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QUIM TORRA, IRENE MONTERO Y PABLO IGLESIAS: SORPRESAS

I

Los nacionalistas religiosos son tan excluyentes y al mismo tiempo tan capaces de disimular como cualquier iglesia. En Cataluña no pueden aceptar de buen grado a los infieles que han llegado buscando trabajo, de Andalucía y Extremadura sobre todo, y que ahora resulta que figuran como catalanes y votan como catalanes. Y que incluso se empecinan en hablar castellano. El nacionalista religioso se llena de santa indignación. Y esa santa indignación es la que expresaba Torra en sus escritos de manera muy burra. Pero no se puede pedir contención a quien está retorcido por la indignación teológica.

Lo sorprendente es que haya sido elegido como Presidente de la República Catalana, porque el cuento venía siendo conquistar las opiniones públicas europeas mediante lo que los cursis llaman “el relato”. El nacionalismo catalán se presentaba como amable, integrador. De ahí la sorpresa.

¿Han decidido estos nacionalistas sacros quitarse la careta o se les ha caído sin que se dieran cuenta? Yo pienso que lo segundo. Les ha pasado lo que con frecuencia ocurre a los del PP, tan familiarizados con una manera de pensar y sentir que la creen natural, como el aire y el agua. Cierto que son conscientes de que hay que autocensurarse para no provocar la reacción de…, ya saben, de la chusma, y de ahí que traten de acomodarse al lenguaje políticamente correcto, pero a veces se les va el santo al cielo y no perciben lo escandaloso de lo que están diciendo. Y luego, cuando explota la escandalera, primero se sorprenden y en seguida se dicen entre sí: “Si tienes toda la razón, si todo lo que has dicho va a misa, pero ya sabes cómo está el patio. A veces hay que tener prudencia y morderse la lengua.”

En fin, que de la misma manera que Rajoy y la judicatura española han regalado bazas al independentismo, de la misma manera los independentistas acaban de regalar una baza impensable al enemigo españolista. Y luego está esa parte de Cataluña que se considera de izquierdas y que vota a Ezquerra. Vaya papel el de Ezquerra, incapaz de negarse a votar a Torra.

Pero bueno, el forcejeo sigue, esperemos que para llegar a un punto en que todos sean vencedores y vencidos.

II

Vayamos a la otra sorpresa: Irene Montero y Pablo Iglesias han comprado un chalet de 660.000 euros en una urbanización de medio lujo (porque las hay de lujo completo).

Ningún reproche legal ni moral. Demos por bueno que se puede ser rico y comunista, que se puede vivir en una urbanización lujosa y ser de izquierdas. La cuestión no es cuánto dinero se tenga o dónde se viva, sino qué políticas estaría uno dispuesto a promover y apoyar, de manera que sería ejemplarmente de izquierdas el rico que votara por una política social liquidadora de sus privilegios.

Pero en este caso veo un problema estético y otro de coherencia.

No puede uno dejar de pensar en quienes compran un coche de lujo cuyo precio está en desproporción con sus ingresos. Pero ¿y el placer de verte y que te vean en tu mercedes aunque tengas que ahorrar en comida más de la cuenta?

Por otra parte la elección de un sitio para vivir te define. En este caso una urbanización de lujo mediano, con gentes que han arribado al lujo mediano. ¡Oh, qué hermoso chalet, con su piscina, y su jardín, y su casita para invitados! ¡Qué buen sitio para educar a los hijos, junto a gente que disfruta, gozosa, de un lujo que parece de primera fila!

Para calibrar el caso es preciso no perder de vista que por 300.000 euros nuestra pareja podría haber conseguido, en un pueblo cercano a Madrid, una casa decorosa y rodeada de campo, suficiente para padres de clase media que quieren dar a sus niños lo mejor de este mundo.

Vaya esto por el lado de la estética, que al fin y al cabo es asunto subjetivo.

El problema de coherencia es ya algo peor. Pues si se ha estado proclamando algo que parecía constituir el alma de la propia posición y luego se cambia de idea, deben darse explicaciones. ¡Claro que puede uno dejar de creer que es cierto lo que se afirmaba ayer! Vivir en el barrio en que vive la gente a la que representas… No alejarte a una urbanización en la que pierdes el contacto con la gente corriente… No he oído a Irene ni a Pablo explicaciones razonables acerca del cambio de idea, acerca de por qué hoy es bueno lo que ayer era malo.

El tema no queda aquí, pues hay además un parecido con el caso anterior. O Irene y Pablo no consideraron los costes que su compra iba a tener para ellos y para su partido, o los consideraron. En el primer caso tienen poca cabeza. En el segundo les pudo el entusiasmo por el lujo mediano, y pensaron que los costes para ellos y para su partido eran un precio razonable.

Me inclino por lo primero. Seguro que no previeron que la reacción a la compra les iba a poner en situación de someter la permanencia en sus cargos a una votación de la militancia. Pero entonces ¿es que vivían en Babia? Con tan poca capacidad para adelantar los acontecimientos mal se puede dirigir un partido político. Y además no tiene sentido que, una vez hecha la compra, se recurra al voto de la militancia, cargando sobre ella la propia responsabilidad. Si Irene y Pablo no concebían una vida buena salvo en ese chalet, si ese chalet es lo que deseaban con más brío, antes de comprarlo debieron dejar sus cargos en Podemos para sentirse más libres y para dejar a Podemos menos comprometido.

Pero vayamos finalmente con lo que a mi juicio es más grave, y no me refiero a los posibles costes electorales (para el partido) o personales (para ellos). No voy a extenderme porque ya he hablado en otras ocasiones de este asunto crucial. Y es que la izquierda no parece consciente de que, contra las apariencias, el campo de la batalla política no es el electoral, sino el ideológico. De manera que antes de nada cada dirigente debiera considerar en que medida una decisión personal, tan legítima como se quiera, puede hacer daño a un proyecto de implantación de nuevas ideas y valores en una mayoría social.

Lo siento, porque Irene me caía muy bien. Sin embargo me pregunto: ¿es que en Podemos no abundan personas capacitadas para liderar el partido sin peligrosas ambiciones personales, personas consistentes, con una ideología firme de izquierdas y adictas a una vida sencilla y coherente? Porque los espectáculos que muchos de sus líderes han venido dando han sido poco edificantes. Parecen estar por debajo de la gente a la que representan, salvo en retórica.

Para acabar. La carta que Podemos ha enviado a sus militantes denunciando una campaña mediática contra Irene Montero y Pablo Iglesias tiene toda la razón en casi todo. Claro que el enemigo ha aprovechado muy alegre el motivo que ellos le han ofrecido, pero las críticas por la compra del chalet no llegan sólo del enemigo. En mi caso soy votante de Podemos y le votaré mientras siga siendo el único partido, de entre los que pueden llegar al Parlamento, que no está controlado por el poder económico.

jmchamorro@jmchamorro.info

TRUMP Y PABLO IGLESIAS. ¿ES VERDAD QUE SON LO MISMO?

Es divertido ver cómo se las apañan muchos para saltar de Trump a Pablo Iglesias como si no tuvieran más remedio que hacerlo. Puesto que coinciden en esto o en aquello, Pablo Iglesias y Trump son lo mismo. Veamos cómo se ha planteado este tema en el periódico de mis preferencias, El País.

Análisis complejos, rigurosos y muy, muy objetivos

José Ignacio Torreblanca, profesor titular de Políticas en la UNED y jefe de opinión de El País, nos decía el pasado 10 de noviembre que de punta a punta del planeta el populismo celebra la victoria de Donald Trump. ¿Qué es el populismo? Torreblanca hace una faena de aliño al identificar al populismo de derechas con el viejo nacionalismo en su forma tradicional, y al de izquierdas con el nacionalismo disfrazado de revuelta del pueblo contra las élites.

Refiriéndose al primero comenta que tanto Vladímir Putin como Trump prometen Estados fuertes, naciones orgullosas, mano dura contra el inmigrante y recuperar la soberanía frente a cualquier compromiso impuesto desde el exterior.

Refiriéndose al segundo nos dice que vuelve el marxismo clásico con su análisis simplista y reduccionista del mundo, la economía y el individuo.

Para identificar cosas tan dispares nos dice que el marxismo actúa en pinza con el peor nacionalismo xenófobo, y añade que las máximas y eslóganes de ambos son prácticamente idénticos: todos dicen hablar en nombre del pueblo, al que quieren devolver el poder hurtado por los poderes financieros, las instituciones supranacionales o los políticos de una vilipendiada capital (Washington, Bruselas, París o Roma) construida como arquetipo de la corrupción política, económica y moral. Todos ellos apuntan a un mismo modelo: la tiranía de la mayoría bajo un líder clarividente y un enemigo común, exterior, interior o las dos cosas a la vez. De ahí que también celebren la victoria de Trump los populistas de izquierdas, en España o fuera de ella.

Otra forma de decirlo

Consciente Torreblanca de que se ha embarullado al definir el concepto de populismo, intenta aclarar su idea, y en realidad la oscurece si posible fuera:

El populismo no es una internacional, pues carece de estructuras orgánicas. Es más bien una amalgama en la que se mezclan izquierdas y derechas, nuevas y viejas, del norte y el sur, antiestatistas y anticapitalistas. No son capaces de construir nada juntos, pues en el fondo solo les une la pasión por destruir las estructuras fundamentales de lo existente, de todo aquello en lo que se basa nuestro modo de vida: la democracia representativa, la economía abierta de mercado, la igualdad de oportunidades, las instituciones internacionales, la apertura de fronteras, las identidades múltiples, la idea de una sociedad abierta.

Inexactitudes

¿Se puede decir que Trump o Putin son enemigos del Estado o del Capitalismo? En absoluto. Si acaso se podría decir que son enemigos de la democracia, pero en eso no se diferencian de los políticos más respetados, aquellos que defienden nuestra “democracia”. Pues la democracia representativa en el capitalismo siempre ha sido falsa, como al fin está quedando claro para los bien informados, y no sólo para los marxistas, que lo vieron mucho antes. Eso a lo que llaman democracia es una plutocracia disfrazada. Por tanto quien defiende esta democracia aparente no es un demócrata, sino un palmero de la plutocracia, sean cuales sean sus razones. En cambio es muy sensato oponerse a un simulacro de democracia en nombre de una verdadera democracia, que es lo que debe hacer la izquierda anticapitalista.

Oponerse a la economía abierta de mercado es otra exigencia de la razón: esta economía está poniendo en peligro al planeta, distribuye la riqueza social de manera irracional e injusta, crea condiciones internacionales de violencia, terrorismo y guerra, fabrica poblaciones incultas y violentas…

Y si Torreblanca se refiere a los Tratados de Libre Comercio, ¿quién le ha contado que oponerse a ellos tal y como están concebidos es cosa criticable desde la razón? 455 organizaciones civiles europeas y canadienses acaban de pedir a sus respectivos gobernantes que voten contra el tratado UE-Canadá (CETA) porque “no es un acuerdo de comercio progresista”, sino que en realidad “es aún más invasivo que lo que preveía la vieja agenda de libre comercio diseñada por y para las multinacionales más grandes del mundo”. Su ratificación, dicen esas 455 organizaciones, puede “debilitar la protección de los trabajadores y del medio ambiente y ofrecer a los inversores extranjeros herramientas para atacar regulaciones de interés público”.

En cuanto a la igualdad de oportunidades, ¿cómo puede decir Torreblanca que Podemos se opone a ella, cuando pretende que por fin sea un hecho? En cambio los conservadores como él invocan la igualdad de oportunidades al tiempo que defienden un sistema que la impide. ¿Es que no sabe este señor que en nuestras sociedades los niños, en muy alto porcentaje, heredan la posición social e intelectual de sus padres y que los de familias económica y culturalmente pobres difícilmente llegarán a la universidad y puede que ni siquiera a la FP? ¿A eso llama sociedad abierta? Para muchos está cerrada, cerradísima.

Y ¿con qué lógica deduce Torreblanca que la izquierda anticapitalista quiere destruir las instituciones internacionales sólo porque está en contra de algunas instituciones internacionales inicuas, o que se opone a la apertura de fronteras sólo porque es contraria a un cierto tipo de apertura? ¿De dónde saca que Podemos pretende expulsar de la nación a todos los impuros, impropios y que no comulguen con su esencialismo?

El Sr. Torreblanca cree que es una invención populista que los poderes financieros (a través de instituciones internacionales y de los políticos a su servicio) han hurtado el poder del pueblo, o que el sistema sea arquetipo de corrupción política, económica y moral. Es la creencia de un ultra conservador. Los que tienen ojos en la cara ven con claridad que todo eso es cierto y que, por ello, una revuelta contra las élites económicas se está haciendo imprescindible.

¿Una élite fanática contra la élite económica?

Llegado a este punto Torreblanca ironiza: ¿cómo van a liderar una revuelta contra las élites movimientos como Podemos, liderados a su vez por unas élites que bien poco tienen de pueblo, y mucho de pretensión de usar e inventar todo tipo de agravios para hacerse con el poder y permanecer en él? No son los pobres ni los perdedores los que se han revuelto contra el sistema, sino unas élites fanáticas que saben cómo manipular las emociones y manejar los medios para instalarse en el poder en el nombre del pueblo.

Pero hombre, señor Torreblanca, una cosa es la élite económica mundial, que es de la que hay que defenderse, y otra la élite intelectual a que pertenecen, se supone, unos profesores de universidad que ganan 2.000 euros al mes. ¿Cree de verdad que en el Movimiento del 11-M no fueron los pobres ni los perdedores los que se revolvieron contra el sistema, sino esa élite fanática? Sin comentarios.

Traca final

Pues esperen, que en otro escrito del 24 de noviembre, en el mismo periódico, este señor llega a superarse a sí mismo:

Hasta hace poco, éramos muchos los que celebrábamos que el concepto [de soberanía] estuviera en desuso. Pensábamos, incluso, que lo habíamos derrotado. Soñábamos que el proyecto europeo lo había superado y que nos encaminábamos hacia esa “paz perpetua” cosmopolita que dibujara Kant. Pero no. Pese a su trágico historial y su tono rancio y caduco, son muchos hoy, a izquierda y derecha, los que han vuelto a idolatrar el término. Desde el Podemos de Pablo Iglesias al Frente Nacional de Marine Le Pen pasando por el racismo proteccionista de Trump, el neoimperialismo de Putin, los independentistas de la Asamblea Nacional Catalana o la extrema derecha que todavía se manifiesta por las calles de España cada 20 de noviembre, todos se encomiendan a la soberanía como ideología liberadora, como si no supiéramos que detrás de ella viene la dictadura, la guerra y el triunfo de la identidad, la raza y la nación sobre la razón y la libertad individual. Me gusta el siglo XXI. No quiero volver al XVI. Por eso, soberanía, yo te maldigo.

El mayor mérito de este texto no es su tono melodramático, coronado con la maldición final (que seguro que ha destrozado el corazón del pobre concepto de soberanía). ¡La impresionante hazaña es usar la palabra “soberanía” para identificar a Podemos con Trump, Le Pen, Putin, el racismo y el franquismo! ¿Comprenden ustedes por qué han hecho a Torreblanca jefe de opinión de El País? Basta citarle al pie de la letra para desacreditarle.

Otro ejemplo igualmente interesante en el mismo periódico

Daniel Innerarity, catedrático de Filosofía Política del País Vasco, abogaba el pasado 16 de noviembre por una democracia compleja tras apreciar que nuestros sistemas políticos son impotentes ante quienes, como Trump, ofrecen una simplificación tranquilizadora. Quien hable hoy de límites, responsabilidad, intereses compartidos, nos dice Inneraraty, tiene todas las de perder frente a quien establezca unas demarcaciones rotundas entre las élites y el pueblo, de manera que la responsabilidad y la inocencia se localicen de un modo tranquilizador.

Pero la democracia no es algo tan simple, sigue diciendo, es un conjunto de valores y procedimientos que hay que saber orquestar y equilibrar (participación ciudadana, elecciones libres, juicio de los expertos, soberanía nacional, protección de las minorías, primacía del derecho, deliberación, representación…). Los nuevos populismos toman sólo el momento plebiscitario y lo absolutizan, desconsiderando todos los demás, cuando en realidad la implicación de las sociedades en el gobierno debe ser más sofisticada que como tiene lugar en las lógicas plebiscitarias o en la agregación de preferencias a través de la red. En una democracia de calidad el tiempo dedicado a la deliberación ha de ser mayor que el que empleamos en decidir.

No se toman las mejores decisiones cuando se decide sin buena información (como el Brexit) o con un debate presidido por la falta de respeto hacia la realidad (como Trump). Tampoco hay una alta intensidad democrática cuando la ciudadanía tiene una actitud que es más propia del consumidor pasivo, al que se arenga y satisface en sus deseos más inmediatos y al que no se le sitúa en un horizonte de responsabilidad.

En definitiva, cree Innerarity que frente a la simplificación de los populistas hay que promover una cultura en la que los planteamientos matizados no sean castigados sistemáticamente con la desatención o el desprecio. Y termina haciendo más claro su pensamiento cuando se muestra sorprendido de que “Iglesias, Mélenchon o Grillo no parezcan inquietos por compartir la lógica simplificadora de sus siniestros oponentes”.

Antes de nada resaltar que para Innerarity la soberanía nacional es uno de los valores democráticos, mientras Torreblanca maldice solemnemente ese concepto. ¿Estará Innerarity en el mismo saco que Le Pen, Trump, Putin, los franquistas y Pablo Iglesias? Dejemos que Innerarity y Torreblanca se pongan de acuerdo acerca del alcance de la maldición.

¿Se ha pervertido lo que era puro?

Esto aparte, lo que me interesa resaltar es que en lo dicho por Innerarity está implícito que en las sociedades en que no gobiernan populismos de derechas ni de izquierdas se pueden tomar las decisiones con buena información y sin falta de respeto a la realidad, y que en ellas se sitúa a la ciudadanía en un horizonte de responsabilidad y no de consumidor de arengas. Me acabo de enterar, no lo sabía.

Reconoce Innerarity que las recientes elecciones en Estados Unidos han sido la apoteosis de algo que se venía observando desde hace algún tiempo en muchas democracias del mundo: más que elegir, se deselige; hay mucho más rechazo que proyecto, no se vota para solucionar sino para expresar un malestar, y ese comportamiento manifiesta una profunda desesperación.

De acuerdo. Pero los gobiernos de los que nunca se dijo que fueran antisistema o populistas, y que son los que han controlado nuestras sociedades los últimos decenios, no han eliminado las causas de esa profunda desesperación, más bien han sido sus autores. ¿No será que, contra lo que Innerarity piensa, es razonable establecer unas demarcaciones rotundas entre las élites económicas y el pueblo? No es tranquilizador, sino muy frustrante comprobar que, por lo que respecta a la distribución de la riqueza, la responsabilidad está en esas élites y en sus colaboradores, y la inocencia en el pueblo indefenso.

Habla Innerarity de límites, de responsabilidad, de intereses compartidos. ¿Quiere decir que las reivindicaciones populares tienen que aceptar límites, los que impone el poder económico, o que hay que renunciar a esas reivindicaciones por responsabilidad, o que los de muy arriba y los de abajo pueden compartir intereses que no sean superficiales? Por ejemplo, ¿cree que en nuestras sociedades es posible proponer medidas anticapitalistas sin que sean rechazadas, y que las élites y las capas populares pueden llegar a acuerdos de fondo que beneficien equitativamente a ambas partes? Es evidente que eso no ha ocurrido en la España del PP y del PSOE, ni en los Estados Unidos de Obama y de Clinton, por no decir de Reagan y de los Bush.

Y por otra parte, ¿de dónde saca nuestro filósofo que los de Podemos (partido en que está pensando como ejemplo de populismo de izquierdas) no tienen en cuenta que en democracia hay que deliberar, debatir, escuchar a los expertos, etc. Se pasan el día deliberando y debatiendo, en mayor medida que los demás, y cuentan con expertos que les asesoran en la elaboración de sus programas. ¡Qué contradicción llamarse filósofo y tener que alquilar el ingenio! Innerarity habla con la misma lógica de los que han provocado con sus políticas la indignación popular.

Ser lo mismo y actuar en pinza

Habría que decir además que no hay razones para identificar a personas o instituciones distintas sólo porque coinciden en la oposición a algo. Se puede coincidir en la opsición al nacionalismo catalán desde la derecha (en nombre del nacionalismo español) y desde la izquierda (en nombre del internacionalismo de la población explotada), pero no se trata de posiciones idénticas o afines, sino contrarias.

Y cuando se habla de pinza porque dos partidos coinciden en oponerse a algo es como si se dijera que las personas pacíficas y los hooligans actúan en pinza contra el gobierno porque se oponen a una subida del precio de la gasolina. O que quien se opone a una condena porque le parece excesiva (el delincuente) y quien se opone porque le parece suave (el fiscal) están actuando en pinza contra el juez. Pero así discurren quienes dicen que Podemos actúa en pinza con el PP. No hay en el país más cera intelectual que la que arde.

¿A qué deberíamos llamar populismo en sentido peyorativo?

Dejemos los confusos usos de “populismo” que sólo pretenden desacreditar a Podemos. “Populismo” en su sentido peyorativo es identificable con el uso de la mentira para, engañando a un pueblo malinformado, conseguir o retener el poder y hacer una política contra ese pueblo. Tal mentira puede presentarse en diversas formas, siempre con palabras que disfrazan el mal de bien: falsas promesas, apelar a las emociones, a la patria, asustar a la gente afirmando que los que prometen cambiar las cosas llevarán al país al desastre, etc.

En cambio no puede tener sentido peyorativo “populismo” si se refiere a apelar al pueblo contra la élite proponiendo alguna forma de reparto más justo de la riqueza del país.

En la acepción peyorativa de “populismo” queda claro que Trump es populista, pero además que todos los partidos pro-sistema son y han sido populistas por necesidad (incluidos los socialdemócratas europeos y el partido de Clinton y Obama), ya que se ven obligados a ocultar dónde se toman las decisiones que luego ellos tienen que vestir políticamente, a prometer cosas incompatibles con la política que saben que van a realizar, o a disfrazar esa política antipopular de racionalidad y de servicio al bien común. Para que un partido conservador no fuera populista tendría que atreverse a hablar así a la población: “soy testaferro del poder económico y voy a hacer una política favorable a sus intereses caiga quien caiga.”

Es la izquierda anticapitalista la única que puede eludir el populismo (lo que no quiere decir que siempre lo eluda), porque no está obligada a mentir (si miente es porque de alguna forma se ha pervertido). La izquierda anticapitalista eludirá el populismo si, manteniéndose independiente de los poderes económicos, hace propuestas realistas que beneficien a la mayoría y al mismo tiempo explica por qué no puede ir más lejos, dónde están los obstáculos. ¿Cómo se puede llamar populista a un partido que, por sus intenciones, se hace odiar por las élites y sus secuaces?

Acerca de la complejidad

El conservador se pasa media vida denunciando el grosero simplismo y la falsificación de la realidad de las propuestas de la izquierda, y otra media vida apelando a la complejidad como excusa de que no se haga lo que parece obligado de acuerdo con los valores que proclama. Cuando el señor Torreblanca considera simplista y reduccionista el análisis del marxismo clásico está sugiriendo que hay una forma menos simplista y reduccionista de ver las cosas. ¿Dónde está? No desde luego en sus análisis, pero al menos ¿en qué libros? Pues resulta que el marxismo (incluidas las mejoras que se le pueden hacer a la luz de la ciencia social sobrevenida) sigue siendo la única forma no simplista, ni reduccionista de analizar la realidad de las sociedades capitalistas.

La alternativa, a su más alto nivel, la encontramos en obras como la del filósofo Robert Nozic o de los economistas de la Escuela de Chicago. Y ¿qué dicen esas lumbreras de la derecha?

Nozic, por ejemplo, viene a afirmar que los impuestos son un robo, que lo que el mercado da a cada cual es efecto de la libre decisión de vendedores y consumidores y que la libertad está por encima de la justicia. Todo esto sin siquiera analizar qué es la libertad, que para él consiste, simplemente, en que cada cual pueda hacer lo que quiera con su dinero. No nos dice cómo se justifica que alguien tenga miles de millones mientras millones de conciudadanos no pueden pagarse un médico. El mercado ha repartido así la riqueza y no hay más que hablar. ¿Y por qué es el mercado el que tiene que dar y quitar, y no la decisión racional y justa de la sociedad? Pues porque esto último ya se ha ensayado y fracasó en la URSS. ¡Un verdadero monumento de pensamiento complejo!

Y ¿qué nos dicen los economistas de la Escuela de Chicago? Que lo privado es más eficiente que lo público, que no hay que cobrar impuestos a los ricos ni intervenir en el mercado, que si se deja que el mercado controle la economía con su lógica, y si se deja el dinero en manos de los ricos, nos irá mucho mejor a todos.

¿Es cierto que no se puede hacer otra cosa?

Los datos empíricos han falsado esa simplista teoría conservadora una vez y otra. Si se deja que la distribución de la riqueza sea decidida por el mercado sin apenas cortapisas se llega primero a la situación en que estamos, y si se eliminaran las escasas regulaciones que quedan se llegaría a una situación auténticamente catastrófica. Pese a todo los políticos conservadores siguen afirmando que la política que están haciendo es la única posible y que todo lo demás son populismos.

Pongamos ejemplos de ese populismo en España: una renta básica universal, una subida del salario mínimo, garantizar constitucionalmente la mejora y garantía de las pensiones, dotar adecuadamente a la escuela pública, fortalecer los sindicatos y la negociación colectiva…

¿Por qué son propuestas inaceptables? Unas porque la subida de salarios y la restitución de los derechos de los trabajadores acabaría con la “flexibilidad laboral” y nuestra economía sería menos competitiva, cosa que se ha probado empíricamente que es falsa. Otras porque supondrían unos miles de millones de euros que el Estado no tiene. Pero ¿por qué no los tiene? Por la escasa progresividad de los impuestos, por las rebajas de impuestos que se han hecho a los que tienen más patrimonio, por las desgravaciones a las grandes sociedades, por las SICAVs, por la evasión fiscal que no se persigue, por la negativa a aplicar una pequeña tasa a las operaciones financieras. Sobra el dinero, sólo que no está donde debiera. La rebaja de impuestos a los muy ricos es tan obscena que algún magnate ha protestado porque le parece indigno pagar menos que su secretaria.

Ellos replicarán que el trato fiscal favorable al capital es necesario para evitar que se vaya fuera y para atraer inversiones. Pero resulta que en otros países la recaudación fiscal es mayor y la evasión fiscal menor, y sin embargo ni los capitales ni las empresas se van y las inversiones llegan. En último caso, si esa previsión fuera cierta, cualquier intelectual honrado no debería darla por buena apelando a la complejidad, sino hablar de chantaje, y denunciarlo, y manifestarse contra el sistema.

Algo acerca de la simplicidad

¿Dónde está la causa de la profunda desesperación de que habla Innerarity? La respuesta no es nada compleja, es muy simple: el 1% de la población dispone de una gran parte de la riqueza mundial, con la que puede poner la democracia a su servicio mediante el control de partidos políticos, parlamentos y gobiernos, medios de comunicación, intelectuales y expertos influyentes. La muy simple realidad es que la democracia sólo será posible cuando la riqueza esté distribuida según criterios de racionalidad y justicia, y los medios de comunicación estén controlados públicamente, y la educación de la población sea buena y efectiva.

Entretanto vemos que “intelectuales” como Torreblanca o Innerarity disponen de sus púlpitos en El País para manipular escribiendo lo que escriben. Nunca escribirán, claro está, exigiendo esas sencillas condiciones para una democracia real. Dirán que son simplificaciones impropias de una democracia compleja. Recuerden que hablar de ricos y pobres es una simplificación populista, envidiosa y que invita al odio.

jmchamorro@jmchamorro.info

COMENTARIOS A UNA INVESTIDURA FALLIDA

Cuestiones de forma (I)

Pablo Iglesias incurre en errores formales. Cierto que las formas son con frecuencia meras cuestiones de estética, y por tanto sometidas al juicio subjetivo, pero importan mucho a mucha gente, e incluso a algunos les afectan más que las cuestiones de fondo. Por ello un político debe calcular, antes de hacer o decir algo, sus posibles efectos en unos y otros. Se supone que la forma debe ayudar a que los temas de fondo lleguen a más personas de manera convincente, no a desahogar gustos o caprichos personales. Y menos si así se generan antipatías a cambio de nada.

Dos ejemplos:

La comperecencia pidiendo vicepresidencia y ministerios no venía a cuento, hubiera bastado proponer un gobierno de coalición y así se habrían ahorrado problemas en el terreno de la comunicación.

Relacionar a González con la cal viva fue un exceso innecesario (haya lo que haya de verdad en la acusación) sin otro beneficio que el de darse un gusto. Hubiera sido más efectivo relacionarle con las puertas giratorias, que además forman parte de su presente y de los problemas actuales de la política española.

Cuestiones de forma (II)

No es lo peor el efecto que estos errores puedan hacer en la gente, sino el que hacen en Podemos. Existe la impresión de que cuando en este partido son conscientes de las consecuencias de algún exceso (debido a torpeza, a un pronto o a un momento de euforia), intentan poner remedio exagerando la buena voluntad inofensiva, algo que tampoco les va bien.

Fueron lamentables los primeros minutos de la intervención parlamentaria de Iglesias en la segunda sesión de Investidura, tomándose a broma la situación, y además sin gracia, como si no hubiera cuestiones muy serias sobre las que debatir y perdiendo un tiempo que debió utilizar para dejar muy claro, ante todos los que seguían el debate, hasta qué punto el pacto PSOE-Ciudadanos no puede remediar la dura situación de millones de españoles, y qué concretas medidas de política económica, que no caben en ese pacto, sí lo harían, de forma que las diferencias entre la política económica del PSOE y la de Podemos, y sus consecuencias, hubieran quedado claras para todo el mundo en sus detalles básicos.

Igualmente lamentable fue que el pasado sábado noche, enfrentado Iglesias en un programa de La Sexta a periodistas que lo trataban a cara de perro (como seguro que no tratarán a ninguno de los restantes dirigentes políticos), exagerara la mansedumbre, renunciando a la contundencia que hubiera sido de desear, y tratara de caer bien echando flores a los medios de comunicación privados que estos no merecen, como si quisiera pasar por persona dispuesta a entenderse con todos.

Así perdió otra ocasión de exponer (sin agresividad y eliminando el aire mitinero, pero con firme solvencia y sin pretender hacerse perdonar), las razones de Podemos frente a la derecha y las sinrazones de la derecha frente a Podemos.

Precisamente porque sólo la izquierda está libre de la necesidad de populismo y mentira es imperdonable en ella el recurso al disimulo. Y por ello es preocupante el interés de algunos líderes de Podemos por vestir a ratos piel de cordero.

Una debilidad

Pese a que se considera que los dirigentes de Podemos dominan el espacio mediático, en realidad son flojos al refutar críticas o acusaciones y también al exponer las razones de sus actitudes políticas. Carecen de sentido del humor para anticipar las acusaciones previsibles en un registro que las desactive (de manera que quien pretenda usarlas quede en evidencia). Y no han conseguido suficiente habilidad retórica, o pedagógica, para explicar su posición política y atraer a ella a los que no son adeptos pero tienen razones objetivas para serlo.

Seguramente su falta de contundencia en las réplicas, y de claridad en las críticas y propuestas, se debe en parte a la indecisión sobre las formas que he comentado. O también a que a veces el político tiende no tanto a ponerse al servicio del argumento como a poner el argumento al servicio de su imagen (algo muy humano y frecuente por otra parte).

Es una pena, porque así se dilapida la gran riqueza que tiene Podemos y que no tienen los conservadores: la fuerza de la verdad, que todo el mundo percibe cuando se le muestra.

Es lo que ocurrió en la primera sesión de Investudura, cuando pudimos oír, con un placer a ratos emocionado, al mismo Pablo Iglesias (antes de la réplica), a Alberto Garzón y a otros representantes de la izquierda hablar de política con sinceridad y pasión, el mismo tono de esos viejos resistentes que intervinieron en el programa de Javier del Pino en la SER, personas sin ambiciones políticas personales, pero con experiencia en las luchas que se vivieron durante el franquismo.

Esa sinceridad y pasión es algo que, en cambio, no se puede encontrar en Pedro Sánchez, al que se percibió en el Parlamento obligado a cargar sobre otros sus propias responsabilidades, a fingir la honradez, generosidad y firmeza de que carece, a apelar a impedimentos falsos, a comportarse en suma como un vendedor de feria, que por dos pesetas ofrece esto, aquello y lo de más allá.

La cuestión de fondo

Dejando estas cuestiones de forma, del resultado negativo del proceso de Investidura no ha sido culpable Podemos, sino las grandes presiones, externas e internas, que impiden a Sánchez pactar con Podemos, presiones que llegan de España (encuadrables bajo el rótulo IBEX 35), del interior del partido (Felipe González, Alfonso Guerra, Susana Díaz y otros líderes) y de Europa.

Por cierto que las presiones de Europa no son de Europa, sino de los poderes que están llevando a Europa a un desastre anunciado, los que la controlan antidemocráticamente, los que se quitaron el disfraz cuando dieron el golpe de Estado en Grecia contra la izquierda (que así describe lo que ocurrió el exministro Yanis Varoufakis y lo argumenta con datos de primera mano muy convincentes).

Dado que la consigna es que por nada del mundo entre en el gobierno Podemos, se equivocan quienes, colocándose despectivamente por encima de los acontecimientos, relatan lo ocurrido en el Parlamento durante la investidura como algo más de lo mismo. ¡Qué pesadez, nada ha cambiado!, comentan, sin darse cuenta de que ha ocurrido algo extraordinario: por primera vez en esta “democracia” se encuentra en el Parlamento español un partido político no controlado por el poder económico, un partido que puede hablar libremente y que arrastra a otros grupos de izquierda, antes más sumisos, a hablar con la misma libertad. ¿No es suficiente novedad y beneficio el disgusto y la ira con que los biempensantes contemplan el suceso?

Pretextos

Naturalmente, puesto que el señor Sánchez no puede hacer público por qué no optó por un pacto de izquierdas, debe disfrazar su decisión con pretextos. El más sorprendente es que con la izquierda no dan los números, siendo mucho menores con Ciudadanos.

También es un pretexto que, para que den los números, el pacto de izquierdas obliga a aceptar el apoyo de los secesionistas catalanes y a aceptar un referendum en Cataluña. El pacto de izquierdas no requiere que en él se integre ningún partido indedependentista, y el referendum es tema negociable en el que se puede llegar a acuerdos.

Una afirmación que revela que no hay argumentos serios es esta: se pactó con Ciudadanos porque este partido ha antepuesto los intereses generales a los partidistas, mientras Podemos sólo ha actuado con táctica electoral.

Dentro del bla, bla, bla con que acondicionar las posiciones incómodas, ¡cuántos juicios e interpretaciones hemos tenido que oír y leer en tertulias, editoriales y artículos de sesudos comentaristas, muchos de ellos avalados por sus cátedras universitarias!

Ahí va un ejemplo: en El País de 4 pasado un catedrático de ciencia política y asiduo tertuliano afirmaba dos cosas: que el pacto PSOE-Ciudadanos constituía un perímetro sobre el que trazar eso que Rawls llamaría un “consenso entrecruzado” (overlapping consensus); y que ahora mismo los disensos operan como pura expresividad vacía, como extraordinario alimento para tuiteros y columnistas: más no como la política que importa, la que decide y transforma la realidad. ¡Ahí queda esa manera elegante de decir que disentir de la política de derechas no es la política que importa, y que sólo la política de derechas decide y transforma la realidad! Vean cómo se puede abordar un tema obviando el tema (eso sí, con una cita a un famoso filósofo de Harvard y con unas palabrejas en inglés, que nada de esto puede faltar en cualquier comentario necio que se precie).

Odios

Dice González que el país necesita respuestas a los problemas de los ciudadanos y no necesita ni la rabia ni el odio de Pablo Iglesias. Y dice Sánchez que no entiende de dónde saca Iglesias tanto odio y rencor contra el PSOE.

Aceptemos que Iglesias odia la explotación y odia a quienes (llámeselos búnker, o casta, o como se quiera) la han permitido o la han llevado a cabo.

A cambio González odia a Podemos, igual que lo odia Alfonso Guerra y tantos otros dirigentes del PSOE.

Guerra (hemos de suponer que dejándose llevar del rencor y el odio) encuentra “semejanza de posición entre estos jóvenes altaneros y el búnker que se opuso a la transición política en el mes de febrero de 1981”, cuando ocurrió el intento de golpe de Estado del 23-F. “Estos nuevos”, ha añadido en alusión a los dirigentes de Podemos, “comparten su desprecio por la transición democrática con aquel búnker que quiso acabar con la libertad”. Y aún llega más lejos al afirmar que cuando Podemos defiende el derecho de autodeterminación olvida que “esa fue la bandera del terrorismo que derramó mucha sangre inocente como la de Fernando [Múgica]”, o cuando dice que Podemos busca “arrebatar el derecho a la democracia y a la libertad”.

Estas expresiones llegan al menos tan lejos en el odio, la rabia y el rencor como otras usadas por Podemos, con la diferencia de que las de Podemos son verdaderas y estas no.

Odio por odio y rabia por rabia, me quedo con el odio y con la rabia de Podemos (si queremos llamar así a la actitud de rechazo de los indignados, que lo están porque sufren injustamente, o porque otros sufren injustamente). En cambio el odio y la rabia de los dirigentes del PSOE se debe en parte a que ven en Podemos lo que ellos debieron ser y no fueron. Lo que deberían ser y no son.

Vieja política

Una característica de la vieja la política es el uso de la mentira para conseguir votos o para que otro partido los pierda.

El PSOE recurre a la mentira cuando acusa machaconamente a Podemos de ir contra la unidad de España y contra la igualdad de los españoles porque propone un referendum en Cataluña. Se podrá estar de acuerdo o no con esa propuesta, pero Podemos la hace porque cree (otros muchos también lo creemos) que es la única forma de que Cataluña siga dentro de España.

Se recurre también a la mentira cuando se afirma que si Podemos no vota a favor del pacto de derechas PSOE-Ciudadanos está dejando gobernar a Rajoy, o está haciendo una pinza con el PP contra la política progresista y del cambio del PSOE, o está traicionando a sus votantes, o es el responsable de que haya nuevas elecciones.

Lo cierto es que Rajoy gobierna en funciones hasta que haya nuevo gobierno porque así lo establece la ley, no porque Podemos quiera. Por otra parte coincidir en el voto negativo con el PP no significa proximidad si la motivación es contraria. El voto negativo de Podemos se debe precisamente a que cree que el PSOE ha hecho un pacto que respeta el núcleo de la política económica del PP. La propuesta de Podemos está mucho más lejos del PP que el pacto del PSOE con Ciudadanos (de hecho Ciudadanos afirma que no hay motivo para que el PP lo rechace). En definitiva, es el PSOE al negarse a un pacto de izquierdas el responsable de todo aquello de que acusa a Podemos.

Otra muestra de la vieja política son esos argumentarios elaborados por habilidosos, que luego todos repiten como papagayos. Por ejemplo, esa retahila de mejoras que podrían disfrutar “mañana mismo” millones de españoles, y de las que no disfrutarán porque Podemos lo impide junto con el PP.

Dejando aparte que algunas de esas mejoras son falsas (Ciudadanos las niega) o irrelevantes (entre ellas la subida del salario mínimo un 1%), se puede con más razón afirmar que millones de españoles disfrutarían desde “mañana mismo” de ventajas mucho mayores (fácilmente enumerables) si Sánchez se atreviera a hacer el pacto de izquierdas que le tienen prohibido.

Cuatro posibilidades abiertas

En la etapa que se abre caben estas cuatro salidas:

1. Que haya un pacto para un gobierno de izquierdas.

Si Sánchez quiere sobrevivir políticamente con dignidad no tiene otro remedio que ser valiente, desafiar al aparato de su partido y a todas las fuerzas presionantes y hacer un pacto de izquierdas. Aunque no imposible, es improbable que Sánchez dé ese golpe de mano.

2. Que se llegue a la gran coalición (PP, PSOE y Ciudadanos) por la que tantos suspiran dentro y fuera de España y que sólo será posible si Rajoy abandona la escena política (ya le están empujando desde muchas partes).

El PP exigiría la presidencia (por ser el partido más votado), aunque tal vez terminara aceptando como jefe del Gobierno a una persona independiente. No creo que a Sánchez.

El problema de la gran coalición es que quedaría muy claro dónde se sitúa el PSOE y dejaría a Podemos el espacio de la izquierda. Además, Sánchez no puede mirar bien una salida que le impediría la jefatura del Gobierno y que daría a sus enemigos de partido la ocasión de sacrificarle en aras de la concordia.

Pero el problema principal para esa gran coalición es que, aunque se alegan casos similares en Europa, una coalición con el PP tiene en España el problema de que la organización de ese partido es una trama criminal que va a dar lugar a procesos judiciales sin fin (y eso aunque Rajoy se retire).

En cualquier caso las presiones a favor pueden terminar siendo irresistibles.

La gran coalición sería muy beneficiosa para Podemos, que quedaría como oposición con muchas ocasiones de mostrar a los ciudadanos en qué consisten los males de una política de derechas.

Por ello no hay más remedio que preguntar: dado que pactar de una u otra forma con el PP sería seguramente el suicidio del PSOE ¿por qué lo piden exdirigentes del PSOE como Felipe González? Sin duda por exceso de miedo a que llegue al gobierno Podemos. Un extraño exceso de miedo.

3. Mantener el pacto con Ciudadanos y volver a pedir a otros partidos que se sumen, que es el camino tomado por Sánchez al decidir que Ciudadanos estará presente en todas las negociaciones que emprenda el PSOE. Seguro que Sánchez intentará añadir alguna concesión para que la negativa de Podemos sea peor vista, sobre todo si consigue quebrar la firmeza de IU o Compromís.

Se trata de un chantaje que consiste en poner a Podemos entre la espada y la pared y obligarle a abstenerse bajo amenaza de que en otro caso quedará ante la opinión pública como el que ha impedido la buena solución y será por ello castigado en las nuevas elecciones.

Vemos cómo se acumulan encuestas cocinadas al gusto del cliente, que nunca aciertan, y que ahora nos hacen ver cuánto están subiendo los que conviene que suban y cuánto están bajando los que se desea que bajen.

En todo caso, puesto que es imposible que Ciudadanos acepte una política económica que no sea de derechas, y puesto que de la política económica dependen las demás, creo que Podemos debería seguirse oponiendo al pacto PSOE-Ciudadanos. Tendría, eso sí, que explicar muy bien, mejor que hasta ahora, sus razones, única forma de ir haciendo a más y más ciudadanos conscientes de lo que ocurre y solidarios con la causa de la izquierda.

4. Que por falta de acuerdos haya nuevas elecciones.

Esto no gusta en principio a nadie, salvo a Rajoy, para quien es su única posibilidad de salvación personal.

Para el PSOE unas nuevas elecciones son un gran peligro, sobre todo si la izquierda se deja de chiquilladas y va unida, pero Sánchez no podrá evitarlas si tiene prohibida la solución 1, se niega a la 2 y le falla la 3.

Para Podemos unas nuevas elecciones son una oportunidad, pero incierta, y creo que por ello ve como más ventajosa la primera solución: entrar ya en un gobierno de coalición con el PSOE e IU.

En todo caso el chantaje del PSOE no debería asustar a Podemos. No es tan grave ir a nuevas elecciones si la izquierda va unida. Si mejoran los resultados, algo se habrá ganado sobre el presente. Si no mejoran, o incluso si empeoran, no pasa nada, esto es una carrera de fondo, no caben las prisas. Lo importante es tener las ideas claras y mantener el rumbo aunque vengan mal dadas. No debe importar tanto el poder inmediato como hacer que vaya creciendo la conciencia ilustrada entre los españoles (sin la cual nada bueno se puede conseguir que sea persistente).

jmchamorro@jmchamorro.info