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PASEN Y VEAN, ELECCIONES AMERICANAS

Andan los medios de comunicación embobados con las elecciones de EE. UU., periodistas y comentaristas mostrando, como señal de distinción, que conocen al dedillo el innumerable detalle de esas elecciones. Que si Florida, que si Georgia, que si los compromisarios, que si el voto popular, que si el Congreso, que si por fin una mujer en la vicepresidencia, que si la primera dama (así la siguen llamando), que si el segundo caballero (no tienen más remedio que llamar así al marido de la vicepresidenta). Eso sí, ninguna referencia a lo que está por debajo de las apariencias.

Seguimos bien representados por aquellos pueblerinos paletos que se quedaban con la boca abierta cuando alguien que había viajado a Madrid venía a contarles lo grande que era la Gran Vía y lo desnudas que salían las coristas de la revista musical. Somos un país subordinado política y culturalmente.

El interés por lo que pasa en EE. UU. se justifica bajo el supuesto de que sus elecciones, en las que no participamos, deciden nuestro futuro. Eso significaría que no somos dueños de nuestro futuro. Y es cierto, pero no por el resultado de las elecciones americanas, sino porque pertenecemos al bloque capitalista, en cuya política económica tiene decisiva importancia la oligarquía americana no importa quien gane las elecciones.

Muchos politólogos, expertos y comunicadores se esfuerzan en presentar esas elecciones como la gran “fiesta de la democracia” y dan por buena la afirmación de Joe Biden de que “el sistema de gobierno estadounidense ha mostrado, durante 240 años, su ejemplaridad, despertando la envidia de todo el mundo.”

N. Chomsky se ha cansado de demostrar, con apoyo en numerosa documentación, que la Constitución americana fue intrínsecamente un texto legal aristocrático «pensado para refrenar las tendencias democráticas de la época». Esto es, para entregar el poder a los «buenos» y excluir a quienes no fueran ricos, bien nacidos ni prominentes por haber ejercido el poder político (Lance Banning). James Madison, cuarto presidente americano y reconocido padre de la Constitución, dejó bien sentado que la primera responsabilidad del gobierno es «proteger la minoría de los opulentos frente a la mayoría», principio que ha guiado al sistema político americano desde sus orígenes hasta hoy.

Se puede decir lo mismo de las restantes democracias, que tomaron a la americana como modelo. Hay muy fuertes argumentos para afirmar no sólo que no conocemos la democracia en los países capitalistas, sino que capitalismo y democracia son incompatibles (ver No cabe democracia en el capitalismo). Es por ello sorprendente que intelectuales y políticos de izquierda no denuncien la mentira cada vez que alguien se refiere a las “democracias liberales” como si existieran.

Volviendo a EE. UU., su sistema electoral es el encaje de bolillos que hicieron los teóricos al servicio de los estadounidenses blancos y ricos para que el poder no se les fuera nunca de las manos. En efecto:

-El presidente no es elegido directamente por los ciudadanos, sino indirectamente por compromisarios.

-Un sistema electoral mayoritario da todos los compromisarios de cada Estado al partido que ha sacado más votos. Todos los votos que ha sacado el partido perdedor carecen de efectos.

-Se eligen dos senadores por Estado no importa su población.

-Se necesitan enormes recursos económicos para montar una campaña electoral exitosa.

-Para votar hay que cumplir condiciones que no son fáciles para todos. En siete Estados hay que gastar dinero en una identificación con una foto emitida por el Gobierno. En otros es obligatorio registrarse semanas antes de los comicios.

Se conocen de sobra los efectos de estos rasgos:

-Con el sistema mayoritario en la elección de compromisarios pierde toda posibilidad de alcanzar el poder todo partido aparte de los dos mayoritarios, uno de derecha y otro de extrema derecha.

-El sistema indirecto de compromisarios evita el peligro de que los ciudadanos, si votaran directamente al presidente, pudieran escapar al control de los dos partidos mayoritarios.

-Conceder a cada Estado dos senadores hace que los casi 40 millones de californianos tengan la misma representación que el medio millón de Wyoming, premiando así de manera descomunal a la población rural, más conservadora, en perjuicio de la urbana, más culta y progresista.

-Las dificultades para votar apartan del voto a millones de ciudadanos de bajo nivel económico y cultural.

-La necesidad de grandes sumas de dinero para montar una campaña electoral impide que puedan tener éxito en primarias quienes no gocen del apoyo del capital, no sólo porque no podrán publicitar su oferta con éxito, sino porque no podrán soportar la enorme embestida de los medios.

-Por si quedara algún cabo suelto, los dos partidos mayoritarios, a través del Presidente y del Senado, eligen a los jueces federales, entre ellos los de la Corte Suprema.

La conclusión es que el diseño de la democracia americana, antidemocrático hasta unos extremos que llegan al más impresionante descaro, sirve a un propósito que en ningún momento se quiso disimular. Todo quedó atado y bien atado. La mayoría de damnificados por el capitalismo sólo tiene dos opciones: o no votar, o votar a partidos que defienden los intereses de los ricos. ¡Oh democracia ejemplar, que despierta la envidia de todo el mundo!

EE. UU. no es ya el país más poderoso

Una de las tonterías que se han oído y leído ad nauseam estos días es que EE. UU. es el país más poderoso del mundo y su presidente la persona más poderosa de la tierra.

EE. UU. venía siendo el país más poderoso del mundo desde que cayó la URSS, pero ha dejado de serlo por varias causas:

Por una parte erró el camino cuando su oligarquía, cegada por la avaricia, optó por la política neoliberal e impuso al resto del mundo capitalista un desmantelamiento del Estado de Bienestar y de las regulaciones del mercado, así como una brutal bajada de impuestos a los ricos. Ello ha originado unas desigualdades tan inaceptables que la estabilidad del mundo capitalista está en peligro y ha emergido a la superficie la idea que se ha querido tener siempre bien enterrada: que nuestras alabadas democracias son en realidad plutocracias criminales.

La desregulación ha originado además la Gran Crisis, que ha reafirmado de manera dramática la idea marxista de que una economía entregada a la irracionalidad del mercado cae cíclicamente en crisis que ocasionan pérdidas empresariales y humanas inasumibles.

Finalmente, China ha emergido como gran potencia a una velocidad inesperada, en parte precisamente porque mantiene al mercado bajo control y diseña una política que consigue una razonable distribución de la riqueza. Ahora acaba de firmar un tratado de comercio (el RCEP) con 15 países de Asia-Pacífico que representan un tercio de la economía global y 2.300 millones de personas, ocupando así el espacio que EE. UU. dejó libre al abandonar Trump el proyecto alternativo liderado por Obama, el Tratado de Comercio Transpacífico (TPP).

Es necio seguir diciendo que EE. UU. es el país más poderoso del mundo. Del mundo capitalista sí, pero ese mundo es sólo una parte del mundo.

Los imperios terminan cayendo y hay muchos indicios de que a EE. UU. le está llegando la hora. Sus dirigentes tal vez sólo puedan aplazar la caída o disminuir sus efectos catastróficos, pero la perspectiva es muy inquietante. La URSS cayó tranquilamente, sin que ocurrieran hecatombes sociales, pero desafortunadamente no sirve de precedente, porque la clase dominante de la URSS era burocrática, no era la dueña del dinero, y muchos de los miembros de esa clase dominante se alegraron del cambio, porque se hicieron ricos repartiéndose las propiedades del Estado soviético. En cambio la clase dominante estadounidense es dueña del dinero y del poder, y antes que resignarse a perderlos estará dispuesta a cualquier cosa. No olvidemos que, al servicio de los plutócratas americanos hay un poderosísimo ejército con presencia en todos los mares y con bases militares en innumerables sitios estratégicos, en España por ejemplo. ¡Que haya suerte!

El presidente de EE. UU. no es el hombre más poderoso de la tierra

Esta afirmación bobalicona no era verdad ni siquiera cuando EE. UU. era el país más poderoso del mundo. La realidad es que en Estados Unidos el presidente es un instrumento con un espacio de iniciativa muy limitado. Diga lo que diga en periodo electoral y pertenezca al partido a que pertenezca, una vez presidente tiene que realizar la política que los círculos de poder económico consideren necesaria. En cuestiones que para el capital son secundarias puede tratar de imprimir algún rasgo personal, pero poco han podido distinguirse Clinton, los Bush, Obama o Trump en cuestiones económicas, de política internacional y de seguridad nacional.

Algunos han descubierto ahora que en EE. UU. los grandes grupos de comunicación y las empresas tecnológicas de las redes sociales tienen más poder que el presidente, porque cortan sus intervenciones, deciden lo que es verdad o es mentira y certifican los resultados de las elecciones.

Siempre está bien abrir los ojos, pero conviene abrirlos del todo. No hacía falta esperar a estas elecciones para saber que hay en EE. UU. un poder que está por encima del Presidente y de las instituciones del Estado. Pero ese poder no es el de los medios de comunicación, meros instrumentos, sino el poder del capital, que es a su vez el que controla a los medios de comunicación. Es su propietario.

Esto que ya estaba claro hace tiempo para los marxistas, no lo está hoy para muchos ilustres intelectuales, y uno se pregunta ingenuamente: ¿qué será lo que les impide ver?

Trump o Biden, da igual

En el debe de Trump se coloca su desprecio a las evidencias científicas sobre el cambio climático o la pandemia, su apoyo al supremacismo blanco y al racismo, su machismo burdo, la defensa violenta de sus ideas o caprichos, su talante autoritario, su inconcebible estupidez. En su haber se reconoce que ha sido el único presidente en varias décadas que no ha iniciado una guerra.

Biden ha sido vicepresidente del gobierno de Obama que desestabilizó Oriente Medio, bombardeó Siria, destruyó Libia, promovió un golpe de estado en Honduras, tiene el récord de deportaciones entre todos los presidentes estadounidenses y mantuvo la prisión de Guantánamo pese a su promesa electoral.

En todo caso, tanto si sigue Trump en la presidencia como si es sustituido por Biden las principales preocupaciones de la oligarquía estadounidense seguirán siendo las mismas.

También Biden exigirá que Europa aumente su esfuerzo defensivo en la OTAN para que EE. UU. pueda concentrar su esfuerzo en contrarrestar la expansión china. Objetivo principal de supervivencia: cercar a China y conseguir que Europa y otros países subordinados secunden esa política.

Se espera de Biden que abandone el aislacionismo de Trump y que vuelva a la Organización Mundial de la Salud, al acuerdo antinuclear y al acuerdo de París sobre la crisis climática. Pero Biden seguirá tan proteccionista de los productos norteamericanos como lo ha sido Trump (América primero). Y es que, así como en otro tiempo la economía del país exigía la mundialización, ahora esa economía, en decadencia, con sectores cada vez menos competitivos, exige proteccionismo.

Biden seguirá oponiéndose con todos sus recursos a cualquier intento de democratización o progresismo en el mundo capitalista y, si las sanciones económicas no son suficientes, llevará la violencia allí donde haga falta, incluso de manera unilateral. Que es lo que EE. UU. ha venido haciendo desde que tuvo poder para hacerlo (y ni siquiera lo ha ocultado en declaraciones de sus líderes).

Trump no gusta porque es el verdadero representante del sistema

Resulta interesante explicar por qué, si sus políticas han de ser tan parecidas, Trump, a diferencia de Biden, despierta tanta animadversión entre la gente bien educada. Y es porque representa muy a las claras la catadura del capitalismo, esa catadura que se pretende ocultar a toda costa.

Conviene no olvidar una de las principales enseñanzas del marxismo, ahora más actual que nunca: para que una élite explote pacíficamente a una mayoría social es preciso que tengan éxito procesos de adoctrinamiento, servidos por un impresionante aparato de fabricación de significados.

Pero la actividad de ese aparato no es uniforme, sino que se diversifica en atención a los distintos grupos sociales a los que se dirige.

Entre las masas con menos estudios tiene éxito un acoso ideológico elemental, en el que abunda la mentira burda y el señalamiento de falsos culpables como chivos expiatorios del odio producido por el resentimiento. Ahí tenemos a los Trump, Bolsonaro, Casado y Abascal entre los líderes políticos, y a comunicadores como los Inda de los medios amarillistas.

Pero hay una parte de la población con mayor desarrollo ético e intelectual que rechaza esta forma ideológica y requiere otra que se adapte a sus cualidades. Para esta segunda sirven los políticos presentables y los generadores de opinión cuya representación paradigmática en España es la legión de Prisa (El País y la SER). Los profesores universitarios y comunicadores que acuden a sus tertulias o publican en su periódico no representan lo que el sistema es sino lo que pretende ser. Son los artífices del disfraz. Su papel consiste en ofrecer una imagen de confianza moral y desde ella evaluar la actualidad y criticar excesos, pero legitimando el sistema, sea explícitamente, sea a base de no mencionarlo. En sus críticas se abordan efectos superficiales de una causa que nunca se nombra, y jamás se presenta la democracia liberal como un disfraz.

Ahora bien, puesto que la mentira, el autoritarismo y la falta de empatía son marcas del capitalismo, éste queda mejor representado por individuos como Trump que por individuos como Biden.

Y por ello los que tienen mayor desarrollo moral e intelectual abominan de Trump, porque deja a la vista lo que es preciso disimular.

Un ejemplo de defensa del Sistema disfrazada de autocrítica

Como cada mañana, desciende de los cielos Iñaki Gabilondo ante una arrobada Àngels Barceló, esta vez para hacer una reflexión autocrítica: 

Ni en el año 2016 supimos adivinar la victoria de Trump ni este año hemos sabido medir su resistencia. Y es que no estamos aprendiendo porque nos está nublando la vista una actitud de superioridad moral que no acierta a bajar de las nubes y sobre la cual hemos de reflexionar seriamente. […] En vez de dedicar tanto tiempo a ridiculizar a los populismos, lo tendríamos que dedicar a mirarnos en el espejo y a comprobar que estamos cochambrosos. La figura de la democracia tradicional de este mundo está quedándose cochambrosa… [….] En cualquier caso, la victoria de Biden representa una nueva oportunidad para que los moderados de Occidente —sean progresistas o conservadores— ofrezcan soluciones eficaces a los legítimos anhelos e inquietudes de tantos ciudadanos que se han visto defraudados por la gestión de sus dirigentes en las últimas décadas, y que decidieron optar por propuestas radicales, nacionalistas y populistas. Muchos se han sentido abandonados por una globalización que ha sacado de la pobreza a cientos de millones en otras partes del mundo, pero que ha causado graves daños en Occidente. Este fenómeno ha alimentado una decepción y una pérdida de fe que minan nuestras democracias. De ahí han brotado el Brexit, la fuerza de Matteo Salvini y otras experiencias políticas radicales. Hoy empieza una nueva era con un cambio profundo en la mayor potencia global. No debe desaprovecharse.”

Esta autocrítica, que parece moralmente ejemplar, se sostiene sobre las siguientes ideas falsas:

Que vivimos en una democracia que está débil por la decepción y la pérdida de fe de la población.

Que la causa de esa decepción y pérdida de fe ha sido la gestión de los dirigentes en las últimas décadas y la globalización.

Que de ahí han brotado el Brexit, los radicalismos de extrema derecha (representados explícitamente por Salvini) y otras experiencias políticas radicales (¿se está refiriendo Gabilondo a Podemos?).

Que empieza una nueva era con un cambio profundo en la mayor potencia global.

El fallo del discurso de Gabilondo está en lo que dice, pero sobre todo en lo que calla. No habla de la irracionalidad e injusticia de la economía de mercado, ni de la desregulación neoliberal como causa del enorme aumento de desigualdades, no habla de los sistemas fiscales que sustituyen el impuesto a los ricos por impuestos indirectos que gravan por igual a ricos y a pobres, de la incompatibilidad de democracia y propiedad privada de los medios de comunicación, de las mil formas que tiene el poder económico de chantajear al poder político díscolo, si lo hubiere, etc., etc., etc.

En fin, para eso pagan muy bien a Gabilondo: para que hable de unas cosas y no hable de otras. En una viñeta muy lúcida de El Roto se viene a decir: Hay libertad de expresión pero no hay libertad de temas.

Y entretanto Trump ha perdido, pero tiene 72 millones de votantes

Circula la esperanza de que, derrotado Trump, que ha sido el gran referente de los movimientos ultraderechistas de otros países, esos movimientos recibirán un golpe moral y político. Es cierto que Trump fue un apoyo fuerte para la internacional ultraderechista. Vox, por ejemplo, ha recibido asesoramiento del ideólogo trumpista Steve Bannon.

El gran problema no es que haya surgido Trump como oferta electoral, sino que el partido republicano se ha entregado a él por completo, dejando más claro que es partido de extrema derecha. No olvidemos que la dictadura fascista es siempre la bala en la recámara que se reserva la oligarquía. Prefiere ejercer su dictadura bajo la forma de democracia, pero si esto se dificulta, como ocurre siempre que las desigualdades sociales suben de punto, no duda en ejercer su dictadura sin disfraces. Hemos visto numerosos ejemplos, uno de ellos en la España de 1936. Para eso sirve la internacional ultraderechista.

Es cierto que no todos los votantes de Trump o de Abascal son fachas, que hay muchos desencantados y hartos. Pero la cuestión sigue siendo: ¿por qué esos desencantados y hartos votan a quien se presenta como antisistema siendo un ultra prosistema?

El viejo marxismo distinguía clase en sí (el proletariado) y clase para sí (la parte del proletariado que tenía conciencia de clase).

El resto del proletariado era víctima de una falsa conciencia al asimilar la ideología propagada por la clase dominante. Y era misión del partido comunista devolver la lucidez a esa parte del proletariado que la tenía perdida.

Es decir, al fascismo se lo derrota convirtiendo a la mayoría de sus votantes en verdaderos antisistema, esto es, en lúcidos defensores de los intereses populares frente a la oligarquía.

Esta es la lenta tarea de una izquierda anticapitalista. Y esa izquierda no existe. La llamada izquierda está dedicada a sus cosas. Abandonado el verdadero campo de batalla, el ideológico, ese campo ha quedado libre y ha sido ocupado por el fascismo. Los fascistas van gritando sin complejos sus mentiras. La izquierda, acobardada y calculadora, va callando sus verdades.

jmchamorro@jmchamorro.info

ESTADO DE ALARMA, ODIO PREVENTIVO Y DERECHOS HUMANOS

Los conservadores tacharán de demagógica la siguiente descripción, que es puramente realista:

En un ambiente de ignorancia y clericalismo que nos ha diferenciado de otros países europeos, una élite de composición cambiante, pero en todo caso poco ilustrada, ha venido dominando España y ha obtenido desproporcionados beneficios a costa de una mayoría de la población. Esa élite tiene sus representantes políticos y sus servidores mediáticos, académicos, eclasiásticos y funcionariales bien pagados, y lleva tanto tiempo en su papel que cree muy naturalmente que el país es suyo.

Cada vez que su completo predominio se ha puesto en peligro su reacción ha sido muy violenta. El historial de restauraciones monárquicas, abolición de constituciones democráticas y represiones sangrientas culmina con los ataques a la segunda República, el golpe militar de 1936, la guerra civil y la represión brutal de la posguerra.

Recuperado su predominio durante el periodo franquista, esa élite vivía entregada tranquilamente a su violencia vengativa. Tuvo sus temores cuando los aliados ganaron la guerra, pero en seguida recibió seguridades de que el régimen franquista sería respetado como valladar contra el comunismo.

Muerto Franco y fracasado el intento inicial de continuidad (Arias Navarro al timón), la élite y sus servidores lograron una Transición que respetaba sus privilegios y los exoneraba de rendir cuentas de sus pasados abusos y crímenes. Luego todo fue bien, porque con Felipe González el PSOE se había apartado de una orientación marxista y con él y con José Luis Rodríguez Zapatero acabó afiliado a la política neoliberal, convirtiéndose así en un buen gestor de los intereses capitalistas.

Pero de repente aparece Podemos, partido peligroso por incontrolado. Y la cúpula dirigente del PSOE comete el error de humillar a un segundón por haber querido actuar con autonomía en el puesto que se le concedió provisionalmente. Nadie pensaba que este individuo iba a rebelarse, recorrer España con su automóvil y plantar una batalla que tenían que dirimir las bases. Pues resultó que la militancia, en la que aún quedan rescoldos de izquierdismo, lo eligió a él en unas primarias frente a la aspirante avalada por el aparato del partido.

Tal vez la simpatía secreta de Pedro Sánchez vaya en dirección a la socialdemocracia, pero es ante todo un superviviente que quiere seguir siéndolo. De manera que cuando pudo formar gobierno prefirió pactar con Ciudadanos antes que con Unidas Podemos porque eso le daba más estabilidad y le evitaba enemigos poderosos. Sólo que al final las circunstancias le han obligado a lo que no quería, a pactar con Unidas Podemos. Y en ese momento en la derecha se han encendido las alarmas y se ha repetido la reacción de violencia extrema (afortunadamente por ahora sólo verbal).

Pese a que UP sólo propone un programa tibiamente socialdemócrata vienen siendo estruendosos los gritos de dirigentes y medios tachando a Pablo Iglesias de bolivariano, comunista, enemigo de la patria y amigo de terroristas, y todo lo que quieran añadir. Esos gritos y los que inundan las redes sociales ponen de manifiesto una constante en la historia de España.

Dos clases de odio

1. Frente a los que intentan la equidistancia al evaluar nuestro pasado he insistido en que es necesario distinguir el odio del oprimido al opresor (odio justificable) y el odio del opresor al oprimido (odio injustificable).

Estas dos clases de odio generan dos clases de violencia. Cierto que durante la guerra civil hubo violencia por ambas partes, pero una cosa es la Matanza de la cárcel Modelo de Madrid y otra la violencia genocida emprendida por los franquistas. La primera fue motivada por el odio justificable que sentía la masa, pero desaprobada por dirigentes como Indalecio Prieto, que llegó a decir: «La brutalidad de lo que aquí acaba de ocurrir significa, nada menos, que con esto hemos perdido la guerra». En cambio la violencia franquista era preconizada y justificada por líderes como los generales Millán Astray, Mola, Yagüe o Varela, cuyas arengas vengativas y llamamientos a la crueldad más despiadada resultan sobrecogedores. Y por supuesto, inimaginables en líderes de la izquierda.

Se puede llamar odio preventivo al que causa la inusitada violencia de la derecha. El rico odia al pobre no por el daño que el pobre le ha hecho (sólo le ha proporcionado beneficios) sino porque lo ve como un posible rebelde. Y de ahí el odio al marxismo, que puede abrir los ojos al explotado y señalarle el camino de su liberación, y el odio al comunismo, que supone la desaparición de la clase capitalista y de sus bien remunerados servidores.

2. Puede sorprender que mientras los dirigentes de la derecha muestran ufanos un odio injustificable, los dirigentes de izquierda, que podrían exhibir un odio justificable, son en cambio más conciliadores.

Creo que ello se debe a dos circunstancias:

La izquierda pretende un objetivo justo y razonable, de forma que en su actividad es muy fuerte el componente racional y moral. Sólo se ve obligada a disimular y mentir cuando abandona su objetivo.

En cambio la derecha pretende un objetivo injusto (que una minoría siga explotando a la mayoría), contrario a la moral que defiende públicamente. Por ello ha de disfrazarlo con una mentira permanente. La falta de frenos morales de la derecha es imprescindible para mentir con satisfacción y odiar como si el odio fuera una virtud teologal.

En segundo lugar, los oprimidos están acostumbrados a soportar el dominio ajeno, mientras los opresores están acostumbrados a la riqueza y el poder. Los pobres soportan mejor su pobreza que los ricos una pérdida, por pequeña que sea, de su riqueza. A este hecho apeló el conservador Jeremy Bentham cuando, desde su concepción utilitarista, consideró razonable conservar el reparto tradicional de la propiedad a fin de evitar lo que llamó “dolor de decepción”, el dolor del rico ante la disminución de su riqueza, muy superior al dolor del pobre por no tener la riqueza que nunca ha tenido. La expectativa del “dolor de decepción” ante cualquier intento de mayor justicia social es lo que provoca en la derecha su odio preventivo.

El odio preventivo en ciudadanos que no pertenecen a la minoría beneficiada

Lo dicho hasta aquí vale para la minoría que obtiene una parte desproporcionada de la riqueza social (capitalistas y también profesionales, políticos y servidores mediáticos, eclesiásticos y académicos bien pagados). Pero ¿cómo se explica el odio en sectores populares explotados que votan a la derecha y a la extrema derecha?

Al tocar este tema siempre me viene a la memoria lo ocurrido al maestro Arximiro Rico en una aldea de Lugo, cuando unos falangistas del pueblo, ignorantes y tan explotados como el maestro, fueron a buscarlo de noche a casa, lo llevaron a la sierra de la Ferradura y allí le cortaron la lengua y los testículos, le sacaron los ojos y, tras apalearlo, lo remataron con tiros de escopeta dejándolo en el límite entre dos aldeas para infundir terror a los rojos de ambas. ¿Por qué estos falangistas odiaban de tal forma a un hombre que no les había hecho daño alguno, a un maestro que sólo pretendía llevar la cultura al pueblo?

No cabe explicación si no se analiza el uso ideológico que, mediante una definición mentirosa del Bien y del Mal, hace la derecha de dos sentimientos biológicos básicos, el amor a lo bueno y el odio a lo malo.

Incansable y secularmente desde los púlpitos eclesiásticos, las escuelas, los discursos políticos y los himnos marciales la derecha ha identificado el Bien con la tríada dios, patria y rey, presentándola como garantía de la hermandad derivada de una madre común, la patria y sus tradiciones, y de paz y seguridad en esta vida, gracias al rey y al ejército, y en la otra vida, gracias a la Santa Iglesia. ¿Qué es entonces el Mal, aquello a lo que hay que odiar como amenaza al Bien? Está claro que el separatismo, el republicanismo, el comunismo, el ateísmo, la inmigración de quienes hablan otras lenguas o tienen otra religión y todo lo que atente a las tradiciones patriarcales. “España quiere implantar el bien, y las fuerzas del mal, desatadas por el mundo, tratan de impedírselo” decía Carrero Blanco refiriéndose a la cruzada franquista contra el comunismo.

Si estas definiciones operan en mentes caracterizadas por la ignorancia, el egoísmo y el miedo, el resultado es el odio furioso que muchos explotados sienten contra quienes intentan su beneficio, y su servil sometimiento a quienes los perjudican.

El corronavirus y el pánico de la derecha

La política neoliberal que la derecha viene ejecutando y defendiendo desde hace décadas se basa en la gran mentira de que esa política es la única forma de producir riqueza, condición para que la riqueza llegue a todos. El resultado ha sido un aumento brutal de la desigualdad, con grandes masas por debajo del nivel de pobreza, con un desmantelamiento del Estado de bienestar, con una degradación de servicios públicos convertidos en negocios privados, y con una minoría cada vez más rica. Contra lo que decía la mentira oficial la realidad es que unos pocos se han quedado con casi toda la riqueza creada y muchos de los de abajo apenas si pueden sobrevivir.

La pandemia que estamos padeciendo ha lanzado una luz potente sobre el panorama y son cada vez más, y más cargados de razones, los que dicen que esta situación debe aprovecharse para reformas imprescindibles. Ha quedado desacreditada la oferta populista “si llegamos al poder bajaremos los impuestos”, con la que se ha venido engañando a las clases medias. La pandemia ha demostrado que hay que aumentar mucho los recursos públicos dedicados a la sanidad y a los servicios sociales, y que ello requiere ingresos estatales muy superiores, lo que pone en el punto de mira a los grandes patrimonios y a los grandes ingresos y beneficios, sean personales o de las grandes corporaciones.

Se están empezando a discutir en Europa temas que eran tabú, como la recuperación de espacios cedidos al beneficio privado, la nacionalización de aquellas empresas que necesitan dinero público, la armonización fiscal, la lucha contra la evasión fiscal, etc.

Y puesto que afrontar esta situación con un gobierno de coalición PSOE-UP no ofrece garantías a la élite, el odio preventivo de nuestra derecha montaraz está llegando a un nivel de histeria. Todo vale. Bulos desestabilizadores, acusar al gobierno de aviesas intenciones contra la población y contra España, culpar al gobierno, con cinismo insuperable, de los muertos que se deben a pasadas políticas propias, etc. Algo muy alejado de las críticas que el gobierno merece por sus vacilaciones, errores y fallos en la cooperación y la comunicación, que vienen siendo reiterados y graves (y que, dicho sea de paso, no sólo se deben a la incapacidad para la empatía de Pedro Sánchez, sino al responsable del diseño de esa política comunicativa, que sería interesante saber quién es).

Pactos para superar la crisis económica

La situación obliga a dos esfuerzos que en ocasiones se contraponen, uno para vencer la pandemia, otro para rehacer la economía. Para esto segundo se vienen proponiendo unos nuevos pactos de la Moncloa, nombre mal elegido, porque en los Pactos de la Moncloa se trató de frenar la inflación mediante austeridad a cargo de la clase obrera, y ahora el propósito debe ser contrario.

En seguida saltan a la vista dos cuestiones: una, que es imposible atraer a la derecha a unos pactos que obliguen a los ricos a poner algo de su parte para que el peso de la recuperación no vaya otra vez sobre las espaldas de los de abajo. Ello quiere decir que la derecha no se sumará a unos pactos mientras UP esté en el gobierno. Por tanto, cuando esos pactos se proponen desde la derecha lo que se propone es que, tomando como pretexto la situación de emergencia, se forme un Gobierno de salvación nacional dejando fuera a UP y logrando de paso que el PSOE vuelva al redil.

Cuando la propuesta viene de Pedro Sánchez sólo puede entenderse, o bien como un intento artero de forzar la salida de UP del gobierno, o bien como una treta para que la derecha se vea obligada a rechazar una oferta que cuenta con el apoyo mayoritario de la sociedad. Pero en este segundo caso Pedro Sánchez debería haber acompañado la propuesta de un documento concretando las medidas que a juicio del Gobierno son necesarias para salir de la crisis económica y social que se avecina.

¿Qué fueron los pactos de la Moncloa?

1. La propuesta de unos nuevos Pactos de la Moncloa lleva implícita una valoración positiva de aquellos pactos. Que sigan siendo añorados y ensalzados por los conservadores, es natural, pero que lo sean por miembros del PSOE demuestra cuánto conservadurismo sigue habiendo en este partido. Afortunadamente van proliferando los análisis que ponen la cosa en su sitio.

Ángeles Maestro (en Pactos de la Moncloa: la gran estafa otra vez, no) nos recuerda que en abril de 1976 los trabajadores organizados por sindicatos y partidos de izquierda ilegalizados y con centenares de miembros en la cárcel, habían conseguido imponer mediante luchas durísimas la Ley de Relaciones Laborales más progresista que se ha conocido. Y se hizo en plena crisis económica.

Esa ley establecía, entre otras cosas, que todo contrato era indefinido, salvo excepciones tasadas. Prohibía y sancionaba el prestamismo laboral y las empresas de trabajo temporal; reducía la jornada laboral, ampliaba el permiso de maternidad, etc. Pero sobre todo, regulaba el despido improcedente con prohibición de que el empresario pudiera sustituir a voluntad la readmisión por indemnización económica, lo que fue esencial para luchar contra las “listas negras” y la represión a líderes sindicales.

Esa ley demuestra, dice Ángeles Maestro, que la correlación de fuerzas no era la que se ha venido contando para justificar una rendición incomprensible.

Recordemos que, en efecto, la universidad y las fábricas estaban en pie de guerra, los periodistas y los abogados exigían democracia, la UMD progresaba en los cuarteles, Comisiones Obreras y el Partido Comunista movilizaban a miles de personas (más de 100.000 se congregaron en el entierro de los abogados asesinados en Atocha), y a la vista de todo ello, EE UU y Alemania presionaban para una transición pacífica a un sistema político homologable con los europeos.

Sin embargo los Pactos de la Moncloa acabaron con los avances de la Ley de Relaciones Laborales y basaron la salida de la crisis económica sobre todo en limitar el crecimiento salarial por debajo de la inflación prevista y en la precarización del mercado de trabajo, con la instauración de los contratos temporales y el despido libre.

Ello causó una profunda decepción en los trabajadores, que se desmovilizaron de manera notable: si en 1978 estaba afiliado sindicalmente casi un 55% de los asalariados, ese porcentaje se redujo a menos de la mitad en 1980 y a casi la quinta parte en 1984.

Esto por lo que atañe a la economía.

2. En el aspecto político los Pactos dieron lugar a una falsa democracia caracterizada por estos rasgos:

-Una constitución en la que artículos fundamentales que favorecen a la mayoría se incluyeron con la convicción de que nunca serían cumplidos.

-Un rey nombrado por Franco y no dependiente del proceso constituyente ni sometido luego a referendum.

-Una ley electoral calculada para que al PC le haya venido costando cada diputado diez veces más votos que al PP, y para que la composición del Senado haga imposible cualquier cambio constitucional que no interese a la derecha.

-Honras públicas a dos genocidas, a Franco hasta hace un año en el monumento de Cuelgamuros, a Millán Astray en la iglesia de la Macarena.

-Títulos nobiliarios a la familia de Franco concedidos por un Rey franquista.

-Asociaciones franquistas subvencionadas con dinero público.

-Restos de asesinados en cunetas, y familiares de víctimas que tienen que acudir a la justicia de Argentina porque la nuestra, heredera de la franquista, no está por la labor.

-Privilegios económicos y culturales a la iglesia católica, que financia con dinero público medios de comunicación y escuelas al servicio del más rancio adoctrinamiento y que se apropia de miles de inmuebles que no son suyos.

-Bases militares de EE UU que nos involucran en guerras imperialistas en las que nada se nos ha perdido. Etc., etc.

No cabe democracia en el capitalismo, pero a diferencia de otros disfraces mejor hechos, el disfraz español es una pena.

¿Pudo ser de otra forma?

Imaginemos que el PC se niega a suscribir aquellos pactos y exige un juicio al franquismo, una depuración de ejército, policía, judicatura y otros cuerpos funcionariales, liquidación de las bases americanas en España y un trato a la iglesia católica sin privilegios. Naturalmente, no lo habría conseguido, pero al PSOE le habría costado más prestarse a la gran traición. Y el partido comunista hubiera quedado libre para denunciar un día sí y otro también la gran estafa de una Transición que amnistiaba al franquismo, y para seguir movilizando a estudiantes y obreros en la exigencia de una democracia republicana. A esta presión se habría unido la exterior y antes o después habría llegado un régimen homologable con los europeos, y con un partido comunista libre para jugar su papel a favor de las clases populares. El error teórico del eurocomunismo, y el cálculo incomprensible de Santiago Carrillo pusieron al partido comunista en un camino que lo llevó rápidamente a la inoperancia, lo mismo que ocurrió a los de Francia e Italia.

No es digno de encomio ese partido, como ahora se dice, por haber comprendido en aquellos momentos que por encima de todo estaba el interés del país. ¿Quién define tan chapuceramente el interés del país como para afirmar que aquellos pactos estuvieron a su servicio?

Algo más sobre nuestra sagrada constitución

Pablo Iglesias va por ahí blandiendo una constitución española y recordando lo que dice su título tercero o su art. 128.

La constitución afirma que todos los españoles tienen el derecho al trabajo… y a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia, sin que en ningún caso pueda hacerse discriminación por razón de sexo (art. 35). Que todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada, y que se regulará la utilización del suelo para impedir la especulación (art. 47). Que la riqueza regional y personal se distribuirá de la manera más equitativa (art. 40.1). Que toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad está subordinada al interés general (Artículo 128). Y que todos contribuirán al sostenimiento de los gastos públicos de acuerdo con su capacidad económica mediante un sistema tributario justo inspirado en los principios de igualdad y progresividad (Artículo 31. 1.). ¡Qué bonito!

Pero veamos: en el artículo 31 se añade que el sistema tributario en ningún caso tendrá alcance confiscatorio. O sea, que impuestos progresivos, pero ¡cuidado!, no vaya a ser que se pasen de frenada y confisquen. Y el art. 53,3 advierte que “el reconocimiento, el respeto y la protección de los principios reconocidos en el Capítulo Tercero… sólo podrán ser alegados ante la Jurisdicción ordinaria de acuerdo con lo que dispongan las leyes que los desarrollen.” Y ocurre que en más de 40 años no se han dictado esas leyes que permitirían que alguien exija ante un tribunal, por ejemplo, su derecho a una vivienda digna.

Cuando Pablo Iglesias enarbola la constitución no lo hace, como debería, para mostrar que nuestra democracia es un fraude, sino para pedir que esa ley fundamental se cumpla. ¡Pero hombre! Si lleva más de 40 años sin cumplirse, ¿por qué se va a empezar a cumplir ahora? ¡Como si la plutocracia que soportamos pudiera ser convertida, por arte de magia o por dolor de corazón y propósito de la enmienda de los poderosos, en una democracia al servicio del pueblo!

La libertad de expresión y el derecho a la información

Si quienes defienden que España es una democracia no son ignorantes, han de tener mala conciencia. Y para aliviarla se muestran muy combativos a favor de ciertas libertades y derechos garantizados por la constitución, no sea que sufran menoscabo como consecuencia de los poderes asumidos por el gobierno en el estado de alarma. Ahí tenemos a tertulianos y colaboradores de los medios diciendo a cada paso “lo que me preocupa mucho…”, “lo que sobre todo me preocupa…”. ¡Cómo se podrá vivir con tanta preocupación! Se refieren al posible menoscabo de la libertad de expresión y de los derechos a la información, a la privacidad y a la intimidad.

Está claro que por ahora el gobierno no ha coartado el derecho de cualquiera a criticar su gestión, puesto que las críticas son continuas y exageradas. La derecha esparce bulos y pone el grito en el cielo si el gobierno quiere investigarlos, como si mentir para hacer daño fuera un derecho humano inviolable.

El problema no es que el gobierno quiera menoscabar esos derechos, sino que en nuestra sociedad son imposibles. Porque para que el derecho a la información y la libertad de expresión sean reales se requieren dos condiciones:

Que la poblacion disponga de un nivel de educación que haga imposible el engaño persistente y que facilite la expresión de argumentos, de manera que todo el mundo sepa argumentar y calibrar los argumentos ajenos.

Por otra parte que no haya medios de comunicación de propiedad privada utilizados por sus propietarios con designios secretos que nadie puede controlar. La democracia exige que los medios sean de propiedad pública y controlados por la sociedad, de tal forma (uso aquí palabras de la propia constitución) que la ley garantice “el acceso a dichos medios de los grupos sociales y políticos significativos, respetando el pluralismo de la sociedad …”.

¿Se da alguna de estas dos condiciones entre nosotros? Ninguna. ¿Se hace algo para que se den? Nada.

En la escuela sólo se enseña una versión conservadora de la reciente historia de España, y se carece de medios para una educación eficiente. Prueba de ello son las manadas de jóvenes ignorantes y violentos y el alto número de ciudadanos engañables, que perjudican sus intereses votando a la derecha y a la extrema derecha.

Por lo que concierne a los medios de comunicación privados, conceden a unos pocos (los ricos) una ilimitada libertad de expresión con la que vienen configurando la opinión pública y atacando y denigrando a cualquiera que pretenda una política favorable a la mayoría, mientras otros (los antisistema) a lo más a que podemos llegar es a expresar nuestra opinión en las redes. La constitución no obliga a los medios privados a abrir sus páginas a los grupos sociales y políticos significativos, ni a respetar el pluralismo de la sociedad.

De manera que menos invocar el derecho constitucional a la información y a la libertad de expresión.

El miedo hipócrita a que el Estado nos controle

Que el Estado pueda saber por medio de nuestro teléfono cómo nos hemos movido y con quienes hemos interactuado, aunque sea un control limitado a efectos de la pandemia, preocupa mucho a nuestros preocupadizos. Nos dicen que la efectividad china frente a la pandemia requiere un control muy estricto de los movimientos de la población y del estado de salud de cada uno, pero que en una sociedad que se pretende democrática hay derechos fundamentales a la intimidad y privacidad que no se pueden vulnerar.

Los derechos, nos dicen, se sabe cuando se pierden pero nunca cuando se recuperarán. Cuando la salud pública está amenazada cunde el miedo y el miedo puede alimentar el autoritarismo del gobernante. Cuidado con las medidas invasivas de la intimidad y del espacio privado de las personas, aunque se haga en nombre de la eficacia científica y para remediar situaciones catastróficas.

En esta dirección los hay que exigen una cesión voluntaria para que los datos sobre nuestros movimientos y contactos sean utilizados por el gobierno a los efectos de contener la pandemia. Pero si alguien infectado se empeña en ser un peligro para otros por no ceder esos datos ¿debe su derecho a la privacidad prevalecer sobre un derecho mayor, el derecho de los demás a la salud y a la vida?

Lo sorprendente es sin embargo que asuste tanto que el gobierno adopte medidas invasivas de la intimidad y del espacio privado, cuando soportamos esas medidas desde hace tiempo. Los datos sobre nuestra salud no son exclusivamente nuestros, están en manos de médicos, aseguradoras y hospitales. Y las plataformas digitales, que están en manos privadas, manejan innumerables datos sobre nuestros gustos y movimientos, que usan para su interés y al margen de todo control público. De manera que en lugar de mostrar tanta preocupación por lo que pueda hacer el gobierno lo razonable sería clamar contra el poder que han ido consiguiendo empresas privadas de tecnología digital.

El peligro de los controles peligrosos sólo se podrá evitar si conseguimos llegar algún día a sociedades que funcionen democráticamente.

El perjuicio escolar para los desfavorecidos

Preocupa también mucho a nuestros preocupadizos que, interrumpidas las clases presenciales, los niños de las clases bajas no van a concurrir a los exámenes en iguadad de condiciones. Porque estos niños viven en viviendas pequeñas, sus padres no les ayudan en las tareas y no tienen wifi y ordenador, ni saben manejar las tecnologías para recibir clases online.

Si ese fuera el problema tendría fácil solución: dotar a esos niños de ordenadores y wifi en casa y darles instrucción para que puedan seguir las clases online.

Pero es que el problema no es ese, sino que los niños de las clases bajas nunca, tampoco antes de la pandemia, han concurrido a la enseñanza en igualdad de condiciones. En los años 60 del pasado siglo sociolingüistas como Wiliam Labov y Basil Bernstein demostraron que el fracaso escolar de los niños y niñas de clases económica y culturalmente bajas se debe a que no han aprendido en su entorno social el lenguaqje que se emplea en la escuela. Se manejan con lo que estos lingüistas denominaron “vernacular dominado” o “código restringido”, mientras en la escuela funciona el “vernacular dominante” o “código elaborado”. Ésta es la causa de que estén condenados al fracaso escolar y obligados a tomar el camino de la llamada Formación Profesional.

El fracaso escolar no sólo se disimula (es mucho mayor el real que el que se contabiliza), sino que además se contabiliza sin relacionarlo con clases sociales a fin de evitar que salte a la vista este obstáculo insalvable a la igualdad de oportunidades, que por sí solo, sin necesidad de atender a otros muchos, hace por completo falsa la democracia que se pregona.

¿Cuál sería la solución? Nada que ver con wifis, ordenadores o tecnologías digitales. Escuelas de infancia de 0 a 6 años en las que los niños y niñas de las clases culturalmente deprimidas reciban un baño lingüístico que les dote del léxico y las fórmulas sintácticas de la lengua estándar. Sólo así podrán sentirse capaces de aprender, condición imprescindible para que eviten el fracaso escolar y tengan un proyecto universitario, como los niños y niñas de las clases medias. Naturalmente, estas escuelas no pueden concebirse como guarderías, sino servidas por expertos conectados a equipos de investigación, a los padres de los escolares y a sus barrios. Y ello requiere mucho del dinero que está en los bolsillos de los ricos. ¿Quién lo sacará de ahí?

La manera menos mala de salir de la crisis

Dada la naturaleza de la derecha española hay que esperar más de la Europa neoliberal que de pactos políticos dentro de nuestro país.

Supongamos que entre los dirigentes europeos cunde el sentido común y llegan a la conclusión de que la mejor manera de servir a los ricos es dejar de atosigar tanto a los pobres. Supongamos que se despiertan una mañana con la idea clara de que las políticas neoliberales ya no tienen sentido, y además con la determinación de prestar más atención a los problemas del Sur. Entonces sería posible que en Europa se tomen las siguientes medidas que acabarían influyendo en la política española:

-Acabar con los paraísos fiscales que hay dentro de la UE (Paises Bajos, Irlanda, Luxemburgo) y luchar contra los que hay fuera, castigando a las empresas que los usen para evadir impuestos.

-Lograr una armonización que acabe con la actual disparidad de regímenes fiscales, que beneficia sólo a los grandes capitales, rentistas y familias más ricas en perjuicio de las mayorías populares.

-Aumentar significativamente los impuestos sobre beneficios empresariales y grandes patrimonios.

-Invertir la tendencia a las privatizaciones renacionalizando servicios fundamentales.

-Ir imponiendo nuevas formas de vida que distribuyan trabajo, ocio y riqueza de manera razonable y que sean compatibles con un trato cuidadoso al medio ambiente.

-Establecer un ambicioso Plan de Ayuda al Desarrollo de los países del Tercer Mundo.

Estas medidas no son nada del otro mundo, pero ¿son siquiera posibles? Dada la previsible oposición de EE UU a algunas de ellas y la debilidad de la izquierda europea no podemos ser muy optimistas.

Entretanto, por favor, no molesten con loas a una democracia que no existe ni con preocupaciones hipócritas.

jmchamorro@jmchamorro.info