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PARTIDOS VIEJOS, PARTIDOS NUEVOS

El PARTIDO INCONTROLADO
Es natural que Ciudadanos apenas reciba críticas en los medios. Es un partido de derechas y el poder económico nada teme de él. Tienen razón los que dicen que Ciudadanos no es el cambio, sino el recambio, útil al sistema como recambio del PP, excesivamente lastrado por la corrupción (aunque Ciudadanos tiene ya algunos implicados). En cuanto a su programa es muy semejante al del PP, y ya ha dado muestras de desinhibición al proponer que suba el IVA del pan y baje el de los objetos de lujo, o al abordar asuntos como la sanidad para los inmigrantes en situación irregular. Por lo demás en el estupendo vídeo Desmontando a Ciudadanos, difundido en las redes sociales, se ofrecen muchos datos que explican la preferencia que por este partido tienen los dirigentes del IBEX 35. El presidente del banco Sabadell no se corta al decir que Ciudadanos es la opción nueva aceptable, frente a Podemos. Queda en el aire una pregunta: ¿Cómo es posible que los numerosos datos comprometedores para Ciudadanos estén silenciados por los medios? Imagínenselo. A esa ocultación se la viene llamando “sagrada” libertad de expresión.
El verdadero enemigo del establecimiento es Podemos, partido no controlado por ahora por el capital, y por ello sobre él se concentra el vocerío, y por ello muchos dicen con alivio: “el souffle está bajando”, o “se les está pasando el arroz”. El temor que inspiran se refleja en esta pregunta: “¿Son sus líderes personas que vienen de la izquierda muy izquierda y se han moderado, o son lobos con piel de cordero?”
Tras los casos Errejón y Monedero, exprimidos de forma abusiva, ha tocado hablar de la indefinición y ambigüedad del partido sin esperar a que se publicara el programa para las municipales y autonómicas. Una vez publicado se sigue hablando de vaguedad (pese a que contiene 215 medidas concretas), se cita el cuento de la lechera o se habla de transformismo, sin que quede claro si se acusa a Podemos de prometer demasiado o, por el contrario, de haber reducido las promesas iniciales. En realidad se le acusa de una cosa y de la otra. También de que no ha añadido al programa una memoria económica. ¿Algún partido ha presentado alguna vez una memoria económica? Un tertuliano de la SER, Francisco Giménez Alemán, ha llegado a despreciar y desestimar ese programa electoral al tiempo que afirmaba que ni lo ha leído ni piensa leerlo. Hace bien. Si está determinado a desestimar ¿para qué perder el tiempo?

EL VEREDICTO DESEADO: PODEMOS ES IGUAL QUE LOS PARTIDOS A LOS QUE CRITICA
Para demostrar esto basta cualquier indicio. La dimisión de Monedero de sus cargos ha sido motivo para afirmar que Podemos no está libre de disidencias, de tendencias contrarias y luchas por el poder, como los demás. Criticarían de la misma forma la unanimidad. La posición de Podemos en las negociaciones para la investidura de Susana Díaz en Andalucía inspira a muchos la idea de que las contradicciones de Podemos son insalvables: si vota no a la investidura demuestra que es un partido novicio que no sabe hacer política y que además copia el tactismo y el politiqueo de los viejos partidos. Si se abstiene para permitir la investidura le criticarán que está dando el poder a un partido de la casta. Algunos llegan a pedir cuentas anticipadas por los sapos que Podemos se tendrá que tragar en el futuro, como todos los otros.

UN EJEMPLO DE CRÍTICA SOFISTICADA-INSOLVENTE
Puesto que la mayoría de estas críticas no tienen otro fundamento que el afán inventor del crítico, la capacidad para urdir está bien recompensada. ¡Hay que ver cuanto intelectual realiza malabarismos analíticos! Los comunicadores han sido convocados, pero también los expertos, y numerosos catedráticos, de unas cosas y otras, se lanzan a cumplir su papel. Ocurre que las cabezas conservadoras no suelen producir ideas inteligentes. Un profesor de Derecho Constitucional se empeña en demostrar que Podemos es populista (lo que a su juicio quiere decir que plantea causas simples y emocionalmente sencillas con el objetivo de ocupar el Estado) y que mientras el modelo democrático es liberal, el populista tiende a ser totalitario. Un catedrático de la Pompeu Fabra dictamina que el populista se limita a cultivar el resentimiento. ¡Madre mía, qué mal anda el rigor de estos colegas!
En El País del 1 de mayo Manuel Cruz, catedrático de Filosofía Contemporánea de la Universidad de Barcelona, equipara en un artículo (Tres actores, un mismo truco), a Mariano Rajoy, Pablo Iglesias y Oriol Junqueras aduciendo que los tres tratan de imponer sus diferentes posiciones como obvias, indiscutibles y “de sentido común”. Es decir, que utilizan el argumento del sentido común convertido en afirmación pretendidamente concluyente que aspira a dejar sin réplica en un debate a cualquier posible adversario o contrincante. Y dando un salto en la línea argumental, desprecia a los tres diciendo que piensan lo mismo o que, según se mire, no piensan nada. Todo para concluir que no cabe celebrar que conservadores y adalides de la nueva política coincidan en esa mercancía averiada, sospechosa (por apolítica) y premoderna. No cabe más.
Para demostrar su tesis respecto a Podemos, Cruz rebusca y encuentra dos cosas: la resistencia de sus líderes a situarse en la izquierda (omite que se sitúan con los de abajo) y una frase sacada de contexto de una candidata a las municipales, próxima a Podemos (ni siquiera de Podemos), supongo que Ada Colau. Nada de ello tiene que ver con la tesis a demostrar, pero en fin, a cualquiera se le puede ir el santo al cielo. Supongamos que Cruz, en vez de irse por las nubes, hubiera argumentado correctamente y demostrado que los tres líderes se asemejan en que apelan al sentido común y en que hablan como si estuvieran convencidos de tener la razón.

SEMEJANZAS Y DIFERENCIAS
Es fácil encontrar semejanzas entre unos y otros, la cuestión es si son políticamene relevantes. Y en este caso no lo son. Es como si equiparáramos a tres escritores alegando que los tres usan verbos y conjunciones. En el terreno de la política no hay sesudas y complejas ecuaciones que puedan sustituir al sentido común. Y todos los políticos hablan como si creyeran que su propuesta es la única válida. El mismo Cruz escribe aplicando el sentido común y convencido de tener la razón.
La cuestión es que no todos los sentidos comunes conducen a lo mismo, de igual forma que distintos usos de verbos y conjunciones no determinan el mismo resultado literario.
Lo que interesa es sobre qué hechos y promesas opera el sentido común de cada político y, sobre todo, qué afecto lo mueve. Los hechos o presupuestos pueden ser falsos o realistas. El afecto puede ser generoso o egoísta. En consecuencia, la creencia de tener razón puede ser sensata, o demencial, o cínica.

El PP Y PODEMOS ¿IGUALES O DIFERENTES?
Cuando un líder del PP argumenta con su sentido común dice algo así: “El PSOE de Zapatero sumió a España en la peor crisis de nuestra historia reciente y esa es la herencia que recibimos, pero gracias a nuestras políticas estamos saliendo de esa crisis y tenemos un futuro esperanzador. Vamos a bajar los impuestos y a crear medio millón de puestos de trabajo anuales.” Su conclusión es que conviene votar al PP y no al PSOE o a partidos nuevos que, por su falta de experiencia, serían más funestos que lo fue el PSOE si llegaran al poder.

En cambio cuando un líder de Podemos argumenta con su sentido común dice algo muy distinto: “Hasta ahora los partidos políticos españoles, controlados por el poder económico, han legislado y gobernado a favor de los de arriba (que con la crisis se han hecho más ricos) y en perjuicio de los de abajo (que se han hecho más pobres). Además han sido maquinarias de corrupción y de reparto de cargos con privilegios inmorales. Para no caer en el mismo pecado, nosotros no nos financiamos recurriendo a la banca, sino mediante pequeñas donaciones y préstamos populares. De momento hemos dado ejemplo de renuncia a los privilegios de la casta al decidir que nuestros diputados no ganen más de tres veces el salario mínimo y que donen lo que sobrepase esa cantidad. En cuanto a propuestas electorales concretas, para las municipales y autonómicas hemos presentado un detallado programa que recupera la orientación de la antigua socialdemocracia, y que incluye una subida de impuestos a los que más tienen, y una mejora de la educación y la sanidad públicas.”
La conclusión es que quien esté a favor de la mayoría de abajo hará bien en votar a Podemos.

Como se ve, el PP apoya su discurso en hechos falsos y promesas engañosas (y ello porque el afecto egoísta no puede presentarse como tal y, al disfrazarse de afecto generoso, está obligado a la mentira). No es verdad que el PSOE de Zapatero trajera la crisis. Esta tuvo un origen internacional (en los desafueros de la banca estadounidense), y se agravó en España por la burbuja inmobiliaria, efecto de la Ley del Suelo de Aznar. Tampoco es verdad que sean las políticas del PP las que nos están sacando de la crisis: la pequeña mejora de las cifras macroeconómicas se debe sobre todo a circunstancias externas (caída de la demanda de otros destinos turísticos, depreciación del euro, bajada del precio del petróleo), y por el contrario, las políticas del PP, contrarias en muchos puntos a sus propuestas electorales, están haciendo más ricos a los ricos y más pobre y más privada de garantías y derechos a una gran parte de la población. Casi todos los puestos de trabajo que se van creando son a tiempo parcial, con salarios de hambre y sin estabilidad. La bajada de impuestos es, contra su apariencia, una agresión a los intereses de la mayoría. Subir la presión fiscal (al menos hasta igualar la media europea) es condición para que el Estado pueda seguir prestando los servicios básicos. Pero no se trata de subir impuestos a las clases medias, sino a los ricos y a las grandes empresas, que apenas contribuyen.

En definitiva, el sentido común aplicado por el PP y el aplicado por Podemos llevan a distintos resultados, y no sólo por la verdad o falsedad de los hechos a que apelan (verdaderos en el caso de Podemos). Sobre todo por el afecto que los orienta. Cruz pregunta: “¿Acaso la disyuntiva entre individualismo y solidaridad puede resolverse apelando al sentido común?” Pues no: apelando al afecto. Los de izquierdas tienen tendencia a un afecto solidario, los de derechas a un afecto individualista. Ahí está la gran diferencia (aparte otras) entre Rajoy e Iglesias, que Cruz, por su antipatía a Podemos, no puede o no quiere ver.

A VUELTAS CON LA CASTA
Guste más o menos el término casta, vuelvo a lo ya dicho en otra ocasión. Ese término tiene un significado razonable si se emplea para caracterizar a partidos que han actuado como una élite política al servicio de la élite económica. En ese caso están todos los partidos conservadores, pero más que por sus formas de funcionamiento, o porque hayan tenido más o menos casos de corrupción (eso puede ocurrir en cualquier partido), por cómo han reaccionado a ella y, sobre todo, por cómo han legislado y cómo han gobernado (siendo IU responsable, como cómplice, por el tipo de oposición que ha hecho). Desde este punto de vista no tiene sentido decir que Podemos pertenece también a la casta. Puede que acabe perteneciendo más adelante (si llega a legislar y gobernar, o a jugar el papel de oposición), pero por ahora la denuncia es prematura. El que esté deseando hacerla debería esperar. Y ojalá, tras la espera, no haya razones para hacerla, lo que debería ser motivo de alegría para la izquierda anticapitalista.

CRÍTICAS RAZONABLES
Respetando los tiempos, ya se pueden hacer algunas críticas a Podemos. No me parecen útiles las que tienen que ver con cosas irrelevantes o disculpables, como estas o aquellas ocurrencias de unos u otros (la insistencia en Juego de Tronos), errores puntuales, disidencias o enfrentamientos, o la forma de comunicación (para mi gusto a veces excesivamente mitinera, a veces menos inteligente de lo que sería posible, pero en todo caso mejor que la de los demás).
Las críticas que a mí se me ocurren, y que ya he expresado en otro momento, son dos. Una, que sus estatutos no dejan solventado el tema de la permanencia en cargos. Que me corrijan si me equivoco, pero no he visto que esos estatutos impidan la posibilidad de que los dirigentes vayan pasando de cargo en cargo una vez agotado el tiempo máximo en cada uno. Claro que en este punto ningún partido está mejor que ellos. Otra crítica es que, aun dando por bueno que su programa sea socialdemócrata (no está la mayoría de la población para apoyar un programa que vaya más lejos, ni por ahora sería posible vencer la resistencia esperable), sí podrían ser más explícitos y claros en la crítica al capitalismo. Cierto que ningún partido propone la sustitución del capitalismo: a lo más se limitan a criticar algunos de sus excesos, y eso también lo hace Podemos. Cierto también que una crítica frontal acarrearía un aluvión de descalificaciones sin posibilidad de réplica. En fin, que esto se puede tomar como cuestión de estrategia inicial, y por tanto discutible. Lo que de verdad importará es lo que este partido haga si consigue algún poder. Lo que haga sobre todo en tres espacios, el fiscal, el ideológico (que comprende la forma de hacer frente al monopolio de masiva propaganda conservadora) y el educativo.

YA QUE POBRES, AL MENOS UNIDOS
Entretanto Podemos va por delante de los demás en dos puntos decisivos: la dependencia de sus líderes respecto de la gente integrada en los Círculos y su independencia del poder económico.
Esto último lo sitúa muy por debajo de los grandes partidos en gasto electoral. Para las elecciones convocadas está a la cabeza el PP con 20,5 millones de gasto y muy por debajo el PSOE con 7,8 millones. Mucho más abajo IU con 2,2 millones, Podemos con 1,2 millones y UPyD con 185.000 euros. Pongo en cuestión la cifra declarada por el PP (que significativamente coincide con el máximo gasto permitido), porque es un partido caracterizado por su falta de transparencia, cuentas B, etc. Y dejo fuera a Ciudadanos porque su falta de transparencia es mayor aún que la del PP y ha sido reiteradamente denunciada por los Tribunales de Cuentas.
Ni que decir tiene que estas diferencias de financiación determinan una concurrencia no igualitaria a las elecciones, dando gran ventaja publicitaria al PP y en segundo lugar al PSOE, los dos partidos que hasta ahora han acumulado mayor poder. Ventaja poco democrática.
Pero vuelvo al comienzo: la oposición generalizada a Podemos es señal clara de que vale la pena darles una oportunidad. Y es de lamentar que los partidos que se encuentran a la izquierda del PSOE no concurran unidos a las elecciones. Esta es otra crítica que ya puede hacerse (a los que sean culpables de que esa unidad no se consiga).

NO CABE DEMOCRACIA EN EL CAPITALISMO

Llevamos tiempo en que las apelaciones a la democracia son continuas. Se dice que el derecho a decidir es un derecho democrático, se propone democratizar la vida interna de los partidos, se habla de que la democracia se está devaluando, o de revitalizar la democracia. Pero en todo caso se da por supuesto que, por diferencia con países como Venezuela o Cuba, nosotros sí, nosotros vivimos en una sociedad democrática. Y no es cierto, nunca hemos conocido la democracia, de la misma manera que nunca la han conocido en Estados Unidos, Reino Unido o Francia.

Esto es algo que los marxistas sabían muy bien, y que proclamaban hasta que llegó el eurocomunismo. Asustados por la amenaza mediática, pobres de teoría, deseosos de ser aceptados, los eurocomunistas prefirieron pensar que la democracia burguesa es una democracia sustantiva y no sólo formal.

Hoy está quedando muy claro que los poderes que controlan las decisiones básicas no surgen del voto ciudadano. Cada día se hacen más evidentes dos cosas: que el sistema político al que llamamos democracia es una plutocracia dulcificada por el compromiso de respetar ciertos derechos humanos. Y que esta situación no puede cambiar mientras sigamos en el sistema capitalista.

Para fundamentar esta afirmación empecemos por una breve historia.

Rasgos formales de la democracia

El antecedente próximo de las actuales democracias es la que surge con la independencia de EEUU en 1776 con estos rasgos básicos:

-División de poderes (legislativo, ejecutivo y judicial) como garantía de que cada poder está sometido a un sistema de fiscalizaciones y contrapesos.

-Constitución que limita los diversos poderes y establece el Estado de Derecho.

-Derecho a votar y ser votado, bajo el supuesto de que los distintos poderes del Estado no tienen otra legitimación que la que descansa, directa o indirectamente, en la voluntad de los electores libres.

-Libertad de asociación en partidos políticos (no partido único).

-Libertad de expresión.

-Libertad de prensa, así como acceso a fuentes de información alternativas a las del Gobierno.

-Ciudadanos educados e informados acerca de sus derechos y deberes.

Recordemos que esta democracia no fue pensada en atención a los intereses del pueblo, sino de la burguesía ascendente. Para el desarrollo del capitalismo eran necesarias ciertas libertades, freno al absolutismo y protección de los propietarios frente a las exacciones del Estado. Conseguido esto por la burguesía, la mayoría de la población (mujeres y negros, pero también no propietarios) quedó en condiciones de sumisión económica, social y política.

Y es que los diseñadores del nuevo orden tenían una idea optimista de la racionalidad del pueblo y, en consecuencia, pensaban que quienes carecían de propiedades aprovecharían su mayoría para legislar contra la propiedad de la minoría. Por ello, para asegurar la inviolabilidad de un derecho de propiedad sin límites, se dejó excluidos del derecho de voto a quienes no tenían “apuestas en el país” (esto es, propiedades).

A partir de ahí, la extensión de los derechos políticos fue en gran medida, tanto en Estados Unidos como en Europa, el resultado de las presiones de los movimientos obreros, de las sufragistas y de los partidos de izquierda. El movimiento cartista de la clase trabajadora del Reino Unido entre 1830 y 1840, que pretendía la ampliación de voto, fue reprimido, y lo mismo otros intentos de revolución democrática en Europa entre 1848 y 1852.

El crecimiento de la resistencia en las últimas décadas del siglo XIX hizo más difícil mantener excluida de los derechos políticos a la mayoría de la población. Así que las élites se fueron aviniendo a conceder el derecho de voto primero a más votantes varones, y por último, bien entrado el siglo XX, a votantes mujeres y a votantes negros.

Otros requisitos

El caso es que el derecho de voto ha terminado siendo universal. ¿Se puede decir por ello que ya tenemos democracia?

Digamos, para empezar que, según vemos la cosa hoy, a los requisitos antes señalados tendríamos que añadir los siguientes:

Que los representantes tengan limitada su libertad de acción por el programa para el que pidieron el voto; que cualquier decisión importante no contemplada en el programa electoral sea consultada a la población o refrendada una vez tomada por los representantes; que el pueblo conserve la capacidad para promover en cualquier momento un referéndum sobre un asunto específico; que conserve la capacidad para promover leyes (iniciativa popular); y que pueda revocar el mandato o destituir a los representantes (el llamado por los anglosajones recall).

Evidentemente si la democracia es el gobierno del pueblo por el pueblo, en la democracia representativa estas condiciones son imprescindibles. De todas ellas en España sólo se cumple una, la de iniciativa legislativa popular, y sin incidencia en la vida política (de 66 iniciativas sólo ha tenido éxito una que modifica un artículo de la Ley de Propiedad Horizontal). Las demás condiciones se incumplen, como bien sabemos.

Entrando en el fondo del asunto

Pero, suponiendo que se cumplieran todas ellas, tampoco podríamos hablar de democracia, porque hay una condición básica ausente: la educación e información de los ciudadanos acerca de sus derechos y deberes. Y hay dos características que se toman como dogmas en toda sociedad capitalista, y que son incompatibles con una democracia sustantiva: la libertad de prensa (léase propiedad privada de los medios de comunicación) y la inexistencia de límites legales a la riqueza privada.

Comencemos por la educación e información de los ciudadanos, asunto sobre el que los padres de la Constitución americana hicieron un ejercicio de cinismo notable. Es de sentido común que la libertad para votar ha de ir acompañada en cada votante de conocimiento suficiente de las implicaciones del voto que emite. ¿Qué vale en otro caso su voto? Es también previsible que la clase política se dedique a promover la ignorancia de la ciudadanía en su propio beneficio. Todo esto lo tenían presente los creadores de la democracia americana. ¿Y cómo solucionaron el problema? Estableciendo que la clase política está obligada a dedicar parte del patrimonio gubernamental a publicar en boletines oficiales las nuevas leyes y las sentencias judiciales, así como a hacer campañas informativas antes de celebrar un referendum. Hecho esto, se dio por cumplida la condición de que los ciudadanos estén educados e informados acerca de sus derechos y deberes, y libres de las asechanzas de la clase política.

Claro está, no podemos pensar que aquellos padres de la patria fueran tan ignorantes como para creer que la educación y el conocimiento del votante se consigue por el mero expediente de publicar disposiciones legales y sentencias en un Boletín Oficial. ¿Qué ocurre si una gran parte de la población no está capacitada para entender el significado de esas disposiciones legales y sentencias?

¡Ah, pues mire usted! Eso era justamente lo necesario para que la democracia resultara inofensiva a los intereses de la burguesía. En realidad se concedió el derecho de sufragio universal en parte por la presión de la gente, pero sobre todo porque la élite fue comprobando que sus temores eran infundados, que la mayoría es manipulable y resulta fácil hacerla votar a favor de los intereses de la minoría si se sabe jugar con los tres ingredientes con que ha venido siendo fabricada tradicionalmente: ignorancia, egoísmo y miedo. Basta para ello disponer de los servicios de políticos y medios de comunicación influyentes. Y estas dos cosas se consiguen con dinero, dinero para financiar partidos y para poner en marcha medios de comunicación, dinero para hundir a todo partido o medio que resulte peligroso.

De manera que la posesión del dinero por la minoría y el estado intelectual de la mayoría es lo que convierte a la democracia representativa en una forma política inofensiva para los intereses dominantes.

Mirando alrededor

En las sociedades actuales, para entender lo que ocurre en el espacio político es necesario un conocimiento de economía, historia y ciencia social que no se dispensa en el periodo de educación obligatoria. En consecuencia, muchos de los que van a votar libremente no tienen capacidad para relacionar sus intereses cotidianos con medidas legislativas y económicas complejas, ni para discernir la verdad de la falsedad en el ámbito de las estrategias informativas. Son incapaces de distinguir entre lo que es aparentemente favorable pero desfavorable en el fondo, y lo que es favorable en el fondo pero aparentemente desfavorable (por ejemplo, significativamente, en la complejísima legislación sobre la propiedad y la política fiscal).

Un pueblo intelectualmente inerme queda sometido a la permanente campaña de propaganda de los medios privados de comunicación influyentes, todos ellos procapitalistas, qué casualidad. Estos medios, que conforman una opinión pública dependiente, no cesan de promover el miedo a todo lo que amenace al sistema, haciendo creer que cualquier medida razonable es utópica y peligrosa, y no cesan de promover el egoísmo codicioso haciendo creer a todos que lo más desable es la riqueza y que cualquiera puede llegar a ella (en último caso con un golpe de suerte en la lotería). Una vez aleccionados adecuadamente, se puede dejar que los ciudadanos acudan a votar “libremente”. Votarán contra sí mismos con todo celo.

Lo que es funcional persiste

Esto es así, pero además ha de ser así y no puede ser de otra forma en este tipo de sociedad. El sistema capitalista nunca nos sacará de esta situación, nunca proporcionará a la población una educación adecuada. Y es que para cualquier sistema elitista, en el que una minoría necesita dominar a una mayoría, es funcional que esta mayoría permanezca en un estado de postración intelectual desde el que es imposible discernir aquello que se ventila en el espacio político.

Los políti­cos son los primeros convencidos del estado infantil de las masas, y por ello se comportan como vendedores de una mercancía que no se defiende con argumentos racionales, sino apelando a resortes emotivos. De ahí que el dinero con que cada partido cuenta para hacer su campaña publicitaria es más importante que la oferta de medidas políticas.

Esto sería suficiente para concluir que no vivimos una democracia, pero es sólo una pequeña parte del argumento.

Volvamos al punto básico: propiedad privada sin límites

Que todos puedan concurrir a la actividad política en igualdad de condiciones y que todos sean iguales ante la ley es un requisito esencial de la democracia, pero no basta que la ley afirme esa igualdad, sino que ha de existir de hecho, algo imposible si la distribución de la riqueza social no guarda suficientes dosis de equidad. Y ocurre que las distintas Constituciones democráticas hechas en países capitalistas, lo mismo que la Declaración Universal de Derechos Humanos, aceptan implícitamente el derecho a una propiedad privada a la que no se pone límites.

Este derecho injusto, que unido a la economía de mercado hace que los ricos sean cada vez más ricos (y, en consecuencia, los pobres cada vez más pobres), es causa de casi todos los males sociales. El dinero proporciona a hijos y herederos oportunidades educativas y de formas de vida que no están al alcance de los demás. En Estados Unidos los blancos tienen seis veces más riqueza que los negros y, qué casualidad, los negros tienen seis veces más probabilidades de ir a la cárcel, siendo las sentencias 19,5 veces más severas para ellos que para los blancos en situaciones similares. En todos los países “democráticos” ocurre algo semejante por relación con la desigualdad económica.

Pero, por lo que afecta a la imposibilidad de democracia, es aún más decisivo el hecho de que quienes tienen poder económico suficiente ejercen un control no público sobre la legislación y la política.

El control capitalista del ámbito estatal

Siempre ha existido control del capital sobre los Estados, pero ha aumentado de manera escandalosa desde que predomina la ideología neoliberal, y se ha hecho tan visible que resulta muy incómodo para los defensores del capitalismo.

Entre las principales palancas actuales de ese control están la privatización de empresas públicas que ocupan los principales espacios económicos (comunicaciones, energía, crédito, finanzas, etc.); la independencia de los Bancos Centrales (que equivale de hecho a su privatización, pues los saca del control democrático y los pone bajo control de los llamados mercados); y el funcionamiento de empresas multinacionales y de fondos de inversión en un ámbito mundial desregulado.

Si las grandes empresas (esas a las que se llama sistémicas) son de propiedad privada, ello otorga a sus propietarios control sobre la naturaleza de las inversiones económicas básicas y, consecuentemente, sobre la forma y el carácter del desarrollo económico. La democracia no tiene acceso a las salas de junta empresariales en las que se toman decisiones que afectan al proceso productivo en general.

De cómo la independencia de los Bancos Centrales es incompatible con la democracia ya he hablado en otra entrada de este blog del pasado junio.

Por su parte las multinacionales van colocando parcelas de la econo­mía nacional bajo control privado extranjero. El inversor exige previamente una cantidad abusiva de beneficios, ayudas e infraestructura que han de ser financiados por el país receptor y se reserva una capacidad de chantaje contra cualquier medida que resulte perjudicial a sus intereses, por racional y justa que sea desde el punto de vista general.

A esa capacidad de chantaje ayuda el actual modelo de mundialización, que consiste en confiar a los Estados nacionales la defensa a ultranza del derecho de propiedad, mientras se deja desregulado el espacio mundial en que se mueven libremente las grandes multinacionales, los grandes capitales y los grandes especuladores.

La actividad del capital financiero proporciona a sus gerentes unos medios de extorsión, control y decisión que supera el poder de los Estados. Expertos en política internacional aceptan que los movimientos de capital especulativos han arruinado divisas, han puesto de rodillas a las economías asiáticas, atacado a la agricultura tradicional y las industrias artesanales, desestabilizado gobiernos y provocado violencia y convulsiones sociales, siempre en beneficio de unos pocos.

Los conservadores hablan de “los mercados” como si fueran un sujeto que reacciona, castiga o premia, pero los mercados no son más que un espacio en el que actúan personas, que son las que toman decisiones influyentes. Recordemos que en septiembre de 1992 George Soros, apostando a la depreciación de la libra con dinero prestado, puso contra las cuerdas al Banco Central inglés, hizo temblar al sistema monetario internacional y ganó en pocas horas 1.100 millones de dólares. Ahora dirige el Soros Fund Management, que administra más de 70.000 millones de dólares de seis Hedge Funds. Él mismo se dice convencido de que sus especulaciones pueden desatar una reacción en cadena en los mercados de todo el mundo. Añadan a Soros el pequeño grupo de propietarios y controladores del capital financiero mundial. Actúan a su antojo, sin control democrático alguno, y tienen poder para premiar unas políticas y castigar otras.

En conjunto las decisiones concertadas de los dueños y controladores del gran capital forman una maraña de poder fáctico que marca el espacio de juego progresivamente reducido de los Estados, obligados como están a acudir a los mercados en busca de créditos.

Hay otras formas de chantaje de los dueños del capital, ejemplificables en la amenaza de abandonar el país si no se satisfacen sus demandas. Eso hizo la patronal francesa cuando Jospin anunció la reducción por ley de la jornada laboral a 35 horas y eso hizo la patronal alemana como medida de presión contra la política socialdemócrata que se proponía Lafontaine.

Pregúntense por qué los políticos no reaccionan

Si esto es así, ¿por qué la nula diligencia y voluntad de los políticos a la hora de acabar, por ejemplo, con los paraísos fiscales, y a la hora de legislar en el ámbito mundial sobre el libre movimiento de capitales, la deslocalización de empresas o las actividades financieras puramente especulativas? ¿Qué fundamento tiene el incansable afán de privatizar que ha distinguido a los gobernantes? ¿Acaso es cierto que funcionan mejor y redundan en mayor beneficio público las empresas privatizadas que las públicas? ¿No es más bien cierto que funcionan mejor las públicas bien administradas? ¿Por qué los políticos han decidido renunciar a su control de los Bancos Centrales? ¿Por qué una medida tan leve como la tasa Tobin parece irrealizable? ¿Por qué los gobiernos del mundo no están interesados en dotarse de mayor poder frente a la extorsión del capital? ¿Tiene todo ello alguna explicación?

Dos ejemplos próximos. En el informe aprobado por unanimidad en 2003 durante el decimotercer congreso de la asociación que agrupa a 1200 de los 1400 Inspectores de Hacienda de España (Apife) se denunciaron 14 coladeros para, al amparo de la normativa vigente, defraudar a Hacienda, coladeros destinados al beneficio exclusivo de contribuyentes con gran poder económico. El fraude más sofisticado y complejo está organizado en tramas, alrededor de movimientos financieros trasfronterizos o ligados a paraísos fiscales. Los inspectores denunciaron que el gobierno promueve normas que dificultan la persecución de estos delitos, o aparentemente destinadas al beneficio de esos mismos contribuyentes.

Pues bien: ni siquiera tras esa denuncia pública han hecho algo los gobernantes para remediar situación tan escandalosa.

Carlos Lesmes, presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial ha reconocido que “tenemos una Ley de Enjuiciamiento Criminal pensada para robagallinas” e inútil para perseguir con la eficacia debida a la gran delincuencia y a la delincuencia compleja de guante blanco.

¿Es que nuestros gobernantes desconocen todo esto y por ello no lo remedian? ¿Cómo es posible su connivencia durante más de cuatro décadas con los poderosos económicos que delinquen por sistema?

Estas preguntas tienen una respuesta simple: los dirigentes políticos no tienen autonomía, son meros testaferros del capital.

La élite en el poder

Por fin está quedando claro para muchos algo que se sabe desde Marx, que en nuestras “democracias” el verdadero poder no está en el pueblo y en sus representantes, sino en quienes controlan el capital. La élite en el poder está formada por poderosos económicos, y éstos se auxilian de poderosos políticos, poderosos mediáticos y poderosos funcionariales, entre ellos los controladores del conocimiento conservador, bien instalados en las correspondientes cátedras, medios de comunicación e instituciones (Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, etc.). Los poderosos económicos usan como testaferros a los poderosos políticos y controlan, desde la propiedad de los medios, a los profesionales de la comunicación.

Cada una de las élites tiene sus propios criterios para ganar o perder parcelas de poder. Los partidos políticos cumplen la función de facilitar que emerjan las élites políticas y que se alternen en la ocupación del Gobierno y el Parlamento. El criterio es el éxito en las urnas, cuya funcionalidad consiste en que premia la capacidad para ganarse la confianza y la voluntad de los votantes. Y ¿para qué han de ganársela? Para presentar como razonable la política que están de antemano obligados a hacer. Como testaferros del poder económico, los políticos actúan para, teniendo en cuenta las mil situaciones y circunstancias que componen la vida de una nación, ir llevando la nave de forma que no encalle… desde el punto de vista de quienes tienen poder suficiente para hacer valer sus intereses.

Les queda luego un pequeño margen para ir en una u otra dirección respecto a cuestiones que a los poderes económicos les son secundarias o indiferentes, como la situación de los inmigrantes, la violencia machista, la homosexualidad o el aborto (y sólo en eso y en el estilo acaban diferenciándose derecha e izquierda en el poder).

Los servidores políticos, intelectuales y mediáticos son remunerados en proporción a sus servicios, y los más destacados pueden terminar formando parte de la élite económica (aunque la mayor parte de esa élite lo es por herencia o por “éxito” en los negocios).

Control inevitable

He aquí los rasgos del capitalismo que lo hacen por completo incompatible con la democracia. Esos rasgos se han agudizado, pero antes, cuando el capitalismo se disfrazaba bajo la careta socialdemócrata, las cosas no eran muy diferentes. Siempre ha sido inevitable que la oligarquía que dispone de una proporción desmesurada de la riqueza social la defienda o amplíe comprando secretamente voluntades (de intelectuales, periodistas, legisladores, políticos, jueces y policías), financiando investigaciones sobre vidas privadas para incidir con amenazas o chantajes en la vida pública, o para destruir competidores, financiando partidos y aportando fondos a campañas electorales (a cambio siempre de una sumisión que implica un torcimiento de los supuestos democráticos), controlando instituciones y, en definitiva, contribuyendo a un entramado no público en el que se toman numerosas decisiones importantes que luego se visten de apariencia democrática.

La vida secreta del capital compone una realidad subterránea que determina la aparente. Emerge en escándalos reveladores, pero que no son precisamente todas las corrupciones existentes, sino sólo aquella pequeña parte con la que se producen ataques o venganzas controladas. Muchos watergates esperan en los cajones y son utilizados como elementos de disuasión, de presión, chantaje o negociación.

Plutocracias demagógicas

Lo que vengo exponiendo avala la afirmación inicial de que nuestras aparentes democracias son en realidad plutocracias demagógicas. Plutocracias porque gobierna la oligarquía del dinero, y demagógicas porque necesitan convencer al pueblo de que él es quien manda y de que le benefician las medidas procapitalistas que adoptan sus representantes. Los políticos en el poder actúan al servicio del capital, pero han de fingir que actúan en beneficio del pueblo. Son, por tanto, necesariamente demagogos.

Si miramos a lo que ha ocurrido en unos y otros lugares, puede entenderse nuestra democracia como un pacto social que ha sido arrancado a las élites y que éstas aceptan en la seguridad de que no pondrá en peligro sus privile­gios y sólo bajo condición de que no los ponga en peligro. La ventaja que saca el de abajo es una cierta salvaguarda frente a la arbitrariedad del poder. La ventaja que saca el de arriba es una aparente legitimación ética de su dominio. Dicho de otra forma, nuestras democracias son una concesión condicional que la oligarquía económica hace a las masas y que es revocada en el momento en que ese método de funcionamiento político pone en peligro los intereses a cuyo servicio opera subrepticiamente. Disponemos de muchos ejemplos de esta revocación.

Comparación con las dictaduras

En todo caso, de este tipo de régimen se dice que es la forma política ideal porque elude los vicios típicos de los regímenes totalitarios, caracterizados por el control gubernamental de los medios de comunicación, el partido único y el poder sin contrapesos ni réplica.

Cierto que esta “democracia” es preferible a las dictaduras, en dos sentidos: hay más libertad individual y menor nivel de violencia física interna. En los términos de la llamada Ley de Rummel, a menor nivel de democracia hay más probabilidades de que los gobernantes asesinen a sus propios ciudadanos. Estamos, pues, en un sistema político en el que corremos menos riesgos de ser asesinados por nuestros gobernantes, sobre todo si pertenecemos a las capas de población integradas (en Estados Unidos un negro tiene 21 veces más probabilidades que un blanco de morir tiroteado por la policía).

Sin embargo el compromiso de respeto a los derechos fundamentales del ciudadano no resuelve los problemas expuestos: aunque la Declaración Universal de Derechos Humanos es un progreso respecto a barbaries previas, no es la declaración de un ideal político, como prueba la mera lista de los derechos humanos incluidos y los que en ella faltan, así como las consecuencias que se siguen de algunos de los derechos proclamados y de la ausencia de otros que deberían ser básicos. Me remito a la entrada de este blog del pasado abril dedicada a la crítica de la citada Declaración.

Baste decir aquí que, cumpliendo formalmente con lo dispuesto en ella, se pueden desconocer derechos fundamentales y se pueden violar los reconocidos. En España el derecho a una vivienda o al trabajo se están negando a las personas desahuciadas y a los parados. Y no pasa nada. Y alguien puede ganar decenas de miles de millones de euros y estar legalmente eximido de pagar impuestos. Y no pasa nada. Millones de personas no se libran de violencias como la pobreza extrema, la malnutrición infantil, la falta de oportunidades educativas y el sometimiento a procesos de adoctrinamiento que los esclaviza. Hay muchas formas de violencia y no todas pueden identificarse con el daño físico o el asesinato.

Por lo demás, dentro de cada país los principios del Estado de Derecho se violan tan pronto la situación lo requiere. La prisión de Guantánamo es un ejemplo significativo y otro ejemplo es la limitación de las libertades de la ciudadanía estadounidense autorizada por la Ley Patriótica con que Bush ha respondido a atentado del 11S, siendo también buen ejemplo el intento de evitar informaciones y acallar críticas so pretexto de que ayudan al enemigo.

Dicho todo lo cual, podemos, sí, aceptar que nuestra “democracia” es preferible a una dictadura para la parte de población sensible al ejercicio de la libertad cívica.

¿Por qué no hay gobernantes independientes?

Parece muy duro afirmar, como antes hice, que todos los gobernantes en nuestras democracias son testaferros del poder económico. ¿No puede haber gobernantes honrados?

Se necesita mucho dinero para poner en marcha un partido que pueda ganar elecciones y ese dinero, sea de créditos bancarios que se prorrogan indefinidamente, sea de donaciones públicas y secretas, sólo va a partidos conformes con el sistema, o tan descuidados (caso de IU) que quedan amordazados por el crédito que adeudan.

Si las cosas no fueran así, ¿no sería inexplicable que en Estados Unidos no haya más que dos partidos capaces de disputar las elecciones, uno de derecha y otro de extrema derecha?

Recordemos que Felipe González llegó al poder tras pasar el examen de la CIA y del capital alemán, y que recibió ayuda económica y mediática porque se había comprometido a cambiar el No por el Sí en el referendum sobre la OTAN y a abandonar el marxismo. Consiguió el gobierno, pero sólo despúes de haber aprendido dónde estaban sus límites.

Nuestros gobernantes, sean del PSOE o del PP, saben quién manda y saben en qué dirección deben legislar. Precisamente han llegado al gobierno porque a su disposición a traicionar al pueblo unen su habilidad para que la gente no llegue a notarlo. Todo esto forma parte de la lógica del sistema.

¿Puede un gobernante independizarse del capital?

Si un político en el poder decide apartarse de su papel y actuar contra los intereses patrocinadores puede acabar como Kennedy o como Nixon. Si ha llegado al poder por su cuenta, caso de Allende o de Chávez, o mediante una lucha armada como Fidel, tendrá en frente todo el poderío capitalista, que hará lo posible por asfixiar al país y reconducirlo mediante una dictadura, o aislarlo al menos. Habrá campañas de descrédito muy efectivas, como la que sufrió Lafontaine por haberse atrevido a plantear algunas reformas modestas. Recordemos que Lafontaine se proponía regular los mercados internacionales, reducir el peso de Estados Unidos en el FMI, someter al Banco Central Europeo a algún control político, bajar los tipos de interés, reducir el impuesto de la renta para los ingresos bajos, aumentar el de los beneficios de las grandes empresas y los grandes capitales y patrimonios, y expandir la demanda mediante aumentos salariales. Naturalmente, las empresas alemanas más grandes amenazaron con marcharse de Alemania al extranjero. El capital alemán (con sus portavoces instalados en cátedras o en despachos de editorialistas, como en todas partes) decidió acabar con Lafontaine y éste tuvo que dimitir.

Su sucesor Schröder abandonó las propuestas de Lafontaine y se prestó a hacer la reforma que el capital exigía. ¿Qué reforma? Ya sabemos que cuando la derecha habla de reforma está en realidad hablando de puro darwinismo social sistemático: reducción de las ayudas sociales, jornadas y vidas laborales más largas, disminución de la inversión en infraestructuras públicas y menor protección laboral. Todo esto implicaba una destrucción del consenso social establecido cuando la URSS era un contrapoder, y respondía al designio del capital de recuperar sus antiguas ventajas. Schöder presentó en junio del 99 un plan de austeridad para ahorrar el equivalente de 30.000 millones de marcos en el 2.000 (“el más importante proyecto de reforma de la historia de Alemania” en palabras del canciller) que supuso una poda selectiva del Estado Social. La generalización de los “minijobs” como forma típica de inserción laboral es un símbolo de esa “reforma”.

Conclusión

Si lo que antecede tiene fundamento, si democracia y capitalismo son incompatibles, ello quiere decir que el camino que aproxima a la democracia es el mismo camino que aleja del capitalismo, un camino repleto de obstáculos.

Un primer paso es saber dónde se está. Saber que, contra lo que casi todos dicen o suponen (ellos sabrán por qué), no existe hoy democracia en el mundo, y que sólo podrá haberla cuando:

(a) la riqueza privada no pueda pasar de un límite razonable (¿cinco millones de euros para cada patrimonio personal?), a fin de evitar tramas ocultas de poder, control de los mercados y extrema desigualdad de oportunidades, y a fin de lograr que quede en manos públicas, y para fines sociales, la inmensa riqueza que ahora acumulan manos privadas. ¿Quién ha dicho que cada uno es dueño de lo que le da el mercado? ¿Quién ha dicho que es el mercado el que debe dar y quitar? El mercado es un mecanismo irracional que, dejado a su aire, va haciendo a los ricos cada vez más ricos y a los pobres cada vez más pobres, y que no recompensa en atención al mérito y valor de la actividad desarrollada. Da poco al investigador, al maestro, al médico, y mucho al especulador o al que tiene ya mucho, y sólo por el hecho de tenerlo.

(b) se prohiba la propiedad privada de los medios de comunicación masivos, que deberán ser sustituidos por medios de propiedad pública bajo control social. La llamada libertad de expresión no es otra cosa que un eufemisno con el que se alude al monopolio del capital para informar, aleccionar y fabricar la opinión pública.

(c) se generalice una educación que dé a todo ciudadano la competencia necesaria para entender las implicaciones de su voto y las repercusiones de cada medida política, lo que exige elevar el nivel cultural de la población muy por encima de lo que ahora se considera excelente en pruebas como los informes PISA. Hay que romper con la inercia milenaria del elitismo que fabrica a las poblaciones intelectualmente inermes, inercia que no ha sido alterada por el actual tipo de educación obligatoria.

La limitación de la riqueza privada es condición no sólo para evitar que el dinero sea el que gobierne y que los políticos no sean más que sus testaferros, sino tambien para que una distribución racional y justa cree el ambiente necesario para una buena educación pública. De otra forma ni hay base moral para ella, ni el Estado puede disponer de los enormes recursos necesarios. Pero recuperar el dinero de los que ahora lo poseen indebidamente es una tarea a la que ellos y sus ayudantes (una legión de comunicadores, economistas, politólogos y otros intelectuales) se opondrán con todas sus fuerzas.

¿Hay remedio? Una esperanza

Hundidos en la corrupción y la ineficacia, los principales partidos no saben cómo salir del atolladero en que ellos se han metido, al punto que empiezan a no servir para el cometido que tienen encomendado. El capital los mira con sorpresa y recelo, y se pregunta si no será posible domesticar deprisa al partido ascendente, inicialmente temible porque es el único incontrolado. De momento es un partido denigrado con razones que nunca se han empleado contra los demás y ello da idea de hasta qué punto asusta a los partidos restantes y a sus defensores.

Podemos tiene dos ventajas que hasta ahora ningún otro partido tuvo: un fuerte apoyo popular y ausencia de compromisos con el poder económico.

Se le critica que sus propuestas iniciales hayan sido rebajadas una vez que se ve con posibilidades de alcanzar el poder, pero esa medida es aceptable siempre que se sepa explicar a la gente el por qué de la rebaja. En dirección contraria siguen siendo muchos los que acusan a Podemos de propuestas populistas e irrealizables. Pero ¿hay alguna ley de la naturaleza que impida la realización de esas propuestas? No. ¿Acaso ha propuesto Podemos algo que sea inconveniente? No. Más bien se le puede criticar que, por pragmatismo, se queda corto. ¿Sería beneficioso para la población que las propuestas de Podemos se realizaran? Por supuesto que sí.

De manera que quien critica las propuestas de Podemos por irrealizables sólo es honorable si añade que lo que las hace irrealizables es el chantaje del capital. ¿Conocen a algún crítico honorable? Los que hablan de medidas irrealizables parecen sugerir que lo son porque se oponen a alguna ley de la naturaleza que Podemos se empeña torpemente en desconocer.

Si Podemos consigue llegar al poder eludiendo el control de los dueños del dinero (para lo que es básico no endeudarse con la banca y no hacer pactos secretos con nadie) nos ofrecerá la primicia de poder al fin representar a quienes lo han votado.

Cierto que el gobierno que intente hacer una política favorable al pueblo sufrirá grandes embites. Hará falta valor, mucha habilidad y mucho apoyo popular para hacer con éxito una travesía inicial muy procelosa (apoyo popular que, por ejemplo, Lafontaine no tuvo). Pero no es imposible si se salvan las primeras acometidas y se sabe explicar a la gente dónde están los problemas y quién los fabrica (algo que hasta ahora jamás han hecho los políticos, porque no podían delatar a sus amos). Frente al chantaje del capital hay que encomendarse a la fuerza de los movimientos sociales, al ejemplo que pueda cundir en otros países y a las alianzas internacionales que se puedan ir estableciendo con movimientos afines.

Una mirada a la historia reciente

Hay además que saber jugar con las necesidades del enemigo. Cuando se habla de la ominosa modificación del artículo 135 de la Constitución son muchos los que dicen que no había alternativa, que todo hubiera sido catastrófico si no se hace, que nos hubieran intervenido, etc. Es cierto que hubieran amenazado con intervenirnos. Pero imaginemos que nuestro gobierno se planta y dice “¡Hasta aquí hemos llegado y ni un paso más! ¡Ni un solo recorte en gasto social, ni un sufrimiento más a la población en beneficio de las bancas alemana y americana!…. Si se empeñan en hundir España, los bancos acreedores no cobrarán un duro y con España se hundirá la Unión Europea.” ¿Qué hubiera ocurrido? Pues que, como ni el capital alemán ni el americano podían permitir que España se hundiera, se hubiera hecho entonces lo que se está pensando hacer ahora, es decir, aquello que antes se decía que no se podía hacer de ninguna manera: el Banco Central Europeo habría comprado deuda española a menos del 1%, se habrían relajado las exigencias respecto al déficit e incluso se habría acordado una quita de la deuda. Ni que decir tiene que las capas medias y bajas de la población se habrían ahorrado un sufrimiento enorme. Pero Rajoy y Zapatero, dos burócratas de partido mediocres, ni representaban ni defendían al pueblo, obedecían órdenes sin rechistar, asustados como conejos. Lo que quiero decir es que para saber que algo es irrealizable primero hay que intentar realizarlo.

El peligro enmascarado

Queda finalmente otra cuestión. Si un nuevo partido consigue llegar al poder y desbancar a los políticos de la llamada casta (palabra justa si se le da el sentido de “conjunto de políticos demagogos traidores al pueblo que los votó”), y si recupera el Estado del Bienestar y gobierna con otros modales y con alguna autonomía, nos habrá aliviado desde el punto de vista estético, e incluso ético, pero se habrá convertido en el mejor garante del capitalismo, pues aunque la extrema codicia haga pensar lo contrario a los dueños y controladores del capital, el capitalismo es más estable con políticas socialdemócratas que con políticas neoliberales. Es decir, habrá cerrado en falso el camino hacia la democracia.

En cambio, si después de conseguir sus metas iniciales se propone llegar más lejos de lo que pretendió la hundida socialdemocracia y va dando nuevos pasos eficaces hacia una más justa distribución de la riqueza social, hacia una mundialización regulada y hacia una educación del pueblo más profunda, entonces sí que los demócratas tendremos que festejar su llegada. No se habrá conseguido aún una sociedad democrática (eso no es cosa que se pueda lograr de un día para otro), pero estaríamos dando pasos hacia ella. Entretanto se viviría un ambiente más ilusionante, porque habríamos salido de la sordidez en que nos han metido los gobernantes que hemos venido padeciendo.

jmchamorro@jmchamorro.info