Archivo de la etiqueta: Pablo Iglesias

TRAS LAS ELECCIONES MADRILEÑAS

Comentar las elecciones madrileñas es uno de esos momentos en que uno querría no tener razón en lo que viene opinando.

Ni contigo ni sin ti tienen mis penas remedio…” ¡Qué más natural que desear el éxito de la izquierda! En el caso de Madrid, además, por dejar atrás esa ofensa a la estética y a la moral que es la derecha madrileña en el poder.

Mi problema es que al mismo tiempo creía, y sigo creyendo, que el éxito electoral alienta a la izquierda por el mal camino que eligió en los años 70. Y que para salir de ese camino, que la ha llevado a la casi destrucción, lo mejor que le puede ocurrir es el fracaso electoral.

Volveré a esta idea tras examinar algunos análisis superficiales que intentan explicar el éxito de Isabel Díaz Ayuso.

¿La izquierda ha decepcionado?

Habitualmente se comete el error de considerar que el PSOE está en la izquierda, pero conviene recordar que desde las privatizaciones de Felipe González este partido viene aplicando una política neoliberal que en poco se ha distinguido de la del PP.

De ahí que Pedro Sánchez hubiera preferido una coalición con Ciudadanos y que tuviera que aceptar a regañadientes a Unidas Podemos en el gobierno de coalición.

Desde que entró en ese gobierno UP ha tenido que soportar las resistencias del PSOE cuando se trata de hacer políticas tibiamente socialdemócratas, sea derogar la reforma laboral (tanto la del PP como la del mismo PSOE), regular los precios del alquiler de viviendas, liderar una política migratoria decente, defender los derechos del consumidor o hacer una reforma fiscal que deje de favorecer escandalosamente a los ricos. Incluso un día antes de las elecciones se supo que Nadia Calviño había mandado a Bruselas un documento en uno de cuyos anexos figura una subida de impuestos para las clases medias.

En el PSOE dicen que son conscientes de que su mensaje y sus propuestas no han llegado a la ciudadanía. Pero ¿acaso la ciudadanía no sabe a estas alturas qué se puede esperar de partidos a los que viene viendo actuar a lo largo de los años? ¿Se tiene que enterar por lo que digan en la campaña electoral? Ayuso sólo ha dicho palabras vacías y ha arrasado en las urnas.

¿La izquierda no sabe comunicar?

La derecha sabe muy bien qué tiene que decir para que parezca que está proponiendo una salvación cuando en realidad no está proponiendo nada, sigue a lo suyo. Ayuso ha hablado del orgullo de la patria chica (la forma de vida madrileña), de la libertad de hacer “lo que me dé la gana” y del gobierno comunista-bolivariano. Eso le ha bastado.

Supongamos que el bloque llamado progresista tuviera algo que comunicar. Lo tendría más difícil, es cierto, pero su incapacidad para conectar con la gente es llamativa. Hablar de una lucha entre fascismo y democracia puede significar algo para personas que leen y que conocen la historia del pasado siglo, pero no para la mayoría de la población. ¿Por qué hay que temer a Vox más que a Podemos si tantas personas respetables han repetido que se trata de dos partidos populistas, si el mismo Pedro Sánchez ya dijo que no dormiría tranquilo si tuviera a Pablo Iglesias en el Gobierno, si el mismo candidato del PSOE dejó claro que si ganaba no pensaba pactar con Iglesias, sino con Ciudadanos, aliado eventual de Vox?

Es cierto que, además de elegir mal el eslogan, la izquierda no sabe exponer sus ideas de forma que lleguen a los destinatarios. Profesores acostumbrados a disertar ante sus auditorios universitarios gritan en mítines estrofas pensadas para exponer correctamente un pensamiento, no para convencer de nada a quien no esté ya convencido. Un caso típico ha sido el tema de los impuestos, medio eludido, medio aludido con frases torpes, como la insistencia de Iglesias en citar a Cristina Pedroche como si en esa cita se resumiera lo que hay que decir sobre la fiscalidad. De los impuestos se puede hablar de una manera muy clara a la gente para desmontar la mentira de la derecha. No saben hacerlo. Pero si supieran hacerlo ¿cambiaría eso las cosas?

¿Ha sido la culpa de los medios?

De los medios tiene una visión idílica la Vicepresidenta Yolanda Díaz. Le preguntan (en elDiario.es de 9 de abril) si comparte las críticas de Pablo Iglesias a los medios de comunicación y responde que es una gran defensora de la libertad de expresión y una gran defensora de la libertad de prensa y que entiende que tiene que haber líneas editoriales diversas. “Y además las respeto y las comprendo.” Eso sí, lo que les pediría, dada la importancia que tienen los medios en la socialización y la opinión pública, es que la información sea veraz y de calidad, que sea contrastada, que sea un servicio público aunque el medio sea privado. Y que combatan las fake news, que hacen un daño atroz. Dice finalmente que para prestar una buena información es necesario combatir la precariedad que sufren los empleados de los medios.

A esto es a la que conduce carecer de teoría: se opina según el saber y entender que se activa en el momento y que muchas veces sólo obedece al deseo de supervivencia política fácil. ¿Cree la vicepresidenta que estamos en una democracia, que hay libertad de expresión si los medios privados actúan sin trabas y que el obstáculo a la buena información está en la precariedad de sus trabajadores?

De manera contraria se manifiesta Jesús Maraña en un artículo publicado en Infolibre el pasado día 6 con el título El brazo mediático del 4M, donde defiende que en el 4M ha arrasado el “trumpismo a la madrileña” porque su discurso político ha sido amplificado por los medios a sabiendas de las falsedades que contiene “con el objetivo de defender intereses ideológicos y crematísticos que se traducen en decisiones de gobierno o proyectos de ley que facilitan negocios concretos.”

Más lejos llega Arantxa Tirado Sánchez, autora del libro El Lawfare. Golpes de Estado en nombre de la ley, donde examina numerosos ejemplos de cómo, principalmente en América Latina y el Caribe, se han utilizado los medios para acabar con regímenes progresistas bajo instigación estadounidense. Opina que hace falta un debate sobre la necesidad de democratizar los medios de comunicación para evitar que estén monopolizados por el capital y conseguir que haya voces más plurales, no sólo dentro de esos medios privados, sino dando espacio a otros movimientos que puedan tratar de competir, para lo que haría falta una política pública de respaldo, como se ha hecho en países latinoamericanos. ¿Pero qué ha sucedido con esas iniciativas? Que desde España se han vendido como un ataque a la libertad de prensa, cuando la realidad es que los medios de comunicación privados responden al interés de la empresa o el grupo financiero que está detrás, no dejan de ser una correa de transmisión de determinada visión del mundo.

Añade que “el ataque a cualquier periodista o cualquier medio se toma como un ataque a la democracia, como si ellos estuvieran por encima de la fiscalización pública. Como si ellos nunca se equivocaran. Como si ellos pudieran decir lo que quieran sin ningún tipo de consecuencia, cuando, además, estamos viendo (y en esta última campaña ha sido muy evidente) cómo los medios de comunicación pueden coadyuvar a que movimientos de extrema derecha se normalicen y penetre su ideario, quitándole importancia a la gravedad de lo que están planteando.”

Las ideas de Aratxa Tirado están más informadas que las de la vicepresidenta, pero aún así creo que se queda corta y que hay que llegar aún más lejos, hay que atreverse a afirmar algo obvio: la incompatibilidad entre democracia y propiedad privada de los medios de comunicación (ver aquí).

La izquierda elude este asunto por miedo y porque no tiene medios propios con que oponerse al monopolio de los conservadores, de forma que ha de contemporizar e incluso mendigar su presencia en espacios que para nada la benefician. Uno se pregunta qué hacen personas como Monedero en esos programas de debate que no ofrecen luz sobre nada y lo enturbian todo.

Ahora bien, la pregunta básica es: ¿por qué la gente no rechaza a los medios que mienten sistemáticamente?

¿Falta de tirón de los lideres?

Ángel Gabilondo ha perjudicado al PSOE y Mónica García ha beneficiado a Más Madrid, en lo que seguramente ha influido el comportamiento de ambos como oposición durante la pandemia.

Pablo Iglesias, que lo dejó todo para ser un revulsivo y conseguir que ganara el bloque progresista, fracasó en su propósito (aunque consiguiera que UP haya pasado del fatídico 5%).

Son muchas las cosas que Pablo Iglesias ha venido haciendo mal precisamente por no tomar en cuenta el valor ideológico de ciertas decisiones. Por fijarme en dos:

Aunque las bases votaran a favor, fue un error que él e Irene Montero ocuparan altos puestos en la dirección del partido y en el gobierno, y no porque no tuvieran derecho a ello, ni porque el emparejamiento tuviera que perjudicar a uno de ellos apartándolo de la primera fila, sino porque a efectos ideológicos hubiera sido más oportuno decidir (incluso por sorteo) quien de los dos abandonaba por el momento la primera línea institucional, para que no pareciera que Podemos es una organización familiar controlada por un dirigente con fama de haber ido expulsando del partido a quienes se le opusieron.

De la misma forma, la compra del chalet de Galapagar es algo a lo que esta pareja tenía pleno derecho, por más que sea significativa esa prisa por asimilar las aspiraciones de la pequeña burguesía, pero lo malo es que vino después de la crítica de Iglesias a un político del PP por la adquisición de un ático lujoso y de su afirmación de que él, en cambio, seguiría viviendo en su piso de barrio de Madrid.

Cosas como éstas, que parecen nimias y que no son en sí delitos ni inmoralidades, han contribuido a marchitar la confianza inicial en Podemos. Pero ¿son explicación suficiente del desastre?

Las sucesivas crisis sociales

Una veintena de investigadores dirigidos por Amory Gethin, Clara Martínez-Toledano y Thomas Piketty han recopilado datos de 50 países entre 1948 y 2020 que a su juicio explican por qué las clases bajas y desfavorecidas, salvo inmigrantes, se han puesto a votar a la derecha y a la ultraderecha en los últimos años, cuando hasta los 80 lo hacían por opciones de izquierda. Resultaría que la incertidumbre reinante y la creciente desigualdad han dado primacía a la idea de comunidad nacional, religiosa, cultural o étnica. Pero esto es más bien un hecho que necesita explicación.

Dejemos los análisis superficiales y vayamos a la causa profunda

1. Aun aceptando la influencia de las causas antes citadas en el fracaso electoral, sigue sin respuesta la cuestión fundamental, que es por qué esas causas influyen como lo hacen.

La respuesta en que vengo insistiendo desde hace mucho tiempo queda más acreditada a cada nuevo episodio: el tipo de población que el capitalismo ha ido fabricando actúa como causa profunda de las más superficiales que se suelen tomar en cuenta.

Es en este punto donde las diferencias entre el pensamiento conservador y el marxista son más acusadas.

Desde el pensamiento conservador la población es como es, por sí misma, y tiene pleno derecho a serlo. Cada votante es libre de elegir y nadie puede criticar su voluntad. Todos los votos valen igual y todos significan lo mismo, pues solo significan la voluntad del votante. Los electores, como los consumidores, siempre tienen razón, y los partidos perdedores sólo pueden hacer autocrítica, nunca criticar a la masa votante.

En la entrevista antes citada, Yolanda Díaz dice que la ciudadanía española es madura y está ávida de conocimiento. De lo que se sigue que es esa madurez y avidez de conocimiento lo que ha llevado a la ciudadanía madrileña a votar masivamente a Ayuso, a sus políticas neoliberales y a sus mentiras y simplezas.

Naturalmente. si se pone en duda el axioma conservador a favor de la población, saltan en seguida las condenas en los medios. Se está despreciando a los votantes, claman sus comunicadores con moral airada, como cuando el presentador de televisión Joaquín Prats, adoptando el papel de comisario político, interrumpió a Monedero para advertirle que es inadmisible que se critique a los votantes. Claro que la crítica de Monedero a los votantes de Ayuso era despectiva y poco rigurosa. “No son unos Einstein”, dijo. ¿Hubiera dicho lo mismo si esos votantes hubieran optado por UP?

No tiene sentido criticar a la población cuando no te vota y ensalzarla cuando lo hace. Tanto en un caso como en otro hay que hacer análisis objetivos. Y esta población sería igualmente de poco fiar aunque votara a la izquierda mayoritariamente, pues por cualquier motivo secundario o trivial podría retirarle su apoyo más tarde, sobre todo si empezara a sufrir los efectos de la reacción del poder económico. Fue una población tan poco fiable cuando elevó a Podemos como lo es ahora, cuando lo deja caer.

Para justificar la exhibición de incivismo e insolidaridad con que, en Madrid, Barcelona, Sevilla o Bilbao, se celebró el fin del estado de alarma con botellones multitudinarios, sin distancias de seguridad ni mascarillas, apelan algunos a la catástrofe educativa, laboral, económica, social y psicológica que la pandemia ha supuesto para los más jóvenes. Pero lo cierto es que, a pesar de todo, existe esa población madura y ansiosa de conocimiento de que ha hablado la vicepresidenta, y que, aunque es minoritaria, sabe comportarse aun sometida a las mismas presiones que el resto.

A otros ese espectáculo incivil les ha abierto los ojos. “Comparar las fotos de estas juergas de jóvenes (y no tanto) con las de los aplausos a los sanitarios durante el primer confinamiento hace perder la fe en el ser humano”, ha lamentado Ana Pardo de Vera como si fuera ahora cuando ha sabido la clase de población que nos rodea.

La teoría marxista (que en este punto sigue siendo la única solvente) ya nos explicó hace mucho que la población es socialmente fabricada, y que el sistema capitalista sobrevive en la medida en que consiga fabricar a la mayor parte de los perjudicados en la ignorancia, el egoísmo y el miedo. Pero decir que la sociedad capitalista dota de falsa conciencia a una gran parte de la población explotada, precisamente para que acepte la explotación e incluso la apoye, no supone despreciar a nadie, porque nadie es culpable de que lo hayan fabricado de cierta forma.

Para los detalles de esta fábrica me remito a lo que expongo en Capitalismo, izquierda y ciencia social. Hacia una renovación del marxismo.

2. La falsa conciencia de una gran parte de la población se da lo mismo en Noruega, Estados Unidos, Francia o España, pero en España a esa tara psicológica hemos de añadir la que ha dejado la larga etapa franquista, en ningún momento contrarrestada.

Durante cuarenta años el régimen franquista delegó la educación y la ideología en manos del integrismo católico y de la propaganda anticomunista y luego, en aras de no sé qué concordia, la Transición lo dejó todo como estaba. Puesto que no se produjeron las depuraciones imprescindibles, el franquismo siguió copando la judicatura, las fuerzas armadas, la policía y los aparatos del Estado. Los medios de comunicación siguieron defendiendo los intereses de sus propietarios. Permanecieron en escuelas y Universidades personas amaestradas por el franquismo y la iglesia integrista, parapetada tras un Concordato franquista todavía no revocado, ha seguido recibiendo grandes ayudas públicas como premio a su mala influencia en un Estado que se proclama laico. Hemos tenido un Jefe de Estado puesto ahí por Franco y explícito admirador de Franco, tratado con reverencia por los medios hasta que fue imposible seguir tapando que era un delincuente. Se eliminan del callejero de Madrid los nombres de Indalecio Prieto y Francisco Largo Caballero mientras los jueces mantienen los de Millán Astray y Caídos de la División Azul.

Y enfrente unos gobiernos que cuando eran de la derecha franquista estaban muy contentos, y cuando eran de una falsa socialdemocracia también. Ni siquiera cuando el PSOE tuvo mayoría absoluta se propuso que en las escuelas se enseñara la historia de la España del último siglo (propósito que por otra parte hubiera sido inútil, pues a él se habría opuesto un franquismo que para ello conserva suficiente poder). ¿Qué se podía esperar, qué nos sorprende?

Los comunistas se escondieron, como si no tuvieran el honor de ser los únicos compatibles con una democracia basada en los principios de la Ilustración: en la libertad, la igualdad y la fraternidad. Los comunistas no supieron defender su opción anticapitalista ni supieron rechazar la identificación interesada de comunismo y estalinismo (tan falsa como identificar cristianismo con Inquisición o guerras de religión). Ha tenido que ser el papa Francisco quien ha resaltado, para vergüenza de los acobardados, que comunismo y cristianismo son cosas semejantes (y es cierto que, aunque no lo son en la teoría, sí en algunos de los aspectos morales que tan poco interesan a los conservadores que se declaran cristianos).

Resultado: en los barrios y pueblos cuya población es más perjudicada por la política de la derecha los votos han sido para esa derecha que contrapone libertad a comunismo.

Un remedio en dos pasos

1. Nunca se insistirá demasiado en que ningún paso adelante cabe esperar de la izquierda hasta que no despierte del sueño (o pesadilla) del electoralismo.

La izquierda eurocomunista no supo ver que, aunque fue un error del marxismo la tesis de la revolución violenta como puerta de entrada al socialismo, la alternativa no es blanquear la plutocracia, defenderla como si fuera democracia y fiarlo todo al voto de una ciudadanía muy alejada de la racionalidad ideal. ¿Y para qué? Para terminar aprendiendo que desde las instituciones plutocráticas nada se puede hacer contra el poder económico si no hay una población mayoritaria dispuesta a apoyar políticas de izquierdas a cualquier precio.

Lo peor del electoralismo es que te obliga a hablar y a callar a conveniencia, es decir, a contribuir al afianzamiento de la Gran Mentira. Tienes que aceptar que esto es una democracia, no puedes decir que no cabe democracia si no hay un límite racional y justo a la riqueza privada, tienes que callar y no hacer responsable a EE. UU. cuando se denigra a Venezuela, tienes que defender la libertad de expresión de los medios del capital, etc., etc., etc.

El electoralismo determina además un tipo de organización hecha a la medida del líder que da votos. No hay una dirección colegiada separada de la representación pública y caracterizada por el estudio y la investigación, sin los que no se puede marcar una línea política fértil. Dirige quien es hábil para la confrontación verbal y para el mitin, preferiblemente personas jóvenes y atractivas que suelen provenir del activismo, a veces del profesorado. En ningún caso se sabe qué teoría aplican al análisis de la realidad y al diseño de su acción política. Nunca utilizan la teoría marxista en sus análisis, que son superficiales, muy parecidos a los de los politólogos conservadores, y cometen errores que no cometerían si tuvieran un bagaje teórico suficiente.

El carácter democrático del partido se limita a apelar a las bases. El líder propone y las bases dicen amén, pero se fantasea con que la designación no ha sido una decisión del líder, sino de las bases que la han aprobado democráticamente. ¿Y de qué información disponen las bases? ¿Hay un programa permanente de enseñanza para elevar su nivel de conocimientos? A falta de todo esto las bases siguen por lo general al líder que está en el poder o, excepcionalmente, a un líder alternativo.

Es de alabar que Pablo Iglesias haya abandonado sus cargos públicos, gesto verdaderamente inusual teniendo en cuenta que hace pocos meses era vicepresidente del gobierno. Su retirada le honra y deja claro que no era el cargo lo que buscaba. Pero, desafortunadamente, el argumento que ha dado no es buen síntoma. No se ha ido porque haya comprobado que no es bueno que en un partido de izquierdas haya un líder carismático, sino porque cree que ese líder debe ser otro u otra. Se ha ido porque cree que ya no suma sino resta, de lo que se sigue que si sumara seguiría. Pero ¿qué se suma o se resta? Votos. Ahí queda todo.

A su vez Ione Belarra, candidata a la presidencia de Podemos, dice: “Necesitamos el Podemos más fuerte para hacer a Yolanda Díaz presidenta del Gobierno de España”. El electoralismo no tiene otro horizonte.

2. Yerran quienes consideran que la alternativa a este electoralismo engañoso es recrearse estérilmente en los principios morales. Parecen no saber que el campo de la verdadera batalla no es el electoral e institucional, aunque pueda servir de ayuda, sino el ideológico, es decir, que la batalla debe darse por ganar el corazón y la mente de los explotados. Y para ello hay que hablar siempre claro, sin que asuste o frene la reacción de los medios o de los electores. A la larga esto es lo que genera confianza.

Pero esa batalla requiere paciencia y para ella no bastan cuatro frases gritadas en un mitin, o una aparición en una televisión enemiga.

En el siglo XIX ya se sabía que la misión del partido comunista era ante todo librar a la clase obrera de su falsa conciencia y esto no se hace yendo a los barrios y pueblos marginados en periodo electoral para arañar algunos votos. Se va a un sitio en el que no se está. A esos barrios y pueblos no hay que ir, en ellos hay que estar. Y hay muchas formas de estar en ellos que no son ir a pedir el voto o a gritar en un mitin.

La derecha tiene escuelas, universidades, medios de comunicación, ONGs. La izquierda ha desmantelado lo poco que tenía y ya no tiene nada.

Es por tanto necesario ir fabricando pacientemente centros de investigación sociológica que nos ayuden a conocer los sistemas de creencias y valores que atan a los de abajo a una explotación consentida. Y también medios propios de comunicación que informen lealmente y desenmascaren los silencios y mentiras de los medios conservadores. Es preciso, mientras exista la enseñanza concertada, no dejarla toda a la derecha, crear escuelas infantiles en barrios pobres (única forma de que su infancia adquiera los códigos lingüísticos que salvan del fracaso escolar), poner en pie universidades populares, ayudar a los más débiles con servicios de asesoramiento, abrir instalaciones en los barrios para restaurar la vida comunitaria, para que la gente se reúna, discuta, pueda ver buen cine y oír buena música, y también partidos de fútbol televisados con consumiciones a bajo precio, etc. Es preciso ofrecer enseñanzas artísticas y deportivas gratuitas a quienes no pueden pagarlas. Si esto se hiciera a lo largo del tiempo, no sería necesario hacer campañas electorales (ni un solo euro tirado en esas campañas) para sacar más votos que ahora, y votos más constantes y fiables.

Una izquierda que sea eficaz a largo plazo es posible. ¿Llegará algún día?

[email protected]

COMENTARIOS SOBRE LAS ELECCIONES MADRILEÑAS

No sé si la señora Ayuso tenía razones para temer una moción de censura con apoyo de Ciudadanos o más bien ganas de aprovechar la ocasión para dar un golpe de mano y acrecentar su poder. El caso es que todo parecía resuelto hasta que ocurrió lo imprevisible: Pablo Iglesias abandonó el cargo de vicepresidente del Gobierno e incluso su puesto de diputado para presentarse como candidato de UP con ninguna posibilidad de ganar las elecciones autonómicas. Desde entonces ha cambiado la situación y las expectativas.

Pablo Iglesias

Parece clara su motivación política: evitar que UP desaparezca del parlamento de la Comunidad de Madrid por no llegar al 5% de votos. No sé cuál habrá sido su motivación psicológica ni creo que importe cuando no se trata de hacer una novela, sino análisis político.

Hay que reconocer que dejar cargos tan importantes y anunciar que dejará también el liderazgo de Podemos es una decisión a la que no estamos acostumbrados, y que viene a demostrar que no todos los políticos son iguales.

He criticado a Iglesias en este blog y mantengo esas críticas. Creo que se vio líder político cuando estaba inmaduro como persona, calculó mal sus fuerzas, diseñó mal sus intervenciones, se hizo agresivo sin beneficios y lo quiso compensar poniéndose a destiempo la piel de cordero. Compró un chalet contradiciendo declaraciones previas y sin prever la pérdida de credibilidad que afectaría a su partido. Titubea muchas veces después de haber dado en el clavo, como cuando dijo que esto no es una democracia porque no manda el pueblo sino el capital, pero más tarde dijo que esta democracia no es plena porque hay presos políticos (lo que implica que si no los hubiera sí sería una democracia plena). Hace acusaciones valiosas contra los medios de comunicación controlados por el capital, pero no las mantiene cuando le llevan a uno de ellos. Desde un electoralismo sin disimulos ha llegado a decir que es una pena que Iván Redondo no trabaje para Podemos.

Sin embargo creo que tiene un fuerte componente de honradez moral que le hace tomarse en serio la política a favor de la gente y que, por falta de cinismo, presenta hoy un cuerpo que ha sufrido más de la cuenta en los últimos años.

Mónica García

Es anestesista y hay que alabarle que haga compatible con su actividad política seguir trabajando media jornada en el Hospital 12 de Octubre. Es activista en la marea blanca y ha adquirido relevancia en el parlamento madrileño por su conocimiento de la situación sanitaria, puesta al servicio de la más dura oposición a la gestión de la pandemia.

Cuando Pablo Iglesias sugirió una candidatura unitaria de izquierdas dejando claro que él iría en el puesto que decidieran los afiliados, Mónica García se mostró en principio dispuesta a estudiar la propuesta.

Parece sin embargo que hubo una reunión entre Mónica García y Errejón tras la cual la candidata por Más Madrid tuvo una muy desafortunada intervención contra Pablo Iglesias, hablando de testosterona, macho alfa y otras cuestiones sólo explicables si se piensa en una ira sorda causada en los de Más Madrid por el desembarco de Iglesias en la campaña. Es como si dieran por bueno que pierda la izquierda a cambio de que UP fracase o, al menos, que no los sobrepase.

Más tarde Mónica García volvió a la cordura y se opuso a la candidatura unitaria argumentando, ya sin agresividad fuera de lugar, que una vez que con Iglesias queda garantizado el 5% para UP, yendo los tres partidos por separado pueden atraer a más votantes.

Quiere esto decir que el electoralismo convierte a los partidos de izquierda no en colaboradores, sino en enemigos que cifran su éxito en el fracaso ajeno, pues salen a luchar por un puñado de votos que si van a un lado no van al otro. Y de que vayan a un lado u otro depende el poder político que se consiga, los cargos a repartir, etc. Lo mismo que ocurre en los demás partidos.

Ángel Gabilondo

Cuando comentaristas y tertulianos critican a Gabilondo se creen obligados a reconocer que, no obstante, es un intelectual de pensamiento profundo. ¿Ha dado alguna prueba de ello? No, salvo que es catedrático de metafísica. Hay ignorancia, al parecer, acerca de qué significa ser catedrático de metafísica.

Hasta ahora el señor Gabilondo sólo ha dado pruebas de pensamiento acomodaticio, y no puede enojarse si su comportamiento como jefe de la oposición en el parlamento madrileño sugiere la sospecha de que ha estado mudo para no molestar al PP y garantizarse así la conformidad a su candidatura como Defensor del Pueblo.

Cuando se ha decidido a hablar nos obliga a pensar que estaba mejor callado, pues este hombre es indigesto cuando calla, pero también cuando habla.

¿Cómo podemos explicarnos que esté dispuesto a pactar con Ciudadanos, pero no con Pablo Iglesias? Parece no haberse dado cuenta que si él sale de estas elecciones presidente de la Comunidad será gracias a la irrupción de Pablo Iglesias en la campaña. Tampoco ha tenido en cuenta que tal vez Más Madrid no esté dispuesto a compartir su veto (aunque tal vez sí, cualquiera sabe, por ahora no lo ha condenado). Ni tampoco que si Ciudadanos consiguiera pasar del 5% de los votos su tendencia le llevaría a los brazos de la extrema derecha de Ayuso antes que a los de la derecha moderada del PSOE.

¿Y cómo explicar que se haya apresurado a afirmar que no piensa subir impuestos? ¿Tampoco a los muy ricos, aun en perjuicio de los servicios públicos madrileños? ¿Tampoco a quienes utilizan la comunidad de Madrid como una especie de paraíso fiscal en perjuicio de otras comunidades?

Lo más sospechoso del señor Gabilondo es su afán por presentarse como moderado que huye de toda confrontación, de todo extremismo, que huye de la polarización. ¿Qué significa eso?

Polarización, extremismos

Polarización” es el término con que se sustituye “lucha de clases”. Si hay una minoría explotadora y una mayoría explotada, es inevitable la lucha de clases, sea explícita o latente, tengan conciencia de ella o no los enfrentados. Acusan de polarización a quien se sitúa con lucidez frente a ese hecho.

El pensamiento correcto consiste en ver nuestro mundo como el mejor de los posibles y a cualquier alternativa como una forma de totalitarismo. Se admite que en este mundo los distintos grupos tienen intereses a veces contrapuestos, pero esos conflictos deben resolverse mediante la única opción civilizada, la discusión racional hasta llegar a acuerdos. Y todo ello considerando al otro como un adversario, nunca como un enemigo.

Es decir, el explotado debe considerar al explotador un adversario cuyo interés (seguir explotando) es tan legítimo como el suyo (librarse de la explotación). Y esta disparidad de intereses debe resolverse mediante la discusión racional y el pacto. Seguro que los explotadores, si oyen un buen argumento, están dispuestos a pactar con los explotados una distribución razonable de la riqueza social. Seguro.

Frente a esta fantasía la realidad es que el poder económico lanza a la lucha a sus mesnadas mediáticas y políticas para que fabriquen opinión y promulguen leyes a favor de sus privilegios. Si alguien se pone enfrente y lo denuncia …, ah, ya hemos topado con la polarización, la crispación y el extremismo.

Señor Gabilondo, ¿en qué mundo vive usted? Evidentemente en el del conservadurismo menos racional, compatible, como bien se ve, con la metafísica.

Dogmatismos

Es un tic conservador alertar contra el dogmatismo, contra quienes pretenden ostentar la verdad absoluta. Hay filósofos y filósofas que elogian la perplejidad y la duda, o afirman que la función de la filosofía no es ofrecer respuestas, sino hacerse preguntas. Y lo dicen al tiempo que hablan sin perplejidad ni duda y que ofrecen respuestas contundentes (¡y qué respuestas!) cuando les interesa. Eso sí, tachan de dogmáticas las respuestas de quienes tienen ideas claras acerca de la explotación y su remedio.

Ángel Gabilondo ha criticado la arrogancia y nos ha hablado de amor sólo para denostar al arrogante Pablo Iglesias y para eximirse de condenar al capitalismo. El capitalismo produce maltratos y violencias universales, pero los hay que creen que se puede hablar de moral, bien común y amor universal sin entrar a condenarlo. Nos dirán, claro, que quienes lo condenamos estamos simplificando un tema muy complejo. Y lo antes dicho: cayendo en el extremismo, la polarización y el dogmatismo.

Valga recordar que el dogmatismo no consiste en tener creencias firmes, sino en mantenerlas al margen del razonamiento. Que es lo que hacen a la postre los conservadores que condenan el dogmatismo.

Una izquierda sin méritos

Se dice que en estas elecciones las personas de izquierda irán a votar más en contra de algo que a favor de algo. La gente decente, sensata y con suficiente conocimiento no puede tener mucho interés en hacer presidente de la comunidad a Gabilondo. Es por ello muy probable que muchos voten contra la extrema derecha, no a favor de una izquierda que lleva tiempo ausente.

A falta de méritos acumulados, ahora se disparan las prisas por acudir a los barrios y a los pueblos del Sur en busca de votos.

Hace años escribía Alberto Garzón que la respuesta necesaria de la izquierda ante los retos actuales debe consistir en la construcción de tejido social antifascista/socialista (la creación de ateneos, cooperativas, clubes, bares, bibliotecas, asociaciones de vecinos, etc.), que es donde residió la fuerza del movimiento obrero del siglo XIX y la vacuna contra el fascismo.

¿Por qué no viene haciendo todo esto Izquierda Unida?

¿Por qué Podemos no viene haciendo otra cosa que dejar languidecer los círculos que inicialmente constituían el cuerpo del movimiento?

Si ahora la extrema derecha puede decir “comunismo o libertad” es porque durante 40 años el régimen franquista adoctrinó a la población en el anticomunismo y porque llevamos otros 40 años en que un capitalismo que esclaviza a la mayoría de la población se asocia a la palabra libertad y se apodera de ella.

¿Qué ha venido haciendo contra esto la izquierda anticapitalista?

Los comunistas se avergonzaron de serlo o se asustaron de presentarse como tales por si les restaba votos y por eso crearon Izquierda Unida para ocultar su nombre. Además han sido incapaces de explicar qué es la libertad y por qué en el capitalismo sólo existe la libertad del depredador.

Esto es lo que facilita que la acusación de comunismo sea un arma en manos de la ultraderecha madrileña, pese a que no tienen enfrente a nadie que proponga políticas comunistas (aquí son imposibles) sino tibiamente socialdemócratas. Y también explica que se haga depositaria y defensora de la libertad sin el menor rubor.

La mala opción del electoralismo

No hay que cansarse de repetir que se llega rápidamente a la inoperancia cuando los partidos de izquierda se apartan de su actividad básica (promover la conciencia de clase entre los explotados) y dedican su esfuerzo al electoralismo bajo la idea falsa de que consiguiendo el poder político se puede transformar la sociedad, y ello al margen del apoyo social que se tenga más allá de los votos.

Este camino que ha resultado suicida fue iniciado por el eurocomunismo cuando aceptó que nuestras plutocracias son democracias y abandonó su papel a cambio de casi nada, porque es casi nada (ya lo ha descubierto Iglesias) lo que se puede hacer desde el poder político frente al poder económico.

Es la entrega al electoralismo lo que ha acabado desnaturalizando a Podemos. Cierto que puede alegar que el apoyo popular, aunque declinante, le ha servido para entrar en un gobierno de coalición progresista. Pero al precio de descuidar el espacio en que debiera haberse desenvuelto, y con pobres resultados. Sólo ha conseguido lo que el poder económico permite: repartir algunas migajas del banquete que se siguen dando otros. Y para ello ha tenido que mantener un continuo forcejeo con el PSOE que obliga a UP a desnaturalizarse un poco más a cada envite.

Entre la revolución violenta y el electoralismo hay un camino intermedio que los partidos eurocomunistas no percibieron y que es caricaturizado por intelectuales que lo califican de postura moral improductiva. El que no se mancha las manos, dicen, se queda morando en un mundo de puros principios sin incidencia en el mundo social.

Esta falta de imaginación impide ver todo lo que se puede hacer desde fuera de las instituciones para ir consolidando el apoyo de una parte suficiente de la población en circunstancias en que serán necesarios los sacrificios.

Sin este apoyo es ilusorio pensar que puede ser fructífero el enfrentamiento al poder económico.

No quiere esto decir que sea desdeñable la actividad electoral e institucional, sino que debe ser subordinada y secundaria, lo que implica no buscar votos a cualquier precio, sino aprovechar el escenario electoral para que los mensajes aclaradores lleguen a más gente, sin miedo a perder votos por decir verdades, sin permitirse el silencio para no perder votos. Es decir, algo muy distante de lo que vemos.

Pienso por todo ello que la muy encomiable actitud de Iglesias sólo será fructífera si es un primer paso para una enmienda a la historia previa de Podemos: establecer una dirección colegiada de personas que no estén en primera línea de ejecución y de portavocía. Que un líder carismático haga y deshaga a su albedrío, sólo porque tiene la cualidad de ser buen argumentador en los debates electorales y en el parlamento, tiene sentido en la derecha, pero no en una izquierda que se involucre en la verdadera batalla, hasta ahora ganada por la derecha porque la izquierda se retiró y no comparece: la batalla ideológica.

A quién votar desde la izquierda

Como no pertenezco a la comunidad de Madrid no tengo el problema de decidir si voto o no, y a quién en caso afirmativo.

Me incitaría a no votar haber percibido que el éxito electoral confirma a los partidos de izquierda en el electoralismo, y que sólo despertarán de él si tienen un fracaso suficiente.

Pero por otra parte, aunque aquejado de desengaño y tristeza, iría a votar más bien por estética, por no seguir soportando más tiempo la muy fea imagen de una presidenta de ignorancia arrogante, mentirosa compulsiva (que cada vez que habla miente) y dispuesta a todo por mantenerse en un poder claramente trumpista.

¿Votar a Más Madrid o a UP?

No es fácil olvidar que Errejón y Carmena, por intereses personales, prepararon en conciliábulos secretos una traición a los intereses de la izquierda. Añádase a esto que el odio de la derecha no se dirige precisamente a Errejón, o a Gabilondo, bien tratados por los medios conservadores, sino a Iglesias, al que consideran portador de todos los males.

Así que votaría a UP. Deseo suerte a Pablo Iglesias, al que le vendría bien eliminar en la campaña electoral las descalificaciones y sustituirlas por propuestas y por datos (esos datos que conseguirán que sean los propios oyentes quienes descalifiquen a los actuales dirigentes de la Comunidad). Todo ello sin fruncir el ceño, sin presentarse como enfadado con el mundo, tranquilo de ánimo, pero haciendo un fiel retrato de la injusta realidad social que la derecha ha ido fabricando para los madrileños.

Y si queremos ahondar en el tema, volvemos a lo mismo

¿Por qué tenemos que estar hablando de todo esto, por qué no está garantizada una muy clara victoria de la izquierda en Madrid? Es evidente: por la mentalidad de una gran parte de la población.

Tenemos una mayoría de explotados que votan sin saberlo a quienes los perjudican. Hay distintos argumentos para explicarlo, pero que eluden la causa principal: la deficiente constitución mental de esa mayoría.

Las personas no nacen, se hacen dependiendo de los estímulos que produce el medio social en que crecen. Cuando se critica al capitalismo suele hacerse hincapié en los efectos de su estructura económica, pero no se repara en el daño más grande: la defectuosa fabricación de la población.

El sistema funciona primando la creencia de que lo que realmente vale es el dinero, llave para el consumo de todo lo apetecible. Tanto se es cuanto se tiene, creencia que fortalece el egoísmo, la codicia y el miedo. Hay que competir con los demás y la mayoría termina en la frustración, porque sólo unos pocos consiguen la riqueza que todos pretenden. Es inevitable el resentimiento de los muchos que se ven obligados a vivir en la pobreza o en la extrema pobreza, en el desamparo y en la falta de futuro.

Esto sería una fuerte incitación a la rebelión liberadora si no fuera porque una mayoría de la población es fabricada sin competencia intelectual para detectar los errores esparcidos desde el poder y sin conciencia de los intereses propios.

Es entonces inevitable que muchos perjudicados sean presa fácil de cualquier ideología agresiva y ello explica el crecimiento de la extrema derecha incluso en barrios populares.

Y no olvidemos que la extrema derecha es apoyada por el poder económico como fuerza de reserva, por si la lógica del sistema acaba provocando levantamientos sociales. Ahí estará entonces la militancia fascista para entrar en acción y generar tal clima de violencia que permita presentar como solución una dictadura de derechas. Lo de siempre.

El sistema social que produce estos efectos es defendido con uñas y dientes por numerosas mesnadas e instrumentos: intelectuales, comunicadores, obispos, medios de comunicación, publicidad, temarios de enseñanza en las escuelas… Ahí están quienes gritan contra el extremismo y la polarización, como si de eso se pudiera acusar a quien protesta y no a la crueldad del sistema.

A esto es a lo que la izquierda debería enfrentarse, y no desde las instituciones, desde las que muy poco se puede hacer, ni limitándose a mítines en periodos electorales, sino actuando entre las gentes de los barrios populares en su beneficio (material y mental) todo el tiempo.

[email protected]

QUIM TORRA, IRENE MONTERO Y PABLO IGLESIAS: SORPRESAS

I

Los nacionalistas religiosos son tan excluyentes y al mismo tiempo tan capaces de disimular como cualquier iglesia. En Cataluña no pueden aceptar de buen grado a los infieles que han llegado buscando trabajo, de Andalucía y Extremadura sobre todo, y que ahora resulta que figuran como catalanes y votan como catalanes. Y que incluso se empecinan en hablar castellano. El nacionalista religioso se llena de santa indignación. Y esa santa indignación es la que expresaba Torra en sus escritos de manera muy burra. Pero no se puede pedir contención a quien está retorcido por la indignación teológica.

Lo sorprendente es que haya sido elegido como Presidente de la República Catalana, porque el cuento venía siendo conquistar las opiniones públicas europeas mediante lo que los cursis llaman “el relato”. El nacionalismo catalán se presentaba como amable, integrador. De ahí la sorpresa.

¿Han decidido estos nacionalistas sacros quitarse la careta o se les ha caído sin que se dieran cuenta? Yo pienso que lo segundo. Les ha pasado lo que con frecuencia ocurre a los del PP, tan familiarizados con una manera de pensar y sentir que la creen natural, como el aire y el agua. Cierto que son conscientes de que hay que autocensurarse para no provocar la reacción de…, ya saben, de la chusma, y de ahí que traten de acomodarse al lenguaje políticamente correcto, pero a veces se les va el santo al cielo y no perciben lo escandaloso de lo que están diciendo. Y luego, cuando explota la escandalera, primero se sorprenden y en seguida se dicen entre sí: “Si tienes toda la razón, si todo lo que has dicho va a misa, pero ya sabes cómo está el patio. A veces hay que tener prudencia y morderse la lengua.”

En fin, que de la misma manera que Rajoy y la judicatura española han regalado bazas al independentismo, de la misma manera los independentistas acaban de regalar una baza impensable al enemigo españolista. Y luego está esa parte de Cataluña que se considera de izquierdas y que vota a Ezquerra. Vaya papel el de Ezquerra, incapaz de negarse a votar a Torra.

Pero bueno, el forcejeo sigue, esperemos que para llegar a un punto en que todos sean vencedores y vencidos.

II

Vayamos a la otra sorpresa: Irene Montero y Pablo Iglesias han comprado un chalet de 660.000 euros en una urbanización de medio lujo (porque las hay de lujo completo).

Ningún reproche legal ni moral. Demos por bueno que se puede ser rico y comunista, que se puede vivir en una urbanización lujosa y ser de izquierdas. La cuestión no es cuánto dinero se tenga o dónde se viva, sino qué políticas estaría uno dispuesto a promover y apoyar, de manera que sería ejemplarmente de izquierdas el rico que votara por una política social liquidadora de sus privilegios.

Pero en este caso veo un problema estético y otro de coherencia.

No puede uno dejar de pensar en quienes compran un coche de lujo cuyo precio está en desproporción con sus ingresos. Pero ¿y el placer de verte y que te vean en tu mercedes aunque tengas que ahorrar en comida más de la cuenta?

Por otra parte la elección de un sitio para vivir te define. En este caso una urbanización de lujo mediano, con gentes que han arribado al lujo mediano. ¡Oh, qué hermoso chalet, con su piscina, y su jardín, y su casita para invitados! ¡Qué buen sitio para educar a los hijos, junto a gente que disfruta, gozosa, de un lujo que parece de primera fila!

Para calibrar el caso es preciso no perder de vista que por 300.000 euros nuestra pareja podría haber conseguido, en un pueblo cercano a Madrid, una casa decorosa y rodeada de campo, suficiente para padres de clase media que quieren dar a sus niños lo mejor de este mundo.

Vaya esto por el lado de la estética, que al fin y al cabo es asunto subjetivo.

El problema de coherencia es ya algo peor. Pues si se ha estado proclamando algo que parecía constituir el alma de la propia posición y luego se cambia de idea, deben darse explicaciones. ¡Claro que puede uno dejar de creer que es cierto lo que se afirmaba ayer! Vivir en el barrio en que vive la gente a la que representas… No alejarte a una urbanización en la que pierdes el contacto con la gente corriente… No he oído a Irene ni a Pablo explicaciones razonables acerca del cambio de idea, acerca de por qué hoy es bueno lo que ayer era malo.

El tema no queda aquí, pues hay además un parecido con el caso anterior. O Irene y Pablo no consideraron los costes que su compra iba a tener para ellos y para su partido, o los consideraron. En el primer caso tienen poca cabeza. En el segundo les pudo el entusiasmo por el lujo mediano, y pensaron que los costes para ellos y para su partido eran un precio razonable.

Me inclino por lo primero. Seguro que no previeron que la reacción a la compra les iba a poner en situación de someter la permanencia en sus cargos a una votación de la militancia. Pero entonces ¿es que vivían en Babia? Con tan poca capacidad para adelantar los acontecimientos mal se puede dirigir un partido político. Y además no tiene sentido que, una vez hecha la compra, se recurra al voto de la militancia, cargando sobre ella la propia responsabilidad. Si Irene y Pablo no concebían una vida buena salvo en ese chalet, si ese chalet es lo que deseaban con más brío, antes de comprarlo debieron dejar sus cargos en Podemos para sentirse más libres y para dejar a Podemos menos comprometido.

Pero vayamos finalmente con lo que a mi juicio es más grave, y no me refiero a los posibles costes electorales (para el partido) o personales (para ellos). No voy a extenderme porque ya he hablado en otras ocasiones de este asunto crucial. Y es que la izquierda no parece consciente de que, contra las apariencias, el campo de la batalla política no es el electoral, sino el ideológico. De manera que antes de nada cada dirigente debiera considerar en que medida una decisión personal, tan legítima como se quiera, puede hacer daño a un proyecto de implantación de nuevas ideas y valores en una mayoría social.

Lo siento, porque Irene me caía muy bien. Sin embargo me pregunto: ¿es que en Podemos no abundan personas capacitadas para liderar el partido sin peligrosas ambiciones personales, personas consistentes, con una ideología firme de izquierdas y adictas a una vida sencilla y coherente? Porque los espectáculos que muchos de sus líderes han venido dando han sido poco edificantes. Parecen estar por debajo de la gente a la que representan, salvo en retórica.

Para acabar. La carta que Podemos ha enviado a sus militantes denunciando una campaña mediática contra Irene Montero y Pablo Iglesias tiene toda la razón en casi todo. Claro que el enemigo ha aprovechado muy alegre el motivo que ellos le han ofrecido, pero las críticas por la compra del chalet no llegan sólo del enemigo. En mi caso soy votante de Podemos y le votaré mientras siga siendo el único partido, de entre los que pueden llegar al Parlamento, que no está controlado por el poder económico.

[email protected]

TRUMP Y PABLO IGLESIAS. ¿ES VERDAD QUE SON LO MISMO?

Es divertido ver cómo se las apañan muchos para saltar de Trump a Pablo Iglesias como si no tuvieran más remedio que hacerlo. Puesto que coinciden en esto o en aquello, Pablo Iglesias y Trump son lo mismo. Veamos cómo se ha planteado este tema en el periódico de mis preferencias, El País.

Análisis complejos, rigurosos y muy, muy objetivos

José Ignacio Torreblanca, profesor titular de Políticas en la UNED y jefe de opinión de El País, nos decía el pasado 10 de noviembre que de punta a punta del planeta el populismo celebra la victoria de Donald Trump. ¿Qué es el populismo? Torreblanca hace una faena de aliño al identificar al populismo de derechas con el viejo nacionalismo en su forma tradicional, y al de izquierdas con el nacionalismo disfrazado de revuelta del pueblo contra las élites.

Refiriéndose al primero comenta que tanto Vladímir Putin como Trump prometen Estados fuertes, naciones orgullosas, mano dura contra el inmigrante y recuperar la soberanía frente a cualquier compromiso impuesto desde el exterior.

Refiriéndose al segundo nos dice que vuelve el marxismo clásico con su análisis simplista y reduccionista del mundo, la economía y el individuo.

Para identificar cosas tan dispares nos dice que el marxismo actúa en pinza con el peor nacionalismo xenófobo, y añade que las máximas y eslóganes de ambos son prácticamente idénticos: todos dicen hablar en nombre del pueblo, al que quieren devolver el poder hurtado por los poderes financieros, las instituciones supranacionales o los políticos de una vilipendiada capital (Washington, Bruselas, París o Roma) construida como arquetipo de la corrupción política, económica y moral. Todos ellos apuntan a un mismo modelo: la tiranía de la mayoría bajo un líder clarividente y un enemigo común, exterior, interior o las dos cosas a la vez. De ahí que también celebren la victoria de Trump los populistas de izquierdas, en España o fuera de ella.

Otra forma de decirlo

Consciente Torreblanca de que se ha embarullado al definir el concepto de populismo, intenta aclarar su idea, y en realidad la oscurece si posible fuera:

El populismo no es una internacional, pues carece de estructuras orgánicas. Es más bien una amalgama en la que se mezclan izquierdas y derechas, nuevas y viejas, del norte y el sur, antiestatistas y anticapitalistas. No son capaces de construir nada juntos, pues en el fondo solo les une la pasión por destruir las estructuras fundamentales de lo existente, de todo aquello en lo que se basa nuestro modo de vida: la democracia representativa, la economía abierta de mercado, la igualdad de oportunidades, las instituciones internacionales, la apertura de fronteras, las identidades múltiples, la idea de una sociedad abierta.

Inexactitudes

¿Se puede decir que Trump o Putin son enemigos del Estado o del Capitalismo? En absoluto. Si acaso se podría decir que son enemigos de la democracia, pero en eso no se diferencian de los políticos más respetados, aquellos que defienden nuestra “democracia”. Pues la democracia representativa en el capitalismo siempre ha sido falsa, como al fin está quedando claro para los bien informados, y no sólo para los marxistas, que lo vieron mucho antes. Eso a lo que llaman democracia es una plutocracia disfrazada. Por tanto quien defiende esta democracia aparente no es un demócrata, sino un palmero de la plutocracia, sean cuales sean sus razones. En cambio es muy sensato oponerse a un simulacro de democracia en nombre de una verdadera democracia, que es lo que debe hacer la izquierda anticapitalista.

Oponerse a la economía abierta de mercado es otra exigencia de la razón: esta economía está poniendo en peligro al planeta, distribuye la riqueza social de manera irracional e injusta, crea condiciones internacionales de violencia, terrorismo y guerra, fabrica poblaciones incultas y violentas…

Y si Torreblanca se refiere a los Tratados de Libre Comercio, ¿quién le ha contado que oponerse a ellos tal y como están concebidos es cosa criticable desde la razón? 455 organizaciones civiles europeas y canadienses acaban de pedir a sus respectivos gobernantes que voten contra el tratado UE-Canadá (CETA) porque “no es un acuerdo de comercio progresista”, sino que en realidad “es aún más invasivo que lo que preveía la vieja agenda de libre comercio diseñada por y para las multinacionales más grandes del mundo”. Su ratificación, dicen esas 455 organizaciones, puede “debilitar la protección de los trabajadores y del medio ambiente y ofrecer a los inversores extranjeros herramientas para atacar regulaciones de interés público”.

En cuanto a la igualdad de oportunidades, ¿cómo puede decir Torreblanca que Podemos se opone a ella, cuando pretende que por fin sea un hecho? En cambio los conservadores como él invocan la igualdad de oportunidades al tiempo que defienden un sistema que la impide. ¿Es que no sabe este señor que en nuestras sociedades los niños, en muy alto porcentaje, heredan la posición social e intelectual de sus padres y que los de familias económica y culturalmente pobres difícilmente llegarán a la universidad y puede que ni siquiera a la FP? ¿A eso llama sociedad abierta? Para muchos está cerrada, cerradísima.

Y ¿con qué lógica deduce Torreblanca que la izquierda anticapitalista quiere destruir las instituciones internacionales sólo porque está en contra de algunas instituciones internacionales inicuas, o que se opone a la apertura de fronteras sólo porque es contraria a un cierto tipo de apertura? ¿De dónde saca que Podemos pretende expulsar de la nación a todos los impuros, impropios y que no comulguen con su esencialismo?

El Sr. Torreblanca cree que es una invención populista que los poderes financieros (a través de instituciones internacionales y de los políticos a su servicio) han hurtado el poder del pueblo, o que el sistema sea arquetipo de corrupción política, económica y moral. Es la creencia de un ultra conservador. Los que tienen ojos en la cara ven con claridad que todo eso es cierto y que, por ello, una revuelta contra las élites económicas se está haciendo imprescindible.

¿Una élite fanática contra la élite económica?

Llegado a este punto Torreblanca ironiza: ¿cómo van a liderar una revuelta contra las élites movimientos como Podemos, liderados a su vez por unas élites que bien poco tienen de pueblo, y mucho de pretensión de usar e inventar todo tipo de agravios para hacerse con el poder y permanecer en él? No son los pobres ni los perdedores los que se han revuelto contra el sistema, sino unas élites fanáticas que saben cómo manipular las emociones y manejar los medios para instalarse en el poder en el nombre del pueblo.

Pero hombre, señor Torreblanca, una cosa es la élite económica mundial, que es de la que hay que defenderse, y otra la élite intelectual a que pertenecen, se supone, unos profesores de universidad que ganan 2.000 euros al mes. ¿Cree de verdad que en el Movimiento del 11-M no fueron los pobres ni los perdedores los que se revolvieron contra el sistema, sino esa élite fanática? Sin comentarios.

Traca final

Pues esperen, que en otro escrito del 24 de noviembre, en el mismo periódico, este señor llega a superarse a sí mismo:

Hasta hace poco, éramos muchos los que celebrábamos que el concepto [de soberanía] estuviera en desuso. Pensábamos, incluso, que lo habíamos derrotado. Soñábamos que el proyecto europeo lo había superado y que nos encaminábamos hacia esa “paz perpetua” cosmopolita que dibujara Kant. Pero no. Pese a su trágico historial y su tono rancio y caduco, son muchos hoy, a izquierda y derecha, los que han vuelto a idolatrar el término. Desde el Podemos de Pablo Iglesias al Frente Nacional de Marine Le Pen pasando por el racismo proteccionista de Trump, el neoimperialismo de Putin, los independentistas de la Asamblea Nacional Catalana o la extrema derecha que todavía se manifiesta por las calles de España cada 20 de noviembre, todos se encomiendan a la soberanía como ideología liberadora, como si no supiéramos que detrás de ella viene la dictadura, la guerra y el triunfo de la identidad, la raza y la nación sobre la razón y la libertad individual. Me gusta el siglo XXI. No quiero volver al XVI. Por eso, soberanía, yo te maldigo.

El mayor mérito de este texto no es su tono melodramático, coronado con la maldición final (que seguro que ha destrozado el corazón del pobre concepto de soberanía). ¡La impresionante hazaña es usar la palabra “soberanía” para identificar a Podemos con Trump, Le Pen, Putin, el racismo y el franquismo! ¿Comprenden ustedes por qué han hecho a Torreblanca jefe de opinión de El País? Basta citarle al pie de la letra para desacreditarle.

Otro ejemplo igualmente interesante en el mismo periódico

Daniel Innerarity, catedrático de Filosofía Política del País Vasco, abogaba el pasado 16 de noviembre por una democracia compleja tras apreciar que nuestros sistemas políticos son impotentes ante quienes, como Trump, ofrecen una simplificación tranquilizadora. Quien hable hoy de límites, responsabilidad, intereses compartidos, nos dice Inneraraty, tiene todas las de perder frente a quien establezca unas demarcaciones rotundas entre las élites y el pueblo, de manera que la responsabilidad y la inocencia se localicen de un modo tranquilizador.

Pero la democracia no es algo tan simple, sigue diciendo, es un conjunto de valores y procedimientos que hay que saber orquestar y equilibrar (participación ciudadana, elecciones libres, juicio de los expertos, soberanía nacional, protección de las minorías, primacía del derecho, deliberación, representación…). Los nuevos populismos toman sólo el momento plebiscitario y lo absolutizan, desconsiderando todos los demás, cuando en realidad la implicación de las sociedades en el gobierno debe ser más sofisticada que como tiene lugar en las lógicas plebiscitarias o en la agregación de preferencias a través de la red. En una democracia de calidad el tiempo dedicado a la deliberación ha de ser mayor que el que empleamos en decidir.

No se toman las mejores decisiones cuando se decide sin buena información (como el Brexit) o con un debate presidido por la falta de respeto hacia la realidad (como Trump). Tampoco hay una alta intensidad democrática cuando la ciudadanía tiene una actitud que es más propia del consumidor pasivo, al que se arenga y satisface en sus deseos más inmediatos y al que no se le sitúa en un horizonte de responsabilidad.

En definitiva, cree Innerarity que frente a la simplificación de los populistas hay que promover una cultura en la que los planteamientos matizados no sean castigados sistemáticamente con la desatención o el desprecio. Y termina haciendo más claro su pensamiento cuando se muestra sorprendido de que “Iglesias, Mélenchon o Grillo no parezcan inquietos por compartir la lógica simplificadora de sus siniestros oponentes”.

Antes de nada resaltar que para Innerarity la soberanía nacional es uno de los valores democráticos, mientras Torreblanca maldice solemnemente ese concepto. ¿Estará Innerarity en el mismo saco que Le Pen, Trump, Putin, los franquistas y Pablo Iglesias? Dejemos que Innerarity y Torreblanca se pongan de acuerdo acerca del alcance de la maldición.

¿Se ha pervertido lo que era puro?

Esto aparte, lo que me interesa resaltar es que en lo dicho por Innerarity está implícito que en las sociedades en que no gobiernan populismos de derechas ni de izquierdas se pueden tomar las decisiones con buena información y sin falta de respeto a la realidad, y que en ellas se sitúa a la ciudadanía en un horizonte de responsabilidad y no de consumidor de arengas. Me acabo de enterar, no lo sabía.

Reconoce Innerarity que las recientes elecciones en Estados Unidos han sido la apoteosis de algo que se venía observando desde hace algún tiempo en muchas democracias del mundo: más que elegir, se deselige; hay mucho más rechazo que proyecto, no se vota para solucionar sino para expresar un malestar, y ese comportamiento manifiesta una profunda desesperación.

De acuerdo. Pero los gobiernos de los que nunca se dijo que fueran antisistema o populistas, y que son los que han controlado nuestras sociedades los últimos decenios, no han eliminado las causas de esa profunda desesperación, más bien han sido sus autores. ¿No será que, contra lo que Innerarity piensa, es razonable establecer unas demarcaciones rotundas entre las élites económicas y el pueblo? No es tranquilizador, sino muy frustrante comprobar que, por lo que respecta a la distribución de la riqueza, la responsabilidad está en esas élites y en sus colaboradores, y la inocencia en el pueblo indefenso.

Habla Innerarity de límites, de responsabilidad, de intereses compartidos. ¿Quiere decir que las reivindicaciones populares tienen que aceptar límites, los que impone el poder económico, o que hay que renunciar a esas reivindicaciones por responsabilidad, o que los de muy arriba y los de abajo pueden compartir intereses que no sean superficiales? Por ejemplo, ¿cree que en nuestras sociedades es posible proponer medidas anticapitalistas sin que sean rechazadas, y que las élites y las capas populares pueden llegar a acuerdos de fondo que beneficien equitativamente a ambas partes? Es evidente que eso no ha ocurrido en la España del PP y del PSOE, ni en los Estados Unidos de Obama y de Clinton, por no decir de Reagan y de los Bush.

Y por otra parte, ¿de dónde saca nuestro filósofo que los de Podemos (partido en que está pensando como ejemplo de populismo de izquierdas) no tienen en cuenta que en democracia hay que deliberar, debatir, escuchar a los expertos, etc. Se pasan el día deliberando y debatiendo, en mayor medida que los demás, y cuentan con expertos que les asesoran en la elaboración de sus programas. ¡Qué contradicción llamarse filósofo y tener que alquilar el ingenio! Innerarity habla con la misma lógica de los que han provocado con sus políticas la indignación popular.

Ser lo mismo y actuar en pinza

Habría que decir además que no hay razones para identificar a personas o instituciones distintas sólo porque coinciden en la oposición a algo. Se puede coincidir en la opsición al nacionalismo catalán desde la derecha (en nombre del nacionalismo español) y desde la izquierda (en nombre del internacionalismo de la población explotada), pero no se trata de posiciones idénticas o afines, sino contrarias.

Y cuando se habla de pinza porque dos partidos coinciden en oponerse a algo es como si se dijera que las personas pacíficas y los hooligans actúan en pinza contra el gobierno porque se oponen a una subida del precio de la gasolina. O que quien se opone a una condena porque le parece excesiva (el delincuente) y quien se opone porque le parece suave (el fiscal) están actuando en pinza contra el juez. Pero así discurren quienes dicen que Podemos actúa en pinza con el PP. No hay en el país más cera intelectual que la que arde.

¿A qué deberíamos llamar populismo en sentido peyorativo?

Dejemos los confusos usos de “populismo” que sólo pretenden desacreditar a Podemos. “Populismo” en su sentido peyorativo es identificable con el uso de la mentira para, engañando a un pueblo malinformado, conseguir o retener el poder y hacer una política contra ese pueblo. Tal mentira puede presentarse en diversas formas, siempre con palabras que disfrazan el mal de bien: falsas promesas, apelar a las emociones, a la patria, asustar a la gente afirmando que los que prometen cambiar las cosas llevarán al país al desastre, etc.

En cambio no puede tener sentido peyorativo “populismo” si se refiere a apelar al pueblo contra la élite proponiendo alguna forma de reparto más justo de la riqueza del país.

En la acepción peyorativa de “populismo” queda claro que Trump es populista, pero además que todos los partidos pro-sistema son y han sido populistas por necesidad (incluidos los socialdemócratas europeos y el partido de Clinton y Obama), ya que se ven obligados a ocultar dónde se toman las decisiones que luego ellos tienen que vestir políticamente, a prometer cosas incompatibles con la política que saben que van a realizar, o a disfrazar esa política antipopular de racionalidad y de servicio al bien común. Para que un partido conservador no fuera populista tendría que atreverse a hablar así a la población: “soy testaferro del poder económico y voy a hacer una política favorable a sus intereses caiga quien caiga.”

Es la izquierda anticapitalista la única que puede eludir el populismo (lo que no quiere decir que siempre lo eluda), porque no está obligada a mentir (si miente es porque de alguna forma se ha pervertido). La izquierda anticapitalista eludirá el populismo si, manteniéndose independiente de los poderes económicos, hace propuestas realistas que beneficien a la mayoría y al mismo tiempo explica por qué no puede ir más lejos, dónde están los obstáculos. ¿Cómo se puede llamar populista a un partido que, por sus intenciones, se hace odiar por las élites y sus secuaces?

Acerca de la complejidad

El conservador se pasa media vida denunciando el grosero simplismo y la falsificación de la realidad de las propuestas de la izquierda, y otra media vida apelando a la complejidad como excusa de que no se haga lo que parece obligado de acuerdo con los valores que proclama. Cuando el señor Torreblanca considera simplista y reduccionista el análisis del marxismo clásico está sugiriendo que hay una forma menos simplista y reduccionista de ver las cosas. ¿Dónde está? No desde luego en sus análisis, pero al menos ¿en qué libros? Pues resulta que el marxismo (incluidas las mejoras que se le pueden hacer a la luz de la ciencia social sobrevenida) sigue siendo la única forma no simplista, ni reduccionista de analizar la realidad de las sociedades capitalistas.

La alternativa, a su más alto nivel, la encontramos en obras como la del filósofo Robert Nozic o de los economistas de la Escuela de Chicago. Y ¿qué dicen esas lumbreras de la derecha?

Nozic, por ejemplo, viene a afirmar que los impuestos son un robo, que lo que el mercado da a cada cual es efecto de la libre decisión de vendedores y consumidores y que la libertad está por encima de la justicia. Todo esto sin siquiera analizar qué es la libertad, que para él consiste, simplemente, en que cada cual pueda hacer lo que quiera con su dinero. No nos dice cómo se justifica que alguien tenga miles de millones mientras millones de conciudadanos no pueden pagarse un médico. El mercado ha repartido así la riqueza y no hay más que hablar. ¿Y por qué es el mercado el que tiene que dar y quitar, y no la decisión racional y justa de la sociedad? Pues porque esto último ya se ha ensayado y fracasó en la URSS. ¡Un verdadero monumento de pensamiento complejo!

Y ¿qué nos dicen los economistas de la Escuela de Chicago? Que lo privado es más eficiente que lo público, que no hay que cobrar impuestos a los ricos ni intervenir en el mercado, que si se deja que el mercado controle la economía con su lógica, y si se deja el dinero en manos de los ricos, nos irá mucho mejor a todos.

¿Es cierto que no se puede hacer otra cosa?

Los datos empíricos han falsado esa simplista teoría conservadora una vez y otra. Si se deja que la distribución de la riqueza sea decidida por el mercado sin apenas cortapisas se llega primero a la situación en que estamos, y si se eliminaran las escasas regulaciones que quedan se llegaría a una situación auténticamente catastrófica. Pese a todo los políticos conservadores siguen afirmando que la política que están haciendo es la única posible y que todo lo demás son populismos.

Pongamos ejemplos de ese populismo en España: una renta básica universal, una subida del salario mínimo, garantizar constitucionalmente la mejora y garantía de las pensiones, dotar adecuadamente a la escuela pública, fortalecer los sindicatos y la negociación colectiva…

¿Por qué son propuestas inaceptables? Unas porque la subida de salarios y la restitución de los derechos de los trabajadores acabaría con la “flexibilidad laboral” y nuestra economía sería menos competitiva, cosa que se ha probado empíricamente que es falsa. Otras porque supondrían unos miles de millones de euros que el Estado no tiene. Pero ¿por qué no los tiene? Por la escasa progresividad de los impuestos, por las rebajas de impuestos que se han hecho a los que tienen más patrimonio, por las desgravaciones a las grandes sociedades, por las SICAVs, por la evasión fiscal que no se persigue, por la negativa a aplicar una pequeña tasa a las operaciones financieras. Sobra el dinero, sólo que no está donde debiera. La rebaja de impuestos a los muy ricos es tan obscena que algún magnate ha protestado porque le parece indigno pagar menos que su secretaria.

Ellos replicarán que el trato fiscal favorable al capital es necesario para evitar que se vaya fuera y para atraer inversiones. Pero resulta que en otros países la recaudación fiscal es mayor y la evasión fiscal menor, y sin embargo ni los capitales ni las empresas se van y las inversiones llegan. En último caso, si esa previsión fuera cierta, cualquier intelectual honrado no debería darla por buena apelando a la complejidad, sino hablar de chantaje, y denunciarlo, y manifestarse contra el sistema.

Algo acerca de la simplicidad

¿Dónde está la causa de la profunda desesperación de que habla Innerarity? La respuesta no es nada compleja, es muy simple: el 1% de la población dispone de una gran parte de la riqueza mundial, con la que puede poner la democracia a su servicio mediante el control de partidos políticos, parlamentos y gobiernos, medios de comunicación, intelectuales y expertos influyentes. La muy simple realidad es que la democracia sólo será posible cuando la riqueza esté distribuida según criterios de racionalidad y justicia, y los medios de comunicación estén controlados públicamente, y la educación de la población sea buena y efectiva.

Entretanto vemos que “intelectuales” como Torreblanca o Innerarity disponen de sus púlpitos en El País para manipular escribiendo lo que escriben. Nunca escribirán, claro está, exigiendo esas sencillas condiciones para una democracia real. Dirán que son simplificaciones impropias de una democracia compleja. Recuerden que hablar de ricos y pobres es una simplificación populista, envidiosa y que invita al odio.

[email protected]

COMENTARIOS A UNA INVESTIDURA FALLIDA

Cuestiones de forma (I)

Pablo Iglesias incurre en errores formales. Cierto que las formas son con frecuencia meras cuestiones de estética, y por tanto sometidas al juicio subjetivo, pero importan mucho a mucha gente, e incluso a algunos les afectan más que las cuestiones de fondo. Por ello un político debe calcular, antes de hacer o decir algo, sus posibles efectos en unos y otros. Se supone que la forma debe ayudar a que los temas de fondo lleguen a más personas de manera convincente, no a desahogar gustos o caprichos personales. Y menos si así se generan antipatías a cambio de nada.

Dos ejemplos:

La comperecencia pidiendo vicepresidencia y ministerios no venía a cuento, hubiera bastado proponer un gobierno de coalición y así se habrían ahorrado problemas en el terreno de la comunicación.

Relacionar a González con la cal viva fue un exceso innecesario (haya lo que haya de verdad en la acusación) sin otro beneficio que el de darse un gusto. Hubiera sido más efectivo relacionarle con las puertas giratorias, que además forman parte de su presente y de los problemas actuales de la política española.

Cuestiones de forma (II)

No es lo peor el efecto que estos errores puedan hacer en la gente, sino el que hacen en Podemos. Existe la impresión de que cuando en este partido son conscientes de las consecuencias de algún exceso (debido a torpeza, a un pronto o a un momento de euforia), intentan poner remedio exagerando la buena voluntad inofensiva, algo que tampoco les va bien.

Fueron lamentables los primeros minutos de la intervención parlamentaria de Iglesias en la segunda sesión de Investidura, tomándose a broma la situación, y además sin gracia, como si no hubiera cuestiones muy serias sobre las que debatir y perdiendo un tiempo que debió utilizar para dejar muy claro, ante todos los que seguían el debate, hasta qué punto el pacto PSOE-Ciudadanos no puede remediar la dura situación de millones de españoles, y qué concretas medidas de política económica, que no caben en ese pacto, sí lo harían, de forma que las diferencias entre la política económica del PSOE y la de Podemos, y sus consecuencias, hubieran quedado claras para todo el mundo en sus detalles básicos.

Igualmente lamentable fue que el pasado sábado noche, enfrentado Iglesias en un programa de La Sexta a periodistas que lo trataban a cara de perro (como seguro que no tratarán a ninguno de los restantes dirigentes políticos), exagerara la mansedumbre, renunciando a la contundencia que hubiera sido de desear, y tratara de caer bien echando flores a los medios de comunicación privados que estos no merecen, como si quisiera pasar por persona dispuesta a entenderse con todos.

Así perdió otra ocasión de exponer (sin agresividad y eliminando el aire mitinero, pero con firme solvencia y sin pretender hacerse perdonar), las razones de Podemos frente a la derecha y las sinrazones de la derecha frente a Podemos.

Precisamente porque sólo la izquierda está libre de la necesidad de populismo y mentira es imperdonable en ella el recurso al disimulo. Y por ello es preocupante el interés de algunos líderes de Podemos por vestir a ratos piel de cordero.

Una debilidad

Pese a que se considera que los dirigentes de Podemos dominan el espacio mediático, en realidad son flojos al refutar críticas o acusaciones y también al exponer las razones de sus actitudes políticas. Carecen de sentido del humor para anticipar las acusaciones previsibles en un registro que las desactive (de manera que quien pretenda usarlas quede en evidencia). Y no han conseguido suficiente habilidad retórica, o pedagógica, para explicar su posición política y atraer a ella a los que no son adeptos pero tienen razones objetivas para serlo.

Seguramente su falta de contundencia en las réplicas, y de claridad en las críticas y propuestas, se debe en parte a la indecisión sobre las formas que he comentado. O también a que a veces el político tiende no tanto a ponerse al servicio del argumento como a poner el argumento al servicio de su imagen (algo muy humano y frecuente por otra parte).

Es una pena, porque así se dilapida la gran riqueza que tiene Podemos y que no tienen los conservadores: la fuerza de la verdad, que todo el mundo percibe cuando se le muestra.

Es lo que ocurrió en la primera sesión de Investudura, cuando pudimos oír, con un placer a ratos emocionado, al mismo Pablo Iglesias (antes de la réplica), a Alberto Garzón y a otros representantes de la izquierda hablar de política con sinceridad y pasión, el mismo tono de esos viejos resistentes que intervinieron en el programa de Javier del Pino en la SER, personas sin ambiciones políticas personales, pero con experiencia en las luchas que se vivieron durante el franquismo.

Esa sinceridad y pasión es algo que, en cambio, no se puede encontrar en Pedro Sánchez, al que se percibió en el Parlamento obligado a cargar sobre otros sus propias responsabilidades, a fingir la honradez, generosidad y firmeza de que carece, a apelar a impedimentos falsos, a comportarse en suma como un vendedor de feria, que por dos pesetas ofrece esto, aquello y lo de más allá.

La cuestión de fondo

Dejando estas cuestiones de forma, del resultado negativo del proceso de Investidura no ha sido culpable Podemos, sino las grandes presiones, externas e internas, que impiden a Sánchez pactar con Podemos, presiones que llegan de España (encuadrables bajo el rótulo IBEX 35), del interior del partido (Felipe González, Alfonso Guerra, Susana Díaz y otros líderes) y de Europa.

Por cierto que las presiones de Europa no son de Europa, sino de los poderes que están llevando a Europa a un desastre anunciado, los que la controlan antidemocráticamente, los que se quitaron el disfraz cuando dieron el golpe de Estado en Grecia contra la izquierda (que así describe lo que ocurrió el exministro Yanis Varoufakis y lo argumenta con datos de primera mano muy convincentes).

Dado que la consigna es que por nada del mundo entre en el gobierno Podemos, se equivocan quienes, colocándose despectivamente por encima de los acontecimientos, relatan lo ocurrido en el Parlamento durante la investidura como algo más de lo mismo. ¡Qué pesadez, nada ha cambiado!, comentan, sin darse cuenta de que ha ocurrido algo extraordinario: por primera vez en esta “democracia” se encuentra en el Parlamento español un partido político no controlado por el poder económico, un partido que puede hablar libremente y que arrastra a otros grupos de izquierda, antes más sumisos, a hablar con la misma libertad. ¿No es suficiente novedad y beneficio el disgusto y la ira con que los biempensantes contemplan el suceso?

Pretextos

Naturalmente, puesto que el señor Sánchez no puede hacer público por qué no optó por un pacto de izquierdas, debe disfrazar su decisión con pretextos. El más sorprendente es que con la izquierda no dan los números, siendo mucho menores con Ciudadanos.

También es un pretexto que, para que den los números, el pacto de izquierdas obliga a aceptar el apoyo de los secesionistas catalanes y a aceptar un referendum en Cataluña. El pacto de izquierdas no requiere que en él se integre ningún partido indedependentista, y el referendum es tema negociable en el que se puede llegar a acuerdos.

Una afirmación que revela que no hay argumentos serios es esta: se pactó con Ciudadanos porque este partido ha antepuesto los intereses generales a los partidistas, mientras Podemos sólo ha actuado con táctica electoral.

Dentro del bla, bla, bla con que acondicionar las posiciones incómodas, ¡cuántos juicios e interpretaciones hemos tenido que oír y leer en tertulias, editoriales y artículos de sesudos comentaristas, muchos de ellos avalados por sus cátedras universitarias!

Ahí va un ejemplo: en El País de 4 pasado un catedrático de ciencia política y asiduo tertuliano afirmaba dos cosas: que el pacto PSOE-Ciudadanos constituía un perímetro sobre el que trazar eso que Rawls llamaría un “consenso entrecruzado” (overlapping consensus); y que ahora mismo los disensos operan como pura expresividad vacía, como extraordinario alimento para tuiteros y columnistas: más no como la política que importa, la que decide y transforma la realidad. ¡Ahí queda esa manera elegante de decir que disentir de la política de derechas no es la política que importa, y que sólo la política de derechas decide y transforma la realidad! Vean cómo se puede abordar un tema obviando el tema (eso sí, con una cita a un famoso filósofo de Harvard y con unas palabrejas en inglés, que nada de esto puede faltar en cualquier comentario necio que se precie).

Odios

Dice González que el país necesita respuestas a los problemas de los ciudadanos y no necesita ni la rabia ni el odio de Pablo Iglesias. Y dice Sánchez que no entiende de dónde saca Iglesias tanto odio y rencor contra el PSOE.

Aceptemos que Iglesias odia la explotación y odia a quienes (llámeselos búnker, o casta, o como se quiera) la han permitido o la han llevado a cabo.

A cambio González odia a Podemos, igual que lo odia Alfonso Guerra y tantos otros dirigentes del PSOE.

Guerra (hemos de suponer que dejándose llevar del rencor y el odio) encuentra “semejanza de posición entre estos jóvenes altaneros y el búnker que se opuso a la transición política en el mes de febrero de 1981”, cuando ocurrió el intento de golpe de Estado del 23-F. “Estos nuevos”, ha añadido en alusión a los dirigentes de Podemos, “comparten su desprecio por la transición democrática con aquel búnker que quiso acabar con la libertad”. Y aún llega más lejos al afirmar que cuando Podemos defiende el derecho de autodeterminación olvida que “esa fue la bandera del terrorismo que derramó mucha sangre inocente como la de Fernando [Múgica]”, o cuando dice que Podemos busca “arrebatar el derecho a la democracia y a la libertad”.

Estas expresiones llegan al menos tan lejos en el odio, la rabia y el rencor como otras usadas por Podemos, con la diferencia de que las de Podemos son verdaderas y estas no.

Odio por odio y rabia por rabia, me quedo con el odio y con la rabia de Podemos (si queremos llamar así a la actitud de rechazo de los indignados, que lo están porque sufren injustamente, o porque otros sufren injustamente). En cambio el odio y la rabia de los dirigentes del PSOE se debe en parte a que ven en Podemos lo que ellos debieron ser y no fueron. Lo que deberían ser y no son.

Vieja política

Una característica de la vieja la política es el uso de la mentira para conseguir votos o para que otro partido los pierda.

El PSOE recurre a la mentira cuando acusa machaconamente a Podemos de ir contra la unidad de España y contra la igualdad de los españoles porque propone un referendum en Cataluña. Se podrá estar de acuerdo o no con esa propuesta, pero Podemos la hace porque cree (otros muchos también lo creemos) que es la única forma de que Cataluña siga dentro de España.

Se recurre también a la mentira cuando se afirma que si Podemos no vota a favor del pacto de derechas PSOE-Ciudadanos está dejando gobernar a Rajoy, o está haciendo una pinza con el PP contra la política progresista y del cambio del PSOE, o está traicionando a sus votantes, o es el responsable de que haya nuevas elecciones.

Lo cierto es que Rajoy gobierna en funciones hasta que haya nuevo gobierno porque así lo establece la ley, no porque Podemos quiera. Por otra parte coincidir en el voto negativo con el PP no significa proximidad si la motivación es contraria. El voto negativo de Podemos se debe precisamente a que cree que el PSOE ha hecho un pacto que respeta el núcleo de la política económica del PP. La propuesta de Podemos está mucho más lejos del PP que el pacto del PSOE con Ciudadanos (de hecho Ciudadanos afirma que no hay motivo para que el PP lo rechace). En definitiva, es el PSOE al negarse a un pacto de izquierdas el responsable de todo aquello de que acusa a Podemos.

Otra muestra de la vieja política son esos argumentarios elaborados por habilidosos, que luego todos repiten como papagayos. Por ejemplo, esa retahila de mejoras que podrían disfrutar “mañana mismo” millones de españoles, y de las que no disfrutarán porque Podemos lo impide junto con el PP.

Dejando aparte que algunas de esas mejoras son falsas (Ciudadanos las niega) o irrelevantes (entre ellas la subida del salario mínimo un 1%), se puede con más razón afirmar que millones de españoles disfrutarían desde “mañana mismo” de ventajas mucho mayores (fácilmente enumerables) si Sánchez se atreviera a hacer el pacto de izquierdas que le tienen prohibido.

Cuatro posibilidades abiertas

En la etapa que se abre caben estas cuatro salidas:

1. Que haya un pacto para un gobierno de izquierdas.

Si Sánchez quiere sobrevivir políticamente con dignidad no tiene otro remedio que ser valiente, desafiar al aparato de su partido y a todas las fuerzas presionantes y hacer un pacto de izquierdas. Aunque no imposible, es improbable que Sánchez dé ese golpe de mano.

2. Que se llegue a la gran coalición (PP, PSOE y Ciudadanos) por la que tantos suspiran dentro y fuera de España y que sólo será posible si Rajoy abandona la escena política (ya le están empujando desde muchas partes).

El PP exigiría la presidencia (por ser el partido más votado), aunque tal vez terminara aceptando como jefe del Gobierno a una persona independiente. No creo que a Sánchez.

El problema de la gran coalición es que quedaría muy claro dónde se sitúa el PSOE y dejaría a Podemos el espacio de la izquierda. Además, Sánchez no puede mirar bien una salida que le impediría la jefatura del Gobierno y que daría a sus enemigos de partido la ocasión de sacrificarle en aras de la concordia.

Pero el problema principal para esa gran coalición es que, aunque se alegan casos similares en Europa, una coalición con el PP tiene en España el problema de que la organización de ese partido es una trama criminal que va a dar lugar a procesos judiciales sin fin (y eso aunque Rajoy se retire).

En cualquier caso las presiones a favor pueden terminar siendo irresistibles.

La gran coalición sería muy beneficiosa para Podemos, que quedaría como oposición con muchas ocasiones de mostrar a los ciudadanos en qué consisten los males de una política de derechas.

Por ello no hay más remedio que preguntar: dado que pactar de una u otra forma con el PP sería seguramente el suicidio del PSOE ¿por qué lo piden exdirigentes del PSOE como Felipe González? Sin duda por exceso de miedo a que llegue al gobierno Podemos. Un extraño exceso de miedo.

3. Mantener el pacto con Ciudadanos y volver a pedir a otros partidos que se sumen, que es el camino tomado por Sánchez al decidir que Ciudadanos estará presente en todas las negociaciones que emprenda el PSOE. Seguro que Sánchez intentará añadir alguna concesión para que la negativa de Podemos sea peor vista, sobre todo si consigue quebrar la firmeza de IU o Compromís.

Se trata de un chantaje que consiste en poner a Podemos entre la espada y la pared y obligarle a abstenerse bajo amenaza de que en otro caso quedará ante la opinión pública como el que ha impedido la buena solución y será por ello castigado en las nuevas elecciones.

Vemos cómo se acumulan encuestas cocinadas al gusto del cliente, que nunca aciertan, y que ahora nos hacen ver cuánto están subiendo los que conviene que suban y cuánto están bajando los que se desea que bajen.

En todo caso, puesto que es imposible que Ciudadanos acepte una política económica que no sea de derechas, y puesto que de la política económica dependen las demás, creo que Podemos debería seguirse oponiendo al pacto PSOE-Ciudadanos. Tendría, eso sí, que explicar muy bien, mejor que hasta ahora, sus razones, única forma de ir haciendo a más y más ciudadanos conscientes de lo que ocurre y solidarios con la causa de la izquierda.

4. Que por falta de acuerdos haya nuevas elecciones.

Esto no gusta en principio a nadie, salvo a Rajoy, para quien es su única posibilidad de salvación personal.

Para el PSOE unas nuevas elecciones son un gran peligro, sobre todo si la izquierda se deja de chiquilladas y va unida, pero Sánchez no podrá evitarlas si tiene prohibida la solución 1, se niega a la 2 y le falla la 3.

Para Podemos unas nuevas elecciones son una oportunidad, pero incierta, y creo que por ello ve como más ventajosa la primera solución: entrar ya en un gobierno de coalición con el PSOE e IU.

En todo caso el chantaje del PSOE no debería asustar a Podemos. No es tan grave ir a nuevas elecciones si la izquierda va unida. Si mejoran los resultados, algo se habrá ganado sobre el presente. Si no mejoran, o incluso si empeoran, no pasa nada, esto es una carrera de fondo, no caben las prisas. Lo importante es tener las ideas claras y mantener el rumbo aunque vengan mal dadas. No debe importar tanto el poder inmediato como hacer que vaya creciendo la conciencia ilustrada entre los españoles (sin la cual nada bueno se puede conseguir que sea persistente).

[email protected]