Archivo de la etiqueta: machismo

FASCISMOS, MACHISMOS Y FEMINISMOS

Dos noticias han provocado muchos comentarios: la política xenófoba y despiadada del Gobierno italiano que impide que desembarquen en sus puertos inmigrantes rescatados en el mar; y las hazañas de ese grupo de hombres valientes que se hacen llamar “la manada”. Tanto los políticos italianos como los violadores sevillanos muestran mentalidades y comportamientos que remiten a una psicología fascista.

DEL FASCISMO PSICOLÓGICO AL POLÍTICO

A veces el fascismo se identifica con ciertos comportamientos racistas o xenófobos y, más en general, con ciertos comportamientos políticos. Señaladamente el de votar a partidos de extrema derecha.

Si los partidos políticos fascistas no obtienen buenos resultados electorales, mucha gente se felicita y cree que el fascismo está en baja. Las alarmas se desatan cuando esos partidos ganan espacio electoral. Se supone que el fascismo sube si los partidos fascistas aumentan sus votos. Y esa subida se hace preocupante si acceden al Parlamento o al Gobierno.

De repente el peligro fascista compromete el futuro europeo y algo antes ese peligro no existía. ¿Qué reiterado milagro es este? ¿Hay millones de conversiones repentinas, en un sentido u otro? Demasiadas conversiones y demasiado repentinas.

Para Antonio Elorza los ingredientes que dan forma a una mentalidad totalitaria son: a) una ideología simple y maniquea que permite la designación del otro como enemigo; b) la formación de un grupo altamente cohesionado, en torno a unos signos identitarios; c) la existencia de un líder carismático, que fija los objetivos de la acción y detenta los mecanismos de control y vigilancia; d) la pretensión de ser reconocidos como únicos representantes legítimos de su colectivo; y e) el recurso a la violencia —física, verbal— para eliminar a opositores y disidentes.

Como se ve Elorza no designa tanto los rasgos de una mentalidad como los de una militancia. Y no deberíamos confundir el fascismo psicológico con el político. El primero sustenta al segundo. Un votante de partido de extrema derecha es menos peligroso, si no es fascista psicológico, que uno que lo sea por más que vote a un partido no fascista. Alguien benévolo que siente indignación por la injusticia puede, por ignorancia, dejarse seducir por el discurso de un partido de extrema derecha.

A mi modo de ver son tres los rasgos que definen el fascismo psicológico:

Un maniqueísmo teológico que define un Bien Absoluto amenazado y un Mal Absoluto amenazante. No basta con ver al otro como enemigo, algo muy natural cuando tienes enfrente al enemigo. Es el carácter absoluto del Bien (siempre propio) y del Mal amenazante (siempre ajeno) lo que justifica cualquier acción contra el Mal. Un ejemplo es el fanatismo de esos católicos que llaman con santa indignación asesinos a quienes defienden la despenalización del aborto. ¿Acaso no librarían al mundo de tales asesinos si pudieran?

Una vez aprendido este maniqueísmo teológico, no tiene por qué limitarse a la sensibilidad religiosa. Cabe ser ateo y aplicar esa teología a temas de raza, etnia, nación, ideología, incluso deportivos. Pues el segundo ingrediente, que se sigue del primero, es la fijación del odio en alguna clase de “otros”, odio que emerge fácilmente cuando un colectivo es señalado como culpable de males inaceptables.

El tercer ingrediente es un grado suficiente de resentimiento.

Estos tres rasgos se complementan muy bien. El maniqueísmo teológico justifica la violencia sin límite contra los portadores del Mal, y quien siente odio por algún “otros” y está lleno de resentimiento puede descargarlo convencido de estar cumpliendo un deber sagrado.

No cabe duda de que el primer ingrediente está generosamente servido en aquellos países en que la Biblia ha sido el libro educador por excelencia, sea directa sea indirectamente.

Los otros dos son también muy abundantes, dado que, en nuestras sociedades, masas “suficientemente ignorantes” están sometidas a una forma de vida que genera un nivel de frustración y resentimiento muy alto en innumerables personas.

Bajo esta consideración no parece arriesgada la hipótesis de que esas masas, que en ciertos periodos parecen benignas, pueden ser arrastradas a actitudes de fascismo político en un momento propicio y sin que importe que algo antes hayan estado votando a partidos liberales, socialdemócratas o comunistas. Quien tiene propensión psíquica al comportamiento fascista se entregará a él tan pronto la situación lo autorice. Para algunos, educados en la violencia, cualquier situación es buena. Otros van entrando en el juego conforme se percibe o se prevé una degradación de la situación económica.

Una forma de fascismo psicológico se da en ciertas clases de machismo, y esto nos remite al segundo tema.

MACHISMOS Y FEMINISMOS

Es mucho lo que se viene diciendo y escribiendo sobre la cultura patriarcal, el androcentrismo, el machismo y el feminismo, y con mucha frecuencia como si las referencias de estos términos estuvieran claras. Pero resulta que la cultura patriarcal está en descomposición y sólo quedan múltiples residuos, a los que dan cobijo hombres y mujeres. Y hay muchos modos de machismo y de feminismo tanto en hombres como en mujeres.

Un machismo residual que pasa desapercibido

Me sorprende cada día que ciertos valores y prácticas que la cultura patriarcal ha impuesto a las mujeres, y que muchas aceptan, no sean percibidos por ellas en su significado machista. Me refiero a las innumerables derivaciones de la concepción heredada de los sexos, uno caracterizado como el “bello sexo” y otro como el “sexo fuerte”. De mil maneras persiste la idea tradicional de que la mujer tiene como función atraer a un hombre con su belleza, y el hombre apropiarse de una mujer exhibiendo su poder (físico, económico, social). No cabe duda de que esta concepción tiene innumerables secuelas machistas que sustentan, entre otras cosas, la violencia contra las mujeres. Y que es además una fuente de frustraciones para las mujeres obligadas a un ideal de belleza que muy pocas, y por no mucho tiempo, pueden satisfacer.

Hay feministas que se ofenden cuando la publicidad utiliza el cuerpo de una joven para atraer a un consumo, o para homenajear a un deportista vencedor, pero no consideran machista la publicidad de los mil productos dedicados a la manipulación de pelo, cejas, pestañas, párpados, mejillas, uñas, piel y labios femeninos. Ni les parece machista la concepción del diseño de vestidos y calzados femeninos por comparación con los masculinos. Ni que presentadoras televisivas seleccionadas por su atractivo juvenil aparezcan maquilladas como si estuvieran empeñadas en huir, descontentas, de su apariencia natural. El mito patriarcal del “bello sexo” ha generado en muchas mujeres tanta desconfianza en su aspecto natural, que creen que no pueden salir de casa si no lo disimulan, o simulan otro.

Para reforzar esta necedad machista, ahí llega cada año la fiesta de los oscars y los locutores y locutoras bobamente encandilados con la alfombra roja, por la que pasean mujeres disfrazadas de diosas cursis, con costosísimos vestidos, aderezos y afeites, y con frecuencia enseñando un muslo y “luciendo generoso escote” mientras sonríen bobaliconas ante el alud de flashes.

La presentación del propio cuerpo ante los demás es un asunto crucial desde el punto de vista psicológico, y en él demasiadas mujeres aceptan los papeles asignados a mujeres y hombres por la vieja cultura patriarcal. Nos dicen que la huelga de consumo del pasado 8M no sólo pretendía llamar la atención sobre las consecuencias de la sociedad de consumo en las vidas de las mujeres, sino también mostrar que esta forma de producir es dañina para el conjunto de la vida y que, por ello, puede y debe ser radicalmente transformada. Nada que objetar, pero las mujeres harían una buena huelga de consumo si decidieran no consumir los productos ideados por la cultura patriarcal para que ellas realcen o simulen belleza corporal.

La servidumbre al papel de “bello sexo” es algo que las niñas aprenden antes que nada. El juez de menores Emilio Calatayud refiriéndose en Las mañanas de La 1 al uso que las jóvenes hacen de redes sociales como Facebook o Instagram dijo: “Perdón por la expresión. Tomarlo bien ¿eh?, pero las niñas actualmente se hacen fotos como putas” y “Las niñas han perdido el control de la intimidad y hacen fotos que atentan contra ellas mismas”. A pesar de que, según el magistrado, la intención no era ofender, muchos usuarios en redes sociales han comentado la frase con declaraciones como: “No podemos permitir que señores como Emilio Calatayud, juez de menores de Granada, hagan declaraciones misóginas y machistas”.

Dejando de lado que las expresiones del juez no fueron afortunadas, lo cierto es que no son misóginas ni machistas, se limitan a constatar un hecho cuyas repercusiones él conoce bien como juez de menores. Y si alguien dice que las niñas son muy dueñas de hacerse fotos con la ropa y actitud que decidan libremente, está utilizando un concepto de libertad poco refinado. Pues la cuestión no es si lo hacen porque son libres para querer hacerlo, sino por qué quieren lo que quieren.

No estoy hablando en un registro moral. No considero inmoral que una persona se exhiba desnuda, ni me estoy refiriendo a decisiones personales, sino al significado de ciertos papeles sociales. Habrá dado un gran paso el feminismo cuando las mujeres rechacen el ideal de belleza y de seducción que les ha impuesto el machismo, que tanto trabajo y frustración les produce para beneficio tan efímero, y busquen el atractivo personal allí donde se encuentra permanente: en la jovialidad afectuosa, la inteligencia cultivada, el sentido del humor y la simpatía. Pero esto ¿se puede conseguir en sociedades como la nuestra?

Sobre ese machismo residual difícil de detectar me remito a tres entradas de este blog: “Machismo oculto (en hombres y mujeres)”, “Algo más sobre el machismo oculto” y “Burkini, tacones altos y machismo”.

Machismos explícitos

Hay otro tipo de machismo que se da en los hombres que aceptan la igualdad de los sexos, pero que al mismo tiempo se aprovechan de ventajas comparativas utilizando a favor la fuerza de la inercia legal, empresarial, de costumbres, etc. Lo cual es compatible con una voluntad expresa de ayudar, de echar una mano en las tareas domésticas, pero sólo si ella lo pide o lo exige. En otro caso mejor hacerse el distraído. ¿Acaso no lo hace ella mejor?

Es distinto el machismo de los hombres que aprendieron los papeles sexuales en un tiempo en que estaban muy claros, y los aprendieron muy en relación con todas las fuentes de la autoestima. Son por ello incapaces de aceptar el nuevo papel que las mujeres van conquistando y lo observan con animadversión, como un ataque a su concepción del mundo. Son los que se preguntan por qué las feministas son más feas que las que no lo son, dando a entender que sólo por su fealdad (es decir, por su fracaso como mujeres) se han hecho feministas.

El machismo fascistoide

Hay machistas que dan un paso más: desprecian a las mujeres, las consideran merecedoras de algún castigo por el hecho de ser mujeres, y ejecutan el castigo. La violación y otros abusos son el medio preferible, pues al tiempo que castigan a la mujer satisfacen la libido de machos inseguros que sólo de esta forma se perciben como desean, esto es, como dominadores. Es el caso de esos jóvenes que se presentan en las redes como pandilla de violadores, cuyo lenguaje despectivo se refiere a las mujeres como presas a las que cazar para el propio disfrute, sea empleando la fuerza, sea la astucia. Los miembros de la llamada “manada” escribían en whatsapp: “¿Llevamos burundanga? Tengo reinoles tiraditos de precio. Para las violaciones”. O también: “Hay que empezar a buscar el cloroformo, los reinoles, las cuerdas… para no cogernos los dedos porque después queremos violar todos”. Uno de ellos, Antonio Manuel G.E., que sigue siendo guardia civil, contaba lo que le gustaría haber podido hacer en la Eurocopa de fútbol de Francia: “violaría una rusa que vea despistada y palizón a un niño de 12 años inglés. 2-0 y pa casa”.

Cuando el ingrediente de este machismo son los celos insoportables porque ella ha decidido irse con otro, el final puede ser el asesinato de la mujer (o de los hijos para hacerle a ella un daño más grande).

Está finalmente el machismo de quien mata a la mujer que ha roto con él y luego se suicida, que es diferente a los anteriores.

¿Hay remedio?

Cada uno de estos machismos tiene rasgos peculiares y no cabe erradicarlos sin un análisis particular de cada uno de ellos, para lo cual es oportuno sustituir el juicio moral por la reflexión sobre los métodos de fabricación de las personas en nuestra sociedad. Los peores machistas no son monstruos, ni siquiera culpables. Han sido fabricados así, y cada cual actúa determinado por la forma que su mente ha ido adquiriendo en las interacción social desde el nacimiento. Los miembros de “la manada” y, yendo más lejos, los asesinos de mujeres, son desgraciados por los que hay que sentir compasión y a los que habría que tratar de reconstruir transformando aquellas partes de su mente que determinan comportamientos que, con toda razón, nos parecen horribles. Debemos preguntarnos qué aprendieron (es decir, cómo se fueron fabricando) en la familia, en la escuela y en los medios de comunicación.

Aunque se trate de asuntos incomparables, debemos también preguntarnos qué aprendieron las mujeres adictas a las revistas y programas de modas y del corazón, las que cifran los deseos más firmes en cumplir, sin saberlo, estándares de feminidad que ellas no han decidido. Qué aprendieron los jueces y juezas que, tras dar por probado que hubo violación, luego califican el delito como de abusos. Qué están aprendiendo esas chicas que admiran a los decididamente machistas, se enamoran de ellos y consideran que es normal estarles sometidas.

Si fuéramos respondiendo a estas preguntas acabaríamos comprendiendo que, por desgracia, los remedios posibles no encajan bien en el tipo de sociedad en que vivimos. Muchos creen que erradicar el machismo es una cuestión de educación, pero no parecen tener claro cómo funcionan los espacios en que la educación se produce en nuestra sociedad, de ahí que se centren en la escuela y discutan banalidades, por ejemplo si es preferible una asignatura específica o que el tema se debata de manera transversal (es palabra de moda), ocupando algún espacio en cada asignatura. Pero no cabe hacer tortillas sin romper huevos, por más que muchos pretendan hablar de machismo sin mencionar el tipo de sociedad que fabrica a las personas machistas, sean del sexo que sean.

FEMINISMOS

Hay un feminismo lleno de razones que es compatible con el mantenimiento, en muchas feministas, de los rasgos de machismo residual antes comentados. Es el feminismo que lucha por lo obvio.

El capitalismo se ha sostenido en parte por no contabilizar el trabajo femenino doméstico y por no admitir que los embarazos, partos y crianzas no son sucesos de ámbito individual que la mujer o la pareja han elegido por su gusto y allá ellas, sino que son el asunto social por antonomasia, porque los nacimientos y los cuidados son necesarios para que la sociedad no desaparezca. Pero ha venido ocurriendo que casi todos los sacrificios e inconvenientes de ese trabajo han caído sobre las mujeres, a las que además se las ha penalizado laboral o profesionalmente, y ello sin que los dirigentes políticos, casi todos varones, y la mayoría de los hombres restantes hayan movido un dedo para acabar con situación tan injusta. Hasta que las mujeres han gritado en la calle que ya no aguantan más. Entonces los políticos se han dado por aludidos. Al fin y al cabo las mujeres son votantes.

Exigen compartir los trabajos domésticos con el hombre, igualdad de derechos laborales y sociales, incluido el derecho a la seguridad cuando se vuelve a casa de noche y sin compañía, o se cruza un parque solitario; el derecho a la seguridad respecto a parejas o ex parejas violentas; el cambio de mentalidad en la judicatura y la policía. Es el feminismo que ha inspirado las impresionantes manifestaciones recientes. Pero no se trata de un feminismo uniforme. Dentro de él lo hay de derechas y de izquierdas, que son los dos tipos de feminismo que conviene ante todo distinguir.

El feminismo de derechas y el de izquierdas

La feminista de derechas quiere un tipo de liberación de la mujer, pero quiere al mismo tiempo que la mayoría de las mujeres permanezca bajo la dominación-explotación que sufren las mayorías en el capitalismo. Esta feminista sólo pretende que ese tipo de explotación-dominación no sea mayor para las mujeres que para los hombres.

Creo que tiene razón Silvia Federici cuando dice en el prólogo a su libro El patriarcado del salario que unir la perspectiva marxista con la feminista no solo es posible sino totalmente necesario para un cambio social en profundidad. Sólo el feminismo anticapitalista (o, si prefieren, el anticapitalismo feminista) puede apropiarse con toda justicia de aquello que dijo Marx refiriéndose al proletariado y que debería haber dicho refiriéndose a las mujeres del proletariado: que por constituir esas mujeres la clase social que sufre las dos grandes dominaciones y explotaciones del presente, al liberarse a sí mismas liberan también a la humanidad entera. Por ello sólo militando en ese feminismo se puede pretender la revolución pendiente, la que nos lleve por fin a hacer efectivo eso de “Libertad, Igualdad y Fraternidad”.

Es por tanto más feminista un hombre afiliado a ese anticapitalismo que la mujer feminista de derechas.

jmchamorro@jmchamorro.info

BURKINI, TACONES ALTOS Y MACHISMO

Hay distintas cuestiones afectadas por la discusión sobre burka, burkini y hiyab: culturas, religiones, derechos humanos, machismo, libertad individual…
Voy a entrar en el tema para defender que esas prendas no deberían prohibirse, pero sobre todo para señalar su parecido con otras imposiciones culturales que, por ser nuestras, entre nosotros resultan invisibles. Me refiero, claro, al machismo que impregna muchas de las decisiones “libres” que la mayor parte de las mujeres occidentales adoptan sobre sus cuerpos con el beneplácito y admiración de la mayor parte de los hombres occidentales.

Etnocentrismo y relativismo cultural
Inicialmente, la tendencia natural del antropólogo que estudiaba otras culturas partió de la convicción de que la cultura occidental es superior a las restantes y que por ello hay que juzgar a las demás desde ella, e incluso extenderla al mundo entero. Es nuestra cultura la que representa el progreso científico, el respeto al individuo, considerado ciudadano y no súbdito, la igualdad de derechos (entre individuos de distintas clases o de distinto sexo), el laicismo, los ideales ilustrados, la democracia.
A esta concepción etnocentrista siguió una reacción pendular según la cual todas las culturas tienen el mismo derecho a existir y todas, igualmente valiosas, consisten en formas de adaptación al medio, incomparable cada una con cualquiera otra.
Ninguna de estas posiciones parece libre de críticas.
Es cierto que el último gran desarrollo de la ciencia ha sido impulsado en occidente, y que nuestro progreso ético ha llevado a la formulación de derechos humanos incorporados en parte por los diseñadores de nuestros sistemas políticos y nuestras legislaciones penales. Esto es un avance universalizable que sería bueno que terminara siendo incorporado por todas las culturas restantes, no importa que para ello tuvieran que cambiar aspectos esenciales.
Pero no es para que estemos orgullosos y miremos a los demás por encima del hombro.
Por una parte los conocimientos y valores de la cultura occidental no están presentes en cada individuo de esta cultura, ni ausentes en cada individuo perteneciente a otras culturas. Muchos de los occidentales distan de haber asimilado el conocimiento científico y de regularse por valores como la tolerancia, el respeto al otro, el laicismo, etc. En nuestras sociedades el imperio de los derechos humanos es con frecuencia más aparente que efectivo, aumentan las desigualdades e injusticias, la democracia es aparente, la corrupción desmedida, la ignorancia de las poblaciones muy grande, el machismo, la xenofobia, la homofobia y el fascismo muy visibles… Hay países como España donde el laicismo es relativo, y la iglesia católica tiene parcelas de control injustificables. La pena de muerte sigue existiendo en Estados Unidos, y en muchos países occidentales sólo ha sido abolida recientemente. Recordemos que estos países han ofrecido su verdadero rostro al permanecer impasibles ante decenas de miles de muertos por ébola y reaccionar sólo cuando se ha contagiado uno de los nuestros. Y que se están comportando de manera tan egoísta con los refugiados que muchos sentimos vergüenza de ser europeos.
Por otra parte países que consideramos inferiores muestran un grado mucho más grande de solidaridad y ayuda mutua que nosotros pese a su pobreza. Cierto que en algunos casos mantienen comportamientos intolerables, y no me refiero a su terrorismo, que es réplica al nuestro, sino a comportamientos que no se dan entre nosotros, como la ablación o el burka.
Nuestros Gobiernos podrían presionar a los Estados que autorizan o promueven esas prácticas, pero intereses económicos y geopolíticos les llevan a respaldar con frecuencia a regímenes que oprimen a las mujeres. Y nuestras poblaciones no protestan lo suficiente.
Otra cosa es que tales costumbres se vengan a ejecutar en nuestros países por personas inmigrantes, caso en que cabe diferenciar entre la ablación y el burka. Lo primero está penado entre nosotros, tipificado como una mutilación, un delito contra la integridad física de la persona. En cambio no hay normas penales sobre la vestimenta, salvo las que prohíben el escándalo que puede producir la desnudez en lugares públicos, nunca el exceso de ropa.
Sin embargo, desde que en Niza se prohibió el uso del burkini y en España se revocó una prohibición escolar del hiyab, se viene discutiendo sobre la tolerancia de esas ropas con argumentos que se pueden resumir así:

A favor de la prohibición
Estas ropas son instrumentos de sojuzgamiento de la mujer y por tanto intolerables. Se trata de una forma de cultura machista, que hace a las mujeres culpables de su cuerpo, impidiéndoles mostrarlo en público en la misma forma que los hombres.
Las personas que emigran a nuestros países, se argumenta, tienen que comprender que no pueden atacar nuestros valores con sus acciones. Aquí nadie puede obligar a una mujer a que oculte partes de su cuerpo que nuestras costumbres autorizan a mostrar.
Del burka se ha dicho además que es peligroso porque permite la no identificación de terroristas, y que por tanto hay una razón de seguridad nacional para prohibirlo al menos en ciertos lugares. Pero este no es el caso de las otras dos prendas, por más que ponerse el burkini en Niza, precisamente después del atentado yihadista, haya parecido a algunos una provocación insoportable.

En contra de la prohibición
El argumento principal es que muchas mujeres usan esas prendas por su voluntad. Por tanto nada hay que objetar desde una cultura como la nuestra, que defiende la libertad individual. Hay que permitir que cada cual vista como quiera.
Se añade también que las mujeres que usan esas prendas, incluso aunque lo hicieran sin libertad, al menos mejoran su situación, al poder acudir a una playa o a la escuela. Prohibir el uso sería por tanto perjudicarlas en lugar de actuar a su favor.

A vueltas con la libertad
Se supone que la mujer que lleva esas prendas libremente lo hace porque quiere, y quiere porque cree que la mujer debe llevarlas. Pero ¿ha nacido en ella esa creencia como resultado de una reflexión libre o le ha sido inoculada por su cultura cuando ella carecía de capacidad de juicio y, por tanto, de defensa?

El libre albedrío
La idea común es que cada persona dispone de libre albedrío, lo que quiere decir que en su cuerpo mora un alma que toma sus decisiones, y que ese alma no está sometida a las determinaciones materiales. De manera que cuando una mujer decide ponerse un burkini es que así lo ha decidido su alma libre. Esta teoría es gratuita, pero además acumula mucha evidencia empírica en contra. Dejémosla a los creyentes en almas y pasemos a una consideración del asunto más conectada con la ciencia, según la cual la voluntad es un resultado de la interacción de partes del sistema cerebral con las entradas externas.
Podemos hablar de dos situaciones, aquella en que alguien es consciente de su falta de libertad y aquella en que es consciente de que actúa libremente.

Falta de libertad consciente
Experimenta falta de libertad el preso sometido a la disciplina carcelaria, o la víctima de amenazas o chantajes, o quien se ve impedido por la opinión pública o por la ley, o quien se siente esclavo de una pasión o un vicio.
Muchas mujeres usan el burkini con esta conciencia de falta de libertad. Lo hacen por imposición cultural, por miedo a represalias, etc.

Falsa libertad consciente
El caso interesante es el de la persona que se cree libre porque ha hecho lo que quería hacer. Pues entonces hemos de preguntarnos cómo se ha formado dentro de ella ese querer, y la respuesta puede apuntar a una de tres situaciones típicas:

a) La de un querer fabricado al adquirir durante el periodo de socialización determinadas pautas neutrales. Es el caso del asco, predisposición genética abstracta, sin contenido, que cada cultura llena del contenido más apto para la supervivencia en un medio dado. Yo actúo “libremente” rechazando algo que me da asco, pero actúo así porque ese concreto asco fue introducido en mí por quienes me rodearon desde que nací. Sin embargo esa pauta no me perjudica en beneficio de otros y por eso la he llamado neutral.

b) La de un querer inducido “no neutral”, que se fabrica por decisión de los controladores de significados culturales en su beneficio. Ahí están los distintos sacerdocios (religiosos y laicos) con sus púlpitos eclesiásticos, sus escuelas, sus medios de comunicación, que actúan básicamente por dos vías:
1) Transmitiendo datos falsos o incompletos y ocultando los verdaderos, a fin de que la gente actúe “libremente” en virtud de esa información masiva.
2) Enseñando unos valores que determinan la acción libre. Se pone en boca de dios el “no robarás” y un pobre, pero honrado, devuelve “libremente” la cartera que perdió el milmillonario. Se enseña la obligación de pagar el IVA como si no hacerlo fuera un robo a la sanidad y a la enseñanza públicas y los hay que pagan “libremente” el IVA cuando podrían eludirlo.
Recordemos los escrúpulos de los primeros teóricos de la democracia: no se podía dar el voto a los que carecían de propiedades, porque al ser mayoría podrían legislar contra la propiedad. Hasta que se fue sabiendo que es muy fácil hacerles votar “libremente” a favor de intereses de quienes les dominan y explotan. Ahí tenemos a millones de votantes convencidos de que votan “libremente”. En efecto, nadie les ha puesto una pistola al pecho.

c) La tercera situación es la de quien sabe por qué quiere lo que quiere y no yerra en ese saber. Su decisión es autónoma, y requiere conocimiento del propio funcionamiento y de las presiones del medio, distinguiendo entre las que son legítimas y las que esclavizan secretamente en beneficio de otros. Sólo en este caso podemos hablar de libertad (sin comillas). Es decir, en pocas ocasiones.

En principio cabría decir que las mujeres que se colocan “libremente” el burka, el burkini o el hiyab se encuentran en la segunda situación.

El reverso de la medalla: cosas nuestras relacionadas con el machismo
Nos resulta fácil ver la relación entre burka, burkini o hiyab y un machismo insoportable. Todo lo que se dice al respecto es razonable.
Ahora bien, en nuestra cultura el machismo adopta la forma contraria, pero ya no es tan fácil que así se vea. Sobre este asunto me remito a la entrada de este blog “Bello sexo y machismo”.
Al considerar a la mujer portadora de la belleza y al hombre de otras cualidades, se ha obligado a la mujer a mil esfuerzos y desembolsos para conservar, acrecentar o fabricar belleza, o para disimular o disminuir fealdades, algo que no obliga a los hombres de parecida forma. Nuestras mujeres “se arreglan” pintando labios, párpados, mejillas y uñas, usan torturantes zapatos de altos tacones, leen revistas de moda con avidez y usan ropas diseñadas para hacer exhibición, más o menos discreta, de eso que se llama encantos femeninos. Creen hacerlo voluntariamente, puesto que ninguna persona, ley o institución las obliga a ello.
Pero ¿por qué a la mayoría de los hombres no se les ocurre “libremente” hacer cosas equivalentes? Si sólo se tratara del gusto libre, y no hubiera una distribución social de roles y símbolos, ocurriría que parecido número de hombres y mujeres tendrían esas pautas.
Tanto en nuestra cultura como en la que impone el ocultamiento del cuerpo de la mujer se adopta el punto de vista del hombre y en consecuencia se considera que la mujer es un objeto erótico deseable. Mientras en otros países se decide que por ello debe ocultarse a las miradas ajenas, en los nuestros se acepta que la mujer es libre, pero a continuación se la determina, vía mercado y publicidad, a arreglar con mil productos y exhibir “libremente”, como su auténtica riqueza femenina, aquello que la hace deseable al hombre.

El caso en otro mundo posible
Imaginemos que el progreso cognitivo y moral ha terminado creando un tipo de sociedad en la que el machismo ha desaparecido, y no sólo el brutal, también el sutil. Las mujeres y los hombres cuidan su aspecto de manera semejante, mediante la buena alimentación y el ejercicio deportivo. No hay mil productos para exclusiva aplicación al cuerpo de las mujeres, y ellas fían su atractivo, como los hombres, a la inteligencia, el cultivo de las artes, la simpatía, la gracia. No hay modas que impongan una forma de vestir y calzar. Cada cual es libre de elegir su forma de presentación, pero salvo en fiestas de carnaval, casi todos optan por lo que, siendo cómodo y sencillo, se adapta mejor a las hechuras de su cuerpo.
A esta sociedad emigran desde nuestros países muchachos que engominan su despeinado y se tatúan el cuerpo, muchachas que utilizan numerosos ungüentos y pinturas, emplean la cirugía para aumentar sus mamas, calzan zapatos de altos tacones y se hacen las fotos de rigor ataviadas con impresionantes vestidos blancos de novia, todo ello en la creencia de que hacen “lo natural”, que es aumentar su belleza y atractivo. Y así es tal vez para sus colegas, los inmigrantes masculinos. Pero entretanto los originarios de la cultura de recepción apartan la vista piadosamente, por el fuerte desagrado que les producen esos rasgos tan claramente simbólicos de un machismo atávico y tan relacionados con una cultura que prodiga el consumo, pero no el conocimiento.
En todo caso, no hacen culpables a los extraños inmigrantes, pues saben que su voluntad se les fabricó interesadamente desde fuera. Y por ello, para no empeorar su situación, se les permite que actúen como quieran, a la espera de que la cultura más avanzada llegue a ellos y les haga personas nuevas y libres a través del conocimiento. Al menos a las nuevas generaciones que en ella se educan.

jmchamorro@jmchamorro.info