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PARTIDOS Y CASTAS POLÍTICAS

¿Se puede evitar que en un partido nazca una casta política? Es una pregunta que el otro día hacían a Pablo Iglesias en una entrevista televisiva.

Muchas gentes se acercarán al nuevo partido atraídas por el éxito, pero ¿qué clase de gente y con qué intenciones? ¿Cómo evitar que en el fondo busquen hacer carrera política y que dentro de poco constituyan una casta tan corrupta y torpe como las de los demás partidos, ahora fustigadas por Iglesias? Reconocía éste que es un problema al que tendrán que enfrentarse, pero no avanzaba en qué forma, como si fuera algo sobre lo que aún no han pensado. No me parece buena señal.

A mi modo de ver sólo hay una forma y es muy simple: limitar el tiempo en que se puede ejercer un cargo, sea del propio partido, sea de cualquiera de las instituciones a las que se accede  por vía electoral. Cuatro años me parece un tiempo prudente. Pero con un añadido: que una vez ejercido un cargo ese tiempo, nunca se podrá volver a ejercer otro cargo, ni en el partido ni en parte alguna como representante de él. Quienes, consciente o inconscientemente, van buscando hacer carrera política, no se acercarán a una organización que tiene esta norma, buscarán otra entre las tradicionales.

A muchos esta medida les parecerá excesivamente drástica e inconveniente. Supongamos que una persona es un dirigente estupendo y además tiene un gran tirón electoral. ¿Ha de abandonar el cargo sólo porque lo ha ejercido cuatro años, con el consiguiente perjuicio para el partido, que perderá su competencia y los votantes que él añade?

Este argumento parece fuerte, pero no se sostiene si nos paramos a pensar. Si se toma como criterio la aparente capacidad de liderazgo y el tirón electoral sólo se consigue fabricar pequeños tiranos que hacen daño a la organización y que además,  a la larga, fracasan. Miren los casos ejemplares de Felipe González y José Luis Rodríguez Zapatero. ¿Cómo han dejado al partido socialista? Comenzó la cosa con aquel detalle dictatorial de González, que eliminó el marxismo de la ideología de su partido sin contar con nadie. ¡Qué prueba de liderazgo! Los que primero protestaron acabaron aceptando cuando él los amenazó con marcharse. Y fue, claro está, porque él tenía tirón electoral. El último ejemplo es la fechoría de Zapatero,  que con nocturnidad y alevosía se puso de acuerdo con el PP para cambiar la Constitución en cumplimiento de una orden de Merkel y su partido no protestó, porque pensaba que nadie mejor que él podía  hacer frente electoral al PP. Miren en qué ha parado la historia. En dos sucesivos desastres electorales y una losa que al PSOE le costará mucho levantar.

Añádase que estar fuera de los cargos no significa que no se pueda ejercitar toda la competencia y todo el atractivo electoral de que se goce. Abandonado el cargo, se puede poner la experiencia conseguida al servicio del partido, se puede trabajar en los espacios de la teoría y de la comunicación, hacer propuestas y defenderlas, ayudar en las campañas electorales, etc.

Pero sobre todo: un partido de izquierdas que se precie no puede depender ni de la capacidad de liderazgo ni del tirón electoral de  ninguno de sus militantes. El liderazgo debe ser colectivo y lo que hay que intentar es que vaya creciendo el tirón electoral del partido como tal, por sus ideas, sus programas y su comportamiento. Una de las formas de conseguirlo es precisamente esta reducción de tiempo en los cargos, novedad que a todo el mundo parecerá señal de nuevos tiempos. Habría que añadir, claro está, el no endeudarse por ningún concepto con la banca ni recibir subvenciones o donativos que priven de libertad, así como un cuidado escrupuloso para impedir que, durante el corto tiempo en que un militante puede disponer de poder, cometa actos de corrupción  (como, por ejemplo, dejar apalabrado el uso de la puerta giratoria).

Sin estas limitaciones se va irremediablemente a la constitución de una élite que hará todo lo posible por afianzarse y perpetuarse y que tomará al partido como objeto de conquista, entrando en lucha con quienes pretenden su derrocamiento para sustituirla. Lucha que a todo el mundo acabará decepcionando,  porque, contra lo que dicen los contendientes, nada tiene que ver con el fortalecimiento del partido ni con los intereses de la población.