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REFLEXIONES EN TORNO A LA MOCIÓN DE CENSURA

El éxito o el fracaso de la moción de censura presentada en junio por Podemos no puede medirse por el número de votos a favor, ya que el resultado de la votación era conocido de antemano. Algunos concluyen que la moción ha sido un éxito porque Podemos se ha presentado ante el país liderando a la izquierda, de lo que se espera algún efecto en las preferencias políticas de la población. Algo que se verá en elecciones futuras.

Pienso que es una lástima que no se haya aprovechado la ocasión para fines más sólidos. No ocurre todos los días que un miembro de la oposición pueda intervenir en el Parlamento sin límite de tiempo.

La moción tenía dos partes, una de crítica y otra de propuesta. La primera puede tomarse por relativamente exitosa, la segunda no tanto.

El portavoz ejemplar

La censura al PP era tarea fácil, por más que sea asombrosa la impavidez y el cinismo con que los dirigentes y parlamentarios del PP soportan acusaciones graves, y se escabullen mintiendo, sin que un sólo músculo del cuerpo denote incomodidad.

Bien es cierto que a Rajoy no se le vio relajado. Y cuando la tensión modela su rostro podría ganar un casting para el papel de usurero mezquino y cruel, pero temeroso de perder un negocio.

La “especialidad psíquica” de los del PP se aprecia en que Rafael Hernando no les provoca vergüenza, sino entusiasmo. Cuando Hernando se dirige a los parlamentarios que están a su izquierda, causan maravilla sus visajes, pero sobre todo la expresión que subyace (y que permanece cuando deja de hacerlos). En ese rostro ha quedado impreso el infinito cansancio, el desprecio, el asco insoportable de quien, por azares de la política, tiene que hablar con esta gente, o gentuza, en lugar de mandarlos a todos directamente a despiojarse.

Los hay que consideran a Rajoy un gran parlamentario. ¿En qué consiste ser un gran parlamentario? En salir con chascarrillos e ironías cuando tendría que dar explicaciones. ¡Gran parlamentario! ¡Qué país!

Hablando primero de cuestiones formales

Resulta que Irene Montero fue elegida por lo que vale, no por su relación con Pablo Iglesias. El problema que tienen mujeres jóvenes como Montero o Arrimadas es que no han llegado a la pausa. Cuando se habla en reuniones o tertulias políticas, la pausa requiere confianza en que no será aprovechada por alguien para quitarte la palabra. Sólo los que se sienten muy seguros de su predominancia hacen pausas. Por eso hacen más pausas los hombres que las mujeres. Claro que eso no da más valor a lo que dicen ellos que a lo que dicen ellas. Se puede decir algo muy interesante sin pausas. ¿Cuál es el problema? Que parece que se habla de memoria. Montero ganaría mucho si adquiriese confianza para la pausa. Arrimadas no tanto, porque a Ciudadanos le va disparar de memoria el argumentario.

En todo caso ¡que bien recitó Irene Montero la lista alfabética de casos judiciales de corrupción, algo muy difícil porque era una lista interminable! Qué sinceridad la suya cada vez que, narrando desmanes del PP, tuvo que acabar con un “¡Qué vergüenza!” mirando a la cara a los del partido corrupto.

Esto aparte, creo que su discurso estuvo por debajo de su valía. Fue demasiado largo y a veces deslavazado.

Lo mismo se puede decir de la intervención inicial de Pablo Iglesias. Puesto que ya Montero había dado buena cuenta de la corrupción del PP y del deterioro de las instituciones, Iglesias debió ahorrarse denuncias ya hechas (así como dar lecciones de historia prolijas, que pudieron resumirse en cuatro frases sin pérdida de efectividad) y dedicar todo su tiempo a presentar su programa político de manera ordenada y, sobre todo, argumentada.

Se ha dicho que ambos discursos fueron tan largos adrede, para impedir el designio de la presidenta, que puso la hora de comienzo a las nueve de la mañana para que la moción sólo durase un día. Si así fue, no creo que esa finalidad justifique discursos mal estructurados, aburridos por reiteraciones, pesados para los mismos oradores, a los que a veces se les notaba la fatiga. Poco importaría que hubieran sido largos si hubieran estado hechos con la necesaria habilidad y con la voluntad de entrar razonadamente allí donde no se entró.

Creo además que Iglesias debió ahorrarse la ironía condescendiente con que dijo a Albert Rivera que no ha leído a los autores que cita, o que sólo puede enseñar a vender productos de banca. Es cierto que Rivera parece un vendedor de feria, pero en un debate parlamentario la ironía sobra cuando se dispone de buenos argumentos. En vez de jugar a eso de “buen zasca se ha llevado”, Iglesias podría haber mostrado por qué las propuestas de Ciudadanos son contrarias al interés de la mayoría de los españoles, pero con hechos y cifras, y no con descalificaciones. Antes que decir que Ciudadanos no es otra cosa que la muleta del PP es preferible aportar hechos que lleven al oyente a pensar eso sin que se le diga.

Pasando a cuestiones sustantivas: lo que faltó en el programa de gobierno

Desde la izquierda se acusa a Iglesias de haber olvidado propuestas fundamentales y de ninguna forma radicales (Corbyn, por ejemplo, las incluyó en su programa para las elecciones británicas), como la nacionalización de sectores básicos de la economía -electricidad, transporte-, la nacionalización y el desarrollo de una banca pública (la propuesta de Podemos se limita a que Bankia se convierta en banca pública), o un salario mínimo interprofesional que sobrepase los mil euros (como en otros países europeos). Se le acusa también de no haber hecho referencia a la deuda pública ilegítima, uno de los principales lastres de nuestra economía. Estos críticos alegan que el giro pragmático de Iglesias y los suyos hacia posiciones reformistas moderadas lleva el riesgo de acabar frustrando las expectativas en sectores cada vez más amplios de la clase trabajadora y la juventud.

Eché de menos una referencia a las bases americanas y al hecho de que, en contraste con los recortes en educación, sanidad y dependencia, no sólo no los haya habido en gasto militar, sino que éste haya aumentado en un 32% para satisfacer las exigencias de EEUU y la OTAN. ¿No habría que mencionar esto en un programa de gobierno? Supongo que un gobierno progresista y no acobardado se plantaría ante los actuales gobernantes de la UE (que no son Europa, sino la derecha europea) y les dejaría claro que mientras no se llegue en España a un gasto social similar a la media europea, los recortes se harán básicamente en el gasto militar, se pongan como se pongan EEUU, la OTAN y el Sursumcorda.

Ambigüedad sobre un asunto esencial

Yendo a algo más concreto, que es por otra parte el problema básico de nuestra sociedad. Me parece preocupante que Iglesias propusiera dos cosas incompatibles: “garantizar que el gasto público para educación y sanidad alcance el nivel que tenía en 2009” (Gobierno de Zapatero), y “hacer efectivo el derecho universal a la educación infantil pública y gratuita desde los cero años”. Es claro que este derecho no se puede hacer efectivo con el gasto en educación de 2009, pero sobre todo, que no “se podrá garantizar la igualdad” si ese derecho del niño no se convierte en obligación de los padres, esto es, si no se propone una educación gratuita, pública y obligatoria desde los cero años y servida por un personal especializado en psicología evolutiva.

Esta es la única forma de conseguir que todos los niños de familias con menos recursos reciban desde el comienzo de sus vidas el baño lingüístico necesario para no estar de antemano condenados al fracaso escolar.

En otro caso el derecho del niño depende de la voluntad de los padres, tanto menos preocupados cuanto más abajo se encuentran en el rango económico-cultural. Ahora bien, si esa educación se hace obligatoria y servida por especialistas, entonces el gasto social en educación ha de subir muy por encima del que había en el año 2009.

Por ello es insuficiente la propuesta de conseguir unos ingresos adicionales que no llegan a los 20.000 millones de euros. Eso de reforzar la progresividad fiscal, luchar contra el fraude, aumentar los impuestos a las grandes fortunas, incrementar la tributación sobre las rentas del capital, eliminar las SICAVS y establecer un impuesto para que las entidades bancarias rescatadas retornen a los contribuyentes el dinero del que se beneficiaron, suena bien, pero no va lejos si es para conseguir tan pobre resultado.

Por cierto, me sorprende que a Podemos no se le haya ocurrido proponer un aumento del IVA aplicable a objetos de verdadero lujo para compensar la desaparición del IVA que grava los productos que adquieren los que tienen menos renta. ¡Qué vergüenza que alguien que gana 600 euros, y aún menos, esté pagando, al gastarlos, impuestos indirectos vía IVA! Impuestos indirectos para que no sea necesario que la riqueza tribute lo debido.

Atacar al populismo en su espacio natural, la derecha

En Andalucía Ciudadanos exige al PSOE que suprima el impuesto de sucesiones, algo que puede ser aceptable si se trata de herencias pequeñas, pero no si se trata de grandes fortunas. Al mismo tiempo parece haber conseguido del PP una rebaja de impuestos que va a ocasionar una merma de 2.000 millones de euros en los recursos del Estado. Puesto que Ciudadanos no propone compensar esa disminución de ingresos con una subida de impuestos a la riqueza, esa rebaja obligará a nuevos recortes. Si a ellos se suma el aireo periódico de previsiones catastróficas sobre las pensiones, está claro lo que se pretende: que todo el mundo entre por el aro del seguro médico privado, la escuela privada y las pensiones privadas. Estados Unidos como ejemplo.

Escuchen a Arrimadas repitiendo que rebajar impuestos es bueno porque el dinero donde mejor está es en el bolsillo de los españoles. ¿También de los españoles riquísimos? Pues claro. Para los neoliberales los impuestos son un robo (léase a Robert Nozick), y si se les dice que millones de españoles saldrán perjudicados por la disminución de ingresos del Estado, replicarán en público que su política acabará beneficiándolos más adelante, aunque en privado dirán: ¡Que espabilen!

Escribí en otra entrada de este blog que “populismo”, en su sentido peyorativo, es identificable con el uso de la mentira para, engañando a un pueblo malinformado, conseguir o retener un poder con el que hacer una política contra ese pueblo. Así entendido es algo consustancial con la derecha y sólo la izquierda puede eludirlo.

Comparen, por ejemplo, a Irene Montero con Inés Arrimadas o Soraya Sáenz en los tonos, los gestos y la actitud. Sólo desde la izquierda se puede transmitir impresión de honestidad y sinceridad.

Es por ello más lamentable que los de Podemos no hayan sido todavía capaces de dejar claro a todo el mundo el significado criminal de la “rebaja de impuestos” que propone la derecha, distinguiéndola muy bien de la aceptable por la izquierda: exención o rebaja para los que menos tienen unida a una fuerte subida de impuestos a la riqueza que dé como resultado final un considerable aumento de los impuestos, es decir, de los ingresos del Estado. Es como si los dirigentes de Podemos tuvieran miedo a que les llamen demagogos y populistas.

Otra cosa difícil de entender

Como es natural la derecha se defendió en la moción aludiendo a Venezuela, cosa que los de Podemos sabían de antemano.

Lean el libro editado por el teólogo Benjamín Forcano El imperio USA contra la revolución Bolivariana. La verdad silenciada o prohibida, Editorial Nueva Utopía, y ahí verán cuánto pueden decir personas respetables y bien informadas acerca de la desinformación y el nivel de mentiras que los medios españoles mantienen sobre la situación venezolana. Lean también el artículo de Roberto Montoya “Leopoldo López, un golpista consecuente” en Diario Público de 15 de julio. ¿Cómo es posible que los de Podemos carezcan de valor para explicar a los españoles malinformados qué es lo que ocurría en Venezuela hace 25 años (eso a lo que ansía volver una de las manifestantes contra Maduro), el enorme mérito de lo que hizo Chávez (que es con lo que simpatiza Podemos) y por qué está ocurriendo hoy lo que ocurre, que no todo se debe a errores de Maduro? ¿Acaso les asusta tener que denunciar a EEUU por sus injerencias en Venezuela, por ejemplo las que revela el Informe Freedom-2 del Comando Sur estadounidense? Sinceramente, no tengo claro si éste es un caso de torpeza o de miedo. No veo de qué pueda servir una actitud huidiza en este asunto en lugar de abordarlo directamente y dejar las cosas claras (y menos fáciles para el que usa el nombre de Venezuela como ataque y descalificación).

El radicalismo es compatible con el realismo

Es también sorprendente que los dirigentes de Podemos no hayan sido aún capaces de conciliar el radicalismo imprescindible con el realismo imprescindible.

Es cierto que la nacionalización de los sectores básicos de la economía, banca incluida, o la abolición de la deuda no pueden presentarse como medidas a realizar ya. Pero una cosa es limitarse a un programa socialdemócrata (no hay por ahora población dispuesta a apoyar pasos más decididos) y otra es reducir ese programa a mínimos. Y es aún más criticable que no se aproveche cada ocasión (y notable fue la de la investidura) para explicar cómo deberían ser ciertas cosas, y por qué, aunque de momento no se pueda llegar a ellas, son por completo preferibles. Poner ciertas cuestiones sobre la mesa es un primer paso para que la gente empiece a pensar y discutir sobre ellas y vaya abandonando prejuicios. Insisto en que nunca dispondrá Iglesias de tanto tiempo, ni de tanto interés en la audiencia, para explicar a la población española aspectos de la economía y la política que la conciernen y de los que no se habló.

Podría haber hecho un análisis radical de la situación (es decir, que llegara a las raíces de los problemas) y al mismo tiempo, respecto a ciertas cuestiones, reducir su compromiso político a ir poniendo los medios, desde el primer momento, para que el objetivo deseable sea accesible cuanto antes, aunque no pueda serlo ahora mismo.

En resumen, si la moción de censura era necesaria en el capítulo de denuncia y ahí cumplió su propósito, también era una ocasión para describir y proponer una sociedad menos irracional e injusta que la que sufrimos, y para exponer dónde están los obstáculos que la impiden. En este cometido creo que la moción fracasó.

No todos los votos significan lo mismo

Tras la moción de censura, el PP, partido descrito como asociación para delinquir, sigue en el poder, entre otras cosas porque ha sido el partido más votado en las últimas elecciones.

Es una obviedad que desde el punto de vista legal todos los votos son equivalentes, todos deberían valer lo mismo (que ya sabemos que no es el caso y que los del PP valen mucho más que los de Izquierda Unida). Pero desde un punto de vista cultural y social no son iguales. Los votos que van a cada opción política sirven para determinar el grado de salud o patología de una sociedad. Convendremos en que una sociedad en la que todos votaran por una opción racista, xenófoba, machista y fascista sería una sociedad enferma. Es también fácil concluir que los votos que van al PP provienen, en una parte menor, del egoísmo (le vota una minoría beneficiada por su política económica) y en una parte mayor de la ignorancia y el miedo. Sin estos dos últimos ingredientes no sería posible que votara al PP una parte de la población que es objetivamente perjudicada por su política. Por tanto en el voto al PP se vierte la patología del país descriptible con esos tres ingredientes: egoísmo, ignorancia y miedo.

Volviendo al tema de las dos Españas al que me referí en la entrada anterior de este blog, la ideología de la España enferma es una herencia del franquismo que persiste en muchas mentes: amor al orden (bajo el supuesto de que es la derecha la que lo representa), odio y temor a todo lo que está a la izquierda de la socialdemocracia (ya se sabe que el comunismo es antidemocrático y criminal, y que si llega al gobierno te puede quitar lo poco que tienes, la huerta, la tienda, la casa), indiferencia ante la corrupción (todos los partidos son corruptos y cualquiera lo sería si pudiera), admiración y respeto al que tiene el poder y lo ejerce sin miramientos, y amor a la patria entendido como nacionalismo español y odio a quien no lo comparta.

Esta ideología se asienta en ideas falsas. Fijémonos, por ejemplo, en la relación entre PP y desorden. Si el franquismo fue la causa y el caldo de cultivo de ETA por suprimir el Estatuto de Autonomía vasco, perseguir el euskera e imponer el castellano como única lengua oficial, y todo ello sin pararse ante el asesinato o la tortura, ahora el comportamiento del PP ha sido la causa y el caldo de cultivo del auge del separatismo catalán; y ha creado o amplificado las actuales tendencias al desorden en toda España, no en vano su política es la principal responsable de la pobreza de grandes masas de españoles, del aumento de las diferencias sociales, del deterioro del trabajo, pero también de las grandes ganancias de una minoría.

En resumen, la España enferma, la enfrentada al progreso cultural y moral, la que hiela el corazón del ciudadano informado y generoso, sigue viva. He ahí el verdadero problema, cuya solución debería guiar la estrategia política de la izquierda. ¿Se habló de la España enferma en la moción de censura? No se trata de criticar a los que votan al PP en su propio perjuicio, sino de rescatarles de la ignorancia y el miedo en que la derecha ha tenido buen cuidado de mantenerlos mediante un uso efectivo de los medios de comunicación y las leyes de educación.

Una última consideración

En el gran espacio que el PSOE deja a su izquierda debería situarse Podemos, y no por estrategia, sino porque es algo que necesitan quienes en su momento gritaron “¡no nos representan!”. Hacer política con un ojo en las encuestas y una calculadora para anticipar resultados electorales es una forma catastrófica para la izquierda como bien se ha ido viendo desde hace décadas.

Pero lo sería aunque condujera al éxito y al poder, porque no es eso lo que la izquierda debe buscar como fin, sólo como medio para luchar con más efectividad. No es un fin echar al PP y ocupar su puesto, sino un medio para ir generalizando en la población española autonomía y salud cívica. Pero mal se puede luchar por ese cambio cuando se da ejemplo de actitud prudente, calculadora y falta de autonomía.

Que la izquierda pierda votos cuando ha hecho lo adecuado no debe considerarse un fracaso propio, sino del país, y es algo que debe servir de acicate para estudiar mejor qué partes de la ideología de los perjudicados hay que ir cambiando, en cuáles de ellas hay que incidir y cómo.
Sin embargo perder votos cuando los dirigentes se han sometido a tácticas de politólogos y plegado a supuestas conveniencias (sólo supuestas), callando por ello, o meramente insinuando lo que habría que gritar, eso sí que es un verdadero fracaso.

Un partido de izquierdas debe ir de frente, con el orgullo de quienes, por solidarizarse con los más débiles y perjudicados, representan el progreso moral y social, sin callar por conveniencia, sin dejar de explicar lo espinoso, lo peligroso, sin ceder en la sinceridad, pase lo que pase. Y olvidarse de cosas como el sorpasso, el liderazgo de la oposición o los puestos en un futuro gobierno.

Y así, pase lo que pase, podrá imperar la tranquilidad. Sobre todo porque un fracaso en votos no es un fracaso, ni un éxito en votos un éxito. Hay fracasos electorales que encubren éxitos futuros, y éxitos electorales que encubren fracasos definitivos.

Esta visión honesta (y pienso que a largo plazo efectiva) no se puede pedir ni esperar de partidos al uso y de políticos al uso, pero debería esperarse y debería exigirse a un partido que pretende ser de izquierdas. En otro caso habrá cada vez más desilusionados que, mirando a Podemos, acaben diciendo “¡tampoco nos representan!”

Y escribo todo esto con afecto y dispuesto a votar a Podemos en las próximas elecciones.

jmchamorro@jmchamorro.info

IZQUIERDA Y POPULISMO

He aquí un problema interesante. Si la izquierda hace propuestas electorales contrarias al sistema capitalista (y por tanto irrealizables a consecuencia de la oposición del sistema, o sólo realizables con más costes que beneficios) es populista. Si quiere no serlo debe limitarse a proponer aquello que será aceptado por el poder económico y, por tanto, realizable. Es decir, debe someterse a ese poder y renunciar a cambiar las cosas. Así que, a partir de la idea de que ofrecer lo que no se puede cumplir es populismo, hay una ofensiva contra cualquier propuesta que pretenda cambiar las bases de la economía de mercado.

En esta ofensiva militan, en periódicos, radios y televisiones, personajes que prefieren el insulto al razonamiento, y hay que dejarlos a su aire. No vale la pena otra cosa. Hay otros, sin embargo, en especial numerosos economistas y politólogos conservadores, cuyos razonamientos condenatorios se basan en el conocimiento que maneja la derecha. En España, de cara al gran público, esas opiniones tienen su principal medio de expresión en El País, en el que últimamente distintos expertos han venido a detectar grandes dosis de populismo en las propuestas de Podemos. Veremos que, de esta forma, aunque no lo mencionan, dejan planteado el problema interesante que señalé al comienzo.

En un editorial de El País de 5 de agosto se nos dice, comentando el Barómetro del CIS correspondiente a julio, que uno de los riesgos de tal sondeo es que el éxito de Podemos (la mitad de cuyos votantes de 2014 lo fueron en 2011 del PSOE o de IU) anime a otros [se supone que al PSOE o a IU] a imitar su radicalismo populista. La existencia de Podemos debe ser motivo de atención, pero no pretexto para el populismo. La renovación que necesita el PSOE debe de mantener un anclaje en la socialdemocracia, a la que El País considera una variable de la política de izquierdas caracterizada por rasgos como la moderación, el reformismo, el respeto a las reglas de la democracia representativa y del Estado de derecho y el rechazo de los extremismos. Si Sánchez precisa de ejemplos a los que imitar –le recomiendan-, los tiene mejores en algunos países de la Europa más próxima que dentro de nuestras fronteras.

En resumen (concluyo por mi parte): el PSOE debe seguir siendo inofensivo.

En un artículo de 4 de agosto (“La convergencia entre tecnocracia y populismo”) Benito Arruñada, catedrático de Organización de Empresas en la Universidad Pompeu Fabra, hace un ataque indirecto a Podemos al definirnos el populismo como toda actitud que haga al libre mercado responsable único de la crisis y proponga como salida un aumento del control político de la economía. El populista no sólo quiere corregir los fallos del mercado, sino suplantarlo. ¿Y por qué? Arruñada pasa al espacio del análisis psicológico y dictamina: “el populista se limita a cultivar el resentimiento.” ¡Vaya por dios!

Pero Arruñada no se limita a esta descripción del populista, sino que hace una defensa de la  desregulación alegando que el regulador político no es mejor ni peor que el empresario. Además, añade, llevamos décadas tratando de mejorar la regulación sin ninguna señal de éxito. Mientras nuestra demostrada incompetencia regulatoria aconsejaría regular menos, ocurre sin embargo que a algunos les interesa insistir en la pretensión de regular mejor. ¿Y por qué? Porque la regulación da poder. El populista quiere cambiar las instituciones para llegar al poder y aplicar políticas que reducirían la competencia y empeorarían la economía. Desafortunadamente, se lamenta Arruñada, esas políticas cuentan con notable respaldo, pues, aunque ruinosas, parecen gratificantes a corto plazo.

 Dos ataques directos al programa electoral de Podemos

En artículo publicado el 15 de julio (“Populismo a diestro y siniestro”) J. Ignacio Conde-Ruiz y Juan Rubio-Ramírez (ambos profesores de economía, uno en la Universidad Complutense y el otro en la de Duke, EE UU) critican por populistas las siguientes propuestas de ese programa electoral: el impago de parte de nuestra deuda soberana, la pérdida de independencia del Banco Central Europeo, la democratización y nacionalización del sistema bancario, una renta básica para todos los ciudadanos, la moratoria de algunas deudas hipotecarias, el abandono de algunos de nuestros tratados de libre comercio y bajar la edad de jubilación a los 60 años.

En artículo publicado el 25 de agosto (“¿Es Podemos una alternativa para la izquierda?”) Antonio Roldán Mones, doctorando en Economía Política en la London School of Economics, concentra sus críticas en las propuestas siguientes: Prohibir los despidos en las empresas con beneficios, dejar de pagar la deuda pública, derogar la reforma de pensiones, derogar las reformas laborales y tomar el control político del BCE.

Estos ideólogos vienen a argumentar que, aunque todas estas medidas son muy atrayentes para la gran masa de descontentos, analizadas con un poco de sentido común son contraproducentes.

¿Y por qué? ¿Acaso porque no son en sí beneficiosas para la mayoría? ¿Se trata acaso de medidas injustas o atentatorias a la lógica de la economía? Nada de eso, no vale la pena considerar si las medidas son o no razonables en sí. Los argumentos van por otro lado, a saber: que si tales medidas se realizaran, nuestra capacidad, como país, de acceder a los necesarios mercados financieros disminuiría de manera catastrófica. Si de pronto España decidiera ir en dirección opuesta a la de todos sus socios europeos y avanzara por el camino que propone Podemos sería castigada por “los mercados” y en poco tiempo nos quedaríamos sin financiación para mantener los servicios públicos básicos. La economía poco a poco se haría más improductiva, cerrarían empresas y el paro otra vez se volvería a disparar. Pronto la inflación se comería los ahorros de los trabajadores y aumentarían todavía más las desigualdades. De manera que las propuestas “populistas” tendrían el efecto contrario al que proclaman: perjudicarían a los pobres, a los parados y a las pequeñas y medianas empresas.

¡Qué curioso! Nuestros tres economistas pueden estar en lo cierto al afirmar que ciertas medidas traerían perjuicios al país, pero omiten decir que sería como consecuencia de un chantaje, el chantaje del capital a los Estados. En la economía de mercado casi todo lo que habría que hacer para mejorar la sociedad a fondo es algo que no se puede hacer a causa de ese chantaje. Por ejemplo, puesto que si un país aumenta la presión fiscal sobre los ricos sólo consigue que los capitales se vayan fuera, aumentar la presión fiscal sobre los ricos es inconveniente.

Buena razón para cambiar de sistema económico. Pero no, los economistas conservadores no hablan de ese chantaje que convierte lo útil en perjudicial. Prefieren hablar de “los incentivos y las restricciones existentes en la economía”. Para algo ha de servir al conservador andar de profesor de universidad, o de aspirante a serlo, en temas de economía.

 ¿ES LA BUENA INFORMACIÓN REMEDIO AL POPULISMO?

Arruñada llega a la conclusión de que, si queremos evitar que la mayor competencia política degenere en populismo, debemos mejorar la calidad de la información ciudadana. La solución radical y democrática pasa por que el ciudadano esté mejor informado y sus preferencias sean más consistentes. ¿Qué quiere decir esto? Según Arruñada, que el ciudadano no pueda evitar enterarse de cuáles son los costes reales de sus deseos y conozca al menos cuántos impuestos paga por persona interpuesta. Pasa, idealmente, porque sienta cuánto paga por la sanidad, las becas, el AVE o las televisiones públicas; porque sepa que la educación pública que reciben sus hijos es mucho peor que la que reciben los de otros ciudadanos. Que tema, en fin, que nunca cobrará esa pensión por la que lleva media vida cotizando mucho más de lo que indica su nómina.

Es cierto que conviene que estemos bien informados. Pero Arruñada parece creer que una buena información nos llevaría a privatizar los servicios sociales, educación, sanidad y pensiones incluidas. ¿Acaso no se le ocurre que la información pertinente nos debería mover en sentido contrario?

Sin ir más lejos, en un artículo del 5 agosto, en el mismo medio (“Tiempos de crispación y antagonismo”), Juan Gabriel Tokatlian, director del Departamento de Ciencias Políticas y Estudios Internacionales de la Universidad Torcuato di Tella, de Buenos Aires, nos ofrece estos datos sobre el auge de la desigualdad confirmada por numerosos informes y estudios:

Según el World Ultra Wealth Report 2013 del banco UBS, 2.170 multibillonarios poseen una riqueza de 6.500 billones de dólares, una cantidad superior al PIB combinado de Alemania y Francia en 2013. Según el Global Wealth Report 2013 del Credit Suisse Group, el 1% de la población posee el 46% de los activos globales y un 10%, el 86%. El 50% inferior apenas tiene el 1% del total. Según la investigación de 2011 de Vitali, Glattfelder y Battiston del Swiss Federal Institute of Technology, 147 firmas controlan, a través de una red de acciones y relaciones de propiedad, 43.060 corporaciones transnacionales.

Tokatlian se refiere además a la falta de reformas en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, la incompetencia del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, la recurrente tentación de que la OTAN se convierta en un gendarme mundial, la inoperancia del G-7, del G-20 y otras tantas G que se idealizan (por ejemplo, el presunto duopolio entre Washington y Beijing), todo lo cual ha llevado a una arquitectura institucional cada vez menos creíble y más ilegítima, de la que se sigue el fracaso del régimen internacional antidrogas, la frustración extendida frente al principio de la responsabilidad de proteger (R2P), el persistente doble estándar frente a la no proliferación nuclear, la parálisis global respecto a los compromisos efectivos en torno a la cuestión ambiental y el gradual desinterés de las potencias establecidas hacia los asuntos del desarrollo. Añádase que, en distintas naciones, avanza desde hace años un manifiesto desencanto por la democracia liberal al tiempo que aumentan las plutocracias y cleptocracias en democracias más o menos instaladas, que terminan bajo dominio de los ricos, de los pícaros, o de ambos.

¿Qué puede pensar un ciudadano que esté informado de esta situación y que no tenga en ella intereses, directos o indirectos? Pensará, supongo, que hay que salir de ella cuanto antes.

Tenemos, pues, dos clases de información: de una se sigue que cualquier reforma no autorizada por los mercados lleva a un empeoramiento de las condiciones de aquellos a quienes se pretende beneficiar. Se sigue de otra que la democracia capitalista debe ser radicalmente reformada, entre otras cosas para que no sea posible el permanente chantaje del capital a los Estados.

 EL PROBLEMA DE LA IZQUIERDA

Dado el barullo que producen los distintos sentidos del término “izquierda”, es imprescindible al usarlo que precisemos a qué nos referimos. Son muchos los que ahora dicen que no hay límites precisos entre derecha e izquierda, y los hay que sitúan esos límites allí donde no hacen daño. El rasgo que los conservadores quieren borrar a toda costa es la actitud ante el capitalismo, esto es, su aceptación o su condena. Pero la distinción entre derecha e izquierda no tiene mucha utilidad si se borra ese rasgo. La tiene en cambio si aceptamos que son de derechas las organizaciones o personas que aceptan el capitalismo (socialdemocracia incluida) y de izquierdas las que se oponen a él desde una concepción igualitarista. La socialdemocracia puede ser considerada como la mejor defensora del capitalismo, pues su política disminuye las tensiones que produce una derecha dura como la neoliberal. Cierto que el PSOE se distingue del PP en algunos aspectos de la política social, pero todo cuanto hace en política económica (que es la básica) pretende no molestar al poder de los que controlan el capital mundial. No hay que temer que el PSOE incurra en propuestas populistas.

 IU, en cambio, está a la izquierda, pero sus deudas a la banca, que la banca le prorroga a condición de que se porte bien, la tienen pillada, y por nada del mundo incurriría en populismos.

Por ello lo que planteo es qué debería hacer un partido de izquierda anticapitalista sin hipotecas cuando se encuentra ante la disyuntiva de eliminar o incluir en su programa propuestas imprescindibles para el progreso social, pero irrealizables por el perjuicio que acarrearían a aquellos a los que se pretende beneficiar.

Evidentemente, apañados estamos si la solución consiste en limitarse a aquellas propuestas cuya realización no incomode al poder económico. Pero, por otra parte, ¿no es un engaño a los electores andar prometiendo, como si fueran realizables y útiles, medidas que se sabe que no se podrán realizar, o que serían perjudiciales?

 EL PROBLEMA TIENE SOLUCIÓN

La solución está, a mi juicio, en conciliar en las propuestas electorales la crítica al sistema con el realismo.

La primera parte de esa crítica debería consistir en exponer al electorado qué medidas son imprescindibles para acceder a una vida democrática en la que una gran mayoría social tenga buenas razones para sentirse integrada. Esto es, hacer las propuestas que, de ejecutarse, nos sacarían de este tipo opresivo de sociedad, no ocultar ninguna de ellas y explicar el porqué de su necesidad.

No se insistirá nunca lo suficiente en que la medida principal (sin la cual las demás pierden casi todo su valor) es poner un límite razonable a la riqueza privada. Hablar de impuestos progresivos es recurso de la socialdemocracia. La izquierda debe explicar por qué poderosas razones un impuesto del 100% sobre todo ingreso que sobrepase cierto límite es una condición necesaria para que haya justicia y democracia. Hacer comprensible que sin ello toda pretensión de democracia es una ficción (la ficción, cada día menos soportable, en que ahora vivimos).

La segunda parte de la crítica debería consistir en ir explicando cuáles de esas medidas necesarias son inviables y por qué. Describir con detalle de qué armas se vale el capital dentro de la economía globalizada para oponer obstáculos insalvables a esas medidas razonables, impidiendo que los Estados realicen una política ventajosa para la mayoría. Proclamar que esto es un chantaje del capital, un chantaje sobre los Estados, al que sólo se puede poner remedio mediante una legislación mundial. Denunciar al mismo tiempo que tal legislación no se acomete porque los Estados, al servicio del poder económico, no moverán un dedo a menos que se vean obligados por una presión mundial irresistible. Sólo cuando en el mundo exista una mayoría capaz de percibir los rasgos de la dominación y explotación que padecemos será posible torcer el brazo del poder económico.

De manera que la primera obligación de un partido de izquierdas consiste en exponer una crítica al capitalismo con explicaciones que sean comprensibles por una mayoría. Y una forma de conseguir que más personas se vayan haciendo conscientes de la situación consiste en aprovechar la ocasión electoral para poner de manifiesto el chantaje del capital, y para indicar que los partidos que no lo denuncian están de parte del chantajista.

Nadie podrá acusar de falta de realismo a quien hace propuestas razonables y viables si al mismo tiempo denuncia  a quienes impiden su realización.

Tras esta crítica se deberían incluir aquellas propuestas realizables que mejoren la vida de los ciudadanos, en especial de los de menos recursos, pero también aquellas que puedan situarse, a la luz de un conocimiento puesto al día, en una estrategia política a largo plazo, tendente a hacer a la población más consciente e informada.

ALGO HAY QUE AÑADIR A LA CRÍTICA PARA QUE SEA EFECTIVA

En sus campañas electorales Izquierda Unida ha sido cuidadosa de no criticar al capitalismo, se ha limitado a hacer propuestas poco distinguibles de las de la socialdemocracia. Pero, de haberlo intentado, tampoco hubiera podido criticar al capitalismo con efectividad.

Porque para que la crítica sea efectiva no basta que sea racionalmente impecable (algo que se puede conseguir con facilidad si se tiene el conocimiento teórico y la información suficientes). Hay que añadir además dos condiciones.

Una de ellas es dar con las formas adecuadas de expresión a tenor de los distintos códigos que manejan los diferentes grupos sociales. No se puede hablar a todos con un único estilo, y menos si es el propio de una hoja parroquial. La teoría y la información que la izquierda debe promover y divulgar exige grupos especializados de estudio y de comunicación que la izquierda oficial nunca ha tenido (ni ha echado de menos, limitada a su particular catecismo). La tarea no es simple, porque la falta de información adecuada hace que una gran parte de la población esté conforme con ese eslogan publicitario que dice: atrévete a ser millonario.

Pero hay que añadir que el valor de un mensaje no radica sólo en la verdad y claridad de sus términos, sino en la confianza que inspira el emisor. IU ha dilapidado la confianza que el Partido Comunista logró como opositor al franquismo y por ello es necesario un partido de izquierdas de nueva creación, consciente de que toda medida que aumente esa confianza es imprescindible, y que es desastroso todo comportamiento que la disminuya. La primera necesidad de un partido de izquierdas es dejar patente en cada situación la superioridad de su conocimiento, de su coherencia y de su honradez, que ha de quedar siempre a salvo de cualquier suspicacia.

 POR DESCONTADO, LA DERECHA SEGUIRÍA ERRE QUE ERRE

Si todo esto se hiciera así, los conservadores seguirían sin duda diciendo que es populismo denunciar al poder económico responsable de que lo imprescindible no sea posible, pues casi todos los medios de comunicación y casi todos los expertos con acceso a ellos no son otra cosa que medios de ese poder. Pero esto no sería un problema. La tarea que se echan encima (defender la economía de mercado) es tan irrealizable desde la decencia ilustrada, que están obligados a tomar el camino del lugar común, la mentira o las afirmaciones cargadas de ignorancia. ¿No han llegado a decir, y siguen diciendo, que la mejor manera de que las cosas funcionen es hacer leyes que dejen en la estacada al pobre y beneficien al rico? El espectáculo de los economistas conservadores, llenos de méritos académicos y al mismo tiempo ignorantes de conceptos básicos de la ciencia social y de la filosofía de la ciencia, es muy ilustrativo. ¡Fingen creer, o creen, que lo que dicen tiene fundamento científico! Engañan a mucha gente, sobre todo a los asustadizos políticos, pero quien sabe lo suficiente no puede por menos de extrañarse (como un clásico romano respecto a los auríspices) de que, cuando dos economistas conservadores se cruzan, no se provoquen la risa mutuamente.

Valgan algunos ejemplos tomados de los artículos antes citados, en los que la chapuza intelectual coincide con alguna dosis de mala fe. Digo esto último porque Roldán achaca a Podemos el propósito de no pagar la deuda soberana, cuando lo que propone Podemos es una auditoría de las deudas pública y privada que delimite qué partes de éstas pueden ser consideradas ilegítimas, a fin de declarar su impago y tomar medidas contra los responsables, todo ello en coordinación con otros países de la UE. De la misma manera Conde y Rubio achacan a Podemos la propuesta de nacionalizar el sistema bancario, cuando Podemos sólo propone medidas destinadas a democratizar la dirección de las entidades bancarias y la creación de una banca pública a partir de las antiguas cajas de ahorros convertidas hoy en entidades bancarias y recapitalizadas con dinero público.

Esto aparte, vean el argumento con que se desestima esa propuesta: que fueron las instituciones financieras controladas por el sector público las más afectadas por la crisis. Aceptemos que las Cajas no tuvieron un comportamiento modélico, y que el control de sus decisiones fue insuficiente. Pero si por ello estuviera justificado que se privaticen, el pésimo comportamiento de los grandes bancos privados, causa de la presente crisis y del expolio de millones de ciudadanos, así como su condición de empresas “sistémicas” (a las que no se puede dejar caer y hay que auxiliar con dinero público si se ven en apuros), ¿no deberían justificar su completa nacionalización? Si se nacionalizara la banca y se la dotara de una buena forma de funcionamiento que impidiera los pasados excesos de algunas Cajas, ¿qué habría que criticar? Esta medida (que Podemos no ha propuesto, no ha llegado a tanto) sentaría muy mal a los banqueros, simplemente, pero precisamente por ello debería sentarnos bien a los demás.

Más endeble es la razón para desestimar la democratización del Banco Central Europeo: Conde y Rubio se limitan a decir que esa democratización traería consigo la ya casi olvidada inflación. Y Roldán explica por qué: si los políticos interesados en ganar elecciones pudieran imprimir dinero, lo primero que harían sería imprimirlo en cuanto los problemas aparecieran: pronto la inflación se dispararía y con ella se dilapidarían los ahorros de los trabajadores. Esto es todo lo que se les ocurre a los tres.

Pero ¿quién ha dicho que un BCE democráticamente gestionado no puede tomar las mismas medidas anti-inflacionistas que si está gestionado antidemocráticamente? Los políticos no podrían imprimir dinero a su gusto si les estuviera prohibido hacerlo. Tendrían que cumplir las condiciones fijadas en la ley. De manera que, con una ley adecuada, sería perfectamente conciliable el funcionamiento democrático y la contención de una inflación excesiva.

Respecto a las restantes propuestas nuestros economistas conservadores andan propensos a hilvanar lugares comunes basados en un axioma implícito: que no se puede aumentar la presión fiscal sobre los que más tienen. Parecen creer que la única forma de aumentar los ingresos estatales es reducir las deducciones y aumentar los impuestos indirectos. En cuyo caso, claro está, se imponen los recortes. Conde y Rubio  nos dicen al respecto:

“Creer que con suficientes votos se puede gobernar sin una restricción presupuestaria es equivalente a pensar que podemos eliminar la ley de la gravedad con suficiente apoyo popular.”

¿Están queriendo decir que la restricción presupuestaria, tal y como ellos la entienden, es una ley natural contra la que nada se puede hacer? Pues sí, así argumentan estos teóricos. Y añaden:

“No queremos entrar en valorar si más recortes del gasto público son o no deseables, eso es un problema entre el Gobierno y sus votantes. Sin embargo, no reconocer que es probable que esta reforma implique recortes adicionales en el gasto público es tergiversar la realidad. Otra forma de populismo. El coste de la reforma (según se recoge en el programa de estabilidad enviado a Bruselas hace pocas semanas) es de unos siete mil millones. Si queremos cumplir con el déficit y (como todo parece indicar) no hay otros aumentos impositivos suficientes para compensar la bajada de tipos impositivos sobre la renta y beneficios empresariales, habrá que recortar el gasto. Si volvemos a saltarnos el déficit, la deuda aumentará más de lo previsto con las consecuencias que eso conlleva. Esa es la impopular realidad y negarla es de lo más popular.”

Es decir: si queremos seguir haciendo las cosas como las venimos haciendo, entonces no cabe que las hagamos de otra forma. Impecable razonamiento. Estos señores no consideran siquiera la posibilidad de otros aumentos impositivos que los previstos en la reforma fiscal del PP, la cual no sólo no toca los bolsillos de los que más tienen, sino que mete más dinero dentro de ellos.

Recordemos, para terminar, la forma en que Arruñada defiende el más desacreditado neoliberalismo: ¡diciendo que el regulador político no es ni mejor ni peor que el empresario! Es como si condenara el arbitraje en el fútbol alegando que el árbitro no es ni mejor ni peor que el jugador. Y además dice que llevamos décadas tratando de mejorar la regulación de la economía, cuando lo cierto es que llevamos décadas de desregulación con el efecto conocido: la tremenda crisis actual. Al señor Arruñada hemos de suponerle conocimientos de organización de empresas, que es su tema, pero no ha estado fino en el artículo citado.

¡Que lamentable que la izquierda no haya sido capaz de poner en su sitio a esta tropa de auríspices! Esperemos que surja una nueva izquierda capaz de hacerlo, que tanto no cuesta.

¿QUIÉNES SON ANTISISTEMA, POPULISTAS Y TOTALITARIOS?

¡Hay que ver la que le está cayendo a Podemos por su éxito electoral! Incluso en un periódico comedido como El País se han publicado dos artículos que revelan mala intención, uno de Francisco Mercado, que nos informa de que la fundación “sin ánimo de lucro” Centro de Estudios Políticos y Sociales (CEPS), en cuyo consejo ejecutivo han figurado los tres principales dirigentes de Podemos (Pablo Iglesias, Íñigo Errejón y Luis Alegre), ha recibido desde 2002 al menos 3,7 millones de euros del Gobierno de Hugo Chávez por distintos asesoramientos. Se añade que el Gobierno español y la Generalitat valenciana son también clientes de esta fundación, pero que en algunos ejercicios las retribuciones del Gobierno venezolano superaron el 80% de sus ingresos. Va uno leyendo luego el detalle de las cifras y termina preguntándose a dónde demonios quiere llegar el autor. No llega a ninguna parte: lo que nos cuenta es todo muy normal, pero deja en el aire la insinuación de que Podemos está financiado por el chavismo. También Antonio Elorza relaciona en otro artículo a Podemos con el chavismo, que como todos sabemos es una cosa muy mala. Y lo hace para acabar acusando a Podemos de populista, antisistema y totalitario.

POPULISMOS

La palabra “populismo” se puede utilizar en forma encomiástica, frecuente en EE UU y América latina, para caracterizar al político que intenta actuar a favor del pueblo. Y en forma peyorativa, la frecuente entre nosotros, que es la que elige Antonio Elorza al definir el populismo como la idea de que cabe todo para atraer votos, sin estimación de costes. Y la aplica así:

Para atraer votos, hará falta diluir la propia mentalidad chavista, según hace el interminable programa electoral de Podemos, dando prioridad a necesidades bien reales (desahucios, pensiones, corrupción). Ahí cabe todo, sin estimación de costes; por eso es justa la calificación de populismo. Lejos de la lengua de palo de IU, resulta preciso multiplicar anzuelos, “convertir el descontento social en una tendencia electoral”.

¡Anda demonios! ¿Y qué cabe hacer entonces? ¿Se es populista, en el mal sentido de la palabra, si se da prioridad a necesidades bien reales? Tal vez no, salvo que se sea simpatizante de Chávez.

Como la definición de Elorza nos lleva a pensar que todos los partidos acreditados son populistas, creo que es preferible relacionar el populismo, en sentido peyorativo, con promesas o medidas que al pueblo le parecen beneficiosas, pero que en realidad encubren una política diseñada en su perjuicio.

Casos de populismo malo

Se me ocurren los siguientes: el gobierno ofrece al pueblo una rebaja en impuestos directos que se compensa bajo cuerda con peores servicios y con subidas en otros impuestos y tasas. O hace una campaña publicitaria para que el contribuyente medio se sienta responsable de los servicios sociales y se abstenga de defraudar, y al mismo tiempo el partido en el poder defrauda mediante cuentas B y proporciona formas legales de defraudación a los contribuyentes ricos.

Más casos: se culpa a una minoría de las penalidades de la población y se carga contra esa minoría para que el resto se sienta vengado y protegido. O se utilizan símbolos enaltecedores de la nación o etnia a fin de que los de abajo se sientan unidos con los de arriba en una empresa que interesa a estos. O se apela a los valores de la democracia o a los derechos humanos al tiempo que se defiende el capitalismo. O se da a los de abajo ventajas que los integran mejor en un sistema que a la postre los perjudica.

En este último caso encaja, ¡oh sorpresa!, nada menos que el Estado del Bienestar, que sería el populismo más inteligente (y por ello mismo el más insidioso). Se concede a la población cuidados sanitarios, una enseñanza de baja calidad, pensiones de jubilación y subsidios de paro mezquinos, y se la tiene así tranquila y medio satisfecha en un sistema que la domina y explota.

Según esto la derecha procapitalista (incluyendo en ella a la socialdemocracia) es por su propia naturaleza populista en el sentido peyorativo. Pero resulta que se ha lanzado a descalificar por populista a todo el que propone alguna medida que beneficia a la mayoría.

El populismo de Podemos

Cabe tachar de populismo a Podemos, pero por la razón contraria a la que se alega: porque en su programa no llega a sobrepasar el nivel de la socialdemocracia. Pues en realidad, aunque se quiere presentar a ese partido como si estuviera a la izquierda de la izquierda, sus propuestas no llegan a rozar la raíz del capitalismo.

En efecto, proponer la prohibición de los despidos en empresas con beneficios, o la derogación de las reformas laborales implantadas desde el estallido de la crisis, o un incremento significativo del salario mínimo interprofesional y el establecimiento de un salario máximo proporcional, o una auditoría de las deudas pública y privada para delimitar qué partes de éstas pueden ser consideradas ilegítimas, o la derogación del artículo 135 de la Constitución española modificado alevosamente por Zapatero-Rajoy, todo ello es algo obligado si se tiene un mínimo de sensibilidad social. Y qué menos que exigir la conversión del BCE en una institución democrática dotándole de nuevas funciones para el desarrollo económico de los países. El programa propone también impuestos a las grandes fortunas y una fiscalidad progresiva sobre la renta, un aumento de los tipos en el Impuesto de Sociedades, recuperación del Impuesto de Patrimonio, supresión de mecanismos de elusión fiscal como las SICAV y eliminación de los privilegios fiscales del capital financiero.

Todo ello está muy bien, pero no es suficiente. En concreto: no se propone un límite a la riqueza privada, ni la nacionalización de la banca y de los medios de comunicación privados para dotar a una y otros de un funcionamiento democrático.

Así que ese programa no llega a la raíz (seguramente porque la gente no está para medidas radicales). En definitiva, aunque se realizaran todas sus propuestas, nos mantendríamos en un sistema capitalista: la oligarquía que nos domina seguiría ahí con todo su poder haciendo imposible el funcionamiento democrático. Quiere ello decir que, desde la izquierda, a Podemos se le puede criticar por quedarse corto, no por pasarse cuatro pueblos.

El odio a Podemos

Entonces ¿por qué Podemos despierta más animadversión que IU, por qué ese afán de presentar a los dirigentes de Podemos como diablos dotados de los mismos cuernos y rabos con que previamente se ha dibujado a los dirigentes izquierdistas latinoamericanos?

Ha ocurrido que nuestros partidos políticos se han ido corriendo hacia su derecha y de esta forma los que estaban a la izquierda ya no dan miedo. Los poderosos los ven como animalitos bien domesticados. El PSOE renunció primero al marxismo (porque así lo decidió su líder en solitario) y luego ha abandonado la identidad socialdemócrata, que fue recogida por IU para sustituir al innombrable comunismo de cara al electorado. Esto, añadido a su escaso éxito electoral y a su dependencia de los bancos, ha hecho a IU respetable. Pero resulta que llega ahora Podemos, que no depende de los bancos, que conecta mucho mejor que IU con los movimientos sociales y que, al actuar con más garra y con más gancho mediático, ha tenido tal éxito electoral que amenaza con alcanzar el poder si no se lo para. Y hay que pararlo no importa con qué medios. Uno de esos medios es relacionarlo con Chávez, con Irán, con todo lo que se han ido encargando de hacernos ver que es malísimo.

En algunos de los más rabiosos opositores a lo “bolivariano” vemos el odio tradicional a todo lo que huela a izquierdismo, pero también el resentimiento de quienes presencian que otros han hecho lo que ellos, como socialdemócratas, deberían estar haciendo, pero no se atreven: decir a los poderes parasitarios exteriores “hasta aquí hemos llegado, esto se acabó” y meter en vereda a los poderes parasitarios internos. Eso es lo más significativo que hizo Chávez, y trajo como consecuencia una gran mejora en las condiciones de vida de la mayoría de la población venezolana. ¿Por qué se empeñan tantos en no recordar lo que era Cuba antes de Castro o Venezuela antes de Chávez?

¿QUÉ ES SER ANTISISTEMA?

Elorza nos dice que, gracias a la relación de Monedero con Chávez, la Facultad de Políticas de la Complutense se ha convertido en plataforma para la izquierda chavista del Cono Sur. Y comenta irónicamente que, tras la lección de democracia latinoamericana a Europa, el balance es: demócratas españoles, fuera; bienvenida en cambio la izquierda abertzale y autorizada Corea del Norte.

El proyecto de Podemos –añade Elorza- no es como el de Alexis Tsipras, revolucionario, de cambio radical en la Europa realmente existente, sino antisistémico. Al otro lado de la ruptura total con el régimen representativo, esclavo de “los mercados”, de esa siniestra transición de 1977 que borró la memoria histórica y sancionó el dominio de los poderosos, estará “el pueblo”, reunido en sus asambleas para formar un nuevo poder constituyente (otra vez Chávez), léase minorías activas controladas desde Internet por el líder (como Grillo). ¿Democracia? Para Iglesias carece de sentido si es la que conocemos, como “procedimiento”, y entonces es democracia usar violencia contra ella para derribarla; no obstante como procedimiento se recupera si sirve para descalificar a sus adversarios —siempre “antidemócratas”— o si puntualmente erosiona el sistema (referéndum). Todo vale para acabar con “la casta”, con una “Constitución caduca”. Claro que como ocurriera con Chávez, no fue él quien montó el caos que le hizo posible.

¿De qué sistema hablamos?

El sistema social comprende aspectos políticos, económicos e ideológicos, todos ellos configurados históricamente y ensamblados mediante una legislación defendida por un poder coactivo. El capitalismo es el último en la serie histórica de sistemas elitistas, de manera que ser antisistema no puede ser ahora otra cosa que ser anticapitalista.

Parece que Elorza piensa que ser revolucionario y proponer un cambio radical no es ser antisistema si ello se hace “en la Europa realmente existente” y sin poner en duda nuestra democracia. En cambio es antisistema quien desprecia nuestros procedimientos democráticos y nuestra transición, y pretende devolver al pueblo el poder constituyente.

Pero veamos: todos hemos tenido ocasión de aprender que esta democracia no lo es, que quienes deciden son (los controladores de) los mercados junto a instituciones no democráticas (FMI, Troika, BCE). Una de las causas de la indignación de muchos es que los políticos se lo guisan y se lo comen y a la gente sólo le preguntan cada cuatro años qué partido “prosistema” prefiere que gobierne. Recordemos un caso muy significativo: el PP se presenta con un programa electoral y cuando consigue el poder recibe órdenes de fuera que le obligan a sustituir ese programa por otro en muchos puntos contrario. Rajoy no convoca nuevas elecciones ni somete a referéndum la política que le han dictado, sino que se pone a ejecutarla como si estuviera avalada por una mayoría de votantes. Que esto haya sido posible, que se haya podido realizar con toda tranquilidad, refleja la clase de “democracia en que vivimos.

También hemos tenido todos ocasión de aprender que la llamada transición fue efectivamente siniestra, como prueba que los restos de los asesinados sigan todavía en las cunetas mientras los criminales no han sido juzgados y muchos de ellos han conservado fortunas y honores, incluso han sido actores principales de esa misma transición.

Si es antisistema un programa que sólo pretende que nuestra (ya ni siquiera aparente) democracia se acerque algo a lo que debe ser una democracia, y que se revisen los desafueros de la transición, eso quiere decir que el sistema político no sólo no es democrático, sino que ni siquiera admite un retoque cosmético.

Elorza se escandaliza de que Podemos, al tiempo que denigra esta democracia, pretenda ejercer algunos de los derechos que ella otorga. Pero quien rechaza esta democracia y al mismo tiempo pide un referéndum constituyente no entra en contradicción. Está tratando de cambiar el sistema político utilizando algún elemento aprovechable de ese mismo sistema. Todo ello es irreprochable, sólo que insuficiente. Si el sistema político está integrado en un sistema más amplio, cuyos aspectos básicos son económicos e ideológicos, un cambio cosmético en la forma política no cambia significativamente al sistema como tal. Es por esto por lo que yo no veo que Podemos sea antisistema. Y sin embargo creo que desde el conocimiento y la decencia no hay más remedio que serlo.

La democracia por ahora imposible

Teniendo eso en cuenta, una crítica a Podemos desde la izquierda iría por otro lado y ligaría con lo antes dicho: si los dueños del dinero y los magnates de las finanzas siguen ahí, si la banca privada sigue ahí, si los medios de comunicación privados siguen ahí… abandonad toda esperanza. Cualquier democracia a la que se llegue será el disfraz de una oligarquía.

En cuanto a la capacidad para acabar con todo ello soy menos optimista que los teóricos de Podemos y no creo que “el pueblo” pueda funcionar como un poder constituyente inspirador de un cambio realmente radical. El problema no está en que las minorías activas sean controladas desde Internet por el líder. Las minorías activas han sido siempre controladas por sus líderes, no importa el medio, y tal vez sean menos controlables las que sostienen a Podemos. El problema es que el pueblo lleva encima muchos siglos de pobre y mala educación elitista. Las revoluciones políticas, violentas o pacíficas, pueden significar algún paso adelante, incluso significativo, pero por ahora no pueden llevar a un mundo en que la democracia sea al fin posible.

Me parece que el cambio real hacia una sociedad racional y justa ha de ser lento, y que hemos de empujar no sólo en el espacio directamente político, sino en otros por desgracia muy olvidados por la izquierda. Me refiero sobre todo a la creación y divulgación de conocimiento y a la educación, asuntos tratados en el programa de Podemos de una manera superficial.

INGREDIENTES DEL TOTALITARISMO

Elorza no se contenta con llamar a Podemos populista y antisistema. Le acusa también de totalitario. Precisamente su artículo toma el título (La ola) de un película de Dennis Gansel en la que un profesor (“ególatra y autoritario”, puntualiza Elorza) plantea un experimento con sus alumnos para mostrar en el ámbito de una clase cómo surge “la autocracia”, experimento que termina de muy mala manera.

Los ingredientes que dan forma a una mentalidad totalitaria –dice Elorza- son cuidadosamente individualizados en La ola: a) una ideología simple y maniquea que permite la designación del otro como enemigo; b) la formación de un grupo altamente cohesionado, en torno a unos signos identitarios; c) la existencia de un líder carismático, que fija los objetivos de la acción y detenta los mecanismos de control y vigilancia; d) la pretensión de ser reconocidos como únicos representantes legítimos de su colectivo; y e) el recurso a la violencia —física, verbal— para eliminar a opositores y disidentes.

Cree Elorza que estos ingredientes están presentes en Podemos, pues (1) también aquí hay profesores y aulas, como en la película. En la Facultad de Políticas de la Complutense existe una larga tradición de izquierdas, vigente desde la lucha democrática antifranquista, pero más cohesionada desde 2008 por influencia doctrinal de algunos profesores (precisamente Juan Carlos Monedero, Pablo Iglesias e Íñigo Errejón). (2) También aquí tenemos una ideología simple y maniquea que permite la designación del otro como enemigo: según Elorza la elaboración doctrinal de Monedero e Iglesias, por debajo de la verborrea, es bien escasa y se limita a vestir de mil maneras el “pobres contra ricos”, la lucha entre la igualdad y el capitalismo. (3) Tenemos el uso de signos identitarios para forjar la cohesión grupal: en diciembre 2008, en un boicot a una conferencia de Josep Piqué, unos estudiantes seguidores de los profesores citados se disfrazaron de presos de Guantánamo. (4) Tenemos un líder carismático que controla y vigila. Y (5) Tenemos el recurso a la violencia: además de boicotear una conferencia de Piqué se ha intentado boicotear dos conferencias de Rosa Díaz.

Todo ello, concluye Elorza, anuncia un ascenso de totalitarismo irresistible, como en la Italia de 1920. No puedo creer que este hombre, al fin y al cabo catedrático de ciencias políticas, esté escribiendo en serio.

¿Acaso son totalitarios todos nuestros partidos?

La caracterización que hace Elorza de la mentalidad totalitaria es aplicable a todos los partidos. Todos ellos desean y buscan líderes carismáticos (y hay que ver hasta qué punto los líderes fijan en todos los partidos los objetivos, y controlan y vigilan, más de lo que por ahora puede hacer el líder de Podemos). Por otra parte todos los partidos manejan una ideología simple y maniquea; todos disponen de grupos altamente cohesionados en torno a signos identitarios, sean banderas nacionalistas, sean símbolos partidarios (vestirse de presos de Guantánamo es una forma de denuncia muy parecida a otras muchas que nadie critica); todos tienen tendencia a ser reconocidos como únicos representantes legítimos de su colectivo y a considerar al disidente como un enemigo; y todos emplean la violencia verbal para eliminar a opositores y disidentes. Los estudiantes de Económicas emplearon la violencia verbal para silenciar a unos conferenciantes, pero esto es algo que se ha hecho muchas veces por jóvenes de todas las ideologías.

Cierto que la izquierda debe ser muy respetuosa con el derecho que todos tienen a expresar y defender sus ideas. Hay razones de principio y además una razón pragmática: cuando los procapitalistas dicen lo que quieren, sus propias palabras los delatan, y más los argumentos que puede utilizar contra ellos quien habla en nombre de la razón. En cambio si son boicoteados se convierten en víctimas y los boicoteadores se comportan como intolerantes violentos. Pero los jóvenes no son muy dados a dejarse influir por estas ideas cuando están muy indignados. Y ahora tienen motivos para la gran indignación. Boicotear conferencias no está bien, pero ver en ello un síntoma de totalitarismo en Podemos es sucumbir a un deseo, señor Elorza. La violencia perversa es la que lleva a eliminar al contrario físicamente, encarcelándolo, torturándolo o asesinándolo (todo eso que tapó cuidadosamente la transición) y también la violencia que consiste en marginar, denigrar, emprender campañas tendenciosas como la actual contra Podemos, impedir el acceso a medios de comunicación y de financiación controlados sin que parezca que se ha hecho nada. ¡Afortunadamente esta elegante forma de silenciar se ha devaluado con Internet y las redes sociales!

Un maniqueísmo inevitable

Pero digamos algo más sobre uno de los rasgos de totalitarismo citados por Elorza. Cuando está en juego igualitarismo frente a capitalismo la ideología maniquea es inevitable, porque lo que se opone al maniqueísmo es la indiferencia o la confusión. Tanto igualitaristas como procapitalistas ven enfrente al enemigo político (en otro caso estarían ciegos) y todos creen que el bien está de su parte y el mal en contra. Hay, eso sí, una diferencia, y es que el maniqueísmo de los igualitaristas es racional, pero no el otro. Y esto por una razón elemental: el igualitarista puede mantener coherencia entre su ideología general y sus ideas políticas. El procapitalista no, a menos que sea nietzscheano. No, desde luego si es adicto al pensamiento políticamente correcto, esto es, si al tiempo que defiende el capitalismo se empeña en defender la democracia, la justicia, la igualdad y la solidaridad. No digamos si además es cristiano.

Puede parecer simple el maniqueísmo de los igualitaristas que conciben la lucha política como una lucha de pobres contra ricos. Los pobres no luchan por ahora. La mayoría no sabe contra qué luchar y todos andan con miedo. Los ricos no necesitan luchar, lo tienen todo bajo control. Pero también es pobre la idea de que esa lucha es cosa del pasado. Parece preferible entender el asunto como incompatibilidad entre los intereses de una oligarquía y los intereses de la mayoría de la sociedad, en cuyo caso la lucha política de la izquierda pretende eliminar esa oligarquía, claro está que no físicamente, sino en el sentido de que toda la población pueda integrarse en una sociedad cuyos intereses básicos sean compartidos. A este maniqueísmo inevitable lo podemos llamar laico, y no es condenable.

El maniqueísmo peligroso

El peligro está en el Maniqueísmo Teológico, el que define un Bien Absoluto amena­zado y un Mal Absoluto amenazante. Pues el carácter absoluto del Bien (siempre propio) y del Mal (siempre ajeno) autoriza a destruir a los partidarios del Mal y a causarles el mayor de los daños a tenor de su infinita culpa. Un ejemplo de este maniqueísmo es el integrismo católico: vean a esos fanáticos que creen a pies juntillas la demencial afirmación eclesiástica de que un óvulo recién fecundado es una persona, vean la santa indignación con que llaman asesinos a quienes defienden la despenalización del aborto. ¿Acaso no librarían al mundo de tales asesinos si pudieran, incluso anticipándoles en esta vida los interminables sufrimientos que les esperan en la otra? Este maniqueísmo teológico no se limita a la sensibilidad religiosa, puede ser dirigido a temas de raza, de etnia, de nación, incluso deportivos. Y se hace especialmente peligroso cuando va unido al odio al otro, tan frecuente en nuestra sociedad. Y más aún si se añade el resentimiento, tercero de los ingredientes del fascismo psicológico, también muy frecuente en nuestra sociedad por razones obvias.

Estos tres rasgos se complementan muy bien. El maniqueísmo teológico justifica la violencia sin límite contra los portadores del Mal, y quien siente odio por el otro y está lleno de resentimiento puede descargarlo en el otro convencido de estar cumpliendo un deber sagrado.

Bajo esta consideración no parece arriesgada la hipótesis de que en Europa hay masas que pueden ser arrastradas a actitudes de fascismo político en un momento propicio y sin que importe que algo antes hayan estado votando a partidos liberales, social­demó­cratas o comunis­tas. Quien tiene propensión psíquica al comportamiento fascista se entregará a él tan pronto la situación lo autorice. Para algunos, educados en la violencia, cualquier situación es buena. Otros irán entrando en el juego si la situación se degrada hasta el punto de crispar a las distintas clases medias.

En sentido contrario, se pueden dar los rasgos descritos por Elorza en alguien benévolo, que, al ver cómo están las cosas en el mundo y precisamente porque se solidariza con el sufrimiento de los pobres, siente indignación no precisamente santa, sino laica de toda laicidad. Y entonces esos rasgos no producen una tendencia totalitaria. Ni siquiera aunque se afilie a Podemos y grite para silenciar a una conferenciante (pecado este de juventud, y muy venial por comparación con los que cometen muchos procapitalistas adultos).

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