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LA WEB DEL AYUNTAMIENTO DE MADRID Y LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN

VERSIÓN ORIGINAL

El Ayuntamiento de Madrid ha abierto una página, “Versión Original”, para salir al paso de las informaciones erróneas que publiquen los medios privados sobre actuaciones de ese Ayuntamiento.

Es conocida la inquina con que algunos de estos medios han encajado la victoria de la izquierda en los Ayuntamientos de Madrid y Barcelona, y también el comportamiento informativo que esa inquina viene provocando.

Cuando una institución pública se ve agredida por noticias falsas y tergiversaciones puede perder el tiempo reclamando ante los tribunales, que se encogerán de hombros remitiéndose a la libertad de expresión. Puede tratar de conectar con los autores de las noticias falsas para que rectifiquen, pero parece que muchos periodistas no se ponen al teléfono si es para esto. Cabe también enviar a los medios rectificaciones que no se atenderán.

Si se comprueba la ineficacia de estas soluciones vale hacer lo que el Ayuntamiento de Madrid: abrir una página para ir exponiendo con qué informaciones no está de acuerdo y por qué. Dicho de otra forma, para matizar o rectificar informaciones periodísticas que el Ayuntamiento considera incorrectas o incompletas.

REACCIONES

Gran revuelo. Al momento Isabel Rosell, protavoz del PP en el área de Cultura y Deportes del Ayuntamiento tildó la página “de digna de George Orwell y su Ministerio de la Verdad” y avanzó que pedirá una moción de urgencia para borrarla. Begoña Villacís, de Ciudadanos, calificó la página de “inaceptable” porque utiliza un dominio público para hacer propaganda de partido. El ministro de Justicia, Rafael Catalá, dijo que la web tiene “cierto tufo a Regímenes totalitarios”.

Que miembros del PP digan estas insensateces es algo normal. Extraña más el comentario del socialdemócrata Antonio Miguel Carmona, que se apresuró a reclamar que Manuela Carmena elimine la web aduciendo que “la democracia es libertad para equivocarse”.

Pero dejemos a nuestros políticos con sus disquisiciones sobre la libertad de expresión y miremos a otras partes. Nada tan ilustrativo como asistir, en una tertulia de la SER, a una pugna por ver qué tertuliano condenaba esa página con gestos más elocuentes de democratismo ofendido.

¿Puede extrañar que, a su vez, Elsa González, presidenta de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE), haya denunciado que esa página tiene “un halo de censura”? “El papel del periodista -ha dicho- es ejercer ese contrapoder imprescindible en la sociedad y que garantiza a la ciudadanía el derecho a recibir información libre”. A su juicio la iniciativa del Ayuntamiento implica que el poder usurpa el papel de los medios de comunicación, y no tiene cabida en una sociedad democrática. En un país democrático como España la información tiene que ejercerse “con todas las garantías de libertad en fondo y forma”. “Y en este caso, esta medida atenta contra esos derechos en la forma”. Profunda teoría del fondo y la forma, sacada a saber de dónde.

De manera que hay gente, incluso alguna bienintencionada, que cree que la libertad de expresión existe (¡ya es ingenuidad!) y que esa libertad es atacada si alguien, sea quien sea, decide expresarse para contradecir noticias aparecidas en los medios. “La Constitución -ha alegado Elsa González- garantiza la libertad de información y el derecho del ciudadano a recibir información libre y plural”. Pues eso, eso mismo. ¡Lástima que la Constitución no lo garantice!

LA SORPRESA

Y estando en estas he aquí que se conoce un precedente: ¡También la Comisión Europea ha tenido abierta una página semejante desde 2012 para dar su visión sobre noticias que considerase falsas o erróneas! Esta página no ha suscitado reservas ni condenas en Europa (a cuyo conjunto se supone más tradición democrática que la nuestra), y ha sido cerrada el pasado noviembre, pero no porque atentara a la libertad de expresión, sino porque se pensó que carecía de efectividad y que las redes sociales son más rápidas y eficaces.

Naturalmente, este procedente ha descolocado a los críticos que hablaban de totalitarismo y ha dejado claro que el nivel teórico en que se mueven muchas de las personas que fabrican opinión en nuestro país no es alto.

SENTIDO COMÚN

Pues veamos: la página del Ayuntamiento ¿ataca o impide la libertad de expresión de alguien? A los medios privados no se les impide seguir informando como tengan por conveniente. Se trata sólo de que el Ayuntamiento se exprese a su vez, y esto, en puridad, no disminuye, sino que aumenta aquella libertad tanto y tan mal invocada.

La presidenta de la FAPE afirma que el periodista posee un código deontológico que habla de rigor, confirmación, veracidad, de ética en resumidas cuentas. Y la alcaldesa Carmena ha dicho en respuesta a sus críticos que considera a los periodistas “aliados de la transparencia y de la democracia” y que “precisamente por eso se ha hecho la web”.

Supongo que estas frases obedecen en un caso a autopropaganda y en otro a diplomacia. Pues ¿de verdad creen González y Carmena que los periodistas que trabajan en medios privados controlados por el capital, o en medios públicos controlados por las mafias políticas, se pueden permitir el lujo de poseer un código deontológico que habla de rigor, confirmación y veracidad, o de ser aliados de la transparencia y la democracia? Seguramente muchos querrían serlo, pero entonces tendrían que caminar por sendas prohibidas y sufrir las consecuencias. Y hay muchos que no quieren serlo, de ninguna forma.

Para empezar, ningún periodista puede dedicarse, en nombre de la transparencia y la democracia, a denunciar las diversas formas en que los propietarios de su medio hacen imposible la transparencia y la democracia. La razón es muy simple: si alguno lo hiciera tendría que cambiar de profesión.

A VUELTAS CON LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN

La llamada libertad de expresión tiene dos aspectos, uno negativo (que nadie sea perseguido por expresar sus opiniones) y otro positivo que tiene que ver con el acceso a los medios de comunicación y requiere matizaciones: dado que no todo el mundo tiene ideas de calidad suficiente como para que merezcan ser acogidas en tales medios, ni habría espacio para todo aspirante, se puede convenir en que hay libertad de expresión si todos los grupos socialmente relevantes (científicos, políticos, ideológicos, artísticos, etc.) tienen un acceso equitativo a los medios a través de las personas elegidas por ellos.

Se sigue de esto que, cuando los medios son de propiedad privada, la libertad de expresión no existe en el segundo sentido: o sólo existe la que permitan sus dueños, no obligados, por otra parte, a explicar y justificar sus decisiones. Ellos fijan la línea editorial y los intereses generales a los que hay que servir, de qué hay que hablar, con cuánta insistencia, qué hay que callar, quiénes y cómo colaboran en esta tarea, quiénes tienen acceso a sus medios y a quienes les están vedados, etc.

HÁBITOS QUE ENGAÑAN Y VERDADES CENSURADAS

Estamos muy acostumbrados a considerar que algunas cosas están ahí porque no puede ser de otra forma, como si obedecieran a leyes naturales, y así damos por supuesto que los medios de comunicación de propiedad privada pertenecen al conjunto de cosas indiscutibles, incluso que son una condición de democracia por el trabajo de fiscalización y denuncia que llevan a cabo, idea que se refuerza por el mucho despliegue con que estos medios hacen su promoción.

Pero para ver hasta qué punto los medios censuran la libertad de expresión basta reparar en que están ausentes en ellos los principales temas que afectan a las condiciones de vida de la población.

No podemos encontrar una crítica persistente y bien razonada a la libre economía de mercado, ni una insistente y razonada petición de que se ponga un límite a la riqueza privada, ni siquiera de que aumenten los impuestos a los ricos, ni podemos esperar más que adhesión a la pomposa Declaración Universal de Derechos Humanos que en su día redactaron los sicarios de la plutocracia mundial. El control de noticias y opiniones llega al punto de que, ahora que se cumple el 70 aniversario de las dos bombas atómicas lanzadas por Estados Unidos sobre poblaciones civiles, ningún periodista se atreverá a decir que Estados Unidos cometió uno de los más crueles y cobardes genocidios de la historia (seguido luego de otros muchos perpetrados por el mismo país).

Peor aún: si alguien incontrolado osa atacar alguno de los dogmas oficiales del conservadurismo, los propios medios se apresurarán a dictaminar que es un populista, un radical y lo que quieran añadir. Esta es la libertad de expresión de las sociedades capitalistas.

Evidentemente la solución no son los medios públicos controlados por mafias políticas. Así que hay que insistir en que una condición necesaria para la libertad de expresión y la democracia es que desaparezcan los medios privados y sean sustituidos por medios públicos bajo control social. La persistencia de los medios privados supone dar a los dueños del dinero (y sólo a ellos) la capacidad de controlar la información y la opinión que llega a las mentes de la población. (Me remito a lo escrito en este blog sobre Medios de comunicación privados y democracia).

De manera que poco sentido tiene el alboroto por el hecho de que el Ayuntamiento de Madrid haya abierto una página para defenderse de noticias falsas. Ni que decir tiene que, mientras la propiedad privada de los medios se mantenga, la izquierda hará bien en proporcionarse sus propios medios de comunicación, para que también sus argumentos se hagan públicos.

RAZONES PARA VOTAR A PODEMOS DESDE LA IZQUIERDA

Se vienen haciendo críticas a los líderes de Podemos en un intento de disuadir a quienes esperan de ese partido algo diferente y menos cutre. Suelen ser críticas malintencionadas. Otras, que menciono a continuación, pueden estar más fundadas. Si se es de una izquierda anticapitalista ¿vale la pena votar a Podemos, a pesar de estas últimas?

Críticas infundadas

No hace mucho los actuales líderes de Podemos, antes de la formación de este partido, hacían propuestas radicales, de esas que se dice que son condenables por populistas, demagógicas, antisistema e irrealizables. Ahora mitigan el radicalismo teniendo en cuenta que tal vez consigan el poder, y entonces se les acusa de ambigüedad y de disimulo. Los críticos concluyen que mientras sus antiguas proclamas prueban que son en el fondo radicales peligrosos, su actual disimulo prueba que no son de fiar.

Hay que reconocer que a veces ellos no se defienden bien. Les bastaría decir que una cosa es lo que piensan personalmente y otra lo que tienen que defender y proponer como dirigentes de Podemos. Las gentes que están detrás de Podemos no son todas anticapitalistas, aunque todas parecen descontentas de lo que hay. No es condenable la estrategia que consiste en partir del rechazo a lo que hay para sumar suficientes voluntades, a la espera de que el transcurso de los acontecimientos políticos vaya aclarando las cosas a cuantos aún creen que el capitalismo es compatible con la democracia y con el bienestar social.

Se acusa también a Podemos de haberse desideologizado (¡vaya palabra!) al no querer situarse en la izquierda, sino con los de abajo. Pero tan ideológico es arriba-abajo como derecha-izquierda. Y el cambio tiene justificación en la medida en que el término “izquierda” se ha prostituido. Por eso ya no aclara nada decir que uno es de izquierdas. ¿De qué izquierda? ¿De la socialdemocracia procapitalista del PSOE que se ha ido corriendo al neoliberalismo? ¿De la antigua izquierda comunista que se ha ido corriendo a la socialdemocracia? Se puede optar por añadir a “izquierda” algún adjetivo que aclare las cosas (por ejemplo, izquierda “anticapitalista”) o por cambiar estos rótulos por otros. La mayoría de abajo contra la minoría de arriba es una manera de expresar el pensamiento marxista que hablaba de proletariado y burguesía. No veo que sea para rasgarse las vestiduras.

Lo que sí es cierto es que las propuestas de Podemos se sitúan en el espacio de la socialdemocracia clásica, pero tampoco esto parece criticable. Cuando un partido se presenta a unas elecciones con posibilidad de conseguir algún poder político debe hacer propuestas que sean realizables, tomando en cuenta las resistencias previsibles y su fuerza.

Otras críticas son en apariencia más serias, como las hechas a Íñigo Errejón y a Juan Carlos Monedero.

A Íñigo Errejón se le ha acusado de realizar en Madrid, y no en la Universidad de Málaga, un trabajo sobre política de viviendas en Andalucía para el que fue contratado como investigador por 1825 euros brutos mensuales, que ha cobrado durante nueve meses (se desvinculó de la Universidad de Málaga el 16 de diciembre) y por haber incurrido en incompatibilidad al simultanear su trabajo con otra actividad (hizo informes para su partido relacionados con las elecciones europeas por los que cobró 6.000 euros). Por ello la Universidad de Málaga le ha abierto un expediente y propuesto la máxima sanción prevista en su régimen disciplinario: su inhabilitación para trabajar en esa universidad.

¿Es la cosa tan grave? Quien ha pertenecido a la Universidad como profesor, es mi caso, no puede por menos de sorprenderse del celo con que la Universidad de Málaga ha actuado, supongo que cediendo a la presión de los medios. Si se examinara con la misma lupa lo que hacen los restantes profesores muy pocos saldrían indemnes. Porque veamos: si Errejón tenía que hacer un trabajo sobre política de vivienda en Andalucía una de dos, o era un trabajo teórico o era un trabajo de campo. Si se trata de un trabajo de campo no se puede hacer permaneciendo en Málaga. Si es un trabajo teórico da igual hacerlo en Madrid: lo que importa es su calidad. A Errejón no se le acusa de no haber hecho el trabajo o de que sea malo. Se le acusa de no haber pedido un permiso de trámite por escrito, sino sólo de palabra. Repasen las cantidades en juego: el señor Errejón está no muy por encima del mileurista. Y la prensa no se priva de repetir en titulares que la Universidad de Málaga ha propuesto su inhabilitación, con lo que se pretende transmitir la idea de que ha cometido alguna acción muy grave.

A Juan Carlos Monedero se le acusa de haber trabajado para Venezuela, cobrar por un informe una cantidad exagerada, algo más de 400.000 euros (insinuando que esa cantidad encubre en realidad una financiación de Venezuela a Podemos) y evadir impuestos.

Con lo de Venezuela se da una lata insoportable. Pues veamos, hacer un trabajo contratado por el gobierno de Venezuela es preferible, visto desde la izquierda, a trabajar, por ejemplo, para el gobierno de Estados Unidos, máximo transgresor mundial de los derechos humanos desde la segunda guerra mundial. El problema es que esto lo podemos decir quienes no aspiramos al poder ni a ser bien tratados por los medios y las instituciones, pero no lo pueden decir los dirigentes de Podemos, que quieren evitar las represalias y su influjo en aquella parte de la población que se deja embaucar. En Venezuela hay cosas que van mal, pero no toda la culpa fue de Hugo Chávez y ahora de Nicolás Maduro. Se nos abruma con informaciones que insisten en que Venezuela es, desde que llegó Chávez, un país sin democracia ni respeto a los derechos humanos (¡ay Guantánamo!), y en cambio se da por supuesto que la derecha venezolana no actúa con tendencia al boicot económico y al golpismo, y que Estados Unidos es una democracia ejemplar que no se mete donde no le llaman. Que alguien haya mirado con simpatía el proceso iniciado por Chávez sólo revela que no pertenece al coro pagado y que tiene buen juicio.

Al crear una sociedad para reducir impuestos, Monedero ha hecho lo que tantos otros, utilizar las leyes vigentes en su beneficio. En todo caso la crítica se debería hacer a los que han promulgado esas leyes. Pero es que además, cuando el ministro Montoro siguió su costumbre de utilizar datos secretos contra sus enemigos políticos, Monedero optó por hacer una declaración complementaria y pagar según el criterio más lesivo para él, a fin de aminorar la campaña mediática que se le había echado encima. Hay que añadir que si fuera cierto lo que afirma el propio Monedero, que gasta ese dinero en financiar La Tuerka, y no en lujos personales, entonces habría que levantarle un monumento.

¿Qué entender por casta?

La conclusión que sacan los críticos es que estos dirigentes son corruptos, y que por tanto pertenecen también ellos a la casta contra la que arremeten. Pero en esta conclusión hay dos errores, porque ni estamos ante casos de corrupción, ni son los casos de corrupción los que convierten a un partido en casta.

Creo que el término “casta”, discutible como otros, puede valer en la medida en que se refiera a aquellas élites (política, mediática, intelectual, funcionarial) que medran al servicio de la élite económica, que las utiliza y las premia a cambio de ese servicio. La forma en que la élite política sirve a la económica consiste sobre todo en la elaboración de leyes y en la toma de decisiones ejecutivas.

Quiere esto decir que, aunque los actuales partidos con representación parlamentaria no tuvieran un solo caso de corrupción, seguirían siendo casta en virtud de la legislación que han ido promulgando y de la forma en que la ejecutan, siempre al servicio de los dueños y controladores del capital. Me refiero sobre todo a las leyes fiscales, a las penales, a las que regulan la propiedad, a las leyes hipotecarias y de desahucio, a las leyes laborales, etc. No legisla el parlamento. La sustancia de las leyes ha sido decidida por los servicios de estudios de la banca y las grandes multinacionales, por la patronal, las empresas de energía, los fondos de inversión especulativos y sus lobbies. Y la casta se limita a dar forma a esa sustancia en un simulacro parlamentario. Recordemos dos “detalles” entre mil: la impresionante pasividad de nuestros gobernantes a la hora de atajar la evasión fiscal, pese a que saben qué medidas, que se han negado a tomar, la dificultarían. Y la legislación que permite a los bancos quedarse con la casa hipotecada en caso de impago, poner en la calle al deudor y además mantenerlo como deudor.

Que el PP pertenezca a la casta no requiere explicación, pues no en vano representa los intereses de la élite económica. Los partidos de derecha-derecha (esos que prefieren llamarse de centro) son casta por naturaleza y, por decirlo de alguna forma, les va la marcha. En cambio requiere explicación la pertenencia a la casta, en distintos grados, del PSOE e IU.

El PSOE dio el primer paso ya antes de llegar al poder, cuando, para conseguir el imprescindible apoyo de Alemania y Estados Unidos, Felipe González hizo que su partido abandonara el marxismo y se hiciera explícitamente procapitalista. Dio los pasos siguientes por su dependencia de la Banca que le ha financiado sus campañas electorales y que no le exige la devolución de los créditos, y por el uso que han hecho sus dirigentes de las puertas giratorias. Que el PSOE es casta se muestra en la legislación que ha promulgado (y en la que no ha derogado pudiendo hacerlo) desde la Transición, en su benevolencia con la evasión fiscal y con los tejemanejes de la banca, las eléctricas y los grandes oligopolios, en la tendencia privatizadora, en la actuación al son que tocan los medios privados, en la dócil aceptación de las imposiciones de la troika, etc. A IU le ha perdido la herencia del eurocomunismo (defensor, con celo de converso, de las democracias existentes) y también la petición de créditos con los que se ha dejado atrapar por la banca, y por tanto amordazar y atar de pies y manos. Su pertenencia a la casta se muestra en su aceptación (o en su escasa resistencia y falta de denuncia) de la legislación y la política que realizaban los otros dos y que constituye el entramado legal que apresa a la población. Claro que el PSOE e IU no pertenecen a la casta en igual grado: por ejemplo, el PSOE andaluz se ha negado a secundar la propuesta de IU de crear un banco público que pueda entrar en competencia con la banca privada.

Desde este punto de vista, decir que Podemos pertenece a la casta es una sandez, primero porque se aduce una falsa razón, la corrupción de sus líderes (que encima es por ahora inexistente), y sobre todo porque ellos no han tenido todavía oportunidad de mostrar por dónde van sus actos legislativos y ejecutivos.

Críticas razonables

Dejando atrás estas críticas injustas, hay otras que Podemos debería considerar.

Una es que no hay en los Estatutos de Podemos algo seguramente necesario para prevenir que sus dirigentes acaben convertidos en casta. Me refiero a un límite de tiempo a los cargos públicos o de partido que cualquier miembro de Podemos pueda ocupar, de forma que, ejercido un cargo, se sea ya inelegible para cualquiera otro. A falta de esta medida precautoria, es probable que acabe ocurriendo lo de siempre: que aunque en Podemos los cargos sean elegidos democráticamente por las bases, estas tiendan a reelegir a los que parezcan más aptos para el éxito electoral, esto es, a los mejores comunicadores, que se consolidarán como una clase política cuya valía se medirá por su capacidad para conservar el poder, no importan las concesiones que haya que hacer a los de siempre. Para no ser casta hay que estar dispuestos a actuar con justicia aun a costa de perder el poder (y dispuestos a contar a todo el mundo por qué se perdió). Nada mejor para ello que no tener dirigentes que hagan de la actividad política una forma profesional de vida, saltando de cargo en cargo.

Se les puede también criticar que en algunos momentos son excesivamente ambiguos para no asustar a la opinión mayoritaria promovida por los medios, como si eso fuera a servirles de algo.

Por poner un ejemplo: en su réplica al debate sobre el estado de la nación del pasado febrero, Pablo Iglesias afirmó: “Sabemos que necesitamos a los ricos, pero les vamos a pedir responsabilidad”. Creo que podría muy bien haber dicho: “Sabemos que, por más que la extrema desigualdad que el capitalismo provoca nos repugne moralmente, dentro del sistema capitalista, del que por ahora no podemos salir, el papel de los ricos es necesario en el capítulo de inversiones, pero les vamos a pedir responsabilidad”. Lo que él dijo implica que toda sociedad necesita que haya ricos, y esto no es cierto y contradice la oposición de los de arriba y los de abajo que Podemos usa como eslogan.

Un segundo ejemplo: en una muy citada entrevista Pablo Iglesias aceptó el papel de alumno que intenta ganarse la benevolencia de la profesora severa (Ana Pastor), para sacar el aprobado. Pastor echó mano de un antiguo vídeo en el que Iglesias afirmaba que la existencia de medios de comunicación privados ataca a la libertad de expresión. Segura de haberlo pillado en delito de antidemocracia, la periodista comentó, melodramática, que esa es una afirmación tremenda, y preguntó al entrevistado si Podemos pretende imitar las “leyes mordaza” de Venezuela. ¿Por qué perdió Iglesias la ocasión de dar una lección a la profesora impertinente insistiendo en algo obvio que ella debería saber? Pudo muy bien decirle que la libertad de expresión exige que los medios sean públicos y estén bajo control social, lo cual no es mordaza alguna. Ponen mordazas tanto los medios públicos controlados por los gobiernos como los medios privados, estos sin responder ante nadie. Por ello tanto unos como otros atacan la libertad de expresión. Iglesias no se atrevió y fue tanto peor para él, porque quedó como un alumno que duda al recitar la lección.

Ya he dicho en otro momento que es posible complementar las propuestas realistas (de corte socialdemócrata) con un discurso anticapitalista de índole pedagógica. Que las propuestas se queden en el nivel de la socialdemocracia no quiere decir que el discurso haya de ser socialdemócrata.

¿Vale más la socialdemocracia de Podemos que la de IU?

Hechas estas críticas vayamos al fondo del asunto. Si las propuestas de Podemos están en el rango de la socialdemocracia ¿por qué votar precisamente a ese partido desde una ideología anticapitalista?

Hasta ahora, en los últimos años, mucha gente de izquierdas ha tenido que votar no por razones políticas, sino estéticas. No esperaban nada de la llamada izquierda, pero votaban a IU o al PSOE sólo con la esperanza de no tener que soportar la “fealdad” extrema de los gobernantes del PP.

Ahora la socialdemocracia de Podemos tiene, a mi juicio, dos ventajas respecto a otras, dos ventajas que permiten votar por razones políticas:

a) La conexión directa con la gente y el uso de la democracia interna, con la posibilidad de que los cargos elegidos puedan ser revocados.

b) El compromiso expreso de no pedir dinero prestado a la banca, financiarse con pequeñas aportaciones de los simpatizantes y total transparencia respecto a la financiación del partido y a los ingresos de sus dirigentes.

No es poca cosa que, por primera vez desde la Transición, tenga en España posibilidades de gobernar un partido que no está previamente controlado por el poder económico. Lo que Podemos pueda hacer con esa libertad está por ver, pero para comprobar si valió la pena hay que darles antes una oportunidad.

Concurren a las elecciones andaluzas otros grupos de izquierda anticapitalista (por ejemplo la agrupación electoral Recortes Cero) que disponen de la misma libertad, pero que no parecen tener fuerza suficiente para convertir los votos en diputados. Es una pena que no concurran juntos todos los grupos que se colocan a la izquierda del PSOE.

IZQUIERDA Y POPULISMO

He aquí un problema interesante. Si la izquierda hace propuestas electorales contrarias al sistema capitalista (y por tanto irrealizables a consecuencia de la oposición del sistema, o sólo realizables con más costes que beneficios) es populista. Si quiere no serlo debe limitarse a proponer aquello que será aceptado por el poder económico y, por tanto, realizable. Es decir, debe someterse a ese poder y renunciar a cambiar las cosas. Así que, a partir de la idea de que ofrecer lo que no se puede cumplir es populismo, hay una ofensiva contra cualquier propuesta que pretenda cambiar las bases de la economía de mercado.

En esta ofensiva militan, en periódicos, radios y televisiones, personajes que prefieren el insulto al razonamiento, y hay que dejarlos a su aire. No vale la pena otra cosa. Hay otros, sin embargo, en especial numerosos economistas y politólogos conservadores, cuyos razonamientos condenatorios se basan en el conocimiento que maneja la derecha. En España, de cara al gran público, esas opiniones tienen su principal medio de expresión en El País, en el que últimamente distintos expertos han venido a detectar grandes dosis de populismo en las propuestas de Podemos. Veremos que, de esta forma, aunque no lo mencionan, dejan planteado el problema interesante que señalé al comienzo.

En un editorial de El País de 5 de agosto se nos dice, comentando el Barómetro del CIS correspondiente a julio, que uno de los riesgos de tal sondeo es que el éxito de Podemos (la mitad de cuyos votantes de 2014 lo fueron en 2011 del PSOE o de IU) anime a otros [se supone que al PSOE o a IU] a imitar su radicalismo populista. La existencia de Podemos debe ser motivo de atención, pero no pretexto para el populismo. La renovación que necesita el PSOE debe de mantener un anclaje en la socialdemocracia, a la que El País considera una variable de la política de izquierdas caracterizada por rasgos como la moderación, el reformismo, el respeto a las reglas de la democracia representativa y del Estado de derecho y el rechazo de los extremismos. Si Sánchez precisa de ejemplos a los que imitar –le recomiendan-, los tiene mejores en algunos países de la Europa más próxima que dentro de nuestras fronteras.

En resumen (concluyo por mi parte): el PSOE debe seguir siendo inofensivo.

En un artículo de 4 de agosto (“La convergencia entre tecnocracia y populismo”) Benito Arruñada, catedrático de Organización de Empresas en la Universidad Pompeu Fabra, hace un ataque indirecto a Podemos al definirnos el populismo como toda actitud que haga al libre mercado responsable único de la crisis y proponga como salida un aumento del control político de la economía. El populista no sólo quiere corregir los fallos del mercado, sino suplantarlo. ¿Y por qué? Arruñada pasa al espacio del análisis psicológico y dictamina: “el populista se limita a cultivar el resentimiento.” ¡Vaya por dios!

Pero Arruñada no se limita a esta descripción del populista, sino que hace una defensa de la  desregulación alegando que el regulador político no es mejor ni peor que el empresario. Además, añade, llevamos décadas tratando de mejorar la regulación sin ninguna señal de éxito. Mientras nuestra demostrada incompetencia regulatoria aconsejaría regular menos, ocurre sin embargo que a algunos les interesa insistir en la pretensión de regular mejor. ¿Y por qué? Porque la regulación da poder. El populista quiere cambiar las instituciones para llegar al poder y aplicar políticas que reducirían la competencia y empeorarían la economía. Desafortunadamente, se lamenta Arruñada, esas políticas cuentan con notable respaldo, pues, aunque ruinosas, parecen gratificantes a corto plazo.

 Dos ataques directos al programa electoral de Podemos

En artículo publicado el 15 de julio (“Populismo a diestro y siniestro”) J. Ignacio Conde-Ruiz y Juan Rubio-Ramírez (ambos profesores de economía, uno en la Universidad Complutense y el otro en la de Duke, EE UU) critican por populistas las siguientes propuestas de ese programa electoral: el impago de parte de nuestra deuda soberana, la pérdida de independencia del Banco Central Europeo, la democratización y nacionalización del sistema bancario, una renta básica para todos los ciudadanos, la moratoria de algunas deudas hipotecarias, el abandono de algunos de nuestros tratados de libre comercio y bajar la edad de jubilación a los 60 años.

En artículo publicado el 25 de agosto (“¿Es Podemos una alternativa para la izquierda?”) Antonio Roldán Mones, doctorando en Economía Política en la London School of Economics, concentra sus críticas en las propuestas siguientes: Prohibir los despidos en las empresas con beneficios, dejar de pagar la deuda pública, derogar la reforma de pensiones, derogar las reformas laborales y tomar el control político del BCE.

Estos ideólogos vienen a argumentar que, aunque todas estas medidas son muy atrayentes para la gran masa de descontentos, analizadas con un poco de sentido común son contraproducentes.

¿Y por qué? ¿Acaso porque no son en sí beneficiosas para la mayoría? ¿Se trata acaso de medidas injustas o atentatorias a la lógica de la economía? Nada de eso, no vale la pena considerar si las medidas son o no razonables en sí. Los argumentos van por otro lado, a saber: que si tales medidas se realizaran, nuestra capacidad, como país, de acceder a los necesarios mercados financieros disminuiría de manera catastrófica. Si de pronto España decidiera ir en dirección opuesta a la de todos sus socios europeos y avanzara por el camino que propone Podemos sería castigada por “los mercados” y en poco tiempo nos quedaríamos sin financiación para mantener los servicios públicos básicos. La economía poco a poco se haría más improductiva, cerrarían empresas y el paro otra vez se volvería a disparar. Pronto la inflación se comería los ahorros de los trabajadores y aumentarían todavía más las desigualdades. De manera que las propuestas “populistas” tendrían el efecto contrario al que proclaman: perjudicarían a los pobres, a los parados y a las pequeñas y medianas empresas.

¡Qué curioso! Nuestros tres economistas pueden estar en lo cierto al afirmar que ciertas medidas traerían perjuicios al país, pero omiten decir que sería como consecuencia de un chantaje, el chantaje del capital a los Estados. En la economía de mercado casi todo lo que habría que hacer para mejorar la sociedad a fondo es algo que no se puede hacer a causa de ese chantaje. Por ejemplo, puesto que si un país aumenta la presión fiscal sobre los ricos sólo consigue que los capitales se vayan fuera, aumentar la presión fiscal sobre los ricos es inconveniente.

Buena razón para cambiar de sistema económico. Pero no, los economistas conservadores no hablan de ese chantaje que convierte lo útil en perjudicial. Prefieren hablar de “los incentivos y las restricciones existentes en la economía”. Para algo ha de servir al conservador andar de profesor de universidad, o de aspirante a serlo, en temas de economía.

 ¿ES LA BUENA INFORMACIÓN REMEDIO AL POPULISMO?

Arruñada llega a la conclusión de que, si queremos evitar que la mayor competencia política degenere en populismo, debemos mejorar la calidad de la información ciudadana. La solución radical y democrática pasa por que el ciudadano esté mejor informado y sus preferencias sean más consistentes. ¿Qué quiere decir esto? Según Arruñada, que el ciudadano no pueda evitar enterarse de cuáles son los costes reales de sus deseos y conozca al menos cuántos impuestos paga por persona interpuesta. Pasa, idealmente, porque sienta cuánto paga por la sanidad, las becas, el AVE o las televisiones públicas; porque sepa que la educación pública que reciben sus hijos es mucho peor que la que reciben los de otros ciudadanos. Que tema, en fin, que nunca cobrará esa pensión por la que lleva media vida cotizando mucho más de lo que indica su nómina.

Es cierto que conviene que estemos bien informados. Pero Arruñada parece creer que una buena información nos llevaría a privatizar los servicios sociales, educación, sanidad y pensiones incluidas. ¿Acaso no se le ocurre que la información pertinente nos debería mover en sentido contrario?

Sin ir más lejos, en un artículo del 5 agosto, en el mismo medio (“Tiempos de crispación y antagonismo”), Juan Gabriel Tokatlian, director del Departamento de Ciencias Políticas y Estudios Internacionales de la Universidad Torcuato di Tella, de Buenos Aires, nos ofrece estos datos sobre el auge de la desigualdad confirmada por numerosos informes y estudios:

Según el World Ultra Wealth Report 2013 del banco UBS, 2.170 multibillonarios poseen una riqueza de 6.500 billones de dólares, una cantidad superior al PIB combinado de Alemania y Francia en 2013. Según el Global Wealth Report 2013 del Credit Suisse Group, el 1% de la población posee el 46% de los activos globales y un 10%, el 86%. El 50% inferior apenas tiene el 1% del total. Según la investigación de 2011 de Vitali, Glattfelder y Battiston del Swiss Federal Institute of Technology, 147 firmas controlan, a través de una red de acciones y relaciones de propiedad, 43.060 corporaciones transnacionales.

Tokatlian se refiere además a la falta de reformas en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, la incompetencia del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, la recurrente tentación de que la OTAN se convierta en un gendarme mundial, la inoperancia del G-7, del G-20 y otras tantas G que se idealizan (por ejemplo, el presunto duopolio entre Washington y Beijing), todo lo cual ha llevado a una arquitectura institucional cada vez menos creíble y más ilegítima, de la que se sigue el fracaso del régimen internacional antidrogas, la frustración extendida frente al principio de la responsabilidad de proteger (R2P), el persistente doble estándar frente a la no proliferación nuclear, la parálisis global respecto a los compromisos efectivos en torno a la cuestión ambiental y el gradual desinterés de las potencias establecidas hacia los asuntos del desarrollo. Añádase que, en distintas naciones, avanza desde hace años un manifiesto desencanto por la democracia liberal al tiempo que aumentan las plutocracias y cleptocracias en democracias más o menos instaladas, que terminan bajo dominio de los ricos, de los pícaros, o de ambos.

¿Qué puede pensar un ciudadano que esté informado de esta situación y que no tenga en ella intereses, directos o indirectos? Pensará, supongo, que hay que salir de ella cuanto antes.

Tenemos, pues, dos clases de información: de una se sigue que cualquier reforma no autorizada por los mercados lleva a un empeoramiento de las condiciones de aquellos a quienes se pretende beneficiar. Se sigue de otra que la democracia capitalista debe ser radicalmente reformada, entre otras cosas para que no sea posible el permanente chantaje del capital a los Estados.

 EL PROBLEMA DE LA IZQUIERDA

Dado el barullo que producen los distintos sentidos del término “izquierda”, es imprescindible al usarlo que precisemos a qué nos referimos. Son muchos los que ahora dicen que no hay límites precisos entre derecha e izquierda, y los hay que sitúan esos límites allí donde no hacen daño. El rasgo que los conservadores quieren borrar a toda costa es la actitud ante el capitalismo, esto es, su aceptación o su condena. Pero la distinción entre derecha e izquierda no tiene mucha utilidad si se borra ese rasgo. La tiene en cambio si aceptamos que son de derechas las organizaciones o personas que aceptan el capitalismo (socialdemocracia incluida) y de izquierdas las que se oponen a él desde una concepción igualitarista. La socialdemocracia puede ser considerada como la mejor defensora del capitalismo, pues su política disminuye las tensiones que produce una derecha dura como la neoliberal. Cierto que el PSOE se distingue del PP en algunos aspectos de la política social, pero todo cuanto hace en política económica (que es la básica) pretende no molestar al poder de los que controlan el capital mundial. No hay que temer que el PSOE incurra en propuestas populistas.

 IU, en cambio, está a la izquierda, pero sus deudas a la banca, que la banca le prorroga a condición de que se porte bien, la tienen pillada, y por nada del mundo incurriría en populismos.

Por ello lo que planteo es qué debería hacer un partido de izquierda anticapitalista sin hipotecas cuando se encuentra ante la disyuntiva de eliminar o incluir en su programa propuestas imprescindibles para el progreso social, pero irrealizables por el perjuicio que acarrearían a aquellos a los que se pretende beneficiar.

Evidentemente, apañados estamos si la solución consiste en limitarse a aquellas propuestas cuya realización no incomode al poder económico. Pero, por otra parte, ¿no es un engaño a los electores andar prometiendo, como si fueran realizables y útiles, medidas que se sabe que no se podrán realizar, o que serían perjudiciales?

 EL PROBLEMA TIENE SOLUCIÓN

La solución está, a mi juicio, en conciliar en las propuestas electorales la crítica al sistema con el realismo.

La primera parte de esa crítica debería consistir en exponer al electorado qué medidas son imprescindibles para acceder a una vida democrática en la que una gran mayoría social tenga buenas razones para sentirse integrada. Esto es, hacer las propuestas que, de ejecutarse, nos sacarían de este tipo opresivo de sociedad, no ocultar ninguna de ellas y explicar el porqué de su necesidad.

No se insistirá nunca lo suficiente en que la medida principal (sin la cual las demás pierden casi todo su valor) es poner un límite razonable a la riqueza privada. Hablar de impuestos progresivos es recurso de la socialdemocracia. La izquierda debe explicar por qué poderosas razones un impuesto del 100% sobre todo ingreso que sobrepase cierto límite es una condición necesaria para que haya justicia y democracia. Hacer comprensible que sin ello toda pretensión de democracia es una ficción (la ficción, cada día menos soportable, en que ahora vivimos).

La segunda parte de la crítica debería consistir en ir explicando cuáles de esas medidas necesarias son inviables y por qué. Describir con detalle de qué armas se vale el capital dentro de la economía globalizada para oponer obstáculos insalvables a esas medidas razonables, impidiendo que los Estados realicen una política ventajosa para la mayoría. Proclamar que esto es un chantaje del capital, un chantaje sobre los Estados, al que sólo se puede poner remedio mediante una legislación mundial. Denunciar al mismo tiempo que tal legislación no se acomete porque los Estados, al servicio del poder económico, no moverán un dedo a menos que se vean obligados por una presión mundial irresistible. Sólo cuando en el mundo exista una mayoría capaz de percibir los rasgos de la dominación y explotación que padecemos será posible torcer el brazo del poder económico.

De manera que la primera obligación de un partido de izquierdas consiste en exponer una crítica al capitalismo con explicaciones que sean comprensibles por una mayoría. Y una forma de conseguir que más personas se vayan haciendo conscientes de la situación consiste en aprovechar la ocasión electoral para poner de manifiesto el chantaje del capital, y para indicar que los partidos que no lo denuncian están de parte del chantajista.

Nadie podrá acusar de falta de realismo a quien hace propuestas razonables y viables si al mismo tiempo denuncia  a quienes impiden su realización.

Tras esta crítica se deberían incluir aquellas propuestas realizables que mejoren la vida de los ciudadanos, en especial de los de menos recursos, pero también aquellas que puedan situarse, a la luz de un conocimiento puesto al día, en una estrategia política a largo plazo, tendente a hacer a la población más consciente e informada.

ALGO HAY QUE AÑADIR A LA CRÍTICA PARA QUE SEA EFECTIVA

En sus campañas electorales Izquierda Unida ha sido cuidadosa de no criticar al capitalismo, se ha limitado a hacer propuestas poco distinguibles de las de la socialdemocracia. Pero, de haberlo intentado, tampoco hubiera podido criticar al capitalismo con efectividad.

Porque para que la crítica sea efectiva no basta que sea racionalmente impecable (algo que se puede conseguir con facilidad si se tiene el conocimiento teórico y la información suficientes). Hay que añadir además dos condiciones.

Una de ellas es dar con las formas adecuadas de expresión a tenor de los distintos códigos que manejan los diferentes grupos sociales. No se puede hablar a todos con un único estilo, y menos si es el propio de una hoja parroquial. La teoría y la información que la izquierda debe promover y divulgar exige grupos especializados de estudio y de comunicación que la izquierda oficial nunca ha tenido (ni ha echado de menos, limitada a su particular catecismo). La tarea no es simple, porque la falta de información adecuada hace que una gran parte de la población esté conforme con ese eslogan publicitario que dice: atrévete a ser millonario.

Pero hay que añadir que el valor de un mensaje no radica sólo en la verdad y claridad de sus términos, sino en la confianza que inspira el emisor. IU ha dilapidado la confianza que el Partido Comunista logró como opositor al franquismo y por ello es necesario un partido de izquierdas de nueva creación, consciente de que toda medida que aumente esa confianza es imprescindible, y que es desastroso todo comportamiento que la disminuya. La primera necesidad de un partido de izquierdas es dejar patente en cada situación la superioridad de su conocimiento, de su coherencia y de su honradez, que ha de quedar siempre a salvo de cualquier suspicacia.

 POR DESCONTADO, LA DERECHA SEGUIRÍA ERRE QUE ERRE

Si todo esto se hiciera así, los conservadores seguirían sin duda diciendo que es populismo denunciar al poder económico responsable de que lo imprescindible no sea posible, pues casi todos los medios de comunicación y casi todos los expertos con acceso a ellos no son otra cosa que medios de ese poder. Pero esto no sería un problema. La tarea que se echan encima (defender la economía de mercado) es tan irrealizable desde la decencia ilustrada, que están obligados a tomar el camino del lugar común, la mentira o las afirmaciones cargadas de ignorancia. ¿No han llegado a decir, y siguen diciendo, que la mejor manera de que las cosas funcionen es hacer leyes que dejen en la estacada al pobre y beneficien al rico? El espectáculo de los economistas conservadores, llenos de méritos académicos y al mismo tiempo ignorantes de conceptos básicos de la ciencia social y de la filosofía de la ciencia, es muy ilustrativo. ¡Fingen creer, o creen, que lo que dicen tiene fundamento científico! Engañan a mucha gente, sobre todo a los asustadizos políticos, pero quien sabe lo suficiente no puede por menos de extrañarse (como un clásico romano respecto a los auríspices) de que, cuando dos economistas conservadores se cruzan, no se provoquen la risa mutuamente.

Valgan algunos ejemplos tomados de los artículos antes citados, en los que la chapuza intelectual coincide con alguna dosis de mala fe. Digo esto último porque Roldán achaca a Podemos el propósito de no pagar la deuda soberana, cuando lo que propone Podemos es una auditoría de las deudas pública y privada que delimite qué partes de éstas pueden ser consideradas ilegítimas, a fin de declarar su impago y tomar medidas contra los responsables, todo ello en coordinación con otros países de la UE. De la misma manera Conde y Rubio achacan a Podemos la propuesta de nacionalizar el sistema bancario, cuando Podemos sólo propone medidas destinadas a democratizar la dirección de las entidades bancarias y la creación de una banca pública a partir de las antiguas cajas de ahorros convertidas hoy en entidades bancarias y recapitalizadas con dinero público.

Esto aparte, vean el argumento con que se desestima esa propuesta: que fueron las instituciones financieras controladas por el sector público las más afectadas por la crisis. Aceptemos que las Cajas no tuvieron un comportamiento modélico, y que el control de sus decisiones fue insuficiente. Pero si por ello estuviera justificado que se privaticen, el pésimo comportamiento de los grandes bancos privados, causa de la presente crisis y del expolio de millones de ciudadanos, así como su condición de empresas “sistémicas” (a las que no se puede dejar caer y hay que auxiliar con dinero público si se ven en apuros), ¿no deberían justificar su completa nacionalización? Si se nacionalizara la banca y se la dotara de una buena forma de funcionamiento que impidiera los pasados excesos de algunas Cajas, ¿qué habría que criticar? Esta medida (que Podemos no ha propuesto, no ha llegado a tanto) sentaría muy mal a los banqueros, simplemente, pero precisamente por ello debería sentarnos bien a los demás.

Más endeble es la razón para desestimar la democratización del Banco Central Europeo: Conde y Rubio se limitan a decir que esa democratización traería consigo la ya casi olvidada inflación. Y Roldán explica por qué: si los políticos interesados en ganar elecciones pudieran imprimir dinero, lo primero que harían sería imprimirlo en cuanto los problemas aparecieran: pronto la inflación se dispararía y con ella se dilapidarían los ahorros de los trabajadores. Esto es todo lo que se les ocurre a los tres.

Pero ¿quién ha dicho que un BCE democráticamente gestionado no puede tomar las mismas medidas anti-inflacionistas que si está gestionado antidemocráticamente? Los políticos no podrían imprimir dinero a su gusto si les estuviera prohibido hacerlo. Tendrían que cumplir las condiciones fijadas en la ley. De manera que, con una ley adecuada, sería perfectamente conciliable el funcionamiento democrático y la contención de una inflación excesiva.

Respecto a las restantes propuestas nuestros economistas conservadores andan propensos a hilvanar lugares comunes basados en un axioma implícito: que no se puede aumentar la presión fiscal sobre los que más tienen. Parecen creer que la única forma de aumentar los ingresos estatales es reducir las deducciones y aumentar los impuestos indirectos. En cuyo caso, claro está, se imponen los recortes. Conde y Rubio  nos dicen al respecto:

“Creer que con suficientes votos se puede gobernar sin una restricción presupuestaria es equivalente a pensar que podemos eliminar la ley de la gravedad con suficiente apoyo popular.”

¿Están queriendo decir que la restricción presupuestaria, tal y como ellos la entienden, es una ley natural contra la que nada se puede hacer? Pues sí, así argumentan estos teóricos. Y añaden:

“No queremos entrar en valorar si más recortes del gasto público son o no deseables, eso es un problema entre el Gobierno y sus votantes. Sin embargo, no reconocer que es probable que esta reforma implique recortes adicionales en el gasto público es tergiversar la realidad. Otra forma de populismo. El coste de la reforma (según se recoge en el programa de estabilidad enviado a Bruselas hace pocas semanas) es de unos siete mil millones. Si queremos cumplir con el déficit y (como todo parece indicar) no hay otros aumentos impositivos suficientes para compensar la bajada de tipos impositivos sobre la renta y beneficios empresariales, habrá que recortar el gasto. Si volvemos a saltarnos el déficit, la deuda aumentará más de lo previsto con las consecuencias que eso conlleva. Esa es la impopular realidad y negarla es de lo más popular.”

Es decir: si queremos seguir haciendo las cosas como las venimos haciendo, entonces no cabe que las hagamos de otra forma. Impecable razonamiento. Estos señores no consideran siquiera la posibilidad de otros aumentos impositivos que los previstos en la reforma fiscal del PP, la cual no sólo no toca los bolsillos de los que más tienen, sino que mete más dinero dentro de ellos.

Recordemos, para terminar, la forma en que Arruñada defiende el más desacreditado neoliberalismo: ¡diciendo que el regulador político no es ni mejor ni peor que el empresario! Es como si condenara el arbitraje en el fútbol alegando que el árbitro no es ni mejor ni peor que el jugador. Y además dice que llevamos décadas tratando de mejorar la regulación de la economía, cuando lo cierto es que llevamos décadas de desregulación con el efecto conocido: la tremenda crisis actual. Al señor Arruñada hemos de suponerle conocimientos de organización de empresas, que es su tema, pero no ha estado fino en el artículo citado.

¡Que lamentable que la izquierda no haya sido capaz de poner en su sitio a esta tropa de auríspices! Esperemos que surja una nueva izquierda capaz de hacerlo, que tanto no cuesta.

LA EDUCACIÓN EN VALORES

Se ha publicado una carta abierta en la que más de 80 expertos internacionales critican que los Gobiernos modifiquen los sistemas educativos sólo para salir bien en la foto de las evaluaciones PISA. Denuncian el estrecho alcance de lo que miden esas pruebas, la apresurada interpretación que de ellas hacen los políticos y el sesgo en favor del papel económico de la educación que tiene la entidad promotora, la OCDE, que olvida que, en democracia, la educación no tiene sólo como objetivo garantizar el empleo del alumno, sino además otros aspectos importantes.

Di mi opinión sobre la educación y sobre los informes PISA en otras entradas de este blog, pero creo que vale la pena que nos preguntemos con mayor insistencia en qué consisten esos otros aspectos de la educación y cómo abordarlos. Los citados expertos hablan de la necesidad de formar a un ciudadano capaz de participar en la vida democrática y en la toma de decisiones, se refieren también a objetivos como la salud y el desarrollo moral, artístico y creativo, e incluso llegan a mencionar la felicidad.

 LA EDUCACIÓN NO ES SÓLO UNA DE SUS PARTES

Efectivamente, una buena educación no consiste sólo en tener algunos conocimientos pasajeros de ciencias naturales, y elementales en matemáticas y lenguaje, que es lo que miden los informes citados. Valga insistir en que una buena educación ha de tener como finalidad conseguir buenos resultados en los tres espacios que componen la persona: el afectivo, el cognitivo y el de destrezas.

Diríamos que una educación es buena si consigue una asimilación a largo plazo de los conceptos fundamentales de las ciencias (y no sólo de las naturales, especialmente de las que tienen por objeto al individuo y la sociedad); un buen manejo en distintos registros orales y escritos de la lengua propia y de lenguas extranjeras; dominio de los lenguajes formales (lógica, matemáticas, informática) y del lenguaje musical; conocimiento de una historia integradora de los procesos económicos, políticos y culturales de la humanidad; capacidad de reflexión crítica sobre todo ello; y habilidades estéticas, sociales, deportivas y lúdicas.

Ahora bien, esta buena educación es imposible si no se añade el aspecto fundamental, que suele pasarse por alto y al que podemos llamar educación sentimental. La educación de los afectos es importante por sí misma, ya que de ella depende el futuro carácter de la persona, pero es además condición necesaria para el éxito educativo en los restantes campos. Pues de los afectos dependen aquellas motivaciones sin las que no se pueden obtener buenos resultados en conocimientos y destrezas.

Pero si la educación de los afectos es tan importante, ¿cómo se viene concibiendo y cómo habría que concebirla?

LA ESCUELA QUE TENEMOS

El conservador es suspicaz respecto a los valores enseñados en la escuela pública, ya que no puede controlar la ideología de los enseñantes. Para él todo lo que no sea el ideario conservador es adoctrinamiento condenable. La escuela pública ha de ser neutral, debe limitarse a expender los conocimientos de las distintas asignaturas. La familia conservadora se reserva el derecho a educar, esto es, a elegir los valores que deben ser inculcados a sus hijos, y delega, si puede, en colegios privados de ideario afín.

La izquierda oficial cree en cambio que la solución a los problemas de la educación está en una escuela pública de calidad e igual para todos. Pero, por debajo de retóricas pedagógicas, la concibe básicamente al modo tradicional, como una dispensadora de conocimientos, y el éxito y el fracaso escolar como algo relacionado, a la postre, aunque aumentando el ancho de la manga, con el éxito o el fracaso en los exámenes. Afirma, eso sí, que la educación en valores es importante, y confía su aspecto explícito a asignaturas como la ética o la educación para la ciudadanía, asignaturas que para el conservador sobran.

EL RESULTADO

Nunca se ha conseguido que la mayoría de la población aprenda los valores que facilitan y enriquecen la vida individual y social. Sin ir más lejos, la presente campaña para las elecciones europeas nos da idea de cómo es la población europea tras pasar por la escuela.

Por supuesto que hay personas de buen corazón, muchas dedicadas a trabajos abnegados y muchas más que no harían daño conscientemente a nadie. Pero estas buenas gentes parecen ignorantes de lo que ocurre, pues en otro caso no aceptarían una distribución de la riqueza disparatada y criminal y exigirían a sus gobiernos el fácil remedio al hambre y a las enfermedades de media humanidad.

Si miramos al resto, están quienes harían insegura la vida ajena si no fuera por la continua represión a cargo de policías y tribunales, y hay una importante parte de la población en la que siguen arraigados el machismo, el racismo, la homofobia, la xenofobia. La ignorancia política caracteriza a quienes buscan la solución a los problemas económicos y sociales echándose en brazos de la extrema derecha, pero también a los que aún no saben que tanto los Reagan, Bush o Aznar como los Obama o Zapatero reciben sus mandatos no del electorado, sino de otra parte. Casi todos los que pasaron por la escuela han olvidado la poca ciencia que aprendieron allí, y prestan su fe a ideas míticas sobre la persona y el mundo. En lugar de exigir medios de comunicación públicos inteligentes y veraces, consumen con gusto la basura estética y moral que se les ofrece y no consideran agresión insoportable la publicidad que continuamente invade su espacio y su tiempo. ¿A cuántos podemos encontrar con un libro interesante en las manos o haciendo buena música en una orquesta de aficionados? Tan acostumbrados estamos a que las cosas sean así que nos parece algo natural, consecuencia irremediable de la naturaleza humana. Y no es cierto. El humano es plástico por naturaleza y sus aprendizajes lo pueden convertir en cualquier clase de persona, no necesariamente en la que ahora predomina.

LOS VALORES EN LA CONCEPCIÓN TRADICIONAL

Nos perderemos, puestos a buscar las causas del fracaso de la educación en valores si no aclaramos antes qué son los valores y en qué debería consistir su aprendizaje.

La tradición conservadora cree que los valores existen en un mundo platónico, ideal, de naturaleza espiritual. Max Scheler, un ilustre teórico de esta concepción, distinguió las esencias de lo que es tangible, real o existente, y esto le llevó a afirmar la independencia de los valores (eternos e invariables) respecto de los bienes, que serían sólo sus portadores circunstanciales.

¿Cómo entran las personas en contacto con esos valores ultraterrenos? Así como con los ojos percibimos los colores y formas de las cosas, tenemos una facultad del espíritu para apreciar los valores. “El hombre –decía Max Scheler- es hombre porque tiene sentimiento de valor” y el sentimiento de valor es esa facultad del espíritu. Las almas pueden conectar con el mundo de los valores, bien espontáneamente, bien, si son remisas, inducidas por el ejemplo, las exhortaciones morales y las prédicas de deberes. “Hay que ser honrados, hay que decir la verdad, hay que amar al prójimo”.

El problema de esta teoría es que no funciona. El amor al prójimo se viene predicando desde hace milenios y el poco que hay no proviene de la predicación sino de otras causas. Cuando llevo a mis nietos al parque infantil, la frase que más oigo en boca de las madres es “hay que compartir”, pese a lo cual cada niño pretende que nadie use su juguete, aunque lo tenga abandonado, y quiere usar los de los demás. “Hay que compartir” dice el niño al colega cuyo juguete quiere, y niega con la cabeza cuando es otro el que, para coger su juguete, le exhorta a que comparta. Y las madres, incansables, siguen con su predicación de buena conducta infantil.

UNA CONCEPCIÓN ALTERNATIVA

Abandonemos la idea de un mundo platónico, ya que no podemos saber dónde se encuentra y cómo conectar con él. Una teoría alternativa, por ser más compleja, no se deja encerrar en unos párrafos (remito a Lenguaje, mente y sociedad a quien esté interesado), pero creo que bastarán unos conceptos básicos para lo que aquí me propongo.

 Los valores y su función

Si los valores existen en nuestro mundo han de funcionar en las mentes de los sujetos. Las cosas no tienen valor por sí mismas, tienen propiedades. Se requiere un sujeto para que esas propiedades adquieran valor. Un valor es siempre el valor de algo para alguien.

Desde el punto de vista psicológico podemos definir un valor como la representación mental de la relación que algo ha guardado o puede guardar con el afecto del sujeto.

Dado que los afectos pueden ser placenteros o dolorosos, hay valores positivos (nacidos de una relación gratificante con el objeto) y negativos (nacidos de una relación desagradable). Los valores pueden tener mayor o menor intensidad, y el mismo objeto puede tener valores contrarios, que se activan juntos o según contextos. Por ejemplo, el tabaco tiene para el fumador un valor positivo (satisface su adición) y negativo (perjudica su salud) y ambos se activan cuando no puede evitar encender el cigarrillo; en cambio el leopardo activa un valor negativo si tropezamos con él en la selva y un valor positivo si lo contemplamos en un zoológico.

Los valores influyen en el comportamiento de un sujeto a través de un mecanismo simple: cada cual desea que ocurran las cosas que tienen valor positivo y que desaparezcan las que tienen valor negativo. Cuando esto depende de su conducta, el sujeto está motivado a actuar, lo que no implica que actúe siempre. Un valor no generará acción si hay impedimentos exteriores de envergadura suficiente o si tiene que competir con un valor contrario más fuerte. En caso de conflicto de valores la acción será causada por el valor que genere mayor motivación.

Los valores sobre otros y sobre uno mismo

Entre los valores de cada sujeto están los referidos a otros humanos, próximos o distantes, y los referidos a sí mismo.

Por lo general cada sujeto experimenta hacia los demás distintas dosis de simpatía o antipatía, motivada o inmotivada por la conducta ajena, afectos que pueden llegar a los límites del amor y el odio. Un caso extremo es el de quien no ha recibido buen trato de nadie y tiene un valor negativo respecto a todos los otros.

Los valores de cada cual sobre sí mismo se refieren a la salud, la comodidad, la apariencia corporal (que incluye ropa, adornos, movimientos y formas de expresión) y a las capacidades intelectuales, sociales, deportivas y lúdicas. Uno puede estar contento o descontento de esos aspectos de sí mismo.

Pero también evaluamos nuestras propias evaluaciones, esto es, nuestros propios sentimientos y las conductas que de ellos se siguen. Hay, pues, valores sobre uno mismo que pertenecen a un primer nivel (a Pedro le gusta holgazanear) y los hay que pertenecen a un segundo nivel (a Pedro no le gusta que le guste holgazanear). A estos últimos, puesto que son valores sobre valores, podemos llamarlos meta-valores. Adoptan la forma de deberes relacionados con la expresión “hay que” y ponen en juego el afecto que cada cual se tiene a sí mismo (del que nace el deseo de la propia perfección moral o el deseo de ser bien considerado).

Los meta-valores pueden ir en la misma dirección de los valores básicos a que se refieren, o pueden entrar en colisión con ellos. Si en una comunidad se proclama como deber el amor al prójimo, la persona que acepta ese meta-valor puede estar en dos situaciones, según haya aprendido como valor básico el odio o el amor al prójimo.

Lo preferible es que los meta-valores razonables afiancen valores básicos (me gusta el orden y creo que hay que ser ordenado). Pero es frecuente que los contradigan y en este caso hay un conflicto de valores, el básico y el meta-valor moral que se le opone. Se impondrá el más fuerte, pero de manera conflictiva. Si Juan no ama a Pedro y se porta mal con él, sufrirá por no cumplir con su deber. Si se porta bien, su conciencia quedará tranquila, pero sufrirá el fastidio de haber sido benévolo con alguien al que detesta.

Cabe, pues, hacer el bien al prójimo por amor (valor primario) o por deber (meta-valor), y si este es muy alto se puede hacer el bien a personas a las que se odia. Para Kant el comportamiento valioso es el inspirado por el deber, no por el afecto al otro, y en esto andaba descaminado. Lo ideal es que nos portemos bien con los demás por amor a ellos, no por amor a nosotros mismos (que es el que se ejercita cuando cumplimos con nuestro deber).

La base de la salud psíquica requiere que la distribución de afectos entre “yo” y “otros” sea equilibrada y que los valores sobre “yo” sean realistas.

Es equilibrada la distribución si los otros reciben afectos positivos en cantidad que modere el egoísmo propio. Ello significa, dicho al modo kantiano, que los otros sean tomados como fines y no como medios.

Son irrealistas los valores sobre sí mismo de quien se cree peor o mejor de lo que es. Con frecuencia alguien se aprende como excelente en un ambiente local. Si luego la sociedad no reconoce esa excelencia, quedan establecidas las condiciones para un tipo de neurosis muy extendida.

 Valores y orden social

Dejando aparte los valores biológicos elementales, todos los demás se aprenden, sea por contacto con la cosa valorada, por empatía (viendo a otros), por la descripción de personas fiables, por las conclusiones a que llega el propio conocimiento o por la presión social.

Que los valores tengan naturaleza subjetiva no quiere decir que tengan una génesis subjetiva. El medio (natural y social) determina una gran parte de las experiencias que generan valores. De manera que, aunque estos residen y funcionan en el sujeto, no han sido fabricados por él autónomamente, sino por su relación con el medio en que se integra. Ocurre por ello que ciertos valores están presentes en muchos individuos. Son valores subjetivos coincidentes, originados en los sujetos por la estructura social que los apresa, y en ese sentido se pueden considerar valores sociales o culturales.

Los meta-valores se aprenden básicamente interiorizando la reacción de los demás a la propia conducta y a los sentimientos implicados. Esa reacción social, de refuerzo o de condena, queda anticipada en las proclamaciones, prédicas y exhortaciones establecidas en la literatura religiosa, moral y política, transmitidas por padres, sacerdotes, maestros y comunicadores.

Hay que distinguir los valores que una sociedad produce en el nivel primario y los meta-valores que en esa sociedad se proclaman. El elitismo de nuestra sociedad y su economía consumista generan valores que se pueden describir como de egoísmo individualista, que priman exageradamente la juventud, el éxito, el poder, el sexo y el consumo, y por tanto el dinero como medio universal para todo fin. Estos valores, que se concretan de distinta forma en hombres y mujeres, son los que se siguen naturalmente de la estructura social y favorecen su reproducción.

En cambio los meta-valores socialmente proclamados son una especie de transacción entre las necesidades del sistema social y lo que las predicaciones seculares han establecido como bueno.

En coherencia con los valores que el sistema produce, en nuestra sociedad se elogian el respeto a la propiedad y a la ley que la consagra, la iniciativa y el esfuerzo que llevan al éxito, la riqueza, la honradez del que devuelve lo que encontró, etc. Y se condenan el robo, la violencia y las actitudes antisistema.

Rompen en cambio esa coherencia otros valores que se proclaman por tradición, como el amor al prójimo, la generosidad del que comparte lo suyo con los demás, la cooperación, la igualdad de derechos y otras lindezas semejantes, pero que poco tienen que hacer contra la fuerza de los valores egoístas que la experiencia social promueve intensamente.

Mientras los valores individualistas afectan a casi todos, la proclamación y prédica de meta-valores no afecta por igual a unos y otros, pues en las sociedades elitistas no toda la población está integrada en la misma cultura. Por debajo de las clases altas y medias hay un mundo social no integrado, que tiene sus propias formas de evaluar y de enseñar valores, algunos de ellos coincidentes con los oficiales, otros específicos, incluso contrarios.

LA ESCUELA COMO ANTI-ESCUELA

A través de sus relaciones con familiares, compañeros y un ambiente en el que destacan los medios de comunicación, el niño va aprendiendo los valores individualistas del tipo antes descrito.

La escuela no está capacitada para alterar esta situación, e incluso ella misma, por su propia forma de funcionamiento y por la escasa preparación del profesorado en el espacio de la educación sentimental, se convierte en una anti-escuela promotora de valores no deseables.

El uso del aula, en la que unos se aprenden sin motivo como excelentes y otros como incapaces, el trato que los alumnos reciben del profesorado, que con frecuencia es el que naturalmente inspira su comportamiento (simpatía para los buenos, antipatía para los malos), la calificación en exámenes como motivación para el estudio, la presentación del conocimiento partido en asignaturas y temarios de curso que se aprenden para el examen y luego se olvidan, la falta de medios para hacer que avancen los que se quedan atrás, etc., todo ello hace que la escuela no sólo es incapaz de enderezar los afectos torcidos, sino que ella misma los produce.

 DEL REMEDIO ILUSORIO AL REMEDIO IMPOSIBLE

La Educación para la ciudadanía pertenece al repertorio de predicaciones y exhortaciones de meta-valores oficiales con que se intenta abordar la educación moral en la escuela. Pero hay que tener en cuenta que el aprendizaje de esos meta-valores depende de estas circunstancias:

  1. El grado de integración cultural de la clase social a que pertenece el niño.
  2. El deseo del niño de ser como es debido o de ser transgresor. El niño que ha sido bien tratado y bien evaluado por los otros significativos (padres, maestros) quiere seguir recibiendo aprobación y tiende a aceptar los meta-valores que se le inculcan. El descalificado y maltratado  tiende más bien a contradecir toda exhortación moral que le llegue.
  3. El valor que tiene para el niño quien le predica sus deberes.

De manera que si el niño no pertenece a una familia integrada socialmente (como ocurre con las de clase baja e inmigrantes pobres), si tiene tendencia transgresora, o si quienes le predican los valores (padres, maestros) han generado en él valores negativos, es probable que la predicación no fabrique los valores morales pretendidos, sino sus contrarios.

A su vez, y esta es la segunda cosa a considerar, la eficacia de los meta-valores aprendidos depende de la intensidad de los valores de primer nivel a que se oponen. Puesto que en caso de conflicto acabarán predominando los que tengan más fuerza en la mente del niño, de poco servirán los meta-valores que se le proponen si los valores de primer nivel afectados son contrarios y más fuertes.

Es, pues, remedio ilusorio el que se limita a recurrir a predicaciones y exhortaciones. Y por otra parte, ¿se conseguiría algo si no fuera ilusorio? Quiero decir que aceptar en nuestra sociedad los meta-valores oficiales convierte a cualquiera en conforme con una situación que debería ser combatida. En ningún libro de texto se hace la necesaria crítica razonable al capitalismo.

Si pretendiéramos diseñar una escuela basada en principios científicos habría que conseguir que, predicaciones y exhortaciones aparte, las experiencias del niño con sus compañeros y maestros, con el estudio, consigo mismo, fueran gratificantes, esto es, consolidaran en su mente valores positivos suficientemente fuertes respecto a los resultados de la curiosidad, la indagación y la constancia, respecto a la colaboración con otros y a la práctica de las distintas artes y destrezas; y que además, respecto a sí mismo, fabricaran valores realistas y afectivamente proporcionados, compensados por el afecto dirigido a los otros y por la capacidad de autocrítica. Una parte considerable del esfuerzo debiera dedicarse a idear razonamientos, pero sobre todo situaciones y experiencias que hicieran decaer los valores contrarios aprendidos fuera. Evidentemente, esta escuela, para ser buena, tendría que ser necesariamente antisistema en atención a la mera racionalidad y justicia.

Todo esto es fácil de decir, pero imposible si no se emplean los recursos necesarios, pues requiere una ideología progresista y los necesarios expertos capacitados para ganarse el afecto de los escolares y para vigilar y controlar los procesos psicológicos que se van produciendo en ellos, ya que en muchos momentos habrá que usar la técnica adecuada para remediar desperfectos psíquicos (la mayoría producidos fuera, algunos en la propia escuela). Requiere además una tarea adicional con los miembros de clases económica y culturalmente pobres, a los que no hay que retrasar el momento de su incorporación obligatoria a la escuela, como propone irresponsablemente la actual Secretaria de Educación, sino justamente anticiparla todo lo necesario para que desde un principio disfruten de un entorno afectiva y semánticamente rico.

Por supuesto que en nada podrían emplearse mejor los recursos de la sociedad, pues el resultado sería, por fin, una población de personas autónomas, ilustradas y amistosas. Pero precisamente por ello, claro está, eso es algo que los poderes actuales jamás intentarán. ¡Una población de personas autónomas, ilustradas y amistosas, hasta ahí podíamos llegar! El sistema capitalista no duraría un día. No cabe tener esperanza en la escuela pública dentro de nuestro sistema social.

Y es que, como no podría ser de otra forma, los sistemas de educación vigentes son los adecuados para que la estructura del sistema social se reproduzca, obviedad esta que desagrada mucho a los bienpensantes. Los políticos y los pedagogos que les asesoran, dispuestos a hacer tortillas sin romper huevos, parecen creer (no sé si son tan ingenuos como para creerlo realmente) que la educación puede mejorar a base de cambiar de nombre a las mismas prácticas. Y su obsesión, ya se dijo, es quedar bien en las pruebas internacionales.

EL PAPEL DE LA IZQUIERDA

Pero entonces, si una escuela pública adecuada es imposible y si la escuela privada es de baja calidad y de inspiración conservadora. ¿Qué cabe hacer?

Sin duda, demostrar el movimiento andando: poner en marcha una buena escuela privada progresista. Sólo una izquierda que entienda bien cuál es su papel puede echarse encima la tarea de demostrar que una buena escuela es posible. Una buena escuela, una sola buena escuela, dejaría en evidencia empírica el grado de miseria de la enseñanza actual, esa que se propicia desde los informes internacionales.

La derecha tiene el sistema educativo que le va bien, pero la izquierda no, y por ello su reflexión debiera ser más insistente (con lo que terminaría siendo más renovadora).

En otras ocasiones he traído a colación el ejemplo de la burguesía ilustrada y su Institución Libre de Enseñanza. Pero nuestra izquierda oficial es incapaz de emprender una tarea semejante. Pone todo su esfuerzo en luchar electoralmente por unos cargos desde los que no puede cambiar la realidad salvo en aspectos intrascendentes. Y desdeña, o no considera las tareas que, con vistas a un cambio social profundo, deberían ser fundamentales: primero recuperar la credibilidad mediante, por una parte, un comportamiento en el campo político nada parecido al habitual de los políticos profesionales y, por otra, mediante un esfuerzo de investigación que la resitúe en la vanguardia intelectual. Y luego, desde esa credibilidad, dedicar los principales esfuerzos a la difusión de conocimiento por medios de comunicación propios, y a la enseñanza en los espacios básicos. Pero este es otro tema, sobre el que expongo mi opinión dentro de este blog, en La izquierda que hace falta.

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