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COMENTARIOS SOBRE LAS ELECCIONES MADRILEÑAS

No sé si la señora Ayuso tenía razones para temer una moción de censura con apoyo de Ciudadanos o más bien ganas de aprovechar la ocasión para dar un golpe de mano y acrecentar su poder. El caso es que todo parecía resuelto hasta que ocurrió lo imprevisible: Pablo Iglesias abandonó el cargo de vicepresidente del Gobierno e incluso su puesto de diputado para presentarse como candidato de UP con ninguna posibilidad de ganar las elecciones autonómicas. Desde entonces ha cambiado la situación y las expectativas.

Pablo Iglesias

Parece clara su motivación política: evitar que UP desaparezca del parlamento de la Comunidad de Madrid por no llegar al 5% de votos. No sé cuál habrá sido su motivación psicológica ni creo que importe cuando no se trata de hacer una novela, sino análisis político.

Hay que reconocer que dejar cargos tan importantes y anunciar que dejará también el liderazgo de Podemos es una decisión a la que no estamos acostumbrados, y que viene a demostrar que no todos los políticos son iguales.

He criticado a Iglesias en este blog y mantengo esas críticas. Creo que se vio líder político cuando estaba inmaduro como persona, calculó mal sus fuerzas, diseñó mal sus intervenciones, se hizo agresivo sin beneficios y lo quiso compensar poniéndose a destiempo la piel de cordero. Compró un chalet contradiciendo declaraciones previas y sin prever la pérdida de credibilidad que afectaría a su partido. Titubea muchas veces después de haber dado en el clavo, como cuando dijo que esto no es una democracia porque no manda el pueblo sino el capital, pero más tarde dijo que esta democracia no es plena porque hay presos políticos (lo que implica que si no los hubiera sí sería una democracia plena). Hace acusaciones valiosas contra los medios de comunicación controlados por el capital, pero no las mantiene cuando le llevan a uno de ellos. Desde un electoralismo sin disimulos ha llegado a decir que es una pena que Iván Redondo no trabaje para Podemos.

Sin embargo creo que tiene un fuerte componente de honradez moral que le hace tomarse en serio la política a favor de la gente y que, por falta de cinismo, presenta hoy un cuerpo que ha sufrido más de la cuenta en los últimos años.

Mónica García

Es anestesista y hay que alabarle que haga compatible con su actividad política seguir trabajando media jornada en el Hospital 12 de Octubre. Es activista en la marea blanca y ha adquirido relevancia en el parlamento madrileño por su conocimiento de la situación sanitaria, puesta al servicio de la más dura oposición a la gestión de la pandemia.

Cuando Pablo Iglesias sugirió una candidatura unitaria de izquierdas dejando claro que él iría en el puesto que decidieran los afiliados, Mónica García se mostró en principio dispuesta a estudiar la propuesta.

Parece sin embargo que hubo una reunión entre Mónica García y Errejón tras la cual la candidata por Más Madrid tuvo una muy desafortunada intervención contra Pablo Iglesias, hablando de testosterona, macho alfa y otras cuestiones sólo explicables si se piensa en una ira sorda causada en los de Más Madrid por el desembarco de Iglesias en la campaña. Es como si dieran por bueno que pierda la izquierda a cambio de que UP fracase o, al menos, que no los sobrepase.

Más tarde Mónica García volvió a la cordura y se opuso a la candidatura unitaria argumentando, ya sin agresividad fuera de lugar, que una vez que con Iglesias queda garantizado el 5% para UP, yendo los tres partidos por separado pueden atraer a más votantes.

Quiere esto decir que el electoralismo convierte a los partidos de izquierda no en colaboradores, sino en enemigos que cifran su éxito en el fracaso ajeno, pues salen a luchar por un puñado de votos que si van a un lado no van al otro. Y de que vayan a un lado u otro depende el poder político que se consiga, los cargos a repartir, etc. Lo mismo que ocurre en los demás partidos.

Ángel Gabilondo

Cuando comentaristas y tertulianos critican a Gabilondo se creen obligados a reconocer que, no obstante, es un intelectual de pensamiento profundo. ¿Ha dado alguna prueba de ello? No, salvo que es catedrático de metafísica. Hay ignorancia, al parecer, acerca de qué significa ser catedrático de metafísica.

Hasta ahora el señor Gabilondo sólo ha dado pruebas de pensamiento acomodaticio, y no puede enojarse si su comportamiento como jefe de la oposición en el parlamento madrileño sugiere la sospecha de que ha estado mudo para no molestar al PP y garantizarse así la conformidad a su candidatura como Defensor del Pueblo.

Cuando se ha decidido a hablar nos obliga a pensar que estaba mejor callado, pues este hombre es indigesto cuando calla, pero también cuando habla.

¿Cómo podemos explicarnos que esté dispuesto a pactar con Ciudadanos, pero no con Pablo Iglesias? Parece no haberse dado cuenta que si él sale de estas elecciones presidente de la Comunidad será gracias a la irrupción de Pablo Iglesias en la campaña. Tampoco ha tenido en cuenta que tal vez Más Madrid no esté dispuesto a compartir su veto (aunque tal vez sí, cualquiera sabe, por ahora no lo ha condenado). Ni tampoco que si Ciudadanos consiguiera pasar del 5% de los votos su tendencia le llevaría a los brazos de la extrema derecha de Ayuso antes que a los de la derecha moderada del PSOE.

¿Y cómo explicar que se haya apresurado a afirmar que no piensa subir impuestos? ¿Tampoco a los muy ricos, aun en perjuicio de los servicios públicos madrileños? ¿Tampoco a quienes utilizan la comunidad de Madrid como una especie de paraíso fiscal en perjuicio de otras comunidades?

Lo más sospechoso del señor Gabilondo es su afán por presentarse como moderado que huye de toda confrontación, de todo extremismo, que huye de la polarización. ¿Qué significa eso?

Polarización, extremismos

Polarización” es el término con que se sustituye “lucha de clases”. Si hay una minoría explotadora y una mayoría explotada, es inevitable la lucha de clases, sea explícita o latente, tengan conciencia de ella o no los enfrentados. Acusan de polarización a quien se sitúa con lucidez frente a ese hecho.

El pensamiento correcto consiste en ver nuestro mundo como el mejor de los posibles y a cualquier alternativa como una forma de totalitarismo. Se admite que en este mundo los distintos grupos tienen intereses a veces contrapuestos, pero esos conflictos deben resolverse mediante la única opción civilizada, la discusión racional hasta llegar a acuerdos. Y todo ello considerando al otro como un adversario, nunca como un enemigo.

Es decir, el explotado debe considerar al explotador un adversario cuyo interés (seguir explotando) es tan legítimo como el suyo (librarse de la explotación). Y esta disparidad de intereses debe resolverse mediante la discusión racional y el pacto. Seguro que los explotadores, si oyen un buen argumento, están dispuestos a pactar con los explotados una distribución razonable de la riqueza social. Seguro.

Frente a esta fantasía la realidad es que el poder económico lanza a la lucha a sus mesnadas mediáticas y políticas para que fabriquen opinión y promulguen leyes a favor de sus privilegios. Si alguien se pone enfrente y lo denuncia …, ah, ya hemos topado con la polarización, la crispación y el extremismo.

Señor Gabilondo, ¿en qué mundo vive usted? Evidentemente en el del conservadurismo menos racional, compatible, como bien se ve, con la metafísica.

Dogmatismos

Es un tic conservador alertar contra el dogmatismo, contra quienes pretenden ostentar la verdad absoluta. Hay filósofos y filósofas que elogian la perplejidad y la duda, o afirman que la función de la filosofía no es ofrecer respuestas, sino hacerse preguntas. Y lo dicen al tiempo que hablan sin perplejidad ni duda y que ofrecen respuestas contundentes (¡y qué respuestas!) cuando les interesa. Eso sí, tachan de dogmáticas las respuestas de quienes tienen ideas claras acerca de la explotación y su remedio.

Ángel Gabilondo ha criticado la arrogancia y nos ha hablado de amor sólo para denostar al arrogante Pablo Iglesias y para eximirse de condenar al capitalismo. El capitalismo produce maltratos y violencias universales, pero los hay que creen que se puede hablar de moral, bien común y amor universal sin entrar a condenarlo. Nos dirán, claro, que quienes lo condenamos estamos simplificando un tema muy complejo. Y lo antes dicho: cayendo en el extremismo, la polarización y el dogmatismo.

Valga recordar que el dogmatismo no consiste en tener creencias firmes, sino en mantenerlas al margen del razonamiento. Que es lo que hacen a la postre los conservadores que condenan el dogmatismo.

Una izquierda sin méritos

Se dice que en estas elecciones las personas de izquierda irán a votar más en contra de algo que a favor de algo. La gente decente, sensata y con suficiente conocimiento no puede tener mucho interés en hacer presidente de la comunidad a Gabilondo. Es por ello muy probable que muchos voten contra la extrema derecha, no a favor de una izquierda que lleva tiempo ausente.

A falta de méritos acumulados, ahora se disparan las prisas por acudir a los barrios y a los pueblos del Sur en busca de votos.

Hace años escribía Alberto Garzón que la respuesta necesaria de la izquierda ante los retos actuales debe consistir en la construcción de tejido social antifascista/socialista (la creación de ateneos, cooperativas, clubes, bares, bibliotecas, asociaciones de vecinos, etc.), que es donde residió la fuerza del movimiento obrero del siglo XIX y la vacuna contra el fascismo.

¿Por qué no viene haciendo todo esto Izquierda Unida?

¿Por qué Podemos no viene haciendo otra cosa que dejar languidecer los círculos que inicialmente constituían el cuerpo del movimiento?

Si ahora la extrema derecha puede decir “comunismo o libertad” es porque durante 40 años el régimen franquista adoctrinó a la población en el anticomunismo y porque llevamos otros 40 años en que un capitalismo que esclaviza a la mayoría de la población se asocia a la palabra libertad y se apodera de ella.

¿Qué ha venido haciendo contra esto la izquierda anticapitalista?

Los comunistas se avergonzaron de serlo o se asustaron de presentarse como tales por si les restaba votos y por eso crearon Izquierda Unida para ocultar su nombre. Además han sido incapaces de explicar qué es la libertad y por qué en el capitalismo sólo existe la libertad del depredador.

Esto es lo que facilita que la acusación de comunismo sea un arma en manos de la ultraderecha madrileña, pese a que no tienen enfrente a nadie que proponga políticas comunistas (aquí son imposibles) sino tibiamente socialdemócratas. Y también explica que se haga depositaria y defensora de la libertad sin el menor rubor.

La mala opción del electoralismo

No hay que cansarse de repetir que se llega rápidamente a la inoperancia cuando los partidos de izquierda se apartan de su actividad básica (promover la conciencia de clase entre los explotados) y dedican su esfuerzo al electoralismo bajo la idea falsa de que consiguiendo el poder político se puede transformar la sociedad, y ello al margen del apoyo social que se tenga más allá de los votos.

Este camino que ha resultado suicida fue iniciado por el eurocomunismo cuando aceptó que nuestras plutocracias son democracias y abandonó su papel a cambio de casi nada, porque es casi nada (ya lo ha descubierto Iglesias) lo que se puede hacer desde el poder político frente al poder económico.

Es la entrega al electoralismo lo que ha acabado desnaturalizando a Podemos. Cierto que puede alegar que el apoyo popular, aunque declinante, le ha servido para entrar en un gobierno de coalición progresista. Pero al precio de descuidar el espacio en que debiera haberse desenvuelto, y con pobres resultados. Sólo ha conseguido lo que el poder económico permite: repartir algunas migajas del banquete que se siguen dando otros. Y para ello ha tenido que mantener un continuo forcejeo con el PSOE que obliga a UP a desnaturalizarse un poco más a cada envite.

Entre la revolución violenta y el electoralismo hay un camino intermedio que los partidos eurocomunistas no percibieron y que es caricaturizado por intelectuales que lo califican de postura moral improductiva. El que no se mancha las manos, dicen, se queda morando en un mundo de puros principios sin incidencia en el mundo social.

Esta falta de imaginación impide ver todo lo que se puede hacer desde fuera de las instituciones para ir consolidando el apoyo de una parte suficiente de la población en circunstancias en que serán necesarios los sacrificios.

Sin este apoyo es ilusorio pensar que puede ser fructífero el enfrentamiento al poder económico.

No quiere esto decir que sea desdeñable la actividad electoral e institucional, sino que debe ser subordinada y secundaria, lo que implica no buscar votos a cualquier precio, sino aprovechar el escenario electoral para que los mensajes aclaradores lleguen a más gente, sin miedo a perder votos por decir verdades, sin permitirse el silencio para no perder votos. Es decir, algo muy distante de lo que vemos.

Pienso por todo ello que la muy encomiable actitud de Iglesias sólo será fructífera si es un primer paso para una enmienda a la historia previa de Podemos: establecer una dirección colegiada de personas que no estén en primera línea de ejecución y de portavocía. Que un líder carismático haga y deshaga a su albedrío, sólo porque tiene la cualidad de ser buen argumentador en los debates electorales y en el parlamento, tiene sentido en la derecha, pero no en una izquierda que se involucre en la verdadera batalla, hasta ahora ganada por la derecha porque la izquierda se retiró y no comparece: la batalla ideológica.

A quién votar desde la izquierda

Como no pertenezco a la comunidad de Madrid no tengo el problema de decidir si voto o no, y a quién en caso afirmativo.

Me incitaría a no votar haber percibido que el éxito electoral confirma a los partidos de izquierda en el electoralismo, y que sólo despertarán de él si tienen un fracaso suficiente.

Pero por otra parte, aunque aquejado de desengaño y tristeza, iría a votar más bien por estética, por no seguir soportando más tiempo la muy fea imagen de una presidenta de ignorancia arrogante, mentirosa compulsiva (que cada vez que habla miente) y dispuesta a todo por mantenerse en un poder claramente trumpista.

¿Votar a Más Madrid o a UP?

No es fácil olvidar que Errejón y Carmena, por intereses personales, prepararon en conciliábulos secretos una traición a los intereses de la izquierda. Añádase a esto que el odio de la derecha no se dirige precisamente a Errejón, o a Gabilondo, bien tratados por los medios conservadores, sino a Iglesias, al que consideran portador de todos los males.

Así que votaría a UP. Deseo suerte a Pablo Iglesias, al que le vendría bien eliminar en la campaña electoral las descalificaciones y sustituirlas por propuestas y por datos (esos datos que conseguirán que sean los propios oyentes quienes descalifiquen a los actuales dirigentes de la Comunidad). Todo ello sin fruncir el ceño, sin presentarse como enfadado con el mundo, tranquilo de ánimo, pero haciendo un fiel retrato de la injusta realidad social que la derecha ha ido fabricando para los madrileños.

Y si queremos ahondar en el tema, volvemos a lo mismo

¿Por qué tenemos que estar hablando de todo esto, por qué no está garantizada una muy clara victoria de la izquierda en Madrid? Es evidente: por la mentalidad de una gran parte de la población.

Tenemos una mayoría de explotados que votan sin saberlo a quienes los perjudican. Hay distintos argumentos para explicarlo, pero que eluden la causa principal: la deficiente constitución mental de esa mayoría.

Las personas no nacen, se hacen dependiendo de los estímulos que produce el medio social en que crecen. Cuando se critica al capitalismo suele hacerse hincapié en los efectos de su estructura económica, pero no se repara en el daño más grande: la defectuosa fabricación de la población.

El sistema funciona primando la creencia de que lo que realmente vale es el dinero, llave para el consumo de todo lo apetecible. Tanto se es cuanto se tiene, creencia que fortalece el egoísmo, la codicia y el miedo. Hay que competir con los demás y la mayoría termina en la frustración, porque sólo unos pocos consiguen la riqueza que todos pretenden. Es inevitable el resentimiento de los muchos que se ven obligados a vivir en la pobreza o en la extrema pobreza, en el desamparo y en la falta de futuro.

Esto sería una fuerte incitación a la rebelión liberadora si no fuera porque una mayoría de la población es fabricada sin competencia intelectual para detectar los errores esparcidos desde el poder y sin conciencia de los intereses propios.

Es entonces inevitable que muchos perjudicados sean presa fácil de cualquier ideología agresiva y ello explica el crecimiento de la extrema derecha incluso en barrios populares.

Y no olvidemos que la extrema derecha es apoyada por el poder económico como fuerza de reserva, por si la lógica del sistema acaba provocando levantamientos sociales. Ahí estará entonces la militancia fascista para entrar en acción y generar tal clima de violencia que permita presentar como solución una dictadura de derechas. Lo de siempre.

El sistema social que produce estos efectos es defendido con uñas y dientes por numerosas mesnadas e instrumentos: intelectuales, comunicadores, obispos, medios de comunicación, publicidad, temarios de enseñanza en las escuelas… Ahí están quienes gritan contra el extremismo y la polarización, como si de eso se pudiera acusar a quien protesta y no a la crueldad del sistema.

A esto es a lo que la izquierda debería enfrentarse, y no desde las instituciones, desde las que muy poco se puede hacer, ni limitándose a mítines en periodos electorales, sino actuando entre las gentes de los barrios populares en su beneficio (material y mental) todo el tiempo.

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AUTORITARISMOS, NORMALIDAD Y PANDEMIA

La pandemia está colocando al capitalismo ante un espejo cruel y vuelve a poner sobre la mesa un asunto del que no se quiere hablar. ¿Acaso es más eficiente y justo el sistema autoritario chino que las llamadas democracias capitalistas?

Cuestión semejante ya se planteó en los tiempos iniciales de la URSS, cuya efectividad económica fue de inicio impresionante y cuya justicia social era muy superior a la capitalista.

El capitalismo hizo dos cosas para afrontar aquella pugna: dulcificarse mediante el Estado de Bienestar y hacer todo lo posible para que la URSS descarrilara, a lo que ayudó mucho la dictadura estalinista. Quedó desde entonces muy establecida la identificación de comunismo con ineficacia y crimen, y de capitalismo con eficacia y libertad. Todo en orden.

Ahora la pugna se repite, pero con dos variantes. Los controladores del capitalismo decidieron que, ya que la URSS había sido derrotada, era oportuno ir desmontando el Estado de Bienestar y la capacidad de resistencia obrera. La consecuencia es que la injusticia se ha multiplicado hasta un nivel insoportable. Y por otra parte no parece que se pueda sacar a China de su camino ascendente por muchos esfuerzos que haga un EE UU en decadencia.

Insistiendo, aunque con nuevos datos, en lo que dije el pasado marzo (ver aquí), las dos cuestiones abiertas son éstas: si es preferible una planificación económica estatal con propiedad pública de los principales sectores productivos o, por el contrario, una economía no planificada, controlada por el mercado y con una propiedad pública reducida al mínimo. Y si nuestras llamadas democracias son en realidad formas solapadas de autoritarismo.

Estas cuestiones no son discutidas en los medios, como si estuviera fuera de duda cuál debe ser la respuesta. Si alguien se atreve a utilizar argumentos racionales y morales, se encontrará con que se le desestima tachándolo de populista, radical y antisistema.

La economía planificada y la economía de mercado frente a la crisis

Es de sentido común que, en una crisis como la pandemia actual, sólo puede producir ventajas que el mercado esté sometido a una planificación pública en manos de un Estado no dimitido, y controlador de las principales empresas del país.

El éxito de China contra la pandemia, siendo el país más poblado del mundo, se ha debido básicamente al control estatal de la economía, que ha permitido adoptar las medidas necesarias sin tener en cuenta el impacto económico inmediato, por otra parte siempre en gran medida bajo control. De ahí que, una vez vencida la pandemia, la economía se haya recuperado rápidamente y comience a crecer.

En cambio, dado que el impacto de la pandemia en una economía de mercado es incontrolable y de repercusiones a largo plazo, los gobiernos titubean, dudando entre hacer lo conveniente para vencer la pandemia o hacer lo que demanda la estabilidad económica, con lo que se han hecho débiles para atajar la pandemia, no han salvado la economía y están obligados a volver a empezar en medio de una segunda ola, sumidos en una crisis que parece que va para largo.

Aun si nos fijamos en los países capitalistas que mejor funcionan, queda muy claro que, cuando sobreviene una crisis, aumentan los grados de injusticia, porque inevitablemente el mercado hace que paguen la crisis los de siempre y se enriquezcan aún más los de siempre. Al mismo tiempo aumentan los grados de irracionalidad, porque los poderes públicos están maniatados y responden demasiado tarde y mal.

¿Y en situaciones de normalidad?

También va siendo indiscutible el éxito de la economía planificada en situaciones de normalidad.

En noviembre de 2018, durante la inauguración en Pekín del Foro Internacional de la Reforma y Apertura y la Reducción de la Pobreza en China, el surcoreano Jim Yong Kim, presidente del Banco Mundial, mostró su admiración por la aportación de China a la economía mundial, que había pasado del 1,5 % en 1978 al 15 %, mientras el ingreso per cápita se había multiplicado por 25, de los 300 dólares en 1978 a 7.300 dólares en 2017 (9.180 en 2019). En esa misma ocasión el administrador del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), Achim Steiner, ponderó la profunda transformación vivida en el gigante asiático hasta convertirse en la segunda potencia económica mundial.

Aparte las cifras macroeconómicas, lo relevante no es sólo que China haya realizado inversiones masivas en los ámbitos agrícola, de infraestructuras y de investigación científica hasta situarse a la cabeza del mundo en tecnología, sino que se ha centrado en el capital humano y ha realizado grandes inversiones en educación (12,63 % del PIB), sanidad y erradicación de la pobreza.

Tanto Jin Yong Kim como Steiner alabaron la lucha contra la pobreza en China, que en las últimas cuatro décadas había logrado sacar de esa situación a más de 800 millones de personas. “Es un fenómeno incomparable en la historia de la humanidad”, afirmaron tras subrayar que China ha sabido combatir la pobreza de una manera “multidimensional”, aproximándose  rápidamente a una sociedad de clases medias “moderadamente prósperas en todo sentido”, como dicen sus gobernantes.

Entretanto en los países sometidos al mercado neoliberal aumenta el número de personas sumidas en la pobreza, incluso en la pobreza extrema, aumenta la riqueza extrema de un número cada vez menor de personas y los Estados carecen de ingresos para acometer políticas públicas ambiciosas.

Autoritarismo aparente frente a autoritarismo oculto

Dejando aparte a los que afirman o insinúan, siguiendo la línea de Trump, que China ha fabricado el virus para infectar a sus competidores y hacerse dueña del mundo, lo habitual es insistir en que el éxito chino contra la pandemia se ha debido a su autoritarismo, que atenta contra la libertad tan cara a nuestras democracias. Vivir en libertad, se viene a decir, tiene su precio, pero vale la pena pagarlo.

Demos por cierto que el sistema chino, es un régimen autoritario y por tanto no es un sistema político ideal. Aunque se celebran allí elecciones libres para los Comités de Aldea, el partido comunista es el único con poder real (hay otros partidos, pero todos colaboradores con el comunista). Se puede añadir que hay cierta opacidad sobre ingresos, riqueza, fuga de capitales y corrupción, y que las autoridades vetan trabajos que les son críticos (por ejemplo el del economista Thomas Piketty), mientras los alaban si son favorables.

Hemos de admitir además que la mezcla china de socialismo y mercado no ha conseguido que el crecimiento de las últimas décadas haya llegado a todos de manera homogénea. Las desigualdades han aumentado desde 2015, aunque esto no sea sólo achacable a decisiones políticas. Opera en China una tradición cultural muy respetuosa con el privilegio heredado y, por tanto, poco compatible con el socialismo, de forma que la movilidad social está en China más determinada (84%) que en nuestras sociedades (73%), y no por culpa del partido comunista, que querría erradicar esa tradición, pero no ve forma de hacerlo por su gran arraigo social.

En todo caso, si ponemos en el otro platillo de la balanza el aumento incomparablemente mayor de las desigualdades sociales, la pobreza infantil y la inseguridad respecto al futuro de nuestras sociedades, tendríamos que llegar a la desalentadora conclusión de que la democracia es incapaz de actuar con eficacia en una crisis y, aún más, que es incapaz de beneficiar al conjunto de la población cuando hay bonanza, mientras el autoritarismo lo consigue.

Afortunadamente la incomodidad se resuelve si tenemos en cuenta que no se están enfrentando autoritarismo y democracia, sino dos formas de autoritarismo.

Y es que en nuestros países aparentemente democráticos vivimos un autoritarismo que, precisamente por oculto, es de peor condición y que daña de manera irreparable a la mayoría de la población.

Estamos cansados de apelaciones a Montesquieu para dictaminar que en las democracias hay tres poderes, legislativo, ejecutivo y judicial, cuya independencia debe garantizarse.

Pero ¿son éstos los únicos poderes a considerar? ¿Son siquiera los más importantes? Algunos añaden un cuarto poder, el de los medios de comunicación.

Oportunamente se olvidan siempre del poder principal: el poder económico que actúa en la sombra, en manos de unas pocas personas, y que controla a los poderes restantes. He aquí la verdadera conspiración, de la que no hablan quienes están viendo falsas conspiraciones por todas partes.

Padecemos una legislación que recorta los ingresos del Estado y proporciona a los poderosos mil formas de eludir el pago de los escasos impuestos a que están legalmente obligados. Y los que inspiran esa legislación son los mismos que actuaron a través de sus servidores (FMI, BM, Ángela Merkel) para obligar a Rajoy y Zapatero a cambiar a toda prisa y sin debate público, en beneficio de la banca internacional y en perjuicio de la población española, un artículo de la sagrada e intocable Constitución.

Los servidores del capital dicen que las políticas neoliberales son inevitables porque cualquier alternativa sería peor en virtud de las leyes económicas, a las que apelan como si se tratara de leyes científicas, siendo así que las cambian a su conveniencia. Pero China demuestra que se puede actuar de otra forma sin riesgo para la economía. Y si en los países capitalistas no se puede hacer lo que allí se hace es porque lo impide el poder de los dueños del dinero. Ese poder oculto no es llamado autoritarismo criminal, es llamado democracia.

Resulta irónico que se invoque la palabra libertad como fundamento de numerosas acciones públicas que nos privan de libertad. Pues el sistema político priva de libertad cuando no da a la ciudadanía una educación tan buena como ya es posible, y también cuando niega a millones de ciudadanos los medios económicos imprescindibles para eso que se llama realización personal. Poca libertad tiene el ignorante que se perjudica sin saberlo. Poca libertad tiene el pobre, aparte de ejercer su derecho a dormir bajo los puentes. Tenemos por tanto millones de personas privadas de libertad en el buen sentido y no podemos presumir de democracia.

Moral comunitaria frente a individualismo

Algunos alegan que también hay democracias exitosas contra la pandemia, como Corea del Sur, Hong Kong, Singapur o Taiwán. ¡Qué casualidad, los cuatro tigres asiáticos, escaparates artificiales del capitalismo concebidos y alentados como armas contra China!

Todos ellos tienen en común con China o Vietnam que son países asiáticos.

El éxito contra la pandemia en países como China o Vietnam no sólo se ha debido a medidas políticas y económicas acertadas, sino también a una respuesta popular favorable.

En el caso de Vietnam, su economía, aunque en rápido desarrollo, no ha llegado a un nivel que permita programas de pruebas masivas a gran escala, pero allí se han utilizado las fuerzas de seguridad militar, ayudadas por los vecinos que informan si sospechan de una mala conducta. “Este no es un enfoque que pueda adoptarse en las sociedades occidentales”, se dice con hipocresía. Es cierto que en nuestra cultura individualista se ha despreciado al acusica. Pero hemos aplaudido a quienes han publicado listas de defraudadores fiscales, hacemos campañas para que los testigos de violencia machista la denuncien, y lo mismo los testigos de acoso escolar, y nos parece obligación ciudadana llamar a la policía para que corte un botellón que contraviene las normas sanitarias. ¿Qué es lo que está mal, comportarse de manera peligrosa para la salud ajena o denunciar ese comportamiento?

La realidad es que las culturas asiáticas tienen una concepción más comunitaria de la persona, y esto es una ventaja, porque nuestro individualismo se basa en el mito anticientífico de que el individuo es autónomo y que la sociedad no es otra cosa que un corsé que lo oprime. En occidente hemos olvidado lo que ya sabían los filósofos antiguos, que la persona es un ser social, esto es, que no puede existir y persistir sin una sociedad, y que por ello debe ser solidaria con ella y sentirse en alguna medida deudora. Cuando alguien se dedica a una autonomía insolidaria olvida que nació en un grupo que cuidó de él, le dio el lenguaje y sigue proveyéndole de todo lo que necesita para sobrevivir, incluso cuando sobrevive ejerciendo su egoísmo.

Por ello una gran parte de lo que nos parece autoritarismo oriental es allí la forma normal de comportamiento. Si para acabar con la pandemia hay que aceptar unos sacrificios y unos controles, la población tiende a aceptarlos y lo contrario les parece inaceptable. Si alguien quiere escabullirse de sus obligaciones, los comités de barrio o la policía se lo recuerdan y, si esto no basta, se lo exigen. En nuestros países capitalistas estamos viendo cómo incumplen las normas día tras día grupos caracterizados por la ignorancia (los negacionistas) o cegados por el odio al gobierno, o meramente irresponsables. Y todo ello con una impunidad que les anima a seguirlo haciendo.

Ante la pasividad de gobiernos titubeantes, estos grupos vociferan por las calles llamando libertad a su agresión a la salud ajena. Es la libertad que invocan los Aznares del mundo, porque ¿quién puede privarles de su sagrado derecho a hacer lo que les dé la gana, beber por ejemplo unas copas antes de coger el volante del coche?

Muchos de los que se comportan irresponsablemente son jóvenes que ponen de manifiesto dos cosas achacables a nuestro sistema: han recibido una pobre educación cívica y moral. Y frustrados porque la sociedad les niega un futuro abierto y prometedor, no se sienten solidarios con ella.

El agravado caso español

Si esta es la comparación que cabe entre un semisocialismo como el chino y las sociedades capitalistas más presentables, lo que está ocurriendo en España parece resultado de un guion bufo.

En España la pandemia está acelerando la destrucción del mito de la modélica Transición, que no depuró en su momento ni a los políticos, ni a la policía, ni al ejército, ni al alto funcionariado, ni a la judicatura de la dictadura, y que enseñó en la escuela una interpretación equidistante de la historia de España desde la última República. Todo ello está teniendo ahora su influencia.

La ultraderecha fascista que dominó la etapa franquista, liberada de rendir cuentas en la Transición, y no desenmascarada en las escuelas y medios de comunicación, se mantuvo en Alianza Popular primero y en el Partido Popular luego. Allí ha estado y allí sigue en parte, porque otra parte se ha escindido y opera en VOX, aunque en estrecha connivencia con el resto de la derecha. Esta ultraderecha fascista ataca al gobierno de coalición acusándolo de comunista-bolivariano y terrorista, y viene utilizando la pandemia para hacer una oposición plagada de acusaciones irracionales, con apoyo en unos jueces y unos medios de comunicación mucho más escorados a la derecha que lo que se estila en el resto de Europa.

La derecha española no está tan interesada en resolver la crisis sanitaria como en conseguir que el gobierno de coalición caiga.

El economista Juan Torres López explica por qué el líder del Partido Popular y sus eurodiputados llevan varias semanas presionando en Bruselas para tratar de evitar que la Unión Europea conceda a España las ayudas acordadas para combatir la crisis provocada por la pandemia. A juicio de Juan Torres al PP no le importa el daño para muchos empresarios y trabajadores españoles porque espera que, si la economía se hunde, los votantes culpen al gobierno del desastre y la derecha vuelva a gobernar. Y hace esto en defensa de los intereses de un grupo de grandes empresas españolas que se han acostumbrado a obtener sus beneficios como regalías y favores procedentes del poder político, capturando todas las redes del Estado, de sus instituciones y del poder político para ponerlas a su servicio. De la fusión de esas empresas con los poderes del Estado nació hace ya muchos años la oligarquía que domina la economía, la política, los medios de comunicación y a España en su conjunto.

Cabe añadir que estas grandes empresas han tolerado gobiernos de un PSOE inspirado por Felipe González y sus acólitos, pero recelan de Pedro Sánchez y no pueden aceptar un gobierno de coalición con una UP a la que no controlan. Para esa oligarquía es prioritario acabar con el actual gobierno de coalición, pese a que sólo se propone tímidas medidas socialdemócratas.

El problema del gobierno es que actúa mediatizado por las críticas que va a recibir haga lo que haga, por la oposición frontal que el PP viene haciendo a través, sobre todo, de la Comunidad de Madrid y por el miedo a las repercusiones electorales de medidas necesarias.

España es diferente, decían. Lo estamos viendo.

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