que en muchos permanecen encerrados en el espacio privado y sin influencia en sus preferencias políticas. Un partido aceptable no puede ser una fuente de dogmas, sino un receptor de discusiones y propuestas, y un expositor de ideas, dificultades y alternativas para nuevas discusiones y propuestas. De forma que, cuando el partido actúe, cuente con el apoyo comprometido de los muchos que han tenido algo que ver en la toma de decisiones.
Y esto se debe conseguir con una organización flexible. Aunque en algún momento parezca que se pierde eficacia si se cede en la rigidez vertical, en realidad se gana si miramos hacia adelante. Generosidad e inteligencia son dos cualidades que deberían distinguir a los dirigentes.

UNA NOTA DE ESTILO
En esta y en la entrada anterior he hablado de embusteros y sinvergüenzas. Por más que uno intente ser objetivo, apelar a razones y eludir las descalificaciones y las frases ofensivas, hay cosas a las que debemos llamar por su nombre. Por ejemplo, a la minoría controladora del capital hay que llamarla dominadora y explotadora, puesto que domina y explota, Marx está más vivo que nunca. Llamar criminal a la derecha neoliberal que hoy domina el mundo es redundante si conocemos su programa. Esa derecha es un consorcio de criminales descarados. Pues ¿de qué otra manera podemos llamar a quienes, disponiendo de gran parte de la riqueza mundial, imponen decisiones económicas que les benefician, pero que causan grandes sufrimientos y acortamiento de la vida a millones de personas (por caída en la pobreza, inseguridad, desatención sanitaria, desnutrición, angustia, suicidios) y daños irreversibles a los muchos niños que viven en hogares sin recursos?
Es lamentable tener que utilizar ciertos adjetivos, pero los impone el simple afán descriptivo. Vean ahí a los del Fondo Monetario Internacional (del que, no lo olvidemos, fue director gerente el delincuente Rato), alabando la política de Rajoy, sin tener para nada en cuenta los millones de personas a los que esa política ha arrojado a la pobreza, a los que ha privado de derechos laborales elementales y por tanto de su dignidad y seguridad, y a los que ha recortado prestaciones sanitarias y educativas. Los representantes de esa institución se pasean por el mundo como personajes, cuando deberían estar perseguidos por la justicia y encarcelados. Sin ir más lejos por sus últimas recomendaciones a España: que se abarate aún más el despido, que se suba el IVA de los bienes de primera necesidad y que aumenten los recortes en educación y sanidad. ¿Se le ha ocurrido al FMI recomendar que se aumenten los impuestos a los ricos? Pues claro que no. Y hay gente que da mucho valor a sus felicitaciones, cuando deberían llenar de sonrojo, porque, viniendo de donde vienen, son prueba de que se va por el peor camino.

SOBRE LA UNIDAD DE LA IZQUIERDA Y OTRAS CUESTIONES

Las últimas elecciones y las negociaciones entre partidos para establecer mayorías vienen dando mucho que hablar. Se me ocurren estos comentarios:

EL ELECTORADO NO PUEDE ENVIAR MENSAJES
Es un lugar común, falso, que el electorado ha decidido esto o aquello, que ha enviado este o aquel mensaje. El electorado no es un sujeto que tome decisiones o se comunique con la clase política. Es un mero conjunto de votantes y cada votante sólo decide una cosa, el sentido de su voto. Quien vota a un partido carece de idea acerca del resultado final y por lo general lo que desea es que su partido consiga el mejor resultado, la mayoría absoluta si es posible. De manera que es falso que la sociedad haya decidido el fin de las mayorías absolutas o una política de pactos. Eso ha sido el resultado de voluntades que en su mayoría no querían eso, sino un resultado diferente. Lo que sí es cierto es que muchos votantes han abandonado al PP y al PSOE y han optado por partidos nuevos, y esto ha de tomarse no como un mensaje, sino como un hecho interpretable. El supuesto mensaje lo fabrica cada político al analizar los resultados.
Por lo demás utilizar, como hace un editorial de El País, la frase “aspiraciones expresadas por la sociedad” no deja de ser un camelo. Algunos parecen creer que las sociedades (por ejemplo, la griega, la española, la europea) son, al igual que los electorados, entidades unitarias, sujetos de gran formato. Se intenta así, por ejemplo, contraponer Grecia a Europa, como si hubiera un conflicto entre esas dos entidades, una insensata, Grecia, y otra razonable, Europa. En realidad negocian por una parte no Grecia, sino un gobierno griego que trata de recuperar la dignidad del país y salir del desastre social a que lo han llevado los sinvergüenzas de dentro y de fuera, y por otra parte no Europa, sino las instituciones europeas y mundiales controladas por la derecha neoliberal.
Una sociedad elitista no es un sujeto, sino un campo de batalla. Poco tienen que ver las aspiraciones de un votante de derechas con las de un votante de izquierdas, salvo que son contrarias. Mayor desigualdad significa mayor beneficio para los menos, mayor perjuicio para los más, y son los menos, no los más, quienes deciden. Por eso la desigualdad aumenta.

PRIMER EFECTO INTERESANTE
La irrupción de Podemos ya ha tenido un efecto: el corrimiento de otros partidos hacia la izquierda. Ha conseguido que el PSOE recuerde que es socialdemócrata (lo olvidó muy pronto), y que IU recuerde que lleva dentro un partido comunista (durante muchos años ha ocultado o disimulado el anticapitalismo como si fuera un secreto de familia vergonzoso).
Esperemos que lo ocurrido en Grecia y España tenga también alguna influencia en las dormidas poblaciones y en las derechizadas socialdemocracias europeas.

PODEMOS NO GUSTA A LA GENTE DEL DINERO
La gente del dinero (oigan a representantes de la banca) está alarmada por el éxito de Podemos y sobre todo por lo que ese éxito pueda dar de sí más adelante, que más adelante hay más, relacionado ya con el Parlamento y el gobierno de la nación. Si se hiciera caso a algunos representantes políticos del dinero resultaría que Podemos tiene dentro las maldades del estalinismo, del nazismo e incluso del Estado Islámico, y además poderes inconmensurables, tanto como para acabar con la democracia europea. Altos dirigentes del PP ya han hecho saber al PSOE que pactar con Podemos es un signo de radicalismo inaceptable, una traición al sistema que nos hemos dado los españoles. Hasta la derecha venezolana se toma la molestia de advertirnos del gran riesgo que corremos.
Claro que así hacen un favor a Podemos, porque dejan claro que, hoy por hoy (mañana ya se verá), votar a ese partido es lo correcto si no se quiere ser cómplice del estropicio que los viejos partidos han ocasionado.
Dicen algunos, en réplica a los dirigentes del PP, que lo que de verdad daña a la democracia es la corrupción. Pero habría que matizar: la corrupción daña a la democracia si esta existe. Lo que no existe no puede ser dañado. Y resulta que los dos grandes partidos han venido impidiendo la democracia al legislar y gobernar sometidos al poder económico y a su servicio.
Desde su punto de vista tienen razón cuando nos dicen ahora que Podemos, que no está controlado por el poder económico, es un peligro para la democracia. Para su “democracia”. Felipe González no quiere ni espera que se cambie el régimen por una aventura alternativa. Llama régimen a un tinglado político diseñado para legislar y actuar al servicio del capital, y a salir de ese régimen lo llama aventura (en sentido peyorativo).

AL MISMO TIEMPO SE DICE QUE TODOS SON IGUALES
Pero por otra parte, cuando conviene, se afirma lo contrario: en tertulias y análisis de periodistas y especialistas con muchas ínfulas se ha venido llegando a la conclusión de que Podemos es como los viejos partidos y actúa igual que ellos. Por ejemplo: Pablo Iglesias se ha reunido con Pedro Sánchez en un reservado de un hotel. Escándalo. ¿Acaso no condenaba Iglesias la política que se hace en reservados? Así funciona la cabeza de esta gente. Toman una frase al pie de la letra y de ahí derivan un mundo. Ninguna política ha hecho todavía Podemos en ningún reservado. Es que todavía no ha hecho ninguna política. Vuelvo a decir: esperemos para criticar a que haya motivo. Y no son todos iguales. Si lo fueran, los del dinero no estarían alarmados. A los del dinero para nada les alarman los viejos partidos y, claro está, tampoco, o menos, Ciudadanos.
Lo que ha de distinguir a la nueva de la vieja política no es si unos y otros se reúnen aquí o allí, si hablan con estos o con aquellos, si cambian cromos o hacen estos o aquellos pactos, sino cómo legislan por relación con el reparto de la riqueza. ¿Legislan al dictado del capital? Vieja política. ¿Legislan al servicio de la mayoría? Nueva política. Esperemos a ver.

¿PARTIDOS O MOVIMIENTOS SOCIALES?
A Manuela Carmena no le gustan los líderes, pero, mal que le pese, ella es una líder. Alguien es líder porque los demás lo deciden. La cuestión es cómo se ejerce el liderazgo, si como autócrata o como ciudadano que atrae y arrastra por la verdad de sus ideas y la ética de su comportamiento.
Carmena cree que un gran error del movimiento 15M es que haya decidido consolidarse en un partido. Ella aboga por la forma de movimiento-partido con menos estructura vertical y pegada a la calle y a los movimientos sociales.
La forma de actuar de los viejos partidos no es aceptable, y sin embargo algún tipo de organización deben darse los movimientos sociales si quieren tener efecto duradero. La tendencia anarquista es muy tentadora, pero sólo podrá tener éxito cuando la población sea muy distinta a la de hoy. Por eso es compatible desestimar el comportamiento de los partidos tradicionales y crear uno con la determinación de que no caiga en los vicios de ellos.
Esto requiere, a mi juicio, dos condiciones básicas a las que me he referido en otras ocasiones: por una parte mantener activa la conexión con los movimientos sociales de los que ha surgido el partido, de manera que esos movimientos controlen la actividad partidaria, puedan en todo momento revocar los cargos en las instituciones, decidan la línea política y apoyen su ejecución con toda la fuerza que sin duda será necesaria. Por otra parte, que el paso por los cargos sea temporal. Ya sabemos que si un líder tiene un gran tirón electoral puede ceder a la tentación de decir “yo o el fracaso”, y convertirse en líder carismático por encima del partido, poniéndolo al servicio de sus ideas o caprichos. Es lo que hicieron González, Aznar y Zapatero. En un partido dependiente de un movimiento social esta deriva es más difícil. Pero podría ocurrir que entre la gente de ese movimiento resultara demasiado atractiva la idea de ganar elecciones, y que entonces no tuviera inconveniente en soportar un líder autócrata con tal de que su gran tirón electoral mantuviera al partido en el poder. He aquí el peligro más grande, algo a evitar incluso a costa de perder votos y poder.
En cualquier caso conviene recordar que la influencia sobre los electores se puede ejercer aunque no se tenga cargo alguno. Monedero ha renunciado a su cargo y sigue trabajando para Podemos y puede participar en campañas electorales. De manera que disponer de normas que impidan que alguien se perpetúe en cargos (ahora uno, luego otro, etc.) no es dilapidar ningún activo, al contrario, es aumentarlo con una buena práctica que, a la larga, será recompensada.

LA UNIDAD DE LA IZQUIERDA
Podemos ha tenido mejores resultados, con gran diferencia, donde no ha ido con su nombre, sino integrado en agrupaciones electorales de izquierda.
¿Avala este hecho la estrategia de que ese partido vaya a las elecciones generales integrado en agrupaciones electorales frente a la estrategia de que vaya con su propio nombre? Apoyándose en un acuerdo tomado antes de las últimas elecciones la dirección advierte a Izquierda Unida de que irá a las generales con su nombre y logo, y que descarta todo proyecto de convergencia que suponga una disolución de sus siglas o un giro en su “hoja de ruta”. Sergio Pascual ha usado en esa advertencia la expresión “con total rotundidad”, desagradable y propia de otra clase de gente. Supeditar el proceso de confluencia a que los electores encuentren la papeleta y el logo de Podemos en los colegios electorales parece conceder al partido una sacralidad inútil. Exigir a otros que, si quieren la unidad de la izquierda, salgan de sus partidos y se presenten a las primarias de Podemos, equivale a boicotear con mal estilo la unidad de la izquierda que tanta gente desea. Parece más sensata la actitud de IU, dispuesta a renunciar a sus siglas en las papeletas en beneficio de esa unidad, actitud compartida por un importante grupo de dirigentes de Podemos que ha firmado un manifiesto en ese sentido.
Este es un asunto importante, por sí mismo pero sobre todo como síntoma, y merece una reflexión colectiva y una nueva toma de decisiones a la vista de los hechos sobrevenidos.
Los partidos deben tener carácter instrumental y por ello no debería ser importante si se conservan o no siglas y logos, o bajo qué nombre se presenta cada organización. Lo cierto es que, si se tiene en cuenta que unida toda la izquierda puede ganar las elecciones y que en otro caso se perderán muchos miles de votos (dado un sistema electoral ideado para primar escandalosamente a los dos primeros), sobran los partidismos y los personalismos. ¿Es irrenunciable que pertenezca a Podemos el candidato de izquierdas a presidente de gobierno? Lo que interesa es que sea persona competente y comprometida con los valores y propósitos de la izquierda. Y sería un detalle coherente con esos valores y propósitos ceder esa candidatura, si mereciera la pena, pudiendo ostentarla.