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FEMINISMO Y TEORÍAS FEMINISTAS (III): LA TEORÍA MARXISTA

Silvia Federici y otras feministas influenciadas por el marxismo han criticado a Marx porque no analizó la forma específica de explotación de las mujeres en la sociedad capitalista moderna. El problema de la mujer carece de presencia en las formulaciones tradicionales de la teoría marxista pese a que Marx, Engels y, por ejemplo, Auguste Bebel, miembro del partido marxista alemán SDAP, y autor de La mujer y el socialismo, denunciaron en el siglo XIX la brutal explotación de las mujeres.

Pienso que ello se debe al error de teorizar las clases sociales básicamente con el criterio estructural, es decir, por la posición de las personas respecto a la estructura económica, de lo que se ha seguido la tendencia a primar a dos clases, la burguesía (los dueños de los medios de producción) y el proletariado (los obligados a vender su fuerza de trabajo), quedando las mujeres distribuidas en esas dos clases de la misma forma que los hombres.

Pese a esta y otras deficiencias, sobre las que hay mucha literatura, el marxismo es la única teoría general existente por ahora en el campo social.

Contra el predominio del marxismo se intentaron dos estrategias, siendo la más razonable formular una teoría alternativa de carácter conservador. Lo intentó a medias Max Weber y de manera más completa T. Parsons, que utilizó la teoría de sistemas, inexistente en tiempos de Marx, e incluyó en el núcleo de su teoría el modelo psicológico de Tolman. Este intento se llamó funcionalista porque venía a decir que en la sociedad no hay conflicto, sino que cada parte del sistema social cumple la función de contribuir a la estabilidad del todo. No preveía disfunciones ni conflictos irresolubles (por ejemplo el de clases) de manera que la teoría se tuvo que abandonar por insolvente. Luego ni siquiera ha llegado a fracasar la teoría habermasiana, tan ingenua y con pilares tan imaginarios que sólo sirve para conversaciones y páginas académicas.

A la vista de estos fracasos se eligió una segunda estrategia inaugurada por Merton, discípulo de Parsons, que desde el campo de la sociología abominó de las teorías generales (como si pensara “ya que la nuestra no vale, que no valga ninguna”) y prescribió las teorías de corto alcance, estrategia a la que se sumó a su modo el pensamiento posmoderno con enorme ahínco y despliegue, como describí en la entrada anterior de este blog.

Pero el decaimiento de la teoría marxista no ha venido de estos ataques, sino de que acabó siendo una escolástica en torno a unos dogmas, no una ciencia en progreso, y perdió por ello la posición de máximo prestigio intelectual de que gozaba durante la primera mitad del pasado siglo.

No hay problema para eliminar sus defectos y completarla en lo que sea necesario con el conocimiento que se ha ido acumulando en el campo de las ciencias sociales desde tiempos de Marx. Pues lo cierto es que fuera del marxismo se trabaja en la oscuridad teórica o a la mera luz del conocimiento ordinario.

Una teoría feminista de carácter marxista se diferencia de otras en que no habla de géneros ni se limita a hablar de hombres y mujeres. Habla de dominación y explotación, pero no colocando a los hombres en la parte activa y a las mujeres en la pasiva. Más bien establece clases de hombres y clases de mujeres por la posición de unos y otras en la estructura económica y por la asimilación de distintas ideologías, en algunas de las cuales quedan disueltos los elementos pervivientes de la llamada cultura patriarcal.

La teoría marxista describe nuestras sociedades capitalistas como falsas democracias, con un Estado que garantiza que la clase que dispone de la mayoría de la riqueza domine y explote a las clases sociales populares. Hombres y mujeres están apresados en una estructura de clases que se superpone a la división por sexos. Una parte de las mujeres pertenece a la minoría explotadora o a sus instrumentos de dominación, mientras la mayor parte de las mujeres y de los hombres pertenecen a la mayoría explotada, estando además las mujeres de esa mayoría sometidas a una doble dominación y explotación.

La derecha quiere presentar esos conceptos como una demagogia trasnochada, precisamente ahora, que el nivel de dominación y explotación alcanza cotas realmente escandalosas y la lucha de clases latente ofrece continuos y preocupantes indicios, aunque sea en la forma transmutada de odio mutuo entre grupos sociales extensos.

¿Qué entenderemos por sexo? ¿Hay hombres y mujeres?

Vengo hablando de mujeres y hombres como si esta distinción tuviera sentido, como si realmente hubiera mujeres y hombres en el mundo y no una ilimitada variación de rasgos que hacen imposible toda clasificación.

Actualmente para distinguir entre hombres y mujeres los textos médicos emplean los criterios biológicos siguientes: a) sexo genético, es decir la presencia de cromosomas sexuales XX en las mujeres y XY en los hombres, y la presencia o ausencia de genes determinantes del sexo; b) estructura gonadal (presencia de ovarios en las mujeres y testículos en los hombres); c) la forma de los genitales externos (pene y vulva); d) la morfología de los genitales internos (útero y trompas de Falopio en las mujeres y su ausencia en los hombres), y e) las hormonas sexuales (estrógenos y progesterona en las mujeres y andrógenos en los hombres).

Cuando nace una persona se inscribe al nacido como varón si tiene pene y testículos, y se inscribe a la nacida como hembra si tiene vulva y vagina, y se da por supuesto que si el niño o la niña obedecen a los modelos normales van a cumplir con los criterios restantes. Esto no ocurre siempre, hay anomalías. A veces nacen personas intersexuales, hermafroditas o con una disposición cromosómica contraria a su sexo fenotípico; por ejemplo, hombres con cromosomas XX o con niveles elevados de estrógenos y progesterona, o mujeres XY, o con cifras elevadas de andrógenos. Además, puede darse un número anormal de cromosomas, tales como el síndrome de Turner, en el que está presente sólo un cromosoma X, y el síndrome de Klinefelter, en el cual están presentes dos cromosomas X y un cromosoma Y. Otras disposiciones cromosómicas menos frecuentes son las de tres, cuatro o cinco X.

¿Quiere ello decir, como afirma algún científico simpatizante de la teoría queer, que no está claro qué es un hombre y qué una mujer, o que, dada la individualidad biológica, no existen dos, cinco o un número determinado de sexos, sino un sexo individual, que puede oponerse perfectamente al paradigma de dos sexos únicos y que se acerca más a la amplitud y riqueza de las expresiones psíquicas y sociales de los transgéneros? En absoluto. Aunque en cada individuo exista una combinación única de elementos masculinos y femeninos ello no es obstáculo a que hagamos clasificaciones útiles, sin las cuales no podríamos hablar de nada, ni de árboles, animales, tormentas o zanahorias, pues nos veríamos obligados a hablar sólo de cada unidad como objeto único e inclasificable, y desaparecerían del lenguaje todos los nombres comunes a cambio de infinitos nombres propios. No nos sería posible hacer generalizaciones útiles y por tanto quedaría anulado tanto el conocimiento ordinario como la ciencia con sus leyes.

Clasificar es agrupar entidades que comparten alguna cualidad, aunque difieran en otras cualidades.

Dividir a la población en las dos grandes clases de hombres y mujeres por el criterio morfológico antes indicado vale para la mayoría de las cuestiones que atañen al sexo, que son muchas e importantes, aunque para otras sea preciso establecer subclases dentro de cada una de ellas.

Por ejemplo, si estudiamos la homosexualidad o la bisexualidad tendremos que contar con las subclases de hombres y mujeres homosexuales o bisexuales para comparar sus innatismos y aprendizajes con los de las personas heterosexuales. Si nos ocupamos de la intersexualidad o del hermafroditismo tendremos que seleccionar como clase a las personas intersexuales o hermafroditas para establecer comparaciones con las que no lo son.

En un porcentaje abrumador los hombres se consideran hombres y las mujeres mujeres. Está luego el pequeño porcentaje de personas trans, divisible en la subclase de hombres trans (hombres que no quieren ser hombres y que quieren ser mujeres, llamados “mujeres trans”) y la subclase de mujeres trans (mujeres que no quieren ser mujeres y que quieren ser hombres, llamadas “hombres trans”). Y aun dentro de cada una de estas dos clases hemos de considerar como nuevas subclases la de las personas que se hormonan, la de las que se hormonan y recurren a la cirugía y la de las que ni se hormonan ni recurren a la cirugía.

Decir que las personas trans eligen su género no ayuda a entender las cosas, más bien las confunde.

Para cualquier progresista las personas trans tienen pleno derecho a hacer con sus cuerpos lo que quieran, a presentarse ante los demás como prefieran y a pensar de sí mismas lo que les dicte su mente. Además merecen respeto social, protección frente a maltratos y cualquier ayuda que necesiten. En esto consiste el respeto a los derechos humanos. Tienen también derecho a que su condición quede reflejada en los registros públicos. El hombre que se considera mujer tiene derecho a que se le inscriba como lo que es, un hombre trans, y la mujer que se considera hombre como una mujer trans. A lo que no tienen derecho es a imponer a los demás su teoría posmoderna. Un hombre trans puede considerarse mujer, pero no tiene derecho a que los demás le consideren mujer. Desde una teoría que no se haya rendido al pensamiento posmoderno está claro que la pretensión de las personas trans sólo puede desembocar en una imitación, nunca en un cambio de sexo. Imitación, insisto, a la que tienen derecho y que debe ser respetada, eso es todo.

Lo mismo piensa Debbie Hayton, mujer trans y profesora de secundaria en Reino Unido, que en un artículo muy sensato (ver aquí) ha escrito: “como mujeres trans […] tenemos que ser honestas. Somos hombres y, por lo tanto no somos lo mismo que mujeres.”

¿Cómo es posible que la aberración intelectual posmoderna haya tenido y siga teniendo seguidores? Sólo por una razón, porque el pensamiento racional que se podía oponer, el marxista, hace tiempo que escapó del campo de batalla ideológico.

Una cosa es el sexo biológico y otra las ideologías sobre el sexo a las que luego me refiero. Fuera de estos espacios quedan los deseos y sentires, y allá cada cual con los suyos.

Dominación

En el principio fue la fuerza corporal. Los hombres más fuertes en la caza, la guerra, las justas o el deporte conseguían honores, riquezas y poder, y ninguna mujer podía sentirse a salvo si no tenía hombres (padre, hermanos, esposo) que la defendieran de la fuerza de otros hombres. Los hombres más fuertes podían elegir a las mujeres de su gusto, y ellas no tenían otra forma de sentirse protegidas. De manera que por su mayor fuerza corporal los hombres dominaron a las mujeres, los hombres fuertes a los débiles y los adultos a los niños.

Todavía es la fuerza la que sigue decidiendo los papeles sociales, sólo que ahora ya no está vinculada al cuerpo del hombre. Ahora reside sobre todo en la riqueza, capaz de doblegar voluntades, controlar Estados, fabricar leyes y enfrentarse con éxito a la fuerza opuesta, sea en el propio país o en el ámbito internacional. La élite en el poder está formada por quienes han adquirido la propiedad o el control del capital industrial y financiero.

Para ocupar establemente una posición explotadora es necesario mantener la dominación sobre la mayoría social, y por eso la élite económica se auxilia de los detentadores del poder político, los altos funcionarios, los controladores de los medios de comunicación, los intelectuales influyentes y los gerentes de las grandes corporaciones, servicios por los que paga tan bien que muchos de estos servidores pasan a formar parte de la élite económica. Por ejemplo, los salarios de los primeros ejecutivos del IBEX 35 suponen 100 veces el salario medio de las personas que trabajan en dichas empresas, y eso es sólo una parte de sus emolumentos.

Como bien captó Marx, el Estado, que se presenta como neutral, es una institución al servicio de la clase dominante, cuyos intereses son defendidos por la legislación, la judicatura y el monopolio de la fuerza (policías, carceleros). “Hoy el Poder público -se dice en el Manifiesto Comunista- viene a ser, pura y simplemente, el Consejo de administración que rige los intereses colectivos de la clase burguesa.”

Este es el Poder al que Foucault prefirió no mirar, sustituyéndolo por numerosos micropoderes que se contraponen y anulan unos a otros.

Siendo la dominación básicamente el monopolio estatal de la violencia, puede tomar dos formas, la que se denomina dictadura y la que se denomina democracia, asunto al que ya me he referido en otras entradas de este blog (ver aquí).

No quiere esto decir que toda posición relevante en los mecanismos del Estado, o de los medios, o de la Universidad tenga por finalidad mantener una estructura social explotadora, pues también cabe una actividad antisistema, bien que, tras las grandes revoluciones del pasado, esa actividad se viene mostrando poco poderosa.

2. Como antes dije, hay mujeres que ocupan puestos en las estructuras de dominación de clase (altos cargos públicos y alto funcionariado, legisladoras, comunicadoras influyentes, etc.), aunque en una gran proporción, sin embargo, las mujeres son víctimas de dominación de clase y víctimas además de dominación por sexo.

Las mujeres han estado relegadas a ciudadanas de segunda clase en la sociedad y dentro de la familia durante el tiempo en que la fuerza de las leyes les impedían ejercer derechos en igualdad con los hombres. Baste recordar el derecho de sufragio, el de contratar sin tutela masculina, el de disponer de la misma libertad sexual que el varón en temas como la virginidad o el adulterio, etc.

Gracias sobre todo a la lucha de las mujeres encuadradas en movimientos feministas, la violencia legal ha casi desaparecido en muchos países, no todavía en todos. La nueva legislación intenta imponer una relación de igualdad entre los sexos, pero no tiene éxito completo. Todavía seguimos viviendo efectos de una distribución de poder que nació de la legislación antigua, y todavía hay formas de dominación que tienen que ver con la fuerza corporal (por ejemplo la violencia machista en la familia y fuera de ella cuando llega al acoso, la violación o el asesinato).

Explotación

1. La explotación ha tomado a lo largo de la historia diversas formas, pero es en todo caso una desviación de lo que debería ser un reparto equitativo de la riqueza social.

Marx consideró que en el capitalismo el mecanismo de la explotación es la plusvalía (el valor que el trabajador produce más allá del que el patrono le paga), concepción que ha recibido críticas, algunas con fundamento, y de las que han deducido los conservadores que la explotación no existe, algo tan audaz como si alguien dedujera, del error ocasional de un epidemiólogo, que la actual pandemia no existe.

El marxista analítico J. Roemer elaboró en 1982 (Una teoría general de la explotación y la clase) una definición de explotación cuya ventaja es que no la liga a los conceptos de producción y plusvalía, como hizo Marx, sino al de mercado.

Parte Roemer de la idea de que la riqueza de una sociedad es la que es y si en el reparto unos pocos se llevan la mayor parte a muchos otros les ha de quedar la parte menor, lo que quiere decir que hay una relación causal entre riqueza y pobreza, relación que habitualmente se ignora.

Diremos que el rico explota al pobre cuando pueden establecerse dos condiciones: que el bienestar del rico depende causalmente de las privaciones del pobre (los ricos son ricos porque los pobres son pobres y al contrario); y que el bienestar del rico depende del esfuerzo del pobre (el rico, a través de un mecanismo u otro, se apropia de parte de los frutos del trabajo del pobre). El primero de estos criterios define por sí mismo la opresión económica, pero no la explotación. Obreros sin trabajo son, en esos términos, económicamente oprimidos pero no explotados.

Roemer demuestra mediante una serie de modelos matemáticos que la explotación basada en el mercado es estrictamente una consecuencia de la desigual distribución de los derechos de propiedad sobre los medios de producción. Dada esa desigualdad el intercambio mercantil tiene como resultado una transferencia explotadora de trabajo desde los pobres en propiedad a los ricos en propiedad, todo ello al margen de la naturaleza de las relaciones de producción. Resultaría así que la función principal del mercado no es ser la mano invisible que controla la economía, sino servir de mecanismo para esa transferencia, que concede riqueza y pobreza personales sin tener en cuenta la aportación de cada cual y sus necesidades. Estos días hemos podido ver la contribución importante al bienestar colectivo de trabajos despreciados y mal pagados por el mercado.

La explotación aumenta no sólo cuanto menos se pague por el trabajo (mejor si no se paga nada, como ocurre con una parte del trabajo que hacen las mujeres) sino además cuanto más se mueva el mercado. Para que la explotación llegue a los niveles que conocemos es necesario producir sin tasa, no importa qué, ya se encargará la publicidad de fabricar el deseo y la necesidad. Conocemos los efectos que sobre el medio ambiente tiene el consumo incontinente, pero eso no importa a los que se enriquecen ni a sus gobiernos vasallos. De manera que la publicidad es cada día más atosigante y descarnada, y el afán consumista más peligroso, mientras la producción incontinente se presenta como el único remedio contra el paro y la recesión económica.

2. De lo anterior se sigue que ocupan una posición explotadora quienes reciben más de lo que les correspondería según su contribución y sus necesidades, y que ocupan posición de explotados los que reciben menos. Se trata de un criterio de clasificación que tiene límites borrosos en el centro, pero claros en la parte alta y baja de la pirámide social.

Hay que añadir que este proceso se caracteriza por la realimentación positiva. Al concurrir al mercado en diferentes posiciones podemos predecir que, en general, los ricos se irán haciendo más ricos a costa de los restantes, lo que significa que se colocarán en posición de recibir mayores dosis del trasvase que el mercado realiza desde los bolsillos de los más a los bolsillos de los menos. Tal predicción se cumple. No se cumple en cambio la predicción conservadora de que, cuanto más dinero haya en manos de los ricos, más aumentará la riqueza social y más se beneficiarán los pobres.

Este concepto de explotación es técnico, no moral. Se puede ocupar una posición explotadora siendo persona compasiva, se puede ocupar esa posición sin conciencia de estar haciendo daño a nadie. Pensemos en alguien que lucha por los derechos humanos y que hereda una gran fortuna. Esa gran fortuna le convierte en objetivamente explotador según la definición anterior, lo que no dice nada sobre su contextura moral.

3. Si cruzamos el criterio estructural de clase con el de sexo encontramos la clase de mujeres que, aunque en menor número que los hombres, están en posición de explotadoras por su nivel de ingresos. Dado que el sexo produce relaciones familiares, hay mujeres unidas por esas relaciones con hombres que ocupan posiciones de explotación. En la medida en que ellas disfruten del patrimonio familiar están compartiendo esa posición.

Pero al igual que ocurre con la dominación, la mayoría de las mujeres se ven sometidas, además de a la explotación por clase, a una explotación por sexo.

En efecto, siguen realizando de manera gratuita la mayor parte de los trabajos necesarios para la reproducción de la sociedad, condición imprescindible para que la vida económica sea posible.

Con frecuencia su salario es inferior al del hombre por el mismo trabajo (en las empresas del IBEX, por ejemplo, el salario medio de los hombres fue en 2018 de 46 mil euros frente a 39 mil de las mujeres).

Realizan casi en exclusiva una serie de trabajos (de cuidados, de limpieza en hoteles y hospitales, de empleo doméstico) muy mal pagados, especialmente si se trata de mujeres inmigrantes o pertenecientes a otras etnias.

La mayoría de las familias monoparentales (en España cerca de dos millones) están encabezadas por mujeres que caen en la pobreza o en la extrema pobreza porque el cuidado de los hijos les impide trabajar fuera de casa salvo en la economía sumergida o en puestos de trabajo mal retribuidos.

Hay mujeres que cobran lo mismo que los hombres por el mismo trabajo (por ejemplo funcionarias públicas de nivel medio y bajo), pero la maternidad las penaliza con dificultades que impiden el mismo progreso profesional que los hombres.

La caída en las redes de prostitución y el recurso al vientre de alquiler da idea de la situación de explotación extrema en que se encuentran muchas mujeres.

La ideología que legitima dominación y explotación

Hablar de cultura patriarcal no sirve de mucho para describir un panorama sociológico lleno de complejidades. Hay por el contrario que tomar en cuenta distintos tipos de ideología.

Se puede llamar ideología a la estructura mental de cada persona, esto es, al sistema de conocimientos, afectos y pautas de conducta que genera comportamientos. Incluye la forma de concebir la sociedad, la riqueza y la pobreza, el delito, la vida honorable según sexo y posición social, la relación entre los sexos, la vida y la muerte, el alma, dios, la otra vida, la ciencia, etc.

En las sociedades elitistas no hay un solo modelo de ideología compartido por todos sus miembros, no van asimilando los mismos significados los niños que las niñas, ni los de clases altas que bajas. Son muy diferentes las experiencias y las enseñanzas en una familia de campesinos pobres, o de terratenientes, o de aristócratas ricos, o de intelectuales.

Cierto que hay elementos que se repiten, compartidos por un número grande de personas, pero se integran en sistemas diferentes y con efectos diferentes.

Puesto que el estudio de las ideologías es básico, se pueden hacer clasificaciones según criterios que dependerán del propósito de cada investigación. A la izquierda anticapitalista, por ejemplo, le interesa para políticas a largo plazo tener en cuenta diferencias entre ideologías prosistema y antisistema, y dentro de ellas diferenciar por capacidad para asimilar información nueva y también por estructura afectiva (altruista o egoísta). En esa trama de ideologías hay que reordenar a las distintas clases de hombres y mujeres.

Las ideologías antisistema propugnan la emancipación, mientras que las prosistema legitiman un sistema injusto. En las primeras puede darse la coherencia y la objetividad, mientras que las segundas necesariamente han de consistir en lo que Marx denominó “falsa conciencia”, es decir, en falsedades que se difunden desde púlpitos, símbolos, arte, literatura popular, fábulas, etc. y que niños y niñas van aprendiendo ligadas a su afectividad más profunda, la que tiene que ver con la aceptación social, la seguridad terrena y la salvación ultraterrena. A su predominio contribuye no sólo la costumbre modelada por milenios de elitismo, sino el sistema educativo deficiente, la conformación de la opinión pública mediante los medios de comunicación más influyentes, todos en manos del capital, y el continuo ofrecimiento de modelos que la publicidad lleva a cabo.

En este sentido peyorativo, la ideología puede definirse como un estado de conciencia a través del cual hombres y mujeres son ignorantes del origen social de sus ideas, valores y creencias, de la conexión de todo ello con intereses de clase o de sexo y del papel que esas ideas juegan en el mantenimiento y reproducción del orden social, un orden social de hecho injusto y modificable, pero presentado como natural, inevitable y justo. El valor funcional de la ideología así considerada es grande, pues en la medida en que facilita la adaptación de las personas explotadas ahorra a las clases dominantes el empleo de la fuerza para reducirlas a su condición.

2. Dada la ancestral relación entre el trono y el altar, las religiones han contribuido a la ideología legitimadora de la riqueza privada, tanto en mujeres como en hombres, ocultando que esa riqueza es efecto de la pobreza ajena (es decir, ocultando la relación causal entre riqueza y pobreza). Dios prohíbe el robo, y el pobre lo acepta, dado que no quiere que le roben lo poco que tiene. El pobre que encuentra la cartera del rico y la devuelve es ensalzado por su honradez. Tan interiorizada está la malicia del ataque a la propiedad ajena que una acusación humillante es haber hurtado una crema de belleza en un supermercado. Cualquier manifestación que ponga en cuestión el derecho de propiedad sin límites es en seguida perseguida como si fuera un ataque a un sagrado derecho humano.

La riqueza resulta así un ideal de vida que mujeres y hombres desean como si no tuviera contraindicaciones y efectos perversos. El rico no hace mal a nadie, incluso puede hacer el bien si dedica una parte de su riqueza a la caridad y la filantropía. Si el rico tiene una fábrica con mil empleados no se dice que explota a mil trabajadores, sino que da trabajo a mil personas que le deben la suerte de no estar en paro. Y como fomentar el deseo de riqueza puede tener efectos perversos si demasiada gente es consciente de que no tiene una vía para conseguirla, ahí están las loterías, que aplazan indefinidamente la conciencia de suprema frustración.

La relación causal entre riqueza y pobreza se niega con el argumento de que la riqueza aumenta si la mayor parte del dinero está en manos de los ricos, que son los que mejor lo hacen rendir. Por tanto la riqueza del rico beneficia al pobre. Se añade que si se abruma al rico mediante impuestos, los emprendedores perderán motivación y la riqueza de la sociedad bajará y por tanto habrá más pobres. Una ojeada a la realidad da cuenta del supremo cinismo de estos argumentos.

Ideología para legitimar el machismo

Las ideas, valores y pautas que legitiman el machismo están aún plenamente vigentes en muchas partes del mundo. Entre nosotros más de lo que parece. Tienen dos funciones: la que justifica la posición subordinada de la mujer y la que ensalza a la mujer para que su posición subordinada le resulte atractiva.

a) El papel subordinado de la mujer se ha justificado recurriendo al determinismo biológico, interpretado como que la mujer es por naturaleza inferior al hombre, tanto desde el punto de vista físico como intelectual y moral. De ahí que requiera la tutela masculina.

Para conseguir que la mujer sea una propiedad fiel del hombre se ha doblegado su naturaleza con ayuda de las religiones y las buenas costumbres, sometiéndola al ideal de la honestidad y de la fidelidad.

Que la mujer sea virgen cuando llega al matrimonio y que luego sea fiel al marido (o dicho de otra forma, que no conozca a otro hombre que a su dueño) no sólo garantiza la paternidad, sino que da seguridad al hombre, ya que su mujer no puede establecer comparaciones a la hora de juzgar. El adulterio femenino, que no el masculino, ha recibido un implacable castigo social.

Dedicadas las mujeres a tareas consideradas menores, las domésticas y de cuidados (“la mujer honrada, la pierna quebrada y en casa”), los hombres han podido tomar como prueba de la inferioridad femenina lo que sólo era un efecto del orden social, de la educación y de las costumbres.

Decía Bebel refiriéndose a la situación de la mujer a fines del siglo XIX que “las condiciones mantenidas durante una larga serie de generaciones acaban por convertirse en costumbres: la herencia y la educación las hacen aparecer como “naturales” a las dos partes interesadas. Es así como la mujer acepta todavía hoy su situación de inferioridad como una cosa evidente por sí misma. Nos cuesta mucho demostrarle que su situación es indigna de ella, y que ella debe buscar por convertirse en un miembro de la sociedad que posea los mismos derechos que el hombre, y sea su igual bajo toda relación.”

b) Al tiempo que se ha considerado a la mujer inferior, débil y semi incapacitada (incluso para ofender: “manos blancas no ofenden”), se la ha compensado con gestos de caballerosidad, y haciéndole creer que es la depositaria de la belleza (bello sexo) y objeto del amor romántico del hombre. Con el mito del amor hasta la muerte se disfraza un instinto biológico que tiene plazo de caducidad, y la imagen del matrimonio que dura toda la vida, en amor feliz, pasa a ser símbolo del ideal de vida.

La mujer es ensalzada por su papel fundamental en la casa mientras el hombre gana fuera el sustento de la familia, ella como complemento del hombre, generadora de estabilidad, apoyo en la lucha (detrás de cada gran hombre hay una gran mujer) y sobre todo madre (y así se puede conciliar el desprecio a las mujeres con la devoción por la madre).

Una consecuencia es que todo lo que no sea heterosexualidad dirigida al matrimonio se considera una aberración socialmente perseguible.

2. Aunque este machismo tradicional carece ya de apoyo legal (gracias a la batalla dada por el feminismo), sigue influyendo en el comportamiento de una parte de la población, mujeres incluidas.

Vivimos una crisis cultural, y ello quiere decir que las viejas ideas y valores han entrado en quiebra en su formulación explícita, lo que no significa que no sigan haciendo efecto en muchas mentes por su secreta conexión con otras ideas y valores.

Hay mujeres que, por su hábito de fidelidad a lo que aprendieron, ven con antipatía el comportamiento de las nuevas generaciones feministas, las hay que conservan ideas y valores de la vieja cultura patriarcal porque son de clase alta y repudian todo intento subversivo del orden social, y hay muchachas que aceptan que su chico les controle el teléfono móvil sin derecho a hacer ellas lo mismo.

La hostilidad que sigue habiendo en nuestras sociedades contra las formas no heterosexuales hace que muchos deportistas no se atrevan a salir del armario por miedo a la reacción de compañeros y aficionados.

Y hay hombres que aceptan tesis del feminismo (como que hay que repartir las tareas domésticas), pero se hacen los distraídos cuando la mujer, siguiendo hábitos culturales, se ocupa de la mayor parte de esas tareas.

Cierto que contra estos residuos hay una oposición cada vez mayor, en la que coinciden los distintos feminismos y un número creciente de hombres.

El punto ciego

Algo es sin embargo sorprendente. Las feministas que están atentas al uso de la imagen femenina en la publicidad, no lo están tanto al contenido de la publicidad misma. Pues dejan fuera de foco, o al menos no lo incluyen en sus discursos y condenas, el principal residuo de la ideología machista, plenamente vigente y de incalculables efectos. La idea del bello sexo y del amor romántico persiste con inusitada fuerza: los chicos al gimnasio y las chicas a realzar su belleza con vestidos sugerentes, pinturas y adornos a fin de aumentar su capacidad de seducción para encontrar el amor sin el que la vida no vale la pena.

Esta creación ideológica es la más insidiosa y peligrosa, pues sirve para marcar a la mujer como lo ocioso, lo desnaturalizado, lo desvalorizado tanto si no ha accedido a belleza y amor, como si el paso del tiempo ha marchitado la fragante realidad de la juventud.

Si pocas mujeres jóvenes aceptan ya su inferioridad respecto al hombre, casi todas aceptan este mito, del que se derivan numerosas consecuencias acerca de motivaciones, preferencias, papeles, autoestima y prácticas. Entre ellas una forma de “ser y sentirse mujer”. Ahí tenemos a las numerosas mujeres jóvenes contratadas para publicidad y presentación de programas en televisión, que actúan como modelos a seguir. ¿Qué las diferencia de los hombres que tienen papeles semejantes? El exceso de maquillaje, el vestuario sugerente que ha de cambiar en cada aparición, lo mismo que el peinado, y los altísimos tacones de aguja. Incluso los hombres trans que quieren parecer mujeres imitan, sobre todo, este aspecto espurio de la feminidad. Sobre este punto me remito a Machismo oculto (en hombres y mujeres).

Dos feminismos

1. Si pasamos de las mujeres a los movimientos feministas y los relacionamos con las estructuras de dominación y explotación, podemos dividirlos en prosistema y antisistema.

El feminismo prosistema (incluido el de orientación socialdemócrata), lucha para que las mujeres no sean más explotadas y dominadas que los hombres, pero acepta que lo sean tanto como ellos. Lucha también para que las mujeres puedan ser tan explotadoras y dominadoras como los hombres, es decir, lucha contra el techo de cristal que impide a las mujeres el ascenso a esas posiciones de explotación y dominación. En muchas ocasiones la discriminación positiva tiene este propósito.

No quiere ello decir que las feministas conservadoras no se estén empleando en una lucha legítima, sino que, si se cumplieran todos sus propósitos, aún así la mayoría de las mujeres seguiría condenada a la dominación y explotación de clase.

En cambio el feminismo antisistema defiende que, puesto que muchas mujeres sufren una doble dominación y una doble explotación, lo adecuado a sus intereses es luchar por una doble liberación, la cual implica también la liberación de los hombres, por lo que han de coincidir en su lucha con los hombres que militan en una izquierda anticapitalista.

2. De esta breve exposición del asunto se concluye que una teoría de clases que tome en cuenta la explotación y dominación estructurales y además su relación con el sexo, nos obliga a dividir la clase de las mujeres y la clase de los hombres en subclases que nos permiten hacer análisis tan finos como se quiera sin emplear el término “género” en sus distintas combinaciones, que más que a explicar vienen a ocultar la riqueza de situaciones e intereses.

Quienes consideran que el “género” es una categorización de las actitudes que son ‘masculinas’ o femeninas'”, tales como que “la niña debe hacer la limpieza y el varón no debe llorar”, no parecen haber percibido que hay ideologías emergentes y en crecimiento que no aceptan esas categorizaciones. Por su ideología podemos distinguir diferentes clases de hombres y de mujeres que se sitúan en posiciones distintas y aun contrarias respecto al eje dominación-explotación. Esas clases son investigables, con indudable ventaja para nuestro conocimiento de la situación.

jmchamorro@jmchamorro.info

FEMINISMOS Y TEORÍAS FEMINISTAS (II): LA FILOSOFÍA POSMODERNA Y LAS TEORÍAS DE GÉNERO y QUEER

Hay una polémica reciente, muy encendida, que tomo como introducción al tema de que me voy a ocupar.

La comunidad trans ha venido contando con el apoyo de las agrupaciones feministas y también del gobierno del PSOE, por cuya iniciativa la ley 3/2007 permite el cambio de sexo en el registro civil a mayores de 18 años si un informe clínico diagnostica la disforia de género (disonancia entre el sexo biológico y la identidad sexual sentida) y el solicitante ha sido tratado médicamente durante al menos dos años (con exigencia de hormonación, aunque no de cirugía de reasignación sexual).

El caso es que los grupos queer no están satisfechos con lo conseguido y quieren que baste la petición personal de un niño o un adulto para que el registro civil altere la asignación de sexo. De manera que se puede ser oficialmente hoy hombre, mañana mujer y otra vez hombre, con los efectos sociales que de ello se siguen y que estarían originados, en perjuicio de terceros, por una sola voluntad individual. El colectivo queer afirma que exigir condiciones, como el informe de un psicólogo o la prueba de que ha habido un proceso de hormonación previa, es patologizar a la persona trans e impedir su autoasignación.

El PSOE, lo mismo que Unidas Podemos en las propuestas de Ley Trans de 2018 y de LGTBI de 2017, se había plegado a estas exigencias y pasó a defender que es suficiente para la alteración del registro una declaración que deje acreditada la voluntad del solicitante. Pero más tarde ha reconsiderado el asunto y ha enviado desde Ferraz a sus cargos orgánicos un argumentario en el que se opone a que los sentimientos de una persona tengan “automáticamente efectos jurídicos plenos”, exigiendo ahora una “situación estable de transexualidad”, con lo que se vuelve a la ley 3/2007 impulsada por Zapatero.

La decisión se argumenta apelando a las consecuencias de la autoasignación de sexo: afectaría a las estadísticas, que se desagregan por sexos para saber si hay discriminación, desigualdad laboral o social, feminización de la pobreza y techo de cristal; sería por otra parte un ataque a la ley de violencia de género, pues un hombre maltratador podría declarar que se siente mujer para no ser juzgado por este delito; los efectos jurídicos automáticos podrían además afectar a las políticas de paridad y de representación equilibrada de las mujeres e impactar en recursos y servicios como casas de acogida.

Cabe añadir que la no discriminación en el deporte que exigen las personas trans podría llevar a que jugadores de fútbol, tras declararse mujeres, pretendieran entrar en un equipo femenino y consideraran una agresión a los derechos humanos que las normas federativas lo impidieran.

La reacción de miembros del colectivo trans ha llenado estos días muchas páginas. Baste citar la de Patricia Reguero en el diario El Salto, la de Ruth Toledano en eldiario.com, o la de la Fundación Triángulo y la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Trans y Bisexuales (FELGTB), esta última recordando que la autodeterminación de género de las personas trans ha sido exigida por varios organismos internacionales, entre ellos Amnistía Internacional o el Consejo de Europa, así como la propia Organización Mundial de la Salud (OMS) que despatologizó la transexualidad en 2018.

Sus comentarios son semejantes a los de la diputada de la Asamblea de Madrid, Carla Antonelli, que en una entrevista publicada en Público el 21 de junio, acusa al PSOE y al Partido Feminista de España (PFE) de transfobia y de delito de odio, así como de usar “la misma estrategia que utiliza la extrema derecha y el machismo recalcitrante para desvirtuar todos los logros que hemos conseguido las mujeres”.

El PFE ha respondido que Antonelli falsea datos al afirmar que la OMS ha retirado del catálogo de patologías la disforia de género, pues se ha limitado en 2019 a reemplazar el diagnóstico de “disforia de género” por el de ‘incongruencia de género’, que en una nueva edición de su guía ‘Clasificación Estadística Internacional de Enfermedades y Problemas Relacionados con la Salud’ queda definida como una condición relacionada con la salud sexual de una persona, en lugar de un trastorno mental y de comportamiento.

Añade el PFE que es además una calumnia acusarle de tránsfobo, pues aparte de que su presidenta Lidia Falcón defendió a homosexuales, lesbianas y transexuales ante los tribunales franquistas con riesgo de ser ella misma perseguida, en el programa del PFE se pide la financiación pública de los tratamientos hormonales y la cirugía de reasignación de sexo, y por otra parte el Partido Feminista tiene entre sus afiliadas a mujeres reasignadas que se muestran enormemente disgustadas con la propuesta de Ley Trans de 2018 y la de LGTBI de 2017. Una cosa, dice el PFE, es la transexualidad, cuyas opciones se aceptan legalmente desde la Ley de 2007, y otra la “autodeterminación de género” que pretende aprobar Unidas Podemos como ley Trans, constructo lingüístico que no significa nada y que permite a cualquier persona cambiar de sexo por su sola declaración.

Finalmente, el PFE se muestra absolutamente contrario a que los menores, a quienes la ley les impide comprar una casa, vivir independientes, contratar, tener cuenta bancaria y votar, puedan sin embargo decidir su cambio de sexo y sean inscritos como tales por su sola voluntad, y que incluso puedan someterse a bloqueadores de hormonas desde el comienzo de la pubertad y posteriormente a cirugía reasignativa.

Hasta aquí una reseña de la última polémica. Pasemos a considerar las teorías implicadas.

Los orígenes filosóficos de los feminismos posmodernos

Han proliferado teorías feministas que, desdeñando los términos sexo, hombre, mujer, machismo, dominación, explotación e ideología, utilizan “género” con distintos añadidos bajo el supuesto de que el sexo es una construcción social, o incluso individual, como llega a decir la doctrina queer.

No puede entenderse bien el trasfondo de estas teorías si no se retrocede en busca de sus inspiraciones, y tenemos para ello que ir a la filosofía que imperó desde los años 20 a los 70 del pasado siglo en el ámbito anglosajón, la llamada filosofía analítica o positivismo lógico.

Esta filosofía había surgido en el llamado Círculo de Viena, formado por filósofos, lógicos, matemáticos y científicos, y aunque nació en el continente europeo se considera de tradición anglosajona porque se situó en el ámbito del empirismo inglés, sus miembros militaban contra las ideas metafísicas típicas de la tradición continental y el ascenso del nazismo hizo que algunos de sus miembros emigraran a EE UU, donde esta filosofía tuvo su mayor desarrollo.

Se trata de una filosofía positivista (es decir, que entiende que el método científico debe emplearse en todas las cuestiones cognoscibles, sean naturales o sociales), y sus principios básicos iniciales eran éstos (que aclaro con ejemplos inspirados en el actual contexto):

-Los hechos son independientes de la teoría y previos a ella. Los hombres y las mujeres son hechos del mundo preexistentes a cualquier teoría sobre hombres y mujeres.

-A cada hecho del mundo corresponde una oración del lenguaje. Por ejemplo, al hecho del mundo consistente en que Pedro afirma que es una mujer corresponde la oración “Pedro afirma que es una mujer”.

-Cada oración es significativa sólo si es susceptible de someterse a un proceso de verificación (aunque resulte de ese proceso que es falsa). La oración “Pedro es una mujer” es verificable y resulta falsa porque Pedro no es una mujer, pero en todo caso es una oración con significado. En cambio “Dios ha creado el mundo” no puede ser verificada y por tanto es un sinsentido.

-Las leyes científicas se inducen a partir de observaciones de hechos.

De estos principios se seguía que al no versar sobre objetos observables quedaban condenadas como sinsentidos no sólo las proposiciones de la teología y de la metafísica (“el infinito es perfecto”) sino también las afirmaciones sobre la mente (por ejemplo, las del psicoanálisis). La única psicología aceptable era para estos filósofos el conductismo, que se limita a poner en relación estímulos observables con respuestas observables.

Pensaban estos filósofos que para hablar de la realidad está la ciencia. Pero entonces ¿a qué se dedicaba la filosofía analítica si se abstenía de hablar de la realidad? Se limitaba al análisis lógico del lenguaje.

Naturalmente los choques de estos filósofos con los restantes eran continuos. Recuerdo esos enfrentamientos en la Universidad Autónoma de Madrid cada vez que los filósofos analíticos pedían a los marxistas que definieran con precisión las relaciones entre estructura y superestructura o cuando pedían a los metafísicos que definieran con precisión cualquiera de los términos que empleaban. El grado de exasperación a que llegaban estas discusiones lo refleja el hecho de que el ancho de la mesa que los separaba impidió en ocasiones que los discutidores llegaran a las manos.

El rigor lógico de la filosofía analítica en el uso del lenguaje era tan grande y su forma de argumentar tan poderosa que sus contrarios no sabían plantar batalla. Ocurrió por ello que las críticas fuertes al positivismo lógico no provinieron de sus enemigos, sino que se fueron fraguando desde dentro, fueron autocríticas. Examinándolas es fácil comprobar cómo se generaron las ideas básicas de algunas teorías feministas actuales.

La autocrítica del positivismo lógico

En un artículo muy discutido de 1951 (Dos dogmas del empirismo) W.O. Quine criticó la idea de que las afirmaciones observacionales son verificables de una en una, pues cada afirmación sólo adquiere verdad o falsedad inserta en una teoría y por relación con ella. En consecuencia no son las oraciones individuales, sino las teorías las que resultan verificadas o falsadas. No se puede verificar “Pedro es una mujer” sin insertar esta afirmación en una teoría que defina qué es un hombre y qué una mujer, qué es Pedro, etc.

Más tarde N.R. Hanson puso en cuestión la independencia de los hechos respecto a la teoría cuando defendió en una obra de 1958 (Patrones de descubrimiento) que toda observación lleva una carga teórica y que por ello T. Brahe y J. Kepler no veían lo mismo cuando observaban el movimiento del sol en el firmamento, pues era diferente la carga teórica que cada uno adosaba a su observación: Brahe una teoría geocéntrica, Kepler una teoría heliocéntrica.

Luego el debate suscitado por Kuhn, Popper, Lakatos y Feyerabend acerca de la historia de la Física moderna dejó claro que es posible teorizar sobre objetos no directamente observables (entidades que están por encima o por debajo de las dimensiones observables o que sólo pueden manifestarse en sus efectos, tales como la fuerza gravitacional, los campos magnéticos, los neutrinos, los agujeros negros, las cuerdas, etc.), los cuales sólo empiezan a contar, a tener realidad, cuando la teoría los afirma. Esta constatación dejó dañada la concepción inductivista de la ciencia (la tesis de que todas las leyes científicas han de ser inducidas a partir de observaciones de hechos).

A su vez, la autocrítica a la idea de que sólo tienen significado las oraciones verificables llegó cuando Wittgenstein, arrepentido de lo que había dicho en su primera etapa, afirmó que el significado de las expresiones no es unívoco y ligado a la verificación, sino que depende del uso del lenguaje y que, habiendo numerosos juegos de lenguaje, la misma expresión puede dar lugar a una pluralidad de experiencias significativas.

Siguendo este camino, J.L. Austin, en una obra de título revelador (De cómo hacer cosas con palabras) hizo notar que cuando se emplean ciertos verbos en primera persona del presente de indicativo, como “Yo os declaro marido y mujer”, “Yo te bautizo”, “Yo te prometo que acabaré la obra el próximo mes”, si la expresión ha sido pronunciada por la persona adecuada y en el contexto adecuado, se ha hecho una cosa con las palabras: que alguien quede bautizado, que una pareja se convierta en matrimonio, que alguien quede obligado por lo que prometió.

De manera que el lenguaje no sólo tiene el significado cognitivo que se sigue de la verificación, sino otros muchos. Y además una fuerza a la que se viene llamando performativa.

La exageración intencionada

La autocrítica era hasta aquí más o menos razonable y aprovechable, sobre todo porque obligaba a explorar nuevas líneas de pensamiento.

Pero en seguida se produjo una exageración. De la idea de que hay hechos dependientes de las teorías se pasó a la idea de que los hechos (todos los hechos) son dependientes de las teorías. Y de aquí sólo había un paso a decir que todos los hechos son fabricados por la teoría y que, por tanto, no existen fuera de ella.

Pero si es la teoría la que fabrica los hechos, hay que concluir que cada teoría fabrica las condiciones mismas de su verificación, de manera que la verdad es siempre interior a un sistema teórico. En consecuencia, los sistemas teóricos (y lo mismo las concepciones del mundo, las culturas) son entre sí incomparables (no hay hechos independientes con los que contrastarlos). Así que no se puede asegurar que una teoría cualquiera sea más verdadera que otra (en definitiva, que valga más que otra en el aspecto cognitivo). Puede haber por tanto teorías incompatibles y ser todas ellas igualmente verdaderas. Por la misma razón, desde una cultura no se puede juzgar a otra: las prácticas ajenas que a los miembros de una cultura les parecen inaceptables hay que mirarlos según los significados de la cultura en que se producen. Aplicando esta doctrina al burka, a la ablación o al matrimonio infantil: son elementos de una cultura que no se pueden valorar ni criticar desde otras.

Una crítica a la concepción constructivista del conocimiento

Cuando Hanson dijo que Brahe y Kepler veían cosas distintas al mirar al sol se equivocaba. Ambos veían lo mismo, el desplazamiento del sol por el firmamento. A ese movimiento se lo puede considerar un hecho bruto.

Otra cosa es la interpretación de ese hecho bruto, sea como efecto del movimiento del sol en torno a la tierra, sea como efecto del movimiento de la tierra en torno al sol. Esta interpretación depende de la teoría en que el hecho se integre. Pero el hecho es previo e independiente a cualquier interpretación.

De manera que, aunque es cierto que el científico tiene libertad para postular realidades directamente inobservables (realidades que, por tanto, dependen de las teorías que las postulan) también es cierto que hay hechos brutos que vienen dados con independencia de toda teoría y que son por ello transteóricos.

Muchos de ellos son previos a cualquier lenguaje, pues el niño aprende el lenguaje relacionando dos tipos de percepciones: las de los sonidos de la lengua y las de los objetos a que esos sonidos se refieren. Pero esos objetos no son fabricados por teoría alguna, que el niño aún no tiene, sino por su aparato perceptivo innato.

De ahí que individuos de todas las razas, épocas y culturas, con independencia de en qué modelos culturales integren sus percepciones, coinciden al discriminar el animal adulto y la cría, los alimentos y el agua, los rasgos sexuales de sus semejantes, el nacimiento y la muerte.

Incluso podemos considerar que son también hechos brutos, aunque de naturaleza sociológica, la cantidad de dinero que la mujer percibe como salario, comparable con la cantidad de dinero que recibe el hombre por trabajo semejante. O el número de horas que dedica una mujer a tareas del hogar por comparación con las que dedica su pareja masculina. O la mayor fuerza corporal del hombre como condición necesaria de una agresión machista. O el distinto nivel de riesgo que corren mujer y hombre si caminan de noche por una calle solitaria.

Podemos entonces admitir que cada teoría tiene sus verdades, pero añadiendo que éstas son comparables por su grado de objetividad, grado que se mide por su mayor o menor eficacia predictiva. Y son precisamente hechos brutos los que funcionan como tribunal en el que dirimir la eficacia predictiva, hechos como que alguien postrado en el lecho recupera su salud, que el cohete despega y se pierde de vista en el espacio, que señales lejanas se captan en un aparato receptor convertidas en palabras e imágenes, que en los hijos no se reproduce la enfermedad hereditaria de los padres, etc.

Es evidente que el mayor rango de objetividad lo tienen las verdades científicas y el menor las teológicas. Por ello en una pandemia es razonable escuchar a los cientificos y no a curanderos u obispos.

El sexo, es decir, la propiedad biológica por la que alguien es mujer u hombre, es un hecho bruto que no depende de teoría alguna y que está ahí como dato previo para cualquier teorización sobre mujeres y hombres.

Contra la ciencia y contra el marxismo

Siendo tan peregrina y tan contraria a estas evidencias la filosofía posmoderna, ¿cómo es posible que fuera aceptada y aplaudida? Pues, sencillamente, porque servía para devaluar tanto a la ciencia como al marxismo.

Si la verdad depende del punto de vista, no se puede asegurar que las verdades de la ciencia sean superiores a las de la teología, la metafísica o la astrología. Y lo mismo se puede decir del marxismo. Tiene sus verdades, pero no superiores a las de la teoría social de la iglesia católica o a las del neoliberalismo.

Parece comprensible que los metafísicos recibieran de muy buena gana la devaluación de la ciencia, su principal enemiga. Pero es difícil entender que recibieran esa devaluación con el mismo entusiasmo filósofos que habían venido militando en el positivismo. Se explica sin embargo si se tiene en cuenta que en el espacio anglosajón muchos filósofos se habían adherido a los principios positivistas porque no se atrevían a enfrentarse al paradigma dominante, pero en el fondo de sí mismos muy a disgusto. Eran secretamente dualistas (concebían al humano como compuesto de cuerpo y alma) y por tanto eran secretamente antipositivistas (creían que la ciencia, puesto que se ocupa sólo de procesos y relaciones materiales, no puede ocuparse de lo más profundamente humano, el alma y sus estados). Por eso recibieron con alborozo la crítica que destrozaba el edificio en que se habían visto obligados a vivir durante más de tres décadas.

P.K. Feyerabend, por ejemplo, que había sido inicialmente seguidor de las tesis del positivismo lógico y discípulo de Popper, abrazó en Adiós a la Razón ideas claramente irracionalistas y llegó a defender que no se pueden despreciar como inútiles sistemas de creencias como la astrología, la parapsicología o la medicina alternativa, a los que atribuyó un estatus equiparable al de la ciencia. En su papel de enfant terrible de la filosofía (frívolo dadaísta, dijo de sí mismo) proclamó su célebre lema Anything goes (Todo vale).

Algo parecido se puede decir del alivio con que recibieron la devaluación del marxismo todos los filósofos conservadores, pero también los que se habían adherido al marxismo obligados por circunstancias políticas (como los de la Escuela de Francfort) o por impulsos de la juventud (como algunos miembros de la filosofía parisina). Foucault por ejemplo, inspirador de la teoría queer, fue alumno de Louis Althusser y anduvo cercano al Partido Comunista Francés. Pero consideraba compatible la teoría marxista, que no conocía muy bien, con Nietzsche o Bataille. En seguida pensó que el “hipermarxismo” era contraproducente, por lo que puso en juego un concepto de poder que no tenía que ver con la clase dominante, “una trama de poder microscópico, capilar” socialmente distribuida. La lucha de clases quedaba así sustituida por lucha de cada uno contra todos los demás. No es de extrañar que Sartre le viera como “el último bastión de la burguesía”.

Por su parte Lyotard, basándose en la noción “juegos de lenguaje” de Wittgenstein, propuso una “incredulidad hacia las metanarrativas”, es decir, hacia las grandes teorías sobre el mundo, como el marxismo, frente a las que opuso, como esencia del pensamiento posmoderno, una abundancia de micronarrativas.

La tarea de desacreditar la teoría marxista fue muy premiada por el sistema. Estos filósofos obtuvieron cátedras, altas posiciones en la universidad, publicaciones sin tasa y críticas laudatorias que transformaron obras mediocres en cumbres del pensamiento occidental.

Unidos en un propósito común, analíticos y metafísicos empezaron en seguida a tomarse en serio mutuamente, algo que poco antes parecía impensable, y elaboraron una jerga impenetrable mezclando conceptos de Austin, Searle y el segundo Wittgenstein con los de Freud, Nietszche, Husserl. Heidegger, Kierkegaard y Sartre.

La filosofía oscura

Disfrazar la propuesta posmoderna con una maraña de términos sin significado preciso ha sido provechoso para estos filósofos, porque son muchos los que tienden a pensar que si no entienden un libro prestigioso es por su exceso de profundidad. A lo largo de muchos años como profesor en una Facultad de Filosofía, he tropezado con seguidores de Lacan que no podían demostrar que hubieran entendido a Lacán, seguidores de Derrida que no podían demostrar que hubieran entendido a Derrida, etc., lo que no va en desdoro de su capacidad lectora. Sólo cabe preguntar ¿por qué se decían seguidores de autores a los que no entendían?

Es revelador de esa oscuridad que Foucault haya sido tomado como anarquista, izquierdista, marxista manifiesto o disimulado, nihilista, antimarxista explícito o secreto, tecnócrata al servicio del gaullismo, neoliberal, etc., y es también significativo que él se haya sentido satisfecho de producir tan diversas interpretaciones.

Noam Chomsky cuenta (en La arquitectura del lenguaje) que conoció a Lacan personalmente y nunca entendió una sola palabra de todo lo que decía, crítica que extendió a Derrida. El mismo Lacan aceptaba que se le describiera como «el Góngora del psicoanálisis», porque usaba juegos de palabras, homofonías, equívocos, o inventaba, deformaba o fusionaba palabras conocidas. Pero lo peor es que estos filósofos, para hacer pasar su oscuridad por rigor extremo, utilizaban la lógica fregeana, modelos matemáticos, estructuras algebraicas, topologías de nudos o matemas y toda jerga científica que se les pusiera a tiro.

Para desenmascarar este tipo de impostura A. Sokal, profesor de física en la Universidad de Nueva York, envió en 1996 un artículo pseudocientífico a la revista postmoderna de estudios culturales Social Text, de la Universidad de Duke, con este título: «La transgresión de las fronteras: hacia una hermenéutica transformativa de la gravedad cuántica», en el que sostenía la desternillante tesis de que la gravedad cuántica es un constructo social; es decir, que la gravedad existe solamente porque la sociedad se comporta como si existiera, y que por tanto si no creyéramos en ella no nos afectaría. Pues bien, tal artículo fue publicado, lo que produjo un gran escándalo cuando se supo quién lo había elaborado y para qué.

Un año más tarde A. Sokal y J. Bricmont publicaron Imposturas intelectuales para demostrar que determinados intelectuales «posmodernos», como Lacan, Kristeva, Baudrillard y Deleuze, utilizaban fuera de contexto conceptos provenientes de las ciencias físico-matemáticas y los mezclaban con lenguaje pseudocientífico sin dar la menor justificación conceptual o empírica, ofuscando a sus lectores con palabras «sabias» sin preocuparse por su pertinencia o sentido, y negando la importancia de la verdad.

Catón el Viejo se admiraba de cómo un haruspex podía mirar a otro sin reírse. Cambiando harúspices por filósofos oscuros tenemos una buena razón para renovar aquella admiración.

La influencia del pensamiento posmoderno en el feminismo

Es tarea enojosa y desquiciante entrar en el maremagnum de escritos feministas inspirados en los conceptos oscuros y conservadores del pensamiento posmoderno.

Voy por ello a fijarme solamente en dos consecuencias de esa influencia: la sustitución de los términos sexo, hombre, mujer e ideología por el término género en distintas combinaciones; y la doctrina queer.

Es razonable que las feministas se opongan a la tesis de que las características biológicas de cada sexo determinan los papeles subordinados de las mujeres. Pero para oponerse a ese falso determinismo biológico es insensato negar los hechos biológicos. Tras aceptar que hay sexos y diferencias biológicas entre hombres y mujeres, se puede demostrar que ninguna de esas diferencias determina o justifica la subordinación de las mujeres ni el agravamiento de las condiciones de doble explotación que padecen muchas de ellas.

Pero no es este el camino seguido por el feminismo posmoderno.

Simone de Beauvoir escribió en El segundo sexo: “No se nace mujer: se llega a serlo. Ningún destino biológico, físico o económico define la figura que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; la civilización en conjunto es quien elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado al que se califica como femenino. Sólo la mediación de un ajeno puede constituir a un individuo como un Otro.”

Se trata de una formulación resultona, y por ello ha sido tantas veces citada, pero en su mayor parte vacía. La mediación de un ajeno, la constitución de un individuo como un Otro, el producto intermedio entre el macho y el castrado… palabras, palabras, palabras…

Se nace niña y a través de un proceso biológico se va pasando de la niñez a la pubertad, a la edad madura y a la vejez, no importa cultura, ideología o clase social. Más acertado sería decir que se nace animal, y que la cría humana se va convirtiendo en persona conforme adquiere el lenguaje de su grupo, adquisición que proporciona un concepto de yo y de otros, ideas sobre el propio sexo y el otro sexo, ideas acerca de papeles sexuales correctos e incorrectos, etc. Estas ideas no eliminan los hechos, sólo los interpretan, y en gran medida dependen de la estructura económico-política de la sociedad y de la ideología que la legitima.

La persistencia del sexo a través de los distintos niveles de realidad (biológico, psicológico y social) es abrumadoramente evidente: el embarazo y la maternidad influyen en la contratación laboral y en el progreso profesional de las mujeres; la menor fuerza corporal de la mujer es condición para el maltrato machista y la violación, esa menor fuerza física es la que determina que haya deporte masculino y deporte femenino, etc., etc.

Sin embargo el feminismo posmoderno afirma que el sexo es un dato que sólo vale en biología, por cuya teoría es creado, pero que el sexo biológico no es un hecho básico, ni siquiera importante, ni siquiera existente en el nivel sociológico, donde lo que importa es la conceptualización social, la fabricación cultural de géneros con roles específicos. De manera que se pasa a hablar de identidad de género, rol de género, simbolismo de género, binarismo de género, violencia de género, perspectiva de género…

Esto conduce a que una feminista, para expresar que se siente discriminada por ser mujer, diga por radio que se siente discriminada por razón de género, o que otra feminista, mientras utiliza la palabra “masculinidad” para hablar de la masculinidad, en cambio utilice “identidad de género” para hablar de la feminidad en el mismo párrafo, o que otras feministas digan que «ser trans no es una disidencia, es una identidad», y que se queden tan contentas, como si estuvieran por encima del lenguaje común y ello les diera una buena sensación.

Como es de esperar, dada una definición de “género” (digamos «roles socialmente construidos, comportamientos, actividades y atributos que una sociedad considera como apropiados para hombres y mujeres») no queda claro qué significa, por ejemplo, “violencia de género”. En buena lógica debería significar que el papel apropiado que la sociedad asigna al hombre es la violencia sobre la mujer. Pero ¿acaso son todos los hombres violentos con las mujeres? O bien podría significar que hay formas de violencia que la sociedad considera apropiadas para la mujer y otras apropiadas para el hombre. Pero entonces la expresión “violencia de género” se refiere tanto a la que ejercen mujeres sobre hombres como a la que ejercen hombres sobre mujeres, y por tanto es una expresión que va muy bien a la ideología de Vox. Sin embargo las feministas que hablan de violencia de género no se refieren a la que puedan ejercer mujeres sobre hombres, sino sólo a la socialmente preocupante, que es la que ejercen algunos hombres (machistas) sobre mujeres. Por tanto la expresión adecuada no es violencia de género sino “violencia machista”.

A su vez la expresión “perspectiva de género” debería referirse a la que considera la realidad desde los papeles y comportamientos de mujeres y hombres, pero la expresión se utiliza para examinar la discriminación de las mujeres desde la perspectiva de sus intereses. Por tanto la expresión correcta no es “perspectiva de género”, sino perspectiva femenina o feminista. Etc., etc.

La doctrina queer

La deriva posmoderna llega a su límite con la teoría queer, influida, calculen ustedes, por el postestructuralismo, el psicoanálisis de Lacan, el deconstructivismo de Derrida y la idea de performatividad, pero sobre todo por Foucault, que en su Historia de la Sexualidad afirma cosas como que el secreto del sexo no reside en esa realidad básica en la que se sitúan todas las incitaciones a hablar de sexo, fábula indispensable para la economía eternamente proliferante del discurso del sexo, bla, bla, bla, etc., etc.

Inspirándose en un concepto de performatividad sacado de contexto, Judith Butler dice que, del mismo modo que ciertas palabras tienen el poder de crear realidad (en contextos autorizados), nuestros comportamientos y acciones tienen el poder de construir la realidad de nuestros cuerpos. Y aunque los entornos sociales y culturales tienen efecto sobre nosotros, lo importante al final no es tanto la narrativa social cuanto las “narrativas” subjetivas. De forma que el sexo viene construido por la decisión particular de un niño o un adulto, que, a partir de repeticiones regulares y de actuar como un determinado sexo, desarrollan sexos que les son integrados. Esta es la razón de por qué nuestros cuerpos humanos no son ni macho ni hembra (o algo diferente), sino un total desconocido que no puede existir independientemente de nuestras ideas sobre él.

¿Cómo puede tener credibilidad un discurso de ligereza tan gratuita? Pues la tiene y de esa ligereza viene el concepto de “sexo sentido”, utilizado como si aludiera a algo cuando es en realidad un concepto vacío. ¿Qué es sentirse hombre o sentirse mujer?

Para responder a esta pregunta deberíamos tener claro el significado de los términos “sexo”, “hombre” y “mujer”, pero esto es algo que no interesa al pensamiento posmoderno, acostumbrado a utilizar los términos con una laxitud que les permite alterar a conveniencia el significado en cada contexto.

Si nos ponemos a indagar llegaremos a la conclusión de que el único criterio comúnmente utilizado en todos los tiempos y culturas es el biológico, y ello por la sencilla razón de que no hay otro. Se dice “ha nacido un niño” o “ha nacido una niña” en virtud de caracteres observables que están referidos al hecho fundamental de la reproducción, esto es, al sexo biológico. Y esa asignación inicial de sexo se sostiene a lo largo de la vida de las personas. Hasta la llegada del pensamiento posmoderno, por más que incluso la mayoría de las personas trans definen su “sexo sentido” por las características biológicas que quieren imitar mediante hormonas y cirugía.

El criterio biológico hace que el sexo, como hecho bruto, sea por completo independiente de nuestras narrativas subjetivas, de nuestros sentimientos y de nuestras acciones repetidas.

Cierto que la persona trans que ni se hormona ni recurre a la cirugía puede decir que su “sentirse mujer” no tiene que ver con características biológicas.

Pero entonces, si su concepto de mujer no se refiere a propiedades fisiológicas ha de referirse a propiedades mentales. ¿Y qué propiedades mentales distinguen al hombre de la mujer? Precisamente un principio del feminismo es que ninguna característica intelectual o afectiva independiente del aprendizaje distingue a mujeres de hombres. Ni siquiera podemos decir que las mujeres se caracterizan por su orientación hacia los hombres y al contrario, pues en tal caso tendríamos que considerar mujer al hombre gay y hombre a la mujer lesbiana.

Cierto que cabe hablar de hombres castrados y de hombres y mujeres estériles, pero siempre por referencia a los modelos biológicos de mujer y hombre. Nunca diríamos que un hombre castrado es una mujer, ni que una mujer estéril es un hombre.

¿En qué puede consistir entonces el “sexo sentido”? Hay sin duda innumerables maneras de sentirse mujer o de sentirse hombre y todas ellas pertenecen al interior mental de cada cual, pero sin duda no se puede sentir mujer de la misma manera la prostituta que la monja, la adolescente que la anciana, la que vive en la pobreza que la que se sirve de empleadas del hogar y es adicta a moda, joyas y cosmética. El otro día una contertulia de la SER confesó a Angels Barceló que estaba contenta por haberse puesto al fin zapatos de tacón tras el largo confinamiento, y las mujeres presentes estuvieron de acuerdo en que los zapatos de tacón empoderan a las mujeres. Ese verbo se utiliza mucho. Se ha dicho también que la minifalda empoderó a la mujer. He ahí una manera de sentirse mujeres que sin duda no es universal.

Las innumerables maneras de sentirse mujer u hombre sólo tienen una cosa en común: la forma en que las particularidades de la realidad corporal influyen en los contenidos mentales. En el “sentirse mujer”, como dije en la anterior entrada de este blog, necesariamente hay que incluir la forma en que se viven realidades que el hombre no conoce, las relacionadas con el desarrollo corporal en la adolescencia, la menstruación, los posibles embarazo, parto y aborto, la maternidad, la menopausia y el temor a las específicas patologías del aparato reproductor femenino, realidades desconocidas por el hombre que dice “sentirse mujer”.

En definitiva, el concepto de “sexo sentido” es una fantasía indefinida e incomprobable que podemos traducir por una expresión más realista: la persona trans repudia el sexo que tiene y quiere tener el otro, y para conseguirlo está dispuesta a cualquier sacrificio.

Pero esto equivale a decir que esa persona quiere un imposible que aboca necesariamente a lo que una trans ha llamado “ser un bolso de imitación”. Nadie tiene derecho a reprochar esa imitación, ciertamente dolorosa, que convierte a las personas trans en personajes trágicos, condenados a un nivel de frustración muy alto que ellas mismas proclaman cuando hablan de sus sufrimientos y de su mayor tasa de suicidios. Tienen además que padecer los efectos de una transfobia no erradicada, e inconvenientes que se siguen de que figuran oficialmente con el sexo que repudian y no con el que querrían tener. Por tanto merecen el apoyo de quienes respetan la libertad ajena y disponen de empatía. Tienen además derecho a que el Estado las defienda con actuaciones educativas en la escuela y con legislación específica.

A lo que su sufrimiento no les da derecho es a que la sociedad entera haya de plegarse a exigencias excesivas, y tampoco a teorizar sin que se les pueda contradecir, como si los demás estuviéramos obligados a asentir a sus conceptos. Deben aceptar que otros pensemos que, puesto que sentirse mujer siendo hombre no se sabe bien qué cosa pueda ser, pero en todo caso no equivale a ser mujer, la llamada “mujer trans” debería en puridad ser llamada “hombre trans”, y por la misma razón el llamado “hombre trans” debería ser llamado “mujer trans”, precisión lingüística que para nada afecta a sus derechos y que puede hacerse con toda la simpatía del mundo, como en este caso. Por supuesto que las personas trans no tienen por qué estar de acuerdo con esta precisión, pero entonces deberían rebatirla con argumentos, no con insultos y descalificaciones.

Ocurre que los argumentos son difíciles en el terreno de la posmodernidad, porque las teorías de género y queer se refutan a sí mismas. Pues si los hechos no existen, sino que son creados por la teoría cultural, o por la voluntad individual, entonces la explotación y discriminación de la mujer, y la violencia machista, y las “mujeres trans”, sólo existen a la luz de las teorías que las crean, pero no a la luz de otras teorías que las niegan. Y si no hay hechos objetivos e independientes con los que confrontar las teorías, todas valen lo mismo, la de género, la queer y la patriarcal.

A la izquierda le conviene saber de dónde viene cada idea y para qué, ahora que estamos inmersos en el pensamiento posmoderno conservador. Tanto la teoría de género como la queer, aparentemente radicales, son inofensivas para la clase dominante, hasta el punto de que corporaciones como Apple o Coca Cola apoyan las campañas LGTB y los desfiles del Orgullo, y subvencionan cátedras, departamentos y becas de estudios de género y queer.

En la próxima entrada de este blog terminaré estas reflexiones con la exposición de la teoría feminista que puede derivarse de un marxismo puesto al día.

jmchamorro@jmchamorro.info

FASCISMOS, MACHISMOS Y FEMINISMOS

Dos noticias han provocado muchos comentarios: la política xenófoba y despiadada del Gobierno italiano que impide que desembarquen en sus puertos inmigrantes rescatados en el mar; y las hazañas de ese grupo de hombres valientes que se hacen llamar “la manada”. Tanto los políticos italianos como los violadores sevillanos muestran mentalidades y comportamientos que remiten a una psicología fascista.

DEL FASCISMO PSICOLÓGICO AL POLÍTICO

A veces el fascismo se identifica con ciertos comportamientos racistas o xenófobos y, más en general, con ciertos comportamientos políticos. Señaladamente el de votar a partidos de extrema derecha.

Si los partidos políticos fascistas no obtienen buenos resultados electorales, mucha gente se felicita y cree que el fascismo está en baja. Las alarmas se desatan cuando esos partidos ganan espacio electoral. Se supone que el fascismo sube si los partidos fascistas aumentan sus votos. Y esa subida se hace preocupante si acceden al Parlamento o al Gobierno.

De repente el peligro fascista compromete el futuro europeo y algo antes ese peligro no existía. ¿Qué reiterado milagro es este? ¿Hay millones de conversiones repentinas, en un sentido u otro? Demasiadas conversiones y demasiado repentinas.

Para Antonio Elorza los ingredientes que dan forma a una mentalidad totalitaria son: a) una ideología simple y maniquea que permite la designación del otro como enemigo; b) la formación de un grupo altamente cohesionado, en torno a unos signos identitarios; c) la existencia de un líder carismático, que fija los objetivos de la acción y detenta los mecanismos de control y vigilancia; d) la pretensión de ser reconocidos como únicos representantes legítimos de su colectivo; y e) el recurso a la violencia —física, verbal— para eliminar a opositores y disidentes.

Como se ve Elorza no designa tanto los rasgos de una mentalidad como los de una militancia. Y no deberíamos confundir el fascismo psicológico con el político. El primero sustenta al segundo. Un votante de partido de extrema derecha es menos peligroso, si no es fascista psicológico, que uno que lo sea por más que vote a un partido no fascista. Alguien benévolo que siente indignación por la injusticia puede, por ignorancia, dejarse seducir por el discurso de un partido de extrema derecha.

A mi modo de ver son tres los rasgos que definen el fascismo psicológico:

Un maniqueísmo teológico que define un Bien Absoluto amenazado y un Mal Absoluto amenazante. No basta con ver al otro como enemigo, algo muy natural cuando tienes enfrente al enemigo. Es el carácter absoluto del Bien (siempre propio) y del Mal amenazante (siempre ajeno) lo que justifica cualquier acción contra el Mal. Un ejemplo es el fanatismo de esos católicos que llaman con santa indignación asesinos a quienes defienden la despenalización del aborto. ¿Acaso no librarían al mundo de tales asesinos si pudieran?

Una vez aprendido este maniqueísmo teológico, no tiene por qué limitarse a la sensibilidad religiosa. Cabe ser ateo y aplicar esa teología a temas de raza, etnia, nación, ideología, incluso deportivos. Pues el segundo ingrediente, que se sigue del primero, es la fijación del odio en alguna clase de “otros”, odio que emerge fácilmente cuando un colectivo es señalado como culpable de males inaceptables.

El tercer ingrediente es un grado suficiente de resentimiento.

Estos tres rasgos se complementan muy bien. El maniqueísmo teológico justifica la violencia sin límite contra los portadores del Mal, y quien siente odio por algún “otros” y está lleno de resentimiento puede descargarlo convencido de estar cumpliendo un deber sagrado.

No cabe duda de que el primer ingrediente está generosamente servido en aquellos países en que la Biblia ha sido el libro educador por excelencia, sea directa sea indirectamente.

Los otros dos son también muy abundantes, dado que, en nuestras sociedades, masas “suficientemente ignorantes” están sometidas a una forma de vida que genera un nivel de frustración y resentimiento muy alto en innumerables personas.

Bajo esta consideración no parece arriesgada la hipótesis de que esas masas, que en ciertos periodos parecen benignas, pueden ser arrastradas a actitudes de fascismo político en un momento propicio y sin que importe que algo antes hayan estado votando a partidos liberales, socialdemócratas o comunistas. Quien tiene propensión psíquica al comportamiento fascista se entregará a él tan pronto la situación lo autorice. Para algunos, educados en la violencia, cualquier situación es buena. Otros van entrando en el juego conforme se percibe o se prevé una degradación de la situación económica.

Una forma de fascismo psicológico se da en ciertas clases de machismo, y esto nos remite al segundo tema.

MACHISMOS Y FEMINISMOS

Es mucho lo que se viene diciendo y escribiendo sobre la cultura patriarcal, el androcentrismo, el machismo y el feminismo, y con mucha frecuencia como si las referencias de estos términos estuvieran claras. Pero resulta que la cultura patriarcal está en descomposición y sólo quedan múltiples residuos, a los que dan cobijo hombres y mujeres. Y hay muchos modos de machismo y de feminismo tanto en hombres como en mujeres.

Un machismo residual que pasa desapercibido

Me sorprende cada día que ciertos valores y prácticas que la cultura patriarcal ha impuesto a las mujeres, y que muchas aceptan, no sean percibidos por ellas en su significado machista. Me refiero a las innumerables derivaciones de la concepción heredada de los sexos, uno caracterizado como el “bello sexo” y otro como el “sexo fuerte”. De mil maneras persiste la idea tradicional de que la mujer tiene como función atraer a un hombre con su belleza, y el hombre apropiarse de una mujer exhibiendo su poder (físico, económico, social). No cabe duda de que esta concepción tiene innumerables secuelas machistas que sustentan, entre otras cosas, la violencia contra las mujeres. Y que es además una fuente de frustraciones para las mujeres obligadas a un ideal de belleza que muy pocas, y por no mucho tiempo, pueden satisfacer.

Hay feministas que se ofenden cuando la publicidad utiliza el cuerpo de una joven para atraer a un consumo, o para homenajear a un deportista vencedor, pero no consideran machista la publicidad de los mil productos dedicados a la manipulación de pelo, cejas, pestañas, párpados, mejillas, uñas, piel y labios femeninos. Ni les parece machista la concepción del diseño de vestidos y calzados femeninos por comparación con los masculinos. Ni que presentadoras televisivas seleccionadas por su atractivo juvenil aparezcan maquilladas como si estuvieran empeñadas en huir, descontentas, de su apariencia natural. El mito patriarcal del “bello sexo” ha generado en muchas mujeres tanta desconfianza en su aspecto natural, que creen que no pueden salir de casa si no lo disimulan, o simulan otro.

Para reforzar esta necedad machista, ahí llega cada año la fiesta de los oscars y los locutores y locutoras bobamente encandilados con la alfombra roja, por la que pasean mujeres disfrazadas de diosas cursis, con costosísimos vestidos, aderezos y afeites, y con frecuencia enseñando un muslo y “luciendo generoso escote” mientras sonríen bobaliconas ante el alud de flashes.

La presentación del propio cuerpo ante los demás es un asunto crucial desde el punto de vista psicológico, y en él demasiadas mujeres aceptan los papeles asignados a mujeres y hombres por la vieja cultura patriarcal. Nos dicen que la huelga de consumo del pasado 8M no sólo pretendía llamar la atención sobre las consecuencias de la sociedad de consumo en las vidas de las mujeres, sino también mostrar que esta forma de producir es dañina para el conjunto de la vida y que, por ello, puede y debe ser radicalmente transformada. Nada que objetar, pero las mujeres harían una buena huelga de consumo si decidieran no consumir los productos ideados por la cultura patriarcal para que ellas realcen o simulen belleza corporal.

La servidumbre al papel de “bello sexo” es algo que las niñas aprenden antes que nada. El juez de menores Emilio Calatayud refiriéndose en Las mañanas de La 1 al uso que las jóvenes hacen de redes sociales como Facebook o Instagram dijo: “Perdón por la expresión. Tomarlo bien ¿eh?, pero las niñas actualmente se hacen fotos como putas” y “Las niñas han perdido el control de la intimidad y hacen fotos que atentan contra ellas mismas”. A pesar de que, según el magistrado, la intención no era ofender, muchos usuarios en redes sociales han comentado la frase con declaraciones como: “No podemos permitir que señores como Emilio Calatayud, juez de menores de Granada, hagan declaraciones misóginas y machistas”.

Dejando de lado que las expresiones del juez no fueron afortunadas, lo cierto es que no son misóginas ni machistas, se limitan a constatar un hecho cuyas repercusiones él conoce bien como juez de menores. Y si alguien dice que las niñas son muy dueñas de hacerse fotos con la ropa y actitud que decidan libremente, está utilizando un concepto de libertad poco refinado. Pues la cuestión no es si lo hacen porque son libres para querer hacerlo, sino por qué quieren lo que quieren.

No estoy hablando en un registro moral. No considero inmoral que una persona se exhiba desnuda, ni me estoy refiriendo a decisiones personales, sino al significado de ciertos papeles sociales. Habrá dado un gran paso el feminismo cuando las mujeres rechacen el ideal de belleza y de seducción que les ha impuesto el machismo, que tanto trabajo y frustración les produce para beneficio tan efímero, y busquen el atractivo personal allí donde se encuentra permanente: en la jovialidad afectuosa, la inteligencia cultivada, el sentido del humor y la simpatía. Pero esto ¿se puede conseguir en sociedades como la nuestra?

Sobre ese machismo residual difícil de detectar me remito a tres entradas de este blog: “Machismo oculto (en hombres y mujeres)”, “Algo más sobre el machismo oculto” y “Burkini, tacones altos y machismo”.

Machismos explícitos

Hay otro tipo de machismo que se da en los hombres que aceptan la igualdad de los sexos, pero que al mismo tiempo se aprovechan de ventajas comparativas utilizando a favor la fuerza de la inercia legal, empresarial, de costumbres, etc. Lo cual es compatible con una voluntad expresa de ayudar, de echar una mano en las tareas domésticas, pero sólo si ella lo pide o lo exige. En otro caso mejor hacerse el distraído. ¿Acaso no lo hace ella mejor?

Es distinto el machismo de los hombres que aprendieron los papeles sexuales en un tiempo en que estaban muy claros, y los aprendieron muy en relación con todas las fuentes de la autoestima. Son por ello incapaces de aceptar el nuevo papel que las mujeres van conquistando y lo observan con animadversión, como un ataque a su concepción del mundo. Son los que se preguntan por qué las feministas son más feas que las que no lo son, dando a entender que sólo por su fealdad (es decir, por su fracaso como mujeres) se han hecho feministas.

El machismo fascistoide

Hay machistas que dan un paso más: desprecian a las mujeres, las consideran merecedoras de algún castigo por el hecho de ser mujeres, y ejecutan el castigo. La violación y otros abusos son el medio preferible, pues al tiempo que castigan a la mujer satisfacen la libido de machos inseguros que sólo de esta forma se perciben como desean, esto es, como dominadores. Es el caso de esos jóvenes que se presentan en las redes como pandilla de violadores, cuyo lenguaje despectivo se refiere a las mujeres como presas a las que cazar para el propio disfrute, sea empleando la fuerza, sea la astucia. Los miembros de la llamada “manada” escribían en whatsapp: “¿Llevamos burundanga? Tengo reinoles tiraditos de precio. Para las violaciones”. O también: “Hay que empezar a buscar el cloroformo, los reinoles, las cuerdas… para no cogernos los dedos porque después queremos violar todos”. Uno de ellos, Antonio Manuel G.E., que sigue siendo guardia civil, contaba lo que le gustaría haber podido hacer en la Eurocopa de fútbol de Francia: “violaría una rusa que vea despistada y palizón a un niño de 12 años inglés. 2-0 y pa casa”.

Cuando el ingrediente de este machismo son los celos insoportables porque ella ha decidido irse con otro, el final puede ser el asesinato de la mujer (o de los hijos para hacerle a ella un daño más grande).

Está finalmente el machismo de quien mata a la mujer que ha roto con él y luego se suicida, que es diferente a los anteriores.

¿Hay remedio?

Cada uno de estos machismos tiene rasgos peculiares y no cabe erradicarlos sin un análisis particular de cada uno de ellos, para lo cual es oportuno sustituir el juicio moral por la reflexión sobre los métodos de fabricación de las personas en nuestra sociedad. Los peores machistas no son monstruos, ni siquiera culpables. Han sido fabricados así, y cada cual actúa determinado por la forma que su mente ha ido adquiriendo en las interacción social desde el nacimiento. Los miembros de “la manada” y, yendo más lejos, los asesinos de mujeres, son desgraciados por los que hay que sentir compasión y a los que habría que tratar de reconstruir transformando aquellas partes de su mente que determinan comportamientos que, con toda razón, nos parecen horribles. Debemos preguntarnos qué aprendieron (es decir, cómo se fueron fabricando) en la familia, en la escuela y en los medios de comunicación.

Aunque se trate de asuntos incomparables, debemos también preguntarnos qué aprendieron las mujeres adictas a las revistas y programas de modas y del corazón, las que cifran los deseos más firmes en cumplir, sin saberlo, estándares de feminidad que ellas no han decidido. Qué aprendieron los jueces y juezas que, tras dar por probado que hubo violación, luego califican el delito como de abusos. Qué están aprendiendo esas chicas que admiran a los decididamente machistas, se enamoran de ellos y consideran que es normal estarles sometidas.

Si fuéramos respondiendo a estas preguntas acabaríamos comprendiendo que, por desgracia, los remedios posibles no encajan bien en el tipo de sociedad en que vivimos. Muchos creen que erradicar el machismo es una cuestión de educación, pero no parecen tener claro cómo funcionan los espacios en que la educación se produce en nuestra sociedad, de ahí que se centren en la escuela y discutan banalidades, por ejemplo si es preferible una asignatura específica o que el tema se debata de manera transversal (es palabra de moda), ocupando algún espacio en cada asignatura. Pero no cabe hacer tortillas sin romper huevos, por más que muchos pretendan hablar de machismo sin mencionar el tipo de sociedad que fabrica a las personas machistas, sean del sexo que sean.

FEMINISMOS

Hay un feminismo lleno de razones que es compatible con el mantenimiento, en muchas feministas, de los rasgos de machismo residual antes comentados. Es el feminismo que lucha por lo obvio.

El capitalismo se ha sostenido en parte por no contabilizar el trabajo femenino doméstico y por no admitir que los embarazos, partos y crianzas no son sucesos de ámbito individual que la mujer o la pareja han elegido por su gusto y allá ellas, sino que son el asunto social por antonomasia, porque los nacimientos y los cuidados son necesarios para que la sociedad no desaparezca. Pero ha venido ocurriendo que casi todos los sacrificios e inconvenientes de ese trabajo han caído sobre las mujeres, a las que además se las ha penalizado laboral o profesionalmente, y ello sin que los dirigentes políticos, casi todos varones, y la mayoría de los hombres restantes hayan movido un dedo para acabar con situación tan injusta. Hasta que las mujeres han gritado en la calle que ya no aguantan más. Entonces los políticos se han dado por aludidos. Al fin y al cabo las mujeres son votantes.

Exigen compartir los trabajos domésticos con el hombre, igualdad de derechos laborales y sociales, incluido el derecho a la seguridad cuando se vuelve a casa de noche y sin compañía, o se cruza un parque solitario; el derecho a la seguridad respecto a parejas o ex parejas violentas; el cambio de mentalidad en la judicatura y la policía. Es el feminismo que ha inspirado las impresionantes manifestaciones recientes. Pero no se trata de un feminismo uniforme. Dentro de él lo hay de derechas y de izquierdas, que son los dos tipos de feminismo que conviene ante todo distinguir.

El feminismo de derechas y el de izquierdas

La feminista de derechas quiere un tipo de liberación de la mujer, pero quiere al mismo tiempo que la mayoría de las mujeres permanezca bajo la dominación-explotación que sufren las mayorías en el capitalismo. Esta feminista sólo pretende que ese tipo de explotación-dominación no sea mayor para las mujeres que para los hombres.

Creo que tiene razón Silvia Federici cuando dice en el prólogo a su libro El patriarcado del salario que unir la perspectiva marxista con la feminista no solo es posible sino totalmente necesario para un cambio social en profundidad. Sólo el feminismo anticapitalista (o, si prefieren, el anticapitalismo feminista) puede apropiarse con toda justicia de aquello que dijo Marx refiriéndose al proletariado y que debería haber dicho refiriéndose a las mujeres del proletariado: que por constituir esas mujeres la clase social que sufre las dos grandes dominaciones y explotaciones del presente, al liberarse a sí mismas liberan también a la humanidad entera. Por ello sólo militando en ese feminismo se puede pretender la revolución pendiente, la que nos lleve por fin a hacer efectivo eso de “Libertad, Igualdad y Fraternidad”.

Es por tanto más feminista un hombre afiliado a ese anticapitalismo que la mujer feminista de derechas.

jmchamorro@jmchamorro.info