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REFUNDAR PODEMOS. ¿EN QUÉ DIRECCIÓN?

A causa de sus últimos fracasos electorales son muchos los que hablan de la necesidad de una refundación de Podemos. Como no pertenezco a ese partido no puedo entrar en la discusión interna, pero sí en la discusión más general sobre el papel de la izquierda, ofreciendo algunas ideas extraídas del análisis que hago más por extenso en Capitalismo, izquierda y ciencia social. Hacia una renovación del marxismo.

Decidan lo que decidan los miembros de Podemos y de IU, es muy necesario crear a la izquierda de la socialdemocracia una organización potente que sepa realizar actividades imprescindibles, y por ahora abandonadas, que no tienen que ver con elecciones e instituciones, sino con el campo de batalla ideológico al que me referí en la anterior entrada de este blog. Dicho de otra forma, es necesaria una organización de izquierdas que logre escapar al fin de la trampa electoralista.

Un síntoma de hasta qué punto Podemos está hundido en esa trampa es que, pese a que el partido necesita cambios radicales, no se hablaría de ellos si los fracasos electorales hubieran sido éxitos.

Contra el electoralismo se han manifestado miembros significativos de Podemos y de IU.

El Consejo ciudadano de Podemos Andalucía ha señalado que en el “nuevo ciclo” que se abre tras las últimas elecciones es necesario “aprender a hacer otras cosas que nada tienen que ver con campañas electorales”.

Yendo más lejos, Alberto Garzón, en una entrevista publicada en eldiario.es el 11 de abril de 2017, situaba el comienzo del electoralismo del PCE en el eurocomunismo de Santiago Carrillo, cultura política que propone que las instituciones que se han conseguido son las necesarias y las suficientes para llegar al socialismo y que por lo tanto el instrumento de mayor incidencia social es presentarse a las elecciones y tener influencia en las instituciones. De esta forma desde la Transición perdió peso todo lo que no fuera maquinaria institucional.

Siendo esto cierto, creo que el electoralismo queda mal caracterizado si se identifica como dedicación casi exclusiva a elecciones e instituciones abandonando otras tareas. Pues no consiste sólo en limitar la actividad política a las elecciones, sino sobre todo en una forma de concurrir a las elecciones y de administrar el poder institucional.

El electoralismo es el artilugio inventado por el poder económico para hacer inofensiva la elección de líderes políticos. Se trata de promocionar a quienes tienen condiciones para convencer al pueblo de que vive en democracia y de que la política que se realiza es la mejor entre las posibles. Se añade la generosa financiación de costosas campañas electorales y el permanente esfuerzo de los medios de comunicación dependientes del capital para demonizar cualquier idea o actitud antisistema. El ciclo termina en el ejercicio del poder según las indicaciones de los poderes reales, los económicos.

Forma parte del electoralismo la idea de que si no se consigue éxito electoral y poder institucional no se existe en el mundo de la política. Y de ello se sigue la supeditación a toda estrategia que consiga votos, aunque obligue a camuflar la propia identidad.

Así definido el electoralismo está claro que la izquierda se ha dejado embaucar y se ha echado por completo en sus brazos. Incluso cuando se lo critica no se discute la forma de acudir a las elecciones, ni el valor que se da a sus resultados, simplemente se aboga por otras actividades vagamente descritas, pero apelando al éxito o fracaso electoral como prueba y señal de ir por buen o por mal camino.

Así cuando Adelante Andalucía se presenta como la herramienta que tiene mayor potencial porque sus resultados han sido los mejores del país, o cuando saca pecho diciendo que cuenta con 17 diputados en el Grupo Parlamentario andaluz, nueve diputadas en el Congreso, una senadora, cientos de concejales y varias alcaldías. Al contabilizar en exclusiva méritos que dependen del resultado electoral, y al no tener otros méritos que mostrar, se sigue de lleno en el electoralismo.

Organización general y partido político

Los resultados de los últimos cuarenta años vienen mostrando que es necesaria una organización política que se plantee actividades tanto al margen del poder político y del Parlamento como de la agitación de la calle, entre ellas analizar e investigar la realidad social para decidir e implementar una política a largo plazo que actúe sobre una mayoría social objetivamente interesada en un cambio de sistema aunque no lo sepa.

Esa organización ha de contar con un partido político filial para concurrir a las elecciones y desarrollar la actividad institucional derivada de la cuota de poder político conseguido, tarea secundaria, pero que tiene su importancia si se hace en forma coherente con los fines generales. A ello me refiero en seguida.

Miembros

Buscar la unidad de la izquierda es algo confundente si se considera a la socialdemocracia dentro de la izquierda. No cabe esperar un funcionamiento eficiente si pretenden controlar las decisiones quienes piensan que el orden social en que vivimos debe ser sustituido por otro y quienes descalifican las propuestas “antisistema”.

Por ello, en lugar de alabar el pluralismo ideológico, sería preferible apostar por el funcionamiento democrático, que ya incluye el respeto a las distintas formas de enfocar un problema o de evaluar las soluciones, pero dentro de un enfoque ideológico compartido. Si el llamado “respeto a la pluralidad” se entiende como heterogeneidad ideológica, pasa a ser una de las causas del déficit de democracia que se percibe en las actuales organizaciones de izquierdas. Pues a falta de unas coincidencias básicas, son inevitables los controles férreos de la dirección y el miedo permanente a caballos de Troya. Ello es lamentable, precisamente porque en el interior de la organización se debe anticipar el funcionamiento democrático que se pretende conseguir para la sociedad entera.

Este funcionamiento exige dos condiciones:

Por una parte un criterio de pertenencia a la organización que sea coherente con la forma de sociedad a la que se tiende. En la izquierda parece exigible una preferencia igualitarista y la convicción de que el sistema capitalista, incluso el moderado por medidas socialdemócratas, es un mal social evitable. Y parece conveniente que la disposición a favorecer el cambio a una sociedad igualitaria busque luz en el conocimiento científico disponible.

La segunda condición es que todos los miembros tengan un acceso equivalente a la información y al conocimiento, eliminando la relación tradicional dirigente-masa, que pivota sobre la habilidad retórica del dirigente para convencer eludiendo los mejores argumentos. Llegar al funcionamiento democrático requiere mucho esfuerzo de divulgación de conocimiento e información, así como dar prioridad a la discusión mediante argumentos escritos.

Dirigentes

Repárese en que la forma de seleccionar líderes prosistema está directamente derivada del electoralismo: buena voz, saber hablar en público, tener una apariencia que resulte atractiva, capacidad de resistencia (lo que equivale a decir vocación de poder), desenvoltura para hablar sin decir nada y repetir eslóganes vacíos sin sonrojo, y todo el cinismo necesario cuando la mentira, la contradicción o el incumplimiento se hacen patentes.

Lejos de esto, la organización que propongo debería carecer de líderes carismáticos y estar dirigida por un amplio consejo temporal de personas elegidas por haber demostrado inteligencia, conocimientos y empatía, con representación adecuada de hombres y mujeres, del impulso de la juventud y de la experiencia que dan los años.

Mientras los líderes actuales buscan la exhibición en los medios porque de otra forma no existen, ese liderazgo compartido debería ser sólo detectable desde fuera a través de los efectos de su trabajo. Sus miembros no serían activos en las redes ni buscarían notoriedad en los medios privados. Estarían a lo importante, sin perderse como los políticos actuales en vueltas y revueltas a la luz de los focos mediáticos.

El partido político filial carecería también de líderes carismáticos, y no tendría capacidad para elegir estrategias, que serían decididas por la organización. Se buscaría en los candidatos electorales experiencia, conocimientos, generosidad y disposición a hablar en un registro de racionalidad y claridad. Si se consiguieran cargos públicos, la corta duración del mandato y el carácter subordinado de su papel sería una manera de minimizar las luchas personales por el poder. Nadie necesitado de poder personal se afilia a una organización en la que no puede conseguirlo.

La organización y el partido tendrían portavoces para hacer comunicados en las redes, en medios independientes y en medios propios, pero no acudirían a un medio privado dependiente del capital salvo para denunciar este hecho, denunciar con datos que tal medio depende del capital y que es por ello un obstáculo a la democracia. No tiene sentido mendigar la presencia en espacios televisivos degradantes, o en tertulias caóticas diseñadas para aumentar la desorientación del público que las sigue.

En seguida me referiré a las tareas básicas de la organización, pero antes voy a insistir en lo que no debe ser, ni hacer, el partido político filial.

Eludir el electoralismo

Por lo antes dicho, se elude el electoralismo no sólo haciendo además otras cosas, sino concurriendo a las elecciones y a las instituciones de otra forma y dando al éxito y al fracaso el valor relativo que tienen. Ello significa en concreto:

-No gastar un solo euro en las campañas electorales.

-Aprovechar el amplificador mediático gratuito para explicar a la gente en qué sociedad vive, qué alternativas existen a corto, medio y largo plazo, y dónde se encuentran los obstáculos.

-Eludir mítines y concentraciones de adeptos, y aprovechar los debates televisados para estropear la fiesta, haciendo ver que no son otra cosa que escaparates para la mentira sistemática.

-Decir lo que hay que decir sin calcular las repercusiones en votos o las reacciones de los poderosos.

Si por este camino honrado se consigue poder institucional es necesario gestionarlo con la misma ética. No para conservarlo sino para utilizarlo según la estrategia decidida, sean cuales sean las consecuencias a corto plazo (incluida la misma pérdida del poder).

De manera que una señal de que se ha salido del electoralismo es que se concurre a las elecciones de otra forma, se da a los resultados electorales el valor relativo que tienen, y a la forma de competir por los votos el valor absoluto que tiene.

Las otras tareas de la organización

Según Garzón para alcanzar lo que Gramsci llamaba la hegemonía se necesita seguir avanzando en la conquista cultural que haga colectivos unos valores y unos principios. Y para ello hay que llegar a gente a la que no se llega. Reconoce Garzón que la hegemonía no se alcanza a través de discursos, ni tampoco a través de las elecciones, al menos no sólo, sino a través de una práctica política insertada en el tejido. ¿Qué práctica? ¿Y por qué no se realiza?

Según Adelante Andalucía hay que avanzar como un sujeto político de unidad, como un altavoz popular y como una herramienta pegada al territorio, acompañar a los círculos que se encuentran con más dificultades tras las elecciones municipales, poner en el centro un proyecto feminista y ecologista presente e implantado en todos los municipios andaluces. Buenos deseos y vaguedades mil veces repetidas sin resultado.

A mi juicio la práctica política de que hablan todos debería desarrollarse en varias áreas. Al menos las siguientes:

-Actividad teórica e investigación social

-Divulgación

-Implantación en el tejido social

-Mundialización

Naturalmente no basta un enunciado vago, hay que concretar la actividad en cada una de esas áreas.

a) Actividad teórica e investigacion social

1. Me referí antes a actuar a la luz del conocimiento científico disponible. ¿Qué conocimiento?

Actuar en el terreno político sin teoría es actuar a ciegas, algo que se puede permitir la derecha (sólo pretende que todo siga como está), pero no la izquierda, necesitada de una visión de conjunto y de acciones instrumentales para un objetivo de gran dificultad, el antes indicado de transformar la ideolgía de una mayoría de población.

IU ya decía a finales del pasado siglo que la teoría es imprescindible, que no la tiene, y que sin ella no se sabe dónde se está y adónde se va. Pero han ido pasando los años y todo sigue igual.

En un manifiesto titulado La disyuntiva Julio Anguita y otros miembros del Colectivo Prometeo echan de menos una síntesis teórica, política y programática, y la proponen a base de inegrar cuatro cosmovisiones que enumeran a partir de los momentos y textos que las alumbraron: Manifiesto Comunista de Marx y Engels, El segundo sexo de Simone de Beauvoir, Los condenados de la tierra de Frantz Fanon y Los límites al crecimiento de Donella Merado. Es decir, comunismo de matriz marxista, feminismo, multiculturalidad y ecología política.

Cierto que la fuerza para trastocar el orden existente está sobre todo en el feminismo, el ecologismo, las migraciones incontenibles y las personas con suficiente conocimiento y empatía, sean o no proletarios. Sólo que el feminismo o el ecologismo pueden funcionar como estrategias unidimensionales o pueden integrarse en una concepción general de la sociedad que las asimile.

Ahora bien, para esa integración ya no es suficiente el Manifiesto Comunista, por mucho que sea un texto históricamente impresionante, ni tampoco las versiones clásicas del marxismo o los llamados neomarxismos, más preocupados por retroceder que por avanzar.

El marxismo se puso a la vanguardia de la teoría social con un enorme efecto, y sigue siendo la unica teoría general de la sociedad de que disponemos, una vez que han fracasado las inoperantes alternativas conservadoras que se han intentado (Max Weber, Talcot Parsons, H. Habermas). Pero tiene fallos que hay que subsanar y requiere nuevos desarrollos que hay que acometer.

Su carencia básica, la falta de un teoría psicológica que funcione en su núcleo, no se percibió claramente en un periodo en que todo se fiaba al análisis económico y a la revolución violenta.

Esa carencia no puede remediarse con el conjunto de disciplinas que se denominan humanidades, ni con la historia y la economía, ni con el derecho y la politología, ni con la sociología de encuestas, sino directamente con la ciencia social básica, cuyo núcleo está constituido por la lingüística, la sociología, la psicología y sus híbridas (psicolingüística, sociolingüística y psicología social). Hay en el mundo académico líneas de investigación que resultan interesantes, como la de modelos de organización de memoria y la de teorías implícitas, pero no es esperable que tomen la dirección que interesa al marxista. Las disciplinas sociales académicas están controladas internacionalmente mediante revistas y política de publicaciones que tienen un carácter marcadamente conservador. Marx y Engels hicieron teoría fuera del entorno académico y esa es una historia que debe repetirse.

2. La debilidad del marxismo heredado se manifiesta sobre todo en el análisis de las clases sociales. La concepción del proletariado como vanguardia y motor de la revolución social ha quedado falsada, una vez que las predicciones que de ella se derivan no se tienen en pie. No se puede avanzar mientras se tome como único criterio para describir clases sociales la posición respecto al modo de producción desdeñando las variables ideológicas.

Una clase social se conoce cuando se estudian los procesos de socialización, los códigos lingüísticos, el papel de las edades y sexos, y en definitiva la estructura de conocimientos, afectos y pautas que caracteriza a cada uno de los grupos cuyo comportamiento resulta relevante respecto a la estabilidad o el cambio social. El proletariado queda de esta forma dividido en un conjunto de subclases, y no todas situadas en el espacio de la izquierda.

Para progresar en este conocimiento no valen por supuesto los llamados Think Tanks conservadores, pero tempoco fundaciones como Alternativas o Ideas del PSOE, Europa de los Ciudadanos de IU o el Instituto 25 de mayo para la democracia de Podemos. Nada interesante nos llega de lo que en estas fundaciones se discute o se teoriza. Es por ello imprescindible un Instituto de Investigación Social que atraiga y favorezca el libre trabajo de investigadores interesados en progresar en las líneas abiertas por el marxismo; y patrocinar una revista científica abierta a todos los investigadores que aporten conocimientos útiles, no importa su ideología o su militancia política. Valdría para iniciar la puesta en marcha el dinero que se derrocha en las sucesivas elecciones y además todo el que se recogería si los posibles donantes tuvieran confianza en su empleo. Este Instituto de Investigación Social debería ocupar el centro de la organización, y con él deberían conectar, por vías de entrada y salida, las restantes áreas de actuación, las cuales podrían extraer conocimiento de las investigaciones en curso y, a su vez, ofrecer problemas y resultados de su propio funcionamiento como materia de investigación.

b) Divulgación del conocimiento

Si una organización de izquierdas pretende llegar a la gente y hacerse entender, ha de intentar algo más que producir en período electoral el discurso político propio del mitin. Una política de divulgación debe apoyarse en otros instrumentos, uno de los cuales es, sin duda, la actividad habitual de los miembros de la organización en su entorno social. Ello requiere que reciban una formación teórica suficiente dentro de la misma organización.

Pero además, si es necesario promover el conocimiento y los valores de igualdad y fraternidad, resulta imprescindible acercar el conocimiento y la cultura a los barrios y pueblos mediante un equivalente de aquello que se llamaba universidades populares (“misiones pedagógicas” en la versión de la Institución Libre de Enseñanza), una actividad permanente en los Círculos que ofrezca conocimientos que por ahora no se dispensan en las facultades de sociología, ni de psicología, ni de lenguaje, pero imprescindibles para cualquier ciudadano, sea o no activista. Me refiero a los conocimientos que componen una teoría general de la sociedad y los que se derivan de ella. Esto es trabajar en la calle, que no consiste sólo (aunque también) en promover protestas y manifestaciones.

Pero se necesita además una red de medios de comunicación para hacerse entender por un número creciente de personas cuyos intereses objetivos coinciden con el propósito de la organización.

En el nacimiento de Podemos tuvieron influencia no sólo las redes, sino también La Tuerka y el diario Público. Pero esto es insuficiente. Garzón se pregunta dónde está hoy un equivalente de la Radio Pirenaica. La izquierda debería disponer de periódicos y emisoras de radio y televisión que lleguen a toda la población, y hacer de ellas una anticipación de los medios públicos que sus propios valores exigen: inteligentes, creíbles y atractivos, capaces de expresar de manera clara, a distintos niveles de complejidad, el conocimiento que la mayoría necesita, para lo que es necesario atraer a intelectuales, humoristas, comentaristas deportivos, etc., que estén por la labor. Unos medios de comunicación influyentes valdrían no sólo para contrarrestar la fuerza de los medios conservadores y darles la réplica adecuada, sino además para mostrar la posibilidad y estructura de unos medios ¡no sectarios (por ejemplo, proporcionando espacios a los enemigos ideológicos para que los administren a su gusto sin censura alguna). Pues en esos medios propios habría que insistir en el argumento de que el ideal (y una condición obvia de la democracia) es el control social de la fabricación y distribución de la información, única forma de impedir privilegios o controles personales o de grupo en su uso. Habría que argumentar desde medios privados contra la existencia de medios privados y mostrar los medios propios como ejemplo de lo que podrían ser los medios públicos controlados socialmente.

Pero hay que repetir que poco puede hacer una organización de izquierdas que intente distribuir información realista si no tiene en cuenta los procesos que se ponen en marcha en las distintas clases de destinatarios cuando la información es disonante respecto a estructuras cognitivas y afectivas de cada una de esas clases. Estos problemas no se solucionan poniéndose en manos de gurús de la mercadotecnia como el Iván Redondo al que Pablo Iglesias echaba de menos, sino con la investigación a que antes me referí.

c) Implantación social

Alberto Garzón se queja de que la izquierda ha abandonado progresivamente la construcción del tejido social. “¿Dónde están las asociaciones de vecinos?, se pregunta. ¿Dónde está el PCE desplegando sus ramas por el tejido social, por los barrios, por las clases sociales?” Recuerda que el movimiento obrero en el siglo XIX, especialmente el SPD, que fue el gran partido de la socialdemocracia europea del siglo XIX (un equivalente del comunismo según se entiende hoy) tenía un despliegue tan enorme de instituciones propias que, por ejemplo, un trabajador podía aprender un oficio en instituciones del partido. Podía aprender a leer, podía ir a bibliotecas, podía aprender idiomas, podía relacionarse socialmente… en los bares, en los ateneos, las bibliotecas, todas del partido. El partido había sido capaz de construir una realidad alternativa, una sociedad alternativa, como también consiguió el PCI en Italia. Esto está ausente en la historia reciente del PCE y está ausente ahora de la izquierda española y también en general de la izquierda europea.

Esto es cierto y se echa en falta la creación de espacios en cada pueblo o barrio para que las personas que lo deseen puedan relacionarse en un ambiente ideológico progresista y actuar a diferentes niveles de implicación, lugares de reunión dotados de bibliotecas bien diseñadas, de bares económicos, de salas de lectura y aulas de estudio, donde se plenteen y discutan los problemas del entorno próximo y encuentre alguna ayuda o asesoramiento quien lo necesite.

No sólo mediante los Círculos se puede actuar en el tejido social. A la izquierda ni se le ha pasado por la cabeza algo tan sencillo como establecer escuelas infantiles de 0 a 3 años en barrios populares con abundancia de obreros e inmigrantes. Buena forma de proponerse una relación fluida y diversa con las familias, implicándolas en la solución de los problemas presentes y futuros de esos niños y, ya de paso, en los problemas más generales del barrio, de la ciudad y de la sociedad. Tales escuelas son imprescindibles para dotar a los niños, desde los pocos meses, del baño lingüístico que no reciben en sus familias y que es necesario si se quiere evitar que queden condenados a un fracaso escolar que más tarde ya no tiene remedio.

Con el tiempo, poco a poco, esas escuelas infantiles podrían dar lugar a escuelas experimentales. Hay que tener en cuenta que cualquier mejora pedagógica profunda se inicia siempre en aquella parte de la sociedad que ha madurado algún progreso sobre lo recibido, y si nos preguntamos qué parte de la sociedad es la que tiene que correr en el presente con el intento de progreso pedagógico, hay que responder que el grupo que haga suyos los valores de igualitarismo e ilustración, es decir, el grupo promotor de una racionalidad caracterizada por afectividad sana y conocimiento científico.

Tal progreso pedagógico ni puede ser impuesto en la escuela pública (no lo tolerarían las fuerzas conservadoras) ni es esperable de las instituciones tradicionalmente dedicadas a la enseñanza. Es decir, no existirá a menos que la izquierda se proponga desarrollarlo.

En España la educación pública, pese al esfuerzo de muchos enseñantes, es una simulación discriminatoria que condena a los alumnos de clases bajas al fracaso escolar y es poco eficiente respecto a los demás. Esto es algo que la izquierda anticapitalista debería estar mostrando a la sociedad con cifras y argumentos que todo el mundo entendiera. Pero sobre todo: debería estar argumentando que aunque una buena educación es posible, su generalización es incompatible con el sistema capitalista.

Una buena escuela (aunque sólo fuese una), dirigida ante todo a corregir fallos en la estructura afectiva de los colegiales (el éxito en los demás espacios vendría como efecto), sería de enorme impacto ideológico, sobre todo si sus resultados se hicieran públicos en las revistas científicas pedagógicas. He ahí un argumento poderoso para convencer a una gran parte de la población de que el presupuesto estatal debe volcarse en una educación pública de la mejor calidad. Pues más efectivo que describir una buena escuela es mostrarla diciendo: “esto es una educación adecuada y es posible, puesto que la estamos realizando”. Seguro que, si este proyecto se pusiera en marcha, serían muchos los profesionales que colaborarían y muchas las personas que prestarían apoyo económico.

d) La mundialización de la resistencia

El proyecto de una transformación social que siga pasos pacíficos y apoyados por una mayoría de la población obliga a la izquierda a replantearse el ámbito de la actuación política.

Lo que fue internacionalismo proletario debe convertirse en resistencia internacional, pues una vez que el espacio estatal ha perdido gran parte de su antigua autonomía económica la resistencia nacional ya no vale por sí sola. Dado que cualquier medida racional y justa puede recibir el embate del capital afectado, una ofensiva contra los privilegios capitalistas tendría que ir acompañada de una movilización que vaya articulando una sociedad civil mundial y una opinión pública mundial. Cualquier cambio social significativo es imposible sin un proceso lento de nuevo orden internacional, y en un solo país es un objetivo ilusorio. Hay por ello que fortalecer las relaciones con organizaciones de otros países y con movimientos alternativos que están haciendo una presión internacional creciente contra la lógica del mercado y sus consecuencias. Cada día se ve como más necesaria una legislación mundial que regule las cuestiones de interés mundial (fuentes de energía, medio ambiente, cambio climático, erradicación de epidemias, derecho de acceso de toda la población mundial al agua y alimentos necesarios, redistribución de las poblaciones, intervención internacional para evitar guerras locales, armonización de legislaciones fiscales y laborales, eliminación de paraísos fiscales, regulación de los movimientos de capital, etc.).

Ni Podemos ni IU negarán esta necesidad, pero no se conocen las actividades que llevan a cabo con este fin. Recordemos que en Seattle y en las sucesivas convocatorias a favor de otro tipo de mundialización no ha sido significativa la presencia de organizaciones de izquierda anticapitalista.

En cambio la Vía Campesina, por ejemplo, agrupa a 148 organizaciones de 69 países en lucha por una agricultura libre de la mercantilización actual, debida sobre todo a patentes agrícolas controladas por grandes multinacionales como Monsanto. Algo parecido ocurre con la ecología y seguramente son muchas las personas que podrían concertarse en la presión a favor de un Plan económico global que permita erradicar la miseria del mundo, pero que además reconduzca el desarrollo económico por vías sostenibles dentro de un proyecto de vida buena a largo plazo y para el mundo entero. El internacionalismo progresista puede tener resultados interesantes en el acoso progresivo a los modos de dominación que se nos imponen, porque cada día se van acumulando las razones, y no sólo morales. La pobreza extrema de unas partes del mundo afecta a todos, sea por la vía del terrorismo internacional sea por la de las migraciones que activan pautas xenófobas muy extendidas en los países de economía más desarrollada.

Se espera algo de los movimientos antiglobalización, sobre todo desde que a la mera protesta le han añadido propuestas positivas, pero los grupos y los colaboradores que ahí se unen son heterogéneos, en muchos casos especializados en una visión particular. Hacen falta además organizaciones que tengan una concepción integral de los problemas y puedan reunir en ella las distintas líneas de presión.

¿Valor meramente testimonial?

Termino con algo que ya he dicho en otras ocasiones. Imaginemos que el PCE que blanqueó la oscura Transición se hubiera quedado fuera de aquel pacto, dedicando los cuarenta años transcurridos a tareas como las aquí descritas. ¿Imaginan cómo estaríamos ahora? Pues comencemos a hacer ahora lo que dentro de cuarenta años se nos agradecerá.

jmchamorro@jmchamorro.info

OTRO MUNDO ES POSIBLE, PERO ¿QUÉ MUNDO?

Gente descontenta afirma que otro mundo es posible. Pero sin una descripción detallada de ese mundo no es fácil descifrar el significado de la afirmación.

Un socialdemócrata auténtico (no de los que ahora se llevan) tiene como meta una sociedad capitalista que mejore la redistribución para conseguir que haya más “democracia” y “justicia”, que se respete el derecho universal a la vivienda, al agua y a la electricidad, que todos tengan trabajo y una remuneración suficiente para una vida digna, así como acceso a la educación, la sanidad, la jubilación y la ayuda en caso de paro o incapacidad. Pero el socialdemócrata no pretende alterar la concepción de la propiedad que ha venido caracterizando a las sociedades elitistas, y no sale por tanto de la irracionalidad económica, la injusticia y la imposibilidad de democracia.

En cambio una persona de izquierdas ha de ser partidaria de una sociedad racional, justa y democrática, y esto equivale a decir igualitaria.

Marx la propuso y la describió acertadamente, pero no dio con el camino que conduce a ella.

Había descubierto el carácter social de la génesis de la persona, y fue consciente de que el hombre es un ser que realiza su esencia humana en la medida y grado que permite el sistema social en que vive. Por ello planteó la necesidad de superar la sociedad capitalista, causante de la deshumanización moderna, y crear una sociedad en la que sea posible la plena realización de las personas: la sociedad comunista.

Comprendió también acertadamente que la sociedad comunista no es posible con el “hombre viejo”, el formado por las relaciones sociales de producción capitalistas.

Tenía por ello en la mente un “hombre nuevo” caracterizado por un desarrollo mental libre, pleno y armónico: capacitación amplia, conocimiento de las bases científicas de la producción, pensamiento universal favorecedor de la plena satisfacción de las necesidades materiales y un alto desarrollo estético y moral. En otras palabras, Marx imaginó el “hombre nuevo” como brillante, sumamente racional, libre de egoísmo personal, codicia y competitividad. Y además multidimensional. Aunque no todos serán capaces de pintar como Rafael, todos serán capaces de pintar sumamente bien. En la sociedad comunista la división del trabajo habrá sido superada y, en consecuencia, habrán desaparecido los problemas de la disciplina y la motivación, no existirán los conflictos entre el interés general y el interés parcial ni los complejos problemas de la centralización/descentralización.

El error de Marx consistió en simplificar el asunto al suponer que la persona está constituida por sólo las relaciones sociales de producción. Esas relaciones tienen una importancia básica en la formación de las personas, pero no única: hay muchos estímulos que no provienen de esas relaciones y que influyen en la constitución mental de la gente.

Por ello se equivocó al creer que un cambio en las relaciones sociales de producción (el paso del capitalismo al socialismo), crearía por sí solo tal “hombre nuevo”.

Se justifica su error si se piensa que entonces no se tenía conocimiento detallado de la complejidad de una mente humana, de sus procesos de formación y de la consolidación de los valores y significados aprendidos desde la infancia, cuyo núcleo es muy estable.

A la luz del conocimiento presente se sabe que no es asunto rápido, ni fácil, generalizar el tipo de persona que iría bien con una sociedad igualitaria.

¿Tiene sentido que tratemos de describir esa sociedad si aceptamos que por ahora es imposible? Sí, por dos razones. Una es que no hay ninguna ley de la naturaleza ni ley psicológica que determine su imposibilidad. Si las personas no nacen, si se hacen socialmente, una población como la descrita por Marx es posible, y con ella una sociedad igualitaria. Si se pusieran los medios adecuados estaríamos en ella a la vuelta de pocas generaciones y ya desde el principio del proceso experimentaríamos grandes beneficios. Conviene por tanto que miremos dónde se encuentran los obstáculos que por ahora nos impiden transitar ese camino.

La segunda razón es que, ya que no podemos llegar a esa sociedad de golpe (por ejemplo, por medio de una revolución violenta), sino por etapas intermedias cuyo ritmo y duración son en principio desconocidos, resulta imprescindible relacionar cada meta intermedia con la meta final, y para ello hemos de tener claro en qué consiste ésta.

El relato de ciencia ficción que sigue no es un mero ejercicio de literatura ingenua. Quien desee que la sociedad se transforme conviene que tenga una idea de la meta que ha de ir orientando los pasos de esa transformación.

RELATO HISTÓRICO DESDE EL FUTURO DISTANTE

Supongamos que algún día se llega a realizar esa utopía, e intentemos, mirando desde ese futuro lejano hacia atrás, reconstruir los hitos fundamentales del camino que hubo que recorrer.

Una nueva izquierda

Ocurrió primero que, como consecuencia del esfuerzo y la lucha de movimientos sociales cada vez más conscientes y más conectados internacionalmente, se consiguió ir reduciendo las enormes diferencias entre el pequeño porcentaje de personas que lo tenían casi todo y el resto de la población mundial. Ello permitió recuperar derechos expropiados por las políticas de los codiciosos ignorantes, que a fines del siglo XX, tras la caída de la URSS, habían creído que era para ellos posible y beneficioso explotar sin tasa. La codicia sin freno les perdió, pues fue haciendo claro para la mayoría que había que acabar con aquel poder oculto que, dominando a través de “sus” partidos políticos y medios de comunicación, convertía la tierra en inhabitable para la mayoría.

Digamos que la socialdemocracia volvió por sus fueros y pudo cumplir sus fines. Pero ello no evitó que la democracia siguiera siendo imposible y que una gran parte de la población mundial permaneciera náufraga en la ignorancia, el miedo y el egoísmo.

Fue más decisivo que la izquierda anticapitalista despertara de su error histórico y de su letargo, considerara secundario el campo electoral y el asalto democrático al poder político inmediato, y se dedicara a transformar la ideología y los valores populares. Primero mediante un ejemplo de honradez, sinceridad y coherencia que le dio credibilidad, y luego con ayuda de medios de comunicación bien diseñados, institutos de investigación de ciencia social y universidades populares. Pero sobre todo, demostrando que una buena escuela es posible.

Utilizando el conocimiento científico disponible y recabando la colaboración de los profesionales y simpatizantes a quienes ilusionaba el proyecto, se creó en un barrio marginal una escuela que recibía a los niños cuando aún no habían llegado a un año de edad y los educaba en continuo contacto con las familias. Bien pronto el resultado sorprendió a muchos: los niños de esa escuela, de un bajo nivel económico y cultural de origen, salían sabiendo exponer y defender en público sus ideas, eran todos miembros de alguna orquesta (de cámara, sinfónica, de jazz), todos practicaban con solvencia algún deporte, todos gustaban de la buena literatura…

No era eso sin embargo lo fundamental, sino que los numerosos expertos que se encargaban de la educación sentimental habían conseguido generalizar una afectividad sana. En el sentido común de los escolares prevalecía el convencimiento de que, por imperativos biológicos, coinciden benevolencia y utilidades psíquicas, y de que las causas de la violencia sólo se pueden evitar si se establecen las condiciones de una relación fraternal con los otros.

Esta educación sentimental reforzó la curiosidad natural de los estudiantes, con el resultado de que no sólo se dotaban de un conocimiento científico sólido (con dominio de los conceptos fundamentales de las distintas ciencias), sino que estaban motivados a seguir aprendiendo sobre lo ya aprendido. En la generalización del conocimiento científico, en especial de las ciencias que abordan las relaciones entre individuo y sociedad, se había colocado en esa escuela el verdadero motor de la emancipación. Para cualquier menester no se admitía un conocimiento preferible.

Al haber demostrado que es posible una forma de educación válida, generalizable a toda la población si se quería hacerlo, la izquierda había entrado por el buen camino, y ello la dotó de prestigio y apoyos crecientes. Escuelas semejantes fueron proliferando por el mundo.

Las cosas no duran siempre

Entretanto varios sucesos obligaron a los gobiernos a un cambio de rumbo.

Por una parte hubo que frenar el derroche de recursos a que obligaba la economía de mercado, porque la tierra no daba para tanto; las crisis aumentaron en ritmo y profundidad, y hubo que acabar tomando en serio el propósito de refundar el capitalismo, muchas veces proclamado y siempre olvidado.

Por otra parte el terrorismo y las demás formas de violencia se hicieron más y más presentes, y si en un principio los medios de comunicación se llenaban de retórica, dando por supuesto que los terroristas actuaban por odio a los valores de occidente, a la libertad y la democracia, algunos acabaron preguntándose si el odio no sería más bien al comportamiento depredatorio de occidente y a sus acciones violentas contra otros pueblos, y también a una cultura hedonista que rechazaba y excluía a los habitantes de las barriadas pobres de las grandes ciudades. Se fue así comprendiendo que valía de poco rasgarse las vestiduras ante la irracionalidad y crueldad de los terroristas, y que quien apelaba a las causas no estaba justificando el terrorismo, sino explicándolo (paso previo indispensable para eliminarlo).

Finalmente, el declive acelerado del imperio americano lo sumió en una crisis económica que le privaba de recursos para mantener su aparato militar. Una gran parte de su población estaba sumida en la pobreza y en desórdenes prerrevolucionarios. Estados Unidos dejó de ser el policía del mundo en defensa del capitalismo y ya no podía seguir imponiendo su voluntad.

Todo ello terminó haciendo necesario que la ONU se convirtiera en un gobierno mundial con poderes crecientes, en el que cada país tenía votos en proporción a su población. Obligó también a que los países ricos pidieran perdón por sus pasados abusos y empezaran a resarcir a los países perjudicados y a colaborar a su desarrollo económico y cultural de manera desinteresada.

Primer paso decisivo: un límite razonable a la riqueza privada

Fue más tarde cuando se establecieron dos medidas que inauguraron un nuevo tiempo: el límite sensato a la riqueza privada y el carácter público de todas las empresas a las que se había denominado sistémicas (entidades financieras, bolsas, empresas energéticas y de comunicaciones y transporte). Estos espacios fundamentales fueron sacados del mercado y en ellos comenzó a producirse una saludable planificación mundial de la economía.

El éxito fue imponiendo la idea de que los efectos de la planificación son los propios de la racionalidad frente a la dispersión, incoherencia e inefectividad de muchos de los esfuerzos provocados por el mercado. Así que la cuestión no fue tánto si había que planificar la economía entera, sino de qué manera, a través de qué procedimientos de transparencia y democracia real que impidieran cualquier forma de abuso secreto.

El límite a la riqueza privada obligó a los muy ricos a renunciar a las ostentaciones acostumbradas. Yates y automóviles lujosos, jets privados, palacios, grandes cotos de caza, latifundios y fincas de recreo fueron pasando al uso público.

Al tener todas las personas lo necesario para una vida digna, todas empezaron a vivir dignamente. La racionalidad y justicia del orden social eliminó a los marginados con el efecto de que iban desapareciendo los irresponsables. La delincuencia disminuyó a un ritmo que sorprendió sobre todo a quienes pensaban que el hombre es malo por naturaleza. Distribuida la riqueza mundial con equidad, desapareció la avaricia genocida y el odio mutuo, y no había ya motivos para matarse. Así que en poco tiempo habían desaparecido las guerras, el terrorismo y las tensiones prebélicas. Todos los países, y no sólo los que tenían armas nucleares, procedieron a su desarme y se inició una etapa de paz hasta entonces desconocida.

Con los recursos liberados se acometió por fin el proyecto de una educación digna de tal nombre: escuela laica y pública para todos, calcada del modelo previamente experimentado por la izquierda, con el resultado de que, pasando por encima de azares biográficos, acabó funcionando una razón benévola en los jóvenes de la tierra.

El periodo de educación básica se hizo tan largo como para que todos recibieran un fondo de conocimientos de alto nivel en ciencia natural y social, matemáticas e informática, lenguaje musical y destrezas artísticas. Hasta cierto punto se podía decir que media población del mundo estaba dedicada, de una forma u otra, a la educación de la otra media.

A la universidad accedían todos y allí, fuera cual fuera su especialidad, adquirían conceptos de lo que antes se llamaba filosofía del conocimiento, que era ya una ciencia de la ciencia.

El paso definitivo: eliminación de la propiedad privada

La experiencia a partir de este punto fue generalizando la conclusión de que, como bien apreció Rousseau, casi todos los males que se han dado en las sociedades históricas nacen del derecho de propiedad. Así que llegó un momento en que se decidió que fuera colectiva o pública la propiedad de todo (recursos naturales, medios de producción y todo lo que a partir de ellos se fabrica), y aunque inicialmente hubo muchas discusiones y resistencias, pronto nadie se interesaba por la propiedad de las cosas sino por su disfrute.

Planificada ya toda la economía mundial, eran los ciudadanos, no el mercado, quienes decidían las necesidades a satisfacer, en qué forma y con qué límites, tomando en cuenta todos los intereses, circunstancias y repercusiones. Naturalmente, los recursos se emplearon prioritariamente para que toda la población mundial tuviera resuelto correctamente (a un nivel que el progreso de la tecnología iba elevando) la alimentación, el vestido, la vivienda y la salud, y para que todos los niños recibieran una educación tan buena como era concebible. Satisfechas estas necesidades primarias de todos a un mismo nivel, se hacía posible ir satisfaciendo necesidades secundarias (y hasta caprichos si parecía razonable), pero de forma que nadie quedara excluido de la satisfacción de niveles previos cuando se iniciaba la producción en un nivel más prescindible.

Un gobierno mundial de miembros temporales, asistido por expertos temporales (sólo se podía trabajar cuatro años como experto del Estado) asistido por la más potente tecnología informática, hacía estudios acerca de cómo distribuir por el mundo las producciones teniendo en cuenta la carga demográfica y productiva que admitía cada territorio, los costes diferenciales y la posibilidad de crear las condiciones para que la vida pudiera ser interesante en todas partes. En esa planificación mundial se consideraba qué selvas, bosques o cultivos había que preservar, cómo y dónde había de producirse la energía, dónde debía situarse cada centro de producción o de prestación de servicios. De una política favorable al medio ambiente se sentían todos beneficiados como habitantes de la tierra.

Respecto al trabajo se garantizaba su seguridad y soportabilidad. No tendría sentido ganar en felicidad por un lado (con el uso de lo producido) al precio de la infelicidad laboral.

Todo lo que se fabricaba era del mejor diseño y calidad (el coche normal, por ejemplo, era un equivalente del antiguo Mercedes y no los había de calidad inferior), pero omitiendo el lujo, que a nadie interesaba y que, una vez eliminado el deseo de destacar socialmente sobre otros, era visto como un despilfarro de mal gusto.

Al desaparecer el derecho de propiedad desaparecieron los medios de comunicación privados, primero sustituidos por medios públicos, en seguida por información en la Red. Así que ninguna persona o grupo tenía ya poder para fabricar opinión favorable a sus intereses. Desaparecieron editorialistas, intelectuales, tertulianos. Digamos que todos eran allí intelectuales, que la información interesante estaba presente en la Red y que la opinión se la formaba cada cual mediante la reflexión, el estudio y la discusión con los otros.

Se había llegado así a otro mundo, que comprendía distintos países, lenguas y continentes, pero unificado por la ética de la igualdad. Facilitaba mucho las cosas el hecho de que ya no había naciones y que todos los individuos eran cosmopolitas, no tenían otra patria que la tierra misma. No había africanos, europeos o asiáticos, sino personas que vivían y trabajaban en un momento dado en Africa, Asia o Europa. El sitio en que se nació no era para ellos especialmente significativo, porque todos tenían experiencias infantiles ligadas a sitios diferentes. Había una lengua común para la tierra entera, el esperanto, felizmente resucitado como medio para una comunicación equitativa entre personas de lenguas distintas.

Las ventajas del usuario frente al propietario

Cada uno recibía según sus necesidades, y allí donde iba alguien a pasar un tiempo, fuera de trabajo o de vacaciones, recibía una vivienda confortable con todo el equipamiento deseable. El hecho de que nadie fuera dueño de viviendas, muebles y otras impedimentas facilitaba mucho la movilidad. Nadie era dueño de una cámara de vídeo, una cepilladora eléctrica o un automóvil, pero si necesitaba algo de esto lo pedía por teléfono y se lo llevaban a casa en unos minutos desde un almacén municipal. Podía mantenerlo en su poder el tiempo que lo necesitara y luego lo devolvía. Si algo se averiaba, era sustituido, y la reparación corría a cargo de la colectividad. De esta forma con menor producción se conseguía mejor disfrute, con la ventaja de que nadie sufría por roturas y reparaciones, o porque lo que compró hubiera quedado rebasado por nuevas tecnologías.

El automóvil sólo se usaba excepcionalmente y por ello su producción disminuyó con un corrrespondiente aumento de su utilidad, porque servía para circular por carreteras poco transitadas.

Cada cual tenía derecho a un equipamiento de ropa y calzado anual, que elegía de un catálogo elaborado por diseñadores sensatos, y la ropa y el calzado se fabricaban bajo pedido. Se podía pedir lo necesario para cocinar, pero lo normal es que se eligiera cada mañana el menú de comida y cena en un comedor público, en la seguridad de que excelentes cocineros utilizaban buenos ingredientes. Había desaparecido el antiguo miedo al engaño una vez que nadie tenía motivación para dar gato por liebre al consumidor.

Un duro trabajo inicial

Se entendió que la vivienda comprendía el entorno urbano (el paisaje urbano que lleva a ella, el que se divisa desde ella), y por eso una gran actividad colectiva tuvo inicialmente como finalidad destruir los sórdidos entornos urbanos heredados y construir otros nuevos. Se conservaron, como monumentos históricos que recordaban la pasada barbarie, algunas ciudades dormitorio, algunas urbanizaciones costeras y algunos cruces laberínticos de autopistas. Todo el mundo acabó viviendo en espacios urbanos recorribles a pie o en bicicleta, todo el mundo vivía junto a su lugar de trabajo.

CONSECUENCIAS

Las ventajas de este “otro mundo” son evidentes.

Alivio medioambiental

Pese a que se produce para que todos los habitantes de la tierra tengan cubiertas sus necesidades al más alto nivel de calidad, la producción de mercancías ha disminuido con gran intensidad, y en consecuencia el consumo de energía y la presión sobre el medio ambiente. Ello se debe a lo siguiente:

a) Las mercancías no se diseñan con obsolescencia programada, sino para durar ilimitadamente e ir acogiendo los progresos tecnológicos.

b) Los objetos no están subempleados, como cuando alguien compra algo y luego apenas lo utiliza, sino que se usan por unos y otros hasta su deterioro definitivo.

c) Al desaparecer el peligro de guerras se han dejado de producir buques, submarinos y aviones de combate, tanques, misiles, municiones y demás armamentos, cerrándose el enorme sumidero por el que se venían perdiendo innumerables recursos y esfuerzos.

d) Han dejado de tener demanda los mil productos ideados para el cuerpo de las mujeres, una vez que ellas, alcanzado un alto nivel cultural, rechazaron el mito del “bello sexo” con que se las había embaucado, desdeñaron presentarse como objetos eróticos permanentes, y optaron por presentarse como ciudadanas (salvo en los momentos dedicados al sexo). Digamos de paso que, al dejar de creer en el “bello sexo” aumentaron todas en belleza, pues ahora no la fían a pinturas, vestidos, adornos, joyas, escotes, transparencias y tacones, sino al reflejo de la inteligencia, el sentido del humor, la cordialidad y la serenidad de ánimo en el rostro y en los movimientos.

e) No es necesario producir más y más, sino lo justo, pues ya no es el mercado el mecanismo regulador, sino la racionalidad de la planificación. La información fiable disponible en la Red sobre los distintos productos y sus propiedades sustituye a la publicidad, y con ésta han desaparecido las mil necesidades inducidas. La maquinaria económica no vive ya de satisfacer un consumo sin causa. Si algo les cuesta comprender a los habitantes de este mundo es cómo en otros tiempos se podía vivir bajo la continua agresión de torturantes mensajes publicitarios. ¡La inconmensurable estupidez de los anuncios de perfumes!

f) Puesto que una gran parte de la producción (ropa, calzado, muebles) se hace bajo pedido, sólo se produce lo que se va a utilizar.

g) La demanda de energía ha caído en picado y no sólo por la menor producción. Puesto que todo el mundo solicita una vivienda cerca del lugar de su trabajo, los desplazamientos suelen ser a pie o en bicicleta.

Una novedad sorprendente de esta economía es que, aunque todo el mundo vive a un alto nivel de satisfación de necesidades, no se dedican muchas horas al trabajo y no existe el fantasma amenazador del paro.

Menos producción, menos trabajo

Los habitantes de este mundo trabajan muy poco y no sólo por la automatización y otros avances tecnológicos. Al establecerse la paz mundial desaparecieron los ejércitos y todas las profesiones con ellos relacionadas. Al ser imposible el robo, la estafa y la corrupción, el servicio de policía careció de función. Las emergencias que previamente movilizaban a policías y ejércitos se resuelven con la colaboración de voluntarios. La abolición de la propiedad ha acabado con casi todos los litigios y con servicios, instituciones y profesiones que absorbían mucho trabajo colectivo. Ha sido abolida casi toda la legislación, porque el incontenible afán legislador del mundo previo acumulaba disposiciones en innumerables direcciones que partían todas ellas del concepto de propiedad, directa o indirectamente. Al ser conocida por todos la escasa y simple legislación resulta ociosa la existencia de profesionales del derecho. Por falta de función no hay tampoco judicatura, sino que las diferencias se resuelven por los interesados y, si no es posible, por el dictamen de hombres buenos. Han desaparecido las oficinas, los representantes, los publicistas, los escaparatistas, los anunciantes.

¡Y no hay paro!

La diferencia más inesperada con el mundo capitalista es que la drástica reducción del trabajo necesario no lanza al paro a una parte de la población, sino que se traduce en menos horas de trabajo para todos. Por tanto no hay necesidad de nuevas producciones para crear, al precio que sea, puestos de trabajo. Sólo aumenta la producción cuando hay que satisfacer necesidades legítimas (eliminadas las derivadas de métodos publicitarios y las contrarias a intereses generales básicos). Una vez decidido qué hay que producir, el trabajo se reparte equitativamente entre las personas capaces. Nadie se jubila salvo por incapacidad para todo tipo de actividad. Las pocas horas semanales que cada cual tiene que dedicar al trabajo se van adaptando a sus condiciones. Algunos limitan su contribución a sacar de paseo a un perro, o a cuidar de unos rosales. En cualquier momento puede uno tomarse las vacaciones que desee siempre que durante el año haga su pequeña contribución laboral (o la haga otro por él en régimen de reciprocidad).

La globalización y la revolución científico-técnica se utilizan en beneficio colectivo y así resulta posible que cada cual elija qué trabajo quiere realizar el trimestre siguiente y dónde le gustaría vivir el año próximo, y la eficiente tecnología informática concilia los intereses de unos y otros en forma muchas veces interactiva, proponiendo alternativas viables cuando el deseo no puede ser satisfecho. Si alguien quiere permanecer en el mismo lugar puede hacerlo, pero en general sólo optan por ello quienes se encuentran faltos de vigor por enfermedad o vejez. Los demás gustan de conocer sitios y tareas diferentes, que obligan a formas de vida diferentes, y cualquiera tiene amigos en muchas partes, o los hace en seguida. A ello ayuda la disminución de la sospecha y del miedo al otro, y la semejanza de intereses y capacidades. De manera que no hacen falta en ese mundo las redes sociales que producían amistad virtual, hay muchos y ricos cursos de amistad real al alcance de cualquiera en su mucho tiempo libre.

Por fin democracia

Marx había previsto la posibilidad de que el pueblo ejerciera algún tipo de control directo sobre los que mandan, sin ninguna mediación de las instituciones, pero no explicó claramente cómo sería ello posible. El problema ha desaparecido sin embargo en este nuevo mundo, donde la democracia directa, ejercida por personas bien informadas, ha ido ganando espacio a la delegación, ventaja de la sociedad en red que no había sido aprovechada en la vieja época de la mundialización capitalista. La tecnología hace posible que se tomen con celeridad decisiones y que puedan ser revisadas con agilidad a la vista de efectos imprevistos. El nivel cognitivo de la población permite que la discusión democrática de cada medida produzca los mejores resultados.

Dentro de la planificación general, la actividad social se administra eficazmente a partir de diferentes niveles combinados: el taller, la empresa, la rama o el sector, el municipio, el país entero, la región, el planeta. El principio de subsidiaridad es respetado (toda decisión se traslada al escalón inferior cuando puede tomarse más eficazmente en ese nivel).

Los temas a debate, lo mismo que las propuestas, se plantean en la red por quien lo tenga a bien (generalmente un grupo que ha discutido el asunto), pasan a ser objeto de debate cuando obtienen suficiente apoyo y las decisiones se toman por los interesados cuando, habiéndose cruzado los diferentes argumentos, todos han conseguido información suficiente. El comité de turno elige la hora de la votación: cada cual pulsa un botón en su ordenador y el resultado se conoce al momento.

De manera que en este mundo ha empezado a ser viable una democracia a la que se puede llamar por fin sustantiva: sin medios de comunicación privados que fabriquen opinión afín a los intereses de sus dueños, sin influencia de poderes económicos en la sombra, y con ciudadanos (no algunos de ellos, sino prácticamente todos) capaces de procesar la información pertinente (científica, económica y social) y partícipes del control colectivo sobre esta información.

Al no haber diferencias de educación ni económicas, cada uno está en plano de igualdad con cualquiera otro respecto a la toma de decisiones sobre la cosa pública, igualdad garantizada además porque todos han sido adiestrados en la oratoria (a ninguno de ellos le asusta hablar en público) y por la inexistencia de burócratas y políticos permanentes.

El Estado no es ya una burocracia depositaria del poder político al servicio del poder económico, sino un organismo mundial encargado de la mera gestión de las decisiones tomadas por la colectividad mundial. Sus funcionarios son rotatorios, temporales (sólo cuatro años a lo largo de la vida) y elegidos por sorteo.

Ateísmo y sentido de la vida

No hay religiones organizadas, ni clérigos, ni rituales, ni dogmas, pero no porque exista prohibición alguna, sino porque el desarrollo cognitivo y afectivo de la gente lo ha dejado de lado. Todo ciudadano es muy dueño de fundar o refundar religiones, proponer rituales o inventar mitos, pero, al no haber sido adoctrinado en la niñez, a nadie se le ocurre hacerlo salvo como ejercicio artístico (imaginación literaria) o lúdico. Al pasado lo consideran, incluso en sus momentos más idílicos, con la misma sensación de horror que inspiraba en otro tiempo la Inquisición o la barbarie nazi. Porque ellos son conscientes de las mutilaciones mentales que se practicaban con la sonrisa en los labios en el viejo mundo, y a ellos esas mutilaciones les producen tanto horror como a sus antepasados las corporales.

No echan de menos la existencia de un dios para dotar de sentido a la vida. El sentido lo extraen de la cooperación amistosa en un ambiente de conocimientos y valores compartidos, justa reciprocidad y amplias posibilidades para los placeres de la amistad y el sexo, la investigación, el juego y el arte. La educación en un realismo valeroso y en una amistosa cooperación con los otros proporciona a estas personas un remedio honesto a los infortunios. Cuando muere alguien querido no es ya un cura quien consuela con el mito de una vida eterna, sino la creencia de que el muerto permanece en el recuerdo de los que siguen vivos y en los efectos que hizo en ellos. El número de personas que elijen el momento y la forma de su muerte es muy grande entre los que llegan a la edad en que, mermadas las facultades, la vida autónoma se ha hecho imposible.

PROPAGANDA REFUTADA

Durante el largo proceso que llevó a este mundo hubo que escuchar muchas insensateces que se presentaban como argumentos inteligentes, incluso científicos. El pensamiento conservador no sabía dónde buscar pretextos.

1) Ya muy al principio, cuando algunos partidos ofrecían en sus campañas electorales una subida del salario mínimo, o suprimir los recortes en sanidad y educación, o solicitaban una auditoría de la deuda alegando que era en gran parte ilegítima, se les decía que estaban prometiendo lo que no podrían cumplir y que eran por tanto populistas y demagogos. Pero nunca se explicó por qué cosas tan elementales eran imposibles. Nunca se reconoció que lo eran, sólo, porque el poder económico se oponía a ellas.

Mientras los muy ricos se iban haciendo más y más ricos y millones de personas iban cayendo en la pobreza, hablar de pobres y ricos se tildaba de indecoroso, de señal de resentimiento, de prueba de mente antediluviana.

2) Se decía también que, por no tener en cuenta que el humano es como es, codicioso, violento y egoísta, las ideas utópicas iban contra las leyes psicológicas. Pero ¿cómo explicaban el hecho de que, incluso en aquel mundo, hubiera personas no codiciosas, ni egoístas, ni violentas? ¿Acaso no eran humanas?

3) Otros, más audaces, dictaminaron que el pensamiento utópico no es democrático, sino esencialmente autoritario: hunde sus raíces en el mito de la ciudad unida y despótica, una máquina social capaz de suprimir toda autonomía humana.

Pero ¿acaso las personas ignorantes, asustadas y egoístas tienen una autonomía que se suprime si se las hace ilustradas, libres y solidarias?

¡Qué más da!, ellos insistían en que, a diferencia de la democracia, que reconoce el conflicto y trata de resolverlo, toda utopía, sea del tipo que sea, tiene una sustancia totalitaria, porque el intento de construir una sociedad perfecta exige eliminar a los que no se adapten a esa perfección.

Pero ¿a qué conflicto se referían estos ideólogos? Efectivamente, la democracia capitalista reconoce el conflicto básico, el de pobres y ricos. ¡Cómo no, si es ella la que lo establece y lo ampara! Aquellos teóricos eran incapaces de imaginar un mundo en el que se ha eliminado ese conflicto fundamental en buena hora, y por tanto todos los conflictos locales que de él derivan. Eran incapaces de imaginar un mundo en el que no hay nadie a quien eliminar para que el orden elegido subsista. Cierto que tal mundo no era posible con la población entonces existente, pero sí una vez que la población fue socializada de otra forma.

4) Decían otros que las propuestas anticapitalistas eran disparatadas, porque se oponían a las leyes económicas. Pero poco a poco fue quedando claro para la mayoría que las supuestas leyes económicas no existían, que eran mera ideología, leyes ficticias de las que no cabía derivar predicciones útiles, incluso más, leyes que llevaban a decisiones catastróficas, muy alejadas de las previsiones de los que apelaban a ellas. Los cuales seguían apelando a ellas como disciplinados gurús bien remunerados.

Cuando quedó claro el papel de estos “expertos” se hizo lo oportuno: suprimir la profesión de economista. Desapareció la economía como disciplina teórica, y se convirtió en aplicación de ciencias diversas (demografía, agronomía, estadística, ciencias naturales, ciencias psicosociales, modelos informáticos, etc.) al servicio de las decisiones políticas. Hecha una inicial selección de necesidades básicas, de carácter político y muy distinta a la que producía el mercado, los estudios económicos se limitaban a determinar los medios preferibles para satisfacerlas.

5) Cuando se propuso planificar la economía global los gritos ensordecieron a la población entera. ¡Acabar con la economía de mercado cuando el mercado es el garante de la libertad! ¡Volver a la economía planificada cuando había quedado históricamente probado que esa economía es ineficiente, es concomitante con regímenes autoritarios y ahoga cualquier intento de iniciativa individual!

Pero ya las personas razonables no se dejaron intimidar. ¿Que el mercado es garante de la libertad?, preguntaron. ¿Cómo va a serlo si deja a millones de personas en situación de esclavitud laboral y a otros muchos millones en la pobreza extrema o con salarios de hambre? El mercado sólo es garante de la libertad de los dueños del dinero para hacer con él lo que quieran, aunque sea en perjuicio de la mayoría de la población.

En cuanto al precedente de la URSS se demostró que no venía a cuento. Desaparecidas las tremendas constricciones y oposiciones exteriores que hubo de soportar la soviética, la nueva planificación mundial era muy eficiente. Funcionaba auxiliada por potentes instrumentos informáticos que en la URSS no existían y con una población cuyos miembros tenían un alto grado de desarrollo mental y toda la capacidad para discutir, proponer y cambiar que ofrece una verdadera democracia (que tampoco existía en la URSS). En circunstancias tan distintas, ya no se daban los problemas de otro tiempo respecto al cálculo de la rentabilidad en la asignación de recursos.

6) La propuesta de limitar la riqueza privada produjo también mucho alboroto.

Se repitió el argumento de que para repartir riqueza hay primero que crearla, y que mal se va a crear si la motivación disminuye al disminuir las expectativas de ganancias, y si el dinero se quita de manos de los ricos, que son los que mejor lo hacen rendir.

Entretanto se estaba demostrando a diario que la creación de riqueza no es condición suficiente para repartirla: lo que de hecho ocurría es que las ganancias engrosaban los bolsillos de los de siempre, las desigualdades iban creciendo y la pobreza también. Se sabía además que los más ricos poco aportaban al desarrollo económico, dedicados como estaban a la especulación financiera, que les rentaba más.

La falta de competencia comercial no empobreció los resultados, dado que empezó a funcionar una motivación más estable y firme que la de obtener ganancias: el deseo de hacer las cosas de la forma preferible para el bien general. Por lo demás, la motivación para producir compulsivamente (que es lo que se perdió) fue una ventaja y no un problema. Que nadie enferme de estrés por el afán de beneficios tiene ventajas no sólo respecto a la salud individual y colectiva: al desaparecer la producción de cosas inútiles, hubo menos presión sobre los recursos naturales y menos desechos. Todo lo cual fue beneficioso.

Pero sobre todo: se llegó a la conclusión de que había que redefinir la riqueza. No tenía sentido seguirla identificando con la producción alocada de mercancías, muchas de ellas innecesarias. Se recordó que, por ejemplo, las urbanizaciones que habían destruido costas y espacios urbanos se habían computado como riqueza. La riqueza debía redefinirse en términos de felicidad de la población. Se hicieron estudios rigurosos y resultó que muchos que en las encuestas se declaraban felices no lo eran, ni siquiera tenían idea de en qué puede consistir la felicidad. Vivían con un nivel de tensiones y frustraciones muy alto, y con una limitación sustancial para el disfrute de bienes culturales.

7) Cuando se propuso acabar con la propiedad privada fueron desgarradores los gritos con que se afirmaba que el derecho de propiedad es un derecho humano inviolable. Hubo que recordar que una cosa es el derecho que todo el mundo tiene a que no le quiten la camisa, a que nadie allane su morada y a que se respete el uso de todo lo que posee legítimamente (derecho que estaba asegurado) y otra cosa es la propiedad que el mercado concede (por ejemplo, un paquete de acciones con el que se controla una multinacional que monopoliza un servicio público).

8) Pareció a muchos descabellado el proyecto de que todas las personas del mundo pudieran gozar de todos los bienes necesarios de la mejor calidad. No hay recursos en la tierra para esa utopía, sentenciaban. Y añadían que la riqueza debe ser un premio al esfuerzo, una ventaja a la que llega la minoría excelente. Si se da a todos por el mero hecho de nacer, se los convierte en vagos e irresponsables que no moverán un dedo.

También este argumento resultó falso por todos lados: había recursos disponibles (en mucha más abundancia que cuando se malgastaban), nadie se dio a la vagancia y ni siquiera era cierto que las minorías que antes monopolizaban la riqueza fueran excelentes. ¿Qué pruebas de excelencia había dado el heredero de un rico, o el especulador bursátil?

9) Cuando antes de llegar a la igualdad social se hablaba de ella como proyecto, los conservadores alegaron que el igualitarismo acaba con la diversidad humana y con la riqueza que esa diversidad comporta. Todos iguales, uniformados, esa fue la caricatura que se hacía a cada paso.

Lo cierto es que la sociedad igualitaria no eliminó la diversidad. Quedaron todos igualados en algo, pero no iguales en todo. Desapareció la diversidad que consiste en que unos nacen en un barrio pobre y otros en una urbanización de lujo, y todas las diversidades que de esta se derivan.

Pero persistían otras. No todos tenían la misma salud, y aunque el atractivo corporal de todos había aumentado (y no sólo a causa de la tecnología genética, sino por el concurso de la inteligencia, el buen gusto y el humor que reflejaban los rostros, y también por la influencia que en el resto del cuerpo tenían la alimentación sana y el deporte), ese atractivo no estaba repartido igualitariamente, ni tampoco la suerte, ni el acceso a la excelencia en la distintas actividades, ni la distribución de aficiones e intereses. No todos cantaban con voz igualmente bella y potente, aunque todos tenían educada la voz, no todo pianista llegaba a la altura de Richter ni todo violinista a la de Oistrakh.

Por lo demás, dada la igualdad educativa de alto nivel, lo que solía ocurrir en esa sociedad era de muy diferente textura, de mayor creatividad, riqueza y variedad, que lo que ocurría en las sociedades elitistas, donde tanto la uniformidad de las masas como la uniformidad de las élites llegaba a ser extrema.

10) Contra la igualdad social se alegó también que es imposible en una sociedad desarrollada, con compleja división del trabajo, puesto que esa sociedad requiere especializaciones y éstas conducen inevitablemente a la estratificación social: unos sabiendo y otros sin saber, unos arriba y otros abajo.

Era cierto que el hombre nuevo, por muy pluridimensional que fuera, no podía ser un especialista en todo. Como Nove había argüído contra la idea de Marx, era poco probable que todos pudieran turnarse en la tarea de planificar la economía en el intermedio de conducir camiones y empastar dientes. Los planificadores tenían que especializarse y lo mismo los dentistas.

Era cierto también que la especialización siempre había conducido a una estratificación social en todas las sociedades elitistas, en las que había una regla que daba el control social directa o indirectamente a las esferas superiores del sistema educativo: una minoría de jóvenes iba a la universidad y una mayoría al trabajo, directamente o pasando por la FP.

Este es el problema que intentó resolver la revolución cultural China cuando pretendió integrar en la universidad la práctica manual y la intelectual para que la educación y la producción surgieran de un mismo principio. Fue un intento que fracasó (sólo duró el breve espacio de los años 1966-67) en gran medida, precisamente, por su incompatibilidad con una división compleja del trabajo, que a su vez resultaba necesaria para acceder al desarrollo económico.

Afortunadamente, desde aquella Revolución Cultural fue mucho lo que había avanzado el sistema educativo, y se pudo al fin ir comprobando que la especialización no tenía como efecto legitimar las desigualdades propias de la estratificación social. Era posible eliminar la regla que distribuye diferentes formas de conciencia a diferentes grupos y establece la relación entre poder y conocimiento. Todos los estudiantes pasaban por la universidad, todos acababan siendo especialistas en algo y los especialistas se iban turnando y sustituyendo entre sí. La enseñanza universitaria integraba la práctica manual e intelectual, y era muy normal que a un especialista en física teórica le apeteciera ser un buen mecánico o un buen ebanista, además de un buen músico. Resultaba luego fácil pasar de una especialidad a otra dentro de un campo de materias afines. Cada cual podía actuar ocasionalmente como especialista en aquella rama del conocimiento que conocía a fondo y además la preparación tecnológica permitía de manera creciente cambiar de especialización, todo ello sin que se alterara el orden progresivamente igualitario. Se formaban para cada asunto más especialistas de los necesarios y ello no era un problema, pues a un cirujano no le importaba trabajar a temporadas de jardinero o barriendo calles.

UN LAMENTO AL REGRESO

¡Oh mundo tranquilo, fraternal y fértil! ¡Duro es volver a este mundo tras vivir en el otro con el pensamiento! ¡Tan al alcance de la mano y tan distante!

jmchamorro@jmchamorro.info