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TRAS EL 26J

Las encuestas no acertaron. Respecto al PP hay una explicación aceptable, el voto oculto: resulta natural que muchos decididos a votar al PP sintieran vergüenza de confesarlo. Más complicado es explicar el error respecto a Unidos Podemos.
El caso es que la ilusión de un cambio político tan necesario en España, que además hubiera podido colocarnos en Europa en una posición activa e influyente, se ha esfumado.
Cabe un análisis limitado a los factores políticos, que es el habitual, y también otro menos frecuente, de tipo ideológico, que creo que vale la pena.

EL ANÁLISIS HABITUAL

La responsabilidad de evitar unas terceras elecciones
Los medios apelan unánimemente al sentido de Estado del PSOE y de Ciudadanos, a los que se solicita que permitan gobernar a Rajoy. Es curioso que no se apele al sentido de la responsabilidad de Rajoy y su camarilla, dado que si ellos abandonaran sus puestos sería más fácil el sacrificio para los demás. Da la impresión de que se piensa que los votos logrados por el PP legitiman los desafueros de sus dirigentes. Tampoco se apela al sentido de la responsabilidad del PSOE, que podría evitar unas nuevas elecciones pactando con Unidos Podemos y recabando otros apoyos. Esta posibilidad ni siquiera se considera.

La ocasión perdida
¿Por qué razón, que no nos cuentan, los jerarcas del PSOE impidieron que Pedro Sánchez fuera presidente de un Gobierno de izquierdas tras el 20D? El poder económico había establecido el veto a Podemos como línea roja no negociable, y a ello tal vez se unió el miedo de los viejos dirigentes del PSOE a que Podemos llegue al poder y pueda meter las narices allí donde antes solo las metían los partidos del “sistema” (a saber qué habrá allí dentro que da miedo que se vea), a lo que se añade la animadversión irracional que se percibe en esos dirigentes, indignados porque Podemos ha puesto en cuestión el carácter modélico de nuestra Transición, medalla que ellos tenían colgada al cuello.
Ahora el PSOE se encuentra en la situación endiablada en que él mismo se metió. Pase lo que pase siempre le perjudicará, salvo que haga ahora lo que no quiso hacer antes, pero ahora con menos medios. Cualquier otro camino que el PSOE emprenda volverá a dejar claro que prefiere la derecha a la izquierda (algo que viene ocurriendo desde los tiempos de Felipe González).

La decepción de Unidos Podemos
Es natural que la inesperada pérdida de un millón de votos por Unidos Podemos haya desconcertado a sus dirigentes.
Pablo Iglesias dice que hay que pasar de un ejército de partisanos a un ejército regular, y que esto es muy complicado, añadiendo preventivamente que tal vez en las próximas elecciones no sólo no consigan el poder sino que se den “un hostiazo”. Por su parte el número dos de Podemos, Íñigo Errejón, aventura que podrán ganar las próximas elecciones, pero que para ello deberán cambiar, ser menos sexy, más predecibles.
Tratando de explicar esa pérdida de votos unos hablan del liderazgo, otros de la coalición con IU, otros del diseño de la campaña, o del castigo por no haber propiciado un gobierno del PSOE con Ciudadanos, o del miedo, o del Brexit.

La coalición con IU
Errejón ha dicho que el acuerdo con IU no parece haber funcionado y que sobre el eje izquierda-derecha es más difícil construir una mayoría nueva, razón por la que considera que debe evaluarse la continuidad de la coalición. Él defiende un plan que rechaza la identificación con los postulados de la izquierda tradicional. ¿Con qué base teórica? Se trata de meros barruntos acerca de si esa identificación favorece o no electoralmente.
En cambio tanto Pablo Iglesias como Alberto Garzón quieren hacer estable esa alianza, pero con algunas divergencias.
Garzón (en Miguel Roig: Conversación con Alberto Garzón. Boceto de un futuro posible, Editorial Turpial) critica la moderación ideológica de Podemos en sus dos versiones, la táctica (“algo que te permite ocultar tus verdaderas intenciones y, una vez que lo has ganado, sacas la realidad profunda de tus pensamientos”), y la del convencimiento (creer que nuestro país no está preparado para una ruptura democrática y que por lo tanto lo que hay que hacer es moderar el discurso).
Discrepa Garzón de ambas actitudes, más de la segunda, porque no hacen “un análisis materialista de lo que está sucediendo”. “Es muy raro ver un artículo de alguien de Podemos que hable de economía, de las condiciones materiales de la vida”, afirma. “Cuando Podemos habla de construir pueblo [objetivo que guía a Errejón y los suyos], habla de hacerlo a través del discurso única y exclusivamente, no hay un vínculo con la realidad material”, y eso convierte al partido en una simple maquinaria electoral sin anclaje en la vida cotidiana de la gente en sus barrios. Para él la forma de construir pueblo, o de que una amplia mayoría de ciudadanos apoye su candidatura, tiene que ver con la praxis. El mejor ejemplo es, en su opinión, el trabajo de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca.

Una estrategia que nunca ha funcionado
Seguramente la unión de la izquierda (no importa su efecto inmediato en un resultado electoral) es algo beneficioso, y estoy de acuerdo con la crítica de Garzón a la estrategia ideológica de Podemos, aunque no con la solución que insinúa.
Dejando aparte que una cosa es el análisis económico y otra la praxis entendida como anclaje en la vida cotidiana de la gente en sus barrios (cabe hacer análisis económicos sin esa praxis y lo contrario), lo cierto es que esa praxis, por más que sea indispensable, no suele dar resultados electorales y no es suficiente para “construir pueblo”. Los únicos que desde la Transición han estado a pie de obra, los que se han implicado en los problemas de la gente, han sido siempre partidos y organizaciones a la izquierda de la socialdemocracia. Pero recuerdo las muchas decepciones de los comunistas cuando, después de haber sido los únicos que estuvieron luchando por solucionar un problema de barrio, comprobaban que la gente de ese barrio no les votaba en las elecciones siguientes. Ahora, por primera vez, estas acciones se han llevado un premio electoral en algunos lugares, como en Cataluña gracias a la Plataforma de los Afectados por la Hipoteca, pero tal vez no se hubiera dado sin la personalidad de Ada Colau y además no es seguro que esa adhesión popular sea estable. Desde enfrente se sabe muy bien qué hacer para desactivarla.

OTRO TIPO DE ANÁLISIS

Tras las elecciones de Diciembre y refiriéndome a una posible repetición escribí en este blog:
“Si mejoran los resultados, algo se habrá ganado sobre el presente. Si no mejoran, o incluso si empeoran, no pasa nada, esto es una carrera de fondo, no caben las prisas [... ]. No debe importar tanto el poder inmediato como hacer que vaya creciendo la conciencia ilustrada entre los españoles (sin la cual nada bueno se puede conseguir que sea persistente).”
Creo que hay que insistir en ello. Si la izquierda no busca el poder por el poder, si quiere lograr un apoyo bien informado, sólido y continuo de una parte suficiente de la población, si pretende que algún día nuestro país se aproxime al ideal democrático (algo todavía desconocido), es decir, si desea una sociedad donde personas ilustradas, justas y pacíficas se autorregulen con autonomía, entonces debe tener claro que estamos en una guerra larga y que la tarea de hoy no debe interpretarse por sus efectos inmediatos, sino a largo plazo. Por supuesto que hay que dar batallas para mejorar la suerte de quienes lo están pasando peor, pero sin perder de vista en qué tipo de guerra estamos.

El país que tenemos
Una organización de izquierdas ha de tener una idea operativa de la población en que actúa, tanto la que le puede ser favorable, y hasta qué punto, como la contraria. Sólo así se puede diseñar una actuación estable y fructífera.
Estas elecciones han venido a dejar claro, una vez más, la clase de población que compone nuestro país.

Votantes del PP
Un tercio del electorado ha votado al PP a pesar de que todo el mundo sabe de sobra que, hundido en una corrupción estructural, ese partido es, según declaración judicial, una organización criminal para delinquir, condición que ha quedado confirmada, si necesario fuera, por las actividades de su ministro del Interior. Añádanse las políticas fiscales y laborales que el gobierno del PP ha ejecutado contra la mayoría. De manera que el voto al PP de una gran parte de la población española es síntoma de una enfermedad moral en la que se perciben los conocidos ingredientes de egoísmo, ignorancia y miedo. A lo más a que llegan algunos comentaristas es a hablar del voto del miedo, pero como si el miedo hubiera acometido a una población “normal” y no tuviera que ver con un problema de salud cívica de enorme dimensión.

Votos perdidos por Unidos Podemos
El millón de votos perdidos por la coalición Unidos Podemos pone de manifiesto poca consciencia del momento en los abstencionistas y poca lucidez respecto al proyecto de izquierdas. A muchos no nos han gustado algunas cosas, pero ello no es suficiente razón para dejar de votar a la única opción que, desde el comienzo de nuestra mal llamada democracia, se presenta libre de hipotecas y capaz de proponer una política que no esté previamente diseñada y bendecida por el poder económico (tanto el de dentro como el de fuera). Poco lejos se puede llegar si una parte importante de la población que apoya un determinado programa electoral puede dejar de apoyarlo por cuestiones tan episódicas como la simpatía o antipatía que provoque un líder, el error que se cometió al hablar o al callar sobre esto o aquello, o un imprevisto suceso internacional. Más aún si se tiene en cuenta que ese programa electoral, si se empieza a ejecutar, provocará una oposición virulenta de los poderes económicos e ideológicos, y probablemente con temporales perjuicios para una parte de los que lo votaron. Imaginemos que ese millón de votos hubiera acudido a las urnas: ¿qué confianza merecería su apoyo a lo largo del tiempo, siendo así que en cualquier momento podría dejara de apoyar, como ya ha hecho? Por tanto, cuando ahora algunos dirigentes de Podemos creen que la tarea consiste en recuperar esos votos ¿qué esperan de esa recuperación?

El problema de la izquierda
La izquierda quiere intervenir en política para acabar con la dominación y explotación que la mayoría de la población sufre, pero no sabe cómo conseguir que esa mayoría se sienta implicada, es decir, que vaya cambiando conceptos y valores hasta un punto en que sea consciente de su situación dentro de la estructura social, y sea capaz de resistir las múltiples maniobras que el poder de los dueños del dinero sabe poner en marcha.
Esto requiere acciones a largo plazo según un programa que todo partido de izquierdas debería tener bien desarrollado y fundamentado, pero del que nada he oído ni leído desde que en nuestro país hay elecciones. Ese programa no se puede formular con éxito sin una teoría adecuada.

La teoría
Si nos preguntamos desde qué teoría planificar la acción política, no es difícil la respuesta, porque la única teoría general que se mantiene en el campo social es la marxista. A mediados del pasado siglo se intentó oponerle una teoría conservadora, la funcionalista propuesta por T. Parsons, pero fracasó por su voluntario desconocimiento de los aspectos disfuncionales del capitalismo, que están ahí de múltiples formas, se quieran ver o no. Ante ese fracaso, los conservadores decidieron el abandono de las teorías generales, dando sólo por buenas las de medio y corto alcance, que claro está, poco explican.
Desde entonces se ha intentado acabar con el marxismo no mediante una alternativa teórica preferible, sino afirmado que es cosa del pasado por sus errores, sus predicciones incumplidas y por los crímenes que cometieron dictadores que lo invocaban (no importa que actuaran contra su sentido).
Ahora empiezan a darse cuenta muchos de que sólo desde el marxismo se puede explicar el proceso histórico presente. De ahí que levanten cabeza postmarxismos de distinta naturaleza que intentan sustituir algunas tesis erróneas de Marx.
En uno de ellos milita el mentor de Errejón, Ernesto Laclau, que ha criticado con acierto las tesis marxistas referidas al papel de la clase obrera y que se ha propuesto desarrollar el concepto de hegemonía de Lenin y Gramsci. Pero no es el concepto de hegemonía el que nos puede servir para resolver el problema antes indicado, y menos si para su desarrollo se va a buscar, como Laclau ha hecho, en Lakan, Foucault, Derrida y Barthes. Ni adrede pudo elegir peor. Estos autores estuvieron de moda por el atractivo que ejerce lo incomprensible (fueron maestros de la oscuridad ambigua) y afortunadamente van sumiéndose paulatinamente en el olvido. Ninguno de ellos ofrece material valioso para remediar el verdadero defecto del marxismo, que es la ausencia de teoría psicológica.
Algunos teóricos valiosos (Lev Vigotski, Mijaíl Bajtin, Erich Fromm) han sido conscientes del problema e intentaron solucionarlo, y otros posteriores (Basil Bernstein, William Labov) han aportado conocimientos indispensables. El problema es que poco de ellos parece haber llegado a los marxismos de que se nutren los políticos de izquierdas.

La “persona nueva” como condición de la democracia
Marx tuvo el acierto de comprender que no es posible una sociedad igualitaria sin lo que él llamó “el hombre nuevo”. Tuvo también el acierto de denominar falsa conciencia al pensamiento de los individuos que no es consecuente con sus condiciones materiales de existencia, esto es, con sus intereses de clase, como cuando el proletario adopta la ideología de la clase que lo explota.
Sin embargo su formulación (recordemos aquello de “es el ser social el que determina la conciencia, no la conciencia la que determina el ser social”) vino a sugerir que la superestructura ideológica es dependiente de la estructura económica (de manera dialéctica, sí, pero que Marx no explicitó), y que por ello una revolución que expropiara a la burguesía de los medios de producción generaría de manera inevitable el nuevo tipo de persona.
Esto no es así, como ha demostrado la historia posterior. Hubo países en los que los medios de producción fueron de propiedad pública durante décadas y ahora podemos ver qué tipo de población se produjo en ellos.
De manera que, aunque el análisis de lo que ocurre en la estructura económica es imprescindible y sigue siendo muy aclarador en el marxismo, la relación de esa estructura con la fabricación de las mentes y con la modificación de estructuras semánticas consolidadas ha sido la parte débil de los políticos y teóricos marxistas.

La fabricación de la falsa conciencia
La iglesia y los grupos dominantes han tenido muy claro, desde siempre, que la educación es una palanca imprescindible para el control social. A diario se utilizan escuelas, púlpitos, catequesis y medios de comunicación privados, además de los públicos cuando la derecha los controla, así como la omnipresente publicidad, para expandir sin oposición una ideología cuyos elementos cognitivos y afectivos determinan qué es el Bien y qué es el Mal. Esa ideología arraiga en una gran parte de la población y son luego las familias los centros primarios de transmisión.
Desde ella se afirma o se da por supuesto un conjunto de verdades productoras de afectos, entre ellas las siguientes:
Vivimos en una democracia que se opone a dictadura y a falta de libertad. En ella la ley y el mercado (que es consustancial con la democracia y que junto con ella constituye el Sistema) determinan lo que debe ir legítimamente al bolsillo de cada cual.
Las leyes son elaboradas y promulgadas por los ciudadanos a través de representantes elegidos libremente y sólo comprometidos con el interés de sus votantes.
La patria es el hogar de todos los ciudadanos, todos hermanos dentro de ella: ricos y pobres unidos en la emoción por el gol que hace a la patria campeona del mundo.
La libertad de expresión exige el máximo respeto a los medios de comunicación privados, representantes de esa libertad frente a los medios públicos.
Salud, dinero y amor. La riqueza y el consumo son los bienes preferibles. El ideal: llegar a ser rico, muy rico, cuanto más rico mejor. Si alguien tiene suerte en los negocios puede ser rico sin límites, y eso no perjudica a nadie. Al contrario, beneficia a otros si el rico crea puestos de trabajo. Y cualquiera puede ser rico gracias a la lotería. ¡Atrévete a ser millonario! La admiración por los ricos de la lista de Forbes se estimula en todo momento.
La iniciativa del emprendedor se premia, el que no consigue nada es porque no lo intenta con fuerza suficiente. El pobre lo es porque no hace lo necesario para salir de la pobreza y nada tiene que reprochar al sistema. Y aun así no se le deja en la estacada, que para eso tenemos un Estado del Bienestar que nos coloca a la cabeza del mundo en el respeto a los Derechos Humanos. No hay más que pedir, si acaso procurar que ese Estado del Bienestar no se venga abajo.
Porque resulta que está en un peligro del que nadie es culpable: la globalización es algo que está ahí y no se puede ignorar, y a ella y a la revolución digital se achacan beneficios, pero también males inevitables. La precariedad laboral, los bajos salarios, la inseguridad de las políticas sociales, la necesidad de que cada cual se agencie sanidad, educación y pensión privadas, todo eso ha venido para quedarse y a ello hay que adaptarse.
En toda sociedad el conflicto es natural. Por encima está él interés de la ciudadanía, o de los españoles, un interés que condensa mil intereses distintos, pero conciliables mediante la negociación y el pacto.
Al tiempo que la ideología conservadora proclama estas verdades, condena perversiones sociales como el comunismo, ligado a dictadura, pobreza, ineficacia y crimen, el ateísmo, el antipatriotismo separatista. Y también el radicalismo de los que gritan mucho, quieren acabar con el sistema y no saben lo que se traen entre manos. Grecia nos muestra adónde llevan los antisistema radicales. Entre otras cosas a poner en peligro la propiedad que cada cual ha ido consiguiendo con el honrado trabajo: sus ahorros, su segunda vivienda.
A primer plano pasa el terrorismo cada vez que hay un atentado, relacionado con el Islam y con inmigrantes que vienen y van. ¿Cómo hay seres tan inhumanos y crueles, que asesinan indiscriminadamente sin posible justificación? Es necesario un poder fuerte que nos defienda de este peligro. Enfrente están quienes intentan explicar el terrorismo, que es lo mismo que justificarlo.

La campaña electoral como oportunidad frustrada
La palanca fundamental para el control social no violento consiste en la transmisión de esos significados y valores, y de otros de semejante sentido.
Por tanto, el esfuerzo por sustituir esos significados y valores por sus contrarios es una palanca imprescindible para la emancipación. Y no es fácil, pues se trata de significados y valores muy bien instalados en las mentes.
Este es el verdadero campo de batalla de la izquierda, el ideológico, no el electoral. Pues los resultados sólidos en este segundo serán consecuencia de lo conseguido en el primero.
Si la izquierda tuviera un programa de lucha ideológica utilizaría instrumentos específicos (Círculos, centros de investigación, enseñanza y difusión; escuelas y medios de comunicación) y aprovecharía las oportunidades (campañas electorales, oposición en el Parlamento).
No es momento de hablar de ese programa ni de por qué no existe, así que voy a limitarme a comentar la campaña electoral como oportunidad perdida.

La moderación ideológica
Reitero una crítica que ya expuse antes de las elecciones: los dirigentes de Podemos fueron primero víctimas de un entusiasmo juvenil que les llevó a euforias evitables, como repartir a destiempo puestos de gobierno, o a caer en excesos verbales que facilitaron que se acusara a Pablo Iglesias de arrogante, de mero buscador del poder, etc. El problema fue que para corregir este error se cayó en el contrario, el de vestir piel de cordero y presentarse con un conformismo inocuo, renunciando a la firmeza ideológica que hubiera sido de desear.
Ejemplos son: rehuir temas como Venezuela y Grecia (en lugar de atacarlos directamente para explicar la propia posición, única forma de desactivar los ataques oportunistas); las explicaciones de Iglesias sobre su comunismo, sus alabanzas a Zapatero, etc., cosas todas reveladoras del uso de tácticas electorales que entran en contradicción con una estrategia ideológica bien pensada. Añádase la introducción de temas inoportunos como el del peronismo, que añadieron confusión.
En otros momentos he disculpado la moderación ideológica de Podemos achacándola al temor a la reacción de los medios. Pero hay que añadir que esa moderación ha sido reveladora de poca consistencia teórica respecto al tema de la lucha ideológica y su importancia, pues ha resultado profundamente deseducativa (o si se prefiere, ha servido para afianzar significados conservadores).

Ocasiones perdidas
Se pueden decir muchas cosas obvias acerca de cómo abordar, para desactivarlo, cada uno de los significados que componen el Bien y el Mal conservador. Me limito aquí a estos puntos:
(a) El “no nos representan” y “la casta” son expresiones que pierden fuerza si no se asocian a una crítica a la “democracia” en que vivimos. De poco sirve hablar del IBEX 35 y de las puertas giratorias si se presenta todo esto como algo que puede cambiar si Podemos consigue el poder. Por el contrario, se trata de que la gente vaya sabiendo que los males políticos de nuestro país no son debidos a una perversión ocasional de estos o aquellos gobernantes, sino que forma parte de la estructura de la democracia burguesa desde su fundación, concebida como mecanismo legitimador del poder de una minoría sobre la sociedad entera. Tal mecanismo exigió primero privar del derecho de voto a los que carecían de propiedades (por la razón expresa de que, siendo mayoría, podrían votar contra la propiedad), derecho que se les concedió luego, cuando se comprobó que era fácil inducir la esclavitud voluntaria. Derecho que finalmente se revoca por la fuerza si los de abajo se muestran reacios a la sumisión (caso, entre muchos, de Grecia). Hay que explicar a la gente cuáles son los requisitos de la democracia, que en nuestra sociedad no se dan, entre otras cosas porque no deciden los votantes, sino los que controlan el dinero y los mercados. Es profundamente deseducador decir que la democracia española está suficientemente consolidada.
(b) No basta hablar de ricos y pobres si no se explica hasta qué punto la riqueza excesiva es un crimen y no algo loable y deseable, pues habiendo una relación causal entre riqueza y pobreza, y siendo la riqueza de un país la que es, si algunos pocos se llevan la mayor parte, sólo queda la parte menor para repartir entre los restantes. Todo lo cual exige denunciar la idea (realmente estúpida, pero asociada por la derecha a riqueza y libertad) de que es el mercado el que debe decidir cómo se reparte la riqueza de un país. Hay que afirmar, una y otra vez, que hasta que no haya una limitación a la riqueza privada la democracia no será posible.
(c) No tiene sentido apropiarse de la palabra “patria” si al mismo tiempo no se explica que la patria está por construir y que eso a lo que ahora se llama patria es una mentira con la que se disfraza la oposición de intereses irreconciliables, los de la minoría dominante y los de la mayoría dominada. No existen los derechos generales de los españoles (salvo a un nivel muy vago y nada conflictivo), sino intereses contrapuestos, los de estos frente a los de aquellos.
(d) Al presentar su adhesión al comunismo como una enfermedad juvenil, Iglesias ha desaprovechado la ocasión de explicar algo asimilable por una gran parte de la población: que la moral cristiana (despreciada de tantas formas por la Iglesia Católica y por muchos de sus fieles) coincide con la moral comunista, y que no hay nada tan opuesto al cristianismo como el carácter depredador de la economía capitalista. Se ha perdido una ocasión de explicar que izquierda, marxismo y comunismo son una apuesta por la realización de los ideales ilustrados: libertad, igualdad y fraternidad.

Es necesario exponer las verdades que ofenden y molestan a los conservadores
Si se va por la vida política tratando de no molestar, resultará que no se puede explicar el papel que en los males de nuestro país está jugando el poder financiero, especialmente el alemán y el americano y sus representantes políticos, no vaya a ser que los alemanes y los americanos se enfaden y tengamos luego que sufrir las represalias. Resultará que hay que ir a la base americana en Torrejón para mantener una ridícula entrevista con Obama de tres minutos, y luego quejarse de que no hubo tiempo de decirle nada.
Para no ofender al PSOE no se podrá insistir en que el escándalo de que los ricos y las grandes corporaciones apenas paguen impuestos se debe a las leyes fiscales que PP y PSOE (Zapatero incluido) han venido promulgando como servidores del poder económico, y a su falta de interés para perseguir el delito fiscal.
No se podrá proclamar que los impuestos indirectos son un crimen que se perpetra para ahorrar impuestos a los que más tienen (ya que atacar el IVA sería atacar a las Instituciones europeas, salir del Sistema, y exponerse a mil críticas).
Algo parecido a lo ocurrido en la campaña electoral ocurrirá en la oposición parlamentaria si se mantiene la estrategia de perfil bajo. Se perderá una ocasión de enfrentarse a la derecha en el terreno de la verdadera batalla.

Un mal uso de los medios
No ha sido buena la decisión de acudir a los medios privados cada vez que lo han reclamado en su propio beneficio, pues desde ciertos programas poca información relevante se puede enviar y sólo caer en la trivialidad que lo engulle todo, o en la ceremonia de la mentira que el formato de algunos programas facilita a los Marhuenda e Inda de turno. Acudiendo a esos programas sólo se ha conseguido legitimarlos y participar del confuso ruido que generan.
Pero peor ha sido oír a Iglesias echar flores a los medios de comunicación que estos no merecen, como si así se pudiera frenar su extrema agresividad, cuando la única defensa es ponerlos en evidencia explicando a su audiencia el por qué de esa agresividad. Se han perdido ocasiones de denunciar en los propios medios su sectarismo, consecuencia de la propiedad privada a cuyo servicio actúan. Es necesario que la gente sepa quienes son los propietarios y cómo ningún periodista contratado puede actuar contra los intereses de aquellos. Aprovechando que medios como los de PRISA se presentan como objetivos y modélicos, hubiera estado bien denunciar públicamente que a sus páginas de opinión y a sus tertulias sólo son invitados representantes del pensamiento conservador, solicitando participar en ellas para representar al pensamiento de izquierdas. Hecha pública denuncia y solicitud, la reacción de la empresa habría sido en todo caso ilustrativa.

SOBRE EL “QUÉ HACER” DE LA IZQUIERDA

Continúo lo escrito en la entrada anterior.

GANAR ELECCIONES: ¿PARA QUÉ?
Si se da a los partidos políticos un carácter instrumental, hay que tener claro el fin al que sirven de instrumento. La pregunta a la hora de concurrir a unas elecciones debe ser: conseguir votos ¿para qué?
En primer lugar parece razonable que las metas que se proponen, incluso aunque difíciles, sean accesibles (al menos contando con el apoyo activo de una mayoría).
Para un partido de izquierdas hay una meta final, por ahora inalcanzable y que por tanto no cabe proponer, pero que ha de servir como punto de referencia para metas de menos alcance. Esa meta última es una sociedad racional y justa, donde las personas sean ejemplares del tipo que hace posible la democracia, el descrito por Marx cuando habló del “hombre nuevo”.
Tal meta es por ahora inalcanzable porque ese tipo de persona tiene pocos ejemplares y la tarea de generalizarlo no es de un día para otro, ni siquiera de una generación para otra. Hay por tanto que fijarse metas intermedias y otras próximas, inaplazables, pero concebidas todas como estaciones en la ruta hacia la meta final (y por tanto hay que poder argumentar en qué medida acercan). Entre las inaplazables está la de socorrer de inmediato a los que están sufriendo la crisis desde la pobreza. Está luego la de deshacer las reformas contra la población que ha venido perpetrando la derecha. Se impone una contrarreforma laboral y otra educativa, una reforma fiscal, la recuperación de servicios públicos privatizados y medidas que democraticen la vida política. Y a partir de aquí ir avanzando todo cuanto se pueda hacia una distribución más equitativa de la riqueza social.
Pero todo ello tendrá corto recorrido si no se acomete la tarea principal, la de dar unos primeros pasos en el proceso de transformación de la población.

EL ENEMIGO NATURAL
Y es que hay que tener claro que una política progresista encontrará dos enemigos: el natural y el inducido.
El enemigo natural es la élite económica y las élites conservadoras que trabajan a su servicio (mediática, intelectual, funcionarial y política), convertido en una fuerza formidable y despiadada en parte por la desaparición del contrapoder que era la URSS y en parte por la claudicación de la izquierda.
La socialdemocracia se ha derechizado por diversas razones: pérdida de autonomía por su endeudamiento con la banca; incapacidad de resistir el chantaje al que se han lanzado los mercados; miedo a perder electores sometidos a la impresionante presión de los medios de comunicación privados; e interés de dirigentes comprados mediante privilegios, puertas giratorias, sobornos, etc. (vean, por ejemplo, la riqueza conseguida por el promotor de la tercera vía, Tony Blair, o lo bien que le van las puertas giratorias a González). Por razones en parte semejantes los partidos eurocomunistas han girado a su derecha para jugar un papel socialdemócrata con poco éxito: han perdido una gran parte de afiliados y votantes.
En todo caso la desvirtuación de estos partidos les ha impedido liderar con éxito la lucha por el mantenimiento y expansión de los derechos de la mayoría. Y así, libres las manos, la derecha europea lleva años recuperando lo que había tenido que ceder, el dinero con que se financia eso que llamamos Estado del Bienestar.
Pero la izquierda no sólo tiene que enfrentarse a la enorme fuerza de ese enemigo natural. Como se comprueba en las sucesivas elecciones, su propuesta choca también con la voluntad de muchos que, perteneciendo a la mayoría perjudicada, votan a los representantes de la minoría que los perjudica. Y es que el poder económico no se engaña respecto a sus intereses, pero mucha gente de abajo sí. Pues aunque cada persona tiene una idea acerca de sus intereses, no todos los intereses subjetivos están asentados en razones objetivas.

LA BATALLA IDEOLÓGICA
Llegamos así a una cuestión crucial de la que la izquierda integrada en el sistema se ha venido despreocupando en las discusiones teóricas y en los programas electorales. Me refiero a su actividad en el espacio semántico. Ha creído que la batalla contra la derecha es electoral, ignorando que es sobre todo ideológica. No ha sabido entregar a la población, en forma comprensible, el conocimiento necesario para que se libere de los valores e ideas que la derecha ha venido inculcando sin descanso. O seguramente más exacto: no se ha atrevido. Y así le ha ido.
Hay que partir de una idea que choca con el saber común y que se debería enseñar en las escuelas: que las personas no nacen, sino que se fabrican. La gente no es como es por nacimiento, sino por cómo ha sido fabricada socialmente. La sociedad es, antes que nada, una ingente fábrica de personas en los espacios biológico y cultural: se engendran niños y estos se hacen personas al aprender la lengua de su grupo, que no es sólo capacidad para decir y entender expresiones. La lengua materna es sobre todo un sistema de conexiones cerebrales entre las palabras por una parte, y las percepciones, afectos y acciones por otra. El aprendizaje va haciendo que palabras como libertad, democracia, dictadura, riqueza, pobreza, éxito, fracaso, placer, dolor, deber…, junto a calificaciones como posible, probable e imposible, causa y efecto, bueno y malo, verdadero y falso, peligroso e inofensivo, premio y castigo, y sus derivadas, vayan relacionándose en cada mente con otras muchas expresiones, experiencias y situaciones, sean vividas o imaginarias, y configurando así la subjetividad de las personas: su alma.
En las sociedades elitistas la minoría dominante controla la fábrica de esas conexiones mediante planes de estudio, medios de comunicación y un ejército de comunicadores, publicitarios y expertos cargados de títulos. Y la población inerme, colocada día tras día, a lo largo de toda su vida, delante de televisores, radios, púlpitos y periódicos, es incapaz de captar la mentira por debajo de las tonalidades dignas, severas, impresionantes, de la legión de embusteros.
El resultado de la desigual batalla ideológica (porque la izquierda no ha comparecido) ha sido la consolidación, en una gran parte de la población, de una ideología en la que prosperan “ideas fuerza” elementales, pero muy efectivas: el comunismo es algo siniestro; el capitalismo no tiene alternativa; es el único sistema compatible con la libertad y la democracia, y el único que crea riqueza; crear riqueza es el paso previo para luego repartirla; los enemigos del capitalismo pretenden volver al estalinismo (dictadura sangrienta) y a la ineficacia económica (colas, racionamiento), y propugnan unas políticas que volverán a hundir al país en la crisis; de ella estamos saliendo gracias a las inteligentes políticas de la derecha; los modelos de la izquierda son Cuba, Venezuela o Corea del Norte; lo más deseable es el dinero; subir impuestos es malo, bajar impuestos es bueno; el Estado debe reducirse y no interferir con la libertad individual; lo público funciona peor que lo privado… Etcétera.
Los charlatanes adalides de la derecha están capacitados para decir todo esto sin que se les mueva un músculo de la cara.
A su lado hay otros más dignos, que critican el aumento de la desigualdad y el deterioro de la democracia, pero sin condenar la causa: el capitalismo. Parecen movidos por una impecable tensión ética, pero son los más peligrosos, porque son los más fiables. También ellos están dedicados a la mentira persistente, y no porque no digan algunas verdades, que las dicen, sino porque, al no abordar la verdad básica, pierden el contexto y sus verdades dejan de serlo.
El efecto de la ideología conservadora es promover en la población ignorancia, egoísmo y miedo, que actúan entrelazados y reforzándose.
Dado que una mayoría que supiera lo suficiente no se dejaría dominar y explotar con engaño, la ignorancia es imprescindible para que el sistema elitista subsista. La ignorancia se relaciona con el miedo porque hace percibir peligros allí donde los señalan “los que saben”. El egoísmo es con mucha frecuencia producto del miedo (a perder lo que se tiene, o a que te lo arrebaten otros, o a no conseguir lo que se desea) y resulta funcional como obstáculo a movimientos sociales solidarios que podrían desembocar en una política popular.

LA TAREA BÁSICA DE LA IZQUIERDA
Por ello muchos de los que votan a los conservadores no son necesariamente personas sin sentimientos de empatía y solidaridad. Pueden ser benévolos y altruistas en su medio privado, y también lo serían en el público si supieran lo suficiente, porque entonces no se dejarían seducir o asustar con mentiras.
Así que, dada la implacable oposición del enemigo natural a toda política razonable, una tarea de la izquierda, la básica, de la que dependen otras que se pueda proponer, es la lucha contra la ignorancia y el miedo que hace que muchos sean enemigos cuando por sus intereses objetivos deberían ser aliados. Sobre todo teniendo en cuenta que van a ser muy necesarios como aliados.
Esto no se puede conseguir de la noche a la mañana, pero desde el primer día hay que recuperar algo del mucho tiempo perdido. Si llega al poder una nueva izquierda tiene varias vías por las que avanzar:
Una es la pedagogía en que consiste el ejercicio del poder político si es honrado y valiente, y además transparente, consistiendo esto último sobre todo en mostrar las dificultades y oposiciones que encontrarán a cada paso las decisiones que no gusten al capital, por racionales y justas que sean. Seguro que los griegos han aprendido más sobre el sistema político mundial en estos últimos meses que durante siglos.
Otra vía es la mejora del sistema educativo, incorporando a él en primer plano los conocimientos que tienen que ver con el individuo, la sociedad y su relación. ¿Cómo es posible que nuestros jóvenes salgan de la educación obligatoria sin noticia de los argumentos de la izquierda (los de la derecha son el aire que se respira) acerca de la economía de mercado y del sistema capitalista que sobre ella se sustenta, e ignorando las formas en que el sistema social afecta a la psicología individual?
Finalmente, hay que disponer de medios de comunicación que no pertenezcan al capital y que puedan contrarrestar el demoledor efecto de los medios privados.
Esta es tarea que la izquierda no ha sabido acometer, pese a contar con la fuerza que proporciona la verdad cuando se sabe exponer. Últimamente La Tuerka ha ido en esta línea, y ha tenido su efecto, pero claro, es muy poco respecto a lo que hace falta. Encontramos también análisis interesantes en alguna prensa y actividad cultural, como las de Unificación Comunista de España, pero de escasa difusión y lastradas por el carácter partidario.
Si se consigue el poder es mucho más lo que se puede hacer en la imprescindible necesidad de equilibrar el espacio ideológico, hasta ahora prácticamente monopolizado por la derecha. Hay que facilitar que llegue a todas partes la voz de comunicadores y expertos progresistas que sepan reivindicar con los mejores argumentos, frente al ejército conservador, tres ideas: que las llamadas democracias son en realidad plutocracias que dominan y explotan (y por cuya irracionalidad e injusticia todos somos perjudicados en aspectos básicos, no sólo económicos); que cabe remedio a todo esto, pero no, como ha creído la socialdemocracia, sin alterar la lógica del capitalismo; y que para alterar esa lógica hay que poner un límite razonable a la riqueza privada. Si la gente va oyendo estas ideas y las muy buenas razones que las sustentan se habrá ganado mucho. En otro caso todo seguirá igual o muy parecido.

UN PARTIDO REALMENTE NUEVO DEBE SER APARTIDISTA
Que entren en liza las sanas ideas de la izquierda no quiere decir que se adoctrine imponiéndolas e impidiendo la defensa de las contrarias. Para esta tarea estorba todo lo que sea partidismo, o catecismo, o argumentario elaborado para el día a día. Hay que dejar paso a la capacidad de arriesgar, a la inteligencia libre y crítica, al afán de aprender de muchos, a la capacidad de enseñar de quien la tenga, a fin de que se provoque la emergencia de esos fondos de sentido común y bonhomía que en muchos permanecen encerrados en el espacio privado y sin influencia en sus preferencias políticas. Un partido aceptable no puede ser una fuente de dogmas, sino un receptor de discusiones y propuestas, y un expositor de ideas, dificultades y alternativas para nuevas discusiones y propuestas. De forma que, cuando el partido actúe, cuente con el apoyo comprometido de los muchos que han tenido algo que ver en la toma de decisiones.
Y esto se debe conseguir con una organización flexible. Aunque en algún momento parezca que se pierde eficacia si se cede en la rigidez vertical, en realidad se gana si miramos hacia adelante. Generosidad e inteligencia son dos cualidades que deberían distinguir a los dirigentes.

UNA NOTA DE ESTILO
En esta y en la entrada anterior he hablado de embusteros y sinvergüenzas. Por más que uno intente ser objetivo, apelar a razones y eludir las descalificaciones y las frases ofensivas, hay cosas a las que debemos llamar por su nombre. Por ejemplo, a la minoría controladora del capital hay que llamarla dominadora y explotadora, puesto que domina y explota, Marx está más vivo que nunca. Llamar criminal a la derecha neoliberal que hoy domina el mundo es redundante si conocemos su programa. Esa derecha es un consorcio de criminales descarados. Pues ¿de qué otra manera podemos llamar a quienes, disponiendo de gran parte de la riqueza mundial, imponen decisiones económicas que les benefician, pero que causan grandes sufrimientos y acortamiento de la vida a millones de personas (por caída en la pobreza, inseguridad, desatención sanitaria, desnutrición, angustia, suicidios) y daños irreversibles a los muchos niños que viven en hogares sin recursos?
Es lamentable tener que utilizar ciertos adjetivos, pero los impone el simple afán descriptivo. Vean ahí a los del Fondo Monetario Internacional (del que, no lo olvidemos, fue director gerente el delincuente Rato), alabando la política de Rajoy, sin tener para nada en cuenta los millones de personas a los que esa política ha arrojado a la pobreza, a los que ha privado de derechos laborales elementales y por tanto de su dignidad y seguridad, y a los que ha recortado prestaciones sanitarias y educativas. Los representantes de esa institución se pasean por el mundo como personajes, cuando deberían estar perseguidos por la justicia y encarcelados. Sin ir más lejos por sus últimas recomendaciones a España: que se abarate aún más el despido, que se suba el IVA de los bienes de primera necesidad y que aumenten los recortes en educación y sanidad. ¿Se le ha ocurrido al FMI recomendar que se aumenten los impuestos a los ricos? Pues claro que no. Y hay gente que da mucho valor a sus felicitaciones, cuando deberían llenar de sonrojo, porque, viniendo de donde vienen, son prueba de que se va por el peor camino.

LEGISLACIÓN DEPREDADORA Y FALSA CONCIENCIA

Ahí va una relación de asuntos hirientes (de menos a más)

Políticos de profesión que miran por sí mismos

Apenas 48 horas después de comunicar su dimisión como ministro de Justicia y de asegurar que abandonaba definitivamente la política, Alberto Ruiz-Gallardón se incorporó al Consejo Consultivo de la Comunidad de Madrid (organismo dedicado a deliberar sobre asuntos varios) a cambio de un sueldo de unos 8.500 euros brutos al mes (5.500 netos) y del “apoyo personal y los medios materiales que necesite para el desarrollo de sus funciones representativas”. El cargo tiene carácter vitalicio.

Queda reflejada en este hecho la concepción que de su propia actividad tienen nuestros políticos y de lo bien que legislan en su propio beneficio. (Por ello, perdonen el inciso, es relevante que los cinco eurodiputados y los quince diputados andaluces de Podemos sólo cobren 1900 euros y donen el resto, asunto que no han puesto en primer plano, como merece, los principales medios de comunicación).

Pero volviendo a Gallardón, ¿es su sueldo como consejero vitalicio lo único que ganará? Claro que no, sobre todo si consigue alcanzar alguna puerta giratoria.

Una puerta giratoria impune

Cristóbal Montoro, actual ministro de Hacienda y Administraciones Públicas, fue secretario de Estado de Economía de 1996 al 2000 y ministro de Hacienda del 2000 al 2004. En 2006, siendo eurodiputado por el PP, fundó un despacho de asesoría financiera y fiscal denominado Montoro y Asociados.

A ese despacho se llevó la cúpula del Ministerio de Hacienda al completo (los que fueron sus números 2, 3, 4 y 5, entre ellos el que fue director de la Agencia Tributaria).

Ese fue el camino de ida. El de vuelta (del bufete al Ministerio) tiene, de momento, dos miembros: Pilar Platero, que ha vuelto para ser subsecretaria de Hacienda y Administraciones Públicas, y el propio Montoro, que desde 2011 es de nuevo ministro. Otros miembros del despacho recuerdan en sus currículos que se encuentran en situación de “excedencia voluntaria”. O sea, que pueden volver al ministerio en cualquier momento.

Este trasiego entre ministerio y despacho es justificado por Montoro diciendo, impávido, que todo es muy normal, que las personas van y vienen.

El ir y venir consiste en este caso en utilizar los conocimientos, relaciones e influencias derivados de los cargos públicos para hacer negocio, por lo general contra los intereses públicos. Los beneficios del despacho (suculentos sin duda) se obtienen asesorando a su alta clientela para que pague menos impuestos (y lo que atrae a esa clientela es precisamente que el asesoramiento proviene de gente que dirigió el ministerio y la Agencia Tributaria).

Por lo demás todo muy de acuerdo con nuestras leyes. Pues en 2008, cuando Montoro fue elegido diputado por Madrid y portavoz de la Comisión de Economía y Hacienda, vendió a su hermano su participación en ese despacho, que ahora se llama Equipo Económico. Ya Montoro nada tiene que ver con él. ¿No está claro?

Pero no seamos severos con Montoro y sus mesnadas, las que vienen y van, porque los sueldos e incentivos de algunos altos ejecutivos son más escandalosos.

Un ejemplo reciente

El pasado septiembre supimos que, con motivo de la compra de Jazztel por Orange, los dirigentes del grupo francés lograron bonus multimillonarios gracias a dos planes de incentivos por importe de al menos 64 millones de euros, 15 de ellos para el consejero delegado. ¡Viva la vida! Quince milloncitos de nada además del sueldo y otras gabelas. Pero no hay que escandalizarse, todo esto es el chocolate del loro. ¿Qué son quince millones comparados con las decenas de miles de millones que otros han conseguido como por arte de magia y que nadie les discute?

Política fiscal

Si las riquezas de una minoría se ponen en relación con la pobreza y el malvivir de millones de ciudadanos, el contraste es ominoso, pero ¿cómo culpar a los que se enriquecen sin infringir las leyes? Los bonus millonarios no serían posibles si las leyes obligaran a las empresas a pagar más impuestos, de manera que los beneficios no les dieran para tales dispendios, y no habría patrimonios escandalosos si los impuestos progresivos recortaran las fortunas personales a límites razonables. La culpa mayor cae por tanto sobre los que fabrican y ejecutan las leyes que regulan la propiedad y la actividad económica.

Veamos dos ejemplos que muestran hasta qué punto los partidos que se suceden en el poder en los países capitalistas son culpables de una legislación indecente.

a) Pese a que, según informe del Consejo de Asesores Económicos de la Casa Blanca, un 16% de la población de Estados Unidos no tiene suficientes recursos, y 13 millones de niños viven en hogares con bajos ingresos, el Partido Republicano propone reducciones drásticas del gasto federal que, según Paul Krugman, si se llevaran a cabo supondrían recortes despiadados en los cupones para alimentos y en Medicaid (que contrarrestarían con creces su reciente ampliación), y desaparecerían las subvenciones para seguros sanitarios que contempla el Obamacare. El número de estadounidenses sin seguro sanitario se duplicaría.

Pero no se conforman con esto los republicanos. Reclaman además recortes adicionales del gasto obligatorio por importe de un billón de dólares, que tendrían que afectar a Medicaid y a la Seguridad Social. Piden también que se revoque la Ley de Asistencia Sanitaria Asequible, incluidos los impuestos que sirven para subvencionar los seguros. Y parece que se quedan tan convencidos de que están haciendo lo correcto.

b) Por la misma senda va la última reforma tributaria de nuestro Gobierno, que subió los impuestos indiscriminadamente al principio de la legislatura y los baja ahora selectivamente a favor, sobre todo, de las rentas altas y las grandes corporaciones.

Desde el gobierno se afirma que la reforma fiscal favorece a todos, especialmente a los de abajo, pero los cerca de 6 millones de ciudadanos que menos tienen no pueden salir beneficiados, ya que por sus pocos ingresos no pagan el IRPF. Para las clases medias y trabajadoras que sí lo pagan, las proclamadas mejoras serán una limosna (de entre 10 y 300 euros), mientras que las grandes rentas podrán ahorrarse de 4.000 hasta 12.000 euros (el 10% de los ciudadanos con más renta se beneficiará del 60% de la rebaja y, dentro de ellos, el 1% de más renta se beneficiará del 30%).

En cuanto a los 3.000 millones de euros en que cifra el Gobierno la bajada de recaudación en el impuesto de sociedades, la mayor parte beneficia a las grandes empresas.

Vayamos ahora a los perjuicios: las rentas medias y bajas (incluso las que no pagan el IRPF) van a ser penalizadas por copagos y tasas, y por nuevos recortes en educación, sanidad y servicios sociales, de los que son principales beneficiarias, ya que los cambios en IRPF y Sociedades suponen, según cálculos del propio Gobierno, una disminución de 9.000 millones de euros (¡en una recaudación que está en el 37,8 del PIB, 9 puntos por debajo de la media europea!).

Y hay que añadir que esa caída de la recaudación no sólo obligará a recortes, sino también a posteriores subidas de impuestos indirectos, los que se pagan disimulados en el precio de las mercancías, entre ellos el IVA, y que han ido subiendo porque son una maravilla: la gente no es consciente de que los está pagando cuando pide un café o echa gasolina al coche, y son un recurso para llevar dinero a las arcas públicas sin aumentar la presión fiscal sobre los ricos.

Desafortunadamente no hay suficiente conciencia ciudadana de que la imposición indirecta (que sólo debería gravar, y fuertemente, los bienes de verdadero lujo) es un atraco a los millones de ciudadanos cuyos ingresos están por debajo de la media. Volviendo del revés lo que dijo Zapatero en aquel memorable disparate (aquello de que dar la misma cantidad al pobre que al rico es progresista, porque la misma cantidad vale menos para el rico que para el pobre) hay que concluir que quitar al pobre y al rico la misma cantidad por el mismo consumo es muy injusto, porque esa cantidad no es significativa para el rico, pero para el pobre puede ser una condena a la malnutrición, la enfermedad y la pobreza.

Krugman indica que, ya que no se pueden presentar estas propuestas fiscales como lo que son en realidad, enormes transferencias de ingresos de los pobres y la clase trabajadora a los ricos, se venden como si fueran un valiente esfuerzo por suprimir el déficit y pagar lo que se debe. Pura insinceridad.

El Gobierno de Rajoy miente interesadamente cuando calcula que su reforma fiscal supondrá un aumento del PIB del 0,53 por ciento y del empleo del 0,72 por ciento entre los próximos dos años. Ocurrirá lo previsible: que la reducción del gasto público tendrá un efecto negativo, y que un mayor ahorro de las rentas altas y las grandes corporaciones no se traducirá en más consumo e inversión. Pero en todo caso: de poco sirve el aumento del PIB si va a las manos de siempre, y de poco sirve que haya más empleo si es empleo basura.

Una confesión que debería indignarnos

Añadamos otro motivo a esta pintura negra que podría repetir título, dado que su motivo es, como vamos viendo, un verdadero aquelarre.

Jean-Claude Juncker, actual Presidente de la Comisión Europea, confiesa en entrevista a El País que al perder las elecciones en Luxemburgo pensó dedicarse a escribir sus memorias, pero que luego comprendió que “había que contar interioridades inconfesables”, y que de lo que no se puede hablar, hay que callar. ¡Si sabrá él lo de las interioridades inconfesables! Y sin embargo, impávidos, son muchos los que siguen afirmando que vivimos en democracia. ¿Democracia con interioridades inconfesables?

Puesto a confesar algunos pecadillos (de los gordos ya ha dicho que no se puede hablar), Juncker reconoce que la troika fue un error, pues no se respetó la dignidad de los países rescatados al obligarlos a negociar con funcionarios y no con la Comisión o el Eurogrupo. Y añade la impresionante confesión de que cuando se lanzaron los programas de ajuste para varios países europeos no se hizo algo imprescindible: evaluar su impacto social. Hoy vemos, reconoce Juncker, que el 25% de los griegos ha sido expulsado del sistema de seguridad social. Y dice contrito: “Debimos prever este tipo de consecuencias”. Uno se pregunta cómo es que no se sigue un procedimiento criminal contra los que cometieron tamaño “error”. ¿Acaso no son criminales, como mínimo por imprudencia temeraria? Pues ahí siguen tan panchos y amenazantes.

De los nuevos partidos como Syriza y Podemos dice Juncker que a menudo analizan la situación con realismo y señalan los enormes desafíos sociales con agudeza, pero que sus propuestas no son compatibles con las reglas europeas: llevarían a una situación de total bloqueo. Dicho en cristiano: las reglas europeas (esto es, las de la derecha europea) son la causa de los enormes desafíos sociales actuales y al mismo tiempo impiden hacerles frente, puesto que son incompatibles con las propuestas de solución. ¿No habría que cambiar esas reglas? Por lo visto no. Por el contrario, se nos repite continuamente que hay que respetarlas.

Cuando se pregunta a Juncker por qué la flexibilidad llega justo cuando los problemas alcanzan a Francia (a la que se han concedido dos años más para reducir su déficit) responde con evasivas, diciendo que a cambio Francia está obligada a modificar su presupuesto y a cumplir sus compromisos. ¡Pues claro, como los demás! Pero se le ha dado una prórroga de dos años que no se dio a Grecia, Portugal o España. Cierto que España se plegó a todo lo que le exigieron, pero la Grecia salida de las últimas elecciones se ha resistido y con ella se emplea el chantaje y se regatea la concesión de unos meses. ¡Viva esta Europa insensible, gobernada por la codicia de los más ricos, la que nos quieren hacer pasar por Europa maternal!

Es todavía peor el silencio de algunos personajes públicos

Lo dicho hasta aquí es tan malo, tan contradictorio con la continua invocación a los derechos humanos y a la democracia, que resulta sumamente enigmático el hábito de no aludir a su causa y, con frecuencia, de ni siquiera mencionarlo, hábito instalado tanto en los foros políticos como en los medios de comunicación.

Tomemos como ejemplo las entrevistas hechas en la SER al candidato socialista a la presidencia de la Comunidad de Madrid, Ángel Gabilondo, y al nuevo arzobispo de Madrid, Carlos Osoro. Ambos, uno como representante de un partido que se llama socialista, el otro como dirigente de una iglesia cristiana ¿acaso no deberían hacer una crítica convincente de un sistema social tan profundamente injusto? Pues se limitan a decir lo esperable, lo máximamente probable, que en estos personajes consiste en echar balones fuera.

Gabilondo nos dice que “es indispensable que el proyecto de un partido que se llama socialista esté vinculado profunda y radicalmente con la sociedad y con un proyecto de mayorías. Si al PSOE se le cae la ese de socialista tendrá un futuro muy difícil”. Por lo visto el señor Gabilondo no sabe que hace mucho tiempo que al PSOE se la cayó la ese de socialista.

Aparte de hablar de sí mismo para asegurarnos que es persona de principios, y advertirnos de que él no es ninguna salvación, ni panacea, ni ningún milagro, ni un ser especial (¡ah, no lo sabíamos!), habla también de la situación para decirnos que, sin recursos, la igualdad de oportunidades y la equidad se resienten y que por ello hay que afrontar la fiscalidad de Madrid, pero sin alarmas. De manera que el señor Gabilondo cree que la igualdad de oportunidades y la equidad existen (sólo se puede resentir lo que existe) y también parece creer que, si se revisa la fiscalidad madrileña sin alarmar a nadie, la igualdad de oportunidades y la equidad estarán a salvo. Dice también que la educación y la sanidad van a ser sus prioridades absolutas, pero habla de la educación como si tuviera remedio sin cambiar de sistema social. Naturalmente, la palabra “Capitalismo” no aparece a lo largo de toda la entrevista.

Con la que está cayendo, intelectuales que se consideran progresistas practican, ellos sabrán por qué, el arte de hablar sin decir nada, tan caro a los políticos conservadores.

La entrevista a Carlos Osoro nos muestra a un dirigente de la iglesia católica, la de las mil caras, ofreciendo una amable (al menos si se la compara con la del obispo de Granada, el que se ha mostrado pasivo con los curas pederastas y ha llegado a decir que el aborto es más repugnante que el genocidio nazi y que la mujer que aborta da a los varones la licencia absoluta, sin límites, de abusar de su cuerpo). Carlos Osoro viene a sustituir en Madrid, con formas conciliadoras, a Rouco Varela, otro duro de los que ocasionalmente la iglesia utiliza para contentar a sus fieles de extrema derecha.

El arzobispo nos dice que ha visitado algunos comedores sociales y que allí ha encontrado “realidades humanas que impresionan tremendamente”. Y añade esta declaración indecisa: “desahuciar no creo que sea cristiano.” ¿Acaso menciona la causa de estos males y propone un remedio que no sea la caridad? No, claro. Ni una palabra sobre el capitalismo. En lugar de eso afirma que el hombre es amor, porque dios lo creó a su imagen y semejanza y dios se define a sí mismo como amor. Pues muy bien: el ser humano es amor, pero resulta que algunos humanos se dedican a dominar y explotar a otros. ¿Qué hacer ante eso? Ni media palabra. El arzobismo prefiere hablar de otras cosas: defensa del concordato y de los contenidos de la asignatura de religión diseñada en la reforma educativa del PP, negativa a que las mujeres lleguen al sacerdocio, defensa de los papas que antecedieron al actual, y también de Rouco Varela. De la asignatura de religión dice que no es adoctrinar, sino posibilitar que un ser humano, si lo elige, pueda vivir la religión (como si no pudiera vivirla si esa asignatura desaparece).

¿Cabe algo peor? Pues sí: que no haya un rechazo general

Dice Krugman, comentando la política neoliberal, que nos encontramos ante una estafa enorme y destructiva, y que deberíamos estar muy, muy enfadados.

Es triste, pero no se percibe un enfado suficiente en población tan grandemente estafada y tan destruida. Ahí está el resultado de las elecciones andaluzas y de las francesas. Una mayoría de la población ha votado en Andalucía al PP y al PSOE, que son responsables directos de lo que está ocurriendo, y en Francia a la extrema derecha y a la derecha.

Conocemos la causa del conformismo: la formidable batería de medios de comunicación, privados y públicos, en los que comunicadores, intelectuales, economistas y otros expertos que se presentan como científicos cierran filas en defensa de lo que hay.

Si unimos esto a unos métodos de educación que dejan a la mayoría de la población mentalmente inerme, queda explicado que la indignación de la gente ni sea suficiente, ni vaya dirigida a conseguir un cambio radical.

De la defensa indirecta a la directa

Naturalmente, casi nadie del ejército pro sistema se atreve a defender directamente la racionalidad y justicia de lo que hay, empresa ardua, dado que el capitalismo se caracteriza básicamente por su irracionalidad e injusticia.

Así que lo habitual es que la defensa sea indirecta, a base de arremeter contra cualquier propuesta de cambio. Cada día ese formidable ejército defensivo renueva en los medios la convicción de que cualquier alternativa al sistema es un desvarío muy peligroso y, en consecuencia, la condena de cualquier intento de cambio radical. En esta estrategia vemos que ilustres contertulios y articulistas no tienen inconveniente en tachar de chavismo, estalinismo, populismo, utopía peligrosa, antidemocracia, etc., a cualquier propuesta de cambio que vaya más allá de los límites de la cosmética. Esta estrategia es hábil, porque permite reconocer que hay desajustes en la democracia, e injusticias en el sistema económico, algunas sangrantes, pero sin apearse de la idea de que son el mal menor, porque si se pasa la raya no hay más que injusticias mayores, mayor pobreza y falta de libertad. ¿Pruebas? No hacen falta, esto quedó demostrado con la caída de la URSS, el asunto no está en discusión. Llamar a alguien antisistema ya lo descalifica sin necesidad de argumentar a favor del sistema.

No obstante los hay que, carentes de vergüenza, se atreven a una defensa directa. Sin cortarse un pelo afirman que ayudar a los pobres es malo, porque los hace conformistas, mientras que reducir la presión fiscal sobre los ricos haciéndolos más ricos es bueno: se traduce, aseguran, en una enorme expansión económica y en un aumento de los ingresos de todos. Desafortunadamente, esta doctrina es adecuada para satisfacer a los amos, que la pagan bien, pero está reiteradamente falsada por los hechos, tanto en América como en Europa.

Ni los pobres son pobres por su culpa o desidia, sino por un sistema económico que no les da opciones, ni es cierto que el dinero en mano de los ricos produzca más riqueza que si estuviera bien empleado en manos de los Estados. Los ricos que no pagan impuestos no crean riqueza para todos. Dedican gran parte de su fortuna a la especulación.

La prueba es que estamos como estamos: según informe de la Red Europea de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social correspondiente a 2013, un 27% de la población española (12,8 millones de ciudadanos) está en riesgo de pobreza o exclusión, entre ellos 9,6 millones bajo el umbral de la pobreza y 2,8 millones con una severa falta de recursos. Y según Cáritas, sólo el 34,3 % de los españoles vive sin carestías esenciales.

Hay que insistir en que riqueza y pobreza mantienen una relación de causalidad. La riqueza de un país es la que es: si el mercado entrega a unos pocos el 80% sólo queda un 20% para repartir entre la mayoría restante. Quiere esto decir que muchos son pobres porque unos pocos son ricos. “¡Qué demagogia!”, dirán los portavoces de los ricos. O también “¡Cuanto resentimiento!”

El comportamiento de la izquierda anticapitalista

¿Qué ha hecho la izquierda que tiene presencia en las instituciones para cambiar este estado de cosas? ¿Ha puesto en marcha medios de comunicación interesantes y prestigiosos, que atraigan a una mayoría de la población y que sepan mostrar de manera comprensible lo que hay por debajo de las apariencias? No. ¿Ha puesto en pie centros de enseñanza para demostrar hasta donde se puede llegar con un diseño de educación adecuado? No. ¿Ha fundado un centro de investigaciones sociales capaz de atraer a los científicos sociales de izquierdas? No. ¿Ha aprovechado su presencia en los medios durante las campañas electorales para denunciar con datos y buenos argumentos el crimen capitalista (llamemos a las cosas por su nombre: el crimen capitalista)? No. Pues ¿qué ha hecho? Plegarse a la concepción pedestre de la política, la que sólo valora el éxito electoral, y endeudarse para conseguir votos. Perder así la libertad como deudora de la banca, gastar toda su energía en la inútil actividad institucional y callar, callar…, ¡para al final ir perdiendo votos y quedar con las manos vacías!

La izquierda no ha tenido en cuenta que la lucha política se ventila en el espacio ideológico, y que la victoria electoral es interesante si vale para paliar el sufrimiento de una gran parte de la población, pero sobre todo para promover una nueva educación que otorgue a los ciudadanos un conocimiento (de la ciencia en general, de la ciencia social en particular), a cuya luz acaben sabiendo dónde están y qué se juegan. Esto es, que conozcan las dimensiones del desafuero que se está perpetrando (contra ellos y contra la salud de la tierra) y que tengan una idea clara de lo diferente que podría ser el mundo si se legislara y gobernara de otro modo. La batalla ideológica se desarrolla en un espacio-tiempo alejado de las urnas y requiere armas diferentes a la propaganda.

jmchamorro@jmchamorro.info