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EL PODEMOS QUE SALE DE VISTALEGRE II

Simpatizantes y votantes de Podemos hemos asistido a una disputa descorazonadora, y no porque haya sido disputa, algo normal en partidos donde hay libertad para opinar y proponer, sino por los modos y, sobre todo, porque no han quedado claros los motivos. Da la impresión de que diferencias de fondo, o de estrategia, o afanes de poder se han conciliado con una cierta inmadurez de los principales dirigentes. La juventud es un valor siempre que se concilie con la experiencia que dan los años, y en el antiguo equipo dirigente había mucha juventud pero escasa experiencia. Seguramente cambiará esto con las nuevas incorporaciones a la ejecutiva y al gobierno en la sombra ya decididas.

No es vieja política

Al ver esa lucha por el poder algunos periodistas y comentaristas, muy regocijados, se han lanzado a decir: ¡vieja política, míralos, condenaban la casta y son parte de la casta! No confundamos. Si queremos caracterizar por su rasgo sustancial a la vieja política, la de la casta, hemos de decir que es la que se hacía y se sigue haciendo al servicio del poder económico. Otras características no son exclusivas de ella, se pueden dar en cualquier política posible. Nadie ha dicho que la nueva política haya de ser realizada por ángeles. Si vemos la cosa así, Podemos no es vieja política, y esto se percibe claramente allí donde han conseguido algún poder institucional.

Pero sí que han mostrado un ingrediente que en la vieja política es natural y necesario: la ambigüedad, la falta de claridad.

Los que se presentan como servidores del pueblo pero actúan al servicio del poder económico están obligados al ocultamiento y la mentira. Es por ello lamentable que, no estando Podemos en ese papel, haya habido un rasgo de vieja política en la oscuridad con que se ha llevado adelante la disputa. Parece mentira que unos profesores universitarios, a los que se supone habituados a explicar, no hayan sabido explicarnos qué concretas discrepancias han originado y mantenido una pelea tan hosca.

La oscuridad del litigio

Por esa oscuridad se ha podido afirmar que la pugna era entre pablistas y errejonistas, o entre la Facultad de Filosofía y la de Políticas, o entre gente que piensa y gente que opera. Los lamentables artículos publicados por dos profesores de filosofía parecen indicar que los teóricos se sienten desplazados por los que operan, a los que han caracterizado como conspiradores intrigantes que intentan excluir a todos los que no forman parte de su pandilla.

En realidad no parece que todo esto se deba a que unos quieren que se actúe en las instituciones y otros en la calle, porque resulta que son actuaciones compatibles y complementarias.

Errejón y sus partidarios han dicho vaguedades como éstas: que un cierto orden es lo que la gente quiere, y que por ello, para ser una fuerza realmente transformadora, es necesario, más allá de la pulsión destituyente, plantear un horizonte alternativo de certezas y seguridades. Pero así planteada la cuestión resulta difícil imaginar que los del grupo de Iglesias se opongan.

Han dicho también los de Errejón que para Podemos es más productivo abordar las relaciones con el PSOE de manera laica e inteligente que la negación obsesiva y el choque frontal. Pero seguro que los de Iglesias saben que la política socialdemócrata sólo se reinstaurará en este país cuando PSOE y Podemos actúen en alianza contra las fuerzas neoliberales. Otra cosa es que esto sea posible si el PSOE persiste en la dirección que le marcan sus antiguos jerarcas.

Lo que parece tener alguna entidad estratégica es que al grupo de Errejón no le gusta el acercamiento a IU y que fue partidario de apoyar al pacto PSOE-Ciudadanos, achacando la pérdida de un millón de votos (del 20-D al 26-J) a la alianza con IU y a no apoyar aquel pacto.

En cambio Iglesias y los suyos creen que el pacto con IU es razonable, que el no apoyo al pacto PSOE-Ciudadanos fue decidido por la militancia y era además inevitable dada la actitud del PSOE, que prefirió pactar con la derecha; y que la pérdida de votos se debió a dejar de decir verdades en el intento de aparecer como inofensivos.

En todo caso, estas diferencias no explican la agria pelea en que se han enzarzado los máximos dirigentes de Podemos, pues lo correcto hubiera sido recurrir pacíficamente a los afiliados, sin descalificaciones mutuas, y luego estar al resultado de la votación. Es decir, lo que finalmente se ha hecho, pero sin el episodio precedente.

Dejándolo atrás en la esperanza de haya servido de aprendizaje, vuelvo a dos cuestiones sobre las que he tratado en otras entradas de este blog, ahora con algún matiz nuevo tras leer los documentos políticos de Vistalegre.

Pobreza teórica

En contraste con lo que algunos dicen, creo que esos documentos son decepcionantes. Algunas consideraciones sobre la transición del 77 y sobre la transición actual, banalidades referidas a cómo ganar votantes, nada que revele que profesores universitarios han trabajado en ellos. Se acusó al equipo de Iglesias de desdén por los teóricos a favor de activistas, pero la verdad es que la teoría falta en los documentos de todos los grupos.

El marxismo, valga repetirlo, es la única teoría general de la sociedad de que hoy disponemos (en el sentido riguroso que no hay otras teorías generales, por más que haya muchas de corto alcance), la única que permite análisis y explicaciones no superficiales. El problema del marxismo clásico es que, aunque percibió bien que para la estabilidad del socialismo es necesario otro tipo de persona (el llamado por Marx “hombre nuevo”), erró al creer que ese nuevo tipo surgiría por el mero cambio del modo de producción o por la participación en las luchas revolucionarias.

Ahora, abandonado el camino de la revolución violenta para instaurar un nuevo modo de producción, el marxismo no puede inspirar estrategias de acción a largo plazo si no se pone al día en aspectos que tienen que ver con la semiótica, imprescindibles para abordar las cuestiones ideológicas. Con esa puesta al día no sólo se puede explicar, por ejemplo, por qué ha triunfado Trump, o por qué una gran parte de la clase obrera vota a la extrema derecha, o por qué el PP gana las elecciones en España, sino que además se puede diseñar un programa de acción para cambiar ese estado de cosas.

Y es que no sólo hay que luchar para sacar de la pobreza extrema a muchas personas, o para que otras muchas recuperen derechos perdidos, sino también para combatir el entramado de ideas y valores que la derecha ha ido consolidando en las mentes de muchos ciudadanos, los que la votan a pesar de que son perjudicados por sus políticas. Porque la explotación ideológica es algo más grave que la económica, y no sólo por su naturaleza, sino porque es además condición necesaria para el sometimiento de los perjudicados. Sin explotación ideológica no habría explotación económica, al menos consentida.

Objetivos

En los documentos políticos discutidos en Vistalegre II uno querría haber leído un diagnóstico de la situación española, europea y mundial, y un señalamiento de metas a distintos plazos. Puesto que para decidir sobre el “qué hacer” debe estar claro primero qué se quiere conseguir o adónde se quiere llegar, esos documentos deberían haberse dedicado antes de nada a este asunto.

De acuerdo en que no se puede prometer en un programa electoral aquello que no se podrá cumplir, incluso si se consiguiera mayoría absoluta. Pero si se puede prometer en el programa electoral que determinadas propuestas, imprescindibles para una vida buena colectiva, se llevarán al Parlamento para que en él se discutan. Tanto si no se acepta su discusión como si tras ella se rechazan, ya se habrá dado un paso importante, el de ponerlas en el foco de atención de la gente y obligar a los demás partidos a hacer pública su posición. El Parlamento vale no sólo para legislar y fiscalizar, sino también para promover discusiones de gran valor pedagógico respecto a la parte de la población que ha asimilado las ideas infatigablemente promovidas por los medios de comunicación conservadores.

Veamos tres objetivos que obligan a estrategias diferentes, los dos primeros compatibles con el capitalismo, el tercero no. De cuál de ellos se elija depende qué actividades se consideren necesarias. El primer objetivo sólo exige medidas a corto plazo, los otros dos exigen medidas a plazo medio y largo. Mirar más lejos es útil si promueve actividades que no se realizarían en otro caso y que son condición para que sea posible mañana lo que hoy es muy deseable, pero fuera de nuestro alcance.

Recuperación del Estado del Bienestar

Éste objetivo es el que parece haber estado implícito en todas las discusiones y documentos de Vistalegre II, objetivo que podría ser también el de un PSOE renovado. Es muy razonable eso de querer echar al PP del poder, llegar al Gobierno y hacer una política más justa y transparente, que traiga beneficios a muchas personas que lo están pasando mal. Cabe incluir en esta política la renta básica universal o la creación de un banco público. Aceptemos que allí donde la socialdemocracia clásica se arrugó y se rindió al neoliberalismo, sea capaz Podemos de resistir y de llevar adelante el programa abandonado. Sería una recuperación de antiguos espacios conquistados y luego perdidos. Está muy bien para el corto plazo, pero conocemos las limitaciones que tiene ese programa. Y la primera es la resignación a vivir sin posible democracia.

Un paso más

El segundo objetivo es llegar a una socialdemocracia más avanzada, dispuesta a construir una sociedad en la que la democracia sea posible.

Instaurar la democracia requiere medidas como éstas, que por el momento encontrarían una oposición insalvable: (a) nacionalizar las empresas sistémicas (aquellas a las que hay que rescatar con dinero público porque si caen cae la sociedad entera), y no sólo las de energía, sino sobre todo las financieras, Bolsa incluida, y también las agroquímicas (es criminal, por ejemplo, que la alimentación del mundo y la economía de los pequeños agricultores dependa de ese monstruo que quieren crear Monsanto y Bayer con su megafusión); (b) aumentar los impuestos a las grandes patrimonios y rentas a fin de reducir drásticamente la actual desigualdad; (c) mejorar la educación, haciendo obligatoria la de 0 a 6 años, y cuidando especialmente la destinada a niños de las clases económica y culturalmente pobres, algo cuya adecuada realización exige recursos por ahora no disponibles, pienso que como mínimo un 10% del PIB, pero imprescindible si se quiere igualdad de oportunidades (no la hay si el hijo de pobres está condenado de antemano a la pobreza); (d) nacionalizar los medios de comunicación, o al menos poner en pie medios de comunicación públicos, para entregarlos al control de la sociedad (nunca, claro, del gobierno); (e) reducir la publicidad y regular sus contenidos (por ejemplo exigiendo que cada anuncio se limite a exponer las propiedades del producto sin identificarlo con el atractivo de temas ajenos, con los que además se promueven valores machistas, consumistas y elitistas altamente deseducativos); (f) hacer obligatorio el funcionamiento democrático dentro de los partidos.

Sin estas medidas la democracia es, sencillamente, ilusoria. No la invoquemos en vano.

La realización de los ideales de la Ilustración

Reparemos en que, aunque el objetivo anterior parece demasiado ambicioso, es sólo un paso intermedio, porque, pese a sus ventajas, permanece dentro de una economía de mercado cuyos efectos son injustos, irracionales y muy lesivos para los recursos naturales, el medio ambiente y el bienestar de los trabajadores.

Por eso hay un tercer objetivo que llega más lejos y que es el propiamente anticapitalista: pretende que la decisión sobre la producción y la distribución de la riqueza no la realice el mercado, sino una planificación racional y democrática que lleve a una equitativa distribución del trabajo y a un aparato productivo y de servicios que satisfaga las necesidades legítimas de todos los miembros de la sociedad al mismo nivel alto, pero eliminando la producción prescindible en claro beneficio del medio ambiente y de la preservación de los recursos naturales.

Este objetivo es el que realmente daría satisfacción al deseo de la Ilustración: igualdad, libertad y fraternidad, que en cualquier forma de capitalismo no es realizable. Inversamente, en cualquier forma de capitalismo este objetivo es inalcanzable a corto plazo, pero eso no quiere decir que no pueda inspirar muchas actividades realizables sin las que sería inalcanzable siempre.

La posición de Podemos

Parece que quien se considere verdadero progresista ha de ser partidario de esta última opción, pero no es así. Los hay que consideran que una economía planificada junto con la prohibición de mil actividades que hoy se practican conduciría inevitablemente a un Estado totalitario; o creen que fuera de la economía de mercado el desarrollo económico se vería frenado; o piensan que la opción anticapitalista ya fue ensayada en la URSS y fracasó; o que, aunque el mundo resultante es deseable, nunca será posible (por ejemplo, porque lo impide la naturaleza humana).

Es éste un tema en el que los buenos argumentos han de jugar su papel. Sin embargo en Podemos no ha sido planteado, tal vez porque, habiendo dentro partidarios de las tres opciones, sólo la primera es realizable al corto plazo de la batalla electoral, y por tanto en ella pueden estar de acuerdo todos, unos como objetivo final, otros como primer objetivo provisional. Y ahí se han quedado. ¿Es esto satisfactorio?

Pienso que no, porque el objetivo de desalojar a Rajoy y llegar al poder produce estrategias muy sometidas a los vaivenes del electorado, y previamente a los de las encuestas. Ocurre entonces que una línea política, o una estrategia, son buenas si aumentan los votos, son malas si los disminuyen. Mala cosa. Más aún cuando ni siquiera se puede tener certeza de que los votos se ganan o se pierden por esto o por lo otro.

Librarse de miedos

Teniendo objetivos más ambiciosos (como el de una transformación de la población para que acabe apoyando con brío un proyecto emancipador), se libra el partido del miedo a molestar o a asustar que acomete en seguida a quien pone todo su interés en ganar votos.

El miedo a molestar

El más grande error que puede cometer la izquierda es callar para no molestar. No decir esto porque puede molestar a los gobiernos de EE UU o Alemania, ni eso porque puede molestar a la Banca, ni lo de más allá porque puede molestar a los medios de comunicación, ni aquello otro porque puede molestar al PSOE, ni lo que pueda molestar a la Iglesia y a los católicos, ni lo que pueda molestar a los que piensan esto o aquello. O sea quedar casi mudos, limitados a hablar de cosas que no molestan a nadie. Esto ni siquiera es vender la primogenitura por un plato de lentejas, sino por la esperanza de conseguir el plato (que tal vez ni siquiera se consiga). El patrimonio fundamental de la izquierda es que sólo ella se puede permitir la verdad. Tirar ese patrimonio por la borda es algo insensato.

El miedo a asustar

Piensan algunos que para no asustar hay que abandonar algunos términos.

Errejón ha dicho que Podemos tiene que evitar el rechazo que todavía suscita la izquierda en una gran parte de la población, pero no creo que la palabra “izquierda” asuste a nadie. El PSOE se ha presentado siempre como de izquierda y ha conseguido mayorías absolutas. Otra cosa es la palabra “comunismo”, u otras semejantes, pero esas las emplearán los enemigos para caracterizar a los dirigentes de Podemos mientras sea peligroso, y ello con independencia de lo que Podemos diga o haga (ya les vemos por ahí hablando de “purgas estalinistas”). Por ello es preferible una pedagogía acerca del real significado de ciertos términos (que además puede recibir ayudas inesperadas, como la del papa cuando identifica cristianismo y comunismo). Es decir, no quedar a la defensiva, miedosos, sino pasar al ataque.

Se cree también que para no asustar hay que huir de eso que la derecha llama radicalismo. Pero ¿qué es el radicalismo? Aunque por su tono lo parezca a veces, Iglesias no es más radical que Errejón, ninguno de los dos lo es, y todo lo que proponen los dirigentes de Podemos, incluso los de Anticapitalistas, es muy moderado, encuadrable en el primero de los objetivos antes descritos.

Estar en la calle con los agraviados que protestan es una actividad meramente democrática, no radical. Ni siquiera exigir las medidas del segundo objetivo antes descrito sería radicalismo extremo. Esas medidas son de sentido común, incluso más, son imprescindibles si es que se quiere vivir en democracia y esto es lo que hay que defender.

Creo que es necesario más radicalismo, bien expuesto y argumentado, para que muchos salgan de su ignorancia. No está la cosa en intentar atraer a más gente a base de no ser nada, sino de atraerla mediante buenos argumentos a favor de un proyecto de cambio profundo, el que hace falta. Los paños calientes perjudican al que recurre a ellos.

Más allá del Parlamento y el asfalto: la tarea pedagógica

Explicar de manera mesurada y convincente cómo son las cosas sólo puede asustar a quienes no querrían que todos sepamos cómo son las cosas, una minoría que está furibundamente en contra de Podemos y a la que de ninguna forma se podrá aplacar. Téngase en cuenta que explicar cómo son las cosas es algo alejado del estilo del mitin, no requiere gritos ni amenazas que parezcan preludio de una pelea. Al contrario, cuanto más dura es una realidad con más tranquila objetividad debe ser criticada, con apoyo en datos y argumentos precisos y bien expuestos (con cifras y nombres que todo el mundo entienda, por ejemplo acerca de los propietarios de cada medio de comunicación, en España y en el mundo, y de los efectos de esa propiedad en la veracidad de las informaciones, o acerca de la distribución de la riqueza en nuestro país y en el mundo, etc.). Sólo tras esa crítica se puede mostrar a toda la gente razonable dónde están las resistencias a propuestas sensatas, que abrirían la puerta a un mundo mejor.

No creo que haya algo que más miedo pueda dar a los actuales poderosos que este desenmascaramiento tranquilo y bien fundamentado, pedagogía por otra parte necesaria para combatir la actividad ideológica, exitosa, de la derecha.

La paciente tarea de esclarecimiento que llegue a la gente se ha de practicar no sólo en el Parlamento sino también en la calle, y no sólo tras las pancartas de protestas justas, sino por otros medios. Piensan algunos que Podemos debería convertirse en un “fondo de inversión” de todas las potencias sociales dispersas, transfiriendo recursos hacia proyectos de todo tipo (culturales, sindicales, feministas, ecologistas, etc.) en todos los espacios posibles, logrando crear centros de anudamiento entre las diferentes trincheras. Pienso que entre esos proyectos debería figurar como prioritario, y complementario de los demás, un equivalente a las misiones pedagógicas que Giner de los Ríos promovió en el último decenio del siglo XIX y que retomó el Gobierno provisional de la segunda República en 1931, pues para cuestiones básicas de economía y política esas misiones pedagógicas hacen ahora la misma falta que entonces para temas más elementales.

jmchamorro@jmchamorro.info

TRAS LAS ELECCIONES (catalanas y generales)

Que sólo Podemos esté recibiendo ataques generalizados evidencia que es el único partido que produce urticaria en el viejo régimen (político, económico, periodístico). De ahí la mezquindad y mala voluntad con que se comenta cualquier detalle nimio (sea que Carolina Bescansa lleva a su hijo al Parlamento, que algunos visten y peinan como lo hacen, que exigen cuatro grupos parlamentarios, que han dicho esto o aquello, o que callan, o que ponen líneas rojas, o que las quitan). No hablemos ya de los habitantes de la caverna mediática, los que dicen que los de Podemos huelen mal, o pueden tener piojos en las rastas, o que son gentuza. Cualquier detalle (reserva en las negociaciones, búsqueda de ventajas políticas, disensiones internas) vale también para dictaminar que Podemos pertenece a la vieja política, a la casta, al búnker que tanto critica. Hay que insistir por ello en que la vieja política no se caracteriza por detalles secundarios, sino por esto: para quién se legisla y gobierna cuando se tiene poder.

Vieja política

El informe recién publicado por Oxfam Intermón, que lleva por título “Gobernar para las élites. Secuestro democrático y desigualdad económica”, deja muy claro en qué consiste la vieja política: en “servir abrumadoramente a las élites económicas en detrimento de la ciudadanía de a pie.”

Esta abrumadora servidumbre se practica sobre todo mediante la legislación laboral y fiscal, pero también cuando se elude legislar y de esta forma se tolera el abuso.

En España la reforma laboral ha convertido en pobres y esclavos laborales a una gran masa de empleados.

La reforma fiscal que entró en vigor el 1 de enero del año pasado, “herramienta para garantizar privilegios a unos pocos”, ha dado como resultado que España siga teniendo una de las presiones fiscales más bajas de toda Europa y que 17 de las 35 empresas del IBEX 35 no paguen el impuesto de sociedades en España.

A su vez, la inacción tolerante ha permitido una creciente inversión en paraísos fiscales, donde la evasión mundial llega a 18,5 billones de dólares (el PIB de Estados Unidos es de 15,8 billones).

Como reconoce el citado informe, todo ello tiene profundas consecuencias respecto al aumento de la desigualdad económica, pues la elusión del pago de impuestos, sea por exenciones legales, sea por ocultamiento, aumenta la riqueza de los ricos e impide que las arcas nacionales dispongan de recursos que, utilizados en beneficio de la sociedad, lograrían una mayor redistribución.

Resultados de esta vieja política: entre 2007 y 2014 el salario medio español se desplomó un 22,2% y en el año 2014 había en España 13,4 millones de personas en riesgo de exclusión (el 29,2% de la población). Según los datos de la OCDE, los hogares más desfavorecidos son los que han sufrido una mayor caída de los ingresos durante la crisis. Por contraste, en 2015 el 1% de la población concentró tanta riqueza como el 80% de los más desfavorecidos. “La fortuna de sólo veinte personas en España alcanza un total de 115.100 millones de euros”, expone el citado informe. Los datos disponibles demuestran que la desigualdad ha venido avanzado a un ritmo creciente.

Esta es la política económica de la que tan indecorosamente presume el PP, al servicio del 1% de la población, y por la que recibe felicitaciones del FMI e instituciones de su mismo carácter criminal.

El secuestro de la democracia

Oxfam Intermón concluye que un efecto de esta injusta distribución de la riqueza es el secuestro de la democracia por el poder económico.

Ese secuestro es muy evidente ahora, pero no debemos creer que sea cosa reciente, pues siempre lo hubo. Nunca se ha pasado de una apariencia de democracia, por más que el ínclito Antonio Elorza escriba (El País, 19 de enero) que “vuelve la apolillada distinción entre democracia formal y democracia real.” Apolillada o no, se trata de una distinción acertada e imprescindible, y por ello es natural que vuelva, siendo menos explicable que haya estado por algún tiempo ausente en el discurso de la izquierda.

Ocurre que la democracia formal, que siempre estuvo secuestrada por el poder económico, se vio obligada el pasado siglo a poner en marcha en Europa el llamado Estado del Bienestar para reducir una tensión revolucionaria alentada por el ejemplo de la URSS. Ese comportamiento adaptativo produjo la impresión engañosa de que aquella democracia era realmente el poder del pueblo que legislaba para el pueblo.

Pero una vez desaparecido el poder equilibrante de la URSS, los económicamente poderosos se han quitado la careta y han pensando que no es necesario que los ricos paguen impuestos para financiar el gasto social, pues cabe tener sometida a la gente mediante el miedo (a perder el empleo, a una mayor pobreza), el aislamiento (con el debilitamiento y burocratización de los sindicatos) y el engaño (mediante el práctico monopolio de los medios de comunicación). Y en esta aventura han contado con el servicio de los partidos políticos tradicionales, todos ellos controlados por los medios, la banca, los lobbies, los sobornos y las puertas giratorias.

Resulta impresionante que el pensamiento neoliberal dominante esté defendiendo que la desigualdad es necesaria para que la economía marche bien, y más aún, que llegue a afirmar que esa buena marcha se ve entorpecida si se cobran impuestos a los ricos. Ahí tenemos a Paul Krugman, premio Nobel de Economía, dedicado a demostrar, con argumentos racionales e históricos, que esas ideas carecen de fundamento y que, principios morales aparte, la economía funcionaba mejor cuando los ricos pagaban más impuestos que ahora.

La nueva política

El objetivo de una nueva política está por tanto muy claro: doblegar al poder económico que tiene secuestrada a la democracia.

La ocasión es propicia, pues los abusos sin freno sobre la población han conseguido lo que no supo lograr la izquierda tradicional: que muchos perjudicados tomen conciencia de lo que está ocurriendo. Sería por ello lamentable que quienes se sitúan a la izquierda del PP no logren unirse bajo un programa progresista, ese que tanto temen las derechas europeas. Sobre todo porque España tiene un peso en Europa mucho mayor que Grecia y además no estaría ya tan sola como Grecia. Y porque empieza a demostrarse que el asunto de Grecia no terminó cuando pareció que se había dado un escarmiento a la izquierda helena, sino que ha sido un incentivo más para que vaya cuajando una visión solidaria e internacionalista.

Precisamente el éxito de la izquierda en las pasadas elecciones generales españolas ha llevado al exministro de economía griego Yanis Varoufakis, a la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, y a la vicepresidenta valenciana, Mònica Oltra, a proponer una red internacional de pensamiento crítico, un espacio de confluencia para cuantas personas, movimientos y organizaciones se oponen al modelo actual de Unión Europea.

Se trata de consensuar una agenda común de objetivos, proyectos y acciones con el fin último de romper con el régimen de austeridad de la UE y democratizar radicalmente sus instituciones poniéndolas al servicio de la ciudadanía. La convocatoria a participar en una conferencia europea en Madrid los días 19, 20 y 21 de febrero ha sido apoyada por cientos de firmantes, entre los que están los estadounidenses Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía, y Noam Chomsky, lingüista, el cineasta británico Ken Loach, el relator de Derechos Humanos de la ONU, Alfred de Zayas, la expresidenta del Parlamento griego Zoe Konstantopoulou y el portavoz del comité internacional para la anulación de la deuda del tercer mundo, Éric Toussain, así como eurodiputados de Podemos, de IU y de Ecologistas en Acción.

En julio de 2015”, dice el manifiesto firmado por ellos, “asistimos a un golpe de Estado financiero ejecutado desde la Unión Europea y sus instituciones contra el Gobierno griego, condenando a la población griega a seguir sufriendo las políticas de austeridad que ya habían rechazado en dos ocasiones a través de las urnas.” Este golpe ha intensificado el debate sobre el poder de las instituciones de la Unión Europea y su incompatibilidad con la democracia, y ha dejado claro que para hacer frente a la actual coyuntura se deben “aunar esfuerzos desde todos los Estados miembros y desde todas las esferas: política, intelectual y de la sociedad civil”.

Afán de confundir

De lo hasta aquí dicho se sigue que carece de sentido identificar a Podemos con la vieja política atendiendo a detalles superficiales o formales. La nueva política no es todavía más que una posibilidad demandada por la gente y representada por Podemos y algunos movimientos sociales. A esa nueva política debería sumarse IU (mediante una refundación que la aparte del viejo camino y de la deuda que la paraliza), y el PSOE (aunque sólo sea para librarse del hundimiento electoral). El PP y Ciudadanos no pueden hacer una nueva política por su ideología, pero Ciudadanos tal vez se vea obligado a transigir en algunas medidas (porque es tiempo de ello).

Por tanto no es hora aún de juzgar a Podemos sino de darle una oportunidad y tiempo habrá para la crítica si algún día obtiene poder para legislar y, apartándose de sus compromisos, hace lo que todos han venido haciendo: seguir las instrucciones que llegan del poder económico mundial en perjuicio de la mayoría de la población. Por ahora es evidente que en los ayuntamientos donde gobiernan Podemos y sus asociados (Madrid, Barcelona, Cádiz) lo están haciendo, dentro de las limitadas posibilidades municipales, con más honradez y transparencia que quienes los precedieron, y con más cuidado por los intereses de los de abajo.

La obsesión independentista y su estrategia.

Mientras la desigualdad avanza, presenciamos la continua acrobacia de la izquierda independentista catalana, el continuo decir y desdecirse y la supeditación de la agenda social a la sagrada causa nacionalista. Dos detalles entre muchos:

1. Las CUP rechazaron a Artur Mas como Presidente de la Generalitat, pero han terminado aceptando a otro del mismo partido. De un partido, no lo olvidemos, que representa intereses capitalistas neoliberales, ha sido gestor de los recortes sociales y está sumido en la corrupción. Se dice que las CUP tienen dos almas, la izquierdista y la nacionalista, pero se ha podido apreciar que son almas incompatibles y que, llegado el conflicto, gana la pulsión nacionalista. Y es que, salvo donde se soporta una situación colonial, resulta difícil imaginar una izquierda nacionalista.

2. Las CUP reconocieron tras las elecciones que el independentismo no había ganado el plebiscito y que por tanto no se podía emprender una separación unilateral, pero en seguida pasaron a aceptar que una mayoría parlamentaria (resultado de una ley electoral injusta que convierte la minoría de votos en mayoría de representantes) es suficiente para seguir adelante con el proceso.

Todo ello tiene una explicación que se puede analizar así:

Los independentistas saben que, si no aprovechan la situación que han dejado los años de gobierno de Rajoy, es posible que no tengan otra tan favorable en mucho tiempo. El PP, con Rajoy al frente, ha conseguido que el independentismo catalán, que no llegaba al 30% de la población, haya subido a casi el 50%. O ahora o nunca, parecieron decirse los independentistas cuando promovieron las elecciones como un plebiscito, seguros de ganarlo. No lo consiguieron y saben que el proceso de desconexión no tiene futuro. Pero siguen adelante, aunque ralentizando los plazos. Y es que, aunque no esperan el advenimiento de la República Catalana en esta legislatura, pretenden conseguir estas dos cosas:

Mantener una posición de fuerza para conseguir un Estado Federal en negociaciones que están al caer y luego seguir trabajando para revitalizar el sentimiento independentista con vistas a un nuevo intento.

Provocar a las instituciones del Estado hasta forzarlas a cometer errores (intervención policial o militar, procesamiento de altos cargos catalanes, suspensión de la autonomía, asfixia económica, desaires simbólicos como el cometido torpemente por el rey al negarse a recibir a la presidenta del Parlament Carme Forcadell, etc.) para que el sentimiento victimista y reivindicativo aumente hasta superar el 50%. Y entonces volver a la carga, pero ya con resultados que hagan posible un respaldo internacional, hoy por hoy impensable.

El derecho a decidir

Entre quienes ven la situación con alguna lucidez son cada vez más los que comprenden que la propuesta de Podemos es la única que puede solucionar el problema catalán. Pero claro, a muchos les cuesta trabajo reconocer que Podemos tiene acierto en algo.

La histérica oposición de algunos dirigentes del PSOE a un Referendum en Cataluña puede explicarse por alguna de estas razones:

a) Temor al resultado. Correrían a pactar ese referendum si tuvieran garantizado que lo ganarán los no independentistas. Ahora bien, negarse por temor significa que se quiere mantener la unidad de España a la fuerza, apelando a conceptos retóricos y al respaldo de la ley actual. Y ello implica desconocer que si una mayoría de catalanes quiere separarse de España carece de sentido y beneficio mantenerlos dentro a la fuerza. Incluso si se acepta (es mi caso) que el derecho a decidir, como tantos otros, no tiene fundamento en principios democráticos (dado que no vivimos en democracia), sino en la fuerza con que se reivindica, negar ese derecho a los catalanes es producir más independentistas, es por tanto estar provocando la ruptura de España que tanto se dice aborrecer. Pues si los independentistas llegan, digamos, a un 55 o 60%, ninguna ley o fuerza podrá impedir que se separen.

b) La segunda razón para oponerse al referendum es competir en españolismo con el PP para colocar a Podemos en el bando de los que quieren acabar con la unidad de España, pensando que tal vez así se le arañen votos. Dirigentes del PSOE, con Susana Díaz a la cabeza, se han cansado de repetir, en un uso consciente de la mentira, que el PSOE no puede pactar con Podemos porque éste es partidario de romper España, sabiendo, como saben de sobra, que Podemos es partidario de la unidad de España. En la vieja política todo vale, incluida la mentira que busca activar los instintos de una población desinformada. Precisamente este es su recurso básico.

c) Una tercera razón puede ser atar de pies y manos a Pedro Sánchez para eliminarlo políticamente. En esta hipótesis el enemigo, Pedro Sánchez (¿enemigo de quiénes?), no estaría fuera, sino dentro del partido.

Detalles, todos ellos, de vieja política que dificultan una aproximación a la nueva.

jmchamorro@jmchamorro.info