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PASEN Y VEAN, ELECCIONES AMERICANAS

Andan los medios de comunicación embobados con las elecciones de EE. UU., periodistas y comentaristas mostrando, como señal de distinción, que conocen al dedillo el innumerable detalle de esas elecciones. Que si Florida, que si Georgia, que si los compromisarios, que si el voto popular, que si el Congreso, que si por fin una mujer en la vicepresidencia, que si la primera dama (así la siguen llamando), que si el segundo caballero (no tienen más remedio que llamar así al marido de la vicepresidenta). Eso sí, ninguna referencia a lo que está por debajo de las apariencias.

Seguimos bien representados por aquellos pueblerinos paletos que se quedaban con la boca abierta cuando alguien que había viajado a Madrid venía a contarles lo grande que era la Gran Vía y lo desnudas que salían las coristas de la revista musical. Somos un país subordinado política y culturalmente.

El interés por lo que pasa en EE. UU. se justifica bajo el supuesto de que sus elecciones, en las que no participamos, deciden nuestro futuro. Eso significaría que no somos dueños de nuestro futuro. Y es cierto, pero no por el resultado de las elecciones americanas, sino porque pertenecemos al bloque capitalista, en cuya política económica tiene decisiva importancia la oligarquía americana no importa quien gane las elecciones.

Muchos politólogos, expertos y comunicadores se esfuerzan en presentar esas elecciones como la gran “fiesta de la democracia” y dan por buena la afirmación de Joe Biden de que “el sistema de gobierno estadounidense ha mostrado, durante 240 años, su ejemplaridad, despertando la envidia de todo el mundo.”

N. Chomsky se ha cansado de demostrar, con apoyo en numerosa documentación, que la Constitución americana fue intrínsecamente un texto legal aristocrático «pensado para refrenar las tendencias democráticas de la época». Esto es, para entregar el poder a los «buenos» y excluir a quienes no fueran ricos, bien nacidos ni prominentes por haber ejercido el poder político (Lance Banning). James Madison, cuarto presidente americano y reconocido padre de la Constitución, dejó bien sentado que la primera responsabilidad del gobierno es «proteger la minoría de los opulentos frente a la mayoría», principio que ha guiado al sistema político americano desde sus orígenes hasta hoy.

Se puede decir lo mismo de las restantes democracias, que tomaron a la americana como modelo. Hay muy fuertes argumentos para afirmar no sólo que no conocemos la democracia en los países capitalistas, sino que capitalismo y democracia son incompatibles (ver No cabe democracia en el capitalismo). Es por ello sorprendente que intelectuales y políticos de izquierda no denuncien la mentira cada vez que alguien se refiere a las “democracias liberales” como si existieran.

Volviendo a EE. UU., su sistema electoral es el encaje de bolillos que hicieron los teóricos al servicio de los estadounidenses blancos y ricos para que el poder no se les fuera nunca de las manos. En efecto:

-El presidente no es elegido directamente por los ciudadanos, sino indirectamente por compromisarios.

-Un sistema electoral mayoritario da todos los compromisarios de cada Estado al partido que ha sacado más votos. Todos los votos que ha sacado el partido perdedor carecen de efectos.

-Se eligen dos senadores por Estado no importa su población.

-Se necesitan enormes recursos económicos para montar una campaña electoral exitosa.

-Para votar hay que cumplir condiciones que no son fáciles para todos. En siete Estados hay que gastar dinero en una identificación con una foto emitida por el Gobierno. En otros es obligatorio registrarse semanas antes de los comicios.

Se conocen de sobra los efectos de estos rasgos:

-Con el sistema mayoritario en la elección de compromisarios pierde toda posibilidad de alcanzar el poder todo partido aparte de los dos mayoritarios, uno de derecha y otro de extrema derecha.

-El sistema indirecto de compromisarios evita el peligro de que los ciudadanos, si votaran directamente al presidente, pudieran escapar al control de los dos partidos mayoritarios.

-Conceder a cada Estado dos senadores hace que los casi 40 millones de californianos tengan la misma representación que el medio millón de Wyoming, premiando así de manera descomunal a la población rural, más conservadora, en perjuicio de la urbana, más culta y progresista.

-Las dificultades para votar apartan del voto a millones de ciudadanos de bajo nivel económico y cultural.

-La necesidad de grandes sumas de dinero para montar una campaña electoral impide que puedan tener éxito en primarias quienes no gocen del apoyo del capital, no sólo porque no podrán publicitar su oferta con éxito, sino porque no podrán soportar la enorme embestida de los medios.

-Por si quedara algún cabo suelto, los dos partidos mayoritarios, a través del Presidente y del Senado, eligen a los jueces federales, entre ellos los de la Corte Suprema.

La conclusión es que el diseño de la democracia americana, antidemocrático hasta unos extremos que llegan al más impresionante descaro, sirve a un propósito que en ningún momento se quiso disimular. Todo quedó atado y bien atado. La mayoría de damnificados por el capitalismo sólo tiene dos opciones: o no votar, o votar a partidos que defienden los intereses de los ricos. ¡Oh democracia ejemplar, que despierta la envidia de todo el mundo!

EE. UU. no es ya el país más poderoso

Una de las tonterías que se han oído y leído ad nauseam estos días es que EE. UU. es el país más poderoso del mundo y su presidente la persona más poderosa de la tierra.

EE. UU. venía siendo el país más poderoso del mundo desde que cayó la URSS, pero ha dejado de serlo por varias causas:

Por una parte erró el camino cuando su oligarquía, cegada por la avaricia, optó por la política neoliberal e impuso al resto del mundo capitalista un desmantelamiento del Estado de Bienestar y de las regulaciones del mercado, así como una brutal bajada de impuestos a los ricos. Ello ha originado unas desigualdades tan inaceptables que la estabilidad del mundo capitalista está en peligro y ha emergido a la superficie la idea que se ha querido tener siempre bien enterrada: que nuestras alabadas democracias son en realidad plutocracias criminales.

La desregulación ha originado además la Gran Crisis, que ha reafirmado de manera dramática la idea marxista de que una economía entregada a la irracionalidad del mercado cae cíclicamente en crisis que ocasionan pérdidas empresariales y humanas inasumibles.

Finalmente, China ha emergido como gran potencia a una velocidad inesperada, en parte precisamente porque mantiene al mercado bajo control y diseña una política que consigue una razonable distribución de la riqueza. Ahora acaba de firmar un tratado de comercio (el RCEP) con 15 países de Asia-Pacífico que representan un tercio de la economía global y 2.300 millones de personas, ocupando así el espacio que EE. UU. dejó libre al abandonar Trump el proyecto alternativo liderado por Obama, el Tratado de Comercio Transpacífico (TPP).

Es necio seguir diciendo que EE. UU. es el país más poderoso del mundo. Del mundo capitalista sí, pero ese mundo es sólo una parte del mundo.

Los imperios terminan cayendo y hay muchos indicios de que a EE. UU. le está llegando la hora. Sus dirigentes tal vez sólo puedan aplazar la caída o disminuir sus efectos catastróficos, pero la perspectiva es muy inquietante. La URSS cayó tranquilamente, sin que ocurrieran hecatombes sociales, pero desafortunadamente no sirve de precedente, porque la clase dominante de la URSS era burocrática, no era la dueña del dinero, y muchos de los miembros de esa clase dominante se alegraron del cambio, porque se hicieron ricos repartiéndose las propiedades del Estado soviético. En cambio la clase dominante estadounidense es dueña del dinero y del poder, y antes que resignarse a perderlos estará dispuesta a cualquier cosa. No olvidemos que, al servicio de los plutócratas americanos hay un poderosísimo ejército con presencia en todos los mares y con bases militares en innumerables sitios estratégicos, en España por ejemplo. ¡Que haya suerte!

El presidente de EE. UU. no es el hombre más poderoso de la tierra

Esta afirmación bobalicona no era verdad ni siquiera cuando EE. UU. era el país más poderoso del mundo. La realidad es que en Estados Unidos el presidente es un instrumento con un espacio de iniciativa muy limitado. Diga lo que diga en periodo electoral y pertenezca al partido a que pertenezca, una vez presidente tiene que realizar la política que los círculos de poder económico consideren necesaria. En cuestiones que para el capital son secundarias puede tratar de imprimir algún rasgo personal, pero poco han podido distinguirse Clinton, los Bush, Obama o Trump en cuestiones económicas, de política internacional y de seguridad nacional.

Algunos han descubierto ahora que en EE. UU. los grandes grupos de comunicación y las empresas tecnológicas de las redes sociales tienen más poder que el presidente, porque cortan sus intervenciones, deciden lo que es verdad o es mentira y certifican los resultados de las elecciones.

Siempre está bien abrir los ojos, pero conviene abrirlos del todo. No hacía falta esperar a estas elecciones para saber que hay en EE. UU. un poder que está por encima del Presidente y de las instituciones del Estado. Pero ese poder no es el de los medios de comunicación, meros instrumentos, sino el poder del capital, que es a su vez el que controla a los medios de comunicación. Es su propietario.

Esto que ya estaba claro hace tiempo para los marxistas, no lo está hoy para muchos ilustres intelectuales, y uno se pregunta ingenuamente: ¿qué será lo que les impide ver?

Trump o Biden, da igual

En el debe de Trump se coloca su desprecio a las evidencias científicas sobre el cambio climático o la pandemia, su apoyo al supremacismo blanco y al racismo, su machismo burdo, la defensa violenta de sus ideas o caprichos, su talante autoritario, su inconcebible estupidez. En su haber se reconoce que ha sido el único presidente en varias décadas que no ha iniciado una guerra.

Biden ha sido vicepresidente del gobierno de Obama que desestabilizó Oriente Medio, bombardeó Siria, destruyó Libia, promovió un golpe de estado en Honduras, tiene el récord de deportaciones entre todos los presidentes estadounidenses y mantuvo la prisión de Guantánamo pese a su promesa electoral.

En todo caso, tanto si sigue Trump en la presidencia como si es sustituido por Biden las principales preocupaciones de la oligarquía estadounidense seguirán siendo las mismas.

También Biden exigirá que Europa aumente su esfuerzo defensivo en la OTAN para que EE. UU. pueda concentrar su esfuerzo en contrarrestar la expansión china. Objetivo principal de supervivencia: cercar a China y conseguir que Europa y otros países subordinados secunden esa política.

Se espera de Biden que abandone el aislacionismo de Trump y que vuelva a la Organización Mundial de la Salud, al acuerdo antinuclear y al acuerdo de París sobre la crisis climática. Pero Biden seguirá tan proteccionista de los productos norteamericanos como lo ha sido Trump (América primero). Y es que, así como en otro tiempo la economía del país exigía la mundialización, ahora esa economía, en decadencia, con sectores cada vez menos competitivos, exige proteccionismo.

Biden seguirá oponiéndose con todos sus recursos a cualquier intento de democratización o progresismo en el mundo capitalista y, si las sanciones económicas no son suficientes, llevará la violencia allí donde haga falta, incluso de manera unilateral. Que es lo que EE. UU. ha venido haciendo desde que tuvo poder para hacerlo (y ni siquiera lo ha ocultado en declaraciones de sus líderes).

Trump no gusta porque es el verdadero representante del sistema

Resulta interesante explicar por qué, si sus políticas han de ser tan parecidas, Trump, a diferencia de Biden, despierta tanta animadversión entre la gente bien educada. Y es porque representa muy a las claras la catadura del capitalismo, esa catadura que se pretende ocultar a toda costa.

Conviene no olvidar una de las principales enseñanzas del marxismo, ahora más actual que nunca: para que una élite explote pacíficamente a una mayoría social es preciso que tengan éxito procesos de adoctrinamiento, servidos por un impresionante aparato de fabricación de significados.

Pero la actividad de ese aparato no es uniforme, sino que se diversifica en atención a los distintos grupos sociales a los que se dirige.

Entre las masas con menos estudios tiene éxito un acoso ideológico elemental, en el que abunda la mentira burda y el señalamiento de falsos culpables como chivos expiatorios del odio producido por el resentimiento. Ahí tenemos a los Trump, Bolsonaro, Casado y Abascal entre los líderes políticos, y a comunicadores como los Inda de los medios amarillistas.

Pero hay una parte de la población con mayor desarrollo ético e intelectual que rechaza esta forma ideológica y requiere otra que se adapte a sus cualidades. Para esta segunda sirven los políticos presentables y los generadores de opinión cuya representación paradigmática en España es la legión de Prisa (El País y la SER). Los profesores universitarios y comunicadores que acuden a sus tertulias o publican en su periódico no representan lo que el sistema es sino lo que pretende ser. Son los artífices del disfraz. Su papel consiste en ofrecer una imagen de confianza moral y desde ella evaluar la actualidad y criticar excesos, pero legitimando el sistema, sea explícitamente, sea a base de no mencionarlo. En sus críticas se abordan efectos superficiales de una causa que nunca se nombra, y jamás se presenta la democracia liberal como un disfraz.

Ahora bien, puesto que la mentira, el autoritarismo y la falta de empatía son marcas del capitalismo, éste queda mejor representado por individuos como Trump que por individuos como Biden.

Y por ello los que tienen mayor desarrollo moral e intelectual abominan de Trump, porque deja a la vista lo que es preciso disimular.

Un ejemplo de defensa del Sistema disfrazada de autocrítica

Como cada mañana, desciende de los cielos Iñaki Gabilondo ante una arrobada Àngels Barceló, esta vez para hacer una reflexión autocrítica: 

Ni en el año 2016 supimos adivinar la victoria de Trump ni este año hemos sabido medir su resistencia. Y es que no estamos aprendiendo porque nos está nublando la vista una actitud de superioridad moral que no acierta a bajar de las nubes y sobre la cual hemos de reflexionar seriamente. […] En vez de dedicar tanto tiempo a ridiculizar a los populismos, lo tendríamos que dedicar a mirarnos en el espejo y a comprobar que estamos cochambrosos. La figura de la democracia tradicional de este mundo está quedándose cochambrosa… [….] En cualquier caso, la victoria de Biden representa una nueva oportunidad para que los moderados de Occidente —sean progresistas o conservadores— ofrezcan soluciones eficaces a los legítimos anhelos e inquietudes de tantos ciudadanos que se han visto defraudados por la gestión de sus dirigentes en las últimas décadas, y que decidieron optar por propuestas radicales, nacionalistas y populistas. Muchos se han sentido abandonados por una globalización que ha sacado de la pobreza a cientos de millones en otras partes del mundo, pero que ha causado graves daños en Occidente. Este fenómeno ha alimentado una decepción y una pérdida de fe que minan nuestras democracias. De ahí han brotado el Brexit, la fuerza de Matteo Salvini y otras experiencias políticas radicales. Hoy empieza una nueva era con un cambio profundo en la mayor potencia global. No debe desaprovecharse.”

Esta autocrítica, que parece moralmente ejemplar, se sostiene sobre las siguientes ideas falsas:

Que vivimos en una democracia que está débil por la decepción y la pérdida de fe de la población.

Que la causa de esa decepción y pérdida de fe ha sido la gestión de los dirigentes en las últimas décadas y la globalización.

Que de ahí han brotado el Brexit, los radicalismos de extrema derecha (representados explícitamente por Salvini) y otras experiencias políticas radicales (¿se está refiriendo Gabilondo a Podemos?).

Que empieza una nueva era con un cambio profundo en la mayor potencia global.

El fallo del discurso de Gabilondo está en lo que dice, pero sobre todo en lo que calla. No habla de la irracionalidad e injusticia de la economía de mercado, ni de la desregulación neoliberal como causa del enorme aumento de desigualdades, no habla de los sistemas fiscales que sustituyen el impuesto a los ricos por impuestos indirectos que gravan por igual a ricos y a pobres, de la incompatibilidad de democracia y propiedad privada de los medios de comunicación, de las mil formas que tiene el poder económico de chantajear al poder político díscolo, si lo hubiere, etc., etc., etc.

En fin, para eso pagan muy bien a Gabilondo: para que hable de unas cosas y no hable de otras. En una viñeta muy lúcida de El Roto se viene a decir: Hay libertad de expresión pero no hay libertad de temas.

Y entretanto Trump ha perdido, pero tiene 72 millones de votantes

Circula la esperanza de que, derrotado Trump, que ha sido el gran referente de los movimientos ultraderechistas de otros países, esos movimientos recibirán un golpe moral y político. Es cierto que Trump fue un apoyo fuerte para la internacional ultraderechista. Vox, por ejemplo, ha recibido asesoramiento del ideólogo trumpista Steve Bannon.

El gran problema no es que haya surgido Trump como oferta electoral, sino que el partido republicano se ha entregado a él por completo, dejando más claro que es partido de extrema derecha. No olvidemos que la dictadura fascista es siempre la bala en la recámara que se reserva la oligarquía. Prefiere ejercer su dictadura bajo la forma de democracia, pero si esto se dificulta, como ocurre siempre que las desigualdades sociales suben de punto, no duda en ejercer su dictadura sin disfraces. Hemos visto numerosos ejemplos, uno de ellos en la España de 1936. Para eso sirve la internacional ultraderechista.

Es cierto que no todos los votantes de Trump o de Abascal son fachas, que hay muchos desencantados y hartos. Pero la cuestión sigue siendo: ¿por qué esos desencantados y hartos votan a quien se presenta como antisistema siendo un ultra prosistema?

El viejo marxismo distinguía clase en sí (el proletariado) y clase para sí (la parte del proletariado que tenía conciencia de clase).

El resto del proletariado era víctima de una falsa conciencia al asimilar la ideología propagada por la clase dominante. Y era misión del partido comunista devolver la lucidez a esa parte del proletariado que la tenía perdida.

Es decir, al fascismo se lo derrota convirtiendo a la mayoría de sus votantes en verdaderos antisistema, esto es, en lúcidos defensores de los intereses populares frente a la oligarquía.

Esta es la lenta tarea de una izquierda anticapitalista. Y esa izquierda no existe. La llamada izquierda está dedicada a sus cosas. Abandonado el verdadero campo de batalla, el ideológico, ese campo ha quedado libre y ha sido ocupado por el fascismo. Los fascistas van gritando sin complejos sus mentiras. La izquierda, acobardada y calculadora, va callando sus verdades.

jmchamorro@jmchamorro.info

LAS PANDEMIAS, LA GENTE Y EL “SISTEMA” (DEL QUE NO SE QUIERE HABLAR)

El pasado 15 de septiembre Díaz Ayuso culpó de la subida de contagios en Madrid al “modo de vida” de los inmigrantes, y esto es para el periódico digital CTXT la prueba fehaciente de que el PP ha adoptado los recursos retóricos y las ideas-fuerza de la ultraderecha global. Ayuso, Abascal, Trump, Bolsonaro, Orbán o Salvini repiten ahora la conducta del fascismo de hace casi un siglo: detectar un enemigo débil, señalarlo, culpabilizarlo. Y lo vienen haciendo -continúa CTXT- con la colaboración de los medios de comunicación, que al naturalizar a los nuevos fascistas como una opción más, han contribuido, y mucho, al auge de la extrema derecha y a la ultraderechización de partidos de la derecha tradicional, como el PP.

Sin duda estamos asistiendo en muchos países a una confrontación preocupante, una especie de preguerra civil por ahora incruenta. No se trata de discrepancias, sino de que desde cada uno de los bandos se niega la legitimidad del otro, se lo ve como enemigo de todo lo bueno. La sensación de que enfrente hay una gente inaceptable es recíproca, de la izquierda hacia la extrema derecha y de la extrema derecha hacia la izquierda, porque a los de cada bando les parece que el mundo sería mucho mejor si los del bando contrario desapareciesen. Y da la impresión de que, para conseguirlo, los de la extrema derecha llegarían más lejos si pudieran.

En España la virulencia de la disputa política es algo que sorprende fuera, y en buena medida se debe a la malhadada transición, que permitió que la ideología y el poder franquistas siguieran intactos bajo una aparente forma democrática, primero en AP o el PP, ahora a cara descubierta. A la derecha del PSOE poco se percibe en España que no sea extrema derecha.

Visto el asunto desde el lado progresista, la gran crisis primero y la pandemia luego nos han colocado en una situación en que resulta muy difícil conceder a ciertos conciudadanos y a ciertos partidos políticos el derecho al respeto ajeno. Es insoportable la ignorancia de quienes, en seguimiento de teorías negacionistas del COBID-19, incumplen las medidas sanitarias elementales incluso haciendo alarde de ello, y ponen en riesgo la salud de todos los demás. Es muy difícil aceptar a personajes como Bolsonaro o Trump, que se adhieren a teorías negacionistas del cambio climático y se oponen a actuaciones ya inaplazables para evitar una catástrofe ecológica. Y es muy duro soportar a quienes han diseñado y ejecutan, u obligan a ejecutar, las políticas económicas neoliberales.

En la cumbre inaugural de la Internacional Progresista, celebrada hace unos días bajo la consigna “Internacionalismo o extinción”, Noam Chomsky ha hecho en el discurso inaugural una exposición apocalíptica (y realista) de la situación del mundo, que él cree abocado a una destrucción terminal a causa del deterioro de la democracia y de las crecientes amenazas de guerra nuclear y de catástrofe medioambiental. Chomsky señala a Trump como responsable máximo en tanto ejecutor brutal de las políticas neoliberales con que se viene agrediendo a la Humanidad desde los años 80. Después de 40 años, el 0.1 por ciento de la población tiene el 20 por ciento de la riqueza, el doble de lo que tenía cuando Reagan fue elegido. La remuneración para directores ejecutivos se ha disparado, mientras los salarios reales para trabajadores masculinos que no están en puestos de supervisión han disminuido. Una mayoría de la población sobrevive de cheque en cheque, sin ahorros. Las instituciones financieras, en su mayoría depredadoras, han superado las más altas cotas de explotación. Ha habido repetidas crisis financieras, cada vez más graves, y sus perpretadores son rescatados por el contribuyente, siendo ese el menor de los subsidios estatales implícitos que reciben. El “mercado libre” ha conducido a la monopolización, con una reducción de la competencia y la innovación porque los fuertes se han tragado a los débiles. Adoptando la doctrina neoliberal de “los impuestos son robos”, Reagan abrió la puerta a paraísos fiscales y empresas fantasma, que antes estaban prohibidas. Eso condujo a una gran industria de evasión de impuestos que facilitó que los más ricos y el sector corporativo hayan robado a la población general un importe que se estima en decenas de billones de dólares.

Las consecuencias alrededor del mundo, concluye Chomsky, no deberían sorprendernos: rabia general, resentimiento, desprecio por las instituciones políticas mientras las principales instituciones económicas, que son las causantes, se ocultan tras una propaganda efectiva. Todo esto crea un territorio fértil para demagogos que pretenden ser tus salvadores mientras te apuñalan por la espalda y desvían la culpa de tus condiciones a chivos expiatorios: inmigrantes, negros, China, cualquiera que encaje en los prejuicios viejos.

A la vista de alegatos como estos la pregunta es qué hacer.

Para CTXT lo razonable frente al fascismo hubiera sido establecer un cordón sanitario para evitar que la extrema derecha entrase en las instituciones. Pero a poco que se piense hay que concluir que un cordón sanitario no resuelve el problema. Por una parte tal solución debería ser inaceptable para quienes creen que vivimos en una democracia, pues bajo esa creencia todos los partidos tienen el mismo derecho a ser respetados si no infringen la legalidad. Si se cree que cada individuo decide libremente su voto, que cualquier resultado de la voluntad popular es igualmente legítimo y que cada partido orienta su actividad a conseguir votos que le permitan ocupar posiciones de poder para realizar sus ideas políticas, hay que pensar que todas las elecciones políticas tienen la misma acreditación.

Si Bolsonaro y Trump están ahí ejecutando sus políticas criminales es porque han ganado las elecciones en sus países. Y esto nos remite a la segunda de las objeciones contra el cordón sanitario: qué hacer con la población que ha votado a Bolsonaro, a Trump o a Abascal.

Por su parte Chomsky ha concluido su discurso apelando a una especie de lucha de clases a escala global. Hay una gran Internacional compuesta por los Estados más reaccionarios del mundo que, con el poderoso respaldo de las instituciones económicas mundiales dominantes, está trabajando implacablemente para construir una versión más dura del sistema neoliberal global, con más intensas medidas de vigilancia y control. Y enfrente está emergiendo una Internacional Progresista al nivel de movimientos populares que mira hacia adelante a un mundo de justicia y paz, con energías y recursos dirigidos a servir las necesidades humanas en lugar de las demandas de una pequeña minoría.

Pero cabe decir sobre el análisis y la propuesta de Chomsky que, aunque una Internacional Progresista es un movimiento imprescindible, es insuficiente si se limita a enfrentarse a las políticas neoliberales, porque entonces deja fuera cuestiones básicas. Una, que esas políticas han venido siendo apoyadas por la mayoría de la población; otra, que cualquier capitalismo, también el socialdemócrata que imperaba hasta la década de los 80, conduce a efectos nocivos.

No es cierto por ello que la democracia se esté deteriorando: no se puede deteriorar lo que no existe. En ningún tipo de capitalismo puede existir democracia, porque capitalismo y plutocracia son dos caras de la misma moneda. Sólo ocurre que se está deteriorando el astuto disfraz democrático bajo el que se esconde la plutocracia. Por otra parte cualquier capitalismo, también el socialdemócrata, es nefasto en un terreno más básico que el ecológico, del que dependen los demás, que es precisamente el de la fabricación de la población.

Esto quiere decir que el mal no nace de personajes siniestros ni de políticas criminales, sino que es previo. Cuando nos planteamos por qué hay políticas irresponsables y por qué ganan elecciones personajes impresentables, es necesario mirar hacia la relación causal entre un tipo de psicología individual y el sistema social que la fabrica masivamente. Es decir, no se puede abordar satisfactoriamente la situación presente si se toma a partir de datos superficiales (ciertos personajes públicos y sus políticas), sino que hay, por el contrario, que reflexionar primero sobre por qué las personas que votan son como son.

El imperio de la psicología popular

Este asunto fundamental puede ser abordado de dos formas, según se parta de la psicología popular, que es la forma habitual, o se adopte una concepción materialista, única potencialmente científica.

La mayoría de los teóricos, incluyendo un gran número de psicólogos, utiliza por defecto la teoría dualista según la cual el humano es un compuesto de cuerpo y alma dotada de libre albedrío. De este mito se sigue que, habiendo nacido cada uno con su alma, cada uno es como es por sí mismo y elige libremente lo que quiere. Unos eligen el bien, otros eligen el mal, y quienes eligen el mal son culpables y deben ser castigados.

Si utilizamos esta psicología popular, una consecuencia inevitable es el odio mutuo, un odio que puede alegar razones poderosas, pues es odiable la voluntad de otros si nos parece libre y perversa y no podemos librarnos de ella.

Dejando atrás el mito dualista

Este mito se ve reforzado por el hecho de que los actores tienden a creer que su acción no tiene otra causa que su voluntad inmaterial, tienden a creer que siempre que hicieron algo pudieron no haberlo hecho, o haber hecho otra cosa. He ahí una ilusión que se debe a que la introspección no tiene acceso al sistema cerebral que subyace a la conciencia y que es donde actúan las causas que determinan la acción.

Pero hay medios objetivos que nos permiten ir descubriendo el funcionamiento del cerebro y explicar el comportamiento de las personas sin necesidad de apelar a una entidad como el alma, de cuya existencia nadie tiene prueba alguna y cuya conexión con el cerebro resulta por completo inexplicable.

Desde una concepción empírica el humano tiene dos gestaciones, una intrauterina (biológica), que da de sí un animal no muy diferente a la cría de cualquier primate, salvo porque está preparado para la segunda gestación, la extrauterina (social) que es la que lo convierte en persona y que consiste en la adquisición de la lengua del grupo. Esta segunda gestación es la verdaderamente fundamental respecto a las propiedades típicamente humanas, las que no compartimos con el chimpancé.

La interacción comunicativa es el útero social que va introduciendo en el cerebro de cada cual los conocimientos, los valores y las pautas de acción que lo constituyen como persona.

Esta idea ha sido avalada por todo cuando se ha venido investigando. Los casos de los llamados “niños ferales” demuestran que quienes no aprendieron una lengua humana en su niñez no pueden sobrepasar el comportamiento puramente animal. Por lo demás es obvio que nadie nace con ideas políticas o morales, nadie nace odiando a los inmigrantes o a los negros, nadie nace predeterminado al fracaso escolar. Todo eso es producto social.

La izquierda marxista debería saberlo, pues Marx, inspirado en la teoría evolutiva recién expuesta por Darwin, situó la emergencia de la especie humana en el lenguaje que nuestros antepasados fueron fabricando según lo exigía el proceso productivo de los objetos que necesitaban y que no estaban disponibles en la naturaleza. Y de la misma manera concibió la emergencia de cada persona: la conciencia práctica, real, de cada cual es un producto social, depende de la cultura y clase a que pertenece. De ahí la frase tantas veces citada, publicada en 1859: No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino que, por el contrario, es el ser social lo que determina su conciencia.

Sin libre albedrío no hay culpa

Hay que tener presente que, si abandonamos el mito del alma dotada de libre albedrío, quedan consecuentemente abandonados los conceptos de pecado y de culpa.

Cuando el niño nace es un sistema psicobiológico que no ha elegido libremente ser lo que es. A partir de ese momento cada estado de su psiquismo será resultado de la interacción del precedente con la experiencia en curso, y así hasta llegar al momento de cualquier acción. Si la acción ha sido causada por un estado cerebral del actor, siendo ese estado el que era, la acción no pudo ser otra que la que fue. Y nadie decide libremente el estado cerebral en que se encuentra, ni siquiera lo conoce.

El egoísmo, el miedo, la ignorancia, la violencia y el machismo se van introduciendo en muchas mentes no precisamente por propia decisión. Nadie decide en qué sistema social, en qué clase y en qué familia nacer, ni qué estímulos recibir desde el nacimiento.

Los Bolsonaro y Trump son mera consecuencia típica del sistema, al igual que las muchedumbres que los votan. Cualquiera de sus críticos estaría haciendo lo mismo si desde el nacimiento hubiera recibido los mismos estímulos.

Por ello el peor criminal es en cierto modo víctima de haber sido fabricado con defectos en la empatía y en el conocimiento, que lo convierten en un depredador o en un verdugo. No quiere ello decir que no sea responsable de sus actos. El concepto de responsabilidad no desaparece siempre que entendamos que es responsable de sus acciones quien puede prever sus efectos en personas, animales o cosas.

Pero nadie es culpable de ser como es, y por ello no vale de mucho clamar contra los fascistas, sino analizar en qué consiste el fascismo y por qué surge. Y luego reflexionar sobre qué habría que hacer para erradicarlo, que no es precisamente establecer cordones sanitarios.

El sistema social y la mala factura de la psicología individual

Desde esta perspectiva se puede decir que cualquier versión del capitalismo (no solo la neoliberal, también la socialdemócrata) tiene dos funciones principales, una muy aparente: el reparto desigual de la riqueza. Otra más profunda: la fabricación de las mentes tanto en sus afectos como en sus capacidades intelectuales.

Ambas funciones se complementan: no podría sobrevivir un sistema que explota a la mayoría si esa mayoría tuviera un alto desarrollo mental y afectivo.

Recordemos que el sistema capitalista se caracteriza porque convierte a la sociedad en un mercado en el que todos compiten; mercado que otorga riqueza (y por tanto poder) y pobreza (y por tanto sumisión); mercado que sobrevive a base de un aumento constante de la producción y el consumo con la consecuencia de un deterioro medioambiental que conduce a una catástrofe irreversible. Tal sistema es la antítesis de una regulación racional de la vida económica, y genera en la población egoísmo (cada cual compite con los demás y el ascenso de unos se debe al descenso de otros), banalidad (tanto se es como se tiene y consume), miedo (a no ascender como el vecino o a caer como otros, miedo a la quiebra, al paro, al futuro), resentimiento si se pertenece a la mayoría de inevitables perdedores. Produce finalmente ambición irrefrenable de los poderosos, que han llevado su afán depredador fuera de las fronteras nacionales y han creado tremendos ejércitos y armamentos para imponer y defender sus intereses en los espacios internacionales.

Una consecuencia de todo ello es el fascismo psicológico que caracteriza a una parte grande de la población.

Del fascismo psicológico al político

Por lo general el fascismo se identifica con ciertos comportamientos racistas o xenófobos y, más en general, con el voto a partidos de extrema derecha. En un partido fascista hay que distinguir dirigentes, militantes y votantes. Los dirigentes propugnan una doctrina y unos objetivos, los militantes aportan su acción y los votantes conceden a estos partidos mayor o menor relevancia institucional.

Si los partidos políticos fascistas no obtienen buenos resultados electorales, mucha gente se felicita y cree que el fascismo está en baja, mientras las alarmas se desatan cuando esos partidos ganan espacio electoral, especialmente si acceden al Parlamento o al Gobierno.

Pero las subidas y bajadas de votos no implican cambios caprichosos en la mentalidad de la población. Cambian más los votos que la mentalidad. Y la mentalidad es el dato que debiera importarnos.

Conviene por ello distinguir el fascismo psicológico del político. El primero sustenta al segundo. Si un votante de partido de extrema derecha no es fascista psicológico resulta menos peligroso que uno que lo sea aunque vote a un partido no fascista. Alguien benévolo que siente indignación por la situación social puede, por ignorancia, dejarse seducir por el discurso de un partido de extrema derecha.

El fascismo psicológico se define, en mi opinión, por un maniqueísmo teológico que define un Bien Absoluto amenazado y un Mal Absoluto amenazante, por escasa empatía, o una empatía concentrada sólo en el entorno próximo, y por un grado suficiente de resentimiento.

El maniqueísmo teológico justifica la violencia sin límite contra los portadores del Mal, de forma que quien carece de empatía y está lleno de resentimiento puede desahogarse descargando su odio contra el señalado como enemigo del Bien (inmigrante, comunista, separatista, judío, homosexual, da igual). Es el carácter absoluto del Bien (siempre propio) y del Mal amenazante (siempre ajeno) lo que justifica el odio al Mal y a sus practicantes.

No cabe duda de que el ingrediente de maniqueísmo teológico está generosamente servido en aquellos países en que la Biblia, sea directa o indirectamente, ha sido el libro educador por excelencia. Una vez aprendido este maniqueísmo teológico, no tiene por qué limitarse a la sensibilidad religiosa. Cabe aplicarlo, incluso siendo ateo, a temas de raza, etnia, nación, ideología o deporte.

Los otros dos rasgos son, por lo antes dicho, muy abundantes en la sociedad capitalista, que favorece el egoísmo en masas suficientemente ignorantes, sometidas a una forma de vida que genera un nivel de frustración y resentimiento muy alto.

Bajo esta consideración no parece arriesgada la hipótesis de que masas caracterizadas por un fascismo psicológico pueden ser arrastradas a actitudes de fascismo político en un momento propicio aunque en otros momentos puedan parecer benignas.

¿Se puede salir de esta situación?

Los conservadores acostumbran a analizar cada problema como separado del sistema del que forma parte. Con este descuido se analizan los problemas de la educación en la escuela, descuido tanto más lamentable cuanto que se supone que la educación es el mecanismo para conseguir una población mejor. Ver El informe PISA.

Si nos apartamos de este hábito lo razonable es describir cómo tendría que ser una educación óptima a fin de considerar si es posible y generalizable. Y luego, si la respuesta es afirmativa, preguntarnos por qué, si esa educación es posible y generalizable, nunca se ha realizado.

Una educación óptima, capaz de acabar con la ignorancia, el fanatismo y el odio, ha de incidir en tres espacios:

1. En el afectivo, con la finalidad de generar: a) sentimientos bien dispuestos hacia los demás y a la colaboración con ellos; b) un autoconcepto realista; y c) motivación para aprender y para seguir aprendiendo, a fin de mantener al día los conceptos aprendidos y disfrutar de los objetos culturales (literatura, poesía, música, arte en general).

2. En el espacio cognitivo, con la finalidad de introducir en la memoria a largo plazo de todo escolar un sistema teórico coherente, objetivo y completo, integrado por los conceptos básicos de las distintas ciencias, en particular las referidas al individuo y la sociedad, así como relatos solventes de los procesos históricos relevantes (políticos, literarios, económicos, etc.) interconectados entre sí.

3. En el espacio de las destrezas, que debe incluir las artísticas, las lingüísticas, las deportivas y ahora las informáticas.

De estos espacios el afectivo es el fundamental, porque de él dependen los otros dos y porque con frecuencia será necesario reparar los desperfectos sentimentales con que los niños llegan a la escuela, así como los producidos por la misma interacción en ella.

Que este tipo de educación es posible se revela en el hecho de que una minoría, por azares biográficos, la consigue. Y sería generalizable si se dieran dos condiciones: una buena escuela y un ambiente social favorable.

La escuela actual fracasa en los tres espacios mencionados. Para el primero no está diseñada ni preparada. Para el tercero tampoco, de manera que se limita al segundo, pero con resultados mediocres en el mejor de los casos, y con fracaso inevitable de los estudiantes de las clases económica y culturalmente deprimidas. Ver La educación en valores.

Diseñar una buena escuela no es difícil, pero una condición es la financiación suficiente. No basta el 5% del PIB, ni tampoco el doble que se destina en países como Cuba. Un porcentaje del 20 o 30% no sería un despilfarro, sino la inversión más necesaria y rentable que se puede imaginar, y perfectamente posible si los ricos devolvieran al Estado, vía impuestos, lo que el mercado les ha dado injustamente.

El problema es que esa financiación es impensable en una sociedad capitalista y que además es inútil, dado que la labor de la escuela estaría eficazmente neutralizada y contradicha por las innumerables antiescuelas que operan en este tipo de sociedad: familias de ambiente perjudicial, dominio de una publicidad tóxica en todos los espacios individuales y sociales, propiedad privada de medios de comunicación y de redes sociales que ofrecen sus contenidos sin control social, iglesias y órdenes religiosas que difunden pensamiento conservador, ambiente consumista que instaura el ideal del dinero, etc.

Obstáculo insuperable (si no cambiamos el Sistema)

Y lo peor es que esta situación no puede cambiar, no sólo porque algunos elementos deseducativos son imprescindibles al sistema capitalista (como la publicidad y la propiedad privada de los medios y espacios de comunicación), sino sobre todo porque la lógica de tal sistema no puede permitirse una buena educación.

La estabilidad y reproducción de la estructura capitalista requiere mantener y reproducir la población heredada, cuya mayoría se caracteriza desde tiempo inmemorial por la ignorancia de las relaciones causales entre estructura social y avatares personales, por la reducción de la empatía a pequeños ámbitos y por el miedo a no conseguir lo que se desea o a perder lo que se tiene.

Mantener mayorías con estas características no requiere ninguna conspiración del poder, ni una actividad complicada. Basta la inacción. No hacer todo aquello que sería necesario para fabricar una población caracterizada por el conocimiento, la empatía no restringida y la serenidad colectiva.

El papel del capitalismo como gran obstáculo a una buena educación es algo que sistemáticamente callan y ocultan esos teóricos de la educación que nos proponen, como si fuera posible, llevarla a la excelencia sin alterar el sistema social. Al final queda claro que esa excelencia es la de Finlandia o Singapur. Ver Marina y su diplodocus.

Quienes no se dejan engañar por esas cantinelas tienen claro que en las sociedades capitalistas a lo más a que podemos aspirar es a una educación eficiente (incluso excelente) para la inserción en el mercado de trabajo a distintos niveles. Al Sistema le interesa que los camareros sepan idiomas, no le interesan camareros analfabetos. Y le resulta necesario que los tiburones de las finanzas estén mal educados. Si la escuela los convirtiera en ilustrados y benévolos dejarían de ser depredadores y su clase se extinguiría.

Los resultados los tenemos alrededor. Barrios obreros en los que aumenta el voto a Vox, bandas de jóvenes que se creen con derecho a divertirse poniendo en riesgo la salud ajena, poblaciones que aguantan una explotación inicua engañadas acerca de sus causas, políticos mediocres que no hacen lo debido, que incluso no hacen lo imprescindible por miedo a la reacción del electorado, es decir, por miedo a la mala educación de la mayoría.

Se ha pretendido exculpar el necio egoísmo de grupos adictos al botellón y a la fiesta alegando que la juventud es así. Pero no es cierto que la única manera de diversión y esparcimiento de la juventud haya de ser sacrificar la salud propia y ajena a una versión ignara de sexo envuelto en alcohol y otras drogas, mala música, torpe conversación y barullo. Prueba de ello es que hay otra juventud muy diferente. ¿Y de qué depende la pertenencia a una u otra? Sobre todo de la familia en que se ha crecido, porque la escuela, por lo antes dicho, tiene un papel menor.

La importancia de salir del odio mutuo

De manera que la situación puede describirse así: para resolver nuestros más graves problemas hay que salir del capitalismo, pero por ahora no se ve forma de salir de él, y menos cuando no existe una izquierda antisistema eficiente y mundialmente organizada.

En tal tesitura viene bien a la salud recurrir a la visión científica, porque desde ella no cabe tener del enemigo una concepción teológica y ello nos libra del odio.

El espectáculo que están dando las llamadas derechas e izquierdas en el parlamento español es nociva, porque ambas se atacan y contraatacan con la misma ira, como si el objetivo de la actividad parlamentaria no fuera proceder a una discusión racional, sino dejar al otro humillado y en ridículo. Lejos de eso, la izquierda haría bien en aprovechar cada ocasión para manifestar una actitud e ideología desde la que se ve al enemigo como determinado a serlo, y por tanto no culpable. Dirigirse a la extrema derecha con respeto y con empatía, y tratar de convencerla de que sus ideas y propuestas entran en contradicción con datos objetivos, pero también con algunos de los valores que ella misma proclama. Claro que no se va a conseguir con ello convencer a dirigentes y militantes, no importa lo buenos y potentes que sean los argumentos, pero a la larga es posible abrir los ojos a muchos de sus votantes. Todo ello a la espera de que en España aparezca algún día una izquierda antisistema que sepa qué tiene que hacer y que esté dispuesta a hacerlo (es decir, que esté dispuesta a renunciar al electoralismo y a la pedrea de cargos públicos y migajas del banquete).

Lo que ha de preocupar a esa izquierda es dotarse de medios para difundir conocimientos e información sin salir de la verdad (privilegio que sólo ella tiene y que no viene utilizando). Y contribuir además a la construcción de una internacional progresista y actuar dentro de ella haciendo complementarios los dos espacios, el nacional y el internacional.

Por ahora… paciencia, pero al menos sería bueno que quedara claro que la mala factura de la población, de la que se siguen nuestros problemas políticos, medioambientales, económicos y de convivencia, no tiene remedio en esta sociedad. Quien quiera luchar contra ellos debe mirar más lejos hasta encontrar la causa.

jmchamorro@jmchamorro.info

A VUELTAS CON LA TRANSICIÓN

Algunos defensores de la Transición la presentan como ejemplo modélico de salida de una dictadura, y se enfurecen cuando otros no comparten la idea. El rey es de los que creen que la Transición fue modélica, pero con su discurso de conmemoración ha venido a desacreditar aún más ese juicio.

¿Qué democracia festejamos?

Una “democracia” que queda apropiadamente descrita por este hecho: ha parecido una noticia de primera página que en su discurso el rey llamara dictadura a la dictadura. Se ha festejado el aniversario de una “democracia” en la que el fiscal jefe anticorrupción tiene una sociedad opaca en Panamá y ayuda desde su puesto a los corruptos, que para eso fue nombrado; en la que gobierna un partido político imputado por financiación ilegal, que ha ganado elecciones fraudulentamente, que ha sido definido como organización criminal, o banda organizada y asociación para delinquir. Una democracia en la que siguen en las cunetas los que fueron asesinados por oponerse al franquismo, en la que hay políticos que acusan de reabrir heridas a los que siguen buscando a sus muertos, en la que se expedienta a los jueces que quieren pasar la línea roja marcada en la Transición, en la que la hija de un asesinado por los franquistas tiene que acudir a la justicia argentina para exhumar los restos de su padre y enterrarlos como es debido, en la que los familiares y compinches del dictador siguen disfrutando de sus latrocinios y sus herederos siguen siendo propietarios del Pazo de Meirás, regalo al dictador de las autoridades franquistas coruñesas, en la que el Valle de los Caídos sigue siendo monumento franquista y en la que organizaciones fascistas reciben subvenciones públicas. Una democracia en la que millones de españoles no tienen trabajo, otros millones lo tienen, pero a pesar de su salario son pobres, mientras una minoría es cada día más rica. Una democracia lastrada por la pobreza infantil, el predeterminado fracaso escolar de las clases más pobres, la creciente desigualdad, el deterioro de las instituciones manejadas por el PP en su beneficio. Una democracia cuyas leyes no son reconocidas por media población de Cataluña. Una democracia que, casi al final del plazo, no ha acogido al 90% de los refugiados que pactó con la UE, etc, etc.

Se ha criticado el discurso del rey porque no ha hecho mención a nada de esto.

Las dos Españas

Yo quisiera añadir que difícilmente puede actuar como representante de los españoles el que elige la ideología de una de las dos Españas para componer su discurso. Porque las dos Españas siguen ahí y sólo puede representarlas el que las reconozca.

Una es la formada por la extrema derecha, por los católicos integristas, por los grandes explotadores y por quienes, aun declarándose demócratas, simpatizan con esa extrema derecha y esa iglesia integrista, y las benefician, lo mismo que benefician a los grandes explotadores. Es la España del PP. La otra España es la que se sitúa enfrente. Y entre una y otra no caben abrazos ni hermandades. Cada una se sentiría muy contenta si la otra desapareciera (salvo por lo que se refiere a los explotadores, que perderían explotados).

Bajo su forma edulcorada, tan en contradicción con la realidad, el discurso del rey recoge la ideología de la España del PP.

Para empezar, hay en ese discurso frases groseramente populistas típicas de la derecha. Por ejemplo estas tres:

-“El 15 de Junio representa los mejores valores democráticos, aquellos que definen a la política en su sentido más noble, al servicio del bien común, del interés general y de la cohesión social.”
-“Hemos de ser conscientes de que todo de lo que hoy disfrutamos -y que pertenece a todos los españoles por igual-, no nos ha venido dado sino que es el resultado del sacrificio y esfuerzo del pueblo español… de millones de españoles.”
-No podemos aceptar “un camino que divida a los españoles o quiebre el espíritu fraternal que nos une.”

Supongo que a muchos se nos caería la cara de vergüenza si nos viéramos obligados a pronunciar cualquiera de estas frases, sobre todo esa que dice que “todo de lo que hoy disfrutamos pertenece a todos los españoles por igual”. ¡Nos veríamos a nosotros mismos con una caradura insoportable, porque lo cierto es que el esfuerzo y el sacrificio ha caído sobre una mayoría, y el disfrute ha sido para una minoría, de la que el rey forma parte!

Pasando a otro punto igualmente lamentable: el rey se ha referido al “terrible dolor que causaba el terrorismo que miserablemente actuó contra todo principio de humanidad y de respeto a la convivencia democrática”, pero no ha hecho la menor mención a las causas de ese terrorismo. Luego ha recordado a sus víctimas y familias “con el mayor afecto y respeto”. Pero no ha recordado a las víctimas del franquismo y sus familias.

Por lo que concierne a la cuestión catalana no la mencionó directamente, se limitó a repetir la tesis del PP, eso sí, citando a Castelar y a Cánovas, no a Rajoy. Pero ¿qué es eso del respeto a la ley? ¿A qué ley? ¿Importa o no que la ley sea injusta, o estúpida o haya quedado desfasada? El perjudicado por una ley injusta ¿tiene que respetar la ley eternamente aunque el que podría cambiarla se empeñe en dejarla como está? ¿Soluciona el respeto a la ley que la mitad de los catalanes se haya hecho independentista?

Dejando atrás estos puntos del discurso veamos el asunto más a fondo.

La fraudulenta equidistancia

Dice Felipe VI que desde 1812 hubo sucesivas constituciones “que no fueron capaces de proporcionar y garantizar la estabilidad política, el progreso social y económico ni la convivencia en paz y libertad que los españoles anhelaban. […] La falta de reconocimiento, de comprensión y de respeto a las ideas y convicciones ajenas, y la imposición de la propia verdad sobre la de los demás, dividieron a los españoles. [...] Los españoles se oían, pero no se escuchaban; se veían, pero no se miraban; se hablaban, pero no se entendían y menos aún se respetaban. [...] Una España dividida, y a veces desgarrada, que no fue capaz de encontrarse a sí misma.”

En cambio -sigue el rey- hace cuarenta años se llegó a la convicción de que “nadie en España debía volver a ser enemigo de nadie; la exclusión y la imposición, la intolerancia y la discordia debían ser sustituidas por la renuncia al dogmatismo y la defensa de las propias convicciones con pleno respeto hacia el adversario y hacia las opiniones ajenas o diferentes.”

Oyendo esto queda claro que el rey achaca los desastres de la historia de España a falta de respeto al adversario y a las opiniones ajenas o diferentes, a intolerancia y dogmatismo. Algo así como si unos manifestaran su preferencia por el Barsa y otros por el Madrid y estuvieran dispuestos, los muy brutos, a matarse por sus juicios sobre Mesi y Ronaldo, en vez de comprenderse y respetarse.

Por lo visto al rey no le han enseñado que el problema estaba en otro sitio: en que un consorcio formado por la monarquía, la iglesia y el poder económico (terratenientes, burguesía financiera e industrial) estaba explotando a la mayoría del pueblo español de manera inmisericorde. ¿Hay algún derecho a pedir a la mayoría explotada que renuncie al dogmatismo y que defienda sus convicciones con pleno respeto a la minoría explotadora? Sobre todo teniendo en cuenta que esa minoría jamás ha sido respetuosa y siempre ha sido brutal llegado el momento de defender por las bravas sus intereses. Véase como ejemplo al mismo Franco. De manera que los relatos que intentan guardar la equidistancia (dos Españas igualmente intolerantes) son profundamente ignorantes e interesados. Son los que pone en circulación la minoría explotadora y sus voceros, uno de ellos el rey.

Es natural que, con estas ideas en la cabeza, el orador acabara diciendo que “diputados y senadores de la legislatura constituyente pueden estar muy orgullosos y satisfechos de su tarea. Porque al renunciar cada uno de ellos -consciente y deliberadamente- a imponer su visión de España o sus propias convicciones sobre las de los demás, construyeron -con una gran generosidad y voluntad integradora- la España que querían construir los españoles.” O también que la transición fue “el gran proyecto de reconciliación nacional, el gran propósito nacional de unir a las dos Españas que helaban el corazón de Antonio Machado. Ciudadanos de distinta procedencia, ideas, origen y condición social se reencontraron, se tendieron la mano, y se fundieron en un gran abrazo, sin rencor y sin odio, para mirar al futuro y no al pasado.”

Que un discurso como el de Felipe VI sea impune, que no le cueste el cargo, e incluso que sea ponderado como gran discurso, da fe de la clase de población que tenemos en España. Si tuviéramos una población más ilustrada un discurso de tan mala factura sería imposible o traería malas consecuencias a su autor.

¿Qué fue la modélica Transición?

Los hay que dicen que Juan Carlos fue el artífice de nuestra democracia. ¿Acaso tenía otro camino rentable para él, tanto política como económicamente, que ponerse al frente de un proceso ya imparable, que habían iniciado y sostenían otros? No olvidemos que esa “democracia” es la que ha hecho la vista gorda y ha permitido al hoy emérito hacerse muy rico de manera muy opaca. No olvidemos tampoco que el emérito fue y sigue siendo admirador de Franco, al que nunca ha condenado. ¡Y los hay que lamentan mucho que no fuera invitado a la conmemoración!

El paso de la dictadura franquista a la “democracia” se decidió fuera de España, en Estados Unidos y en Europa por estas dos buenas razones: 1) porque dentro de España había una parte del pueblo (ni mucho menos todo el pueblo) que en fábricas y otros lugares de trabajo, en la Universidad, en el funcionariado, en la prensa, en la abogacía, luchaba por la democracia cada vez con más fuerza y esto convertía a la dictadura franquista (ya  sin Franco) en ineficiente y poco fiable; y 2) porque había un partido socialista que, si recibía suficiente ayuda y financiación, podía asegurar un tránsito seguro de la dictadura a una “democracia” capitalista bajo control.

Así las cosas todos fueron recibiendo las oportunas presiones. Naturalmente, los franquistas querían seguir con sus prebendas sin rendir cuentas de sus crímenes y de sus enriquecimientos ilícitos, y para conseguirlo apelaban al peligro de un golpe militar, que sólo podía evitarse con una ley de amnistía, olvidando el pasado, pelillos a la mar, dándonos todos un abrazo fraternal. Es decir, la extrema derecha política apelaba, para salvarse y salvar sus muebles, a la extrema derecha militar y policial.

¿Cómo se puede decir “la España que querían construir los españoles” cuando no pasó de ser la España que exigieron los que tenían la sartén por el mango, es decir, los franquistas y su policía y su ejército?

Se dice que, dadas esas circunstancias, no era posible otra Transición que la que se hizo. ¿Cómo que no era posible otra? Supongamos que el PSOE y el PC se hubieran negado a aceptar aquel chantaje bochornoso y hubieran hecho público que no participarían de ningún cambio político que no incluyera un juicio a los crímenes y tropelías del franquismo. No hubiera tenido lugar la Transición amnistiadora que hubo, pero, puesto que la dictadura era ya insostenible pese a policía y ejército, la democracia hubiera llegado algo después, y como era debido: con un juicio al franquismo y una exigencia de responsabilidades.

Viví aquellos momentos con la convicción de que el partido comunista había vendido por un plato de lentejas su primogenitura, es decir, su derecho a la verdad, rico patrimonio privativo de la izquierda al que Carrillo no concedió importancia. La “modélica Transición” traicionó a aquellos comunistas que murieron asesinados y a los que arriesgaron su vida y su libertad en la oposición al franquismo. Esos a los que el rey no ha rendido homenaje.

El poder económico generado por la corrupción franquista siguió imperando en España, y el poder político de la dictadura cambió de forma, pero no fue desmontado. No hubo justicia para los familiares de los asesinados ni para los represaliados por el franquismo, ni siquiera el reconocimiento de la injusticia que padecieron. ¿Y alguien puede creer que todos ellos se fundieron en un gran abrazo, sin rencor y sin odio, con los responsables de asesinatos y represalias? ¡Ya está bien de cuentos chinos! Sólo ocurrió que Felipe González (que era el que decidía en el PSOE) y Santiago Carrillo (que era el que decidía en el PC), apresurados por tocar poder, traicionaron a las víctimas del franquismo y amnistiaron a los criminales. Por ello tanto el PSOE como el PCE quedaron marcados por aquel pecado original y los efectos de tamaña traición se siguen viviendo hoy. No sé si fue por ignorancia o por ese egoísmo cínico que se le achaca, el caso es que el servicio que Carrillo prestó a los partidarios de aquella Transición fue tan notable que en la derecha no tiene enemigos, todos le aplauden.

Y por eso estamos como estamos. No viviríamos hoy la vergüenza que estamos viviendo si la transición no hubiera sido aquel apaño indigno. El pueblo español no sería el que es. Habría recibido la información que le hurtaron, tendría otros líderes, la extrema derecha no estaría, desde dentro del PP, gobernando el país y colaborando muy efectivamente a la desinformación general. Con la colaboración de personajes como el rey, heredero del heredero de Franco.

jmchamorro@jmchamorro.info