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¿SE PUEDE TRASPLANTAR UN CEREBRO?

I. NO SE PUEDE

En una ocasión me preguntó un alumno: ¿Y qué pasa si me trasplantan el cerebro de otro? Que no te han trasplantado el cerebro de otro, le respondí; es al otro al que han trasplantado tu cuerpo.

Para sorpresa mía los alumnos presentes se quedaron con cara de que les costaba comprender. Vacilaban, fruncían ceños y bocas, miraban al techo, negaban con la cabeza. Y es que el dualismo está tan afianzado, que todos, incluso los que se creían materialistas, tenían muy metida dentro, muy por debajo de su capacidad crítica, la vaga idea de un “yo” inmaterial propietario de su residencia material (el cuerpo con todas sus partes, cerebro incluido). Les pregunté, a los alumnos presentes, dónde pensaban que están los conocimientos, recuerdos y deseos, los sentimientos, el concepto de uno mismo, el sentido del bien y del mal, la voluntad para actuar, los valores: ¿en el cerebro o fuera de él? Y nadie respondía.

Desde el enfoque materialista, insistía yo, carece de sentido decir que han trasplantado a Pedro el cerebro de Juan. Ha ocurrido que en el cuerpo que era Pedro (y que ha dejado de serlo desde que extrajeron su cerebro) han introducido el cerebro de Juan, por lo que aquel cuerpo pasa a ser ahora el cuerpo que es Juan. Por más que la gente siga viendo a Pedro, es a Juan con figura de Pedro al que tienen delante. Aunque claro está, el cuerpo también cuenta. Juan en el cuerpo de Pedro no es el mismo que en su primitivo cuerpo. Sentirá sorpresa cuando en el espejo se vea metido en un cuerpo extraño. Pero la sorpresa la sentirá el cerebro que contiene la mente de Juan, no el cuerpo ajeno en que lo han metido. Mis alumnos seguían sin tener la cosa clara.

II. SÍ SE PUEDE

Adela Cortina se plantea el mismo asunto, aunque en dirección opuesta, en el artículo “¿Somos nuestro cerebro?” publicado en El País del pasado 4 de abril. Lo traigo a colación no porque tenga especial interés en contradecir a la autora (es el segundo artículo suyo que comento), sino porque el tema me parece interesante.

En su opinión no se puede hacer ningún reproche ético a la investigación sobre el cerebro si su fin es conseguir una vida mejor: avanzar, por ejemplo, en la prevención de enfermedades como la esquizofrenia, el alzhéimer, las demencias seniles, la enfermedad bipolar o la arteriosclerosis; facilitar una buena salud neuronal hasta bien entrados los años, mejorar nuestras capacidades cognitivas, precisar más adecuadamente la muerte cerebral, tratar tendencias como las violentas, servirnos de conocimientos sobre el cerebro que permitan a los maestros actuar de forma más acorde al desarrollo de ese órgano, extremadamente plástico.

Sin embargo, sigue diciendo Cortina, hay cosas que no son éticamente aceptables, como entrar en la intimidad de una persona sin su consentimiento, y por ello se requiere consentimiento en la prueba neurológica conocida como “test de la verdad”, a través de la cual pueden leerse determinadas respuestas cerebrales. ¿Por qué entrar en el cerebro de una persona es introducirse en la intimidad? ¿Qué tiene de especial ese órgano, que la sola idea de trasplantar un cerebro nos parece inquietante, cuando ya se practican trasplantes tan complicados de otros órganos y otros miembros del cuerpo?

La respuesta a estas preguntas depende de que se sea, o no, materialista. Para el materialista, nos dice Cortina, la persona es su cerebro y donde va el cerebro de una persona va esa persona. Ello quiere decir que actuamos determinados por nuestras neuronas, de modo que no existe la libertad, sino que es una ilusión creada por el cerebro, como todo lo demás. Para el materialista el cerebro crea las percepciones, la conciencia, la voluntad y, por ello, tanto da que el cerebro se encuentre en un cuerpo como en un ordenador, porque él lo crea todo.

A Cortina no la convence esta concepción, le parece muy simple. Para ella la idea de “cerebro creador” es un mito, no es el cerebro el que crea nuestro mundo.

¿Se necesita alguna prueba? Cortina la encuentra al momento: resulta que el médico que supervisó la “prueba de la verdad” aplicada a Carcaño ha aclarado que la prueba recibe ese nombre porque la persona sometida a ella no puede mentir, pues “las respuestas cerebrales son automáticas y, por tanto, no están condicionadas ni por la voluntad ni por la conciencia”. Este comentario del médico sirve a Cortina para concluir:

“De donde se sigue para cualquier lector que la voluntad y la conciencia, surjan de donde surjan, son algo distinto de las neuronas y tienen la capacidad de actuar suficiente como para modificar los mensajes automáticos del cerebro. Pueden inventar historias, tratar de ocultar los recuerdos impresos, interpretarlos de una forma u otra desde esa capacidad de fabulación que nos constituye como personas.”

Varios errores veo yo en estas líneas. Dejando aparte que la afirmación de un médico en declaraciones a la prensa nunca puede aportarse como prueba de que la voluntad y la conciencia son cosas distintas de las neuronas, ocurre que la cita del médico es imprecisa. No son automáticas las respuestas cerebrales, sino algunas, por ejemplo las que consisten en ondas P300, que son a las que el médico se refiere. De que estas respuestas no sean controlables por la voluntad y la conciencia no se sigue, claro está, que no haya otras respuestas cerebrales controlables, ni que voluntad y conciencia no sean procesos que se dan en estructuras cerebrales.

III. EL MITO DEL ALMA ESPIRITUAL

Se llama dualistas a quienes creen en dos sustancias, una material (el mundo con todas sus cosas, cuerpos humanos incluidos) y otra espiritual (dioses, ángeles, almas). Ahora bien, no todos los dualistas se atreven a proclamar su creencia. ¿Y por qué no se atreven? Pues porque está mal visto en el mundo intelectual afirmar la existencia de entidades de las que no cabe experiencia empírica alguna. Tan gratuito es afirmar que tenemos un alma como afirmar que tenemos siete almas y media, tan gratuito afirmar que existe el dios de la biblia como afirmar que existen los dioses de la mitología griega. La doctrina católica afirma que el alma tiene tres virtudes teologales y cuatro cardinales, pero podía haber afirmado muchas más, o muchas menos, y distintas, pues queda fuera de todo control que existan almas que tengan virtudes. ¿Por qué cree el dualista que cada humano tiene un alma y no siete almas y media? No porque disponga de alguna prueba, sino porque es lo que le enseñaron en la niñez, y esa creencia está muy fuertemente relacionada con su afecto.

Puesto que la existencia del alma es indemostrable, y por tanto propia de eso que se llama fe (creer en algo sin fundamento racional), el dualista académico sabe muy bien que no puede utilizar su creencia en discusión con quien no la comparte. Por eso no afirma directamente la existencia del alma en que cree, sino que se limita a poner en duda la capacidad del cerebro para ciertas facultades y tareas, insinuando que entonces debe haber otra cosa.

Presten atención a la vaga expresión “surjan de donde surjan” que Cortina aplica a la voluntad y la conciencia tras decir que son algo distinto de las neuronas. Si no son estructuras y procesos cerebrales ¿de dónde pueden surgir? Sólo queda pensar en un alma inmaterial que sobrevuela el cerebro. Y puesto que la persona es su conciencia y su voluntad (cosas distintas de las neuronas), en principio es posible un trasplante de cerebro. Esto no es algo que afirme Cortina, sino algo que se sigue de lo que afirma.

Cierto que ella dice que la idea de trasplantar un cerebro nos parece inquietante. Y no es para menos, pues veamos: Pedro es su alma (su conciencia y voluntad) y ese alma sigue siendo Pedro aunque Pedro pierda su cerebro y reciba el de Juan. Pero entonces, fíjense: resultará que el alma de Pedro ha perdido todos los recuerdos que estaban almacenados en el cerebro antiguo (los recuerdos de Pedro), a cambio de los recuerdos que están almacenados en el cerebro recibido (los recuerdos de Juan). Ha de ser sin duda un Pedro muy desconcertado. Y además ¿cómo podemos asegurarnos de que el alma de Pedro sigue en el cuerpo de Pedro una vez extraído su cerebro? ¿En qué parte del cuerpo reside el alma si no está en el cerebro? ¿No es posible que se nos haya escapado sobrevolando el cerebro extraído? ¡Los problemas del dualista!

Pasando a otro punto: quienes creen en el alma atribuyen al humano una libertad metafísica, que se puede explicar diciendo que la conducta está causada por el alma y que el alma, por ser espiritual, está libre de las determinaciones materiales. Una consecuencia es que las acciones que se siguen de la voluntad del alma no son explicables por la ciencia, y menos aún predictibles. El dualista no puede aceptar que lo específicamente humano sea objeto de investigación científica. Ciertamente, si se piensa que la voluntad y la conciencia no consisten en estructuras y procesos cerebrales, hay que concluir que los científicos no tienen nada que investigar sobre ellas, porque la ciencia sólo se ocupa de entidades materiales sometidas a procesos causales materiales.

Por ello Cortina termina su artículo diciendo: “Parece, pues, que el enigma de la conducta humana sigue siéndolo, y que es necesario continuar las investigaciones desde el trabajo conjunto de humanistas y científicos, porque conocernos a nosotros mismos es la gran tarea que nos dejó encomendada Sócrates. Es ella misma un gran beneficio.” Debe entenderse que Cortina asigna a los científicos la investigación del cerebro y a los humanistas la del alma.

El inconveniente es que los humanistas no investigan (¿cómo van a investigar el alma?), se limitan a reproducir el mito que se viene manejando desde hace milenios, y que allí donde se impone entorpece la investigación verdadera, la que realizan los científicos.

IV. ¿ES EL MATERIALISMO UNA TORPEZA ANTIHUMANA?

La palabra “materialismo” tiene un matiz peyorativo en su uso ordinario, y muchos trasladan ese matiz al uso filosófico. Para ellos es malo rechazar la parte espiritual del hombre y la parte divina del universo. Ciertamente al materialista se le llama así porque no cree en una sustancia espiritual. El materialista no afirma que dios, los ángeles, los demonios y las almas no existen, puesto que esa inexistencia no puede probarse. Simplemente, da relevancia al hecho de que no puede probarse su existencia. El materialista carece de fe irracional: cree en aquello que se manifiesta empíricamente, sea de manera directa, sea por efectos asignables en virtud de una teoría contrastable.

Refuerza su posición el hecho de que hay mil pruebas de que todas esas entidades espirituales han ido siendo inventadas por los hombres, aquí de una forma, allá de otra, y con qué funciones. El materialista tiene valor para rechazar los mitos consoladores por mucho que le duela. Sin duda resulta duro, y para algunos insoportable, dejar de creer que tenemos naturaleza espiritual y por tanto incorruptible y eterna, persistente y voladora aun cuando nuestro cuerpo muera y nuestro cerebro se desintegre. Detrás de la creencia en el alma están las religiones, no lo olvidemos. ¿Qué sería de ellas si la gente dejara de creer en el alma?

Pero es que además hay razones poderosas para creer que la persona es un sistema biológico surgido de la evolución, cuyo psiquismo (llamémoslo mente) consiste todo él en estructuras y procesos cerebrales. Sólo desde esta posición materialista cabe ir asimilando los descubrimientos de la neurociencia, entre ellos, por ejemplo, que quienes tienen dañada la corteza órbito frontal encuentran dificultades para saber qué está bien y qué está mal; que en la agresividad juega un papel el bajo nivel de serotonina; que la mente del asesino en serie se relaciona con un vacío de actividad en la parte racional del cerebro y exceso de actividad en la parte emocional; que el amor romántico está ligado a la feniletilamina, que tiene efectos parecidos a una anfetamina y plazo de caducidad, mientras que el amor pausado de madurez se relaciona con las endorfinas; que la depresión depende de que se inactiven los mecanismos bioquímicos que hacen que una sensación sea agradable, y desaparece introduciendo en el cerebro la química que los reactiva; que la tristeza se corresponde con una mayor segregación de cortisol, o niveles más altos en sangre de interleucina 6 o de la proteína C reactiva; o que la cantidad de luz solar tiene que ver con distintas características de las manías.

En definitiva, sólo desde la posición materialista cabe explicar por qué los cambios físico-químicos del cerebro influyen en los estados de ánimo, las capacidades y voluntad de la mente (al punto que la mente pierde facultades y memoria conforme el cerebro va perdiendo conectividad o neuronas en suficiente número); por qué la mente no puede manifestar conocimientos o habilidades si el cerebro no los ha aprendido, incluso más, por qué la mente carece de capacidades humanas si el cerebro no ha aprendido la lengua del grupo.

Por lo demás, que el cerebro proporcione conciencia y voluntad no es algo raro en la naturaleza: en eso los humanos no somos distintos de otros muchos animales. Los chimpancés tienen conciencia y voluntad. ¿Y acaso se nos ocurre asignarles un alma?

El materialista cree, muy de acuerdo con lo que la ciencia va descubriendo, que al cerebro van llegando sensaciones a través del aparato sensorial del cuerpo y que esas sensaciones, convertidas por el cerebro en percepciones, se van depositando en la memoria como acopio de imágenes ligadas a pautas afectivas y pautas motoras, con una peculiaridad que no se da en los restantes homínidos: que todo ello acaba conectado entre sí por la red de aprendizajes verbales. El sistema psíquico así formado, la mente humana, tiene todas las capacidades y funciones que el dualista atribuye al alma. Cada entrada sensorial activa unas partes del sistema mental y estas activaciones van ocasionando otras según la lógica del propio sistema. Y tanto los elementos que se van activando, como la misma lógica que dirige el proceso dependen de la historia de aprendizajes, es decir, de lo que ha ido entrando en el cerebro y ha quedado sistematizado en su memoria. Una parte de esas activaciones produce la conducta.

El materialista es por tanto determinista. ¿Significa esto que para el materialista la libertad no existe? En absoluto. Sólo significa que cree que la conducta está causada por la relación entre los estímulos del medio y los deseos y capacidades del sujeto.

El materialista cree en la libertad empírica. Nos referimos a ella como lo opuesto a cárcel, opresión de una dictadura, normas jurídicas o sociales, costumbres, opinión o voluntad ajenas. Es también empírica la libertad frente a una pasión que esclaviza. Y sigue en el espacio empírico quien habla de libertas a miseria (ser libres de la miseria). Se repara menos en otra libertad empírica, la libertas a ignorantia (ser libres de ignorancia), pese a que sin ella no se puede actuar libremente aunque se tengan todas las restantes.

V. MALOS ARGUMENTOS

El materialismo tiene tantas razones a su favor que los argumentos de los dualistas son confusos y muchas veces basados en tergiversaciones. Cortina incurre en dos de ellas: una acusar al materialista de que no cree en la libertad; y otra suponer que el materialista cree que el cerebro lo crea todo y que por ello da lo mismo que esté en un cuerpo que en un ordenador.

Respecto a la primera, acabamos de ver que hay que distinguir entre libertad metafísica y libertades empíricas. La primera es puramente ideológica, las segundas son las que importan, las que se dan o no se dan en la vida real. El materialista no cree en la libertad metafísica (la libertad del alma) puesto que no cree en el alma. Pero sabe muy bien que las personas pueden tener libertades empíricas, perderlas y reconquistarlas. Revela por tanto ignorancia decir, sin más, que el materialista no cree en la libertad. Otra cosa es la actitud política. Tanto el materialista como el dualista pueden ser defensores de las libertades empíricas de los conciudadanos, o enemigos de ellas. Pensando en este segundo caso: es probable que Stalin se considerara materialista y que Franco, Pinochet y Videla creyeran en el alma y en su libertad metafísica.

Respecto a la segunda tergiversación, aunque el materialista cree que en el cerebro se encuentra toda la vida psíquica, ello no significa que piense que el cerebro la fabrica de la nada. Es decisiva la realidad exterior que afecta a los sentidos, y también el resto del cuerpo, no sólo porque su aparato sensorial sea el productor de las sensaciones que llegan al cerebro, sino porque los aprendizajes que el sujeto hace sobre sí mismo dependen de cómo se ve en el espejo y se percibe en la actividad física, y de las reacciones que provoca su cuerpo en los otros. Si el materialista creyera, como Cortina afirma, que todo es una ilusión creada por el cerebro, habría que decir: ¡Qué bruto el materialista, que cree que el cerebro lo crea todo sin que en su creación influya la entrada sensorial que, procedente del cuerpo y del medio, le llega a través del aparato sensorial del cuerpo!

Es cierto que cabe imaginar un cerebro sin cuerpo (el cerebro en una cubeta de que habló Putnam), conectado a un hipotético ordenador capaz de crear estructuras y procesos neuronales semejantes a los que fabrica la realidad. El “yo” de ese cerebro podrá ser una chica rubia, tendida en la playa, mirando aburrida el movimiento de las olas, o, si cambiamos de programa, un motero que, haciendo un caballito, cae y se parte una pierna. Dado que ese hipotético ordenador (manejado por el genio maligno cartesiano en versión tecnológica) puede producir una realidad virtual indistinguible de la “real”, nadie puede asegurar en cuál de ellas se encuentra. Se trata de una vieja duda de la que no podemos salir mediante argumentos o pruebas. Pero esa duda no tiene que ver con el materialismo, afecta tanto a materialistas como a dualistas. Y tanto unos como otros la olvidamos (salvo en momentos de mera especulación, trasladada a películas que han tenido éxito, como Matrix). Y tanto unos como otros creemos que existe la realidad exterior que percibimos (y formando parte de ella nuestro propio cuerpo).

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