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SOBRE LA SITUACIÓN CUBANA

Vayan por delante estas aclaraciones:

1) Creo que Cuba es una dictadura.

2) Creo que, por desgracia, un sistema comunista es hoy por hoy inviable en el mundo.

3) Creo que la hermosa e imposible epopeya cubana irá poco a poco a peor.

Y ahora empecemos a considerar la forma en que políticos y comunicadores vienen tratando el tema de las manifestaciones contra el gobierno cubano.

Se critica a Cuba porque es una dictadura, es decir, porque en ella no hay democracia, ni por tanto libertad, y porque en ella no se respetan los derechos humanos.

El comentario a estas críticas me obliga a repetir algunas de las cosas que ya he escrito en este blog. Y ello por la razón de que hay verdades elementales que, sea por interés, sea por ignorancia, sea por miedo, no afirma casi nadie de los que tienen por función opinar, enseñar y gobernar a los demás.

La falta de libertad y de democracia en las llamadas “democracias”

No hay en el mundo democracia por ahora, sólo hay distintos tipos de dictadura. Pero se llama democracia a uno de esos tipos de dictadura, la del capital cuando se presenta adecuadamente disfrazada.

Se supone que la libertad es una característica de las llamadas democracias, y la falta de libertad una característica de las dictaduras, pero ¿qué es la libertad?
Hay una definición implícita que viene a decir que alguien es libre cuando hace lo que le da la gana. No vale la pena refutarla.

En el espacio político se entiende que la libertad que caracteriza a las democracias y que no existe en las dictaduras se relaciona con el ejercicio de tres derechos: el de crear o afiliarse a partidos políticos, el de elegir a los representantes de la soberanía popular mediante el voto y el de expresar y difundir los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción.

Sorprende sin embargo una anomalía: aunque estén autorizados los partidos anticapitalistas resulta que nunca disputan realmente el poder. Y es que por una parte carecen del apoyo económico de que disfrutan los partidos conservadores (lo que dificulta el éxito en el mercado de los votos) y por otra son objeto de una persecución tan implacable como sea necesario por medios de comunicación e instituciones “prosistema”. En un país como Estados Unidos, donde hay tantas razones para el auge de un partido anticapitalista, ¿no es sorprendente que no haya alguno que pueda competir en las elecciones? Tampoco lo hay en España.

En cuanto a la libertad de votar sería libertad si el votante conociera las implicaciones de su voto. Pero muchos votan sin conocer la trama de relaciones secretas entre el partido elegido y el poder que los explota. Estamos ante una libertad tan falsa como la democracia a que se asocia. Añadamos que esa “libertad” no puede ser ejercida por todos con igualdad. Véase otra vez en caso de Estados Unidos.

Y si vamos a la libertad de expresión, poca puede haber si sólo los ricos la tienen para crear imperios mediáticos. A partir de ahí, ¿tienen libertad de expresión los que son vetados en los medios de comunicación influyentes (todos ellos militantemente procapitalistas)? ¿La tienen quienes saben que serán expulsados del medio en que trabajan si se atreven a defender verdades de las que no dudan? ¿Cómo puede alardear de libertad de expresión un país en el que un presidente de club de fútbol puede pedir por teléfono la cabeza de un periodista porque ha escrito algo que no le gusta? Si en España hay libertad de expresión ¿por qué no leemos ni oímos que Estados Unidos está cometiendo con Cuba un crimen semejante en maldad a los que ha cometido contra otros pueblos? ¿Por qué entre los medios influyentes españoles no hay uno sólo que defienda argumentos anticapitalistas con grandes titulares (y razones hay para ello)?

Si descendemos a tipos de libertad más cotidianos, pero no menos importantes, ¿qué decir de la libertad de consumir lujo? Sólo los ricos la tienen.
¿la de llevar los hijos a colegios de élite y pagarles luego costosos masters en el extranjero? Sólo los ricos la tienen.
¿la de establecer una trama de relaciones con las instancias más altas del poder político, policial, judicial? Sólo los ricos las tienen.
¿la de elegir un trabajo bien remunerado, una vivienda digna, una alimentación adecuada para la familia? Millones de españoles no la tienen.
¿Y la de disfrutar una vez por semana de un chuletón al punto en un restaurante caro? Es imbatible la afirmación de que millones de españoles no la tienen.

La violencia se ejerce en este tipo de dictadura de forma institucional, mediante la policía y la judicatura que imponen el cumplimiento de la ley, es decir, el cumplimiento de leyes fiscales, laborales y penales que convierten a millones de personas en esclavos sin futuro, obligados a elegir entre la pobreza o el trabajo duro, inseguro y mal pagado, leyes que envían a muchas familias a la calle tras un desahucio, que llenan de desgraciados las colas del hambre, que condenan al frío o al calor insoportables a quienes no pueden pagar la factura de electricidad.

Una condición imprescindible para que el disfraz tenga éxito

En las llamadas democracias los agentes de socialización son la publicidad, las redes sociales, los medios de comunicación, las familias, los grupos de iguales, las oportunidades sociales, las escuelas privadas, los púlpitos eclesiales, que actúan frente a una escuela pública impotente y que son los encargados de fabricar una población mayoritariamente ignorante, egoísta y frustrada, condición imprescindible para que tenga éxito el control oculto de la opinión pública, de los partidos políticos, de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial, y también de la disidencia.

Una vez que se dispone de un pueblo manejable se finge que es el pueblo el depositario del poder y que lo delega mediante el voto. Evidentemente, si fuera el pueblo el que gobierna, no se explica que lo haga mediante leyes que aumentan día a día la riqueza de los exageradamente ricos a costa de la pobreza de millones de víctimas, muchas de ellas votantes de sus verdugos.

Esta breve descripción se resume diciendo que bajo el orden capitalista la democracia es imposible (ver aquí) y las llamadas “democracias” son plutocracias, es decir, dictaduras disfrazadas.

A su lado las dictaduras que carecen de disfraz son llamadas “dictaduras”, y pueden ser de derechas o de izquierdas.

Las dictaduras de derechas

Aparecen cuando los intereses de la oligarquía no se pueden defender bajo el disfraz democrático porque demasiada gente, harta de sufrir una situación de privaciones insoportables, es sensible al discurso revolucionario y se lanza a la calle. O porque, pese al minucioso control antes señalado, se da la anomalía de que gana las elecciones un partido o coalición que amenaza con acabar con los privilegios del capital. Entonces el “orden” se restablece por lo general mediante un golpe de Estado sangriento, que devuelve el poder a las oligarquías y que elimina a quienes se significaron en la lucha, dejando al país adecuadamente escarmentado. Esta dictadura continuará hasta que las élites consideren que pueden seguir manteniendo sus privilegios con un retorno a la forma de dictadura disfrazada, a la llamada democracia.

Las dictaduras de izquierdas

Son aquellas que intentan defender el resultado de una toma del poder (sea por la vía revolucionaria sea por la vía electoral) en beneficio del pueblo y en perjuicio de los privilegios oligárquicos. En realidad estas dictaduras se presentan como provisionales, como un instrumento temporal para asegurar el paso a un socialismo democrático. Pero como ese paso no es posible dada la condición psicológica de la población heredada y dado un entorno mundial dominado por los valores e ideas procapitalistas, si la dictadura sobrevive tiende a prolongarse ilimitadamente para defender la revolución frente a la parte de ciudadanía que cree que ganaría con una vuelta al capitalismo. Tiene además que hacer frente a la ofensiva continua que pone en marcha el Estado policía del mundo, que bajo pretexto de la defensa de la democracia y de los derechos humanos se arroga a sí mismo el derecho a intervenir en cualquier parte del mundo en que sus intereses se pongan en peligro. De esta forma la dictadura de izquierdas, si resiste estos embates, se ve obligada a afianzarse sin límite temporal y a intensificar su carácter defensivo. Esto le hace perder legitimidad.

¿Qué tipo de dictadura es peor?

Para mí la menos mala es la dictadura de izquierdas. Y digo “la menos mala” porque no puedo decir que sea buena.

Derechos Humanos

Se apela a los derechos humanos con mucha frecuencia para agredir a dictaduras de izquierdas.

Hay en este punto dos cuestiones: qué son los derechos humanos y qué se debe exigir a quien denuncia su violación.

Quienes aceptan que los derechos humanos son los que vienen proclamados en la Declaración Universal de Derechos Humanos no tienen en cuenta que esa declaración es un timo. Fue redactada y firmada por los países capitalistas tras la segunda guerra mundial, y como es natural a la medida de sus deseos e intereses (ver aquí). Enumera derechos indiscutibles, pero afirma tres derechos que son la negación de los restantes y convierten en fórmula vacía una redacción que finge dignidad. Esos tres falsos derechos son:

-el derecho a una riqueza a la que no se pone límite (y por eso nadie acusa a Jeff Bezos, Elon Musk y restantes colegas de estar violando derechos humanos, ni se acusa de lo mismo a las legislaciones que hacen posible sus riquezas hiper-obscenas).

-el derecho a una educación distinta a la pública, y por tanto el derecho a una educación de élite sólo al alcance de quien la puede pagar, lo que contradice el derecho humano a la igualdad de oportunidades.

-el derecho a poner en pie imperios mediáticos que sólo está al alcance de los muy ricos y que hace ilusoria la idea de democracia.

Esto aparte, habría que exigir a quienes denuncian violaciones de derechos humanos una previa y beligerante denuncia del gobierno de Estados Unidos, máximo violador de derechos humanos de la historia universal, desde agosto de 1945 hasta ahora. Y deberíamos despreciar por carente de honestidad a cualquier denunciante que sólo mire hacia un lado y omita las violaciones que necesariamente se siguen del orden social capitalista. En otro caso la denuncia no es creíble, debería dar vergüenza a quien la hace.

Volvamos a la dictadura cubana

La pandemia de covid ha cerrado el sector turístico en Cuba y ha reducido sus ingresos en más de 3.000 millones de dólares. El criminal bloqueo que Cuba viene sufriendo desde 1959, y que fue agravado cuando Donald Trump suspendió la emisión de visados de inmigrante y cortó los envíos de dinero, ha añadido ahora la pérdida de otros 3.500 millones de dólares anuales y un golpe directo a más de la mitad de las familias cubanas.

La pandemia, que parecía estar controlada antes de la llegada de la variante delta, amenaza a un sistema de salud que cuenta con escasos recursos, ¡sobre todo porque a causa del bloqueo la falta de inyectores dificulta la vacunación pese a que sobran vacunas!

Todo esto ha llevado a muchos descontentos a las calles animados por otros muchos que no protestan por su situación, sino porque quieren una vuelta al capitalismo y están apoyados en ese querer por el vecino del Norte.

Durante la campaña presidencial Biden prometió revocar las sanciones que impuso Trump, restablecer los viajes a la isla y retomar las conversaciones diplomáticas con el Gobierno cubano, pero no ha hecho nada de esto. Por el contrario su gobierno ha presionado sobre otros gobiernos latinoamericanos para que cancelen los contratos de servicios médicos con La Habana y manden a los facultativos cubanos a casa.

Recordemos que contra ese bloqueo hay resoluciones de Naciones Unidas, la última aprobada por 184 votos a favor (entre ellos los 27 de la UE) dos votos en contra, de Estados Unidos e Israel, y tres abstenciones, la Colombia de Iván Duque, el Brasil de Jair Bolsonaro y Ucrania.

Haciendo caso omiso de esa resolución Biden dice lamentar el sufrimiento económico de los cubanos como si no fuera su gobierno responsable en gran medida. Sigue aplicando a Cuba la misma estrategia que a otros países: bloqueos económicos y sanciones que llevan a la población a la miseria con el fin de que acabe levantándose contra su gobierno, todo ello junto a apelaciones a la libertad y la democracia para exigir que se permitan las manifestaciones y se respeten los derechos de los opositores (a los que por otra parte se apoya y financia).

Asco y vergüenza

Como no soy estadounidense no me avergüenza el cinismo de Biden, sólo me aterra, pero como soy español y europeo me asquean y avergüenzan las reacciones de gobernantes europeos y españoles y los comentarios de nuestros medios de comunicación.

En éstos se da cuenta de los sucesos tratando de magnificarlos, pero sin mencionar como causa principal el bloqueo, o aludiendo al bloqueo pero como si fuera una desgracia natural y no una actividad criminal de Estados Unidos, una violación de derechos humanos mucho más grave que todas las que se puedan cometer en Cuba. Por otra parte se acusa a Cuba de dictadura como si no hubiera duda de que nosotros vivimos una democracia.

Haciendo zapping (es decir, huyendo de cada cosa que aparece en pantalla) he visto a García Ferreras en su programa de La Sexta y a Javier Ruiz tratando de aprovechar una suplencia en La Cuatro. Cada uno de ellos entrevistaba a un “artista” cubano represaliado, al que se concedía un tiempo inusual para que dijera, y repitiera, y volviera a decir que en su país no hay libertad ni democracia y que ellos son perseguidos porque defienden la verdad. Uno llegó incluso a decir que teme por su vida, que sabe que lo van a matar, que lo sabe, aunque sin aportar ningún respaldo para ese pálpito, y allí estaba Javier Ruiz escuchando con gesto dramático, animando al entrevistado a que siguiera impresionando al espectador con el relato de la ignominia cubana. El “artista” insistía en que su único delito es contar la verdad, pero nadie le preguntó si cuenta la larguísima y criminal ofensiva de EE UU contra su país. ¿Acaso no forma eso parte de la verdad? El otro artista canta “Patria y vida”, pero si ama a su patria no parece consciente de que el principal enemigo de ella es Estados Unidos, que quiere llevarla a la situación previa a la revolución castrista, cuando esa patria era un lupanar y un espacio de depredación económica. Bonita vida. García Ferreras, con cara tensa, se sintió obligado a preguntar por el bloqueo y el patriota cubano se negó a entrar en el tema, largándose a repetir que el problema en Cuba no es el bloqueo sino la falta de libertad. Y Ferreras le despidió con una sonrisa amistosa dando por buena la respuesta.

Si pasamos a los políticos, Josep Borrell, alto representante de la Unión Europea para Política Exterior y de Seguridad, ha pedido al líder cubano que “escuche el descontento de los manifestantes”, pero no ha dicho que ese descontento tiene como causa principal los efectos del bloqueo, ni ha exigido a Estados Unidos que cese de comportarse como un dictador mundial.

También nuestro ministro de Asuntos Exteriores ha defendido el derecho de los ciudadanos cubanos a manifestarse “libre y pacíficamente” y ha instado a la “liberación inmediata” de la corresponsal de ABC Camila Acosta. Al mismo tiempo ha señalado que estudiará formas de ayuda para aliviar la situación cubana “como hemos hecho ya con otros países de la región”. ¿Es que no sabe nuestro ministro que la ayuda humanitaria “más eficaz” sería levantar el bloqueo económico, comercial y financiero a Cuba? ¿No sabe que ello ha sido exigido no sólo por Naciones Unidas, también por nuestro Parlamento? En una proposición no de ley impulsada por ER junto a Unidas Podemos, PNV, EH Bildu, Junts, la CUP, Compromís y BNG, se describe el bloqueo como un aislamiento “inhumano”, el más prolongado y duro que se conoce en la historia moderna, una medida “contraria al derecho internacional que impide llegada de alimentos, material sanitario, equipos médicos y recursos financieros”, todo ello en el contexto de la pandemia. Pero parece que el ministro no sabe nada de esto, porque no ha hecho alusión a ello.

Y entretanto ¡la derecha española, la que conserva dentro de sí las esencias franquistas, exigiendo a gritos que se declare que Cuba es una dictadura!

A quienes tenemos suficiente conocimiento, empatía y libertad moral nos resulta duro soportar este espectáculo que fluye sin oposición efectiva. Y no hay remedio por lo que ya he dicho en otras ocasiones: no hay sitio al que escapar en busca de una vida colectiva digna, ni hay partido de izquierdas que aquí, en España, rescate nuestra dignidad. Paciencia.

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ENTRE SISTEMAS AUTORITARIOS ANDA EL JUEGO, PERO NO TODOS SON IGUALES

Es natural que siga preocupando a muchos lo torpemente que están actuando las democracias occidentales respecto a la pandemia por comparación con China. ¿Cómo es posible? ¿Y cómo, a pesar de todo, se puede defender a nuestras democracias frente al autoritarismo antidemocrático?

En El País del pasado 3 de diciembre se ocupó de esta tarea Daniel Innerarity, catedrático de Filosofía Política que pertenece a ese selecto elenco de filósofos y teóricos que se dejan caer por los medios de PRISA para legitimar el sistema.

Partiendo, como todos ellos, del axioma de que nuestras “democracias” son democracias, Innerarity nos dice que éstas han estado siempre bajo la sospecha de ser incompetentes, sobre todo ante situaciones de urgencia y especial gravedad, recibiendo siempre el mismo reproche: entretenidas en discusiones, pierden el tiempo y postergan los problemas, mientras el liderazgo resolutivo de los autócratas es el único medio de llegar con la solución a tiempo.

La pandemia, nos sigue diciendo, ha dado mayor verosimilitud a estas viejas críticas de impotencia, pues el deseo de que haya una respuesta eficaz contra los riesgos hace que incluso la solución autoritaria sea atractiva para una parte creciente de la población y que los Gobiernos democráticos hayan recibido la recriminación de que son demasiado débiles.

Al mismo tiempo, y en dirección contraria, ha habido manifestaciones contra las medidas sanitarias apelando a las protecciones constitucionales de la libertad de los individuos a hacer todo lo que quieran, aun poniendo en riesgo la vida de los demás.

Este doble reproche vendría a significar que las democracias no disponen del poder suficiente para abordar las crisis y que aquel al que recurren es excesivo. Pero precisamente el desafío de la democracia liberal consiste en desplegar tanto poder como sea necesario, pero no más, para asegurar la libertad de todos. Por eso es preferible la democracia incluso aunque sea menos efectiva que el autoritarismo en situaciones de crisis.

Esta es la tesis que, sin mencionar a China, pero sin dejar de tener a China in mente, defiende Innerarity de manera errática apelando a tres argumentos.

El primero dice que los partidarios de empoderar a los Gobiernos para hacer frente a las crisis proponen que se hable menos y se actúe más, es decir, proponen prescindir de la dimensión deliberativa de la democracia. Pero hablar, en todos sus formatos, es una forma de actuar de la que no podemos prescindir ni siquiera en plena urgencia de la crisis. “Las decisiones colectivas, por muy urgentes que sean, no se pueden adoptar sino en el seno de una interpretación conflictiva de la realidad y en medio de una confrontación explícita de intereses. Pensar que la política puede ahorrarse ese momento de discusión para abordar directamente las soluciones es no haber entendido la naturaleza de la política e incluso la propia condición humana.”

De este argumento pasa Innerarity a otro que viene a decir que, aunque la indispensable deliberación implica retrasos, y aunque en la democracia hay un cuidado por respetar la libertad individual, nada de esto produciría perjuicios si la población tuviera confianza en sus gobernantes. De manera que tal vez el verdadero debate no sea el que compara democracias impotentes y autocracias poderosas, sino otro en torno al nivel de confianza social. En un país de elevada confianza, la ciudadanía se fía de la competencia de las élites para dirigirlo y las élites confían en la responsabilidad de la gente para conducirse sin poner en riesgo la salud pública. Las autoridades gobiernan con los ciudadanos y el principal recurso para enfrentarse a una pandemia es el ejercicio responsable de la libertad individual.

En cambio donde esa confianza es escasa hay tendencia a prohibir cualquier forma de contacto social para no arriesgarse a que la epidemia se propague. Al mismo tiempo las élites despliegan un combate encarnizado entre ellas por el poder, tratando de aprovechar en su favor la desconfianza creciente hacia quienes ocupan las instituciones. En suma, las autoridades gobiernan a pesar de los ciudadanos y las normas de coordinación social toman la forma de reglas minuciosas más que de principios que deben adaptarse a las circunstancias concretas.

De aquí pasa nuestro filósofo a un tercer argumento que enlaza con el primero y que viene a decir que, aunque el desacuerdo tiene muchos inconvenientes, al menos impide la obstinación en el error. Aun suponiendo que las democracias y los autoritarismos tengan las mismas posibilidades de equivocarse, es mejor equivocarse en una democracia porque en ella —debido al carácter controvertido de la opinión pública y a su régimen competitivo— es más fácil y más rápido abandonar el error (o que te obliguen a abandonarlo). La fuerza de la democracia se debe a su capacidad de proteger la crítica, incluida la crítica hacia sí misma, pues criticar razonadamente a las autoridades y a sus errores facilita procesos de aprendizaje abiertos. Una democracia puede cometer errores, pero al contrario de la tiranía puede aprender de ellos y corregir rápidamente los fallos o sustituir a quienes los cometieron. El poder de la democracia es su capacidad de aprender.

Argumentos que no tienen que ver con nuestro mundo

Estos tres argumentos son malos, pero es que no los hay mejores

En el primero parece suponer nuestro filósofo que las democracias son más lentas que las autocracias porque en las democracias se delibera, y esta cualidad, la deliberación, es tan importante que vale la pena no perderla aun a costa de menor rapidez y efectividad.

Esto lleva implícito, en sentido contrario, que en China no deliberan (es decir, no entienden la política ni la condición humana) y que por eso son más eficientes.

Se trata de un argumento falso en todas sus partes. Pues ocurre que las llamadas democracias capitalistas son en realidad plutocracias y que no se caracterizan precisamente por la deliberación pública. Y ocurre también que no es cierto que en los regímenes autoritarios no se delibere.

Contraponer democracia a autoritarismo es posible y fácil en el espacio puramente teórico, pero ello exige especificar las condiciones que deben darse para que digamos “esto es una democracia” o “esto es un régimen autoritario”. Si así lo hacemos en seguida quedará claro que no cabe democracia en el capitalismo (ver esto y esto).

Habitualmente se acepta que hay democracia si hay elecciones libres y libertad de asociación y de expresión, pero nunca se menciona una condición imprescindible: que la riqueza social esté equitativamente distribuida y que nadie acumule riqueza suficiente para controlar desde la sombra los procesos sociales.

La indigencia intelectual del planteamiento habitual es tan escandalosa que se toma por condición de la democracia lo que es un impedimento, pues la llamada “libertad de expresión”, entendida prioritariamente como libertad de los medios de comunicación privados, impide por sí sola cualquier posibilidad de democracia. No cabe democracia si los medios de comunicación están en manos del capital (ver aquí). Valga como ejemplo el caso de España, donde un sistema de medios de comunicación promovidos y financiados por los grandes poderes empresariales y bancarios y por la alta jerarquía de la Iglesia católica hacen imposible todo intento de discusión racional y sumen al pueblo en la mentira y la crispación con la única finalidad de acabar con un gobierno que no interesa a los promotores ocultos.

En realidad no podemos contraponer democracia a autoritarismo refiriéndonos al presente, como si ahora hubiera democracias por un lado y autoritarismos por otro.

Estamos en tiempos en que la democracia es imposible y sólo caben dos tipos de sistemas autoritarios: los controlados por una minoría dueña del capital (plutocracias) que actúa al servicio de sus propios intereses; y los controlados por una minoría que actúa teniendo en cuenta intereses populares.

Dice Innerarity que lo que diferencia a las democracias de las autocracias es el momento de la deliberación. Pero ¿de qué habla? Nuestro Parlamento, por ejemplo, es un lugar de no deliberación donde la derecha y la extrema derecha van a mentir e insultar y los demás a devolver los insultos o a guardar un silencio táctico.

Claro que en el mundo capitalista se delibera, pero en los centros secretos en que el poder económico se reúne con sus expertos y asesores, ya sabemos con qué finalidad. También se delibera en los partidos políticos prosistema, pero sólo sobre un tema: cómo obedecer las órdenes del poder económico sin que ello lleve a perder votos.

Lo dicho por Innerarity sugiere que en China no deliberan, lo que significaría que un buen día el autócrata Xi Jinping tiene la ocurrencia de un plan quinquenal, o de un plan para sacar de la pobreza a 800 millones de compatriotas, y que los demás se limitan a ponerlo en marcha sin discusión y sin tardanza. Aunque carecemos de datos directos, si juzgamos por los muchos indicios solventes que nos llegan, hemos de concluir que donde más se delibera para poner en marcha políticas que tienen en cuenta los intereses populares es en el partido comunista chino.

Si pasamos al segundo argumento de Innerarity vemos que corrige al primero. Pues ahora resulta que no es la deliberación la culpable de los fallos, sino la irresponsabilidad de la gente, a su vez originada por la falta de confianza en sus gobernantes, que a su vez es causa de que se acaben imponiendo reglas minuciosas autoritarias.

¿No percibe Innerarity que lo que está diciendo en que en todas partes hay autoritarismo, sólo que el de las democracias es tardío y menos eficiente? Y además no queda claro por qué, si las democracias son tan superiores, y si son tan respetuosas con las libertades individuales, los ciudadanos no confían en sus dirigentes. Pues no hay una sola “democracia” en la que los ciudadanos hayan confiado. Innerarity habla de “democracias de alta confianza”, pero sin citar una sola como ejemplo. Y es que no hay un solo ejemplo empírico. Es por tanto un concepto ideal.

Por otra parte hablar de confianza no tiene recorrido, pues no cabe imaginar un país capitalista en que la acción del gobierno genere confianza, por igual, en los ciudadanos de extrema derecha, de izquierdas, de extrema ignorancia y de suficiente conocimiento. Por otra parte no todos los ciudadanos tienen el mismo sentido de responsabilidad, como estamos cansados de ver. Alguien que conozca cómo son los distintos grupos de población que el capitalismo genera no puede tomar en serio eso de que la solución ha de descansar en la responsabilidad individual.

Vayamos al tercer argumento. ¿Es cierto que en todo caso el desacuerdo no es malo, sino bueno, porque permite a las democracias aprender? Este argumento valdría si pudiéramos decir que los retrasos, titubeos y desacuerdos iniciales permitieron que nuestras democracias aprendieran y que gracias a ello han sobrepasado en eficacia a los sistemas autoritarios (carentes, se supone, de esa capacidad de aprendizaje). Pero no lo podemos decir. Aquí seguimos repitiendo los mismos errores y allí acertaron. Y ni siquiera podemos aquí imitar el acierto de allí.

En los últimos decenios las “democracias” occidentales sólo han aprendido a aumentar de manera escandalosa las desigualdades sociales, a propagar la pobreza, a defender por encima de todo los intereses de los ricos y a alimentar a la extrema derecha.

En fin, que nuestro filósofo se ha metido en la tarea imposible de defender nuestras plutocracias como si fueran democracias ideales. ¿Ignorancia o mala fe? Pues de mala fe habría que calificar la tarea de defender lo indefendible a sabiendas de que es indefendible.

Una explicación realista

El fracaso de las “democracias” occidentales por comparación con China tiene una explicación muy elemental.

En China el Estado controla el mercado y dispone de recursos suficientes.

Ha podido por tanto imponer a los ciudadanos una conducta racional tendente a acabar primero con la pandemia sin pánico a los efectos económicos inmediatos, y esto se ha hecho con clara determinación y por un tiempo relativamente breve, puesto que la pandemia ha sido vencida muy pronto. Los efectos del cierre de gran parte de la actividad económica estuvieron bajo control y el Estado dispuso de ingentes recursos para implementar todas las medidas técnicamente necesarias y para compensar con ayudas suficientes a parados y empresas perjudicadas. Las normas fueron en general aceptadas por los ciudadanos, pero en todo caso respaldadas por un poder público riguroso, que ha ganado credibilidad con su éxito final. Y ahora, aunque no sufren la pandemia, siguen empleando grandes recursos en mantener una vigilancia minuciosa y acabar con cualquier brote que se detecte.

En cambio la mala gestión de la pandemia en las sociedades capitalistas se ha debido a lo siguiente:

-En las sociedades capitalistas el Estado no controla el mercado y en un mercado “libre” el cierre de algunos sectores económicos produce turbulencias en cadena cuyos efectos van llegando a partes crecientes de la población y acaban con la economía en crisis. De manera que en la actual pandemia los gobiernos han sufrido las presiones de los perjudicados por las medidas restrictivas, han calculado el coste electoral de no atenderlas y se han asustado ante efectos que no pueden controlar, produciéndose una irracional alternativa entre exigencias sanitarias y exigencias económicas, como si fuera posible economía sin salud. Se ha intentado eludir el cierre temporal de la actividad económica, pero los efectos sanitarios han obligado más tarde a tomar medidas restrictivas más fuertes, en un continuo titubeo que ha agravado la situación y ha hecho crecer la desconfianza. Prueba de que no se trató nunca de salvaguardar la libertad individual es que en todas las “democracias” se ha acabado imponiendo a los ciudadanos confinamientos, cierre de negocios, restricciones a la movilidad, toques de queda, etc. Sólo que con dudas y a destiempo, y por ello con efectos calamitosos a largo plazo. Las proyecciones macroeconómicas del Banco de España apuntan a que el PIB no volverá al nivel de finales de 2019 hasta la segunda mitad de 2023, un escenario para el que maneja una alternativa optimista (la caída durará sólo un año y medio) y otra pesimista (llegará hasta 2024). Joseph E. Stiglitz, premio Nobel de Economía y profesor distinguido de la Universidad de Columbia, cree que en EE. UU. es ya demasiado tarde para una recuperación en forma de V. “Muchas empresas han quebrado, y muchas más lo harán en las semanas y meses venideros; hogares y empresas se están quedando sin reservas. Para colmo, es posible que las estadísticas no expresen la magnitud de la crisis. La pandemia ha hecho estragos en el nivel inferior de la distribución de ingresos y riqueza. Incluso quienes pudieron valerse de las políticas contra desalojos y ejecuciones hipotecarias están cada vez más endeudados, y puede que no resistan mucho más.” Entretanto la economía china está creciendo.

-Una segunda causa ha sido que la crisis de 2008 se resolvió al modo neoliberal. Los recortes en el gasto social supusieron un deterioro en la sanidad pública. El aumento escandaloso de las desigualdades sociales lanzó a muchos a la pobreza y a la pobreza extrema. Los efectos de la pandemia son superiores y menos controlables entre la población marginada.

-La perversión de la política neoliberal es denunciada por el mismo Stiglitz, para quien está claro que el neoliberalismo no sólo provocó menos crecimiento y más desigualdad, sino además una economía totalmente desprovista de resiliencia y un Estado al que se privó de capacidad para responder en forma eficaz a una crisis. Dado que los ricos no tributan significativamente, los Estados capitalistas no disponen de recursos para enfrentarse al reto sanitario ni al de la desigualdad social. Nuestro Gobierno declara obligatorio el uso de mascarillas, pero no proporciona de manera gratuita mascarillas a quienes no las pueden pagar. No hay dinero público para compensar a todas las personas y empresas que sufren más directamente los efectos de la pandemia, ni para reforzar la sanidad primaria, ni para contratar los rastreadores necesarios, ni para hacer los test gratuitos necesarios, ni para facilitar la cuarentena a los contagiados que viven con familias numerosas en pisos pequeños. La falta de recursos ha llevado incluso a la desaparición de las agencias de salud pública.

Esta es la explicación realista y no la imaginada por Innerarity, referida a un mundo que no existe.

El autoritarismo de las “democracias”

Volvamos a la falacia de colocar democracia a un lado y autoritarismo enfrente. Las plutocracias con disfraz democrático son regímenes profundamente autoritarios por debajo de la apariencia, porque utilizan su capacidad de control (de la economía, de los partidos políticos, de los medios de comunicación y de teóricos y expertos) para imponer mediante policías, tribunales y cárceles el respeto a la propiedad del rico no importa lo cuantiosa que sea.

Si, por ejemplo, un español es propietario de 57.000 millones de euros, esa propiedad le está garantizada y defendida por la ley y él es considerado un prócer ilustre. ¿Qué justificación tiene esa riqueza? No es el premio al trabajo, porque hay pobres que trabajan más, ni a las ideas, porque hay científicos brillantes que hacen un gran beneficio social sin reflejo en su sueldo mediocre. En realidad un rico que no haga nada salvo encargar a expertos que especulen con su dinero verá cómo aumenta su riqueza año tras año. En el mejor de los casos, si todo ha sido legal, la única justificación de las riquezas obscenas es el mercado. ¿Y quién es el mercado para dar y quitar? Silencio. Pero millones de pobres tienen que respetar ese reparto si no quieren ir a la cárcel, no importa que ellos y sus hijos estén pasando hambre.

No sólo la legislación civil y penal protege autoritariamente la riqueza ilimitada del rico, sino que la legislación fiscal deja portillos abiertos para que el rico eluda el pago de los escasos impuestos a que está obligado, de forma que el Estado indigente no tiene más remedio que echar mano de los impuestos indirectos (el IVA entre ellos, que el pobre de solemnidad ha de pagar en cada compra que hace).

Ah, pero esas leyes no son autoritarias, se nos dice, porque han sido promulgadas por Parlamentos que representan la voluntad popular.

Quienes así argumentan no reparan en la anomalía de que, siendo la democracia el gobierno del pueblo para el pueblo, los representantes del pueblo legislen contra el pueblo y a favor de una minoría explotadora del pueblo.

Como Marx y Engels percibieron, el Estado capitalista es el consejo de administración de los ricos. Son los ricos los que legislan a través de sus esbirros políticos y con el apoyo de sus esbirros mediáticos y académicos, obligados a defender este sistema si quieren prosperar o no sufrir represalias. Se crea así un coro unánime de alabanzas a las bondades del sistema (véase el artículo criticado) y de ataques a cualquier intento de crítica racional, adoctrinamiento incesante que abruma al pueblo y lo instala en la “falsa conciencia” de que también habló Marx. Sutil autoritarismo.

La mejor forma política ha de ser, por ahora, autoritaria

Ojalá algún día desaparezcan los sistemas políticos autoritarios y podamos vivir en democracia. Pero por ahora esto es imposible.

Un experimento mental vale para demostrar que el mejor de los regímenes posibles tendría que ser hoy autoritario.

Imaginemos un país en el que un partido de izquierdas arrebata el poder a los ricos y pretende ejercerlo en beneficio del pueblo. Imaginemos que tiene como finalidad conseguir una sociedad de ciudadanos autónomos, ilustrados y solidarios y que para ello dedica un gran esfuerzo a la educación y trata de remover los obstáculos sociales que se presentan como antiescuelas, los que tratan de perpetuar la ignorancia, el egoísmo y el miedo que caracterizan a la población heredada.

Es evidente que la legislación de ese país imaginario debe caracterizarse por un socialismo militante, que no permita los intentos de acabar con él y reinstaurar un sistema capitalista. Si con la población heredada se permite que desde el exterior se financien partidos políticos y medios de comunicación antisocialistas, y actividades subversivas o incluso terroristas, es seguro que el proyecto igualitario y de emancipación colectiva sucumbirá.

Los bien informados saben que muchos aparentes luchadores por la libertad y la democracia en sitios estratégicos (Hong Kong, Taiwán, Cuba, Venezuela) están largamente financiados por EE. UU. y al servicio de sus intereses. Y que cuando los gobiernos capitalistas exigen a algún país que se democratice no están en realidad pidiendo eso. La democracia les trae al fresco, como prueba que han auspiciado dictaduras o las toleran muy amistosamente. Lo que están pidiendo a ese país es que cambie su legislación y se abra a ser colonizado por el capital extranjero.

Sólo el día en que la población haya recibido una constitución mental compatible con el socialismo (es decir, cuando una población mayoritariamente ilustrada y solidaria no quiera que haya explotadores y explotados) se podrá al fin llegar a una verdadera democracia e incluso a la desaparición del Estado, sustituido por la responsabilidad individual.

Conclusión: condenados a autoritarismos de uno u otro signo, el autoritarismo chino no sólo es más efectivo que el capitalista para resolver una crisis sanitaria, sino más defendible desde una consideración moral. Ha servido para sacar a 800 millones de la pobreza y para hacer grandes inversiones en educación y sanidad, mientras nuestros autoritarismos recortan el gasto social y aumentan el número de pobres y también el de fascistas dispuestos a salvar el país fusilando a la mitad de su población.

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AUTORITARISMOS, NORMALIDAD Y PANDEMIA

La pandemia está colocando al capitalismo ante un espejo cruel y vuelve a poner sobre la mesa un asunto del que no se quiere hablar. ¿Acaso es más eficiente y justo el sistema autoritario chino que las llamadas democracias capitalistas?

Cuestión semejante ya se planteó en los tiempos iniciales de la URSS, cuya efectividad económica fue de inicio impresionante y cuya justicia social era muy superior a la capitalista.

El capitalismo hizo dos cosas para afrontar aquella pugna: dulcificarse mediante el Estado de Bienestar y hacer todo lo posible para que la URSS descarrilara, a lo que ayudó mucho la dictadura estalinista. Quedó desde entonces muy establecida la identificación de comunismo con ineficacia y crimen, y de capitalismo con eficacia y libertad. Todo en orden.

Ahora la pugna se repite, pero con dos variantes. Los controladores del capitalismo decidieron que, ya que la URSS había sido derrotada, era oportuno ir desmontando el Estado de Bienestar y la capacidad de resistencia obrera. La consecuencia es que la injusticia se ha multiplicado hasta un nivel insoportable. Y por otra parte no parece que se pueda sacar a China de su camino ascendente por muchos esfuerzos que haga un EE UU en decadencia.

Insistiendo, aunque con nuevos datos, en lo que dije el pasado marzo (ver aquí), las dos cuestiones abiertas son éstas: si es preferible una planificación económica estatal con propiedad pública de los principales sectores productivos o, por el contrario, una economía no planificada, controlada por el mercado y con una propiedad pública reducida al mínimo. Y si nuestras llamadas democracias son en realidad formas solapadas de autoritarismo.

Estas cuestiones no son discutidas en los medios, como si estuviera fuera de duda cuál debe ser la respuesta. Si alguien se atreve a utilizar argumentos racionales y morales, se encontrará con que se le desestima tachándolo de populista, radical y antisistema.

La economía planificada y la economía de mercado frente a la crisis

Es de sentido común que, en una crisis como la pandemia actual, sólo puede producir ventajas que el mercado esté sometido a una planificación pública en manos de un Estado no dimitido, y controlador de las principales empresas del país.

El éxito de China contra la pandemia, siendo el país más poblado del mundo, se ha debido básicamente al control estatal de la economía, que ha permitido adoptar las medidas necesarias sin tener en cuenta el impacto económico inmediato, por otra parte siempre en gran medida bajo control. De ahí que, una vez vencida la pandemia, la economía se haya recuperado rápidamente y comience a crecer.

En cambio, dado que el impacto de la pandemia en una economía de mercado es incontrolable y de repercusiones a largo plazo, los gobiernos titubean, dudando entre hacer lo conveniente para vencer la pandemia o hacer lo que demanda la estabilidad económica, con lo que se han hecho débiles para atajar la pandemia, no han salvado la economía y están obligados a volver a empezar en medio de una segunda ola, sumidos en una crisis que parece que va para largo.

Aun si nos fijamos en los países capitalistas que mejor funcionan, queda muy claro que, cuando sobreviene una crisis, aumentan los grados de injusticia, porque inevitablemente el mercado hace que paguen la crisis los de siempre y se enriquezcan aún más los de siempre. Al mismo tiempo aumentan los grados de irracionalidad, porque los poderes públicos están maniatados y responden demasiado tarde y mal.

¿Y en situaciones de normalidad?

También va siendo indiscutible el éxito de la economía planificada en situaciones de normalidad.

En noviembre de 2018, durante la inauguración en Pekín del Foro Internacional de la Reforma y Apertura y la Reducción de la Pobreza en China, el surcoreano Jim Yong Kim, presidente del Banco Mundial, mostró su admiración por la aportación de China a la economía mundial, que había pasado del 1,5 % en 1978 al 15 %, mientras el ingreso per cápita se había multiplicado por 25, de los 300 dólares en 1978 a 7.300 dólares en 2017 (9.180 en 2019). En esa misma ocasión el administrador del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), Achim Steiner, ponderó la profunda transformación vivida en el gigante asiático hasta convertirse en la segunda potencia económica mundial.

Aparte las cifras macroeconómicas, lo relevante no es sólo que China haya realizado inversiones masivas en los ámbitos agrícola, de infraestructuras y de investigación científica hasta situarse a la cabeza del mundo en tecnología, sino que se ha centrado en el capital humano y ha realizado grandes inversiones en educación (12,63 % del PIB), sanidad y erradicación de la pobreza.

Tanto Jin Yong Kim como Steiner alabaron la lucha contra la pobreza en China, que en las últimas cuatro décadas había logrado sacar de esa situación a más de 800 millones de personas. “Es un fenómeno incomparable en la historia de la humanidad”, afirmaron tras subrayar que China ha sabido combatir la pobreza de una manera “multidimensional”, aproximándose  rápidamente a una sociedad de clases medias “moderadamente prósperas en todo sentido”, como dicen sus gobernantes.

Entretanto en los países sometidos al mercado neoliberal aumenta el número de personas sumidas en la pobreza, incluso en la pobreza extrema, aumenta la riqueza extrema de un número cada vez menor de personas y los Estados carecen de ingresos para acometer políticas públicas ambiciosas.

Autoritarismo aparente frente a autoritarismo oculto

Dejando aparte a los que afirman o insinúan, siguiendo la línea de Trump, que China ha fabricado el virus para infectar a sus competidores y hacerse dueña del mundo, lo habitual es insistir en que el éxito chino contra la pandemia se ha debido a su autoritarismo, que atenta contra la libertad tan cara a nuestras democracias. Vivir en libertad, se viene a decir, tiene su precio, pero vale la pena pagarlo.

Demos por cierto que el sistema chino, es un régimen autoritario y por tanto no es un sistema político ideal. Aunque se celebran allí elecciones libres para los Comités de Aldea, el partido comunista es el único con poder real (hay otros partidos, pero todos colaboradores con el comunista). Se puede añadir que hay cierta opacidad sobre ingresos, riqueza, fuga de capitales y corrupción, y que las autoridades vetan trabajos que les son críticos (por ejemplo el del economista Thomas Piketty), mientras los alaban si son favorables.

Hemos de admitir además que la mezcla china de socialismo y mercado no ha conseguido que el crecimiento de las últimas décadas haya llegado a todos de manera homogénea. Las desigualdades han aumentado desde 2015, aunque esto no sea sólo achacable a decisiones políticas. Opera en China una tradición cultural muy respetuosa con el privilegio heredado y, por tanto, poco compatible con el socialismo, de forma que la movilidad social está en China más determinada (84%) que en nuestras sociedades (73%), y no por culpa del partido comunista, que querría erradicar esa tradición, pero no ve forma de hacerlo por su gran arraigo social.

En todo caso, si ponemos en el otro platillo de la balanza el aumento incomparablemente mayor de las desigualdades sociales, la pobreza infantil y la inseguridad respecto al futuro de nuestras sociedades, tendríamos que llegar a la desalentadora conclusión de que la democracia es incapaz de actuar con eficacia en una crisis y, aún más, que es incapaz de beneficiar al conjunto de la población cuando hay bonanza, mientras el autoritarismo lo consigue.

Afortunadamente la incomodidad se resuelve si tenemos en cuenta que no se están enfrentando autoritarismo y democracia, sino dos formas de autoritarismo.

Y es que en nuestros países aparentemente democráticos vivimos un autoritarismo que, precisamente por oculto, es de peor condición y que daña de manera irreparable a la mayoría de la población.

Estamos cansados de apelaciones a Montesquieu para dictaminar que en las democracias hay tres poderes, legislativo, ejecutivo y judicial, cuya independencia debe garantizarse.

Pero ¿son éstos los únicos poderes a considerar? ¿Son siquiera los más importantes? Algunos añaden un cuarto poder, el de los medios de comunicación.

Oportunamente se olvidan siempre del poder principal: el poder económico que actúa en la sombra, en manos de unas pocas personas, y que controla a los poderes restantes. He aquí la verdadera conspiración, de la que no hablan quienes están viendo falsas conspiraciones por todas partes.

Padecemos una legislación que recorta los ingresos del Estado y proporciona a los poderosos mil formas de eludir el pago de los escasos impuestos a que están legalmente obligados. Y los que inspiran esa legislación son los mismos que actuaron a través de sus servidores (FMI, BM, Ángela Merkel) para obligar a Rajoy y Zapatero a cambiar a toda prisa y sin debate público, en beneficio de la banca internacional y en perjuicio de la población española, un artículo de la sagrada e intocable Constitución.

Los servidores del capital dicen que las políticas neoliberales son inevitables porque cualquier alternativa sería peor en virtud de las leyes económicas, a las que apelan como si se tratara de leyes científicas, siendo así que las cambian a su conveniencia. Pero China demuestra que se puede actuar de otra forma sin riesgo para la economía. Y si en los países capitalistas no se puede hacer lo que allí se hace es porque lo impide el poder de los dueños del dinero. Ese poder oculto no es llamado autoritarismo criminal, es llamado democracia.

Resulta irónico que se invoque la palabra libertad como fundamento de numerosas acciones públicas que nos privan de libertad. Pues el sistema político priva de libertad cuando no da a la ciudadanía una educación tan buena como ya es posible, y también cuando niega a millones de ciudadanos los medios económicos imprescindibles para eso que se llama realización personal. Poca libertad tiene el ignorante que se perjudica sin saberlo. Poca libertad tiene el pobre, aparte de ejercer su derecho a dormir bajo los puentes. Tenemos por tanto millones de personas privadas de libertad en el buen sentido y no podemos presumir de democracia.

Moral comunitaria frente a individualismo

Algunos alegan que también hay democracias exitosas contra la pandemia, como Corea del Sur, Hong Kong, Singapur o Taiwán. ¡Qué casualidad, los cuatro tigres asiáticos, escaparates artificiales del capitalismo concebidos y alentados como armas contra China!

Todos ellos tienen en común con China o Vietnam que son países asiáticos.

El éxito contra la pandemia en países como China o Vietnam no sólo se ha debido a medidas políticas y económicas acertadas, sino también a una respuesta popular favorable.

En el caso de Vietnam, su economía, aunque en rápido desarrollo, no ha llegado a un nivel que permita programas de pruebas masivas a gran escala, pero allí se han utilizado las fuerzas de seguridad militar, ayudadas por los vecinos que informan si sospechan de una mala conducta. “Este no es un enfoque que pueda adoptarse en las sociedades occidentales”, se dice con hipocresía. Es cierto que en nuestra cultura individualista se ha despreciado al acusica. Pero hemos aplaudido a quienes han publicado listas de defraudadores fiscales, hacemos campañas para que los testigos de violencia machista la denuncien, y lo mismo los testigos de acoso escolar, y nos parece obligación ciudadana llamar a la policía para que corte un botellón que contraviene las normas sanitarias. ¿Qué es lo que está mal, comportarse de manera peligrosa para la salud ajena o denunciar ese comportamiento?

La realidad es que las culturas asiáticas tienen una concepción más comunitaria de la persona, y esto es una ventaja, porque nuestro individualismo se basa en el mito anticientífico de que el individuo es autónomo y que la sociedad no es otra cosa que un corsé que lo oprime. En occidente hemos olvidado lo que ya sabían los filósofos antiguos, que la persona es un ser social, esto es, que no puede existir y persistir sin una sociedad, y que por ello debe ser solidaria con ella y sentirse en alguna medida deudora. Cuando alguien se dedica a una autonomía insolidaria olvida que nació en un grupo que cuidó de él, le dio el lenguaje y sigue proveyéndole de todo lo que necesita para sobrevivir, incluso cuando sobrevive ejerciendo su egoísmo.

Por ello una gran parte de lo que nos parece autoritarismo oriental es allí la forma normal de comportamiento. Si para acabar con la pandemia hay que aceptar unos sacrificios y unos controles, la población tiende a aceptarlos y lo contrario les parece inaceptable. Si alguien quiere escabullirse de sus obligaciones, los comités de barrio o la policía se lo recuerdan y, si esto no basta, se lo exigen. En nuestros países capitalistas estamos viendo cómo incumplen las normas día tras día grupos caracterizados por la ignorancia (los negacionistas) o cegados por el odio al gobierno, o meramente irresponsables. Y todo ello con una impunidad que les anima a seguirlo haciendo.

Ante la pasividad de gobiernos titubeantes, estos grupos vociferan por las calles llamando libertad a su agresión a la salud ajena. Es la libertad que invocan los Aznares del mundo, porque ¿quién puede privarles de su sagrado derecho a hacer lo que les dé la gana, beber por ejemplo unas copas antes de coger el volante del coche?

Muchos de los que se comportan irresponsablemente son jóvenes que ponen de manifiesto dos cosas achacables a nuestro sistema: han recibido una pobre educación cívica y moral. Y frustrados porque la sociedad les niega un futuro abierto y prometedor, no se sienten solidarios con ella.

El agravado caso español

Si esta es la comparación que cabe entre un semisocialismo como el chino y las sociedades capitalistas más presentables, lo que está ocurriendo en España parece resultado de un guion bufo.

En España la pandemia está acelerando la destrucción del mito de la modélica Transición, que no depuró en su momento ni a los políticos, ni a la policía, ni al ejército, ni al alto funcionariado, ni a la judicatura de la dictadura, y que enseñó en la escuela una interpretación equidistante de la historia de España desde la última República. Todo ello está teniendo ahora su influencia.

La ultraderecha fascista que dominó la etapa franquista, liberada de rendir cuentas en la Transición, y no desenmascarada en las escuelas y medios de comunicación, se mantuvo en Alianza Popular primero y en el Partido Popular luego. Allí ha estado y allí sigue en parte, porque otra parte se ha escindido y opera en VOX, aunque en estrecha connivencia con el resto de la derecha. Esta ultraderecha fascista ataca al gobierno de coalición acusándolo de comunista-bolivariano y terrorista, y viene utilizando la pandemia para hacer una oposición plagada de acusaciones irracionales, con apoyo en unos jueces y unos medios de comunicación mucho más escorados a la derecha que lo que se estila en el resto de Europa.

La derecha española no está tan interesada en resolver la crisis sanitaria como en conseguir que el gobierno de coalición caiga.

El economista Juan Torres López explica por qué el líder del Partido Popular y sus eurodiputados llevan varias semanas presionando en Bruselas para tratar de evitar que la Unión Europea conceda a España las ayudas acordadas para combatir la crisis provocada por la pandemia. A juicio de Juan Torres al PP no le importa el daño para muchos empresarios y trabajadores españoles porque espera que, si la economía se hunde, los votantes culpen al gobierno del desastre y la derecha vuelva a gobernar. Y hace esto en defensa de los intereses de un grupo de grandes empresas españolas que se han acostumbrado a obtener sus beneficios como regalías y favores procedentes del poder político, capturando todas las redes del Estado, de sus instituciones y del poder político para ponerlas a su servicio. De la fusión de esas empresas con los poderes del Estado nació hace ya muchos años la oligarquía que domina la economía, la política, los medios de comunicación y a España en su conjunto.

Cabe añadir que estas grandes empresas han tolerado gobiernos de un PSOE inspirado por Felipe González y sus acólitos, pero recelan de Pedro Sánchez y no pueden aceptar un gobierno de coalición con una UP a la que no controlan. Para esa oligarquía es prioritario acabar con el actual gobierno de coalición, pese a que sólo se propone tímidas medidas socialdemócratas.

El problema del gobierno es que actúa mediatizado por las críticas que va a recibir haga lo que haga, por la oposición frontal que el PP viene haciendo a través, sobre todo, de la Comunidad de Madrid y por el miedo a las repercusiones electorales de medidas necesarias.

España es diferente, decían. Lo estamos viendo.

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