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A PROPÓSITO DE EXPRESIONES

En algunas tertulias hay expertos a los que les ha dado por decir “se abre una ventana de oportunidad” cuando, para significar lo mismo, les resultarí­a más fácil decir “se abre una oportunidad”. Y acabo de oí­r que una desahuciada necesita una solución habitacional. Es decir, una vivienda.

¿A qué viene el entusiasmo con la palabra “emprendimiento”? ¿Se trata de insinuar que quien bordea la pobreza es culpable por no ser emprendedor?

Hay mucho afán por usar el verbo “empoderar”. Si uno busca su significado encuentra la siguiente definición en el Diccionario Panhispánico de Dudas: “conceder poder a un colectivo desfavorecido socio-económicamente para que, mediante su auto gestión, mejore sus condiciones de vida”.

También se entiende el empoderamiento como un proceso que propicia que las mujeres y otros grupos marginados incrementen sus posibilidades accediendo al uso y control de los recursos materiales y simbólicos, que ganen influencia y prestigio, y que participen en el cambio social.

En el capitalismo el control de los recursos materiales y simbólicos está vedado a la casi totalidad de los ciudadanos, sean mujeres u hombres, grupos marginados o instalados. El 90% de los hombres no están empoderados en cuanto a controlar recursos y medios simbólicos. En el sistema capitalista sólo lo están realmente los dueños del capital. Los demás, como mucho, pueden llegar a creer que lo están.

Se dice también que el empoderamiento es un proceso por el que las personas se conciencian de sus propios derechos, capacidades e intereses, y de cómo estos se relacionan con los intereses de otras personas, con el fin de participar desde una posición más sólida en la toma de decisiones, y estar en condiciones de influir en ellas.

Pero entonces estamos usando una nueva palabra para designar algo que ya tiene nombre: librarse de la falsa conciencia. ¿Y cómo se consigue esto? Sólo hay un camino, que es asimilar la explicación marxista de los procesos sociales (hoy por hoy, y con todos sus defectos, la única razonable y lúcida) y aplicarla a combatir al capitalismo.

O sea, que el verbo empoderar se usa para crear la ilusión de que se puede eliminar la marginación empoderando a la gente (que a saber qué es eso), pero sin salir del sistema social en que estamos. ¡Pero qué cosas!

Otro verbo de moda es “visibilizar”.

Tiene una secuela que dice que el uso del genérico masculino esconde la existencia misma de las mujeres y produce una visión del mundo que se asienta en lo más hondo de nosotros y que, pese a hacerse en muchos casos prácticamente imperceptible, es semilla de las discriminaciones que padecen las mujeres, así como los colectivos LGTBI.

Procuro evitar el masculino genérico siempre que puedo (sustituyendo “hombre” por “persona”, “alumnos” por “alumnado”, etc.), pero no veo la utilidad de sustituir “los padres de alumnos” por “los padres y las madres de los alumnos y de las alumnas”. Y más teniendo en cuenta que miembros del colectivo LGTBI se pueden sentir maltratados por un lenguaje inclusivo que se refiere sólo a hombres y mujeres, sin que queden “visibilizadas” las diferencias de tendencias sexuales.

No discuto el sentido que pueda tener el lenguaje inclusivo feminista en mítines y en textos legales o docentes para llamar la atención sobre la postergación femenina, pero resulta insoportable en la conversación cotidiana y en el estilo literario, sobre todo porque es a cambio de nada. No es grave ni atentatorio contra la mujer y sus derechos que se siga usando el masculino genérico, más bien puede tomarse como recordatorio “arqueológico” de cómo eran las cosas en los tiempos en que ese lenguaje se fraguó.

Cierto que se podría satisfacer el principio de economía eligiendo el femenino como término genérico, pero la lengua no se rige por decretos. Mosterí­n propuso un género intermedio entre el masculino y el femenino y no tuvo éxito.

Cuando alguna feminista utiliza el femenino para aludir a hombres y mujeres está haciendo un acto político respetable, pero lingüísticamente confuso. Sólo si el común de los hablantes aceptara el uso del femenino genérico se podrí­a considerar socialmente establecido, y entretanto es perfectamente razonable el uso del masculino. Ahora supongamos que acaba estableciéndose el femenino como genérico: serían entonces los hombres los que se podrí­an considerar invisibilizados. Con tan poco fundamento como ahora las mujeres.

Pues las mujeres no pasan a ser visibles sólo por que digamos “padres y madres de alumnos y alumnas”. Mientras estén en peores condiciones que los hombres de poco sirve que se las “visibilice” en una frase insoportable.

Imaginemos esa sociedad deseable en que las mujeres gozaran del total reconocimiento de sus méritos, estuvieran tan presentes como los hombres en los altos puestos de la administración del Estado y de la empresa privada, tuvieran suficiente representación en los altos niveles de la ciencia, la política y el arte, no sufrieran discriminación alguna por ser mujeres, compartieran con los hombres los trabajos domésticos y de cuidados, pudieran caminar de noche por un oscuro parque con no más peligro que un hombre, etc. Pues bien, todo ello sería compatible con el uso del masculino genérico. Por tanto, este uso no es un impedimento para la sociedad igualitaria. Los impedimentos están en otras partes.

¿Y qué decir de la palabra “género”? Unas feministas americanas conservadoras la propusieron con la intención de enfatizar la distinción social y cultural entre los sexos en oposición a la distinción biológica.

El fundamento parece propio de un quiero y no puedo teórico. Disponemos de palabras como sexo, hombre, mujer, masculino, femenino, varón, macho y hembra que se pueden usar en diferentes discursos, siendo el contexto el que aclara si nos referimos a propiedades biológicas o sociales. Ocurre lo mismo con otras muchas palabras, como piedra o caballo, y no se nos ocurre dejarlas para el contexto fí­sico o biológico e inventar otras para enfatizar el papel de la piedra en la arquitectura o el de los caballos en las apuestas.

El caso es que muchas feministas se lanzaron a usar la palabra y que la Organización Mundial de la Salud ha aceptado que “género” se refiere a los roles socialmente construidos, los comportamientos, actividades y atributos que una sociedad dada considera apropiados para los hombres y las mujeres.

Pero ¿cuáles son los roles, comportamientos, actividades y atributos que nuestra sociedad considera apropiados para los hombres y las mujeres? Hoy tenemos formas diferentes, y aun opuestas, de entender todo eso. El rol de futbolista lo ocupan también mujeres, y el de mando del ejército, y el de ministra. El rol de cuidador de hijos pequeños lo juegan cada día más hombres. La vieja unanimidad a favor de la cultura patriarcal, aún vigente en otras partes del mundo, se ha roto en nuestro entorno. Cierto que pese a ello quedan de esa cultura múltiples residuos significativos, y uno de los principales, que persiste con beneplácito de la mayoría de las mujeres, consiste en los roles, comportamientos, actividades y atributos que confluyen en los rancios conceptos machistas de “bello sexo” y “sexo fuerte”. Mujeres muy sensibles al uso del masculino genérico son bastante ciegas respecto a este residuo machista al que sucumben muy gustosamente. Poco cambian las cosas por decir “los padres y las madres de los alumnos y las alumnas” si las madres y las alumnas se dejan seducir por el “eterno femenino” decretado por la vieja cultura patriarcal.

Nunca he encontrado problema para escribir sobre el tema feminista sin usar la palabra “género” y creo que lo que escribo no da lugar a ambigüedades que se pudieran solucionar con el uso de esa palabra.

Al contrario, es ella la que introduce ambigüedad. Pues no sólo su fundamento teórico es pobre por olvidar el papel de los contextos en el significado, sino que lleva a malos usos. Cuando se dice “perspectiva de género” se está aludiendo tanto a la perspectiva masculina como a la femenina, pero quien usa esa expresión pretende estarse refiriendo a la perspectiva de las mujeres, y ni siquiera de todas, sino de las que luchan por la igualdad. Por ello se deberí­a decir “perspectiva feminista”. O, si se prefiere, reclamar unas ‘gafas moradas’ para mirar la realidad.

Ocurre algo parecido cuando se dice “violencia de género”, expresión que comprende tanto la violencia que hombres ejercen sobre mujeres como la que mujeres ejercen sobre hombres. Pero quien usa el desafortunado término no se refiere a esta segunda, ni tampoco, supongo, está queriendo decir que en el rol social de todos los hombres está ejercer violencia sobre las mujeres. Se refiere a la violencia que ejercen hombres machistas sobre mujeres y por ello la expresión pertinente es “violencia machista”.

 jmchamorro@jmchamorro.info

VIOLENCIAS SIN REMEDIO Y SUS CAUSAS

En los medios de comunicación se nos da cuenta del trágico goteo de asesinatos de mujeres; se nos dice que el maltrato de hijos a padres ha subido un 60% desde 2007 y que entre los detenidos por violencia en el fútbol hay personas de todas las clases, de diversas edades (desde menores de edad a personas que han pasado los cuarenta, con hijos), y tanto profesionales, como parados, ninis y hasta un guardia civil, eso sí, todos varones, muchos de ellos habituales de gimnasios. Sabemos también que la violencia en las escuelas (el acoso escolar que en ocasiones ha llevado al suicidio de la víctima) no disminuye, y es practicado tanto por chicos como por chicas. La violencia terrorista afecta a toda la población, porque se siente víctima potencial e indefensa. Y hay otras muchas clases de violencia, entre ellas la económica y la institucional (represión de la libertad ciudadana, tortura, leyes injustas, represión en las fronteras), que genera a su vez formas violentas de rebeldía política. O la internacional, en la que se encuadra la explotación de unos países por otros, la organización del genocidio por hambre y la venta de armas para provocar, mantener o resolver guerras locales.

Para solucionar un problema hay que conocer sus causas, pero en los medios de comunicación hay una tendencia muy general a tomar por causa lo que es un efecto. Si nos limitamos a la violencia ejercida por individuos, quienes conciben a la persona como dotada de un alma que elige libremente achacan la violencia a la voluntad de los violentos. Según eso, todo el que actúa violentamente pudo haber actuado de otra forma, e hizo lo que hizo porque quiso. Así por ejemplo, los dos terroristas que atentaron contra la revista satírica Charlie Hebdo eran dos fanáticos que quisieron atacar los principios que Occidente ha tratado de universalizar: democracia y libertad (en este caso la de expresión, que es la que se ha ejercido por el semanario satírico publicando caricaturas del profeta Mahoma). Está todo muy claro y no hay que buscar tres pies al gato.

Evitamos caer en esa simplificación si adoptamos una concepción científica, y entonces las cosas se nos presentan de otra forma: toda conducta “libre” viene determinada por un estado cerebral del actor, de manera que respecto a cada acción, siendo ese estado mental el que era, el sujeto no pudo hacer otra cosa que la que hizo.

Hemos entonces de preguntarnos de qué depende que, en unas circunstancias dadas, se active en el sujeto un estado mental y no otro. Y depende, evidentemente, de su historia de aprendizajes, que es la que ha ido fabricando la estructura mental de ese sujeto desde su nacimiento. La agresividad natural con que nace todo niño está a la espera de que su historial de experiencias la vaya convirtiendo en mera firmeza para defender los propios derechos o, en los casos desafortunados, en violencia agresiva.

Pero ese historial de aprendizajes no depende de la voluntad del niño, sino de lo que éste va viviendo en la familia, en la escuela y en el espacio social que le vienen impuestos, y todo ello depende a su vez, en último término, del tipo de sociedad en que vive. Esto quiere decir, ante todo, del modo de producción y distribución de la riqueza y del sistema de valores y formas de vida que ese modo impone.

Visto así el asunto no hay que dar muchos pasos para concluir que la violencia no tiene solución en una sociedad como la nuestra (y esto es algo que habitualmente se quiere ignorar).

Remedios inútiles

De poco vale vigilar al violento y hacerle difícil su conducta agresiva. Si se le impide la entrada a los campos de fútbol se evitará la violencia allí dentro, pero no fuera. Si se vigila al machista y se protege policialmente a la mujer, antes o después el violento eludirá la vigilancia y hará su voluntad. Mal remedio tiene la situación cuando los hijos maltratan a sus padres o los padres a sus hijos. ¿La educación? Los buenos consejos no tienen éxito. Respecto al terrorismo islamista no es suficiente apelar a medidas policíacas porque toda vigilancia es poca, y podemos llegar a ser tratados como si todos fuéramos sospechosos. La islamofobia sólo lleva a fabricar nuevos terroristas. ¿Y cómo evitar la violencia ejercida por los Estados cuando se supone que la ejercen para defender a sus ciudadanos?

Yendo a las causas

Para dar con el remedio más vale que nos planteemos por qué ocurre todo esto, y entonces hemos de tener en cuenta:

a) Un espacio público diseñado por la economía de mercado, en el que es inevitable que una minoría se enriquezca obscenamente a costa del resto, que su poder económico controle el funcionamiento político, que se llegue a grandes niveles de corrupción, a veces conocida, en mayor cantidad secreta, y que queden excluidos del banquete amplios grupos de la población. En tal espacio tienen poca incidencia valores como los de racionalidad, justicia, cooperación y empatía. Si además la sociedad pretende presentarse como democrática y respetuosa de los derechos humanos, está obligada a la mentira sistemática (vean si no el caso de nuestros gobernantes, de cuya boca nunca sale una verdad). Hablando del atentado contra Charlie Hebdo el primer ministro Vals ha reconocido que existe en Francia un apartheid social, territorial y étnico, y que a esta miseria se suman las discriminaciones diarias y el sentimiento de que hay ciudadanos de segunda. En los barrios de las afueras de las grandes urbes francesas la pobreza es tres veces más elevada que en el resto del país y el paro es doble, en particular entre los jóvenes, y en las denominadas Zonas Urbanas Sensibles, con 4,7 millones de habitantes, la mitad de los menores de 18 años vive bajo el umbral de la pobreza y la tasa de analfabetismo en personas de entre 18 y 29 años alcanza el 12%. ¡En Francia! En todos los países occidentales muchos niños y jóvenes están en la marginación y la pobreza mientras a su alrededor se festeja la riqueza. Para sobrevivir han de aprender a ser violentos. En La violencia y sus causas, recopilación de trabajos de científicos sociales publicada en 1981 por la Editorial de la Unesco, se reconoce la obviedad de que la paz precaria (la que consiste en mera ausencia de conflicto armado) no puede ser duradera y conduce inevitablemente a la violencia si está basada en la injusticia y la violación de los derechos humanos.

b) Una publicidad asfixiante que no se limita a la inducción al consumo, sino que actúa como antiescuela promotora de valores (exaltación del ego individualista, éxito social, riqueza y consumo por una parte, amor romántico y sexo por otra), todos ellos relacionados entre sí y con dos modelos básicos, el de macho, caracterizado por la violencia triunfante, y el de hembra, caracterizado por la deseabilidad de objeto erótico. Esta ideología es reforzada por canciones, películas, programas televisivos y juegos de ordenador. A su vez, el mito del amor enlaza con el machismo cultural que concibe al hombre como dueño de la mujer y a esta como premio o conquista, cuya infidelidad es inaceptable.

c) Un nivel alto de frustración, consecuencia de la distancia a que casi todos quedan de la satisfacción de los deseos predominantes (por ejemplo, por estar lejos de alcanzar la riqueza o porque el mito del amor incumple la promesa de felicidad que ofrece). Tal frustración es fácilmente convertible en resentimiento agresivo.

d) Un ambiente familiar que, en general, favorece y reproduce los valores dominantes, y en el que muchos niños son testigos y víctimas de violencia.

e) Una educación pública que no está concebida para la formación de ciudadanos ilustrados, benévolos y cooperativos, sino para una fallida transmisión de conocimientos, y que por ello no puede contrarrestar el efecto de las potentes antiescuelas que se le oponen. Ni siquiera puede evitar la violencia en su propio ámbito.

f) Un orden internacional resultado de la conducta depredadora de las potencias occidentales, tanto en la época del colonialismo explícito como en la presente de un colonialismo camuflado. Las intervenciones occidentales en Argelia, Siria, Irak, Libia, Túnez, Egipto, Yemen o Afganistán, el mantenimiento de dictaduras en Estados artificiales a cambio de petroleo o la incondicional defensa que Estados Unidos hace de Israel haga lo que haga contra la población palestina, de ordinario represalias que se pueden caracterizar como genocidios, otorgan a países de religión islámica el papel de colonizados y el de colonizadores a países de religión cristiana. Estas acciones agresivas y explotadoras se han llevado a cabo de ordinario en defensa de los intereses económicos y geoestratégicos de la oligarquía de Estados Unidos, pero con una Unión Europea que se pliega y colabora porque las oligarquías europeas tienen también como salvaguardia el poder militar americano. Y esos intereses, que son en su parte básica los de una minoría occidental, generan injusta pobreza en muchas zonas del mundo y, como consecuencia, guerras y terrorismo.

Estos son los ambientes en que se van modelando las mentes, y por ello los criminales violentos son personas a las que podemos considerar víctimas sociales de su papel de verdugos. Esto se ve muy claro en el caso de violencia machista. Si la mujer decide separarse (sea huyendo del maltrato, sea porque quiere vivir con otro), se activan en algunos hombres elementos semánticos que se propagan a diario. La ideología machista y un concepto fantasioso del hombre sobre sí mismo (“a mí no se me hace esto”) dan a los celos la dirección conocida: el hombre mata a la mujer y va a la cárcel, pero con la satisfacción de saber que ella “no va a ser de otro”, o mata a la mujer y luego se suicida. Esta última forma de remedio, que no suele ponderarse, da sin duda idea de que no estamos ante un problema de malvados, sino de mentes mal configuradas, algo que se aprecia aún mejor cuando un hombre asesina a sus hijos sólo para infligir un daño a la mujer que lo ha abandonado.

En cuanto al terrorismo yihadista, si las fechorías occidentales han fabricado odio contra nosotros y deseos de venganza (no hay más que ver las manifestaciones que el caso Charlie Hebdo ha provocado en países musulmanes), no debe extrañarnos que ese odio acabe haciéndonos daño.

De manera que, si no usamos el recurso de poner la causa del mal en la voluntad de los actores, sino en los escenarios sociales que los fabricaron como son, el remedio sería, claro está, eliminar esos mecanismos causales.

En este tipo de sociedad no hay remedio

Pero los elementos que promueven la violencia no pueden ser removidos en nuestro medio social. Porque veamos:

1.- La lógica de la economía de mercado aumenta necesariamente las desigualdades, con las consecuencias antes señaladas. ¿Puede esto cambiar sin que pasemos a otro modo de distribución de la riqueza? El primer ministro francés ha concluido su dictamen sobre la situación del país diciendo que hay que repensar la “ciudadanía”, pero esto es una frase vacía motivada por el atentado terrorista. Algo hay que decir. Es como cuando decían que hay que refundar el capitalismo. Ni la derecha ni la socialdemocracia han hecho algo efectivo, durante décadas, para erradicar la exclusión social. Y es que, sencillamente, en este sistema social el remedio (reparto equitativo de la riqueza y buena educación) es imposible. Se proponen medidas evasivas y todo sigue igual o empeora.

2.- Por otra parte la publicidad omnipresente se ha convertido en uno de los pilares de este sistema económico, al que es indispensable un alto e irracional nivel de consumo. De la publicidad depende que la población demande la producción compulsiva de mercancías prescindibles y de las que han de sustituir a las diseñadas con eso que se llama “obsolescencia programada”. De manera que es impensable que la publicidad se prohiba (como ocurriría en una población racionalmente organizada). Si a esto añadimos el mito de la libertad de expresión, no hay forma de acabar con el tipo de mensajes publicitarios que mejor conviene a las empresas anunciantes, ni con el tipo de programas televisivos a los que se llama basura, pero que ahí siguen con gran audiencia, ni con el tipo de juegos de ordenador más vendidos. En todos estos casos el producto tiene éxito porque se acomoda a los valores dominantes, que por este camino quedan reforzados.

3.- Para demasiados jóvenes la escuela no pasa de ser una antesala preparatoria de la inserción en la esclavitud laboral, cada vez más insegura. Y es que una sociedad elitista no puede aspirar a un buen sistema educativo por tres razones: una buena educación no puede ser promovida por un Estado elitista, porque sería su suicidio; además, contra lo que algunos conservadores dicen, sería costosísima y exigiría transferir a ella gran parte de la riqueza que está en manos privadas y que sus dueños no van a soltar; en consecuencia, la escuela no puede competir con las potentes antiescuelas que van a seguir ahí, inamovibles, por su contribución funcional al sistema. Por ello la mala educación no tiene arreglo (en España, pero tampoco en Estados Unidos, Finlandia o Alemania). Basta ver hasta qué punto el comportamiento de la mayoría de la población, en los países que se creen dotados de un buen sistema educativo, está caracterizado por tres cualidades básicas (también altamente funcionales al sistema): ignorancia, egoísmo y miedo.

4.- Instalados en esta deprimente realidad no hay forma de que disminuya el resentimiento y la violencia. En cuanto al ámbito internacional, lo hecho hasta ahora por los países occidentales de poblaciones mayoritariamente cristianas, hecho está, y siendo mucho el odio que hemos generado (y que es heredable), el problema del terrorismo contra Occidente no se puede resolver a corto plazo. Pero sería necesario cambiar de actitud con vistas al mañana (aparte de razones morales). Daríamos pasos adelante si comenzáramos por pedir perdón por nuestra conducta pasada, nos propusiéramos una enmienda sincera, que consistiría en establecer unos modos de relación internacional basados en la cooperación honesta, e indemnizáramos a los países explotados, facilitando que achicaran sus diferencias con los más ricos.

Pero no está previsto que hagamos algo de esto y ni siquiera se acepta que se hable de ello. Nos conmueve la muerte de 20 europeos, pero nos deja fríos la de miles de lejanos musulmanes inmolados a nuestros intereses. Y aunque cada cual puede exculparse pensando que no ha hecho ningún mal a nadie, hacemos el mal por omisión, al aceptar el que hacen nuestros gobernantes y al lucrarnos luego con las migajas del festín de quienes deciden y controlan esa política agresiva. Somos culpables, me incluyo, cuando hemos votado a partidos que no llevaban en su programa la condena del papel de Occidente en el mundo y la propuesta de un cambio de actitud. Los planes de Occidente diseñados por Estados Unidos seguirán teniendo en cuenta sólo factores económicos y geoestratégicos con la pretensión final de no perder puestos en el club selecto de explotadores. Se seguirán respaldando las venganzas de Israel sobre la población palestina y, en nuestro ejercicio impúdico de la mentira, seguiremos entretanto hablando de salvaguardar aquello que nos hace “mejores”: los valores de la democracia, las Instituciones del Estado de Derecho y el respeto a los derechos humanos. Así que el problema del terrorismo ahí seguirá y no haremos otra cosa que aumentar policías, controles y miedos.

Algo más sobre el atentado terrorista en París

Entre los muchos que han opinado sobre ese atentado, algunos han buscado la causa y la han encontrado en que los países de religión islámica no han pasado por nuestra Ilustración, que confinó la religión a la esfera privada. En consecuencia, la religión es allí más determinante y con efectos más peligrosos. Dicen otros que, fracasados en nuestros países el comunismo y el catolicismo, ha quedado el campo libre para predicadores de un dios beligerante (y de ahí que algunos de los nuestros se enrolen en el yihadismo).

En todo caso, y buscando concausas, se discute si es aceptable que una revista satírica hiera los sentimientos de millones de personas humillando o insultando a una religión, un dios o un profeta. En general predomina la defensa de la libertad de expresión y la repulsa al intento de los yihadistas de imponernos su atrasada concepción de mundo. Son mayoría los que han hecho suya la expresión Yo soy Charlie.

A mí se me ocurren estas reflexiones:

1.- Debería repugnarnos oír a cada paso la encendida defensa de la libertad de expresión por aquellos que no toleran una crítica (véase la ira de miembros del PP por un sketch de Facu Díaz sobre ese partido), pero sobre todo porque afirmar que en nuestro distinguido Occidente disfrutamos de libertad de expresión es una mentira tanto más odiosa cuando más se reitera con trémolos solemnes. Libertad de expresión quiere decir que nadie pueda ser castigado por expresar sus opiniones o creencias, pero además que los medios de comunicación estén bajo control social (no bajo control de los gobiernos ni bajo control de sus propietarios, que es como están casi todos los medios en nuestros países). Así que dejémonos de cuentos.

2.- Dicho esto, es tema a discutir si toda opinión, creencia o juicio de valor debe disfrutar del amparo de la ley o si la libertad de expresión puede y debe tener límites legales. Entre nosotros no está permitido hacer apologías de la violencia, el terrorismo o el nazismo, ni injuriar o calumniar. Tampoco se acepta que las televisiones tengan en ciertos horarios contenidos que puedan afectar al desarrollo físico, mental o moral de los menores. De manera que la libertad no es total y admite límites.

3.- ¿Sería adecuado que la ley impidiera expresamente toda crítica o expresión que pueda ofender a las religiones? Creo que no, porque si está permitido ofender a gobiernos e ideologías políticas, preservar a las religiones equivaldría a concederles una posición de sacralidad. Tampoco parece correcto prohibir expresiones que ofendan las íntimas convicciones de alguien. Es preferible que el que tiene convicciones íntimas se acostumbre a que otros las consideren dignas de crítica.

4.- ¿También dignas de burla? En otra ocasión, y en este blog, he hecho una dura crítica del papel de las religiones monoteístas y bien que me gustaría que desaparecieran del mundo. Pero no se me ocurriría ridiculizar o humillar a católicos, judíos o musulmanes con chistes o sátiras so pretexto de estar defendiendo a la Razón, atacando a la barbarie y ejercitando un sagrado derecho. Esto es una cuestión de gusto personal, pero muestra que hay razones diversas por las que puede uno negarse a proclamar “yo soy Charlie”. Para que progresen los que nos parecen atrasados de poco valen las burlas. Si algo puede valer, será apelar a la razón con argumentos pero, sobre todo, cambiar sus condiciones de vida.

5.- En cualquier caso, quien se expresa públicamente debe imponerse un autocontrol teniendo en cuenta las consecuencias, y es responsable de las previsibles (los caricaturistas y el semanario satírico no son responsables del atentado, pero sí de la ira provocada). Si a alguien se le ocurre un chiste que convierte en objeto de burla a una víctima del terrorismo, o a una mujer violada, el comportamiento correcto es abstenerse de publicarlo. El semanario francés ha publicado caricaturas no sólo de Mahoma, también del papa, pero no es asunto comparable. La cultura musulmana prohíbe las representaciones de Mahoma, nuestra cultura no tiene una prohibición equivalente. De manera que con las caricaturas de Mahoma se hace a los musulmanes un doble agravio, por la mera caricatura y además por la burla. ¿Por qué no funcionó aquí el autocontrol de los dibujantes o del semanario, sabiendo además que en muchas poblaciones musulmanas hay susceptibilidad y gran resentimiento contra nosotros? Ignoro las causas, pero creo que en el fondo hay desprecio a una cultura que consideramos inferior. ¿Se atrevería algún medio de comunicación andaluz a publicar chistes pornográficos sobre la Macarena o la Virgen del Rocío? Seguro que no y que, si lo hiciera, ni el medio ni el chistoso tendrían sitio seguro en que esconderse de la ira de innumerables devotos. No musulmanes, sino católicos.

6.- Decir que los terroristas son asesinos y no héroes sirve de poco, porque son héroes para muchos testigos. La alcaldesa de París ha reconocido que jóvenes de algunos barrios ven como héroes a los asesinos y que es preocupante que algunos liceos se hayan negado a guardar un minuto de silencio por las víctimas del atentado. Sólo queda que nos preguntemos por qué actúan así unos muchachos nacidos en Francia y educados en las escuelas francesas.

7.- Culpar a la religión choca con el hecho de que muchos practicantes del Islám no son violentos. Practicando la misma religión se da el caso de que padres de terroristas islamistas están en completo desacuerdo con lo hecho por sus hijos. Si acusamos no ya a la religión, sino al integrismo religioso, encontramos que los fanáticos cristianos son menos propensos que los musulmanes a cometer atentados sangrientos, mientras que en el pasado eran todos parecidos. En Occidente hay cristianos que odian a judíos y a musulmanes, pero con menos fuerza (hay menos motivos) y no de manera tan incondicional: a la hora de la verdad el cristiano no está por correr riesgos y el musulmán es capaz de inmolarse. Ello quiere decir que hay más coherencia en el musulmán a la hora de vivir su religión y que en el cristiano el fervor combativo propio de las religiones monoteístas, tan peligroso, se ha enfriado. ¿Se debe ello a que por nosotros ha pasado la Ilustración y por ellos no, o más bien a diferencias de desarrollo económico?

8.- La Ilustración se caracteriza, ante todo, por la confianza en la razón y en el progreso que de ella se sigue. Una consecuencia es la idea optimista de que, teniendo todos los humanos la misma razón, podemos llegar a conclusiones semejantes (esto es, a valores universales); es otra el repudio a vivir obedeciendo tradiciones irracionales (y de ahí el ataque a los dogmas religiosos y a los deberes que esos dogmas establecen, frente a los que se alza la secularización del Estado y el concepto de derechos del hombre y del ciudadano). Los ilustrados del XVIII defendieron mediante el argumento racional la igualdad, la fraternidad, la tolerancia y la libertad basada en la autonomía personal. ¿Está todo esto vigente entre nosostros, los occidentales actuales?

9.- Recordemos, por ejemplo, que para el papa anterior la Ilustración es el origen de todos los males modernos, algo comprensible dado el ataque de los ilustrados a la superstición religiosa y al dominio de las iglesias sobre la conciencia de sus fieles. Los terroristas del atentado de París eran franceses inmigrantes de segunda generación, nacidos y educados en Francia, se supone que en los valores republicanos e ilustrados. Quien apela a la Ilustración parece ignorar que una gran parte de la población occidental ni sabe qué es, ni vive sus valores, y que en los espacios públicos en que suponemos que predominan esos valores hay contradicciones profundas. Nada hay tan contrario a la Ilustración como los fanatismos, sean religiosos o políticos, y de ellos no estamos libres los occidentales. El fanatismo católico se hace presente en nuestro país cada vez que una ley no se acomoda a la moral que dictan los obispos, mientras el fanatismo político de la extrema derecha, por lo general islamófobo, está teniendo éxitos electorales en países como Austria, Francia, Grecia, Noruega, Dinamarca, Suecia, Países Bajos o Suiza. Nuestra realidad es que, aunque oficialmente vivamos en Estados de Derecho comprometidos a respetar los derechos humanos, y en los que los súbditos creen haberse convertido en ciudadanos, esto no pasa de ficción mediocremente representada. La libertad basada en la autonomía y emancipación del pensamiento ¿cuántos occidentales la disfrutan? ¿Y acaso somos en Occidente libres de los poderes económicos que nos dominan desde las sombras? Los valores de igualdad y fraternidad ¿por dónde andan entre nosotros que no se los ve?

10.- Más bien las diferencias entre los fundamentalistas católicos y los musulmanes se deben a que, a partir de un nivel de desarrollo económico, al que nosotros hemos llegado y los países musulmanes no, disminuye el grado de influencia de la religión, es imposible oponerse a la emancipación de las mujeres y, aunque sea con engaños, hay que ceder a las exigencias de democratización. Nosotros hemos llegado y ellos no, pero porque hemos utilizado la fuerza contra ellos de muchas formas y hemos crecido económicamente en parte a su costa.

O sea

Maravilla ver que desfilan por los medios de comunicación expertos e intelectuales para analizar y diagnosticar problemas, hoy uno, mañana otro, pero como si fueran aislables, independientes unos de otros y todos ellos del sistema social. Con tal enfoque las soluciones que se proponen son ilusorias.

Pienso que un testigo sabio e imparcial quedaría perplejo al ver que la causa básica de casi todos los males sociales nunca se menciona. En los debates radiofónicos y televisivos y en las muchas páginas de prensa referidas a la violencia no se utiliza la palabra “capitalismo”, menos aún para afirmar algo tan elemental como esto: “en el capitalismo abandonad toda esperanza”. No cabe hacer tortillas sin romper huevos. Quien acepta este tipo de sociedad y la defiende, quien ataca a sus críticos diciendo que son antisistema y populistas, debería saber que está defendiendo no sólo una manera injusta y demencial de organizar el trabajo y la producción y de repartir la riqueza social, sino también sus consecuencias en la configuración de las mentes de la población.

Lo hasta aquí dicho no es una justificación de nada, pretende más bien aludir a causas. Desafortunadamente si alguien habla de causas se le intenta destruir acusándole en seguida de justificar el crimen. Tampoco estoy en disposición, dado lo que pienso, de condenar los actos violentos. Son muchos los que los condenan al tiempo que defienden su causa última. Me limito a lamentarlos y me parece preferible que la conclusión sea: si no quieres esto, lucha para salir del sistema social que padecemos.

jmchamorro@jmchamorro.info