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ALGO MÁS SOBRE EL MACHISMO OCULTO

Los medios nos han informado con fruición de los atuendos de Letizia en sus recientes viajes. Sabemos, por ejemplo, que en la visita a Estados Unidos lució ante los Obama un vestido de seda cady azul ultramar, bordado en cinco tonos de cristal swarovsky, a juego con una baguette de raso azul, obra de Felipe Varela; que para su estreno en Harlem eligió un dos piezas granate de Hugo Boss; que para sus reuniones en la ONU optó por un original dos piezas en crepe y cintas de grosgrain verde perla con body en crepe georgette del mismo tono; que para asistir al discurso del rey lució una chaqueta en doble crepe de lana color blanco roto, bordada en delantero y espalda con líneas de azabache, completada con una falda negra en seda; y que en la recepción que ofrecieron los reyes en el hotel New York Palace a las delegaciones asistentes a la asamblea de la ONU lució un vestido cóctel de strech de seda negra.

Ni media palabra sobre los atuendos del rey.

En contradicción con la previa descripción de los vestidos de Letizia un periodista de El Mundo nos dice que con el recurso a la sencillez (madre mía) trató de evitar que la atención mediática se centrara sólo en sus atuendos, frivolizando así el trascendental contenido del viaje, que fue demostrar que, lejos de la consorte florero, la reina es una mujer preparada y comprometida con los problemas candentes del planeta, y de esta forma ofrecer una “nueva imagen de la marca España”. ¡Vaya por dios!

Por informaciones sobre el viaje de los reyes a Francia sabemos que Letizia ha dado ¡en París! cátedra de glamour y estilismo con sus finos atuendos, y que en tres días ha lucido siete looks. Por ejemplo, para el encuentro con la alcaldesa de París ha estrenado un traje de dos piezas, compuesto por sahariana y falda lápiz en bouclette stretch blanca de Felipe Varela, combinado con zapatos dorados de Magrit, y para la cena de gala, en la que se pedía a las invitadas vestido cóctel y no largo, eligió un vestido de tul marsala bordado con hilo y cristal borgoña, combinado con clutch cristal negro y zapatos de salón de charol burdeos. En el apartado “beauty”, de acuerdo con la estética retro que viene imprimiendo a su look, apostó por un sofisticado recogido con ondas al agua, así como unos potentes labios rojos sangre que acaparaban toda la atención en el rostro.

El viaje a América Central, pese a que tenía como motivo ir a comprobar los resultados de nuestra ayuda a países más pobres, fue también motivo para lucir vestidos e incluso peinados: por el día pelo liso con raya a un lado, y por la noche pelo ligeramente ondulado, para darse un aire más sofisticado.

En la entrega de premios de la revista Woman en el Gran Casino de Madrid, Letizia acaparó la atención, se nos dice, más por su nuevo corte de pelo que por su deslumbrante estilismo (vestido de cóctel negro que dejaba al descubierto hombros y espalda, y zapatos de salón de altos tacones). En el lenguaje de la moda este tipo de vestido se llama “escote ilusión”, o “palabra de honor”. En fin, que no cabe más.

Podemos estar tranquilos: dos periodistas del equipo de moda de la revista Semana nos garantizan que se ocuparán todos los días de seguir a la reina para analizar su estilo, decirnos qué lleva y cómo lo lleva, y comentar al detalle todos sus looks. Y en la red encontraremos noticias sobre el maquillaje de la reina paso a paso.

Pero a lo que iba: durante su discurso en la citada entrega de premios dijo Letizia que «si por algo estamos aquí esta noche es porque tenemos muchas razones para pensar que en el mundo de la mujer hay muchas cosas que se pueden hacer de otra manera», muchas cosas que deben mejorar y cambiar. Y se refirió a las más obvias: las desigualdades en el trabajo y en el reparto de las tareas domésticas y familiares, las tasas de analfabetismo, los matrimonios de niñas menores de edad, el paro femenino, la violencia y la desigualdad en los salarios. Hizo hincapié en ese tiempo que pasa la mujer, mucho más que el hombre, dedicada a la casa y a los niños.

No se le ocurrió, claro, denunciar la desigualdad del tiempo que debe dedicar la mujer, mucho más que el hombre, a preparar el cuerpo para su exhibición en sociedad. Lo debe tener como una consecuencia natural de su “ser mujer”.

Imaginemos que en las ocasiones comentadas la reina hubiera realmente recurrido a la sencillez (y digamos, como grandes demagogos que somos, que al menos por mera sensibilidad ante la pobreza de millones de compatriotas). Podía muy bien haber prescindido de estilistas, peluqueros, maquilladoras y modistos, peinarse ella misma, ponerse un traje y unos zapatos cómodos, comprados en unos grandes almacenes, y echarse a la calle a cumplir sus obligaciones. El rey puede hacer esto y nadie percibirá algo anormal. ¿Por qué si lo hiciera esta reina sería noticia de primera página? Porque de ella se espera otra cosa: es muy femenina, es decir, está prendada del glamour, la elegancia lujosa y lo sexi.

Puede que, como esposa del rey, no sea Letizia solamente un florero, pero, sea lo que sea, es además un florero. Y dispuesta a cualquier esfuerzo para cumplir las cursis especificaciones de belleza de una concepción de la mujer que debería ser arcaica (la de las revistas que compran con avidez tantas mujeres). No hay más que verla entre el rey y el presidente francés en una foto que lo dice todo: ellos posan naturales con trajes grises, ella envuelta en un lujoso vestido rojo y muy maquilladita, mirando a la cámara con sonrisa algo turbada que demanda admiración (¿os gusto así?).

La costumbre convierte en algo “natural” cualquier rasgo cultural por alejado que esté de la Naturaleza. Es la misma costumbre que ha operado en otros sitios, y baste recordar el vendado de pies chino para conseguir “pies de loto” o los aros tailandeses en el cuello de las mujeres jirafa de la tribu Karen. Desde dentro esas prácticas se ven como una condición de belleza. Vistas desde fuera revelan su crueldad y una aparente irracionalidad, sólo aparente, pues cumplen muy bien su función.

Si hacemos un esfuerzo por salir de nuestra costumbre cultural (como si perteneciéramos a un mundo libre de machismo y formado por personas autónomas), contemplar en la calle, en la televisión, en la publicidad, la apariencia de las mujeres “bellas y elegantes” nos resultará un espectáculo muy chocante. Miremos, por ejemplo, a las que, por contraste con sus acompañantes masculinos confortablemente vestidos y calzados, van con medio cuerpo desnudo un día de intenso frío (por ejemplo, en la retransmisión de las doce campanadas), o a las que se pavonean con peinados, joyas, maquillajes, largas uñas y vestidos excesivos en las alfombras de esas ceremonias colonizadas por los medios. En cualquier caso son indispensables los puntiagudos zapatos de altos tacones de aguja (que, como se sabe, aumentan el riesgo de esguinces de tobillo, pies deformes, dolor de espalda y de cervicales, patrones de caminar poco saludables, daños en rodillas y caderas, juanetes, dedos martillo, alteración en la columna, tendinitis). El remedio para alguno de estos efectos ha surgido en Estados Unidos, y dicen que está en auge: consiste en amputarse los dedos meñiques y en inyectarse colágeno en la planta de los pies.

Si bien desde el hábito cultural estas costumbres inspiran la idea oficial de glamour, belleza y elegancia, visto desde fuera el espectáculo se presenta alucinante y ridículo a partes iguales, entre otras cosas porque tamaño artificio oculta la belleza natural, disfrazándola de algo opuesto (exhibicionismo necio), o sólo consigue un simulacro patético donde la belleza falta.

Este desvarío cultural, dotado por otra parte de una astuta eficacia, se renueva a través del ejemplo y mediante una publicidad diseñada para personas de escaso desarrollo mental (la modelo se pinta los labios de un rojo brillante y dice a toda mujer que la esté viendo: “¡resalta tu belleza!”, o la incita a la compra de este o aquel producto por la razón de que “tú lo vales”). Pero además las estrategias se diversifican y alcanzan a la etapa infantil (“¡luce tu melena en tu primera comunión!”). Ha surgido así un mercado que por el momento factura en España mil millones de euros y que consiste en una nueva manera de renovar en la infancia el mito del “bello sexo”. La cadena Princelandia, que se lanzó en 2012 y ya tiene 26 centros en nuestro país, se define como “spa educacional para niñas”, y la educación consiste en que por 15 euros la niña pasa por manicura, pedicura y maquillaje, e incluso puede desfilar por una pasarela, todo ello en un ambiente rosa y evocador de los cuentos de princesas. Para los niños hay juguetes específicos, faltaría más. Crecerán estas niñas y creerán, como aquella ministra del PSOE, que dentro de su “ser mujer” está incluida por naturaleza la irresistible tendencia a los arreglos corporales de costumbre.

Quede claro que no estoy criticando ninguna decisión individual. Toda persona, sea mujer u hombre, está en su derecho si decide salir a la calle luciendo maquillajes, joyas, peinados, vestidos y calzados de su gusto. Pero no me vengo refiriendo a decisiones individuales autónomas, sino a meros efectos de la concepción machista dominante. Me remito a una entrada anterior de este blog (Machismo oculto en hombres y mujeres), necesaria para completar el sentido de esta, y repito algo dicho entonces, aunque ahora cambiando de personaje: si el rey decidiera acudir a una recepción con vestido de cóctel que dejara desnudos sus hombros y espalda, elevado sobre unos taconazos, con pestañas postizas y un rojo brillante de labios, nada habría que reprocharle, salvo tal vez su falta de previsión de los efectos mediáticos. Pero abandonad todo temor o toda esperanza: el rey no hará tal cosa.

O sea, que me estoy refiriendo a las hormas sociales en que muchas mujeres están atrapadas.

Afortunadamente hay mujeres, es de esperar que en número creciente, que cultivan otros intereses, y cuya actividad intelectual, generosamente abierta a los problemas colectivos, sustituye, en sus actitudes y comportamiento, a la frivolidad tontorrona que el mercado promueve incesantemente como modelo de feminidad. Da gusto oírlas y verlas, porque, no importa su edad, tienen belleza humana (a lo que contribuye seguramente que no se sientan concernidas por el estándar de belleza femenina al uso). Dos ejemplos de actualidad: una joven, Ada Colau, y una abuela, Manuela Carmena.

jmchamorro@jmchamorro.info