Archivo de la etiqueta: populismo de derechas

TRUMP Y PABLO IGLESIAS. ¿ES VERDAD QUE SON LO MISMO?

Es divertido ver cómo se las apañan muchos para saltar de Trump a Pablo Iglesias como si no tuvieran más remedio que hacerlo. Puesto que coinciden en esto o en aquello, Pablo Iglesias y Trump son lo mismo. Veamos cómo se ha planteado este tema en el periódico de mis preferencias, El País.

Análisis complejos, rigurosos y muy, muy objetivos

José Ignacio Torreblanca, profesor titular de Políticas en la UNED y jefe de opinión de El País, nos decía el pasado 10 de noviembre que de punta a punta del planeta el populismo celebra la victoria de Donald Trump. ¿Qué es el populismo? Torreblanca hace una faena de aliño al identificar al populismo de derechas con el viejo nacionalismo en su forma tradicional, y al de izquierdas con el nacionalismo disfrazado de revuelta del pueblo contra las élites.

Refiriéndose al primero comenta que tanto Vladímir Putin como Trump prometen Estados fuertes, naciones orgullosas, mano dura contra el inmigrante y recuperar la soberanía frente a cualquier compromiso impuesto desde el exterior.

Refiriéndose al segundo nos dice que vuelve el marxismo clásico con su análisis simplista y reduccionista del mundo, la economía y el individuo.

Para identificar cosas tan dispares nos dice que el marxismo actúa en pinza con el peor nacionalismo xenófobo, y añade que las máximas y eslóganes de ambos son prácticamente idénticos: todos dicen hablar en nombre del pueblo, al que quieren devolver el poder hurtado por los poderes financieros, las instituciones supranacionales o los políticos de una vilipendiada capital (Washington, Bruselas, París o Roma) construida como arquetipo de la corrupción política, económica y moral. Todos ellos apuntan a un mismo modelo: la tiranía de la mayoría bajo un líder clarividente y un enemigo común, exterior, interior o las dos cosas a la vez. De ahí que también celebren la victoria de Trump los populistas de izquierdas, en España o fuera de ella.

Otra forma de decirlo

Consciente Torreblanca de que se ha embarullado al definir el concepto de populismo, intenta aclarar su idea, y en realidad la oscurece si posible fuera:

El populismo no es una internacional, pues carece de estructuras orgánicas. Es más bien una amalgama en la que se mezclan izquierdas y derechas, nuevas y viejas, del norte y el sur, antiestatistas y anticapitalistas. No son capaces de construir nada juntos, pues en el fondo solo les une la pasión por destruir las estructuras fundamentales de lo existente, de todo aquello en lo que se basa nuestro modo de vida: la democracia representativa, la economía abierta de mercado, la igualdad de oportunidades, las instituciones internacionales, la apertura de fronteras, las identidades múltiples, la idea de una sociedad abierta.

Inexactitudes

¿Se puede decir que Trump o Putin son enemigos del Estado o del Capitalismo? En absoluto. Si acaso se podría decir que son enemigos de la democracia, pero en eso no se diferencian de los políticos más respetados, aquellos que defienden nuestra “democracia”. Pues la democracia representativa en el capitalismo siempre ha sido falsa, como al fin está quedando claro para los bien informados, y no sólo para los marxistas, que lo vieron mucho antes. Eso a lo que llaman democracia es una plutocracia disfrazada. Por tanto quien defiende esta democracia aparente no es un demócrata, sino un palmero de la plutocracia, sean cuales sean sus razones. En cambio es muy sensato oponerse a un simulacro de democracia en nombre de una verdadera democracia, que es lo que debe hacer la izquierda anticapitalista.

Oponerse a la economía abierta de mercado es otra exigencia de la razón: esta economía está poniendo en peligro al planeta, distribuye la riqueza social de manera irracional e injusta, crea condiciones internacionales de violencia, terrorismo y guerra, fabrica poblaciones incultas y violentas…

Y si Torreblanca se refiere a los Tratados de Libre Comercio, ¿quién le ha contado que oponerse a ellos tal y como están concebidos es cosa criticable desde la razón? 455 organizaciones civiles europeas y canadienses acaban de pedir a sus respectivos gobernantes que voten contra el tratado UE-Canadá (CETA) porque “no es un acuerdo de comercio progresista”, sino que en realidad “es aún más invasivo que lo que preveía la vieja agenda de libre comercio diseñada por y para las multinacionales más grandes del mundo”. Su ratificación, dicen esas 455 organizaciones, puede “debilitar la protección de los trabajadores y del medio ambiente y ofrecer a los inversores extranjeros herramientas para atacar regulaciones de interés público”.

En cuanto a la igualdad de oportunidades, ¿cómo puede decir Torreblanca que Podemos se opone a ella, cuando pretende que por fin sea un hecho? En cambio los conservadores como él invocan la igualdad de oportunidades al tiempo que defienden un sistema que la impide. ¿Es que no sabe este señor que en nuestras sociedades los niños, en muy alto porcentaje, heredan la posición social e intelectual de sus padres y que los de familias económica y culturalmente pobres difícilmente llegarán a la universidad y puede que ni siquiera a la FP? ¿A eso llama sociedad abierta? Para muchos está cerrada, cerradísima.

Y ¿con qué lógica deduce Torreblanca que la izquierda anticapitalista quiere destruir las instituciones internacionales sólo porque está en contra de algunas instituciones internacionales inicuas, o que se opone a la apertura de fronteras sólo porque es contraria a un cierto tipo de apertura? ¿De dónde saca que Podemos pretende expulsar de la nación a todos los impuros, impropios y que no comulguen con su esencialismo?

El Sr. Torreblanca cree que es una invención populista que los poderes financieros (a través de instituciones internacionales y de los políticos a su servicio) han hurtado el poder del pueblo, o que el sistema sea arquetipo de corrupción política, económica y moral. Es la creencia de un ultra conservador. Los que tienen ojos en la cara ven con claridad que todo eso es cierto y que, por ello, una revuelta contra las élites económicas se está haciendo imprescindible.

¿Una élite fanática contra la élite económica?

Llegado a este punto Torreblanca ironiza: ¿cómo van a liderar una revuelta contra las élites movimientos como Podemos, liderados a su vez por unas élites que bien poco tienen de pueblo, y mucho de pretensión de usar e inventar todo tipo de agravios para hacerse con el poder y permanecer en él? No son los pobres ni los perdedores los que se han revuelto contra el sistema, sino unas élites fanáticas que saben cómo manipular las emociones y manejar los medios para instalarse en el poder en el nombre del pueblo.

Pero hombre, señor Torreblanca, una cosa es la élite económica mundial, que es de la que hay que defenderse, y otra la élite intelectual a que pertenecen, se supone, unos profesores de universidad que ganan 2.000 euros al mes. ¿Cree de verdad que en el Movimiento del 11-M no fueron los pobres ni los perdedores los que se revolvieron contra el sistema, sino esa élite fanática? Sin comentarios.

Traca final

Pues esperen, que en otro escrito del 24 de noviembre, en el mismo periódico, este señor llega a superarse a sí mismo:

Hasta hace poco, éramos muchos los que celebrábamos que el concepto [de soberanía] estuviera en desuso. Pensábamos, incluso, que lo habíamos derrotado. Soñábamos que el proyecto europeo lo había superado y que nos encaminábamos hacia esa “paz perpetua” cosmopolita que dibujara Kant. Pero no. Pese a su trágico historial y su tono rancio y caduco, son muchos hoy, a izquierda y derecha, los que han vuelto a idolatrar el término. Desde el Podemos de Pablo Iglesias al Frente Nacional de Marine Le Pen pasando por el racismo proteccionista de Trump, el neoimperialismo de Putin, los independentistas de la Asamblea Nacional Catalana o la extrema derecha que todavía se manifiesta por las calles de España cada 20 de noviembre, todos se encomiendan a la soberanía como ideología liberadora, como si no supiéramos que detrás de ella viene la dictadura, la guerra y el triunfo de la identidad, la raza y la nación sobre la razón y la libertad individual. Me gusta el siglo XXI. No quiero volver al XVI. Por eso, soberanía, yo te maldigo.

El mayor mérito de este texto no es su tono melodramático, coronado con la maldición final (que seguro que ha destrozado el corazón del pobre concepto de soberanía). ¡La impresionante hazaña es usar la palabra “soberanía” para identificar a Podemos con Trump, Le Pen, Putin, el racismo y el franquismo! ¿Comprenden ustedes por qué han hecho a Torreblanca jefe de opinión de El País? Basta citarle al pie de la letra para desacreditarle.

Otro ejemplo igualmente interesante en el mismo periódico

Daniel Innerarity, catedrático de Filosofía Política del País Vasco, abogaba el pasado 16 de noviembre por una democracia compleja tras apreciar que nuestros sistemas políticos son impotentes ante quienes, como Trump, ofrecen una simplificación tranquilizadora. Quien hable hoy de límites, responsabilidad, intereses compartidos, nos dice Inneraraty, tiene todas las de perder frente a quien establezca unas demarcaciones rotundas entre las élites y el pueblo, de manera que la responsabilidad y la inocencia se localicen de un modo tranquilizador.

Pero la democracia no es algo tan simple, sigue diciendo, es un conjunto de valores y procedimientos que hay que saber orquestar y equilibrar (participación ciudadana, elecciones libres, juicio de los expertos, soberanía nacional, protección de las minorías, primacía del derecho, deliberación, representación…). Los nuevos populismos toman sólo el momento plebiscitario y lo absolutizan, desconsiderando todos los demás, cuando en realidad la implicación de las sociedades en el gobierno debe ser más sofisticada que como tiene lugar en las lógicas plebiscitarias o en la agregación de preferencias a través de la red. En una democracia de calidad el tiempo dedicado a la deliberación ha de ser mayor que el que empleamos en decidir.

No se toman las mejores decisiones cuando se decide sin buena información (como el Brexit) o con un debate presidido por la falta de respeto hacia la realidad (como Trump). Tampoco hay una alta intensidad democrática cuando la ciudadanía tiene una actitud que es más propia del consumidor pasivo, al que se arenga y satisface en sus deseos más inmediatos y al que no se le sitúa en un horizonte de responsabilidad.

En definitiva, cree Innerarity que frente a la simplificación de los populistas hay que promover una cultura en la que los planteamientos matizados no sean castigados sistemáticamente con la desatención o el desprecio. Y termina haciendo más claro su pensamiento cuando se muestra sorprendido de que “Iglesias, Mélenchon o Grillo no parezcan inquietos por compartir la lógica simplificadora de sus siniestros oponentes”.

Antes de nada resaltar que para Innerarity la soberanía nacional es uno de los valores democráticos, mientras Torreblanca maldice solemnemente ese concepto. ¿Estará Innerarity en el mismo saco que Le Pen, Trump, Putin, los franquistas y Pablo Iglesias? Dejemos que Innerarity y Torreblanca se pongan de acuerdo acerca del alcance de la maldición.

¿Se ha pervertido lo que era puro?

Esto aparte, lo que me interesa resaltar es que en lo dicho por Innerarity está implícito que en las sociedades en que no gobiernan populismos de derechas ni de izquierdas se pueden tomar las decisiones con buena información y sin falta de respeto a la realidad, y que en ellas se sitúa a la ciudadanía en un horizonte de responsabilidad y no de consumidor de arengas. Me acabo de enterar, no lo sabía.

Reconoce Innerarity que las recientes elecciones en Estados Unidos han sido la apoteosis de algo que se venía observando desde hace algún tiempo en muchas democracias del mundo: más que elegir, se deselige; hay mucho más rechazo que proyecto, no se vota para solucionar sino para expresar un malestar, y ese comportamiento manifiesta una profunda desesperación.

De acuerdo. Pero los gobiernos de los que nunca se dijo que fueran antisistema o populistas, y que son los que han controlado nuestras sociedades los últimos decenios, no han eliminado las causas de esa profunda desesperación, más bien han sido sus autores. ¿No será que, contra lo que Innerarity piensa, es razonable establecer unas demarcaciones rotundas entre las élites económicas y el pueblo? No es tranquilizador, sino muy frustrante comprobar que, por lo que respecta a la distribución de la riqueza, la responsabilidad está en esas élites y en sus colaboradores, y la inocencia en el pueblo indefenso.

Habla Innerarity de límites, de responsabilidad, de intereses compartidos. ¿Quiere decir que las reivindicaciones populares tienen que aceptar límites, los que impone el poder económico, o que hay que renunciar a esas reivindicaciones por responsabilidad, o que los de muy arriba y los de abajo pueden compartir intereses que no sean superficiales? Por ejemplo, ¿cree que en nuestras sociedades es posible proponer medidas anticapitalistas sin que sean rechazadas, y que las élites y las capas populares pueden llegar a acuerdos de fondo que beneficien equitativamente a ambas partes? Es evidente que eso no ha ocurrido en la España del PP y del PSOE, ni en los Estados Unidos de Obama y de Clinton, por no decir de Reagan y de los Bush.

Y por otra parte, ¿de dónde saca nuestro filósofo que los de Podemos (partido en que está pensando como ejemplo de populismo de izquierdas) no tienen en cuenta que en democracia hay que deliberar, debatir, escuchar a los expertos, etc. Se pasan el día deliberando y debatiendo, en mayor medida que los demás, y cuentan con expertos que les asesoran en la elaboración de sus programas. ¡Qué contradicción llamarse filósofo y tener que alquilar el ingenio! Innerarity habla con la misma lógica de los que han provocado con sus políticas la indignación popular.

Ser lo mismo y actuar en pinza

Habría que decir además que no hay razones para identificar a personas o instituciones distintas sólo porque coinciden en la oposición a algo. Se puede coincidir en la opsición al nacionalismo catalán desde la derecha (en nombre del nacionalismo español) y desde la izquierda (en nombre del internacionalismo de la población explotada), pero no se trata de posiciones idénticas o afines, sino contrarias.

Y cuando se habla de pinza porque dos partidos coinciden en oponerse a algo es como si se dijera que las personas pacíficas y los hooligans actúan en pinza contra el gobierno porque se oponen a una subida del precio de la gasolina. O que quien se opone a una condena porque le parece excesiva (el delincuente) y quien se opone porque le parece suave (el fiscal) están actuando en pinza contra el juez. Pero así discurren quienes dicen que Podemos actúa en pinza con el PP. No hay en el país más cera intelectual que la que arde.

¿A qué deberíamos llamar populismo en sentido peyorativo?

Dejemos los confusos usos de “populismo” que sólo pretenden desacreditar a Podemos. “Populismo” en su sentido peyorativo es identificable con el uso de la mentira para, engañando a un pueblo malinformado, conseguir o retener el poder y hacer una política contra ese pueblo. Tal mentira puede presentarse en diversas formas, siempre con palabras que disfrazan el mal de bien: falsas promesas, apelar a las emociones, a la patria, asustar a la gente afirmando que los que prometen cambiar las cosas llevarán al país al desastre, etc.

En cambio no puede tener sentido peyorativo “populismo” si se refiere a apelar al pueblo contra la élite proponiendo alguna forma de reparto más justo de la riqueza del país.

En la acepción peyorativa de “populismo” queda claro que Trump es populista, pero además que todos los partidos pro-sistema son y han sido populistas por necesidad (incluidos los socialdemócratas europeos y el partido de Clinton y Obama), ya que se ven obligados a ocultar dónde se toman las decisiones que luego ellos tienen que vestir políticamente, a prometer cosas incompatibles con la política que saben que van a realizar, o a disfrazar esa política antipopular de racionalidad y de servicio al bien común. Para que un partido conservador no fuera populista tendría que atreverse a hablar así a la población: “soy testaferro del poder económico y voy a hacer una política favorable a sus intereses caiga quien caiga.”

Es la izquierda anticapitalista la única que puede eludir el populismo (lo que no quiere decir que siempre lo eluda), porque no está obligada a mentir (si miente es porque de alguna forma se ha pervertido). La izquierda anticapitalista eludirá el populismo si, manteniéndose independiente de los poderes económicos, hace propuestas realistas que beneficien a la mayoría y al mismo tiempo explica por qué no puede ir más lejos, dónde están los obstáculos. ¿Cómo se puede llamar populista a un partido que, por sus intenciones, se hace odiar por las élites y sus secuaces?

Acerca de la complejidad

El conservador se pasa media vida denunciando el grosero simplismo y la falsificación de la realidad de las propuestas de la izquierda, y otra media vida apelando a la complejidad como excusa de que no se haga lo que parece obligado de acuerdo con los valores que proclama. Cuando el señor Torreblanca considera simplista y reduccionista el análisis del marxismo clásico está sugiriendo que hay una forma menos simplista y reduccionista de ver las cosas. ¿Dónde está? No desde luego en sus análisis, pero al menos ¿en qué libros? Pues resulta que el marxismo (incluidas las mejoras que se le pueden hacer a la luz de la ciencia social sobrevenida) sigue siendo la única forma no simplista, ni reduccionista de analizar la realidad de las sociedades capitalistas.

La alternativa, a su más alto nivel, la encontramos en obras como la del filósofo Robert Nozic o de los economistas de la Escuela de Chicago. Y ¿qué dicen esas lumbreras de la derecha?

Nozic, por ejemplo, viene a afirmar que los impuestos son un robo, que lo que el mercado da a cada cual es efecto de la libre decisión de vendedores y consumidores y que la libertad está por encima de la justicia. Todo esto sin siquiera analizar qué es la libertad, que para él consiste, simplemente, en que cada cual pueda hacer lo que quiera con su dinero. No nos dice cómo se justifica que alguien tenga miles de millones mientras millones de conciudadanos no pueden pagarse un médico. El mercado ha repartido así la riqueza y no hay más que hablar. ¿Y por qué es el mercado el que tiene que dar y quitar, y no la decisión racional y justa de la sociedad? Pues porque esto último ya se ha ensayado y fracasó en la URSS. ¡Un verdadero monumento de pensamiento complejo!

Y ¿qué nos dicen los economistas de la Escuela de Chicago? Que lo privado es más eficiente que lo público, que no hay que cobrar impuestos a los ricos ni intervenir en el mercado, que si se deja que el mercado controle la economía con su lógica, y si se deja el dinero en manos de los ricos, nos irá mucho mejor a todos.

¿Es cierto que no se puede hacer otra cosa?

Los datos empíricos han falsado esa simplista teoría conservadora una vez y otra. Si se deja que la distribución de la riqueza sea decidida por el mercado sin apenas cortapisas se llega primero a la situación en que estamos, y si se eliminaran las escasas regulaciones que quedan se llegaría a una situación auténticamente catastrófica. Pese a todo los políticos conservadores siguen afirmando que la política que están haciendo es la única posible y que todo lo demás son populismos.

Pongamos ejemplos de ese populismo en España: una renta básica universal, una subida del salario mínimo, garantizar constitucionalmente la mejora y garantía de las pensiones, dotar adecuadamente a la escuela pública, fortalecer los sindicatos y la negociación colectiva…

¿Por qué son propuestas inaceptables? Unas porque la subida de salarios y la restitución de los derechos de los trabajadores acabaría con la “flexibilidad laboral” y nuestra economía sería menos competitiva, cosa que se ha probado empíricamente que es falsa. Otras porque supondrían unos miles de millones de euros que el Estado no tiene. Pero ¿por qué no los tiene? Por la escasa progresividad de los impuestos, por las rebajas de impuestos que se han hecho a los que tienen más patrimonio, por las desgravaciones a las grandes sociedades, por las SICAVs, por la evasión fiscal que no se persigue, por la negativa a aplicar una pequeña tasa a las operaciones financieras. Sobra el dinero, sólo que no está donde debiera. La rebaja de impuestos a los muy ricos es tan obscena que algún magnate ha protestado porque le parece indigno pagar menos que su secretaria.

Ellos replicarán que el trato fiscal favorable al capital es necesario para evitar que se vaya fuera y para atraer inversiones. Pero resulta que en otros países la recaudación fiscal es mayor y la evasión fiscal menor, y sin embargo ni los capitales ni las empresas se van y las inversiones llegan. En último caso, si esa previsión fuera cierta, cualquier intelectual honrado no debería darla por buena apelando a la complejidad, sino hablar de chantaje, y denunciarlo, y manifestarse contra el sistema.

Algo acerca de la simplicidad

¿Dónde está la causa de la profunda desesperación de que habla Innerarity? La respuesta no es nada compleja, es muy simple: el 1% de la población dispone de una gran parte de la riqueza mundial, con la que puede poner la democracia a su servicio mediante el control de partidos políticos, parlamentos y gobiernos, medios de comunicación, intelectuales y expertos influyentes. La muy simple realidad es que la democracia sólo será posible cuando la riqueza esté distribuida según criterios de racionalidad y justicia, y los medios de comunicación estén controlados públicamente, y la educación de la población sea buena y efectiva.

Entretanto vemos que “intelectuales” como Torreblanca o Innerarity disponen de sus púlpitos en El País para manipular escribiendo lo que escriben. Nunca escribirán, claro está, exigiendo esas sencillas condiciones para una democracia real. Dirán que son simplificaciones impropias de una democracia compleja. Recuerden que hablar de ricos y pobres es una simplificación populista, envidiosa y que invita al odio.

jmchamorro@jmchamorro.info

COMENTARIOS SOBRE EL TRIUNFO DE DONALD TRUMP

El triunfo de Trump en las elecciones americanas demanda alguna reflexión sobre sus causas y efectos, y también sobre la forma en que han reaccionado muchos políticos y medios de comunicación del mundo. En España hay un significado derivado, y es el afán por meter en el mismo saco a Trump y a Podemos.

El por qué de la gran alarma
Es inevitable preguntarse por qué el mundo respetable se ha sentido tan alarmado y pesimista con el éxito de Trump.

Ante todo buenos modales
El capitalismo es un sistema en el que, por su propia naturaleza, los discursos y declaraciones oficiales han de ir por un lado y las acciones legislativas, gubernamentales y judiciales por otro. Si se tiene en cuenta que esas acciones tienen como fin básico mantener el dominio de la élite económica (¡oh, qué horrible simplicidad marxista!), queda claro hasta qué punto el lenguaje oficial tiene que enmascarar este hecho, y hasta qué punto, sin nombrar aquello que se está haciendo o se piensa hacer, ese lenguaje debe apelar en falso a los valores que la mayoría considera razonables, justos y virtuosos: la libertad, el bien común, los intereses de los ciudadanos, el camino a la prosperidad, la solución de los problemas de la gente, la preservación de la paz…
Apelando siempre a su papel de salvaguarda de la democracia, la seguridad y la paz mundiales, los gobiernos de Estados Unidos (tanto los demócratas como los republicanos) promovieron golpes militares sangrientos y apoyaron a fascistas donde les convino, iniciaron guerras donde lo necesitaban, torturaron dentro del país o fuera, levantaron vallas contra la inmigración, dejaron en la estacada a diversas minorías del país y saquearon el mundo todo lo que pudieron.
Trump ha dicho que va a hacer lo que los otros han venido haciendo en EE UU y en Europa, pero muchos que hasta ahora no protestaban, han gritado: ¡Qué horror!
Yo diría que Trump es una persona que no sabe cómo hay que hablar y callar para ser político de derechas decente, o que no le interesa serlo, y que por ello es un político indecente. Trump no tiene pelos en la lengua y grita lo que muchos políticos conservadores sólo dicen en sus conversaciones privadas. Que haya ganado es catastrófico para los que quieren vivir en el capitalismo con buena conciencia; esos que ponen sobre la lógica del capitalismo un manto de ideas abiertas y acogedoras para que el inicuo sistema que tanto les gusta parezca elegante y digno. Pues en este caso no ha podido ser, paciencia.

Trump es un pro-sistema de extrema derecha
Uno encuentra en la red expresiones como éstas: “Trump y la comunicación antisistema”, “el magnate antisistema”, “Trump ganó con un mensaje antisistema”, “¿un presidente antisistema?”, “Trump campeón antisistema”, “el candidato antisistema”, etc.
Teniendo en cuenta que bajo la palabra sistema se oculta siempre la palabra capitalismo (el sistema no es otra cosa que el sistema capitalista), es claro que Trump no es un antisistema, sino sólo contrario al establishment que ha venido rigiendo el sistema desde Washington. Quítate tú, que me pongo yo.
El señor Trump, como el señor Obama o la señora Clinton, defienden por encima de todo el sistema capitalista, y más específicamente el papel hegemónico de su país en el capitalismo mundial, papel en decadencia, amenazado por países de economía creciente, de los que el principal representante es China, el gran peligro, el enemigo del que defenderse así sea haciendo amistad con Putin (en realidad el gran peligro es la decadencia americana, pues no hemos de olvidar cómo se las gasta el complejo industrial-militar-financiero estadounidense).
Trump es un prosistema que pertenece a la extrema derecha, como otros que saben disimularlo, Rajoy sin ir más lejos, jefe de un partido que sigue viendo a Franco con buenos ojos y que tiene a toda la extrema derecha española dentro. La diferencia es que Rajoy es más moderado de palabras que Trump, pero no hay más que ver lo que su mayoría absoluta ha venido haciendo, desde el gobierno y el parlamento, con los pobres, los trabajadores, los inmigrantes y refugiados, las mujeres, los estudiantes.
Y no olvidemos que el neoliberalismo es en realidad, por sus efectos, la ideología económica de una derecha tan peligrosa como la llamada “extrema derecha”: deja morir de frío y hambre a quienes no pueden pagar alimentos y electricidad, paga salarios que sumen a los trabajadores en la pobreza, escatima para enseñanza, sanidad y pensiones.
Por lo demás Trump hará la política que le obliguen a hacer los que detentan el poder subterráneo, esto es, el verdadero poder. Así que tranquilos, que todo seguirá igual de mal.

Los votantes de Trump
Si nos preguntamos por qué ha ganado Trump, la respuesta debe incluir esto: nuestras democracias son plutocracias disfrazadas, y para su estabilidad, para que la población las tolere, necesitan, perdonen mi insistencia, una mayoría caracterizada por la ignorancia, el egoísmo y el miedo. Esa mayoría de mirada corta, alimentada de patriotismo y de temores, ha sido fabricada por el sistema (porque las personas no nacen, se fabrican), y es la que en España vota a un PP hundido en la corrupción y gestor de políticas contra el pueblo.
Hasta ahora, en EE UU se había conseguido que se sucedieran en el poder los demócratas y los republicanos, todos ellos coexistentes en el establishment de Washington. Y para que esta alternancia pudiera discurrir sin sobresaltos, ahí estaban los medios de comunicación privados, hacedores de la opinión de las mayorías.
Pero resulta que ha ganado Trump y que la extrema derecha está al alza en Alemania, Austria, Finlandia, Grecia, Francia, Reino Unido, Polonia, Suiza, Suecia, Dinamarca, Hungría…
No hay de qué extrañarse, ni empecinarse en análisis que ocultan lo principal. Está ocurriendo que esa población deficientemente socializada, esa que el capitalismo fabrica porque la necesita para subsistir, está soportando más que nunca los rigores del sistema. Y desesperada ha salido del redil en que los medios la tenían recluida, y se está yendo tras el que lanza un discurso afín con su condición de ignorancia, egoísmo y miedo.

El poder de los medios privados en el tema básico
Se dice que los medios no tienen tanta influencia como se supone, puesto que el candidato al que menos apoyaban ha ganado las elecciones.
Sin duda tenemos un nuevo elemento a considerar, que en cierto modo rompe el monopolio que han venido ejerciendo los medios privados respecto a la creación de opinión: en las redes sociales que no están bajo su control se está difundiendo la evidencia de que esos medios no son defensores de la verdad y del bien común como afirman, sino de los intereses de sus propietarios. En España la campaña general contra Podemos, cargada de odio, mentiras y tergiversaciones está abriendo a muchos los ojos y deteriorando el inmerecido prestigio de esos tradicionales fabricantes de opinión.
Sin embargo, aunque los medios vayan perdiendo poder, siguen teniendo enorme eficacia. Entre nosotros la han demostrado en la defenestración de Pedro Sánchez y en la, de hecho, gran coalición cuya única finalidad ha sido que no llegara Podemos al Gobierno. Pero éstas son cuestiones menores.
¿Por qué muchos de los explotados y perdedores no se enfrentan al sistema, sino que votan a la extrema derecha?
Porque los medios de comunicación han tenido éxito en el tema más importante, el crucial para el sistema, que es la demonización del comunismo. Esto lo han conseguido con creces, logrando que para una gran parte de la población la izquierda anticapitalista sea peligrosa y sórdida. Ahora el papa Francisco ha dicho que los comunistas piensan como los cristianos, y que el comunismo ha “robado” a la Iglesia católica su causa, “la bandera de los pobres”, concluyendo que “cuando ellos [los comunistas] hablen, nosotros les podríamos decir: Pero si sois cristianos”. En realidad el papa no se expresó bien, pues debería haber dicho: según los Evangelios, no son cristianos los que no sean comunistas. Naturalmente, los medios de comunicación no se han hecho eco de las palabras del papa.
El éxito de los medios en esta empresa fundamental se muestra en los votos que ha ido consiguiendo la izquierda anticapitalista española por comparación con los que ha ido consiguiendo el PP, siendo así que, por intereses objetivos de los votantes, la distribución de los votos hubiera debido ser la contraria. Y en Estados Unidos ha ganado Trump entre otras cosas porque previamente el partido demócrata cerró el paso a Bernie Sanders, que no era apoyado por los medios, sino por las redes sociales. Sanders decía “No creo que los hombres y mujeres que defendieron la democracia americana lucharan para terminar en un sistema donde los multimillonarios fueran dueños del proceso político”.

jmchamorro@jmchamorro.info