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EL PODEMOS QUE SALE DE VISTALEGRE II

Simpatizantes y votantes de Podemos hemos asistido a una disputa descorazonadora, y no porque haya sido disputa, algo normal en partidos donde hay libertad para opinar y proponer, sino por los modos y, sobre todo, porque no han quedado claros los motivos. Da la impresión de que diferencias de fondo, o de estrategia, o afanes de poder se han conciliado con una cierta inmadurez de los principales dirigentes. La juventud es un valor siempre que se concilie con la experiencia que dan los años, y en el antiguo equipo dirigente había mucha juventud pero escasa experiencia. Seguramente cambiará esto con las nuevas incorporaciones a la ejecutiva y al gobierno en la sombra ya decididas.

No es vieja política

Al ver esa lucha por el poder algunos periodistas y comentaristas, muy regocijados, se han lanzado a decir: ¡vieja política, míralos, condenaban la casta y son parte de la casta! No confundamos. Si queremos caracterizar por su rasgo sustancial a la vieja política, la de la casta, hemos de decir que es la que se hacía y se sigue haciendo al servicio del poder económico. Otras características no son exclusivas de ella, se pueden dar en cualquier política posible. Nadie ha dicho que la nueva política haya de ser realizada por ángeles. Si vemos la cosa así, Podemos no es vieja política, y esto se percibe claramente allí donde han conseguido algún poder institucional.

Pero sí que han mostrado un ingrediente que en la vieja política es natural y necesario: la ambigüedad, la falta de claridad.

Los que se presentan como servidores del pueblo pero actúan al servicio del poder económico están obligados al ocultamiento y la mentira. Es por ello lamentable que, no estando Podemos en ese papel, haya habido un rasgo de vieja política en la oscuridad con que se ha llevado adelante la disputa. Parece mentira que unos profesores universitarios, a los que se supone habituados a explicar, no hayan sabido explicarnos qué concretas discrepancias han originado y mantenido una pelea tan hosca.

La oscuridad del litigio

Por esa oscuridad se ha podido afirmar que la pugna era entre pablistas y errejonistas, o entre la Facultad de Filosofía y la de Políticas, o entre gente que piensa y gente que opera. Los lamentables artículos publicados por dos profesores de filosofía parecen indicar que los teóricos se sienten desplazados por los que operan, a los que han caracterizado como conspiradores intrigantes que intentan excluir a todos los que no forman parte de su pandilla.

En realidad no parece que todo esto se deba a que unos quieren que se actúe en las instituciones y otros en la calle, porque resulta que son actuaciones compatibles y complementarias.

Errejón y sus partidarios han dicho vaguedades como éstas: que un cierto orden es lo que la gente quiere, y que por ello, para ser una fuerza realmente transformadora, es necesario, más allá de la pulsión destituyente, plantear un horizonte alternativo de certezas y seguridades. Pero así planteada la cuestión resulta difícil imaginar que los del grupo de Iglesias se opongan.

Han dicho también los de Errejón que para Podemos es más productivo abordar las relaciones con el PSOE de manera laica e inteligente que la negación obsesiva y el choque frontal. Pero seguro que los de Iglesias saben que la política socialdemócrata sólo se reinstaurará en este país cuando PSOE y Podemos actúen en alianza contra las fuerzas neoliberales. Otra cosa es que esto sea posible si el PSOE persiste en la dirección que le marcan sus antiguos jerarcas.

Lo que parece tener alguna entidad estratégica es que al grupo de Errejón no le gusta el acercamiento a IU y que fue partidario de apoyar al pacto PSOE-Ciudadanos, achacando la pérdida de un millón de votos (del 20-D al 26-J) a la alianza con IU y a no apoyar aquel pacto.

En cambio Iglesias y los suyos creen que el pacto con IU es razonable, que el no apoyo al pacto PSOE-Ciudadanos fue decidido por la militancia y era además inevitable dada la actitud del PSOE, que prefirió pactar con la derecha; y que la pérdida de votos se debió a dejar de decir verdades en el intento de aparecer como inofensivos.

En todo caso, estas diferencias no explican la agria pelea en que se han enzarzado los máximos dirigentes de Podemos, pues lo correcto hubiera sido recurrir pacíficamente a los afiliados, sin descalificaciones mutuas, y luego estar al resultado de la votación. Es decir, lo que finalmente se ha hecho, pero sin el episodio precedente.

Dejándolo atrás en la esperanza de haya servido de aprendizaje, vuelvo a dos cuestiones sobre las que he tratado en otras entradas de este blog, ahora con algún matiz nuevo tras leer los documentos políticos de Vistalegre.

Pobreza teórica

En contraste con lo que algunos dicen, creo que esos documentos son decepcionantes. Algunas consideraciones sobre la transición del 77 y sobre la transición actual, banalidades referidas a cómo ganar votantes, nada que revele que profesores universitarios han trabajado en ellos. Se acusó al equipo de Iglesias de desdén por los teóricos a favor de activistas, pero la verdad es que la teoría falta en los documentos de todos los grupos.

El marxismo, valga repetirlo, es la única teoría general de la sociedad de que hoy disponemos (en el sentido riguroso que no hay otras teorías generales, por más que haya muchas de corto alcance), la única que permite análisis y explicaciones no superficiales. El problema del marxismo clásico es que, aunque percibió bien que para la estabilidad del socialismo es necesario otro tipo de persona (el llamado por Marx “hombre nuevo”), erró al creer que ese nuevo tipo surgiría por el mero cambio del modo de producción o por la participación en las luchas revolucionarias.

Ahora, abandonado el camino de la revolución violenta para instaurar un nuevo modo de producción, el marxismo no puede inspirar estrategias de acción a largo plazo si no se pone al día en aspectos que tienen que ver con la semiótica, imprescindibles para abordar las cuestiones ideológicas. Con esa puesta al día no sólo se puede explicar, por ejemplo, por qué ha triunfado Trump, o por qué una gran parte de la clase obrera vota a la extrema derecha, o por qué el PP gana las elecciones en España, sino que además se puede diseñar un programa de acción para cambiar ese estado de cosas.

Y es que no sólo hay que luchar para sacar de la pobreza extrema a muchas personas, o para que otras muchas recuperen derechos perdidos, sino también para combatir el entramado de ideas y valores que la derecha ha ido consolidando en las mentes de muchos ciudadanos, los que la votan a pesar de que son perjudicados por sus políticas. Porque la explotación ideológica es algo más grave que la económica, y no sólo por su naturaleza, sino porque es además condición necesaria para el sometimiento de los perjudicados. Sin explotación ideológica no habría explotación económica, al menos consentida.

Objetivos

En los documentos políticos discutidos en Vistalegre II uno querría haber leído un diagnóstico de la situación española, europea y mundial, y un señalamiento de metas a distintos plazos. Puesto que para decidir sobre el “qué hacer” debe estar claro primero qué se quiere conseguir o adónde se quiere llegar, esos documentos deberían haberse dedicado antes de nada a este asunto.

De acuerdo en que no se puede prometer en un programa electoral aquello que no se podrá cumplir, incluso si se consiguiera mayoría absoluta. Pero si se puede prometer en el programa electoral que determinadas propuestas, imprescindibles para una vida buena colectiva, se llevarán al Parlamento para que en él se discutan. Tanto si no se acepta su discusión como si tras ella se rechazan, ya se habrá dado un paso importante, el de ponerlas en el foco de atención de la gente y obligar a los demás partidos a hacer pública su posición. El Parlamento vale no sólo para legislar y fiscalizar, sino también para promover discusiones de gran valor pedagógico respecto a la parte de la población que ha asimilado las ideas infatigablemente promovidas por los medios de comunicación conservadores.

Veamos tres objetivos que obligan a estrategias diferentes, los dos primeros compatibles con el capitalismo, el tercero no. De cuál de ellos se elija depende qué actividades se consideren necesarias. El primer objetivo sólo exige medidas a corto plazo, los otros dos exigen medidas a plazo medio y largo. Mirar más lejos es útil si promueve actividades que no se realizarían en otro caso y que son condición para que sea posible mañana lo que hoy es muy deseable, pero fuera de nuestro alcance.

Recuperación del Estado del Bienestar

Éste objetivo es el que parece haber estado implícito en todas las discusiones y documentos de Vistalegre II, objetivo que podría ser también el de un PSOE renovado. Es muy razonable eso de querer echar al PP del poder, llegar al Gobierno y hacer una política más justa y transparente, que traiga beneficios a muchas personas que lo están pasando mal. Cabe incluir en esta política la renta básica universal o la creación de un banco público. Aceptemos que allí donde la socialdemocracia clásica se arrugó y se rindió al neoliberalismo, sea capaz Podemos de resistir y de llevar adelante el programa abandonado. Sería una recuperación de antiguos espacios conquistados y luego perdidos. Está muy bien para el corto plazo, pero conocemos las limitaciones que tiene ese programa. Y la primera es la resignación a vivir sin posible democracia.

Un paso más

El segundo objetivo es llegar a una socialdemocracia más avanzada, dispuesta a construir una sociedad en la que la democracia sea posible.

Instaurar la democracia requiere medidas como éstas, que por el momento encontrarían una oposición insalvable: (a) nacionalizar las empresas sistémicas (aquellas a las que hay que rescatar con dinero público porque si caen cae la sociedad entera), y no sólo las de energía, sino sobre todo las financieras, Bolsa incluida, y también las agroquímicas (es criminal, por ejemplo, que la alimentación del mundo y la economía de los pequeños agricultores dependa de ese monstruo que quieren crear Monsanto y Bayer con su megafusión); (b) aumentar los impuestos a las grandes patrimonios y rentas a fin de reducir drásticamente la actual desigualdad; (c) mejorar la educación, haciendo obligatoria la de 0 a 6 años, y cuidando especialmente la destinada a niños de las clases económica y culturalmente pobres, algo cuya adecuada realización exige recursos por ahora no disponibles, pienso que como mínimo un 10% del PIB, pero imprescindible si se quiere igualdad de oportunidades (no la hay si el hijo de pobres está condenado de antemano a la pobreza); (d) nacionalizar los medios de comunicación, o al menos poner en pie medios de comunicación públicos, para entregarlos al control de la sociedad (nunca, claro, del gobierno); (e) reducir la publicidad y regular sus contenidos (por ejemplo exigiendo que cada anuncio se limite a exponer las propiedades del producto sin identificarlo con el atractivo de temas ajenos, con los que además se promueven valores machistas, consumistas y elitistas altamente deseducativos); (f) hacer obligatorio el funcionamiento democrático dentro de los partidos.

Sin estas medidas la democracia es, sencillamente, ilusoria. No la invoquemos en vano.

La realización de los ideales de la Ilustración

Reparemos en que, aunque el objetivo anterior parece demasiado ambicioso, es sólo un paso intermedio, porque, pese a sus ventajas, permanece dentro de una economía de mercado cuyos efectos son injustos, irracionales y muy lesivos para los recursos naturales, el medio ambiente y el bienestar de los trabajadores.

Por eso hay un tercer objetivo que llega más lejos y que es el propiamente anticapitalista: pretende que la decisión sobre la producción y la distribución de la riqueza no la realice el mercado, sino una planificación racional y democrática que lleve a una equitativa distribución del trabajo y a un aparato productivo y de servicios que satisfaga las necesidades legítimas de todos los miembros de la sociedad al mismo nivel alto, pero eliminando la producción prescindible en claro beneficio del medio ambiente y de la preservación de los recursos naturales.

Este objetivo es el que realmente daría satisfacción al deseo de la Ilustración: igualdad, libertad y fraternidad, que en cualquier forma de capitalismo no es realizable. Inversamente, en cualquier forma de capitalismo este objetivo es inalcanzable a corto plazo, pero eso no quiere decir que no pueda inspirar muchas actividades realizables sin las que sería inalcanzable siempre.

La posición de Podemos

Parece que quien se considere verdadero progresista ha de ser partidario de esta última opción, pero no es así. Los hay que consideran que una economía planificada junto con la prohibición de mil actividades que hoy se practican conduciría inevitablemente a un Estado totalitario; o creen que fuera de la economía de mercado el desarrollo económico se vería frenado; o piensan que la opción anticapitalista ya fue ensayada en la URSS y fracasó; o que, aunque el mundo resultante es deseable, nunca será posible (por ejemplo, porque lo impide la naturaleza humana).

Es éste un tema en el que los buenos argumentos han de jugar su papel. Sin embargo en Podemos no ha sido planteado, tal vez porque, habiendo dentro partidarios de las tres opciones, sólo la primera es realizable al corto plazo de la batalla electoral, y por tanto en ella pueden estar de acuerdo todos, unos como objetivo final, otros como primer objetivo provisional. Y ahí se han quedado. ¿Es esto satisfactorio?

Pienso que no, porque el objetivo de desalojar a Rajoy y llegar al poder produce estrategias muy sometidas a los vaivenes del electorado, y previamente a los de las encuestas. Ocurre entonces que una línea política, o una estrategia, son buenas si aumentan los votos, son malas si los disminuyen. Mala cosa. Más aún cuando ni siquiera se puede tener certeza de que los votos se ganan o se pierden por esto o por lo otro.

Librarse de miedos

Teniendo objetivos más ambiciosos (como el de una transformación de la población para que acabe apoyando con brío un proyecto emancipador), se libra el partido del miedo a molestar o a asustar que acomete en seguida a quien pone todo su interés en ganar votos.

El miedo a molestar

El más grande error que puede cometer la izquierda es callar para no molestar. No decir esto porque puede molestar a los gobiernos de EE UU o Alemania, ni eso porque puede molestar a la Banca, ni lo de más allá porque puede molestar a los medios de comunicación, ni aquello otro porque puede molestar al PSOE, ni lo que pueda molestar a la Iglesia y a los católicos, ni lo que pueda molestar a los que piensan esto o aquello. O sea quedar casi mudos, limitados a hablar de cosas que no molestan a nadie. Esto ni siquiera es vender la primogenitura por un plato de lentejas, sino por la esperanza de conseguir el plato (que tal vez ni siquiera se consiga). El patrimonio fundamental de la izquierda es que sólo ella se puede permitir la verdad. Tirar ese patrimonio por la borda es algo insensato.

El miedo a asustar

Piensan algunos que para no asustar hay que abandonar algunos términos.

Errejón ha dicho que Podemos tiene que evitar el rechazo que todavía suscita la izquierda en una gran parte de la población, pero no creo que la palabra “izquierda” asuste a nadie. El PSOE se ha presentado siempre como de izquierda y ha conseguido mayorías absolutas. Otra cosa es la palabra “comunismo”, u otras semejantes, pero esas las emplearán los enemigos para caracterizar a los dirigentes de Podemos mientras sea peligroso, y ello con independencia de lo que Podemos diga o haga (ya les vemos por ahí hablando de “purgas estalinistas”). Por ello es preferible una pedagogía acerca del real significado de ciertos términos (que además puede recibir ayudas inesperadas, como la del papa cuando identifica cristianismo y comunismo). Es decir, no quedar a la defensiva, miedosos, sino pasar al ataque.

Se cree también que para no asustar hay que huir de eso que la derecha llama radicalismo. Pero ¿qué es el radicalismo? Aunque por su tono lo parezca a veces, Iglesias no es más radical que Errejón, ninguno de los dos lo es, y todo lo que proponen los dirigentes de Podemos, incluso los de Anticapitalistas, es muy moderado, encuadrable en el primero de los objetivos antes descritos.

Estar en la calle con los agraviados que protestan es una actividad meramente democrática, no radical. Ni siquiera exigir las medidas del segundo objetivo antes descrito sería radicalismo extremo. Esas medidas son de sentido común, incluso más, son imprescindibles si es que se quiere vivir en democracia y esto es lo que hay que defender.

Creo que es necesario más radicalismo, bien expuesto y argumentado, para que muchos salgan de su ignorancia. No está la cosa en intentar atraer a más gente a base de no ser nada, sino de atraerla mediante buenos argumentos a favor de un proyecto de cambio profundo, el que hace falta. Los paños calientes perjudican al que recurre a ellos.

Más allá del Parlamento y el asfalto: la tarea pedagógica

Explicar de manera mesurada y convincente cómo son las cosas sólo puede asustar a quienes no querrían que todos sepamos cómo son las cosas, una minoría que está furibundamente en contra de Podemos y a la que de ninguna forma se podrá aplacar. Téngase en cuenta que explicar cómo son las cosas es algo alejado del estilo del mitin, no requiere gritos ni amenazas que parezcan preludio de una pelea. Al contrario, cuanto más dura es una realidad con más tranquila objetividad debe ser criticada, con apoyo en datos y argumentos precisos y bien expuestos (con cifras y nombres que todo el mundo entienda, por ejemplo acerca de los propietarios de cada medio de comunicación, en España y en el mundo, y de los efectos de esa propiedad en la veracidad de las informaciones, o acerca de la distribución de la riqueza en nuestro país y en el mundo, etc.). Sólo tras esa crítica se puede mostrar a toda la gente razonable dónde están las resistencias a propuestas sensatas, que abrirían la puerta a un mundo mejor.

No creo que haya algo que más miedo pueda dar a los actuales poderosos que este desenmascaramiento tranquilo y bien fundamentado, pedagogía por otra parte necesaria para combatir la actividad ideológica, exitosa, de la derecha.

La paciente tarea de esclarecimiento que llegue a la gente se ha de practicar no sólo en el Parlamento sino también en la calle, y no sólo tras las pancartas de protestas justas, sino por otros medios. Piensan algunos que Podemos debería convertirse en un “fondo de inversión” de todas las potencias sociales dispersas, transfiriendo recursos hacia proyectos de todo tipo (culturales, sindicales, feministas, ecologistas, etc.) en todos los espacios posibles, logrando crear centros de anudamiento entre las diferentes trincheras. Pienso que entre esos proyectos debería figurar como prioritario, y complementario de los demás, un equivalente a las misiones pedagógicas que Giner de los Ríos promovió en el último decenio del siglo XIX y que retomó el Gobierno provisional de la segunda República en 1931, pues para cuestiones básicas de economía y política esas misiones pedagógicas hacen ahora la misma falta que entonces para temas más elementales.

jmchamorro@jmchamorro.info

CAPITALISMO, DEMOCRACIA Y ESTADO DEL BIENESTAR

Se insiste en que la socialdemocracia ha abandonado su papel y se ha sometido a las políticas neoliberales sin resistencia, con la consecuencia de que el Estado del Bienestar se está diluyendo ante nuestros ojos. ¿Pero por qué ha ocurrido esto?

¿Verdades o demagogia trasnochada?
Discúlpenme si insisto en un tema sobre el que creo que debería insistir más, por su presencia en el núcleo de casi todos los temas restantes.
Algunas verdades elementales deberían estar en un primer plano de la opinión pública, pero medios e intelectuales las suelen silenciar, o tergiversar, o ridiculizar, y la izquierda no las defiende, casi siempre por miedo a que resuene la despectiva acusación: demagogia trasnochada.
Pero veamos: una de esas verdades dice que, en el capitalismo, la élite económica domina y explota a una mayoría de la población en su beneficio. Nadie bien informado duda a estas alturas de que la élite económica mundial controla e interviene democracias y dictaduras del mundo, determinando su legislación económica y su acción de gobierno. A eso se lo llama dominación. Y nadie bien informado duda de que el resultado de esa dominación es que una parte desproporcionada de la riqueza que proviene de los recursos naturales y del trabajo humano va al bolsillo de una minoría. A eso se lo llama explotación. ¿Son entonces trasnochados y demagógicos los términos “dominación” y “explotación”?
Pasemos a una segunda verdad: para conseguir que la mayoría de la población acepte su explotación, la élite puede aplicar una dominación consentida o una dominación violenta.
La primera es preferible, y puede darse cuando el grado de explotación permite a la mayoría satisfacer sus necesidades básicas. Si el grado de explotación llega a ser insoportable para demasiada gente, entonces es necesaria la dominación violenta.
Examinemos algunas comprobaciones de estas verdades.

La dominación violenta en el capitalismo
Históricamente están documentadas hasta la saciedad aquellas ocasiones en que el capitalismo necesitó recurrir a la dominación violenta. Algunos ejemplos:
Tras la segunda guerra mundial los países europeos más ricos optaban por políticas socialdemócratas, pero entretanto favorecieron junto a Estados Unidos dictaduras anticomunistas en la península ibérica, negando apoyo a las oposiciones internas.
En 1949 se admitió en la OTAN a la dictadura de Salazar, que para reprimir el comunismo disponía de su policía política (PIDE) y de organizaciones paramilitares (Legión Portuguesa).
En 1959 la visita oficial a Madrid del presidente americano Eisenhower suponía un reconocimiento de la dictadura franquista, especialmente eficiente en su cometido anticomunista: terminada la guerra civil encarceló a 270.000 personas, fusiló a 50.000, mató de hambre en las cárceles a 4.000 y robó más de 30.000 niños a sus enemigos para entregarlos a familias adeptas al Régimen.
En Grecia, en 1967, so pretexto de que el peligro comunista era inminente, Estados Unidos apoyó el golpe militar de los coroneles.
En América Latina durante las décadas de los 70 y 80 los ejércitos y policías de Chile, Brasil, Argentina, Bolivia, Uruguay y Paraguay aprendieron a torturar y reprimir en la Escuela de las Américas y se integraron en el Plan Cóndor, todo ello para frenar al comunismo, y todo ello con el apoyo decisivo de Estados Unidos. En los llamados “archivos del terror” encontrados en 1992 en Paraguay se documentan 50.000 asesinados, 30.000 desaparecidos y 400.000 encarcelados. Imaginen cuántos torturados.
El siniestro Secretario de Estado Henry Kissinger (¡premio Nóbel de la Paz!), instigador del Plan Cóndor, a quien el juez Garzón ha intentado inútilmente procesar por reiterada violación de Derechos Humanos, lo tenía claro: las dictaduras de derechas son buenas porque frenan el comunismo, es decir, permiten que la élite económica siga dominando y explotando. Por eso han sido establecidas o apoyadas esas dictaduras también en otras partes del mundo.

La dominación consentida
Si no existe peligro serio de revolución, es lógicamente preferible una dominación consentida, cuyo discurso legitimador identifica democracia con libertad y libertad con mercado libre, en el que cada cual pueda hacer con lo suyo lo que quiera. ¿Y qué es lo suyo? Lo que la herencia y el mercado le entreguen. La tesis clásica es que si los Estados dejan en libertad a los mercados, estos crearán naturalmente un equilibrio económico que llevará al pleno empleo, ofreciendo oportunidades que proveerán de bienestar a quien lo persigue. La alternativa a este sistema social se identifica con el Estado totalitario y la falta de libertad e incentivos individuales. En el capitalismo el que trabaja puede prosperar y hacerse rico, en el comunismo nadie tiene otro horizonte que la mediocridad colectiva.
De esta forma se justifica la existencia de una élite y, por debajo, unas masas que esperan ascender mediante el buen comportamiento laboral y ciudadano. Se suele llamar democracia a este tipo de dominación.

Un primer problema
Veamos: la democracia exige que la ciudadanía elija a sus representantes, encargados de legislar y gobernar en nombre del pueblo, y ello tiene el riesgo de que los de abajo, siendo mayoría, pueden elegir representantes que legislen contra la propiedad de las élites.
Recordemos que este riesgo fue la mayor preocupación de los filósofos que comenzaron a teorizar la democracia, y que la primera solución consistió en conceder el derecho de voto sólo a los varones que tenían apuestas en el país, es decir, propiedades (la llamada democracia censitaria). Incluso a principios del siglo XX, en la mayor parte de los países europeos tan sólo podían votar los varones que tenían un cierto patrimonio.
Hubo luego dos líneas convergentes que desembocaron en el sufragio universal:
Por una parte, desde mediados del siglo XIX, las luchas obreras y feministas.
Por otra parte la constatación de que volcando el poder económico a favor de partidos políticos conservadores y en contra de los revolucionarios, manteniendo a la población en un adecuado nivel de ignorancia y disponiendo a capricho de los medios de comunicación para fabricar informaciones, valores y opiniones, era fácil manejar la situación aun concediendo el sufragio universal. Pues se disponía además de la ventaja de que la desigualdad es funcional para las élites, ya que produce en las clases bajas un predominio de los valores de supervivencia, egoístas y de escasa sociabilidad, y eso las hace fácilmente manipulables.

Un segundo problema
En todo caso, para que la desigualdad sea funcional, para que no sea peligrosa, no debe pasar ciertos límites.
Y ocurre que, mientras la ideología capitalista afirma que el mercado, dejado a su propia lógica, lleva a la solución preferible para todos, en realidad lleva a lo contrario: va haciendo a los ricos cada vez más ricos y a los pobres cada vez más pobres, es decir, va exagerando la desigualdad hasta hacerla peligrosa, y además produce crisis periódicas y una inestabilidad económica no remediable con las medidas clásicas de tipo monetarista.
Este problema ha tenido diferente solución en EE UU y en Europa.
En EE UU sólo votaba la América blanca, para la que valía la promesa del éxito social con vivienda en barrio residencial (el sueño americano), mientras por debajo quedaban los negros y otras minorías que soportaban el exceso de desigualdades sin grave peligro para el sistema. En todo caso la política social a partir del New Deal de Roosvelt es asunto complejo, con un Estado del Bienestar derivado a los mercados privados y la sustitución del ideal colaborativo y de comunidad por uno individualista y de competencia.
Cosa diferente ocurría en Europa, donde las masas proletarias miraban a la URSS como ejemplo a seguir y había por tanto que luchar, en palabras de Churchil, contra el veneno ruso, contra el crecimiento canceroso del bolchevismo.
Hemos visto que esto se hizo en muchas partes mediante dictaduras sangrientas. Pero en los países europeos más desarrollados y de tradición democrática, dada la actitud de la población y la ideología antitotalitaria que los vencedores en la guerra mundial proclamaban, no era aceptable el recurso a la dictadura. Y fue en ellos donde apareció como remedio el Estado del Bienestar.

Concesión obligada
John Keynes había publicado en 1936 su Teoría General del empleo, el interés y el dinero como respuesta a la Gran Depresión del 29 y en esa obra, frente al “dejar hacer, dejar pasar” del liberalismo económico, prescribía una intervención estatal centrada no tanto en la producción como en la redistribución, mediante impuestos progresivos con los que financiar un Bienestar colectivo que la lógica del mercado, dejada a su aire, no puede proporcionar.
Esta idea se impuso no desde luego por la bondad de los poderosos.
El recuerdo de cómo los Estados fuertes e intervencionistas alemán, italiano y japonés habían eliminado las crisis y propiciado economías fuertes favoreció que se acabara aceptando la intervención estatal como una forma de mejorar la economía e impedir que el juego sin control del mercado, al socavar la justicia y la prosperidad económica más allá de lo soportable, creara condiciones revolucionarias.
El llamado consenso de postguerra entre capital y trabajo ocurrió porque la política keynesiana se vio por la élite como la única garantía de la continuidad del capitalismo y de ahí que la tolerara como mal menor.

El cambio de circunstancias
Una tercera verdad a la que se llega con facilidad (desde la mera lógica y desde la historia) es que las concesiones que hace la élite económica (sea la forma democrática, sea el Estado del Bienestar) son revocables.
Tan pronto el atractivo del comunismo empezó a decaer (los crímenes estalinistas se iban conociendo), y más aún cuando los problemas económicos de la URSS hicieron previsible su desaparición, el poder económico cambió de actitud. Ya no había por qué hacer concesiones a las masas, sino por el contrario ir recuperando lo que en otras circunstancias hubo que conceder. A las tesis keynesianas se enfrentaron prestigiosos economistas de la Escuela de Chicago, con Friedrich Hayek y Milton Friedman a la cabeza, quienes defendieron la vieja idea de que el bienestar colectivo sólo se conseguirá si el mercado actúa sin intervención estatal, tesis presentada con apelación a leyes científicas y argumentada mediante impresionantes análisis matemáticos (poco importaba que tal tesis estuviera empíricamente refutada y que análisis matemáticos igualmente impresionantes avalaran la contraria).
Sabemos de sobra en qué consiste la política neoliberal: reducir el Estado al mínimo privatizando empresas estratégicas y servicios, disminuir los impuestos directos (a los ricos bajo el falso supuesto de que moviendo sus capitales generarán riqueza para todos, a las clases medias bajo el supuesto de que así aumentará el consumo y se reactivará la economía), aumentar los impuestos indirectos, desregular los mercados y no regular la globalización para que el capital pueda actuar a su antojo por el mundo, acabar con el poder sindical para tener a las masas obreras postradas y sin capacidad de resistencia, sustituir mano de obra por tecnología pero sin reducir la jornada laboral sino aumentando el paro, aprovechar el paro creciente para reducir los salarios creando así pobres con trabajo que se sentirán afortunados si llegan a ganar 600 euros, conseguir ventajas fiscales y sumisión laboral mediante la amenaza de deslocalizaciones, etc.

La generalización de la política neoliberal
Una puesta a prueba de esta política se realizó en 1975, cuando los Chicago Boys, economistas discípulos de los antes mentados, diseñaron las reformas económicas de una de las dictaduras sangrientas propiciadas por EE UU, la de Pinochet, reformas que tuvieron éxito macroeconómico (el “milagro chileno” en palabras de Friedman), lo que quiere decir que, al tiempo que empobrecían al pueblo y aumentaban las diferencias sociales en el país, eran beneficiosas para la élite en términos económico y de poder (lo mismo que está ocurriendo ahora en España).
Más tarde el neoliberalismo se fue implantando en las democracias con las que, según la receta habitual, Estados Unidos sustituía en América Latina a las dictaduras una vez que habían hecho su trabajo (el de destruir a la izquierda anticapitalista de la forma antes dicha). El Consenso de Washington de 1989 imponía la política neoliberal en esas “democracias” a través del Banco Mundial, el FMI y el Banco Interamericano de Desarrollo. Pretexto: afrontar el problema de la deuda externa.
Marcado el camino, esa política llegó al Reino Unido durante el mandato de Margaret Thatcher, se acabó de implantar en EE UU con Donald Reagan, y se impuso en Europa sin que la socialdemocracia fuera capaz de plantar cara y defender su política.
Cuando en 1997 el laborista Tony Blair sustituyó a Margareth Thatcher e hizo suya la “Tercera Vía” teorizada por Antony Giddens, dejó claro que el laborismo se sometía al neoliberalismo imperante.

Democracia siempre que esté bajo control
Lo mismo que se ha revocado la concesión del Estado del Bienestar se puede revocar la democracia. El poder económico tiene armas suficientes para fabricar la voluntad mayoritaria, pero la historia nos muestra que si, en algún momento, el fuerte entramado conservador falla y la voluntad mayoritaria es hostil al sistema, en ese momento tal voluntad deja de valer. Es el caso reciente de Grecia, y de los procesos de involución en América latina: Bolivia (2008), Honduras (2009), Ecuador (2010), Paraguay (2012) y ahora Brasil y Venezuela. Mañana ya veremos, pero la ultraderecha está a la expectativa por si sus servicios se reclaman.

El caso español
Felipe González tuvo que pasar examen ante la socialdemocracia alemana y, claro está, ante la CIA, y lo aprobó. Interesaba a Estados Unidos mantener tras la muerte de Franco sus bases militares en una España miembro de la OTAN y además que no prosperara el partido comunista. Informes de la CIA dictaminaron que los resultados de las elecciones no ofrecían peligro si se favorecía el desarrollo del PSOE, cuyos militantes en España no pasaban de 2500. A cambio del favor Felipe González abjuró del marxismo, cambió su posición respecto a la OTAN y se comprometió a plegar su política económica a los vientos neoliberales, que ya soplaban fuertes en el mundo. ¡Y vaya si lo hizo, y con cuánto celo! En 1982 ganó las elecciones en una España cuyo atraso le permitió algunos progresos en materia social a lo largo de 14 años, pero realizando la política económica que le dictaban. Fue él quien inició la reconversión industrial y las privatizaciones (que afectaron a la prensa y radio heredadas del Movimiento, a Seat, Enasa, Trasatlántica y Marsans, y parcialmente a Endesa, Repsol, Argentaria y Telefónica), y tuvo que soportar cuatro huelgas generales por su política económica y laboral, así como la ruptura de UGT con el PSOE.

La degradación final
Cuando tras ocho años de gobierno del PP ganó Zapatero las elecciones de 2004 dejó buena prueba de la indigencia intelectual y la sumisión política a que había llegado el PSOE en esas fechas. Hay que recordar que, recién llegado al poder, reconoció en conversación con Jordi Sevilla (revelada por un micrófono indiscreto) que no sabía qué son los impuestos progresivos. ¡El máximo dirigente socialista que no sabe que son los impuestos progresivos! Lo aprendió más tarde, pero de esta forma: si doy 2.500 euros como cheque-bebé a los padres, sean ricos o pobres, estoy haciendo una política redistributiva, porque 2.500 euros valen más para los pobres que para los ricos, o sea que doy algo de más valor a los pobres que a los ricos. No se le ocurrió que si no entregaba nada a los ricos y su parte se la daba a los pobres aumentaría el valor de lo dado, y más si al mismo tiempo aumentaba la presión fiscal sobre los ricos, que era baja.
Si Zapatero había descubierto el principio de la utilidad marginal decreciente del dinero (expresable como que la utilidad de un nuevo euro es más grande para quien sólo tiene un euro que para quien tiene mil), debería haber llegado a la conclusión de que el dinero adquiere su máximo valor cuando se distribuye igualitariamente.
Por el contrario, el ideario de Zapatero era copia de la tercera vía: “El programa de una izquierda moderna pasa por una economía bien gobernada con superávit de las cuentas públicas, impuestos moderados y un sector público limitado. Todo ello, conjugado con la extensión de los derechos civiles y sociales”.
No fueron por tanto de extrañar sus rebajas de impuestos a los más ricos, que obligaron a los ajustes que tuvo que ir realizando luego en su segundo mandato (más privatizaciones, recortes a funcionarios, congelación de pensiones, frenazo de la ley de dependencia, reforma laboral según los intereses de la patronal, decisión de privatizar las cajas de ahorro, freno de la inversión y del gasto social). Pero su sumisión a la política neoliberal imperante en Europa llegó a un punto bochornoso cuando junto con el PP, y con nocturnidad, cumpliendo órdenes que le llegaban de fuera (Estados Unidos y Alemania), modificó la Constitución para declarar acreedores preferentes a los bancos respecto a pensionistas y gasto social.

Resultados catastróficos
En ningún momento el PSOE ha entonado el mea culpa por un pasado que explica por sí solo su actual decadencia y sus crecientes fracasos electorales, antes bien, en la última sesión de investidura el portavoz de ese partido se ha vanagloriado de muchos de los pasos antes indicados (no se atrevió, claro, a citar el cambio del artículo 135) y ha concluido que, aunque en su momento fueron criticados, el tiempo ha dado la razón a su partido. ¿Cinismo, ignorancia?
Lo cierto es que la política económica neoliberal ha fracasado en EE UU, donde deja enormes desigualdades, escasa movilidad social, natalidad descendente, coste de vida muy alto, ausencia de servicios públicos, abundantes bancarrotas personales, delincuencia, más el triunfo de Trump, cuyo primer acto ha sido la eliminación del Obamacare. Esa política ha dañado en mayor medida a América Latina y también a las poblaciones europeas, la española entre ellas, tanto más cuanto menores son sus recursos, mientras ha enriquecido aún más a los que ya tenían riquezas, aumentando de modo indecoroso las diferencias sociales. Según el último informe de Oxfam Intermón España es tras Chipre el país de Europa donde más crece la desigualdad, habiéndose convertido su pobreza en masiva y estructural. Al mismo tiempo la fortuna de tan sólo tres personas ha crecido hasta equivaler a la riqueza sumada de 14,2 millones de españoles, el 30 % de la población más pobre del país.

¿Por qué los partidos socialdemócratas se han rendido?
Creo que hay dos causas. Una es que estos partidos, al haber abandonado el método de análisis marxista y conceptos básicos como el de lucha de clases y el de Estado beligerante a favor de la clase dominante, perdieron su fuerza para enfrentarse a la ideología conservadora.
Hay que tener en cuenta que, aunque tras la Revolución de Octubre los partidos comunistas y los socialdemócratas se separaron, éstos seguían aceptando las tesis marxistas, y no fue hasta 1959 cuando el SPD, en su llamado Programa de Godesberg, rechazó el concepto de lucha de clases y aceptó que el Estado no es un instrumento de dominación de clase sino el legítimo guardián del interés general.
En cambio en el Sur de Europa persistió una tendencia anticapitalista (próxima al comunismo que en Francia, Italia y España adoptó la forma de “eurocomunismo”) y el PSOE seguía siendo marxista tras la larga dictadura franquista, hasta que indicaron a Felipe González que, si quería alcanzar el poder, debía abandonar el marxismo.
Tampoco habría que desdeñar el hecho de que los partidos socialdemócratas son rehenes de la banca por su endeudamiento y que muchos miembros de sus cúpulas, sabedores de que pueden acceder a la riqueza si se portan bien, han sido fácilmente colonizados por el capital. Tony Blair y Felipe González valen de ejemplo: han ido ascendiendo por la escala económica y ahora se codean con los de arriba y tienen su misma forma de vida.

Es previsible una rectificación parcial
¿Qué decir tras este repaso de verdades elementales? Los resultados de la política económica neoliberal están siendo tan desastrosos que, aunque con mucho retraso, algunos de sus dogmas se han revisado primero en EE UU y ahora parece que le llega el turno a Europa, aunque no al punto de reformular el capitalismo, como algunos acostumbran a prometer en los momentos álgidos de cada crisis y luego olvidan.
Es posible que, si no hay más remedio y para evitar situaciones explosivas, se acabe permitiendo una mayor capacidad de endeudamiento de los Estados, una cierta regulación de los mercados, se acepte un impuesto a las transacciones financieras, o un aumento de la presión fiscal sobre las rentas más altas, o incluso una renta universal.
Pero difícilmente van a aceptar los poderosos que los sindicatos vuelvan a tener su antigua fuerza, que se reestablezcan los derechos de los trabajadores reducidos o eliminados, o que la precariedad desaparezca. Tras la gran victoria del capital sobre el trabajo (y hay que insistir en que para ello se ha aprovechado como oportunidad el fracaso y caída del fallido socialismo soviético), difícilmente van a dar marcha atrás. Todo esto ha venido para quedarse porque, como dicen desvergonzadamente los conservadores, es una exigencia de la globalización. Mentira. Es una exigencia de ellos.
En todo caso conviene decir algo sobre el ideal de volver a la situación anterior a 2008 y también mencionar un beneficio que, en medio de tantos perjuicios, ha traído consigo la crisis. Cuando se tiene en cuenta no un sólo aspecto, sino otros muchos implicados, no cabe decir que en términos absolutos el Estado del Bienestar sea algo bueno y la política neoliberal algo malo.

La doble cara del Estado del Bienestar
Está todo tan mal que restaurar el Estado del Bienestar se presenta como un ideal rosado. Es una de las consecuencias de la crisis: antes ser mileurista era una desgracia, ahora es una suerte envidiada por muchos.
La realidad es que, frente al paro sin protección, la enfermedad, el analfabetismo y la pobreza, la política socialdemócrata da a los de abajo ventajas que los integran mejor en un sistema que a la postre los perjudica. De ahí que el Estado del Bienestar sea el populismo más inteligente (y por ello mismo el más insidioso): se concede a la población cuidados sanitarios, una enseñanza de baja calidad, y pensiones de jubilación y subsidios de paro que en su mayoría sólo dan para sobrevivir, y se la tiene así tranquila y medio satisfecha en un sistema que la domina (haciendo imposible la democracia que a cada paso se invoca) y que la sigue explotando, así sea en condiciones más humanitarias.

Un efecto beneficioso del capitalismo neoliberal
De la misma manera, el neoliberalismo ha traído muchos males, pero también algo bueno. Y es que ha dejado claro a muchos ciudadanos lo que el viejo marxismo vio claro, pero la izquierda actual ha sido incapaz de mostrarles: que nuestra democracia es una forma sin sustancia y que los políticos son testaferros del capital (dejando aparte los pocos no amaestrados que se han colado últimamente en las instituciones y que esperemos que no se dejen seducir).
Es ahora, y no porque la izquierda haya sabido explicarlo, cuando se han dado cuenta muchos de que la democracia está intervenida. A la élite esto parece no importarle, tan segura está de su fuerza y de la falta de oposición. Pero es posible que su enorme impudicia tenga consecuencias.
Ahora bien, comete error quien, al afirmar que la democracia está sufriendo ataques y se está devaluando, da por cierto que antes había una democracia libre de esos ataques y no devaluada. Porque la democracia esta intervenida desde que nació. Para ampliar este punto me remito a “No cabe democracia en el capitalismo” publicado en este blog.

El impedimento básico
Dada la codicia de la élite, nada importante va a cambiar salvo que las poblaciones lo exijan y lo terminen consiguiendo mediante una lucha encarnizada.
El problema es que una mayoría de la población está inerme ante presiones que ahorman el voto a satisfacción del sistema. Esas presiones provienen:
1. De los medios de comunicación privados y de los públicos controlados por políticos prosistema. Esos medios han convertido en dogma la falsedad de que el sistema capitalista es democrático y razonable, al punto que el término “antisistema” actúa como insulto y descalificación. La izquierda no se ha preocupado de dotarse de armas para contrarrestar esta ofensiva ideológica y de ahí su silencio deprimente.
2. De que el dinero que necesitan los partidos tradicionales para concurrir a las elecciones les es entregado por la banca, que de esta forma los controla, lo mismo que a las cúpulas de esos partidos mediante premios adecuados.
3. De leyes electorales dictadas para hacer difícil que se cuelen opciones no deseadas (ejemplo EE UU, cuya democracia se puede considerar censitaria por las muchas dificultades que tienen para votar las personas de menos recursos, a lo que hay que añadir los complejos trucos que impiden que el voto de cada persona valga lo mismo. Ejemplo también España, donde a IU le cuesta un diputado casi diez veces más votos que al PP).
4. Del control de teóricos e intelectuales, cuya colaboración se puede comprar de mil formas y cuya enemistad de puede penar de mil formas.
5. De la atomización de los explotados, que se perciben unos a otros con intereses incompatibles, y de la decadencia de los sindicatos y de los partidos anticapitalistas.
Pero es que además, si a partir de esta situación se abriera camino una voluntad popular no grata al poder, se abortaría mediante el mecanismo de la globalización, que impide decisiones autónomas en cualquier país. Esto hace inefectivas las medidas nacionales contra el capitalismo, porque el país que las tome aisladamente sufrirá las consecuencias y es por ahora prácticamente imposible tomarlas al mismo tiempo en todos los países importantes.
No es difícil comprender por qué la plutocracia mundial se encuentra suficientemente defendida por empalizadas sucesivas.

Moraleja
La izquierda ya debería saber que sólo si consigue que vaya aumentando la población dispuesta no sólo a votarla, sino a colaborar activamente, incluso aunque ello implique sacrificios, se podrán dar pasos significativos en la buena dirección: la de una justa distribución de la riqueza, el conocimiento y la capacidad de decisión. ¿Qué hacer para conseguir esa implicación de la gente?
Pienso que este es el asunto sobre el que los de Podemos y los de IU deberían estar discutiendo.

jmchamorro@jmchamorro.info

INTELECTUALES CONSERVADORES

Este comentario no está dedicado tanto a Podemos como a intelectuales (economistas, politólogos, sociólogos, filósofos) que critican a Podemos. Si dejamos aparte a Antonio Elorza y Santos Juliá con su manía muy personal (ellos conocerán las razones) de presentar a Podemos como un proyecto totalitario comparable al hitleriano, tenemos casos no tan extremosos, pero igualmente significativos. Los intelectuales conservadores se pueden dividir en dos grupos: los que sólo utilizan el marxismo para demostrar que ya no vale, y los que lo ignoran. En ambos casos se ven privados de la única herramienta teórica que nos permite entender los procesos básicos de nuestras sociedades. Por ello se parecen todos en que nunca hablan de lo fundamental. A la hora de criticar se ven obligados a hacer de cualquier trivialidad un mundo. Si además son filósofos, se parecen en algo más: actúan como sofistas profesionales, que esa es realmente la especialidad del filósofo conservador.

¿Qué es una creencia dogmática?
Con frecuencia se acusa a los dirigentes de Podemos de dogmatismo arrogante, de que se creen en posesión de la verdad y no son capaces de captar la complejidad que encierra cada situación. Los demás, por lo visto, no merecen esa crítica. Ni siquiera Rajoy. El dogmatismo arrogante está sólo en las creencias de la izquierda anticapitalista.
El politólogo José Ignacio Torreblanca llama erizos a los dogmáticos en un artículo publicado en El País:

Estamos rodeados de erizos. Cada vez hay más. Es una plaga. ¿Quiénes son? ¿Dónde están? Erizos son aquellos que se atrincheran detrás de una verdad absoluta, que tienen una solución simple para un problema complejo, que articulan una respuesta antes siquiera de que se formule la pregunta. A los erizos les gusta usar grandes etiquetas, enormes palabras y, sobre todo, señalar con el dedo. Nunca buscan responsables, sino culpables. Tampoco les interesa entender las causas de las cosas, porque las conocen de antemano: el capitalismo, la globalización, los mercados, Europa, los tecnócratas, el imperialismo, China, los Estados, las élites, el islam. Y así sucesivamente.
Dialogar con un erizo es imposible: si le preguntas, se siente cuestionado; si le pides que argumente, se enrosca; si le enseñas un dato, te lanza una púa. Mientras los demás rumiamos nuestras dudas e incertidumbres, los erizos se pasan todo el día chillando certezas. Saben cómo se gobierna una economía abierta en un mundo globalizado, cómo construir un orden internacional más justo, cómo solucionar la crisis de la democracia representativa, cómo construir la Europa social, cómo debe funcionar un sistema educativo, cómo se financian los servicios públicos, cómo se logra la inclusión social.

No puede equivocarse el señor Torreblanca, al que por sus méritos acaban de hacer jefe de la sección de opinión de El País. Así que las personas de izquierda, incluidos algunos dirigentes de Podemos, deberíamos hacerle caso y arrepentirnos de nuestras certezas de erizos. Se me ocurren las siguientes: que el capitalismo es un modo de producción irracional; que es además injusto y crea desigualdades cada vez mayores y más insoportables; que la globalización que padecemos no es la única posible ni la que debería haber; que los mercados están al servicio de quienes los controlan; que Europa está sometida a una política injusta e ineficaz impuesta por el capital financiero; que no podrá haber democracia mientras no se imponga un límite sensato a la riqueza privada y un control público a los medios de comunicación masivos; que los graves problemas económicos y sociales actuales se solucionarían con una legislación mundial fácil de diseñar en sus líneas básicas; que esa legislación es imposible mientras el poder económico mundial no sea doblegado por la voluntad popular…
El problema es que no hay un solo argumento serio contra ninguna de estas certezas. Y el dogmatismo no consiste en tener creencias firmes, sino en mantenerlas al margen del razonamiento.

La certeza de que la duda es buena
La catedrática de Ética Victoria Camps, que fue senadora por el PSC-PSOE y que ha escrito un libro titulado “Elogio de la duda”, coincide con Torreblanca en esa elegante actitud de rumiar dudas e incertidumbres. “Lo que mantiene viva y despierta a la filosofía es la capacidad de dudar, de no dar por definitiva ninguna respuesta”, nos dice en un artículo publicado en El País.
Resulta entonces que Platón, Aristóteles, Espinosa, Kant, Hegel, Marx o Nietzsche fueron seudofilósofos porque, aunque partieron de dudas razonables, y dudaron tanto como fue necesario, terminaron cayendo todos en el vicio de tener ideas claras y firmes sobre muchas cuestiones importantes.
Sin reparar en esto Camps añade que “la moral introduce dudas en todas partes” y por tanto tiene que introducir la duda en la política: “las situaciones más complejas no tienen soluciones simples”. Conclusión: no se puede ser dogmático, no se puede tratar de imponer el punto de vista propio a los demás.
Ahora bien: en seguida añade que “en filosofía podemos estar discutiendo eternamente, hasta el infinito y no pasa nada. Pero en política, no. En política hay que tomar decisiones que sean buenas para toda la sociedad; para encontrar eso que llamamos el bien común”.
¿En qué quedamos? ¿Hay que mantener, o no, las dudas que la moral introduce en la política?
Y algo más: si según Camps la moral introduce dudas en todas partes, ocurrirá que, si una mujer sufre violencia machista no podremos condenar esa violencia sin que se nos acuse de dogmatismo. ¿Acaso no estaremos tratando de imponer nuestro punto de vista a los maltratadores? ¿Acaso no deberemos dudar eternamente antes de juzgar? Seguro que Camps rectifica y dice que no, que escribió su artículo deprisa y corriendo, que en este caso la duda debe ser aparcada y hemos de condenar esa violencia. A saber por qué.
En realidad, si se tiene en cuenta el contexto, Camps está criticando, aunque con descuido, el supuesto dogmatismo de Podemos y de Pablo Iglesias, pero de tal forma que la crítica no se pueda extender a las certezas de los dirigentes del PSOE. El PSOE hizo bien cuando aparcó las dudas y tomó una decisión que era buena para toda la sociedad española: no pactar con Podemos y pactar con Ciudadanos.
Nos quedamos, eso sí, con la duda de cómo puede un político tomar decisiones en beneficio de toda la sociedad. ¿Qué significa “beneficio de toda la sociedad” cuando en ella hay una pugna de intereses incompatibles?
Una parecida faena de aliño es la del catedrático de metafísica Ángel Gabilondo cuando en El País critica la arrogancia y nos habla de amor. Ya saben que el término “arrogancia” está ligado en los medios a Pablo Iglesias.
Estos profesores de filosofía hacen dos cosas al mismo tiempo: arremeter entre renglones contra Podemos y escabullirse del tema principal. Pues mientras el capitalismo produce maltratos y violencias universales, creen que se puede hablar de moral, bien común y amor universal sin entrar a condenar el capitalismo. Nos dirán, claro, que quienes lo condenamos estamos simplificando un tema muy complejo.

La perversión de buscar el poder
Sin dejar de considerar dogmáticos a los dirigentes de Podemos, el también catedrático de filosofía Manuel Cruz trata de desacreditarlos acusándolos de relativistas buscadores del poder.
Eligiendo citas descontextualizadas de Errejón y de Iglesias e interpretándolas a su conveniencia, Cruz reconoce primero las dificultades para definir izquierda y derecha y pasa de ahí a acusar a Podemos de confundir esas dificultades con un relativismo absoluto. En el fondo, dice, nos encontramos ante las consecuencias de haber reducido la política a un conjunto de procedimientos para alcanzar el poder. De esta forma “la mencionada contraposición entre derecha e izquierda no deja de ser una mera metáfora espacial susceptible de ser reemplazada por otra, la de arriba y abajo, la de casta o la que proceda, si alguna de estas últimas resulta más efectiva.”
En la misma línea los profesores Andrés de Francisco y Francisco Herreros concluyen, también en un artículo publicado en El País, que el rasgo más característico de Podemos es “su descarnada concepción de la política como “poder y contrapoder, puro juego de fuerzas”, y para probarlo usan el mismo método de las citas descontextualizadas y malinterpretadas. Por ejemplo, esta de Pablo Iglesias: “Cuando en política no tienes poder, no tienes nada. No cuentan las razones, cuenta el poder”, cita que nuestros profesores comentan diciendo que, si sólo el poder cuenta, cualquier objetivo estará justificado si contribuye a alcanzarlo o mantenerlo, incluido el de desactivar cualquier contrapoder que se le oponga.
¡Maravilla de argumento!
Pues Iglesias no ha dicho que sólo el poder cuente, sino algo muy distinto: que las razones sin poder no cuentan en política. Y es verdad, no hay más que mirar alrededor. Es decir, que hay que tener razones, pero además poder para que esas razones cuenten.
Cuando se juega con las palabras para presentar a los dirigentes de Podemos como meros buscadores del poder, no se tiene en cuenta que todos los políticos intentan lo mismo: conseguir el poder para realizar una política. El PP y Ciudadanos buscan el poder para hacer una descarnada política a favor de los de arriba. El PSOE para hacer a favor de los de arriba una política menos brutal. ¿No ha leído Cruz el programa electoral de Podemos? De él se sigue que este partido busca el poder para hacer una política tan favorable como sea posible a los de abajo. Si se abandona la mala fe al interpretar, está claro para qué quiere el poder Podemos: para que sus razones (las que sustentan su programa) cuenten políticamente.
A Cruz no se le ha ocurrido (tal vez porque ha ido como número 2 en las listas del PSC en las últimas generales) acusar al PSOE de haber buscado el poder para una política que no ha sido socialdemócrata, como debiera, sino neoliberal. Esa hubiera sido una crítica pertinente.

Un criterio para distinguir la izquierda y la derecha
Las dificultades a que alude Cruz para definir izquierda y derecha se deben a que la socialdemocracia, a la que se viene considerando parte de la izquierda, ha dejado de cumplir su papel.
Pero ¿por qué se viene considerando a la socialdemocracia parte de la izquierda? Por razones históricas y por una especie de pereza intelectual. Ellos se reclaman de izquierda y punto. Bien es verdad que desde siempre han encontrado a sus principales enemigos a su izquierda y no a su derecha.
Dejando aparte lo que cada partido diga de sí mismo, si buscamos un criterio bien fundado para distinguir derecha e izquierda, no encuentro otro que la posición ante el capitalismo: a la derecha están los defensores del sistema capitalista y a la izquierda los que quieren cambiar ese sistema por otro que asegure los valores políticos de la Ilustración: igualdad, libertad y fraternidad.
Según esto, la socialdemocracia queda incluida en la derecha, pues defiende el capitalismo so pretexto (infundado) de que es el único sistema compatible con la libertad y la eficacia económica. De hecho la socialdemocracia es la forma de capitalismo que permite su estabilidad, al implementar políticas que no dejan a nadie en la estacada, mientras el neoliberalismo es la forma bárbara de capitalismo, que a medio plazo lo puede llevar al desastre. Mal aconsejados (la codicia les ha hecho prestar oídos a asesores necios e infames) los dueños del capital quieren un mundo en el que sus rapiñas crezcan cada vez más rápidamente y cada vez con mayores perjuicios para la mayoría. Esto hace del capitalismo un sistema lanzado a situaciones explosivas.
Ahora bien, aunque las medidas socialdemócratas estabilizan el capitalismo al hacerlo más soportable, no eliminan su carácter irracional e injusto, ni su incompatibilidad con la democracia. De ahí lo razonable de incluir a la socialdemocracia en la derecha.
Tal vez tenía algo de esto en cuenta Iglesias cuando dijo que las medidas económicas propuestas por Podemos (de carácter socialdemócrata) no sólo obedecen a razones éticas y de justicia social, sino también de eficiencia, de manera que no deberían encontrar oposición en los defensores de la economía de mercado, idea comentada por Cruz con la siguiente malicia argumentativa: “En uno de los últimos debates electorales, Pablo Iglesias insistía en la necesidad de adoptar determinadas medidas económicas no por razones éticas o de justicia social, sino de eficiencia del mercado. Dejaba de impugnar, por tanto, el modelo económico y se ofrecía como el mejor garante de su correcto funcionamiento.”
Sin caer en esta mala fe interpretativa hemos de preguntarnos si Podemos, que se limita a proponer medidas socialdemócratas, está en la derecha o en la izquierda según el criterio antes expuesto.

De la socialdemocracia como ideología a la política socialdemócrata
Podemos aclarar tres cuestiones si distinguimos por una parte la ideología y por otra la organización y la acción política:
a) Un partido político puede ser creado desde arriba al servicio de una ideología, o surgir desde abajo, como movimiento popular.
Han sido diseñados al servicio de una ideología los partidos tradicionales. En cambio Podemos, consecuencia del 15M, ha surgido desde abajo, de la indignación popular ante la injusticia, el latrocinio y la mentira de la política que han venido realizando los partidos “prosistema”.
Según el criterio antes enunciado, hay militantes y votantes de Podemos de derechas y los hay de izquierdas. Lo que los unifica a todos no es el anticapitalismo, sino la demanda de políticas que restauren el Estado del bienestar socialdemócrata, el destruido por nuestro bipartidismo. De ahí las dificultades de algunos dirigentes de Podemos, que a título personal se consideran anticapitalistas, para definir la posición de su partido. La verdad es que no han tenido especial habilidad al presentar el caso, pero no es un caso fácil.
b) A esto hay que añadir que si un partido anticapitalista llega al poder se verá obligado a realizar una política socialdemócrata, dado que la que se sigue de su ideología no es por ahora realizable. Es ilusorio pretender en estos momentos sustituir el sistema capitalista por otro más racional y justo, más benéfico para la mayoría. Y en parte es ilusorio porque esa empresa, teniendo en frente una oposición fortísima (véase el caso de Grecia), no cuenta con el apoyo de la mayoría a la que se pretende beneficiar.
c) Ambas razones justifican que Podemos limite por ahora sus propuestas a políticas socialdemócratas y que, dejando en segundo plano el tema izquierda-derecha, hable de los de arriba y los de abajo, o de la casta.

El dictamen de los economistas conservadores
Los viejos dirigentes del PSOE prefieren que su partido apoye al PP de la corrupción, la ilegalidad y los recortes brutales antes de que se alíe con Podemos. ¿Qué les mueve a tamaño disparate? Tal vez el miedo a que Podemos llegue al gobierno y pueda enterarse de lo que ocultan las cloacas del Estado, esas que guardan los secretos del bipartidismo.
Pero hay otra razón, y es que los dirigentes e intelectuales del PSOE tienen mala conciencia porque saben que han abandonado la política socialdemócrata, que es la naturalmente suya. La han abandonado por sus deudas con la banca y por la trama de relaciones que ligan a sus dirigentes con el poder económico, al que no pueden enfrentarse, porque de él forman parte y de él se benefician. No hay que insistir en esto, basta oír a Felipe González o a Josep Borrell, recordar la política fiscal y laboral y los recortes de Zapatero, etc.
Por eso les ofende profundamente que Podemos proponga la política que deberían proponer ellos, más aún, que sea el único partido que puede ejecutar esa política, el único que puede enfrentarse a los enemigos que la impiden (junto con sus aliados y con Izquierda Unida si consigue librarse al fin de esa deuda de 8 millones de euros que aún tiene con la banca).
Parece como si los del PSOE se hubieran dejado convencer por los economistas conservadores que acusan a Podemos de populismo, esto es, de vender humo, los que aseguran que las leyes económicas, en conexión con la revolución digital y la globalización, han terminado con el Estado del bienestar tal como fue conocido en otro tiempo. Los que afirman que el paro y la precariedad laboral, la disminución de los salarios y la insostenibilidad de las pensiones forman ya parte irremediable de lo cotidiano y han venido para quedarse.
Por supuesto, carece de sentido llamar populista y antisistema a un partido que se limita a proponer una política socialdemócrata. Afortunadamente el diagnóstico de los economistas conservadores no está basado en ley científica alguna, y por el contrario, tiene mucha evidencia empírica en contra. Lo hecho en los últimos años por los políticos conservadores se puede deshacer. Y para ello lo primero es señalar las dificultades, que no provienen de la Naturaleza, sino de voluntades muy concretas, y luego saber enfrentarse a ellas en la medida de lo posible, algo que no hizo Zapatero cuando, sin ofrecer resistencia alguna, corrió a cumplir las órdenes que de esas voluntades le llegaban.

El silencio de Podemos
Dice Cruz refiriéndose al silencio de los dirigentes de Podemos: “Es probable que haya sido precisamente el saldo negativo que les ha proporcionado su encuentro con la realidad (muy por debajo del que esperaban) el que explique el espeso silencio que ahora mantienen quienes en otros momentos del pasado reciente parecían haber hecho del ruido permanente, de la compulsión por acaparar portadas y titulares, su actividad favorita. Un silencio apenas roto por una portavoz de este sector, que ha descargado en la parte del electorado que les ha abandonado la responsabilidad por haber perdido la ilusión. Llamativo razonamiento, desde luego, viniendo justamente de personas que hasta ayer mismo declaraban que su imparable éxito se debía a que ellos —y sólo ellos— encarnaban la ilusión.”
Dejando aparte el regodeo íntimo que revela este análisis (tantas veces oído o leído estos días), habría que decir que siendo Podemos el único partido del que nadie espera que cambie su voto negativo al PP, poco tiene que hacer en este proceso de investidura mientras el PSOE no se decida a mirar a la izquierda. Precisamente dirigentes de Podemos vienen emplazando al PSOE para que mire a su izquierda si Rajoy fracasa.
En todo caso, no es hora en Podemos de hablar por hablar, sino de analizar, reflexionar y tomar decisiones para la acción futura.

El silencio de los demás
Parece más llamativo, aunque no se toma en cuenta, el silencio de los demás respecto a una de las salidas posibles a la presente situación política.
La única solución que se les ocurre a los bienpensantes para evitar unas terceras elecciones es que el PSOE extienda un cheque en blanco a Rajoy. No comentan en cambio otras posibilidades. El líder catalán del PSC ha dicho algo sobre ellas, pero se le ha respondido que está mejor calladito.
Si se atiende a las muchas intervenciones diarias en periódicos y radios se diría que hay que reducir el juego político a los partidos honorables: los constitucionalistas y prosistema, los que no quieren destruir España.
Entre estos partidos honorables está el PP, asociación criminal para delinquir. Y entre los políticos honorables está Rajoy, no sólo máximo dirigente de ese partido mientras se cometieron incontables delitos (entre ellos el reiterado fraude electoral por financiación ilegal) sino además responsable del daño que su política fiscal y laboral y sus recortes han hecho a una mayoría de españoles.
Más allá hay partidos no honorables, porque son separatistas, pero de los que se puede echar mano si se prestan (caso del PNV). Y más allá hay un partido populista que alienta los separatismos, un partido antisistema que merece todas las condenas y del que sólo hay que hablar para descalificarlo. No cabe alternativa posible que lo incluya. Silencio.

Volviendo al principio
Nos dice Cruz que el discurso político debería proponerse dar cuenta de lo real. Podríamos oponer la pregunta: ¿qué es lo real? Supongo que de lo real forma parte la pobreza, la angustia y la humillación que padecen muchos, los miles de millones de euros de que disfrutan otros, el control de la política por el dinero, los silencios y las mentiras a que se obligan los políticos e intelectuales que no quieren hablar de esto, y cosas así.
Añade Cruz que el objetivo de dar cuenta de lo real, es “tan sencillo de enunciar como imposible de cumplir por parte de quienes utilizan como herramienta teórica privilegiada la logomaquia y como convencimiento práctico vertebral la tesis, tan vacía como dogmática, de que son ellos, con su propia posición, los que definen dónde está la izquierda y dónde la derecha.”
Afirmar que los de Podemos definen dogmáticamente dónde está la izquierda y dónde la derecha parece contradictorio con la tesis de su relativismo absoluto, el que les permite cambiar derecha e izquierda por arriba y abajo. Leyendo lo escrito por Cruz hay que repetir lo dicho al principio, que la logomaquia es la herramienta teórica del filósofo conservador.

jmchamorro@jmchamorro.info

TRAS EL 26J

Las encuestas no acertaron. Respecto al PP hay una explicación aceptable, el voto oculto: resulta natural que muchos decididos a votar al PP sintieran vergüenza de confesarlo. Más complicado es explicar el error respecto a Unidos Podemos.
El caso es que la ilusión de un cambio político tan necesario en España, que además hubiera podido colocarnos en Europa en una posición activa e influyente, se ha esfumado.
Cabe un análisis limitado a los factores políticos, que es el habitual, y también otro menos frecuente, de tipo ideológico, que creo que vale la pena.

EL ANÁLISIS HABITUAL

La responsabilidad de evitar unas terceras elecciones
Los medios apelan unánimemente al sentido de Estado del PSOE y de Ciudadanos, a los que se solicita que permitan gobernar a Rajoy. Es curioso que no se apele al sentido de la responsabilidad de Rajoy y su camarilla, dado que si ellos abandonaran sus puestos sería más fácil el sacrificio para los demás. Da la impresión de que se piensa que los votos logrados por el PP legitiman los desafueros de sus dirigentes. Tampoco se apela al sentido de la responsabilidad del PSOE, que podría evitar unas nuevas elecciones pactando con Unidos Podemos y recabando otros apoyos. Esta posibilidad ni siquiera se considera.

La ocasión perdida
¿Por qué razón, que no nos cuentan, los jerarcas del PSOE impidieron que Pedro Sánchez fuera presidente de un Gobierno de izquierdas tras el 20D? El poder económico había establecido el veto a Podemos como línea roja no negociable, y a ello tal vez se unió el miedo de los viejos dirigentes del PSOE a que Podemos llegue al poder y pueda meter las narices allí donde antes solo las metían los partidos del “sistema” (a saber qué habrá allí dentro que da miedo que se vea), a lo que se añade la animadversión irracional que se percibe en esos dirigentes, indignados porque Podemos ha puesto en cuestión el carácter modélico de nuestra Transición, medalla que ellos tenían colgada al cuello.
Ahora el PSOE se encuentra en la situación endiablada en que él mismo se metió. Pase lo que pase siempre le perjudicará, salvo que haga ahora lo que no quiso hacer antes, pero ahora con menos medios. Cualquier otro camino que el PSOE emprenda volverá a dejar claro que prefiere la derecha a la izquierda (algo que viene ocurriendo desde los tiempos de Felipe González).

La decepción de Unidos Podemos
Es natural que la inesperada pérdida de un millón de votos por Unidos Podemos haya desconcertado a sus dirigentes.
Pablo Iglesias dice que hay que pasar de un ejército de partisanos a un ejército regular, y que esto es muy complicado, añadiendo preventivamente que tal vez en las próximas elecciones no sólo no consigan el poder sino que se den “un hostiazo”. Por su parte el número dos de Podemos, Íñigo Errejón, aventura que podrán ganar las próximas elecciones, pero que para ello deberán cambiar, ser menos sexy, más predecibles.
Tratando de explicar esa pérdida de votos unos hablan del liderazgo, otros de la coalición con IU, otros del diseño de la campaña, o del castigo por no haber propiciado un gobierno del PSOE con Ciudadanos, o del miedo, o del Brexit.

La coalición con IU
Errejón ha dicho que el acuerdo con IU no parece haber funcionado y que sobre el eje izquierda-derecha es más difícil construir una mayoría nueva, razón por la que considera que debe evaluarse la continuidad de la coalición. Él defiende un plan que rechaza la identificación con los postulados de la izquierda tradicional. ¿Con qué base teórica? Se trata de meros barruntos acerca de si esa identificación favorece o no electoralmente.
En cambio tanto Pablo Iglesias como Alberto Garzón quieren hacer estable esa alianza, pero con algunas divergencias.
Garzón (en Miguel Roig: Conversación con Alberto Garzón. Boceto de un futuro posible, Editorial Turpial) critica la moderación ideológica de Podemos en sus dos versiones, la táctica (“algo que te permite ocultar tus verdaderas intenciones y, una vez que lo has ganado, sacas la realidad profunda de tus pensamientos”), y la del convencimiento (creer que nuestro país no está preparado para una ruptura democrática y que por lo tanto lo que hay que hacer es moderar el discurso).
Discrepa Garzón de ambas actitudes, más de la segunda, porque no hacen “un análisis materialista de lo que está sucediendo”. “Es muy raro ver un artículo de alguien de Podemos que hable de economía, de las condiciones materiales de la vida”, afirma. “Cuando Podemos habla de construir pueblo [objetivo que guía a Errejón y los suyos], habla de hacerlo a través del discurso única y exclusivamente, no hay un vínculo con la realidad material”, y eso convierte al partido en una simple maquinaria electoral sin anclaje en la vida cotidiana de la gente en sus barrios. Para él la forma de construir pueblo, o de que una amplia mayoría de ciudadanos apoye su candidatura, tiene que ver con la praxis. El mejor ejemplo es, en su opinión, el trabajo de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca.

Una estrategia que nunca ha funcionado
Seguramente la unión de la izquierda (no importa su efecto inmediato en un resultado electoral) es algo beneficioso, y estoy de acuerdo con la crítica de Garzón a la estrategia ideológica de Podemos, aunque no con la solución que insinúa.
Dejando aparte que una cosa es el análisis económico y otra la praxis entendida como anclaje en la vida cotidiana de la gente en sus barrios (cabe hacer análisis económicos sin esa praxis y lo contrario), lo cierto es que esa praxis, por más que sea indispensable, no suele dar resultados electorales y no es suficiente para “construir pueblo”. Los únicos que desde la Transición han estado a pie de obra, los que se han implicado en los problemas de la gente, han sido siempre partidos y organizaciones a la izquierda de la socialdemocracia. Pero recuerdo las muchas decepciones de los comunistas cuando, después de haber sido los únicos que estuvieron luchando por solucionar un problema de barrio, comprobaban que la gente de ese barrio no les votaba en las elecciones siguientes. Ahora, por primera vez, estas acciones se han llevado un premio electoral en algunos lugares, como en Cataluña gracias a la Plataforma de los Afectados por la Hipoteca, pero tal vez no se hubiera dado sin la personalidad de Ada Colau y además no es seguro que esa adhesión popular sea estable. Desde enfrente se sabe muy bien qué hacer para desactivarla.

OTRO TIPO DE ANÁLISIS

Tras las elecciones de Diciembre y refiriéndome a una posible repetición escribí en este blog:
“Si mejoran los resultados, algo se habrá ganado sobre el presente. Si no mejoran, o incluso si empeoran, no pasa nada, esto es una carrera de fondo, no caben las prisas [... ]. No debe importar tanto el poder inmediato como hacer que vaya creciendo la conciencia ilustrada entre los españoles (sin la cual nada bueno se puede conseguir que sea persistente).”
Creo que hay que insistir en ello. Si la izquierda no busca el poder por el poder, si quiere lograr un apoyo bien informado, sólido y continuo de una parte suficiente de la población, si pretende que algún día nuestro país se aproxime al ideal democrático (algo todavía desconocido), es decir, si desea una sociedad donde personas ilustradas, justas y pacíficas se autorregulen con autonomía, entonces debe tener claro que estamos en una guerra larga y que la tarea de hoy no debe interpretarse por sus efectos inmediatos, sino a largo plazo. Por supuesto que hay que dar batallas para mejorar la suerte de quienes lo están pasando peor, pero sin perder de vista en qué tipo de guerra estamos.

El país que tenemos
Una organización de izquierdas ha de tener una idea operativa de la población en que actúa, tanto la que le puede ser favorable, y hasta qué punto, como la contraria. Sólo así se puede diseñar una actuación estable y fructífera.
Estas elecciones han venido a dejar claro, una vez más, la clase de población que compone nuestro país.

Votantes del PP
Un tercio del electorado ha votado al PP a pesar de que todo el mundo sabe de sobra que, hundido en una corrupción estructural, ese partido es, según declaración judicial, una organización criminal para delinquir, condición que ha quedado confirmada, si necesario fuera, por las actividades de su ministro del Interior. Añádanse las políticas fiscales y laborales que el gobierno del PP ha ejecutado contra la mayoría. De manera que el voto al PP de una gran parte de la población española es síntoma de una enfermedad moral en la que se perciben los conocidos ingredientes de egoísmo, ignorancia y miedo. A lo más a que llegan algunos comentaristas es a hablar del voto del miedo, pero como si el miedo hubiera acometido a una población “normal” y no tuviera que ver con un problema de salud cívica de enorme dimensión.

Votos perdidos por Unidos Podemos
El millón de votos perdidos por la coalición Unidos Podemos pone de manifiesto poca consciencia del momento en los abstencionistas y poca lucidez respecto al proyecto de izquierdas. A muchos no nos han gustado algunas cosas, pero ello no es suficiente razón para dejar de votar a la única opción que, desde el comienzo de nuestra mal llamada democracia, se presenta libre de hipotecas y capaz de proponer una política que no esté previamente diseñada y bendecida por el poder económico (tanto el de dentro como el de fuera). Poco lejos se puede llegar si una parte importante de la población que apoya un determinado programa electoral puede dejar de apoyarlo por cuestiones tan episódicas como la simpatía o antipatía que provoque un líder, el error que se cometió al hablar o al callar sobre esto o aquello, o un imprevisto suceso internacional. Más aún si se tiene en cuenta que ese programa electoral, si se empieza a ejecutar, provocará una oposición virulenta de los poderes económicos e ideológicos, y probablemente con temporales perjuicios para una parte de los que lo votaron. Imaginemos que ese millón de votos hubiera acudido a las urnas: ¿qué confianza merecería su apoyo a lo largo del tiempo, siendo así que en cualquier momento podría dejara de apoyar, como ya ha hecho? Por tanto, cuando ahora algunos dirigentes de Podemos creen que la tarea consiste en recuperar esos votos ¿qué esperan de esa recuperación?

El problema de la izquierda
La izquierda quiere intervenir en política para acabar con la dominación y explotación que la mayoría de la población sufre, pero no sabe cómo conseguir que esa mayoría se sienta implicada, es decir, que vaya cambiando conceptos y valores hasta un punto en que sea consciente de su situación dentro de la estructura social, y sea capaz de resistir las múltiples maniobras que el poder de los dueños del dinero sabe poner en marcha.
Esto requiere acciones a largo plazo según un programa que todo partido de izquierdas debería tener bien desarrollado y fundamentado, pero del que nada he oído ni leído desde que en nuestro país hay elecciones. Ese programa no se puede formular con éxito sin una teoría adecuada.

La teoría
Si nos preguntamos desde qué teoría planificar la acción política, no es difícil la respuesta, porque la única teoría general que se mantiene en el campo social es la marxista. A mediados del pasado siglo se intentó oponerle una teoría conservadora, la funcionalista propuesta por T. Parsons, pero fracasó por su voluntario desconocimiento de los aspectos disfuncionales del capitalismo, que están ahí de múltiples formas, se quieran ver o no. Ante ese fracaso, los conservadores decidieron el abandono de las teorías generales, dando sólo por buenas las de medio y corto alcance, que claro está, poco explican.
Desde entonces se ha intentado acabar con el marxismo no mediante una alternativa teórica preferible, sino afirmado que es cosa del pasado por sus errores, sus predicciones incumplidas y por los crímenes que cometieron dictadores que lo invocaban (no importa que actuaran contra su sentido).
Ahora empiezan a darse cuenta muchos de que sólo desde el marxismo se puede explicar el proceso histórico presente. De ahí que levanten cabeza postmarxismos de distinta naturaleza que intentan sustituir algunas tesis erróneas de Marx.
En uno de ellos milita el mentor de Errejón, Ernesto Laclau, que ha criticado con acierto las tesis marxistas referidas al papel de la clase obrera y que se ha propuesto desarrollar el concepto de hegemonía de Lenin y Gramsci. Pero no es el concepto de hegemonía el que nos puede servir para resolver el problema antes indicado, y menos si para su desarrollo se va a buscar, como Laclau ha hecho, en Lakan, Foucault, Derrida y Barthes. Ni adrede pudo elegir peor. Estos autores estuvieron de moda por el atractivo que ejerce lo incomprensible (fueron maestros de la oscuridad ambigua) y afortunadamente van sumiéndose paulatinamente en el olvido. Ninguno de ellos ofrece material valioso para remediar el verdadero defecto del marxismo, que es la ausencia de teoría psicológica.
Algunos teóricos valiosos (Lev Vigotski, Mijaíl Bajtin, Erich Fromm) han sido conscientes del problema e intentaron solucionarlo, y otros posteriores (Basil Bernstein, William Labov) han aportado conocimientos indispensables. El problema es que poco de ellos parece haber llegado a los marxismos de que se nutren los políticos de izquierdas.

La “persona nueva” como condición de la democracia
Marx tuvo el acierto de comprender que no es posible una sociedad igualitaria sin lo que él llamó “el hombre nuevo”. Tuvo también el acierto de denominar falsa conciencia al pensamiento de los individuos que no es consecuente con sus condiciones materiales de existencia, esto es, con sus intereses de clase, como cuando el proletario adopta la ideología de la clase que lo explota.
Sin embargo su formulación (recordemos aquello de “es el ser social el que determina la conciencia, no la conciencia la que determina el ser social”) vino a sugerir que la superestructura ideológica es dependiente de la estructura económica (de manera dialéctica, sí, pero que Marx no explicitó), y que por ello una revolución que expropiara a la burguesía de los medios de producción generaría de manera inevitable el nuevo tipo de persona.
Esto no es así, como ha demostrado la historia posterior. Hubo países en los que los medios de producción fueron de propiedad pública durante décadas y ahora podemos ver qué tipo de población se produjo en ellos.
De manera que, aunque el análisis de lo que ocurre en la estructura económica es imprescindible y sigue siendo muy aclarador en el marxismo, la relación de esa estructura con la fabricación de las mentes y con la modificación de estructuras semánticas consolidadas ha sido la parte débil de los políticos y teóricos marxistas.

La fabricación de la falsa conciencia
La iglesia y los grupos dominantes han tenido muy claro, desde siempre, que la educación es una palanca imprescindible para el control social. A diario se utilizan escuelas, púlpitos, catequesis y medios de comunicación privados, además de los públicos cuando la derecha los controla, así como la omnipresente publicidad, para expandir sin oposición una ideología cuyos elementos cognitivos y afectivos determinan qué es el Bien y qué es el Mal. Esa ideología arraiga en una gran parte de la población y son luego las familias los centros primarios de transmisión.
Desde ella se afirma o se da por supuesto un conjunto de verdades productoras de afectos, entre ellas las siguientes:
Vivimos en una democracia que se opone a dictadura y a falta de libertad. En ella la ley y el mercado (que es consustancial con la democracia y que junto con ella constituye el Sistema) determinan lo que debe ir legítimamente al bolsillo de cada cual.
Las leyes son elaboradas y promulgadas por los ciudadanos a través de representantes elegidos libremente y sólo comprometidos con el interés de sus votantes.
La patria es el hogar de todos los ciudadanos, todos hermanos dentro de ella: ricos y pobres unidos en la emoción por el gol que hace a la patria campeona del mundo.
La libertad de expresión exige el máximo respeto a los medios de comunicación privados, representantes de esa libertad frente a los medios públicos.
Salud, dinero y amor. La riqueza y el consumo son los bienes preferibles. El ideal: llegar a ser rico, muy rico, cuanto más rico mejor. Si alguien tiene suerte en los negocios puede ser rico sin límites, y eso no perjudica a nadie. Al contrario, beneficia a otros si el rico crea puestos de trabajo. Y cualquiera puede ser rico gracias a la lotería. ¡Atrévete a ser millonario! La admiración por los ricos de la lista de Forbes se estimula en todo momento.
La iniciativa del emprendedor se premia, el que no consigue nada es porque no lo intenta con fuerza suficiente. El pobre lo es porque no hace lo necesario para salir de la pobreza y nada tiene que reprochar al sistema. Y aun así no se le deja en la estacada, que para eso tenemos un Estado del Bienestar que nos coloca a la cabeza del mundo en el respeto a los Derechos Humanos. No hay más que pedir, si acaso procurar que ese Estado del Bienestar no se venga abajo.
Porque resulta que está en un peligro del que nadie es culpable: la globalización es algo que está ahí y no se puede ignorar, y a ella y a la revolución digital se achacan beneficios, pero también males inevitables. La precariedad laboral, los bajos salarios, la inseguridad de las políticas sociales, la necesidad de que cada cual se agencie sanidad, educación y pensión privadas, todo eso ha venido para quedarse y a ello hay que adaptarse.
En toda sociedad el conflicto es natural. Por encima está él interés de la ciudadanía, o de los españoles, un interés que condensa mil intereses distintos, pero conciliables mediante la negociación y el pacto.
Al tiempo que la ideología conservadora proclama estas verdades, condena perversiones sociales como el comunismo, ligado a dictadura, pobreza, ineficacia y crimen, el ateísmo, el antipatriotismo separatista. Y también el radicalismo de los que gritan mucho, quieren acabar con el sistema y no saben lo que se traen entre manos. Grecia nos muestra adónde llevan los antisistema radicales. Entre otras cosas a poner en peligro la propiedad que cada cual ha ido consiguiendo con el honrado trabajo: sus ahorros, su segunda vivienda.
A primer plano pasa el terrorismo cada vez que hay un atentado, relacionado con el Islam y con inmigrantes que vienen y van. ¿Cómo hay seres tan inhumanos y crueles, que asesinan indiscriminadamente sin posible justificación? Es necesario un poder fuerte que nos defienda de este peligro. Enfrente están quienes intentan explicar el terrorismo, que es lo mismo que justificarlo.

La campaña electoral como oportunidad frustrada
La palanca fundamental para el control social no violento consiste en la transmisión de esos significados y valores, y de otros de semejante sentido.
Por tanto, el esfuerzo por sustituir esos significados y valores por sus contrarios es una palanca imprescindible para la emancipación. Y no es fácil, pues se trata de significados y valores muy bien instalados en las mentes.
Este es el verdadero campo de batalla de la izquierda, el ideológico, no el electoral. Pues los resultados sólidos en este segundo serán consecuencia de lo conseguido en el primero.
Si la izquierda tuviera un programa de lucha ideológica utilizaría instrumentos específicos (Círculos, centros de investigación, enseñanza y difusión; escuelas y medios de comunicación) y aprovecharía las oportunidades (campañas electorales, oposición en el Parlamento).
No es momento de hablar de ese programa ni de por qué no existe, así que voy a limitarme a comentar la campaña electoral como oportunidad perdida.

La moderación ideológica
Reitero una crítica que ya expuse antes de las elecciones: los dirigentes de Podemos fueron primero víctimas de un entusiasmo juvenil que les llevó a euforias evitables, como repartir a destiempo puestos de gobierno, o a caer en excesos verbales que facilitaron que se acusara a Pablo Iglesias de arrogante, de mero buscador del poder, etc. El problema fue que para corregir este error se cayó en el contrario, el de vestir piel de cordero y presentarse con un conformismo inocuo, renunciando a la firmeza ideológica que hubiera sido de desear.
Ejemplos son: rehuir temas como Venezuela y Grecia (en lugar de atacarlos directamente para explicar la propia posición, única forma de desactivar los ataques oportunistas); las explicaciones de Iglesias sobre su comunismo, sus alabanzas a Zapatero, etc., cosas todas reveladoras del uso de tácticas electorales que entran en contradicción con una estrategia ideológica bien pensada. Añádase la introducción de temas inoportunos como el del peronismo, que añadieron confusión.
En otros momentos he disculpado la moderación ideológica de Podemos achacándola al temor a la reacción de los medios. Pero hay que añadir que esa moderación ha sido reveladora de poca consistencia teórica respecto al tema de la lucha ideológica y su importancia, pues ha resultado profundamente deseducativa (o si se prefiere, ha servido para afianzar significados conservadores).

Ocasiones perdidas
Se pueden decir muchas cosas obvias acerca de cómo abordar, para desactivarlo, cada uno de los significados que componen el Bien y el Mal conservador. Me limito aquí a estos puntos:
(a) El “no nos representan” y “la casta” son expresiones que pierden fuerza si no se asocian a una crítica a la “democracia” en que vivimos. De poco sirve hablar del IBEX 35 y de las puertas giratorias si se presenta todo esto como algo que puede cambiar si Podemos consigue el poder. Por el contrario, se trata de que la gente vaya sabiendo que los males políticos de nuestro país no son debidos a una perversión ocasional de estos o aquellos gobernantes, sino que forma parte de la estructura de la democracia burguesa desde su fundación, concebida como mecanismo legitimador del poder de una minoría sobre la sociedad entera. Tal mecanismo exigió primero privar del derecho de voto a los que carecían de propiedades (por la razón expresa de que, siendo mayoría, podrían votar contra la propiedad), derecho que se les concedió luego, cuando se comprobó que era fácil inducir la esclavitud voluntaria. Derecho que finalmente se revoca por la fuerza si los de abajo se muestran reacios a la sumisión (caso, entre muchos, de Grecia). Hay que explicar a la gente cuáles son los requisitos de la democracia, que en nuestra sociedad no se dan, entre otras cosas porque no deciden los votantes, sino los que controlan el dinero y los mercados. Es profundamente deseducador decir que la democracia española está suficientemente consolidada.
(b) No basta hablar de ricos y pobres si no se explica hasta qué punto la riqueza excesiva es un crimen y no algo loable y deseable, pues habiendo una relación causal entre riqueza y pobreza, y siendo la riqueza de un país la que es, si algunos pocos se llevan la mayor parte, sólo queda la parte menor para repartir entre los restantes. Todo lo cual exige denunciar la idea (realmente estúpida, pero asociada por la derecha a riqueza y libertad) de que es el mercado el que debe decidir cómo se reparte la riqueza de un país. Hay que afirmar, una y otra vez, que hasta que no haya una limitación a la riqueza privada la democracia no será posible.
(c) No tiene sentido apropiarse de la palabra “patria” si al mismo tiempo no se explica que la patria está por construir y que eso a lo que ahora se llama patria es una mentira con la que se disfraza la oposición de intereses irreconciliables, los de la minoría dominante y los de la mayoría dominada. No existen los derechos generales de los españoles (salvo a un nivel muy vago y nada conflictivo), sino intereses contrapuestos, los de estos frente a los de aquellos.
(d) Al presentar su adhesión al comunismo como una enfermedad juvenil, Iglesias ha desaprovechado la ocasión de explicar algo asimilable por una gran parte de la población: que la moral cristiana (despreciada de tantas formas por la Iglesia Católica y por muchos de sus fieles) coincide con la moral comunista, y que no hay nada tan opuesto al cristianismo como el carácter depredador de la economía capitalista. Se ha perdido una ocasión de explicar que izquierda, marxismo y comunismo son una apuesta por la realización de los ideales ilustrados: libertad, igualdad y fraternidad.

Es necesario exponer las verdades que ofenden y molestan a los conservadores
Si se va por la vida política tratando de no molestar, resultará que no se puede explicar el papel que en los males de nuestro país está jugando el poder financiero, especialmente el alemán y el americano y sus representantes políticos, no vaya a ser que los alemanes y los americanos se enfaden y tengamos luego que sufrir las represalias. Resultará que hay que ir a la base americana en Torrejón para mantener una ridícula entrevista con Obama de tres minutos, y luego quejarse de que no hubo tiempo de decirle nada.
Para no ofender al PSOE no se podrá insistir en que el escándalo de que los ricos y las grandes corporaciones apenas paguen impuestos se debe a las leyes fiscales que PP y PSOE (Zapatero incluido) han venido promulgando como servidores del poder económico, y a su falta de interés para perseguir el delito fiscal.
No se podrá proclamar que los impuestos indirectos son un crimen que se perpetra para ahorrar impuestos a los que más tienen (ya que atacar el IVA sería atacar a las Instituciones europeas, salir del Sistema, y exponerse a mil críticas).
Algo parecido a lo ocurrido en la campaña electoral ocurrirá en la oposición parlamentaria si se mantiene la estrategia de perfil bajo. Se perderá una ocasión de enfrentarse a la derecha en el terreno de la verdadera batalla.

Un mal uso de los medios
No ha sido buena la decisión de acudir a los medios privados cada vez que lo han reclamado en su propio beneficio, pues desde ciertos programas poca información relevante se puede enviar y sólo caer en la trivialidad que lo engulle todo, o en la ceremonia de la mentira que el formato de algunos programas facilita a los Marhuenda e Inda de turno. Acudiendo a esos programas sólo se ha conseguido legitimarlos y participar del confuso ruido que generan.
Pero peor ha sido oír a Iglesias echar flores a los medios de comunicación que estos no merecen, como si así se pudiera frenar su extrema agresividad, cuando la única defensa es ponerlos en evidencia explicando a su audiencia el por qué de esa agresividad. Se han perdido ocasiones de denunciar en los propios medios su sectarismo, consecuencia de la propiedad privada a cuyo servicio actúan. Es necesario que la gente sepa quienes son los propietarios y cómo ningún periodista contratado puede actuar contra los intereses de aquellos. Aprovechando que medios como los de PRISA se presentan como objetivos y modélicos, hubiera estado bien denunciar públicamente que a sus páginas de opinión y a sus tertulias sólo son invitados representantes del pensamiento conservador, solicitando participar en ellas para representar al pensamiento de izquierdas. Hecha pública denuncia y solicitud, la reacción de la empresa habría sido en todo caso ilustrativa.