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TRAS EL 26J

Las encuestas no acertaron. Respecto al PP hay una explicación aceptable, el voto oculto: resulta natural que muchos decididos a votar al PP sintieran vergüenza de confesarlo. Más complicado es explicar el error respecto a Unidos Podemos.
El caso es que la ilusión de un cambio político tan necesario en España, que además hubiera podido colocarnos en Europa en una posición activa e influyente, se ha esfumado.
Cabe un análisis limitado a los factores políticos, que es el habitual, y también otro menos frecuente, de tipo ideológico, que creo que vale la pena.

EL ANÁLISIS HABITUAL

La responsabilidad de evitar unas terceras elecciones
Los medios apelan unánimemente al sentido de Estado del PSOE y de Ciudadanos, a los que se solicita que permitan gobernar a Rajoy. Es curioso que no se apele al sentido de la responsabilidad de Rajoy y su camarilla, dado que si ellos abandonaran sus puestos sería más fácil el sacrificio para los demás. Da la impresión de que se piensa que los votos logrados por el PP legitiman los desafueros de sus dirigentes. Tampoco se apela al sentido de la responsabilidad del PSOE, que podría evitar unas nuevas elecciones pactando con Unidos Podemos y recabando otros apoyos. Esta posibilidad ni siquiera se considera.

La ocasión perdida
¿Por qué razón, que no nos cuentan, los jerarcas del PSOE impidieron que Pedro Sánchez fuera presidente de un Gobierno de izquierdas tras el 20D? El poder económico había establecido el veto a Podemos como línea roja no negociable, y a ello tal vez se unió el miedo de los viejos dirigentes del PSOE a que Podemos llegue al poder y pueda meter las narices allí donde antes solo las metían los partidos del “sistema” (a saber qué habrá allí dentro que da miedo que se vea), a lo que se añade la animadversión irracional que se percibe en esos dirigentes, indignados porque Podemos ha puesto en cuestión el carácter modélico de nuestra Transición, medalla que ellos tenían colgada al cuello.
Ahora el PSOE se encuentra en la situación endiablada en que él mismo se metió. Pase lo que pase siempre le perjudicará, salvo que haga ahora lo que no quiso hacer antes, pero ahora con menos medios. Cualquier otro camino que el PSOE emprenda volverá a dejar claro que prefiere la derecha a la izquierda (algo que viene ocurriendo desde los tiempos de Felipe González).

La decepción de Unidos Podemos
Es natural que la inesperada pérdida de un millón de votos por Unidos Podemos haya desconcertado a sus dirigentes.
Pablo Iglesias dice que hay que pasar de un ejército de partisanos a un ejército regular, y que esto es muy complicado, añadiendo preventivamente que tal vez en las próximas elecciones no sólo no consigan el poder sino que se den “un hostiazo”. Por su parte el número dos de Podemos, Íñigo Errejón, aventura que podrán ganar las próximas elecciones, pero que para ello deberán cambiar, ser menos sexy, más predecibles.
Tratando de explicar esa pérdida de votos unos hablan del liderazgo, otros de la coalición con IU, otros del diseño de la campaña, o del castigo por no haber propiciado un gobierno del PSOE con Ciudadanos, o del miedo, o del Brexit.

La coalición con IU
Errejón ha dicho que el acuerdo con IU no parece haber funcionado y que sobre el eje izquierda-derecha es más difícil construir una mayoría nueva, razón por la que considera que debe evaluarse la continuidad de la coalición. Él defiende un plan que rechaza la identificación con los postulados de la izquierda tradicional. ¿Con qué base teórica? Se trata de meros barruntos acerca de si esa identificación favorece o no electoralmente.
En cambio tanto Pablo Iglesias como Alberto Garzón quieren hacer estable esa alianza, pero con algunas divergencias.
Garzón (en Miguel Roig: Conversación con Alberto Garzón. Boceto de un futuro posible, Editorial Turpial) critica la moderación ideológica de Podemos en sus dos versiones, la táctica (“algo que te permite ocultar tus verdaderas intenciones y, una vez que lo has ganado, sacas la realidad profunda de tus pensamientos”), y la del convencimiento (creer que nuestro país no está preparado para una ruptura democrática y que por lo tanto lo que hay que hacer es moderar el discurso).
Discrepa Garzón de ambas actitudes, más de la segunda, porque no hacen “un análisis materialista de lo que está sucediendo”. “Es muy raro ver un artículo de alguien de Podemos que hable de economía, de las condiciones materiales de la vida”, afirma. “Cuando Podemos habla de construir pueblo [objetivo que guía a Errejón y los suyos], habla de hacerlo a través del discurso única y exclusivamente, no hay un vínculo con la realidad material”, y eso convierte al partido en una simple maquinaria electoral sin anclaje en la vida cotidiana de la gente en sus barrios. Para él la forma de construir pueblo, o de que una amplia mayoría de ciudadanos apoye su candidatura, tiene que ver con la praxis. El mejor ejemplo es, en su opinión, el trabajo de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca.

Una estrategia que nunca ha funcionado
Seguramente la unión de la izquierda (no importa su efecto inmediato en un resultado electoral) es algo beneficioso, y estoy de acuerdo con la crítica de Garzón a la estrategia ideológica de Podemos, aunque no con la solución que insinúa.
Dejando aparte que una cosa es el análisis económico y otra la praxis entendida como anclaje en la vida cotidiana de la gente en sus barrios (cabe hacer análisis económicos sin esa praxis y lo contrario), lo cierto es que esa praxis, por más que sea indispensable, no suele dar resultados electorales y no es suficiente para “construir pueblo”. Los únicos que desde la Transición han estado a pie de obra, los que se han implicado en los problemas de la gente, han sido siempre partidos y organizaciones a la izquierda de la socialdemocracia. Pero recuerdo las muchas decepciones de los comunistas cuando, después de haber sido los únicos que estuvieron luchando por solucionar un problema de barrio, comprobaban que la gente de ese barrio no les votaba en las elecciones siguientes. Ahora, por primera vez, estas acciones se han llevado un premio electoral en algunos lugares, como en Cataluña gracias a la Plataforma de los Afectados por la Hipoteca, pero tal vez no se hubiera dado sin la personalidad de Ada Colau y además no es seguro que esa adhesión popular sea estable. Desde enfrente se sabe muy bien qué hacer para desactivarla.

OTRO TIPO DE ANÁLISIS

Tras las elecciones de Diciembre y refiriéndome a una posible repetición escribí en este blog:
“Si mejoran los resultados, algo se habrá ganado sobre el presente. Si no mejoran, o incluso si empeoran, no pasa nada, esto es una carrera de fondo, no caben las prisas [... ]. No debe importar tanto el poder inmediato como hacer que vaya creciendo la conciencia ilustrada entre los españoles (sin la cual nada bueno se puede conseguir que sea persistente).”
Creo que hay que insistir en ello. Si la izquierda no busca el poder por el poder, si quiere lograr un apoyo bien informado, sólido y continuo de una parte suficiente de la población, si pretende que algún día nuestro país se aproxime al ideal democrático (algo todavía desconocido), es decir, si desea una sociedad donde personas ilustradas, justas y pacíficas se autorregulen con autonomía, entonces debe tener claro que estamos en una guerra larga y que la tarea de hoy no debe interpretarse por sus efectos inmediatos, sino a largo plazo. Por supuesto que hay que dar batallas para mejorar la suerte de quienes lo están pasando peor, pero sin perder de vista en qué tipo de guerra estamos.

El país que tenemos
Una organización de izquierdas ha de tener una idea operativa de la población en que actúa, tanto la que le puede ser favorable, y hasta qué punto, como la contraria. Sólo así se puede diseñar una actuación estable y fructífera.
Estas elecciones han venido a dejar claro, una vez más, la clase de población que compone nuestro país.

Votantes del PP
Un tercio del electorado ha votado al PP a pesar de que todo el mundo sabe de sobra que, hundido en una corrupción estructural, ese partido es, según declaración judicial, una organización criminal para delinquir, condición que ha quedado confirmada, si necesario fuera, por las actividades de su ministro del Interior. Añádanse las políticas fiscales y laborales que el gobierno del PP ha ejecutado contra la mayoría. De manera que el voto al PP de una gran parte de la población española es síntoma de una enfermedad moral en la que se perciben los conocidos ingredientes de egoísmo, ignorancia y miedo. A lo más a que llegan algunos comentaristas es a hablar del voto del miedo, pero como si el miedo hubiera acometido a una población “normal” y no tuviera que ver con un problema de salud cívica de enorme dimensión.

Votos perdidos por Unidos Podemos
El millón de votos perdidos por la coalición Unidos Podemos pone de manifiesto poca consciencia del momento en los abstencionistas y poca lucidez respecto al proyecto de izquierdas. A muchos no nos han gustado algunas cosas, pero ello no es suficiente razón para dejar de votar a la única opción que, desde el comienzo de nuestra mal llamada democracia, se presenta libre de hipotecas y capaz de proponer una política que no esté previamente diseñada y bendecida por el poder económico (tanto el de dentro como el de fuera). Poco lejos se puede llegar si una parte importante de la población que apoya un determinado programa electoral puede dejar de apoyarlo por cuestiones tan episódicas como la simpatía o antipatía que provoque un líder, el error que se cometió al hablar o al callar sobre esto o aquello, o un imprevisto suceso internacional. Más aún si se tiene en cuenta que ese programa electoral, si se empieza a ejecutar, provocará una oposición virulenta de los poderes económicos e ideológicos, y probablemente con temporales perjuicios para una parte de los que lo votaron. Imaginemos que ese millón de votos hubiera acudido a las urnas: ¿qué confianza merecería su apoyo a lo largo del tiempo, siendo así que en cualquier momento podría dejara de apoyar, como ya ha hecho? Por tanto, cuando ahora algunos dirigentes de Podemos creen que la tarea consiste en recuperar esos votos ¿qué esperan de esa recuperación?

El problema de la izquierda
La izquierda quiere intervenir en política para acabar con la dominación y explotación que la mayoría de la población sufre, pero no sabe cómo conseguir que esa mayoría se sienta implicada, es decir, que vaya cambiando conceptos y valores hasta un punto en que sea consciente de su situación dentro de la estructura social, y sea capaz de resistir las múltiples maniobras que el poder de los dueños del dinero sabe poner en marcha.
Esto requiere acciones a largo plazo según un programa que todo partido de izquierdas debería tener bien desarrollado y fundamentado, pero del que nada he oído ni leído desde que en nuestro país hay elecciones. Ese programa no se puede formular con éxito sin una teoría adecuada.

La teoría
Si nos preguntamos desde qué teoría planificar la acción política, no es difícil la respuesta, porque la única teoría general que se mantiene en el campo social es la marxista. A mediados del pasado siglo se intentó oponerle una teoría conservadora, la funcionalista propuesta por T. Parsons, pero fracasó por su voluntario desconocimiento de los aspectos disfuncionales del capitalismo, que están ahí de múltiples formas, se quieran ver o no. Ante ese fracaso, los conservadores decidieron el abandono de las teorías generales, dando sólo por buenas las de medio y corto alcance, que claro está, poco explican.
Desde entonces se ha intentado acabar con el marxismo no mediante una alternativa teórica preferible, sino afirmado que es cosa del pasado por sus errores, sus predicciones incumplidas y por los crímenes que cometieron dictadores que lo invocaban (no importa que actuaran contra su sentido).
Ahora empiezan a darse cuenta muchos de que sólo desde el marxismo se puede explicar el proceso histórico presente. De ahí que levanten cabeza postmarxismos de distinta naturaleza que intentan sustituir algunas tesis erróneas de Marx.
En uno de ellos milita el mentor de Errejón, Ernesto Laclau, que ha criticado con acierto las tesis marxistas referidas al papel de la clase obrera y que se ha propuesto desarrollar el concepto de hegemonía de Lenin y Gramsci. Pero no es el concepto de hegemonía el que nos puede servir para resolver el problema antes indicado, y menos si para su desarrollo se va a buscar, como Laclau ha hecho, en Lakan, Foucault, Derrida y Barthes. Ni adrede pudo elegir peor. Estos autores estuvieron de moda por el atractivo que ejerce lo incomprensible (fueron maestros de la oscuridad ambigua) y afortunadamente van sumiéndose paulatinamente en el olvido. Ninguno de ellos ofrece material valioso para remediar el verdadero defecto del marxismo, que es la ausencia de teoría psicológica.
Algunos teóricos valiosos (Lev Vigotski, Mijaíl Bajtin, Erich Fromm) han sido conscientes del problema e intentaron solucionarlo, y otros posteriores (Basil Bernstein, William Labov) han aportado conocimientos indispensables. El problema es que poco de ellos parece haber llegado a los marxismos de que se nutren los políticos de izquierdas.

La “persona nueva” como condición de la democracia
Marx tuvo el acierto de comprender que no es posible una sociedad igualitaria sin lo que él llamó “el hombre nuevo”. Tuvo también el acierto de denominar falsa conciencia al pensamiento de los individuos que no es consecuente con sus condiciones materiales de existencia, esto es, con sus intereses de clase, como cuando el proletario adopta la ideología de la clase que lo explota.
Sin embargo su formulación (recordemos aquello de “es el ser social el que determina la conciencia, no la conciencia la que determina el ser social”) vino a sugerir que la superestructura ideológica es dependiente de la estructura económica (de manera dialéctica, sí, pero que Marx no explicitó), y que por ello una revolución que expropiara a la burguesía de los medios de producción generaría de manera inevitable el nuevo tipo de persona.
Esto no es así, como ha demostrado la historia posterior. Hubo países en los que los medios de producción fueron de propiedad pública durante décadas y ahora podemos ver qué tipo de población se produjo en ellos.
De manera que, aunque el análisis de lo que ocurre en la estructura económica es imprescindible y sigue siendo muy aclarador en el marxismo, la relación de esa estructura con la fabricación de las mentes y con la modificación de estructuras semánticas consolidadas ha sido la parte débil de los políticos y teóricos marxistas.

La fabricación de la falsa conciencia
La iglesia y los grupos dominantes han tenido muy claro, desde siempre, que la educación es una palanca imprescindible para el control social. A diario se utilizan escuelas, púlpitos, catequesis y medios de comunicación privados, además de los públicos cuando la derecha los controla, así como la omnipresente publicidad, para expandir sin oposición una ideología cuyos elementos cognitivos y afectivos determinan qué es el Bien y qué es el Mal. Esa ideología arraiga en una gran parte de la población y son luego las familias los centros primarios de transmisión.
Desde ella se afirma o se da por supuesto un conjunto de verdades productoras de afectos, entre ellas las siguientes:
Vivimos en una democracia que se opone a dictadura y a falta de libertad. En ella la ley y el mercado (que es consustancial con la democracia y que junto con ella constituye el Sistema) determinan lo que debe ir legítimamente al bolsillo de cada cual.
Las leyes son elaboradas y promulgadas por los ciudadanos a través de representantes elegidos libremente y sólo comprometidos con el interés de sus votantes.
La patria es el hogar de todos los ciudadanos, todos hermanos dentro de ella: ricos y pobres unidos en la emoción por el gol que hace a la patria campeona del mundo.
La libertad de expresión exige el máximo respeto a los medios de comunicación privados, representantes de esa libertad frente a los medios públicos.
Salud, dinero y amor. La riqueza y el consumo son los bienes preferibles. El ideal: llegar a ser rico, muy rico, cuanto más rico mejor. Si alguien tiene suerte en los negocios puede ser rico sin límites, y eso no perjudica a nadie. Al contrario, beneficia a otros si el rico crea puestos de trabajo. Y cualquiera puede ser rico gracias a la lotería. ¡Atrévete a ser millonario! La admiración por los ricos de la lista de Forbes se estimula en todo momento.
La iniciativa del emprendedor se premia, el que no consigue nada es porque no lo intenta con fuerza suficiente. El pobre lo es porque no hace lo necesario para salir de la pobreza y nada tiene que reprochar al sistema. Y aun así no se le deja en la estacada, que para eso tenemos un Estado del Bienestar que nos coloca a la cabeza del mundo en el respeto a los Derechos Humanos. No hay más que pedir, si acaso procurar que ese Estado del Bienestar no se venga abajo.
Porque resulta que está en un peligro del que nadie es culpable: la globalización es algo que está ahí y no se puede ignorar, y a ella y a la revolución digital se achacan beneficios, pero también males inevitables. La precariedad laboral, los bajos salarios, la inseguridad de las políticas sociales, la necesidad de que cada cual se agencie sanidad, educación y pensión privadas, todo eso ha venido para quedarse y a ello hay que adaptarse.
En toda sociedad el conflicto es natural. Por encima está él interés de la ciudadanía, o de los españoles, un interés que condensa mil intereses distintos, pero conciliables mediante la negociación y el pacto.
Al tiempo que la ideología conservadora proclama estas verdades, condena perversiones sociales como el comunismo, ligado a dictadura, pobreza, ineficacia y crimen, el ateísmo, el antipatriotismo separatista. Y también el radicalismo de los que gritan mucho, quieren acabar con el sistema y no saben lo que se traen entre manos. Grecia nos muestra adónde llevan los antisistema radicales. Entre otras cosas a poner en peligro la propiedad que cada cual ha ido consiguiendo con el honrado trabajo: sus ahorros, su segunda vivienda.
A primer plano pasa el terrorismo cada vez que hay un atentado, relacionado con el Islam y con inmigrantes que vienen y van. ¿Cómo hay seres tan inhumanos y crueles, que asesinan indiscriminadamente sin posible justificación? Es necesario un poder fuerte que nos defienda de este peligro. Enfrente están quienes intentan explicar el terrorismo, que es lo mismo que justificarlo.

La campaña electoral como oportunidad frustrada
La palanca fundamental para el control social no violento consiste en la transmisión de esos significados y valores, y de otros de semejante sentido.
Por tanto, el esfuerzo por sustituir esos significados y valores por sus contrarios es una palanca imprescindible para la emancipación. Y no es fácil, pues se trata de significados y valores muy bien instalados en las mentes.
Este es el verdadero campo de batalla de la izquierda, el ideológico, no el electoral. Pues los resultados sólidos en este segundo serán consecuencia de lo conseguido en el primero.
Si la izquierda tuviera un programa de lucha ideológica utilizaría instrumentos específicos (Círculos, centros de investigación, enseñanza y difusión; escuelas y medios de comunicación) y aprovecharía las oportunidades (campañas electorales, oposición en el Parlamento).
No es momento de hablar de ese programa ni de por qué no existe, así que voy a limitarme a comentar la campaña electoral como oportunidad perdida.

La moderación ideológica
Reitero una crítica que ya expuse antes de las elecciones: los dirigentes de Podemos fueron primero víctimas de un entusiasmo juvenil que les llevó a euforias evitables, como repartir a destiempo puestos de gobierno, o a caer en excesos verbales que facilitaron que se acusara a Pablo Iglesias de arrogante, de mero buscador del poder, etc. El problema fue que para corregir este error se cayó en el contrario, el de vestir piel de cordero y presentarse con un conformismo inocuo, renunciando a la firmeza ideológica que hubiera sido de desear.
Ejemplos son: rehuir temas como Venezuela y Grecia (en lugar de atacarlos directamente para explicar la propia posición, única forma de desactivar los ataques oportunistas); las explicaciones de Iglesias sobre su comunismo, sus alabanzas a Zapatero, etc., cosas todas reveladoras del uso de tácticas electorales que entran en contradicción con una estrategia ideológica bien pensada. Añádase la introducción de temas inoportunos como el del peronismo, que añadieron confusión.
En otros momentos he disculpado la moderación ideológica de Podemos achacándola al temor a la reacción de los medios. Pero hay que añadir que esa moderación ha sido reveladora de poca consistencia teórica respecto al tema de la lucha ideológica y su importancia, pues ha resultado profundamente deseducativa (o si se prefiere, ha servido para afianzar significados conservadores).

Ocasiones perdidas
Se pueden decir muchas cosas obvias acerca de cómo abordar, para desactivarlo, cada uno de los significados que componen el Bien y el Mal conservador. Me limito aquí a estos puntos:
(a) El “no nos representan” y “la casta” son expresiones que pierden fuerza si no se asocian a una crítica a la “democracia” en que vivimos. De poco sirve hablar del IBEX 35 y de las puertas giratorias si se presenta todo esto como algo que puede cambiar si Podemos consigue el poder. Por el contrario, se trata de que la gente vaya sabiendo que los males políticos de nuestro país no son debidos a una perversión ocasional de estos o aquellos gobernantes, sino que forma parte de la estructura de la democracia burguesa desde su fundación, concebida como mecanismo legitimador del poder de una minoría sobre la sociedad entera. Tal mecanismo exigió primero privar del derecho de voto a los que carecían de propiedades (por la razón expresa de que, siendo mayoría, podrían votar contra la propiedad), derecho que se les concedió luego, cuando se comprobó que era fácil inducir la esclavitud voluntaria. Derecho que finalmente se revoca por la fuerza si los de abajo se muestran reacios a la sumisión (caso, entre muchos, de Grecia). Hay que explicar a la gente cuáles son los requisitos de la democracia, que en nuestra sociedad no se dan, entre otras cosas porque no deciden los votantes, sino los que controlan el dinero y los mercados. Es profundamente deseducador decir que la democracia española está suficientemente consolidada.
(b) No basta hablar de ricos y pobres si no se explica hasta qué punto la riqueza excesiva es un crimen y no algo loable y deseable, pues habiendo una relación causal entre riqueza y pobreza, y siendo la riqueza de un país la que es, si algunos pocos se llevan la mayor parte, sólo queda la parte menor para repartir entre los restantes. Todo lo cual exige denunciar la idea (realmente estúpida, pero asociada por la derecha a riqueza y libertad) de que es el mercado el que debe decidir cómo se reparte la riqueza de un país. Hay que afirmar, una y otra vez, que hasta que no haya una limitación a la riqueza privada la democracia no será posible.
(c) No tiene sentido apropiarse de la palabra “patria” si al mismo tiempo no se explica que la patria está por construir y que eso a lo que ahora se llama patria es una mentira con la que se disfraza la oposición de intereses irreconciliables, los de la minoría dominante y los de la mayoría dominada. No existen los derechos generales de los españoles (salvo a un nivel muy vago y nada conflictivo), sino intereses contrapuestos, los de estos frente a los de aquellos.
(d) Al presentar su adhesión al comunismo como una enfermedad juvenil, Iglesias ha desaprovechado la ocasión de explicar algo asimilable por una gran parte de la población: que la moral cristiana (despreciada de tantas formas por la Iglesia Católica y por muchos de sus fieles) coincide con la moral comunista, y que no hay nada tan opuesto al cristianismo como el carácter depredador de la economía capitalista. Se ha perdido una ocasión de explicar que izquierda, marxismo y comunismo son una apuesta por la realización de los ideales ilustrados: libertad, igualdad y fraternidad.

Es necesario exponer las verdades que ofenden y molestan a los conservadores
Si se va por la vida política tratando de no molestar, resultará que no se puede explicar el papel que en los males de nuestro país está jugando el poder financiero, especialmente el alemán y el americano y sus representantes políticos, no vaya a ser que los alemanes y los americanos se enfaden y tengamos luego que sufrir las represalias. Resultará que hay que ir a la base americana en Torrejón para mantener una ridícula entrevista con Obama de tres minutos, y luego quejarse de que no hubo tiempo de decirle nada.
Para no ofender al PSOE no se podrá insistir en que el escándalo de que los ricos y las grandes corporaciones apenas paguen impuestos se debe a las leyes fiscales que PP y PSOE (Zapatero incluido) han venido promulgando como servidores del poder económico, y a su falta de interés para perseguir el delito fiscal.
No se podrá proclamar que los impuestos indirectos son un crimen que se perpetra para ahorrar impuestos a los que más tienen (ya que atacar el IVA sería atacar a las Instituciones europeas, salir del Sistema, y exponerse a mil críticas).
Algo parecido a lo ocurrido en la campaña electoral ocurrirá en la oposición parlamentaria si se mantiene la estrategia de perfil bajo. Se perderá una ocasión de enfrentarse a la derecha en el terreno de la verdadera batalla.

Un mal uso de los medios
No ha sido buena la decisión de acudir a los medios privados cada vez que lo han reclamado en su propio beneficio, pues desde ciertos programas poca información relevante se puede enviar y sólo caer en la trivialidad que lo engulle todo, o en la ceremonia de la mentira que el formato de algunos programas facilita a los Marhuenda e Inda de turno. Acudiendo a esos programas sólo se ha conseguido legitimarlos y participar del confuso ruido que generan.
Pero peor ha sido oír a Iglesias echar flores a los medios de comunicación que estos no merecen, como si así se pudiera frenar su extrema agresividad, cuando la única defensa es ponerlos en evidencia explicando a su audiencia el por qué de esa agresividad. Se han perdido ocasiones de denunciar en los propios medios su sectarismo, consecuencia de la propiedad privada a cuyo servicio actúan. Es necesario que la gente sepa quienes son los propietarios y cómo ningún periodista contratado puede actuar contra los intereses de aquellos. Aprovechando que medios como los de PRISA se presentan como objetivos y modélicos, hubiera estado bien denunciar públicamente que a sus páginas de opinión y a sus tertulias sólo son invitados representantes del pensamiento conservador, solicitando participar en ellas para representar al pensamiento de izquierdas. Hecha pública denuncia y solicitud, la reacción de la empresa habría sido en todo caso ilustrativa.

OTRO MUNDO ES POSIBLE, PERO ¿QUÉ MUNDO?

Gente descontenta afirma que otro mundo es posible. Pero sin una descripción detallada de ese mundo no es fácil descifrar el significado de la afirmación.

Un socialdemócrata auténtico (no de los que ahora se llevan) tiene como meta una sociedad capitalista que mejore la redistribución para conseguir que haya más “democracia” y “justicia”, que se respete el derecho universal a la vivienda, al agua y a la electricidad, que todos tengan trabajo y una remuneración suficiente para una vida digna, así como acceso a la educación, la sanidad, la jubilación y la ayuda en caso de paro o incapacidad. Pero el socialdemócrata no pretende alterar la concepción de la propiedad que ha venido caracterizando a las sociedades elitistas, y no sale por tanto de la irracionalidad económica, la injusticia y la imposibilidad de democracia.

En cambio una persona de izquierdas ha de ser partidaria de una sociedad racional, justa y democrática, y esto equivale a decir igualitaria.

Marx la propuso y la describió acertadamente, pero no dio con el camino que conduce a ella.

Había descubierto el carácter social de la génesis de la persona, y fue consciente de que el hombre es un ser que realiza su esencia humana en la medida y grado que permite el sistema social en que vive. Por ello planteó la necesidad de superar la sociedad capitalista, causante de la deshumanización moderna, y crear una sociedad en la que sea posible la plena realización de las personas: la sociedad comunista.

Comprendió también acertadamente que la sociedad comunista no es posible con el “hombre viejo”, el formado por las relaciones sociales de producción capitalistas.

Tenía por ello en la mente un “hombre nuevo” caracterizado por un desarrollo mental libre, pleno y armónico: capacitación amplia, conocimiento de las bases científicas de la producción, pensamiento universal favorecedor de la plena satisfacción de las necesidades materiales y un alto desarrollo estético y moral. En otras palabras, Marx imaginó el “hombre nuevo” como brillante, sumamente racional, libre de egoísmo personal, codicia y competitividad. Y además multidimensional. Aunque no todos serán capaces de pintar como Rafael, todos serán capaces de pintar sumamente bien. En la sociedad comunista la división del trabajo habrá sido superada y, en consecuencia, habrán desaparecido los problemas de la disciplina y la motivación, no existirán los conflictos entre el interés general y el interés parcial ni los complejos problemas de la centralización/descentralización.

El error de Marx consistió en simplificar el asunto al suponer que la persona está constituida por sólo las relaciones sociales de producción. Esas relaciones tienen una importancia básica en la formación de las personas, pero no única: hay muchos estímulos que no provienen de esas relaciones y que influyen en la constitución mental de la gente.

Por ello se equivocó al creer que un cambio en las relaciones sociales de producción (el paso del capitalismo al socialismo), crearía por sí solo tal “hombre nuevo”.

Se justifica su error si se piensa que entonces no se tenía conocimiento detallado de la complejidad de una mente humana, de sus procesos de formación y de la consolidación de los valores y significados aprendidos desde la infancia, cuyo núcleo es muy estable.

A la luz del conocimiento presente se sabe que no es asunto rápido, ni fácil, generalizar el tipo de persona que iría bien con una sociedad igualitaria.

¿Tiene sentido que tratemos de describir esa sociedad si aceptamos que por ahora es imposible? Sí, por dos razones. Una es que no hay ninguna ley de la naturaleza ni ley psicológica que determine su imposibilidad. Si las personas no nacen, si se hacen socialmente, una población como la descrita por Marx es posible, y con ella una sociedad igualitaria. Si se pusieran los medios adecuados estaríamos en ella a la vuelta de pocas generaciones y ya desde el principio del proceso experimentaríamos grandes beneficios. Conviene por tanto que miremos dónde se encuentran los obstáculos que por ahora nos impiden transitar ese camino.

La segunda razón es que, ya que no podemos llegar a esa sociedad de golpe (por ejemplo, por medio de una revolución violenta), sino por etapas intermedias cuyo ritmo y duración son en principio desconocidos, resulta imprescindible relacionar cada meta intermedia con la meta final, y para ello hemos de tener claro en qué consiste ésta.

El relato de ciencia ficción que sigue no es un mero ejercicio de literatura ingenua. Quien desee que la sociedad se transforme conviene que tenga una idea de la meta que ha de ir orientando los pasos de esa transformación.

RELATO HISTÓRICO DESDE EL FUTURO DISTANTE

Supongamos que algún día se llega a realizar esa utopía, e intentemos, mirando desde ese futuro lejano hacia atrás, reconstruir los hitos fundamentales del camino que hubo que recorrer.

Una nueva izquierda

Ocurrió primero que, como consecuencia del esfuerzo y la lucha de movimientos sociales cada vez más conscientes y más conectados internacionalmente, se consiguió ir reduciendo las enormes diferencias entre el pequeño porcentaje de personas que lo tenían casi todo y el resto de la población mundial. Ello permitió recuperar derechos expropiados por las políticas de los codiciosos ignorantes, que a fines del siglo XX, tras la caída de la URSS, habían creído que era para ellos posible y beneficioso explotar sin tasa. La codicia sin freno les perdió, pues fue haciendo claro para la mayoría que había que acabar con aquel poder oculto que, dominando a través de “sus” partidos políticos y medios de comunicación, convertía la tierra en inhabitable para la mayoría.

Digamos que la socialdemocracia volvió por sus fueros y pudo cumplir sus fines. Pero ello no evitó que la democracia siguiera siendo imposible y que una gran parte de la población mundial permaneciera náufraga en la ignorancia, el miedo y el egoísmo.

Fue más decisivo que la izquierda anticapitalista despertara de su error histórico y de su letargo, considerara secundario el campo electoral y el asalto democrático al poder político inmediato, y se dedicara a transformar la ideología y los valores populares. Primero mediante un ejemplo de honradez, sinceridad y coherencia que le dio credibilidad, y luego con ayuda de medios de comunicación bien diseñados, institutos de investigación de ciencia social y universidades populares. Pero sobre todo, demostrando que una buena escuela es posible.

Utilizando el conocimiento científico disponible y recabando la colaboración de los profesionales y simpatizantes a quienes ilusionaba el proyecto, se creó en un barrio marginal una escuela que recibía a los niños cuando aún no habían llegado a un año de edad y los educaba en continuo contacto con las familias. Bien pronto el resultado sorprendió a muchos: los niños de esa escuela, de un bajo nivel económico y cultural de origen, salían sabiendo exponer y defender en público sus ideas, eran todos miembros de alguna orquesta (de cámara, sinfónica, de jazz), todos practicaban con solvencia algún deporte, todos gustaban de la buena literatura…

No era eso sin embargo lo fundamental, sino que los numerosos expertos que se encargaban de la educación sentimental habían conseguido generalizar una afectividad sana. En el sentido común de los escolares prevalecía el convencimiento de que, por imperativos biológicos, coinciden benevolencia y utilidades psíquicas, y de que las causas de la violencia sólo se pueden evitar si se establecen las condiciones de una relación fraternal con los otros.

Esta educación sentimental reforzó la curiosidad natural de los estudiantes, con el resultado de que no sólo se dotaban de un conocimiento científico sólido (con dominio de los conceptos fundamentales de las distintas ciencias), sino que estaban motivados a seguir aprendiendo sobre lo ya aprendido. En la generalización del conocimiento científico, en especial de las ciencias que abordan las relaciones entre individuo y sociedad, se había colocado en esa escuela el verdadero motor de la emancipación. Para cualquier menester no se admitía un conocimiento preferible.

Al haber demostrado que es posible una forma de educación válida, generalizable a toda la población si se quería hacerlo, la izquierda había entrado por el buen camino, y ello la dotó de prestigio y apoyos crecientes. Escuelas semejantes fueron proliferando por el mundo.

Las cosas no duran siempre

Entretanto varios sucesos obligaron a los gobiernos a un cambio de rumbo.

Por una parte hubo que frenar el derroche de recursos a que obligaba la economía de mercado, porque la tierra no daba para tanto; las crisis aumentaron en ritmo y profundidad, y hubo que acabar tomando en serio el propósito de refundar el capitalismo, muchas veces proclamado y siempre olvidado.

Por otra parte el terrorismo y las demás formas de violencia se hicieron más y más presentes, y si en un principio los medios de comunicación se llenaban de retórica, dando por supuesto que los terroristas actuaban por odio a los valores de occidente, a la libertad y la democracia, algunos acabaron preguntándose si el odio no sería más bien al comportamiento depredatorio de occidente y a sus acciones violentas contra otros pueblos, y también a una cultura hedonista que rechazaba y excluía a los habitantes de las barriadas pobres de las grandes ciudades. Se fue así comprendiendo que valía de poco rasgarse las vestiduras ante la irracionalidad y crueldad de los terroristas, y que quien apelaba a las causas no estaba justificando el terrorismo, sino explicándolo (paso previo indispensable para eliminarlo).

Finalmente, el declive acelerado del imperio americano lo sumió en una crisis económica que le privaba de recursos para mantener su aparato militar. Una gran parte de su población estaba sumida en la pobreza y en desórdenes prerrevolucionarios. Estados Unidos dejó de ser el policía del mundo en defensa del capitalismo y ya no podía seguir imponiendo su voluntad.

Todo ello terminó haciendo necesario que la ONU se convirtiera en un gobierno mundial con poderes crecientes, en el que cada país tenía votos en proporción a su población. Obligó también a que los países ricos pidieran perdón por sus pasados abusos y empezaran a resarcir a los países perjudicados y a colaborar a su desarrollo económico y cultural de manera desinteresada.

Primer paso decisivo: un límite razonable a la riqueza privada

Fue más tarde cuando se establecieron dos medidas que inauguraron un nuevo tiempo: el límite sensato a la riqueza privada y el carácter público de todas las empresas a las que se había denominado sistémicas (entidades financieras, bolsas, empresas energéticas y de comunicaciones y transporte). Estos espacios fundamentales fueron sacados del mercado y en ellos comenzó a producirse una saludable planificación mundial de la economía.

El éxito fue imponiendo la idea de que los efectos de la planificación son los propios de la racionalidad frente a la dispersión, incoherencia e inefectividad de muchos de los esfuerzos provocados por el mercado. Así que la cuestión no fue tánto si había que planificar la economía entera, sino de qué manera, a través de qué procedimientos de transparencia y democracia real que impidieran cualquier forma de abuso secreto.

El límite a la riqueza privada obligó a los muy ricos a renunciar a las ostentaciones acostumbradas. Yates y automóviles lujosos, jets privados, palacios, grandes cotos de caza, latifundios y fincas de recreo fueron pasando al uso público.

Al tener todas las personas lo necesario para una vida digna, todas empezaron a vivir dignamente. La racionalidad y justicia del orden social eliminó a los marginados con el efecto de que iban desapareciendo los irresponsables. La delincuencia disminuyó a un ritmo que sorprendió sobre todo a quienes pensaban que el hombre es malo por naturaleza. Distribuida la riqueza mundial con equidad, desapareció la avaricia genocida y el odio mutuo, y no había ya motivos para matarse. Así que en poco tiempo habían desaparecido las guerras, el terrorismo y las tensiones prebélicas. Todos los países, y no sólo los que tenían armas nucleares, procedieron a su desarme y se inició una etapa de paz hasta entonces desconocida.

Con los recursos liberados se acometió por fin el proyecto de una educación digna de tal nombre: escuela laica y pública para todos, calcada del modelo previamente experimentado por la izquierda, con el resultado de que, pasando por encima de azares biográficos, acabó funcionando una razón benévola en los jóvenes de la tierra.

El periodo de educación básica se hizo tan largo como para que todos recibieran un fondo de conocimientos de alto nivel en ciencia natural y social, matemáticas e informática, lenguaje musical y destrezas artísticas. Hasta cierto punto se podía decir que media población del mundo estaba dedicada, de una forma u otra, a la educación de la otra media.

A la universidad accedían todos y allí, fuera cual fuera su especialidad, adquirían conceptos de lo que antes se llamaba filosofía del conocimiento, que era ya una ciencia de la ciencia.

El paso definitivo: eliminación de la propiedad privada

La experiencia a partir de este punto fue generalizando la conclusión de que, como bien apreció Rousseau, casi todos los males que se han dado en las sociedades históricas nacen del derecho de propiedad. Así que llegó un momento en que se decidió que fuera colectiva o pública la propiedad de todo (recursos naturales, medios de producción y todo lo que a partir de ellos se fabrica), y aunque inicialmente hubo muchas discusiones y resistencias, pronto nadie se interesaba por la propiedad de las cosas sino por su disfrute.

Planificada ya toda la economía mundial, eran los ciudadanos, no el mercado, quienes decidían las necesidades a satisfacer, en qué forma y con qué límites, tomando en cuenta todos los intereses, circunstancias y repercusiones. Naturalmente, los recursos se emplearon prioritariamente para que toda la población mundial tuviera resuelto correctamente (a un nivel que el progreso de la tecnología iba elevando) la alimentación, el vestido, la vivienda y la salud, y para que todos los niños recibieran una educación tan buena como era concebible. Satisfechas estas necesidades primarias de todos a un mismo nivel, se hacía posible ir satisfaciendo necesidades secundarias (y hasta caprichos si parecía razonable), pero de forma que nadie quedara excluido de la satisfacción de niveles previos cuando se iniciaba la producción en un nivel más prescindible.

Un gobierno mundial de miembros temporales, asistido por expertos temporales (sólo se podía trabajar cuatro años como experto del Estado) asistido por la más potente tecnología informática, hacía estudios acerca de cómo distribuir por el mundo las producciones teniendo en cuenta la carga demográfica y productiva que admitía cada territorio, los costes diferenciales y la posibilidad de crear las condiciones para que la vida pudiera ser interesante en todas partes. En esa planificación mundial se consideraba qué selvas, bosques o cultivos había que preservar, cómo y dónde había de producirse la energía, dónde debía situarse cada centro de producción o de prestación de servicios. De una política favorable al medio ambiente se sentían todos beneficiados como habitantes de la tierra.

Respecto al trabajo se garantizaba su seguridad y soportabilidad. No tendría sentido ganar en felicidad por un lado (con el uso de lo producido) al precio de la infelicidad laboral.

Todo lo que se fabricaba era del mejor diseño y calidad (el coche normal, por ejemplo, era un equivalente del antiguo Mercedes y no los había de calidad inferior), pero omitiendo el lujo, que a nadie interesaba y que, una vez eliminado el deseo de destacar socialmente sobre otros, era visto como un despilfarro de mal gusto.

Al desaparecer el derecho de propiedad desaparecieron los medios de comunicación privados, primero sustituidos por medios públicos, en seguida por información en la Red. Así que ninguna persona o grupo tenía ya poder para fabricar opinión favorable a sus intereses. Desaparecieron editorialistas, intelectuales, tertulianos. Digamos que todos eran allí intelectuales, que la información interesante estaba presente en la Red y que la opinión se la formaba cada cual mediante la reflexión, el estudio y la discusión con los otros.

Se había llegado así a otro mundo, que comprendía distintos países, lenguas y continentes, pero unificado por la ética de la igualdad. Facilitaba mucho las cosas el hecho de que ya no había naciones y que todos los individuos eran cosmopolitas, no tenían otra patria que la tierra misma. No había africanos, europeos o asiáticos, sino personas que vivían y trabajaban en un momento dado en Africa, Asia o Europa. El sitio en que se nació no era para ellos especialmente significativo, porque todos tenían experiencias infantiles ligadas a sitios diferentes. Había una lengua común para la tierra entera, el esperanto, felizmente resucitado como medio para una comunicación equitativa entre personas de lenguas distintas.

Las ventajas del usuario frente al propietario

Cada uno recibía según sus necesidades, y allí donde iba alguien a pasar un tiempo, fuera de trabajo o de vacaciones, recibía una vivienda confortable con todo el equipamiento deseable. El hecho de que nadie fuera dueño de viviendas, muebles y otras impedimentas facilitaba mucho la movilidad. Nadie era dueño de una cámara de vídeo, una cepilladora eléctrica o un automóvil, pero si necesitaba algo de esto lo pedía por teléfono y se lo llevaban a casa en unos minutos desde un almacén municipal. Podía mantenerlo en su poder el tiempo que lo necesitara y luego lo devolvía. Si algo se averiaba, era sustituido, y la reparación corría a cargo de la colectividad. De esta forma con menor producción se conseguía mejor disfrute, con la ventaja de que nadie sufría por roturas y reparaciones, o porque lo que compró hubiera quedado rebasado por nuevas tecnologías.

El automóvil sólo se usaba excepcionalmente y por ello su producción disminuyó con un corrrespondiente aumento de su utilidad, porque servía para circular por carreteras poco transitadas.

Cada cual tenía derecho a un equipamiento de ropa y calzado anual, que elegía de un catálogo elaborado por diseñadores sensatos, y la ropa y el calzado se fabricaban bajo pedido. Se podía pedir lo necesario para cocinar, pero lo normal es que se eligiera cada mañana el menú de comida y cena en un comedor público, en la seguridad de que excelentes cocineros utilizaban buenos ingredientes. Había desaparecido el antiguo miedo al engaño una vez que nadie tenía motivación para dar gato por liebre al consumidor.

Un duro trabajo inicial

Se entendió que la vivienda comprendía el entorno urbano (el paisaje urbano que lleva a ella, el que se divisa desde ella), y por eso una gran actividad colectiva tuvo inicialmente como finalidad destruir los sórdidos entornos urbanos heredados y construir otros nuevos. Se conservaron, como monumentos históricos que recordaban la pasada barbarie, algunas ciudades dormitorio, algunas urbanizaciones costeras y algunos cruces laberínticos de autopistas. Todo el mundo acabó viviendo en espacios urbanos recorribles a pie o en bicicleta, todo el mundo vivía junto a su lugar de trabajo.

CONSECUENCIAS

Las ventajas de este “otro mundo” son evidentes.

Alivio medioambiental

Pese a que se produce para que todos los habitantes de la tierra tengan cubiertas sus necesidades al más alto nivel de calidad, la producción de mercancías ha disminuido con gran intensidad, y en consecuencia el consumo de energía y la presión sobre el medio ambiente. Ello se debe a lo siguiente:

a) Las mercancías no se diseñan con obsolescencia programada, sino para durar ilimitadamente e ir acogiendo los progresos tecnológicos.

b) Los objetos no están subempleados, como cuando alguien compra algo y luego apenas lo utiliza, sino que se usan por unos y otros hasta su deterioro definitivo.

c) Al desaparecer el peligro de guerras se han dejado de producir buques, submarinos y aviones de combate, tanques, misiles, municiones y demás armamentos, cerrándose el enorme sumidero por el que se venían perdiendo innumerables recursos y esfuerzos.

d) Han dejado de tener demanda los mil productos ideados para el cuerpo de las mujeres, una vez que ellas, alcanzado un alto nivel cultural, rechazaron el mito del “bello sexo” con que se las había embaucado, desdeñaron presentarse como objetos eróticos permanentes, y optaron por presentarse como ciudadanas (salvo en los momentos dedicados al sexo). Digamos de paso que, al dejar de creer en el “bello sexo” aumentaron todas en belleza, pues ahora no la fían a pinturas, vestidos, adornos, joyas, escotes, transparencias y tacones, sino al reflejo de la inteligencia, el sentido del humor, la cordialidad y la serenidad de ánimo en el rostro y en los movimientos.

e) No es necesario producir más y más, sino lo justo, pues ya no es el mercado el mecanismo regulador, sino la racionalidad de la planificación. La información fiable disponible en la Red sobre los distintos productos y sus propiedades sustituye a la publicidad, y con ésta han desaparecido las mil necesidades inducidas. La maquinaria económica no vive ya de satisfacer un consumo sin causa. Si algo les cuesta comprender a los habitantes de este mundo es cómo en otros tiempos se podía vivir bajo la continua agresión de torturantes mensajes publicitarios. ¡La inconmensurable estupidez de los anuncios de perfumes!

f) Puesto que una gran parte de la producción (ropa, calzado, muebles) se hace bajo pedido, sólo se produce lo que se va a utilizar.

g) La demanda de energía ha caído en picado y no sólo por la menor producción. Puesto que todo el mundo solicita una vivienda cerca del lugar de su trabajo, los desplazamientos suelen ser a pie o en bicicleta.

Una novedad sorprendente de esta economía es que, aunque todo el mundo vive a un alto nivel de satisfación de necesidades, no se dedican muchas horas al trabajo y no existe el fantasma amenazador del paro.

Menos producción, menos trabajo

Los habitantes de este mundo trabajan muy poco y no sólo por la automatización y otros avances tecnológicos. Al establecerse la paz mundial desaparecieron los ejércitos y todas las profesiones con ellos relacionadas. Al ser imposible el robo, la estafa y la corrupción, el servicio de policía careció de función. Las emergencias que previamente movilizaban a policías y ejércitos se resuelven con la colaboración de voluntarios. La abolición de la propiedad ha acabado con casi todos los litigios y con servicios, instituciones y profesiones que absorbían mucho trabajo colectivo. Ha sido abolida casi toda la legislación, porque el incontenible afán legislador del mundo previo acumulaba disposiciones en innumerables direcciones que partían todas ellas del concepto de propiedad, directa o indirectamente. Al ser conocida por todos la escasa y simple legislación resulta ociosa la existencia de profesionales del derecho. Por falta de función no hay tampoco judicatura, sino que las diferencias se resuelven por los interesados y, si no es posible, por el dictamen de hombres buenos. Han desaparecido las oficinas, los representantes, los publicistas, los escaparatistas, los anunciantes.

¡Y no hay paro!

La diferencia más inesperada con el mundo capitalista es que la drástica reducción del trabajo necesario no lanza al paro a una parte de la población, sino que se traduce en menos horas de trabajo para todos. Por tanto no hay necesidad de nuevas producciones para crear, al precio que sea, puestos de trabajo. Sólo aumenta la producción cuando hay que satisfacer necesidades legítimas (eliminadas las derivadas de métodos publicitarios y las contrarias a intereses generales básicos). Una vez decidido qué hay que producir, el trabajo se reparte equitativamente entre las personas capaces. Nadie se jubila salvo por incapacidad para todo tipo de actividad. Las pocas horas semanales que cada cual tiene que dedicar al trabajo se van adaptando a sus condiciones. Algunos limitan su contribución a sacar de paseo a un perro, o a cuidar de unos rosales. En cualquier momento puede uno tomarse las vacaciones que desee siempre que durante el año haga su pequeña contribución laboral (o la haga otro por él en régimen de reciprocidad).

La globalización y la revolución científico-técnica se utilizan en beneficio colectivo y así resulta posible que cada cual elija qué trabajo quiere realizar el trimestre siguiente y dónde le gustaría vivir el año próximo, y la eficiente tecnología informática concilia los intereses de unos y otros en forma muchas veces interactiva, proponiendo alternativas viables cuando el deseo no puede ser satisfecho. Si alguien quiere permanecer en el mismo lugar puede hacerlo, pero en general sólo optan por ello quienes se encuentran faltos de vigor por enfermedad o vejez. Los demás gustan de conocer sitios y tareas diferentes, que obligan a formas de vida diferentes, y cualquiera tiene amigos en muchas partes, o los hace en seguida. A ello ayuda la disminución de la sospecha y del miedo al otro, y la semejanza de intereses y capacidades. De manera que no hacen falta en ese mundo las redes sociales que producían amistad virtual, hay muchos y ricos cursos de amistad real al alcance de cualquiera en su mucho tiempo libre.

Por fin democracia

Marx había previsto la posibilidad de que el pueblo ejerciera algún tipo de control directo sobre los que mandan, sin ninguna mediación de las instituciones, pero no explicó claramente cómo sería ello posible. El problema ha desaparecido sin embargo en este nuevo mundo, donde la democracia directa, ejercida por personas bien informadas, ha ido ganando espacio a la delegación, ventaja de la sociedad en red que no había sido aprovechada en la vieja época de la mundialización capitalista. La tecnología hace posible que se tomen con celeridad decisiones y que puedan ser revisadas con agilidad a la vista de efectos imprevistos. El nivel cognitivo de la población permite que la discusión democrática de cada medida produzca los mejores resultados.

Dentro de la planificación general, la actividad social se administra eficazmente a partir de diferentes niveles combinados: el taller, la empresa, la rama o el sector, el municipio, el país entero, la región, el planeta. El principio de subsidiaridad es respetado (toda decisión se traslada al escalón inferior cuando puede tomarse más eficazmente en ese nivel).

Los temas a debate, lo mismo que las propuestas, se plantean en la red por quien lo tenga a bien (generalmente un grupo que ha discutido el asunto), pasan a ser objeto de debate cuando obtienen suficiente apoyo y las decisiones se toman por los interesados cuando, habiéndose cruzado los diferentes argumentos, todos han conseguido información suficiente. El comité de turno elige la hora de la votación: cada cual pulsa un botón en su ordenador y el resultado se conoce al momento.

De manera que en este mundo ha empezado a ser viable una democracia a la que se puede llamar por fin sustantiva: sin medios de comunicación privados que fabriquen opinión afín a los intereses de sus dueños, sin influencia de poderes económicos en la sombra, y con ciudadanos (no algunos de ellos, sino prácticamente todos) capaces de procesar la información pertinente (científica, económica y social) y partícipes del control colectivo sobre esta información.

Al no haber diferencias de educación ni económicas, cada uno está en plano de igualdad con cualquiera otro respecto a la toma de decisiones sobre la cosa pública, igualdad garantizada además porque todos han sido adiestrados en la oratoria (a ninguno de ellos le asusta hablar en público) y por la inexistencia de burócratas y políticos permanentes.

El Estado no es ya una burocracia depositaria del poder político al servicio del poder económico, sino un organismo mundial encargado de la mera gestión de las decisiones tomadas por la colectividad mundial. Sus funcionarios son rotatorios, temporales (sólo cuatro años a lo largo de la vida) y elegidos por sorteo.

Ateísmo y sentido de la vida

No hay religiones organizadas, ni clérigos, ni rituales, ni dogmas, pero no porque exista prohibición alguna, sino porque el desarrollo cognitivo y afectivo de la gente lo ha dejado de lado. Todo ciudadano es muy dueño de fundar o refundar religiones, proponer rituales o inventar mitos, pero, al no haber sido adoctrinado en la niñez, a nadie se le ocurre hacerlo salvo como ejercicio artístico (imaginación literaria) o lúdico. Al pasado lo consideran, incluso en sus momentos más idílicos, con la misma sensación de horror que inspiraba en otro tiempo la Inquisición o la barbarie nazi. Porque ellos son conscientes de las mutilaciones mentales que se practicaban con la sonrisa en los labios en el viejo mundo, y a ellos esas mutilaciones les producen tanto horror como a sus antepasados las corporales.

No echan de menos la existencia de un dios para dotar de sentido a la vida. El sentido lo extraen de la cooperación amistosa en un ambiente de conocimientos y valores compartidos, justa reciprocidad y amplias posibilidades para los placeres de la amistad y el sexo, la investigación, el juego y el arte. La educación en un realismo valeroso y en una amistosa cooperación con los otros proporciona a estas personas un remedio honesto a los infortunios. Cuando muere alguien querido no es ya un cura quien consuela con el mito de una vida eterna, sino la creencia de que el muerto permanece en el recuerdo de los que siguen vivos y en los efectos que hizo en ellos. El número de personas que elijen el momento y la forma de su muerte es muy grande entre los que llegan a la edad en que, mermadas las facultades, la vida autónoma se ha hecho imposible.

PROPAGANDA REFUTADA

Durante el largo proceso que llevó a este mundo hubo que escuchar muchas insensateces que se presentaban como argumentos inteligentes, incluso científicos. El pensamiento conservador no sabía dónde buscar pretextos.

1) Ya muy al principio, cuando algunos partidos ofrecían en sus campañas electorales una subida del salario mínimo, o suprimir los recortes en sanidad y educación, o solicitaban una auditoría de la deuda alegando que era en gran parte ilegítima, se les decía que estaban prometiendo lo que no podrían cumplir y que eran por tanto populistas y demagogos. Pero nunca se explicó por qué cosas tan elementales eran imposibles. Nunca se reconoció que lo eran, sólo, porque el poder económico se oponía a ellas.

Mientras los muy ricos se iban haciendo más y más ricos y millones de personas iban cayendo en la pobreza, hablar de pobres y ricos se tildaba de indecoroso, de señal de resentimiento, de prueba de mente antediluviana.

2) Se decía también que, por no tener en cuenta que el humano es como es, codicioso, violento y egoísta, las ideas utópicas iban contra las leyes psicológicas. Pero ¿cómo explicaban el hecho de que, incluso en aquel mundo, hubiera personas no codiciosas, ni egoístas, ni violentas? ¿Acaso no eran humanas?

3) Otros, más audaces, dictaminaron que el pensamiento utópico no es democrático, sino esencialmente autoritario: hunde sus raíces en el mito de la ciudad unida y despótica, una máquina social capaz de suprimir toda autonomía humana.

Pero ¿acaso las personas ignorantes, asustadas y egoístas tienen una autonomía que se suprime si se las hace ilustradas, libres y solidarias?

¡Qué más da!, ellos insistían en que, a diferencia de la democracia, que reconoce el conflicto y trata de resolverlo, toda utopía, sea del tipo que sea, tiene una sustancia totalitaria, porque el intento de construir una sociedad perfecta exige eliminar a los que no se adapten a esa perfección.

Pero ¿a qué conflicto se referían estos ideólogos? Efectivamente, la democracia capitalista reconoce el conflicto básico, el de pobres y ricos. ¡Cómo no, si es ella la que lo establece y lo ampara! Aquellos teóricos eran incapaces de imaginar un mundo en el que se ha eliminado ese conflicto fundamental en buena hora, y por tanto todos los conflictos locales que de él derivan. Eran incapaces de imaginar un mundo en el que no hay nadie a quien eliminar para que el orden elegido subsista. Cierto que tal mundo no era posible con la población entonces existente, pero sí una vez que la población fue socializada de otra forma.

4) Decían otros que las propuestas anticapitalistas eran disparatadas, porque se oponían a las leyes económicas. Pero poco a poco fue quedando claro para la mayoría que las supuestas leyes económicas no existían, que eran mera ideología, leyes ficticias de las que no cabía derivar predicciones útiles, incluso más, leyes que llevaban a decisiones catastróficas, muy alejadas de las previsiones de los que apelaban a ellas. Los cuales seguían apelando a ellas como disciplinados gurús bien remunerados.

Cuando quedó claro el papel de estos “expertos” se hizo lo oportuno: suprimir la profesión de economista. Desapareció la economía como disciplina teórica, y se convirtió en aplicación de ciencias diversas (demografía, agronomía, estadística, ciencias naturales, ciencias psicosociales, modelos informáticos, etc.) al servicio de las decisiones políticas. Hecha una inicial selección de necesidades básicas, de carácter político y muy distinta a la que producía el mercado, los estudios económicos se limitaban a determinar los medios preferibles para satisfacerlas.

5) Cuando se propuso planificar la economía global los gritos ensordecieron a la población entera. ¡Acabar con la economía de mercado cuando el mercado es el garante de la libertad! ¡Volver a la economía planificada cuando había quedado históricamente probado que esa economía es ineficiente, es concomitante con regímenes autoritarios y ahoga cualquier intento de iniciativa individual!

Pero ya las personas razonables no se dejaron intimidar. ¿Que el mercado es garante de la libertad?, preguntaron. ¿Cómo va a serlo si deja a millones de personas en situación de esclavitud laboral y a otros muchos millones en la pobreza extrema o con salarios de hambre? El mercado sólo es garante de la libertad de los dueños del dinero para hacer con él lo que quieran, aunque sea en perjuicio de la mayoría de la población.

En cuanto al precedente de la URSS se demostró que no venía a cuento. Desaparecidas las tremendas constricciones y oposiciones exteriores que hubo de soportar la soviética, la nueva planificación mundial era muy eficiente. Funcionaba auxiliada por potentes instrumentos informáticos que en la URSS no existían y con una población cuyos miembros tenían un alto grado de desarrollo mental y toda la capacidad para discutir, proponer y cambiar que ofrece una verdadera democracia (que tampoco existía en la URSS). En circunstancias tan distintas, ya no se daban los problemas de otro tiempo respecto al cálculo de la rentabilidad en la asignación de recursos.

6) La propuesta de limitar la riqueza privada produjo también mucho alboroto.

Se repitió el argumento de que para repartir riqueza hay primero que crearla, y que mal se va a crear si la motivación disminuye al disminuir las expectativas de ganancias, y si el dinero se quita de manos de los ricos, que son los que mejor lo hacen rendir.

Entretanto se estaba demostrando a diario que la creación de riqueza no es condición suficiente para repartirla: lo que de hecho ocurría es que las ganancias engrosaban los bolsillos de los de siempre, las desigualdades iban creciendo y la pobreza también. Se sabía además que los más ricos poco aportaban al desarrollo económico, dedicados como estaban a la especulación financiera, que les rentaba más.

La falta de competencia comercial no empobreció los resultados, dado que empezó a funcionar una motivación más estable y firme que la de obtener ganancias: el deseo de hacer las cosas de la forma preferible para el bien general. Por lo demás, la motivación para producir compulsivamente (que es lo que se perdió) fue una ventaja y no un problema. Que nadie enferme de estrés por el afán de beneficios tiene ventajas no sólo respecto a la salud individual y colectiva: al desaparecer la producción de cosas inútiles, hubo menos presión sobre los recursos naturales y menos desechos. Todo lo cual fue beneficioso.

Pero sobre todo: se llegó a la conclusión de que había que redefinir la riqueza. No tenía sentido seguirla identificando con la producción alocada de mercancías, muchas de ellas innecesarias. Se recordó que, por ejemplo, las urbanizaciones que habían destruido costas y espacios urbanos se habían computado como riqueza. La riqueza debía redefinirse en términos de felicidad de la población. Se hicieron estudios rigurosos y resultó que muchos que en las encuestas se declaraban felices no lo eran, ni siquiera tenían idea de en qué puede consistir la felicidad. Vivían con un nivel de tensiones y frustraciones muy alto, y con una limitación sustancial para el disfrute de bienes culturales.

7) Cuando se propuso acabar con la propiedad privada fueron desgarradores los gritos con que se afirmaba que el derecho de propiedad es un derecho humano inviolable. Hubo que recordar que una cosa es el derecho que todo el mundo tiene a que no le quiten la camisa, a que nadie allane su morada y a que se respete el uso de todo lo que posee legítimamente (derecho que estaba asegurado) y otra cosa es la propiedad que el mercado concede (por ejemplo, un paquete de acciones con el que se controla una multinacional que monopoliza un servicio público).

8) Pareció a muchos descabellado el proyecto de que todas las personas del mundo pudieran gozar de todos los bienes necesarios de la mejor calidad. No hay recursos en la tierra para esa utopía, sentenciaban. Y añadían que la riqueza debe ser un premio al esfuerzo, una ventaja a la que llega la minoría excelente. Si se da a todos por el mero hecho de nacer, se los convierte en vagos e irresponsables que no moverán un dedo.

También este argumento resultó falso por todos lados: había recursos disponibles (en mucha más abundancia que cuando se malgastaban), nadie se dio a la vagancia y ni siquiera era cierto que las minorías que antes monopolizaban la riqueza fueran excelentes. ¿Qué pruebas de excelencia había dado el heredero de un rico, o el especulador bursátil?

9) Cuando antes de llegar a la igualdad social se hablaba de ella como proyecto, los conservadores alegaron que el igualitarismo acaba con la diversidad humana y con la riqueza que esa diversidad comporta. Todos iguales, uniformados, esa fue la caricatura que se hacía a cada paso.

Lo cierto es que la sociedad igualitaria no eliminó la diversidad. Quedaron todos igualados en algo, pero no iguales en todo. Desapareció la diversidad que consiste en que unos nacen en un barrio pobre y otros en una urbanización de lujo, y todas las diversidades que de esta se derivan.

Pero persistían otras. No todos tenían la misma salud, y aunque el atractivo corporal de todos había aumentado (y no sólo a causa de la tecnología genética, sino por el concurso de la inteligencia, el buen gusto y el humor que reflejaban los rostros, y también por la influencia que en el resto del cuerpo tenían la alimentación sana y el deporte), ese atractivo no estaba repartido igualitariamente, ni tampoco la suerte, ni el acceso a la excelencia en la distintas actividades, ni la distribución de aficiones e intereses. No todos cantaban con voz igualmente bella y potente, aunque todos tenían educada la voz, no todo pianista llegaba a la altura de Richter ni todo violinista a la de Oistrakh.

Por lo demás, dada la igualdad educativa de alto nivel, lo que solía ocurrir en esa sociedad era de muy diferente textura, de mayor creatividad, riqueza y variedad, que lo que ocurría en las sociedades elitistas, donde tanto la uniformidad de las masas como la uniformidad de las élites llegaba a ser extrema.

10) Contra la igualdad social se alegó también que es imposible en una sociedad desarrollada, con compleja división del trabajo, puesto que esa sociedad requiere especializaciones y éstas conducen inevitablemente a la estratificación social: unos sabiendo y otros sin saber, unos arriba y otros abajo.

Era cierto que el hombre nuevo, por muy pluridimensional que fuera, no podía ser un especialista en todo. Como Nove había argüído contra la idea de Marx, era poco probable que todos pudieran turnarse en la tarea de planificar la economía en el intermedio de conducir camiones y empastar dientes. Los planificadores tenían que especializarse y lo mismo los dentistas.

Era cierto también que la especialización siempre había conducido a una estratificación social en todas las sociedades elitistas, en las que había una regla que daba el control social directa o indirectamente a las esferas superiores del sistema educativo: una minoría de jóvenes iba a la universidad y una mayoría al trabajo, directamente o pasando por la FP.

Este es el problema que intentó resolver la revolución cultural China cuando pretendió integrar en la universidad la práctica manual y la intelectual para que la educación y la producción surgieran de un mismo principio. Fue un intento que fracasó (sólo duró el breve espacio de los años 1966-67) en gran medida, precisamente, por su incompatibilidad con una división compleja del trabajo, que a su vez resultaba necesaria para acceder al desarrollo económico.

Afortunadamente, desde aquella Revolución Cultural fue mucho lo que había avanzado el sistema educativo, y se pudo al fin ir comprobando que la especialización no tenía como efecto legitimar las desigualdades propias de la estratificación social. Era posible eliminar la regla que distribuye diferentes formas de conciencia a diferentes grupos y establece la relación entre poder y conocimiento. Todos los estudiantes pasaban por la universidad, todos acababan siendo especialistas en algo y los especialistas se iban turnando y sustituyendo entre sí. La enseñanza universitaria integraba la práctica manual e intelectual, y era muy normal que a un especialista en física teórica le apeteciera ser un buen mecánico o un buen ebanista, además de un buen músico. Resultaba luego fácil pasar de una especialidad a otra dentro de un campo de materias afines. Cada cual podía actuar ocasionalmente como especialista en aquella rama del conocimiento que conocía a fondo y además la preparación tecnológica permitía de manera creciente cambiar de especialización, todo ello sin que se alterara el orden progresivamente igualitario. Se formaban para cada asunto más especialistas de los necesarios y ello no era un problema, pues a un cirujano no le importaba trabajar a temporadas de jardinero o barriendo calles.

UN LAMENTO AL REGRESO

¡Oh mundo tranquilo, fraternal y fértil! ¡Duro es volver a este mundo tras vivir en el otro con el pensamiento! ¡Tan al alcance de la mano y tan distante!

jmchamorro@jmchamorro.info