Archivo de la etiqueta: comunismo

COMENTARIOS SOBRE LAS ELECCIONES MADRILEÑAS

No sé si la señora Ayuso tenía razones para temer una moción de censura con apoyo de Ciudadanos o más bien ganas de aprovechar la ocasión para dar un golpe de mano y acrecentar su poder. El caso es que todo parecía resuelto hasta que ocurrió lo imprevisible: Pablo Iglesias abandonó el cargo de vicepresidente del Gobierno e incluso su puesto de diputado para presentarse como candidato de UP con ninguna posibilidad de ganar las elecciones autonómicas. Desde entonces ha cambiado la situación y las expectativas.

Pablo Iglesias

Parece clara su motivación política: evitar que UP desaparezca del parlamento de la Comunidad de Madrid por no llegar al 5% de votos. No sé cuál habrá sido su motivación psicológica ni creo que importe cuando no se trata de hacer una novela, sino análisis político.

Hay que reconocer que dejar cargos tan importantes y anunciar que dejará también el liderazgo de Podemos es una decisión a la que no estamos acostumbrados, y que viene a demostrar que no todos los políticos son iguales.

He criticado a Iglesias en este blog y mantengo esas críticas. Creo que se vio líder político cuando estaba inmaduro como persona, calculó mal sus fuerzas, diseñó mal sus intervenciones, se hizo agresivo sin beneficios y lo quiso compensar poniéndose a destiempo la piel de cordero. Compró un chalet contradiciendo declaraciones previas y sin prever la pérdida de credibilidad que afectaría a su partido. Titubea muchas veces después de haber dado en el clavo, como cuando dijo que esto no es una democracia porque no manda el pueblo sino el capital, pero más tarde dijo que esta democracia no es plena porque hay presos políticos (lo que implica que si no los hubiera sí sería una democracia plena). Hace acusaciones valiosas contra los medios de comunicación controlados por el capital, pero no las mantiene cuando le llevan a uno de ellos. Desde un electoralismo sin disimulos ha llegado a decir que es una pena que Iván Redondo no trabaje para Podemos.

Sin embargo creo que tiene un fuerte componente de honradez moral que le hace tomarse en serio la política a favor de la gente y que, por falta de cinismo, presenta hoy un cuerpo que ha sufrido más de la cuenta en los últimos años.

Mónica García

Es anestesista y hay que alabarle que haga compatible con su actividad política seguir trabajando media jornada en el Hospital 12 de Octubre. Es activista en la marea blanca y ha adquirido relevancia en el parlamento madrileño por su conocimiento de la situación sanitaria, puesta al servicio de la más dura oposición a la gestión de la pandemia.

Cuando Pablo Iglesias sugirió una candidatura unitaria de izquierdas dejando claro que él iría en el puesto que decidieran los afiliados, Mónica García se mostró en principio dispuesta a estudiar la propuesta.

Parece sin embargo que hubo una reunión entre Mónica García y Errejón tras la cual la candidata por Más Madrid tuvo una muy desafortunada intervención contra Pablo Iglesias, hablando de testosterona, macho alfa y otras cuestiones sólo explicables si se piensa en una ira sorda causada en los de Más Madrid por el desembarco de Iglesias en la campaña. Es como si dieran por bueno que pierda la izquierda a cambio de que UP fracase o, al menos, que no los sobrepase.

Más tarde Mónica García volvió a la cordura y se opuso a la candidatura unitaria argumentando, ya sin agresividad fuera de lugar, que una vez que con Iglesias queda garantizado el 5% para UP, yendo los tres partidos por separado pueden atraer a más votantes.

Quiere esto decir que el electoralismo convierte a los partidos de izquierda no en colaboradores, sino en enemigos que cifran su éxito en el fracaso ajeno, pues salen a luchar por un puñado de votos que si van a un lado no van al otro. Y de que vayan a un lado u otro depende el poder político que se consiga, los cargos a repartir, etc. Lo mismo que ocurre en los demás partidos.

Ángel Gabilondo

Cuando comentaristas y tertulianos critican a Gabilondo se creen obligados a reconocer que, no obstante, es un intelectual de pensamiento profundo. ¿Ha dado alguna prueba de ello? No, salvo que es catedrático de metafísica. Hay ignorancia, al parecer, acerca de qué significa ser catedrático de metafísica.

Hasta ahora el señor Gabilondo sólo ha dado pruebas de pensamiento acomodaticio, y no puede enojarse si su comportamiento como jefe de la oposición en el parlamento madrileño sugiere la sospecha de que ha estado mudo para no molestar al PP y garantizarse así la conformidad a su candidatura como Defensor del Pueblo.

Cuando se ha decidido a hablar nos obliga a pensar que estaba mejor callado, pues este hombre es indigesto cuando calla, pero también cuando habla.

¿Cómo podemos explicarnos que esté dispuesto a pactar con Ciudadanos, pero no con Pablo Iglesias? Parece no haberse dado cuenta que si él sale de estas elecciones presidente de la Comunidad será gracias a la irrupción de Pablo Iglesias en la campaña. Tampoco ha tenido en cuenta que tal vez Más Madrid no esté dispuesto a compartir su veto (aunque tal vez sí, cualquiera sabe, por ahora no lo ha condenado). Ni tampoco que si Ciudadanos consiguiera pasar del 5% de los votos su tendencia le llevaría a los brazos de la extrema derecha de Ayuso antes que a los de la derecha moderada del PSOE.

¿Y cómo explicar que se haya apresurado a afirmar que no piensa subir impuestos? ¿Tampoco a los muy ricos, aun en perjuicio de los servicios públicos madrileños? ¿Tampoco a quienes utilizan la comunidad de Madrid como una especie de paraíso fiscal en perjuicio de otras comunidades?

Lo más sospechoso del señor Gabilondo es su afán por presentarse como moderado que huye de toda confrontación, de todo extremismo, que huye de la polarización. ¿Qué significa eso?

Polarización, extremismos

Polarización” es el término con que se sustituye “lucha de clases”. Si hay una minoría explotadora y una mayoría explotada, es inevitable la lucha de clases, sea explícita o latente, tengan conciencia de ella o no los enfrentados. Acusan de polarización a quien se sitúa con lucidez frente a ese hecho.

El pensamiento correcto consiste en ver nuestro mundo como el mejor de los posibles y a cualquier alternativa como una forma de totalitarismo. Se admite que en este mundo los distintos grupos tienen intereses a veces contrapuestos, pero esos conflictos deben resolverse mediante la única opción civilizada, la discusión racional hasta llegar a acuerdos. Y todo ello considerando al otro como un adversario, nunca como un enemigo.

Es decir, el explotado debe considerar al explotador un adversario cuyo interés (seguir explotando) es tan legítimo como el suyo (librarse de la explotación). Y esta disparidad de intereses debe resolverse mediante la discusión racional y el pacto. Seguro que los explotadores, si oyen un buen argumento, están dispuestos a pactar con los explotados una distribución razonable de la riqueza social. Seguro.

Frente a esta fantasía la realidad es que el poder económico lanza a la lucha a sus mesnadas mediáticas y políticas para que fabriquen opinión y promulguen leyes a favor de sus privilegios. Si alguien se pone enfrente y lo denuncia …, ah, ya hemos topado con la polarización, la crispación y el extremismo.

Señor Gabilondo, ¿en qué mundo vive usted? Evidentemente en el del conservadurismo menos racional, compatible, como bien se ve, con la metafísica.

Dogmatismos

Es un tic conservador alertar contra el dogmatismo, contra quienes pretenden ostentar la verdad absoluta. Hay filósofos y filósofas que elogian la perplejidad y la duda, o afirman que la función de la filosofía no es ofrecer respuestas, sino hacerse preguntas. Y lo dicen al tiempo que hablan sin perplejidad ni duda y que ofrecen respuestas contundentes (¡y qué respuestas!) cuando les interesa. Eso sí, tachan de dogmáticas las respuestas de quienes tienen ideas claras acerca de la explotación y su remedio.

Ángel Gabilondo ha criticado la arrogancia y nos ha hablado de amor sólo para denostar al arrogante Pablo Iglesias y para eximirse de condenar al capitalismo. El capitalismo produce maltratos y violencias universales, pero los hay que creen que se puede hablar de moral, bien común y amor universal sin entrar a condenarlo. Nos dirán, claro, que quienes lo condenamos estamos simplificando un tema muy complejo. Y lo antes dicho: cayendo en el extremismo, la polarización y el dogmatismo.

Valga recordar que el dogmatismo no consiste en tener creencias firmes, sino en mantenerlas al margen del razonamiento. Que es lo que hacen a la postre los conservadores que condenan el dogmatismo.

Una izquierda sin méritos

Se dice que en estas elecciones las personas de izquierda irán a votar más en contra de algo que a favor de algo. La gente decente, sensata y con suficiente conocimiento no puede tener mucho interés en hacer presidente de la comunidad a Gabilondo. Es por ello muy probable que muchos voten contra la extrema derecha, no a favor de una izquierda que lleva tiempo ausente.

A falta de méritos acumulados, ahora se disparan las prisas por acudir a los barrios y a los pueblos del Sur en busca de votos.

Hace años escribía Alberto Garzón que la respuesta necesaria de la izquierda ante los retos actuales debe consistir en la construcción de tejido social antifascista/socialista (la creación de ateneos, cooperativas, clubes, bares, bibliotecas, asociaciones de vecinos, etc.), que es donde residió la fuerza del movimiento obrero del siglo XIX y la vacuna contra el fascismo.

¿Por qué no viene haciendo todo esto Izquierda Unida?

¿Por qué Podemos no viene haciendo otra cosa que dejar languidecer los círculos que inicialmente constituían el cuerpo del movimiento?

Si ahora la extrema derecha puede decir “comunismo o libertad” es porque durante 40 años el régimen franquista adoctrinó a la población en el anticomunismo y porque llevamos otros 40 años en que un capitalismo que esclaviza a la mayoría de la población se asocia a la palabra libertad y se apodera de ella.

¿Qué ha venido haciendo contra esto la izquierda anticapitalista?

Los comunistas se avergonzaron de serlo o se asustaron de presentarse como tales por si les restaba votos y por eso crearon Izquierda Unida para ocultar su nombre. Además han sido incapaces de explicar qué es la libertad y por qué en el capitalismo sólo existe la libertad del depredador.

Esto es lo que facilita que la acusación de comunismo sea un arma en manos de la ultraderecha madrileña, pese a que no tienen enfrente a nadie que proponga políticas comunistas (aquí son imposibles) sino tibiamente socialdemócratas. Y también explica que se haga depositaria y defensora de la libertad sin el menor rubor.

La mala opción del electoralismo

No hay que cansarse de repetir que se llega rápidamente a la inoperancia cuando los partidos de izquierda se apartan de su actividad básica (promover la conciencia de clase entre los explotados) y dedican su esfuerzo al electoralismo bajo la idea falsa de que consiguiendo el poder político se puede transformar la sociedad, y ello al margen del apoyo social que se tenga más allá de los votos.

Este camino que ha resultado suicida fue iniciado por el eurocomunismo cuando aceptó que nuestras plutocracias son democracias y abandonó su papel a cambio de casi nada, porque es casi nada (ya lo ha descubierto Iglesias) lo que se puede hacer desde el poder político frente al poder económico.

Es la entrega al electoralismo lo que ha acabado desnaturalizando a Podemos. Cierto que puede alegar que el apoyo popular, aunque declinante, le ha servido para entrar en un gobierno de coalición progresista. Pero al precio de descuidar el espacio en que debiera haberse desenvuelto, y con pobres resultados. Sólo ha conseguido lo que el poder económico permite: repartir algunas migajas del banquete que se siguen dando otros. Y para ello ha tenido que mantener un continuo forcejeo con el PSOE que obliga a UP a desnaturalizarse un poco más a cada envite.

Entre la revolución violenta y el electoralismo hay un camino intermedio que los partidos eurocomunistas no percibieron y que es caricaturizado por intelectuales que lo califican de postura moral improductiva. El que no se mancha las manos, dicen, se queda morando en un mundo de puros principios sin incidencia en el mundo social.

Esta falta de imaginación impide ver todo lo que se puede hacer desde fuera de las instituciones para ir consolidando el apoyo de una parte suficiente de la población en circunstancias en que serán necesarios los sacrificios.

Sin este apoyo es ilusorio pensar que puede ser fructífero el enfrentamiento al poder económico.

No quiere esto decir que sea desdeñable la actividad electoral e institucional, sino que debe ser subordinada y secundaria, lo que implica no buscar votos a cualquier precio, sino aprovechar el escenario electoral para que los mensajes aclaradores lleguen a más gente, sin miedo a perder votos por decir verdades, sin permitirse el silencio para no perder votos. Es decir, algo muy distante de lo que vemos.

Pienso por todo ello que la muy encomiable actitud de Iglesias sólo será fructífera si es un primer paso para una enmienda a la historia previa de Podemos: establecer una dirección colegiada de personas que no estén en primera línea de ejecución y de portavocía. Que un líder carismático haga y deshaga a su albedrío, sólo porque tiene la cualidad de ser buen argumentador en los debates electorales y en el parlamento, tiene sentido en la derecha, pero no en una izquierda que se involucre en la verdadera batalla, hasta ahora ganada por la derecha porque la izquierda se retiró y no comparece: la batalla ideológica.

A quién votar desde la izquierda

Como no pertenezco a la comunidad de Madrid no tengo el problema de decidir si voto o no, y a quién en caso afirmativo.

Me incitaría a no votar haber percibido que el éxito electoral confirma a los partidos de izquierda en el electoralismo, y que sólo despertarán de él si tienen un fracaso suficiente.

Pero por otra parte, aunque aquejado de desengaño y tristeza, iría a votar más bien por estética, por no seguir soportando más tiempo la muy fea imagen de una presidenta de ignorancia arrogante, mentirosa compulsiva (que cada vez que habla miente) y dispuesta a todo por mantenerse en un poder claramente trumpista.

¿Votar a Más Madrid o a UP?

No es fácil olvidar que Errejón y Carmena, por intereses personales, prepararon en conciliábulos secretos una traición a los intereses de la izquierda. Añádase a esto que el odio de la derecha no se dirige precisamente a Errejón, o a Gabilondo, bien tratados por los medios conservadores, sino a Iglesias, al que consideran portador de todos los males.

Así que votaría a UP. Deseo suerte a Pablo Iglesias, al que le vendría bien eliminar en la campaña electoral las descalificaciones y sustituirlas por propuestas y por datos (esos datos que conseguirán que sean los propios oyentes quienes descalifiquen a los actuales dirigentes de la Comunidad). Todo ello sin fruncir el ceño, sin presentarse como enfadado con el mundo, tranquilo de ánimo, pero haciendo un fiel retrato de la injusta realidad social que la derecha ha ido fabricando para los madrileños.

Y si queremos ahondar en el tema, volvemos a lo mismo

¿Por qué tenemos que estar hablando de todo esto, por qué no está garantizada una muy clara victoria de la izquierda en Madrid? Es evidente: por la mentalidad de una gran parte de la población.

Tenemos una mayoría de explotados que votan sin saberlo a quienes los perjudican. Hay distintos argumentos para explicarlo, pero que eluden la causa principal: la deficiente constitución mental de esa mayoría.

Las personas no nacen, se hacen dependiendo de los estímulos que produce el medio social en que crecen. Cuando se critica al capitalismo suele hacerse hincapié en los efectos de su estructura económica, pero no se repara en el daño más grande: la defectuosa fabricación de la población.

El sistema funciona primando la creencia de que lo que realmente vale es el dinero, llave para el consumo de todo lo apetecible. Tanto se es cuanto se tiene, creencia que fortalece el egoísmo, la codicia y el miedo. Hay que competir con los demás y la mayoría termina en la frustración, porque sólo unos pocos consiguen la riqueza que todos pretenden. Es inevitable el resentimiento de los muchos que se ven obligados a vivir en la pobreza o en la extrema pobreza, en el desamparo y en la falta de futuro.

Esto sería una fuerte incitación a la rebelión liberadora si no fuera porque una mayoría de la población es fabricada sin competencia intelectual para detectar los errores esparcidos desde el poder y sin conciencia de los intereses propios.

Es entonces inevitable que muchos perjudicados sean presa fácil de cualquier ideología agresiva y ello explica el crecimiento de la extrema derecha incluso en barrios populares.

Y no olvidemos que la extrema derecha es apoyada por el poder económico como fuerza de reserva, por si la lógica del sistema acaba provocando levantamientos sociales. Ahí estará entonces la militancia fascista para entrar en acción y generar tal clima de violencia que permita presentar como solución una dictadura de derechas. Lo de siempre.

El sistema social que produce estos efectos es defendido con uñas y dientes por numerosas mesnadas e instrumentos: intelectuales, comunicadores, obispos, medios de comunicación, publicidad, temarios de enseñanza en las escuelas… Ahí están quienes gritan contra el extremismo y la polarización, como si de eso se pudiera acusar a quien protesta y no a la crueldad del sistema.

A esto es a lo que la izquierda debería enfrentarse, y no desde las instituciones, desde las que muy poco se puede hacer, ni limitándose a mítines en periodos electorales, sino actuando entre las gentes de los barrios populares en su beneficio (material y mental) todo el tiempo.

[email protected]

A PROPÓSITO DE TRUMP Y DEL TRUMPISMO, ALLÍ Y AQUÍ

Es mucho lo que hemos podido leer y oír sobre el final de la presidencia de Trump con asalto al congreso incluido. Pero, tal vez por falta de habilidad en la búsqueda, no he encontrado alguna reflexión que se pueda considerar nacida de un marxismo puesto al día (única teoría general de la sociedad de que disponemos).

De las descripciones del asalto al congreso la más aparentemente “solvente” viene a decir que Trump es un adicto a la mentira que no ha aceptado perder las elecciones y que ha inventado conspiraciones para justificar su actitud. Que sus seguidores las han creído y que él les animó a que tomaran el Capitolio, cosa que hicieron con poca resistencia de las fuerzas de policía, aunque se sabía con antelación lo que iba a ocurrir. Que pese a todo la democracia más antigua del mundo, modelo para todas las demás, ha sabido sobreponerse y sus instituciones han resistido (o, como ahora se dice, “han tenido resiliencia”). Que ello no significa que todo esté resuelto, pues aunque Trump sea expulsado de la vida política quedan millones de trumpistas. Que hay una gran polarización social en Estados Unidos, efecto de la situación social. En el último año millones de ciudadanos han perdido sus trabajos y si antes del COVID19, el 12% de los hogares ya vivía en pobreza ahora además 30 millones de personas pueden perder sus casas hipotecadas. De ahí que, para que el futuro se despeje, es necesario dar la espalda a las políticas neoliberales, volver a Keynes y al fortalecimiento del Estado y luchar contra las mentiras y las teorías de la conspiración que ponen en tela de juicio la neutralidad de las instituciones.

Este relato es criticable en parte por lo que dice y en mayor medida por lo que calla.

¿La más antigua y prestigiosa democracia?

En la narración de los últimos sucesos estadounidenses hemos tenido que soportar innumerables apelaciones a la democracia bajo la idea, explícita o implícita, de que la democracia de Estados Unidos es la más antigua y el modelo y espejo para las restantes, en una de las cuales vivimos nosotros.

Joe Biden, en su discurso inaugural como presidente, ha dicho cosas como éstas: Hoy no celebramos la victoria de un candidato, sino de una causa: la causa de la democracia. Una vez más hemos aprendido que la democracia es preciosa, que la democracia es frágil. Y en esta hora, amigos, la democracia ha prevalecido.

Si no fuera por la espesa nube de desinformación que fabrican los medios de comunicación, no debería ser necesario insistir en que el régimen político americano no es una democracia ejemplar, ni siquiera una democracia averiada, sino una plutocracia racista y maltratadora del pobre en el interior, y en el exterior defensora de los intereses capitalistas aun a costa de cruzar todas las líneas rojas del genocidio.

La palabra “democracia” se utiliza con frecuencia como sinónimo de capitalismo. Así cuando se llama activistas democráticos o luchadores por la democracia a los que se enfrentan a regímenes autoritarios de izquierdas, sea en Hong Kong, Taiwan o Venezuela, activistas muchas veces no interesados en que resplandezca la democracia en sus países, sino en llevar a ellos los “valores liberales” del capitalismo. Y por ello suelen estar financiados por Estados Unidos.

En todo caso, para diferenciar a nuestras “democracias” de los regímenes autoritarios de izquierdas, se apela a una libertad que consiste en que nosotros podemos elegir a nuestros representantes, los que van a legislar y gobernar en nuestro nombre, en nombre del pueblo. También en que podemos asociarnos libremente, podemos expresarnos libremente y podemos actuar libremente sin temor a decisiones arbitrarias de las autoridades. Finalmente, en que podemos ser emprendedores y, con esfuerzo o con suerte, hacernos ricos.

A continuación veremos que en este argumento se utiliza un concepto de libertad muy tosco. Y además que, aun si lo diéramos por bueno, alude a una libertad ilusoria, a una apariencia de libertad sin contenido en los dos contextos principales, el político y el comunicativo.

Libertad legítima

Una libertad es legítima si es defendible de manera universal. Requiere dos condiciones: que el actor tenga conocimiento suficiente de los efectos esperables de su acción, y que disponga de suficiente empatía respecto a las personas a las que su acción puede afectar. En términos kantianos podríamos decir que sólo eres legítimamente libre cuando, haciendo lo que quieres, estarías dispuesto a aceptar los efectos de ese tipo de acción si los demás la hicieran.

Puesto que las personas son fabricadas socialmente, tener conocimiento y empatía suficientes no es tema individual, sino social. Es el sistema social el que tiene que favorecer la actividad libre de los individuos fabricándolos con conocimiento y empatía suficientes. Y aquí el capitalismo fracasa estrepitosamente, es una impresionante fábrica de ignorancia y egoísmo. Muchas acciones “libres” serán por tanto ilegítimas.

Si examinamos la libertad de elegir parlamentos y gobiernos, encontraremos que no es legítima cuando se vota sin conocimiento de las consecuencias del voto o, caso de que haya conocimiento, sin empatía hacia los que van a sufrir las consecuencias.

Libertad política

Pero demos por legítima la libertad de los votantes, aun si son ignorantes e insolidarios. ¿Significa eso que los parlamentos elegidos van a legislar libremente y los gobiernos a gobernar libremente?

Al poder económico le interesa el disfraz democrático siempre que ese disfraz no le impida gobernar desde la sombra. Esto requiere controlar a los partidos políticos y a la opinión pública, algo que al poder económico le resulta fácil por tres circunstancias:

Una es que los partidos políticos necesitan copiosos recursos económicos (entre otras cosas para financiar campañas electorales cuyo éxito depende en parte del dinero invertido), de manera que los partidos acaban en manos de los bancos, de los grandes donantes o de las grandes corporaciones que a cambio premian a los dirigentes con puertas giratorias y demás corrupciones. Supongamos que un político incorruptible escapa al escrutinio del partido y llega al poder. Si en algún momento se empeña en alguna medida política no aceptable por el capital, éste tiene mil formas de chantaje para hacerla imposible. Y además ese político será considerado enemigo y abatido por el fuego de numerosas armas.

La segunda circunstancia que favorece al poder económico es que la opinión pública se fabrica mediante medios de comunicación costosos, sólo al alcance de los ricos.

Y una tercera es que, siendo muy bajo el nivel cultural de la población dominada, es muy fácil engañarla mediante expertos que se compran con dinero y que hablan o escriben en los medios controlados por el capital.

Ello permite dirigir desde la sombra la legislación y la política gubernamental en favor de una minoría que multiplica su riqueza obscenamente, aumentando así su control sobre parlamentos, gobiernos, medios de comunicación y expertos.

Si en algún país llega al poder un partido de izquierdas que pretende controlar el mercado, nacionalizar los servicios de interés común y obligar a los ricos a que contribuyan en proporción a su riqueza, será considerado un país no libre, autoritario y expropiatorio, y se tratará por todos los medios de desestabilizarlo, obligándolo a que se defienda con medidas más autoritarias, que serán tomadas como argumento en su contra.

Lo normal es que no haya que llegar a tanto. Basta que aparezca un partido incontrolado por el capital (como Syriza en Grecia o Podemos en España) para que todas las fuerzas al servicio del capital se movilicen para destruirlo, incluso aunque su capacidad de acción sea pequeña.

En una entrevista en Salvados, Pablo Iglesias se ha confesado enterado de que estar en el gobierno no es estar en el poder. Por fin sabe que gobiernan los ricos y que los ricos son mucho peores de lo que pensaba. Ningún rico ni ningún poderoso, ha dicho, está dispuesto a aceptar fácilmente una decisión que le perjudique por muy democrática que sea, añadiendo que vivimos en una “democracia limitada” en la que los ricos y poderosos tienen más poder que un diputado y no dudan en presionar al Gobierno en defensa de sus intereses. Señor Iglesias, a eso se lo llama plutocracia, no democracia limitada. Y para saberlo no hay que esperar a estar en el gobierno, basta con leer a Marx y mirar luego alrededor.

¿Medios de comunicación libres?

Uno de los instrumentos básicos de la plutocracia son los medios de comunicación. En la citada entrevista Pablo Iglesias dice haber aprendido también que los ricos se imponen a los ministros utilizando como arma los medios de comunicación.

Se llama “libertad de expresión” a la libertad del rico para controlar la información y conformar la opinión, así como para presionar a los poderes públicos, mediante los medios de comunicación de su propiedad. Cada medio de comunicación influyente tiene una clara conexión con el capital.

Por ello se puede afirmar que la propiedad privada de los medios de comunicación es un obstáculo insalvable a la democracia (ver aquí).

Los plutócratas y sus colaboradores se proveen de medios diferentes para los diferentes estratos de la sociedad. Hay medios para los estratos de bajo nivel cultural, para los de nivel medio, para los propensos al fascismo y para los que se consideran progresistas. Hubo un tiempo en que los medios de PRISA jugaban este último papel con disimulo tan eficaz que muchos progres llegaron a creer que El País era un periódico de izquierdas. Ahora Iñaqui Gabilondo, al que me he referido en otras ocasiones porque es un paradigma, abandona su púlpito en la SER por cansancio, y de todas partes han salido encomios y lamentos. Sin duda Gabilondo tiene muy buenas cualidades como comunicador, y las ha dedicado a defender al sistema a cambio de un premio proporcional a su eficacia. ¿De qué modo lo ha defendido? Del que puede engañar a la gente mejor dispuesta hacia la justicia: presentando una imagen de incorruptible moral, de permanente servicio a la verdad y a la democracia, para actuar luego limitando la crítica a lo periférico y guardando silencio, permanente silencio, sobre lo fundamental, sobre el núcleo mismo de la ignominia. Pudo optar por la crítica al sistema, y es una lástima que no lo hiciera, pero sin duda entonces nadie lo alabaría ahora y no habría obtenido beneficios, sino vetos.

Hay muchas maneras aparentemente inocentes de afianzar la gran mentira. Àngels Barceló ha dicho que a todos nos ha emocionado el discurso inaugural de Biden. ¿A qué “todos” se refiere? Parece que al menos a ella le han emocionado las mentiras de épica engolada que Biden ha ido desgranando en su discurso. Por ejemplo éstas:

Que él va a convertir de nuevo a Estados Unidos en la principal fuerza del bien en el mundo. Que los objetos comunes que los estadounidenses aman y que los definen son oportunidad, seguridad, libertad, dignidad, respeto, honor y, sí, la verdad. Que ante dios y todos los compatriotas estadounidenses hace el juramento sagrado de que siempre será sincero con ellos y que lo dará todo para servirlos. Y que espera que la historia cuente a los tiempos venideros que la democracia y la esperanza, la verdad y la justicia, no murieron durante su mandato, sino que prosperaron, y que Estados Unidos garantizó la libertad en su territorio y una vez más se erigió en faro del mundo.

Si quisiéramos explicar cómo alguien puede decir en serio que estas frases son emocionantes tendríamos que aludir a la ignorancia o al cinismo. Cabe una tercera explicación: que la actividad al servicio del sistema lleve a creer lo increíble a fin de reducir la disonancia entre valores morales y actividad profesional.

De lo hasta aquí dicho se sigue que la democracia es un punto de destino al que todavía la humanidad no ha llegado. Las plutocracias disfrazadas están muy lejos de ser democracias y ni siquiera se encuentran en camino. Su camino es otro (ver aquí).

Claro que preferimos que el poder económico nos controle disfrazado de democracia que mediante una dictadura como la que muchos de nosotros tuvimos que sufrir. Pero esta preferencia no debe hacernos perder la cabeza al punto de tomar por democrática la sociedad en que vivimos.

Los medios de comunicación en red

A la vista del uso que Trump ha hecho de las redes sociales para difundir mentiras, se quiere ahora ponderar la rectitud de los medios tradicionales por comparación con las redes y las grandes plataformas. Pero esto lleva a contradicciones.

Por ejemplo, si se considera que es legítima la libre potestad de los medios tradicionales sobre su línea editorial, la orientación de sus columnas o la publicación de tal o cual noticia, eso lleva a admitir como también legítima la misma potestad de un medio en red, y por tanto la potestad de Twitter o Facebook para señalar un post o eliminar un twit en concreto.

Pero entonces habría que admitir igualmente el bloqueo o la eliminación de una cuenta en esos medios. Y esto, por más que a muchos parezca saludable cuando se trata de un personaje tan deleznable como Trump, a otros les parece un abuso contra la libertad de expresión. Ni Omid Kordestani ni Mark Zuckerberg, nos dicen, son quienes para condicionar la libre expresión y difusión de mensajes. Solamente un juez en sus atribuciones constitucionales y en función de un posible delito es quien para cerrar una cuenta social o paralizar la difusión de un medio. Pues si se permite que sean los propietarios de las corporaciones quienes decidan lo permisible se habrá conseguido debilitar un Estado de Derecho ya deteriorado y dar argumentos a los populistas sobre el secuestro de la democracia por las grandes corporaciones.

¡Genial! Según esto, ni Kordestani ni Zuckerberg pueden decidir qué es lo permisible, pero sí pueden los dueños y directores de los medios tradicionales. O visto del revés: no debilita al Estado de Derecho ni supone el secuestro de la democracia la potestad que tienen los medios tradicionales sobre su línea editorial, sobre la publicación o el silenciamiento de tal o cual noticia, sobre la apertura de sus páginas o espacios a unos y el veto a otros. He ahí las contradicciones a que lleva la gran mentira oficial.

Claro que ni Kordestani ni Zuckerberg son quienes para condicionar la libre expresión y difusión de mensajes, pero tampoco los dueños de los restantes medios de comunicación. Una condición para que haya democracia es que los medios de comunicación, tanto los tradicionales como los de red, sean de propiedad pública y estén controlados por la sociedad, nunca por gobiernos ni propietarios privados.

¿Conspiraciones o conspiranoia?

Hay mil razones para desconfiar del discurso oficial, pero muchos de los que desconfían carecen del conocimiento necesario para situar las conspiraciones reales allí donde se encuentran y por eso inventan conspiraciones que no existen.

A esto se agarran los conservadores para llamar conspiranoico a quien habla de conspiraciones, dando a entender que todo el que ve conspiraciones está viendo visiones.

Hay conspiraciones demostradas, incluso castigadas por sentencias de tribunales, pero hay otras muchas que sólo serán conocidas pasado mucho tiempo, cuando no haya forma de revertir sus efectos.

Es poco probable que haya existido una conspiración para amañar las elecciones y echar así a Trump del poder, pues habría obligado a coordinar a mucha gente diversa de muchos estamentos diversos. Sin embargo puede tener razón Nazanín Armanian cuando, tras referirse al “volcán de tensiones acumuladas en el subsuelo de Estados Unidos que ni Biden ni Dios podrá contener su estallido”, sugiere, con apoyo en numerosos datos, que la conmoción provocada por el asalto al capitolio puede estar dirigida a aterrar a la clase trabajadora, renovar la alianza bipartidista para aplastar las movilizaciones de los oprimidos que amenazan el sistema y establecer una serie de “reajustes” para limitar los derechos de los ciudadanos, algo que no se puede hacer en tiempos “normales” (ver aquí).

Yo no sé si ha sido así, porque carezco de datos, pero no me extrañaría, porque las conspiraciones han de estar necesariamente a la orden del día en una plutocracia disfrazada. Los que mandan no pueden hacer públicos sus designios, y los designios que se hacen públicos suelen ser falsos. Hay por tanto una permanente conspiración en aquellos espacios ocultos en que el poder económico decide leyes, políticas gubernamentales o incluso sentencias judiciales. Y quien cree esto no es un conspiranoico, sino alguien que sabe de qué va. Necesariamente Estados Unidos ha de ser un nido de conspiraciones de gran alcance, y ello explica su encarnizada persecución a Julián Assange, para quien se pide cadena perpetua por haber hecho públicos los detalles de mil conspiraciones que debían seguir secretas.

Populismos

Se nos dice que el trumpismo es un populismo de derechas y ello implica que hay un populismo de izquierdas.

Los conservadores que han intentado definir el populismo no se ponen de acuerdo, porque es tarea difícil hacerlo de manera que comprenda tanto a Vox como a Podemos. La perversión del lenguaje permite que el PP y Ciudadanos se declaren enemigos del populismo, tanto del de derechas (Vox) como del de izquierdas (Podemos), y ello al mismo tiempo que pactan con Vox.

Si queremos definir el populismo de manera que aclare las cosas en lugar de oscurecerlas, hemos de decir que es populista el partido político que usa la mentira para conseguir los votos de un pueblo desinformado con intención de hacer luego una política favorable a la oligarquía, y por tanto en perjuicio de ese pueblo.

Según esta definición todos los partidos de derecha, incluidos los socialdemócratas, son necesariamente populistas. Decir populismo de derechas es una redundancia.

El PSOE es un partido populista, porque se presenta como socialista para atraer a la gente de izquierdas, pero una vez en el poder actúa a favor de la oligarquía económica (de las eléctricas, los bancos, las grandes empresas) mediante privatizaciones, política fiscal e inacciones (por ejemplo a la hora de perseguir paraísos fiscales, blanqueo de capitales o evasión de impuestos) recibiendo por ello apoyo mediático, créditos y el beneficio de las puertas giratorias.

La socialdemocracia ha invalidado la palabra “socialismo”. Ahora ya no sabemos qué significa que un proyecto político sea socialista. Ya sólo nos queda la palabra “comunista” para hacer referencia a la opción anticapitalista, única que puede librarse del populismo si actúa con honestidad. Los comunistas son los únicos partidarios actuales de una sociedad en la que imperen los ideales de igualdad, libertad y fraternidad, condiciones para una verdadera democracia. Continuando el pensamiento del papa Francisco, que ha reconocido que comunismo y cristianismo son muy parecidos, se podría decir que el comunismo es un cristianismo ateo.

De ahí el afán conservador por demonizar al comunismo, identificándolo con el estalinismo, es decir, con opresión y crimen, que es como confundir cristianismo con inquisición y quema de herejes.

Tanto los comunistas como Unidas Podemos pueden ser calificados de populistas cuando, por una táctica errónea, electoralista, callan sobre ciertas cuestiones (que es una manera de mentir), a fin de conseguir votos, o de no perderlos, para al final, si consiguen algún poder, ejercerlo de la única manera posible: en beneficio del poder económico, eso sí, lanzando al pueblo, como justificación, algunas migajas del banquete.

El trumpismo sin Trump

Trump es un sátrapa ignorante que ha destrozado el disfraz de la plutocracia americana a la vista del mundo entero. Puede haber caído en desgracia por inservible, si es no ha caído en desgracia por haberse negado a emprender nuevas guerras que den respiro a la maltrecha economía estadounidense. En cualquier caso no cabe esperar una política muy diferente de su sucesor salvo en detalles formales. Estados Unidos tendrá que seguir luchando desesperadamente contra la crisis económica y contra el declinar de su poder en un ambiente cada vez menos propicio al dólar y a las decisiones imperiales. Los intentos de frenar a China sólo han servido para perjudicar a las empresas propias y como acicate para una mayor autonomía china. Ojalá el ocaso del imperio americano sea tan indoloro para el mundo como lo fue el de la URSS.

Lo que de momento podemos decir es que Trump tiene millones de simpatizantes y seguidores fanáticos que están ahí aunque Trump haya sido por ahora derrotado.

Para explicar que, pese a su desastrosa gestión de la pandemia, le hayan votado más de 72 millones de estadounidenses se aduce que la inseguridad económica, la caída en la pobreza, la injusticia social, etc., llevan a mucha gente a desconfiar del sistema, a ver a políticos y medios tradicionales como manipuladores y ocultadores de la verdad y a dar credibilidad a los medios dedicados a difundir mentiras.

Habría que añadir el fuerte apoyo económico y mediático a las organizaciones fascistas, pues aunque el crecimiento del fascismo asusta a muchos, no asusta precisamente a los dueños del capital, que por más que prefieran a los servidores tradicionales, mantienen a la extrema derecha como una bala en la recámara, por si hace falta. Y les conviene que prospere cuando la sobrexplotación de la mayoría es tan fuerte que empiezan a ser probables levantamientos sociales. La extrema derecha, azote tradicional de comunistas, hará entonces su papel.

Aceptemos todo esto en principio. La cuestión es: ¿por qué la gente perjudicada por el sistema no vota a un partido de izquierda anticapitalista, que va a luchar por sus intereses, y por el contrario vota a un extravagante millonario que hace méritos para ser calificado como matón, embustero, frívolo, provocador, violento, insensible, autoritario, inculto, arrogante, machista, racista, etc. y que nunca hará una política favorable a la mayoría?

Hay que reconocer la capacidad de Trump para engañar, de la que hizo una exhibición hace cuatro años, en su discurso inaugural, más atractivo y realista el que el de Biden ahora. El de Trump podría haber sido suscrito en muchas de sus partes por un político de izquierdas, el de Biden no. Pero las proclamas hipócritas de Trump no debieran engañar a nadie.

Un trabajo de la Universidad Tecnológica de Texas da una explicación. Su análisis de los valores personales de los seguidores de Trump mostraba un perfil de bajo altruismo, gran apoyo al valor del poder (entendido como competir y ganar), deseos de riqueza y apego emocional a la tradición.

Los remedios

Piensan algunos con optimismo que el remedio consiste en abandonar las políticas neoliberales y reducir las desigualdades. Además controlar de alguna forma las redes, nidos de mentiras, prestigiar a la prensa tradicional y hacer responsables a los dueños de las plataformas de lo que se publica en ellas.

La cuestión es que con estas medidas sólo se atemperan las desigualdades y las mentiras, no se acaba con ellas. Y menos aún con la ignorancia, la falta de altruismo, el fascismo, el machismo o el racismo que proliferan.

Se puede dar un paso más y apelar a la educación. Hay que mejorar la educación de la población para que no sea presa fácil de los engaños ni del odio. ¿Y qué hacer para ello? Mejorar la escuela mediante nuevas leyes de educación y mayor financiación.

De nuevo ingenuidad. Todo el mundo debería saber que la educación en la sociedad capitalista no se produce en la escuela, sino en las antiescuelas: publicidad, modelos sociales (deportistas de élite, cantantes, influyentes), en las familias, en los grupos de iguales y en las redes. Nada puede la escuela contra estas antiescuelas. Sólo tienen relativa suerte los niños cuyas familias colaboran en la buena dirección, es decir, una parte de la población no suficiente.

La buena educación no tiene sitio en la sociedad capitalista, porque no va a desaparecer el tipo de publicidad que soportamos, ni van a ser controladas socialmente las redes sociales, ni la juventud va a cambiar de modelos ni de motivaciones, ni va a desaparecer el deseo inmoderado de consumo, de manera que la escuela seguirá cumpliendo el papel que tiene asignado, que no es educar, sino colaborar a la integración de la gente en el sistema productivo a distintos niveles.

La mala educación es funcional para la reproducción del sistema capitalista, que necesita un alto porcentaje de fracaso escolar (el de las clases bajas) para nutrir la formación profesional, así como dar a los demás los conocimientos y pautas necesarios para cumplir un papel específico en el esquema de producción. En ningún caso se pretende una buena educación, por otra parte imposible. En el espacio básico de la educación sentimental (del que dependen los demás) el sistema promueve incesantemente los sentimientos de egoísmo, frustración, rutina y miedo.

La pandemia que sufrimos nos está obligando a ver por todas partes a irresponsables ciudadanos que, en uso de lo que llaman libertad, se comportan de manera que pone en peligro la salud y la vida ajena. Y lo hacen por ignorancia y falta de empatía. Se les ha querido disculpar alegando que son jóvenes, pero la edad juvenil no es incompatible con el conocimiento y la solidaridad. Ocurre, simplemente, que nuestro sistema social fabrica masivamente ese tipo de persona psicológicamente averiada. Y esa deficiente socialización es la causa básica del ascenso de los fascismos. Y no hay remedio, no le den vueltas, sólo la salida del capitalismo puede abrir una puerta a la solución.

El fascismo presente, la izquierda ausente

No importa qué tema político o social toquemos, hemos de llegar siempre a lamentarnos de la inexistencia de una izquierda dedicada a su misión básica.

A cada paso oímos que la sociedad está polarizada, concepto éste, el de polarización, que ha venido a sustituir al de lucha de clases que tuvo sentido mientras la clase obrera tenía conciencia de sus intereses gracias a la labor de sindicatos y partidos comunistas.

Ahora las clases oprimidas carecen de conciencia de sus intereses porque no hay organización alguna que luche eficazmente contra la falsa conciencia que el sistema capitalista produce. El partido comunista ni siquiera se atreve a presentarse como tal, abrumado por el poder estigmatizador del monopolio de medios conservadores, y se esconde tras las siglas de Izquierda Unida, perdida en el electoralismo.

De manera que queda el campo libre para aquellas organizaciones fascistas que ocupan el terreno abandonado por la izquierda y que engañan a los oprimidos acerca de sus verdaderos enemigos.

En España se critica a los que se han opuesto al gobierno de coalición presentándolos como unos exquisitos que piensan que la sucia experiencia de la política institucional mancha y que por ello es preferible ejercer de Pepito Grillo desde la bancada de la oposición o desde el extraparlamentarismo, con lo cual se gana en coherencia, sí, pero al precio de prescindir de resultados y oportunidades.

Quienes hacen esta caricatura no conciben otra alternativa al electoralismo que la autocomplacencia moral estéril.

Algo así debieron pensar los dirigentes del PCE cuando tomaron dos decisiones nefastas en los pasados años 70: sumarse a la transición impuesta por el franquismo y abrazar el eurocomunismo. Cambiaron el diagnóstico marxista que veía a la democracia burguesa como una forma sin substancia (un disfraz) y decidieron participar en el juego a que les invitó el capitalismo, el juego electoral, aceptando la mentira conservadora de que la plutocracia es democracia sustantiva. Ello eliminó el discurso crítico, supeditó la organización al líder carismático que prometía votos y limitó su actividad al corto plazo. Desde entonces la izquierda comunista que luchó con tanta fuerza por las libertades durante la dictadura ha venido limitando sus esfuerzos a la competición electoral y a la ocupación de los cargos conseguidos para hacer desde ellos la política posible, es decir, la que no enoja al verdadero poder. El resultado es que la izquierda anticapitalista ha perdido su antigua eficacia.

La alternativa al electoralismo cortoplacista y engañoso no es ejercer de Pepito Grillo, ni mirarse el ombligo con autocomplacencia moral. Es dedicarse a la tarea básica sin la que todas las demás no tienen alcance: ejercer la actividad educativa que sólo la izquierda puede realizar, transformando la falsa conciencia de los oprimidos en conciencia realista, utilizando como instrumentos la implantación en los barrios populares mediante organizaciones vivas, escuelas infantiles, universidades populares, ayuda gratuita de expertos a la gente en apuros, medios de comunicación bien concebidos, estímulo a la investigación social, prestigio intelectual que atraiga la colaboración de científicos, comunicadores y teóricos.

Si dijéramos a los dirigentes políticos de la izquierda actual que abandonen el electoralismo y se dediquen a esa política a largo plazo, asegurándoles que apreciarán los buenos efectos del cambio dentro de cuarenta años ¿imaginan que nos dirían? Ellos quieren efectos ya, es decir, tocar poder ya. Cualquier otra cosa les parece extravagancia a la que no hay que prestar atención.

Pero imaginemos que hace cuarenta años se hubiera iniciado esa tarea a largo plazo. Ahora estaríamos aprovechando sus efectos, y no sólo en España, puesto que habríamos servido de modelo para otros países.

Sin estar en las instituciones, esa izquierda podría estar ahora ejerciendo más influencia en la política del país, podría presionar más al PSOE hacia políticas progresistas que lo que puede la izquierda que tenemos dentro del Gobierno. Y estaría impidiendo la deriva de una parte importante de la población hacia posiciones de extrema derecha, manteniendo el apoyo de esa población a medidas más audaces que las hoy posibles. Si en Europa hubiéramos tenido una izquierda así, seguro que no habríamos salido de la gran crisis a base de políticas neoliberales, seguro que la derecha europea en el poder no habría podido tratar a Grecia como lo hizo, seguro que su política respecto a la inmigración no estaría inspirada por el miedo al discurso de la extrema derecha.

Si hace cuarenta años el PCE hubiera decidido hacer esto, ahora no sólo sería injusto decir “todos los políticos son iguales”, sino que a nadie se le ocurriría decirlo.

Y los cuarenta años pasados no habrían sido un desierto, pues desde el principio esa izquierda habría estado haciendo camino al andar.

[email protected]

OTRO MUNDO ES POSIBLE, PERO ¿QUÉ MUNDO?

Gente descontenta afirma que otro mundo es posible. Pero sin una descripción detallada de ese mundo no es fácil descifrar el significado de la afirmación.

Un socialdemócrata auténtico (no de los que ahora se llevan) tiene como meta una sociedad capitalista que mejore la redistribución para conseguir que haya más “democracia” y “justicia”, que se respete el derecho universal a la vivienda, al agua y a la electricidad, que todos tengan trabajo y una remuneración suficiente para una vida digna, así como acceso a la educación, la sanidad, la jubilación y la ayuda en caso de paro o incapacidad. Pero el socialdemócrata no pretende alterar la concepción de la propiedad que ha venido caracterizando a las sociedades elitistas, y no sale por tanto de la irracionalidad económica, la injusticia y la imposibilidad de democracia.

En cambio una persona de izquierdas ha de ser partidaria de una sociedad racional, justa y democrática, y esto equivale a decir igualitaria.

Marx la propuso y la describió acertadamente, pero no dio con el camino que conduce a ella.

Había descubierto el carácter social de la génesis de la persona, y fue consciente de que el hombre es un ser que realiza su esencia humana en la medida y grado que permite el sistema social en que vive. Por ello planteó la necesidad de superar la sociedad capitalista, causante de la deshumanización moderna, y crear una sociedad en la que sea posible la plena realización de las personas: la sociedad comunista.

Comprendió también acertadamente que la sociedad comunista no es posible con el “hombre viejo”, el formado por las relaciones sociales de producción capitalistas.

Tenía por ello en la mente un “hombre nuevo” caracterizado por un desarrollo mental libre, pleno y armónico: capacitación amplia, conocimiento de las bases científicas de la producción, pensamiento universal favorecedor de la plena satisfacción de las necesidades materiales y un alto desarrollo estético y moral. En otras palabras, Marx imaginó el “hombre nuevo” como brillante, sumamente racional, libre de egoísmo personal, codicia y competitividad. Y además multidimensional. Aunque no todos serán capaces de pintar como Rafael, todos serán capaces de pintar sumamente bien. En la sociedad comunista la división del trabajo habrá sido superada y, en consecuencia, habrán desaparecido los problemas de la disciplina y la motivación, no existirán los conflictos entre el interés general y el interés parcial ni los complejos problemas de la centralización/descentralización.

El error de Marx consistió en simplificar el asunto al suponer que la persona está constituida por sólo las relaciones sociales de producción. Esas relaciones tienen una importancia básica en la formación de las personas, pero no única: hay muchos estímulos que no provienen de esas relaciones y que influyen en la constitución mental de la gente.

Por ello se equivocó al creer que un cambio en las relaciones sociales de producción (el paso del capitalismo al socialismo), crearía por sí solo tal “hombre nuevo”.

Se justifica su error si se piensa que entonces no se tenía conocimiento detallado de la complejidad de una mente humana, de sus procesos de formación y de la consolidación de los valores y significados aprendidos desde la infancia, cuyo núcleo es muy estable.

A la luz del conocimiento presente se sabe que no es asunto rápido, ni fácil, generalizar el tipo de persona que iría bien con una sociedad igualitaria.

¿Tiene sentido que tratemos de describir esa sociedad si aceptamos que por ahora es imposible? Sí, por dos razones. Una es que no hay ninguna ley de la naturaleza ni ley psicológica que determine su imposibilidad. Si las personas no nacen, si se hacen socialmente, una población como la descrita por Marx es posible, y con ella una sociedad igualitaria. Si se pusieran los medios adecuados estaríamos en ella a la vuelta de pocas generaciones y ya desde el principio del proceso experimentaríamos grandes beneficios. Conviene por tanto que miremos dónde se encuentran los obstáculos que por ahora nos impiden transitar ese camino.

La segunda razón es que, ya que no podemos llegar a esa sociedad de golpe (por ejemplo, por medio de una revolución violenta), sino por etapas intermedias cuyo ritmo y duración son en principio desconocidos, resulta imprescindible relacionar cada meta intermedia con la meta final, y para ello hemos de tener claro en qué consiste ésta.

El relato de ciencia ficción que sigue no es un mero ejercicio de literatura ingenua. Quien desee que la sociedad se transforme conviene que tenga una idea de la meta que ha de ir orientando los pasos de esa transformación.

RELATO HISTÓRICO DESDE EL FUTURO DISTANTE

Supongamos que algún día se llega a realizar esa utopía, e intentemos, mirando desde ese futuro lejano hacia atrás, reconstruir los hitos fundamentales del camino que hubo que recorrer.

Una nueva izquierda

Ocurrió primero que, como consecuencia del esfuerzo y la lucha de movimientos sociales cada vez más conscientes y más conectados internacionalmente, se consiguió ir reduciendo las enormes diferencias entre el pequeño porcentaje de personas que lo tenían casi todo y el resto de la población mundial. Ello permitió recuperar derechos expropiados por las políticas de los codiciosos ignorantes, que a fines del siglo XX, tras la caída de la URSS, habían creído que era para ellos posible y beneficioso explotar sin tasa. La codicia sin freno les perdió, pues fue haciendo claro para la mayoría que había que acabar con aquel poder oculto que, dominando a través de “sus” partidos políticos y medios de comunicación, convertía la tierra en inhabitable para la mayoría.

Digamos que la socialdemocracia volvió por sus fueros y pudo cumplir sus fines. Pero ello no evitó que la democracia siguiera siendo imposible y que una gran parte de la población mundial permaneciera náufraga en la ignorancia, el miedo y el egoísmo.

Fue más decisivo que la izquierda anticapitalista despertara de su error histórico y de su letargo, considerara secundario el campo electoral y el asalto democrático al poder político inmediato, y se dedicara a transformar la ideología y los valores populares. Primero mediante un ejemplo de honradez, sinceridad y coherencia que le dio credibilidad, y luego con ayuda de medios de comunicación bien diseñados, institutos de investigación de ciencia social y universidades populares. Pero sobre todo, demostrando que una buena escuela es posible.

Utilizando el conocimiento científico disponible y recabando la colaboración de los profesionales y simpatizantes a quienes ilusionaba el proyecto, se creó en un barrio marginal una escuela que recibía a los niños cuando aún no habían llegado a un año de edad y los educaba en continuo contacto con las familias. Bien pronto el resultado sorprendió a muchos: los niños de esa escuela, de un bajo nivel económico y cultural de origen, salían sabiendo exponer y defender en público sus ideas, eran todos miembros de alguna orquesta (de cámara, sinfónica, de jazz), todos practicaban con solvencia algún deporte, todos gustaban de la buena literatura…

No era eso sin embargo lo fundamental, sino que los numerosos expertos que se encargaban de la educación sentimental habían conseguido generalizar una afectividad sana. En el sentido común de los escolares prevalecía el convencimiento de que, por imperativos biológicos, coinciden benevolencia y utilidades psíquicas, y de que las causas de la violencia sólo se pueden evitar si se establecen las condiciones de una relación fraternal con los otros.

Esta educación sentimental reforzó la curiosidad natural de los estudiantes, con el resultado de que no sólo se dotaban de un conocimiento científico sólido (con dominio de los conceptos fundamentales de las distintas ciencias), sino que estaban motivados a seguir aprendiendo sobre lo ya aprendido. En la generalización del conocimiento científico, en especial de las ciencias que abordan las relaciones entre individuo y sociedad, se había colocado en esa escuela el verdadero motor de la emancipación. Para cualquier menester no se admitía un conocimiento preferible.

Al haber demostrado que es posible una forma de educación válida, generalizable a toda la población si se quería hacerlo, la izquierda había entrado por el buen camino, y ello la dotó de prestigio y apoyos crecientes. Escuelas semejantes fueron proliferando por el mundo.

Las cosas no duran siempre

Entretanto varios sucesos obligaron a los gobiernos a un cambio de rumbo.

Por una parte hubo que frenar el derroche de recursos a que obligaba la economía de mercado, porque la tierra no daba para tanto; las crisis aumentaron en ritmo y profundidad, y hubo que acabar tomando en serio el propósito de refundar el capitalismo, muchas veces proclamado y siempre olvidado.

Por otra parte el terrorismo y las demás formas de violencia se hicieron más y más presentes, y si en un principio los medios de comunicación se llenaban de retórica, dando por supuesto que los terroristas actuaban por odio a los valores de occidente, a la libertad y la democracia, algunos acabaron preguntándose si el odio no sería más bien al comportamiento depredatorio de occidente y a sus acciones violentas contra otros pueblos, y también a una cultura hedonista que rechazaba y excluía a los habitantes de las barriadas pobres de las grandes ciudades. Se fue así comprendiendo que valía de poco rasgarse las vestiduras ante la irracionalidad y crueldad de los terroristas, y que quien apelaba a las causas no estaba justificando el terrorismo, sino explicándolo (paso previo indispensable para eliminarlo).

Finalmente, el declive acelerado del imperio americano lo sumió en una crisis económica que le privaba de recursos para mantener su aparato militar. Una gran parte de su población estaba sumida en la pobreza y en desórdenes prerrevolucionarios. Estados Unidos dejó de ser el policía del mundo en defensa del capitalismo y ya no podía seguir imponiendo su voluntad.

Todo ello terminó haciendo necesario que la ONU se convirtiera en un gobierno mundial con poderes crecientes, en el que cada país tenía votos en proporción a su población. Obligó también a que los países ricos pidieran perdón por sus pasados abusos y empezaran a resarcir a los países perjudicados y a colaborar a su desarrollo económico y cultural de manera desinteresada.

Primer paso decisivo: un límite razonable a la riqueza privada

Fue más tarde cuando se establecieron dos medidas que inauguraron un nuevo tiempo: el límite sensato a la riqueza privada y el carácter público de todas las empresas a las que se había denominado sistémicas (entidades financieras, bolsas, empresas energéticas y de comunicaciones y transporte). Estos espacios fundamentales fueron sacados del mercado y en ellos comenzó a producirse una saludable planificación mundial de la economía.

El éxito fue imponiendo la idea de que los efectos de la planificación son los propios de la racionalidad frente a la dispersión, incoherencia e inefectividad de muchos de los esfuerzos provocados por el mercado. Así que la cuestión no fue tánto si había que planificar la economía entera, sino de qué manera, a través de qué procedimientos de transparencia y democracia real que impidieran cualquier forma de abuso secreto.

El límite a la riqueza privada obligó a los muy ricos a renunciar a las ostentaciones acostumbradas. Yates y automóviles lujosos, jets privados, palacios, grandes cotos de caza, latifundios y fincas de recreo fueron pasando al uso público.

Al tener todas las personas lo necesario para una vida digna, todas empezaron a vivir dignamente. La racionalidad y justicia del orden social eliminó a los marginados con el efecto de que iban desapareciendo los irresponsables. La delincuencia disminuyó a un ritmo que sorprendió sobre todo a quienes pensaban que el hombre es malo por naturaleza. Distribuida la riqueza mundial con equidad, desapareció la avaricia genocida y el odio mutuo, y no había ya motivos para matarse. Así que en poco tiempo habían desaparecido las guerras, el terrorismo y las tensiones prebélicas. Todos los países, y no sólo los que tenían armas nucleares, procedieron a su desarme y se inició una etapa de paz hasta entonces desconocida.

Con los recursos liberados se acometió por fin el proyecto de una educación digna de tal nombre: escuela laica y pública para todos, calcada del modelo previamente experimentado por la izquierda, con el resultado de que, pasando por encima de azares biográficos, acabó funcionando una razón benévola en los jóvenes de la tierra.

El periodo de educación básica se hizo tan largo como para que todos recibieran un fondo de conocimientos de alto nivel en ciencia natural y social, matemáticas e informática, lenguaje musical y destrezas artísticas. Hasta cierto punto se podía decir que media población del mundo estaba dedicada, de una forma u otra, a la educación de la otra media.

A la universidad accedían todos y allí, fuera cual fuera su especialidad, adquirían conceptos de lo que antes se llamaba filosofía del conocimiento, que era ya una ciencia de la ciencia.

El paso definitivo: eliminación de la propiedad privada

La experiencia a partir de este punto fue generalizando la conclusión de que, como bien apreció Rousseau, casi todos los males que se han dado en las sociedades históricas nacen del derecho de propiedad. Así que llegó un momento en que se decidió que fuera colectiva o pública la propiedad de todo (recursos naturales, medios de producción y todo lo que a partir de ellos se fabrica), y aunque inicialmente hubo muchas discusiones y resistencias, pronto nadie se interesaba por la propiedad de las cosas sino por su disfrute.

Planificada ya toda la economía mundial, eran los ciudadanos, no el mercado, quienes decidían las necesidades a satisfacer, en qué forma y con qué límites, tomando en cuenta todos los intereses, circunstancias y repercusiones. Naturalmente, los recursos se emplearon prioritariamente para que toda la población mundial tuviera resuelto correctamente (a un nivel que el progreso de la tecnología iba elevando) la alimentación, el vestido, la vivienda y la salud, y para que todos los niños recibieran una educación tan buena como era concebible. Satisfechas estas necesidades primarias de todos a un mismo nivel, se hacía posible ir satisfaciendo necesidades secundarias (y hasta caprichos si parecía razonable), pero de forma que nadie quedara excluido de la satisfacción de niveles previos cuando se iniciaba la producción en un nivel más prescindible.

Un gobierno mundial de miembros temporales, asistido por expertos temporales (sólo se podía trabajar cuatro años como experto del Estado) asistido por la más potente tecnología informática, hacía estudios acerca de cómo distribuir por el mundo las producciones teniendo en cuenta la carga demográfica y productiva que admitía cada territorio, los costes diferenciales y la posibilidad de crear las condiciones para que la vida pudiera ser interesante en todas partes. En esa planificación mundial se consideraba qué selvas, bosques o cultivos había que preservar, cómo y dónde había de producirse la energía, dónde debía situarse cada centro de producción o de prestación de servicios. De una política favorable al medio ambiente se sentían todos beneficiados como habitantes de la tierra.

Respecto al trabajo se garantizaba su seguridad y soportabilidad. No tendría sentido ganar en felicidad por un lado (con el uso de lo producido) al precio de la infelicidad laboral.

Todo lo que se fabricaba era del mejor diseño y calidad (el coche normal, por ejemplo, era un equivalente del antiguo Mercedes y no los había de calidad inferior), pero omitiendo el lujo, que a nadie interesaba y que, una vez eliminado el deseo de destacar socialmente sobre otros, era visto como un despilfarro de mal gusto.

Al desaparecer el derecho de propiedad desaparecieron los medios de comunicación privados, primero sustituidos por medios públicos, en seguida por información en la Red. Así que ninguna persona o grupo tenía ya poder para fabricar opinión favorable a sus intereses. Desaparecieron editorialistas, intelectuales, tertulianos. Digamos que todos eran allí intelectuales, que la información interesante estaba presente en la Red y que la opinión se la formaba cada cual mediante la reflexión, el estudio y la discusión con los otros.

Se había llegado así a otro mundo, que comprendía distintos países, lenguas y continentes, pero unificado por la ética de la igualdad. Facilitaba mucho las cosas el hecho de que ya no había naciones y que todos los individuos eran cosmopolitas, no tenían otra patria que la tierra misma. No había africanos, europeos o asiáticos, sino personas que vivían y trabajaban en un momento dado en Africa, Asia o Europa. El sitio en que se nació no era para ellos especialmente significativo, porque todos tenían experiencias infantiles ligadas a sitios diferentes. Había una lengua común para la tierra entera, el esperanto, felizmente resucitado como medio para una comunicación equitativa entre personas de lenguas distintas.

Las ventajas del usuario frente al propietario

Cada uno recibía según sus necesidades, y allí donde iba alguien a pasar un tiempo, fuera de trabajo o de vacaciones, recibía una vivienda confortable con todo el equipamiento deseable. El hecho de que nadie fuera dueño de viviendas, muebles y otras impedimentas facilitaba mucho la movilidad. Nadie era dueño de una cámara de vídeo, una cepilladora eléctrica o un automóvil, pero si necesitaba algo de esto lo pedía por teléfono y se lo llevaban a casa en unos minutos desde un almacén municipal. Podía mantenerlo en su poder el tiempo que lo necesitara y luego lo devolvía. Si algo se averiaba, era sustituido, y la reparación corría a cargo de la colectividad. De esta forma con menor producción se conseguía mejor disfrute, con la ventaja de que nadie sufría por roturas y reparaciones, o porque lo que compró hubiera quedado rebasado por nuevas tecnologías.

El automóvil sólo se usaba excepcionalmente y por ello su producción disminuyó con un corrrespondiente aumento de su utilidad, porque servía para circular por carreteras poco transitadas.

Cada cual tenía derecho a un equipamiento de ropa y calzado anual, que elegía de un catálogo elaborado por diseñadores sensatos, y la ropa y el calzado se fabricaban bajo pedido. Se podía pedir lo necesario para cocinar, pero lo normal es que se eligiera cada mañana el menú de comida y cena en un comedor público, en la seguridad de que excelentes cocineros utilizaban buenos ingredientes. Había desaparecido el antiguo miedo al engaño una vez que nadie tenía motivación para dar gato por liebre al consumidor.

Un duro trabajo inicial

Se entendió que la vivienda comprendía el entorno urbano (el paisaje urbano que lleva a ella, el que se divisa desde ella), y por eso una gran actividad colectiva tuvo inicialmente como finalidad destruir los sórdidos entornos urbanos heredados y construir otros nuevos. Se conservaron, como monumentos históricos que recordaban la pasada barbarie, algunas ciudades dormitorio, algunas urbanizaciones costeras y algunos cruces laberínticos de autopistas. Todo el mundo acabó viviendo en espacios urbanos recorribles a pie o en bicicleta, todo el mundo vivía junto a su lugar de trabajo.

CONSECUENCIAS

Las ventajas de este “otro mundo” son evidentes.

Alivio medioambiental

Pese a que se produce para que todos los habitantes de la tierra tengan cubiertas sus necesidades al más alto nivel de calidad, la producción de mercancías ha disminuido con gran intensidad, y en consecuencia el consumo de energía y la presión sobre el medio ambiente. Ello se debe a lo siguiente:

a) Las mercancías no se diseñan con obsolescencia programada, sino para durar ilimitadamente e ir acogiendo los progresos tecnológicos.

b) Los objetos no están subempleados, como cuando alguien compra algo y luego apenas lo utiliza, sino que se usan por unos y otros hasta su deterioro definitivo.

c) Al desaparecer el peligro de guerras se han dejado de producir buques, submarinos y aviones de combate, tanques, misiles, municiones y demás armamentos, cerrándose el enorme sumidero por el que se venían perdiendo innumerables recursos y esfuerzos.

d) Han dejado de tener demanda los mil productos ideados para el cuerpo de las mujeres, una vez que ellas, alcanzado un alto nivel cultural, rechazaron el mito del “bello sexo” con que se las había embaucado, desdeñaron presentarse como objetos eróticos permanentes, y optaron por presentarse como ciudadanas (salvo en los momentos dedicados al sexo). Digamos de paso que, al dejar de creer en el “bello sexo” aumentaron todas en belleza, pues ahora no la fían a pinturas, vestidos, adornos, joyas, escotes, transparencias y tacones, sino al reflejo de la inteligencia, el sentido del humor, la cordialidad y la serenidad de ánimo en el rostro y en los movimientos.

e) No es necesario producir más y más, sino lo justo, pues ya no es el mercado el mecanismo regulador, sino la racionalidad de la planificación. La información fiable disponible en la Red sobre los distintos productos y sus propiedades sustituye a la publicidad, y con ésta han desaparecido las mil necesidades inducidas. La maquinaria económica no vive ya de satisfacer un consumo sin causa. Si algo les cuesta comprender a los habitantes de este mundo es cómo en otros tiempos se podía vivir bajo la continua agresión de torturantes mensajes publicitarios. ¡La inconmensurable estupidez de los anuncios de perfumes!

f) Puesto que una gran parte de la producción (ropa, calzado, muebles) se hace bajo pedido, sólo se produce lo que se va a utilizar.

g) La demanda de energía ha caído en picado y no sólo por la menor producción. Puesto que todo el mundo solicita una vivienda cerca del lugar de su trabajo, los desplazamientos suelen ser a pie o en bicicleta.

Una novedad sorprendente de esta economía es que, aunque todo el mundo vive a un alto nivel de satisfación de necesidades, no se dedican muchas horas al trabajo y no existe el fantasma amenazador del paro.

Menos producción, menos trabajo

Los habitantes de este mundo trabajan muy poco y no sólo por la automatización y otros avances tecnológicos. Al establecerse la paz mundial desaparecieron los ejércitos y todas las profesiones con ellos relacionadas. Al ser imposible el robo, la estafa y la corrupción, el servicio de policía careció de función. Las emergencias que previamente movilizaban a policías y ejércitos se resuelven con la colaboración de voluntarios. La abolición de la propiedad ha acabado con casi todos los litigios y con servicios, instituciones y profesiones que absorbían mucho trabajo colectivo. Ha sido abolida casi toda la legislación, porque el incontenible afán legislador del mundo previo acumulaba disposiciones en innumerables direcciones que partían todas ellas del concepto de propiedad, directa o indirectamente. Al ser conocida por todos la escasa y simple legislación resulta ociosa la existencia de profesionales del derecho. Por falta de función no hay tampoco judicatura, sino que las diferencias se resuelven por los interesados y, si no es posible, por el dictamen de hombres buenos. Han desaparecido las oficinas, los representantes, los publicistas, los escaparatistas, los anunciantes.

¡Y no hay paro!

La diferencia más inesperada con el mundo capitalista es que la drástica reducción del trabajo necesario no lanza al paro a una parte de la población, sino que se traduce en menos horas de trabajo para todos. Por tanto no hay necesidad de nuevas producciones para crear, al precio que sea, puestos de trabajo. Sólo aumenta la producción cuando hay que satisfacer necesidades legítimas (eliminadas las derivadas de métodos publicitarios y las contrarias a intereses generales básicos). Una vez decidido qué hay que producir, el trabajo se reparte equitativamente entre las personas capaces. Nadie se jubila salvo por incapacidad para todo tipo de actividad. Las pocas horas semanales que cada cual tiene que dedicar al trabajo se van adaptando a sus condiciones. Algunos limitan su contribución a sacar de paseo a un perro, o a cuidar de unos rosales. En cualquier momento puede uno tomarse las vacaciones que desee siempre que durante el año haga su pequeña contribución laboral (o la haga otro por él en régimen de reciprocidad).

La globalización y la revolución científico-técnica se utilizan en beneficio colectivo y así resulta posible que cada cual elija qué trabajo quiere realizar el trimestre siguiente y dónde le gustaría vivir el año próximo, y la eficiente tecnología informática concilia los intereses de unos y otros en forma muchas veces interactiva, proponiendo alternativas viables cuando el deseo no puede ser satisfecho. Si alguien quiere permanecer en el mismo lugar puede hacerlo, pero en general sólo optan por ello quienes se encuentran faltos de vigor por enfermedad o vejez. Los demás gustan de conocer sitios y tareas diferentes, que obligan a formas de vida diferentes, y cualquiera tiene amigos en muchas partes, o los hace en seguida. A ello ayuda la disminución de la sospecha y del miedo al otro, y la semejanza de intereses y capacidades. De manera que no hacen falta en ese mundo las redes sociales que producían amistad virtual, hay muchos y ricos cursos de amistad real al alcance de cualquiera en su mucho tiempo libre.

Por fin democracia

Marx había previsto la posibilidad de que el pueblo ejerciera algún tipo de control directo sobre los que mandan, sin ninguna mediación de las instituciones, pero no explicó claramente cómo sería ello posible. El problema ha desaparecido sin embargo en este nuevo mundo, donde la democracia directa, ejercida por personas bien informadas, ha ido ganando espacio a la delegación, ventaja de la sociedad en red que no había sido aprovechada en la vieja época de la mundialización capitalista. La tecnología hace posible que se tomen con celeridad decisiones y que puedan ser revisadas con agilidad a la vista de efectos imprevistos. El nivel cognitivo de la población permite que la discusión democrática de cada medida produzca los mejores resultados.

Dentro de la planificación general, la actividad social se administra eficazmente a partir de diferentes niveles combinados: el taller, la empresa, la rama o el sector, el municipio, el país entero, la región, el planeta. El principio de subsidiaridad es respetado (toda decisión se traslada al escalón inferior cuando puede tomarse más eficazmente en ese nivel).

Los temas a debate, lo mismo que las propuestas, se plantean en la red por quien lo tenga a bien (generalmente un grupo que ha discutido el asunto), pasan a ser objeto de debate cuando obtienen suficiente apoyo y las decisiones se toman por los interesados cuando, habiéndose cruzado los diferentes argumentos, todos han conseguido información suficiente. El comité de turno elige la hora de la votación: cada cual pulsa un botón en su ordenador y el resultado se conoce al momento.

De manera que en este mundo ha empezado a ser viable una democracia a la que se puede llamar por fin sustantiva: sin medios de comunicación privados que fabriquen opinión afín a los intereses de sus dueños, sin influencia de poderes económicos en la sombra, y con ciudadanos (no algunos de ellos, sino prácticamente todos) capaces de procesar la información pertinente (científica, económica y social) y partícipes del control colectivo sobre esta información.

Al no haber diferencias de educación ni económicas, cada uno está en plano de igualdad con cualquiera otro respecto a la toma de decisiones sobre la cosa pública, igualdad garantizada además porque todos han sido adiestrados en la oratoria (a ninguno de ellos le asusta hablar en público) y por la inexistencia de burócratas y políticos permanentes.

El Estado no es ya una burocracia depositaria del poder político al servicio del poder económico, sino un organismo mundial encargado de la mera gestión de las decisiones tomadas por la colectividad mundial. Sus funcionarios son rotatorios, temporales (sólo cuatro años a lo largo de la vida) y elegidos por sorteo.

Ateísmo y sentido de la vida

No hay religiones organizadas, ni clérigos, ni rituales, ni dogmas, pero no porque exista prohibición alguna, sino porque el desarrollo cognitivo y afectivo de la gente lo ha dejado de lado. Todo ciudadano es muy dueño de fundar o refundar religiones, proponer rituales o inventar mitos, pero, al no haber sido adoctrinado en la niñez, a nadie se le ocurre hacerlo salvo como ejercicio artístico (imaginación literaria) o lúdico. Al pasado lo consideran, incluso en sus momentos más idílicos, con la misma sensación de horror que inspiraba en otro tiempo la Inquisición o la barbarie nazi. Porque ellos son conscientes de las mutilaciones mentales que se practicaban con la sonrisa en los labios en el viejo mundo, y a ellos esas mutilaciones les producen tanto horror como a sus antepasados las corporales.

No echan de menos la existencia de un dios para dotar de sentido a la vida. El sentido lo extraen de la cooperación amistosa en un ambiente de conocimientos y valores compartidos, justa reciprocidad y amplias posibilidades para los placeres de la amistad y el sexo, la investigación, el juego y el arte. La educación en un realismo valeroso y en una amistosa cooperación con los otros proporciona a estas personas un remedio honesto a los infortunios. Cuando muere alguien querido no es ya un cura quien consuela con el mito de una vida eterna, sino la creencia de que el muerto permanece en el recuerdo de los que siguen vivos y en los efectos que hizo en ellos. El número de personas que elijen el momento y la forma de su muerte es muy grande entre los que llegan a la edad en que, mermadas las facultades, la vida autónoma se ha hecho imposible.

PROPAGANDA REFUTADA

Durante el largo proceso que llevó a este mundo hubo que escuchar muchas insensateces que se presentaban como argumentos inteligentes, incluso científicos. El pensamiento conservador no sabía dónde buscar pretextos.

1) Ya muy al principio, cuando algunos partidos ofrecían en sus campañas electorales una subida del salario mínimo, o suprimir los recortes en sanidad y educación, o solicitaban una auditoría de la deuda alegando que era en gran parte ilegítima, se les decía que estaban prometiendo lo que no podrían cumplir y que eran por tanto populistas y demagogos. Pero nunca se explicó por qué cosas tan elementales eran imposibles. Nunca se reconoció que lo eran, sólo, porque el poder económico se oponía a ellas.

Mientras los muy ricos se iban haciendo más y más ricos y millones de personas iban cayendo en la pobreza, hablar de pobres y ricos se tildaba de indecoroso, de señal de resentimiento, de prueba de mente antediluviana.

2) Se decía también que, por no tener en cuenta que el humano es como es, codicioso, violento y egoísta, las ideas utópicas iban contra las leyes psicológicas. Pero ¿cómo explicaban el hecho de que, incluso en aquel mundo, hubiera personas no codiciosas, ni egoístas, ni violentas? ¿Acaso no eran humanas?

3) Otros, más audaces, dictaminaron que el pensamiento utópico no es democrático, sino esencialmente autoritario: hunde sus raíces en el mito de la ciudad unida y despótica, una máquina social capaz de suprimir toda autonomía humana.

Pero ¿acaso las personas ignorantes, asustadas y egoístas tienen una autonomía que se suprime si se las hace ilustradas, libres y solidarias?

¡Qué más da!, ellos insistían en que, a diferencia de la democracia, que reconoce el conflicto y trata de resolverlo, toda utopía, sea del tipo que sea, tiene una sustancia totalitaria, porque el intento de construir una sociedad perfecta exige eliminar a los que no se adapten a esa perfección.

Pero ¿a qué conflicto se referían estos ideólogos? Efectivamente, la democracia capitalista reconoce el conflicto básico, el de pobres y ricos. ¡Cómo no, si es ella la que lo establece y lo ampara! Aquellos teóricos eran incapaces de imaginar un mundo en el que se ha eliminado ese conflicto fundamental en buena hora, y por tanto todos los conflictos locales que de él derivan. Eran incapaces de imaginar un mundo en el que no hay nadie a quien eliminar para que el orden elegido subsista. Cierto que tal mundo no era posible con la población entonces existente, pero sí una vez que la población fue socializada de otra forma.

4) Decían otros que las propuestas anticapitalistas eran disparatadas, porque se oponían a las leyes económicas. Pero poco a poco fue quedando claro para la mayoría que las supuestas leyes económicas no existían, que eran mera ideología, leyes ficticias de las que no cabía derivar predicciones útiles, incluso más, leyes que llevaban a decisiones catastróficas, muy alejadas de las previsiones de los que apelaban a ellas. Los cuales seguían apelando a ellas como disciplinados gurús bien remunerados.

Cuando quedó claro el papel de estos “expertos” se hizo lo oportuno: suprimir la profesión de economista. Desapareció la economía como disciplina teórica, y se convirtió en aplicación de ciencias diversas (demografía, agronomía, estadística, ciencias naturales, ciencias psicosociales, modelos informáticos, etc.) al servicio de las decisiones políticas. Hecha una inicial selección de necesidades básicas, de carácter político y muy distinta a la que producía el mercado, los estudios económicos se limitaban a determinar los medios preferibles para satisfacerlas.

5) Cuando se propuso planificar la economía global los gritos ensordecieron a la población entera. ¡Acabar con la economía de mercado cuando el mercado es el garante de la libertad! ¡Volver a la economía planificada cuando había quedado históricamente probado que esa economía es ineficiente, es concomitante con regímenes autoritarios y ahoga cualquier intento de iniciativa individual!

Pero ya las personas razonables no se dejaron intimidar. ¿Que el mercado es garante de la libertad?, preguntaron. ¿Cómo va a serlo si deja a millones de personas en situación de esclavitud laboral y a otros muchos millones en la pobreza extrema o con salarios de hambre? El mercado sólo es garante de la libertad de los dueños del dinero para hacer con él lo que quieran, aunque sea en perjuicio de la mayoría de la población.

En cuanto al precedente de la URSS se demostró que no venía a cuento. Desaparecidas las tremendas constricciones y oposiciones exteriores que hubo de soportar la soviética, la nueva planificación mundial era muy eficiente. Funcionaba auxiliada por potentes instrumentos informáticos que en la URSS no existían y con una población cuyos miembros tenían un alto grado de desarrollo mental y toda la capacidad para discutir, proponer y cambiar que ofrece una verdadera democracia (que tampoco existía en la URSS). En circunstancias tan distintas, ya no se daban los problemas de otro tiempo respecto al cálculo de la rentabilidad en la asignación de recursos.

6) La propuesta de limitar la riqueza privada produjo también mucho alboroto.

Se repitió el argumento de que para repartir riqueza hay primero que crearla, y que mal se va a crear si la motivación disminuye al disminuir las expectativas de ganancias, y si el dinero se quita de manos de los ricos, que son los que mejor lo hacen rendir.

Entretanto se estaba demostrando a diario que la creación de riqueza no es condición suficiente para repartirla: lo que de hecho ocurría es que las ganancias engrosaban los bolsillos de los de siempre, las desigualdades iban creciendo y la pobreza también. Se sabía además que los más ricos poco aportaban al desarrollo económico, dedicados como estaban a la especulación financiera, que les rentaba más.

La falta de competencia comercial no empobreció los resultados, dado que empezó a funcionar una motivación más estable y firme que la de obtener ganancias: el deseo de hacer las cosas de la forma preferible para el bien general. Por lo demás, la motivación para producir compulsivamente (que es lo que se perdió) fue una ventaja y no un problema. Que nadie enferme de estrés por el afán de beneficios tiene ventajas no sólo respecto a la salud individual y colectiva: al desaparecer la producción de cosas inútiles, hubo menos presión sobre los recursos naturales y menos desechos. Todo lo cual fue beneficioso.

Pero sobre todo: se llegó a la conclusión de que había que redefinir la riqueza. No tenía sentido seguirla identificando con la producción alocada de mercancías, muchas de ellas innecesarias. Se recordó que, por ejemplo, las urbanizaciones que habían destruido costas y espacios urbanos se habían computado como riqueza. La riqueza debía redefinirse en términos de felicidad de la población. Se hicieron estudios rigurosos y resultó que muchos que en las encuestas se declaraban felices no lo eran, ni siquiera tenían idea de en qué puede consistir la felicidad. Vivían con un nivel de tensiones y frustraciones muy alto, y con una limitación sustancial para el disfrute de bienes culturales.

7) Cuando se propuso acabar con la propiedad privada fueron desgarradores los gritos con que se afirmaba que el derecho de propiedad es un derecho humano inviolable. Hubo que recordar que una cosa es el derecho que todo el mundo tiene a que no le quiten la camisa, a que nadie allane su morada y a que se respete el uso de todo lo que posee legítimamente (derecho que estaba asegurado) y otra cosa es la propiedad que el mercado concede (por ejemplo, un paquete de acciones con el que se controla una multinacional que monopoliza un servicio público).

8) Pareció a muchos descabellado el proyecto de que todas las personas del mundo pudieran gozar de todos los bienes necesarios de la mejor calidad. No hay recursos en la tierra para esa utopía, sentenciaban. Y añadían que la riqueza debe ser un premio al esfuerzo, una ventaja a la que llega la minoría excelente. Si se da a todos por el mero hecho de nacer, se los convierte en vagos e irresponsables que no moverán un dedo.

También este argumento resultó falso por todos lados: había recursos disponibles (en mucha más abundancia que cuando se malgastaban), nadie se dio a la vagancia y ni siquiera era cierto que las minorías que antes monopolizaban la riqueza fueran excelentes. ¿Qué pruebas de excelencia había dado el heredero de un rico, o el especulador bursátil?

9) Cuando antes de llegar a la igualdad social se hablaba de ella como proyecto, los conservadores alegaron que el igualitarismo acaba con la diversidad humana y con la riqueza que esa diversidad comporta. Todos iguales, uniformados, esa fue la caricatura que se hacía a cada paso.

Lo cierto es que la sociedad igualitaria no eliminó la diversidad. Quedaron todos igualados en algo, pero no iguales en todo. Desapareció la diversidad que consiste en que unos nacen en un barrio pobre y otros en una urbanización de lujo, y todas las diversidades que de esta se derivan.

Pero persistían otras. No todos tenían la misma salud, y aunque el atractivo corporal de todos había aumentado (y no sólo a causa de la tecnología genética, sino por el concurso de la inteligencia, el buen gusto y el humor que reflejaban los rostros, y también por la influencia que en el resto del cuerpo tenían la alimentación sana y el deporte), ese atractivo no estaba repartido igualitariamente, ni tampoco la suerte, ni el acceso a la excelencia en la distintas actividades, ni la distribución de aficiones e intereses. No todos cantaban con voz igualmente bella y potente, aunque todos tenían educada la voz, no todo pianista llegaba a la altura de Richter ni todo violinista a la de Oistrakh.

Por lo demás, dada la igualdad educativa de alto nivel, lo que solía ocurrir en esa sociedad era de muy diferente textura, de mayor creatividad, riqueza y variedad, que lo que ocurría en las sociedades elitistas, donde tanto la uniformidad de las masas como la uniformidad de las élites llegaba a ser extrema.

10) Contra la igualdad social se alegó también que es imposible en una sociedad desarrollada, con compleja división del trabajo, puesto que esa sociedad requiere especializaciones y éstas conducen inevitablemente a la estratificación social: unos sabiendo y otros sin saber, unos arriba y otros abajo.

Era cierto que el hombre nuevo, por muy pluridimensional que fuera, no podía ser un especialista en todo. Como Nove había argüído contra la idea de Marx, era poco probable que todos pudieran turnarse en la tarea de planificar la economía en el intermedio de conducir camiones y empastar dientes. Los planificadores tenían que especializarse y lo mismo los dentistas.

Era cierto también que la especialización siempre había conducido a una estratificación social en todas las sociedades elitistas, en las que había una regla que daba el control social directa o indirectamente a las esferas superiores del sistema educativo: una minoría de jóvenes iba a la universidad y una mayoría al trabajo, directamente o pasando por la FP.

Este es el problema que intentó resolver la revolución cultural China cuando pretendió integrar en la universidad la práctica manual y la intelectual para que la educación y la producción surgieran de un mismo principio. Fue un intento que fracasó (sólo duró el breve espacio de los años 1966-67) en gran medida, precisamente, por su incompatibilidad con una división compleja del trabajo, que a su vez resultaba necesaria para acceder al desarrollo económico.

Afortunadamente, desde aquella Revolución Cultural fue mucho lo que había avanzado el sistema educativo, y se pudo al fin ir comprobando que la especialización no tenía como efecto legitimar las desigualdades propias de la estratificación social. Era posible eliminar la regla que distribuye diferentes formas de conciencia a diferentes grupos y establece la relación entre poder y conocimiento. Todos los estudiantes pasaban por la universidad, todos acababan siendo especialistas en algo y los especialistas se iban turnando y sustituyendo entre sí. La enseñanza universitaria integraba la práctica manual e intelectual, y era muy normal que a un especialista en física teórica le apeteciera ser un buen mecánico o un buen ebanista, además de un buen músico. Resultaba luego fácil pasar de una especialidad a otra dentro de un campo de materias afines. Cada cual podía actuar ocasionalmente como especialista en aquella rama del conocimiento que conocía a fondo y además la preparación tecnológica permitía de manera creciente cambiar de especialización, todo ello sin que se alterara el orden progresivamente igualitario. Se formaban para cada asunto más especialistas de los necesarios y ello no era un problema, pues a un cirujano no le importaba trabajar a temporadas de jardinero o barriendo calles.

UN LAMENTO AL REGRESO

¡Oh mundo tranquilo, fraternal y fértil! ¡Duro es volver a este mundo tras vivir en el otro con el pensamiento! ¡Tan al alcance de la mano y tan distante!

[email protected]